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En el año 2003 la Quebrada de Humahuaca fue incluida en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en la categoría de Paisaje Cultural. Entre los aspectos ponderados estuvo la profundidad temporal de su ocupación, una cantidad importante de sitios arqueológicos e históricos y de otros bienes considerados patrimoniales. En Don Patrimonio y la Quebrada, Clara Mancini investiga como se construyó ese valor patrimonial a lo largo del siglo XX mediante el estudio de las relaciones tanto entre pasado y memoria, contextos arqueológicos y sitios históricos como en su correspondencia con las transformaciones territoriales de las que estas trayectorias históricas son subsidiarias. Así, el libro devela los diferentes procesos de selección y activación patrimonial de sitios, objetos, usos, costumbres y prácticas que terminaron ocupando el lugar de portadores de memoria. Pero además, el libro de Mancini indaga sobre los debates, discusiones y valoraciones realizadas desde las ciencias, la promoción turística, la comunidad local y del Estado que llevaron a la construcción de la declaratoria de «Paisaje Cultural» que unificó bajo un mismo territorio, sitios, paisajes, objetos y tradiciones muy diversas, convirtiendo a Don Patrimonio y la Quebrada en un material de consulta indispensable para todas aquellas personas interesadas en los procesos de memoria desde una perspectiva territorial y situada.
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Veröffentlichungsjahr: 2024
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Don patrimonio y la quebrada
Un recorrido por la patrimonialización de la Quebrada de Humahuaca
Clara Mancini
Créditos
Equipo RGC
Emiliano Fuentes Firmani
Nicolás Sticotti
Leandro Vovchuk
Corrección
Sebastián Spano
© RGC Ediciones
Queda hecho el depósito que establece la Ley 11723.
Impreso en la Argentina.
ISBN 978-987-8488-28-8
www.rgcediciones.com.ar
Este proyecto mereció el apoyo de la Convocatoria Activar Patrimonio: Fondo Editorial sobre Patrimonio y Museos /2022 de la Secretaría de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura.
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Mancini, Clara Elisa
Don patrimonio y la Quebrada : un recorrido por la patrimonialización de la Quebrada de Humahuaca / Clara Elisa Mancini.–1a ed.–Ciudad Autónoma de Buenos Aires : RGC Libros, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8488-61-5
1. Acuerdos Culturales. 2. Patrimonio Cultural. I. Título.
CDD 306.0982
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Índice
Agradecimientos
A modo de introducción
La Quebrada: aspectos geográficos, políticos e históricos
Breve síntesis de las investigaciones previas
El andamiaje de conceptos
Del patrimonio
Del territorio
De la memoria, los lugares de memoria y el paisaje
La Quebrada en su laberinto patrimonial
Objetos, bienes y sitios. La patrimonialización en la Quebrada de Humahuaca desde comienzos del siglo XX hasta 1983
Introducción
La patrimonialización desde el saber experto
De vestigios del pasado a Patrimonio de la Nación
La consagración de los monumentos
La Quebrada criolla
La delimitación del campo de la arqueología:instituciones, circuitos académicos
La modernización de la arqueología y el “pintoresquismo” de lo nativo
La construcción del “pintoresquismo” nativo
El discurso de los expertos
La institucionalización del patrimonio: entre normativas e itinerarios turísticos
Las normativas
El turismo
Patrimonio y memoria
Notas de cierre
El paisaje cultural. La quebrada reciente
Introducción
La patrimonialización desde el saber experto
Institucionalización del patrimonio: normativas y turismo
La institucionalización y las normativas
El turismo como modelo de desarrollo
Memoria y patrimonio
Notas de cierre
Discusión y conclusiones
El secreto y la etnógrafa
El Discurso Patrimonial Autorizado: los expertos y la institucionalización
Turismo y patrimonio en un paisaje cultural
Memoria local. La otra cara del patrimonio mundial
Un cierre y un nuevo comienzo
Bibliografía
A Joaquín y Camila, que son de aquí y son de allá.
A Antonio, por construir conmigo un camino.
A la familia de la que vengo, mi raíz.
A este lugar en el mundo.
… la práctica de la arqueología es ella misma una forma de habitar. (…) Para ambos, el arqueólogo y el habitante nativo, el paisaje les cuenta —o mejor, es— una historia. (…) Percibir un paisaje no es por lo tanto llevar a cabo un acto de recuerdo, y recordar no es tanto una cuestión de traer una imagen interna, guardada en la mente, sino comprometerse perceptualmente con un ambiente que está en sí mismo colmado de pasado.
Tim Ingold (1993, p. 152, traducción propia)
Agradecimientos
Este libro es una versión modificada para un público más amplio de la tesis de doctorado “Arqueología, patrimonio y usos del pasado. Las transformaciones territoriales de la Quebrada de Humahuaca hacia un Paisaje Cultural”, defendida el 22 de marzo de 2016 en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. La investigación de esta tesis fue posible gracias a las instituciones que proporcionaron el financiamiento. Este fue repartido entre una Beca Inicial de la ANPCyT1 dirigida por Alicia Novick y Graciela Favelukes y una Beca de Finalización del Conicet, dirigida por Mariel López y Graciela Favelukes. Además, el Fondo Nacional de las Artes ha financiado parte de mi trabajo de campo a través de subsidios de investigación. La publicación de este libro fue posible gracias al Ministerio de Cultura de la Nación a través de las convocatorias Activar Patrimonio: Fondo Editorial sobre Patrimonio y Museos. Además, quisiera agradecer a quienes evaluaron como jurados la tesis que originó este libro: Juan B. Leoni, Paola Ramundo y Rafael Curtoni.
Uno no investiga solo, por suerte. Cada paso que di para terminar la tesis estuvo acompañado de muchas personas, a las que quiero agradecer porque sin ellas esta tarea hubiera sido imposible. En primer lugar, quiero agradecer a quienes me han dirigido a lo largo de varios años en el desarrollo de esta tesis. A Graciela, con quien imaginé y discutí múltiples veces el proyecto. A Mariel, con quien comencé el camino de la investigación. A Alicia, que, aunque no fue directora de tesis formalmente, la considero una directora más. Gracias a su confianza, tuve la oportunidad de comenzar esta investigación que hoy se convierte en un libro.
También quiero agradecer a todas las compañeras de trabajo con las que compartí los años del doctorado. Del proyecto Quebrada, Lorena, Irene, Alejandra y Constanza han sido un soporte muy importante, han colaborado con información, entrevistas, bibliografía, así como con consejos y opiniones. Parte de los datos recopilados y de los resultados obtenidos en la tesis han sido producto del trabajo en equipo. Un lugar especial ha ocupado Constanza, con quien he escrito, viajado, discutido, reflexionado, cursado seminarios e, incluso, transitamos el inicio de la maternidad juntas. También quiero agradecer a mis compañeras que en algún momento formamos equipo en el Instituto de Arqueología junto a Mariel: Anita, Verónica, Gabriela, Marga, Alejandra. Especialmente quiero agradecer a Gabriela y Verónica, porque parte de las reflexiones de esta tesis germinaron en el trabajo conjunto. También a Margarita, que me cedió parte de su material de trabajo de campo en la Quebrada. Esta tesis no hubiera sido posible sin todas ellas.
Quiero agradecer a los amigos que me ha dejado la facultad, porque influyeron mi postura sobre la vida y la arqueología. Laura, María, Vanina, Carlos, Claudia, Mariana, Juan Manuel, a todos ustedes, por hacer de la facultad un lugar mejor, ¡gracias! Mención particular merecen Claudia por ayudar a corregir partes de la tesis y, sobre todo, María Saletta, que ha leído generosamente toda la tesis, aportó bibliografía, fuentes e invaluables consejos. Luego, me acompañó en el difícil proceso de acotar y reescribir la tesis para que su lectura fuera destinada a un público más amplio y menos academicista. Además de ser una entrañable amiga, su pasión por la arqueología merece destacarse.
