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Luego de revolucionar las redes sociales con sus contenidos de salud y bienestar, el médico favorito de los latinoamericanos, Dr. Rawdy, reconstruye su exitosa carrera en este libro, mediante una serie de experiencias profesionales derivadas de su propio día a día en consulta. Con un lenguaje ameno, el doctor Rawdy Reales Rois expone no solo los diagnósticos más particulares que ha encontrado en la sala de emergencias de hospitales y puestos de salud de poblaciones ubicadas a cientos de kilómetros de su natal Valledupar (Cesar), sino que también pone a la vista de todos las falencias del sistema de salud colombiano y las problemáticas sociales, políticas y culturales que rodean al ejercicio de la salvaguarda de vidas en un país tan variopinto como Colombia, que se debate entre la ciencia médica y la fe por sus tradiciones, y que además, por su compleja situación de violencia, seguridad y orden público, reclama iniciativas que, como este libro, humanicen la atención del paciente y dignifiquen la vida y la muerte.
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Seitenzahl: 178
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Dr. RAWDY
Historias que curan
© 2023, Rawdy Reales Rois
© 2023, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, abril 2023
Edición
Pilar Bolívar Carreño
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico, diseño y diagramación
Alexánder Cuéllar Burgos
Equipo editorial Intermedio Editores
Fotografía de portada
Sam Graham
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B-70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido,ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN:
ISBN: 978-958-504-133-2
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Prólogo
Capítulo 1
Migraña
Capítulo 2
Cáncer (Neoplasia)
Capítulo 3
Un electrocardiograma
Capítulo 4
Arritmias cardiacas
Capítulo 5
Una masa abdominal
Capítulo 6
Una urgencia colapsada
Capítulo 7
Parto inesperado
Capítulo 8
Corte a la yugular
Capítulo 9
Brigada - aborto
Capítulo 10
La misión (inesperada) de un médico
Capítulo 11
Ciencia y tradición
Capítulo 12
Necropsia
A Dios
A mis padres
A Rameth y Rayza
Y a ti, que estás leyendo esto.
Estaba lejos de imaginar que alguien, a tan temprana edad, afrontaría con madurez y disciplina el rumbo de su vida.
Después de leer el libro me surgen preguntas sin respuestas; ¿serían cosas de Dios o del destino las que llevaron al autor a tomar grandes decisiones y responsabilidades?, puesto que no es fácil imaginar todo lo que tuvo que pasar, a pesar de que lo narra con finos detalles.
Me pregunto: ¿Es realidad o ficción? ¡Claro que es verdad! Son sus vivencias, sus historias y experiencias, en donde se mezclaban el deseo por aprender y el miedo a equivocarse; el asombro por lo desconocido y la templanza en su actuar.
Su carácter y personalidad lo hacen diferente, su pasión por la medicina lo hace más humano, su nobleza de corazón lo hace más valiente.
No cabe duda de que estamos frente a una gran promesa de la narrativa criolla, sabiendo que es su primera experiencia en el mundo de la literatura. Estoy plenamente convencido de que vendrán muchos episodios más; su esencia es motivarnos a todos y todas desnudando su vida; nos invita con estas líneas a retomar la lectura como forma de crecimiento espiritual.
De antemano, muchas gracias por dedicar algunos minutos a conocer su testimonio.
ALFONSO ORTIZ
CAPÍTULO 1
Los niños tienen miles de sueños e ilusiones y, precisamente, yo los tenía. Soñaba con ser un gran sacerdote, o un militar de alto rango; sin embargo, por avatares de la vida esos sueños nunca se hicieron realidad. Después de mucho tiempo, me pregunto si realmente hubiesen sido mi felicidad.
Siendo niño, cada año esperaba las anheladas épocas de vacaciones para salir de paseo en auto con mi familia a visitar a mis abuelos. De los viajes recuerdo muchas cosas; entre ellas, tengo enraizado en mi memoria el pasar por los puestos de control de policías y militares, instalados a lo largo de la carretera y que, junto a mi hermano, solíamos pedirles a nuestros padres que hicieran sonar la corneta del carro, tan solo para ver cómo ellos alzaban el dedo pulgar de su mano al escuchar la bocina, como señal de tranquilidad, para mí era un todo está bien.
Ser militar siempre había sido mi sueño, por parecerme una profesión noble y de alta entrega. Pienso que el hecho de empuñar un arma e ir a la guerra por alguien que no conoces, dejando a tus seres queridos; vivir en la selva por semanas, o meses, bajo las peores condiciones y con la probabilidad de no regresar, por vivir en un país colmado de intolerancia y violencia, solo puede ser asumido por alguien con un amor y vocación absoluta por su profesión.
