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¿Cuántos personajes de talla universal estuvieron en Bolivia? ¿Y cuántos influyeron sobre su destino? Muy pocos. En el siglo XX acaso solo dos: el Che Guevara en la década de 1960 y Ernst Rohm al filo de las décadas de 1920 y 1930. ¿Ernst Rohm? El indiscutible número dos del nazismo en la historia temprana del Tercer Reich. El fundador de las Sturmabteilung (SA). El comandante supremo de cuatro millones de camisas pardas. Uno de dos o tres que se tuteaban con Hitler. Ernst Rohm, el hombre al que el entorno del Führer montó un complot para eliminarlo, por temor a su excesivo poder. Ernst Rohm no solo "estuvo" en Bolivia. Comandó tropas, quiso disputarle el mando del Ejército al general Hans Kundt, y fue el único oficial de la misión militar alemana en el bando rebelde en la muy sangrienta "revolución constitucionalista" que derrocó a Hernando Siles. Esta es su historia. Robert Brockmann es autor de El general y sus presidentes (2007), Tan lejos del mar (2012), Dos disparos al amanecer (2017), 21 días de resistencia (2020), BNB 150 años - Una gran historia (2022) y, en colaboración con Raúl Peñaranda, Refugio en los Andes (2023).
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Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Diseño de tapa:
Robert Brockmann / Roberto Piñero - Grafisma
© Robert Brockmann, 2009
© Plural editores, 2009
Primera edición: diciembre de 2007
Segunda edición: agosto de 2008
Tercera edición: agosto de 2009
Cuarta edición: agosto de 2012
DL: 4-1-2354-17
ISBN (impreso): 978-9917-605-80-5
ISBN (digital): 978-99954-1-797-0
Producción:
Plural editores
Av. Ecuador 2337, esq. calle Rosendo Gutiérrez
Teléfono 2411018 / Casilla 5097 / La Paz, Bolivia
e-mail: [email protected] / www.plural.bo
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Dedicado a Charles Arnade, que proveyó las claves y la guía.
A la generación del Chaco, menos a David Toro. Él sabría por qué no.
A mis padres, que nunca me dejaron olvidar.
A Isabel, mi esposa, quien no sólo aguantó mis ausencias y encierros, sino que además exigió que escribiera este libro, y lo leyó siete veces...
A mis hijos, Maria Danielle, Alexander y Oliver, cuyo tiempo robé para hacer este libro.
Agradecimientos especiales
A Charles Arnade, Mariano Baptista Gumucio, Luis Ramiro Beltrán Salmón, León Bieber, Héctor Ormachea Peñaranda, Gonzalo Mendieta Romero, Hans Möller, Jorge Siles Salinas, Hernán Velasco Tárraga, al coronel Luis Velasco Crespo. A Martha Paredes Oviedo en el Archivo y Biblioteca del Ministerio de Relaciones Exteriores en La Paz; a Marcela Inch y al personal del Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia en Sucre; al personal del Archivo y Biblioteca de la Vicepresidencia de la República; a Cristina Gumucio, Gonzalo X. Serrate, Arturo Montes, Brunhilde Stege, Roger Guzmán, Fritz Albert, Fernando Knaudt, Pablo Michel, Mario de la Reza, Víctor Hugo, Lula Bretel, Eleanore Hancock, Carlos Quintanilla Navajas, Enrique Hertzog Sánchez y José Pradel.
Prólogo a la edición digital
La presente edición digital de Soldado, rebelde y marica – Ernst Röhm en Bolivia, fue parte de las ediciones impresas del libro El general y sus presidentes – Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes de Bolivia, 1911-1939, publicado originalmente en diciembre de 2007, y que cuenta con cuatro ediciones al momento de esta edición digital.
El general y sus presidentes constaba de dos libros, diferentes e independientes: uno que trataba acerca de la vida y tiempos del general Hans Kundt, comandante del Ejército boliviano entre 1911 y 1933, y otro que trataba acerca del paso de Ernst Röhm por Bolivia, entre 1928 y 1931, y acerca del conflicto entre ambos personajes, con trágicas consecuencias, que generó ese encuentro.
Ernst Röhm es acaso el personaje más importante, junto a Hitler, en la historia temprana del movimiento nacionalsocialista y –también en la historia temprana– del III Reich. Hay un antes y un después de Röhm en el III Reich. Un antes, en el que Hitler se vio obligado a hacer concesiones y a dividir su poder, y un después, que sería la exégesis del totalitarismo.
