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La obra que elevó el thriller legal a nuevas alturas: un clásico contemporáneo inolvidable. EDICIÓN 20 ANIVERSARIO REVISADA DE EL INOCENTE Mickey Haller ha pasado toda su carrera profesional temiendo una sola cosa: no reconocer la inocencia si la tiene delante. Haller es un abogado defensor que trabaja desde el asiento trasero de su coche, un Lincoln, y que se mueve de un tribunal de Los Ángeles a otro para defender a clientes de todo tipo: motociclistas, estafadores, conductores ebrios, traficantes de drogas... todos están en la lista de clientes de Mickey Haller. Para él, la ley rara vez trata sobre la culpabilidad o la inocencia: se trata de negociación y manipulación. A veces, incluso se trata de justicia. Cuando un playboy de Beverly Hills es arrestado por atacar a una mujer que conoció en un bar y elige a Haller para que lo defienda, Mickey consigue su primer cliente bien remunerado en años. Es el sueño de todo abogado defensor. Y a medida que se acumulan las pruebas, Haller llega a creer que este podría ser el caso más sencillo de su carrera. Pero entonces, alguien cercano a él es asesinado, y Haller descubre que su búsqueda de la inocencia lo ha llevado cara a cara con el mal personificado. Para salvar su propia vida, deberá usar cada táctica, estrategia y recurso a su alcance.
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Seitenzahl: 619
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Para Daniel F. Daly y Roger O. Mills
«Ningún cliente asusta másque un hombre inocente ».
J. Michael Haller, abogado penalLos Ángeles, 1962
Lunes, 7 de marzo
El aire matinal procedente del Mojave a finales del invierno es el más limpio y vigorizante que se puede respirar en el condado de Los Ángeles. Trae consigo el gusto de la promesa. Cuando el viento empieza a soplar desde el desierto, me gusta dejar una ventana abierta en mi despacho. Algunas personas conocen esa costumbre mía, personas como Fernando Valenzuela. El fiador judicial, no el famoso pitcher de béisbol. Me llamó cuando estaba llegando a Lancaster para asistir a una comparecencia de calendario a las nueve de la mañana. Debió de oír el silbido del viento a través del teléfono.
—Mick —dijo—, ¿estás en el norte esta mañana?
—Por ahora sí —dije, al tiempo que subía la ventanilla para oírle mejor—. ¿Tienes algo?
—Sí, tengo algo. Creo que es un filón. Pero su primera comparecencia es a las once. ¿Podrás volver a tiempo?
Valenzuela tiene una oficina en Van Nuys Boulevard, a una manzana del edificio municipal que alberga dos juzgados y la prisión de Van Nuys. Llama a su negocio Liberty Bail Bonds. Su número de móvil, en neón rojo en el tejado de su establecimiento, puede verse desde el pabellón de máxima seguridad de la tercera planta de la prisión. Y está grabado en la pintura de la pared, junto a los teléfonos de pago de cada pabellón de la cárcel.
Podría decirse que su nombre también está grabado, y de manera permanente, en mi lista de Navidad. Al final del año, regalo una lata de frutos secos salados a todos los que figuran en ella. Surtido navideño. Cada lata lleva una cinta y un lazo. Pero no contiene frutos secos, sino dinero en efectivo. Tengo un montón de fiadores judiciales en mi lista navideña. Como surtido navideño directamente del táper hasta bien entrada la primavera. Desde mi último divorcio, a veces es lo único que tengo para cenar.
Antes de responder a la pregunta de Valenzuela, pensé en la comparecencia de calendario a la que me dirigía. Mi cliente se llamaba Harold Casey. Si la lista de causas seguía un orden alfabético, llegaría sin problema a una vista a las once en Van Nuys. Sin embargo, el juez Orton Powell estaba en su último periodo en la judicatura. Iba a retirarse. Eso significaba que ya no se enfrentaba a las presiones propias de la reelección como los que dependían de campañas privadas. Para demostrar su libertad —y posiblemente también como forma de vengarse de quienes lo habían mantenido políticamente cautivo durante doce años—, le gustaba complicar las cosas en su tribunal. A veces, el orden era alfabético; otras, alfabético inverso; en ocasiones, por fecha de entrada. Nunca sabías cuál sería el orden hasta que llegabas allí. No era nada raro que los abogados esperaran con impaciencia durante más de una hora en la sala de Powell. Al juez, eso le complacía.
—Creo que podré llegar a las once —dije sin estar seguro—. ¿Cuál es el caso?
—El tipo ha de estar forrado. Domicilio en Beverly Hills, el abogado de la familia presentándose de entrada… Cosa seria, Mick. Le pidieron medio kilo y el abogado de su madre se ha presentado aquí hoy dispuesto a firmar cediendo propiedades en Malibú como garantía. Ni siquiera pidió antes que rebajaran la fianza. Parece que no están muy preocupados por que se fugue.
—¿De qué lo acusan? —pregunté.
No alteré mi tono de voz. El olor de dinero en el agua suele atraer a las pirañas, pero me había ocupado de Valenzuela las suficientes Navidades para saber que lo tenía en exclusiva. Podía actuar con tranquilidad.
—Los polis lo acusan de agresión con agravante, LCG e intento de violación, para empezar —respondió el fiador—. La fiscalía todavía no ha presentado cargos, que yo sepa.
La policía normalmente exageraba los cargos. Lo que importaba era lo que los fiscales, en última instancia, llevaban a juicio. Siempre digo que los casos entran como un león y salen como un cordero. Una acusación que se incoaba como intento de violación, agresión con agravante y lesiones corporales graves podía terminar como un simple caso de lesiones. No me habría sorprendido, y no habría sido ningún filón. Aun así, si podía acceder al cliente y establecer mis honorarios en función de los cargos anunciados, saldría bien parado cuando el fiscal finalmente los rebajara.
—¿Conoces los detalles? —pregunté.
—Presentaron los cargos anoche. Suena como una cita en un bar que acabó mal. El abogado de la familia dice que la mujer pretende sacar dinero. Lo clásico, la demanda civil que seguirá al caso penal. Pero no estoy seguro. Por lo que he oído, le han dado una buena paliza.
—¿Cómo se llama el abogado de la familia?
—Espera un segundo. Tengo su tarjeta por aquí.
Miré por la ventanilla mientras esperaba que Valenzuela encontrara la tarjeta de visita. Estaba a dos minutos del tribunal de Lancaster y a doce de mi comparecencia. Necesitaba al menos tres de esos minutos para hablar con mi cliente y darle la mala noticia.
—Vale, aquí está —dijo Valenzuela—. El nombre del tipo es Cecil C. Dobbs, Esquire. De Century City. ¿Ves? Te lo he dicho. Pasta.
Valenzuela tenía razón, pero no era la dirección del abogado lo que me hablaba a gritos de dinero, sino su nombre. Conocía la reputación de C. C. Dobbs y suponía que en toda su lista de clientes no habría más de uno o dos cuyo domicilio no estuviera en Bel-Air o en Holmby Hills. Sus clientes eran de los lugares donde las estrellas parecen bajar por las noches para tocar a los ungidos.
—Dame el nombre del cliente —dije.
—Louis Ross Roulet.
Lo deletreó y lo anoté en un bloc.
—¿Llegarás a tiempo, Mick? —preguntó Valenzuela.
Antes de responder, anoté el nombre de C. C. Dobbs en el bloc. Luego respondí a Valenzuela con otra pregunta.
—¿Por qué yo? —dije—. ¿Preguntaron por mí? ¿O lo sugeriste tú?
