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Un error fatal de Bosch sale a luz durante la investigación de un caso sin resolver En 1993, Marie Gesto desapareció después de salir de un supermercado en Hollywood. Temiendo lo peor, los mandos del Departamento de Policía de Los Ángeles trasfirieron el caso de la brigada de Personas Desaparecidas a la División de Homicidios, donde se asignó a Harry Bosch. Pero la mujer de 22 años nunca apareció, ni viva ni muerta, y fue un caso que Bosch no logró resolver. Trece años más tarde, Bosch se encuentra en la unidad de Casos Abiertos cuando recibe una llamada de la fiscalía. Un hombre acusado de dos asesinatos atroces está dispuesto a confesar varios crímenes más para evitar la pena capital. Uno de esos asesinatos, dice, es el de Marie Gesto. A Bosch se le encarga asegurarse de que el asesino no está engañando a las autoridades para evitar una cita con la muerte. Para confirmar la confesión, Bosch debe acercarse al hombre que ha buscado durante trece años. Bosch empieza a cuestionarse su profesionalidad como policía cuando se da cuenta de que en 1993 él y su compañero pasaron por alto una pista que podría haber impedido los nueve asesinatos que siguieron al de Marie Gesto.
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Seitenzahl: 511
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Michael Connelly
Echo Park
Traducido del inglés por Javier Guerrero Gimeno
Dedicado a Jane Wood, que mantiene a Harry Bosch bien alimentado y cerca del corazón.Muchas muchas gracias.
Era el coche que habían estado buscando. Faltaba la placa de matrícula, pero Harry Bosch no tenía duda. Un Honda Accord de 1987 con la pintura granate descolorida por el sol. Lo habían puesto al día en el noventa y dos con la pegatina verde de la campaña de Clinton en el parachoques y ahora incluso eso estaba descolorido. El adhesivo lo fabricaron con tinta barata cuando aún faltaba tiempo para las elecciones. Sin intención de que durara. El coche estaba aparcado en un garaje de una plaza tan estrecho que Bosch se preguntó cómo se las habría arreglado el conductor para salir. Sabía que tendría que decirle al equipo de investigación forense que pusiera especial atención al buscar huellas en el exterior del coche y en la pared interior del garaje. La gente de Forense se enfurecería por el comentario, pero si se callaba, se pondría ansioso.
El garaje tenía una puerta basculante con tirador de aluminio. No era buen material para obtener huellas, pero Bosch se lo indicaría también a los expertos.
–¿Quién lo encontró? –preguntó a los agentes de patrulla.
Acababan de colocar la cinta amarilla en la entrada del callejón, que estaba formado por dos filas de garajes individuales a ambos lados de la calle, así como en la entrada del complejo de apartamentos High Tower.
–El casero –respondió el agente de más edad–. El garaje pertenece a un apartamento que está desocupado, así que debería estar vacío. Hace un par de días lo abre porque ha de guardar muebles y trastos y ve el coche. Piensa que quizá es de alguien que está visitando a otro inquilino, así que deja pasar unos días, pero al ver que el coche sigue allí, empieza a preguntar a los inquilinos. Nadie conoce el vehículo. Nadie sabe de quién es. Así que nos llama porque empieza a pensar que podría ser robado ya que faltan las placas de matrícula. Mi compañero y yo teníamos la orden de búsqueda de Gesto en la visera del coche patrulla. En cuanto llegamos aquí, lo entendimos enseguida.
Bosch asintió con la cabeza y se acercó al garaje. Respiró profundamente por la nariz. Marie Gesto llevaba diez días desaparecida. Si estaba en el maletero, lo sabría por el olor. Su compañero, Jerry Edgar, se le acercó.
–¿Algo? –preguntó.
–No lo creo.
–Bien.
–¿Bien?
–No me gustan los casos de maletero.
–Al menos tendríamos a la víctima para trabajar.
Era solo charla intrascendente mientras Bosch escrutaba el coche buscando algo que pudiera ayudarles. Al no ver nada, sacó un par de guantes de látex del bolsillo del abrigo, los sopló como si fueran un globo para abrir la goma y se los puso. Levantó los brazos como un cirujano que entra en una sala de operaciones y se colocó de lado para entrar en el garaje y acercarse a la puerta del conductor sin tocar ni alterar nada.
Se adentró en la oscuridad de la cochera. Se quitó las telarañas de la cara. Volvió a salir y preguntó al agente de patrulla si podía prestarle la Maglite que llevaba en el cinturón. De nuevo en el garaje, encendió la linterna y enfocó el haz de luz a las ventanas del Honda. Lo primero que inspeccionó fue el asiento de atrás, donde vio las botas de montar y el casco. Había una bolsa pequeña de plástico junto a las botas con el logo del supermercado Mayfair. No tenía forma de saber lo que había en la bolsa, pero comprendió que eso abría una vía de investigación en la cual no habían pensado antes.
Siguió avanzando. En el asiento del pasajero se fijó en una pequeña pila de ropa bien doblada encima de un par de zapatillas de correr. Reconoció los tejanos y la camiseta de manga larga: la ropa que vestía Marie Gesto la última vez que los testigos la vieron cuando se dirigía a Beachwood Canyon para montar a caballo. Encima de la camiseta había unos calcetines cuidadosamente doblados, unas bragas y un sujetador. Bosch sintió el golpe seco del terror en el pecho. No porque tomara la ropa como confirmación de que Marie Gesto estaba muerta. Instintivamente ya lo sabía. Todo el mundo lo sabía, incluso los padres, que aparecieron en televisión rogando por el regreso de su hija sana y salva. Era la razón por la que el caso, originalmente de Personas Desaparecidas, se había reasignado a Homicidios de Hollywood.
Fue la ropa lo que impresionó a Bosch. La forma en que estaba tan meticulosamente doblada. ¿Lo hizo ella? ¿O lo había hecho quien se la había llevado de este mundo? Lo que siempre le inquietaba, lo que llenaba de terror su vacío interior, eran los detalles.
Después de examinar el resto del vehículo a través del cristal, Bosch salió del garaje con cuidado de no tocar nada.
–¿Algo? –preguntó de nuevo Edgar.
–La ropa. El equipo de montar. Quizá algo de comida. Hay un Mayfair’s debajo de Beachwood. Puede que pasara de camino a los establos.
Edgar asintió con la cabeza. Una nueva pista que investigar, un lugar donde buscar testigos.
Bosch salió por debajo de la puerta levantada y observó los apartamentos High Tower. Era un lugar único en Hollywood. Un complejo de apartamentos construidos en el granito de las colinas, detrás del Hollywood Bowl. Eran de estilo Streamline y todos estaban conectados en el centro por la esbelta estructura que albergaba el ascensor: la torre que daba nombre a la calle y el complejo. Bosch había vivido una temporada en ese barrio de niño. Desde su casa, cerca de Camrose, oía las orquestas que ensayaban en el Hollywood Bowl en los días de verano. Desde el tejado se contemplaban los fuegos artificiales del Cuatro de Julio y del final de la temporada.
De noche había visto luz tras las ventanas de los apartamentos High Tower. Había visto pasar el ascensor por delante de ellas al subir para dejar a otra persona en su casa. De niño había pensado que vivir en un lugar donde un ascensor te dejaba en casa tenía que ser el summum del lujo.
–¿Dónde está el gerente? –le preguntó al agente de patrulla que tenía dos galones en las mangas.
–Ha vuelto a subir. Ha dicho que cojan el ascensor hasta el final y que su casa es la primera al final del pasillo.
–Vale, vamos a subir. Espere aquí al equipo de Forense y a la grúa. No deje que los de la grúa toquen el coche hasta que la gente de Forense eche un vistazo.
–Claro.
