El acróbata del gol - Gonzalo Valero - E-Book

El acróbata del gol E-Book

Gonzalo Valero

0,0

Beschreibung

Víctor "Pititore" Cabrera fue un temible delantero que marcó una época en el fútbol chileno, debido a sus goles, anécdotas y travesuras. Tras dejar atrás una infancia compleja, plagada de carencias y sufrimientos familiares, "Pititore" llegó a San Luis de Quillota, en 1978. Lo hizo desde las canchas del fútbol amateur, sin hacer divisiones inferiores y sin tener la preparación física adecuada para un deportista de alto rendimiento. En menos de dos meses debutó en el cuadro sanluisino y de inmediato marcó su primer gol. Desde ahí no paró de convertir. Vistió las camisetas de San Luis, Deportes Concepción, Regional Atacama, Colo-Colo, Everton, La Serena, Unión La Calera y Quintero Unido. Fue nominado a partidos de la selección chilena y entrenó con el equipo nacional que, finalmente, jugó el Mundial de España 1982. La particular forma de celebrar sus conquistas, una espectacular voltereta con mortal hacia atrás extendido, le permitió ser aún más conocido a nivel nacional, llegando -incluso- a traspasar las fronteras del país gracias a su recordada pirueta circense. ¿Qué le faltó a "Pititore" Cabrera para alcanzar la gloria?. ¿Su infancia compleja afectó su carrera como futbolista profesional?. ¿Por qué no se consolidó en la selección chilena?. ¿Pudo haber jugado un Mundial?. ¿Fue unjugador indisciplinado e irresponsable?. ¿Qué tiene que ver Vicente Cantatore con su apodo?. ¿Cómo fue su relación con Patricio Yáñez y Carlos Caszely?. ¿Hacía las volteretas desde un caballo en movimiento?. ¿Tuvo un loro que le decía garabatos a su entrenador Hernán "Clavito" Godoy?. El acróbata del gol: Las volteretas de Víctor «Pititore» Cabrera es un libro que describe la vida e historia de un jugador de origen humilde, que llegó a lo más alto del fútbol chileno. Supo de triunfos pero también de duras derrotas, que terminaron por truncar su carrera como deportista profesional. Su experiencia, vivencias y testimonios dan cuenta -tal como lo han descrito sus cercanos- de un "loco lindo", que llenó de alegría, goles y picardías los estadios del país.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 219

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



El acróbata del gol © 2023, Gonzalo Valero ISBN: 978-956-406-165-8 eISBN: 978-956-406-282-2 Primera edición: Febrero 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor. Diseño de portada: Paolo Arriagada

Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Diagramación: David Cabrera Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925

Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile

Tenía cinco años de edad cuando fui a un estadio de fútbol por primera vez. Fue un 14 de septiembre de 1985, para un partido de San Luis con Colo-Colo, jugado en Quillota. Triunfo albo de 1-0, con gol y voltereta de Víctor “Pititore” Cabrera. Ahí nació mi amor por el fútbol. Mi agradecimiento eterno a mis hermanos, José Antonio e Iván Andrés, por brindarme esa linda experiencia de niñez. Un abrazo de gol para ellos, para los amantes del fútbol, y en especial para los incondicionales hinchas de San Luis de Quillota.

Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre,

el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota.

Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra.

