El Amante de Lady Chatterley - D. H. Lawrence - E-Book

El Amante de Lady Chatterley E-Book

D H Lawrence

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Beschreibung

El Amante de Lady Chatterley, escrito por D. H. Lawrence, es una obra que refleja la complejidad de las relaciones humanas y la búsqueda de la autenticidad en una sociedad victorianamente restrictiva. La novela narra la historia de Constance Reid, una mujer atrapada en un matrimonio sin amor con un hombre paralítico, que busca la pasión y la libertad en los brazos de un guarda forestal. A través de una prosa rica y evocadora, Lawrence desafía las normas sociales y explora temas como la sexualidad, la clase social y la deshumanización del individuo, situando su relato en un contexto literario de renovación después de la Primera Guerra Mundial, donde el cuestionamiento de las convenciones sociales era palpable. D. H. Lawrence, nacido en 1885, fue un autor británico que vivió intensos cambios sociales y políticos que influyeron profundamente en su escritura. Su propia experiencia de vida, marcada por tensiones familiares y una lucha constante por la autoexpresión, lo llevó a abordar temas de deseo y conexión humana en sus obras. Lawrence se opuso a la moralidad de su tiempo y abogó por una mayor conexión con la naturaleza y la intimidad emocional, hallando en El Amante de Lady Chatterley su obra más emblemática, un examen íntimo del amor y la liberación. Recomiendo encarecidamente El Amante de Lady Chatterley a cualquier lector interesado en la intersección entre deseo y tradición. La prosa poética de Lawrence invita a una reflexión profunda sobre el amor y la libertad personal, mientras que la valentía de su temática resuena aún en la actualidad. Esta obra no solo es un hito literario sino también un valioso examen de las relaciones humanas, que sigue siendo relevante en los debates contemporáneos sobre la sexualidad y el rol del individuo en la sociedad. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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D. H. Lawrence

El Amante de Lady Chatterley

Edición enriquecida.
Introducción, estudios y comentarios de Marta Aguilar
EAN 8596547735519
Editado y publicado por DigiCat, 2023

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
El Amante de Lady Chatterley (texto completo, con índice activo)
Análisis
Reflexión
Citas memorables

Introducción

Índice

Entre la bruma de la posguerra, el deseo se atreve a hablar más alto que la ley y la clase. En ese pulso entre lo íntimo y lo social se sitúa El Amante de Lady Chatterley, una novela que desarma solemnidades y desnuda estructuras de poder. Bajo su superficie de pasión prohibida late una indagación radical sobre el cuerpo, la sensibilidad y la supervivencia de la ternura en un mundo endurecido por la industria y la guerra. D. H. Lawrence no ofrece un mero escándalo: invita a una experiencia de lectura en la que la emoción y la idea se rozan, se incomodan y terminan interrogando al lector.

Obra del escritor inglés D. H. Lawrence, El Amante de Lady Chatterley fue compuesta entre 1926 y 1928, en un clima europeo marcado por las secuelas de la Primera Guerra Mundial y por la aceleración de la modernidad industrial. El autor revisó varias versiones antes de su publicación privada en 1928, un itinerario que habla de su empeño por encontrar el tono justo entre franqueza y forma. La novela se inserta en el paisaje de las Midlands inglesas, donde la minería y la naturaleza conviven tensamente, y propone un laboratorio narrativo para explorar la fractura entre lo que se espera y lo que la vida pide.

La premisa central es precisa y poderosa. Constance, conocida como Lady Chatterley, está casada con Sir Clifford, un hombre marcado por heridas de guerra que han congelado su mundo físico y emocional. Replegada en una vida de rigor social y conversación intelectual, ella descubre en el guardabosques de la finca, Oliver Mellors, un espacio de escucha, vitalidad y contacto con la tierra. De ese encuentro nace un vínculo que desafía jerarquías de clase y códigos morales de su entorno. La novela no persigue el secreto por el secreto, sino la consecuencia humana de cruzar líneas que la costumbre da por inamovibles.

Lawrence interroga el divorcio entre mente y cuerpo, un conflicto que su época magnificó con su exaltación de la eficiencia y el progreso. La naturaleza aparece como una fuerza reparadora, no idealizada, sino honesta en su ciclo de pérdida y renacimiento. Frente a ella, la mina, la maquinaria y la etiqueta social fijan ritmos que sofocan la experiencia plena. En ese contraste, los personajes buscan una vía de integridad: no la perfección, sino la congruencia entre sentir, decir y actuar. La tensión entre individuo y comunidad, intimidad y norma, atraviesa cada escena y da a la novela su impulso crítico.

El estilo de Lawrence mezcla lirismo terrenal y observación psicológica. La prosa se detiene en gestos, texturas y silencios, y deja que el paisaje trabaje como contrapunto emocional. El relato no se apoya en artificios de intriga, sino en la construcción paciente de una atmósfera donde los cuerpos hablan tanto como las palabras. En diálogo con la tradición realista, el autor amplifica lo doméstico hasta convertirlo en escenario filosófico. La alternancia entre introspección y presencia física genera una cadencia que vuelve memorable el pasaje de lo cotidiano a lo revelador, sin quebrar la coherencia de los personajes.

El estatus de clásico se afianzó también por su historia editorial. Publicada sin expurgar de forma privada en 1928, la novela enfrentó prohibiciones y ediciones censuradas durante décadas. La aparición de la edición íntegra en el Reino Unido en 1960 y el juicio por obscenidad que la acompañó marcaron un hito en la libertad de publicación. A partir de entonces, la obra dejó de ser sólo un asunto de moral pública para convertirse en un referente de debate cultural. Ese momento histórico no eclipsa su valor literario; más bien lo ilumina al mostrar cómo el arte puede presionar los límites de lo decible.

Su impacto se mide en la transformación de sensibilidades críticas y creativas. El Amante de Lady Chatterley ayudó a redefinir la representación del deseo en la narrativa del siglo XX, desplazándolo del tabú a la reflexión ética y estética. Abrió espacio para que la literatura abordara el cuerpo con franqueza, complejidad y responsabilidad, sin renunciar a la exigencia formal. También obligó a reconsiderar la relación entre moral y arte en la recepción pública, influyendo en editores, tribunales y lectores. Este desplazamiento cultural instaló la novela en un lugar de referencia que todavía orienta discusiones sobre censura, libertad y límite.

Leída con atención, la obra desborda el rótulo de escándalo. La pasión es una puerta de entrada a preocupaciones más hondas: la alienación del trabajo industrial, la herida de la guerra, la soledad del matrimonio sin comunicación y la nostalgia por una vida capaz de reconciliar sensibilidad y acción. Lawrence evita caricaturas morales; prefiere las zonas ambiguas donde las decisiones parecen simultáneamente necesarias y problemáticas. El resultado es una novela que interpela sin sermonear y que devuelve a la intimidad su dimensión social, recordando que toda elección privada ocurre en una trama de fuerzas que la excede.

Los personajes se sostienen en una compleja red de motivos. Constance no es simplemente rebelde; es una mujer que busca sentido en un contexto que la reduce a función. Clifford, con su inteligencia y orgullo, encarna una modernidad que privilegia el control y desconoce la fragilidad. Mellors, vinculado a la tierra, introduce un contrapunto de lenguaje y experiencia, incluso a través del uso de un registro dialectal que revela pertenencias y conflictos de clase. Ninguno de ellos es pura alegoría: sus matices permiten ver cómo las estructuras sociales operan dentro de las emociones más privadas.

