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Asi como nuestro organismo tiene la capacidad de producir las sustancias que necesita para regular su funcionamiento, en el plano psicológico tambien tenemos la capacidad de generar los remedios que curan los trastornos emocionales. La diferencia reside en que la autorregulación física es automática y la psicológica no, por lo que es necesario realizar un aprendizaje. El Dr. Norberto Levy, nos muestra en este trabajo en que consiste dicho aprendizaje, cuál es el camino que lo posibilita y cómo desarrollar nuestro Asistente interior.
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Seitenzahl: 314
Veröffentlichungsjahr: 2022
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El asistente interior
• El asistente interior •Los mecanismos de la autocuración psicológica
Norberto Levy
Levy, Norberto
El asistente interior : los mecanismos de la autocuración psicológica / Norberto Levy. - 3a ed. mejorada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2015.
Libro digital, Amazon Kindle
Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-609-600-3
1. Superación Personal. 2. Aspectos Psicológicos. I. Título.
CDD 158.1
© Norberto Levy, 1999
Todos los derechos reservados
© Editorial Del Nuevo Extremo S.A., 2015
A. J. Carranza 1852 (C1414COV) Buenos Aires, Argentina
Tel/Fax: (54-11) 4773-3228
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas
Diseño de tapa: Sergio Manela
Diagramación: m&s estudio
Correcciones: Diana Gamarnik
Primera edición en formato digital: agosto de 2015
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-600-3
• Agradecimientos •
QUIERO AGRADECER en primer lugar a mis pacientes, alumnos y colaboradores porque con ellos se gestó y desarrolló esta propuesta.
Quiero agradecer especialmente a Graciela Figueroa, quien me ayudó a desplegar y organizar las ideas centrales de este libro y me acompañó y alentó amorosamente durante su ejecución.
A Alejandra Ruiz Díaz, Adriana Mark y Gladys Abeles quienes participaron con dedicación y generosidad en la revisión de todos los capítulos.
A Daniel Gutman por su solidario respaldo y entrañable amistad. A Mercedes Falcón, por su colaboración entusiasta en la recopilación de muchos de los materiales que aquí se incluyeron.
A Denise Najmanovich, Sara Szpektor, Alberto Szpunberg y Mempo Giardinelli por sus valiosas y afectuosas sugerencias sobre los manuscritos.
• Prólogo de la nueva edición •
Alberto Moravia (1907-1990), talentoso dramaturgo italiano, decía: “Los autores son autorrepetitivos. Ellos siempre tratan de perfeccionar la visión del único problema para cuya solución nacieron”.
Personalmente adhiero a esa reflexión y compruebo que en mi caso ese tema ha sido la autocuración psicológica.
Las preguntas sobre las que he estado reflexionando han sido: ¿cuál es nuestro conflicto esencial? y ¿qué es lo que hacemos en nuestro intento de resolverlo?
He podido ver que nuestro conflicto esencial, ese que subyace en todos los conflictos, es el que se produce entre “lo que soy” y “lo que deseo ser”.
El ejemplo más simple es: deseo sentirme seguro y me siento inseguro. La pregunta que se desprende entonces, es: ¿qué hago con mi aspecto inseguro cada vez que aparece en mi vida?
La experiencia clínica muestra que una abrumadora mayoría de nosotros no sabe qué hacer con ese aspecto inseguro del ejemplo y por lo tanto lo que terminamos haciendo nos deja igual o peor que antes.
Toda mi obra y este libro en particular, cuya primera edición es de 1999, trata sobre el aprendizaje que necesito realizar para desarrollar las actitudes que me permitan transformar efectivamente aquellas características psicológicas que quiero cambiar de mí.
Hace 16 años que presenté este libro y sus ideas no solo siguen vigentes sino que creo firmemente que expresan actualmente una forma de psicoterapia de avanzada. Su propuesta central consiste en guiar el aprendizaje que cada uno necesita realizar para ser el mejor asistente de sí mismo.
Así como están generalizadas las actitudes de automaltrato, igualmente cierto es que tenemos la capacidad de aprender y de poder transformar lo que nos daña en lo que nos cura. Transformar la toxina en remedio.
En este libro desarrollo en detalle y en forma práctica lo que necesitamos aprender para lograrlo.
Norberto Levy
Buenos Aires, marzo de 2015
• Primera parte •
LA EXPERIENCIA
• 1 / Ideas centrales •
No extrañéis, dulces amigos
que esté mi frente arrugada,
yo vivo en paz con los hombres
y en guerra con mis entrañas...
Antonio Machado
Frecuentemente nos sentimos insatisfechos con alguna característica psicológica propia y nos gustaría cambiarla.
Dicha insatisfacción tiene dos destinos: o conduce a la transformación real de aquello que nos desagrada y la insatisfacción cesa, o no logra producir la transformación deseada y entonces se instala como insatisfacción crónica, con todo el sufrimiento que trae aparejado.
