El amor después del desamor - Maxi Mc Coubrey - E-Book

El amor después del desamor E-Book

Maxi Mc Coubrey

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Beschreibung

El amor no daña a sabiendas. El amor no maltrata.   "El desamor confunde, llena de dudas sobre el propio valor y la capacidad de conectar con otros. Lo acompaña una desregulación emocional que nos saca de quicio, nos deja con hiperactividad o parálisis. Vivimos llenos de angustia, ira y miedo, incapaces de encontrar paz en nuestro propio ser", dice Maxi Mc Coubrey, psicólogo clínico especializado en dependencia emocional, trauma complejo y narcisismo patológico.   En El amor después del desamor nos ayuda a reflexionar sobre nuestras experiencias de "amor", el abuso emocional y la naturalización de las falsas manifestaciones de afecto. Salir de estas trampas y sanar es posible.   Después de la tormenta más oscura, siempre hay luz.

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Seitenzahl: 272

Veröffentlichungsjahr: 2024

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www.editorialelateneo.com.ar

/editorialelateneo

@editorialelateneo

A las personas que, eligiéndome como su psicólogo, me enseñaron tanto.

A mis colegas, generosos pares, que me llevan de la mano cuando naufrago.

A Fran, por el amor y por darme un hogar al cual siempre quiero volver.

Introducción

Querido/a lector/a

Lo que estás a punto de explorar en estas páginas es un rayo de esperanza en medio de la neblina, una luz al otro lado del río, el pulso de un faro que señala un camino. Lo que encontrarás aquí puede ser difícil, no por su complejidad, sino por el dolor que implica su elaboración.

El desamor a menudo es un disfraz que usan personas afectadas por trastornos de personalidad, como el narcisismo, que derivan incluso en problemas más graves, como perversiones y psicopatías. No son comportamientos que se puedan ver a simple vista; se camuflan, lo que complica aún más su identificación.

Las historias que aparecen en este libro están narradas desde la profunda experiencia de un psicólogo clínico, alguien que comenzó a desentrañar estos misterios desde muy joven, cuando a los veinte años, en la facultad, escuchó por primera vez la palabra “trauma”. Aquí encontrarás relatos clínicos, cuentos, canciones, películas, teorías y técnicas, en un intento de darle sentido al amor después del desamor.

Recuerdo haber escuchado El amor después del amor, de Fito Páez, y pensar que existe algo aún más desafiante: encontrar amor después del desamor. El desamor confunde, mantiene en alerta, llena de dudas sobre el propio valor y la capacidad de conectar con otros, y lo acompaña una desregulación emocional que nos saca de quicio, nos deja con hiperactividad o parálisis, llenos/as de angustia, ira y miedo, incapaces de encontrar paz en nuestro propio ser.

El amor después del desamor es más complicado porque esas relaciones hacen sentir que el problema no es el vínculo o la otra persona, sino uno/a mismo/a, nuestra esencia. Este texto es un intento de regresar a uno/a mismo/a tras el “te amo, te odio, dame más” (como dice Charly García) característico del abuso emocional. Presenta teoría esencial para comprender y práctica moderada para evitar caer en repeticiones, sin buscar ser una psicología superficial ni una lectura exclusiva para expertos. En todas las secciones encontrarás algunas preguntas para reflexionar y, en el último capítulo, elaboré un cuestionario para que conectes contigo mismo/a. Puedes elegir hacerlo al final de tu lectura, hacerlo a medida que lees o también intervenirlo y crear tus propios interrogantes.

Aunque el tema es vasto y profundo, esta lectura es un recorrido informado y crítico por los aspectos más oscuros del alma humana. Y aquí yace mi interés: ayudarte a abrir los ojos, a comprender, a permitirte ver lo que antes no podías. Porque en este tema, sin la información adecuada, es imposible ver la salida.

Nombrar, superar aprendiendo de uno/a mismo/a y de los demás y sobrevivir al abuso emocional son pasos cruciales. La psicoeducación no libera por el mero hecho de poseerla, porque puedes saber y no actuar; pero sin conocimiento, nunca actuarás. El saber, apoyándose en las experiencias que otras personas ya han transitado, ilumina el camino hacia la libertad.

Avancemos juntos.

Dale. Vamos a estar bien.