El ascensor de la torre era un pequeño cubo que rebotó con el peso de los detectives cuando Edgar abrió la puerta corredera y entraron. La puerta se cerró automáticamente y tuvieron que deslizar también una puerta interior de seguridad. Solo había dos botones, 1 y 2. Bosch pulsó el 2 y la cabina inició el ascenso dando una sacudida. Era un espacio reducido, con capacidad para cuatro personas a lo sumo antes de que la gente tuviera que empezar a degustar el aliento del vecino.
–¿Sabes qué? –dijo Edgar–. Aquí nadie tiene piano, eso seguro.
–Brillante deducción, Watson –dijo Bosch.
En el nivel superior abrieron las puertas y salieron a una pasarela de hormigón que estaba suspendida entre la torre y los apartamentos construidos en la ladera. Bosch se volvió y admiró una vista que, pasada la torre, abarcaba casi todo Hollywood y regalaba la brisa de la montaña. Levantó la mirada y vio un gavilán colirrojo sobre la torre, como si los estuviera observando.
–Vamos –dijo Edgar.
Al volverse, Bosch vio que su compañero señalaba un corto tramo de escaleras que conducía a las puertas del apartamento. Vieron un cartel que ponía «GERENTE» debajo de un timbre. Antes de que llegaran, un hombre delgado y de barba blanca abrió la puerta. Se presentó como Milano Kay, el gerente del complejo de apartamentos. Bosch y Edgar mostraron su placa y le preguntaron si podían ver el apartamento vacante al cual estaba asignado el garaje con el Honda. Kay los acompañó.
Volvieron a pasar junto a la torre y enfilaron otra pasarela que conducía a un apartamento. Kay introdujo una llave en la cerradura.
–Conozco este sitio –dijo Edgar–. Este complejo y el ascensor. Ha salido en el cine, ¿no?
–Sí –dijo Kay–. A lo largo de los años.
Bosch pensó que era normal. Un lugar tan singular no podía pasar desapercibido para la industria local.
Kay abrió la puerta e hizo una señal a Bosch y a Edgar para que entraran primero. El apartamento era pequeño y estaba vacío. Constaba de una sala de estar, una cocina con un pequeño espacio para comer y un dormitorio con cuarto de baño propio. No tenía ni cuarenta metros cuadrados y Bosch sabía que con muebles parecería todavía más pequeño. Pero la clave era la vista. Una pared en curva llena de ventanas ofrecía la misma vista de Hollywood que se contemplaba desde la pasarela de la torre. Una puerta de cristal conducía a un balcón que seguía la forma curva. Bosch salió y contempló la panorámica que se extendía desde allí. Vio las torres del centro de la ciudad entre la niebla. Sabía que la vista nocturna sería mejor.
–¿Cuánto tiempo lleva vacío este apartamento? –preguntó.
–Cinco semanas –respondió Kay.
–No he visto ningún cartel de «SE ALQUILA».
Bosch miró al callejón y vio a dos agentes de patrulla que esperaban a los de Forense y al camión grúa del garaje de la policía. Estaban uno a cada lado del coche patrulla, apoyados en el capó y dándose la espalda. No parecía una pareja bien avenida.
–No me hace falta poner carteles –dijo Kay–. Normalmente, se corre la voz de que tenemos una vacante. Hay mucha gente que quiere vivir aquí. Es una curiosidad de Hollywood. Además, tenía que prepararlo, repintar y hacer pequeñas reparaciones. No tenía prisa.
–¿Cuál es el alquiler? –preguntó Edgar.
–Mil al mes.
Edgar silbó. A Bosch también le pareció caro. Pero sabía que alguien estaría dispuesto a pagarlo por la vista.
–¿Quién podía saber que el garaje de allí abajo estaba vacío? –preguntó, volviendo a lo que les ocupaba.
–Poca gente. Los residentes, por supuesto, y en las últimas semanas he mostrado el apartamento a varias personas interesadas. Les suelo enseñar el garaje. Cuando me voy de vacaciones hay un inquilino que más o menos cuida las cosas por mí. Él también enseñó el apartamento.
–¿El garaje se quedó sin cerrar con llave?
–Se queda sin cerrar. No hay nada que robar. Cuando llega el nuevo inquilino puede poner un candado si quiere. Lo dejo a su criterio, aunque siempre lo recomiendo.
–¿Guarda algún registro de a quién mostró el apartamento?
–La verdad es que no. Puede que conserve algunos números de teléfono, pero no tiene sentido guardar el nombre de nadie a no ser que lo alquile. Y, como ven, no lo he hecho.
Bosch asintió con la cabeza. Iba a ser un camino difícil de seguir. Mucha gente sabía que el garaje estaba vacío, sin cerrar con llave y disponible.
–¿Y el anterior inquilino? –preguntó–. ¿Qué le ocurrió a él?
–De hecho, era una mujer –dijo Kay–. Vivió aquí cinco años, tratando de hacerse actriz. Al final se rindió y volvió a su casa.
–Es una ciudad dura. ¿De dónde era?
–Le mandé la devolución del depósito a Austin, Texas.
Bosch asintió.
–¿Vivía aquí sola?
–Tenía un novio que la visitaba y se quedaba a menudo, pero creo que eso se terminó antes de que se mudara.
–Necesitaremos que nos dé esa dirección de Texas.
Kay asintió con la cabeza.
–Los agentes dicen que el coche pertenecía a una chica desaparecida –dijo.
–Una mujer joven –dijo Bosch.
Buscó en un bolsillo interior de la chaqueta y sacó una fotografía de Marie Gesto. Se la mostró a Kay y le preguntó si la reconocía como alguien que podía haber visto el apartamento. El casero dijo que no la reconocía.
–¿Ni siquiera de la tele? –preguntó Edgar–. Lleva diez días desaparecida y ha salido en las noticias.
–No tengo tele, detective –dijo Kay.
Sin televisión. En Los Ángeles eso lo clasificaba como librepensador, pensó Bosch.
–También ha salido en los periódicos –probó Edgar.
–Leo los diarios de vez en cuando –dijo Kay–. Los cojo de las papeleras de abajo. Normalmente son viejos cuando los hojeo. Pero no he visto ningún artículo sobre ella.
–Desapareció hace diez días –explicó Bosch–, el jueves nueve. ¿Recuerda algo de entonces? ¿Algo inusual?
Kay negó con la cabeza.
–Yo no estaba aquí. Estaba de vacaciones en Italia.
Bosch sonrió.
–Me encanta Italia. ¿Adónde fue?
El rostro de Kay se iluminó.
–Fui al lago de Como y a un pueblo de la colina llamado Asolo. Robert Browning vivió allí.
Bosch asintió con la cabeza como si conociera los sitios que había mencionado y supiera quién era Robert Browning.
–Tenemos compañía –dijo Edgar.
Bosch siguió la mirada de su compañero hasta el callejón. Una furgoneta de televisión con una antena parabólica encima y un gran número 9 pintado en un lateral había aparcado junto a la cinta amarilla. Uno de los agentes de patrulla caminaba hacia ella.
Harry volvió a dirigirse al casero.
–Señor Kay, tendremos que volver a hablar en otro momento. Si es posible, mire qué números o nombres puede encontrar de gente que haya visitado el apartamento o que haya llamado interesándose. También necesitaremos hablar con la persona que controló las cosas cuando usted estuvo en Italia y que nos dé el nombre y la dirección de la antigua inquilina que se trasladó a Texas.
–No hay problema.
–Y vamos a necesitar hablar con el resto de los inquilinos para ver si alguien vio cómo dejaban el coche en el garaje. Trataremos de no ser entrometidos.
–No hay problema con eso. Veré qué números de teléfono puedo encontrar.
Salieron del apartamento y Kay los acompañó al ascensor. Se despidieron del gerente. La cabina de acero dio bandazos otra vez antes de empezar a descender con más suavidad.