Un especial agradecimiento a todas las personas de la Quebrada de Humahuaca y Jujuy que me ayudaron de alguna manera, con su tiempo, sus experiencias, sus visiones particulares de la Quebrada. Quiero agradecer a Miguel del Archivo Histórico de Jujuy por su buena voluntad para ayudar. A Humberto Mamani y Karina Menacho que colaboraron de diferentes formas con la investigación. A Norma López, por haberme ofrecido su tiempo muchas veces. A Andrés Cussi, quien me ha compartido sus reflexiones sobre su tierra y su gente. A todas las personas que colaboraron con información o me brindaron su tiempo en una entrevista. Muchas gracias.
A toda la familia Olarte y Mamani (a Rosa, Roberto, Mario, Reina Mamani y Vilma Ríos y con ellos a todos los suyos). Por recibirme siempre, compartir conmigo y adoptarme entre los suyos. En esos momentos compartidos aprendí mucho sobre Jujuy y sus costumbres. Gracias, mi mirada fue cambiando en esos momentos tan gratos.
Muchos amigos han hecho el camino más agradable, particularmente, mis amigas de la vida, Cynthia, Paula y Juli, con quienes he transitado muchos años ya. Está claro que mi postura ante el mundo ha comenzado a formarse con ellas como espejo y modelo. ¡Gracias!
Para el final, mi mayor agradecimiento a mi familia. A la familia de la que vengo, por estar siempre ahí, para las alegrías y para los momentos duros que tocó atravesar. Mi mamá y mi papá, los mejores que pueden existir, han apoyado en todos los sentidos posibles mis proyectos, incluido este. Del mismo modo, también quiero agradecer a mis hermanos, Diego, Inés y Lucía. A la familia que formamos junto a Antonio, Joaquín y Camila. Por darle tantos sentidos y colores a mi vida. Por apoyar y comprender los tiempos de sacrificio que requiere la investigación y por alegrarse y festejar conmigo los logros y satisfacciones que tiene. Por este camino que vamos construyendo y transitando. Este proyecto es gracias a ustedes.
1 En el marco del PICT Redes 2007-2102 “Paisajes culturales y desarrollo local. Evaluación de programas, proyectos y transformaciones territoriales en la Quebrada de Humahuaca (Jujuy) y el Camino de las Estancias (Córdoba)”.
A modo de introducción
La Quebrada de Humahuaca en la provincia de Jujuy, Argentina, fue incluida en 2003 en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en la categoría de Paisaje Cultural. Entre los aspectos ponderados estuvieron la profundidad temporal de su ocupación, una cantidad importante de sitios arqueológicos e históricos y de otros bienes considerados patrimoniales. En este libro abordamos los cambios y las transformaciones territoriales por las que atravesó la Quebrada de Humahuaca y, en particular, cómo se construyó ese valor patrimonial a lo largo del siglo XX y que tuvo su clímax con la distinción de la Unesco. Lo haremos mediante el estudio de las relaciones tanto entre pasado y memoria, contextos arqueológicos y sitios históricos, como en su correspondencia con las transformaciones territoriales de las que estas trayectorias históricas son subsidiarias.
En este sentido, consideramos que, si bien la declaratoria de Quebrada de Humahuaca como Patrimonio de la Humanidad es un punto de inflexión en su historia, la valoración patrimonial de este territorio ha seguido un largo derrotero de selección y activación de ciertos objetos y sitios, que terminaron ocupando el lugar de portadores de memoria. Como se señaló en la argumentación de la postulación ante Unesco, ese “paisaje cultural” está compuesto por un “patrimonio tangible” que incluye más de doscientos sitios arqueológicos, la arquitectura posterior a la llegada de los españoles (en la que se destacan las capillas e iglesias, las “casas patio”, las postas, las haciendas y los molinos), las tecnologías constructivas (como el adobe, la pirca y la torta de barro) y un “patrimonio inmaterial” compuesto por la cultura popular oral y tradicional de la Quebrada representada en usos, costumbres, música, creencias, entre otros (Provincia de Jujuy, 2002).
A consecuencia de lo anterior, a lo largo de estos capítulos intentaremos responder cuáles fueron las intervenciones y representaciones sobre ese territorio que le han dado su “valor patrimonial” a lo largo del siglo XX, a través de la trayectoria de los objetos, bienes y sitios que se han ido “seleccionando y activando” como patrimonio (Prats, 2005). A fin de dar cuenta de estas relaciones, creemos necesario analizar las diversas valoraciones y selecciones de objetos arqueológicos, sitios históricos y arqueológicos, el paisaje —entendido como todos los bienes materiales y/o elementos producidos en la interrelación entre el ser humano y su ambiente— y los agentes que intervinieron en esas selecciones y valoraciones. De esta manera observamos, por ejemplo, que bajo la categoría de Paisaje Cultural la declaratoria unificó bajo un mismo territorio sitios, paisajes, objetos y tradiciones muy diversas. Esto fue el resultado de una mirada multidisciplinar, no solo desde la ciencia, sino desde el arte, la política y los resultados de los debates políticos, en los que se encontraron las valoraciones particulares, nacionales y locales.
A lo largo de los próximos capítulos iremos recorriendo algunas de las apreciaciones que se trenzaron en ese debate multidisciplinar. Nos centraremos en particular en las valoraciones desde las ciencias, la promoción turística, la comunidad local y, brevemente, las provenientes de la actividad normativa del Estado2.
2 Este libro es una reversión de la tesis de doctorado “Arqueología, patrimonio y usos del pasado. Las transformaciones territoriales de la Quebrada de Humahuaca hacia un Paisaje Cultural”, defendida el 22 de marzo de 2016 en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Se ha acortado y modificado el texto original para su difusión. La versión original se encuentra disponible en el repositorio de la FFyL: http://repositorio.filo.uba.ar/
La Quebrada: aspectos geográficos, políticos e históricos
En términos geográficos generales, la Quebrada de Humahuaca se encuentra en la provincia de Jujuy, República Argentina. Esta se extiende con orientación norte-sur como una hendidura que separa a la Puna de los valles subtropicales en un complejo de varios valles fluviales cuyo eje principal es el Río Grande, al que acceden quebradas menores con una pronunciada pendiente norte-sur. La Quebrada limita al oeste con la Puna y las elevaciones de Chañi y Aguilar. Por el este, con las elevaciones de Tiraxi, Huajra, Tilcara y Zenta. No hay un acuerdo sobre los límites norte y sur. Según como se tracen posee entre 120 y 180 km de extensión (Reboratti et al., 2003; Sica et al. 2007).
A nivel administrativo, la Quebrada se reparte entre tres departamentos: Tumbaya, Tilcara y Humahuaca. La abundancia de recursos y las posibilidades de comunicación han sido determinantes en la historia de poblamiento y asentamiento en la Quebrada. La historia de su ocupación se remonta a más de diez mil años de antigüedad. Desde ese entonces, la Quebrada de Humahuaca ha atravesado una larga historia de transformaciones o una “larga historia de interacción entre el hombre y su territorio” (Provincia de Jujuy, 2002)3.
En este sentido, como espacio geográfico, es un territorio, atravesado por procesos de territorialización, que entendemos como procesos de dominación en un continuum que va de la dominación política-económica más concreta a la apropiación cultural-simbólica (Haesbaert, 2005; Bixio y Berberián, 2007). Todo el Noroeste Argentino, pero en especial la Quebrada de Humahuaca, condensa más de diez mil años de historia de ocupación humana; ocupación que ha dejado huellas que se acumulan, superponen y perduran en el paisaje. En este caso, nos propusimos ahondar en la configuración de ese territorio como paisaje cultural patrimonial, tratando de reconstruir el complejo proceso por el que se construye un territorio patrimonializado.