En ese tejido, la novela propone una ética del encuentro. La intimidad no aparece como espectáculo, sino como proceso de atención, reciprocidad y riesgo. Lawrence explora la necesidad de palabras y de tacto, de silencio y de reconocimiento, sin idealizar la relación ni negar sus asimetrías. El cuerpo funciona como lugar de conocimiento, no como objeto de consumo, y la sexualidad se vuelve lenguaje para pensar vulnerabilidad y responsabilidad. Esta insistencia en la dignidad de lo sensible otorga al libro una fuerza que trasciende su coyuntura, y explica por qué su lectura sigue resultando incómoda y esclarecedora.

El diálogo con su tiempo añade capas de sentido. Tras la guerra, muchas certezas morales se agrietaron, y la violencia tecnológica dejó tras de sí un cansancio espiritual que esta novela nombra con singular lucidez. La tensión entre campo e industria, tradición y modernización, clase alta y clase trabajadora, no funciona aquí como telón de fondo decorativo, sino como maquinaria que condiciona cada gesto. Al dramatizar esos choques, Lawrence ensaya la pregunta por una vida vivible, donde el pensamiento no renuncie a la carne y la comunidad no asfixie la singularidad.

Hoy, El Amante de Lady Chatterley conserva su vigencia por la claridad con que conecta intimidad y estructura social. En un mundo que alterna hiperexposición y aislamiento, su defensa de una sensibilidad encarnada habla con fuerza. Los debates sobre género, consentimiento, desigualdad y medio ambiente encuentran en estas páginas una anticipación inquietante. La novela no entrega soluciones; ofrece una experiencia de lectura que afina la percepción moral y estética. Por eso su atractivo perdura: vuelve legible la apuesta por una vida más atenta, capaz de escuchar el latido de la tierra y, con él, los límites y posibilidades del deseo.

Sinopsis

Índice

El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, es una novela publicada en 1928 que explora los límites entre deseo, clase social y modernidad. Ambientada en la Inglaterra posterior a la Primera Guerra Mundial, presenta a Constance Reid, casada con Sir Clifford Chatterley, un terrateniente que vuelve del frente con una discapacidad que condiciona su vida íntima y social. La casa de Wragby y el paisaje de las Midlands, marcado por minas y bosques, funcionan como escenario simbólico de tensiones entre lo mecánico y lo orgánico. Desde el inicio, la obra plantea la distancia entre los afectos privados y las normas que rigen la respetabilidad pública.

Clifford, energizado por la ambición intelectual y empresarial, organiza tertulias, escribe, y busca prestigio en un entorno industrial en expansión. Constance, en cambio, siente un vacío sensorial y emocional que la enfermedad del marido agudiza, no por falta de cariño sino por la renuncia impuesta a la corporeidad. El matrimonio se sostiene sobre la lealtad y el deber, pero se revela vulnerable ante la presión de un mundo que valora la productividad y el rango. La tensión es silenciosa, y la casa se vuelve un espacio donde la etiqueta y el orgullo encubren la carencia de intimidad compartida.

Una breve relación de Constance con un visitante célebre deja al descubierto la superficialidad de ciertos vínculos basados en el brillo social. La experiencia no colma su necesidad de cercanía ni de presencia auténtica, y acentúa la percepción de vivir entre apariencias. Lawrence describe con sobriedad la distancia entre la retórica del éxito y la fragilidad de los cuerpos, subrayando cómo el lenguaje y la fama pueden reemplazar, sin sustituir, la sustancia de una unión. Este intento fallido reorienta la búsqueda de la protagonista hacia una dimensión más elemental, donde el silencio y la atención recobran valor.

En sus paseos por los bosques que colindan con las minas, Constance encuentra al guardabosques de la finca, un hombre reservado cuya vida transcurre entre animales, herramientas y estaciones. El trato inicial es distante, marcado por las jerarquías del lugar. Sin embargo, el paisaje, la cabaña y las rutinas del cuidado de la tierra abren un espacio de contacto menos reglado. Allí, el ritmo natural ofrece una alternativa a la prisa productivista de Wragby. La observación mutua, desprovista de alardes, va quebrando la rigidez de clase y posibilita un diálogo que no responde a salones ni a esnobismos.

La relación entre ambos se vuelve un territorio secreto que contrasta con la vida pública de Clifford, cada vez más atento a su nombre y a su empresa. Constance descubre un tipo de presencia que no se limita a las palabras, un acuerdo tácito con el cuerpo y el entorno. Lawrence explora la idea de que la plenitud exige una integración de sensibilidad, erotismo y reciprocidad, no reducible a la mera técnica o al deber. Mientras tanto, la dependencia doméstica de Clifford se canaliza a través de una figura cuidadora que lo acompaña y lo afirma, configurando una intimidad paralela, más utilitaria que afectiva.

A medida que se profundiza el vínculo clandestino, emergen las preguntas sobre el sentido del matrimonio, la reproducción y la pertenencia. Constance contempla la maternidad y el lugar que un posible hijo ocuparía en una estructura familiar anclada al apellido y al patrimonio. Un viaje al extranjero con su familia amplía el contraste entre la vida cosmopolita y la experiencia íntima que ha conocido en el bosque. La distancia temporaria tensiona el pacto secreto, y la reflexión sobre la reputación y el escándalo se vuelve ineludible. La protagonista mide el costo social de su deseo frente a la inercia del orden establecido.

El guardabosques, por su parte, arrastra una historia personal compleja que incluye vínculos rotos y desencanto con los códigos de clase. Su habla, su reserva y su oficio revelan un mundo de dignidad silenciosa, no exento de aspereza. El pasado reaparece en forma de rumores y visitas no deseadas, recordando que la privacidad difícilmente se sostiene en una comunidad pequeña. La posibilidad de que asuntos legales y viejos compromisos interfieran con el presente añade tensión. La novela aborda así la colisión entre biografía íntima y expectativas sociales, y la fragilidad de un refugio que depende del secreto.

La consolidación de la figura pública de Clifford, con su fe en el progreso industrial y la tecnificación de la vida, acentúa el choque con la ética sensorial que atrae a Constance. Las miradas ajenas, la moral de la clase propietaria y el orgullo herido incrementan los riesgos. Se dibujan alternativas excluyentes: preservar la respetabilidad y la seguridad material, o asumir una lealtad a la experiencia vivida que desborda lo permitido. Lawrence mantiene la tensión sin sentenciar, iluminando cómo los afectos se prueban a la intemperie de la opinión, y cómo las decisiones íntimas se ven sitiadas por estructuras económicas y simbólicas.

Sin resolver de inmediato el dilema, la obra convierte el conflicto en una interrogación insistente sobre qué significa estar vivo en cuerpo y espíritu. Aun sin develar el desenlace, el trayecto expone la necesidad de una verdad encarnada que no se satisfaga con fórmulas ni con prestigio. El bosque, las estaciones y la palabra compartida funcionan como contrapeso al ruido de máquinas y salones. El lector asiste a una negociación entre deseo, responsabilidad y justicia personal, con consecuencias que resuenan más allá de los nombres propios y de una sola historia de amor prohibido, sin caer en el escándalo fácil ni la moraleja cerrada, sino en la complejidad humana que propone la obra.

Contexto Histórico

Índice

El Amante de Lady Chatterley se sitúa en la Inglaterra de la posguerra, en los Midlands, una región donde conviven casas señoriales, bosques y cuencas mineras. La narración emerge en un periodo intermedio entre eras: la victoria imperial de 1918 y las incertidumbres de los años veinte. Las instituciones dominantes —la monarquía constitucional, el Parlamento, la Iglesia de Inglaterra y un rígido sistema de clases— aún definen la vida pública, mientras la economía industrial capitalista impone ritmos y valores. En ese marco, una casa de campo y las minas cercanas condensan tensiones de poder, propiedad y moral, revelando la fragilidad de jerarquías heredadas y la penetración de fuerzas modernas en la vida íntima y colectiva.

