Dos disparos al amanecer - Robert Brockmann S. - E-Book

Dos disparos al amanecer E-Book

Robert Brockmann S.

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Beschreibung

Este libro de Robert Brockmann pone en evidencia una vez más su minuciosa mirada de historiador pero que revela, como en ninguno de sus libros precedentes, su destreza de cronista, de narrador. El lector se encontrará aquí con una prosa sutil, casi invisible por su limpieza, y aguda en sus observaciones; literaria y a la vez casi cientí­fica en su precisión historiográfica, algo que pareciera a primera vista una contradic­ción, pero que como en los más bellos oximorones brilla en la yuxtaposición. Robert Brockmann (Cochabamba, 1963), es autor de El general y sus presidentes. Hans Kundt. Ernst Rohm y siete presidentes de Bolivia, 1917-1939 (2007) y de Tan lejos del mar. Bolivia entre Paraguay, Chile y Perú en la década extraviada 1919-1929 (2012). Ambos libros ganaron los premios Franz Tamayo y Bautista Saavedra respectivamente (e irónicamente, diría el autor).

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Seitenzahl: 703

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Diseño de tapa: Roberto Piñero y Robert Brockmann

© Robert Brockmann, 2017

© Plural editores, 2017

Primera edición: Plural editores / UCB, junio de 2017

Segunda edición: Plural editores, agosto de 2017

Reimpresión: abril de 2018

D.L.: 4-1-885-17

ISBN (impreso): 978-99954-1-768-0

ISBN (digital): 978-99954-1-796-3

Producción

Plural editores

Av. Ecuador 2337 esq. calle Rosendo Gutiérrez

Teléfono: 2411018 / Casilla Postal 5097, La Paz, Bolivia

e-mail: [email protected] / www.plural.bo

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Índice

Agradecimientos

Presentación

Introducción

Prólogo

Los Busch y los Becerra

1903 o 1904. San Javier o El Carmen de Iténez

El Colegio Militar. Las primeras sombras del suicidio

Matilde y Germán. —Y Toro y Kundt. Y la mano del destino

Siles, el padecimiento de un presidente ilustrado

El subteniente Busch “sofoca” la revolución

El trágico explorador

La Expedición Ayoroa de 1931

La muerte de Ofelio Pérez

Recuadro: El sipoy, los jesuitas y la sed

Héroe de guerra

El primer momento de claridad

El Corralito de Villamontes

Busch y el dúo irónico

Ha llegado el momento del cambio

Crepúsculo liberal

Interregno incierto

Los padres insospechados del “socialismo militar”

Regreso a la coyuntura

Los prisioneros pueden esperar

Un aliado como Saavedra

Socialismo sin socialistas

Recuadro: Toro visto por otros ojos

Recuadro: “¿Quién es ese Busch?”

Neutralizar a Montenegro

Una amistad se torna amarga

Todo gira en torno al petróleo

Un golpe suave

Un mal debut

Toro marcha al exilio

La cena fatídica

En busca de rumbo

Primer contacto con el Tercer Reich

Mil novecientos treinta y ocho

“He decidido firmar la paz del Chaco”

Toro conspira y desaparece

Los amigos se alejan. Auge y caída de Elías Belmonte

Caída en desgracia

La única oposición es la prensa

Arguedas ensangrentado

Llega la paz del Chaco

Más amigos que se van

El judío de Biblis

La Biblis de Hochschild

¿A dónde huir?

Bolivia recibe a los “elementos semitas”

Recuadro: Bolivia regula el ingreso de los judíos

Busch abre las puertas de Bolivia

Más huéspedes de los esperados

El affaire de los pasaportes

La maquinación del “Dr. Abegg”

Yad Vashem

Hacia una dictadura “nacionalsocialista”

Busch se declara dictador

El momento de claridad

Recuadro: ¿Tuvo otro origen del decreto del 7 de junio?

Bolivia, ¿parte del Eje?

Fusilen a Hochschild

Postrimerías

Dos disparos al amanecer

“Tanto va el cántaro de agua a la fuente…

… que al final se rompe”

El suicidio de Busch, según Durkheim

Epílogo

El decreto del 7 de junio

Enrique Baldivieso

Paul Busch

Miguel Kokichi Kiyofuji (“Seito”)

Elías Belmonte y Ernst Wendler

Busch y su apropiación por el MNR

Anexo A: Dos testigos privilegiados

Felix Tripeloury

John J. Muccio

Anexo B: Solicitudes de ingreso a Bolivia, 1938

Fotografías

Índice onomástico

Bibliografía

Agradecimientos

A Hans Bahrmann, dondequiera que esté, por haber sembrado la semilla de este libro, hace ya tanto tiempo. A Annegret Wilke, en el archivo del Auswärtiges Amt en Berlín, por su infinita paciencia y diligencia en guiarme por los documentos. A René Mérida en la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Plurinacional de Bolivia, por haberme señalado el acceso a documentos insospechados que de otra forma seguirían sepultados e inatendidos.

A la familia Busch: a Gloria Busch Carmona, a Eliana Vargas viuda de Busch, a Carlos Germán, Denisse, Laura, Daniella y Mónica Busch Vargas; a Rolando Roda Busch y Jeffrey McKinney por el acceso a documentos, cartas, anécdotas, fotografías, reliquias, recuerdos e historias familiares.

A Mariano Baptista Gumucio, Ricardo Scavone Yegros, Gonzalo Mendieta Romero, Fernando Molina Monasterios, Natalio Zegarra Ribera, Pablo Michel Romero, Bruno Marco Gismondi, Manuel Suárez Ávila, por haberme señalado textos, provisto de libros y fotografías.

A Elisabeth Salguero por su colaboración desde la Embajada de Bolivia en Alemania. A Roberto Piñero por el diseño de la tapa y su trabajo de edición de las fotografías.

Gracias especialísimas a Florencia Ballivián viuda de Romero, a Jorge Patiño Sarcinelli y a Pablo Stefanoni por haber leído mi no tan buen manuscrito original y por haberlo mejorado substancialmente con sus sugerencias y siempre bienvenidas críticas. Pablo es además mi compañero de viaje en el tiempo. Tenemos y solemos visitar a muchos amigos comunes en las décadas de los 20 y 30.

Presentación

Una vez más el profesor Robert Brockmann nos llena de orgullo, esta vez con su obra: Dos disparos al amanecer, publicada gracias al convenio entre Plural editores y el Departamento de Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, en el marco de la línea estratégica de esta casa de estudios para fomentar y difundir conocimiento académico relevante para la sociedad. Y no existe mayor satisfacción que la de compartir con el público un texto impecable como el que ahora tenemos el honor de publicar.

Este libro nos invita a recorrer los caminos, muchas veces contradictorios y llenos de ideales, de uno de los personajes que, sin duda alguna, marcó la historia de nuestro país, el reconocido Germán Busch. A pesar de la corta edad en la que decidió quitarse la vida, el ex presidente boliviano generó muchas incógnitas; como la de su relación con el movimiento nacionalsocialista y su política de brindar refugio, en el país, a los judíos perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Sí bien existen varios textos sobre la biografía y los actos que realizó Busch, la obra de Brockmann nos brinda un panorama mucho más rico y amplio sobre su compleja y apasionante vida. A partir de ese retrato biográfico, los lectores de esta obra podrán dar cuenta del también difícil contexto que albergó la vida de este personaje, cumpliendo con el deber de la academia: incentivar comprensiones sociales e históricas, que permiten entender mejor la condición del país.

La biografía que el lector tiene en sus manos es fruto de la curiosidad del autor plasmada en un estudio meticuloso y profundo, realizado a lo largo de varios años. Lo que comenzó como una crónica titulada con el mismo nombre es ahora un libro de 364 páginas, que reflejan el anhelo del autor por expresar de la forma más sincera y transparente la historia de vida de Germán Busch y con ella un capítulo de la historia boliviana.