La selección, valoración e institucionalización de objetos, sitios y, luego, del paisaje de la Quebrada no comenzó con la postulación y la declaratoria de Unesco, sino que esta fue uno de sus hitos. Diversos autores han situado el comienzo de este proceso en diferentes instancias. A modo de síntesis, se distinguen intervenciones nacionales, como el reconocimiento en 1940 de algunos edificios históricos y la Resolución N° 242 de la Secretaría de Turismo Nacional en 1993, y acciones provinciales como el relevamiento e inventario de su patrimonio para la evaluación de la presentación ante la Unesco (2000) o la firma de una Carta de Intención entre el Gobierno de la Provincia y el presidente del Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco (1986).
De esta manera, la Quebrada de Humahuaca comenzó nuevos procesos de valoración patrimonial ligados a las transformaciones territoriales tanto como a la historia de las investigaciones. A la par que se iba delimitando el patrimonio cultural de la Quebrada e institucionalizando a través de normativas, se fue conformando un discurso patrimonial autorizado (DPA) o predominante (Smith, 2006, 2012). Este discurso se ha formado en gran medida por el desarrollo de disciplinas como la arqueología y la arquitectura que se fueron posicionando como guardianes del patrimonio cultural material, como expone Smith:
La similitud de la construcción discursiva de la afirmación arqueológica y arquitectónica de la idea de tutela sobre la cultura material es sorprendente. Posteriormente, estos dos debates y discursos convergen a nivel internacional en la redacción de la Convención del Patrimonio Mundial, y en el desarrollo de políticas nacionales en Occidente para conservar y preservar esos objetos —redefinidos como patrimonio— que los arqueólogos y arquitectos (y en menor medida, pero no menos importante, los historiadores de arte) definieron como “patrimonio”. (Smith, 2012, p. 5)4
Dicho discurso enmarca a las prácticas de los profesionales relacionados con el patrimonio convirtiéndolo específicamente en “monumentos”, “patrimonio arqueológico” o “patrimonio cultural”. Con especial atención, hemos considerado al patrimonio cultural designado como patrimonio arqueológico. Desde comienzos del siglo XX, con la consolidación y profesionalización de la disciplina arqueológica, se ha delimitado dentro de la idea de patrimonio un tipo especial, el arqueológico. Esto ha sido asegurado a través de instituciones y legislaciones que comenzaron a especificar qué se entendía por patrimonio arqueológico, a quién le pertenecía y a quién le correspondía estudiarlo.
La noción de patrimonio, la disciplina arqueológica, las instituciones vinculadas y el sistema legal desarrollado para gestionar los bienes patrimonializados fueron generados en un mismo proceso que estuvo ligado a la formación del Estado argentino y su proyecto de ciencia (entre otros, Podgorny, 2000; Endere, 2001, 2005; Haber, 2011a). Como resultado de este proceso de institucionalización del patrimonio, los vestigios “arqueológicos” e “históricos” de la Quebrada de Humahuaca comenzaron a ser considerados de dominio público, bajo la tutela nacional y provincial (por ejemplo, Berberián, 1992; Endere, 2001; Crespo, 2005). En este contexto, los reclamos en relación con el patrimonio por parte de las comunidades locales e indígenas se vieron frustrados “por un sistema legal que no da lugar a la participación de ‘no especialistas’” (Endere, 2001, p. 145), paradigma que comenzó a cambiar con el regreso de la democracia en 1983 (Politis, 2001, 2003; Endere, 2002; Curtoni, 2004).
Una de las paradojas de la expansión de la protección del patrimonio cultural (Brown, 2004) es el descrédito a las comunidades locales que eran las que ejercían las prácticas culturales asociadas a él, en favor de considerar como legítimos interventores de esos objetos y sitios a los arqueólogos, arquitectos o científicos acreditados por alguna universidad. Incluso, a partir de la declaratoria de Unesco, esos elementos del paisaje son (aunque de manera simbólica más que efectiva) dominio de la humanidad. Esto trajo aparejado como consecuencia la patrimonialización del pasado desde la Unesco, lo que responde a la visión dominante de la globalización y su discurso “políticamente correcto” pero que niega “las identidades locales que pretende fortalecer” (Absi y Cruz, 2005, p. 1). Este proceso de “valorización” de la región constituye para algunos autores una expansión del capitalismo sobre tierras antes marginales para explotarlas ahora con el turismo cultural (por ejemplo, Absi y Cruz, 2005; Di Giovine, 2008; Curtoni, 2008; Belli y Slavutsky, 2009).
Ahora bien, ¿qué implica la patrimonialización de objetos, sitios e incluso el paisaje de la Quebrada para aquellos que los transitan? Estos lugares seleccionados por instituciones, disciplinas académicas, protegidos por legislaciones y reconocidos por la comunidad general, se implantan como representantes del pasado y de la memoria. En este sentido, aquellos objetos y sitios que las disciplinas científicas reivindican como propios, en tanto su objeto de estudio, muchas veces son reclamados por otros actores. En particular, desde hace algún tiempo son parte del conflicto con los pueblos originarios y su reclamo de derechos territoriales (ver por ejemplo, Mamani Condori, 1989; Delfino y Rodríguez, 1992; Manasse y Rabey, 1992; Endere, 2001, 2005; Londoño, 2003; Mamani et al., 2003; Curtoni, 2004; Aschero et al., 2005; Cruz y Seldes, 2005; Marchegiani et al., 2006; Ayala Rocabado, 2010; Manasse y Arenas, 2010a, Fernández-Osco, 2010; Becerra et al., 2012; Ayan Vila, 2014; López et al., 2016; Mancini et al., 2017). Es nuestra intención mostrar una visión sobre este tema hacia el final del libro.
3 Este texto citado es resultado de la gestión de la provincia de Jujuy que reunió especialistas de diversas disciplinas para realizar un informe sobre el patrimonio (natural y cultural) de la Quebrada de Humahuaca. El trabajo resultante, cuya coordinación estuvo a cargo de Liliana Fellner —en ese momento en la Secretaría de Turismo y Cultura de la Provincia—, fue presentado ante la Unesco para solicitar la incorporación de la Quebrada a lista de Patrimonio Mundial.
4 Traducción propia del original: “The similarity of the discursive construction of the archaeological and architectural assertion of the idea of stewardship over material culture is startling. Subsequently, these two debates and discourses come together internationally in the drafting of the World Heritage Convention, and in the development of national policies in the West to conserve and preserve those things —redefined as heritage— that archaeologists and architects (and to a lesser degree, but no less significantly, art historians) defined as ‘heritage’”.
Breve síntesis de las investigaciones previas
A lo largo del siglo XX han sido muchas las investigaciones sobre la Quebrada de Humahuaca, su patrimonio y sus transformaciones territoriales. Nuestro objetivo aquí es poner al lector en conocimiento de un estado de situación que muestre, primero, los procesos de formación de los saberes y profesiones vinculados a los vestigios materiales del pasado y, en segundo lugar, las discusiones recientes referidas a los conflictos entre los saberes arqueológicos y las comunidades locales. Consideramos aquí específicamente aquellas principales investigaciones que han iluminado sobre algunas aristas de nuestra problemática5.
Nuestro interés es aportar al conocimiento de la Quebrada y, en especial, a la arqueología de la Quebrada, la reflexión sobre la conformación de los campos disciplinares y las negociaciones que involucran sobre los usos del pasado. En el marco de los estudios sobre las transformaciones territoriales de la Quebrada de Humahuaca y el impacto del turismo y la patrimonialización, esperamos profundizar sobre el conocimiento de la activación patrimonial, la gestión de los recursos culturales, así como los conflictos por su control (conflictos territoriales, en esencia).