Índice

Abracen al goleador

El niño que se hace futbolista

Introducción

1. Una infancia compleja

2. El apodo de “Pititore”

3. Hincha de UNIÓN La Calera cuando niño

4. El origen de la voltereta

5. El “Punto” Silva y San Luis de Quillota

6. El soldado Cabrera

7. “Pititore” deslumbra al “Punto” Silva

8. El fallido debut del joven delantero

9. Vivir en la sede del club

10. El primer amor toca la puerta

11. Hijo adoptivo del “Punto” Silva

12. El inicio de una dupla goleadora

13. Hipoglós para los hongos

14. San Luis campeón de la Copa “Polla Gol”

15. Título de goleador y ascenso al fútbol de honor

16. Todo el plantel busca su diente

17. La primera voltereta en público

18. Sube un cordero al bus del plantel

Apartado fotográfico

19. El sueño incumplido de la selección y el Mundial de 1982

20. Ser delantero en la década del 80

21. Un salto alto perfecto

22. Deja San Luis y tiene un difícil paso por el sur

23. Reencuentro con “Clavito” Godoy

24. El loro y “Clavito” Godoy

25. Otra anécdota de “Pititore” y “Clavito” Godoy

26. Acrobacias con el Cuadro Verde de Carabineros

27. El paso goleador por el Colo-Colo de Caszely y Vasconcelos

28. La voltereta en Sábados Gigantes

29. El “Pititore” artista

30. Un mal paso por Everton 180

31. Llega como ídolo a La Serena

32. La batalla campal con Deportes Valdivia

33. Su último año en primera división

34. ¿Fue un jugador indisciplinado?

35. Adiós al fútbol profesional

36. Reencuentro con su primer amor

37. La última voltereta

Epílogo

Agradecimientos

Bibliografía

Abracen al goleador

Prólogo de Rodrigo Arellano Vera

En el fútbol el gol lo es todo. Desde una pichanga amateur hasta en una selección nacional. Encontrar un goleador es un privilegio de pocos y una obsesión para los entrenadores.

Eso fue lo que San Luis de Quillota vio en Víctor Hugo Cabrera. Un diamante en bruto que el río Aconcagua vio brillar en sus canchas y terrenos vecinos.

En un momento en que Chile y los países sudamericanos luchaban contra la desnutrición, un “Pelusa”, como Diego Armando en Argentina, pasaba las tardes jugando a la pelota con sus amigos. Potrero puro y una risa contagiosa que lo hacía el compañero que todos querían sumar a sus equipos.

Gonzalo Valero entra en el corazón de una historia que conmueve al protagonista, a su entorno y a los que alguna vez lo vieron celebrar un gol con una voltereta. La manera en que se impuso a un entorno complejo, el mágico rescate de los canarios y su transformación en un futbolista profesional marcan los hitos de una historia apasionante.

La emoción del sueño cumplido se combina con la frustración de ver cómo su carrera no logró llegar a las dimensiones que por habilidad merecía. El “Piti” fue un mito en las canchas nacionales. Llegó a ser goleador con San Luis de Quillota y Regional Atacama, equipos que estaban armados para otra cosa.

Los hinchas en las tribunas y los reporteros gráficos a ras del pasto esperaban el gol de “Pititore”. Todos querían ver y capturar el momento en que ese artista iba a firmar su nuevo tanto con una voltereta en el aire. Hasta el día de hoy, en cada uno de mis trabajos en medios de comunicación he recordado su nombre, cuando un jugador se atreve a festejar un gol girando por los aires.

Celebrar un gol con acrobacias en el fútbol actual podría significar una sanción interna ante el riesgo de una lesión. A “Pititore” eso nunca lo asustó, o quizás nunca lo pensó. Él fue un talento en estado puro, que tuvo sus mejores campañas en entornos seguros y donde le mostraron cariño.

Los consejos del capitán, Uruguay Graffigna, o la palmada en la espalda de Mario Figueroa le dieron los días más lindos de su carrera. Esos que lo hicieron cumplir el sueño de jugar en Colo-Colo y pedirle sin éxito a la Virgen de Lo Vásquez que Luis Santibáñez lo llevara al Mundial de 1982.

La voltereta de “Pititore” es una metáfora de su vida y su carrera. Una espectacularidad hecha con maestría, pero sin pensar en las consecuencias. Nadie lo preparó para ser una estrella del fútbol local, salvo algún entrenador que le recomendó vestirse con estilo europeo y buen perfume, consejo que siguió hasta en los días más complicados de su vida.

La historia del “Piti” es una aventura que vale la pena conocer. La alegría de jugar y cumplir sueños jugando al fútbol, se mezclan con las sombras que evitan que muchos no puedan cumplir su sueño de ser profesionales. El mismo protagonista en su trabajo con niños les recalca que estudiar y cuidarse les puede dar más días de gloria dentro de una cancha.