–Harry, no sabía que te gustara Italia –dijo Edgar.
–No he estado nunca.
Edgar asintió con la cabeza dándose cuenta de que había sido una táctica para hacer hablar a Kay y obtener información de coartada.
–¿Estás pensando en él? –preguntó.
–No. Solo contemplo todas las posibilidades. Además, si fue él, ¿por qué poner el coche en el garaje de su propia casa? ¿Por qué llamar?
–Sí. Pero quizá es lo bastante listo para saber que pensaríamos que es lo bastante listo para no hacer eso. ¿Entiendes? Quizá es más listo que nosotros, Harry. Quizá la chica fue a ver el apartamento y las cosas se torcieron. Oculta el cadáver, pero sabe que no puede mover el coche porque podría pararlo la policía. Así que espera diez días y llama como si pensara que podría ser robado.
–Entonces quizá deberías verificar su coartada italiana, Watson.
–¿Por qué soy yo Watson? ¿Por qué no puedo ser Holmes?
–Porque Watson es el que habla demasiado.
–¿Qué te preocupa, Harry?
Bosch pensó en la ropa cuidadosamente doblada en el asiento delantero del Honda. Sintió de nuevo esa presión en las entrañas. Como si su cuerpo estuviera atado y estuvieran tensando la cuerda por detrás.
–Lo que me preocupa es que tengo un mal presagio.
–¿Qué clase de mal presagio?
–El presagio de que nunca la encontraremos. Y si no la encontramos a ella, no lo encontraremos a él.
–¿Al asesino?
El ascensor se detuvo con un sobresalto, rebotó una vez y se quedó inmóvil. Bosch abrió las puertas. Al final del corto túnel que conducía al callejón y los garajes, vio a una mujer que sostenía un micrófono y a un hombre que los esperaba cámara en mano.
–Sí –dijo–. Al asesino.
La llamada se recibió cuando Harry Bosch y su compañera, Kiz Rider, estaban sentados ante su escritorio en la unidad de Casos Abiertos terminando con el papeleo de la acusación de Matarese. El día anterior habían pasado seis horas en una sala con Victor Matarese interrogándolo sobre el asesinato en 1996 de una prostituta llamada Charisse Witherspoon. El ADN extraído del semen hallado en la garganta de la víctima y conservado durante diez años coincidía con el de Matarese, cuyo ADN había sido registrado por el Departamento de Justicia en 2002, después de una condena por violación. Cuatro años después, Bosch y Rider reabrieron el caso Witherspoon, sacaron el ADN y lo enviaron al laboratorio estatal en una búsqueda a ciegas.
Era un caso inicialmente cimentado en el laboratorio. Pero, como Charisse Witherspoon había sido una prostituta activa, la coincidencia de ADN no garantizaba la condena. El ADN podría pertenecer a cualquiera que hubiera estado con ella antes de que apareciera el asesino y la golpeara repetidamente en la cabeza con un palo.
Así pues, el caso no se reducía a la ciencia. La clave era la sala de interrogatorios y lo que pudieran sacarle a Matarese. A las ocho de la mañana lo despertaron en el centro de reinserción social en el que lo habían ingresado a raíz de su libertad condicional en el caso de violación y lo llevaron al Parker Center. Las primeras cinco horas en la sala de interrogatorios fueron extenuantes. En la sexta, Matarese finalmente se quebró y lo reconoció todo, admitiendo haber matado a Witherspoon y añadiendo otras tres víctimas, todas ellas prostitutas a las que había matado en el sur de Florida, antes de trasladarse a Los Ángeles.
Cuando Bosch oyó que lo llamaban por la línea uno pensó que sería una respuesta desde Miami. No lo era.
–Bosch –dijo al coger el teléfono.
–Freddy Olivas. Homicidios División del Noreste. Estoy en Archivos, buscando un expediente que dicen que usted ya ha firmado.
Bosch se quedó un momento en silencio mientras vaciaba la mente del caso Matarese. No conocía a Olivas, pero el nombre le resultaba familiar. Simplemente, no conseguía situarlo. Por lo que a firmar informes respectaba, su trabajo consistía en revisar viejos casos y buscar la forma de aprovechar los avances de la ciencia forense para resolverlos. En un momento cualquiera, él y Rider podían tener hasta veinticinco casos de Archivos.
–He sacado muchos casos de Archivos –dijo Bosch–, ¿de cuál estamos hablando?
–Gesto. Marie Gesto. Es un caso del noventa y tres.
Bosch no respondió enseguida. Sintió un nudo en el estómago. Siempre le ocurría cuando pensaba en Gesto, incluso trece años después. En su mente siempre surgía la imagen de aquellas prendas tan cuidadosamente dobladas en el asiento delantero del coche de la víctima.
–Sí. Tengo el expediente. ¿Qué ocurre?
Se fijó en que Rider levantaba la mirada de su trabajo al percibir el cambio en su tono de voz. Sus escritorios estaban tras una mampara y colocados uno frente a otro, de manera que Bosch y Rider se veían la cara mientras trabajaban.
–Es un asunto delicado –dijo Olivas–. Información privilegiada. Está relacionado con un caso en marcha y el fiscal quiere revisar el expediente. ¿Puedo pasarme por ahí a recogerlo?
–¿Tiene un sospechoso, Olivas?
Olivas no respondió de inmediato y Bosch arremetió con otra pregunta.
–¿Quién es el fiscal?
Tampoco hubo respuesta. Bosch decidió no rendirse.
–Mire, el caso está activo, Olivas. Estoy trabajando y tengo un sospechoso. Si quiere hablar conmigo, hablaremos. Si tienen algo en marcha, yo participo. Si no es así, estoy ocupado y le deseo que pase un buen día, ¿de acuerdo?
Bosch estaba a punto de colgar cuando Olivas habló. El tono amistoso había desaparecido.
–Mire, deje que haga una llamada, campeón. Lo llamaré enseguida.
Colgó sin decir adiós. Bosch miró a Rider.
–Marie Gesto –dijo–. La fiscalía quiere el expediente.
–Ese caso era tuyo. ¿Quién llamaba?
–Un tipo de Noreste. Freddy Olivas. ¿Lo conoces?
Rider asintió con la cabeza.
–No lo conozco, pero he oído hablar de él. Es el detective del caso Raynard Waits. Ya sabes cuál.
Ahora Bosch situó el nombre. El caso Waits era sonado. Olivas probablemente lo veía como el trampolín de ascenso. El Departamento de Policía de Los Ángeles estaba compuesto por diecinueve divisiones geográficas, cada una con su comisaría y su propia oficina de detectives. Las unidades de Homicidios de cada división trabajaban los casos menos complicados y se les consideraba trampolines a las brigadas de élite de la División de Robos y Homicidios, que operaba desde el cuartel general de la policía en el Parker Center. Allí estaba el estrellato. Y una de esas brigadas era la unidad de Casos Abiertos. Bosch sabía que si el interés de Olivas en el expediente Gesto estaba relacionado con el caso Waits, aunque solo fuera remotamente, guardaría celosamente su posición a fin de evitar una invasión de Robos y Homicidios.
–¿No dijo qué tenía en marcha? –preguntó Rider.
–Todavía no. Pero algo hay. Si no, ni siquiera me habría dicho con qué fiscal está trabajando.
–Rick O’Shea lleva el caso Waits. No creo que Olivas tenga nada más en marcha. Acaban de terminar con el preliminar y van de cabeza al juicio.