La Primera Guerra Mundial dejó pérdidas humanas masivas y un legado de discapacidad física y psicológica que reconfiguró hogares y expectativas. El Estado británico amplió pensiones y dispositivos de asistencia a veteranos, pero el trauma siguió siendo un tema omnipresente. La noción de masculinidad se vio sacudida por heridas visibles e invisibles, y la experiencia de las mujeres durante la guerra alteró roles domésticos y afectivos. La novela refleja ese paisaje de cuerpos y espíritus marcados por el conflicto, aludiendo a lesiones, impotencias y silencios que simbolizan un orden social desajustado. El duelo privado y el desarraigo público se superponen, articulando un clima de reconstrucción incierta.

En la década de 1920, el carbón seguía siendo la base energética del Reino Unido, alimentando siderurgia, transporte y calefacción. Las cuencas de Nottinghamshire, Derbyshire y Yorkshire sostenían comunidades enteras organizadas en torno al pozo, con jornadas largas, riesgos y identidades forjadas en el compañerismo y la dureza del trabajo. Muchos yacimientos estaban en manos de consorcios privados, incluida la aristocracia local, cuyo poder económico se traducía en influencia política. La obra capta con detalle la proximidad entre la mansión y el pozo, y muestra cómo la rentabilidad y la técnica condicionan vidas y paisajes, al tiempo que visibiliza la distancia moral entre la dirección y quienes descienden al tajo.

Tras el breve auge inmediato a 1918 llegaron la depresión de 1921 y, sobre todo, la Huelga General de 1926, desencadenada por el conflicto en la minería: salarios a la baja, jornadas extensas y pérdida de condiciones. La solidaridad obrera se manifestó a escala nacional, pero también emergieron fracturas locales y escisiones sindicales. El clima de sospecha mutua entre propietarios y mineros marcó pueblos enteros durante años. Aunque la novela no dramatiza la huelga, su trasfondo es palpable en la desconfianza social, en la precariedad laboral y en la conversación cotidiana, proyectando una Inglaterra donde la autoridad patronal se discute y el trabajo exige un precio humano creciente.

La clase terrateniente vivió una erosión acelerada tras 1918. Los impuestos sucesorios, las bajas rentas agrícolas y los costes de mantenimiento empujaron a muchas familias a vender tierras, bosques y obras de arte. Numerosas casas de campo redujeron su servidumbre o reorientaron su economía hacia inversiones industriales y comerciales. Esta transición de la renta agraria a la rentabilidad financiera crea un tipo de aristócrata dependiente del dividendo y del consejo técnico. En la obra, la casa solariega ya no es un bastión autosuficiente: su estabilidad depende de minas y mercados, y esa dependencia contamina relaciones, aficiones y hasta la ética del cuidado de la tierra.

Los años veinte aceleraron la mecanización y la cultura de la máquina. En las minas se difundieron nuevos equipos, con promesas de eficiencia y riesgos adicionales. En la vida doméstica, el automóvil, el teléfono y el gramófono empezaron a transformar movilidad, ocio y sociabilidad; la radio, desde 1922, añadió una voz nacional al hogar. Esta ola tecnológica, celebrada por unos como progreso y temida por otros como deshumanización, atraviesa la novela como debate sobre el precio de la comodidad y la obediencia al ritmo mecánico. El impulso ingenieril, los dispositivos para la movilidad y el prestigio de lo técnico se enfrentan a una sensibilidad que reivindica cuerpo, silencio y paisaje.

El cambio de los roles de género fue visible y conflictivo. Las británicas mayores de 30 años obtuvieron el voto en 1918 y la igualdad de sufragio con los hombres llegó en 1928. La experiencia laboral femenina durante la guerra, la moda y el ideal de la mujer moderna alteraron prácticas y discursos. La legislación matrimonial avanzó con la reforma de 1923 que equiparó a las mujeres en el causante de adulterio para el divorcio, y en 1937 se ampliaron las causales. La novela, al centrar el deseo y la agencia femenina, interviene en esa conversación histórica, cuestionando un doble rasero sexual que persistía pese a reformas legales y nuevas imágenes de autonomía.

Los debates sobre sexualidad y reproducción ganaron visibilidad. Marie Stopes publicó Married Love en 1918 y abrió una clínica de control de la natalidad en 1921, provocando controversia entre sectores religiosos, médicos y feministas. La difusión de información sexual seguía siendo desigual y sujeta a estigmas, pero el interés por el placer, el consentimiento y la educación sexual se intensificó. La obra se inscribe en ese giro cultural al tratar el lenguaje del cuerpo con frontalidad, desafiando eufemismos eduardianos. Sin ofrecer recetas, sostiene que el bienestar íntimo es asunto social y político, tensionando los límites entre privacidad, moral pública y salud colectiva.

El régimen de censura británico, basado en la Ley de Publicaciones Obscenas de 1857 y la doctrina Hicklin, habilitaba la confiscación de textos que pudieran corromper a lectores considerados vulnerables. Lawrence ya había sufrido ese clima: The Rainbow fue procesada en 1915 y ejemplares fueron incautados. Consciente de los límites editoriales en su país, recurrió a la impresión privada y a editores continentales. El Amante de Lady Chatterley apareció sin expurgar en 1928 mediante tirada privada en Italia, y pronto afrontó prohibiciones y decomisos en el Reino Unido y Estados Unidos. Su circulación temprana dependió de redes discretas, librerías en el extranjero y lectores tenaces.

Este cerco no era excepcional. La misma década presenció la ofensiva contra The Well of Loneliness (1928) de Radclyffe Hall, retirada en Gran Bretaña, y las batallas legales en torno a Ulysses de James Joyce, prohibido en Estados Unidos hasta 1933. Las autoridades postales y aduaneras, amparadas por leyes como el Comstock Act de 1873 en EE. UU., bloquearon el tránsito de literatura considerada obscena. El caso de Lawrence se inserta en esa configuración que asocia moralidad pública con control del lenguaje sexual. La novela, al insistir en nombrar el cuerpo y el deseo, puso a prueba los criterios legales herederos del siglo XIX.

El proceso de escritura y publicación fue arduo. Lawrence elaboró varias versiones entre 1926 y 1928, trabajando en gran parte fuera de Inglaterra, sobre todo en Italia, y depurando una poética del erotismo y la clase. La edición completa se imprimió privadamente en Florencia en 1928 y aparecieron nuevas tiradas en París al año siguiente. En Gran Bretaña circularon versiones expurgadas en la década de 1930, reflejo de la presión legal y comercial. El itinerario editorial muestra tanto la determinación del autor por preservar el texto como la dependencia de circuitos transnacionales para sostener una literatura que la metrópoli consideraba impropia.

El final de los años cincuenta marcó un giro jurídico. En Estados Unidos, el caso Grove Press v. Christenberry (1959) permitió a la editorial distribuir el texto sin que la oficina postal lo bloqueara por obscenidad. En el Reino Unido, la nueva Ley de Publicaciones Obscenas de 1959 introdujo una defensa de bien público basada en el valor literario. En 1960, el juicio R v. Penguin Books Ltd. concluyó con la absolución de la editorial, abriendo la puerta a la edición íntegra y a una difusión masiva en formato de bolsillo. Estos fallos transformaron el ecosistema literario y redefinieron los límites de lo decible en la cultura impresa.

El lenguaje fue un campo de batalla simbólico. La educación obligatoria hasta los 14 años desde 1918 consolidó la alfabetización, y bibliotecas y clubes de lectura ampliaron públicos. Lawrence, hijo de un minero de Eastwood (Nottinghamshire) y formado en la docencia, conocía la estratificación lingüística inglesa. Su uso del dialecto de los Midlands y de palabras corporales directas desafía el registro literario dominante y desestabiliza jerarquías entre habla culta y popular. La controversia no recayó solo en lo sexual, sino en quién tiene derecho a hablar y con qué vocabulario. La novela propone que la verdad emocional exige un idioma no domesticado.