El acróbata del gol: las volteretas de Víctor “Pititore” Cabrera, es un relato que colabora con esos mitos deportivos que se transmiten de generación en generación. No importa lo que no fue, en este libro está el origen y lucha de un goleador de raza. Al final, al “Piti” sus goles lo hacen eterno en la historia del fútbol chileno.

Rodrigo Arellano Vera Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Trabajó en área deportiva de La Estrella de Valparaíso y Radio ADN. Actualmente, es periodista y conductor del noticiero deportivo “24 Horas” Deportes de Televisión Nacional de Chile.

El niño que se hace futbolista

Prólogo de Renata Almada Cidade

Me ha llenado de satisfacción la invitación de Gonzalo Valero para escribir uno de los prólogos de su libro, que aspira a contar de forma fidedigna y sin tapaduras la historia de vida de un ingenioso del fútbol chileno, Víctor Hugo Cabrera, o, mejor dicho, “Pititore”.

Resulta imposible e incluso imprudente ocultar el sobrenombre, aún más a sabiendas de que en el universo del fútbol los seudónimos poseen un valor intrínseco de gran plusvalía. Suelen tomar la noble responsabilidad de resignificar trayectorias, al surgir con la intención adyacente de invocar una personalidad alternativa, un alter ego que ayuda a asimilar, procesar y dejar en el pasado a fantasmas, que habitan las primeras etapas de un ciclo vital plagado por múltiples barreras, adversidades y discriminaciones, fruto de una realidad socioeconómica de vulneración.

Un oportuno momento para parafrasear al maestro Óscar Washington Tabárez, recordado entrenador charrúa —y adepto de la aplicación de la pedagogía en el contexto del balompié— que ha dicho que “los futbolistas son hijos de la cultura de la pobreza”. Las dificultades propias de ese contexto forjan la estructura psíquica en un juego de interacción, fortaleciendo y, a la vez, mermando aspectos claves que son cruciales e imprescindibles en el desarrollo óptimo y sistémico del jugador de fútbol.

Víctor Cabrera no ha quedado ajeno a esa lógica y el desenlace de su historia como futbolista tampoco ha pasado incólume. A través del correcto relato de Gonzalo, su mirada curiosa y búsqueda indagadora, alcanzamos a entender las repercusiones posibles del actuar de las carencias del pasado en la psique del deportista.

Las privaciones de índole afectivas emergen como factores condicionantes y limitantes de la performance, al no preparar al futbolista a la necesaria tarea de saber gestionar las emociones e impulsos, o a plantearse objetivos de mediano y largo plazo (por la imperiosa y avasalladora tendencia apremiante de toda una vida en que tuvo que luchar para asegurar la subsistencia, algo que exige premura).

En contrapartida, estas mismas experiencias previas de continuos sacrificios, postergaciones y presiones multilaterales actúan como un poderoso aliciente y decantan en los rasgos de personalidad típicos de Víctor: intenso, punzante, desafiador, creativo, pícaro y otros miles de adjetivos que conformaban su carácter, haciéndolo único e irrepetible.

A lo largo de su carrera, Víctor Cabrera pudo encajar en grupos diversos y heterogéneos, mostrando su faceta adaptativa, algo que en un deporte colectivo está dotado de gran valor. Su capacidad goleadora remite a una inteligencia cinestésico corporal (el saber emplear el cuerpo de manera eficaz y competente); además, de una innata habilidad interpersonal (la destreza al relacionarse con el otro), de extrema importancia al entender que la comunicación motriz es inherente al juego; y supone que el pase y demás gestos del fútbol son actos comunicativos entre los jugadores y añade una permanente interacción que traspasa las vivencias individuales del jugador.

Estos ingredientes permiten circunscribir a Víctor como uno de los grandes jugadores de su tiempo.

Uno de los valores de este libro radica en la inquietud del autor por buscar retratar la figura de Víctor Cabrera a partir de un enfoque integrador, contemplando todas las dimensiones complementarias y antagónicas del ser humano, y es justamente ahí donde se anidan las respuestas a preguntas que nunca han podido ser descifradas de la vida de “Pititore”.