Bosch se mantuvo en silencio y consideró las posibilidades. Richard O’Shea dirigía la Sección de Acusaciones Especiales de la oficina del fiscal. Era una celebridad e iba camino de hacerse aún más célebre. Formaba parte del ramillete de fiscales y abogados externos que habían presentado su candidatura al cargo de fiscal del distrito después de que este anunciara en primavera que había decidido no presentarse a la reelección. O’Shea había superado las primarias con el máximo número de votos, pero estaba lejos de tener mayoría. La carrera se acercaba muy apretada a la última recta, pero O’Shea todavía se aferraba a la calle interior. Contaba con el respaldo del fiscal saliente, conocía la oficina de arriba abajo y gozaba de un envidiable historial como fiscal que había ganado casos importantes, un atributo al parecer raro en la última década en la fiscalía. Su oponente se llamaba Gabriel Williams. Era un intruso que, si bien tenía credenciales como antiguo fiscal, había pasado los últimos veinte años en el ámbito privado, sobre todo concentrándose en casos de derechos civiles. Era negro, mientras que O’Shea era blanco. Se presentaba con la promesa de controlar y reformar las prácticas de los distintos cuerpos policiales del condado. Pese a que miembros del equipo de O’Shea se esforzaban en ridiculizar la plataforma y la capacidad de Williams para ocupar el puesto más alto de la fiscalía, las encuestas dejaban claro que su posición de personaje externo y su programa de reforma estaban cuajando. La distancia se estaba acortando.
Bosch sabía lo que estaba ocurriendo en la campaña Williams-O’Shea porque había estado siguiendo las elecciones locales con un interés que jamás había mostrado. En una carrera apretada para una concejalía, él apoyaba a un candidato llamado Martin Maizel, que se presentaba a su tercer mandato y representaba a un distrito occidental alejado del lugar de residencia de Bosch. En general, se le veía como un político consumado que hacía promesas a escondidas y que estaba controlado por grandes intereses económicos en detrimento de su propio distrito. No obstante, Bosch había contribuido generosamente a su campaña y esperaba asistir a su reelección. El oponente de Maizel era un antiguo subdirector de la policía llamado Irvin R. Irving y Bosch haría todo lo que estuviera en su mano por verlo derrotado. Como Gabriel Williams, Irving prometía reforma y el objetivo de sus discursos de campaña era siempre el Departamento de Policía de Los Ángeles. Bosch había chocado con Irving en numerosas ocasiones cuando este servía en el departamento. No quería verlo sentado en el ayuntamiento.
Bosch se había mantenido al corriente de otras disputas, además de la lucha entre Maizel e Irving, gracias a los artículos electorales y los resúmenes que se publicaban casi a diario en el Times. Lo sabía todo sobre la pugna en la que estaba implicado O’Shea. El fiscal trataba de cimentar su candidatura con anuncios sonados y casos concebidos para mostrar el valor de su experiencia. Un mes antes había colocado la vista preliminar del caso Raynard Waits en los titulares y los principales informativos. El acusado de doble asesinato fue parado en Echo Park en un control de automóviles a última hora de la noche. Los agentes vieron en el suelo de la furgoneta del sospechoso bolsas de basura de las que goteaba sangre. Si alguna vez hubo un caso seguro y con una capacidad de impacto garantizada para que un candidato a fiscal lo usara para captar la atención de los medios, ese parecía ser el caso del Asesino de las Bolsas de Echo Park.
El problema era que los titulares estaban en activo en ese momento. A Waits lo iban a llevar a juicio al final de la vista preliminar. Puesto que se trataba de un caso de pena de muerte, para ese juicio y la renovación de titulares consecuente faltaban todavía meses. La vista se celebraría mucho después de las elecciones. O’Shea necesitaba acaparar los titulares y mantener el impulso. Bosch no pudo evitar preguntarse qué pretendía hacer el candidato con el caso Gesto.
–¿Crees que Gesto puede estar relacionada con Waits? –preguntó Rider.
–Ese nombre no surgió nunca en el noventa y tres –dijo Bosch–. Ni tampoco Echo Park.
Sonó el teléfono y Bosch lo cogió enseguida.
–Abiertos. Habla el detective Bosch, ¿en qué puedo ayudarle?
–Olivas. Traiga el archivo a la planta dieciséis a las once en punto. Le esperará Richard O’Shea. Está dentro, campeón.
–Allí estaremos.
–Espere un momento. ¿Qué es eso de «estaremos»? He dicho usted, usted estará allí con el expediente.
–Tengo una compañera, Olivas. Iré con ella.
Bosch colgó sin decir adiós. Miró a Rider.
–Empezamos a las once.
–¿Y Matarese?
–Ya veremos.
Pensó en la situación por un momento, se levantó y se acercó al armario cerrado que había detrás de su escritorio. Sacó el expediente Gesto y volvió a colocarlo en su sitio. Desde que volviera el año anterior al trabajo tras su retiro, había sacado el expediente de Archivos en tres ocasiones diferentes. Todas las veces lo había leído a conciencia, había hecho algunas llamadas y visitas y había hablado con algunos de los individuos que habían surgido en la investigación trece años antes. Rider conocía el caso y lo que significaba para Bosch. Le daba espacio para que lo trabajara cuando no había nada más apremiante.
Pero el esfuerzo no dio sus frutos. No había ADN ni huellas ni indicios sobre el paradero de Gesto –aunque a él no le cabía duda de que estaba muerta–, ni tampoco ninguna pista sólida de su captor. Bosch había insistido con el único hombre que había estado más cerca de ser sospechoso, pero no había llegado a ninguna parte. Era capaz de trazar los pasos de Marie Gesto desde su apartamento al supermercado, pero no más allá. Tenía su coche en el garaje de los apartamentos High Tower, pero no podía llegar a la persona que lo había aparcado allí.
Bosch contaba con muchos casos sin resolver en su historial. No se pueden resolver todos y cualquier detective de Homicidios lo admite. Pero el caso Gesto era uno de los que tenía atravesados. Cada vez que trabajaba el caso durante aproximadamente una semana, se topaba con un callejón sin salida y devolvía el expediente a Archivos pensando que había hecho todo lo que se podía hacer. Pero la absolución solo duraba unos meses y al cabo de un tiempo allí estaba otra vez rellenando el formulario de salida en el mostrador. No iba a rendirse.
–Bosch –lo llamó otro de los detectives–. Miami en la dos.
Bosch ni siquiera había oído sonar el teléfono en la sala de brigada.
–Yo lo cogeré –dijo Rider–. Tienes la cabeza en otro sitio.
Rider levantó el teléfono y Bosch abrió una vez más el expediente Gesto.
Bosch y Rider llegaban diez minutos tarde por la cola de gente que esperaba los ascensores. Bosch detestaba ir al edificio de los tribunales por los ascensores. La espera y los empujones para entrar le generaba una ansiedad de la que prefería prescindir.
En la recepción de la oficina del fiscal, en la decimosexta planta, les dijeron que esperaran a un escolta que los llevaría al despacho de O’Shea. Un par de minutos después, un hombre franqueó el umbral y señaló el maletín de Bosch.
–¿Lo ha traído? –preguntó.
Bosch no lo reconoció. Era un hombre latino de tez oscura vestido con un traje gris.
–¿Olivas?
–Sí. ¿Ha traído el expediente?
–He traído el expediente.
–Entonces pase, campeón.
Olivas se dirigió de nuevo hacia la puerta por la que había entrado. Rider hizo ademán de seguirlo, pero Bosch puso la mano en el brazo de su compañera. Cuando Olivas miró atrás y vio que no lo estaban siguiendo, se detuvo.
–¿Vienen o no?
Bosch dio un paso hacia él.
–Olivas, dejemos algo claro antes de ir a ninguna parte. Si me vuelve a llamar «campeón», voy a meterle el expediente por el culo sin sacarlo del maletín.
Olivas levantó las manos en ademán de rendición.
–Lo que usted diga.