El contexto imperial añade otra capa. Aunque el Reino Unido mantenía vastas posesiones, la posguerra evidenció tensiones, desde Irlanda (independencia en 1922) hasta disturbios coloniales. La sensación de desgaste de una hegemonía mundial se mezclaba con la modernización interna. Lawrence, a menudo autoexiliado tras 1919, viajó por Italia, Ceylán, Australia, México y Estados Unidos, escribiendo con distancia crítica respecto de su país. Esa perspectiva itinerante amplificó su rechazo a los conformismos metropolitanos y su interés por experiencias corporales y paisajes no industrializados, sin que por ello la novela deje de ser una radiografía intensamente inglesa de clase y deseo.

La Inglaterra industrial generó paisajes degradados y, a la vez, un anhelo de contacto con la naturaleza. El excursionismo, los jardines y los bosques privados cobraron significados sociales y políticos. Aunque el célebre trespase de Kinder Scout es de 1932, las disputas por el acceso al campo venían de antiguo y cristalizaban aspiraciones de salud, libertad y comunidad. La novela convierte el bosque y los parajes en escenarios de reparación sensorial, contrapunto de la mina y la máquina. Este culto a la vitalidad corporal, cercano a corrientes higienistas y naturalistas de la época, es una crítica a la fatiga urbana e industrial.

La recepción pública osciló entre el escándalo moral y la defensa de la autonomía artística. Durante décadas, bibliotecas, libreros y universidades lidiaron con restricciones legales y presiones sociales. Tras 1960, la obra entró con fuerza en programas académicos y debates críticos sobre modernismo, sexualidad y clase. Se la leyó como texto que, más allá de su trama, convocaba una discusión sobre la función social de la literatura: si debía consolar, disciplinar o perturbar. Su posterior canonización no borró las incomodidades, pero convirtió el juicio legal en un hito pedagógico sobre libertad de expresión y evaluación del valor literario.

El trasfondo biográfico ilumina la precisión social del libro. Criado en un hogar obrero y educado en escuelas locales, Lawrence conoció desde dentro los códigos de la mina y la aspiración de movilidad cultural. La enfermedad crónica que lo acompañó y su muerte en 1930, poco después de la primera edición privada, subrayan el carácter póstumo de buena parte de su consagración. Su trayectoria, marcada por la censura de 1915 y por viajes constantes, explica la decisión de publicar fuera y la obstinación por un estilo que une fisicidad, espiritualidad y crítica de costumbres. La novela condensa esa apuesta en un relato situado y universal a la vez.

Biografía del Autor

Índice

David Herbert Lawrence (1885–1930) fue un novelista, poeta, cuentista, dramaturgo y ensayista inglés asociado al modernismo. Su obra exploró con audacia la vida emocional y corporal, el conflicto entre el individuo y la sociedad industrial y la búsqueda de autenticidad frente a las presiones de la moral dominante. Publicó en múltiples géneros y cultivó también la pintura, lo que alimentó su imagen de creador integral. Perseguido por la censura en vida y discutido por su franqueza sexual, desplazó el foco de la novela inglesa hacia la sensibilidad, el paisaje y los impulsos no racionales, contribuyendo a ampliar los límites del realismo y del análisis psicológico en la literatura del siglo XX.

Criado en el entorno minero de Nottinghamshire, conoció de primera mano la cultura obrera y el impacto de la industrialización en la vida cotidiana, temas que impregnan su ficción. Se formó como maestro y obtuvo su certificado docente en University College Nottingham, donde inició contactos literarios decisivos. Antes de dedicarse por completo a escribir, ejerció la docencia en escuelas del sur de Inglaterra. Sus primeros textos aparecieron en revistas influyentes y recibió el apoyo de editores atentos a las nuevas corrientes, lo que facilitó la publicación de su debut novelístico. La sensibilidad lírica y la observación social de sus inicios anuncian ya su combinación característica de introspección y crítica cultural.

Su primera novela, The White Peacock (1911), le abrió camino, seguida por The Trespasser (1912). El reconocimiento amplio llegó con Sons and Lovers (1913), una narración de formación ambientada en los Midlands industriales que examina tensiones de clase, trabajo y deseo con un intimismo inusual en su época. Paralelamente cultivó el cuento y la poesía: The Prussian Officer and Other Stories (1914) mostró su destreza para la intensidad breve, y colecciones como Love Poems and Others subrayaron su interés por la energía erótica y las contradicciones del yo moderno. Estas obras consolidaron su voz en el marco del modernismo anglófono emergente.

Durante la Primera Guerra Mundial su escritura y su vida se volvieron objeto de polémica. The Rainbow (1915) fue confiscada y prohibida en el Reino Unido por supuesta obscenidad, episodio que marcó su relación con la censura. Women in Love, concebida como obra compañera, encontró publicación años después, profundizando en su crítica a la deshumanización moderna. Por el clima bélico y sospechas infundadas de espionaje, las autoridades los expulsaron de la costa de Cornualles en 1917. En esos años también escribió poesía renovadora y ensayos que dialogan críticamente con el psicoanálisis y otras corrientes, perfilando una filosofía de la vitalidad y de la conciencia encarnada.

Tras la guerra emprendió una vida de viajes que alimentó su imaginación: Italia y Cerdeña devinieron materia de Sea and Sardinia (1921); estancias en Asia y Oceanía inspiraron Kangaroo (1923); y su paso por Estados Unidos y México nutrió Mornings in Mexico (1927) y la novela The Plumed Serpent (1926). En paralelo publicó Birds, Beasts and Flowers (1923), una de sus colecciones poéticas más celebradas, donde la atención a lo orgánico y lo telúrico desafía la moral utilitaria. Sus ensayos Studies in Classic American Literature (1923) ofrecieron lecturas originales de autores estadounidenses, mostrando a un crítico agudo, iconoclasta y atento a la energía subterránea de los textos.

La etapa final intensificó su choque con la moral pública. Lady Chatterley’s Lover (1928) apareció en una edición privada en Italia y fue prohibida en varios países por su lenguaje y tratamiento del deseo, aunque hoy se lee como indagación en la intimidad y la alienación industrial. Continuó escribiendo relatos notables como The Rocking-Horse Winner (1926) y cultivó la novela corta; The Virgin and the Gypsy se difundió póstumamente. Su exposición de pinturas en 1929 fue clausurada por considerarse indecente, testimonio de una controversia que trascendía la página. Aun así, su estética de la vitalidad y su defensa de lo natural siguieron desarrollándose con coherencia.

Aquejado de tuberculosis, murió en 1930 en Vence, Francia. Su reputación creció tras su fallecimiento: críticos influyentes lo situaron en el centro de la novela inglesa del siglo XX, y el proceso judicial británico de 1960 por la edición íntegra de Lady Chatterley’s Lover marcó un hito en la liberalización de la censura, consolidando su lugar en la cultura. Hoy se lo considera un innovador formal y temático cuya obra, incómoda y vital, sigue interrogando el deseo, la comunidad y el costo humano de la modernidad. Sus novelas, poemas, relatos, viajes y ensayos continúan generando lecturas productivas y debate académico sostenido.