Tenía que ir con cuidado con esa cuestión. Daba por sentado que Dobbs era la clase de profesional que acudiría al Colegio de Abogados de California en un suspiro si se encontraba con un abogado defensor penal que pagaba a fiadores por derivaciones de clientes. De hecho, empecé a preguntarme si todo el asunto no podía ser una operación de la judicatura en la que Valenzuela no había reparado. Yo no era uno de los hijos predilectos de la judicatura. Habían venido a por mí antes. En más de una ocasión.
—Le pregunté a Roulet si tenía abogado defensor penal, y me contestó que no. Le hablé de ti. No lo forcé. Solo le dije que eras bueno. Promoción discreta, ya ves.
—¿Eso fue antes o después de que apareciera Dobbs?
—No, antes. Roulet me llamó esta mañana desde la prisión. Lo tenían en máxima seguridad y supongo que vio mi letrero. Dobbs apareció después. Le dije que estabas en el caso, le expliqué quién eras, y le pareció bien. Estará allí a las once. Verás cómo es.
No dije nada durante un buen rato. Me preguntaba hasta qué punto Valenzuela estaba siendo sincero conmigo. Un tipo como Dobbs tenía que contar con su propio abogado. Por más que no fuera su punto fuerte, tenía que disponer de un especialista en derecho penal en el bufete, o al menos en la recámara. Sin embargo, lo que explicaba Valenzuela parecía contradecirlo. Roulet acudió a él con las manos vacías. Eso me decía que en el caso había muchas cosas que no conocía.
—Eh, Mick, ¿estás ahí? —insistió Valenzuela.
Tomé una decisión, una decisión que a la larga me conduciría otra vez a Jesús Menéndez y que en cierto modo lamentaría durante muchos años. Pero en el momento en que la tomé, no era más que una decisión producto de la necesidad y la rutina.
—Allí estaré —dije al teléfono—. Te veo a las once.
Estaba a punto de colgar cuando oí otra vez la voz de Valenzuela.
—Y te acordarás de mí, ¿verdad, Mick? O sea, bueno, si de verdad es un filón.
Era la primera vez que Valenzuela buscaba que le asegurara que iba a retribuirle. Su petición incidió en mi paranoia y cuidadosamente construí una respuesta que lo satisficiera a él y a la judicatura, si estaban escuchando.
—No te preocupes, Val. Estás en mi lista de Navidad.
Colgué el teléfono antes de que él pudiera decir nada más y le pedí a mi chófer que me dejara en la entrada de empleados del tribunal. La cola ante el detector de metales era más corta, y, por lo general, a los vigilantes de seguridad no les importaba que los abogados —los habituales— se colaran para llegar a tiempo a un juicio.
Al pensar en Louis Ross Roulet y en el caso, y la posible fortuna y los riesgos que me esperaban, volví a bajar la ventanilla para poder disfrutar del último minuto de aire fresco y limpio de la mañana. Todavía traía el gusto de una promesa.
Cuando llegué, el tribunal del Departamento 2A estaba atestado de letrados, tanto de la defensa como de la acusación, negociando y charlando entre ellos. Supe que la sesión iba a empezar con puntualidad porque vi al alguacil sentado ante su mesa. Eso significaba que el juez estaba a punto de ocupar su lugar.
En el condado de Los Ángeles, los alguaciles son de hecho ayudantes jurados del sheriff que están asignados a la división de la cárcel. Me acerqué al alguacil. Su mesa era la más próxima a la zona del público, de manera que los ciudadanos podían acercarse a hacer preguntas sin necesidad de profanar el recinto asignado a los letrados, acusados y personal del tribunal. Vi la agenda en la tablilla que tenía delante. Leí el nombre en su uniforme —R. Rodríguez— antes de hablar.
—Roberto, ¿tienes a mi hombre ahí? ¿Harold Casey?
El alguacil fue bajando el dedo por la lista, pero se detuvo enseguida. Eso significaba que tenía suerte.
—Sí, Casey. Es el segundo.
—Hoy vamos por orden alfabético, bien. ¿Tengo tiempo de pasar a verlo?
—No, ya está pasando el primer grupo. Acabo de avisar. El juez está saliendo. Dentro de dos minutos verá a su cliente en el corral.
—Gracias.
Empecé a caminar hacia la portezuela cuando el alguacil me llamó.
—Y es Reynaldo, no Roberto.
—Claro, es verdad. Lo siento, Reynaldo.
—Todos los alguaciles nos parecemos, ¿no?
No supe si pretendía hacer una broma o se trataba simplemente de una pulla. No respondí. Me limité a sonreír y abrí la portezuela. Saludé con la cabeza a un par de abogados que no conocía y a otros dos que sí. Uno me detuvo para preguntarme cuánto tiempo calculaba que iba a estar ante el juez, porque quería calibrar cuándo regresar para la comparecencia de su propio cliente. Le dije que sería rápido.
En una comparecencia de calendario, los acusados son llevados a la sala del tribunal en grupos de cuatro y puestos en un recinto cerrado de madera y cristal conocido como corral. Este permite que los acusados hablen con sus abogados en los momentos previos al inicio del proceso, cualquiera que sea.
Me coloqué al lado del corral justo en el momento en que, después de que un ayudante del sheriff abriera la puerta del calabozo interior, desfilaran los cuatro primeros acusados de la lista de casos. El último en entrar en el corral fue Harold Casey, mi cliente. Ocupé una posición cercana a la pared lateral para gozar de intimidad, al menos por un lado, y le hice una seña para que se acercara.
Casey era grande y alto, como solían reclutarlos en los Road Saints, la banda de moteros, o club, como sus miembros preferían que fuera conocido. Durante su estancia en la prisión de Lancaster, se había cortado el pelo y se había afeitado, siguiendo mis instrucciones, y tenía un aspecto razonablemente presentable, salvo por los tatuajes en ambos brazos, que también asomaban por encima del cuello de la camisa. Se hace lo que se puede. No sé demasiado acerca del efecto de los tatuajes en un jurado, aunque sospecho que no es muy positivo, especialmente cuando se trata de calaveras sonrientes. Sé que a los miembros del jurado en general no les gustan demasiado las colas de caballo, ni en los acusados ni en los abogados que los representan.
Casey estaba acusado de cultivo, posesión y venta de marihuana, así como de otros cargos relacionados con drogas y armas. Los ayudantes del sheriff, al llevar a cabo un asalto antes del amanecer al rancho en el que vivía y trabajaba, encontraron un granero y un cobertizo prefabricado que habían sido convertidos en un invernadero. Se requisaron más de dos mil plantas ya maduras junto con veintiocho kilos de marihuana, cosechada y empaquetada en bolsas de plástico de pesos diversos. Además, se requisaron más de trescientos gramos de metanfetamina, que los empaquetadores espolvoreaban en la cosecha para darle un punto adicional, así como un pequeño arsenal de armas, muchas de las cuales, según posteriormente se determinó, eran robadas.
Todo indicaba que Casey lo tenía crudo. El estado lo había pillado bien. De hecho, lo encontraron dormido en un sofá en el granero, a metro y medio de la mesa de empaquetado. Por si eso fuera poco, había sido condenado dos veces por delitos de drogas y en ese momento continuaba en libertad condicional por el caso más reciente. En el estado de California, el tercer delito es la clave. Siendo realistas, Casey se enfrentaba a al menos una década en prisión, incluso con buen comportamiento.
