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Dos líneas que se juntan es la historia narrada en retazos, de Juan y Carmen, un matrimonio formado por dos hijos de inmigrantes en Cuba y Argentina respectivamente, que se encuentran de un modo casual en el barco que los llevará de regreso a su Galicia natal. Si bien sus infancias en América transcurrieron sin saber nada uno de la otra, afrontando cada uno de ellos diversas situaciones, sus destinos se ven unidos en este viaje y juntos deben enfrentarse a la mayor de las catástrofes al estallar la Guerra Civil en España. Juan y Daniel, el hermano de Carmen, se ven obligados a ir al frente, corriendo una suerte diferente. Esta novela constituye una reflexión sobre los difíciles años vividos por una parte muy importante de la población del rural gallego durante la primera mitad del siglo XX, inspirándose en hechos reales, que constituye un testimonio que nos impedirá olvidar nuestra propia historia.
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Jesús Carrera Álvarez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-022-7
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A Bea
PRÓLOGO
Esta es la pequeña historia, presentada a modo de pinceladas, de dos familias que partieron, como una inmensa mayoría, a probar fortuna a América. Tanto del puerto de Vigo como del de Coruña salían barcos en dirección a ese destino, es más, había muchos reclamos en cartelería por las calles para así captar a posibles emigrantes. Esos carteles hacían volar la imaginación de muchos jóvenes españoles que, animados al ver las casas que construían los indianos que encontraron fortuna en el nuevo continente —a donde llegaron a mediados del siglo xix y primeras décadas del xx—, imaginaban para sí esa misma ventura y decidían abandonar su hogar para ir en busca de un futuro. Las noticias que llegaban del otro lado del Atlántico decían que allí había una oportunidad para empezar de cero, para abrir un negocio o simplemente acertar en la actividad a realizar. En España no había futuro, pues el sistema caciquil existente no daba opción a prosperar, pero el viaje a América era una oportunidad de prosperidad al trabajar en las minas de plata y oro, así como también por la aportación del Estado de tierras de cultivo.
Tras las guerras de Independencia, España prohibió temporalmente los viajes a sus excolonias, sin embargo, muchos españoles partieron hacia América de forma ilegal y clandestina. Cuando se autorizaron los viajes, aproximadamente unos cinco millones de españoles se marcharon con la esperanza de prosperar. Esto no solo sucedió en España, sino en toda Europa, por la falta de trabajo y la miseria en la que se vivía. Mientras la Revolución industrial modernizaba Europa, España se iba quedando atrás, pues esta no llegaba y tampoco se le esperaba, por lo tanto, había que emigrar para buscar nuevos horizontes.
En América se necesitaba mano de obra para trabajar en las plantaciones de los ricos hacendados cubanos, argentinos, brasileños, puertorriqueños, etc. Estos terratenientes enviaban reclutadores a Europa para conseguir mano de obra, buscaban campesinos que ya supieran realizar el trabajo y que, a su vez, les enseñaran a los nativos. Allí, la gran mayoría de la población era analfabeta y ponían como pretexto que esas tierras no daban para vivir. España había pasado casi 100 años involucrada en diferentes guerras y enfrentamientos constantes, por lo que los reclutadores prometían vivienda, manutención y salario. Por primera vez alguien ofrecía una mejora salarial. Emigrar era una manera de librarse del servicio militar, además de una oportunidad para ganar dinero y enviarlo a la familia.
El coste del viaje no era un obstáculo. Algunos gobiernos de ultramar subvencionaban los viajes, así como también algunos terratenientes avanzaban el dinero del billete. Una vez en América había que adaptarse al trabajo y a las temperaturas extremas en ciertos momentos del día. La caña de azúcar, las minas y la construcción de los ferrocarriles dañaron la salud de muchos españoles, los cuales fueron tratados como esclavos por momentos, pagando un precio superior al invertido en el pasaje, un pasaje que para ellos era la llave de la tierra prometida, un pasaje al Nuevo Mundo. Los que prosperaron y regresaron contribuyeron a mejorar el nivel cultural de España.