Por un lado, se cuentan con antecedentes que consideran ese patrimonio como un objeto valioso por su antigüedad, es decir, más como evidencia y producto que como problema de investigación, especialmente desde una perspectiva descriptiva y valorativa. Consideramos aquí a los trabajos que representan parte de lo que consideramos el discurso dominante o autorizado sobre el patrimonio. A partir de ellos se produce y reproduce la delimitación del patrimonio cultural, en general, así como del arqueológico cuyo corolario puede encontrarse en el texto de la postulación que organiza la Provincia de Jujuy (2002). La bibliografía específica de la arqueología no incorporó el término de “patrimonio arqueológico” en la Quebrada de Humahuaca hasta prácticamente el siglo XXI (Hernández Llosas, 1999, 2002). De forma contemporánea a la declaratoria de la Unesco, se publicaron algunos trabajos que presentaron argumentos muy similares a los del texto de la postulación realizado por la Provincia de Jujuy (2002). Este tipo de publicaciones recorren los hitos del paisaje, como los sitios arqueológicos, los edificios históricos, monumentos, entre otros, que se destacan como patrimoniales (como por ejemplo, Kirbus, 2003; Nielsen y Boschi, 2004).
También están aquellos trabajos que abordaron la historia de la conformación del patrimonio, su conservación y legislación, en particular del patrimonio arqueológico. Entre ellos, están los que se han ocupado de destacar la necesidad de proteger los bienes patrimoniales de la Quebrada de Humahuaca, así como aquellos trabajos que han estudiado y recopilado las intervenciones, normativas y leyes sobre el patrimonio. Sobresalen las producciones de María Luz Endere sobre la relación entre patrimonio, legislación y comunidades, aspecto también abordado por otros investigadores, los aportes de Eduardo Berberián (1992) al estudio de la legislación sobre el patrimonio arqueológico y, finalmente, en uno de los primeros trabajos que analiza la relación entre patrimonio y restauración, nombramos a Daniel Schávelzon (1989). Finalmente, sin ser exhaustivo, resaltamos el aporte del propio texto preparado por la Provincia de Jujuy para la postulación de la Quebrada como Patrimonio de la Humanidad ante Unesco, que presentó los antecedentes sobre las legislaciones que regulan el patrimonio de la Quebrada (Provincia de Jujuy, 2002). En la actualidad la cantidad de investigadores trabajando a partir de la noción de patrimonio se multiplicó y se hizo visible una problemática insoslayable para la arqueología actualmente: el reclamo del patrimonio arqueológico por parte de la comunidad circundante, en especial, los pueblos originarios.
Otro aspecto que debemos reseñar para entender estos procesos es el proceso de conformación e institucionalización de la arqueología como disciplina científica y su relación a veces tensa con el patrimonio y la patrimonialización. La historia de esta disciplina ha sido abordada por muchos autores que han contribuido a mostrar su necesaria relación con la conformación de los Estados nación, el establecimiento de sistemas imperiales y el creciente nacionalismo (por ejemplo, Trigger, 1984). Para la Argentina se han elaborado trabajos que abordan tanto la historia disciplinar (Fernández, 1982, el pionero, pero también otros: Madrazo, 1985; González, 1985; Nielsen, 2001; Raffino, 2007) como la creciente relación entre la arqueología, en su conformación como disciplina, y el Estado nación. A través de estos trabajos no solo se analizó la formación disciplinar sino la institucionalización de esta y su devenir en tutelar del patrimonio (por ejemplo, Podgorny, 2001, 2004, 2008; Haber, 1994, 1999, 2011; Nastri, 2004a, 2004b; Politis, 1995, 2001; entre otros).
La vinculación entre arqueología, derechos territoriales, reclamos sobre patrimonio y conflicto con las comunidades indígenas es otro camino que presenta su propia historia. Consideramos que desde que comienza a agrietarse el discurso de la modernidad, se hizo evidente un conflicto inherente a la arqueología americana, ya planteado abiertamente por la Arqueología Social Latinoamericana6 y retomado con fuerza en los últimos veinte años, sobre la potestad del patrimonio arqueológico. Como parte del discurso de la modernidad se configuró lo que conocemos como patrimonio arqueológico y en la actualidad nos preguntamos: ¿qué implica concebir los restos del pasado indígena como patrimonio arqueológico? En este sentido, hemos repasado algunos trabajos que advierten sobre la asociación de lo indígena al pasado, desvinculando al patrimonio arqueológico de las comunidades presentes. Por esto, estamos de acuerdo con la necesidad de asociar el patrimonio llamado arqueológico al presente, y que pueda ser entendido como patrimonio indígena.
Como afirmaron varios autores, el conocimiento sobre el pasado es histórico y situado, y no hay posiciones externas. Entonces, lo que nos interesa recuperar es que bajo esos intereses de diversos grupos e individuos se fue conformando un Discurso Patrimonial Autorizado (DPA), que legitimó y reguló ciertas narrativas sobre el pasado para mantener o negociar las estructuras sociales que se sostienen con esos discursos (Smith, 2012). Entre los principales efectos de ese DPA, se fue imponiendo la configuración de un patrimonio arqueológico, separado del histórico. En el contexto específico de la provincia de Jujuy, algunos investigadores han iniciado el debate sobre la conformación y significación del patrimonio arqueológico, pero el diálogo con las comunidades se encuentra en un momento difícil. Por este motivo, este libro tiene el propósito de indagar sobre la configuración del patrimonio cultural de la Quebrada de Humahuaca y sobre la relación entre los expertos o especialistas y las comunidades originarias.
Por último, en este brevísimo trayecto, deseamos discutir algunas de las consecuencias muchas veces paradójicas de la patrimonialización y la relación entre transformaciones territoriales, patrimonio y turismo. El proceso que analiza este libro ocurre en el marco de importantes transformaciones territoriales de la Quebrada de Humahuaca, que consideramos son parte del proceso de patrimonialización. La historia del turismo en la Quebrada comenzó a partir de la construcción del Ferrocarril (1904-1906) que permitió el tránsito regular de personas por la región. Desde principios del XX comenzó siendo un punto de veraneo de las familias pudientes de San Salvador de Jujuy, Salta y Tucumán que se instalaban por toda la temporada, por lo que algunos de los pueblos empezaron a parecerse a villas veraniegas. Con la llegada del peronismo al Gobierno nacional se produjo la incorporación de importantes estratos de la población a las actividades turísticas y aparecieron los veraneantes de pocos días (Janoschka, 2003). Posteriormente, la declaratoria trajo consecuencias, nuevos procesos de transformación que se imbrican dentro de procesos de globalización: una forma de expansión capitalista sobre territorios antes marginales mediante el turismo. Este avance sobre la Quebrada, según varios autores, trajo una cristalización del patrimonio, una estetización de las costumbres culturales destacadas como patrimoniales y su transformación en productos de consumo. De este modo, nos encontramos con un escenario paradójico: la protección para salvaguarda del patrimonio genera cambios y conflictos en las sociedades locales. Muchos de estos conflictos están en torno a disputas identitarias o de tradiciones que antes eran compartidas y que el mercado turístico ahora transforma y compartimentaliza en diversidades y particularidades locales (entre otros, Belli y Slavutsky, 2005, 2009; Bercetche, 2009; Bergesio y Montial, 2008; Toncoso, 2008, 2009).
En suma, este libro encuentra su lugar entre el estudio de las formaciones disciplinares, la crítica al discurso de la modernidad y la crítica descolonizadora para explicar el proceso de formación del “patrimonio de la arqueología”, “los monumentos históricos”, el “patrimonio cultural” y el “paisaje cultural” de la Quebrada de Humahuaca.
