Dream Team - Jack McCallum - E-Book

Dream Team E-Book

Jack McCallum

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Beschreibung

"Uno de los mejores libros sobre baloncesto que se haya escrito nunca." New York Post El reputado periodista deportivo Jack McCallum desvela por primera vez todos los secretos de la historia del equipo más famoso de todos los tiempos: la selección olímpica norteamericana de baloncesto de 1992. Como periodista de 'Sports Illustrated', McCallum pudo seguir de primera mano el mayor espectáculo baloncestístico del planeta, cubriendo las andanzas del Dream Team desde la formación del equipo hasta la ceremonia de entrega de la medalla de oro en Barcelona. A partir de entrevistas recientes con los jugadores, McCallum hilvana el relato definitivo del fenómeno que supuso el Dream Team. El autor desgrana los entresijos del polémico proceso de selección y nos abre las puertas de las suites del hotel donde superestrellas como Michael Jordan, Magic Johnson y Larry Bird discutían sobre baloncesto mientras jugaban a las cartas hasta altas horas de la madrugada. Asimismo, narra la fascinante historia del legendario partido de entrenamiento en el que los jugadores se enfrentaron unos a otros, probablemente la mejor pachanga de la historia del deporte. En los veinticinco años que han transcurrido desde que el Dream Team cautivara al mundo, su aura legendaria no ha hecho más que crecer. Este libro sumergirá al lector en el momento único en el que un grupo de atletas irrepetible se unió y cambió para siempre el futuro del deporte a ritmo de contragolpe. "Un sueño hecho realidad para el aficionado al baloncesto." Newsday "Una lectura imprescindible para los nostálgicos del baloncesto, sobre todo por el retrato minucioso de las grandes personalidades de los jugadores, cuya sinceridad ante McCallum es toda una sorpresa." Booklist "Uno de los mejores libros sobre baloncesto que se haya escrito nunca." New York Post "Una lectura fantástica para los auténticos fans del baloncesto." Los Angeles Times

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Dream Team: How Michael, Magic, Larry, Charles, and the Greatest Team of All Time Conquered the World and Changed the Game of Basketball Forever © 2012, Jack McCallum. Todos los derechos reservados Esta traducción ha sido publicada según acuerdo con Ballantine Books, un sello de Random House, una división de Penguin Random House LLC

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Traducción: David Fernández

Diseño: Endoradisseny

Composición digital: Pablo Barrio

Primera edición en papel: Octubre de 2017

Primera edición digital: Octubre de 2017

© 2017, Contraediciones, S.L.

C/ Elisenda de Pinós, nº 22

08034 Barcelona

[email protected]

www.editorialcontra.com

© 2017, David Fernández, de la traducción

© John W. McDonough/Sports Illustrated/Getty Images, de la foto de la sobrecubierta

ISBN: 978-84-947459-3-5

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.

Para Donna, Chris, Jamie,Jill y Oliver:mi Dream Team

«A medida que me hago mayor, me interesa menos lo que es nuevo y más lo que perdura.»

JAMES HYNES

«Vivir es volarAlto y bajo,Así que sacúdete el polvo de las alasY el sueño de los ojos.»

TOWNES VAN ZANDT

«A mí Angola no me dice nada. Lo único que sé es que Angola ya se puede ir preparando.»

CHARLES BARKLEY

ÍNDICE

LOS JUGADORES DE UN VISTAZOINTRODUCCIÓNPRÓLOGO: El Dream Team encuentra un nombre1. ANTES DEL SUEÑOCAPÍTULO 1: EL INSPECTOR DE CARNE: ¿Profesionales en los Juegos Olímpicos? Fue su idea, y que nadie os haga creer lo contrarioCAPÍTULO 2: EL ELEGIDO: Nace el culto impúdico a las zapatillasCAPÍTULO 3: EL COMISIONADO Y EL INSPECTOR DE CARNE: La NBA mete un pie indeciso en aguas internacionalesCAPÍTULO 4: LA LEYENDA: «Soy el rey de los tres puntos»CAPÍTULO 5: EL PARIA: Isiah pierde el balón… Y luego lo echa todo a perderCAPÍTULO 6: EL HOMBRE MÁGICO: Un mini-gancho para reclamar su lugar entre las estrellasCAPÍTULO 7: EL TIRADOR: Mullin baja la botella y sube las estadísticasCAPÍTULO 8: EL SOLDADO CRISTIANO: La derrota olímpica del AlmiranteCAPÍTULO 9: EL ELEGIDO: De cómo un tenedor se convirtió en una reliquia sagradaCAPÍTULO 10: LA VIEJA GUARDIA: Una era llega a su finCAPÍTULO 11: EL HOMBRE EN LA SOMBRA: El niño de la América profunda con la pesada carga de jugar junto a MichaelINTERLUDIO, 2011: EL HOMBRE EN LA SOMBRA: «Michael siempre se salía con la suya»CAPÍTULO 12: EL ENTRENADOR: Un hombre con estilo y sustanciaCAPÍTULO 13: EL BROMISTA: Sir Charles quiere ser olímpico… pero no siempre se comporta como talCAPÍTULO 14: EL COMITÉ Y EL DREAM TEAM: Muy bien, superestrellas, preparaos para ser dioses… Tú, Isiah, no tan rápidoCAPÍTULO 15: EL ELEGIDO: Michael parece tenerlo todo… incluida la carga más pesadaCAPÍTULO 16: EL CHICO DE SPOKANE Y EL REBELDE: Isiah envía un mensaje olímpico… y el Cartero hace una entrega especialCAPÍTULO 17: EL REY DE DUKE: Se busca jugador universitario sin experiencia para trabajar en vacacionesCAPÍTULO 18: CLYDE «EL PLANEADOR» DREXLER: Clyde entra en el equipo, Jordan se encoge de hombrosINTERLUDIO, 2011: EL PLANEADOR: «Jordan era increíble; pero ¿era mejor que yo?»2. EL SUEÑO SE HACE REALIDADCAPÍTULO 19: EL ESCRITOR: Y empieza la aventura… en una audición en San DiegoCAPÍTULO 20: EL HOMBRE MÁGICO: Para estar muriéndose, parece muy vivoINTERLUDIO, 2011: EL HOMBRE MÁGICO: «Estoy vivo por mi mentalidad»CAPÍTULO 21: EL ENTRENADOR: Chuck tiene un mensaje para sus ayudantes: Ni casoCAPÍTULO 22: LOS MEJORES POR UN DÍA: Fue la mejor semana de su vida… Seguro que la mujer de Grant Hill se hace cargoCAPÍTULO 23: EL ESCRITOR: Empieza la acción en Portland y todo el mundo quiere un trozo del pastelCAPÍTULO 24: LA LEYENDA: Larry tira y encesta… pero el dolor no le deja pegar ojoCAPÍTULO 25: EL CHICO DE SPOKANE: Daly tenía el número de teléfono de un Piston en la mano… y no era el de IsiahINTERLUDIO, 2011: EL CHICO DE SPOKANE: «Eso no lo vas a escribir, ¿verdad?»CAPÍTULO 26: EL ELEGIDO: Tantos balones por firmar… que Jordan casi llega al límiteCAPÍTULO 27: EL ESCRITOR, EL BROMISTA Y EL SOLDADO CRISTIANO: Monsieur Barkley pide carta con 19INTERLUDIO, 2011: EL SOLDADO CRISTIANO: ¿Qué debe hacer un hombre con sus dones?CAPÍTULO 28: EL MEJOR PARTIDO DE LA HISTORIA QUE NADIE VIO: «Han trasladado el Chicago Stadium a Montecarlo»CAPÍTULO 29: EL ESCRITOR: «Hay helicópteros ahí arriba… ¡Esto va en serio!»CAPÍTULO 30: EL BROMISTA Y EL ANGOLEÑO: «No me imaginé que me haría violencia»CAPÍTULO 31: EL PARTIDO DE KUKOC: «Fueron a por Toni como perros locos»CAPÍTULO 32: LA SALA MÁS GUAY DEL MUNDO: «Lo siento, Charles, esta es la mesa de los campeones…»INTERLUDIO, 2011: EL ELEGIDO: «Sabía que mi padre estaba en el cielo observándome»CAPÍTULO 33: LA SELECCIÓN PSICODÉLICA: Sabonis gana el bronce y luego duerme la monaCAPÍTULO 34: EL ORO, LA BANDERA Y EL ELEGIDO: Algunos visten barras y estrellas… pero no por patriotismoCAPÍTULO 35: EL DÍA DESPUÉS: Michael, Magic y Larry… y de pronto no quedó ningunoCAPÍTULO 36: EL LEGADO: «Éramos como actores en una obra de teatro»EPÍLOGO: LA LEYENDA: «Me habría gustado tocar oro, de niño»AGRADECIMIENTOSIMÁGENES