En nuestro país, después de tanto desacuerdo político, en donde media España ignoraba a la otra o estaba directamente en contra, estalló la Guerra Civil y muchos ciudadanos se vieron forzados a abandonar su tierra y desplazarse a otros países. El golpe de julio de 1936 se convirtió en un conflicto bélico que duró casi tres años. En ese periodo la población padeció las penurias que genera la guerra. La hambruna y la miseria que golpeaban a un altísimo porcentaje de población fueron la antesala de la destrucción, las enfermedades y la muerte por falta de agua potable, asistencia médica y servicios básicos. Esa fue la estela de la guerra al carecer de productos de primera necesidad.
Pasaron ya más de ochenta años de este episodio, sin embargo, en España todavía se habla —y se seguirá hablando— de la sangrienta Guerra Civil, ya que fue una de las más duras que se recuerdan. Peor fue, si cabe, la dictadura que duró casi cuarenta años.
PRIMERA PARTE. LA VIDA COTIDIANA
1. CAÍDA INOPORTUNA
Enrique, el padre de familia, se levantó relativamente tarde de la cama y lo hizo con la ayuda de su hija y de su esposa. Mientras esperaba la hora de la comida, solía leer el periódico, aunque no fuera de ese día. Enrique es aficionado a la lectura, aunque dice que poco varían las noticias de un día a otro. Cerca de los sesenta y cinco años, Enrique tiene una salud medianamente aceptable. Su vida fue dura, pasó muchas calamidades, sobre todo de joven. Ahora está recuperándose de un pequeño accidente, absurdo según él, pero con consecuencias agravadas por la fractura de tobillo que le obliga a estar en reposo.
Todo ocurrió aproximadamente unos diez o doce días atrás, cuando regresó de hacerle una visita a un familiar que hacía tiempo no saludaba. Este le envió un recado a través de otro vecino, concretamente el cartero, para que se pasara por su casa y recogiera unas semillas para sembrarlas cuando llegara el momento. Ya en casa de su familiar, Enrique llamó a la puerta y le abrió su primo Ramón.
—Hola, buenos días, Ramón.
—Hola, Enrique. ¿Qué tal? Veo que te dieron el recado.
—Sí, sabes que el cartero es la persona más adecuada para esos asuntos.
—Me pareció oportuno decírselo a él para que te avisara.
—Has hecho muy bien —respondió Enrique.
La esposa de Ramón estaba por allí cerca recogiendo la ropa del tendal. La había tendido por la mañana, por lo que estaba casi seca y no quería que se mojara con el rocío de la noche.
—Hola, Enrique —le dijo Lucía—. ¿Cómo va todo?
—Bien —le respondió él a su vez.
—Me alegro. Dale un saludo a la familia. Luego hablamos, ahora estoy un poco apurada.
El funcionario de correos, que era un poco más joven que ellos (le faltaban tres años para jubilarse), repartía el correo en una bicicleta muy parecida a la que usaba Juan, su yerno, de la marca Orbea, la misma que usó en el batallón en donde cumplió el servicio militar. La fábrica de bicicletas había sido fundada a mediados del siglo xix en Guipúzcoa. Por aquel entonces el país estaba inmerso en innumerables contiendas bélicas, por lo que la empresa había nacido originalmente como una fábrica de armamento, concretamente, pistolas y revólveres, con el Estado como principal cliente. A principios del siglo xx, cuando se desencadenó la Primera Guerra Mundial, la fábrica hizo buenos negocios, pero una vez finalizada la guerra la facturación de la empresa cayó en picada. Ante este panorama, los dueños optaron por cambiar de nombre, pasando de Orbea Hermanos a Orbea Hermanos y Cía., desvinculándose así del sector armamentístico para comenzar a vincularse con el deportivo. El cambio, que fue brutal, se produjo por casualidad cuando uno de los hermanos Orbea vio a un vecino andar en bicicleta (años más tarde, ese vecino participó en el Tour de Francia y ganó una etapa). Ese momento fue el punto de inflexión que los llevó a adaptarse al mundo del deporte. La compañía fabricaba todas las piezas para el montaje de las bicicletas, por lo que no necesitaba de talleres auxiliares. Comenzó así una carrera en la fabricación de bicicletas y sirvieron de proveedores al ejército español. Alguna vez que se encontraban por la calle, Enrique y Ramón solían tomar un vino en la taberna de Eulogio. En contadas ocasiones se sumaba el cartero, siempre que no estuviera realizando el servicio de reparto de la correspondencia, claro.