Su asesinato y acusación de haber traicionado a Hitler hicieron que las autoridades nazis fueran eficientemente alemanas en la destrucción de la mayoría de las evidencias acerca de la mera existencia de Röhm. Se lo borró incluso de las fotografías oficiales. De allí que no exista más que una biografía, relativamente reciente, acerca del jefe y fundador de las Sturmabteilung (SA), escrita por la académica Eleanor Hancock, de la Universidad de Canberra en Australia (Hitler’s Chief of Staff – Ernst Röhm). Esa publicación es más o menos contemporánea con Soldado, rebelde y marica.
Hancock y este autor colaboraron mutuamente, y si bien compartieron material documental, llegaron a diferentes conclusiones acerca de la participación de Röhm en los trágicos acontecimientos bolivianos que terminaron con el derrocamiento del presidente Hernando Siles Reyes.
En los libros de historia acerca del III Reich o acerca de Hitler, no deja de mencionarse que Ernst Röhm desapareción del escenario político alemán, sólo para surgir como instructor de tropas en Bolivia. Luego, Röhm vuelve a aparecer en Alemania. Nadie se ocupó de seguir el rastro del jefe nazi en el país sudamericano, o si dejó huella.
Soldado, rebelde y marica sigue las huellas de Röhm en Bolivia, y también, por si fuera poco, revela las interesantes y posiblemente determinantes consecuencias políticas en Alemania, de ciertas acciones de Röhm llevadas a cabo en el remoto país andino.
Introducción
Bolivia está al otro lado de la luna. A pesar de que su inestabilidad crónica la hace objeto de titulares en la prensa internacional con alguna regularidad, en líneas generales el mundo sabe poco sobre ella. Este desconocimiento es debido en gran parte a su lejanía geográfica, que es tan real como psicológica; a las dificultades para llegar a ella, y a su escasa población. De ahí que un evento de dimensiones mundiales como la muerte del guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara en octubre de 1967 sea prácticamente el único hecho relevante que conecta a Bolivia con la historia contemporánea en la mente del consumidor promedio de noticias. Se ha estudiado y documentado la estadía del Che en Bolivia hasta en sus más mínimos detalles. Ello, por el glamour y romance que proyecta la figura del Che ante un pueblo que se identifica afín con el guerrillero mítico y porque el pueblo boliviano es tan esencialmente rebelde como es paradójicamente conservador.
Acaso la única otra figura contemporánea de talla mundial del siglo XX que pasó una temporada en Bolivia y que participó en acontecimientos importantes del país sea Ernst Röhm, entre 1929 y 1930. Podría caerse en la tentación de pensar que la prolongada presencia de Klaus Barbie en Bolivia esté a la altura de estas dos figuras, pero ello sería un error de escala: Barbie fue, en su momento, apenas el brutal jefe de Policía de una provincia francesa ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, que sólo alcanzó notoriedad mundial décadas más tarde como fugitivo, mientras que Guevara y Röhm fueron figuras que determinaron –o buscaron determinar– el destino de millones de seres según sus ideas y acciones en el marco de sus respectivas revoluciones.
Röhm fue el jefe de la Sturmabteilung, los camisas pardas (las Secciones de Asalto del partido nazi, SA por sus iniciales en alemán), y sin duda la personalidad más determinante en la primera etapa del movimiento nazi en Alemania, sólo comparable al mismo Adolf Hitler. Fueron Röhm y sus camisas pardas, la SA, las “secciones de asalto” quienes le impusieron al movimiento hitleriano algunos de sus rasgos más impresionantes y repelentes. De hecho, Röhm se volvió tan poderoso –y rebelde– incluso después de la toma del poder por Hitler, que todas las facciones del partido nacionalsocialista, sumado el Ejército, se conjuraron para asesinarlo en junio de 1934, en el evento que sería conocido como “La noche de los cuchillos largos”. Es interesante notar que lo sucedido en Bolivia contribuyó, aunque sea marginalmente, a este desenlace decisivo en la historia de Alemania.