Sin embargo, lo inusual en Casey era que se trataba de un acusado ansioso por enfrentarse al juicio e incluso a la posibilidad de una condena. Había decidido no declinar su derecho a un juicio rápido, y ahora, menos de tres meses después de su detención, esperaba con avidez que se celebrara la vista. Estaba ansioso porque sabía que su única esperanza radicaba en su apelación de esa condena probable. Gracias a su abogado, Casey atisbó un rayo de esperanza, esa lucecita titilante que solo un buen abogado puede aportar a un caso oscuro como ese. A partir de ese rayo de esperanza, nació una estrategia que en última instancia podría funcionar para liberar a Casey. La estrategia era osada y le costaría pasar un tiempo en prisión mientras esperaba la apelación, pero él sabía tan bien como yo que era la única oportunidad real con que contaba.
La fisura en el caso del estado no estaba en su suposición de que Casey era cultivador, empaquetador y vendedor de marihuana. La fiscalía acertaba plenamente en estas suposiciones y había pruebas más que suficientes de ello. Se encontraba en cómo el estado había obtenido esas pruebas donde el caso se tambaleaba sobre unos cimientos poco firmes. Mi trabajo consistía en sondear esa fisura en el juicio, explotarla, ponerla en el acta y luego convencer a un jurado de apelación de que se desestimaran las pruebas del caso, algo de lo que no había logrado convencer al juez Orton Powell durante la moción previa al juicio.
La semilla de la acusación de Harold Casey se plantó un martes de mediados de diciembre, cuando Casey entró en un Home Depot de Lancaster y llevó a cabo diversas compras cotidianas, entre ellas la de tres bombillas de la variedad que se utiliza en el cultivo hidropónico. Resultó que el hombre que tenía detrás en la cola de la caja era un ayudante del sheriff fuera de servicio que iba a comprar sus luces de Navidad. El agente reconoció algunos de los tatuajes en los brazos de Casey —sobre todo la calavera con un halo, que es el sello emblemático de los Road Saints— y sumó dos más dos. El agente fuera de servicio siguió la Harley de Casey hasta el rancho, que se hallaba en las inmediaciones de Pearblossom. Esta información fue transmitida a la brigada de narcóticos del sheriff, la cual preparó un helicóptero sin identificar para que sobrevolara el rancho con una cámara térmica. Las subsecuentes fotografías, que mostraban manchas de un color rojo intenso procedentes del calor del granero y el cobertizo prefabricado, junto con la declaración del ayudante del sheriff que vio a Casey adquirir bombillas hidropónicas, fueron presentadas al juez en un afidávit. A la mañana siguiente, los ayudantes del sheriff despertaron a Casey del sofá con una orden judicial firmada.
En una vista previa, argumenté que todas las pruebas contra Casey deberían ser excluidas porque la causa probable para el registro constituía una invasión del derecho de Casey a la intimidad. Utilizar adquisiciones comunes de un individuo en una ferretería como trampolín para llevar a cabo una posterior invasión de la intimidad a través de una vigilancia en la superficie y desde el aire mediante imágenes térmicas seguramente sería visto como una medida excesiva por los artífices de la Constitución.
El juez Powell rechazó mi argumento, y el caso iría a juicio, si no se llegaba a un pacto en el que el acusado reconocía su culpabilidad. Entretanto, apareció más información que reforzaría la apelación a la condena de Casey. El análisis de las fotografías tomadas cuando se sobrevoló la granja de Casey y las especificaciones focales de la cámara térmica utilizada por los ayudantes del sheriff indicaban que el helicóptero estaba volando a no más de treinta metros del suelo cuando se tomaron las fotografías. El Tribunal Supremo de Estados Unidos sostiene que un vuelo de observación de las fuerzas policiales sobre la propiedad de un sospechoso no viola el derecho individual a la intimidad siempre y cuando el aparato se halle en espacio aéreo público. Pedí a mi investigador, Raul Levin, que comprobara este límite con la Administración Federal de Aviación. El rancho de Casey no estaba localizado debajo de ninguna ruta a aeropuerto. El límite inferior del espacio aéreo público encima del rancho era de trescientos metros. Los ayudantes del sheriff habían invadido claramente la intimidad de Casey al recopilar la causa probable para asaltar el rancho.
Ahora mi labor consistía en llevar el caso a juicio y obtener el testimonio de los ayudantes y el piloto acerca de la altitud a la que sobrevolaron el rancho. Si me decían la verdad, los tenía. Si mentían, los tenía. No me complace la idea de avergonzar a las fuerzas policiales en un juicio público, pero mi esperanza era que mintieran. Si un jurado ve que un poli miente en el estrado de los testigos, el caso está terminado. No hace falta apelar a un veredicto de inocente. El estado no puede recurrir un veredicto de inocencia.
En cualquier caso, confiaba en el as que guardaba en la manga. Solo tenía que ir a juicio, y únicamente había una cosa que nos retenía. Eso era lo que necesitaba decirle a Casey antes de que el juez ocupara su lugar para la vista del caso.
Mi cliente se acercó a la esquina del corral y no me dijo ni hola. Yo tampoco. Él ya sabía lo que quería. Habíamos mantenido la misma conversación antes.
—Harold, esta es la comparecencia previa —dije—. Aquí es cuando le digo al juez si estamos listos para ir a juicio. Ya sé que la fiscalía está lista. Así que depende de nosotros.
—¿Y?
—Y hay un problema. La última vez que estuvimos aquí me dijiste que iba a recibir dinero. Pero aquí estamos, Harold, y sin dinero.
—No te preocupes, tengo tu dinero.
—Por eso estoy preocupado. Tú tienes mi dinero. Yo no tengo mi dinero.
—Está en camino. Hablé con mis chicos ayer. Está en camino.
—La última vez también dijiste eso. No trabajo gratis, Harold. El experto que estudió las fotos tampoco trabaja gratis. Tu depósito hace tiempo que se agotó. Quiero más dinero o vas a tener que buscarte un nuevo abogado. Un abogado de oficio.
—Nada de abogado de oficio, tío. Te quiero a ti.
—Bueno, pues yo tengo gastos y he de comer. ¿Sabes cuánto he de pagar cada semana solo por salir en las páginas amarillas? Adivina.
Casey no dijo nada.
—Uno de los grandes. Un promedio de mil cada semana solo para pagar el anuncio, y eso antes de que coma o pague la hipoteca o la pensión de los niños o de que ponga gasolina en el Lincoln. No hago esto por una promesa, Harold. Trabajo por una inspiración verde.
Casey no pareció impresionado.
—Lo comprobaré —dijo—. No puedes dejarme colgado. El juez no te lo permitirá.
Un murmullo se extendió por la sala cuando el juez entró por la puerta que conducía a su despacho y se acercó a los dos escalones que llevaban a su sillón. El alguacil llamó al orden en la sala. Era la hora de la función. Miré a Casey un largo momento y me alejé. Mi cliente tenía un conocimiento aficionado y carcelario de la ley y de cómo funcionaba. Sabía más que la mayoría. Pero todavía podía darle una sorpresa.
Me senté junto a la barandilla, detrás de la mesa de la defensa. El primer caso era una reconsideración de una fianza y lo solventaron rápidamente. A continuación, el alguacil anunció el caso de California contra Casey, y yo subí al estrado.
—Michael Haller por la defensa —dije.
El fiscal anunció asimismo su presencia. Era un hombre joven llamado Victor DeVries. No tenía ni idea de por dónde iba a salirle en el juicio. El juez Orton Powell hizo las preguntas habituales acerca de si había alguna posibilidad de llegar a un acuerdo en el caso. Todos los jueces tenían la agenda repleta y un mandato prioritario de solventar los casos a través de un acuerdo previo. Lo último que quería un juez era que no hubiera esperanza de alcanzarlo y el juicio fuera inevitable.
Aun así, Powell escuchó la mala noticia por boca de DeVries y por la mía, y nos preguntó si estábamos preparados para programar el juicio para esa misma semana. De Vries dijo que sí, yo dije que no.