DREAM TEAM, 1992Los jugadores de un vistazo

BARKLEY, Charles, 1,98 m, ala-pívot; comentarista del canal TNT cuya fama ha crecido exponencialmente desde que se retiró; se empeña en seguir jugando al golf con otros famosos a pesar de que es vox populi que ese deporte no es su fuerte; en Barcelona se le recuerda por sus paseos por Las Ramblas y por el codazo a un jugador angoleño.

BIRD, Larry, 2,06 m, alero; en el momento de escribir estas líneas aún es el mánager de los Indiana Pacers, pero ya sueña con la jubilación; en la Olimpiada de Barcelona se vio mermado por un dolor de espalda que precipitó su retirada tras los Juegos; entabló una inesperada amistad con Patrick Ewing en Barcelona y retó a Chris Mullin en una legendaria competición de tiro.

DREXLER, Clyde, 2,01 m, escolta; hombre de negocios, golfista y hasta participante del ¡Mira quién baila! de EE. UU.; quiere entrenar a un equipo de la NBA; feliz de haber formado parte del Dream Team, pero no de que lo añadieran más tarde; famoso por haber acudido a entrenar con dos zapatillas del pie izquierdo e intentado que nadie se diera cuenta; no cree que Michael Jordan fuera mejor que él.

EWING, Patrick, 2,13 m, pívot; miembro del cuerpo técnico de Orlando Magic, se hace cruces de que nadie lo llame para ser primer entrenador; mucho más popular entre los miembros del Dream Team que entre los de la prensa; el «Harry» de la pareja Harry y Larry.

JOHNSON, Earvin, 2,06 m, base; la fuerza motriz de Magic Johnson Enterprises, ha cumplido su antigua promesa de triunfar en el mundo de los negocios; a veces irritaba al resto del Dream Team con su actitud mandona, pero cambió la concepción de miles de personas en todo el mundo respecto al VIH y el sida; mientras escribo esto, su figura será inmortalizada junto a la de Larry Bird en un musical de Broadway sobre su importancia para la NBA.

JORDAN, Michael, 1,98 m, escolta; presidente de los Charlotte Bobcats; segundo intento tras la mala experiencia al mando de los Washington Wizards; mortificó a Magic con el estribillo de «Be Like Mike» del anuncio de Gatorade tras ganarle un legendario partido de entrenamiento; considerado por el resto del Dream Team como el macho alfa del equipo y el mejor jugador de la historia, con el permiso de Magic… y de Drexler.

LAETTNER, Christian, 2,11 m, ala-pívot; su BD Ventures, que dirige junto Brian Davis, antiguo compañero de la Universidad de Duke, ha tenido problemas de liquidez; le gustaría ser entrenador; parece que va en serio cuando dice que quiere cambiar su imagen de niño mimado; se ganó el puesto en el Dream Team por sus inolvidables actuaciones en el baloncesto universitario.

MALONE, Karl, 2,06 m, ala-pívot; gran cazador de caza mayor que quiere volver a la NBA de lo que sea; su ética de trabajo fue una inspiración para otros miembros del equipo; el pique entre Jordan y Magic durante los entrenamientos le ponía de los nervios.

MULLIN, Chris, 1,98 m, escolta; comentarista de éxito del canal ESPN, pero podría volver a intentarlo como directivo tras su fracaso en Golden State; su porcentaje de acierto en las Olimpiadas de Barcelona (62 % en tiros de campo; 54 % en triples) persuadió a los escépticos, y su elección para formar parte del Dream Team le convenció de las ventajas de estar sobrio.

PIPPEN, Scottie, 2,03 m, alero; ha tenido graves problemas económicos, pero por su trabajo de comentarista y por la participación de su esposa en un reality, nunca está demasiado lejos de los focos; sugirió que LeBron James era mejor que Jordan, luego se desdijo… más o menos; demostró su valía para el Dream Team gracias a una extraordinaria versatilidad.

ROBINSON, David, 2,16 m, pívot; dirige la escuela privada Carver Academy en San Antonio; es una persona muy creyente; siempre estuvo un poco al margen del resto del Dream Team, pero todos lo respetaban; protagonizó un dueto con el músico Branford Marsalis en la terraza de un edificio de Barcelona.

STOCKTON, John, 1,85 m, base; chófer de su familia a jornada completa en su ciudad natal, Spokane, y más feliz que una perdiz; fue tutor de Courtney Vandersloot, base estrella del baloncesto femenino, en Gonzaga, su alma máter; una fractura en la pierna le impidió jugar a pleno rendimiento con el Dream Team.

DALY, Chuck, entrenador; murió de cáncer en 2009; prometió que no pediría nunca tiempo muerto en Barcelona y lo cumplió; todos le querían, todos lo echan de menos.

INTRODUCCIÓN

¿LO TIENES GRABADO? —me pregunta Michael Jordan—. ¿Aquel partido?

—Sí —contesto yo.

—Tío, todo el mundo me pregunta por ese encuentro —dice Jordan—. Fue la vez que más me divertí en una pista de baloncesto.

Es tan grande la leyenda del Dream Team, posiblemente el equipo más dominante de la historia del deporte en general, que hablamos, no de un encuentro oficial, sino de un partido de entrenamiento que se jugó en Montecarlo antes de los Juegos Olímpicos de 1992. La selección de baloncesto de Estados Unidos disputó catorce partidos aquel verano de hace dos décadas —seis en el torneo preolímpico de clasificación y ocho en su paseo triunfal hacia la medalla de oro en Barcelona— y el equipo rival que más se le acercó fue una excelente Croacia, que perdió de 32 puntos en la final. Las tablas de comparación estadísticas habituales no sirven para evaluar a los jugadores del Dream Team: su valía solo podía medirse verdaderamente cuando se enfrentaban entre sí.

El vídeo de aquel partido de entrenamiento es el santo grial del baloncesto, y el relato de aquel día puede leerse en el capítulo 28 de este libro.

Una tormenta perfecta se desató sobre Barcelona en el verano de 1992. Todo encajó. Los miembros del equipo eran casi todos veteranos de la NBA que se encontraban en su máximo apogeo o muy cerca de la cúspide de su carrera. El mundo, que hasta entonces solo había disfrutado de unos pocos instantes de baloncesto NBA, los estaba esperando, ya que la de Barcelona fue la primera Olimpiada en la que se permitió que participaran los jugadores profesionales estadounidenses. Conformaban un producto tachonado de estrellas y exportado por un país que todavía ostentaba la supremacía en el mundo.

Nadie podría haber escrito un guion mejor, y cuando los jugadores del Dream Team combinaron su talento individual en una empresa colectiva, el espectáculo fue mejor de lo que todo el mundo se había imaginado… y eso que todo el mundo había supuesto que sería endiabladamente bueno. Fueron como Johnny Cash en la cárcel de Folsom, como los Allman Brothers en el club Fillmore East. Como Santana en Woodstock. «Si hubiera sido ahora», dice Larry Bird, «habría sido uno de esos reality shows.»