Insatisfacción quiere decir rechazo, desacuerdo con algo. Me siento inseguro y temeroso, rechazo ese estado y quiero sentirme seguro y confiado. Si no alcanzo a sentirme así, sufro. Habitualmente solemos creer que el rechazo es la causa de ese sufrimiento. Creemos que si aceptáramos al aspecto inseguro, en ese marco psicológico se transformaría en seguro. Esta creencia es parcialmente cierta y contiene un gran desconocimiento de la energía del rechazo. Desconocimiento en el sentido que confunde y considera sinónimos a la energía del rechazo en sí con el rechazo destructivo. Equipara una calidad de energía (el rechazo) con una forma de implementar dicha energía (el modo destructivo).
El rechazo en sí no es generador de sufrimiento, por el contrario, bien implementado es una energía vital y necesaria. En el plano físico es uno de los pilares de la autorregulación (homeostasis) y en el nivel psíquico es la energía que motoriza la transformación y el crecimiento del aspecto rechazado.
El problema surge cuando el rechazo es inmaduro e ignorante. En ese caso efectivamente maltrata y destruye a lo rechazado.
También es cierto que el rechazo que más conocemos y ejercemos los seres humanos es el que se manifiesta en su forma inmadura y destructiva. Esta es sin duda una de las causas por la que hemos considerado al rechazo y al rechazo destructivo como una y la misma cosa.
Por esta razón es que es de gran importancia diferenciar el rechazo destructivo del rechazo asistencial y conocer el aprendizaje que necesita realizar dicha energía para poder pasar de una modalidad a la otra. La descripción sistemática de dicho aprendizaje es uno de los ejes centrales de esta obra.
La primera parte del libro está dedicada a facilitar la experiencia personal del aprendizaje de la capacidad autoasistencial: en el capítulo primero de la primera parte se explican los principios básicos de la autocuración sobre los que se apoya esta tarea. En el segundo capítulo se describe paso a paso el desarrollo de la capacidad autoasistencial a través de una experiencia dirigida a Marta, una mujer de treinta años. Hemos incluido la transcripción de su experiencia para familiarizar al lector con las diferentes alternativas que se recorren durante el aprendizaje.
Y en el tercer y último capítulo de la primera parte se brindan las instrucciones necesarias para utilizar las consignas que hemos desarrollado para que el lector pueda realizar sobre sí mismo el aprendizaje que se propone en esta obra y que podrá descargar sin costo alguno ingresando a www.autoasistencia.com.ar/libros
Para aquellos que, además, deseen profundizar en los problemas teóricos que se abren en relación a este trabajo está destinada la parte segunda del libro. Allí se analizan, al comienzo, los interrogantes y malentendidos más frecuentes en relación a la autoasistencia psicológica y luego se describe a cada uno de los protagonistas del desacuerdo interior y las relaciones que establecen entre sí.
Por último, en la tercera parte se presenta la visión del conflicto psicológico que emerge desde la perspectiva de la Psicología Transpersonal.
Aún para aquellos en los que predomine un interés teórico, la experiencia personal del despliegue y la resolución del propio desacuerdo interior será un factor de gran ayuda para una mejor comprensión de las categorías teóricas que se proponen.
• 2 / Acerca de la autocuración •
La autocuración es el proceso por el cual el organismo produce sus propios remedios y recupera el equilibrio perdido.
Existen dos grandes formas de autocuración: la biológica y la psicológica. Si bien ambas participan de los mismos mecanismos básicos, es útil examinarlas en forma separada.
AUTOCURACIÓN BIOLÓGICA
El término “autocuración biológica” puede parecer más la expresión de un deseo mágico que la descripción de sucesos reales, pero sin embargo ocurre, momento a momento, en cada ser vivo y es un factor fundamental en la preservación de su salud. La autocuración biológica se produce tanto a través de los mecanismos de autorregulación como a partir del funcionamiento del sistema inmunológico.
AUTORREGULACIÓN BIOLÓGICA
La vida tal como la conocemos es posible porque el organismo puede, entre otras funciones, mantener estables las variables básicas de su funcionamiento. A esta capacidad se la denomina autorregulación u homeostasis. Quiere decir que sus componentes, ya sean gases, minerales, compuestos orgánicos, células sanguíneas, etcétera, están presentes en una concentración que se mantiene, dentro de ciertos márgenes, de una manera estable. Para que esto pueda ocurrir es necesario que se pongan en marcha mecanismos de extraordinaria delicadeza y complejidad que logran restablecer esos valores una y otra vez.
Utilicemos el ejemplo de la respiración: el organismo necesita consumir oxígeno para funcionar y como consecuencia de ello disminuye su concentración en sangre. El estado de anoxia (an: ausencia de, oxia: oxígeno) estimula el centro respiratorio, el cual pone en marcha los complejos mecanismos de la respiración. Ella permite el ingreso del oxígeno en la sangre y se recupera el estado perdido. El oxígeno vuelve a utilizarse en los procesos metabólicos y se repite el proceso de recuperación una y otra vez.