El Amante de Lady Chatterley (texto completo, con índice activo)

Tabla de Contenidos Principal
CAPITULO I
CAPITULO 2
CAPITULO 3
CAPITULO 4
CAPITULO 5
CAPITULO 6
CAPITULO 7
CAPITULO 8
CAPITULO 9
CAPITULO 10
CAPITULO 11
CAPITULO 12
CAPITULO 13
CAPITULO 14
CAPITULO 15
CAPITULO 16
CAPITULO 17
CAPITULO 18
CAPITULO 19

CAPITULO I

La nuestra es esencialmente una época trágica, así que nos negamos a tomarla por lo trágico[1q]. El cataclismo se ha producido, estamos entre las ruinas, comenzamos a construir hábitats diminutos, a tener nuevas esperanzas insignificantes. Un trabajo no poco agobiante: no hay un camino suave hacia el futuro, pero le buscamos las vueltas o nos abrimos paso entre los obstáculos. Hay que seguir viviendo a pesar de todos los firmamentos que se hayan desplomado.
Esta era, más o menos, la posición de Constance Chatterley. La guerra le había derrumbado el techo sobre la cabeza. Y ella se había dado cuenta de que hay que vivir y aprender.
Se había casado con Clifford Chatterley en 1917, durante una vuelta a casa con un mes de permiso. Un mes duró la luna de miel. Luego él volvió a Flandes, para ser reexpedido a Inglaterra seis meses más tarde, más o menos en pedacitos. Constance, su mujer, tenía entonces veintitrés años, y él veintinueve.
Su apego a la vida era maravilloso. No murió, y los pedazos parecían irse soldando de nuevo. Durante dos años estuvo en manos del médico. Luego le dieron de alta y pudo volver a la vida, con la mitad inferior de su cuerpo, de las caderas abajo, paralizada para siempre.
Esto fue en 1920. Clifford y Constance volvieron a su hogar, Wragby Hall, «sede» de la familia. Su padre había muerto. Clifford era ahora un baronet, Sir Clifford, y Constance era Lady Chatterley. Fueron a comenzar su vida de hogar y matrimonio en la descuidada mansión de los Chatterley, sobre la base de una renta más bien insuficiente. Clifford tenía una hermana, pero les había dejado. Por lo demás, no quedaban parientes cercanos. El hermano mayor había muerto en la guerra. Paralizado sin remedio, sabiendo que nunca podría tener hijos, Clifford había vuelto a su hogar en los sombríos Midlands para mantener vivo mientras pudiera el nombre de los Chatterley.
Realmente no estaba acabado. Podía moverse por sus propios medios en una silla de ruedas, y tenía otra con un pequeño motor incorporado con la que podía deambular lentamente por el jardín y recorrer la hermosa melancolía del parque, del cual estaba realmente muy orgulloso aunque fingía no darle gran importancia.
Habiendo sufrido tanto, su capacidad de sufrimiento se había agotado en cierto modo. Permanecía ausente, luminoso y de buen humor, casi podría decirse chispeante, con su cara rubicunda y saludable y el empuje brillante de sus ojos azul pálido. Sus hombros eran anchos y fuertes, sus manos potentes. Vestía ropa cara y llevaba corbatas elegantes de Bond Street. Y, sin embargo, en su cara podía verse la mirada vigilante, la ligera ausencia de un paralítico.
Había estado tan cerca de perder la vida, que lo que quedaba era de un valor excepcional para él. Era obvio en la emocionada luminosidad de sus ojos lo orgulloso que estaba de seguir vivo tras haber pasado por la tremenda prueba. Pero la herida había llegado tan al fondo que algo había muerto dentro de él, parte de sus sentimientos ya no existían. Había un vacío en su sensibilidad.
Constance, su mujer, rubicunda, de aspecto campesino, tenía el pelo castaño, un cuerpo fuerte y movimientos pausados, llenos de una energía poco frecuente. Era de ojos grandes y admirativos, con una voz dulce y suave; parecía recién salida de su pueblo natal. Nada de esto era cierto. Su padre era el anciano Sir Malcolm Reid, en tiempos muy conocido como miembro de la Real Academia de Pintura. Su madre había sido una de las cultas Fabianas de la floreciente época pre-Rafaelita. Entre artistas y socialistas cultos, Constance y su hermana Hilda habían tenido lo que podría llamarse una educación estéticamente poco convencional. Las habían enviado a París, Florencia y Roma para respirar arte, y habían ido en la otra dirección, hacia La Haya y Berlín, a los grandes congresos socialistas, donde los oradores hablaban en todas las lenguas civilizadas sin que nadie se asombrara.
Las dos chicas, por tanto, y desde edad muy temprana, no se sentían intimidadas ni por el arte ni por la política teórica. Era su ambiente natural. Eran al mismo tiempo cosmopolitas y provincianas, con el provincialismo cosmopolita del arte mezclado con las ideas sociales puras.
Las habían enviado a Dresde a los quince años, para aprender música entre otras cosas. Y lo pasaron bien allí. Vivían libremente entre los estudiantes, discutían con los hombres sobre temas filosóficos. sociológicos y artísticos; eran como los hombres mismos: sólo que mejor, porque eran mujeres. Patearon los bosques con jóvenes robustos provistos de guitarras, ¡tling, tling! Cantaban las canciones de los Wandervógel, y eran libres. ¡Libres! La gran palabra. Al aire del mundo, en los bosques de la alborada, entre compañeros vitales y de magnífica voz, libres de hacer lo que quisieran y —sobre todo— de decir lo que les viniera en gana. Hablar era la categoría suprema: el apasionado intercambio de conversación. El amor era un acompañamiento menor.
Tanto Hilda como Constance habían tenido sus aventuras amorosas, tentativas, a los dieciocho años. Los jóvenes con quienes conversaban con tal pasión, los que cantaban con tanto brío y acampaban bajo los árboles con una tal libertad, deseaban, desde luego, una relación amorosa. Las muchachas tenían sus dudas, pero... se hablaba tanto de la cosa, parecía tener una tal importancia, y los hombres eran tan humildes y tan anhelantes. ¿Por qué no iba a ser una chica como una reina y darse a sí misma como regalo?
Así que se habían regalado, cada una al joven con el que tenía las controversias más sutiles e íntimas.
Las charlas, las discusiones, eran lo más importante; hacer el amor y las relaciones afectivas eran sólo una especie de reversión primitiva y un algo de anticlímax. Después, una se sentía menos enamorada del chico y un poco inclinada a odiarle, como si se hubiera entrometido en la vida privada y la libertad interior de una. Porque, desde luego, siendo chica, toda la dignidad y sentido de la vida de una consistía en el logro de una absoluta, perfecta, pura y noble libertad. ¿Qué otra cosa significaba la vida de una chica? Eliminar las viejas y sórdidas relaciones y ataduras.
Y, por mucho que se sentimentalizara, este asunto del sexo era una de las relaciones y ataduras más antiguas y sórdidas. Los poetas que lo glorificaban eran hombres la mayoría. Las mujeres siempre habían sabido que había algo mejor, algo más elevado. Y ahora lo sabían con más certeza que nunca. La libertad hermosa y pura de una mujer era infinitamente más maravillosa que cualquier amor sexual. La única desgracia era que los hombres estuvieran tan retrasados en este asunto con respecto a las mujeres. Insistían en la cosa del sexo como perros.