Maxi

Los inicios y las huellas imborrables

Algunos dicen que los inicios de las prácticas son azarosos. Yo no lo sé a ciencia cierta. ¿Es azar o destino? ¿Es nuestro deseo el que va forjando lo que encontramos? ¿O lo que encontramos fortuitamente nos va constituyendo?

Mi interés y reflexión sobre estos temas han sido constantes a lo largo de mi vida. Desde mi niñez, me cautivaron las historias de vampiros, fantasmas y payasos que vienen para explotar nuestras vulnerabilidades, sin saber que estos relatos simbolizaban el peligro en la intimidad, el regreso del dolor en diversas formas y los disfraces del abuso, incluso con sus mejores máscaras.

En la universidad, lo que más me atrajo en términos clínicos fue el estudio del dolor psicológico, el paso del tiempo en los procesos, los momentos de elaboración, el impacto en el cuerpo y lo que, al quedar fuera de la elaboración, se repite. Me interesaba el trauma, aunque sin entenderlo del todo en aquel entonces.

Pero no me refería a cualquier trauma, sino al generado dentro de los vínculos, en el núcleo familiar: el trauma intersubjetivo. Así, en un principio me incliné hacia la psicología sistémica, además del psicoanálisis, que fue fundamental para quienes nos formamos en la clínica durante los años 90 en Argentina. Hoy, el campo evoluciona constantemente, y esta evolución es muy enriquecedora.

Meditando, me di cuenta de que hubo dos casos clínicos después de mi formación académica que reafirmaron mi vocación. Huellas imborrables. Sus nombres han sido modificados, pero los recuerdos son tan vívidos como si hubieran ocurrido ayer.

Celeste

A los 36 años, Celeste comenzó su terapia. Guiada por su madre, se enfrentaba a un mundo que no podía ver. Llegó a mi consulta porque vivíamos cerca; su madre, tras escuchar sobre mí en una tienda de sahumerios, decidió buscarme. Una conversación casual con la dueña del local, que valoraba mi pensamiento, fue el enlace.

Una tarde, tomadas del brazo, madre e hija tocaron mi puerta. Me resumieron su situación y, tras consultar mi agenda, le ofrecí una cita a Celeste. Aunque no era habitual atender en mi hogar, la fuerza de ese encuentro me motivó a recibirlas allí, dada la cercanía de nuestras residencias.

Recuerdo con suma claridad nuestro primer encuentro terapéutico. La ceguera de Celeste fue el resultado de picos de glucemia no controlados, un efecto devastador de su diabetes, exacerbada tras el suicidio de su esposo, que la dejó sola con una hija y una montaña de deudas. Este evento desató, además, ataques de pánico. Tenía una desconexión profunda con su ser, como si estuviera atrapada en un cuerpo extraño. Era hija de un padre desaparecido durante la última dictadura militar en Argentina.

La adaptación de Celeste fue monumental, aprendió a moverse con un bastón blanco y a confiar en sus otros sentidos. Se familiarizó con tecnologías para personas ciegas, lo que le permitió “ver” el mundo de otra manera. Su camino hacia la independencia fue marcado por la determinación y llegó a trabajar en atención al público en una universidad.

A pesar de las adversidades, Celeste encontró alegría en el baile y la educación, aunque su vida siempre estuvo marcada por la diabetes. En nuestra última conversación, percibí una desesperación profunda en su voz. Al día siguiente, Celeste falleció, dejando una lección de vida invaluable. Su historia resonó en mí, me impulsó a profundizar en mi práctica terapéutica y a reafirmar mi compromiso con el apoyo y la empatía hacia quienes enfrentan adversidades.

Aún recuerdo las palabras que su madre me dijo en el velatorio: “Por lo menos se fue habiendo logrado volver a estar bien”.

Natalia

Natalia, una militar con licencia médica, tenía 28 años cuando llegó a terapia. Llegó tras la muerte de su hija y su exmarido por una derivación de una colega. La historia de Natalia es el relato de una vida entrelazada con un hombre que conocía tanto el afecto como la oscuridad, alterada irrevocablemente por un acto final de violencia y desesperación.