Hemos tomado el ejemplo de la respiración porque es algo que ocurre numerosas veces por minuto y todos podemos percibirlo de un modo sencillo, pero lo mismo sucede con las otras variables mencionadas. Cuando disminuye la concentración de nutrientes en el organismo, a través del mecanismo del hambre se procura recuperarlos. Si es líquido lo que falta aparece la sed, etc. Los tres casos que incluimos se refieren a la manera de tomar del medio ambiente los elementos necesitados, pero también ocurre en la producción por parte del organismo de las sustancias que necesita para su funcionamiento. El mecanismo más conocido tal vez sea el que regula la actividad hormonal: cuando disminuye la concentración de una hormona en sangre (por ejemplo, hormona tiroidea), su misma escasez activa a la hipófisis a producir una sustancia (tirotrofina) que estimula a su vez a la glándula tiroidea a aumentar su actividad. Lo mismo ocurre en el caso contrario: el hiperfuncionamiento tiroideo hace disminuir la producción de tirotrofina y de ese modo se frena el exceso de actividad tiroidea. Esto quiere decir que tanto el exceso como la escasez generan las reacciones que permiten recuperar el equilibrio perdido. De ahí el término mismo: autorregulación.
Las preguntas que surgen son: ¿por qué la anoxia estimula al centro respiratorio para producir una respiración?, ¿por qué la escasez de nutrientes estimula el hambre, la de líquidos la sed, y del mismo modo con la regulación hormonal y el resto de las variables del organismos?, ¿cuál es esa fuerza que se pone en marcha y posibilita la autorregulación?
A dicha fuerza la denominamos habitualmente fuerza vital. Sabemos que existe, que posibilita la vida, que es el regulador fundamental del organismo, y sabemos también que la intimidad de su funcionamiento se hunde en el misterio mismo de la vida. De todos modos es posible acercarse a algunos aspectos periféricos de ese mecanismo, y en ese plano la hipótesis más aceptada es que existe una memoria biológica de los niveles óptimos de funcionamiento del organismo y que es esa memoria la que se activa cada vez que los valores actuales no coinciden con aquellos. Esta es una idea muy simple y de extraordinaria significación: la memoria de un estado de plenitud que arbitra los medios adecuados para recobrarse cada vez que se pierde. En esta descripción están presentes dos componentes: la memoria del estado y los medios adecuados para recuperarlo. La autorregulación eficaz se apoya en esos pilares. Cuando exploremos la autorregulación psicológica tendremos la oportunidad de comprender cabalmente la gran importancia clínica de esta sencilla observación.
SISTEMA INMUNOLÓGICO
En el organismo existe un sistema que es capaz de reconocer a las sustancias que no pertenecen a su mismo código genético. De este modo identifica a virus, bacterias, cuerpos extraños, proteínas heterólogas, etc., y realiza acciones para tratar de eliminarlas. A esta organización se la denomina sistema inmunológico.
Los seres humanos albergamos multitud de microorganismos diferentes. No nos enferman porque el sistema inmunológico arbitra los medios para neutralizar la acción de dichos gérmenes. Esta capacidad natural del sistema inmunológico es utilizada en la aplicación de las vacunas. El principio básico de ese formidable recurso es introducir en el organismo una sustancia de toxicidad mínima que active la producción de ciertos anticuerpos por parte del sistema inmunológico. Cuando esto ha ocurrido, al llegar el germen verdaderamente capaz de producir enfermedad, ya están preparados los anticuerpos capaces de neutralizarlos.
El principio de la vacuna como modelo de preservación de la salud es de extraordinaria significación. Observemos su mecanismo de funcionamiento: producir un anticuerpo significa resolver el problema que el antígeno plantea. (Se llama antígeno a la sustancia que activa la producción de un anticuerpo). Una bacteria, por ejemplo, actúa como un antígeno. Si su presencia en el organismo es masiva puede desbordar la capacidad de este de producir los anticuerpos que las neutralicen y desembocará entonces en una enfermedad de gravedad variable. La vacuna es el método que le permite al organismo realizar el aprendizaje para resolver el problema que la bacteria le plantea, en condiciones de mayor seguridad. La seguridad que brinda una sustancia que activa la producción de anticuerpos de un modo similar al que lo hace una bacteria pero con efectos tóxicos atenuados para el organismo.