Pero a diferencia de la estadía del Che Guevara, el paso de Röhm por Bolivia cuenta con escasísimas pistas documentales y sólo ha merecido unos cuántos párrafos dispersos de testimonios personales, y ningún texto ni investigación específica por parte de historiadores bolivianos o alemanes. Los motivos son varios: Röhm no es, ni mucho menos, una figura que evoque el glamour y el romanticismo del Che, sino todo lo contrario. Lo hace menos atractivo aún el haber sido un nazi; influye también el hecho de que su permanencia en Bolivia haya tenido lugar muy poco antes de la Guerra del Chaco (1932-35), hito que habría de atraer para sí como un imán toda la atención histórica del período, y que tiende un telón sobre los acontecimientos inmediatamente anteriores a ese conflicto. Asimismo, es importante para la falta de conocimiento de Röhm en Bolivia que el ascenso del nacionalsocialismo al poder en Alemania haya tenido lugar en 1933 y el asesinato de Röhm en 1934, cuando Bolivia tenía concentrada toda su atención en su propio drama bélico. A nadie en el país parecía o podía importarle que Röhm hubiera estado en Bolivia, ni cuando ascendió al poder ni cuando fue asesinado. Porque “la noche de los cuchillos largos” fue objeto de titulares en todos los países del mundo y en Bolivia también. Pero ningún diario boliviano ni ningún articulista lo menciona en ninguno de ambos eventos.
Ya se ha dicho, es comprensible, puesto que precisamente sus camaradas de armas y por tanto la gente que lo conoció, estaba en el frente de batalla y no se enteró, o estaba muerta, o prisionera, o tenía cosas más importantes que hacer que escribir sobre Röhm en este período clave. No es menos relevante el hecho de que existen muy pocos documentos de primera mano acerca del paso de Röhm por Bolivia. Como la misión militar –por llamarla de alguna manera– de la que formaba parte no era oficialmente “alemana” por las restricciones del Tratado de Versalles impuestas a la Alemania derrotada en la Primera Guerra Mundial, sino que estaba compuesta por “agentes libres” –léase mercenarios–, apenas figuran documentos al respecto en los archivos de las cancillerías. Desde luego, contribuye a esa casi clandestinidad histórica el hecho de que Röhm haya sido alemán, proveniente de una cultura tan diferente y ajena al ámbito latinoamericano en general y a la esfera de lo boliviano y a lo andino en particular. Finalmente, también contribuye al querer olvidar el hecho de la desventurada derrota militar del Ejército boliviano conducido por el general alemán Hans Kundt a finales de 1933, cosa que hizo a lo alemán y a los alemanes muy impopulares en el período de la post-guerra del Chaco.
La virtual ausencia de registros del que sería un altísimo jerarca nazi no es casual. Röhm pareciera haberse preocupado por no dejar huellas. Pero es igualmente importante señalar que la presencia específica de Röhm en Bolivia no obedeció a ninguna intención hitleriana de sentar presencia nazi en Bolivia ni en Sudamérica, ni orgánica ni personal, ni a establecer contactos, ni a nada relacionado con política; tampoco obedece a una intención nacional, estatal o militar alemana en ese sentido: Hitler, que a la sazón era sólo el jefe de un partido de oposición en un país de régimen democrático, sólo se enteró de la ausencia de Röhm de Alemania cuando éste ya se hallaba en Bolivia desde hacía meses. Y Röhm era, en ese entonces, para efectos de la política interior –o exterior– alemana, una molestia.
Es importante señalar que el período que abarca desde el rompimiento de Röhm con Hitler en mayo de 1925 –tema que este texto trata con algún detalle–, hasta su llamamiento de regreso a Alemania en septiembre de 1930, es el período llamado “los años de ocaso” del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP, por su sigla en ese idioma). Esta etapa se inicia cuando Hitler, tras su fracasado intento de golpe de Estado de 1923 en Munich y su consecuente encarcelamiento, decidió abandonar el camino de la conquista del poder por la vía de la violencia y las armas y determinó que el movimiento nazi llegaría al mando de la nación alemana según las reglas del juego de la democracia –y que arreglaría cuentas después.
Así, el Che y Röhm llegan a Bolivia por motivos similares: el Che, desautorizado por Castro, decepcionado del sistema soviético, buscando su propio camino a la revolución socialista; Röhm, desautorizado por Hitler, decepcionado del giro de los acontecimientos en Alemania, probablemente buscándose el pan de cada día. Son los rebeldes descastados, los extremistas de los extremistas, los revolucionarios crónicos, los hombres que nunca encuentran paz.