—Señoría —dije—, me gustaría esperar hasta la semana que viene, si es posible.
—¿Cuál es la causa de la demora, señor Haller? —preguntó el juez con impaciencia—. La fiscalía está preparada y yo quiero solventar este caso.
—Yo también quiero solventarlo, señoría. Pero la defensa está teniendo dificultades para encontrar a un testigo que será necesario para nuestro caso. Un testigo indispensable, señoría. Creo que con un aplazamiento de una semana será suficiente. La semana que viene estaremos listos para seguir adelante.
Como era de esperar, DeVries se opuso al aplazamiento.
—Señoría, esta es la primera vez que la fiscalía oye hablar de un testigo desaparecido. Fueron ellos quienes solicitaron el juicio rápido y ahora quieren esperar. Creo que es una simple maniobra de dilación porque se enfrenta a…
—Puede guardarse el resto para el jurado, señor DeVries —le interrumpió el juez—. Señor Haller, ¿cree que una semana solventará su problema?
—Sí, señoría.
—De acuerdo, les veré a usted y al señor Casey el próximo lunes, y estará listo para empezar. ¿Entendido?
—Sí, señoría. Gracias.
El alguacil anunció el siguiente caso y yo me aparté de la mesa de la defensa. Observé que un ayudante del sheriff sacaba a mi cliente del corral. Casey me miró con una expresión que parecía formada a partes iguales por rabia y confusión. Me acerqué a Reynaldo Rodríguez y le pregunté si me permitiría volver a la zona de detenidos para poder continuar departiendo con mi cliente. Era una cortesía profesional que se concedía a la mayoría de los habituales. Rodríguez se levantó, abrió una puerta que había detrás de su escritorio y me permitió entrar. Me aseguré de darle las gracias utilizando su nombre correctamente.
Casey estaba en una celda de retención con otro acusado, el hombre cuyo caso había sido anunciado antes en la sala. La estancia era grande y tenía bancos en tres de los lados. Lo malo de que la vista de tu caso se celebre pronto es que después has de sentarte en esa jaula hasta que haya gente suficiente para llenar un autobús hasta la prisión del condado. Casey se acercó a los barrotes para hablar conmigo.
—¿De qué testigo estabas hablando? —me preguntó.
—Del señor Verde —dije—. El señor Verde es lo único que necesitamos para llevar este caso adelante.
El rostro de Casey se contorsionó de rabia. Traté de salirle al cruce.
—Mira, Harold, sé que quieres acelerar esto y llegar al juicio y luego a la apelación. Pero has de pagar el peaje. Sé por experiencia que no me hace ningún bien perseguir a la gente para que me pague cuando el pájaro ha volado. Si quieres que juguemos ahora, pagas ahora.
Asentí con la cabeza; estaba a punto de volver a la puerta que conducía a la libertad, pero le hablé otra vez:
—Y no creas que el juez no sabe lo que está pasando —dije—. Te ha tocado un fiscal joven que es un pardillo y que no ha de preocuparse por saber de dónde vendrá su siguiente nómina. Pero Orton Powell pasó muchos años siendo abogado defensor antes de ser juez. Sabe lo que es buscar a testigos indispensables como el señor Verde, y probablemente no mirará con buenos ojos a un acusado que no paga a su abogado. Le hice la señal, Harold. Si quiero dejar el caso, lo dejaré. Pero lo que prefiero hacer es venir aquí el lunes y decirle que hemos encontrado a nuestro testigo y que estamos listos para empezar. ¿Entiendes?
Casey no dijo nada al principio. Caminó hasta el lado más alejado de la celda y se sentó en el banco. No me miró cuando por fin habló.
—En cuanto pueda telefonear —dijo.
—Bien, Harold. Le diré a uno de los ayudantes que debes hacer una llamada. Llama y quédate tranquilo. Te veré la semana que viene y pondremos esto en marcha.
Volví a la puerta, caminando con rapidez. Odio estar dentro de una prisión. No estoy seguro de por qué. Supongo que es porque a veces la línea parece muy delgada: la frontera entre ser un abogado criminalista y ser un abogado criminal. A veces no estoy seguro de a qué lado de los barrotes estoy. Para mí siempre es un milagro incomprensible que pueda salir por el mismo camino por el que he entrado.
En el vestíbulo del tribunal volví a encender el teléfono móvil y llamé a mi chófer para avisarle de que estaba saliendo. Comprobé mi buzón de voz y encontré mensajes de Lorna Taylor y Fernando Valenzuela. Decidí esperar hasta que estuve en el coche para devolver las llamadas.
Earl Briggs, mi chófer, tenía el Lincoln justo delante. Earl no salió a abrirme la puerta ni nada por el estilo. Su labor consistía únicamente en llevarme mientras iba liquidando los honorarios que me debía por conseguirle la condicional en una condena por venta de cocaína. Le pagaba veinte pavos la hora por conducir, pero luego me quedaba la mitad a cuenta de la deuda. No era lo que sacaba vendiendo crack en los barrios bajos, pero era más seguro, legal y algo que podía poner en un currículum. Earl aseguraba que quería enderezar su vida y yo le creía.
Oí el sonido rítmico del hip-hop detrás de las ventanillas cerradas del Town Car al acercarme, pero Earl apagó la música en cuanto me estiré hacia la maneta. Me metí en la parte trasera y le pedí que se dirigiera a Van Nuys.
—¿Qué estabas escuchando? —le pregunté.
—Um, era Three 6 Mafia.
—¿Dirty south?
—Exacto.
A lo largo de los años, me había hecho conocedor de las sutiles diferencias, regionales y de otro tipo, en el rap y el hip-hop. La inmensa mayoría de mis clientes lo escuchaban, y muchos de ellos construían sus estrategias vitales a partir de esa música.
Me estiré y cogí la caja de zapatos llena de cintas de casete del caso Boyleston y elegí una al azar. Apunté el número de la cinta y el tiempo en la pequeña libretita de control que tenía en la caja. Le pasé la cinta a Earl a través del asiento y él la puso en el equipo de música del salpicadero. No tuve que decirle que la reprodujera a un volumen tan bajo que pareciera poco más que un rumor de fondo. Earl llevaba tres meses conmigo y sabía lo que tenía que hacer.
Roger Boyleston era uno de los pocos clientes que me había enviado el tribunal. Se enfrentaba a diversos cargos federales por tráfico de drogas. Las escuchas de la DEA en los teléfonos de Boyleston habían conducido a su detención y a la confiscación de seis kilos de cocaína que pensaba distribuir a través de una red de camellos. Había numerosas cintas, más de cincuenta horas de conversaciones grabadas. Boyleston habló con mucha gente acerca de lo que venía y de cuándo esperarlo. El caso era pan comido para el Gobierno. Boyleston iba a pasar una larga temporada a la sombra y había poco que yo pudiera hacer, salvo negociar un trato, cambiando la cooperación de Boyleston por una sentencia menor. Aunque eso no importaba. Lo que me importaba eran las cintas. Acepté el caso por las cintas. El Gobierno federal me pagaría por escuchar las cintas en preparación para defender a mi cliente. Eso significaba que podría facturarles un mínimo de cincuenta horas del caso Boyleston antes de que se acordara todo. Así que me aseguré de que las cintas se iban reproduciendo mientras iba en el Lincoln. Quería estar seguro de que, si alguna vez tenía que poner la mano sobre la Biblia y jurar decir la verdad, podría afirmar con la conciencia tranquila que había reproducido todas y cada una de las cintas por las que había facturado al Tío Pasta.