Un principio similar es el que opera en el medicamento homeopático: introducir vibracionalmente una enfermedad artificial de intensidad menor para activar el proceso curativo. Es como un maestro que le presenta a su alumno un problema nuevo para que explore nuevas respuestas hasta lograr resolverlo, en un marco de mínimos riesgos para el aprendiz. Esta es la esencia misma de la función del ensayo en el aprendizaje. La nueva tecnología está permitiendo extender este principio a áreas cada vez más complejas. Un claro ejemplo de esta modalidad operativa es el simulador aéreo: en su interior el aprendiz de piloto puede experimentar las situaciones y los peligros de un vuelo, ensayar y aprender las respuestas que los resuelven sin los riesgos del vuelo real. El simulador aéreo es, en última instancia, otra forma de vacuna.
Buena parte de las tareas que se proponen en esta obra tienen que ver con ese principio: crear un diseño clínico para que la persona pueda experimentar un problema psicológico y ensayar las soluciones que lo resuelven, en un contexto de máxima seguridad.
FACTORES DE ENFERMEDAD
De lo dicho se desprende que en la producción de enfermedad podemos considerar, en términos generales, dos variables significativas:
a) los agentes productores de la enfermedad
b) los sistemas del organismo encargados de neutralizarlos
En la última década se está reconociendo cada vez más la importancia de este segundo término en el proceso de conservación de la salud, y se está explorando con interés creciente la intimidad del funcionamiento del sistema inmunológico como así también aquellos factores que actúan estimulándolo o inhibiéndolo.
El sistema inmunológico no solo actúa frente a las enfermedades infecciosas, también está en el centro de las investigaciones de otra gran enfermedad de la época: el cáncer. Las células cancerosas presentan alteraciones en su estructura como consecuencia de severos trastornos en su proceso de reproducción. Pero todos producimos, en alguna medida, células alteradas en su estructura. Lo que ocurre es que cuando el sistema inmunológico funciona de un modo correcto las identifica rápidamente, las fagocita y metaboliza sus componentes. Cada vez se está dirigiendo más el foco de la investigación hacia el sistema inmunológico para descubrir qué es lo que perturba su capacidad de reconocer y neutralizar a las células cancerosas. En relación a esta incógnita es útil recordar la frecuente aparición de los primeros síntomas de cáncer después de algún episodio de pérdida o trauma psicológico significativo. Ya es un hecho generalmente reconocido que los estados depresivos producen una disminución general en la capacidad defensiva del sistema inmunológico.
Casi simultáneamente con este movimiento de rejerarquización, y en una misteriosa sincronía, ha aparecido una nueva enfermedad que ataca justamente al sistema inmunológico y deja al organismo sin recursos para neutralizar las infecciones: por esta razón se la denomina Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, y es la enfermedad que denominamos SIDA.
SALUD Y AUTOCURACIÓN
Esta breve reseña acerca de la autorregulación y las funciones del sistema inmunológico nos introduce en la razón de ser de los cambios que se han producido en los últimos años en la concepción de la salud. Estar sano ya no es concebido tanto como la ausencia de enfermedad sino más bien como la capacidad de curarse de las enfermedades potenciales que el organismo alberga, es decir la capacidad de resolver los problemas que enfrenta y de recuperar el equilibrio una y otra vez.
Los dos elementos: los agentes patógenos y el sistema que los neutraliza, constituyen un delicado equilibrio y de lo que se está hablando es de un cambio en el énfasis de uno en relación al otro, pero ambos son significativos. Es necesario estar atentos para no creer que si el sistema inmunológico está bien, ninguna enfermedad bacteriana podrá anidar. Por más íntegro que se encuentre, siempre su capacidad tendrá un límite: el límite humano. Si dicho límite es sobrepasado, por ejemplo, por una contaminación bacteriana masiva, el organismo inevitablemente enfermará, y es necesario reconocerlo para no caer en el error de atribuirle a una sola función, en este caso el sistema inmunológico, la capacidad de resolver todos los problemas.
AUTORREGULACIÓN PSICOLÓGICA
Los seres humanos recorremos una particular secuencia: primero protagonizamos una experiencia (pensamos, sentimos o hacemos algo) y luego reaccionamos ante lo que hemos protagonizado en términos de agrado o desagrado.
A esta reacción la percibimos más claramente cuando al culminar un ciclo evaluamos lo realizado: es el típico balance de fin de año. Dicha evaluación también ocurre, aunque de modo no tan ostensible, momento a momento. Tuve una conversación con un amigo y luego de despedirme surge la reacción: “No me gusta como respondí a su invitación a cenar: le dije que sí cuando en realidad estoy cansado y quisiera acostarme temprano..., me gusta en cambio como le presenté mis ideas en relación a nuestro trabajo...” etc. La autoevaluación también ocurre durante la experiencia misma: mientras estoy hablando con él puedo observar que no soy suficientemente claro en lo que digo y entonces agrego más detalles o luego retiro otros porque considero que ya es suficiente, etc. Estas continuas microevaluaciones son las que permiten ir corrigiendo el comportamiento sobre la marcha y finalmente la conversación tal como ocurre es el resultado de ese continuo proceso de evaluación y ajuste. Esta actitud no niega la espontaneidad pues ella es precisamente la consecuencia de este proceso llevado a cabo a alta velocidad y de un modo no consciente. Es equivalente a la trayectoria en línea recta del automóvil. Dicha línea es el resultado de continuas y muy rápidas correcciones que el conductor produce ante cada desviación. Son tan rápidos los ajustes que prácticamente no se notan en la huella de la trayectoria e incluso quien maneja puede no ser consciente de las maniobras que realiza sobre el volante, pero más allá de que sea consciente o no, esas maniobras son las que, en última instancia, mantienen la trayectoria del vehículo en línea recta.