5 La intención de este libro es facilitar la lectura a un público más amplio del que accede a las tesis de doctorado. En este sentido, no presentamos aquí los antecedentes de la manera que se requeriría en una instancia evaluativa como una tesis. Esa información se puede encontrar en el repositorio donde se encuentra alojada la tesis original (Mancini, 2016, en http://repositorio.filo.uba.ar/).
6 La Arqueología Social Latinoamericana, así denominada a partir del trabajo publicado por Luis Lumbreras (1974), comenzó a desarrollarse bajo la premisa de que la arqueología ha sido una herramienta auxiliar en la penetración colonialista, imperialista, así como de fortalecimiento de las burguesías nacionales y que a mediados del siglo XX, “la conciencia de tales hechos se ha extendido en cada vez mayor cantidad de arqueólogos y científicos sociales, en la medida en que los movimientos anticoloniales de los pueblos han avanzado en sus propósitos liberadores” (Lorenzo et al., 1979, p. 81).
El andamiaje de conceptos
Nos proponemos, entonces, en primer lugar, analizar cómo diferentes disciplinas —la arqueología, la historia, la geografía, la arquitectura y el urbanismo— construyeron un “objeto patrimonial” en su proceso de delimitación de sus objetos de estudio. Fue en ese marco de consolidación disciplinar que se delimitó el patrimonio cultural en general y el arqueológico en particular. En segundo lugar, a partir de un repaso de aquellas normativas relacionadas al reconocimiento, protección, restauración y conservación de ese patrimonio, así como de los discursos generados por el turismo, observar su consecuente institucionalización. Por último, proponemos examinar las narrativas del patrimonio de la comunidad local.
Consideramos que en algunos casos estas acciones de algunos especialistas conllevaron a la activación patrimonial y tuvieron su sustento en un discurso sobre el patrimonio. Como fue señalado, este discurso patrimonial, cuando fue legitimado por las instituciones, las normativas y apoyado por diferentes sectores de poder, se constituyó como Discurso Patrimonial Autorizado (DPA). No obstante, el DPA convive con otras narrativas sobre esos bienes seleccionados que son negociados, silenciados o suprimidos en la valoración y activación patrimonial.
A fin de dar cuenta sobre la relación entre los discursos patrimoniales, el territorio y el turismo debemos desplegar el aparato conceptual necesario para abordarlos. Para ello, presentamos aquí un breve recorrido sobre los conceptos de patrimonio y territorio, para finalizar con la necesidad de adoptar un marco que permita recopilar la perspectiva local y la memoria colectiva.
Del patrimonio
No existe, en realidad, una cosa tal como el patrimonio.
Laurajane Smith7
La Unesco define el patrimonio cultural como aquellos monumentos, grupos de construcciones y lugares, obras del hombre u obras conjuntas del hombre y la naturaleza, que tengan un “valor universal excepcional desde el punto de vista de la historia, del arte o de la ciencia” o “desde el punto de vista histórico, estético, etnológico o antropológico” (artículo 2, Unesco, 1972). El patrimonio es considerado una “herencia”, algo que en el término en inglés heritage resulta indistinguible, dado que su significado abarca tanto la noción de patrimonio como la de herencia (Ballart Hernández, 1997). No obstante, como señalamos, antes que un lugar o un objeto, el patrimonio es un proceso. Los procesos de patrimonialización se inician cuando se selecciona algún elemento o evento para darle valor patrimonial. Estos procesos responden a dos construcciones sociales sucesivas: la externalización de símbolos que condensan y encarnan determinada visión del mundo, y la puesta en valor o activación entendida como un conjunto de discursos y acciones. Esta activación ocurre en un escenario de negociaciones, relacionadas a procesos identitarios, a partir de lo cual, de todo un conjunto de objetos que podrían ser patrimonializados, se otorga legitimidad solo a algunos (Prats, 2005). Diversas disciplinas contribuyen —conscientes o no— a la selección y valoración de determinados objetos, sitios y, luego, también paisajes. Junto con las disciplinas científicas, el poder político institucionaliza el patrimonio a través de normativas y otras acciones (restauración, conservación, promoción, entre otras).
Como cualquier otro recurso, el patrimonio reproduce diferencias sociales, en el que los sectores hegemónicos logran producir y distribuir este tipo particular de bienes (García Canclini, 1999), seleccionados en general por lo que aquí llamamos saber experto. Este saber se construye en torno a las relaciones de poder y de cómo ellas producen efectos de verdad y saber (Foucault, 1978). Si bien los intelectuales no son los únicos capaces de producir verdad y saberes, son parte del sistema de poder que obstaculiza la actuación de otros dispositivos de verdad o saber. En este sentido, consideramos aquí como saber experto, el discurso que generan todos aquellos que forman parte del campo de producción de bienes culturales patrimoniales que, como cualquier campo, no está aislado de la dimensión política (Bourdieu, 1990). De esta manera, un tema de investigación es de interés legítimo cuando los científicos lo reconocen como tal porque se inscribe en la lógica del campo y en sus disposiciones históricamente constituidas. Al ser institucionalizado —cuando en la discusión confluyen el saber experto y el poder político—, el patrimonio entra en conflicto con la memoria y la identidad, que se expresa en negociaciones sobre los usos del pasado (cf. Nora, 2009; Candau, 2008).
Como mencionamos antes, el discurso sobre el patrimonio no es sobre cosas sino sobre procesos continuos de construcción de saberes y disputas académicas sobre esos saberes. A raíz de esto, compartimos la mirada de Laurajane Smith sobre que existe un discurso que es dominante y es lo que llamamos Discurso Patrimonial Autorizado (DPA): “Este discurso profesional está muchas veces involucrado en la legitimación y regulación de narrativas histórico culturales, y el trabajo que estas narrativas hacen en mantener y negociar ciertos valores y jerarquías que estos sustentan” (2012, p. 3)8. El DPA se originó en los siglos XIX y XX en los debates de la arquitectura y la arqueología para preservar el pasado para las futuras generaciones, donde se abogaba por la conservación, se privilegiaba lo material sobre lo inmaterial y se destacaba la monumentalidad y lo extraordinario, lo viejo y lo estéticamente agradable. Como señala Smith, este discurso que se conformó era eurocéntrico y fue apropiado y nuevamente autorizado por organizaciones como Unesco e ICOMOS.
Encontramos en la noción de red, propuesta por Latour (2007), una descripción muy apropiada para pensar cómo instituciones científicas, universidades, organismos del Estado de diversas escalas, profesionales de distintas disciplinas, políticos y quebradeños, se unen e imbrican con monumentos, edificios y vestigios del pasado. Latour propuso seguir “el hilo de Ariadna”, constituir “madejas sociotécnicas” (Latour, 2007). En esas interrelaciones, podemos comprender cómo el patrimonio es una construcción política que involucra diversos actores y objetos o lugares en red, cuyo significado no se constituye de una vez y para siempre, sino que es una producción que atraviesa escalas, disciplinas, culturas. En este sentido, Londoño (2014) ha propuesto ahondar en el patrimonio como una producción tecnológica, y para abordarla “hace falta una ‘anatomía de las tecnologías del patrimonio’” (p. 158).
Del territorio
Los habitantes de un territorio nunca dejan de borrar
y volver a escribir en el viejo libro de los suelos.
André Corboz (2004, p. 20)
Carlos Zambrano (2001) define el territorio como el espacio terrestre (real o imaginado) que un pueblo, etnia o nación ocupa de alguna manera, sobre el que genera un sentido de pertenencia y que confronta con el de otros. Este se construye y organiza de acuerdo con patrones de diferenciación productiva (riqueza económica), social (origen, parentesco), género (división sexual del espacio) y sobre el cual se ejerce jurisdicción. En este sentido, el área de la Quebrada de Humahuaca se proyecta y se piensa en esos términos que distinguen una pluralidad de territorios. Estas territorialidades están en disputa y es por ello que coexisten y se superponen apropiaciones materiales y simbólicas del territorio, esto es lo que Haesbaert (2005, 2013) denomina multiterritorialidad.
