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El autismo es una condición relativamente poco conocida, pero con un número sorprendentemente alto de personas afectadas. Presente desde la infancia, por regla general son los padres los primeros en percibir las primeras manifestaciones y, por tanto, pueden sentirse confundidos y preocupados por no comprender qué le sucede a su hijo. Tras el diagnóstico, surgen las dudas: pero ¿qué es realmente el autismo? ¿Cómo puedo ayudar a quien lo sufre? ¿Hay algún tratamiento? ¿Es solamente una condición de la infancia? El Trastorno del Espectro Autista (TEA), que afecta a 1 de cada 100 niños, es una patología del sistema nervioso, con una base genética y un sustrato orgánico, que alteran la función cerebral y, como consecuencia, el comportamiento y la comunicación, imprescindibles para la relación con los otros. Es por eso por lo que se considera que, a grandes rasgos, el TEA es una discapacidad de la sociabilidad. De manera cercana y amena, este libro tiene el propósito de ofrecer la información más actualizada sobre esta patología. Solo en los últimos años hemos empezado a entender los mecanismos y fundamentos del autismo, por qué se origina y cómo afrontarlo. Y aunque aún queda mucho camino por recorrer, nunca antes habíamos tenido tantas posibilidades para abordarlo como ahora, ni las posibilidades para el futuro cercano habían sido tan alentadoras. La crítica ha dicho: "José Ramón Alonso es clave en la difusión de evidencia contrastada y rigurosa sobre el TEA y en la traslación de los conceptos más complejos a formatos de fácil comprensión" ― Miguel Ángel de Casas, presidente de la Confederación Autismo España "Las claves para afrontar el desafío de la pandemia en niños autistas." ― ABC, sección Padres e hijos "José Ramón Alonso, neurobiólogo y catedrático de la Universidad de Salamanca, explica que la desinformación en torno a esta condición lleva muchas veces a la exclusión de estos menores."― Carolina García, El País
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Seitenzahl: 215
Veröffentlichungsjahr: 2020
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El autismo
El autismo
Reflexiones y pautas para comprenderlo y abordarlo
José R. AlonsoIrene Alonso Esquisábel
Primera edición: septiembre de 2020
El autismo. Reflexiones y pautas para comprenderlo y abordarlo
© 2019, 2020, José R. Alonso e Irene Alonso Esquisábel
© 2020, de esta edición, Shackleton Books, S.L.
www.shackletonbooks.com
Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.
Ilustración de cubierta: © Miguel Gallardo
Diseño de cubierta: Pau Taverna
Diseño de tripa y maquetación: Kira Riera
Composición ebook: Víctor Sabaté (Iglú de libros)
© Fotografías: todas las imágenes son de dominio público a excepción de Serhiy Kobyakov/ Shutterstock (p. 191 de la edición en papel).
© Ilustraciones: Joshya/Shutterstock (p. 68), Jordi Dacs (p. 70). Icons by Icons8
ISBN: 978-84-18139-17-8
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Este libro está dedicado a los niños y familias de la Asociación Equipo Atenea Autismo de Ponferrada (León).
El futuro de estos niños es nuestro futuro, y su bondad, su ternura y su humor iluminan nuestras vidas.
Uno de cada cien niños tiene autismo. Una condición que es de por vida, que le afecta en su vida cotidiana, que limita su sociabilidad, que le hace tener comportamientos repetitivos e intereses restringidos, que limita sus aspiraciones y que afecta profundamente a la vida familiar. Por otro lado, son niños guapos, honestos, llenos de posibilidades y de virtudes, y hacen nuestra sociedad más rica y diversa. Nuestro mundo debe tener sitio para ellos, con ellos somos mejores. Sin embargo, la historia del autismo ha sido dolorosa, los hemos ignorado durante siglos y cuando por fin los identificamos nos dejamos llevar por teorías absurdas, buscamos culpables donde no los hay y caímos en nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestra ignorancia. Nunca más. Es hora de un abordaje científico del autismo, un planteamiento inclusivo que desarrolle todo su potencial en las aulas, les abra de verdad las puertas del mercado laboral y seamos una sociedad neurodiversa, que respete, valore y acoja a los que son diferentes.