Primero devolví la llamada de Lorna Taylor. Lorna es mi directora de casos. El número de teléfono que consta en mi anuncio de media plana de las páginas amarillas y en treinta y seis paradas de autobús esparcidas por zonas de alta criminalidad del sur y el este del condado van directamente al despacho / segundo dormitorio de su casa de Kings Road, en West Hollywood. Mi dirección oficial para la judicatura de California y los alguaciles de los tribunales también está en su domicilio.
Lorna es la primera barrera. Para llegar a mí hay que pasar por ella. Solo le doy mi número de teléfono a unos pocos, y Lorna es la guardiana de la verja. Es dura, lista, profesional y hermosa. Aunque recientemente solo puedo verificar este último atributo alrededor de una vez al mes, cuando la llevo a cenar y a firmar cheques; ella también es mi contable.
—Oficina legal —respondió.
—Lo siento, todavía estaba en el tribunal —dije explicando por qué no había contestado su llamada—. ¿Qué pasa?
—Has hablado con Val, ¿no?
—Sí, ahora voy hacia Van Nuys. He quedado a las once.
—Ha llamado para asegurarse. Parece nervioso.
—Cree que este tipo es la gallina de los huevos de oro y quiere asegurarse de que no lo pierde. Lo llamaré para tranquilizarlo.
—He hecho algunas averiguaciones preliminares respecto al nombre de Louis Ross Roulet. Su informe de crédito es excelente. Su nombre salía en varios artículos del Times. Todo transacciones inmobiliarias. Parece que trabaja para una inmobiliaria de Beverly Hills. Se llama Windsor Residential Estates. Diría que manejan listas de clientes muy exclusivos, no venden propiedades del tipo de las que ponen un cartel en la puerta.
—Está bien. ¿Algo más?
—En eso no. Y de momento solo lo habitual en el teléfono.
Lo que significaba que había sorteado el acostumbrado número de llamadas producto de las paradas de autobús y de las páginas amarillas, todas ellas de gente que quería un abogado. Antes de que los que llamaban alcanzaran mi radar, tenían que convencer a Lorna de que podían pagar por aquello que querían. Era una especie de enfermera detrás del mostrador de la sala de urgencias. Debías de convencerla de que tenías un seguro válido antes de que te mandara al médico. Al lado del teléfono, ella tiene una lista de precios que empieza con una tarifa plana de cinco mil dólares por ocuparme de cargos por conducir bajo los efectos del alcohol y que va hasta las cuotas horarias que cobro en juicios por delitos graves. Lorna se asegura de que cada cliente es uno que paga y que conoce lo que va a costarle el delito del que se le acusa. Como reza el dicho: no cometas un crimen si no vas a poder pagarlo. Lorna y yo decimos: no cometas el crimen si no vas a poder pagarnos. Ella acepta MasterCard y Visa, y verifica que el pago está aprobado antes de que me llegue el cliente.
—¿Nadie que conozcamos? —pregunté.
—Gloria Dayton llamó desde las Torres Gemelas.
Gruñí. Las Torres Gemelas, en el centro de la ciudad, era la principal prisión del condado. Albergaba a mujeres en una torre, y a hombres en la otra. Gloria Dayton era una prostituta de lujo que de cuando en cuando requería mis servicios profesionales. La primera vez que la representé fue hace al menos diez años, cuando era joven y no estaba metida en drogas y todavía tenía vida en la mirada. Ahora era una cliente pro bono. Nunca le cobraba. Solo intentaba convencerla de que abandonara esa vida.
—¿Cuándo la detuvieron?
—Anoche. O, mejor dicho, esta mañana. Su primera comparecencia es después de comer.
—No sé si podré llegar a tiempo con este asunto de Van Nuys.
—También hay una complicación. Tenencia de cocaína, aparte de lo habitual.
Sabía que Gloria trabajaba exclusivamente a partir de contactos hechos en Internet, donde se publicitaba en diversos sitios web con el nombre de Glory Days. No era una prostituta callejera ni de barra americana. Cuando la detenían, normalmente era porque un agente de antivicio había conseguido burlar su sistema de control y concertar una cita. El hecho de que llevara cocaína en el momento de su detención sonaba como un lapsus inusual por su parte, o bien el policía se la había colocado para inculparla.
—Muy bien, si vuelve a llamar, dile que trataré de estar allí y que, si no estoy, pediré que alguien se ocupe. ¿Llamarás al juzgado para confirmar la vista?
—Estoy en ello. Pero, Mickey, ¿cuándo vas a decirle que es la última vez?
—No lo sé. Puede que hoy. ¿Qué más?
—¿No es suficiente para un día?
—Supongo que bastará.
Hablamos un poco más acerca de mis citas para el resto de la semana y abrí el portátil en la mesa plegable para poder cotejar mi agenda con la de Lorna. Tenía un par de vistas previstas para cada mañana y un juicio de un día el jueves. Todo eran asuntos de drogas del Southside. Mi pan de cada día. Al final de la conversación, le dije que la llamaría después de la vista de Van Nuys para avisarla de si el caso Roulet iba a influir en los planes y de qué manera.
—Una última cosa —solté—. Has dicho que la empresa para la que trabaja Roulet se ocupa de inmuebles exclusivos, ¿verdad?
—Sí. Todas sus ventas que aparecen en los archivos son de siete cifras. Un par, de ocho. Holmby Hills, Beverly Hills, sitios así.
Asentí con la cabeza, pensando que el estatus de Roulet podría convertirlo en una persona de interés para los medios.
—Entonces, ¿por qué no le pasas el chivatazo al Patas? —dije.
—¿Estás seguro?
—Sí, podremos arreglar algo.
—Lo haré.
—Luego te llamo.
Cuando colgué, Earl ya me había llevado de vuelta a la Antelope Valley Freeway en dirección sur. Estábamos yendo deprisa; llegar a Van Nuys para la primera comparecencia de Roulet no iba a ser un problema. Llamé a Fernando Valenzuela para decírselo.
—Perfecto —dijo el fiador—. Estaré esperando.
Mientras él hablaba, vi que dos motocicletas pasaban junto a mi ventanilla. Los dos moteros iban vestidos con un chaleco de cuero negro, que llevaba bordados la calavera y el halo en la espalda.
—¿Algo más? —pregunté.
—Sí, otra cosa que probablemente deberías saber —dijo Valenzuela—. Al comprobar con el juzgado cuándo iba a ser su primera comparecencia, descubrí que el caso está asignado a Maggie McFiera. No sé si eso te va a suponer un problema.
Maggie McFiera era Maggie McPherson, que resultaba ser una de las más duras y, sí, feroces ayudantes del fiscal del distrito asignadas al tribunal de Van Nuys. También resultaba ser mi primera exesposa.
—No será un problema para mí —dije sin dudarlo—. Es ella la que va a tener problemas.
El acusado tiene derecho a elegir a su abogado. Si hay un conflicto de intereses entre el abogado defensor y el fiscal, entonces es el fiscal el que debe retirarse. Sabía que Maggie me culparía personalmente por perder las riendas de lo que podría ser un caso grande, pero no podía evitarlo. Había ocurrido antes. En mi portátil todavía guardaba una moción para obligarla a renunciar al último caso en que nuestros caminos se habían cruzado. Si era necesario, solo tendría que cambiar el nombre del acusado e imprimirlo. Yo podría seguir adelante y ella no.
Las dos motocicletas se habían colocado delante de nosotros. Me volví y miré por la ventanilla trasera. Había otras tres Harley detrás de nosotros.
—Aunque ¿sabes lo que significa? —dije.
—No, ¿qué?
—No admitirá fianzas. Siempre lo hace en los delitos contra mujeres.
—Mierda. Estaba esperando un buen pellizco de esto, tío.
—No lo sé. Dices que el tipo tiene familia y a C. C. Dobbs. Podría utilizar algo de eso. Ya veremos.