Este ejemplar es muestra de una investigación comprometida con la democratización de la información, la búsqueda de la verdad y la contribución a un debate crítico y académico sobre la historia y el consecuente presente de nuestro país. Esperemos que este libro motive a otros académicos y a estudiantes a generar más conocimiento al respecto. Así, utilizar su curiosidad como motor de futuras investigaciones importantes, al igual que la que hoy el lector tiene en sus manos.

Msc. Rafael Loayza Bueno

Director del Departamento de Comunicación Social

Universidad Católica Boliviana “San Pablo”- La Paz

Introducción

El origen más remoto de este libro está situado en la segunda mitad de la década de 1990, cuando yo fungía de corresponsal en Bolivia de la Agencia Alemana de Prensa (dpa, por su sigla en alemán). Mi colega Hans Bahrmann, entonces corresponsal en Berlín, pasó de visita por La Paz y, enterado de mi interés por la relación histórica entre Alemania y Bolivia, me trajo de regalo un documento extraordinario. Era un paper académico de la Universidad de Pittsburgh, escrito en 1972 por el profesor Cole Blasier, titulado “The United States, Germany, and the Bolivian Revolutionaries (1941-1946)”. Entonces me interesaba extraordinariamente el tema del putsch nazi, el rol de Elías Belmonte y la declaración de guerra de Bolivia a Alemania, que tantos quebrantos le causó a la familia de mi abuelo y a la comunidad alemana en Bolivia, y no tanto el gobierno o la figura de Germán Busch per se.

En aquella época todavía vivían algunos protagonistas de la era Busch, a quienes tuve el privilegio de conocer y entrevistar: Gustavo Chacón, a quien había conocido siendo yo un niño, pues era el abuelo de un entrañable amigo de la infancia. Y Elías Belmonte Pabón. A mediados de la década de 1990 ambos estaban también alrededor de sus 90 años.

Chacón acababa de regresar a Bolivia para pasar sus últimos años con su hija y sus nietos, tras haber vivido décadas en Paraguay. Lo entrevisté en su maravilloso estudio-biblioteca en el barrio de La Florida, que yo recordaba desde niño, acerca de las circunstancias que llevaron a Bolivia a declarar la guerra a Alemania en 1943, y de manera inevitable la conversación siempre derivaba hacia Busch. Chacón estaba lúcido y agudo, y sus insumos fueron reveladores e invaluables.

En la misma época entrevisté a Belmonte acerca de su rol en el inexistente putsch nazi y acerca de su vida y quehacer en Alemania, y de sus relaciones personales,­ con quiénes interactuó cuando fue acusado de ser el propiciador de ese falso golpe nazi que sirvió de excusa para que Bolivia rompiera relaciones con el Tercer Reich en 1942 y le declarase la guerra en 1943.

Belmonte vivía en un departamento en uno de los primeros pisos del edificio Brasilia, en la esquina de la Avenida 6 de Agosto y la calle Juan José Pérez. Su departamento, amoblado sobriamente, era soleado pero estaba atronado por el ruido de esa calle de tráfico infernal. A él ya no parecía molestarle.

Belmonte me recibió una tarde de octubre de 1998, enfundado en una bella bata con un elegante pañuelo en el cuello. Un hombre de una presencia impecable. Quizás el peso de los años había hecho que se encogiera –era más bien pequeño–, pero su apretón de manos y su persona proyectaban una fuerza innegable. Un retrato suyo, de joven y sonriente capitán en uniforme de la Fuerza Aérea, presidía sobre el sofá de la sala. Lamentablemente, su memoria y su voz ya eran sumamente frágiles y estábamos en el punto en que yo sabía más de su vida en el Berlín hitleriano que él mismo. Confundía el nombre de Woermann con Bormann y no llegamos lejos por ese camino. Sin embargo, los ojos se le iluminaban cuando se mencionaba a Busch.

Desafortunadamente ese no era mi principal interés entonces. Me regaló un libro suyo autografiado y un par de meses después recibí su tarjeta de Navidad, con letra muy temblorosa. El detalle me conmovió. En cosa de dos años, Chacón y Belmonte habían fallecido.

Aunque quedaba fuera de su marco temporal, el documento de Blasier narraba con suficiente detalle un intercambio de telegramas entre la legación alemana en Bolivia y el Ministerio de Relaciones Exteriores en Berlín acerca del pedido del gobierno de Germán Busch de asesores alemanes con el fin de declararse dictador nacionalsocialista. La referencia bibliográfica de los telegramas los situaba físicamente en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, a donde habían ido a parar tras la derrota del Tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial.

En 1999 había tenido acceso a la investigación policial sobre la muerte de Busch. Para entonces yo era subdirector del diario La Razón, que a la sazón funcionaba en su sede original, en la calle Jorge Sáenz en Miraflores y, dado que en ese año se cumplían 60 años del suceso, escribí una crónica titulada “Dos disparos al amanecer”, que publiqué el domingo más cercano a ese 23 de agosto, la fecha fatídica.

Para entender mejor el episodio, visité la casa que fue de Busch, en la calle Villalobos del barrio de Miraflores, que era entonces y sigue siendo el Instituto Nacional de Psiquiatría, y con la autorización de su director, fotografié algunos ambientes. Aquella crónica, con pocos cambios, es un capítulo de este libro, y el que le da el título. Esta obra, por ende, se empezó a escribir en 1999. Con un hiato de casi dos décadas.

Como La Razón me quedaba más o menos cerca de la casa de Busch (o sea, del actual Instituto Nacional de Psiquatría), y como mis infames horarios de trabajo eran nocturnos, la medianoche del lunes 23 de agosto de 1999 caminé hasta allí, me aposté al frente y, apoyado en un poste, me quedé mirándola por espacio de alrededor de una hora, imaginando que todo volvía a ocurrir. Hasta que salió un guardia y me ahuyentó de manera vil (claro, ¿cómo explicarle mi presencia prolongada parado al frente, mirando fijamente la casa que alberga pacientes psiquiátricos?).

El hecho es que permanecí lo suficiente para sentirme compenetrado con los hechos y, de alguna manera, con el personaje. No se me malentienda. No creo en lo paranormal, ni en la metafísica, ni soy un excéntrico. El espíritu de Germán Busch no me habló. Pero sentí una profunda necesidad de escribir y explicar a ese personaje que define tanto nuestro presente. El documento de Blasier era un buen punto de partida.

Muchos años después, en 2012 y 2014, aproveché dos viajes a Alemania para visitar el archivo del Auswärtiges Amt(aa), el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, siguiendo el hilo tendido por Blasier. Por correo electrónico, la Sra. Annegret Wilke, del AA, me había informado que los documentos originales citados por Blasier estaban en Washington, pero que había copias en microfilm en Berlín. Como es un documento en microfilm, está en un archivo especial. Si no se lo pide específicamente, no se lo encuentra porque no está en la secuencia regular del grueso de los documentos.

Ya tenía el núcleo de mi libro. La relación de Busch con el Tercer Reich y la aparentemente contradictora política de abrir el país a la inmigración de refugiados judíos que huían de la persecución nazi.

Para ese segundo tema, me serví de otro regalo, éste de Mariano Baptista Gumucio (el siempre generoso Mariano…), quien me había dado, en 2007, un sobre manila grueso con documentos y pistas de referencia para los papeles del magnate minero judío alemán Mauricio Hochschild.

El problema era, ¿cómo conectar los puntos? Toda la obra de Busch, pese a sus escasos 36 escasos años, es densa y trascendental. Entonces, primero, había que leer todo sobre Busch.