Del mismo modo ocurre cuando el proceso de autorregulación psicológica se realiza fluidamente.
Pero no siempre sucede así...
Trataremos de explicar qué es lo que acontece entonces.
Agregar y excluir detalles en una conversación o modificaciones equivalentes son cambios relativamente sencillos para la gran mayoría de las personas, pero existen otros cambios que uno se propone y que son de mayor complejidad. Esto quiere decir que para lograrlos se requiere poner en juego un conjunto de acciones más elaboradas y específicas.
Observo mi funcionamiento y reconozco características que se repiten, que me desagradan y quiero cambiar. Estoy en desacuerdo, por ejemplo, con mi aspecto dependiente y quiero ser más independiente, pero... ¿cómo hago para lograrlo? Rechazo mi aspecto inseguro y retraído y quiero ser más seguro y expansivo, pero... ¿qué tengo que hacer para ser efectivamente así? Y esta misma incógnita, este mismo desconocimiento se extiende a la gran mayoría de los rasgos psicológicos que uno rechaza de sí mismo y quiere cambiar.
EL DESACUERDO INTERIOR
El desacuerdo interior es una experiencia humana universal e inevitable. Esto quiere decir que todos los seres humanos durante el transcurso de nuestra vida transitamos por la experiencia de desacuerdo interior. Evolucionamos, recorremos un ciclo vital y es inherente a esa condición de seres cambiantes en el tiempo el experimentar en el hoy un sentimiento o un pensamiento distinto al de ayer. Cuando eso ocurre el sentimiento de hoy queda en desacuerdo con la memoria, con la inercia del sentimiento de ayer. Hasta ayer me gustaba vivir en casa de mis padres. En la medida en que avanzo en mi adolescencia comienzo a querer vivir en mi propia casa y tal nuevo deseo entra en desacuerdo con mi necesidad anterior.
Además de las causas evolutivas existe también el desacuerdo que se genera a partir de aspectos carenciados o distorsionados: como expresamos anteriormente, al observar mi funcionamiento a lo largo del tiempo puedo encontrar aspectos psicológicos propios que me desagraden y quiera cambiar. Puede ser, por ejemplo, un aspecto triste o inseguro, o miedoso o posesivo, o violento, etc. Cualquiera sea el contenido del aspecto que rechazo y cualquiera sea la causa por la que lo rechazo, la trama del desacuerdo es siempre la misma: el desacuerdo entre lo que soy y lo que deseo ser.
En términos esquemáticos sería:
a) Un aspecto mío es de cierta manera (temeroso, confuso, dependiente, indeciso, autoritario, etc.)
b) Estoy en desacuerdo con esa manera y deseo que sea de otra (audaz, claro, independiente, decidido, respetuoso, etc.)
c) Realizo acciones para producir la transformación interior deseada.
Para descubrir cómo es cada reacción de desacuerdo resulta muy útil proponerle a quien la explora que imagine que el aspecto rechazado está enfrente de él. (En esta descripción utilizaremos como ejemplo un aspecto triste). Una vez que lo imaginó se le propone que observe qué siente hacia él y que luego se lo diga. Lo primero que suele aparecer es el rechazo propiamente dicho. Esta reacción tiene que ver con la simple expresión de la frustración y el desagrado que produce la existencia del aspecto triste. Las formas más frecuentes en las que se manifiesta son: “¡Ya me tenés harto con tus bajones!, «¡No quiero verte más, te mandaría bien lejos!” “¡No te aguanto más, te mataría!”, etc. Esto es simplemente, rechazo.
Junto con el rechazo se producen también otras reacciones que tienen que ver con el deseo de cambiar el aspecto triste en alegre. Estas reacciones serán distintas según sean las creencias conscientes e inconscientes que cada uno tenga acerca de cuál es el modo a través del cual se logrará cambiar el aspecto triste. Algunas de las creencias y actitudes erróneas más frecuentes son: “¡Me dan ganas de sacudirte para que te despiertes!”, “¡Tenés que ponerte firme y olvidarte de la tristeza!”, «¡Tengo que arrancarte de mí para poder vivir con alegría!”, etc.
Rechazo y deseo de cambio son como las dos caras de la misma moneda y se implican recíprocamente.