—Mierda.
Valenzuela estaba viendo desaparecer su paga extra.
—Te veré allí, Val.
Colgué y miré a Earl por encima del asiento.
—¿Cuánto hace que llevamos escolta? —pregunté.
—Acaban de llegar —dijo Earl—. ¿Quiere que haga algo?
—Veamos qué…
No tuve que esperar hasta el final de la frase. Uno de los motoristas de detrás se puso al lado del Lincoln y nos señaló la siguiente salida, la que conducía a Vasquez Rocks. Reconocí a Teddy Vogel, un antiguo cliente que resultaba ser el motero de más rango entre los Road Saints que no estaban encarcelados. Probablemente, era también el de más peso. Pesaba al menos ciento cincuenta kilos y daba la impresión de ser un niño gordo en la moto de su hermano pequeño.
—Para, Earl —dije—. A ver qué quiere.
Aparcamos en el estacionamiento junto a la escarpada formación rocosa bautizada en honor de un forajido que se había refugiado allí un siglo antes. Vi a dos personas sentadas y tomando un pícnic en el borde de uno de los salientes más altos. Yo sería incapaz de sentirme a gusto comiendo un sándwich en una posición tan peligrosa.
Bajé la ventanilla cuando Teddy Vogel se acercó caminando. Sus cuatro compañeros habían parado el motor, pero se quedaron en sus Harley. Vogel se inclinó junto a la ventana y puso uno de sus gigantescos antebrazos en el marco. Sentí que el coche se hundía ligeramente.
—Abogado, ¿cómo te va? —preguntó.
—Bien, Ted —dije, sin querer llamarlo por su apodo en la banda, bastante obvio: Teddy Bear—. ¿Y tú?
—¿Qué ha pasado con tu cola de caballo?
—A algunos no les gustaba, así que me la corté.
—Un jurado, ¿eh? Deben de haber sido una colección de acartonados del norte.
—¿Qué ocurre, Ted?
—Me ha llamado Casey desde el corral de Lancaster. Me comentó que a lo mejor te alcanzaba en dirección sur. Dijo que habías parado su caso hasta que tuvieras un poco de pasta. ¿Es así, abogado?
Lo dijo como si nada. No había ninguna amenaza en su voz ni en sus palabras. Y yo no me sentí amenazado. Dos años antes había conseguido que a Vogel le redujeran una acusación: secuestro agravado con agresión a una falta de desorden público. Él dirigía un club de estriptis propiedad de los Saints en Sepulveda Boulevard, en Van Nuys. Su detención se produjo después de que descubriera que una de sus bailarinas más productivas lo había dejado y había cruzado la calle para trabajar en un club de la competencia. Vogel fue tras ella, la agarró en el escenario y la arrastró otra vez a su club. La chica estaba desnuda. Un motorista que pasaba por allí llamó a la policía. Derrumbar el caso de la acusación fue una de mis mejores actuaciones, y Vogel lo sabía. Le caía bien.
—Tiene razón —dije—. Trabajo para vivir. Si quiere que trabaje para él, ha de pagarme.
—Te dimos cinco mil en diciembre —dijo Vogel.
—Eso se acabó hace mucho, Ted. Más de la mitad fue para el experto que va a hacer añicos la acusación. El resto era para mí, y ya he trabajado todas esas horas. Si hemos de ir a juicio, necesito recargar el depósito.
—¿Quieres otros cinco?
—No, necesito diez, y se lo dije a Casey la semana pasada. Es un juicio de tres días y tengo que traer a mi experto de Kodak desde Nueva York. He de abonar su tarifa, y además quiere volar en primera clase y alojarse en el Chateau Marmont. Cree que va a tomarse unas copas con estrellas de cine. Ese sitio cuesta cuatrocientos la noche, y te hablo de las habitaciones baratas.
—Me haces polvo, abogado. ¿Qué ha pasado con ese eslogan que tenías en las páginas amarillas? Duda razonable a un precio razonable. ¿Diez mil te parece un precio razonable?
—Me gustaba ese eslogan. Me consiguió un montón de clientes. Pero a la judicatura de California no le hizo tanta gracia, y me obligó a retirar el anuncio. Diez es el precio y es razonable, Ted. Si no puedes o no quieres pagarlo, rellenaré los papeles hoy. Lo dejaré y puede ir con uno de oficio. Le daré todo el material que tengo. Aunque no creo que el abogado de oficio tenga presupuesto para traer al experto en fotos.
Vogel cambió de posición en el marco de la ventanilla y el coche se estremeció bajo su peso.
—No, no, te queremos a ti. Casey es importante para nosotros, ¿me explico? Lo quiero fuera y de vuelta al trabajo.
Observé que buscaba en el interior del chaleco con una mano tan carnosa que no se distinguían los nudillos. Sacó un sobre grueso que me pasó al coche.
—¿Es en efectivo? —pregunté.
—Sí. ¿Qué hay de malo con el efectivo?
—Nada, pero tendré que hacerte un recibo. Es un requisito fiscal. ¿Están los diez?
—Está todo ahí.
Levanté la tapa de una caja de cartón que guardaba en el asiento de mi lado. El talonario de recibos estaba detrás de los archivos corrientes de casos. Empecé a extender el recibo. La mayoría de los abogados a los que inhabilitan es por culpa de infracciones financieras como el manejo o la apropiación indebida de tarifas de clientes. Yo mantenía registros y extendía recibos meticulosamente. Nunca permitiría que la judicatura me pillara de esa manera.
—Veo que ya lo llevabas preparado —dije mientras escribía—. ¿Y si lo hubiera rebajado a cinco? ¿Qué habrías hecho entonces?
Vogel sonrió. Le faltaba uno de los incisivos inferiores, seguramente a consecuencia de alguna pelea en el club. Se tocó el otro lado del chaleco.
—Tengo otro sobre con cinco mil aquí, abogado —dijo—. Estaba preparado para ti.
—Joder, ahora me siento mal, dejándote con dinero en el bolsillo.
Arranqué su copia del recibo y se la entregué por la ventanilla.
—Lo he hecho a nombre de Casey. Él es el cliente.
—Por mí, perfecto.
Cogió el recibo y retiró el brazo de la ventanilla al tiempo que se enderezaba. El coche volvió a su equilibrio normal. Quería preguntarle de dónde salía el dinero, cuál de las empresas delictivas de los Saints lo había ganado, si un centenar de chicas habían bailado un centenar de horas para que él me pagara, pero esa era una pregunta de la cual era preferible no conocer la respuesta. Observé que Vogel se acercaba otra vez a su Harley y tenía dificultades para pasar por encima del asiento una pierna gruesa como una papelera. Por primera vez, me fijé en la doble amortiguación en la rueda trasera. Le pedí a Earl que volviera a la autovía y que se dirigiera a Van Nuys, donde iba a tener que hacer una parada en el banco antes de llegar al tribunal para encontrarme con mi nuevo cliente.
Mientras circulábamos abrí el sobre y conté el dinero: billetes de veinte, de cincuenta y de cien. No faltaba nada. El depósito estaba lleno, y yo estaba listo para ponerme en marcha con Harold Casey. Iría a juicio y le daría una lección al joven fiscal. Si no ganaba en el juicio, seguro que lo haría en la apelación. Casey volvería a la familia y al trabajo con los Road Saints. Que fuera culpable del delito del que le acusaban no era algo que yo considerara siquiera mientras anotaba el pago en depósito en la cuenta correspondiente a mi cliente.
—¿Señor Haller? —dijo Earl al cabo de un rato.
—Dime, Earl.
—Ese experto que va a venir de Nueva York… ¿He de ir a recogerlo al aeropuerto?