Resulta inverosímil comprobar que en realidad se ha escrito poco acerca de él. Me corrijo: se han escrito muchos, demasiados, incontables homenajes y opiniones en clave de apología-hagiografía hiper-cívica, pero realmente se ha escrito muy poco que pueda ser considerado historia respaldada con documentos, sobre Germán Busch.

Acaso el único libro serio que trata sobre él y su tiempo sea El dictador suicida (1956) de Augusto Céspedes. El cual, concuerdo con Fernando Díez de Medina, no es un libro de historia, ni una biografía, sino un ensayo político-histórico, con acento e interés ideológico, con momentos de gran calidad literaria.

El dictador suicida ha sido, pues, el principal, si acaso no el único sustento biográfico acerca de Busch desde su primera publicación. Aunque debe mencionarse también el muy incompleto Busch, el mártir de sus ideales, de Luis Azurduy (1939), un libro olvidado. Hay también innumerables retazos y trozos sueltos por aquí y por allá, muchos de los cuales Mariano Baptista, el gran recopilador de nuestro tiempo, ha reunido en Busch, la flecha incendiaria, libro editado por la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno en 2011.

Cabía la esperanza de que el manuscrito perdido de Carlos Montenegro, un borrador de biografía supuestamente dictado por el propio Busch, encontrado en 2012, arrojara nuevas luces sobre la figura de nuestro Aquiles. Lastimosamente, aquel documento defraudó las esperanzas acumuladas por décadas de los buschólogos, pues su contribución de información dura para una biografía es marginal en el mejor de los casos.

Una vez leído todo sobre Busch, estaba claro que su biografía no podía ser sólo su biografía, sino un retrato de época. Y es una época monumental, enrevesada y complejísima. La vida y obra de Busch se me hizo por momentos inasible y renuncié a escribirla dos, tres o cuatro veces, por largo tiempo. Una vez por más de un año.

Quise abarcar demasiado: desde el origen detallado de las exploraciones chaqueñas por parte de los sacerdotes jesuitas, hasta listas de miembros y la estructura del partido nazi en Bolivia, pasando por la reproducción de decenas de cartas verbatim o las hazañas de ciertos cónsules bolivianos por mantener protegidos a los cónsules honorarios judíos en los dominios del Reich hitleriano. Era demasiado. Suprimí más de lo que escribí y aun así es posible que haya material que sigue sobrando.

Ha sido, pues, el libro más difícil que he escrito, y el más corto. La confusión que sentía Busch acerca de la orientación de su gobierno se traducía en este libro en la dificultad de explicarlo. Es la suya una vida confusa, corta pero intensa, como si fueran varias. Asimismo, su pensamiento es inclasificable, abigarrado diría Zavaleta.

A pesar de todo, aspiro a haber escrito una historia reveladora y verídica sobre Germán Busch. Me he aproximado a su figura intentando mantener cierta distancia, con un respeto cercano a la admiración, pero por momentos, con pesares causados por desengaños. Sobre todo, no he pretendido adornar, suavizar ni ocultar nada. Allá donde Busch yerra, yerra en grande. Podemos contar el final: encuentra su camino –que es el nuestro– de manera gloriosa y muere.

La Paz y Santa Cruz, abril de 2017

Prólogo

Cualquier destino, por largo y complicado que sea,

consta en realidad de un solo momento:

el momento en que el hombre sabe para siempre quién es

(Jorge L. Borges, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”.

Dos disparos al amanecer es el nombre de un libro que también podría haberse llamado –con menos elegancia literaria– “Busch y su circunstancia”. Y hacía falta en Bolivia un libro sobre Germán Busch. En un país en el que las generaciones muertas están tan presentes en el cerebro de los vivos, a menudo faltan estudios históricos rigurosos, basados en archivos, que echen luz sobre hechos y figuras claves del pasado boliviano. Y Busch es una figura clave, parte de un momento de inflexión de la historia política, y un personaje constituido por múltiples capas de deseos, contradicciones, frustraciones, limitaciones y excesos. Y, sobre todo, obsesionado con el destino de la patria. En efecto, cada una de sus grandes misiones las encaró desde ese “sentimiento patriótico”, fueran ellas la expedición a San Ignacio de Zamucos –donde casi muere de sed–, el combate en el Chaco –donde llegó a ser un héroe con menos de 30 años– o la presidencia de la República, vivida como una batalla más a los 34 años. La vida y la muerte siempre se mezclaron demasiado en el Camba.

Este libro reconstruye de manera cuidadosa la personalidad de Busch, una tarea casi tan difícil como necesaria especialmente en este caso, donde una decisión personal –acabar con su propia vida– echaría a perder el contradictorio pero al mismo tiempo rico experimento del socialismo militar. El socialismo de Busch fue, sin duda, un socialismo cifrado con la sangre del “desierto verde”, un socialismo de las trincheras, una suerte de continuación de la guerra (del Chaco) por otros medios. Por eso, el término “socialismo militar” –utilizado por sus propios artífices– resulta muy oportuno para captar el espíritu de aquella época. Sin la guerra, Busch no habría sido Busch. Pero el libro nos permite ampliar la mirada y repone, meticulosamente –gracias a un gran trabajo en los archivos alemanes, que hace la diferencia frente a cualquier obra anterior sobre el mismo tema o período–, una serie de hechos hasta ahora desconocidos sobre la vida de Busch.

La circunstancia de Busch fue también haber sido hijo de un aventurero médico alemán, Paul Busch, que lo abandonó y posteriormente sería su principal vínculo con la Alemania de Adolf Hitler pero sobre el cual hasta ahora solo había referencias sueltas e insustanciales; haber nacido en un aislado villorio de la Amazonía boliviana; haber conseguido ingresar en el Colegio Militar, lo que de ningún modo estaba “escrito” en la biografía de un niño de monte y de río; y no menos importante, haber vivido en un mundo convulsionado, marcado por la crisis del liberalismo y la puesta en marcha de proyectos antiliberales a veces con un sino trágico. Pero Busch no llegó a ver el final del fascismo o del nazismo y en los años 30 se sintió atraído por el renacimiento del ave Fénix alemán. Si Alemania había sido derrotada y humillada tras la Primera Guerra Mundial y estaba renaciendo de las cenizas, ¿por qué no mirar hacia allí en busca de un modelo de sociedad totalitario –palabra utilizada con tonos positivos por esos tiempos– capaz de acabar con el desorden, el atraso y lograr, al fin, el renacimiento de la nación? Y ahí estaba su padre para encontrar las vías de acceso que Germán –completamente ajeno a la cultura alemana– no tenía. En efecto, si sumamos a Busch y su circunstancia se explica por qué es posible escribir un libro de tres centenares de páginas sobre una vida “biografiable” de menos de una década.

El combustible del libro de Robert Brockmann es una atracción particular por la figura del héroe del Chaco, pero se trata de una atracción distanciada, que es lo que distingue un ensayo biográfico de una hagiografía. Sin duda, el autor incorpora su opinión sobre los personajes que trata y sobre todo, escribe. Como dice François Dosse en El arte de la biografía, “no solo debe el biógrafo recurrir a su imaginación ante las lagunas de su documentación y los huecos temporales que se esfuerza por llenar, sino que la vida misma es un entretejido constante de memoria y olvido. Pensar en sacar todo a la luz es, por tanto, a la vez la ambición que guía al biógrafo y una aporía que lo condena al fracaso”. Apunta, siguiendo a Claude Arnaud, que hay un momento en el que el biógrafo es una suerte de antropófago, que devora a su personaje, pero llega el momento de la saturación. Y allí conviene “llevar a cabo elecciones drásticas y dolorosas, aceptar que quedan fallas, huecos en la documentación, que se llenan con la deducción o la imaginación; es el lugar soñado de la inventiva, de la ficción. Es el momento de la escritura”.