Este libro pretende proporcionar información sencilla y actualizada sobre el autismo, que explique las investigaciones en marcha, las terapias y los tratamientos que se emplean y que aporte los datos que nos ayudan a comprender las múltiples dimensiones de esta condición. Pero también desea llevar ánimo y esperanza a todas aquellas personas que se preocupan por los niños y futuros adultos con autismo, sobre todo a las familias afectadas. Las palabras no son inocentes y por eso queremos cuidar especialmente nuestro vocabulario: por ejemplo, evitamos la palabra «trastorno» y la sustituimos por «condición», que es menos peyorativa. Lo mismo con la palabra «normal» empleada para las personas sin autismo, lo que nos llevaría a pensar en las personas con autismo como «anormales»; es por eso por lo que preferimos utilizar «normotípicos» o «neurotípicos». Todo ello es un paso para llegar a desarrollar una nueva mirada sobre el autismo, donde las personas afectadas sean protagonistas y no sujetos de estudio, poniendo sobre la mesa qué cosas hace falta trabajar con más intensidad y sustituyendo nuestra voz por la suya.
Aunque aún queda mucho camino por recorrer en la investigación y el tratamiento del autismo, nunca hemos tenido tantas posibilidades como ahora, ni han sido tan esperanzadoras para un futuro cercano. La investigación está aportando datos contrastables sobre las estructuras y las funciones cerebrales afectadas por esta condición del neurodesarrollo y tal vez algún día tengamos los conocimientos necesarios para entender su génesis y evolución, y reconocerlo utilizando biomarcadores. De momento sabemos cada vez más sobre cómo diagnosticarlo antes y cómo tratarlo mejor. Pero también surgen temas que requieren una profunda reflexión ética. Por ejemplo, es posible que los avances en la genética del autismo permitan una identificación de las personas afectadas mediante el diagnóstico prenatal. Algunas personas con autismo temen que eso abrirá la puerta a la eliminación de los que son como ellos y algunos investigadores punteros como el director del Center for Autism Research de la Universidad de Cambridge ha dicho que no tiene ningún interés en prevenir, curar o eliminar el autismo, una declaración que ha sido sorprendente para muchos otros investigadores que piensan que ese es su principal objetivo.
En la actualidad, bastantes niños con una condición del espectro del autismo pueden incorporarse a clases ordinarias, pues existen métodos para mejorar sus habilidades sociales, académicas y de comunicación. Y, a pesar de que más de la mitad de las personas con autismo aún necesitan apoyo a lo largo de su vida, muchas de ellas pueden aprender a hacer un trabajo útil, y todas pueden —y deben— participar en la vida de la comunidad. Además, la comprensión y el apoyo a las familias ha mejorado, y esperamos que siga haciéndolo. Muchos de los problemas actuales del autismo no están en ellos, sino en nosotros, los neurotípicos o normotípicos, en cómo nos comportamos con ellos, en cómo los integramos, en cómo los ayudamos, o mejor, en cómo no lo hacemos o no lo hacemos lo suficiente. Nuestro nivel como sociedad se define por cómo tratamos a los que son diferentes. Ojalá este libro sea un paso en esa dirección.
El autismo es una condición relativamente poco conocida pero con un número sorprendentemente alto de personas afectadas. Los humanos somos, quizá, la especie más social del universo, necesitamos el contacto con los otros, vernos, tocarnos y oírnos, aunque sea en la distancia. Sin embargo, el cerebro de la persona con autismo es incapaz de seguir las pautas estándar de la comunicación y su comportamiento con los demás es diferente al de los normotípicos: puede tener dificultades para ponerse en el lugar del otro, no entender gestos, bromas o por qué mentir. Es por eso por lo que decimos que, a grandes rasgos, la Condición del Espectro Autista (CEA) es una discapacidad de la sociabilidad.
El autismo es una patología del sistema nervioso, con una base genética y un sustrato orgánico, que alteran la función cerebral y, como consecuencia, el comportamiento de la persona afectada. Solo en los últimos años se han empezado a entender los mecanismos y fundamentos del autismo, es decir, por qué se origina y cómo afrontarlo.
Cabe decir que el autismo aparece por todo el mundo, en familias de todas las clases sociales y de todos los tipos raciales. Ningún factor del ambiente psicológico del niño, ni de la educación recibida, ni del trato recibido de padres o familiares es origen de su autismo.