El territorio es el resultado de diversos procesos, de la propia inestabilidad de la morfología terrestre, así como de las intervenciones humanas que tienen que ver con su asentamiento, ordenación y planificación. Estas relaciones recíprocas configuran al territorio también como una clase de artefacto, esto es un producto. A su vez, el dinamismo de formación y producción, la comprensión y gestión de las sociedades convierten al territorio en un proyecto, y como tal territorio está semantizado, es susceptible de un discurso (Corboz, 2004, pp. 19-21). Como proceso, el territorio de la Quebrada de Humahuaca es parte de una historia natural y social de transformaciones. Una serie de eventos que van configurando el paisaje en un tiempo largo y a diferentes escalas (geomorfológicas, por ejemplo). Como producto, la dominación o sujeción de un territorio por grupos cambiantes tiene efectos recíprocos. Como proyecto, a lo largo del siglo XX la Quebrada de Humahuaca ha presentado diversos cambios hasta orientar los discursos dominantes hacia la patrimonialización y turistificación de la Quebrada.
El territorio está inmerso en relaciones de dominación o apropiación del espacio, en un continuum que va de la dominación política económica más concreta a la apropiación más subjetiva o cultural-simbólica (Haesbaert, 2005). De este modo, el espacio se convierte en territorio a través de procesos de apropiación (Haesbaert, 2005; Bixio y Berberián, 2007). Se controla un área geográfica (y por lo tanto se construye un territorio) cuando se logra influir, afectar o controlar a las personas, fenómenos y relaciones (Sack, 1983). Por consiguiente, es fundamental percibir la historicidad del territorio y su variación conforme a los distintos contextos coyunturales. Coincidimos con Haesbaert en que el territorio es multiescalar e incluye la dimensión de la movilidad, donde el espacio es desterritorializado y reterritorializado de acuerdo con las dinámicas de las relaciones de poder a lo largo de la historia de ese territorio y de quienes lo habitan en cada momento (Haesbaert, 2013).
En el caso de la Quebrada de Humahuaca este proceso se ha visto incentivado, a la vez que regulado, por el mismo Estado argentino en el reconocimiento oficial de comunidades indígenas. Más aún, estas designaciones generaron una nueva legitimidad de antiguos reclamos vinculados al acceso a la tierra y al territorio. De este modo, se construye territorialidad a través del discurso científico, y del discurso arqueológico en particular, así como desde el Estado provincial y nacional.
De la memoria, los lugares de memoria y el paisaje
Al cabo de andar por América y de ver muy dignos, aunque
evidentes, fracasos en este sentido, caemos en la cuenta
que la cuestión no radica en la importación de ciencia, tanto como en
la falta de categorías para analizar, aun científicamente, lo americano.
Rodolfo Kusch (1973)
La memoria es un fenómeno social porque como representación colectiva participa activamente en la conformación de las identidades, dado que están ligadas a una conciencia actuante en el presente (Halbwachs 2004a, 2004b). Los paisajes, en especial aquellos que tienen una larga trayectoria de ocupación, se presentan como palimpsestos de huellas de memorias. En la memoria y en el paisaje, los fragmentos del pasado son parte de la experiencia cotidiana del hombre andino.
Pierre Nora (2009) ha denominado lieux de mémoire o lugares de memoria, lugares inteligibles, donde se forman las representaciones colectivas del pasado, puntos del recuerdo o hitos de la representación y reapropiación y reconstrucción del pasado. Los lieux de mémoire ocurren en general a la par de la desaparición de gran parte de la memoria, la intensificación de los estudios históricos y la institucionalización del patrimonio. Esos lugares de memoria son en realidad las últimas corporizaciones de la memoria, que subsisten en una era de la historia que clama por la memoria pero que la ha abandonado (Nora, 2009). La institucionalización del patrimonio responde a la propia asimetría del tiempo, en el intento de anclar el pasado en el presente, con una mirada hacia el futuro y así disminuir la incertidumbre. El patrimonio nos integra a la sociedad y en él se intenta comprometer el futuro de una comunidad.
Así, la Quebrada de Humahuaca configura un paisaje cultural, porque es un ambiente que en sí mismo está lleno de pasado, ha sido descrito (por las disciplinas y los discursos patrimonialistas) bajo una noción de paisaje objetivista, que a su vez es susceptible de convertirse en mercancía. ¿Cómo plantear la experiencia del mundo y del espacio desde una perspectiva local? El paisaje, propone Joan Nogue i Font (2007), es cultura y, por lo tanto, algo vivo y en continua transformación, que actúa en la formación y consolidación de identidades territoriales. Para Tim Ingold (1993) uno no puede entender al paisaje como un objeto, es un proceso vivo, hace al hombre y es hecho por el hombre. Esto implica que el paisaje es la forma corporizada de un patrón de actividades colapsadas en la forma de un conjunto de rasgos (Ingold, 1993)9. Estas formas del paisaje son huellas y, al igual que las huellas de un pie, inscriben en el paisaje el movimiento. En el caminar se encuentran el pie y su reflejo, la huella. De este modo, aprehender el paisaje desde la perspectiva del morador10 debe hacerse temporalizando el paisaje, ya que el proceso de habitar es necesariamente temporal. Percibir el paisaje es, entonces, un acto de recuerdo. Por este motivo, consideramos que es el punto donde se encuentran lugar y memoria.
La experiencia del espacio como paisaje, concebido como un objeto, deja afuera la experiencia del hombre andino. Como señala Mario Vilca (2011), el hombre andino no vive en un mundo objetivo y neutro. “Esta geografía viva o, más específicamente, las fuerzas del espacio concebidas como seres poderosos, presionan al hombre andino a establecer una relación de interdependencia” (p. 68). Estos seres interpelan al hombre, que se relacionan con ellos como un “otro” poderoso, necesario: se les da de comer, se los convida, agasaja o challa11. Este paisaje en la experiencia cotidiana del hombre local se llena de duendes, aparecidos, y seres como la Pachamama, los apus12 cerros, entre otros. Estas relaciones con lo no humano son parte de la experiencia del espacio y son, al mismo tiempo, representantes de lo sagrado, pero, también, de lo monstruoso.
Como resultado, percibir el paisaje requiere de un compromiso con el acto del recuerdo en un ambiente lleno de otros tiempos pasados. Los nativos de ese paisaje, en el proceso de habitar, aprehenden el paisaje. Al percibir las formas del paisaje (huellas de otros tiempos), el habitante de la Quebrada las aprehende, las percibe, vive con ellas y en ellas. Aquellos interesados en su paisaje y la memoria deben guiar su atención a esa perspectiva o forma de ser en el mundo.
La Quebrada en su laberinto patrimonial
A lo largo de esta primera parte hemos sostenido que existe un campo de producción de bienes culturales patrimoniales que fue seleccionando y delimitando la noción de patrimonio y fue sobre esta negociación que ocurrió una apropiación material y/o simbólica del territorio por parte de algunos actores disciplinares en detrimento de otros actores sociales. A fin de proponer la continuidad narrativa proponemos también tres afirmaciones sobre las que girarán las discusiones de este libro. La primera de ellas señala que la delimitación del patrimonio cultural de la Quebrada fue conformada principalmente por la arquitectura y la arqueología que se posicionaron como “guardianes” del pasado dando origen a los “monumentos” y “patrimonio arqueológico” desde principios del siglo XX, para ir confluyendo en su discurso hacia fines de este mismo siglo. La segunda sostiene que la profesionalización de la arqueología y la formación de la noción de patrimonio “arqueológico” coincidieron en escindir los restos materiales del pasado de los pueblos originarios. A su vez, la división entre profesionales de la arqueología y de la arquitectura se tradujo en la distinción entre “patrimonio arqueológico” y “monumentos” que enfatizó la invisibilización de los pueblos originarios como herederos de ese pasado. Finalmente, la tercera afirmación considera el reclamo de las comunidades indígenas por el despojo de sus recursos territoriales y, entre ellos el patrimonio cultural, como una de las respuestas al proceso de institucionalización del patrimonio, del aumento del turismo y a la vez de la reconfiguración de las comunidades indígenas particularmente desde fines del siglo XX.