Los nombres —Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird, Charles Barkley— siguen vigentes en la memoria de los aficionados dos décadas después y su relevancia cultural continúa siendo bastante alta. No solo porque un simpático miembro del Dream Team que ahora es una estrella de la televisión haya inspirado en parte el nombre del grupo de hip hop de Danger Mouse y Cee Lo Green, Gnarls Barkley. O porque Magic Johnson (Red Hot Chili Peppers y Kanye West), Scottie Pippen (Jay-Z), Karl Malone (The Transplants) y Michael Jordan (imposible contar las referencias) hayan aparecido en varias canciones. Fíjense: el nombre de John Stockton, un base estirado y serio, se menciona en un tema del rapero de Brooklyn Nemo Achida publicado en 2011, mientras que el popular videojuego NBA 2K12 presenta a Jordan, Magic y Bird en la portada, no a jugadores contemporáneos como LeBron James, Dirk Nowitzki o Derrick Rose.

Los miembros del Dream Team suelen ser noticia por uno u otro motivo, hasta en las páginas de sucesos aparecen. No hace mucho, un preso se tatuó el logotipo de Air Jordan en la frente, mientras que, en una entrevista tras haber sido detenido, un presunto violador de Arkansas describió así su huida de la policía: «Fui el Michael Jordan de los prófugos. ¡Me esfumé!». Hasta un acusado de robo a mano armada pidió que le alargaran la sentencia de treinta a treinta y tres años en homenaje al dorsal de Larry Bird.

Con todo, las andanzas de aquel equipo y aquella época no están demasiado documentadas. El Dream Team, como los dinosaurios, poblaron la Tierra en los tiempos anteriores a las redes sociales. Aparte de los artículos en prensa, no existe lo que ahora sería un registro diario y detallado de sus actividades baloncestísticas («Bird ha estado practicando el tiro, pero sufre dolor de espalda») ni exclamaciones para la posteridad a propósito de encuentros casuales en Barcelona («Acabo d conocer a C. Barkley en un bar y ¡m ha dado un BESO en la mejilla¡ No está tan gordo, ja ja ja»). Con la distancia que procuran los años, todavía quedan muchas cosas por contar.

Es indudable que al Dream Team, como a aquella pelirroja que conociste en un pub de Dublín hace años, lo envuelve un halo borroso de nostalgia. «Ahora el Dream Team es un cúmulo de buenos recuerdos», dice David Stern. «Fueron flautistas de Hamelín y guerreros en marcha hacia la batalla, todo al mismo tiempo. La gente se olvida del codazo de Charles al jugador angoleño, de Michael y los otros tapándose el logotipo de Reebok, de todos aquellos que nos recriminaban que enviásemos a un equipo para humillar a los demás países. Con el tiempo, se ha idealizado.»

Nada de eso se ha obviado en estas páginas, señor Stern. Lo cierto es que el Dream Team se forjó entre conflictos deportivos y burocráticos, y conoció la tragedia y la controversia cuando regresó a casa después de una Olimpiada que, sí, muchos revistieron de un romanticismo desmedido. Todo esto forma parte de la historia. Este libro es en verdad un relato panóptico de toda aquella generación, ya que los miembros del Dream Team fueron los protagonistas de la cautivadora odisea del baloncesto estadounidense desde mediados de los años ochenta hasta principios de los noventa, una época dorada para la NBA que terminó cuando el cuento de hadas del Dream Team llegó a su fin en agosto de 1992.

La narración se presenta en orden más o menos (es importante ese «más o menos») cronológico. Me pareció esencial describir cómo eran los jugadores antes de integrar el Dream Team: Michael Jordan, el joven héroe de los Juegos Olímpicos de 1984; Scottie Pippen, el novato que se enfrenta al reto de jugar en los Chicago Bulls junto a un compañero infinitamente más famoso; Charles Barkley, el joven desenfrenado que era y, por supuesto, la rivalidad entre Magic Johnson y Larry Bird en los ochenta.

Por otro lado, el proceso de selección de los jugadores fue en cierto sentido más fascinante que los propios partidos. Hubo mucho politiqueo, fue una especie de congreso sin fanfarria, un proceso en el que hubo rivalidades actuales y antiguas, e incluso puñaladas por la espalda.

También creí importante mostrar a los jugadores en el presente, algunos en su ciudad natal (Phoenix, Houston, San Antonio, Spokane) y otros en los lugares donde trabajan (Charlotte y Orlando). A estas partes las he llamado «interludios». Así que el relato tiene pausas y luego se retoma, más como uno de aquellos botes altos en los que Magic Johnson amasaba el balón que como una de las penetraciones en las que Charles Barkley se iba como un poseso directo al aro.

Como cualquiera de nosotros, estos deportistas también han conocido el fracaso en sus vidas, como maridos o padres, como entrenadores, mánagers u hombres de negocios. Pero como jugadores rozaron la perfección. Su nombre está escrito en letras mayúsculas en la historia del baloncesto, el mejor equipo de todos los tiempos con diferencia, tanta, dice Donnie Nelson, mánager de los Dallas Mavericks y entrenador de una selección rival durante los Juegos, «que ni siquiera se me ocurre qué equipo sería el segundo».

El mejor barómetro de la trascendencia histórica de esta selección lo encontramos quizás en la palabras de uno de sus puntales, un hombre que ganó cinco campeonatos de la NBA, tres premios al mejor jugador, un título de la liga universitaria e incontables concursos de popularidad:

«Para mí, el Dream Team es el mayor logro de mi carrera», afirma Magic Johnson, «porque jamás habrá otro equipo igual. Es imposible.»

PRÓLOGOEL DREAM TEAM ENCUENTRA UN NOMBREBarcelona, 1992

DESDE EL PRINCIPIO SUPE QUE NO ERA BUENA IDEA. Os lo prometo. Pero David Dupree, amigo y compañero en el USA Today, no paraba de insistir.

«Hemos cubierto el Dream Team desde que empezaron», dijo David. «Deberíamos hacernos una foto con ellos. No tiene nada de malo. Será un recuerdo.»

Retratarse con un grupo de deportistas famosos parecía lo último que David propondría, pero nada era normal en aquella época, en un momento en que el nombre «Dream Team» estaba en boca de todos; en un momento en que helicópteros sobrevolaban los claros cielos españoles como luciérnagas para proteger a los jugadores millonarios; en que francotiradores se apostaban en el tejado del hotel del equipo en Barcelona para evitar que posibles asesinos entraran en los libros de historia; en que fans entregados se acumulaban día y noche a las puertas del hotel solo para ver fugazmente a los doce estadounidenses que avanzaban a pasos agigantados hacia la medalla de oro y reescribían la historia del baloncesto.

—Hablaré con Magic —dijo Karl Malone cuando le planteamos la posibilidad de hacernos una foto al «Cartero». Karl, David y yo estábamos cenando en Barcelona. Los demás comensales nos miraban. A Malone, concretamente. Un amigo mío me había recomendado el restaurante —era antes de que todo lo consultáramos por internet—, pero no acertamos con lo que pedimos. Nos trajeron huevos de codorniz como aperitivo.

—Tío, yo no como esta mierda —dijo Malone, un hombre de campo originario de Luisiana, que no se cansaba de demostrarlo.

—Yo tampoco —protesté—. ¿Tengo pinta de comer huevos de codorniz?

—No sé lo que coméis los blancos —contestó Malone guiñándole un ojo a Dupree, también de raza negra.

Después de cenar, Karl se comprometió a preguntar lo de la fotografía y a informarnos.

—Esas cosas las decide Magic —añadió Malone—. Él es el capitán.