Sin duda, la voluntad de hacer de una vida –necesariamente heterogénea, contradictoria y contingente– una unidad significante y coherente contiene mucho de ilusión biográfica. Al fin de cuentas, una biografía es una “novela verdadera” en la que la “unidad narrativa de una vida” es tan necesaria como imposible. ¡Bienvenidos, entonces, a esta novela verdadera de Germán Busch Becerra!

Pablo Stefanoni

Un héroe puede desafiar a los dioses mismos, pero nunca al destino. Como niños, los héroes provocan eternamente al destino. No pueden luchar contra él, pero le hacen morisquetas, lo molestan, y una de las formas de este continuo e infantil afán de provocar al destino es el del destino desmesurado, hasta que llega el día en que el destino se aburre y ocasiona la desgracia o la muerte del héroe. A veces lo deja vivir, como en el caso de Busch, pero en una forma u otra, es siempre el destino el que triunfa y se impone y domina, como la fuerza única y verdadera.

René Ballivián Calderón, 1935.

Los Busch y los Becerra

El viejo maestro de música sacó con cuidado del bolsillo interno de su chaqueta un pequeño sobre. “Mi Paul me ha escrito otra vez; ahora desde Trinidad”. Y leyó la carta a sus alumnos de la escuelita de Eickendorf, que escuchaban embelesados las aventuras de Paul en el trópico sudamericano, donde él navegaba en su barcaza por ríos tan anchos que en comparación, los ríos europeos eran hilitos de agua, por ríos-casi-mares que fluían dentro de selvas insondables, e iba curando a indios de tribus recónditas de nombres impronunciables. Ya en casa, a la hora del almuerzo, Ferdinand Busch leyó de nuevo la carta de Paul a su esposa, Bertha Wiesener, y ambos se alegraron de las aventuras de su Paul en ese lejano continente, no sin una pizca de temor por lo que pudiera sucederle tan lejos de la civilización. Podía caer víctima de una enfermedad tropical, o ser atacado por salvajes, o por fieras; en fin, amenazas de la orilla del mundo. Las cartas se apilaban, escritas desde lugares diversos: Buenos Aires, Santiago del Estero, Santa Cruz, Trinidad, Concepción… Después del trabajo, Ferdinand se reunía algunas veces por semana con su Stammtisch, su grupo de tertulia con el que bebía unas cervezas antes de irse a dormir temprano, como mandan las reglas de la vida campesina.

Pues sí, los escolares y los contertulios de Ferdinand Busch escuchaban con fascinación y celebraban que uno de ellos, Paul, tras graduarse de médico, se hubiera marchado para vivir en los bordes más retirados del mundo. Prósperos agricultores todos ellos, los jóvenes y los mayores, vivían desde hacía siglos sembrando y cosechando en la tierra negra más rica del Reich alemán.

La tierra de la región es tan buena que todavía hoy sólo hay cultivos y pueblitos agrícolas en un par de cientos de kilómetros a la redonda, y ninguna ciudad importante. El municipio de Bördeland, que contiene a otras seis comunidades además de Eickendorf, tiene en 2016 menos de 8.000 habitantes en total. Cultivos y más cultivos hasta donde alcanza la vista. Magdeburgo, la capital del estado de Sajonia Anhalt, es la única ciudad de relativa importancia de la región.

En 1893, tres años después de que Paul emigrara, Eickendorf, tenía 1.490 habitantes (en 2016 tiene 1.102). Pueblo próspero pero con pocas distracciones, esperaba casi con tanta ansiedad como Bertha y Ferdinand Busch las cartas de Paul desde Bolivia, la ignota tierra de las aventuras. Era la novela del pueblo. Las aventuras del joven médico se contaban de boca en boca.

Aun en la actualidad la vida de Eickendorf gira en torno a la iglesia luterana de San Juan Bautista (Sankt Johannes), reconstruida en 1750 después de su destrucción en la Guerra de los 30 años. Y Ferdinand Busch no era un campesino más. Era el Kapellmeister, el director del coro de la iglesia y además maestro de música y matemáticas en Eickendorf y los pueblos vecinos de la llanura de Bördeland, que le da su nombre al distrito. Ser Kapellmeister no era poca cosa. Entre otros grandes, Johann Sebastian Bach y Joseph Haydn lo habían sido en sus respectivas épocas, pero bajo el auspicio de monarcas poderosos y en ciudades importantes.

 Como toda sociedad agraria, el Bördeland es esencialmente conservador y tradicionalista. Sus habitantes se precian de ello y de su hospitalidad. Esta sociedad rural le concedía entonces, como ahora, gran importancia a las costumbres tradicionales y a su conservación. Para asistir a una boda, la gente viste sus galas como hace 300 años, y vestida de igual manera realiza la primera cosecha. En el sitio se respira folclore sajón.

Muchos datos sobre Paul, el hijo de Ferdinand y padre de Germán Busch, son imprecisos. No nació en Eickendorf, principal localidad donde ejercía su padre, sino en Königsaue, un villorrio aun más pequeño, el 4 de noviembre de 1867.* Es difícil seguir el rastro de Paul porque Königsaue desapareció del mapa, desplazado en la década de 1960 por una gigantesca mina a cielo abierto. Actualmente, existe en las cercanías una aldea, poco más que una granja grande, con ese nombre.

La figura de Paul Busch merece atención aparte de su hijo Germán por sus propios méritos, porque su propia vida es la de un intrépido pionero y explorador del Oriente boliviano al filo de los siglos XIX y XX.

Al igual que tantas figuras de la vida nacional, Paul Busch es víctima del folclore histórico. En su caso, por excesiva simplificación. Las pocas referencias que hay de él en la historiografía nacional sólo dicen que era un médico trashumante, excéntrico y filántropo. La obra más difundida sobre Germán Busch, El dictador suicida, de Augusto Céspedes, lo resume de esta manera:

Su padre, don Pablo Busch, médico de aldea, alemán llegado en desconocida aventura hasta el Oriente de Bolivia, [era una] mezcla de curandero, explorador y sheriff, de carácter adusto, cruel y filantrópico. Su coraje dejó leyenda en San Javier y Concepción, donde con sombrero alto, maletín quirúrgico y fusil anduvo haciendo guerra a los temibles bandoleros de aquellas regiones gumíferas. Sus óptimas cualidades para domar bandidos decidieron a Saavedra nombrarle subprefecto.1

Pero Paul Busch era mucho más que eso. Fue un emprendedor y un despierto hombre de negocios, a quien Bolivia le debe además la exploración de no pocos ríos en los territorios entonces ignotos de la Amazonía, en una época en que tal aventura requería del valor y temeridad que poseyeron los conquistadores españoles de siglos pasados.

Según diferentes versiones llegadas a sus descendientes en Bolivia, Paul fue o bien uno de siete hermanos y hermanas, o uno de cuatro. La versión de los siete hermanos no tiene respaldos ni más datos que la suposición de que todos fueron militares.* Al terminar la primaria en Eickendorf, Paul se trasladó a Magdeburgo, donde obtuvo su bachillerato. Siguió sus estudios universitarios en la ciudad –también sajona– de Halle, sobre el río Saale, donde se graduó de médico. Prosiguió sus estudios en Hamburgo y Berlín, donde obtuvo la especialidad de cirujano.

