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Si el enigma se puede cifrar matemáticamente, si la magia tiene una fórmula secreta, si algún algoritmo hay para lo fantástico, entonces debe hallarse en las páginas de El álgebra del misterio. Los relatos que presenta Jorge F. Hernández contienen los secretos de la inverosimilitud llevada al extremo. Da una vuelta de tuerca al género de la ficción, recobrando la vitalidad con que un Borges o un Bioy Casares narraran antiguo, o la sutil brevedad con que escribían Monterroso o Mutis. Personajes comunes como un enano o un obeso alcanzan dimensiones insospechadas. Fechas, tiempo, números de boletos de autobús o avión, partidas de damas chinas, urden una suerte de azar que alcanza a recomponer la realidad. Todo está relacionado con todo y en estas páginas se vislumbra el entramado del universo.
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2012
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Primera edición, 2011 Primera edición electrónica, 2012
Fotografía del autor: Sebastián Hernández Zarauz
D. R. © 2011, Universidad Iberoamericana, A. C. Prolongación Paseo de la Reforma 880, Lomas de Santa Fe, 01219, México, D. F.
D. R. © 2011, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-0989-2
Impreso en México - Printed in Mexico
Jorge F. Hernández (México, 1962) es historiador y un escritor muy versátil; ha oscilado entre la novela, el ensayo y el cuento, con cierta predilección por este último género. Además, se ha dado tiempo de conducir un programa de radio y colaborar en distintos diarios y revistas con sendas columnas, entre las que destaca Agua de azar, iniciada hace más de diez años.
Actual miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, fue finalista del Premio Internacional de Novela Alfaguara 1997 por La Emperatriz de Lavapiés, y ganador del Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por el relato “Noche de ronda” tres años después. Publicó en el FCELa soledad del silencio. Microhistoria del Santuario de Atotonilco (1991), ensayo por el que obtuvo en 1987 el Premio Nacional Atanasio G. Saravia de Historia Regional Banamex.
Para Santiago y Sebastián
Precisé que la energía del misterio es tan activa en todas partes de nuestra existencia que, para encontrar sus huellas, no hay ninguna necesidad de irse lejos…
MIRCEA ELIADE,“El secreto del Doctor Honigberger” en Minuit à Serampore
Hay un destino igual, porque es abstracto, para los hombres y para las cosas —una designación igualmente indiferente en el álgebra del misterio—.
FERNANDO PESSOA,ivro do Desassossego
Lamento que haya tantas instancias que distraigan nuestra cotidiana posibilidad de confirmar las magias del azar. Basta que uno se concentre en alguno de los muchos vericuetos de cualquiera de las realidades que nos rodean para descubrir que las tediosas rutas de las rutinas están rodeadas por paisajes ignotos, que los libros que damos por leídos en nuestros estantes contienen párrafos inertes que se nos escaparon en las lecturas del pretérito y que hay gestos y pensamientos deslumbrantes en las frases de las personas que damos por conocidas.
Lamento que haya quienes intentan forzar las coincidencias, fingir afinidades o forzar convergencias. Basta que uno no se ofenda por la presencia de equívocos inexplicables, que no nos alteren las simetrías y sincronías que se repiten sin cesar y que no nos amedrenten los vaticinios y premoniciones que se cumplen inevitablemente, para que uno viva la realidad de los sueños, la eternidad de un instante y la efímera belleza de cualquier momento monumental.
En torno al predecible desenvolvimiento de la costumbre se alzan las fórmulas invisibles del álgebra del misterio: una trigonometría siempre inconclusa que insiste en recordarnos que el umbral de lo fantástico está más cerca de lo que pensábamos, una matemática sin números donde las cifras son fechas que se nos han quedado en la memoria o músicas que abultan el placer de nuestros sentidos. Como una neblina privada y agradable, el álgebra de nuestros respectivos misterios determina qué cosas se volverán perdurables en nuestros sentimientos y qué personas vivirán para siempre en nuestras mentes. Sin formularios autoritarios ni sentencias irrevocables, el agua de azar que nos baña se encarga de configurar los nichos que correspondan a nuestras amnesias y los anaqueles que resguardarán nuestros recuerdos.
Ante el alud de información que nos embarga el cerebro, tenemos siempre el remanso de los datos aislados, las historias insólitas y las ocurrencias impredecibles. Ante el imperio de las amnesias y la muy socorrida práctica de acomodar el pasado según los antojos del presente, tenemos siempre a la mano el escudo de nuestra propia memoria. Ante las ruidosas imposiciones de la falsificación o el engaño, tenemos el silencio de nuestra conciencia.