Y una mujer tenía que ceder. Un hombre era como un niño en sus apetitos. Una mujer tenía que concederle lo que quería, o, como un niño, probablemente se volvería desagradable, escaparía y destrozaría lo que era una relación muy agradable. Pero una mujer podía ceder ante un hombre sin someter su yo interno y libre. Eso era algo de lo que los poetas y los que hablaban sobre el sexo no parecían haberse dado cuenta suficientemente. Una mujer podía tomar a un hombre sin caer realmente en su poder. Más bien podía utilizar aquella cosa del sexo para adquirir poder sobre él. Porque sólo tenía que mantenerse al margen durante la relación sexual y dejarle acabar y gastarse, sin llegar ella misma a la crisis; y luego podía ella prolongar la conexión y llegar a su orgasmo y crisis mientras él no era más que su instrumento.
Ambas hermanas habían tenido ya su experiencia amorosa cuando llegó la guerra y las hicieron volver a casa a toda prisa. Ninguna de ellas se había enamorado nunca de un joven a no ser que ella y él estuvieran verbalmente muy cercanos: es decir, a no ser que estuvieran profundamente interesados, que se HABLARAN. Qué asombrosa, qué profunda, qué increíble era la emoción de hablar apasionadamente con algún joven inteligente hora tras hora, continuar día tras día durante meses... ¡No se habían dado cuenta de ello hasta que sucedió! La promesa del Paraíso
—¡Tendrás hombres con quienes hablar!— no se había pronunciado nunca. Y se cumplió antes de que ellas se hubieran dado cuenta de lo que una promesa así significaba.
Y si, tras la excitante intimidad de aquellas discusiones vívidas y profundas, la cosa del sexo se hacía más o menos inevitable, qué se le iba a hacer. Marcaba el final de un capítulo. Era también una excitación en sí: una excitación extraña y vibrante dentro del cuerpo, un espasmo final de autoafirmación, como la última palabra, emocionante y muy parecida a la línea de asteriscos que puede utilizarse para señalar el final de un párrafo o una interrupción del tema.
Cuando las chicas volvieron a casa durante las vacaciones del verano de 1913, Hilda tenía veinte años y Connie dieciocho, su padre pudo darse cuenta claramente de que ya habían tenido su experiencia amorosa.
L'amour avait passé par lá, como dice alguien. Pero él mismo era un hombre de experiencia y dejó que la vida siguiera su curso. En cuanto a la madre, una inválida nerviosa en los últimos meses de su vida, lo único que deseaba era que sus hijas fueran «libres» y «se realizaran». Ella no había podido ser nunca ella misma: era algo que le había sido negado. Dios sabe por qué, puesto que era una mujer con rentas propias e independencia. Culpaba de ello a su esposo. Pero en realidad dependía de alguna vieja noción de autoridad enquistada en su cerebro o en su alma y de la que no podía librarse. No tenía nada que ver con Sir Malcolm, que dejaba que su nerviosamente hostil y decidida esposa hiciera la vida a su manera, mientras él seguía su propio camino.
Así que las chicas eran «libres» y volvieron a Dresde, a su música, la universidad y los jóvenes. Amaban a sus jóvenes respectivos y sus respectivos jóvenes las amaban a ellas con toda la pasión de la atracción mental. Todas las cosas maravillosas que los jóvenes pensaban, expresaban y escribían, las pensaban, expresaban y escribían para las jóvenes. El chico de Connie era de temperamento musical; el de Hilda, técnico. Pero simplemente vivían para ellas. En sus mentes y en sus emociones mentales, claro. En otros aspectos estaban ligeramente a la defensiva, aunque no lo sabían.
En su interior era también obvio que el amor había pasado por ellos: es decir, la experiencia física. Es curioso la sutil pero inconfundible transmutación que opera tanto en el cuerpo de los hombres como en el de las mujeres: la mujer, más floreciente, más sutilmente redondeada, sus jóvenes angularidades suavizadas y su expresión emotiva o triunfante; el hombre, mucho más apaciguado, más introvertido, las formas mismas de sus hombros y sus nalgas menos afirmativas, más indecisas.
En el impulso sexual efectivo, dentro del cuerpo, las hermanas estuvieron a punto de sucumbir al extraño poder del macho. Pero la recuperación fue rápida: aceptaron el impulso sexual como una sensación y siguieron siendo libres. Mientras los hombres, agradecidos por la experiencia sexual, entregaron sus almas a la mujer. Y más tarde parecían como quien ha perdido diez duros para encontrar cinco. El chico de Connie podía parecer un poco retraído y el de Hilda algo sarcástico. ¡Pero así son los hombres! Ingratos y constantemente insatisfechos. Cuando no quieres saber nada de ellos te odian porque no quieres, y cuando quieres te odian por alguna otra razón. O sin razón ninguna, excepto que son niños enfadados, y no hay manera de contentarlos con nada, haga una mujer lo que haga.
Sin embargo, estalló la guerra; Hilda y Connie fueron facturadas a casa de nuevo, después de haber estado allí ya en mayo para el funeral de su madre. Antes de las navidades de 1914 sus dos jóvenes alemanes habían muerto: aquello hizo llorar a las hermanas y amar a los jóvenes apasionadamente, pero poco después les olvidaron. Ya no existían.
Las dos hermanas vivían en la casa de Kensington de su padre, realmente de su madre, y salían con el joven grupo de Cambridge, el grupo que defendía la «libertad», los pantalones de franela, las camisas de franela con el cuello abierto, una selecta especie de anarquía sentimental, un tipo de voz suave y susurrante y una especie de modales ultrasensibles. Sin embargo, Hilda se casó repentinamente con un hombre diez años mayor que ella, un miembro mayor del mismo grupo de Cambridge, un hombre con no poco dinero y un cómodo empleo hereditario en el gobierno: que además escribía ensayos filosóficos. Pasó a vivir con él en una casa poco amplia de Westminster y entró en esa buena sociedad de gente del gobierno que no está a la cabeza, pero que son, o pudieran ser, el verdadero poder oculto de la nación: gente que sabe de qué habla, o habla como si lo supiera.
Connie realizaba una forma atemperada de trabajo bélico y andaba con los intransigentes de Cambridge, de pantalón de franela que se reían moderadamente de todo, por el momento. Su «amigo» era un tal Clifford Chatterley, un joven de veintidós años, que había vuelto a toda prisa de Bonn, donde estudiaba los tecnicismos de la minería del carbón. Antes había pasado dos años en Cambridge. Actualmente era teniente en un regimiento fino, porque resultaba más elegante burlarse de todo en uniforme.
Clifford Chatterley era más «clase alta» que Connie. Connie era «intelectualidad» de buena posición, pero él era «aristocracia». No de la grande, pero lo era. Su padre era un baronet, y su madre había sido hija de un vizconde.