Este libro enlaza asertivamente lo humano con lo deportivo. Es por eso que las próximas páginas son una seductora invitación a conocer y entender al ser humano que está detrás de “Pititore”, para identificar desde dónde proceden las luces y sombras de nuestro antihéroe, quien supo cautivar a los aficionados con sus desconcertantes maniobras motrices, dignos de un espectáculo circense, y pudo hacer frente a las amenazas de un origen vulnerable a punta de goles y gambetas.

Renata Almada Cidade

Psicóloga con formación clínica y deportiva. Comunicadora deportiva y panelista de TNT Sports. Actúa con deportistas profesionales, mayormente futbolistas de la alta competencia de distintos países de Sudamérica.

Introducción

En su libro El fútbol a sol y sombra, el escritor uruguayo Eduardo Galeano señala que en los barrios populares suelen envidiar al joven que se convierte en futbolista, porque el jugador profesional se salva de trabajar en la fábrica o en la oficina, y “le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo”1.

Víctor “Pititore” Cabrera es un fiel ejemplo de esa descripción que hace Galeano del niño de escasos recursos, que le gana a la vida por sus condiciones excepcionales para jugar al fútbol y se convierte en ídolo. Él fue ese joven que dejó atrás un futuro incierto y un destino bajo el anonimato, dribleó los obstáculos de origen y una dificultosa condición socioeconómica, y salió adelante gracias a su virtuosismo con la pelotita, ganando dinero, fama, experiencias y múltiples historias que llenaron de anécdotas su existencia.

La infancia de “Pititore” no fue fácil, estuvo marcada por las dificultades familiares y económicas. Sus padres se separaron cuando era pequeño y él sintió que quedó un poco a la deriva, sin los cuidados ni las enseñanzas que un hijo necesita para enfrentar la vida con todas las complejidades que ella tiene. A temprana edad dejó el colegio y tuvo que desarrollar distintos oficios para ganar algo de dinero que le servía para comer, comprarse cosas o bien para ayudar en el hogar.

Su llegada al fútbol profesional es sorpresiva y mágica. En 1978, Cabrera tenía 18 años cuando lo descubrió Eduardo “Punto” Silva y su asesor Carlos “Máquina” Hernández en un partido del fútbol amateur en La Calera. A pesar de su físico enjuto y mermado por una infancia vulnerable, el entrenador sanluisino se la jugó por sumarlo a su proyecto futbolístico. “Pititore” estaba haciendo el servicio militar en Quillota, pero eso no fue un impedimento para Eduardo Silva, quien tenía importantes contactos con los militares de la Escuela de Caballería Blindada y de la Gobernación Provincial.

En menos de dos semanas de ese primer contacto con el entrenador quillotano, “Pititore” Cabrera se sumó al Club Deportivo San Luis de Quillota, que estaba en segunda división y cuyos directivos apuntaban a desarrollar un proyecto futbolístico a largo plazo, con una mezcla de jugadores jóvenes y otros de mayor experiencia.

“Pititore” llegó a San Luis sin hacer divisiones inferiores, es decir, sin formación ni disciplina deportiva, tampoco con la preparación física adecuada y el conocimiento táctico necesario. Arribó con 52 kilos y 1,75 metros de altura, sin la masa muscular ni el óptimo desarrollo alimenticio que debe tener un deportista de alto rendimiento.

Pero todo ello no fue un problema para él. En menos de dos meses de duros entrenamientos debuta en el friccionado fútbol profesional de ascenso y marca de inmediato su primer gol. Fue el primero de muchos goles, en un derrotero que lo llevó por San Luis, Deportes Concepción, Regional Atacama, Colo-Colo, La Serena, Everton, Unión La Calera y Quintero Unido.