Desde niño he sido propenso a detectar simetrías y chiripadas, coincidencias inútiles las llamó Bioy Casares, que se me aparecen en los números telefónicos y en las fechas entrañables, en los nombres de los amigos y en los sueños que se prolongan en la vigilia. A diario me baño con agua de azar y descubro constantes confirmaciones de que los equívocos sin importancia que conoce Antonio Tabucchi y las apariencias que me unen a Antonio Muñoz Molina, más allá de sus letras perfectas, no sólo existen sino que flotan entre la realidad y los deseos como una secreta fórmula de una ciencia indescifrable. El álgebra del misterio que conoció Pessoa es el azar mismo, el que justifica que nos siga apasionando una mirada de ojos azules y que nos sigan encantando los párrafos siempre desconocidos de un libro que se vuelve entrañable por la sola magia de que lo leamos en silencio. Hablo de la sensación de contemplar un muro enamorado con bugambilias, hablo de los planes de viaje que no tienen caducidad, sea para volver una vez más a Xalapa o porque vamos a conocer Venecia por primera vez en la vida. Hablo de los paseos que recorren nuestros mismos pasos y de las personas con las que se establece una afinidad eterna en el instante de conocerlas.
Desde siempre, y a diario, envuelto en las magias impredecibles del azar, expuesto a los vaivenes accidentales de lo cotidiano y propenso a las sincronías inexplicables, procuro sosegar las euforias que generan este tipo de epifanías y mantener una suerte de serenidad ante la adrenalina que puede generarse con tan sólo imaginar un buen párrafo en la cabeza, con sólo cruzar una mirada irrepetible o escuchar una frase que en ese instante se vuelve eterna. Sucede con las personas y con los párrafos, con la pluma fuente, la calle empedrada, la trompeta de Louis Armstrong o las partituras desconocidas de Jan Sibelius. Está en los asientos vacíos de un tranvía en Lisboa y en las desconocidas montañas de Perú. No tiene valor comercial ni cotiza en la bolsa de lo que llaman valores, no se puede cuantificar ni encasillar dentro de los estrictos cánones de cualquier credo. Es una felicidad etérea, una luminosidad oscura, una exclamación en silencio y un lamento sin lágrimas. Es algo muy parecido a la lectura y es lo que convierte a los besos en uno y el mismo, interminables… en el álgebra del misterio.
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Para Diego García Elío
You may still think true friendship is a lie. But then, you’ve never met Bill Burton repetía con frecuencia Samuel Weinstein. De hecho, la frase podría considerarse su rúbrica. La soltaba al justificarse ante su esposa por algún olvido y ante los compañeros de oficina la utilizó más de una vez como excusa ante cualquier descuido. De hecho, Weinstein empezó a glorificar su amistad incondicional con Burton desde los tiempos en que aún vivía con sus padres, cuando era soltero y apenas cursaba el High School. Su hermana Rachel siempre dudó de la sinceridad de su declaración y consta que fue la única que llegó a cuestionar la existencia misma de Burton; para ella, la supuesta fidelidad de su hermano Sam al desconocido Bill Burton no era más que una ingenua —y rápidamente trillada— artimaña para evadir cualquier responsabilidad. Que si Samuel llegaba tarde a la mesa para cenar, que si decidía faltar a la sinagoga, que si no estaba libre algún sábado por la mañana… todo se explicaba por vía de Bill: que lo había invitado a un juego de béisbol y no calcularon el tiempo, que siendo sábado habían decidido estudiar para un examen concentrados en todo menos en recordar que Sam se había comprometido a lavar el coche o pasar por un mandado o también que fue Bill Burton quien le pidió —aun a costa de faltar a la sinagoga— que lo acompañase a New Jersey para cobrar un dinero que le debían a su madre.
En realidad, la vida de Sam Weinstein no tiene ningún viso de anormalidad y su biografía —plain and simple— transcurre estrictamente dentro de lo convencional, salvo las muchas y repetidas ocasiones en que aludía a Bill Burton y las veces en que se enredaba justificando la muy notable ausencia constante de su entrañable amigo, siempre apelando a su rúbrica de que “podrás pensar que la amistad verdadera es una mentira, pero bueno, es que no conoces a Bill Burton”. Samuel Weinstein nació en Nueva York, en octubre de 1926, en el seno de una familia judía, segunda generación de emigrados lituanos y albaneses, cuya pequeña fortuna se debía más al esfuerzo tenaz y compartido de sus padres que a la cómoda herencia o el abuso fiduciario que tanta seguridad económica le brindó a muchos conocidos de la familia. Sam era el primogénito de Baruj Weinstein y Sarah Elbasan, ambos sobrevivientes del paso de entrada por Ellis Island por donde llegaron sus respectivas familias casi al mismo tiempo, aunque según unas viejas fotografías en sepia, Sarah venía en brazos de su madre, mientras que Baruj bajó andando del barco.
Algún psicoanalista podría intentar explicar la exagerada filiación de Samuel Weinstein por su amigo invisible en el hecho traumático que marcó su vida a la temprana edad de cuatro años. Sam se perdió entre cajones de verduras y desperdicios de pescado allá en los oscuros y sórdidos callejones del Bowery en la punta de Manhattan, habiéndose soltado de la mano de su madre apenas durante unos segundos. Los suficientes para que la robusta albanesa gritase lamentos a voz en cuello que rápidamente atrajeron la improvisación de un escuadrón de rescate: cuatro judíos ortodoxos, seis cargadores chinos, una panda de estibadores irlandeses, tres alemanes semiembriagados y algunos policías de uniforme a la Keystone Cops se entregaron a la tarea de peinar cada metro inmundo de la zona, hasta que finalmente una costurerita polaca encontró al niño Sam Weinstein, acurrucado entre botes de basura, susurrando lo que parecía una canción de cuna a los andrajos desmantelados de lo que pudo haber sido en algún momento un oso de peluche.