Se puede decir que el único factor común de los dos únicos personajes de talla mundial que vivieron y actuaron en Bolivia en el siglo XX con cuatro décadas de diferencia, es Bolivia misma: el uno muere en ella, y para el otro ciertos actos de su permanencia en este remoto país sudamericano serán importantes para su caída, e incluso proveerán una fútil excusa para su ejecución. Bolivia define las muertes de ambos de distintas maneras.
De manera irreverente, se podría decir que si el Che era un Quijote, –romántico pero cruel– Röhm era un malvado Sancho Panza.
Buscando a Röhm
Los hechos protagonizados por Ernst Röhm siempre ocurrieron “en vísperas” y “antes de” acontecimientos históricos mayúsculos: en la Alemania de la primera posguerra, ayudó a formar, pero básicamente precedió a los grandes acontecimientos formativos del NSDAP. Cuando se vino a Bolivia en los últimos días de 1928, participó en hechos importantes que pronto serían eclipsados por la Guerra del Chaco. Y cuando regresó a Alemania y reclamó su lugar entre los principales jerarcas del nacionalsocialismo, fue víctima de la purga que consolidaría el poder absoluto de Adolf Hitler como líder del Tercer Reich y que tendría su desenlace trágico con la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.
De ahí que los hechos de Röhm siempre parecen estar tapados por otros de mayor magnitud, o bien por la tergiversación de la historia oficial después de su asesinato en 1934. Es, por tanto, difícil encontrar al verdadero Röhm. Máxime si, como en Bolivia, prácticamente no ha dejado huellas. Una anécdota aparentemente trivial simboliza su vida: la fotografía del primer gabinete ministerial de Hitler, en la que Röhm asoma por encima del hombro del Führer, fue alterada tras la caída en desgracia y ejecución del jefe de la SA. Las subsecuentes versiones de esa fotografía muestran al mismo gabinete, en la misma pose, pero con un ominoso vacío en el lugar en el que estuvo Röhm. Importante como fue, Röhm es un gran vacío que llenar.
¿Quién era Ernst Röhm?
Ernst Julius Röhm nació a la una de la madrugada el 28 de noviembre de 1887 en Munich, la capital del entonces Reino de Baviera, parte del Reich Alemán. Su padre, un director de ferrocarriles, provenía de una larga tradición familiar de funcionarios al servicio del reino bávaro. Ernst, el menor de tres hermanos, cursó la secundaria en el Maximilians-Gymnasium, donde estudió los clásicos y se graduó en humanidades. Desde niño tuvo “un deseo y sólo uno: ser soldado”, de modo que en 1906 se unió al 10º Regimiento de Infantería “Prinz Ludwig”, del Real Ejército Bávaro. En 1908 fue ascendido a teniente en la Escuela de Guerra de Munich. Su fotografía de graduación como teniente, en uniforme de cadete de academia, muestra un Röhm apuesto, delgado y de nariz aguileña, sin las cicatrices en el rostro ni el mentón con las que ha pasado a la historia. Un mundo aparte de la imagen de los años 30, del rechoncho jerarca nacionalsocialista.
Durante la Primera Guerra Mundial sirvió con distinción como ayudante de batallón, siempre en el frente occidental contra franceses, ingleses, norteamericanos y belgas. En 1916 fue asignado brevemente al Ministerio de Guerra de Baviera, y en 1917-18 fue destinado como Ordonanzofizier (oficial de munición) y como segundo oficial del Estado Mayor de su división. En toda acción de combate o labor administrativa que emprendió acumuló una sólida reputación como líder temerario y como organizador brillante.
Hacia el fin de la guerra, al alcanzar el grado de capitán, fue herido de gravedad tres veces, una de ellas en el rostro con metralla, que le arrancó el puente de la nariz –malamente reconstruida– y quedó con cicatrices permanentes. No obstante, insistió en regresar al frente cuanto antes y allí siguió recibiendo altas condecoraciones. Era un temerario y en sus memorias expresa una tan curiosa como exaltada aversión a la palabra “prudencia”. En todo caso, el hombre exhibía sus cicatrices como honrosas medallas al valor y jamás se le hubiera ocurrido pensar en ellas como estigmas físicos.