Si rechazo a mi aspecto triste, entonces lo quiero cambiar, y si quiero cambiarlo es porque lo rechazo.
Podríamos hablar entonces de una relación rechazador-rechazado o de su otra faceta: cambiador-aspecto a cambiar. Cualquiera de las dos descripciones remite a la otra y la incluye.
Hecha esta salvedad digamos que, de aquí en más, al segundo término del vínculo, más allá de su contenido –triste, inseguro, dependiente, etc.– lo llamaremos Aspecto a cambiar y al primero, también más allá de la forma en la que se exprese, lo llamaremos Cambiador.
Hemos comenzado a caracterizar este vínculo y hemos presentado a sus protagonistas porque de lo que el cambiador le haga al aspecto a cambiar depende el destino del desacuerdo. Cuando las actitudes que pone en juego son las adecuadas, la transformación del aspecto a cambiar se encamina y el desacuerdo se va resolviendo, pero, lamentablemente, no es la evolución más frecuente. La gran mayoría de las veces las acciones del cambiador no son las adecuadas y, por lo tanto, la transformación no se produce. En ese caso el desacuerdo interior no solo no se resuelve sino que se profundiza más aún. Esta es la estructura que subyace en la vivencia de sufrimiento psicológico. Si cada vez que uno sufre, explora con detenimiento su estado, podrá comprobar que en la gran mayoría de los casos lo que lo produce es un desacuerdo interior que no se resuelve: el desacuerdo entre “lo que soy” y “lo que deseo ser”.
LA IGNORANCIA COMO CAUSA DE SUFRIMIENTO
Al llegar a este punto la pregunta que surge es: ¿y por qué el cambiador no produce las respuestas adecuadas que resuelvan el desacuerdo interior?
Cuando examinamos la autorregulación biológica habíamos observado que era eficaz en la medida en que se producían reacciones que lograban realmente transformar al estado rechazado. Si este era la anoxia su respuesta era respirar, y de un modo equivalente con el resto de los estados. Los mecanismos de autorregulación con que cuenta el organismo son automáticos, no dependen de la voluntad individual. Son el producto del ensayo y el error que la naturaleza viene realizando desde sus orígenes mismos, hace aproximadamente cuatro mil millones de años. El alto grado de eficacia que ha alcanzado ese cambiador que coordina las acciones para producir los cambios buscados es probablemente la consecuencia de este larguísimo proceso de aprendizaje, pero más allá de cuales fueran las probables razones de esta eficiencia, el hecho cierto es que su capacidad resolutiva se basa en que la acción que el cambiador biológico produce coincide con la que el estado a cambiar necesita recibir para poder transformarse. Esto es precisamente lo que no ocurre en el nivel psicológico y es lo que desemboca en la no resolución del desacuerdo interior. Y no ocurre porque el cambiador del nivel psicológico no sabe cómo transformar un aspecto en otro. No lo sabe porque él es una faceta del “yo” y el “yo” es una instancia relativamente reciente en la evolución de la vida. Está vinculada al desarrollo del cerebro, el cual cuenta con una edad aproximada de tres millones de años. Puede parecer un muy largo período de tiempo pero si lo comparamos con los cuatro mil millones de años en los que la vida está realizando sus experiencias de autorregulación, podemos percibir, al menos en su dimensión numérica, la magnitud del contraste.
Una de las capacidades propias del “yo” es proponerse metas y arbitrar los medios para alcanzarlas. En relación al mundo externo es muy alto su desarrollo: puede enviar un hombre a la luna, producir televisores, computadoras y robots de alta sofisticación, pero en relación al mundo interno su nivel de desarrollo es muy escaso. La prueba más contundente de su precariedad la encontramos en la extraordinaria inadecuación de los recursos que el cambiador utiliza habitualmente para transformar los aspectos psicológicos –de sí mismo y de los otros– que rechaza y quiere cambiar.
LA RESOLUCIÓN DEL DESACUERDO INTERIOR
Existe una actitud adecuada del cambiador para relacionarse con su aspecto a cambiar que posibilita su real transformación en la dirección deseada y el cambiador puede aprender dicha actitud. La propuesta central de esta obra consiste en caracterizar la actitud asistencial del cambiador y describir con la mayor precisión posible los pasos y las tareas que es necesario realizar para experimentar dicho aprendizaje.
En el marco de ese propósito presentaremos en el capítulo siguiente el despliegue guiado de un desacuerdo interior. En su transcurso podremos observar cómo es una actitud inadecuada del cambiador y los sucesivos pasos que recorre en su proceso de transformación.
• 3 / El desacuerdo interior de Marta •
INTRODUCCIÓN AL DESPLIEGUE: LOS DIÁLOGOS INTERIORES
La existencia del desacuerdo interior y el intento de aprender a resolverlo implica reconocer algo más básico y sobre lo cual se apoya este aprendizaje: la existencia de diálogos interiores.