En la década de 1980, mi padre prestó el servicio militar, las razones no fueron las mismas, a él, por su condición económica, le había sido imposible hacerse a la tarjeta militar, comprarla era un privilegio que muy pocos podían darse. Desafortunadamente, necesitaba de este cartón para estudiar y, especialmente, para trabajar, ya que, siendo el mayor de sus hermanos varones, tenía una gran responsabilidad con ellos y con sus padres. Un día, sin pensarlo mucho y por su limitación económica, le tocó irse a un cuartel llamado Batallón La Popa, en la pequeña ciudad de Valledupar. Por azar, contó con la fortuna de poder prestar todo el año de servicio dentro del campamento. Allí, las veces que le tocó empuñar un arma fue para hacer prácticas en los polígonos militares. Sin nunca llegar a pensarlo, el destino lo convirtió en el peluquero del cuartel, fue el encargado de raparle la cabeza a todos los militares que se iban incorporando. Mi padre siempre fue talentoso, bueno, cuando quería…, como todo en la vida, hacemos bien lo que queremos y lo que nos gusta. Un día, por pura coincidencia, terminó cortándole el cabello a un sargento y a este le pareció que era el mejor corte que le habían hecho desde que estaba en las milicias. Esto le representó un ascenso inesperado, se convirtió en el soldado que les cortaba el pelo a todos los altos mandos de ese acuartelamiento.
Como todo niño, jugué a ser astronauta, médico y hasta bombero. Junto a mi hermano improvisábamos unas armas con el palo de la escoba, para jugar a ser policías. A medida que pasaban los años, en mí fue creciendo el deseo de ser militar y ese mismo deseo se lo manifesté a mi padre. Le conté que soñaba con estar en la escuela de oficiales y convertirme en un general de cuatro soles, siendo militar quería materializar ese sueño que tenía desde niño de servir a otros.
Mi padre siempre ha sido un hombre calculador y con una gran capacidad persuasiva; si bien, lo hace de manera tan sigilosa y sutil que, si no lo conoces, sería muy difícil darte cuenta de que lo es. Al principio, mi idea de ser un soldado le sonó un poco absurda, no obstante, no recibí una respuesta negativa de su parte.
Un día cualquiera, sentados en unos asientos de madera, recibiendo la sombra de un frondoso árbol de cotoprix que estaba sembrado frente a la terraza de nuestra casa, comenzó a contarme todo lo que había vivido siendo militar, pero hizo especial énfasis en las cosas negativas. A medida que la conversación avanzaba, hizo un paralelo entre la vida de un soldado con mi forma de vivir y me hizo preguntas como las siguientes: ¿Te gusta hacer lo que no quieres? ¿Te gusta que te griten? ¿Te gusta ser castigado y humillado? Entre otras, claramente él sabía las respuestas, sabía que odiaba cada una de esas cosas y que, por ningún motivo las iba a aceptar. Él, con su malicia indígena, y con todo fríamente calculado, daba el siguiente paso y decía: “Si realmente tu sueño es ser militar, a todas y cada una de estas cosas debes acostumbrarte y aceptarlas. Así será el resto de tu vida, o por lo menos hasta que seas ese general de cuatro soles que sueñas”.
Pero allí no terminó su plan de sacarme la idea de la cabeza de ser militar. Él continuó contándome historias, lo hacía de manera coloquial y como quien no quiere que nadie se entere: “Imagínate que un día un soldado raso se quedó dormido, llegó cinco minutos tarde a formar y el castigo que recibió fue pasar gateando por un canal, mientras todos sus compañeros de pelotón lo orinaban, sin derecho a decir nada porque los castigos siguientes eran mucho peor”. Yo realmente no era muy crédulo de lo que escuchaba, pero esta conversación y este tipo de historias se repitieron un millar de veces. Con el pasar del tiempo, y sin darme cuenta, esa idea de ser un militar se fue borrando de mi memoria, honestamente no sé cómo ni cuándo pasó, pero un día ya no quería ser un soldado. La estrategia de mi padre había dado resultado y yo no me había dado ni por enterado.