Su exmarido, compañero de armas en la disciplina militar, había mostrado signos de una agresividad y violencia que escalaron con el tiempo. A pesar de ello, se habían casado. Después de 5 años, y tras decidir separarse, este hombre cometió el acto más atroz imaginable: mató a su hija y luego se suicidó delante de ella. Lo hizo después de decirle: “Si no sos mía, no vas a ser de nadie”. Este evento marcó el inicio de un duelo traumático para Natalia que la sumergió en un abismo de dolor y desorientación. El shock inicial la dejó paralizada, incapaz de procesar su pérdida.

Con el tiempo, el entumecimiento dio paso a una tormenta de emociones, con recuerdos traumáticos que irrumpían constantemente y desencadenaban ansiedad y miedo. Estos recuerdos la hicieron cuestionarse cómo el hombre que una vez amó pudo convertirse en el autor de tal horror.

Su duelo se complicó por sentimientos de culpa y preguntas sin respuesta que la atormentaban. La ira emergió como una respuesta visceral al dolor y se transformó en una energía que la impulsaba hacia delante.

Poco a poco, fue pasando por todos los estados del duelo, agotada pero humilde, tierna, amorosa. En su búsqueda de sentido y conexión tras la pérdida, encontró la fuerza para volver a abrir su corazón de a poquito, se reencontró con un amor de su adolescencia que la invitó a tomar algo. Esa sesión fue muy esperada creo que por ambos. Algo pasó ahí, ella volvió a dejarse querer. O se dejó querer por primera vez.

Este renacer del amor y la llegada de dos hijos simbolizaron un nuevo comienzo y un acto de fe en el futuro. Si bien ya habíamos concluido la terapia, me escribió un mail después de unos dos o tres años para contármelo.

Tantas vidas y tantos relatos…, pero estos dos dejaron una huella imborrable en mis inicios. Las historias de Natalia y Celeste, marcadas por el trauma pero definidas por la resiliencia y la capacidad de renacer, son recordatorios poderosos de la fortaleza del espíritu humano. Nos enseñan que, a pesar del dolor y la desesperación,siempre hay espacio para la esperanza, el amor y un nuevo comienzo.Aun cuando pensemos que no es posible.

Parte I

Nombrar el trauma

LA GUARDIA Y LA CONCURRENCIA: TRAUMA Y TRAICIÓN

Es necesario nombrar lo que te duele para hacerlo existir y poder verlo de frente. Si no lo nombras, no existe. Es poner luz sobre algo. Cualquier cambio en la vida empieza por esto, para luego poder nombrar de otra manera. Al principio es solo un germen, una punta, un ápice, un índice. Nombrar es un hacer antes de hacer una acción concreta. Nombrar la acción que funda. Nominar. Titular. Señalar.

¿Cómo se llama tu dolor? ¿Dónde te duele en ese espacio de tu alma? ¿Quién te hizo daño? ¿Cuándo? ¿Dónde?

Nombrar también es adherir a un discurso que viene de afuera, más allá de nuestra propia narrativa, un discurso médico, psicológico, religioso, académico: un discurso estructurado con pretensiones de objetividad o intersubjetividad, al menos: varios coinciden en llamar así a eso que te pasa.

¿Qué nombre recibe en tu terapia eso que te pasó? ¿Cómo lo nombra tu médico o tu abogado? ¿Cómo lo menciona el cura que visitas?

Marisa

Nombrar convierte el dolor en abarcable, palpable… Y no es simplemente poner en palabras, es decir las cosas por su verdadero nombre.

Así llegó a mi consulta Marisa, que hoy tiene 40 y monedas. Si bien es profesional, está muy inhibida en su vida. Tiene miedo de varias cosas… Trae una foto a la sesión y me la muestra, allí tenía 9 años y estaba vestida de princesa. Su madre se había pasado toda una noche cosiéndole ese vestido.

Ese día, ella se había subido al escenario del colegio para un acto y había hecho su actuación junto a sus compañeros, pero al volver excitada y desordenada como cualquier niña de 9 años, rompió parte del disfraz, lo pisó y lo descosió en algunas partes.

La madre, cuando llegaron a la casa, después de decirle que no valoraba nada, la agarró de los pelos y le dio la cabeza contra la pared. Marisa me cuenta que una de sus vecinas, que había escuchado los gritos y había visto los moretones al otro día, le hizo acordar de esa paliza.