Es imprescindible conocer las verdaderas causas para desterrar aquellos mitos que giran en torno al origen de esta discapacidad. Hasta hace relativamente poco, al terrible sufrimiento de ver a un hijo encerrarse en sí mismo o no desarrollarse con normalidad a causa del autismo, y con ello escurrirse su futuro como el agua entre los dedos, se sumaba el hecho de que se tenía —injustamente— como causa de esta condición que el pequeño había sido privado del cariño de sus padres en su primera infancia. Esos padres, por lo tanto, sufrían por partida doble: por un lado, el dolor de una condición crónica y sin cura, y, por el otro, una condena social injusta y la sensación de fracaso personal. Afortunadamente, en la actualidad las cosas han cambiado. Hemos desterrado esas mentiras y sabemos cada vez mejor lo que es y lo que no es el autismo, el origen biológico de esta condición, a quién afecta, qué tratamientos ayudan y cómo debemos enfrentarnos a todo ello.
A fecha de hoy se incluye dentro del término autismo un rango muy amplio de condiciones y síndromes, en los que varía el nivel de afectación en las habilidades, la inteligencia y las conductas. Nos encontramos con que algunas personas con autismo cuentan con una inteligencia y una capacidad de lenguaje dentro de la norma, mientras que en la mayoría (tres de cada cuatro) existe discapacidad intelectual de mayor o menor grado y el lenguaje está afectado. Una de cada tres personas con autismo tiene, por el contrario, unas habilidades extraordinarias en temas como el arte, la música, el cálculo aritmético o la memoria. Y aquellos con un desarrollo más avanzado del lenguaje se interesan por un número limitado de temas y tienen dificultad con los conceptos abstractos. También se incluye en la actualidad dentro del CEA el síndrome de Asperger. Hasta hace poco era un diagnóstico independiente del autismo, pero los especialistas norteamericanos decidieron que era muy poco lo que separaba a las personas con síndrome de Asperger de las que tienen autismo clásico y era mejor una única categoría bajo la definición de espectro, que actualmente incluye un rango muy amplio de variabilidad, desde casos muy favorables a otros con problemas más difíciles.
Por este motivo, se suele hablar para referirse a este abanico de niveles de gravedad de «síndrome del espectro autista» o «trastornos del espectro del autismo» (TEA), aunque nosotros preferimos «condición del espectro del autismo» (CEA), y es muy probable que, a lo largo del libro, en vez de hablar del autismo terminemos refiriéndonos a «los autismos». Aunque existen características comunes, pueden tener diferencias importantes en relación al origen, el tratamiento y la evolución. Se considera que lo que define la situación de la persona con autismo, el núcleo de esa condición, es un tipo de «ceguera de la mente» y «ceguera al contexto». Veamos este concepto con más detalle. En nuestra relación con los demás, «leemos» continuamente el comportamiento de los otros, deducimos lo que saben y lo que no, lo que esperan en un momento determinado, y entendemos los pensamientos y sentimientos que quedan al descubierto en cada situación mediante gestos, expresiones faciales o el tono de voz. Sin embargo, una persona con autismo tiene grandes dificultades para captar todo eso. Por ello, es fácil comprender hasta qué punto puede alterarse el desarrollo social si el individuo no puede percibir el estado mental de los que lo rodean. Tendrá muchas dificultades en mostrar empatía, entender la ironía, hacer amigos o distinguir una broma de una amenaza, por ejemplo. Compartir no tiene sentido cuando no puedes captar su efecto en la gente y una conversación pierde mucho de su significado si no percibes los aspectos no hablados que se manifiestan con el lenguaje. En otras palabras, las personas con autismo tienen un déficit a la hora de entender la «teoría de la mente» de los demás. Es decir, no pueden distinguir la ironía, el sarcasmo, la agresividad o el cariño que se esconden tras lo que verbalizamos, ya sea en el tono, el volumen o la entonación. Así pues, para ellas, «Ven aquí» tiene el mismo sentido si se dice con una sonrisa y extendiendo los brazos que si se pronuncia con el ceño fruncido y los brazos en jarras. Muchas veces, nuestro mundo es para estas personas un lugar incomprensible.
A día de hoy, el autismo sigue teniendo un origen desconocido y no se puede curar. Sin embargo, se puede y se debe tratar. Un diagnóstico temprano y una intervención inmediata realizados por personal especializado son vitales para el desarrollo futuro del niño, pues los tratamientos disponibles posibilitan una mejoría notable de sus condiciones de vida, así como de la de sus familias.
Según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) (APA, 2013), el trastorno del espectro autista (TEA) se define como la condición (CEA) o trastorno del neurodesarrollo en el que se presentan los siguientes síntomas característicos: problemas en la comunicación e interacción social, y patrones repetitivos, restringidos y obsesivos en el comportamiento (tanto en intereses como en las actividades realizadas).