Monárquico entusiasta, como jefe de una compañía de su 10º Regimiento de Infantería (cuyo primer coronel había sido el propio rey Luis III de Baviera), el joven capitán Röhm quiso socorrer al monarca destronado en 1918 al terminar la guerra. Al despedirse le prometió “mantener su juramento hasta la muerte”.1
Tras el armisticio, fue nombrado Jefe de Estado Mayor de la Comandancia de la ciudad de Munich y tuvo a su cargo tareas de seguridad política: se le encargó hacer el seguimiento de los grupos políticos, la mayoría de ellos radicales de izquierda o derecha, que surgían como hongos en esa urbe, un hervidero político aun más radical que la propia Berlín.
Con la derrota, toda su generación cayó presa de una desorientación que traería consecuencias funestas para Alemania y el mundo. Importantes historiadores alemanes, como Joachim Fest, califican a Röhm como el representante arquetípico de esa “generación perdida”, una de cuyas características psicológicas fue el buscar refugio en la compañía de otros hombres tan azorados como él con la nueva situación, hombres con los que compartía valores derivados de la experiencia de las trincheras –normalmente asociados a la violencia y al compañerismo a ultranza– y que, a la postre, se revelarían comunes en una cantidad de conspicuos miembros del movimiento nazi –y en el propio Führer, él también hijo de su generación. Al igual que Hitler, el joven Ernst compartió un intenso vínculo con su madre, sólo perturbado por la sombra dominante de su padre,2 un hombre “duro consigo mismo, justo y frugal”.3 A los 41 años escribiría desde Bolivia que le entregó todo su corazón a su madre y a su hermana, siete años mayor que él, pero que no abrigaba sentimientos especialmente cordiales hacia su padre –que murió en 1926–, ni hacia su hermano. Entre los rasgos de su personalidad, sus contemporáneos resaltaban que el capitán Röhm era de una naturaleza descortés y directa, que iba siempre directo al grano sin molestarse en disimular ni dar rodeos, que despreciaba las atenciones sociales y que su interés se limitaba exclusivamente a asuntos de guerra. A veces, incluso, profería amenazas para conseguir lo que quería.4
En 1924, recién a los 37 años, “descubrió” y asumió que era homosexual, aunque admitía que lo sospechó desde siempre, y lejos de toda timidez al respecto, no sólo no hacía esfuerzos por ocultarlo, sino que entre sus propios amigos homosexuales se jactaba de que “propagaría ‘la cultura’”. Su orientación sexual se impuso en su personalidad, aunque no en un sentido de amaneramiento. Mas bien Röhm era tan brutalmente masculino como franco en sus observaciones –y probablemente también en sus propuestas sexuales–, lo que empezó a impedirle alternar socialmente en forma normal con sus camaradas del Ejército. Al percibir ese distanciamiento, Röhm abrió las puertas a un desprecio por las actitudes moralistas de aquellos tiempos que le duraría hasta el fin de sus días. “¡La homosexualidad no es razón suficiente para apartar de cualquier puesto a un dirigente honesto y capaz mientras sea discreto; una anormalidad más o menos ‘natural’ no le incumbe a nadie. Hago lo que me plazca entre las cuatro paredes como cualquiera”, confesaría sin demasiados tapujos. En su temprana autobiografía Historia de un traidor de 1928, condenaba: “Nada más falso que la llamada ética social. Yo declaro en seguida que no soy moralmente recto y que no pretendo serlo. En ningún recuento se me considerará entre los hombres ‘virtuosos’, ya que por experiencia aprendí que la ‘honestidad’ de aquellos hombres virtuosos por regla general, no va muy lejos…”.
El ser homosexual definiría y marcaría la última etapa de su vida, y también, no en pequeña manera, su vida política. Su homosexualidad sería incluso una de las excusas oficiales de su aniquilamiento (“además, era homosexual y un depravado”, diría Hitler en su discurso de justificación).
Los Freikorps, el fiel de la balanza entre el caos y el orden
La derrota en la Primera Guerra Mundial trajo el derrumbamiento no sólo del Imperio Alemán, sino que arrastró en su caída a las monarquías alemanas, entre ellas la bávara. A su vez, las potencias aliadas vencedoras impusieron a los derrotados el Tratado de Versalles, que, entre otras cosas, reducía al Ejército alemán, la Reichswehr,