Nada evidenciaba más que el Dream Team se había convertido en una gran familia feliz que la aceptación sin protesta por parte de Malone de que Magic fuera el capitán ceremonial. A Malone nunca le había caído bien Magic, y solo unos meses más tarde, el Cartero puso en duda la conveniencia de que Magic jugara en la NBA una vez que a Johnson se le hubiera diagnosticado el virus del sida. Durante aquel glorioso verano de 1992, había habido varias ocasiones en que Malone había acabado harto de la cháchara incesante de Magic, el portavoz oficial, un hombre que, en palabras de Scottie Pippen, «siempre necesita el micrófono». Y Malone no era el único.

Los días transcurrían, la selección de EE.UU. encadenaba una victoria fácil tras otra, Barcelona y el resto del mundo disfrutaban boquiabiertos del espectáculo, y el equipo seguía bañándose en las embriagadoras aguas de la adulación, la testosterona y los triunfos por cuarenta puntos. No supimos nada más de la fotografía hasta una media hora antes de que el Dream Team se dispusiera a jugar por la medalla de oro frente a Croacia, el 8 de agosto.

«¿Ahora?», le pregunté a Brian McIntyre, el simpático y siempre competente responsable de relaciones públicas de la NBA. «¡Pero si están a punto de jugar la final!» Aun así, Brian nos acompañó a David y a mí a través de las cortinas restringidas que conducían al vestuario más famoso del mundo momentos antes de que los integrantes del Dream Team saltaran a la pista.

«¡Vamos! ¡A ganar! ¡A por ellos!»

No podía distinguir las voces, envueltas en gritos y aplausos, pero se infería que Croacia estaba a punto de vivir una pesadilla, que fue lo que ocurrió. De pronto, Magic detuvo la procesión para que —todavía hoy me avergüenza rememorarlo— Dupree y yo pudiéramos fotografiarnos con el equipo. Era como si hubieran ordenado el alto a la tropa que se dirige a la batalla para tomar un café con Anderson Cooper. Hubo varias expresiones confusas en la línea de: «¿Qué demonios estamos haciendo?», pero el equipo se detuvo. Dupree y yo nos colamos en la fila delantera y el fotógrafo de la NBA Andy Bernstein se dispuso a tomar la fotografía menos interesante de su brillante carrera.

Mientras posábamos —yo tenso y sudando por las cejas, rezando para que el bochorno pasara rápido—, oí una voz procedente de la fila de atrás con un inconfundible acento de Indiana.

«Oye, Jack», dijo Larry Bird arrastrando cada palabra, «¿luego una mamada?»

Si me permitís una extensión metafórica de la expresión de Bird —y ¿quién no lo haría?—, a nadie se la han «mamado» tanto como a este grupo de guerreros desde el ejército Espartano. A medida que cada uno de los miembros del Dream Team aceptaba ser uno de los primeros jugadores de la NBA en participar en unos Juegos Olímpicos, entendía que iban a formar parte de algo especial. Pero desde el primer momento en que la selección se reunió para entrenar, el 21 de junio de 1992 en San Diego, se convirtieron en los protagonistas de un espectáculo sin precedentes, con un público entregado y unos medios de comunicación casi igual de fervientes que les prestaban atención hasta límites casi pornográficos. Se ha vuelto tan habitual asimilarlos a estrellas de rock que me abstendré de hacerlo, aunque supongo que lo acabo de hacer. Eran Jagger con su histrionismo en una limusina abierta, Lady Di con su insinuante sonrisa en un concierto de Elton John. Liz Taylor lanzando un beso al aire a Michael Jackson en un acto para recaudar fondos contra el sida. Cuando el Dream Team llegó a Barcelona, con miles de personas congregadas solo para ver cómo el avión aterrizaba al anochecer en el aeropuerto del Prat de Llobregat, los jugadores sabían que caminaban hacia la inmortalidad; y no en un nota al pie de la historia del deporte, sino en un capítulo entero.

Fue una cuestión de oportunidad —ese gran condicionante del éxito— que yo me viera en medio de todo esto. De 1981 a 1985, había trabajado en Sports Illustrated en calidad de jugador reserva, una especie de chico para todo para cubrir temas de fútbol americano, baloncesto profesional y universitario, boxeo, béisbol y atletismo. En 1982 escribí ocho historias sobre ocho deportes diferentes en ocho semanas, incluido el campeonato mundial de squash, celebrado en el Yale Club de Nueva York, donde me denegaron la entrada hasta que no me presenté con americana y corbata.

No estoy sugiriendo que esto equivalga a, no sé, caminar por arrozales y arrancarse sanguijuelas de la piel para cubrir la Guerra de Vietnam, como hizo el difunto David Halberstam, quien se convirtió en cronista de la NBA en un plano considerablemente más elevado que el mío. Lo que quiero decir es que andaba necesitado de cierta estabilidad, cosa que en el otoño de 1985 al fin logré cuando el director editorial Mark Mulvoy me nombró redactor responsable de la NBA.

Es el secreto pecaminoso del periodismo (quizás ya no tan secreto): uno es tan bueno como el material que maneja y, os lo aseguro, yo aterricé en una montaña de material tan rica y fértil que solo el peor de los escritorzuelos la habría fastidiado. A las órdenes de Mulvoy, Sports Illustrated era básicamente una revista de números uno; es decir, escribíamos sobre los mejores y los sacábamos en portada. En los años previos a la Olimpiada de Barcelona, redacté decenas de artículos sobre aquellos jugadores, quienes —como ya entonces empezábamos a darnos cuenta— representaban una especie de edad de oro del baloncesto profesional.

Durante este tiempo, lectores y amigos me acusaron de favorecer de distintas maneras a Jordan y a los Bulls, a Bird y a los Celtics, y a Magic y a los Lakers. (Años después, cuando era mánager de los Indiana Pacers, Bird solía decirme al verme: «¿Se la has mamado a Magic últimamente?». Le gusta esa expresión al hombre.) Siempre he pensado que hice un buen trabajo cubriendo baloncesto, combinando críticas y elogios. En distinto grado, piezas que escribí en los años ochenta y principios de los noventa enojaron a Jordan, Barkley, Drexler y Ewing, pero parte de lo que convirtió esta época en una edad dorada desde la perspectiva periodística es que estos deportistas entendieron que existía un contrato implícito entre jugador y periodista, que no era un crimen de lesa humanidad que alguien los criticara, que el periodismo no debía confundirse con la hagiografía, aunque no supieran qué significaba esa palabra.

«Es un sistema de controles y contrapesos», como me describió alguien la relación entre jugadores y periodistas no hace mucho. Ese alguien fue Michael Jordan.

Me siento afortunado por haber llegado cuando llegué, y me disculpo por adelantado por haberme incluido en la historia. «No puedes evitarlo», me dijo un editor. «La ola te arrastró.» Fui un Cameron Crowe de tercera, casi casi famoso, «caminando a la sombra de un sueño», como dijo el señor Dimmesdale, el reverendo torturado de La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne.

Incluso tuve algo que ver con la nomenclatura y la explosión del fenómeno del Dream Team. En febrero de 1991, mucho después de que se hubiera anunciado que los profesionales estadounidenses podrían jugar en la Olimpiada, pero mucho antes de que ninguno se hubiera comprometido a ello en público, escribí un artículo de portada para Sports Illustrated en el que barajaba qué jugadores podrían integrar la selección y mencionaba mis preferencias para el quinteto inicial: Jordan, Magic, Ewing, Barkley y Malone. Pensaba que estos eran los cinco mejores jugadores del momento. Habría puesto a Bird de titular —pese a que no había participado en ningún Partido de las Estrellas desde 1988, no habría sido una elección de cara a la galería porque todavía jugaba de maravilla—, pero el jugador, de treinta y cinco años, ya había manifestado que aún tenía la espalda muy delicada y probablemente no iría a Barcelona. Yo me lo creí.