Hoy Marisa tiene un jefe que la explota, por lo que tiene que nombrar esa explotación como abuso y entender quién fue la primera persona que abusó de ella: su madre.

Cuando hay que entender de dónde viene el dolor y ese dolor viene de alguien que te tendría que haber amado es muy difícil nombrarlo. Da culpa, desorienta.

Vivimos (¿o vivíamos?) en un mundo en el que a los niños se los educa empezando a escribir cosas como “mi mamá me mima”, “mi mamá me ama”, “yo amo a mi mamá”. ¿Cómo hacemos para nombrar si tenemos toda esa carga cultural encima?

Nombrar supone un juicio de valor: uno elige una cosa y no otra. Valora, pondera. Es subjetivo, pero tiene rasgos de la intersubjetividad, es decir, de la concepción de otros. Nombrar el abuso, en el caso de Marisa, le permite entender que tiene que sanar para dejar de repetir. El nombre une una acción a una persona o grupo. El nombre da la punta para empezar.

¿Cómo vas a solucionar algo si no sabes qué tienes que solucionar? Tal vez sea solo angustia, pero va a tener una fuente. Nombrar es preguntarte qué te pasa. ¿Qué te pasa cuando lees esto? ¿Qué te pasó para que leas esto? ¿Qué quieres encontrar en esto? ¿Qué estás buscando en esto?

Nombra, nómbralo, nómbrate ahí. No es congelar el tiempo, verás que luego le das más movimiento, pero eso tiene que salir a la luz. Nombrar no es un destino final en sí mismo si lo haces sabiendo que es el primer paso para el cambio.

¿Qué debes nombrar? ¿Cómo se llama eso que sientes?

Te propongo el siguiente ejercicio. Siéntate con una hoja de papel o un dispositivo delante de ti y pregúntate: “¿Cómo se nombra lo que siento?”. Deja salir unas cuantas palabras y arma una oración o varias…

¿Es dolor? ¿Es abuso? ¿Es maltrato? ¿Es angustia? ¿Qué es…?

ES MÁS SIMPLE, MAXI...

Patricio

Cuando tenía 26 años y estaba haciendo mis primeros pasos clínicos en hospitales, un día sucedió algo que me marcó. Fuimos junto a la psiquiatra de un reconocido hospital, en la ciudad de La Plata, a ver a uno de los pacientes internados. Estaba en internación aguda por intento de suicido. Después de escuchar las preguntas de rigor que le hizo la médica al muchacho de unos 35 que estaba en la cama con la marca del alambre en su cuello, escuché una pregunta muy directa que me hizo nombrar gran parte de mi trabajo hasta el día de hoy.

La psiquiatra se había retirado de la habitación para dejarme trabajar con él. El hombre me miró a los ojos y me dijo:

—¿Cómo te llamas?

—Maxi —le dije yo.

—Maxi, no te gastes… Es simple… ¿quieres vivir? —me preguntó.

—Sí.

—Bueno, yo no… —me dijo sin mucha expresión.

Después de decirle que lo entendía y que me gustaría saber si podía darme la chance de tratar de entender a qué se refería con eso, decidimos que era suficiente por ese día. No me había dicho que sí ni que no. Se llamaba Patricio.

Al otro día fui a verlo, estaba más despierto. La marca del alambre en el cuello se había puesto más violeta. Le pregunté si se acordaba de lo que habíamos hablado el día anterior y me dijo que sí.

—Me quedé pensando en eso que me dijiste —comencé—. Y quiero saber por qué no quieres vivir.

—Porque no. Ya te dije que no te gastes…

—¿Quieres hablar de algo?

—No. —Se dio vuelta en la cama.

—Bueno, es suficiente por hoy. Mañana te veré de nuevo si me lo permites.

Sabíamos por su documento que era paraguayo. Era albañil y no tenía familia en Argentina. Cuando llegué el tercer día a la habitación por la mañana, estaba acompañado. Una mujer joven estaba sentada a los pies de la cama mirándose las zapatillas. Estaba embarazada. La saludé y le pregunté quién era:

—Soy la novia. Bueno, es complicado —me contó entre risas. Me llamó la atención que se cubriera la boca cuando se reía, lo interpreté como vergüenza—. Bueno, me voy así hablan… —anunció y se fue de la habitación mirando para abajo.