Un artículo de prensa publicado en Núremberg en 1937, que se maravillaba de que el nieto de Ferdinand Busch fuera presidente de un país tres veces más grande que el Reich alemán, sostiene que Paul emigró a Sudamérica en 1890.2

Sólo la versión de que habrían sido cuatro hermanos tiene datos concretos: estos habrían sido “Juan”, Georg y Wilhelm. De ellos, Wilhelm obtendría su título como filólogo de una Universidad de Berlín y permanecería toda su vida en Alemania como profesor en una escuela, igual que su padre. Georg, en cambio, por invitación de Paul, se trasladaría a Bolivia en 1906 y lo acompañaría durante cuatro años, trabajando como capitán de un barco a vapor en el río Mamoré. Eventualmente Georg regresaría­ a Alemania, todavía soltero, donde desempeñaría el hoy desaparecido oficio de maestro dibujante o maestro grabador (el término en alemán, hoy caído en desuso, es Oberzeichenmeister), en la pequeña ciudad de Neumünster, en el norte de Alemania, que tendrá importancia en el futuro de Paul.3 Según una versión familiar, Georg era ingeniero mecánico. Supuestamente el mayor de los hermanos, “Juan” (que en alemán debió llamarse Johann, Johannes o Hans) era contador y comerciante, y la tradición oral familiar le atribuye haber sido fundador de una cervecería.4

De Paul existen muy pocas fotografías, todas tomadas en La Paz o Cochabamba, cuando Germán Busch ya era presidente. Paul conservó una figura delgada y erguida hasta sus últimos días. Guarda poco, si acaso algún parecido con su famoso hijo, salvo la esbeltez.

Paul Busch tenía rasgos afilados, usaba anteojos redondos de marco grueso à la Freud, montados sobre una nariz elegantemente aguileña, y su boca era poco más que un tajo, en agudo contraste con los rasgos suaves y labios casi femeninos de Germán. Tenía el cráneo redondo como un domo, adornado por una rala cabellera blanquísima. Su pelo y perilla blancos contrastaban vivamente sobre una piel que había sido blanca, pero que terminó bronceada y curtida por una vida transcurrida bajo mil soles amazónicos. Tenía el engañoso aire de anciano bondadoso de los cuentos de niños, pero esto distaba de ser cierto. Paul Busch carecía de cariños para nadie y en general fue un mal padre y peor esposo.

Paul emigró a América en 1890, a los 23 años, con la intención de probar fortuna como maestro, vocación que al parecer corría con fuerza en su familia. Pisó tierra en Buenos Aires. De allí se dirigió a Bolivia. ¿Por qué emigró? ¿Por qué eligió Bolivia? Alemania vivía un período de auge económico, cultural, de expansión imperial y de orgullo nacional, de modo que Paul Busch no fue un exiliado de la economía. Paul cumplía con el perfil del típico inmigrante alemán a Bolivia en esas épocas: joven, profesional y soltero. Es probable que encontrara poco atractivo un futuro en la sociedad rural de Bördeland, pero nunca lo sabremos a ciencia cierta. La sed de aventuras y el ansia de nuevos horizontes bastó a no pocos inmigrantes alemanes para emigrar a Bolivia.5

En la Sudamérica de entonces era costumbre que los inmigrantes provenientes de ámbitos ajenos al mundo hispanoparlante adaptaran su nombre a la versión española. Así, los Hans, Johann o Johannes se convirtieron en Juan, los Carl o Karl en Carlos, los Wilhelm en Guillermo, los Paul en Pablo, los Emil en Emilio, etc. Así que en adelante, Paul en Bolivia sería Pablo Busch.

Pablo Busch llevaba en los genes una extraordinaria vitalidad y fuerza física, lo que pronto tendría ocasión de demostrar. Mientras atravesaba los solitarios caminos del norte de Argentina con rumbo a Bolivia, fue asaltado por dos ladrones. En un acto que, sin saberlo, su hijo Germán replicaría años después, Pablo sorprendió a sus atacantes con una explosión de fuerza y agilidad: uno resultó con el cráneo fracturado de un bastonazo, mientras que al segundo lo entregó, sometido, a la Policía. “Este modo de reacción”, dice Hollweg, “era un rasgo básico de su temperamento”.

Tampoco se sabe por qué recaló en Santa Cruz, una de las ciudades entonces más aisladas de un país ya de sí remoto.* Lo que está claro es que los alemanes que llegaron a Bolivia en ese período se dividieron en dos corrientes: los que llegaron a trabajar en el occidente andino y minero, y los que se establecieron en el Oriente, que vivía el boom del caucho. En ambos casos se trataba predominantemente de proveedores o comerciantes que nutrían de insumos a esas dos industrias. El hecho es que en Santa Cruz trabó una sólida amistad con el también alemán Walter Villinger, originario de Baden. Villinger invitó a Busch a formar una sociedad con Emilio Zeller, otro badense, relación de la que surgió la casa comercial Zeller, Villinger & Cía,** que se convertiría en un magneto y semillero para la inmigración de jóvenes alemanes al Oriente de Bolivia hasta bien entrado el siglo XX. Numerosos apellidos alemanes deben su existencia en Bolivia a que algún antepasado había sido contratado por esa casa comercial o por alguna de sus sucursales.

De naturaleza muy inquieta, Pablo Busch recorría con avidez los ríos de todo el Oriente amazónico, que eran las principales y a menudo las únicas vías de acceso a comunidades muy aisladas. Para comprender la magnitud de sus recorridos, sólo el Beni y Santa Cruz tienen una superficie combinada de poco más de 584 mil kilómetros cuadrados, un territorio decenas de miles de kilómetros más grande que el todo el Reich alemán que Pablo había dejado atrás, antes de que fuera dos veces desmembrado en las guerras mundiales.

Sólo ante un mapa de la época se puede apreciar la magnitud de los recorridos de Busch y de sus contemporáneos en el Oriente de Bolivia. Los mapas contenían fuertes dosis de imaginación, grandes imprecisiones e importantes omisiones, y sin embargo, estos pioneros recorrían esos territorios como quien conoce la palma de su mano. En el lapso de pocas semanas estaban en las localidades más ignotas y distantes entre sí.

En uno de sus periplos, en 1892, de paso por Trinidad, capital del Beni, Pablo conoció a Raquel Becerra Villavicencio. “Rubia, bella y llena de dulzura”, la describiría Carlos Montenegro en su trunca biografía de Germán Busch.* El romance, intermitente y corto por las idas y venidas del espigado médico, culminó con el matrimonio de ambos en esa ciudad, el 12 de junio de 1893. Él de casi 26, ella por cumplir los 19.

En la historiografía boliviana no es inhabitual que citas de referencias originalmente erróneas se vuelvan precepto. En ese sentido, hay lagunas, inexactitudes y controversias acerca de los datos básicos de la relación de Pablo Busch y Raquel Becerra, y también sobre el origen de ella. Algunos textos de historia de Bolivia hacen nacer a Raquel en el departamento de Santa Cruz. Incluso en el mencionado testamento de Pablo, de 1908, figura como “natural de Santa Cruz”. Otros documentos sostienen que Raquel Becerra Villavicencio nació en Trinidad de Moxos el 24 de septiembre de 1874. Aunque la versión beniana tiene más peso, se trata de un dilema irresoluble.

Carlos Montenegro quiso escribir una biografía de Germán Busch, para lo cual lo entrevistó en numerosas y largas ocasiones. Al final, la prematura muerte del personaje frustraría el intento y el manuscrito se perdería. Una vez encontrado, el manuscrito de Montenegro le atribuye a Raquel un antiguo origen criollo en Santa Cruz, aunque desafortunadamente no cita ninguna fuente. Montenegro sostiene que el antepasado más lejano de Raquel en tierras americanas fue José Manuel Becerra, hijo de un español llegado en el siglo xviii a las selváticas provincias orientales de la Audiencia de Charcas. José Manuel tuvo el mérito de alcanzar el puesto relativamente importante de gobernador militar de Pariti en Santa Cruz, a pesar de no ser español, sino apenas criollo nacido en América.