Sostuvo la puerta y accedieron a un recibidor interno. Recorrieron un largo pasillo y giraron dos veces a la derecha antes de llegar al despacho de O’Shea. Era amplio, especialmente según los criterios de la fiscalía. Las más de las veces, los fiscales comparten despacho, con dos o cuatro personas en cada uno, y celebran sus reuniones siguiendo un estricto horario en una de las salas de interrogatorios situadas al final de cada pasillo. En cambio, la oficina de O’Shea era de tamaño doble, con espacio para un escritorio grande como un piano de cola y una zona de asientos aparte. Ser el jefe de Casos Especiales tenía sus ventajas. Y ser el heredero aparente del cargo principal, también.
O’Shea les dio la bienvenida desde detrás de su escritorio, levantándose para estrecharles la mano. Rondaba los cuarenta y tenía un porte atractivo, con el pelo negro azabache. Era de corta estatura, como Bosch ya sabía, aunque no lo había visto nunca en persona. Al ver las noticias del preliminar del caso Waits se había fijado en que la mayoría de los periodistas que se concentraban en torno a O’Shea en el pasillo exterior de la sala eran más altos que el hombre al que señalaban con el micrófono. Personalmente, a Bosch le gustaban los fiscales bajos. Siempre estaban tratando de reivindicarse y solía ser el acusado quien acababa pagando el precio.
Todo el mundo tomó asiento: O’Shea detrás del escritorio, Bosch y Rider cada uno en una silla situada enfrente del fiscal y Olivas en el lado derecho del escritorio, en una silla colocada delante de una pila de carteles de «RICK O’SHEA HASTA EL FINAL» apoyados contra la pared.
–Gracias por venir, detectives –dijo O’Shea–. Empecemos por aclarar un poco la situación. Freddy me dice que ustedes dos han tenido un inicio complicado.
Estaba mirando a Bosch mientras hablaba.
–No tengo ningún problema con Freddy –dijo Bosch–. Ni siquiera lo conozco lo suficiente para llamarlo Freddy.
–Debería decirle que cualquier reticencia por su parte para ponerle al día de lo que tenemos aquí es responsabilidad mía y se debe a la naturaleza sensible de lo que estamos haciendo. Así que, si está enfadado, enfádese conmigo.
–No estoy enfadado –dijo Bosch–. Estoy feliz. Pregúntele a mi compañera… Así soy cuando estoy feliz.
Rider asintió con la cabeza.
–Está feliz –dijo–. Definitivamente feliz.
–Muy bien, pues –dijo O’Shea–. Todo el mundo es feliz. Así que vamos a trabajar.
O’Shea se estiró y puso la mano sobre un grueso archivador de acordeón situado en el lado derecho de su escritorio. Estaba abierto y Bosch vio que contenía varias carpetas individuales con etiqueta azul. Bosch estaba demasiado lejos para leerlas, sobre todo sin ponerse las gafas que llevaba desde hacía poco.
–¿Está familiarizado con el procesamiento de Raynard Waits? –preguntó O’Shea.
Bosch y Rider asintieron con la cabeza.
–Habría sido difícil no enterarse –dijo Bosch.
O’Shea esbozó una sonrisa.
–Sí, lo hemos puesto delante de las cámaras. Ese tipo es un carnicero. Un hombre muy malvado. Desde el principio hemos dicho que vamos a ir a por la pena de muerte.
–Por lo que he visto y oído, Waits tiene todos los números –dijo Rider, animándolo.
O’Shea asintió sombríamente.
–Esa es una de las razones de que estén ustedes aquí. Antes de que explique lo que tenemos, permítanme que les pida que me hablen sobre su investigación del caso Marie Gesto. Freddy dijo que han sacado el expediente de Archivos tres veces el pasado año. ¿Hay algo activo?
Bosch se aclaró la garganta, decidiendo dar primero y recibir después.
–Podría decir que yo tengo el caso desde hace trece años. Me tocó en el noventa y tres, cuando la chica desapareció.
–¿Pero no surgió nada?
Bosch negó con la cabeza.
–No teníamos cadáver. Lo único que encontramos fue el coche, y eso no fue suficiente. Nunca acusamos a nadie.
–¿Hubo algún sospechoso?
–Investigamos a mucha gente, a un tipo en particular. Pero nunca pudimos relacionar los hechos, así que nadie se elevó a la categoría de sospechoso activo. Luego yo me retiré en el dos mil dos y el caso fue a parar a Archivos. Pasaron un par de años, las cosas no fueron como pensé que irían en la jubilación y volví al trabajo. Eso fue el año pasado.
Bosch no consideró necesario decirle a O’Shea que había copiado el expediente del caso Gesto y se lo había llevado, junto con otros casos abiertos, cuando entregó la placa y abandonó el Departamento de Policía de Los Ángeles en 2002. Copiar los expedientes había sido una infracción de las normas departamentales y cuanta menos gente lo supiera, mejor.
–Este último año he sacado el expediente Gesto cada vez que he tenido un rato para trabajarlo –continuó–. Pero no hay ADN ni huellas. Solo es trabajo de calle. He hablado otra vez con los implicados, con todo el mundo que he podido encontrar. Todavía hay un tipo del que siempre pensé que podría ser el asesino, pero nunca he conseguido nada. Hablé con él dos veces este año, presionándolo mucho.
–¿Y?
–Nada.
–¿Quién es?
–Se llama Anthony Garland. Dinero de Hancock Park. ¿Ha oído hablar de Thomas Rex Garland, el petrolero?
O’Shea asintió.
–Pues T. Rex, como lo conocen, es el padre de Anthony.
–¿Cuál es la conexión de Anthony con Gesto?
–Conexión puede que sea una palabra demasiado fuerte. El coche de Marie Gesto se encontró en un garaje de una plaza junto a un edificio de apartamentos de Hollywood. El apartamento correspondiente estaba vacío. Nuestra impresión en ese momento fue que no era coincidencia que el coche terminara allí. Pensamos que quien ocultó el coche sabía que el apartamento estaba vacante y que esconder allí el cadáver le daría cierto tiempo.
–Bien. ¿Anthony Garland conocía el garaje o conocía a Marie?
–Conocía el garaje. Su exnovia había vivido en el apartamento. Ella había roto con Garland y se había trasladado a Texas. Así que Garland conocía el apartamento y sabía que el garaje estaba vacío.
–Eso es muy débil. ¿Es lo único que tiene?
–Casi. Nosotros también pensamos que era débil, pero luego sacamos la foto de Tráfico de la exnovia y resultó que ella y Marie se parecían mucho. Empezamos a pensar que quizá Marie había sido una especie de víctima sustituta. No podía abordar a su exnovia porque se había ido, así que abordó a Marie.
–¿Fueron a Texas?
–Dos veces. Hablamos con la ex y ella nos dijo que el principal motivo de su ruptura con Anthony fue su temperamento.
–¿Fue violento con ella?
–Declaró que no. Dijo que lo dejó antes de que llegara a ese punto.
O’Shea se inclinó.
–Así pues, ¿Anthony Garland conocía a Marie? –preguntó.
–No lo sabemos. No estamos seguros. Hasta que su padre le mandó a su abogado y él dejó de hablar con nosotros, negó haberla conocido.
–¿Cuándo fue eso? El abogado, me refiero.
–Entonces y ahora. Yo volví a verlo un par de veces este año. Lo presioné y él recurrió otra vez al abogado. Otros abogados esta vez. Consiguieron una orden de alejamiento contra mí. Convencieron a un juez para que me ordenara permanecer alejado de Anthony a no ser que tuviera a un abogado a su lado. Mi suposición es que convencieron al juez con dinero. Es la forma de hacer de T. Rex Garland.
O’Shea se echó atrás en la silla, asintiendo reflexivamente.
–¿Este Anthony Garland tiene algún tipo de historial delictivo antes o después de Gesto?
