Dos tardes con Joseph Roth - Sergio del Molino - E-Book

Dos tardes con Joseph Roth E-Book

Sergio Del Molino

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«Si hubiera vivido un poco más, apenas tres años, Joseph Roth habría asentido ante la escena de Casablanca en la que el mayor Strasser le pregunta a Rick por su nacionalidad. "Soy un borracho", responde este. Roth habría respondido igual si alguien le hubiera preguntado. Todos sus lectores lo sabemos porque lo dejó clarísimo en sus libros, en sus dibujos y en lo que los biógrafos han descubierto de su vida. También sabemos que no le preguntaron por su nacionalidad, porque Roth fue uno de los miles de apátridas que se morían del asco en la Francia a punto de rendirse ante Alemania. En un país lleno de refugiados con pasaporte Nansen (cuyo papel era tan malo que se deshacía al segundo trámite), la gente había perdido la costumbre de preguntarse por nacionalidades que ya no existían. "Así soy realmente: maligno, borracho, pero lúcido. Joseph Roth", escribió en la dedicatoria de un autorretrato que se hizo en París en noviembre de 1938, seis meses antes de su muerte».

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Seitenzahl: 130

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Dos tardespara leer juntos

por Sergio del Molino

Editor invitadode la colección Dos tardesen Alianza

Dos tardes no bastan para conocer a una persona. Dos tardes no bastan para leer a un escritor. Pero dos tardes sobran para enamorarse. Dos tardes sobran para que las amistades echen a andar. Esta nueva colección de Alianza reivindica la profundidad que se esconde en la ligereza de dos tardes. Ese es el tiempo medio que los lectores pasarán con estos libros. La esperanza de sus autores —y la mía, padrino del invento— es que estas dos tardes sean solo las primeras que los lectores pasen en compañía del escritor objeto de cada título. El propósito es que se contagien del entusiasmo de quienes los recomiendan y se sumerjan en su obra.

Hemos invitado a algunos de los mejores escritores contemporáneos en español a que compartan su pasión por un autor clásico incluido en la Biblioteca de autor de El libro de bolsillo de Alianza Editorial. No hay aquí lecciones magistrales ni monografías de especialista, sino entusiasmo genuino de escritor a escritor. Grandes maestros de ayer contemplados con los ojos de los maestros de hoy.

La literatura, placer solitario e íntimo tanto para quien escribe como para quien lee, no ofrece muchas ocasiones para socializar los entusiasmos. Con esta colección queremos llevar las grandes conversaciones literarias a las manos de todos los lectores. Y pasar juntos dos tardes que no olvidarán.

Sergio del Molino

Dos tardescon Joseph Roth

Índice

Nota sobre la toponimia

Nota sobre la selección literaria

1. Nacionalismo borracho

2. El judío huérfano

3. El libro bandera

4. El holocausto inevitable

5. Todos miraban cómo bebía el judío

6. La recurrente imagen del espejo

Gratitudes bibliográficas

Créditos

Nota sobre la toponimia

Bien sabemos los españoles lo conflictivos que pueden ser los topónimos y su capacidad para ofender sensibilidades ariscas. Escribir sobre Joseph Roth supone cruzar un campo de minas toponímicas cuya carga se mantiene muy activa en el siglo xxi. Baste decir que nació en un lugar donde en 2024 se libra una guerra cuyas resonancias étnicas y civilizatorias él entendería muy bien.

Joseph Roth nació en Brody y se crió entre este pueblo y Lemberg, antes de marchar a Viena a terminar sus estudios universitarios y empezar a escribir en los periódicos. Brody sigue llamándose Brody (oficialmente, Броди, en ucraniano), pero Lemberg ha tenido muchos nombres. Cuando Roth nació en 1894, aquella era la región fronteriza nororiental del Imperio austrohúngaro. Lemberg era el nombre oficial de la capital en alemán. Los hispanohablantes la conocían como Leópolis, topónimo que sigue siendo aceptable y aceptado. La mayoría de la población era polaca (aunque mayoría, en esas regiones imperiales, significaba ser la primera de muchas minorías entreveradas y revueltas), y cuando Roth se instaló allí, en casa de sus tíos ricos, el polaco estaba sustituyendo al alemán como lengua de la administración y de la enseñanza. Una de las razones por las que Roth se marchó a Viena fue porque la universidad de Lemberg empezó a impartir sus lecciones en polaco.

En 1919, el Imperio austrohúngaro desapareció y la antigua provincia se integró en la nueva Polonia. El nombre alemán, Lemberg, pasó a Lvov, topónimo que se mantuvo en 1945, cuando los tratados de paz desplazaron las fronteras de Polonia al oeste y la ciudad se incorporó a la república soviética de Ucrania. Tras la desintegración de la urss, volvió a cambiar de nombre al ucraniano Львів, transcrito Lviv, que es la forma más difundida en castellano.

Algo más problemático es el topónimo de la región natal de Joseph Roth, que en su infancia era una provincia administrativa del imperio con capital en Lemberg, una región que perdió entidad y autonomía tras el armisticio de 1919, quedando dividida entre Polonia y lo que pronto sería la urss, y fue definitivamente abolida en la nueva Europa de 1945, después de que la mayoría de sus habitantes judíos fueran exterminados por los nazis y sus colaboradores polacos y ucranianos.

La región se llamaba Galicia, en femenino: la Galicia. En la literatura castellana suele citarse como Galitzia, para evitar confusiones con la región española homónima, pero esa grafía es una orientalización un tanto fantasiosa que no se parece a ninguna de las lenguas habladas en la Galicia histórica (yidish, polaco, ruso, ucraniano, alemán, rumano, checo o húngaro, por citar las más populares). Roth la llamaba Galizien, en alemán, y estaba acostumbrado a las formas Halychyná (ucraniana) y Galicja (polaca). En todas suena a algo muy parecido a Galicia, por lo que lo natural en castellano sería escribir Galicia, sin miedo a que el lector se imagine peregrinos compostelanos o botellas de albariño. El gentilicio sería en este caso galiciano, y no gallego.

Joseph Roth es, por tanto, un judío de la Galicia que nació en Brody y vivió en Lemberg. Aunque sólo uno de esos tres topónimos siga vigente hoy, usaré los tres en este ensayo. Sé que algunos autores prefieren actualizar los mapas y ser fieles a la nomenclatura en curso. Estudiosos ha habido incluso que se han referido a Roth como un escritor polaco. Seguro que las autoridades municipales de Brody lo celebrarán hoy como un egregio miembro del parnaso de las letras ucranianas, y a los profesores de literatura del instituto de Brody se les henchirá el pecho de fervor patriótico cuando recuerden que el autor de La marcha Radetzky creció a los senos de esas aulas, donde no quedará un solo docente o alumno capaz de leerlo en su lengua original.

Un busto suyo recibe a los pupilos del antiguo gimnasium imperial en el que estudió, hoy un establecimiento estatal ucraniano, y la placa que ensalza al bachiller más célebre está en ucraniano y en alemán (el instituto, fundado en 1865, no se llama hoy Joseph Roth, sino Ivan Trush, un pintor impresionista contemporáneo de Roth y galiciano como él, aunque ucraniano étnico y, sobre todo, cristiano, circunstancias felices ambas para propiciar el homenaje del nacionalismo de Ucrania), pero si queremos entender a Joseph Roth no debemos perder de vista jamás que vivió en un mundo plurilingüístico y plurinacional dominado por una élite política y cultural que se expresaba en alemán, fuese o no este su idioma doméstico.

La desaparición del imperio fue para Roth la tragedia de Europa, el origen del infierno que desataría el nazismo. Antinacionalista feroz y nostálgico de una Galicia abigarrada de lenguas, religiones y costumbres, nunca aceptó las nuevas fronteras ni las estabulaciones de la población en recintos étnicos uniformes, también llamados naciones. Lo natural para él era la mezcla bastarda, y en sus libros la gente se entiende en muchas lenguas condensadas en un alemán refinado de niño pedante y letraherido. Así era en la cosmopolita Brody y así era en el bloque de viviendas burguesas de su familia en Lemberg, donde su tío judío comerciante convivía con nobles menores polacos y viudas de ministros imperiales, todos mezclados en la ingenuidad de un vals. De aquel mundo salió y a él quiso regresar, aunque sólo lo consiguió en su literatura.

En uno de sus últimos artículos, en 1939, a las puertas de la catástrofe, escribió: «Desde que se ha puesto de moda que los hombres que viven en el mismo metro cuadrado deben valerse justamente de la misma lengua, las mismas costumbres y las mismas abuelas, ya no pueden entenderse».

Que me perdonen los puristas y los nacionalistas de toda nación, pero actualizar la toponimia sería una forma de traición al espíritu y al legado de Roth.

Nota sobre la selección literaria

Joseph Roth publicó en vida veintidós libros en el increíblemente corto periodo que va de 1924 a 1939. Seis más, entre ellos algunos de los más celebrados, quedaron inéditos y se publicaron en los años posteriores a su muerte, con suerte y resultados desiguales. Además, entre 1916 y el mismo día de su muerte (dejó algunos artículos terminados pero sin publicar) fue un periodista hiperproductivo en la prensa de Viena, Berlín y, al final, en la del exilio en París y Ámsterdam. Entre 1923 y 1933 fue la firma estrella del muy influyente Frankfurter Zeitung, lo que lo convirtió en el cronista más celebrado y seguramente leído del mundo germánico. Su obra periodística se sigue compilando en volúmenes temáticos (por viajes, por países, por género… Hay antologías que recogen sus artículos intimistas sobre los cafés; otras, sus alegatos contra el nazismo, etcétera) y está sometida a nuevos hallazgos cada vez que aparece otra colección de periódicos o alguien investiga en una hemeroteca. Su obra narrativa está completa y bien traducida al castellano. A diferencia de la periodística, es abarcable.

Roth murió joven, a los cuarenta y cinco años, y escribió rápido, mucho y bien. Hay varios itinerarios de lectura posibles. Se le puede empezar a disfrutar por muchas partes y en muchos órdenes, pero no es mi intención agotar aquí todas las posibilidades, sino centrarme en una selección de sus títulos que trace una idea coherente de quién fue. Es esta una lectura personal de un escritor que me apasiona, mediante una selección de textos subjetiva que no pretende sentar cátedra ni cuestionar las lecturas canónicas que la academia ha establecido de una figura que no siempre se ha considerado tan central e indiscutible como la consideramos hoy. Propongo un paseo por mi Joseph Roth, por aquellos aspectos que más me conmueven o creo entender mejor, que son los que me han permitido conocerme a mí mismo como escritor.

Al margen de mi admiración lectora, hay pocas cosas que me emparenten literariamente con Roth. Lo descubrí de adulto, no es uno de esos deslumbramientos de juventud. Debía de andar yo por los treinta —soy un lector caótico que no guarda registros de sus lecturas ni adorna su biblioteca con ex libris: de hecho, ni siquiera sé dónde está el ejemplar de La leyenda del Santo Bebedor que leí por primera vez; seguramente se lo regalé a alguien en un arrebato proselitista— y tenía mucho artículo cabalgado y un par de libritos publicados. No me podía influir como influyen los deslumbramientos juveniles porque yo ya había echado a caminar en busca de mi voz. Creo que hay poco de Roth en mi prosa, pero desde aquel primer golpe no ha dejado de acompañarme, y hoy lo tengo por uno de mis mejores amigos literarios, una presencia íntima y constante que me ha aliviado noches tenebrosas.

Quizá por eso, alguna vez he salvado el abismo artístico que nos separa y he encontrado afinidades sólidas. El periodismo es una de ellas. Roth fue un escritor de periódicos toda su vida. No usaba el articulismo como muleta, forma de activismo o para calmar la ansiedad de la influencia, sino como una expresión literaria de primer orden y un fin en sí mismo (esto es algo que desconcierta a muchos cínicos, que creen que escribimos en la prensa por alguna razón oscura y distinta a la de escribir en la prensa). Supongo que a él le extrañaría tanto como me extraña a mí cuando me preguntan si me canso del columnismo y si preferiría centrarme en los libros. Hay muchos escritores para los que la prensa es un fastidio, un trámite tan insoportable como hacer la declaración de la renta, pero unos pocos nos sentimos literariamente completos en nuestras tribunas. No somos escritores aislacionistas, nos gusta que las prosas se manchen de las basuras de los días. Roth y yo pertenecemos a esa misma raza, que se entiende mal con la raza de los exquisitos y los solipsistas.

Hay otros asuntos de fondo en su literatura con los que también me siento hermanado: su orfandad, la paternidad distante (paternidad sufrida, no ejercida), lo femenino como fortaleza, la obsesión por el legado, el gusto por lo provinciano y lo mínimo sin renunciar a una atalaya universal y la mirada marginal y desplazada sobre todas las cosas del mundo. No estoy preparado para mirar demasiado de cerca a algunas de estas cosas, pero en cada relectura se me hacen más dolientes y próximas.

Más allá de eso, hay un elemento anecdótico que me resulta muy familiar: su ingenuidad cínica. Roth fue un polemista que dejó pocos charcos por pisar. Vehemente, apasionadísimo, brillante y sarcástico, cayó a menudo en los dos abismos que se abren bajo los pies de los escribidores de periódico imprudentes: la injusticia y la contradicción. Fue con frecuencia injusto con los demás, a los que medía por raseros demasiado estrechos que antes se había aplicado a sí mismo. También, como todo polemista prolífico, fue contradictorio. No tenía una doctrina coherente, podía defender posiciones opuestas según las circunstancias, pero casi nunca estaban encuadradas en un programa militante o un pensamiento hegemónico. Lúcido o absurdo, Roth siempre iba a su aire. Sus posturas eran insólitas porque se enunciaban desde una ingenuidad voluntariosa.

El mundo de Roth fue un mundo intensamente politizado que parió los dos totalitarismos más atroces del siglo xx. Su voz se hizo relevante en un paisaje de trincheras ideológicas y encuadramientos partidistas. Julien Benda retrató esto en un panfleto titulado La traición de los clérigos, donde denunció que los intelectuales a partir de 1914 habían renunciado a su voz propia para ser portavoces de partidos y movimientos políticos, instrumentos de una guerra de propaganda que ahogó el debate libre.

En ese contexto, Joseph Roth era un verso libérrimo que irritaba a los etiquetadores. A veces parecía un comunista enfurecido, pero acto seguido escribía una loa a los aristócratas vieneses; otras veces, sonaba como un sionista socialista, pero al día siguiente se burlaba del sionismo y parodiaba sus modos rígidos y moralistas. Le mandaron a la urss con la intención de que desmontase el comunismo y por poco se hizo ciudadano soviético, pero cuando los lectores se convencieron de que la propaganda leninista le había ganado para la causa, les desconcertó burlándose de la avaricia pequeñoburguesa del nuevo funcionariado ruso.

Los marxistas doctrinarios le acusaban de falta de solidez teórica. Roth juzgaba el mundo con la ligereza de un paseante, sin atender a la jerga ideológica o a las conveniencias estratégicas de cada momento político. Privilegiaba la originalidad de su mirada por encima de cualquier concesión doctrinal, y eso le hacía parecer un iluso, pese a que hoy sus observaciones y sátiras nos parezcan mil veces más inteligentes que cualquier farfolla mitinera. De hecho, para entender el desquiciado mundo de entreguerras es mucho más útil leer sus conversaciones con dios en Rusia que las crónicas de los turistas del ideal que comían ostras con Stalin.

A mi modo y salvando todas las distancias astronómicas, comulgo con esta forma de estar en la discusión pública, que me parece vigente y eterna. Prefiero que me acusen de tonto e ingenuo que de demasiado enterado. Prefiero que me acusen de lo que no soy a presumir de lo que me siento. Prefiero que me etiqueten a etiquetarme yo mismo. Para bien o para mal, sostengo que mi voz es sólo mía, cuando me equivoco y cuando acierto. Y como vivo, un siglo después, en una Europa tan politizada e histérica como la que vivió Roth (aunque mucho menos violenta y mucho más próspera), a veces me siento tan poco comprendido y tan poco acompañado como se sentía Roth.

Mis simpatías por el escritor trascienden la emoción de la lectura y mis ansias de aprender de los maestros. Por eso creo que esta aproximación a su obra tendrá un poco de esa ingenuidad consciente y presentará a quien la lea a un Joseph Roth algo alejado de los Joseph Roth que se dibujan desde la academia.

Este ensayo se centra fundamentalmente en seis obras que considero representativas y una buena introducción al universo rothiano. Cinco de ellas se publicaron en vida y una es póstuma. Se trata de La marcha Radetzky, Job, Tarabas, El peso falso, Judíos errantes y La leyenda del Santo Bebedor