—Bueno, tú dirás qué tipos de simientes son las que me ofreces. Está bien que me las des con tiempo, porque ya sabes, llega la época y de un día para otro no se siembran —le espetó Enrique.
—Son unas semillas que compré la semana pasada en el mercado, seguro que ya habrá comprado tu hija, pero pensé que no estaría de más tener otras variedades. Son de tomate, lechuga, pimiento y zanahoria, lo que habitualmente siembras para luego llevarlo al mercado —le respondió Ramón.
Estuvieron un rato charlando dentro de la casa, porque fuera ya hacía frío. La vivienda de su primo Ramón era humilde pero coqueta, constaba de dos plantas, al igual que la gran mayoría de las viviendas rurales. Casualmente, la de Enrique solo tenía una planta, la cual estaba diseñada con una amplia entrada que distribuía a otras estancias, como la cocina y un amplio salón con una chimenea de obra, o un espacio algo alejado que era utilizado como depósito para colocar los leños que usaban como combustible sin tener que estar todos los días reponiéndolos. Hacía unos meses había instalado la corriente eléctrica, la suya era una de las primeras casas que accedieron a dicha instalación, y se notaba la diferencia.
La vivienda fue diseñada por el mismo Ramón, arte que conocía bien porque había trabajado de albañil, además de poseer algún conocimiento de cantería. La entrada daba acceso a un baño y a una habitación que hacía de guardarropa y sala de planchado. En un lateral se encontraban las escaleras que daban acceso al piso superior, en donde estaban los tres dormitorios, el principal y dos contiguos, uno destinado a dormitorio y el otro convertido en una salita en la que la esposa de Ramón hacía sus labores, escuchaba las radionovelas o, en alguna ocasión, aprovechaba para echar una cabezadita.
La casa estaba construida al lado de la carretera. Tenía alrededor un amplio jardín y un poco más alejado había un espacio en el cual se sembraba para el consumo de la casa. Alrededor de la parcela, y pegado a un muro de cierre, una parra de vid lo rodeaba todo; Ramón la había estado podando unas horas antes. Era una cepa espectacular, con unos racimos grandes y hermosos, una variedad de uva de mesa que daba dos clases: blanca y rojiza. Ramón la había traído de la finca que cuidaba en Buenos Aires, en donde también estuvo al cuidado de una hacienda agrícola y ganadera. Después de haber emigrado a ese país y pasado allí casi diez años, regresó a España, en donde fue primero encargado y posteriormente socio de la empresa en la que trabajó desde que fuera casi un niño.
Cuando comenzó a anochecer, aunque no era tarde —era invierno y el día había estado soleado—, Enrique se despidió de su primo Ramón y de su esposa.
—Bueno, pareja, hasta otro día. Muchas gracias —dijo Enrique.
—De nada —le respondieron al mismo tiempo.
Enrique emprendió la marcha a paso normal, sin apurarse, con la bolsa de semillas que le había regalado su primo Ramón en la mano. Iba pensando en el lugar en que las pondría, pues no quería entorpecer el laboreo de la tierra para comenzar la siembra. Quería poner aquellas semillas en una zona visible y diferenciada de las otras. Por el camino se encontró con algún vecino, pero con quien se detuvo un rato a conversar fue con Hortensia, ya que habían pasado unos meses desde que falleciera su padre y no la había vuelto a ver desde el día del sepelio a pesar de ser vecinos cercanos.
—Hola, buenas tardes, Hortensia. ¿Qué tal? ¿Y tu madre cómo está?
—Tirando, poco a poco recuperándonos, se hace muy cuesta arriba, sobre todo para mi madre —dijo.
—Bueno, Hortensia, dale un saludo y tan pronto como pueda os hago una visita. Aquí estamos para lo que necesitéis, solo es decirlo.
—Gracias, Enrique, se lo diré de tu parte.
Se despidieron y Enrique retomó el camino hacia su casa. Unas pocas farolas iluminaban la calle, algunas sobre postes y otras colocadas en las fachadas de las casas. Era el inicio de la primera central eléctrica, que nació rodeada de problemas a causa de la incredulidad, la desconfianza y la incertidumbre de los vecinos que tendrían a esa construcción al lado de sus casas, establos, terrenos de cultivo, etc.