–No, no tiene historial delictivo. No ha sido un miembro muy productivo de la sociedad, vive de lo que le da el padre, por lo que sé. Se ocupa de la seguridad en varias empresas de su padre. Pero nunca ha habido nada delictivo que yo haya podido encontrar.
–¿No sería lógico que alguien que ha raptado y matado a una mujer joven tuviera otra actividad delictiva en su historial? Normalmente estas cosas no son aberraciones, ¿no?
–Si se basa en los porcentajes, sí. Pero siempre hay excepciones a la regla. Además, está el dinero del papá. El dinero suaviza muchas cosas, hace que muchas cosas desaparezcan.
O’Shea asintió de nuevo, como si estuviera oyendo por primera vez cosas sobre crímenes y asesinos. Era una mala actuación.
–¿Cuál iba a ser su próximo movimiento? –preguntó.
Bosch negó con la cabeza.
–No lo había pensado. Envié el expediente a Archivos y ya está. Luego, hace un par de semanas, bajé y lo retiré de nuevo. No sé lo que iba a hacer. Quizá hablar con algunos de los amigos más recientes de Garland y ver si mencionó alguna vez a Marie Gesto o alguna cosa sobre ella. Lo único que sabía seguro era que no iba a rendirme.
O’Shea se aclaró la garganta y Bosch supo que iba a ocuparse del motivo por el que los habían llamado.
–¿El nombre Ray o Raynard Waits apareció alguna vez en todos estos años investigando la desaparición de Gesto?
Bosch lo miró un momento y sintió un nudo en el estómago.
–No. ¿Debería haber aparecido?
O’Shea sacó una de las carpetas del archivo de acordeón y la abrió en la mesa. Levantó un documento que parecía una carta.
–Como he dicho, hemos hecho público que vamos a por la pena de muerte en el caso Waits –dijo–. Después del preliminar, creo que se dio cuenta de que la condena está cantada. Tiene una apelación por la causa probable de la detención de tráfico, pero no llegará a ninguna parte y su abogado lo sabe. Una defensa por demencia tampoco tiene la más mínima posibilidad. Este tipo es el más calculador y organizado de los asesinos que he acusado. Así que la semana pasada respondieron con esto. Antes de que se lo muestre, he de saber que comprende que es una carta de un abogado. Es un compromiso legal. No importa lo que ocurra, tanto si seguimos adelante con esto como si no, la información contenida en esta carta es confidencial. Si decidimos rechazar esta oferta, no puede surgir ninguna investigación a partir de la información de esta carta. ¿Lo entiende?
Rider asintió con la cabeza. Bosch no.
–¿Detective Bosch? –lo instó O’Shea.
–Entonces quizá no debería verla –dijo Bosch–. Quizá no debería estar aquí.
–Usted era el que no iba a darle el expediente a Freddy. Si el caso significa tanto para usted, entonces creo que debería estar aquí.
Bosch asintió.
–De acuerdo –dijo.
O’Shea deslizó el papel por la mesa y Bosch y Rider se inclinaron para leerlo al mismo tiempo. Bosch sacó las gafas y se las puso.
12 de septiembre de 2006
Richard O’Shea, ayudante del fiscal del distrito
Oficina del fiscal del distrito del condado de Los Ángeles
Despacho 16-11
210 West Temple Street
Los Ángeles, CA 90012-3210
Re: California vs. Raynard Waits
Estimado señor O’Shea:
Esta carta pretende abrir discusiones relativas a una disposición sobre el caso arriba referenciado. Todas las afirmaciones realizadas en adelante en relación con estas discusiones se hacen en el bien sabido de que son inadmisibles según la ley de pruebas de California, párr. 1153, Código Penal de California, párr. 1192.4, y Estado vs. Tanner, 45 Cal. App. 3d 345m 350, 119 Cal. Rptr. 407 (1975).
Les notifico que el señor Waits estaría dispuesto, en los términos y condiciones abajo señalados, a compartir con ustedes y con investigadores de su elección información relacionada con nueve asesinatos, excluidos los dos del caso arriba referenciado, así como a declararse culpable de los cargos en el caso referenciado a cambio de un compromiso del estado de no solicitar la pena de muerte en los actuales cargos de asesinato y de no presentar cargos en relación con los homicidios sobre los que proporcionaría información.
Asimismo, a cambio de la cooperación del señor Waits y de la información que aportaría, deben aceptar que ninguna declaración del señor Waits ni cualquier información derivada de ellas será usada contra él en ningún caso penal; ninguna información proporcionada conducente a este acuerdo puede divulgarse a ningún otro cuerpo de seguridad estatal o federal, a no ser y hasta que dichas agencias, a través de sus representantes, accedan a considerarse constreñidos por los términos y condiciones de este acuerdo; ninguna declaración o información proporcionada por el señor Waits durante cualquier compromiso legal confidencial podría ser usada contra él en el caso de referencia de la fiscalía; ni puede hacerse un uso derivativo o seguimiento de cualquier pista de investigación sugerida por cualquier declaración hecha o información proporcionada por el acusado.
En el supuesto de que el caso arriba referenciado fuera a juicio, si el señor Waits ofreciera testimonio sensiblemente diferente de cualquier declaración realizada o de otra información proporcionada en cualquier compromiso legal o discusión, entonces la fiscalía podría, por supuesto, acusarlo en relación con tales declaraciones anteriores o información contradictoria.
Considero que las familias de ocho jóvenes mujeres y de un varón hallarán algún tipo de cierre al conocer lo que se desvele en relación con sus seres queridos y, en ocho de estas instancias, podrán llevar a cabo una ceremonia religiosa apropiada y sepultura después de que el señor Waits guíe a sus investigadores a los lugares en los que ahora descansan esas víctimas. Además, estas familias hallarán, quizá, algún consuelo al saber que el señor Waits está cumpliendo una sentencia de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
El señor Waits ofrece proporcionar información relacionada con nueve asesinatos conocidos y desconocidos cometidos entre 1992 y 2003. Como oferta inicial de credibilidad y buena fe, sugiere que los investigadores revisen la investigación de la muerte de Daniel Fitzpatrick, de 63 años, que fue quemado vivo en su casa de empeños de Hollywood Boulevard el 30 de abril de 1992. Los informes de la investigación revelarán que el señor Fitzpatrick estaba armado y se encontraba detrás de la persiana de seguridad situada en la puerta de su tienda cuando un asaltante le prendió fuego usando combustible para mechero y un encendedor de butano. La lata de combustible para mechero EasyLight se abandonó allí, de pie, delante de la persiana de seguridad. Esta información nunca se hizo pública.
Asimismo, el señor Waits sugiere que se revisen los archivos de la investigación policial relacionada con la desaparición en 1993 de Marie Gesto como muestra adicional de su colaboración y buena fe. Los registros revelarán que, aunque el paradero de la señorita Gesto nunca se determinó, su coche fue localizado por la policía en el garaje de un complejo de apartamentos de Hollywood conocido como High Tower. El coche contenía la ropa y la equipación ecuestre de Gesto, además de una bolsa de comida con una bolsa de medio kilo de zanahorias. La señora Gesto pretendía usar las zanahorias para alimentar a los caballos que ella cepillaba a cambio del derecho a montar en los establos de Sunset Ranch, en Beachwood Canyon. Una vez más, esta información nunca se hizo pública.
Considero que, si puede alcanzarse un acuerdo de disposición, este se encuadraría en las excepciones a la prohibición del estado de California de los acuerdos con el fiscal en delitos graves, puesto que, sin la cooperación del señor Waits, no hay suficientes pruebas ni testigos materiales para probar la tesis del estado en relación con estos nueve asesinatos. Además, la indulgencia del estado en relación con la pena de muerte es discrecional y no representa un cambio sustancial en la sentencia (Código Penal de California, párr. 1192.7a).