Para dar cuenta de estos procesos, se examinaron fuentes del saber experto que conforman el campo de producción de bienes culturales patrimoniales (consideramos como principales la arqueología y la arquitectura, pero participan entre otros, la antropología, historia, historia del arte y geografía). También consideramos como fuente aquella documentación que da cuenta del reconocimiento, la regulación, preservación y restauración de los objetos, sitios y paisaje valorados. Luego, empleamos documentación y bibliografía relacionada a la historia del turismo en la Quebrada que nos permitiera examinar su relación con la valoración patrimonial. Finalmente, todos los materiales mencionados se contrastan con entrevistas realizadas en sucesivos trabajos de campo en la provincia de Jujuy entre 2010 y 201413.
El libro se organizó en dos partes correspondientes a cortes temporales. Luego de esta introducción, la primera parte, que denominamos “Objetos, bienes y sitios”, comienza en el siglo XX con las primeras expediciones científicas y las primeras normativas que apuntaron a la protección del patrimonio hasta 1983 con la vuelta de la democracia. Este período comienza con las investigaciones sistemáticas en arqueología, para poco después ser objeto de análisis de arquitectos que recorren la Quebrada en busca de la arquitectura americana, producto de la “fusión” entre dos culturas. La transición al siguiente período ocurre en un cambio en la historia de las investigaciones, en las legislaciones y normativas (incluyendo nuevas constituciones provincial y nacional). También, hacia la década de 1990, se intensificó el aumento del turismo. La vuelta de la democracia, además, implicó una reconstrucción y reconfiguración de las identidades indígenas y su reorganización política.
Luego, la segunda parte, “El paisaje cultural, la Quebrada reciente”, comienza con aquellas transformaciones para explicar el proceso de patrimonialización de la Quebrada de Humahuaca como una unidad. En las últimas décadas, algunas acciones de activación patrimonial dejaron de puntualizarse en objetos individuales y se comenzaron a enfocar en la valoración patrimonial de toda la Quebrada. Esto implicó la unificación de discursos provenientes de diversas disciplinas en un solo discurso, como muestra el texto organizado por la Provincia de Jujuy (2002) para la postulación de la Quebrada como Patrimonio Mundial de la Unesco. Finalmente, siguen la discusión y conclusiones donde se desarrolla la discusión de los datos y las consideraciones finales de esta tesis.
7 Traducción propia del original: “There is, really, no such thing as heritage” (2006, p. 11).
8 Traducción propia del original: “This professional discourse is often involved in the legitimatization and regulation of historical and cultural narratives, and the work that these narratives do in maintaining or negotiating certain societal values and the hierarchies that these underpin”.
9 Esto es lo que define Ingold como taskscape (juego de palabras en inglés entre paisaje y tareas o prácticas) y se refiere a un patrón de actividades que transcurren en un espacio/tiempo (un paisaje).
10 El autor lo llama dwelling perspective. Otra posible traducción puede ser perspectiva del habitar.
11 La challa o ch’alla (quechua) se refiere tanto al acto de festejar como a los objetos usados y la ofrenda misma. Se utiliza el término para las ofrendas realizadas en diversas ocasiones, incluido el carnaval (Berta, 1975).
12 Según Zecenarro Benavente (2003), el término apu ha sido comúnmente utilizado en el mundo andino para referir a grandes cerros y a los dioses tutelares pretéritos que componen la geografía sagrada. De modo similar, y hasta la actualidad, en la Quebrada de Humahuaca se refiere tanto a los cerros que la rodean como a los dioses que los habitan. En la cosmología andina la naturaleza llevaría implícito algo de vitalidad y es en este sentido que sería posible admitir que en los cerros viven los apus porque ellos serían algo así como los “espíritus” de las montañas que actúan sobre diversas instancias de la vida cotidiana.
13 El trabajo de recopilación de fuentes se ha realizado según el tipo de información a obtener. Se ha realizado relevamiento bibliográfico (bibliotecas de Buenos Aires, San Salvador de Jujuy, Tilcara y Humahuaca), trabajo de archivo (Archivo Histórico de Jujuy, Catastro de Jujuy, Archivo General de la Nación, Comisión Nacional de Monumentos, Museos y Lugares Históricos, Ministerio de Obras Públicas, Automóvil Club Argentino). El tipo de materiales se divide entre las fuentes que dan cuenta de los bienes valorados (legislaciones, documentación de la Comisión Nacional de Monumentos y Museos, documentación en relación a restauraciones, estado de conservación, entre otros), las fuentes sobre las intervenciones territoriales que los afectan (como la construcción del ferrocarril, obras de los pueblos y otros), revistas y trabajos sobre la promoción turística de la Quebrada, y los trabajos académicos o de expertos que han ido delimitando el patrimonio cultural de la Quebrada.
Objetos, bienes y sitios. La patrimonialización en la Quebrada de Humahuaca desde comienzos del siglo XX hasta 1983
Introducción
El punto de inicio es una necesaria contextualización, un recorrido sintético por las transformaciones que ha atravesado la Quebrada de Humahuaca a partir de la invasión europea y su consecuente desterritorialización y reterritorialización (Haesbaert, 2005) desde que Juan Ochoa de Zárate recibió en encomienda a los indios “omaguacas” en 1594. Poco tiempo después de la llegada de los conquistadores se fundaron los pueblos de indios14, en los que se reorganizó la población —entre los más tempranos se destaca San Antonio de Humahuaca—, y en este nuevo contexto se inició un proceso de desestructuración de las comunidades étnicas y reconfiguración en nuevas identidades colectivas a partir de la comunalización (entre otros, Zanolli, 2005; Sica y Ulloa, 2007; Caretta y Zacca, 2010). Desde entonces, los pueblos se fueron configurando como espacios de socialización donde se realizaban las fiestas y ceremonias con dimensión religiosa, y donde se elegían las autoridades del cabildo y de las cofradías (Caretta y Zacca, 2010).
Este proceso iniciado por la colonización no solo implicó nuevos espacios de socialización, sino que, durante la colonia, la Quebrada de Humahuaca se constituyó en un eje de corrientes mercantiles. Así, a partir del ingreso europeo, se fue conformando el denominado “espacio peruano” que orientaba la vida de la Quebrada hacia los centros mineros, especialmente Potosí (Sica y Ulloa, 2007). Para el final del periodo colonial, la Quebrada contaba con nuevos pobladores: esclavos africanos, criollos, mestizos, españoles y los habitantes de los pueblos de indios. Por lo tanto, se recibieron aportes de “forasteros” provenientes de la Gobernación del Tucumán, de Perú, de Tarija, entre tantos otros lugares (Sica et al., 2007, p. 361). El siglo XIX trajo, en primer lugar, las luchas de Independencia, y la Quebrada fue escenario de numerosas batallas. Esto provocó un marcado descenso de la población, la destrucción de bienes y propiedades, y allí donde antes se daba una circulación mercantil, tuvo lugar la circulación de los distintos ejércitos (Seca, 1989; Reboratti et al., 2003; Sica et al., 2007).