Todo comenzó a finales del siglo xix. Lo primero fue convencer a los habitantes de los beneficios que obtendrían de ese servicio que todavía era desconocido en el territorio nacional, pero que ya se usaba de forma experimental en varios puntos de Europa. A las afueras de la ciudad había un río que durante todo el año mantenía un cauce abundante gracias a sus dos afluentes, eso sin sumarle las lluvias acaecidas en invierno. Según los técnicos, para poder activar las turbinas de la central eléctrica, necesitaban un caudal mínimo de doscientos cincuenta litros por segundo, por lo que tuvieron que realizar una serie de construcciones para lograr dicho cometido, pero antes debieron cumplir con la legislación vigente, la cual obligaba a adquirir los terrenos circundantes, ya que no se podían expropiar, pues las obras eran privadas. El despliegue de materiales y herramientas que hubo fueron algo nunca visto por los nativos del lugar. Por las carreteras y los caminos se hacían agujeros para colocar los postes que luego funcionaron como railes de las vías del ferrocarril (todavía instalados después de casi cincuenta años). Los operarios trabajaban a buen ritmo. Los postes eran colocados en terrenos públicos bajo la autorización del alcalde para evitar disputas entre los vecinos, en quienes solo encontraban oposición a la obra. Los vecinos se rebelaron por el lugar en donde se instalarían las turbinas y los de las aldeas próximas lo hicieron por el lugar en donde debían pasar los cables de alta tensión, todo posiblemente por falta de información. Las manifestaciones de desacuerdo por la obra eran unánimes, los vecinos estaban dispuestos a impedir el avance de las obras, pues pensaban que sería la desgracia de todos, creían firmemente en que esa energía envenenaría las aguas, los pastos y mataría el ganado, ni qué decir que las mujeres gestantes seguramente abortarían. Sería la destrucción de sus vidas, pensaban.
Durante la colocación de los postes y el cableado hubo muchos sabotajes, por lo que se optó que la fuerza pública estuviera presente en la realización de las obras para que los exaltados se apaciguaran. Las fuerzas del orden intervinieron en varias ocasiones y en días consecutivos, era un presagio de desgracia. El día que se pusieron en funcionamiento las turbinas, los vecinos invadieron el recinto y derribaron un poste que sostenía los cables de alta tensión, lo que provocó la muerte de varias personas, así como daños de gran importancia en las máquinas. Si antes los vecinos no estaban conformes, a partir de ese episodio creció la desconfianza, lo que provocó un sobresalto y un gran alboroto que sacó de quicio a los residentes, por lo que tuvo que intervenir la justicia y se ordenó el ingreso a prisión de una buena cantidad de personas.
Ya entrando en su casa, el perro Roel, que habitualmente estaba suelto por la propiedad, vino a saludar a Enrique. Roel era un pastor alemán lleno de energía, ya que estaba en la plenitud de la vida, con siete años era muy activo. Iba siempre acompañado de su juguete favorito, al que no perdía nunca de vista: un trozo de madera de eucalipto, concretamente, uno de los que se usaban para alimentar el fuego de la cocina y la estufa.
Una vez dentro, Enrique saludó a su esposa. No esperaba encontrarse con su hija y la nieta, así que la sorpresa fue muy grata. Mientras les enseñaba a las mujeres las semillas que traía, el perro apareció y dejó cerca de ellos el taco de leña de eucalipto. Como ya era de noche, su hija y su nieta se marchaban. Fue en ese momento, cuando las acompañó a la puerta, que pisó accidentalmente el juguete del perro, torciéndose el tobillo y cayéndose de bruces, con la gran fortuna de que pudo amortiguar el golpe al dar el hombro contra el muro de cierre. A esas horas era difícil encontrar al médico, ya que no vivía en la misma ciudad en la que ejercía. No obstante, para esos casos estaba el practicante (ATS). Aunque era panadero de profesión, Horacio tenía amplios conocimientos de anatomía, pero sin la titulación académica correspondiente, lo que no era obstáculo para que saliera del paso con gran éxito. De hecho, muchas veces la gente hacía cola para verlo y él atendía en cualquier lugar, pero sobre todo en su puesto de trabajo, la panadería. En más de una ocasión tuvo que dejar de hacer las barras de pan y arriesgarse a que se estropeara la masa por atender alguna urgencia, la mayoría de las veces conseguía solucionar el problema.