Aunque las personas con condición del espectro autista son extremadamente diferentes entre sí y pueden tener afectadas facetas muy distintas, veamos a continuación los aspectos más característicos presentes en la infancia que están relacionados con las tres áreas básicas de esta discapacidad: la interacción social, la comunicación y la imaginación.
Con respecto a los obstáculos para la interacción social, las personas con autismo, sobre todo los niños, tienen dificultades para iniciar, mantener o terminar una relación con otros individuos y no interaccionan normalmente. A menudo, son capaces de relacionarse mejor con sus padres y cuidadores que con sus iguales, quizá porque los adultos anticipamos las necesidades del pequeño, pero los otros niños todavía no tienen esta habilidad. También es frecuente que traten a otras personas como si fueran objetos. Sin embargo, no es que el niño con autismo no quiera hacer amigos, sino que no sabe cómo hacerlos. Así pues, enseñarles habilidades sociales es básico para su desarrollo y para que puedan formar parte de su comunidad.
Los problemas de comportamiento de las personas con autismo varían de graves a leves. Los más graves son comportamientos anómalos, agresivos, que en ocasiones se dirigen contra ellos mismos, es decir, pueden autoinfligirse daño. Lamentablemente, esta conducta puede persistir durante años y ser muy difícil de corregir. En su forma menos grave, el autismo posee unas características parecidas a las de una dificultad de aprendizaje. No obstante, incluso aquellos que padecen un autismo muy leve se ven expuestos a una discapacidad de cierta relevancia en el desarrollo de su vida en comunidad debido a los déficits en las áreas de comunicación y sociabilidad.
Los niños con autismo reclaman consistencia, orden y persistencia en su ambiente. Así, pueden insistir en comer siempre en los mismos platos, a una hora determinada, sentados en un lugar preciso de la mesa. También es posible que quieran seguir la misma rutina a la hora de vestirse, y mantener un esquema determinado en muchas de las actividades del día. Asimismo, pueden ponerse muy nerviosos y estresados, o incluso violentos, tener una rabieta o bloquearse, si un cuadro está torcido en una pared o si su cepillo de dientes no se encuentra en su sitio habitual, si se varía la ruta al colegio o si se le sirven unos cubiertos diferentes, etcétera.
Los patrones repetitivos y los intereses restringidos son producto de la falta de flexibilidad mental, lo que los condiciona a mostrar un rango limitado de conductas. Esta necesidad de rutina y de repetición suele ir asociada a movimientos estereotipados (las llamadas «estereotipias»), que veremos a continuación.
Los niños con autismo suelen tener un buen control de su cuerpo, si bien en algunos casos realizan movimientos extraños y repetitivos. Estos comportamientos, denominados «estereotipias» pueden aislarlos de otros niños, que se extrañan, se asustan o se burlan. Ejemplos de este tipo de conducta son, por ejemplo, aletear con las manos, balancearse atrás y adelante, hacer giros o chasquear los dedos. Pueden repetirlos durante horas y de repente quedarse quietos en una postura determinada, durante un período prolongado.
Además de los movimientos estereotipados, algunos niños con autismo desarrollan fijaciones anómalas con algunos objetos, y pueden llegar a experimentar comportamientos lesivos o peligrosos para el propio niño o disruptivos para su relación con sus iguales. A modo de ejemplo, es posible que un niño tenga fijación por los medios de transporte, y que sea prácticamente imposible hacerle bajar del autobús urbano cuando llega a su parada. Otros comportamientos son simplemente llamativos, graciosos o pueden poner en situaciones embarazosas a los que están alrededor: así, una pequeña obsesionada con los relojes digitales puede agarrar el brazo de un desconocido para mirar su muñeca. Cuando estos niños crecen, pueden mantener su interés en un tema y pasar meses centrados en él, aunque no se percibe una evolución en esa afición puesto que no amplían su radio de actividad o no obtienen nada de ella.
En cuanto al juego, el problema no suele radicar en la imposibilidad de jugar con sus padres, sino en que el repertorio de juegos es muy restringido y repetitivo, y suelen preferir las actividades físicas (cosquillas, correr, saltar, etcétera) a otras más imaginativas. Por ejemplo, una pequeña a la que le gusta jugar con sus muñecos de superhérores, pero que siempre juega a la misma historia con cada superhéroe. Tampoco se puede decir que no respondan a expresiones emocionales, pero a menudo solo procesan las más evidentes (en particular, el enfado de sus progenitores). Finalmente, a pesar de las dificultades que tienen para expresar afecto, está demostrado que los niños con autismo muestran apego, un vínculo emocional, a las figuras del padre y la madre.