El fútbol llegó como un salvavidas que lo rescató por accidente y le mostró de golpe un mundo distinto e inesperado para él. Pero su falta de educación, experiencia, carencias afectivas y acompañamiento de un entorno protector, siempre le jugaron una mala pasada. “Quiso Dios hacer de un salvaje, un futbolista, y creó al «Pititore» Cabrera”, dijo alguna vez Eduardo “Punto” Silva, su descubridor y primer entrenador2.

“Pititore” tenía las condiciones físicas y técnicas idóneas para ser un jugador fuera de serie, pero su inocencia, falta de disciplina deportiva y poca conciencia de lo que estaba viviendo no le ayudaron del todo, y terminaron por impedir que alcanzara toda la gloria que pudo haber logrado con la destreza y habilidades que tenía para el balón.

Aun así, Víctor “Pititore” Cabrera se hizo un espacio en la historia del fútbol chileno y quedó en la memoria de los amantes de este deporte, gracias a sus goles, su simpatía, su irreverencia, sus acrobacias, sus locuras, sus anécdotas, su compañerismo, su generosidad y su alegría tanto dentro como fuera de la cancha.

Llegó a ser cuatro veces goleador en torneos del fútbol chileno, con San Luis en la copa “Polla Gol” de Ascenso de 1980 y en el torneo regular de ese mismo año; con el cuadro canario en el Torneo “Polla Gol” de primera división de 1981; y con Regional Atacama en el campeonato de Primera División de 1984, a pesar de que el cuadro del norte terminó descendiendo al final de esa temporada.

Su olfato goleador, valentía para enfrentar a los defensas y exquisita técnica al momento de definir, fueron valorados por futbolistas, entrenadores, periodistas e hinchas de distintos clubes. Fue uno de los mejores delanteros del fútbol chileno de esos años, en una época donde había muy buenos atacantes.

Su presencia en el campo de juego era un verdadero espectáculo, así también lo fue la pintoresca forma que tenía para celebrar sus goles: una voltereta conocida como Rondat, con mortal atrás en plancha. Una verdadera acrobacia circense o de gimnasia olímpica que marcó su particular sello como goleador, haciéndolo aún más reconocido a nivel nacional. Incluso, las imágenes de sus piruetas traspasaron las fronteras del país, causando asombro y admiración en los amantes del fútbol.

Este libro retrata la vida, historia y anécdotas de un goleador que marcó una época en el fútbol chileno, gracias a sus goles, sus travesuras, sus alegrías y caídas. Víctor “Pititore” Cabrera fue un futbolista distinto y muy pintoresco. Compañeros de profesión, entrenadores y especialistas aseguran que “Pititore” pudo haber llegado mucho más alto en el fútbol. Pero algo pasó en el camino o quizás en su infancia, que le impidieron alcanzar toda la gloria que estaba reservada para él.

Tras revisar bibliografía especializada y fuentes periodísticas, realizar entrevistas al protagonista y a personas claves que lo conocieron como futbolista y persona, logramos desentrañar su vida, su personalidad y su carrera futbolística, mostrando al personaje con todas sus luces y sombras.

El acróbata del gol: Las volteretas de Víctor “Pititore” Cabrera, es un relato biográfico y humano, con una descripción amena y detallada de la vida del exgoleador, que permite recordar con nostalgia a ese futbolista acrobático que llenó de gloria, picardía y alegría las canchas del fútbol chileno.

1 Galeano, Eduardo. 1995. El fútbol a sol y sombra. Gráfica Andes, Santiago, Chile, p. 103.

2 Silva Reynoard, Eduardo. 2001. Fútbol y punto. Imprenta “Imprilaser”, Quillota, Chile, p. 103.

1. Una infancia compleja

Es principio de la década del 40 y en un rincón de la ciudad de La Calera, José Cabrera Sarabia conoce a Mercedes Sánchez Sánchez. Ambos eran muy jóvenes. Llenos de ilusión, sueños y pasión, deciden unirse y formar una familia. Pensaron que sería hasta que “la muerte los separe”. Pero, al final, las cosas no salieron como ellos esperaban.

José Cabrera, quien era conocido como “El Pelusa”, trabajaba como obrero en la planta Cemento Melón de La Calera. Una vez que contrajeron matrimonio, la pareja logró acceder a una de las viviendas que la empresa tenía para sus trabajadores a pocas cuadras de la fábrica.