Ruego contacte conmigo lo antes que le sea posible si lo precedente es aceptable.
Atentamente,
Maurice Swann, abogado público
101 Broadway
Suite 2
Los Ángeles, CA 90013
Bosch se dio cuenta de que había leído casi toda la carta sin respirar. Ahora tragó un poco de aire, pero no alivió la tensión que se le estaba acumulando en el pecho.
–No va a aceptar esto, ¿verdad? –preguntó.
O’Shea le sostuvo la mirada un momento antes de responder.
–De hecho, estoy negociando con Swann ahora mismo. Este fue el compromiso inicial. He mejorado sustancialmente la parte del estado desde que llegó.
–¿De qué forma?
–Tendrá que declararse culpable de todos los casos. Tendrá once condenas de asesinato.
«Y usted conseguirá más titulares para la elección», pensó Bosch, aunque no lo dijo.
–¿Pero aun así se va? –preguntó.
–No, detective, no se va. Nunca más verá la luz del día. ¿Ha estado alguna vez en Pelican Bay, el lugar al que envían a los condenados por crímenes sexuales? De lugar bonito solo tiene el nombre.
–Pero no hay pena de muerte. Le concede eso.
Olivas hizo una mueca como si Bosch no viera la luz.
–Sí, eso es lo que le concedemos –dijo O’Shea–. Es lo único que le concedemos. No hay pena de muerte, pero desaparece para siempre.
Bosch negó con la cabeza, miró a Rider y luego otra vez a O’Shea. No dijo nada porque sabía que la decisión no estaba en sus manos.
–Pero, antes de acceder a ese trato –dijo O’Shea–, hemos de asegurarnos de que es culpable de esos nueve. Waits no es bobo. Esto podría ser un truco para evitar la inyección letal o ser la verdad. Quiero que ustedes dos colaboren con Freddy en descubrir de qué se trata. Haré las llamadas y los dejaré libres. Ese será su cometido.
Ni Bosch ni Rider respondieron. O’Shea insistió.
–Es obvio que conoce cosas sobre los dos casos cebo citados en la carta. Freddy confirmó lo de Fitzpatrick. Lo mataron durante los disturbios después de que se conociera el veredicto de Rodney King, lo quemaron vivo detrás de la persiana de su casa de empeños. Iba fuertemente armado en ese momento y no está claro cómo el asesino logró acercarse tanto para prenderle fuego. La lata de EasyLight se encontró tal y como dijo Waits, de pie delante de la persiana de seguridad.
»La mención del caso Gesto no pudimos confirmarla porque no teníamos el archivo, detective Bosch. Ya ha confirmado la parte del garaje. ¿Tenía razón en cuanto a la ropa y las zanahorias?
Bosch asintió a regañadientes.
–El coche era información pública –dijo–. Los medios estaban en todas partes. Pero la bolsa de zanahorias era nuestro as en la manga. No lo sabía nadie excepto yo, mi compañero de entonces y el técnico de pruebas que abrió la bolsa. No lo hicimos público porque al final creímos que era el sitio donde ella se había cruzado en su camino. Las zanahorias eran de un supermercado Mayfair de Franklin, al pie de Beachwood Canyon. Resultó que la víctima tenía la costumbre de parar allí antes de subir a los establos. El día que desapareció, Gesto siguió su rutina. Salió con las zanahorias y posiblemente con el asesino tras ella. Encontramos testigos que la situaban en la tienda. Nada más, después de eso. Hasta que encontramos el coche.
O’Shea asintió. Señaló la carta, que todavía estaba en el escritorio, delante de Bosch y Rider.
–Entonces esto pinta bien.
–No, no pinta bien –dijo Bosch–. No haga esto.
–¿No haga qué?
–No haga el trato.
–¿Por qué no?
–Porque si es quien raptó a Marie Gesto y la mató, y mató a esas otras ocho personas, quizá incluso las despedazó como a los dos cuerpos con los que lo pillaron, entonces no debería permitírsele vivir ni siquiera en una celda. Deberían atarlo, clavarle la aguja y enviarlo al agujero al que pertenece.
O’Shea asintió con la cabeza como si fuera una consideración válida.
–¿Y esos casos abiertos? –contratacó–. Mire, no me gusta la idea de este tipo viviendo su vida en una celda privada de Pelican Bay más de lo que le gusta a usted. Pero tenemos la responsabilidad de resolver esos casos y proporcionar una respuesta a las familias de esa gente. Además, ha de recordar que hemos anunciado que buscamos la pena de muerte. Eso no significa que sea algo automático. Hemos de ir a juicio y ganar y luego hemos de repetirlo todo para convencer al jurado de que recomiende la pena capital. Estoy seguro de que sabe que hay un buen número de cosas que pueden torcerse. Solo hace falta un miembro del jurado para perder un caso. Y solo hace falta uno para detener la pena de muerte. En última instancia, solo hace falta un juez débil que no haga caso de la recomendación del jurado.
Bosch no respondió. Sabía cómo funcionaba el sistema, que podía manipularse y que nada era seguro. Aun así, le molestaba. También sabía que una sentencia de cadena perpetua no siempre significaba una cadena perpetua. Todos los años, personas como Charles Manson y Sirhan Sirhan tenían su oportunidad. Nada dura para siempre, ni siquiera una cadena perpetua.
–Además, está el factor coste –continuó O’Shea–. Waits no tiene dinero, pero Maury Swann aceptó el caso por el valor publicitario. Si llevamos esto a juicio, él estará preparado para la batalla. Maury es un abogado excelente. Hemos de esperar encontrarnos con expertos que rebatan a los nuestros, análisis científicos que rebatan los nuestros; el juicio durará meses y le costará una fortuna al condado. Sé que no quiere oír que el dinero hay que tenerlo en cuenta, pero esa es la realidad. Ya tengo a la oficina de control presupuestario encima con este caso. Este compromiso podría ser la mejor forma de asegurarnos de que este hombre no haga daño a nadie más en el futuro.
–¿La mejor manera? –preguntó Bosch–. No la correcta, si me lo pregunta.
O’Shea cogió una pluma y tamborileó ligeramente en la mesa antes de responder.
–Detective Bosch, ¿por qué ha sacado tantas veces el expediente Gesto?
Bosch sintió que Rider se volvía a mirarlo. Ella le había preguntado lo mismo en más de una ocasión.
–Se lo he dicho. Lo saqué porque había sido un caso mío. Me molestaba que nunca culpáramos a nadie por eso.
–En otras palabras, le ha atormentado.
Bosch asintió de manera vacilante.
–¿La víctima tenía familia?
Bosch asintió otra vez.
–Tenía a sus padres en Bakersfield. Tenían un montón de sueños para ella.
–Piense en ellos. Y piense en las familias de los otros. No podemos decirles que fue Waits hasta que lo sepamos seguro. Supongo que querrán saber y que estarán dispuestos a cambiar eso por la vida del asesino. Es mejor que se declare culpable de todos ellos a que lo tengamos solo por dos.
Bosch no dijo nada. Había dejado constancia de su protesta. Sabía que había llegado el momento de ponerse a trabajar. Rider estaba en la misma onda.
–¿De cuánto tiempo disponemos? –preguntó ella.
–Quiero trabajar deprisa –dijo O’Shea–. Si esto es verdad, quiero aclararlo y terminar.
–Hay que presentarlo antes de las elecciones, ¿no? –dijo Bosch.
Lo lamentó de inmediato. Los labios de O’Shea formaron una línea apretada. La sangre pareció acumulársele bajo la piel y en torno a los ojos.