A los cinco años llegó a la familia su pequeña hermana Rachel, que sería para él foco de adoración y objeto de absoluto cariño hasta que Sam se halló ya bien entrado en sus años mozos. De hecho, coincide su adolescencia con las primeras ocasiones en que llegó a casa mentando hazañas y compartiendo maravillas de Bill Burton, a true friend and that’s no lie. Consta que desde el principio de su obsesión tanto la madre de Sam como su padre y más de un familiar le sugirieron que invitase a Bill Burton a casa, que no se avergonzara de sus raíces ni de su credo, pero por una u otra razón nunca se daba la oportunidad o la ocasión para que Weinstein lo presentara entre los suyos.
Conforme avanza la vida de Weinstein se acumulan, aunque sabemos que no con exagerada frecuencia, los episodios de Burton. Sus padres, hermana y demás familiares llegaban incluso a saber como ciertas las anécdotas que ampliaban el aura de Bill y en más de una ocasión —quizá luego de un letargo sin rúbricas de por medio— ellos mismos inquirían o insistían en saber por dónde andaba Burton, que si Sam no traía alguna buena nueva o si planeaba algún pretexto para invitarlo a cenar con ellos. Durante el verano inmediatamente anterior a su ingreso en la Universidad de Wesleyan (donde, but of course, también se había inscrito su incondicional Burton) Samuel prefirió faltar a las vacaciones en la playa con toda su familia, argumentando que Bill lo había invitado a una cabaña con todo el clan Burton en las montañas de Vermont. En este punto, la historia que intento narrar aquí cobra un giro trascendental, pues Sam volvió de esa estancia no solamente cargado con más hazañas a presumir de su amigo, sino también con una fotografía donde aparecen ambos sonrientes al pie de un hermoso lago que parece pintado al óleo.
Por la fotografía, que pasó de mano en mano con avidez y curiosidad de todos los miembros de la familia Weinstein, podemos afirmar que Bill Burton era un norteamericano prototipo y digno de cinematografía: alto como de dos metros (muy por encima de la digamos chata estatura de Sam), con una cabellera rubia que le cubría la perfección de sus facciones, el enigma de sus ojos claros y la medida sonrisa que apenas revelaba una envidiable dentadura perfectamente alineada. Aunque Bill aparece enfundado en un jersey con una inmensa letra W cosida al frente, todos los que hemos visto la fotografía podemos afirmar que se trata de un atleta, orgulloso de su tórax y condecorado por dignas musculaturas en ambos brazos. Según Weinstein, aquellos días en Vermont habían significado para él las mejores vacaciones de su vida: que si la familia de Bill era no sólo millonaria en bienes raíces, sino afortunada y pródiga en hospitalidad y afecto; que si la hermana mayor de Bill era de una belleza indescriptible y que, además, había invitado a su mejor amiga —una tal Jane Scheller— que había logrado más que enamorar, embelesar a Bill Burton. Weinstein confió a su padre y los hombres de su familia —una vez que las mujeres se habían entretenido en la cocina— que con sólo haber sido testigo de las formas y maneras con las que Burton había logrado cortejar a Jane Scheller, allá en el paisaje de Vermont, él también podría sentirse ya preparado para hacerse de una novia.
Sabemos que se tardó, pues no fue sino hasta su tercer año en Wesleyan University que Samuel Weinstein volvió a su hogar de Manhattan con la noticia (y fotografías que lo confirmaban) de su noviazgo, y mejor aún, profundo enamoramiento con Nancy Lubisch, que a la larga se convertiría en su esposa. Apenas dos meses después de haberla mostrado en fotografía, Weinstein presentó en persona, en vivo y a todo color, a Nancy con todo el clan Weinstein y sobra mencionar que el comentario que más risas provocó en la sobremesa fue el que brotó cuando Rachel, con toda la sorna de su mirada profunda, preguntó con tono de clara envidia que si Nancy estudiaba también en Wesleyan, “pues seguramente tú sí que tienes el honor de conocer al famosísimo Bill Burton”. Nancy perpleja, quizá por no conocer los muchos antecedentes, contestó entre risas que “the most funniest thing” es que cada vez que vamos al dormitorio donde vive Bill o cada vez que Sam queda en que salgamos los tres juntos —o los cuatro, cuando Bill ha andado de novio— siempre se nos cruza algo o alguien, y en los diez meses que llevo con Sam nunca se me ha dado conocerlo en persona. Dijo que había visto fotografías de él apostadas afuera de la cafetería y una breve entrevista que apareció publicada en el periódico de la Facultad, a raíz de un ensayo sobre economía con el que Burton había logrado aumentar su leyenda. But I’m almost about to say that sometimes I feel Sam’s talking about a ghost.