Juntamos a los cinco deportistas mencionados en el Partido de las Estrellas de 1991 en Charlotte para retratarlos, algo que nos había costado meses de gestiones con los jugadores, sus agentes y la NBA. Había insistido tanto que cuando Magic entró en la sala donde se tomaba la fotografía, me miró y dijo exasperado: «Bueno, ¿ya estás contento?».

Si hubiera poseído algo más de presciencia, aquel día ya debería haber sabido en qué se convertiría el equipo olímpico estadounidense. A pesar de que la sesión fotográfica tuvo lugar en una zona restringida, cientos de curiosos se agolparon cuando entrevieron a los jugadores. Comenzaron a empujar la puerta e intentaron colarse en la sala por alguna puerta trasera con la esperanza de ver fugazmente a sus ídolos. Saltaba a la vista que la fama individual de los jugadores, que era considerable, crecía exponencialmente cuando se juntaban. (Y en Barcelona crecería de manera exponencialmente exponencial.) Pero todo lo que recuerdo es que pensé: «Mmm, esto se pone interesante».

Mi artículo de la semana siguiente en la revista empezaba así:

Es un sueño rojo, blanco y azul: los cinco jugadores que figuran en la portada de esta semana juntos en un mismo equipo, decididos a restablecer la dignidad perdida del baloncesto estadounidense en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. ¿Podría hacerse realidad este sueño? Es posible. Muy posible.

La fotografía de la portada iba acompañada de las palabras DREAM TEAM, es decir, equipo de ensueño, en la parte superior, junto al logotipo de Sports Illustrated.

Ahí aparecía por primera vez: Dream Team.

Años más tarde, dijeron que yo había sido el autor de ese mágico apelativo, pero yo siempre he procurado dejar las cosas claras: sí, yo usé la palabra dream dos veces, pero fue un editor de la revista quien juntó las palabras dream y team en la portada. Incluso traté de descubrir, sin éxito, quién había tenido la idea en la redacción. Los textos de las portadas de Sports Illustrated se escriben democráticamente, por el método de ensayo y error. Es probable que hubiera varias opciones: «Golden Dream!» (Sueño dorado), «Red, White, Blue and Ready!» (Roja, blanca, azul y preparada), «Look Out, World!» (Cuidado, mundo).

Pero fue Dream Team, y caló. Aun hoy, Barkley cree que fue uno de los primeros cinco seleccionados por el comité porque apareció en esa portada. (Creedme, no fue de los cinco primeros.) «De vez en cuando, hay frases que funcionan, como ocurrió en este caso», dice Rick Welts, actual presidente y mánager de los Golden State Warriors pero entonces genio del márketing de la NBA. «Después de aquella portada, el concepto de Dream Team echó a volar.»

Hay cosas de las que estoy orgulloso en mi carrera: de que la columna «Los indicios del apocalipsis de esta semana» de la sección «Scorecard» de Sports Illustrated fuera idea mía, y de haber tenido algo que ver con el sobrenombre «Dream Team». David Stern me dijo recientemente: «Todo el fenómeno que se generó fue un feliz accidente. Nosotros ni siquiera le habíamos puesto un nombre. Quizás, Dios no lo quiera, fuiste tú.»

En el despacho de casa solo tengo unas pocas fotos sobre los años en que estuve cubriendo la NBA. La fotografía de Dupree y yo con el Dream Team está pegada a un tablón, apenas visible, como un barco a punto de volcar en un mar de fotos familiares. Nunca la amplié. Se ve que es una foto hecha deprisa y corriendo, en la que todo el mundo posa un segundo o dos y sigue su camino. Christian Laettner está mirando a un lado, no se molesta en dirigir su atención al fotógrafo, y John Stockton ni siquiera aparece; supongo que sencillamente continuó hacia la pista. Yo estoy en la fila delantera, tapando parcialmente la cara de Bird.

Pero no su comentario.

1ANTES DEL SUEÑO

CAPÍTULO 1EL INSPECTOR DE CARNE¿Profesionales en los Juegos Olímpicos? Fue su idea, y que nadie os haga creer lo contrario.

VISITÓ POR PRIMERA VEZ LOS ESTADOS UNIDOS en enero de 1974, enviado por su jefe para estudiar el baloncesto norteamericano. Sin hablar el idioma ni conocer las costumbres, se instaló en una cuna del baloncesto como Billings (Montana) porque allí una familia yugoslava le ofreció alojamiento gratuito.

Este foráneo en tierra extraña se llamaba Boris Stankovic. Le faltaban seis meses para cumplir los cuarenta y nueve años y había venido en representación de la FIBA. Por aquel entonces, no más de una decena de estadounidenses sabía qué significaban esas siglas (Federación Internacional de Baloncesto), dónde estaba (en aquel momento en un piso de Múnich, más tarde en Ginebra) y a qué demonios se dedicaba (regulaba el baloncesto amateur en todo el mundo salvo en los Estados Unidos). «Para conocer bien este deporte, tienes que conocer el baloncesto de Estados Unidos», le dijo a Stankovic R. William Jones, quien en calidad de secretario general dirigía la FIBA con pajarita, puro encendido y puño de hierro. Así que Stankovic llegó y al instante quedó prendado del baloncesto que se practicaba en los partidos universitarios que veía en directo —el fenómeno pelirrojo de UCLA, Bill Walton, era su favorito— y en los encuentros de la NBA que retransmitían por televisión.

Durante buena parte de su vida adulta, Stankovic había trabajado como inspector de carne en Belgrado. «Me encargaba de supervisar la carne y el queso y, como hacéis aquí, de ponerle un sello», me dijo Stankovic cuando le entrevisté en Estambul en el verano de 2010. Stankovic ya está jubilado, pero sigue acudiendo a numerosos actos como prohombre en la sombra del baloncesto internacional. Stankovic se sacó la carrera de veterinario en 1945 en la Universidad de Belgrado. «En nuestro país era normal que los veterinarios se ocuparan de la carne y el queso, ya que tienen que ver con los animales, ¿no?»

No obstante, lo que de verdad le gustaba inspeccionar a Stankovic era el cuero de la pelota de baloncesto. Ya cuando se levantaba a las cinco de la mañana para empuñar su sello y atarse el delantal blanco, el baloncesto era su auténtica pasión. Como jugador, fue un alero robusto y prosaico, amigo del poste bajo, que disputó treinta y seis partidos con la selección nacional yugoslava. Uno de sus mayores orgullos es haber jugado con su país en el primer campeonato mundial organizado por la FIBA, que se celebró en Argentina en 1950. «Acabamos novenos», cuenta Stankovic entre risas, «de nueve equipos.» En cambio, una de las cosas que más lamenta es no haber participado nunca en una Olimpiada como jugador.

Los yugoslavos eran gente alta, dura y esbelta, curtida en guerras civiles y extranjeras. En la zona de los Balcanes donde nació Stankovic, las épocas no se medían por tiempos de «guerra y paz», sino de «guerra y no-guerra». Cuando Boris tenía diecinueve años, él y su padre, Vassilje, un abogado que había combatido con los nacionalistas serbios, fueron encarcelados por el ejército ruso invasor. Al cabo de dos meses liberaron a Boris, pero a Vassilje lo ejecutó un pelotón de fusilamiento y lo enterraron en una fosa común. Todavía hoy, Stankovic no sabe dónde yacen sus restos. A Stankovic lo pusieron en una lista negra que más tarde le impidió convertirse en médico, la profesión que deseaba, lo que lo obligó a estudiar en la facultad de veterinaria, que fue su manera de seguir en el campo de la medicina. Como la mayoría de serbios de su generación, se identificaba con los rebeldes que se habían sublevado contra el poder invasor a lo largo de cinco siglos. «Vivían en grupos y aprendían a cooperar, a trabajar codo con codo», me dijo Stankovic. «Lo llevamos en la sangre. Los serbios nunca hemos tenido demasiado éxito en los deportes individuales, pero en las competiciones colectivas somos muy, muy buenos. Se nos dan bien los deportes que requieren mucho trabajo en equipo.»