—¡Tenías novia y no me habías dicho nada! —le dije.

—¡Esa traicionera! —me contestó.

—¿En qué te traicionó?

—El bebé no es mío. Me enteré hace poco…

Traición fue lo que pudo nombrar. Él pensaba que el bebé era suyo, pero en uno de sus viajes por trabajo, ella quedó embarazada de otro.

—¿Es la primera persona que te traicionó? —le pregunté.

Giró en la cama y se puso a llorar. Ahí empezó la terapia.

Patricio me contó que su padre era asesino, que estaba preso en Paraguay por matar a una mujer, que él sentía ganas de matar a su novia y que no quería ser así.

Con lo cual, yo le pregunté si en realidad se había querido matar él o si había querido matar las ganas de matar. Aún recuerdo cómo lloraba ese hombre. Le dije que con ese acto había matado la traición de su padre tal vez, y había salvado su vida eligiendo ser distinto.

Algo dio un giro en nuestros otros tres encuentros antes del alta. Patricio había matado algo que no era a él… Me contó que no iba a ver más a su novia, que quería un hijo de él solo y que no podía perdonarla por la traición. Y yo le dije que no tenía que hacerlo si no lo sentía.

La última vez que lo vi me dijo: “Gracias, Maxi”; yo le dije: “Gracias a ti”.

Él había nombrado la traición y visto sus consecuencias. Había elegido seguir a pesar de ella. Yo, por mi parte, había nombrado algo que me seguiría acompañando el resto de mi carrera profesional: el trauma. Nombramos juntos y eso, al menos a mí, me definió una apertura desconocida. Si bien había leído y estudiado varias teorías del trauma, nunca lo había visto a los ojos, de frente, como hasta ese día. Solo lo que nombramos existe.

Capítulo 1 Crianza narcisista

Algunas preguntas que podemos hacernos juntos

¿Te suena familiar ese vacío interno y la sensación de insatisfacción que a veces nos aborda en la vida? ¿Estás buscando conexiones genuinas con personas auténticas, pero parece que las relaciones románticas vienen con su propio set de desafíos? ¿Acaso ronda la preocupación de heredar patrones de comportamiento de un progenitor narcisista y te preguntas si podrías ser un buen padre / una buena madre?

¿La confianza en los demás te parece una tarea complicada, como si faltara un manual para una adaptación saludable? ¿Te das cuenta de que tu desarrollo emocional ha tenido sus baches, por lo que la creación de una identidad independiente es más como armar un rompecabezas sin todas las piezas? ¿Sientes esa incómoda danza emocional cuando te encuentras con tus padres, sumado a la difícil tarea de esculpir una vida auténtica y propia?

Y ¿qué hay de esa sensación de insatisfacción en el trabajo o en tus relaciones, como si quizás no estuvieras recibiendo la dosis adecuada de valor? ¿Te has planteado alguna vez si mereces todo ese amor y satisfacción que a veces parece esquivo?

¡Madre mía! La fuente

La madre es el origen. Empiezo por el origen de todos. Eso no necesariamente quiere decir que la causa a nombrar por el desamor sea siempre la madre. Tampoco quiere decir que la fuente determine el destino; de hecho, gran parte de este libro se centra en eso: lograr autonomía y regulación.

Como especie, no podemos sobrevivir sin una “madre”. Apuntalamiento materno. La madre es el primer contacto con el mundo; nuestro sistema nervioso se acopla al de ella desde antes de nacer. La madre, al inicio, lo es todo y paulatinamente empieza a dejar de serlo. Resumir las líneas evolutivas es sencillo si pensamos en las historias de los “no”, lo que no podemos decirle a la madre, por ejemplo.

¿Cuándo fue tu primer no? ¿Cuándo moviste la cara de la teta? ¿Cuándo gateaste y no te diste vuelta cuando alguien te llamó? ¿Cuándo rompiste algo? ¿Cuándo te escondiste? ¿Cuándo presentaste un síntoma fuerte?

La subjetividad propia empieza en el momento en que le podemos decir que no a eso que nos viene dado como herencia, cuandodecimos que no aparecemos por primera vez.