Pero, mientras Clifford era de más alta cuna que Connie y más «sociedad», resultaba, a su manera, más provinciano y más tímido. Se encontraba a gusto en el pequeño «gran mundo», es decir, entre la aristocracia con tierras, pero se comportaba de manera retraída y nerviosa en ese otro amplio mundo compuesto por las vastas hordas de las clases medias y bajas y los extranjeros. Si ha de decirse la verdad, le asustaba un poco la humanidad de las clases medias y bajas y le asustaban los extranjeros que no eran de su clase. Era, de alguna forma paralizante, consciente de su falta de defensas, a pesar de que había disfrutado de todas las defensas de los privilegios. Cosa curiosa, pero fenómeno de nuestros días.
De aquí que la velada seguridad peculiar de una chica como Constance Reid le fascinara. Ella era mucho más dueña de sí en aquel mundo exterior de caos que él de sí mismo.
Aun así también él era un rebelde: rebelándose incluso contra su clase. O quizá rebelde sean palabras mayores; demasiado mayores. Estaba simplemente atrapado en el rechazo popular y general de los jóvenes frente a cualquier convencionalismo y cualquier clase de autoridad real. Los padres eran absurdos; el suyo, tan obstinado, el que más. Y los gobiernos eran absurdos; especialmente el nuestro, de siempre esperar a ver qué pasa. Y los ejércitos eran absurdos, y los carcamales de los generales más aún, especialmente el abotargado de Kitchener. Incluso la guerra era absurda, aunque con la ventaja de que mataba a no poca gente.
En realidad todo era algo absurdo, o muy absurdo: desde luego todo lo relacionado con la autoridad, fuera ejército, gobierno o universidades, era absurdo y no poco. Y en la medida en que la clase gobernante tenía cualquier pretensión de gobernar, era también absurda. Sir Geoffrey, el padre de Clifford, era intensamente absurdo, talando sus árboles y escardando hombres de su mina de carbón para echarlos al fogón de la guerra; y él mismo, tan asentado y patriótico; gastando además en su país más dinero del que tenía.
Cuando la señorita Chatterley —Emma— vino de los Midlands a Londres para algo de enfermera, hacía, de forma sutil, bromas constantes sobre Sir Geoffrey y su decidido patriotismo. Herbert, el hermano mayor y heredero, se reía abiertamente a pesar de que eran sus árboles los que se estaban cortando para las tropas francesas. Pero Clifford simplemente apuntaba una sonrisa incómoda. Todo era absurdo, es verdad. Pero ¿y si se iba demasiado lejos y uno también llegaba a ser absurdo...? Por lo menos la gente de otra clase, como Connie, tomaba en serio algo. Creía en algo.
Tomaban en serio a los soldados y a la amenaza del alistamiento forzoso y la escasez de azúcar y caramelos para los niños. De todas estas cosas, desde luego, las autoridades tenían absurdamente la culpa. Pero Clifford no podía tomar esto en serio. Para él las autoridades eran ridículas ab ovo, no por el caramelo o los soldados.
Y las autoridades se sentían absurdas y se comportaban de forma un tanto absurda, y todo era momentáneamente como el cumpleaños del tonto del pueblo. Hasta que las cosas fueron allí a más, y Lloyd George vino a salvar la situación. Esto llegó a superar incluso el absurdo; el joven rebelde dejó de reírse.
En 1916 Herbert Chatterley murió en la guerra, así que Clifford se convirtió en heredero. Incluso esto le aterrorizaba. Su importancia como hijo de Sir Geoffrey, y criatura de Wragby, le había llegado tan a la raíz que nunca escaparía de ello. Y, sin embargo, sabía que también esto, a los ojos del vasto mundo en ebullición, era absurdo. Heredero ahora, y responsable de Wragby. ¿No era horrible y espléndido y al mismo tiempo, quizás, puramente sin sentido?
Sir Geoffrey no tenía sitio para el absurdo. Estaba pálido, en tensión, remetido en sí y obstinadamente decidido a salvar a su país y su propia posición, fuera con Lloyd George o cualquier otro. Tan desconectado estaba, tan divorciado de la Inglaterra que era realmente Inglaterra, tan extremadamente incapaz, que incluso tenía buena opinión de Horatio Bottomley. Sir Geoffery defendía a Inglaterra y a Lloyd George como sus antepasados habían defendido a Inglaterra y a San Jorge: y nunca supo darse cuenta de la diferencia. Así que Sir Geoffrey talaba los árboles y defendía a Inglaterra y Lloyd George, Lloyd George e Inglaterra.
Y quería que Clifford se casara y tuviera un heredero. Clifford creía que su padre era un anacronismo sin remedio. ¿Pero, en qué estaba él ni un centímetro más adelantado, excepto en un impaciente sentido de lo absurdo de todo y del supremo absurdo de su propia posición? Porque, quieras o no, tomó a su título y a Wragby con la mayor seriedad.
La divertida exaltación ya no estaba presente en la guerra..., había muerto. Demasiada muerte y horror. Un hombre necesitaba apoyo y consuelo. Un hombre necesitaba tener un ancla en el mundo de la seguridad. Un hombre necesitaba una esposa.
Los Chatterley, dos hermanos y una hermana, habían vivido curiosamente aislados, encerrados uno con otro en Wragby, a pesar de todas sus relaciones sociales. Un sentido de aislamiento intensificaba el lazo familiar, un sentido de la debilidad de su posición, un sentido de inermidad, a pesar de, o a causa de, la tierra y el título. Estaban al margen de aquellos Midlands industriales en los que pasaban sus vidas. Y estaban al margen de su propia clase a causa de la naturaleza retraída, obstinada y taciturna de Sir Geoffrey, su padre, de quien se burlaban pero al que estaban tan apegados.
Los tres habían dicho que siempre vivirían todos juntos. Pero ahora Herbert había muerto y Sir Geoffrey quería que Clifford se casara. Sir Geoffrey apenas lo mencionaba: hablaba muy poco. Pero su insistencia muda y taciturna en que así fuera hacía difícil la resistencia de Clifford.
¡Pero Emma dijo NO! Era diez años mayor que Clifford y para ella su matrimonio sería una deserción y una traición a lo que habían defendido los jóvenes de la familia.
Clifford se casó con Connie a pesar de todo y pasó un mes de luna de miel con ella. Era el terrible año de 1917 y estaban tan unidos como dos personas juntas sobre un barco que se hunde. El era virgen al casarse: y la parte sexual no significaba mucho para él. Se entendían muy bien, él y ella, aparte de esto. Y a Connie le encantaba moderadamente aquella intimidad que estaba más allá del sexo, más allá de la «satisfacción» de un hombre. En todo caso, Clifford no buscaba simplemente su «satisfacción», como parecía suceder con tantos hombres. No, la intimidad era más profunda, más personal que eso. Y el sexo era simplemente un accidente, o un anexo, uno de los procesos orgánicos curiosamente caducos que persistían en su propia chabacanería, pero que no eran realmente necesarios. Connie, sin embargo, quería tener hijos: aunque sólo fuera para fortalecer su posición frente a su cuñada Emma.
Pero a principios de 1918 enviaron a Clifford destrozado a la patria, y no hubo hijo. Y Sir Geoffrey murió de desazón.