Gracias a su conocimiento del baloncesto y a su inteligencia —casi todo el mundo que habla de él menciona lo clarividente que es—, fue destacando poco a poco como entrenador y directivo. A la edad de treinta años, era el hombre más importante del baloncesto yugoslavo sin ser jugador, mientras seguía ejerciendo de inspector de carne y empezaba a participar activamente en la FIBA.

En 1966, Oransoda Cantù, un equipo de la liga profesional italiana, llamó a su puerta en busca de un entrenador y Stankovic hizo las maletas. «Me fui por el dinero», reconoce Stankovic. «Italia era entonces la liga más rica.» Al principio se topó con el rechazo de muchos italianos, que lo consideraban un forastero, pero al final acabaron adorándolo, como suele pasar con los ganadores, cuando su equipo conquistó la liga en 1968. Fue entonces cuando R. William Jones le pidió que regresara. Jones había visto el futuro de la FIBA, y se llamaba Boris Stankovic.

Jones, fallecido en 1981, meses después de haber sufrido un derrame cerebral durante una cena en la Olimpiada de Moscú de 1980, era el prototipo de hombre admirado a regañadientes. Nacido en Roma de padre británico y madre francesa, se graduó en el Springfield College, justo donde el doctor James Naismith colgó aquella primera canasta de melocotones. Jones era «un hombre muy internacional» (en palabras de Stankovic), lo que le ayudó a convertirse en un visionario del baloncesto. Pero también era el típico déspota, arrogante e intratable. Para el mundo del baloncesto estadounidense, Jones es recordado por conceder a los soviéticos tres oportunidades de ganar la medalla de oro contra la selección norteamericana el 9 de septiembre de 1972 en los desafortunados Juegos Olímpicos de Múnich.

Stankovic aún estaba lejos de ser un dirigente consolidado cuando llegó a los Estados Unidos por primera vez en ese viaje exploratorio de 1974. Era solo un extranjero que trataba de familiarizarse con las particularidades del baloncesto norteamericano al tiempo que intentaba aprender a pedir una hamburguesa. Se le concedió audiencia con John Wooden —«Hablamos de baloncesto, así que pudimos comunicarnos fácilmente», dice—, pero en general trabajó solo, y se dedicó a observar, escuchar y comparar.

Y lo que ocurrió es que aquel adicto al baloncesto quedó cautivado por los jugadores estadounidenses, universitarios y profesionales. «Parecía otro deporte», recuerda Stankovic con una sonrisa. «Más rápido, pero también muy sólido. Veías a un jugador como Bill Walton durante un minuto y era evidente que estaba a un nivel muy superior que cualquiera en Europa.»

La reglas de la FIBA de entonces prohibían que los jugadores profesionales participaran en sus competiciones, y el baloncesto olímpico se regía por las normas de la FIBA. Así era, así había sido siempre y así sería por los siglos de los siglos, o esa pensaba todo el mundo. La hipocresía, por supuesto, radicaba en que jugadores profesionales de facto jugaban igualmente, ya que los equipos de baloncesto de otros países siempre contaban con los mejores jugadores, aunque a veces constaran oficialmente como «soldados» o «policías».

Con la única excepción de Stankovic, nadie parecía interesado en incluir a los profesionales estadounidenses en los Juegos Olímpicos, ya que se consideraba que hasta los universitarios norteamericanos eran muy superiores, a pesar de la anomalía de 1972. Además, en los Estados Unidos ya era una tradición que los universitarios participaran en los Juegos Olímpicos. La NBA y las Olimpiadas eran planetas que rotaban en sistemas solares distintos.

Pero el inspector de carne, un forastero, no lo veía así. Mientras admiraba a las estrellas profesionales de los años setenta por televisión —entre ellas, Oscar Robertson y Jerry West, más sus dos favoritos, Walt Frazier y Pete Maravich—, la idea de que los mejores jugadores de los Estados Unidos nunca compitieran en los Juegos Olímpicos empezó a corroerle por dentro. «Lo que me molestaba era la hipocresía», dijo Stankovic. «También era una cuestión práctica. Yo quería fortalecer el baloncesto, conseguir que creciera, pero existía esta división. Para mí se convirtió en algo intolerable.»

Puede que también hubiera algo de interés personal. Stankovic se veía a sí mismo como el mesías del baloncesto, la persona destinada a conseguir que superara al deporte rey, el fútbol. Y, por añadidura, le irritaba que su organización —el ente superior que tenía la última palabra en el baloncesto mundial— hiciera una excepción con los Estados Unidos porque la NBA nos le prestaba ni la más mínima atención.

Fuera por la razón que fuese, Stankovic regresó a Múnich y le dijo a Jones que eliminar la cláusula del baloncesto amateur y dejar vía libre para que los mejores jugadores estadounidenses compitieran en las Olimpiadas debía ser uno de los objetivos de la FIBA; una idea a todas luces anárquica dado el clima sociopolítico que rodeaba el deporte. Puede que los tiempos estuvieran cambiando, pero no en el Comité Olímpico Internacional (COI), donde Avery Brundage —un individuo aborrecible, uno de los peores tiranos de medio pelo de la larga lista de déspotas que han gobernado los deportes durante siglos— creía profundamente en el concepto de amateurismo encubierto.

Stankovic no está seguro de qué pensaba Jones realmente de su idea, pero las instrucciones de su jefe fueron claras como el agua. «Me dijo: ‘Déjalo estar’», recuerda Stankovic. «O, como decís en Estados Unidos, no te metas en eso.»

Y durante la siguiente década y media, nadie excepto Boris Stankovic se metió en eso.

Como ha ocurrido con muchos hombres y mujeres influyentes a lo largo de la historia, la importancia del inspector de carne se subestima. Nunca ha conocido a Magic Johnson ni a Larry Bird, y la única vez que se cruzó con Michael Jordan fue en la Olimpiada de 1984, antes de la época del Dream Team.

Pero, independientemente de revisionismos varios, recordad esto: el Dream Team fue el resultado de la visión de Boris Stankovic. No fue un complot secreto urdido por David Stern para «expandir el deporte», una de las frases favoritas del comisionado. No fue el resultado de una cruzada de los tiburones del márketing del baloncesto estadounidense para vender camisetas de 200 $ en Europa, aunque eso fuera una eventualidad. No fue la frustración que crecía por el hecho cada vez más evidente de que los Estados Unidos reclamaban la supremacía en el baloncesto, y con razón. La idea original germinó en la mente del inspector de carne de Belgrado.

CAPÍTULO 2EL ELEGIDONace el culto impúdico a las zapatillas

NO ERA ALGO HABITUAL, pero Bob Knight, el tiránico entrenador olímpico, les había dejado tiempo libre, así que dos de los candidatos a integrar la selección nacional de 1984, Michael Jordan y Patrick Ewing, lo estaban aprovechando haciendo el ganso en la habitación. Las competiciones de lucha libre eran una de las principales diversiones de los universitarios, sobre todo de Charles Barkley y Chuck Person, dos compañeros de equipo en Auburn que una vez se lo tomaron bastante en serio antes de acabar en la espaciosa tabla de trinchar de Knight.