Tuvieron diez hijos, pero uno de ellos murió tempranamente, por lo que quedaron nueve, cinco mujeres y cuatro hombres. Uno de los varones de la familia es el protagonista de este libro. Nació el 9 de noviembre de 1957, a las 12.00 horas del día, en una habitación del Hospital San Martín de Quillota. Fue el tercero de los niños en nacer. Lo llamaron Víctor Hugo, aunque más tarde todos lo conocerán como “Pititore”.

Víctor Hugo Cabrera Sánchez nació con una pelota bajo el brazo. Proviene de una familia de futbolistas. Su papá fue un conocido arquero, que destacaba en las canchas del fútbol amateur de La Calera, Hijuelas y Nogales. Sus hermanos, José (alias “Coteto”) y Jorge, también fueron unos sobresalientes futbolistas amateurs. Pero el gran referente futbolístico fue su tío, Sergio Cabrera, quien jugó algunas temporadas en Unión La Calera a fines de la década del 50 y principios del 60, cumpliendo importantes actuaciones.

Desde temprana edad, Víctor se caracterizó por ser un niño inquieto y bromista. Cuando se portaba mal, su mamá lo perseguía por la casa para darle una reprimenda. El niño corría hasta el patio y se subía con agilidad a lo más alto de los árboles. Aquí se quedaba hasta que Mercedes desaparecía de escena. Luego se bajaba y salía del hogar, evitando momentáneamente que le pegaran.

A pesar de las dificultades y las carencias, la familia logra superar los obstáculos y se mantiene unida, viviendo momentos de felicidad y otros que es preferible olvidar. Pero a partir de 1965 las diferencias entre José Cabrera y Mercedes Sánchez comienzan a hacerse cada vez más insostenibles.

Al papá le gustaban las cantinas de La Calera. Cada vez que le pagaban, llegaba de amanecida a la casa, en ocasiones borracho, sin dinero y agresivo. Hubo episodios de violencia intrafamiliar, que marcaron una época de momentos tristes, una etapa que afectó el crecimiento de los hijos e hijas.

En el amor y en las relaciones de pareja, una cosa lleva a la otra. Víctor Hugo tenía unos 10 años cuando se produjo el quiebre definitivo entre sus padres. Hubo malos tratos y pocos gestos de protección, cariño y cuidado. Se responsabilizaron mutuamente. Pero lo cierto es que la relación entre ambos hace tiempo que no andaba bien y terminó por quebrarse por completo.

Finalmente, optaron por separarse, a pesar de que ese tipo de decisiones no eran muy comunes en las parejas de la época. La mamá se fue a vivir a Santiago con tres niñas y el hijo menor, mientras que el papá se quedó en La Calera con los varones mayores y una de las hijas más grandes.

Durante este período se vivieron los años más difíciles para la familia y los de mayor sufrimiento para los hijos. Fue una distancia física y también afectiva, que marcó el desarrollo y las relaciones entre ellos.

Los niños que quedaron en La Calera tuvieron que seguir sufriendo con la dureza del papá. Víctor Cabrera fue de los que más sintió la ausencia de su madre en la casa. De los varones, era el más cercano a ella y sus hermanas.

“Siempre nos protegía a nosotras. Si él tenía un pan, lo dividía para dárselo a los demás. Era muy generoso. Él tenía algo y lo compartía con nosotras. Los hermanos mayores nos pegaban a las niñas, en cambio él siempre nos defendía y cuidaba”, rememora su hermana Elcira3.

La relación del papá con los hijos fue distante y rígida. Cada vez que alguien se portaba mal, ocupaba la dureza del golpe para corregir una conducta indebida. Una vez “El Pelusa” le compró un par de zapatos a Víctor, de esos que eran de goma. El niño se fue a jugar a la pelota y se le rompieron de inmediato. Cuando llegó a casa trató de ocultar el incidente, pero su papá se percató al instante. Tras retarlo, lo golpeó tan fuerte con un palo que le terminó botando un diente4.