Solemos creer que los diálogos significativos solo existen entre dos personas y no estamos tan familiarizados aún con otro ámbito de diálogo: el diálogo intrapersonal. Ese diálogo que se da entre dos partes de la misma persona.
Decimos “soy muy exigente conmigo”, “me doy con un caño”, “me torturo con autorreproches”, etc. Esas frases aluden efectivamente a diversas formas de diálogo interior, pero en general son alusiones, aproximaciones a algo a lo cual nos acercamos solo durante breves momentos y que creemos también que ocurren solo durante breves momentos.
El propósito de esta obra es rescatar el ámbito intrapersonal de los diálogos y mostrar la enorme significación que poseen en la producción de sufrimiento y enfermedad, y también en su contraparte: el bienestar y la salud.
A modo de resumen presentaremos los ítems básicos de esta propuesta:
• Los diálogos interiores existen.
• Ocurren de un modo continuo, seamos o no conscientes de ello.
• Aquello que percibimos como nuestra identidad –la persona que somos– es el resultado de la calidad de esos diálogos interiores.
• En dichos diálogos puede predominar el miedo, la desconfianza, el maltrato, la pelea, etc. o pueden transcurrir en una atmósfera emocional de comprensión, solidaridad, respaldo, asistencia. Entre ambos extremos caben todos los matices intermedios.
• Cuando en los diálogos interiores predomina el maltrato en cualquiera de sus formas, el sufrimiento psicológico y la enfermedad son sus consecuencias inevitables. Tal es la importancia y la significación de dichos diálogos.
• Del mismo modo, cuando se instala la calidad de la comprensión, el respaldo y la asistencia, entonces el sufrimiento psicológico cesa y la integridad y la salud surgen también como consecuencia natural.
• Es muy distinto acercarse a los diálogos interiores desde la perspectiva de la persona que soy, que describe a cada parte y lo que se dicen entre sí, a ponerse en el lugar de cada aspecto, encarnarlo, convertirse en él y desde ahí expresarse.
Puedo decir, por ejemplo, “Me siento muy inseguro y me da mucha rabia ser así” o puedo vivir, ser mi aspecto inseguro completamente durante unos momentos y luego encarnar a quien en mí siente rabia hacia él y ser completamente él mientras lo vivo. Lo que puedo descubrir de mi aspecto inseguro y mi aspecto rabioso mientras soy cada uno de ellos es abismalmente más rico y revelador que lo que puedo lograr si meramente hablo de ellos. Este es un camino de descubrimiento muy poderoso que merece ser explorado y utilizado.
• Cuando se ingresa en el espacio intrapersonal y se despliega un diálogo entre dos aspectos interiores, la forma que cada aspecto adopta puede parecer, al principio, algo extraño e irreal, como caminar por un paisaje desconocido. Luego, en la medida que uno se va familiarizando con ese nivel de realidad, va comprobando que los diferentes tipos de relación que establecen entre sí comparten las mismas pautas básicas de las relaciones interpersonales: existe, en efecto, miedo, enojo, culpa, competencia, indiferencia, etc... Y también afecto, comprensión, solidaridad, asistencia, etc.
• Lo que le da a estos diálogos interiores su relevante significación es que no solo determinan el estado del conjunto del cual son partes sino que además son las matrices de las actitudes y las conductas que luego reproducimos en la relación con los demás.
A continuación describiremos el despliegue de un diálogo intrapersonal. Ingresaremos en el universo interior de Marta.
Marta es una mujer de 30 años, divorciada, con una hija de 10, que trabaja en una empresa de computación. Consultó por un estado de inseguridad en sus relaciones, tanto laborales como personales, y por una profunda sensación de insatisfacción y desaliento. Tuvimos una entrevista en la que me relató, a grandes rasgos, sus problemas, y en la que a su vez le expliqué la tarea que realizaríamos. Tuvimos un nuevo encuentro y lo que se transcribe a continuación son los tramos principales de ese despliegue.
La tarea se realizó con una venda cubriéndole los ojos para facilitar su conexión con su mundo interno y comenzó con una preparación en la que se le dirigió una relajación y centración para crear las mejores condiciones posibles para una experiencia de autodescubrimiento.
Para facilitar la comprensión del trabajo y hacer más sencilla su lectura intercalaremos comentarios acerca de lo que va ocurriendo en cada tramo de la sesión.
Cuando Marta –que estaba acostada– completó su experiencia de preparación, le pregunté:
Terapeuta: Desde ese estado de mayor conexión interior en que estás ahora, fijate cuáles son las características psicológicas tuyas hacia las cuales sentís mayor rechazo y más te gustaría poder cambiar... date tiempo hasta que la respuesta te surja y cuando haya aparecido me lo contás.
Marta: Lo que me gustaría cambiar de mí es un aspecto inseguro, miedoso, retraído, que siempre se queda atrás... y cada vez que tiene que conocer gente nueva por cualquier motivo, al final termina diciendo que no. Y así va perdiendo muchas oportunidades... y me quedo muy mal.