Jordan, quien acababa de terminar su tercer año en Carolina del Norte, se disponía a entrar en la NBA, mientras que Ewing completaría el cuarto año en Georgetown. Ya eran buenos amigos, tras haber coincidido en Partidos de las Estrellas de las ligas de instituto y en una cita más memorable: la final de la NCAA de 1982. Fue en esta ocasión cuando un tiro en suspensión de Jordan, entonces en su primer año, condujo a los Tar Heels a imponerse por 63 a 62 al también novato Ewing y a sus Georgetown Hoyas. Aunque nadie cayó en la cuenta en aquel momento, Ewing fue el primero de muchos jugadores extraordinarios a quienes Jordan desposeyó de la gloria en el último instante.

Jordan, de 1,98 m, tenía a Ewing sujeto por la cabeza con una llave. Ninguno de los dos estaba enfadado, pero eso no significa que no emplearan la fuerza: Jordan se tomaba en serio cualquier tipo de competición. Al final Ewing se rindió, pero cuando el enorme pívot se despertó a la mañana siguiente, no podía mover el cuello.

Le esperaba una buena.

—Entrenador, hoy no puedo entrenar —le dijo Ewing a Knight tras armarse de valor.

—¿Qué te pasa? —preguntó Knight, tras lo cual Ewing le contó lo sucedido, echándole la culpa a Jordan.

«Me senté a aguantar el chaparrón, el entrenador estaba furioso», recuerda Ewing años después. «Pero solo conmigo. ¿Con Michael? Para nada. Michael siempre se libraba de todo.»

Sí, el verano de 1984 fue glorioso para Michael Jordan, el primero de muchos, si bien al principio se había mostrado reacio a la idea de competir en Los Ángeles. «Bob Knight me intimidaba un poco», me reconoció Jordan en el verano de 2011. «No me gustaban sus tácticas, había oído que mortificaba a los jugadores, los insultaba, y no quería pasarme el verano aguantando esas cosas.» Así que le pidió consejo a su entrenador, Dean Smith, con quien tenía una especie de relación paternofilial, aunque el padre de Jordan, James, también era una persona muy importante en la vida del joven jugador.

«Dean me dijo que lo único que Knight quería era ver los fundamentos del juego del baloncesto», me contó Jordan. (Incluso en una conversación informal, Jordan habla del «juego del baloncesto» como si estuviera describiendo las Sagradas Escrituras.) «Yo tenía fundamentos, así que eso no debía suponer ningún problema. Cuando llegué, vi a un hombre que lo único que exigía era que jugaras de una determinada manera y que no cometieras el mismo error dos veces. Cosa que no hice.»

El verano también fue glorioso para los hombres que dirigían el baloncesto amateur en los Estados Unidos. El boicot olímpico de 1980, que tanto los había enemistado con el presidente Jimmy Carter, era ya un recuerdo lejano. Un buen equipo de universitarios ávidos de victoria —organizado en torno a Jordan, cuyas habilidades únicas, si bien no en todo el mundo, ya eran conocidas sobradamente en los Estados Unidos, donde acababa de concluir una brillante carrera deportiva universitaria— se disponía a pasar por las Olimpiadas de 1984 como un huracán. Cuando los soviéticos les devolvieron el favor de 1980 boicoteando los Juegos de Los Ángeles, a nadie pareció importarle demasiado. Los universitarios estadounidenses habrían arrasado igualmente, o eso pensaba todo el mundo.

Knight era un ferviente seguidor del manual del baloncesto amateur, un tirano con todas las letras, pero uno de los suyos, un discípulo aplicado (aunque a veces fuera de control) de la ABAUSA, la organización que por aquella época regulaba el baloncesto no profesional. «Cuando Bobby estaba al mando, no había espacio para las filigranas. Había unas reglas y había que seguirlas», dice C. M. Newton, uno de sus ayudantes.

Knight convirtió el proceso de selección para los Juegos en una prueba de superación darwiniana. Se invitó a más de cien jugadores, de los que solo se preseleccionó a veinte. Karl Malone, un jugador musculoso pero aún desconocido, recuerda que los primeros filtros eran muy impersonales: «Cruzabas la cola de la comida en una cafetería enorme y te acercabas a un gran tablón de anuncios. Si tu nombre estaba escrito, seguías en el proceso de selección». Un día el nombre de Malone no estaba en el tablón. Al final una bestia de la naturaleza llamada Charles Barkley tampoco pasó el corte. Igual que un base llamado John Stockton.

Había un segmento del mundo del baloncesto que no acababa de comulgar con Michael Jordan cuando este jugaba en Carolina del Norte, donde, como era lógico, el único que podía pararlo era Smith, un fundamentalista intransigente cuyos equipos solían jugar posesiones largas. Cualquiera con algo de vista y dos dedos de frente sabía que a Jordan le esperaba una carrera espléndida en los profesionales, pero muchos creían que sería un jugador similar a Clyde Drexler, un atleta extraordinario salido de la Universidad de Houston que acababa de completar su primera temporada en la NBA con los Portland Trail Blazers; es decir, espectacular pero a veces descontrolado, anotador pero no tirador, más querido por los aficionados que por los entrenadores.

Aunque esta impresión duraría en mayor o menor medida hasta 1991, el año en que Jordan ganó su primer campeonato con los Chicago Bulls, los verdaderos entendidos en baloncesto que siguieron los Juegos de Los Ángeles se dieron cuenta de las habilidades reales de Jordan. Era un jugador que podía romper una defensa zonal con un tiro en suspensión, defender a un rival anotador hasta anularlo o dirigir el ataque si era necesario. Hasta fue capaz de contentar al mismísimo Bobby Knight. «La Olimpiada de 1984 fue la presentación en sociedad de Michael», dice David Falk, su agente.

De la mano de Jordan, la selección estadounidense se paseó por el torneo olímpico: ganó los ocho partidos por una media de treinta puntos de diferencia y fue comparada con el gran equipo de Oscar Robertson y Jerry West que en 1960 se llevó la medalla de oro en Roma. EE.UU. despachó a Canadá por 78 a 59 en las semifinales, destrozó a España por 96 a 65 en la final y el nombre de Michael estuvo en boca de todos los aficionados al baloncesto.

Saltaba a la vista que Jordan era «el elegido», cosa que nadie sabía mejor que Falk, quien ya había comenzado a negociar el patrocinio con Nike que cambiaría para siempre la manera de vender a los deportistas. Jordan siempre había llevado Converse, las zapatillas que preferían tanto su entrenador universitario como el Comité Olímpico Estadounidense, además de ser la marca tradicional de la mayoría de baloncestistas. Michael ya había afirmado alguna vez que él, igual que muchos jugadores, creía que Adidas fabricaba el mejor producto. Si hubiera recibido una oferta decente, Michael probablemente habría llegado a un acuerdo con Converse o Adidas.

Pero Falk tenía la sensación de que Nike era una marca más ambiciosa que conocía mejor el mercado que las otras dos. Tanto Magic Johnson como Larry Bird, las dos mayores estrellas del baloncesto profesional, llevaban Converse, pero la empresa, dormida en los laureles, no hizo casi nada con ellos. Pensadlo: Magic tenía un apodo inmortal, una sonrisa deslumbrante, una manera de jugar vistosa, un hogar glamuroso como Los Ángeles y varios títulos en el bolsillo, pero en sus primeros años de carrera Converse no aprovechó todo este tirón, una decisión que les costó millones tanto a Magic como a la empresa. «Mucho antes de que Michael llegara a la liga», dice Falk, «Magic podría haber conquistado el mundo entero.»

En Nike, en cambio, ejecutivos como Rob Strasser veían en Jordan un nuevo horizonte para el patrocinio deportivo. Asimismo, Nike necesitaba un impulso importante, ya que el auge de los corredores de los años setenta se había disipado. Era una empresa que se enorgullecía de asumir riesgos, así que decidió gastarse todo su presupuesto de márketing, 500.000 dólares, en campañas publicitarias protagonizadas por Jordan, más lo que tendría que pagar al jugador por vestir sus zapatillas. Aun así, Jordan se mostraba reticente respecto a Nike, una marca que nunca había llevado y apenas conocía. La noche antes de que su padre, Falk y él viajaran a la sede central de Nike en Beaverton (Oregón), Jordan le dijo a su madre que no iba. Pero ella no lo aceptó.