Víctor Hugo creció prácticamente en la calle, sin los cuidados ni las restricciones que un niño necesita. Llegó hasta cuarto básico y no siguió estudiando. En los colegios no duraba mucho, debido a su comportamiento inquieto y a que nunca contaba con la ropa ni con los materiales de estudio necesarios. “La gente me regalaba zapatos, zapatillas y ropa, porque mi papá no fue bueno. Tenía que rebuscarme la vida, porque si no, no comía”5.

Recuerda que pasaba hambre y no tenía las mejores condiciones para vivir. Durante esos años se hizo cercano a una conocida familia calerana que lo acogió en su casa, le habilitó una pieza en su hogar y le ofreció un pago mensual a cambio de hacer el aseo y ayudar en el cuidado de los hijos. Aquí estuvo un tiempo, hasta que se fue a vivir a la casa de la abuela paterna, que residía en el sector de calle Cochrane, a pocas cuadras de la concurrida feria minorista y del estadio municipal calerano, dos lugares que influirán mucho en su vida.

Desde muy pequeño hizo de todo para ganar unos pesos que le permitieran ayudar en el hogar, o bien que le sirvieran para beneficio propio. Realizó aseo en las casas, cortaba el pasto, lustraba zapatos, acomodaba autos, las oficiaba de pasapelotas en el Club de Tenis Cemento Melón y hasta cantó en las micros.

Así se fue criando, con muchas libertades y pocas restricciones, en un ambiente difícil y lleno de necesidades, con carencias afectivas, económicas y también culturales.

Para el 11 de septiembre de 1973, el papá fue a buscar a las niñas a Santiago porque consideró que estarían más seguras en La Calera, debido a los riesgos que generaba el Golpe Militar en los barrios más populares de la capital. José Cabrera se llevó a dos hijas de vuelta a La Calera. “Anduvimos un tiempo de un lado a otro. Después mi papá conoció a otra mujer y le dedicó más tiempo a ella”, revela Elcira.6

Todas estas situaciones y contexto social fueron afectando el desarrollo, la tranquilidad y la seguridad de Víctor Hugo. Fue un niño y luego un joven que creció sin una mano que lo guiara, acompañara, enseñara y formara en sus primeros años de vida. “Yo no tenía quién me trancara la pelota. Si un amigo me invitaba a la playa, me iba dos o tres días, o incluso me perdía todo un mes”, reconoce al rememorar esa etapa de su vida.7

3 Cabrera, Elcira, hermana de Víctor Cabrera. Entrevista con el autor, 07 de octubre 2022.

4 Pérez, Hilda Rosa, actual pareja del protagonista. Entrevista con el autor, 02 de octubre 2022.

5 Cabrera, Víctor. Entrevista con el autor, noviembre 2022.

6 Cabrera, Elcira, hermana de Víctor Cabrera. Entrevista con el autor, 07 de octubre 2022.

7 Flamm, Pablo. 2009. Programa “En el nombre del fútbol”. Entrevista a Víctor Cabrera. CDF. Consultado en: https://www.youtube.com/watch?v=yQJL94c0PP4

2. El apodo de “Pititore”

Uno de los primeros apodos que tuvo Víctor Cabrera fue “Pelusón”. Este sobrenombre nació porque a su papá lo conocían como “El Pelusa”, y también se origina porque nuestro protagonista era un niño (y luego un joven) al que le gustaba hacer travesuras y todo tipo de bromas a los demás, característica que perdura hasta el día de hoy.

Durante mucho tiempo se ha creído que el apodo de “Pititore” se origina porque Víctor Cabrera consumió “pitos” de marihuana desde muy temprana edad. Esta teoría no ha podido ser confirmada a partir de esta investigación, ni tampoco es validada por el protagonista ni las personas entrevistadas.

Aun así, Mario Figueroa, exzaguero de San Luis y La Serena, quien lo conoció a los 18 años, recuerda que Víctor se juntaba con un grupo de jóvenes caleranos, que eran medios hippies