CAPITULO 2

Connie y Clifford se instalaron en Wragby en el otoño de 1920. La señorita Chatterley, disgustada aún por la deserción_ de su hermano, se había ido y vivía en un pequeño piso en Londres.
Wragby era una antigua construcción alargada de piedra parda, comenzada hacia mediados del siglo XVIII y con añadidos posteriores, hasta haber llegado a convertirse en una especie de conejera sin mucha distinción. Estaba situada sobre una elevación en un apreciable parque de viejos robles; pero, ¡ay!, no lejos de allí podía verse la chimenea del pozo de Tevershall, con sus nubes de humo y vapor, y, sobre la húmeda y neblinosa distancia de la colina, el burdo amasijo del pueblo de Tevershall, un pueblo que comenzaba casi a las puertas del parque y se arrastraba en una fealdad sin remedio a lo largo de una extensa y horrorosa milla: casas, filas de casas de ladrillo, miserables, pequeñas, tristes, con techos de pizarra negra como tapadera, ángulos agudos y una deliberada y vacía falta de solaz.
Connie estaba acostumbrada a Kesington, o a las colinas de Escocia, o a las vegas de Sussex: aquella era su Inglaterra. Con el estoicismo de la juventud, comprendió de una mirada la desalmada frialdad de los Midlands con su minería del hierro y del carbón, y le aplicó su justo valor: algo increíble en lo que no había que pensar. Desde las deprimentes habitaciones de Wragby oía el ronroneo de las cribas de la mina, el chirrido de la cabria, el clac-clac de las vías de maniobra y el ronco y apagada silbido de las locomotoras mineras. La escombrera de Teverhall estaba ardiendo, había estado ardiendo durante años y costaría millones apagarla. Así que tenía que seguir ardiendo. Y cuando el viento soplaba de allí, cosa frecuente, la casa se llenaba de la peste de aquella combustión sulfurosa del excremento de la tierra. Pero incluso en los días sin viento el aire olía siempre a algo subterráneo: sulfuro, hierro, carbón o ácido. E incluso sobre las rosas de navidad las motas se asentaban de forma persistente, increíble, como un maná negro de los cielos de la fatalidad.
Bueno, allí estaba: ¡inevitable como el resto de las cosas! Era un tanto horrible, pero ¿por qué romperse la cabeza? No podía borrarse de un plumazo. Todo seguía allí. ¡La vida, como lo demás! Por la noche, sobre el bajo techo oscuro de nubes, los manchones rojos ardían temblorosos, jaspeantes, alargándose y contrayéndose como quemaduras dolorosas. Eran los hornos. Al principio fascinaban a Connie con una especie de horror; se sentía vivir bajo la tierra. Luego se acostumbró a ellos. Y por la mañana llovía.
Clifford decía que Wragby le gustaba más que Londres. Aquella comarca tenía una personalidad propia y salvaje y la gente tenía huevos. Connie se preguntaba qué otra cosa tendrían: desde luego ni ojos ni cerebros. Eran tan silvestres, informes e incoloros como el paisaje, e igual de huraños. Sólo que había algo en su confuso chapurreo del dialecto y en el chapoteo de sus botas claveteadas sobre el asfalto cuando, en bandas, volvían a casa del trabajo, que era terrible y un tanto misterioso.
No se había dado ninguna fiesta de bienvenida para el joven caballero, ninguna celebración, ninguna recepción, ni siquiera una flor. Sólo un húmedo viaje en coche por un camino oscuro y encharcado, entre un túnel de árboles melancólicos hasta salir a la pendiente del parque, donde pastaban ovejas grises y mojadas, y luego la cumbre donde la casa desplegaba su oscura fachada parda y el ama de llaves y su marido parecían flotar como inquilinos inseguros sobre la faz de la tierra, dispuestos a recitar entre dientes alguna fórmula de bienvenida.
No había comunicación entre Wragby Hall y el pueblo de Tevershall, ninguna. Ni una mano al ala del sombrero, ni un gesto de cortesía. Los mineros miraban simplemente; los tenderos alzaban la gorra ante Connie como si fuera una conocida y hacían un imperfecto gesto de cabeza hacia Clifford; eso era todo. Un abismo sin puente, y una especie de silencioso resentimiento por ambas partes. Al principio la constante llovizna de resentimiento que venía del pueblo hacía sufrir a Connie. Luego se endureció y aquello se convirtió en una especie de tónico, algo que daba sentido a la vida. No era que ella y Clifford estuviesen mal vistos, simplemente pertenecían a una especie que no tenía nada que ver con la de los mineros. Golfo infranqueable, abismo insondable, tal como no exista quizás al sur del Trent. Pero en los Midlands y en el norte industrial existía un golfo infranqueable a través del cual no podía establecerse ninguna comunicación. ¡Quédate en tu lado y yo me quedaré en el mío! Una extraña negación del sentir común de la humanidad.
Y, sin embargo, el pueblo simpatizaba con Clifford y Connie en abstracto. Pero en la vida diaria era «¡Déjame en paz!» por ambos lados.
El rector era un hombre agradable de unos sesenta años que sólo vivía para su oficio y casi reducido personalmente a la inexistencia por el mudo «¡Déjame en paz!» del pueblo. Las mujeres de los mineros eran casi todas metodistas. Los mineros no eran nada. Pero lo poco de uniforme oficial que llevaba el sacerdote era suficiente para ocultar por completo el hecho de que se trataba de un hombre como cualquier otro. No, era el señor Ashby una especie de institución automática de rezos y sermones.
Este obstinado e instintivo «Somos tan buenos como usted, por muy Lady Chatterley que usted sea» desconcertaba y confundía enormemente a Connie al principio. La curiosa, suspicaz y falsa amabilidad con que las mujeres de los mineros respondían a sus intentos de contacto; aquel curiosamente ofensivo matiz de «¡Cielos! ¡Ahora soy alguien, puesto que Lady Chatterley se digna dirigirme la palabra! ¡Pero que no se crea que yo soy menos que ella!», que siempre oía como una vibración en las voces semiaduladoras de las mujeres, era insoportable. No había manera de ignorarlo. Demostraba una desesperante y ofensiva rebeldía.
Clifford les ignoraba y ella aprendió a hacer lo mismo: pasaba sin mirarles y ellos la miraban como si fuera una figura de cera en movimiento. Cuando tenía que hablar con ellos, Clifford era más bien altivo y adoptaba un tono de desprecio; no valía la pena seguir siendo amable. En realidad y en general se mostraba con un cierto engreimiento y desprecio ante cualquiera que no fuera de su clase. Permanecía en su terreno, sin ningún intento de conciliación. Y la gente ni le quería ni dejaba de quererle: era parte de las cosas, como la mina o como Wragby mismo.
Pero en realidad Clifford era extremadamente tímido y susceptible ahora que estaba impedido. Le disgustaba ver a cualquiera, a excepción de los criados personales, puesto que tenía que permanecer sentado en una silla de ruedas o en una especie de moto de inválido. En cualquier caso seguía vistiendo con el mismo cuidado la ropa confeccionada por sastres caros y llevaba las distinguidas corbatas de Bond Street como antes; de arriba abajo mantenía la misma elegancia y distinción de siempre. Nunca había sido uno de esos jóvenes modernos afeminados: era incluso más bien campestre, con su cara curtida y sus anchos hombros. Pero su voz, muy suave e insegura, y sus ojos, al mismo tiempo asustadizos y audaces, llenos de seguridad e indecisos, revelaban su naturaleza. Su comportamiento era a menudo ofensivamente engreído, para volver a ser luego modesto y comedido, casi tembloroso.
Connie y él estaban unidos a la distante manera moderna. Había llegado a herirle demasiado el tremendo golpe de su invalidez para poder ser abierto y chispeante. Era una cosa lesionada. Y como tal, Connie permanecía apasionadamente a su lado.
Pero ella no podía evitar sentir que estuviera tan aislado de la gente. Los mineros, en un sentido, le pertenecían; pero él los veía como objetos, más que como seres humanos; parte de la mina, más que parte de la vida; descarnados fenómenos naturales, más que hombres semejantes a él. En cierto sentido le daban miedo; no podía soportar que le miraran ahora que estaba paralítico. Y su extraña y dura vida le parecía tan innatural como la de los erizos.
Sentía un remoto interés, pero como un hombre que mirara por un microscopio o un telescopio. No estaba en contacto. No tenía una conexión real con nadie, excepto, por tradición, con Wragby y, a través del fuerte lazo de la defensa familiar, con Emma. Fuera de eso nada le afectaba realmente. Connie se daba cuenta de que ella misma no le afectaba realmente, no de verdad: quizás no había en él nada que pudiera conmoverse; simplemente una negación del contacto humano.
Sin embargo, dependía absolutamente de ella, la necesitaba en todo momento. A pesar de su fortaleza y estatura, era un ser indefenso. Podía moverse en una silla de ruedas y tenía su silla motorizada con la que podía recorrer lentamente el parque. Pero cuando se quedaba solo era como un objeto abandonado. Necesitaba que Connie estuviera allí para tener la seguridad de existir.
Aun así era ambicioso. Había empezado a escribir narraciones; historias curiosas y muy personales sobre gente que había conocido; ingeniosas, malintencionadas y, sin embargo, de forma un tanto misteriosa, sin sentido. Sus dotes de observación eran extraordinarias y personales. Pero no tenían garra, no había contacto real. Era como si todo se desarrollara en el vacío. Aunque, dado que el terreno de la vida es hoy un escenario iluminado artificialmente, los cuentos tenían una curiosa fidelidad a la vida moderna, a la psicología moderna más bien.
Clifford era morbosamente sensible cuando se trataba de estos cuentos. Quería que a todo el mundo le parecieran buenos, de lo mejor, non plus ultra. Se publicaban en las revistas más modernas y eran alabados o criticados como de costumbre. Pero para Clifford las críticas negativas eran una tortura, como cuchillos clavados en sus entrañas. Era como si todo su ser estuviera en sus cuentos.
Connie le ayudaba todo lo que podía. Al principio era apasionante. El lo consultaba todo con ella de forma monótona, insistente, constante, y ella tenía que responder con toda su capacidad. Era como si todo su cuerpo, su alma y su sexo despertaran y pasaran a sus cuentos. Aquello la emocionaba y la absorbía.