–Detective –dijo–, le concederé eso. Me presento a las elecciones y solucionar once asesinatos podría ser útil para mi causa. Pero no insinúe que las elecciones son lo único que me importa aquí. Cada noche que esos padres que tenían sueños para su hija se van a dormir sin saber dónde está ella o qué le ocurrió es una noche de terrible dolor por lo que a mí respecta. Incluso trece años después. Así que quiero avanzar deprisa y con seguridad y puede guardarse para usted sus especulaciones sobre cualquier otra cosa.
–Bien –dijo Bosch–. ¿Cuándo hablamos con este tipo?
O’Shea miró a Olivas y luego otra vez a Bosch.
–Bueno, creo que primero deberíamos hacer un intercambio de expedientes. Ustedes han de coger velocidad con Waits y a mí me gustaría que Freddy se familiarizara con el expediente Gesto. Hecho esto, prepararemos algo con Maury Swann. ¿Qué le parece mañana?
–Mañana está bien –dijo Bosch–. ¿Swann estará durante el interrogatorio?
O’Shea dijo que sí con la cabeza.
–Maury va a llevar este caso de principio a fin. Aprovechará todos los ángulos, probablemente terminará con un contrato para un libro y una película antes de que acabe. Quizá incluso un puesto de comentarista en Court TV.
–Sí, bueno –dijo Bosch–, al menos entonces no estará en el tribunal.
–No me lo había planteado de esa manera –dijo O’Shea–. ¿Ha traído el expediente del caso Gesto?
Bosch abrió el maletín sobre su regazo y sacó el expediente de la investigación, que estaba en una carpeta azul de ocho centímetros de grosor. Se lo pasó a O’Shea, que a su vez se lo entregó a Olivas.
–Y yo le daré esto a cambio –dijo O’Shea.
Guardó la carpeta en el archivador de acordeón y le pasó este por encima de la mesa.
–Disfruten de la lectura –dijo–. ¿Están seguros de mañana?
Bosch miró a Rider para ver si ella tenía alguna objeción. Disponían de un día más antes de entregar el pliego de cargos de Matarese a la fiscalía. Pero el trabajo estaba casi acabado y sabía que Rider podría ocuparse del resto. Al ver que Rider no decía nada, Bosch miró a O’Shea.
–Estaremos listos –dijo.
–Entonces llamaré a Maury y lo prepararé.
–¿Dónde está Waits?
–Aquí mismo, en el edificio –dijo O’Shea–. Lo tenemos en alta seguridad y en celda de aislamiento.
–Bien –dijo Rider.
–¿Y los otros siete? –preguntó Bosch.
–¿Qué pasa con ellos?
–¿No hay expedientes?
–El compromiso legal, así como Maury Swann, indica que fueron mujeres que nunca se encontraron y cuya desaparición probablemente nunca se denunció –dijo O’Shea–. Waits está dispuesto a conducirnos a ellas, pero no hay trabajo previo que podamos hacer por ellas.
Bosch asintió.
–¿Alguna cuestión más? –preguntó O’Shea, señalando que la reunión había terminado.
–Se lo haremos saber –dijo Bosch.
–Ya sé que me estoy repitiendo, pero siento la necesidad de hacerlo –dijo O’Shea–. Toda esta investigación es confidencial. Ese expediente es un compromiso que forma parte de una negociación de acuerdo. Nada de ese archivo ni nada que les diga podrá usarse jamás en un caso contra él. Si esto se va a pique, no podrán usar la información para perseguirlo. ¿Se entiende con claridad?
Bosch no respondió.
–Está claro –dijo Rider.
–Hay una excepción que he negociado –continuó O’Shea–. Si miente, si pueden cogerlo en algún momento en una mentira o si cualquier información que les dé durante este proceso se demuestra falsa, se rompe la baraja y podemos ir tras él por todo. Él también es plenamente consciente de eso.
Bosch asintió. Se levantó. Rider también lo hizo.
–¿Necesitan que llame a alguien para que los libere a los dos? –preguntó O’Shea–. Puedo hacerlo si hace falta.
Rider negó con la cabeza.
–No lo creo –dijo–. Harry ya estaba trabajando el caso Gesto. Las siete mujeres pueden ser víctimas desconocidas, pero en Archivos tiene que haber un expediente sobre el hombre de la casa de empeños. Todo ello implica a Casos Abiertos. Podemos manejarlo con nuestro supervisor.
–Vale, pues. En cuanto tenga la entrevista preparada, los llamaré. Entretanto, todos mis números están en el expediente. Los de Freddy también.
Bosch saludó a O’Shea con la cabeza y dedicó una mirada a Olivas antes de volverse hacia la puerta.
–¿Detectives? –dijo O’Shea.
Bosch y Rider se volvieron hacia él. Ahora estaba de pie. Quería estrecharles la mano.
–Espero que estén de mi lado en esto –dijo O’Shea.
Bosch le estrechó la mano sin estar seguro de si O’Shea se estaba refiriendo al caso o a las elecciones.
Dijo:
–Si Waits puede ayudarme a llevar a Marie Gesto con sus padres, entonces estoy de su lado.
No era un resumen preciso de sus sentimientos, pero le sirvió para salir del despacho.
De nuevo en Casos Abiertos, se sentaron en el despacho de su supervisor y lo pusieron al corriente de los acontecimientos del día. A Abel Pratt le quedaban cuatro semanas para jubilarse después de veinticinco años de trabajo. Les prestó atención, pero no demasiada. En un lado de su mesa había una pila de guías de viaje Fodor de islas del Caribe. Su plan era entregar la placa, marcharse de la ciudad y buscar una isla donde vivir con su familia. Era un sueño de jubilación común a muchos agentes de las fuerzas del orden: dejar atrás toda la oscuridad de la que habían sido testigos durante tanto tiempo en el trabajo. La realidad, no obstante, era que, después de seis meses en la playa, la isla se volvía muy aburrida.
Un detective de grado tres de Robos y Homicidios llamado David Lambkin iba a ser el jefe de la brigada tras la marcha de Pratt. Era un experto en crímenes sexuales reconocido en todo el país y lo habían elegido para el trabajo porque muchos de los casos antiguos que estaban investigando en la unidad tenían un móvil sexual. Bosch tenía ganas de trabajar con Lambkin y habría preferido departir con él en lugar de con Pratt, pero las fechas eran las que eran.
Trabajaban con quien les tocaba, y una de las cosas positivas de Pratt era que iba a darles rienda suelta hasta que se marchara. Simplemente, no quería ninguna onda expansiva, nada que le explotara en la cara. Quería que su último mes en el trabajo fuera tranquilo y sin sobresaltos.
Como la mayoría de los polis con veinticinco años en el departamento, Pratt era un vestigio del pasado. Era de la vieja escuela. Prefería trabajar con máquina de escribir que con ordenador. Enrollada hasta la mitad en una IBM Selectric que tenía junto al escritorio, había una carta que Pratt estaba redactando cuando llegaron Bosch y Rider. Bosch había echado un vistazo al sentarse y vio que iba dirigida a un casino de las Bahamas. Pratt estaba intentando conseguir un empleo de seguridad en el paraíso y eso lo decía todo respecto a dónde tenía la cabeza esos días.
Después de escuchar el informe, Pratt dio su aprobación para que trabajaran con O’Shea y solo se animó cuando emitió una advertencia sobre el abogado de Raynard Waits, Maury Swann.
–Dejad que os hable de Maury –dijo Pratt–. Hagáis lo que hagáis cuando os reunáis con él, no le deis la mano.
–¿Por qué no? –preguntó Rider.
–Una vez tuve un caso con él. Fue hace mucho. Era un pandillero en un 187. Cada día, cuando empezaba la vista, Maury hacía ostentación de estrecharnos la mano a mí y al fiscal. Probablemente habría estrechado también la del juez si hubiera tenido ocasión.
–¿Y?
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