Una vez conseguida la Independencia, entre los requerimientos principales para lograr establecer el Estado nacional en Argentina se encontraba la consolidación territorial. Este proceso se dio a lo largo del siglo XIX e implicó la conquista del territorio indígena y su consecuente redistribución de las tierras comunales. Por cierto, la Quebrada no quedó ajena a esto. A partir de 1820, la elite de Jujuy comenzó un proceso de reorganización para controlar la población rural y así las comunidades indígenas sufrieron un nuevo despojo. En 1825 se dispuso el reparto de tierras que se llevó a cabo bajo la forma de enfiteusis —cesión a perpetuidad de una finca mediante un contrato y a partir del pago de un canon— (Madrazo, 1991), y tuvo como resultado una mayor concentración en manos de las familias más poderosas. Más adelante, hacia 1860, con la Ley de Venta de Tierras Públicas se culminó con la expropiación de las tierras indígenas comunales que pasaron a ser fiscales (Seca, 1989; Madrazo, 1991).
Durante las primeras décadas del siglo XX y promovida por movimientos políticos nacionalistas surgidos al calor de los festejos del Centenario, se estableció cierta épica de la “Independencia” y la idea de “cuna de la patria” como punto fundacional de la historia jujeña (Lagos y Conti, 2010). Este fue el correlato ideológico de apropiación de tierras y fue base de la separación entre la identificación de una raíz aborigen (y sus restos materiales) con las poblaciones rurales contemporáneas. De hecho, la antropología y la arqueología, entre muchas otras disciplinas, han contribuido al proceso de hacerse de aquellos lugares devenidos ahora en “sitios arqueológicos”. En esos tiempos se consideraba que no había herederos de aquellos restos materiales15.
El siglo XX trajo, además, grandes cambios en la estructura económica y en la población. Se destaca que el Ferrocarril Central Norte, que llegó a la ciudad de San Salvador y su prolongación hacia Bolivia uniendo la ciudad de San Salvador con La Quiaca atravesando longitudinalmente la Quebrada, se inauguró en 1908. Como consecuencia de la llegada de los trenes, se observó la entrada de un nuevo elemento al entorno quebradeño: el turismo. En efecto, junto a las locomotoras arribaron las familias acaudaladas de Jujuy y del Noroeste, que se trasladaban hacia allí por las bondades del clima. Si el turismo de elite fue la característica más marcada de las primeras décadas del siglo XX, en los años posteriores la promoción turística de la Quebrada de Humahuaca desde organismos estatales sumó un nuevo tipo de turista: viajeros de pocos días que se oponían a los “veraneantes” permanentes de las clases altas (Seca, 1989; Janoschka, 2003)16.
Durante las décadas de 1960 y 1970 se amplió y pavimentó la Ruta Nacional N° 9 (RN9), aunque gran parte de los traslados siguió ocurriendo a través del ferrocarril hasta su cierre en 1993 por decisión de los Gobiernos con políticas de corte neoliberal. Para la misma época, comenzaron a decaer las industrias que convocaban a gran parte de la población en la Quebrada. Primero durante los 60, y especialmente en la dictadura de 1976, la protección de precios desapareció y las industrias nacionales entraron en un período de crisis. Esta situación se agravó con la mecanización de la industria, por lo que la provincia de Jujuy llegó al retorno de la democracia en 1983 —y más aún hacia la década de 1990— con gran parte de la población, que había sido previamente desplazada desde la Quebrada para el trabajo asalariado, volviendo a la Quebrada. Posterior a la clausura del ferrocarril, la RN9 se convirtió en la principal vía de comunicación. Por cierto, este eje norte-sur formado por estas vías ha sido parte importante del proceso de patrimonialización. Por allí viajaron los científicos, artistas y arquitectos que recorrieron la Quebrada con el objeto de conocerla, describirla, retratarla y estudiarla durante gran parte del siglo XX (Farro, 2008; Favelukes et al., 2010). Por allí también circularon los veraneantes que se instalaban por temporadas y también los turistas como visitantes ocasionales.
Cabe destacar que el recorrido por esta serie de hitos que se realizó hasta aquí —y que más adelante se ampliarán— son parte de la conformación de un Discurso Patrimonial Autorizado(DPA) (Smith, 2006, p. 2012). En el caso de la Quebrada, desde comienzos del siglo XX el Estado argentino recurrió a este tipo de discurso para su propia consolidación junto a la formación de la territorialidad moderna (ver, por ejemplo, Carrizo, 2010).
Desde esa perspectiva, la historia de la institucio-nalización de la arqueología es una de las maneras en que podemos explicar el desarrollo y delimitación de la noción de patrimonio, proceso que a la vez permitió la legitimación de los expertos y sus campos de acción. Es precisamente a partir de estas acciones que la arqueología se ha vuelto una disciplina de objetos y no de sujetos ni de sus comportamientos (Shanks y Tilley, 1992; Nastri, 2004a). En este proceso de conformación de la disciplina se fueron distinguiendo dos espacios cruciales en los que se define la arqueología moderna: por un lado, el “campo” o “terreno”, y en contraposición, el “gabinete” o “colección”. Ciertamente, esta estructura trajo aparejado otro problema: cómo transportar los objetos que se obtenían hacia “los espacios de la ciudad y de la sociabilidad científica” (Podgorny, 2008b, p. 578).
Cabe destacar que, hasta el momento, en la Quebrada de Humahuaca los investigadores han registrado más de doscientos sitios arqueológicos (Provincia de Jujuy, 2002), pero no todos han recibido igual atención a lo largo del tiempo. En muchos casos, los objetos fueron sacados de esos sitios y se perdió la relación con el lugar de obtención y con otros materiales que los acompañaban. Además, estos objetos se utilizaron para contribuir a un discurso nacional que suponía un pasado indígena desaparecido. Estos restos arqueológicos pasaron a conformar las colecciones de los museos y fueron parte de las estrategias del Estado para generar territorialidad, a la vez que legitimaban a la disciplina. Es decir, en esas primeras décadas del siglo XX, el interés de la arqueología por los objetos indígenas proponía una valorización a partir del desarrollo de una disciplina científica centrada en lo obtenido en el campo, pero dejando de lado a los pueblos herederos o portadores de esas tradiciones.
Ciertamente, el proceso de patrimonialización es un largo desarrollo, con distintos actores intervinientes, desde distintas escalas. Cabe destacar que el DPAse ha conformado en el diálogo entre diferentes disciplinas, instituciones e individuos interesados en el desarrollo local. Incluso una misma persona actuaba desde diferentes esferas: como académico, como promotor del turismo local, pero también en sintonía con la elite local, y en ese contexto complejo se fueron generando distintas narrativas sobre el pasado, la Quebrada y su patrimonio. Por esto, a lo largo de cada parte del libro iremos uniendo actores con lugares, objetos y discursos.
14 Parte de la estrategia fundacional y de territorialización de la conquista española consistió en reorganizar a la población. Mientras que las ciudades españolas siguieron ciertas reglas, la población originaria se regía por la regulación de “Reducciones y pueblos de indios”, de modo que, en la Quebrada de Humahuaca, algunos de los actuales pueblos fueron inicialmente pueblos de indios (Nicolini, 1993).
15 Ver, por ejemplo, para el caso del Pucará de Tilcara: Karasik, 1994; Otero, 2013.
16 Las diferencias en los tipos de turismo en la historia de la Quebrada serán más detalladas en el acápite correspondiente al turismo.
La patrimonialización desde el saber experto
… si uno tira del hilo de las bacterias de Pasteur
lo que viene es toda la sociedad francesa del
siglo XIX, y se vuelve imposible comprender
los péptidos del cerebro sin adosarles una
comunidad científica.
Bruno Latour (2007, p. 19)