Como anticipando la vocación que habría de manifestar su célebre descendiente, en 1806 Becerra encabezó una expedición al norte de Santa Cruz. Debía ser una expedición punitiva contra los indios guarayos, fervientemente dispuestos a conservar su libertad nómada y silvícola, y enemigos acérrimos de la posibilidad de dejarse reducir por las misiones franciscanas. Al parecer José Manuel se negó a perpetrar el escarmiento a sangre y fuego que supuestamente le exigían los franciscanos.** A pesar de ello, se mantuvo en el puesto hasta 1813, bien entrada la Guerra de Independencia. Y un hermano suyo, cuyo nombre Montenegro no menciona, figuró en las juntas nacionales que reunían pertrechos para las guerrillas independentistas cruceñas. Raquel Becerra resultaría entonces ser la biznieta de José Manuel. Cómo o por qué esa rama de la familia se trasladó al Beni, no lo sabemos. Pero es enteramente plausible y concordante con las tendencias migratorias de la región: la mayoría de los benianos criollos de la primera hora son descendientes de cruceños.

Pablo Busch y Raquel Becerra establecieron su hogar en Trinidad desde el año de su matrimonio hasta 1895, en que nació su primera hija, Josefina.6 Él ejercía allí como médico y como socio y gerente de la sucursal de la casa Zeller. Eran frecuentes sus incursiones fluviales hacia el corazón de la selva, donde atendía las necesidades de las tribus más remotas, a las que atendía gustoso y sin cobrar.

Durante sus expediciones, Pablo sentía intensamente el llamado de la espesura y además un creciente –hasta que se hizo irresistible– rechazo a su vida sedentaria. Tan fuerte fue, que los siguientes ocho años del matrimonio serían de vida nómada, navegando por los recios ríos de la Amazonía boliviana. El ejercicio de la medicina y las actividades empresariales de Pablo con la casa Zeller lo llevaban con frecuencia a Santa Ana de Sécure, Villa Bella, San Javier y Baures, todos pueblos muy alejados unos de otros.

Bajo esas condiciones, Raquel pariría a sus siguientes cuatro hijos en los ríos benianos, en sus riberas o en algún fugaz desembarque. Entonces, sólo Josefina, la mayor, nació en una casa que la familia podía considerar hogar, en Trinidad, el 8 de mayo de 1895; Bertha, la segunda, ya nació en la etapa nómada de los Busch-Becerra: o en Villa Bella, o en alguna parte del río Beni, entre Villa Bella y Cachuela Esperanza, el 18 de febrero de 1897. Fue bautizada con ese nombre en honor a la madre de Pablo. Elisa, la tercera, vio la luz por primera vez en San Javier de Chiquitos el 27 de enero de 1900, y Pablo Jr. el 27 de noviembre de 1901, en esa misma población cruceña. Ciertas fechas difieren según diferentes fuentes. Nos aferramos a las más consistentes o respaldadas. Elisa y Pablo nacieron en San Javier, en la provincia Ñuflo de Chávez, en Santa Cruz, porque Pablo hacía frecuentemente la ruta entre esa población y Baures, en el Beni, debido a que en Baures había establecido su oficina comercial, y una residencia en San Javier. Nos guardamos el nacimiento de Germán para más tarde, pues nos dará qué hablar.

De este período data una anécdota relatada años más tarde por Raquel a Germán y recogida por Montenegro en su manuscrito:

Una vez tu padre fue herido por los salvajes, mientras andaba por el monte. Le quebraron el hueso de la pierna, y él quedó allí, tirado sobre la senda quién sabe cuánto tiempo. Al recobrar sus fuerzas, extrajo con sus manos el dardo, curó la herida, se hizo la reducción del hueso fracturado […] Debió sufrir dolores insoportables, pero no se quejaba para no ser ultimado por los bárbaros que lo creían muerto. Pudo salvarse porque llevaba el botiquín médico, pues volvía de curar a unos indios enfermos.7*

No sería la primera, la última o la peor vez que el doctor Busch saldría malherido de su filantropía selvática.

La vida familiar de los Busch Becerra sufrió interrupciones entre 1899 y 1903 por la Guerra del Acre, cuyo escenario era, precisamente, el norte de la Amazonía boliviana. El conflicto estuvo motivado por las ambiciones de los colonizadores brasileños de hacerse con el muy rentable negocio del caucho natural, abudante en la región, y de oro, que supuestamente también había. Busch, junto con otros alemanes –entre ellos Arthur Posnansky–** intervino activamente del lado boliviano. Puso su lancha a vapor al servicio del aprovisionamiento de las fuerzas bolivianas con alimentos y municiones. En una ocasión, mientras navegaba por el río Tahuamanu, en el actual departamento de Pando, entonces formalmente llamado “Territorio de Colonias”, su lanchón fue atacado por los acreanos brasileños, que le causaron graves averías hasta el punto de casi hundirlo. Fue digna de película la ruptura del bloqueo acreano y subsiguiente fuga, con un momento dramático en el que estuvo a punto de caer prisionero. La hazaña fue tan notable y comentada hasta en La Paz, que el doctor Pablo Busch recibió un reconocimiento del presidente José Manuel Pando, quien comandaba en persona las acciones bolivianas.8

En las postrimerías de la guerra, el médico regresó con Raquel y sus cuatro hijos. El 23 de marzo de 1903 nació el quinto vástago de la pareja, Víctor Germán Busch Becerra. Pocos meses después del nacimiento, estando la familia en San Javier, Pablo y Raquel decidieron seguir caminos separados.

El hecho es que Pablo dejó a su familia atrás y se adentró en la espesura de los ríos que tanto amaba para nunca volver como padre ni como esposo. En 1904 recaló en la remota –remota incluso en el Beni– localidad beniana de Baures. Baures está lejos de todo: a 70 kilómetros al sureste de la capital de la provincia de Iténez, Magdalena, y a 200 kilómetros al noreste de la capital del departamento, Trinidad. Baures está situada en el margen izquierdo del río Negro, afluente del río Baures. Las aguas del río Negro son muy oscuras –de ahí su nombre– y muy lentas. En 2010 esta localidad tenía poco más de 3.000 habitantes y medía siete por nueve manzanas en sus partes más ancha y larga. Sus calles continúan siendo de tierra y sus manzanas son poco densas en construcciones. Abunda, claro, la vegetación selvática. La zona es paradisíaca para quien desee alejarse del mundanal ruido. Pero por otro lado, llama la atención que otros villorrios de la provincia Iténez, por la que corren estos ríos, se llamen El Infierno y La Envidia.

¿Qué le ofrecía Baures en 1904 a un médico alemán? Allí Pablo fungió una vez más como gerente local de Zeller, Roessler, Villinger & Cía. Con la pérdida del Acre en la guerra, Bolivia perdió sólo una parte de la explotación de la goma, que era el principal negocio de esa firma en Baures, y el auge de la goma habría de durar todavía buenos diez años, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial.

A cien años de distancia, es tentador imaginar al Oriente boliviano de inicios del siglo XX como un sitio solitario, idílico, salvaje, remoto y bucólico. Pero esa imagen está lejos de la verdad. El corazón de la Amazonía, donde crecen árboles de caucho, era un hormiguero en el que bullía la actividad. Y el norte de Bolivia era uno de los epicentros de ese boom. Como toda región tropical, la Amazonía boliviana estaba infestada de toda clase de enfermedades. En octubre de 1913, el joven inmigrante alemán Josef Kreidler le describía en una carta a sus padres desde la cercana San Ignacio de Velasco, acerca de sendas epidemias de malaria y viruela que se cebaron en los indios del lugar:

Estos últimos días han sido tristes, pues ha prevalecido una epidemia de fiebre extremadamente violenta que llega con un peligroso padecimiento de garganta. Es una especie de rigidez en el cuello, de la que ha muerto mucha gente, especialmente indios. Afortunadamente nos hemos salvado de morir, aunque la enfermedad también nos afectó.9

Un médico tenía, por ende, mucho que hacer allí.