Pocos años pasaron desde que aquel deseo de ser militar se desvaneció y en mí nació un nuevo sueño: ser un sacerdote. En ese momento no sabía si contarle a mi padre o no, porque temía que esto tampoco le gustara. Un día de esos bien calurosos en la ciudad de Santa Marta, alrededor de las 5:00 p.m., frente a la bahía, mientras el sol comenzaba a ocultarse y la brisa loca que caracteriza el puerto movía violentamente las palmeras, me llené de valor y le dije: “Papá, ya no quiero ser militar, ahora quiero ser sacerdote”. Esta vez no tomó la noticia de la misma manera y precisó en decirme: “Ve, ¿y lo de ser militar?, ¿tú no querías ser militar?”. A lo cual, él mismo se respondió, “prefiero mil veces que seas militar a que seas sacerdote”. Yo no entendía mucho de sus razones, incluso sigo sin entenderlas, pero como dice el dicho: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Él, de la misma manera sigilosa procedió a hacerme paralelos de mi vida con la de un párroco, a contarme historias un tanto negativas, a hacerme preguntas que me ponían entre la espada y la pared; sí, fue el mismo modus operandi de cuando le conté que quería ser militar. En conclusión, logró nuevamente persuadirme a su manera, hasta que un día esa idea se esfumó de mi memoria y entonces mi sueño se convirtió en saber cuál sería el futuro de mi vida.
Un día cualquiera, después de haber tenido una conversación con mi padre y sin saber la razón, me comenzó un fuerte dolor de cabeza. No era un dolor como los que acostumbraba a darme, porque ese día solo me dolía la mitad de la cara y, como nunca, sentía que el ojo se me quería salir, que las venas del lado de la cabeza que me dolía llevaban el ritmo de mi corazón, pero, que además, se querían explotar. Me sentía mareado, como dopado, pero sin razón, no había tomado ni consumido nada extraño. Rápidamente busqué a mi madre y le conté lo que estaba sucediendo, su respuesta fue corta, pero precisa:
—Tómate un acetaminofén y acuéstate a dormir. —Y añadió— Eso debe ser porque tú ves mucha televisión.
Le hice caso, pero a pesar de que el tiempo pasaba, no hubo nada de mejoría, incluso el dolor de cabeza solo empeoraba y empeoraba. Nuevamente acudí a mi madre, ella salió en busca de algo, al regresar, traía en sus manos un mentol color azul con un olor muy fuerte que le habían traído quién sabe de dónde y procedió con la mayor paciencia y amor del mundo a aplicármelo sobre la frente. A pesar de todo su esfuerzo, el dolor de cabeza no mejoraba y ya ella y yo estábamos en el clímax del desespero. Fue de esta manera, la primera vez que fui a urgencias por un dolor de cabeza y escuché la palabra migraña.
Para mí, todo en ese momento fue muy raro, extraño y hasta misterioso, porque el médico, sin haberme hecho ningún examen de laboratorio como un hemograma, una glicemia, el de colesterol o un TAC de cráneo —que era lo que a regañadientes pedía mi madre de forma desesperada—, como un truco de magia hizo un diagnóstico sofisticado y extraño para mí, en ese entonces.
Como si fuera poco, presagió que en pocas horas estaría en casa, como si nada hubiese pasado. Lo más extraño es que sucedió tal y como ese joven médico había dicho, pasé un par de horas en la sala de urgencias, el dolor desapareció y fui dado de alta con la que se convertiría en una de mis más entrañables compañías, les hablo de la cafeína más ergotamina, esa era, según el médico que me atendió, lo que podría quitarme el dolor de cabeza, en caso tal de que me volviera a dar. Yo no entendí mucho lo que pasó, para mí fue un dolor de cabeza corriente y pensé que nunca más me volvería a dar, pero mi madre tenía una preocupación extra, ya que, de niño, luego de caerme de una hamaca, había sufrido un trauma craneoencefálico leve que me costó estar hospitalizado por tres días.
Pasaron los días y fue, más temprano que tarde, que el dolor reapareció, pero con una diferencia, comencé primero a sentirme mareado, con náuseas y a ver borroso, era una sensación como si supiera que algo estaba por pasar y, evidentemente, pasó. Me dio el dolor con las mismas características de la primera vez y a pesar de tomarme la medicación como me la habían recetado, por segunda vez, junto a mi madre, me tocó ir a una sala de urgencias. Y, como si fuera una película repetida, me aplicaron unos medicamentos, sentí mejoría y después de un par horas, y ya sintiéndome bien, estaba nuevamente en casa con más de esas pastillas llamadas ergotamina más cafeína, que en un principio no habían solucionado mi problema.