Me encantaba ver al hijo de uno de mis mejores amigos diciéndole que no a todo en sus casi 2 años porque había aprendido a hacerlo. Decirle que no a una madre en eje no es problema, o sí, pero no es escándalo. Decirle que no a una madre narcisista es el inicio de todo.

Emiliano

Emiliano comenta en sesión que tendría entre 5 y 7 años cuando su madre le contaba este cuento, el mismo que traté de reescribir para que sea entendible a los fines que persigo, llamado Siempre tripas:

Una gaviota adulta y su cría se desvinculan de la bandada mientras se disponían a cruzar de un punto del océano a otro. En un momento de distracción, se encuentran solas en la inmensidad marina.

La gaviota madre, sin más compañía que su intuición, decidedirigirse con su pequeño hacia el sur; ante la abrumadora soledad, pocas opciones le quedaban.

En pleno vuelo, la cría le comunica a la madre que tiene hambre. Descienden para intentar pescar, pero sus esfuerzos resultaninfructuosos. Continúan el vuelo, ya algo fatigados, y deciden aterrizar para descansar flotando en el océano. Nuevamente, la cría le expresa a la madre su hambre. La gaviota madre, con su afilado pico, se abre la panza y comparte sus propias tripas conel pequeño, quien, sorprendido y confundido, accede ante la insistencia materna.

A la mañana siguiente, retoman el vuelo, pero la tierra firme sigue sin estar a la vista. Optan por aterrizar de nuevo y, frente a la escasez de peces, la madre decide una vez más ofrecer sus tripas a su hijo para que soporte el trayecto. Este peculiar acto se repite durante dos días consecutivos. En el tercero, cuando el niño estaba a punto de recibir nuevamente las entrañas de su madre, la mira y le dice: “¡Ufa, mamá! Siempre tripas, siempre tripas... ¿Es lo único que tienes para darme?”.

Nombrar el dolor desde la ambivalencia

¿Un niño tiene posibilidades de entender el cuento? ¿Puede entender la calidad de las metáforas implicadas? ¿Qué siente cuando le cuentan esto?

La intención de contarlo está, la conciencia del cuento que se cuenta también. No es que esa madre no sepa lo que está haciendo. Hay algo de forzar la voluntad del niño con herramientas queellasabe que no tiene que usar. Pero cae presa de su enojo o depragmatismo o de su narcisismo. ¿Es un intento de decirle al niño que no sea “malo”? ¿Que no sea cruel con ella? Emiliano me narra que un par de veces le pidió a su madre que se lo volviera a contar.

Él siempre sintió que estaba de más en su familia… Algo lo hacía sentir que estaba de más en la escena más primaria y cotidiana de la vida misma. Con un tono neutro, su madre, una mujer argentina de clase media y de unos 30 años, le contó a temprana edad que ella no había querido tener hijos pero que el padre sí. Y que, bueno, con tanta insistencia decidió acceder. Se lo decía mientras le cocinaba. También, mi paciente narra cómo su madre tenía ataques de pánico (pero no sabían en esa época lo que eran) y se desmayaba, y que él tenía que llamar por teléfono de línea a su abuela, cuyo número se había aprendido por recomendación de su padre, y hasta el día de hoy se lo acuerda. “Lo repetía en voz alta hasta memorizarlo”, me decía. Pero la particularidad era que ella se desmayaba cuando él (ese niño de 5 o 6 años) la hacía “renegar”…

Emiliano, mientras me contaba esto, mencionaba que si la madre lo estuviera escuchando, habría dicho que exageraba, que no había sido así. Algo común en pacientes que transitaron esta crianza es el hecho de pedir disculpas por contar su historia.

Emiliano llamaba a su padre o a su abuela cuando su madre le decía: “¡Qué sensación de muerte!”. Era como la palabra clave. También los llamaba cuando ella le pegaba o le gritaba descontroladamente. Un par de veces la mucama de turno los tuvo que “separar”, me contó. Siempre recuerda con amor a esa mujer de las tareas domésticas que funcionó de heroína cuando la madre lo tenía arrinconado en el baño a los gritos y golpes. Estos relatos de mi paciente (que ya tiene sus 35 años ahora) son aislados, pero convergen en ese sentido… Voy notando y viendo la convergencia: su madre no lo había deseado, o sí pero un poco, o no… o depende el día.