Una de las primeras alarmas que se encienden en los padres de niños con autismo se debe a la detección de dificultades del pequeño con el lenguaje. A los tres años de edad, la mayoría de niños han superado una serie de etapas en el camino del aprendizaje de un lenguaje: desde el balbuceo y los «pa-pa-pa» y «ma-ma-ma» que emocionan a los padres hasta las primeras palabras emitidas al cumplir un año. A esa edad, también, se vuelve cuando oye su nombre, y cuando se le ofrece o se le pide algo que no quiere, dice rotundamente lo que para algunos parece su palabra favorita: «¡no!», y señala con el dedo cuando desea algo. El gesto de señalar tiene dos funciones básicas: pedir y mostrar. Los niños autistas, sin embargo, no lo suelen usar para mostrar, si bien muchos lo emplean para pedir. Es tan relevante esta característica que casi tres cuartas partes de los niños afectados por la condición pueden discriminarse por la ausencia de gestos de señalización para mostrar cosas.
Como en el resto de afectaciones, desde la infancia pueden percibirse diferentes grados en la de la comunicación: los hay que desarrollan el lenguaje de manera normal o incluso de forma precoz; otros que usan el lenguaje para pedir cosas básicas pero que no progresan para expresar pensamientos y sentimientos; o los que nunca llegan a hablar.
A pesar de que muchos pequeños con autismo no son capaces de comunicarse verbalmente, tampoco buscan otro medio, es decir, no usan gestos y, como se ha mencionado, no señalan con el dedo aquello que les interesa, por lo que se dice que carecen de lenguaje expresivo y receptivo. En la forma más sencilla, el lenguaje expresivo consiste en un niño que pide algo («quiero pan») e incluye responder a cuestiones, ya sea verbalmente o mediante gestos e imitar sonidos. En cambio, el lenguaje receptivo se produce cuando el pequeño es capaz de identificar verbalmente o mediante gestos a personas que le resultan familiares, objetos cotidianos y sonidos habituales, y puede además seguir instrucciones del tipo «trae la silla». Dado que, a menudo, los niños con autismo tienen dificultad para comprender o interpretar lo que otros les dicen, con frecuencia tratarán de hacer ellos mismos lo que desean antes de pedir ayuda.
Cuando son muy pequeños, raramente inician o mantienen interacciones verbales con adultos u otros niños, lo que reduce su interacción y comunicación con los demás. Por ello suelen necesitar un programa continuo y muy organizado para desarrollar un lenguaje funcional.
Los niños más mayores y los adolescentes con esta condición tienen, en general, un rango limitado de funciones de comunicación, y presentan dificultades para iniciar y mantener una conversación, que no suele ir apoyada por gestos ni por el establecimiento de contacto visual mantenido, antes o durante la comunicación. También, de forma general, prefieren secundar a liderar una charla y se sienten más cómodos si el tema no requiere compartir ideas o sentimientos. Consecuentemente, algunas veces experimentan una gran frustración por ser incapaces de comunicarse, mientras que en otras no se detecta un interés claro por esta actividad social. Con todo, muchos desarrollan un amplio vocabulario para denominar objetos, que puede confundir a los padres y profesionales, pues esta habilidad posiblemente encubra los problemas subyacentes de comunicación y lenguaje: se trata de una habilidad aislada que no señala el desarrollo de un lenguaje válido para la comunicación, sino muchas veces lo contrario, una forma de suplirlo.
Hay muchas variantes de problemas con el lenguaje del niño autista. Citamos las más prevalentes a continuación:
Ecolalia. Por lo general, los niños con autismo capaces de hablar emplean el lenguaje de forma inusual o rara. Pueden repetir lo que acaban de oír sin que tenga una relación con la situación en la que se encuentran. Por ejemplo, puedes preguntarle a un chico «¿Qué tal?» y que responda «¿Qué tal?» antes de responder «bien». Esa repetición se denomina «ecolalia», y «ecolalia demorada» cuando no copian lo que se les acaba de decir, sino algo que han oído hace un tiempo, en la televisión, en la radio o en casa. En ocasiones, reproducen a la perfección la voz y el ritmo de la persona que imitan.