La hija y la esposa ayudaron a Enrique a entrar a la casa, pues no podía apoyar el pie. Le costó llegar a recostarse en un sillón que había en la sala de estar, estaba muy dolorido. Su esposa le alcanzó un taburete para que mantuviera el pie en alto y le puso un paño frío para que la inflamación no fuera a más. Mientras, Carmen, su hija, fue a llamar a Horacio, el practicante/panadero, le contó lo ocurrido y le pidió que se acercara a la casa de su padre en cuanto le fuera posible. El de Carmen fue un aviso rápido, pues volvió pronto a recoger a su hija, prepararla, darle la cena y acostarla. Pronto llegaría su esposo y así ella podría volver a casa de sus progenitores a ayudar en caso de ser necesario.
2. MADERA, GARLOPA Y VIRUTAS
—Hoy nuestra hija cumple un año y hacen cuatro desde que me licencié del servicio militar —le dijo Juan a su esposa, Carmen.
—Sí —respondió ella.
En ese espacio de tiempo, Juan se casó y tuvo a su primera hija, esa niña que estaba siempre sonriente, incluso cuando dormía, de grandes ojos verdes, que casi no daba trabajo, pues solo comía y dormía. Su cabello, rizado y rubio, nada tenía que ver con el de su madre.
Comenzaba una nueva jornada, era pleno invierno. Hacía poco que la Navidad había quedado atrás. El próximo domingo, día 16 de febrero de 1936, la ciudadanía estaba convocada a participar en las elecciones. Faltaban seis días.
Era lunes, el comienzo de una nueva semana, las siete y media de la mañana. Después de despedirse de su esposa y sin hacer mucho ruido para no despertar a su hija, Juan se dirigió a la casa de sus padres que se encuentra muy próxima a la suya, donde su padre está convaleciente de la caída que sufrió cuando iba a despedir a su hija y nieta debido a que el perro dejó en medio de la explanada de la casa su juguete, derivando en la pérdida de equilibrio y posterior caída.
Después de la visita, Juan se encaminó al trabajo, la mañana era clara y corría una brisa de aire frío que le golpeaba la cara, haciendo que tomara el mismo color amoratado de las manos, ya que se había olvidado los guantes. Su medio de transporte era la bicicleta, medio altamente valorado por las pocas que había en la comarca. Lo mismo sucedía con los automóviles, de los que solo había siete en la ciudad, todos pertenecientes a gente de la alta sociedad y, cómo no, adinerada, pero no era su caso. En esa época las bicicletas todavía tenían matrícula y cédula de impuesto de rodaje establecido por el ayuntamiento. Todavía tendrían que pasar unas horas para que luciera el sol en lo alto del cielo.
Su actividad profesional es la de carpintero. En la carpintería en donde trabaja se producen todo tipo de muebles: mesas, sillas, armarios, marcos para puertas, etc. La preparación de la madera comienza con la tala de los árboles, es todo un ritual. La medida normal está en aquellos árboles cuyo diámetro es superior a los 35 centímetros, pero el tamaño óptimo es de 45 a 50 centímetros de diámetro, ya que con esa medida se obtienen, por ejemplo, las puertas de un armario sin que sea necesario unir diferentes piezas de madera para lograr esa medida. Los carpinteros saben cuál es el momento idóneo para la tala y cómo conservar la madera. Dicen que la madera permanece viva incluso después de cortada. Para que esa materia prima sea de la mejor calidad y longeva para su posterior utilización, tanto en carpintería como en la construcción o la fabricación de barcos, así como en otras utilidades, debe ser tratada con esmero por estos profesionales, quienes deben cuidarla del ataque de parásitos y conseguir una madera que no se agriete al manipularla. Prácticamente todo se hace a medida. La madera se trata de manera artesanal desde la tala, pasando por el almacenamiento y el secado, hasta que es apta para la fabricación de muebles. En la carpintería se utilizan varios tipos de madera: castaño, roble, cerezo y nogal. A pesar de ser una zona de montes frondosos, la madera predominante es el pino, pero este se usa más para los encofrados en la construcción.