La preocupación de mi madre fue tal, que me hizo ver por un médico especialista en el cerebro, un neurólogo, quien sin tocarme un pelo, después de hacerme un par de preguntas, confirmó el diagnóstico que previamente me habían dado. Mi madre estaba inconforme con tal situación y después de reclamarle al neurólogo de cómo era posible hacer un diagnóstico sin examinar al paciente, casi que lo obligó a indicarme la toma de un TAC de cráneo, a pesar de que el médico intentó, de una y mil maneras, persuadirla que ese estudio realmente no era necesario; no le fue posible lograrlo. Intentó explicarnos repetidas veces que era una cefalea migrañosa de libro, que con los medicamentos ordenados por el médico de urgencias me iba a sentir mejor y que no era necesario la toma de ningún estudio y mucho menos de una tomografía de cráneo. En ese momento tomó un papel y nos dijo que, además de los medicamentos que ya recibía, ahora me ordenaría un medicamento antiinflamatorio y que, con eso, el dolor se iba a mejorar, a tal punto, que no tendría que ir más a urgencias.
A pesar de todo esto, recuerdo claramente que al finalizar la consulta, salimos con la orden de un TAC de cráneo, el cual resultó ser absolutamente normal y que sirvió para que mi madre y yo comenzáramos a convencernos de que mi dolor de cabeza era una migraña, como lo habían asegurado los médicos. Sin embargo, a pesar de seguir al pie de la letra las indicaciones del neurólogo, me tocó ir muchas veces más a urgencias por no encontrar mejoría del dolor.
Fue pasando el tiempo, y el dolor y yo éramos uno solo, todas las semanas estaba presente, cada vez era más insoportable, pero, por fortuna, lo aprendí a conocer y ya sabía el momento preciso de cuándo me iba a dar, ya sabía que cuando no dormía bien, comía muchos dulces, permanecía mucho tiempo en la computadora —o frente al televisor—era más probable que este apareciera. Pero también sabía con gran certeza que, cuando sentía mi cuerpo como si no me perteneciera, una sensación difícil de explicar, una mezcla entre atontado y extasiado, no cabía la menor duda de que el dolor vendría a sacarme las lágrimas, a robarme mi tranquilidad, a mortificar mi existencia. De una u otra manera creamos una relación de esas que en la actualidad llaman “tóxica”, en donde ella hacía conmigo lo que quería, cuando quería.
Un día, sin saber cómo o por qué, decidí tomarme la medicación justo en el momento que mi cuerpo se comenzó a sentir raro, el miedo a sentir el dolor hizo que no esperara que este se hiciera presente para tomarme mi analgésico, y como arte de magia, ese día el dolor no llegó. Sentí que había encontrado la solución a mi mayor problema, sentí que había encontrado la cura a mi migraña, y desde entonces pude contar con los dedos de la mano las veces que tuve que volver a urgencias. No sabía cómo, no sabía el por qué, pero lo que era un hecho, era que mi migraña había entrado en una especie de pacto conmigo, yo sabía que estaba allí y ella sabía que yo no la dejaría mortificarme, que no permitiría que me volviera a sacar las lágrimas ni me mandara nuevamente a urgencias.
No sé cuánto tiempo pasó para regresar a una sala de emergencia a causa de la migraña, quizás fueron meses o años, pero esta vez, la migraña fue como un ave fénix que resurgió de las cenizas para causarme la peor crisis de mi vida. Fue tal el dolor, que mientras me encontraba en la sala de espera del servicio de emergencia decidí darme golpes en la cabeza contra la pared, porque esto me hacía sentir un poco mejor, aunque yo no entendía el porqué. Ese día, mi madre, desesperada se levantó de la silla, caminó apresuradamente por el pasillo, sin tocar pasó por la puerta de la observación y sacó a un médico del consultorio y dijo: “¿Para qué vas a esperar a que se muera mi hijo?”, todo lo que acontecía me recordó esa primera vez que me dio este terrible dolor y de manera extraña ocurrió algo muy similar, me pasaron a una sala, me canalizaron una vena y me pusieron lo que el médico le gritó a la enfermera:
—Ponle un diclo y una dexa y como tiene tanto dolor ponle una dipi—No entendía nada y realmente no me interesaba entenderlo, mi único interés era sentirme bien, lo que sucedió pasada una hora, en donde el médico llegó y, de manera muy amable, nos dijo a mi madre y a mí:
—Señora, lo que tuvo su hijo fue una crisis de migraña, no siempre son iguales y generalmente con el pasar del tiempo pueden empeorar, así que no se preocupe, todo va a estar bien.
Mi madre no quedó totalmente convencida y sin dudarlo le preguntó:
—¿Y no cree usted que el niño necesita un TAC?