Negué con la cabeza.
—No va a venir ningún experto de Nueva York, Earl. Los mejores cámaras y expertos en fotografía del mundo están aquí mismo, en Hollywood.
Earl asintió y me sostuvo la mirada un momento en el espejo retrovisor antes de volver a concentrarse en la carretera que tenía delante.
—Ya veo —dijo, asintiendo otra vez.
Y yo repetí el gesto. No me cuestioné lo que había hecho o dicho. Ese era mi trabajo. Así era como funcionaba. Después de quince años de práctica legal, había llegado a pensar en mi oficio en términos muy simples. La ley era una máquina grande y oxidada que chupaba gente, vidas y dinero. Yo solo era un mecánico. Me había convertido en un experto en revisar la máquina y arreglar cosas y extraer lo que necesitaba a cambio.
No había nada más en la ley que me importara. Las nociones de la Facultad de Derecho acerca de la virtud de la contraposición, de los pesos y contrapesos del sistema, de la búsqueda de la verdad, se habían erosionado desde entonces como los rostros de las estatuas de otras civilizaciones. La ley no tenía que ver con la verdad. Se trataba de negociación, mejora y manipulación. No me ocupaba de la culpa y la inocencia, porque todo el mundo era culpable de algo. Pero no importaba, porque todos los casos que aceptaba eran una casa asentada en cimientos colocados por obreros con exceso de trabajo y mal pagados. Cortaban camino en las esquinas. Cometían errores. Y después pintaban encima de los errores con mentiras. Mi trabajo consistía en arrancar la pintura y encontrar las grietas. Meter los dedos y mis herramientas en esas grietas y ensancharlas. Hacerlas tan grandes que, o la casa se caía, o mi cliente se escapaba entre ellas.
Gran parte de la sociedad pensaba en mí como en el demonio, pero estaban equivocados. Yo era un ángel cubierto de grasa. Era un auténtico santo de la carretera. Me necesitaban y me querían. Ambas partes. Era el aceite de la máquina. Permitía que los engranajes arrancaran y giraran. Ayudaba a mantener en funcionamiento el motor del sistema.
Pero todo eso cambiaría con el caso Roulet. Para mí. Para él. Y ciertamente para Jesús Menéndez.
Louis Ross Roulet estaba en un calabozo con otros siete hombres que habían recorrido en autobús el trayecto de media manzana desde la prisión hasta el tribunal de Van Nuys. Solo había dos hombres blancos en el calabozo, y estaban sentados uno junto al otro en un banco mientras que los seis hombres negros ocupaban el otro lado de la celda. Era una forma de segregación darwiniana. Eran todos desconocidos, pero en el número estaba la fuerza.
Puesto que Roulet supuestamente era el rico de Beverly Hills, miré a los dos hombres blancos y me resultó fácil elegir entre ellos. Uno era muy delgado, con los ojos vidriosos y desesperados de un yonqui al que se le ha pasado hace mucho la hora del chute. El otro parecía el proverbial venado ante los faros de un automóvil. Lo elegí.
—¿Señor Roulet? —dije.
El venado asintió con la cabeza. Le hice una seña para que se acercara a los barrotes para poder hablar con calma.
—Me llamo Michael Haller. La gente me llama Mickey. Le representaré durante la primera comparecencia de hoy.
Estábamos en la zona de detención de detrás del tribunal, donde a los abogados rutinariamente se les concede acceso para departir con sus clientes antes de que se ponga en marcha el juicio. Hay una línea azul pintada en el exterior de las celdas. La línea del metro. Tenía que mantener esa distancia de un metro con mi cliente.
Roulet se agarró a los barrotes delante de mí. Como sus compañeros de jaula, llevaba cadenas en tobillo, muñecas y abdomen. No se las quitarían hasta que lo llevaran a la sala. Tendría poco más de treinta años, y aunque medía al menos metro ochenta y pesaba más de ochenta kilos parecía frágil. Eso es lo que te hace la prisión. Tenía unos ojos azul pálido y me resultó extraño ver la clase de pánico que estaba tan claramente reflejada en ellos. La mayor parte de las veces mis clientes han estado antes en prisión y tienen la mirada gélida del depredador. Así sobreviven en la cárcel.
Pero Roulet era diferente. Parecía una presa. Estaba asustado y no le importaba quién lo viera o lo supiera.
—Esto es una trampa —dijo con urgencia y en voz alta—. Tiene que sacarme de aquí. Cometí un error con esa mujer, nada más. Ella está tratando de tenderme una trampa y…
Levanté las manos para detenerlo.
—Tenga cuidado con lo que dice aquí —le aconsejé en voz baja—. De hecho, tenga cuidado con lo que dice hasta que pueda sacarlo de aquí y podamos hablar en privado.
Miró a su alrededor, aparentemente sin comprender.
—Nunca se sabe quién puede escuchar —dije—. Y nunca se sabe quién puede decir que le oyó diciendo algo, aunque no dijera nada. Lo mejor es no hablar del caso en absoluto. ¿Entiende? Lo mejor es no hablar de nada con nadie, punto.
Asintió con la cabeza y yo le hice una señal para que se sentara en el banco que había junto a los barrotes.
—De hecho, estoy aquí para reunirme con usted y presentarme —dije—. Hablaremos del caso después de que le saquemos. Ya he hablado con el abogado de su familia, el señor Dobbs, ahí fuera, y le diremos al juez que estamos preparados para depositar la fianza. ¿Me equivoco en algo de eso?
Abrí una carpeta de cuero, Montblanc, y me preparé para tomar notas en un bloc. Roulet asintió. Estaba aprendiendo.
—Bien —dije—. Hábleme de usted. Dígame qué edad tiene, si está casado, qué vínculos tiene con la comunidad.
—Um, tengo treinta y dos años. He vivido aquí toda mi vida, incluso fui a la universidad aquí, en la UCLA. No estoy casado. No tengo hijos. Trabajo…
—¿Divorciado?
—No, nunca me he casado. Trabajo en el negocio familiar. Windsor Residential Estates. Se llama así por el segundo marido de mi madre. Sector inmobiliario. Vendemos propiedades inmobiliarias.
Estaba tomando notas. Sin levantar la vista para mirarlo, pregunté tranquilamente:
—¿Cuánto dinero ganó el año pasado?
Al ver que Roulet no contestaba, levanté la cabeza para mirarlo.
—¿Por qué necesita saber eso? —preguntó.
—Porque voy a sacarle de aquí antes de que se ponga el sol. Para hacerlo necesito saberlo todo sobre su posición en la comunidad. Y eso incluye la situación económica.
—No sé exactamente cuánto gané. Gran parte eran participaciones en la compañía.
—¿No presenta la declaración de impuestos?
Roulet miró por encima del hombro a sus compañeros de celda y entonces susurró su respuesta:
—Sí, lo hago. Declaré ingresos de un cuarto de millón.
—Pero lo que está diciendo es que con las participaciones en la compañía en realidad ganó más.
—Exacto.
Uno de los compañeros de celda de Roulet se acercó a los barrotes y se colocó al lado de mi cliente. Era el otro hombre blanco. Estaba nervioso, con las manos en constante movimiento: de las caderas a los bolsillos o entrelazándolas con desesperación.
—Eh, tío, yo también necesito un abogado. ¿Tienes una tarjeta?
—Para ti no, socio. Ya te pondrán un abogado.
Miré de nuevo a Roulet y esperé un momento a que el yonqui se alejara. No lo hizo. Volví a mirar al drogadicto.
—Mira, esto es privado. ¿Puedes dejarnos solos?
El yonqui hizo algún tipo de movimiento con las manos y se alejó arrastrando los pies hasta la esquina de la que había venido. Miré otra vez a Roulet.