Cuando le decía a su hijo que no fue deseado, algo que podría llamarse “sinceridad”, no había un agregado de “Pero ahora me di cuenta de lo mucho que te quiero” o “Ahora sé que eres valioso/a”. Por el contrario, era dicho así, al pasar. Con un lenguaje corporal sin modificaciones. Naturalizando el rechazo. Luego venía un “La cena está lista”, “¿Te gustó la tarta?”. La vida continuaba. Y que no se le ocurriera a ese nene tener ni un síntoma.

Su crianza estaba plagada de intermitencia y goteo, de intempestuosa ira y manipulación de todo tipo en su crianza. Con lo cual, y debido a esa intermitencia, nunca se había sentido suficiente para su familia, ni para nadie luego. Su frase favorita de niño era: “¿Y ahora qué hice?”. Eso lo mantenía hiperactivo, expectante. De hecho, es un hombre con una afiladísima intuición ahora. Un satélite.

No tenía hermanos, “porque su parto fue tan difícil que su madre le juró a la vida que si él nacía nunca más iba a tener hijos”. Esto se lo explicó la madre, a la misma edad que “siempre tripas”. Mientras tanto, ella se mostraba divina para el exterior. Claro, eran una familia de clase media acomodada y con un padre con grandes habilidades para los negocios. Ella nunca fue a terapia más por un breve período de tiempo, brevísimo para la cantidad de síntomas que presentaba en la intimidad. Me juran que lo intentó, que fue por recomendaciones de un médico de la familia que tenía idealizado, pero duró poco el intento. Emiliano, en cambio, empezó terapia tempranamente, o seudoterapia, porque se la pasaba en el gabinete de psicología de su escuela primaria. Su madre durante mucho tiempo tuvo brotes de cólera con él. Mi paciente había empezado a desarrollar un trastorno de hiperkinesia (actividad motora excesiva que se manifiesta como una dificultad para permanecer quieto, lo que a menudo resulta en comportamientos impulsivos y dificultad para concentrarse en tareas específicas), como si le sobrara mucha energía. También a esa edad (5/6), tenía enuresis (incontinencia urinaria por las noches en días aleatorios). Pero, en esa época de los años 80, muy pocas personas pensaban los síntomas de forma circular, como un producto de lo que pasa en una familia.

Unas vacaciones, fueron a pasar el fin de semana a una casa muy elegante de unos amigos de sus padres… y él, como siempre, antes de irse a dormir le rezó a Dios y a todos los ángeles (y pidió disculpas por olvidarse de alguno) para no hacerse pis, pero se hizo igual. A la mañana, la madre, mientras cambiaba las sábanas a escondidas de las mucamas de la estancia, llorando y mirándolo con una cara de dolor desfigurada, le preguntó: “¿Por qué me haces esto?”.

Siempre Emiliano era un niño alegre pero “ingobernable”. Narra que en una oportunidad, como su padre estaba de viaje, fue con su madre a ver a un grupo de música que tocaba en un club vecinal. Él andaba corriendo en los pasillos de acá para allá, pero su madre estaba molesta y se sentía, según cuenta mi paciente, “muy alterada” porque el padre había salido sin ella. “Lo único que te pido es que te quedes quieto”, recuerda que le dijo, pero había más niños, con lo cual él quería jugar y correr. Antes de que el show terminara, lo agarró del brazo y se lo llevó en una de sus vueltas de coche por el pueblo y, cuando llegaron a la casa, lo encerró en la habitación, lo arrinconó y le pegó con un cinto de cuero… Le pegó tanto que al otro día tenía todas las piernas llenas de moretones. Llenas. “Lo único que podía hacer era ir a la casa de mi abuela paterna a mostrarle mis piernas”, me dijo.

Yo le respondí que estaba bien que la hubiera ido a ver porque él, sin saberlo, estaba buscando la regulación de alguna persona madura. Su abuela materna, en cambio, no tenía ni voz ni voto y, si hablabas, imponía la ley de hielo. Con la hermana mayor de su abuela pasaba lo mismo. El padre de Emiliano, confundido y asediado por la ametralladora de insultos, solo podía complementar a esa madre desregulada pero que también era divina algunos días, que también era divina con las mascotas, que también era divina con los vecinos.

Otro “castigo” que narra en terapia sucedió cuando tenía unos 5 años y una tarde, como se estaba “portando mal”, lo llevaron a una calle a las afueras del pueblo, lo obligaron a bajarse del coche y los padres arrancaron y se fueron: “Así aprendes”. “Yo salí corriendo detrás del auto, pidiendo que no me abandonaran...”, cuenta. Le decían la “calle ancha”. “Te llevo a la calle ancha”, lo amenazaban luego.

En sus sesiones se preguntaba “¿Por qué corrí tras ese coche? ¿Por qué no me quedé mirando para otro lado?”.

Emiliano recuerda que un día le preguntó a su mamá: “¿A quién quieres más? ¿A los perros o a mí?”. Si Emiliano le contestaba y se defendía, ella era aún más cruel; y si insistía, se desmayaba o armaba un gran escándalo. Y cuando el padre llegaba, tenía que asistirla a ella. ¿Quién podía creerle a Emiliano lo que estaba viviendo? Para la madre, la abuela paterna era “su enemiga” y hablaba todo el día de ella. Lo mismo con sus tíos, primos y madres de amigos. Todos tenían un pero… menos ella. Otras veces sí conectaba y lo trataba bien.

En este punto de la terapia, estamos nombrando lo que Emiliano cree que lo enfermó. Él decidió empezar terapia porque sufría de ansiedad, sobreadaptación al trabajo y tenía la sensación de que nadie lo iba a amar, ya que su última pareja lo había abandonado después de haberlo estafado económicamente. Con el tiempo, pudo plantearle a su madre los reclamos de una manera amorosa, pero se desarrolló la misma escena... Los planteó de nuevo e insistió, amorosamente… El padre, furioso porque la madre se desregula, llora y se agarra el pecho. No hay disculpas, no hay intento de reparación, no hay arrepentimiento. “Bueno, a todos nos pegaban”, “Bueno, hice lo que pude”, “Déjame de joder, y si no te gusta, ahí está la puerta, ya estás grande para estas pavadas”: el mismo guion de siempre.

Emiliano le escribió una intensa carta a la madre antes y ella la rompió diciendo: “Esto no es así”. Fue la primera vez que rompió una carta de él.

En otras oportunidades intentó tener contacto con ella, pero dejó de insistir cuando el día de su boda le hizo una escena de las suyas. Mi paciente es un cirujano brillante y, ahora, un hombre feliz. Si bien no tiene contacto con su madre, ya la perdonó. Pero no lo intenta más.

Con su padre sí tiene trato, un trato elegante y superficial pero verdadero. Emiliano entendió que nunca pudo defenderlo, se lo dijo, y también entendió que su padre hizo lo que pudo. No le guarda rencor, pero ya no se deja maltratar. Ya sabe cuán valioso es. El amor de su pareja, de sus pocos amigos y todo lo que puede hacer trabajando lo ayudaron a integrar el dolor. “Todo tiene un propósito”, me dice siempre.

Por momentos sí, por momentos no

Para establecer un equilibrio, es imperativo que tanto el niño como la madre experimenten comodidad y reconozcan la importancia de ambos. No se puede pasar por alto la fragilidad y vulnerabilidad en aras de satisfacer las necesidades exclusivas de la madre.

“Mi enfoque no se centra en ti, sino en cómo me siento hoy. Reconozco tus necesidades, pero lo hago de una manera superficial y simple, variando según el día”. Estas madres no presentan trastorno bipolar; buscan ser el centro de atención. Su estado de ánimo no fluctúa, sino que está centrado en ser las protagonistas. El trastorno de personalidad narcisista se caracteriza por un patrón constante de grandiosidad, falta de empatía y una necesidadconstante de admiración en las relaciones interpersonales, y estos son rasgos que persisten a lo largo del tiempo.

Por el contrario, el trastorno bipolar se define por cambios extremos en el estado de ánimo: oscilan entre episodios maníacos de euforia y episodios depresivos de profunda tristeza. Mientras que el narcisismo se manifiesta de manera constante, la bipolaridad se presenta en episodios distintos y definidos en la duración, aunque su frecuencia puede variar entre cada persona. La clave reside en reconocer la diferencia entre la constante necesidad narcisista de atención y la alternancia cíclica de estados de ánimo, como ocurre en el trastorno bipolar.