A lo que el médico de manera rotunda respondió que NO, pero esta vez, por más que insistió, no se salió con su cometido.
Cuando estaba a punto de cumplir 14 años, finalizando mi penúltimo año de la secundaria, acontecieron sucesos que me hicieron salir prácticamente corriendo de mi ciudad, la delincuencia rampante nos hizo huir y nos obligó a dividir nuestra familia. Esto causó que me aparecieran dolores de cabeza, pero no eran iguales, estos dolores eran en la parte alta y posterior del cuello y, para mi fortuna, mejoraban con un acetaminofén, independientemente del momento en que me lo tomara, este dolor, por fortuna, no era mi entrañable migraña, tal vez era una cefalea a causa del estrés, no lo sé, pero también aprendí a llevarla.
En ese momento, la desdicha me obligó a huir, la fortuna me llevó al seno de una familia llena de amor donde una joven llamada Chane comenzaba a estudiar Arquitectura. Con el transcurrir de los días —después de verla haciendo planos en el computador y maquetas de cartón—comencé a soñar con que yo quería hacer eso e inició un amor fugaz por la arquitectura, y mientras hacía mi último año en el colegio, me repetía y decía que mi deseo era ser un gran arquitecto.
Cuando recibí mi grado, le conté a mi madre cuál era la profesión que quería estudiar, pero había varias cosas en contra. Recién había cumplido 15 años, y para infortunio mío, en la ciudad donde vivíamos no había esa carrera universitaria. Mi madre, serena y sabia, me dijo:
—Hijo, ¿por qué no te tomas este año de descanso? Aún estás joven, descansa y piensa bien las cosas.
Consejo que me pareció sabio y el cual seguí, pero cuando habían pasado seis meses ya yo quería de nuevo estudiar, quería regresar a las aulas de clases, lo de ser arquitecto seguía latente, pero no de la misma manera, ya no era el sueño que me desvelaba.
Un día cualquiera, mi madre me convidó a la universidad donde estudiaba mi hermano y, una vez estando allí me pasó un folleto y me dijo:
—Mira, esas son las opciones de estudios que tiene esta universidad, ojéalas a ver si alguna te gusta.
Y precisamente lo hice, había una opción que, al principio, pensé que se parecía mucho a mi anhelada Arquitectura y era Ingeniería Civil, cuando comencé a leer el pénsum, me di cuenta de que las diferencias eran más que las similitudes. Recuerdo claramente que un requisito obligatorio para avanzar en cada semestre de Ingeniería Civil era ver más y más números, matemática 1, matemática 2, cálculo 1, 2, 3 y no sé cuántos más, resistencia, hidráulica, etc., lo cual, de manera inmediata, envió una señal de alerta o más bien, una señal de stop a mi cerebro, que dijo:
—Esta no es, aquí hay muchos números, no te vayas a enredar la vida— por lo que procedí a seguir ojeando las opciones académicas que tenía aquel folleto. Honestamente, buscaba las que tuvieran menos números y me encontré con dos, Enfermería, en donde eran requisito Estadística 1 y Estadística 2 y Medicina en donde solo se vería Estadística 1, por esta única razón le dije a mi madre:
—Mira mamá, inscríbeme en Medicina.
—¿Medicina? —dijo ella.
—Sí, Medicina—respondí.
Cruzamos un par de palabras más en donde concluimos que sería difícil pasar. Al día siguiente, pagué mi inscripción.
Pasado un día más, me citaron a dos entrevistas y al tercer día ya tenía mi volante de matrícula, sí, sin soñar, sin esperar, ya estaba a punto de estudiar Medicina, lo cual me hizo descubrir millones de cosas, entre ellas, que el amor a primera vista sí existe y fue lo que me pasó con mi amada Medicina. Lo otro, es que tú no escoges estudiar Medicina, la Medicina te escoge a ti. También caí en cuenta que luego de haber superado mi relación tóxica con la migraña, inicié una mucho más tóxica con la Medicina, la migraña por lo menos me dejaba dormir después del dolor, pero esta relación había llegado para hacerme la vida feliz, pero de cuadritos.
Muchas veces en tu vida tienes planes, sueños e ilusiones que tú supones o crees que te harán feliz, pero, también muchas veces la vida quiere algo diferente y mejor para ti, algo que de pronto ni imaginas, aunque en definitiva es lo que te hará la vida feliz. Con esto no te estoy diciendo que no hagas planes, que no sueñes; al contrario, sueña todo lo que quieras, pero también prepárate para los cambios y asume cada cosa nueva en tu vida como un reto y con la mejor actitud.