—¿Y organizaciones caritativas? —pregunté.
—¿Qué quiere decir? —respondió Roulet.
—¿Participa en organizaciones benéficas? ¿Hace donaciones?
—Sí, la empresa las hace. Damos a Make a Wish y a un albergue de jóvenes de Hollywood. Creo que se llama My Friend’s Place o algo por el estilo.
—Vale, muy bien.
—¿Va a sacarme de aquí?
—Voy a intentarlo. Las acusaciones son graves, lo he comprobado antes de venir, y me da la sensación de que la fiscalía va a pedir que no se establezca fianza, pero es buen material. Puedo trabajar con esto. —Señalé mis notas.
—¿Sin fianza? —dijo en voz alta y presa del pánico.
Los otros hombres que había en la celda miraron en su dirección, porque lo que había dicho Roulet era la pesadilla colectiva de todos ellos. Sin fianza.
—Cálmese —intervine—. Digo que es lo que va a buscar la acusación. No digo que se vayan a salir con la suya. ¿Cuándo fue la última vez que lo detuvieron?
Siempre lo preguntaba de sopetón, porque así podía ver los ojos del cliente y saber si eso podía ser una sorpresa que me lanzaran a mí en el tribunal.
—Nunca. No me habían detenido nunca. Todo este asunto es…
—Lo sé, lo sé, pero no queremos hablar de eso aquí, ¿recuerda?
Asintió. Miré mi reloj. La vista estaba a punto de empezar y todavía necesitaba hablar con Maggie McFiera.
—Ahora voy a irme —dije—. Lo veré dentro de unos minutos y veremos cómo sacarle de aquí. Cuando estemos allí, no diga nada hasta que lo coteje conmigo. Si el juez le pregunta cómo está, me lo dice a mí. ¿De acuerdo?
—Bueno, ¿no puedo declararme inocente?
—No, ni siquiera se lo van a preguntar. Hoy lo único que hacen es leerle los cargos, hablar de la fianza y establecer una fecha para la lectura formal de la acusación. Entonces es cuando diremos «inocente». Así que hoy ni una palabra. Ningún arrebato, nada. ¿Entendido?
Asintió, pero puso expresión de enfado.
—¿Va a ir bien, Louis?
Dijo que sí con la cabeza con desánimo.
—Solo para que lo sepa —dije—: cobro dos mil quinientos dólares por una primera comparecencia y vista de fianza como esta. ¿Algún problema?
Él negó con un gesto. Me gustó que no hablase. La mayoría de mis clientes hablan demasiado. Normalmente, hablan tanto que terminan en la cárcel.
—Bien. Podremos comentar el resto cuando salga de aquí y podamos reunirnos en privado.
Cerré mi carpeta de cuero, esperando que se hubiera fijado en ella y estuviera impresionado, y me levanté.
—Una última cosa —dije—. ¿Por qué me eligió? Hay un montón de abogados, ¿por qué yo?
Era una pregunta que no afectaba a nuestra relación, pero quería comprobar la sinceridad de Valenzuela.
Roulet se encogió de hombros.
—No lo sé —dijo—. Recordé su nombre de algo que leí en el periódico.
—¿Qué leyó sobre mí?
—Era un artículo sobre un caso en el que las pruebas contra el tipo fueron rechazadas. Creo que era un caso de drogas, o algo así. Ganó el caso porque después de su intervención ya no tenían pruebas.
—¿El caso Hendricks?
Era el único en el que podía pensar que hubiera salido en los periódicos en los últimos meses. Hendricks era otro cliente de los Road Saints; el departamento del sheriff había puesto un dispositivo GPS en su Harley para controlar sus entregas. Hacerlo en carreteras públicas era lícito, pero, cuando aparcaba la moto en la cocina de su casa por la noche, esa vigilancia constituía una ilegalidad de los polis. El caso fue rechazado por un juez durante la vista preliminar. Tuvo cierto eco en el Times.
—No recuerdo el nombre del cliente —dijo Roulet—. Solo recordaba su nombre. Su apellido, de hecho. Cuando le pregunté al tipo de las fianzas hoy, le di el nombre de Haller y le pedí que le buscara y que llamara a mi propio abogado. ¿Por qué?
—Por nada. Simple curiosidad. Le agradezco la llamada. Lo veré en la sala.
Dejé de lado las discrepancias entre lo que Roulet me había dicho y la versión de Valenzuela para considerarlo después y volví a la sala de comparecencias. Vi a Maggie McFiera sentada en un extremo de la mesa de la acusación. Estaba allí acompañada de otros cinco fiscales. La mesa era larga y en forma de ele, de modo que podía acomodar a una continua rotación de letrados que se iban moviendo para sentarse de cara al juez. Un fiscal asignado a la sala manejaba la mayoría de las comparecencias rutinarias y las lecturas de cargos que se llevaban a cabo cada día. No obstante, los casos especiales atraían a pesos pesados de la oficina del fiscal del distrito, situada en la segunda planta del edificio contiguo. Las cámaras de televisión también conseguían ese objetivo.
Al recorrer el recinto reservado a los letrados, vi a un hombre preparando una cámara de vídeo en un trípode junto a la mesa del alguacil. Ni en la cámara ni en la ropa del operador había logotipo de cadena de televisión alguna. El hombre era un freelance que se había enterado del caso y que iba a grabar la vista para luego tratar de vender la cinta a alguna de las cadenas locales cuyo director de informativos necesitara una noticia de treinta segundos. Cuando había hablado con el alguacil previamente acerca de la posición de Roulet en la lista, me dijo que el juez ya había autorizado la grabación.
Me acerqué a mi exmujer desde atrás y me incliné para susurrarle al oído. Estaba mirando fotografías de una carpeta. Lucía un traje azul marino con rayas grises muy finas. Su cabello negro azabache estaba atado atrás con otra cinta gris a juego. Me encantaba que llevara el pelo recogido de esa manera.
—¿Tú eras la que llevaba el caso Roulet?
Ella levantó la mirada, porque no había reconocido el susurro. Su rostro estaba formando involuntariamente una sonrisa, pero esta se convirtió en ceño cuando vio que era yo. Ella sabía exactamente lo que quería decir al usar el pasado y cerró la carpeta de golpe.
—No me digas eso —dijo.
—Lo siento. Le gustó lo que hice en el caso Hendricks y me llamó.
—Cabrón. Quería este caso, Haller. Es la segunda vez que me lo haces.
—Parece que esta ciudad no es lo bastante grande para los dos —dije en una penosa imitación de James Cagney.
Ella refunfuñó.
—Muy bien —dijo en una rápida rendición—. Me iré de forma pacífica después de esta vista. A no ser que te opongas también a eso.
—Podría. ¿Vas a solicitar que no haya fianza?
—Exacto. Pero eso no cambiará, aunque sea otro el fiscal. Es una directriz de la segunda planta.
Asentí con la cabeza. Eso significaba que un supervisor del caso había pedido que la acusación se opusiera a la fianza.
—Está conectado con la comunidad. Y nunca lo han detenido.
Estudié su reacción, porque no había tenido tiempo de asegurarme de la veracidad de la afirmación de Roulet de que nunca había sido detenido. Siempre resulta sorprendente cuántos clientes mienten acerca de sus relaciones previas con la maquinaria judicial, teniendo en cuenta que es una mentira de patas muy cortas.
Sin embargo, Maggie no dio ninguna muestra de que fuera de otro modo. Quizá fuera cierto. Quizá tuviera un cliente honrado acusado por primera vez.
—No me importa que no haya hecho nada antes —dijo Maggie—. Lo que importa es lo que hizo anoche.