En 1906, Pablo invitó a su hermano Georg a trabajar en Bolivia. Georg, convertido en Jorge Busch, se desempeñó como capitán de barco a vapor en el bajo Mamoré y sus afluentes durante cuatro años. El 27 de abril de 1908 nació Carlos, el sexto hijo de Pablo Busch, éste con Petrona Baldivieso, una mestiza, hija del cacique mayor de Baures. Paul no se casó con ella.

Durante los años del auge del caucho no hubo río que no fuera intensamente navegado por barcos fluviales y barcazas que hoy parecerían inverosímiles. En aquella época el etnógrafo y antropólogo sueco Erland Nordenskiöld recorrió esa misma región y producto de sus viajes dejó escritos tres libros que son ante todo maravillosos relatos de viaje en los que reseña ese enorme territorio como bullente de actividad, de tráfico de mercancías –y también de esclavos–, todo debido al auge del caucho, que edificó tantas fortunas como trajo miseria y dolor.

[…] por todos los ríos se transportan mercancías, correo y pasajeros en grandes o pequeñas canoas y botes a remo, tripulados por indios civilizados, perseverantes y aplicados remeros que pueden bogar hasta doce, catorce o incluso dieciséis horas al día. Los grandes ríos son transitados por pequeños vapores que, sin embargo, no pueden circular por las pequeñas corrientes y que en gran medida dependen de la época de lluvias”.10

Relata, por ejemplo, que la localidad de Cuatro Ojos, no lejos al norte de Santa Cruz de la Sierra, tenía mala fama, pues era punto de paso del tráfico de indios chiriguanos y otros –en ocasiones también blancos–, caídos en la esclavitud por deudas, que eran llevados al río Mamoré para ser vendidos en las regiones caucheras. Los maquinistas alemanes de los pequeños vapores de pasajeros –Jorge Busch fue uno de ellos– le narraron al sueco que en repetidas ocasiones habían “visto ese tipo de transporte de indios encadenados”.11

En esos años, con capital aportado por Pablo Busch y sus socios Nemesio Ojopi y Manuel Ruiz, los tres instalaron un taller tipográfico –el segundo del Beni– con una imprenta alemana importada a través de Puerto Suárez. Con ella se publicó el primer número del periódico local El Porvenir, el 25 de mayo de 1909.12 En el Beni, sólo Trinidad, y entonces Baures, tuvieron un periódico.

Pocas semanas después del nacimiento de Carlos, tuvo lugar el episodio más grave en la vida de Pablo Busch. En una de sus expediciones fluviales por el alto Mamoré (otra versión dice que en el río Iténez), una partida de indios cayubabas atacó su bote con una lluvia de flechas, tan largas como lanzas. El mozo que lo acompañaba murió con una inmensa saeta atravesada en la garganta. Otra alcanzó al propio Busch en el vientre. Con su fuerza vital extraordinaria, el malherido Pablo se las arregló para virar la embarcación y navegar río arriba hasta Puerto Ballivián. Desde allí fue transportado en hamaca a Trinidad, con casi ninguna posibilidad de sobrevivir, donde su colega y compatriota, el Dr. Juan Philips, con mil cuidados, cortó y extrajo el astil de la flecha, pero no pudo evitar dejar la punta clavada en una vértebra, debido al riesgo quirúrgico que significaba intentar sacarla. Philips describió así su dilema: “Si se la quitaba, moría. Si se la dejaba, lo mataba”.

En medio de fiebres, consciente de la inminencia de la muerte, hizo llamar a Jorge. Le dictó su testamento –el documento a que ya nos hemos referido– y lo nombró albacea de su sucesión y tutor de sus hijos. El 23 de julio firmó su testamento, en el cual nombró herederos a todos sus hijos nacidos hasta ese momento. Entre los bienes que dejaba en herencia incluyó “la parte de capital de inversión y lucros que me corresponden en la sucursal de los señores Zeller, Villinger & Cía”. Le dejó la casa de San Javier a Raquel.

Con una punta de flecha enterrada en lo más profundo del cuerpo, Pablo Busch emprendió un muy incierto viaje no al cercano Brasil, ni a los vecinos Chile o Argentina, sino a la lejanísima Alemania para que se la extrajeran. No sabemos quiénes lo acompañaron o hasta dónde en tan larga travesía, pero llevó a cabo esa auténtica odisea como él sabía: navegando en lanchas desde Trinidad hasta Belém do Pará, el único puerto transatlántico cerca de la desembocadura del río Amazonas. De allí tomó un vapor alemán hasta Hamburgo. Semejante viaje le tomó en total 30 días de agonía. En Alemania los médicos verificaron que la flecha le había perforado los intestinos siete veces. Necesitó varias operaciones. Paul Busch –otra vez era Paul– permaneció en Alemania los dos años que le tomó convalecer a su cuerpo, tarea en la que consumió sus acciones de Zeller, Villinger & Cía. hasta agotarlas.

Restablecido, regresó a Bolivia en 1910, a punto de cumplir los 47 años, trayendo mercadería de ferretería para vender, emprendimiento en el que por algún motivo no le fue bien. No ingresó a Bolivia por Buenos Aires o Arica, como hacían los viajeros convencionales, sino por los caminos que conocía y amaba: navegó por los ríos Amazonas, Madeira y Mamoré. No regresó a Petrona Baldivieso ni a su hijo Carlos. Más bien peregrinó por el Iténez, fronterizo con Brasil, y navegó y exploró los ríos Blanco, Negro, Verde y otros, abriendo nuevas rutas de intercambio y llevando el alivio médico que podía cargar en su humanidad. En el norte de la actual provincia beniana de Iténez hay dos villorrios ribereños llamados Nuevo Berlín el uno, y Germania el otro. ¿Le deben sus nombres acaso al explorador y pionero Pablo Busch?

Tuvo fugaces permanencias en las aldehuelas de Yaguarú (Guarayos) y El Puente. En 1912, en la propiedad de la familia Cusi o Cusis, cerca de Guarayos, Pablo conoció a Enriqueta Antelo. En un romance relámpago, se casó con ella a los pocos días. La pareja tuvo tres hijos: Gustavo, nacido y muerto en 1915; Gustavo segundo, nacido en abril de 1916 en El Puente, y Dora, el 16 de mayo de 1928, en Concepción. Todas estas localidades están en la provincia Ñuflo de Chávez, en el norte de Santa Cruz. Pablo y Enriqueta se establecieron definitivamente en Concepción. Allí él siguió trabajando como médico, asesor y consejero de la sucursal de la Casa Zeller, si bien ya no en calidad de socio. Fiel a su naturaleza de desarraigo, atravesaba incansable las junglas como médico de las empresas británicas Anglo Bolivian Rubber Co. y Trading Co. Ltd., pero además como el médico titular de sanidad pública de Concepción. También fue médico de los indios guarayos en las misiones franciscanas.13 Aquellos que un siglo antes,   José Manuel Becerra se negó a escarmentar. Germán Busch le relató a Carlos Montenegro: “Creo que mi padre no tuvo pasión más continua e intensa que la de estudiar y asistir enfermos”.14 Si entonces hubieran existido las ongs, sin duda Pablo Busch hubiera dirigido una.

En julio de 1920 una revolución en la lejana La Paz depuso al Partido Liberal, que gobernaba desde el cambio de siglo, y asumió el gobierno el caudillo paceño Bautista Saavedra, fundador y líder del Partido Republicano. Hostil a las elites, Saavedra encabezó un gobierno polarizador y populista. El flanco filantrópico y romántico de nuestro médico germano se sintió identificado con las políticas saavedristas en favor de los desposeídos.

Se hizo miembro del Partido Republicano. Los depuestos liberales responden a la rudeza política de Saavedra con igual vehemencia y aquel régimen transcurrió en medio de permanentes sobresaltos y la mayor parte de ese gobierno vivió bajo el estado de excepción hasta su fin en 1926.

A pesar de su lejanía de los centros de poder, en la provincia Ñuflo de Chávez ocurría lo mismo que en el resto del país, con el agregado de que, a la intranquilidad política, se sumó la del bandolerismo. El forajido Carmelo Hurtado, prófugo de Santa Cruz de la Sierra supuestamente por haber matado a un hombre en defensa del honor de una dama, halló refugio en las llanuras del norte cruceño. Allí se desarrolló una saga romántica de la cual hoy es imposible separar la ficción de la realidad. Hurtado se hizo legendario, tanto por su temeridad como por su destreza como pistolero. Para colmo, también tocaba la guitarra, cantaba y era un romántico, receta que hacía que racimos de damas cayeran rendidas en su regazo.

Hurtado no daba respiro a las autoridades. Los sucesivos subprefectos de la provincia, los tenientes Cronembold, Hahnart y César Banzer, al mando de expediciones policiales enviadas desde Santa Cruz, pudieron hacer poco o nada para contener las fechorías de los forajidos, que contaban con la simpatía de la mayor parte de la población. Los cruceños en general sentían intensa antipatía por el gobierno del “cholo” paceño Saavedra y pronto congeniaban y se alineaban con cualquier iniciativa que incordiara al gobierno de La Paz, fuese conspiración política o pandilla de bandoleros.15

En esas circunstancias, el gobierno puso sus ojos sobre uno de sus escasos pero influyentes acólitos en el lugar: Pablo Busch fue nombrado subprefecto de la provincia en junio de 1924. En ese rol, el médico se reveló como una autoridad severa. Los liberales, siempre atentos a las oportunidades de conspiración, sufrieron en carne propia las asperezas de la bondad selectiva del médico.

Los pobladores de Concepción se mostraban a menudo al borde de la rebelión. “[…] con sus métodos muy severos empleados para poner orden en la provincia, especialmente el rechazo a Busch partía de las personas más conservadoras de la sociedad”, publicó el diario El Oriente el 15 de mayo de 1926. La fama de severidad de Busch llegaba hasta la capital del departamento.16

En algún momento durante el dominio del subprefecto Busch sobre la provincia, llegó el momento de la confrontación decisiva, personal y armada entre el subprefecto y el pistolero. Por desgracia, los detalles del enfrentamiento se han perdido, pero debió de ser una escaramuza memorable. Sólo se sabe que Pablo Busch llevó las de perder, tendido en el suelo, con el pie de Hurtado sobre el pecho y el cañón de su arma apuntando a su rostro. Una versión dice que recibió un balazo en la pierna. Pero que el bandolero eligió no matarlo porque le tenía respeto y admiración, debido a que Busch curaba a los pobres.

1903 o 1904. San Javiero El Carmen de Iténez

Quizás Pablo Busch hubiera querido bautizar a su quinto hijo como Viktor Herrmann.* Pero ya llevaba demasiado tiempo en Bolivia y él mismo se había avenido a la costumbre de la época de españolizar los nombres provenientes de otros mundos. De modo que el niño se llamaría Víctor Germán. El nombre resultaría profético. Víctor Germán sería el “lancero”, el “guerrero victorioso”. Quedaba entonces así escrito en su destino.

Pese a su estatus legendario, los datos elementales sobre Germán Busch están en disputa. A saber, el cuándo y dónde vio la luz por primera vez. Quizás ello sea bueno; los héroes deben ser de todas partes y de ninguna. La historia que se enseña en las escuelas bolivianas afirma que Busch nació en San Javier de Chiquitos, departamento de Santa Cruz, el 23 de marzo de 1904. Pero ese aserto queda en duda desde que surgió una copia certificada de la partida de bautizo del niño, fechada en esa misma localidad, pero el 25 de agosto de 1903, en la cual se dice que el recién bautizado nació el 23 de marzo de ese mismo año. O sea un año antes de lo que dicen los libros escolares de historia. Así, el dato correcto y documentado de la fecha de nacimiento de Germán es 23 de marzo de 1903, sin importar lo que digan los manuales escolares. Ese documento, entonces, zanja el tema del cuándo. Pero, ¿qué sucede con el dónde?

El historiador beniano Arnaldo Lijerón C., munido de declaraciones de testigos, disputa también el presunto nacimiento cruceño de Busch. Según su investigación, Germán habría nacido cerca de El Carmen de Iténez (o Iténes, o Itenes), departamento del Beni, el 23 de marzo de 1903. “El alumbramiento sucedió cuando la familia Busch Becerra navegaba este río, en viaje hacia San Javier de Chiquitos […]”. Apenas se detuvieron lo suficiente en un ranchito, para atender el parto, esperado para esas semanas. Los padrinos de nacimiento fueron un  patricio local y dueño del ranchito La Pampita,  Luis Suárez Suárez, y su esposa, Eduarda Hurtado.17

Lijerón respalda su versión en testimonios recogidos por el también historiador beniano Rógers Becerra –ambos, parientes de Raquel, madre de Germán– quienes afirman que, en diversas ocasiones, Raquel Becerra relató las circunstancias del nacimiento de su hijo menor. En la investigación de ambos historiadores benianos, Casta Chávez Casanovas viuda de Sierra relató que Raquel recordaba las circunstancias del nacimiento de Germán como algo divertido. “Nació cerca de El Carmen, en un ranchito, cuando viajábamos a Santa Cruz, pero las circunstancias del inesperado alumbramiento hicieron detenernos en ese lugar”, habría narrado Raquel Becerra en una conversación con su familia y amigos en Trinidad, el año que llegó abandonada por su esposo. Otro testigo, Eduardo Ávila Alberdi, aseguró que Raquel Becerra “aprovechaba toda ocasión para decir dónde había nacido su hijo Germán, de modo especial cuando él ya era gran héroe de la guerra y había asumido la Presidencia de la República”. Ávila reconstruyó con estas palabras aproximadas el relato de la madre de Germán: “¡Quién creyera cómo es la vida! Mi pobre hijo, que nació en una barraca, cerca de una población beniana, ya que estábamos de viaje a Santa Cruz y ahí me tocó dar a luz a Germán, a quien tuve que hacer bautizar, porque esa noche lloró mucho. ¡Tanto, que creímos que podía estar enfermo y morir! Ante esta posibilidad, no podía dejarlo sin bautizar, aunque Pablo era ateo.* Un amigo de la familia y dueño de la barraca que nos prestó ayuda, fue el padrino de agua”.18 Ese padrino resultó ser un caballero llamado Luis Suárez Suárez. Posiblemente no fueran las palabras exactas de Raquel, pero es creíble la descripción de la situación.

La versión beniana, sólida por cierto, da entonces por el solar de nacimiento de Germán Busch la pequeña localidad beniana de El Carmen de Iténez, en la ribera del río Blanco.

Río abajo, hacia el norte, no lejos de El Carmen, poco más allá de la localidad de Baures, confluyen los ríos Blanco y Negro, llamados así porque las aguas del Blanco son de un pardo blancuzco, y las del Negro son, pues, negras. Durante kilómetros las aguas fluyen divididas en blanco y negro hasta que se mezclan, y no obstante el cambio de color, el río sigue llamándose Blanco hasta sumar sus aguas en el Iténez o Guaporé, que hace frontera con Brasil. El río se llama Iténez, pero en los mapas oficiales el nombre de  la provincia homónima figura indistintamente con s o con z. A veces, de distinta manera el río y la provincia en el mismo mapa. Cosas de la inconsistente toponimia boliviana, las más de las veces, producto de mala ortografía básica y de falta de diligencia.