El lenguaje se usa de forma inexacta. Las palabras de un niño con autismo pueden no corresponderse con lo que realmente quiere comunicar, así que es posible que desarrolle códigos para indicar aquello que desea. En muchas ocasiones, los padres o los cuidadores pueden establecer una asociación lógica entre la palabra y el significado para el niño: por ejemplo, puede repetir «sube al coche» distintas veces durante el día, y que lo repita siempre que quiera salir a la calle porque ha asociado «sube al coche» con salir de casa. Con frecuencia, sin embargo, estos códigos no se descifran o puede que el niño repita una palabra simplemente porque le gusta como suena. También puede darse la creación de neologismos, esto es, nuevas palabras.
Su lenguaje suena extraño. Aunque la mayoría de los niños autistas no tienen ningún problema en el aparato fonador, su habla puede sonar atropellada o extremadamente lenta, con un ritmo pobre y una entonación y timbre extraños a la frase que se está transmitiendo (a veces se habla de un «tono metálico» o se dice que «habla como un robot»). Esto es característico de las personas con Asperger. Además, con el tiempo, en vez de producirse una mejora, pueden perder fluidez y su lenguaje volverse menos inteligible, pues este retroceso implica volver a buscar las palabras de una en una, en lugar de combinar trozos de sentencias ya aprendidas por el uso.
No comprende el lenguaje no verbal. El habla supone una pequeña parte de nuestra comunicación. La mayoría de nosotros obtenemos sin darnos cuenta señales del lenguaje corporal, las expresiones faciales, las manos, qué palabras elegimos de las que se pueden referir a una misma cosa o situación, el tono de voz, el énfasis en la expresión, etcétera. Por el contrario, los niños con esta condición no captan esos aspectos clave y con frecuencia se basan solamente en el significado literal de los términos sin considerar el tono, la situación social o la forma de expresarse que los acompaña.
No entiende las instrucciones implícitas en las frases. Hablar puede ser simplemente un intercambio de hechos. Por ejemplo, es posible que si preguntas: «¿Sabes cuál es la capital de Italia?», conteste: «Sí», sin seguir adelante y revelar la respuesta. Otro ejemplo, si algún familiar está en la cocina y le pide: «Pregúntale a papá si quiere una cerveza», puede ir a buscar a su padre y efectivamente preguntárselo, pero no darse cuenta de que la instrucción lleva implícita una respuesta de vuelta.
Tiene problemas con el lenguaje que no es literal. No entiende el sarcasmo ni la ironía, puesto que interpreta las palabras en su significado literal, incluso cuando el tono indica lo contrario, lo que origina errores de comprensión. Por ejemplo, la frase en tono enfadado del padre «Es la última vez que te digo que te vistas» se recibe como una excelente noticia por parte del niño. Y expresiones como: «¿Te ha comido la lengua el gato?» o «Se le va a caer el pelo» se interpretan en su sentido literal.
Tiene dificultades para comprender las situaciones sociales. Los niños con autismo pueden ofender, sin darse cuenta, a algunas personas. Por lo general, no prestan atención a las diferencias en edad, al rango social o a la cortesía. Es muy frecuente que se acerquen a extraños o a personas mayores guiados por la curiosidad y pregunten cualquier cosa que les intrigue. Por ejemplo, a alguien con la cara tiznada, podrían espetarle: «¿Es negro?». Tampoco se fijan en el efecto de sus palabras sobre los demás. Es muy normal que hablen de sus intereses particulares, con una descripción larga y pesada de todos los detalles, sin que les preocupe o importe si la otra persona muestra interés en el tema. Así, pueden describir los detalles más insignificantes de una película o de un juego de ordenador. De igual manera ignoran los protocolos derivados del estatus, por lo que se dirigen a profesores y adultos como iguales a ellos, sin adaptar el lenguaje a las distintas situaciones o a los diferentes interlocutores. Por último, tampoco poseen un esquema temporal claro: en una primera entrevista, un niño puede preguntar a su terapeuta si le gusta más su nuevo corte de pelo que el que tenía antes, sin darse cuenta de que no le había visto nunca anteriormente.
Habla de una forma pedante. Lógicamente, solo se produce en los niños en la parte más favorable del espectro autista y, en particular, en el síndrome de Asperger. Esta tendencia a la pedantería puede hacer que el niño parezca avanzado para su edad. También se puede dar que padezca hiperlexia, o sea, que use muchas palabras que ha oído o leído aunque tenga problemas para captar el verdadero significado de cada una de ellas.