«Vas a subir a ese avión, Michael», dijo Deloris Jordan. Y así fue.

En esa primera reunión, Peter Moore, el diseñador jefe de Nike, enseñó a Jordan y a Falk los bocetos que había dibujado de las zapatillas, chándales y demás ropa de la línea Air Jordan, todo en rojo y negro; «los colores del diablo», le dijo Jordan a Falk. Michael no parpadeó, sonrió ni habló apenas, así que todos los presentes pensaron que no estaba impresionado. Sin embargo, tras la reunión admitió que estaba convencido, así que Falk negoció un acuerdo de cinco años por 2,5 millones de dólares que, como tantos otros contratos a lo largo de los años, en su momento pareció inconcebible.

Y así nació Air Jordan.

Al principio, Michael odiaba las zapatillas rojinegras. «Pareceré un payaso», dijo. Pero cedió y se las puso, tras lo cual la NBA las prohibió por alguna razón peregrina y multó a Jordan con 5.000 dólares por cada partido en que las llevara, una suma que Nike pagó con una sonrisa disimulada. Al final se adaptó un poco el diseño y lo único que consiguieron las multas fue convertir las zapatillas de Jordan en una de las noticias más sonadas de la temporada 1984-85 y dar publicidad internacional a Nike.

Rod Thorn, el mánager de los Bulls de la época, le dijo a Falk:

—¿Qué pretendes? ¿Convertirlo en un jugador de tenis?

—Ahora lo pillas —le contestó el agente.

CAPÍTULO 3EL COMISIONADO Y EL INSPECTOR DE CARNELa NBA mete un pie indeciso en aguas internacionales

AFINALES DE 1985, el comisionado de la NBA David Stern y su segundo, Russ Granik, recibieron al inspector de carne en las oficinas de la liga en Nueva York. El directivo de la FIBA no podía creerse la suerte que tenía. «Tienes que imaginarte de dónde vengo», me dijo Stankovic hace poco mientras rememoraba la reunión. «Era casi un delito comunicarse con la NBA. Se suponía que no debíamos hablar con ellos. Y allí estaba sentado con el comisionado, como si tal cosa.» Le brillaban los ojos al recordar el momento, como Sally Field cuando recibió el Oscar a la mejor actriz en 1984: «¡Os gusto!».

Sí que le caía bien, a Stern. A los dos hombres les atrae el poder como la miel a las abejas, pero a la vez desprender un cierto aire informal. No son personas normales y corrientes, pero sí lo suficientemente listos como para saber que deben actuar como si lo fueran. Por su parte, Granik —un abogado tranquilo y prudente que trabajaba en la NBA desde 1976— era el complemento perfecto de Stern, que podía ser muy impulsivo, furibundo incluso.

Tras unos primeros momentos para conocerse, Stankovic fue directo al grano: «No creo en las restricciones sobre quién puede o no jugar. Los mejores jugadores deberían participar en todas las competiciones, incluidos los Juegos Olímpicos. Pero no puedo hacerlo solo.»

Según algunos revisionistas, Stern —el que todo lo ve y sabe— se dio cuenta al instante de la importancia que tenía unir fuerzas con la FIBA y vislumbró el día en que los jugadores de la NBA serían estrellas internacionales y la liga inundaría Europa y Asia de zapatillas, camisetas y sudaderas. Nada más lejos de la realidad, y Stern nunca ha dicho lo contrario, lo cual le honra. No es que la idea de que los deportistas de la NBA jugaran en los Juegos Olímpicos no fuera una prioridad para la NBA, es que ni siquiera la contemplaban. Sí, Stern era consciente de la hipocresía de las reglas contra la competencia: al alemán Detlef Schrempf, que jugaba en la NBA con un sueldo de unos 500.000 dólares al año, se le consideraba profesional, mientras que el brasileño Oscar Schmidt, que disputaba la liga italiana por más o menos 1 millón de dólares anuales, era amateur y por tanto podía participar en las Olimpiadas. Todo el mundo admitía esa hipocresía salvo los incompetentes que regulaban el baloncesto olímpico. El problema era que el comisionado ya tenía suficientes problemas.

«David y yo pensábamos que el baloncesto global tenía tantas ventajas como inconvenientes», afirma Granik hoy en día, «y eso es lo que le dijimos a Boris.»

No obstante, cuando Stankovic propuso organizar un torneo entre un par de equipos de la FIBA y uno de la NBA —una especie de primer paso—, Stern aceptó. «Pero lo organizaremos nosotros», contestó de inmediato. De esta reunión surgió el primer Open McDonald’s, que se celebraría en Milwaukee en 1987. Pero Stern nunca tuvo en mente conseguir que los jugadores de la NBA disputaran los Juegos Olímpicos, sobre todo porque tenía asuntos mucho más acuciantes.

El ciclo estaba a punto de cambiar en el momento de la visita de Stankovic, pero la NBA todavía se movía en un terreno relativamente resbaladizo. Para ilustrar la clase de fallos que cometía la liga, se suele citar la final de 1980, que se emitió en diferido a pesar de que se enfrentaban Los Angeles Lakers del debutante Magic Johnson y la superestrella Kareem Abdul-Jabbar contra los Philadelphia 76ers de Julius Erving. Pero hay otras maneras de ejemplificar sus defectos. Cuando contrataron a Rick Welts para encargarse del patrocinio —«Como toda la gente de David en aquella época, era perfecto para el puesto porque era joven, tonto y pobre», dice Welts actualmente—, la NBA no tenía plan de negocio, literalmente. No vendía nada. Welts y los demás soldados jóvenes, tontos y pobres se toparon con un país que no solo ignoraba la NBA, sino que la detestaba.

«La percepción era que la NBA no estaba bien dirigida; demasiados negros, demasiadas acusaciones relacionadas con drogas y demasiados equipos en bancarrota», me dijo Welts en 2011. «Llamaba a las agencias publicitarias de parte de la NBA y si me devolvían la llamada ya me daba por satisfecho. Las prioridades eran la NFL, las Grandes Ligas de Béisbol y los deportes universitarios. Hasta en el hockey invertían antes que en la NBA.»

Mientras su joven grupo de guerreros comprometidos trataba de limpiar la imagen de la NBA, Stern no dejaba nunca de persuadirlos, enredarlos y berrearles. «Cuando todo el mundo te dice lo mismo una y otra vez, al final te hace mella», cuenta Welts. «Llegaba a casa destrozado después de doce horas de rechazos, pero entonces sonaba el teléfono en mi habitación del Summit Hotel de la avenida Lexington a las diez de la noche. Era David, y al cabo de un cuarto de hora ya tenía las pilas cargadas para empezar de nuevo.»

A Stern se le ha llamado tantas veces el mejor comisionado de la historia que ya se da por supuesto que lo ha sido, pero la fortuna también puso algo de su parte. Después de todo, Michael, Magic y Larry descendieron del cielo bajo su mandato, y al fin y al cabo lo único que puede hacer un profesional del márketing es iluminar mejor el escenario. Si a la gente no le gusta lo que ve, no hay nada que hacer. Pero Stern y los suyos se las ingeniaron para potenciar el atractivo de estos jugadores y sacar partido de su popularidad.

Y aunque no previó todo lo que se avecinaba, el comisionado siempre estuvo dispuesto a escuchar los sermones del inspector de carne, quien pensaba que el futuro depararía grandes cosas si los Estados Unidos eran capaces de reunir a sus estrellas, ponerles un lazo rojo, blanco y azul y mandarlas a jugar bajo el emblema de los sacrosantos anillos.