Terapeuta: Si tuvieras que expresar este aspecto tuyo a través de un dibujo humano ¿cómo lo harías? ¿Qué edad tendría ese personaje, qué sexo, qué postura corporal, qué expresión en su rostro? Tratá de hacerlo de manera tal que al ver el dibujo vos sientas que allí está cabalmente expresado el aspecto inseguro y miedoso que querés cambiar.
Marta: La haría como una adolescente de 17 años delgada, tensa, sin vitalidad, con cara de susto, acurrucada, como escondiéndose en un rincón de la habitación.
Le propuse a Marta que hiciera un dibujo mental de su aspecto a cambiar porque de ese modo le da a ese aspecto mayor presencia y estabilidad y le permite delimitar mejor sus características. Además, en la medida en que luego se convertirá en ese aspecto, el dibujo le brinda un anclaje físico que le facilitará su ingreso en él.
Cuando lo realizó y se sintió satisfecha con su dibujo, le pregunté:
Terapeuta: Dado que querés cambiar este aspecto tuyo, ¿cómo te gustaría que fuera en lugar de ser cómo es?
Marta: Me gustaría que fuera más segura, más decidida, con más confianza en sí misma y que pudiera hacer las cosas que le gustan. Que pudiera también estar con la gente sin tanto problema.
Terapeuta: Y si tuvieras que expresar a este aspecto también a través de un dibujo humano, como hiciste con el otro, ¿cómo lo harías?
Marta: La dibujaría como una mujer adulta, sentada cómoda en un sillón, con una mirada serena y segura, que puede levantarse y salir al mundo cuando necesita estar con los otros, y que puede quedarse sola cuando quiere descansar.
De este modo ya ha quedado caracterizado el tema básico de su desacuerdo interior. Marta quiere ser una mujer segura, decidida y abierta, y en cambio se siente insegura, miedosa y retraída.
Una vez que han sido reconocidos y descritos su aspecto a cambiar y su meta, queda por descubrir de qué forma se relaciona Marta con su aspecto miedoso y qué le está haciendo interiormente para transformarlo en seguro y decidido. Para averiguarlo se procedió de la siguiente manera:
Terapeuta: Ahora te propongo que te sientes e imagines que la adolescente insegura y miedosa está ubicada enfrente tuyo. Tomá, poco a poco, contacto con esa imagen y fijate qué sentís habitualmente hacia ella cada vez que aparece... y también qué sentís ahora al verla... Lo que descubras decíselo como si iniciaras un diálogo con ella.
Marta (desde el rol de Cambiador):¡Te odio! ¡Estoy harta de vos! ¡Sos una inútil, una inservible! Que tuvieras miedo cuando eras chiquita está bien. ¡Pero ahora ya sos grande! ¡Basta de esconderte! ¡Salí y hacé las cosas que tenés que hacer!
Terapeuta: Si esto que sentís se hiciera acción ¿qué es lo que te dan ganas de hacerle? Yo te pregunto, pero vos decíselo a ella.
Cambiador: Te agarraría de un brazo, te zamarrearía y te sacaría a la calle para que te despiertes de una vez.
Ahora ya ha ingresado en la escena el tercer protagonista del conflicto: el aspecto de Marta que rechaza a la parte miedosa y quiere transformarla en decidida. Este es el aspecto a quien hemos denominado cambiador. En este momento del diálogo el cambiador le expresa al aspecto inseguro todo su rechazo: “¡Te odio! ¡Estoy harta de vos! ¡Sos una inútil y una inservible!”, y además se puede ver como intenta transformarla en decidida: “¡Te zamarrearía y te sacaría a la calle para que te despiertes de una vez!”.
El cambiador está enojado y ese enojo tiñe los recursos que utiliza para transformar al aspecto temeroso. En el zamarrearla hay mucho de descarga de enojo pero el cambiador cree que el “sacudón” es una manera adecuada de cambiarla, es decir ha confundido descarga de enojo con recurso transformador. Desarrollaremos con más detalle esta confusión en el capítulo destinado al cambiador pues es muy generalizada y produce mucho daño en quien la padece.
Para que esa confusión se sostenga es necesario que exista además en Marta la creencia de que el miedo efectivamente se transforma zamarreando al aspecto temeroso y obligándolo a hacer lo que teme. Esta creencia, por otra parte, también es muy generalizada y veremos ahora, a través de Marta, qué efectos produce.
Cuando el cambiador terminó de expresarse le propuse que se desplazara lentamente y se instalara en el lugar de la adolescente miedosa. Convertirse en el aspecto rechazado, en general no resulta fácil. Por esa razón es útil ayudar a hacerlo y una manera de lograrlo es recordándole las características del dibujo del aspecto en el que va a ingresar.
Terapeuta:
