El general y sus presidentes - Robert Brockmann S. - E-Book

El general y sus presidentes E-Book

Robert Brockmann S.

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La historia boliviana est� llena de generalidades acerca de Hans Kundt, el militar alem�n que reform� y condujo el Ej�rcito boliviano en el primer tercio del siglo XX. Se "sabe", ante todo, que dirigi� a Bolivia en la Guerra del Chaco y que perdi� estrepitosamente. Pocos saben hoy que protagoniz� densamente la historia boliviana desde 20 a�os antes del conflicto. Se dice que clausur� el Congreso. Se le recrimina, siendo extranjero, haber sido Ministro de Guerra. Impuso, efectivamente, un candidato que luego fue Presidente. Se le acus� de haber masacrado al pueblo en la llamada revoluci�n constitucionalista de 1930, hecho de una violencia s�lo comparable a la Revoluci�n de 1952. Pero el mismo pueblo que ped�a su cabeza y que lo oblig� a huir en 1930, s�lo dos a�os despu�s lo aclamaba como al �n�co salvador posible de la patria. La oposici�n incluso le ofreci� la Presidencia de la Rep�blica si ganaba la Guerra del Chaco. Despu�s de perder dos grandes batallas y ser destituido, el pueblo lo sigui� apreciando. Y, sin embargo, muri� solo y en el olvido poco despu�s. �Qu� pas�? �Perdi� Kundt la Guerra del Chaco? �Clausur� el Congreso? �Fue, efectivamente, Min�stro de Guerra? �Fue responsable de la masacre de 1930? �Qui�nes y por qu� clamaron por su regreso desde Alemania para conducir al Ej�rcito del Chaco? �Por qu� fue derrotado? �Qu� rol jug� en la pol�tica boliviana Ernst Rohm, alt�simo jerarca nazi, el �nico que se atrev�a a tutear a Hitler? �C�mo fue la interacci�n del radical Rohm con el mon�rquico y poderoso Hans Kundt en Bolivia? �C�mo ve�a el mundo a Bolivia? �Por qu� Bolivia decidi� arrinconar el recuerdo de Kundt, el militar m�s influyente en la primera mitad del siglo XX? Este libro describe con viva narrativa y s�lida y copiosa documentaci�n un per�odo poco estudiado de la historia de Bolivia, que sorpender� al lector por su actualidad.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Diseño de tapa:

Robert Brockmann / Roberto Piñero - Grafisma

© Robert Brockmann, 2009

© Plural editores, 2009

Primera edición: diciembre de 2007

Segunda edición: agosto de 2008

Tercera edición: agosto de 2009

Cuarta edición: agosto de 2012

Quinta edición: agosto de 2017

Sexta edición: mayo de 2023

DL: 4-1-2394-07

ISBN (impreso): 978-99954-1-115-2

ISBN (digital): 978-99954-1-798-7

Producción:

Plural editores

Av. Ecuador 2337, esq. calle Rosendo Gutiérrez

Teléfono 2411018 / Casilla 5097 / La Paz, Bolivia

e-mail: [email protected] / www: www.plural.bo

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Dedicado a Charles Arnade, que proveyó las claves y la guía.

A la generación del Chaco, menos a David Toro. Él sabría por qué no.

A mis padres, que nunca me dejaron olvidar.

A Isabel, mi esposa, quien no sólo aguantó mis ausencias y encierros, sino que además exigió que escribiera este libro, y lo leyó siete veces...

A mis hijos, Maria Danielle, Alexander y Oliver, cuyo tiempo robé para hacer este libro.

Agradecimientos especiales

A Charles Arnade, Mariano Baptista Gumucio, Luis Ramiro Beltrán Salmón, León Bieber, Héctor Ormachea Peñaranda, Gonzalo Mendieta Romero, Hans Möller, Jorge Siles Salinas, Hernán Velasco Tárraga, al coronel Luis Velasco Crespo. A Martha Paredes Oviedo en el Archivo y Biblioteca del Ministerio de Relaciones Exteriores en La Paz; a Marcela Inch y al personal del Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia en Sucre; al personal del Archivo y Biblioteca de la Vicepresidencia de la República; a Cristina Gumucio, Gonzalo X. Serrate, Arturo Montes, Brunhilde Stege, Roger Guzmán, Fritz Albert, Fernando Knaudt, Pablo Michel, Mario de la Reza, Víctor Hugo, Lula Bretel, Eleanore Hancock, Carlos Quintanilla Navajas, Enrique Hertzog Sánchez y José Pradel.

Prólogo

A mediados de abril de 2005 recibí una llamada telefónica de Robert Brockmann, a quien no conocía. Me convidaba a un almuerzo para conversar sobre Ernst Röhm y Hans Kundt, “el militar más poderoso y controvertido en Bolivia en el primer tercio del siglo XX. Quizás incluso de todo el siglo XX”, según afirma, con buena razón, casi al final del Libro I de esta obra. Durante el encuentro, días más tarde, me hizo saber que quería escribir un libro sobre ambos militares alemanes. Lo noté muy entusiasmado con su proyecto y recuerdo a cabalidad su comentario respecto a la gran cantidad de material que tenía para realizarlo. Entre los muchos temas de mi labor científica figura la política militar alemana en Bolivia; de ahí que no desconocía la trayectoria de aquellos oficiales, particularmente la del general Kundt, por lo que el proyecto me interesó de inmediato, preguntándome, como ocurre entre académicos, de qué bibliografía dispondría y cuán voluminosa podría ser. A lo largo de dos años y tres meses no volví a oír nada del entusiasta kundtiano e interesado en Röhm, y no en pocas ocasiones me pregunté si, como tantos otros, éste también no sería un proyecto interesante que no pasó de la buena intención de ser realizado. Es que no conocía a Robert Brockmann.

En julio de 2007 volví a recibir un telefonazo suyo; esta vez para comunicarme la conclusión del manuscrito y para invitarme a escribir el prólogo del libro. Tanto por la deferencia como por mi mencionada curiosidad respecto a la literatura no dudé un momento en aceptar. En esa conversación telefónica, Robert me indicó que había ampliado su trabajo notoriamente agregándole un cúmulo de datos y aspectos nuevos. Ha sido entonces en el lapso del tiempo señalado, o quizás en uno algo mayor, que Robert Brockmann ha logrado concluir la obra de 500 páginas que nos entrega con el título “El general y sus presidentes - Vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes de Bolivia, 1911-1939”; obra subdividida en dos partes: “El Mal Amado” y “Soldado, rebelde, marica” que tratan a aquél y a éste, respectivamente.

De este opus es necesario destacar, sobre todo, tres grandes méritos. En primer término la capacidad de hilvanar en un todo bien elaborado cuatro temáticas asaz diferentes; a saber: el desarrollo de la historia de Bolivia entre la segunda y la cuarta década del siglo XX, el devenir político de Alemania entre 1919 y 1934, así como las biografías de sus dos protagonistas principales.

En lo que respecta a Bolivia se reseñan, en más de la mitad del primer libro, con habilidad y fluidez los hitos sobresalientes de aquellos tres decenios con marcado énfasis en el conflicto y la posterior Guerra del Chaco. Sucintamente, pero en forma apasionante, se describen, entre otros, los festejos del Centenario de la Independencia de Bolivia y su impacto en la vida de Kundt; las reacciones patrióticas del pueblo boliviano al ataque paraguayo al fortín Vanguardia en el Chaco en 1928; la capacidad del presidente Hernando Siles de solucionar pacíficamente este conflicto, otorgando a Bolivia uno de los “muy pocos triunfos diplomáticos… inobjetables”; los enfrentamientos bélicos más importantes en la Guerra del Chaco hasta las decisivas derrotas militares que, bajo el mando del general Kundt, sufrió el Ejército boliviano en Alihuatá y Campo Vía. En este contexto, también se caracterizan acertadamente, en escuetas y precisas formulaciones, las personalidades y la obra de gobierno de la mayor parte de los presidentes de Bolivia en el periodo 1911-1934.

Al tratar, por un lado, aspectos medulares del turbulento desarrollo político de Alemania durante el quinquenio posterior a la finalización de la Primera Guerra Mundial, que habrían de incidir fuertemente en el ocaso de la República de Weimar entre 1930 y 1933; por el otro, los acontecimientos que llevaron a la “Noche de los Cuchillos Largos” el 30 de junio de 1934 y el consecuente afianzamiento de Hitler en el poder, se abarca aquellos aspectos de la historia de Alemania relevantes para entender la vida militar y política de Röhm, su presencia en Bolivia y su asesinato dos días después de aquel 30 de junio.

Las referencias a dos desarrollos históricos tan disímiles como los de Bolivia y Alemania conforman el telón de fondo indispensable que ofrece el libro para transmitirnos las vicisitudes en la vida de Kundt y en la de Röhm, vidas que fueron sumamente diferentes una de otra. Aparte de haber sido oficiales del Ejército alemán, de haber participado en la represión de la República de Consejos en Baviera en 1919 y de fungir en calidad de instructores militares en Bolivia, hecho que condicionó, aunque de modo muy diverso, profundamente sus existencias, las biografías de ambos no tienen nada en común. Entre 1911 y 1936, Kundt prestó servicios en Bolivia durante 12 años, en cuyo transcurso se constituyó en el artífice de la profesionalización y modernización del Ejército, llegando a ocupar en él los grados más encumbrados y consolidando una tradición que pervive en el espíritu militar boliviano; asimismo, más de una vez, jugó un papel importante y hasta decisivo a nivel político. Por el contrario, Röhm no permaneció ni dos años en el país andino (de enero de 1929 a septiembre u octubre de 1930), durante los cuales fue un subordinado de Kundt sin lograr importancia nacional alguna. La fama de Kundt en Bolivia y allende sus fronteras ha sido y es producto de su labor en este país y, particularmente, de su actuación en la Guerra del Chaco; la notoriedad de Röhm, por su parte, está íntimamente vinculada a la creación de los grupos de choque (la Sturmabteilung, SA) del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores, o partido nazi, a la jefatura que detentó sobre esos grupos, a su participación en la creación y el desarrollo de este partido en su primera fase, así como a la estrecha relación y a la rivalidad que tuvo con Adolfo Hitler hasta que éste ordenó su asesinato el 2 de julio de 1934. A estas desemejanzas curriculares se sumaban las orientaciones ideológico-políticas divergentes. Kundt fue un conservador de raigambre monárquica que no llegó a congeniar con el nacionalsocialismo alemán; Röhm, por el contrario, fue un fascista “sui géneris” apegado a la monarquía bávara, acérrimo enemigo del orden republicano democrático alemán de pos Primera Guerra Mundial, y, como nos revela Brockmann, un hombre sin “tiempo para cultos profundos, para la emoción por el ideal nórdico o por fantasías raciales insensatas”. Un hombre que “se burlaba abiertamente de la niebla filosófica de los Rosenberg, Himmler y Darré” y carente de “interés en cuestiones de… Weltanschauung, tan cara a los verdaderos nacionalsocialistas”; pero que, al igual que todos los jerarcas del partido nazi, nunca dejó de manifestar su desprecio por la mentalidad aristocrática de la oficialidad alemana, de la cual Kundt era un conspicuo representante.

Si el haber conjugado realidades históricas y biográficas nada o escasamente afines en una obra orgánica merece una loa, de igual manera, y es éste su segundo gran mérito, cabe resaltar la pesquisa bibliográfica que la sustenta, confiriéndole un innegable valor científico. Para su trabajo, Robert Brockmann ha consultado originales del Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de Bolivia, correspondencia del Estado Mayor General que se encuentra en el Archivo Nacional de Sucre, así como otros documentos depositados en él, resoluciones del Congreso boliviano, correspondencia privada de dos historiadores con la hija del general Kundt y con Adolf Röpnack, un oficial alemán que sirvió bajo órdenes de éste; el intercambio epistolar entre aquellos historiadores, correspondencia diplomática de los Estados Unidos, artículos de prensa boliviana de la segunda, tercera y cuarta década del siglo XX, prensa norteamericana, memorias, amén de una respetable bibliografía secundaria.

Y hay un tercer aspecto que sobresale en “El general y sus presidentes…”, el cual me ha llamado particularmente la atención: el esfuerzo y afán desplegados por el autor para aproximarse a desentrañar las personalidades de sus dos protagonistas centrales. Sobre el particular vuelve una y otra vez, revelándonos rasgos de ellos y deteniéndose en este o aquel. Si al respecto casi siempre se limita a exponer hechos para fundamentar su caracterización, a veces juzga, no descuidando ser ponderado.

Así, nos presenta a un Kundt “exigente hasta la grosería” en sus demandas salariales; menciona su vena comercial; refiere que durante su segunda estadía en Bolivia, vale decir durante el gobierno de Bautista Saavedra, se abocó principalmente a tareas de represión a todo tipo de oposición, las cuales tuvieron preeminencia sobre la formación militar y que “no paraba mientes en violar la ley, incluso la ley internacional, cuando se trataba de conseguir objetivos no necesariamente militares, sino políticos”. Estos juicios críticos son atenuados por aquellos relativos a su desempeño en la Guerra del Chaco, a los que se aludirá más adelante.

En cuanto a la labor de Röhm en el Estado Mayor de Bolivia, Brockmann se hace eco de aquella afirmación según la cual esa labor “confirmó su fama de buen oficial y brillante organizador”. Puntualiza, a su vez, que en dicha nación “sería recordado… como eficiente, puntual y estricto, pero sobre todo discreto”. En todo caso los poquísimos testimonios personales que existen sobre él en aquel país “muestran una imagen opuesta a la del Röhm bestial en Alemania”. Sin embargo, es tanto muy al comienzo como al final de su segundo libro que Brockmann sintetiza magistralmente a este individuo. Primero, calificándolo de rebelde descastado, extremista de los extremistas, revolucionario crónico, de los hombres que nunca encuentran paz, y, concluyendo con la sentencia “Ernst Röhm, monárquico bávaro y partidario de la milicia popular; héroe de guerra y traidor; jerarca nazi y admirador, en un sentido erótico, de los hombres negros; gamberro y sibarita; fundamentalista pragmático y sensible a la música; Ernst Röhm, un estudio de contradicciones, …”.

De los muchos otros aspectos en que incursiona el libro aparte de los aquí reseñados cabe hacer referencia al menos a otros tres.

Brockmann se distancia claramente de los detractores de Kundt respecto a su supuesta o real, decisiva y hasta completa responsabilidad en la debacle militar que Bolivia sufrió en la guerra contra Paraguay. Sin embargo, también aquí matiza y busca ser ecuánime. Reconoce que las derrotas de 1933 fueron “producto de haber puesto al hombre equivocado en el puesto equivocado” y que “Kundt tuvo una parte de la responsabilidad de la derrota en la Guerra del Chaco”, pero agrega que ella no habría sido ni mayor ni menor que la de Quintanilla, Salamanca o Tejada Sorzano, y “[c]iertamente, tuvo menos responsabilidad… que Toro, Peñaranda…”. Al entender de Brockmann, y aquí vuelve a poner de manifiesto su recaudo, “Kundt no era un villano, ni un corrupto, ni un malvado, ni un incompetente sin remedio. Era, simplemente, un hombre ordinario al que le cayó una labor extraordinaria: conducir una guerra. Y el general, sencillamente, no estaba a la altura del desafío”.

Finalmente quiero mencionar dos interesantes cuestiones que se desprenden de la lectura del libro. La una consiste en las reiteradas contrataciones del general alemán por diversos gobiernos bolivianos. Los dispersos párrafos que encontramos sobre el particular no dejan duda que ellas fueron producto de la falta de confianza de los mandatarios bolivianos en el generalato de su país. En este contexto llama aún más la atención en qué medida varios de los presidentes pasaron a y terminaron por depender del oficial germano. La segunda cuestión no es tratada explícitamente pero está presente de manera implícita en diversas referencias y, más aún, en las esporádicas comparaciones que se hacen entre Kundt y Röhm, por un lado, y entre éste y Hitler, por el otro. De ellas no solamente se desprende la heterogeneidad que caracterizó al espectro de la derecha durante la República de Weimar (1919-1933), sino también aquélla que marcó la historia del nacionalsocialismo alemán, hecho trabajado en este libro al abordar la sostenida pugna entre Röhm y Hitler, vale decir entre la SA y el partido nazi. Pugna que sumada a otros enfrentamientos desmienten la imagen que por lo general se tiene de un Tercer Reich libre de contradicciones y rivalidades, muchas de las cuales, a razón de verdad, tuvieron un carácter bastante más profundo del comúnmente conocido.

Escrito por un boliviano descendiente de alemanes y, como lo demuestran las páginas que el lector tiene por delante, un conocedor de la historia y de las lenguas de ambos países, “El general y sus presidentes – Vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes de Bolivia, 1911-1939” está escrito con verdadera pasión y entusiasmo, sin perder en ningún momento el afán por la objetividad. Redactado fluidamente, sin frases enrevesadas y de manera estimulante para la lectura contiene una gran riqueza de datos, descripciones, análisis y evaluaciones sustentados en una amplia y valiosa bibliografía, en parte desconocida hasta el presente, incluso para conocedores de la materia. Con el opus que nos entrega Robert Brockmann, el conocimiento sobre Hans Kundt y, a través de su biografía, de las relaciones germano-bolivianas se ha enriquecido;más aún, gracias a esta obra disponemos de un texto pionero sobre la presencia de Röhm en Bolivia y el impacto que ésta tuvo en su vida posteriorhasta el día de su asesinato.

Sin duda alguna, “El general y sus presidentes …” será una obra de consulta necesaria para los que quieran conocer la labor, el impacto y las repercusiones de instructores militares alemanes en Bolivia, pero también para aquellos que sigan investigando sobre el general alemán, un extranjero, que en el país andino “aplastó rebeliones, clausuró el Congreso, impuso un candidato presidencial, condujo una guerra, …, [e, LEB] impuso una escuela que pervive vigorosa en el espíritu militar boliviano”.

León E. Bieber

Santa Cruz de la Sierra, octubre de 2007

Prólogo a la segunda edición

Ni bien salió a la luz la primera edición de El general y sus presidentes, numerosas personas se pusieron en contacto conmigo para ofrecer diferentes materiales referidos al general Kundt, a los contemporáneos con los que interactuó, o a esa época en general. En todos los casos, los documentos pertinentes fueron información completamente nueva, o arrojaron nuevas luces sobre acontecimientos parcialmente conocidos, u obligaron a corregir algunos hechos que mis primeras fuentes recogían de manera errónea.

Cronológicamente, la fuente más importante acerca de la vida personal y familiar de Kundt para la segunda edición fue Brunhilde Stege, residente en Cochabamba, hija de Renate Kundt y por tanto, nieta del general, quien proporcionó datos por demás relevantes y cuya falta era una laguna casi imperdonable en la primera edición: que Kundt fue uno de cuatro hermanos; que ella, la nieta, nunca lo percibió como un hombre rico; que regresar a Bolivia para guerrear en el Chaco generó un verdadero drama familiar, y confirmó que el general murió en Minusio, vecina a Locarno, y no en Lugano, dato que en la primera edición era una deducción mía bien fundamentada, más que una certeza.

Y así, al menos a este autor le produjo un momentáneo consuelo de tontos el enterarse de que durante el incidente de fortín Vanguardia en diciembre de 1928 y enero de 1929, esa primera “guerrita del Chaco”, el Paraguay nombró a un general francés como jefe de su Ejército.

Esta segunda edición profundiza sobre las crisis políticas durante los gobiernos de Bautista Saavedra y, sobre todo, de Daniel Salamanca. Se revela con algún detalle que en plena batalla de Boquerón, Bolivia estuvo a punto de transitar a un régimen parlamentario, pero que ni siquiera eso aplacó apetitos políticos tan mezquinos como insaciables.

Sorprenderá también –o quizás no– que al inicio mismo de sus respectivas gestiones como jefes, los generales Lanza y Kundt abogaron por un repliegue profundo hasta Ballivián, pero que ello fue tenazmente desobedecido y disuadido a ambos. ¿Cuál hubiera sido la otra historia si ello sucedía?

El presente volumen incluye además numerosos testimonios tanto del generalísimo paraguayo José Félix Estigarribia, como del sucesor de Kundt, el general Enrique Peñaranda. Las memorias de Estigarribia y de Peñaranda, publicadas en 1972 y 2002, no figuran en recuentos previos de la Guerra del Chaco. Una de las revelaciones de Estigarribia es lo cerca que estuvo Kundt de la victoria en Nanawa (una “revelación” a 36 años de su publicación, pero de la cual, que este autor sepa, nunca se escribió nada en Bolivia).

Otro detalle –meramente anecdótico, pero profundamente humano– es la inclusión de los nombres de los mineros que excavaron el túnel con explosivos debajo de las fortificaciones paraguayas de Nanawa y cuya sabiduría ancestral resultó en chasco y derrota.

Finalmente, es relevante saber que Kundt estuvo enfermo de disentería y con órdenes médicas de reposo mientras tenía lugar la ofensiva paraguaya en Alihuatá y Campo Vía, dato que pasé por alto en la primera edición.

Decía Augusto Céspedes que la del Chaco fue una “guerra sin resonancia en su mundo contemporáneo y que ahora sólo recuerdan sus sobrevivientes”. Mientras escribo estas líneas, sobreviven poco más de 1.700 veteranos bolivianos del conflicto. Que este libro ayude a preservar la memoria de aquellos que sacrificaron su juventud y su vida por esta patria que ama tan mal.

Robert Brockmann

La Paz, julio de 2008

Prólogo a la tercera edición

La tercera edición contiene pocas pero importantes adiciones respecto de la segunda. Éstas, básicamente, son testimonios de lo sucedido durante la batalla de Campo Vía: cómo se vivió el cerco desde dentro, así como el trágico destino de los soldados bolivianos prisioneros en las 24 horas inmediatas tras la rendición. Esta edición pone énfasis en las instrucciones de Kundt a los mandos de la Cuarta y Novena divisiones, meses antes de que resultaran cercadas en Campo Vía, lo que provee una perspectiva, si no novedosa, cuando menos poco estudiada sobre las responsabilidades de distintos mandos militares en esa acción militar tan determinante en la Guerra del Chaco y para la vida del propio Kundt. Se incluye, asimismo, un mapa más detallado de la región de Alihuatá - Campo Vía, que permite seguir con detalle y entender mejor las acciones descritas por los protagonistas.

Otras adiciones importantes fueron provistas por los hijos y nieto de los presidentes Hertzog, Quintanilla y Montes respectivamente. Arturo Montes dio los detalles del viaje final de su ilustre abuelo al Chaco en noviembre de 1933, en vísperas de la batalla, y de cómo ese periplo causó su muerte. Asimismo, el Sr. Carlos Quintanilla Navajas, hijo del general Carlos Quintanilla Quiroga, me proveyó de copias de la abundante correspondencia entre su padre y el general Kundt, en la que éste describe el derrumbe de la economía personal y familiar del general germano durante 1934-35. La pérdida del patrimonio familiar de Kundt se vería reflejado en la posguerra mundial, cuando el presidente Enrique Herzog Tárraga envió una encomienda con alimentos y otros auxilios a la empobrecida hija del general, Renate. Por ello, agradezco el testimonio y materiales provistos por Enrique Hertzog Sánchez, hijo del presidente Hertzog.

Estimo que, salvo error u omisión importante, las adiciones a esta tercera edición habrán sido las últimas.

Cochabamba, junio de 2009

Prólogo a la sexta edición

Este libro es un intento serio por elaborar la biografía del militar más influyente en Bolivia en la primera mitad del siglo XX. Pero, completa y relevante como es la obra, adolecía de ciertas lagunas que impedían afirmar inobjetablemente que se trataba de una biografía: la relativa ausencia de datos biográficos básicos, es decir, los datos familiares. La primera edición, de 2007, no contiene ningún dato familiar, y sí una especulación, basada en una fuente secundaria.

Previamente, el libro del general Luis Fernando Sánchez Guzmán, titulado Hans Kundt - Luces y sombras (edición propia, 2005), especulaba honestamente que el padre de Kundt debió haber sido de origen y ocupación humilde, pues de haber sido militar, el dato no habría sido mantenido casi en secreto por quien sería el jefe del Ejército boliviano. En efecto, el general nunca mencionó, en ningún documento, conversación privada o declaración pública, el nombre de sus progenitores ni de sus hermanos.

La primera edición de El general y sus presidentes (EGYSP) pretendió corregir el dato del general Sánchez con otro, menos especulativo, pero en retrospectiva también desmentido: un documento fechado en 1939 titulado “Berühmnte Männer aus Neustrelitz” (“Hombres famosos de Neustreliz”, la ciudad natal de Hans Kundt), de Ernst Meyer, que se podía encontrar en internet en julio de 2007, sostenía que el padre de Kundt, sin mencionar su nombre de pila, había servido como capitán en el “Batallón Dorado” de esa ciudad archiducal. Otra versión, del mayor alemán Adolph (Adolf) Röpnack, que sirvió con Kundt en sus misiones bolivianas, sostenía que el padre de éste había llegado al grado de mayor, y que había muerto joven.* Ambos datos se mantuvieron a lo largo de las cinco ediciones existentes de EGYSP.

A principios de 2008 este autor pudo entrevistar a la nieta adoptiva de Kundt, Brunhilde Stege (de soltera, Müller), en Cochabamba, y recopilar algunos otros datos familiares sueltos. El problema era que la Sra. Stege no era nieta sanguínea de Kundt –aunque se refería a él con gran cariño como “abuelo”–, sino que había llegado a esa familia, a la edad de 12 años, por caminos enrevesados. La hija del general Kundt, Renate, contrajo matrimonio en 1933 con un oficial del Ejército alemán, Heinrich Müller. Müller, viudo (su esposa fallecida apellidaba Reinicke o Heinicke), llevaba a su segundo matrimonio una hija: Brunhilde.

El matrimonio duraría poco: en 1935 los nazis hicieron desaparecer a Müller, al parecer un militante antinazi, y Renate Kundt quedó viuda y a cargo de la niña. Brunhilde sólo conocería al general Kundt cuando él regresó a Alemania en 1936, en el ocaso de su vida y en medio de las circunstancias más tristes, sólo entre ese año y el año de la muerte del general, 1939.

De ahí que Brunhilde tampoco conociera en detalle los lazos familiares del general. Sólo recordaba que los hermanos Kundt eran cuatro: dos hombres y dos mujeres y tampoco sabía quienes eran mayores o menores. Sólo había dos datos concretos: el hermano también fue militar, fue a la misma escuela –Schulpforta– y sirvió en una misión militar alemana en China. El otro dato concreto era que una de las hermanas se llamaba Lotte y tenía condición de religiosa y administraba o estaba vinculada a una casa de curaciones con aguas termales en la isla de Norderney, en el Mar del Norte. “La otra hermana estaba relacionada con el campo de la fotografía”, dijo, pero resultó no ser la hermana, sino una prima importante, como veremos en el capítulo correspondiente.

Aunque aquellos datos eran pocos y vagos, eran algo. En consonancia, los apuntes biográficos sobre Hans Kundt en Bolivia no pueden ser más esquivos: tanto en la Revista Militar como en el libro del Centenario, salvo por el lugar y la fecha de nacimiento, el general omite por completo cualquier dato familiar. Incluso la información acerca de su formación militar es incomprensiblemente escasa, pues tenía una formación muy completa y la ausencia de datos dio pie a que se especulara acerca de su no-formación como oficial de Estado Mayor (lo era).

Por tanto, con esos datos era posible hacer un bosquejo borroso del entorno social de Hans Kundt. El hecho de que hubiese acudido a una escuela de élite como Schulpforta lo colocaba en un estrato social por encima del promedio, así como el hecho de que ingresara en la Escuela Imperial de Guerra. Pero su reticencia a revelar datos familiares permitía sospechar, como hacía Sánchez, el origen humilde de alguien que se supera académicamente.

A inicios de 2012, este autor recibió el generoso aporte de un dato biográfico decisivo. El coronel del Ejército argentino –y atento lector del libro– José Enrique Würschmidt, me envió desde Tucumán un par de hojas escaneadas en las cuales se revela el dato de quién fue el padre del general Hans Kundt. Es la punta de un ovillo interesante por sí mismo. El legado de Kundt padre parece ser más relevante y perdurable que el de su hijo en Bolivia.

Estos son los datos: una edición sin año consignado del diccionario enciclopédico alemán Herder (Der Grosse Herder), en su tomo VII (que incluye los términos desde “Konservativ” hasta “Machinist” incluye los siguientes datos en “Kundt” (la traducción es mía):

“Kundt; 1) August. Físico, llevó a cabo importantes trabajos en acústica (las ‘kundtsche Staubfiguren’) y de óptica.

Las “ondas de polvo kundtianas”, según un profesor de física en el Colegio Alemán en La Paz, son un principio aun vigente para la medición de la frecuencia de las ondas de sonido. August Kundt fue pues, según el Herder, uno de los más sobresalientes académicos de su época. Nació el 18 de noviembre de 1839 en Schwerin [Mecklenburg] y falleció el 21 de mayo de 1894 en Israelsdorf, cerca de Lübeck. En 1868 fue catedrático en Zúrich; en 1869 en Würzburg, en 1881 en Estrasburgo, y en 1888 en Berlín. El Herder también explica, con algún detalle, el funcionamiento de las “ondas de polvo kundtianas”, lo cual, sin embargo, está fuera del ámbito del presente trabajo.

¿Cómo se sabe si Hans Kundt es el hijo del profesor August Kundt? Porque el Herder lo dice. Inmediatamente después añade:

2) Hans, hijo de 1). Organizador alemán del ejército boliviano. Llegó a Bolivia en 1911 como cabeza de una misión militar alemana y estuvo activo hasta 1930 (con interrupción durante la Guerra Mundial). Fue llamado de nuevo a Bolivia en 1932. Nació el 28 de febrero de 1869 en Neustrelitz.* Como los datos sobre el general Hans Kundt no consignan su fecha de fallecimiento, ocurrido en 1939, deducimos que la edición del Herder es de entre 1932 y 1939.

El dato de August Kundt, catedrático de física, nos da nueva luz sobre los orígenes sociales de Hans Kundt. Explica el porqué de su transcurso por Schulpforta y desestima la hipótesis de haber sido un talentoso hijo de militar subvencionado por el Gran Duque de Mecklenburgo, tal cual se especulaba en EGYSP. August tuvo, sí, un hermano, también llamado Hans Kundt, que fue militar y llegó al grado de mayor. Los ocasionales articulistas confundieron al tío con el padre y ello mezcló además a los primos del futuro general Hans Kundt como si fueran sus hermanos/as.

Con todo, August parece haber sido un padre relativamente ausente. Hans Kundt se crió en Nuestrelitz hasta que se trasladó a ese internado de secundaria en una de las Sajonias, mientras que el padre vivía y daba clases en universidades de diferentes ciudades en Suiza y el Segundo Reich Alemán. Quizás ello explique la reticencia del general a dejar por escrito ninguna referencia acerca de su célebre padre.

La descripción de la familia Kundt es la principal diferencia de esta sexta edición con respecto a la quinta, más la corrección de un pie de foto que le atribuye a un grupo de uniformados la pertenencia a determinada unidad paramilitar (la Guardia Blanca vs. la Guardia Republicana).

Siameses separados

Por lo demás, esta edición se diferencia de las anteriores, en el hecho de que las ediciones uno a cinco fueran dos libros en un solo volumen: El general y sus presidentes – Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes de Bolivia 1911-1939 y Soldado, rebelde y Marica – Ernst Röhm en Bolivia, 1929-1931.

Ambos libros, relacionados, pero completamente independientes entre sí, venían en un solo volumen. Ello hizo que el libro sobre Röhm, breve, de poco menos de 80 páginas, pasara injustamente desapercibido, siendo esa figura nazi bastante más relevante para la historia universal que el general Kundt, relevante solo para Bolivia.

De modo que el director de Plural Editores y este autor decidimos, para esta sexta edición, separar las aguas. Kundt y Röhm, que fueron rivales en Bolivia, tendrá cada uno su propio libro.

Introducción

Por qué Kundt,

por qué ahora

Mi padre, Roberto Brockmann Hinojosa, nunca me deja olvidar que Ernst Röhm estuvo en Bolivia. Desde que yo era niño, cada vez que la figura de Röhm asomaba en algún recoveco de la historia, mi padre lo señalaba y me decía “ese estuvo en Bolivia”. De modo que a mis 13 años, más o menos, adquirí un interés temprano por esa figura curiosa y rechoncha y empecé a juntar todo pedazo de evidencia que relacionara a Röhm con Bolivia. No era mucho, puesto que todas las biografías del fundador de la SA dicen que un buen día desapareció de Alemania y apareció en Bolivia como instructor del Ejército boliviano. Y acto seguido que regresó a Alemania llamado por Hitler. Pero casi en ninguna parte se dice qué hizo en Bolivia durante sus dos años de estadía.

Un día, en la Feria Internacional del Libro en La Paz en 2004, encontré una recopilación de ensayos de Charles Arnade, quien se lamentaba por que la figura de Röhm en Bolivia no hubiera sido suficientemente investigada. Luego daba unas pistas que él había seguido en la década de 1960, y que abandonó por falta de resultados. Las pistas encontradas por Arnade, junto a mis pedazos sueltos de papel mostraban una figura parcial, el principio de un rompecabezas interesante. De modo que me puse en contacto con Arnade y le dije que estaba dispuesto a seguir sus indicios, uno de cuyos productos es este libro, que aspira a llenar el vacío boliviano en la vida del líder nazi. Röhm en Bolivia ya no es un vacío completo. Hizo algunas cosas interesantes aquí. Se peleó con Kundt, tomó parte activa en un golpe de Estado, tuvo al menos dos amantes homosexuales con nombre y apellido y escribió unas cartas íntimas que comprometieron su futuro político y el de Adolf Hitler en Alemania. Bolivia marcó a Röhm.*

El libro accidental

Escarbando en busca de información sobre Röhm acumulé una pila de documentos y datos interesantísimos sobre este otro personaje, inextricablemente relacionado con un cuarto de siglo de historia boliviana, y con el propio Ernst Röhm: el general Hans Kundt. De esa manera, el escrito sobre Kundt, que estaba planificado como un subproducto en el mejor de los casos, terminó siendo seis veces más extenso que el de Röhm y el que exigió un tiempo y una dedicación proporcionales.

Como la mayoría, yo relacionaba a Kundt con la derrota en la Guerra del Chaco y sabía muy poco acerca de su relación con otros presidentes bolivianos. Fue el zambullirme en ese mar de información disponible lo que me sorprendió, me encantó, me repugnó, me conmovió y me ilustró. La información se había acumulado sola y allí estaba, pidiendo a gritos ser convertida en un libro sobre Kundt, y terminó siéndolo, sí, pero ante todo, un retrato de su época. Acaso no haya ningún personaje contemporáneo que se preste de esa manera a ser el hilo conductor de una era compleja, con una serie de transiciones improbables, y que nos permita ver, presentados en abanico, una serie de episodios que, en los 96 años transcurridos desde 1911, se repitieron y se siguen repitiendo, no como la majestuosa rueda del destino, sino como una calesita donde los errores nacionales, la cosa chiquita y mezquina, pasan y vuelven a pasar una y otra vez.

Convivir con Kundt

En este proceso, llegué a sentir que convivía con Kundt. Me sumergí tanto que en determinado momento creí que me bastaba leer dos palabras para saber que eran suyas. Jamás he escuchado su voz, pero por su peculiar uso del lenguaje creo que podría reconocerla entre miles. Ha sido inevitable que en el proceso de hurgar tanto en su vida le haya adquirido simpatía en un momento dado. Cierta compasión incluso, por un ser que apostó mucho y apostó mal en la vida. Pero en ningún momento me he alejado de la idea rectora de este libro: mostrar a Kundt como lo que era: un ser humano sobreestimado, con sus glorias, sus mezquindades, sus ganancias y sus grandes pérdidas. Un ser común, de carne y hueso, con el que podríamos cruzarnos en la calle en cualquier momento.

Espero, con este libro, haber capturado el espíritu de un tiempo de cambios violentos. Un tiempo lejano y a la vez extrañamente actual. Ojalá que los lectores lleguen a ver con diferente mirada los escenarios donde se desarrollan los principales hechos descritos. Que, por ejemplo, caminar por ciertas calles se convierta en una experiencia captada por los ojos de los protagonistas de la historia, idos hace tanto, pero a la vez, tan presentes.

Los bellacos, los honestos y los seres comunes y corrientes

Me enfrasqué en la escritura de este libro sin prejuicios y, en el caso de varios personajes, con poquísimos conocimientos. Los juicios resultantes acerca de algunos protagonistas son duros. No voy a ocultar que la evidencia encontrada, por ejemplo, sobre David Toro en archivos, cartas y publicaciones arroja una luz nada favorable sobre ese personaje, acerca del que tenía un par de nociones convencionales –todas lugares comunes– al acometer esta tarea. La figura de Toro se me reveló de cuerpo entero una tarde en el Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia en Sucre, sin haberlo yo buscado. Todo lo que hallé después me confirmó esa primera impresión. Y así, unos resultan bellacos, otros honestos, ingenuos los más, pero todos seres humanos comunes y corrientes. Esta es una historia con un énfasis en el lado humano de los personajes de la vida real. No olvido que hay un par de héroes de verdad.

Instrucciones para leer

Estaba tan seguro de que todos sabían que Kundt había sido el general de la Guerra del Chaco, que en un principio pensé terminar el libro con el inicio del conflicto, o haciendo una descripción somera y esquemática de la participación de Kundt en esa tragedia bélica. Pensé que ya se había dicho todo –o cuando menos lo suficiente– sobre esta guerra. Pero de inmediato fue evidente que se ha escrito muy poco sobre la participación de Kundt en el Chaco. Y que lo que se ha escrito –demasiado pronto tras el conflicto– está fuertemente teñido por intensas filias y fobias hacia el alemán. Pero todo apunta a que Kundt, extranjero, caído en desgracia, solo e indefenso, cargó con numerosas culpas ajenas. Ya lo ha dicho Arnade: Kundt se convirtió en un conveniente chivo expiatorio. No es que el general germano no hubiera cometido sus propios y gravísimos errores. Pero no fue Kundt quien perdió la Guerra del Chaco.

¿Podía yo aportar algo nuevo a todo lo dicho sobre un conflicto que comenzó hace 75 años? Necesitaba fuentes frescas de información sobre esa contienda olvidada por el mundo: di con una cantidad inesperada de informes periodísticos extranjeros, que mostraban la guerra desde un ángulo diferente al que estamos habituados. Espero haber logrado mostrar esa conflagración con ojos frescos. Lo que encontré demuestra que para efectos de esa guerra no habíamos existido sólo nosotros, el Paraguay y las otras pérfidas hermanas repúblicas.

Al describir la Guerra del Chaco hice un gran esfuerzo por entender cómo ocurrieron las batallas. Lo más arduo fue reconstruir las cronologías con la mayor­ exactitud posible. Seguir el desarrollo de las narraciones militares, colocar las acciones en sus secuencias cronológicas y traducir las batallas a un lenguaje más sencillo fue lo más difícil, máxime si el grueso de la literatura al respecto cuenta la historia a través de movimientos regimentales, muchas veces simultáneos. Esto hace en extremo trabajoso seguir el hilo de todos esos fragmentos. Evité por tanto los regimientos hasta donde fue posible. Siempre que pude traté a los ejércitos paraguayo y boliviano, respectivamente, como un todo. Son trazos gruesos de un cuadro, pero suficientes para dar una imagen lo bastante detallada. Y siguiendo el ejemplo del gran Querejazu, intenté describir desapasionadamente los hechos, por lo que siempre preferí que fueran los protagonistas y contemporáneos los que hablaran.

Es por eso que en todo el libro incluí varios documentos in extenso. Uno, porque ello transmite verdaderamente el Zeitgeist; y dos, para evitar caer en la interpretación de los hechos principales. De todas maneras, en algunos casos han sido y siempre serán inevitables.

Aquellos que deseen seguir con detalle el curso de las acciones militares, es necesario que lo hagan con el mapa provisto. Es un mapa impreso durante la Guerra del Chaco, cuyo original se encuentra en el Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia en Sucre, que muestra la máxima expansión militar boliviana durante el conflicto, probablemente en mayo de 1933, durante el comando de Kundt.

Una palabra final sobre la Guerra del Chaco: como cualquier autor en el proceso de escribir, fue inevitable involucrarme tanto que sentí emociones fuertes al ver ciertas fotos, al imaginar ciertas escenas, al volver a saber ciertas muertes. Gran parte del largo episodio de la Guerra del Chaco lo escribí con un nudo en la garganta. Convivir durante muchos meses con las imágenes –captadas hace tantos años– de miles de futuros muertos, cuyos rostros me miraban desconsolados desde fotografías en blanco y negro, cuyas viudas y huérfanos caminaron por mis mismas calles, me afectó. Si a través de esta obra logro proyectar ese sentimiento de pérdida de nuestros compatriotas, con quienes compartimos el mismo espacio –ya que no el mismo tiempo– aunque sea a un solo lector, me daré por bien pagado.

La historia cíclica

El lector se sorprenderá, seguramente, con la manera en que la(s) historia(s) se repite(n). Sucre y La Paz estaban enfrentadas por el Centenario en 1925. Los presidentes de Bolivia y Venezuela figuraban en una curiosa lista en 1923. Santa Cruz reclamaba autonomía con términos fuertes en 1924. Y se preguntará por qué el MNR de 1952 siente más afinidades con los gobiernos de Busch, Villaroel o hasta Toro, y no con el de Saavedra. ¡Hay tanto de Saavedra en 1952, pero también en 2006 ó 2007! O la mecánica de las movilizaciones que derrocaron al gobierno de Siles en 1930 tienen rasgos asombrosamente similares a la mecánica de las movilizaciones de 2003 y 2005. En fin. Hay para escoger –y disentir. La lección es que la historia es cíclica, que el mundo da vueltas y que en Bolivia ningún poder dura para siempre. La triste conclusión es que quienes llegan al gobierno con demasiada frecuencia se empeñan en cometer los mismos errores de sus antecesores a pesar de las lecciones que ofrecen los libros.

Las traducciones

Una buena porción de las fuentes de este libro están originalmente en alemán e inglés. Todas las traducciones son mías. Los posibles errores, por ende, también. Aunque confío razonablemente en que no los habrá, si los hubiera, no invalidarán la sustancia de lo expuesto.

Que no se pierda el resultado más importante

Para terminar, dejo al lector una reflexión para estos tiempos en que la destemplanza asola a la patria –otra vez. Bolivia perdió a 50.000 de sus mejores hijos y perdió el Chaco, pero ganó algo. El gran Querejazu lo definió así:

En el Chaco no hubo distingos entre blancos, mestizos o indígenas. Todos éramos iguales, como igual era el uniforme que vestíamos e igual la clase de vida que compartíamos. Se ha dicho y con razón que en el Chaco nació el concepto de que todos, indígenas, mestizos y blancos, constituíamos una misma nación y no éramos tres naciones dentro de un mismo estado. Ese fue el resultado más importante de la guerra.*

Robert Brockmann S.

La Paz y Sucre, 2007

Existen rutas que no han de seguirse, ejércitos que no han de seratacados, ciudadelas que no deben ser asediadas, terrenos sobre losque no se debe combatir, y órdenes de gobernantes civiles queno deben ser obedecidas

–Sun TzuEL ARTE DE LA GUERRA

PARTE I

El largo camino de Mecklemburgo a La Paz

Hans Kundt, Eliodoro Villazón e Ismael Montes

El Gran Ausente

En medio de la zozobra política de los primeros meses de 1930, Hans Gerald Marckwald encontró motivos para sentir una gratificación intensa y no tan breve. Estaba en un torbellino de sentimientos encontrados. Mientras peor se ponía la situación política boliviana, al Envoyé Extraordinaire y Ministro Plenipotenciario del Reich Alemán le llegaban más y más motivos personales para sentirse bien. Había llegado a La Paz tras una larga vacación el día antes de Nochebuena de 1929. Días después, en enero, el espigado diplomático alemán había tenido el extremo gusto de ver su sobrio bigote reflejado en el cromado y en las magníficas superficies de reluciente negro del Mercedes Benz importado para la Legación Alemana en Bolivia. Aunque por supuesto sabía que no era suyo, lo tomaba como su regalo de Navidad tardío. No sería su único placer de esos días, en lo demás difíciles por otros motivos. Su Navidad se prolongaría hasta abril, cuando le llegaron 4.200 cigarrillos Lucky Strike, otros 4.200 Chesterfield, 100 botellas de champagne y 350 puros, todos liberados de impuestos por el Estado boliviano, tal cual correspondía a una legación extranjera.1

Marckwald estaba especialmente complacido por el auto. Recordó aquel 12 de junio de 1926 –un espléndido sábado de sol–, cuando, poco antes del mediodía, presentó sus cartas credenciales al presidente Hernando Siles –también él todavía nuevo, con apenas cinco meses en el poder. Un cuerpo de línea del Ejército le había hecho los honores correspondientes frente al Palacio de Gobierno. Adentro, Marckwald acompañado del canciller de la Legación, Alfred Gäbler, dijo las palabras de circunstancia, siendo contestado con las formalidades del caso, que siempre son las mismas (en la línea de “…profundizar las cordiales relaciones entre nuestros dos pueblos…”) por el presidente Siles. Terminada la ceremonia en el Palacio, la banda del Regimiento, formada en la acera del frente, tocó el himno alemán, que ejecutado por los músicos militares bolivianos sonaba bien, pero que para los oídos alemanes siempre se oye indefiniblemente desvencijado. Cuestión de estilo, quizás.

Después de unas voces de mando marciales y taconazos con eco que espantaron a las palomas de la Plaza Murillo, la carroza de los diplomáticos, precedida por el carruaje de la Cancillería boliviana, llevando al director de protocolo, al jefe de la sección diplomática y a un edecán de la Presidencia, se dirigieron desde el Palacio hasta la Legación de Alemania, en la Avenida 6 de Agosto, escoltados por la guardia de honor del Colegio Militar, en medio de un concierto de cascos de caballos y sus ecos sobre los adoquines de las empinadas calles de La Paz.

Durante la ceremonia al recién llegado Marckwald le habían llamado la atención varias cosas. Primero, la marcialidad de los soldados bolivianos. No la marcialidad en sí misma, sino aquella incongruencia –difícil de definir si no se la racionalizaba– de ver los uniformes alemanes que le eran tan familiares cubriendo no precisamente a los Lange Kerle, sino más bien a esos hombres más pequeñitos y tanto más morenos de los que estaba habituado a ver.

Desde la llegada del ministro alemán a La Paz, los funcionarios de la Legación y los propios oficiales alemanes al servicio del Ejército boliviano le habían recalcado: el general Hans Kundt había hecho un gran trabajo con la disciplina y la formación marcial de la fuerza armada boliviana. Kundt aquí y Kundt allá. Kundt hizo, Kundt dijo, Kundt, Kundt, Kundt. Hasta el presidente Siles, en los corredores del Palacio, hizo a Marckwald una alusión personal al general alemán, mencionando con una observación ligera, casi graciosa, los enconos políticos internos. De hecho, era bastante embarazoso para Siles que precisamente en esos días de junio el ministro del Reich presentase sus cartas credenciales, justo cuando el general Kundt estaba en el ojo de la tormenta. Hacía pocos días había tenido que decirle que no podía regresar a Bolivia por exigencia de una parte importante de la oficialidad y de la opinión pública boliviana. De todas maneras, Siles dijo a Marckwald que la labor de Kundt en Bolivia hasta ese momento había sido inapreciable y ya se vería la manera de mantener al Gran Ausente al servicio de Bolivia. El propio Marckwald tenía una posición ambigua hacia Kundt: el general se había hecho boliviano, por lo que formalmente no le correspondía expresar ninguna incomodidad por el exilio de su “compatriota”.

Otro punto que había sazonado la llegada del diplomático germano fue enterarse de que el antecesor de Siles, Bautista Saavedra, había decretado el uso oficial de carruajes tirados a caballo para el Estado, haciendo de lado cualquier vehículo rodado que funcionara con motor. Allá ellos. Más allá de la elegancia, un vehículo con motor, en pleno siglo XX, ofrecía indudables ventajas sobre un vehículo de tiro. Sobre todo en una ciudad con la topografía imposible de La Paz. Pobres caballos. En su momento algunos diarios afines al régimen del Partido Republicano de Saavedra aplaudieron el regreso a las carrozas por “distinguidas” y calificado a los vehículos motorizados como “democráticos”, en el sentido peyorativo de plebeyos. Extraño, proviniendo del régimen de Saavedra, que exaltaba lo popular y sentía aversión por todo lo demás.

Pero habían transcurrido casi cuatro años desde entonces, y mucha, mucha agua bajo el puente. En abril de 1930, aunque en posesión de todos los elementos que le proporcionaban satisfacción, Marckwald estaba preocupado, casi angustiado. Kundt, aquella legendaria figura militar a la que en aquellos días de 1926 tanto había querido conocer, se había convertido en su pesadilla y en motivo de la más seria inquietud para la colonia alemana en Bolivia. La intervención de Kundt en los asuntos políticos bolivianos durante el gobierno de Saavedra y últimamente su lealtad al crecientemente repudiado gobierno de Siles, habían hecho del general alemán una figura que provocaba animadversión. Siles comenzó con pie derecho en las preferencias del pueblo, pero la situación cambió dramáticamente en los últimos meses. Si bien Marckwald fue partidario de la intensificación de las relaciones militares entre Alemania y Bolivia en 1927,2 expresadas entre otros aspectos por el intercambio de oficiales del Ejército, para la primera mitad de 1930 había mudado de ánimo diametralmente, pues la impopularidad de Kundt tanto ante la opinión pública como entre los militares alcanzó tal intensidad que incluso las prósperas casas comerciales alemanas fueron objeto de la hostilidad, verbal y de hecho, de la gente.

Kundt regresó a Bolivia los primeros días de 1929, recuperando su calidad de Jefe de Estado Mayor y su protagonismo en el régimen cada vez más rechazado de Siles, factor de la creciente hostilidad boliviana hacia lo alemán.

La representación diplomática del Reich había enfrentado otros problemas, casi siempre relacionados con lo militar. ¿Cómo era posible –se preguntaba Marckwald– que un alemán se hallara tan inmerso en las entrañas de la política de Bolivia durante tanto tiempo y de manera tan determinante?

Mecklemburgo

El mundo del que provenía Hans Kundt

Hans Kundt, ¿prusiano?

El Gran Olvidado nació el 28 de febrero de 1869 en Neustrelitz, capital del pequeño Ducado de Mecklemburgo-Strelitz, cerca de la costa báltica de la actual República Federal de Alemania. La historia de esta comarca es antigua e intrincada.

El nombre Mecklemburgo (en bajo alemán o plattdeutsch: Mekelnborg) deriva de un castillo llamado “Mikilenburg”, que en alemán arcaico sería “gran castillo”, que alguna vez estuvo situado entre las ciudades de Schwerin y Wismar. Era la sede ancestral de la Casa de Mecklemburgo, fundada por Niklot, príncipe de los Obotritas del Mar Báltico, que murió en 1160. Sus descendientes cristianos fueron reconocidos como pares de los muchos príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico en 1170, y duques de Mecklemburgo en 1348. En 1658 la casa ducal se dividió en dos ramas: Mecklemburgo-Schwerin y Mecklemburgo-Strelitz.

Desde el siglo XII, su territorio permaneció estable y más o menos independiente respecto de sus vecinos: uno de los pocos territorios germanos a los cuales se aplica este privilegio. Durante la Reforma, el duque de Schwerin se convirtió al protestantismo luterano y corto tiempo después siguió sus pasos todo el ducado.

Como otros tantos territorios alemanes, Mecklemburgo fue a veces dividido y vuelto a dividir entre los diferentes miembros de la dinastía reinante. En 1815 los dos ducados mecklenburgueses fueron proclamados como Grandes Ducados y desde entonces existieron separados como tales, gobernados bajo el despotismo ilustrado, pero absolutamente feudal de sus respectivos Grandes Duques. Otto von Bismarck, el Canciller del Reino de Prusia y artífice del Imperio Alemán en 1870-1871, decía que si se enterase de que el fin del mundo ocurriría mañana, él se trasladaría de inmediato a Mecklemburgo, porque allí todo ocurría 50 años después. La observación del Canciller de Hierro venía a cuento de que Mecklemburgo era el único territorio en tierras alemanas que no tenía una constitución moderna, es decir, que no era una monarquía constitucional, sino un despotismo arcaico. Los dos Grandes Ducados se otorgarían una constitución moderna recién en vísperas de la Primera Guerra Mundial.

La vida en este Mecklemburgo feudal podía ser bastante dura. Prácticas tales como la obligación de solicitar autorización al Gran Duque para derechos tan elementales como contraer matrimonio o emigrar perdurarían hasta 1918, mucho tiempo después de que habían sido olvidadas en otras regiones germanas. Tan tarde como fines del siglo XIX, la mitad del territorio de ambos Grandes Ducados les pertenecía personalmente a los Grandes Duques. El último duque abdicó en 1918, cuando el fin de la Primera Guerra Mundial segó la mayoría de las testas coronadas europeas. Para aquel entonces, la Casa de Mecklemburgo había reinado ininterrumpidamente –salvo por dos años– desde su incorporación al Sacro Imperio Romano Germánico en 1170: 746 años.

Tradicionalmente Mecklemburgo había sido una de las regiones alemanas más pobres. Esto, por muchos motivos, pero un factor sobresalía: la tierra es pobre para la agricultura y no producía entonces y no produce hoy al mismo nivel que otras tierras alemanas. No es que no tuviese una agricultura productiva, sino que la tierra es más apropiada para el pasteo y el forraje. Mecklemburgo tiene superficie mayormente plana, está salpicado de lagos y gran parte del terreno es suave y húmedo, con pantanos y campos como rasgos comunes, con multitud de pequeños bosques entre medio.

El período de la ocupación napoleónica (1806-1812), llamada Franzosentid, quedó marcada a hierro en la memoria de los mecklemburgueses. Fue un tiempo de gran destrucción, en el que los saqueos fueron la norma. De los 2.000 súbditos del Gran Ducado que fueron forzados a participar en la invasión de Rusia por parte de Bonaparte, menos de 100 regresaron a casa. Tras la derrota de Napoleón en Rusia, ambos duques estuvieron entre los primeros gobernantes alemanes en renunciar a su forzada alianza con Francia. Es más: en la guerra de liberación que siguió (1813-1815) Mecklemburgo tomó parte de manera significativa en la derrota de Napoleón y en la liberación de Alemania. Para la generación que lo vivió y las inmediatamente siguientes, nada francés sería grato ni bien visto. En 1820 se abolió la servidumbre, por lo que ya no se les permitió a los terratenientes –que controlaban política y económicamente la región– que azotaran a sus jornaleros. Sin embargo, los campesinos eran mantenidos en casuchas y alquerías en condiciones peores y más indignas que los caballos y los perros. Hasta bien entrado el siglo XX muchas casas en el campo no tuvieron baños o letrinas.3

El abuelo de quien será el general Hans Kundt, Carl Friedrich Wilhelm Kundt, fue Marstallamtregistrator, o registrador y contador en la Administración de las Caballerizas del Gran Ducado de Mecklemburgo. Las realezas europeas sentían –sienten aun– adoración por los caballos. De ahí viene la palabra española “caballero”, con todas sus implicaciones positivas y señoriales.

No cualquiera podía ser Gran Maestre de las Caballerizas. Debía ser un noble. Así, Carl Kundt, apenas un burgués, trabajó primero bajo las órdenes de Ernst August, conde de Hardenberg, Gran Maestre en Drönewitz, Schwerin, y luego bajo Bernhard von Maltzan, conde de Wartenberg y Penzlin. Ambos tienen todos los “von”, “zu” e “in” en sus apellidos, para ser considerados de pura sangre azul, aunque las grandes casas reales europeas considerasen a la mecklembruguesa una nobleza menor.

Carl se casó con Louise Engel y tuvieron dos hijos. Tuvieron más, pero son dos los que nos interesan: August en 1839, y Hans en 18414 que nacieron en Schwerin, la capital y sede del castillo del Gran Duque. Así, August y Hans crecieron relacionados con caballos y con el Marstall de Schwerin, las nuevas caballerizas del Gran Duque, que no tenían nada que envidiar a las caballerizas reales de Londres, Madrid o San Petersburgo.

Al crecer, ambos hermanos eligieron destinos muy dispares: August, la academia. Y Hans, la milicia. A ambos les fue muy bien.

Hans llegó a ser mayor en el Regimiento de Granaderos de Mecklenburg 89, el llamado “Regimiento Dorado” (algunas veces traducido como “batallón dorado”) y, como militar, destacó y estuvo destinado en varios lugares, incluso fuera de los límites del Gran Ducado. Tuvo tres vástagos, entre ellos Marie Kundt,5 nacida en 1870 en Neustrelitz, la capital del pequeño Gran Ducado de Mecklemburgo-Strelitz. Más sobre ella más adelante.

Por su parte August eligió Leipzig para comenzar sus estudios universitarios en 1859. Optó primero por la astronomía, pero debido a la influencia del científico experimental Gustav Magnus, comenzó a interesarse por la física, por lo que se trasladó a la Universidad de Berlín, donde se graduó en 1864 con una tesis sobre la despolarización de la luz. En 1867 August se convirtió en docente en la Universidad de Berlín (hoy es la Universidad Humboldt), y al año siguiente fue elegido profesor de física en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, en Suiza, donde fue profesor y mentor de Wilhelm Röntgen. De hecho, se llevó consigo al joven Röntgen a la universidad Julius Maximilian de Würzburg, donde éste, dos décadas después, en 1899, descubriría los rayos X. Este descubrimiento será importante para otros miembros de la familia Kundt.

En 1866, August se casó con Bertha Kelting, con quien tuvo dos hijos: Hans (1869) y Jasper (1872).

Después de algunos años en Würzburg, August Kundt fue llamado en 1872 a Estrasburgo, entonces parte del Imperio Alemán, donde fue protagonista en la organización de la nueva Universidad, y estuvo muy involucrado en la construcción del Instituto de Física. Finalmente, en 1888 se trasladó a Berlín como sucesor de Heinrich von Helmholtz en la cátedra de física experimental y en la dirección del Instituto de Física de Berlín, momento que marca la cúspide de su carrera.

Las contribuciones de August Kundt en los campos de la luz y del sonido son inestimables y lo convierten en uno de los físicos alemanes más importantes del siglo XIX. Sus más de 50 publicaciones científicas versan principalmente sobre óptica y acústica. Entre otras cosas, investigó la dispersión anómala de soluciones absorbentes, el comportamiento óptico de los metales y las propiedades eléctricas de los cristales. Los más conocidos son sus experimentos sobre acústica, que también fueron importantes para la teoría de los gases,6 y sus métodos se siguen utilizano y aplicando en la actualidad. Sus contribuciones fueron tan importantes que la NASA lo honró ¡bautizando a uno de los cráteres de la luna con su nombre!

Viudo y vuleto a casar, August, ya mayor, tuvo además otros hijos: Walter y Lotte. Falleció el 21 de mayo de 1894 después de una prolongada enfermedad en Israelsdorf, cerca de Lübeck.

No han quedado documentos ni testimonios acerca de de la vida familiar del matrimonio de August Kundt y Berta Kelting. ¿Bertha criaba a los niños en Neustrelitz mientras August investigaba en diferentes universidades alemanas y suizas? ¿Estaban separados? ¿Eran una familia itinerante? Hasta ahora, nadie ha escrito al respecto. En todo caso, el general del Ejército boliviano Hans Kundt nunca mencionó a su padre, a su madre ni a sus hermanos en ningún documento ni declaración mientras estuvo en Bolivia y ello dio lugar a especulaciones sobre su origen, que ahora queda aclarado. De manera diametral, los artículos sobre August Kundt tampoco mencionan a su familia ni por casualidad.

Vocaciones cruzadas

Hay gran confusión en las biografías de los primos Kundt, los nietos de Carl Friedrich Wilhelm Kundt, el registrador de los caballos del Gran Duque de Mecklenburg-Schwerin. Esto, debido a que algunos nombres se repiten intercalados en dos generaciones, y los nombres de los padres, August y Hans, se cruzan con las vocaciones de los hijos. Aquí se ve la utilidad práctica de no repetir nombres de pila familiares en generaciones sucesivas.

Así, Hans (tío) será militar y padre de Marie, una científica, y August, el científico, será padre de dos militares: Hans (que irá a Bolivia) y Jasper. La vocación científica de Marie encontrará inspiración y protección en su tío August, mientras que Hans y Jasper encontrarán inspiracióny guía en su tío Hans. Ninguno de los Kundt, ni siquiera August, el más importante, tiene una biografía propiamente dicha, salvo nuestro Hans (esta), sino mas bien artículos en enciclopedias y datos sueltos en libros. Y estos escritos, por los motivos anotados, suelen atribuirles las paternidades y hermandades que no son. August no es el padre de Marie y Hans no es el padre de Jasper ni del otro Hans.

Entonces, cruzados, pero no mezclados. Decíamos que August Kundt fue el mentor de Wilhelm Röntgen, el inventor de los Rayos X. Y la primera radiografía, de una mano, es la mano de Marie Kundt, sobrina de August y prima hermana de nuestro Hans. Röntgen y Marie se conocieron gracias al tío August y Marie era profesora de fotografía. La radiografía tiene por soporte una placa fotográfica en negativo, y Marie llegó a ser directora de la Photographische Lehranstalt des Lette-Vereins, una escuela vocacional para mujeres solteras, de la cual había sido una de las primeras alumnas. Hoy se encuentran algunos artículos sobre Marie en sitios web y publicaciones feministas, que la consideran, correctamente, una mujer profesional pionera. Su contribución fue importante para el desarrollo de los rayos X a la hora de tratar a los heridos de guerra. En el Congreso alemán de rayos X, que tiene lugar todos los años en mayo, hay una sala Marie Kundt. Y desde 2013 existe un Premio Marie Kundt para la formación de auxiliares técnicos médicos.

Por su parte Jasper (1872-1940), el hermano menor de Hans, fue con él a la misma secundaria, Schulpforta en Sajonia. Después de luchar en la Primera Guerra Mundial, sirvió como agregado militar alemán en Austria de 1926 a 1929 y se retiró a fines de noviembre de ese año, con el grado de general de brigada. Siguió sirviendo al Ejército alemán en la contrainteligencia (Abwehr) en Viena hasta fines de 1929 pese a estar en situación de retiro. Luego participó en una misión militar alemana en China. No hay mucho más sobre él.

Al nacer Hans Anton Wilhelm Friedrich Kundt en Neustrelitz, la capital del pequeño Gran Ducado, fue súbdito de Federico Guillermo, Gran Duque de Mecklemburgo-Strelitz (1819-1904). Su hermana muy menor, Lotte, era religiosa y administró una casa de curaciones con aguas termales en la isla de Norderney, en el Mar del Norte.

La lista de hijos célebres de Nestrelitz incluye al menos un nombre universal: Heinrich Schliemann (1822-1890), el excéntrico arqueólogo descubridor de Micenas y Troya, que transcurrió su niñez en esta bonita ciudad, situada, casi inevitablemente, a la vera de uno de los innumerables lagos que salpican el norte de Alemania.

Ergo