El bebé del millonario - Susanne Mccarthy - E-Book
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El bebé del millonario E-Book

Susanne McCarthy

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Beschreibung

A pesar de la atracción que había surgido entre ellos, Samantha Duggan había sido una de las pocas mujeres que había rechazado al guapo millonario Aidan Harper. Pero en ese momento era demasiado obvio que alguien había logrado traspasar sus defensas. ¡Estaba embarazada! El padre del bebé era Damien, el difunto hermano de Aidan. Éste sabía que su obligación era dar al hijo de su hermano el apellido Harper. ¡Pero de todas las razones que tenía para querer casarse con Samantha, el sentido del deber no era precisamente la primera!

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Susanne McCarthy

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El bebé del millonario, el, n.º 1101 - abril 2020

Título original: The Millionaire’s Child

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-087-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

HOLA…?

Aidan Harper se detuvo mientras abría la puerta del viejo cobertizo con cautela. El estado de abandono de la casita y su aislamiento, en ese cabo ventoso a unos cuantos kilómetros de Land End, sugería que el desconocido Sam Duggan podría resultar ser un viejo excéntrico a quien no entusiasmara recibir visitas. Y Aidan no quería ser recibido por el cañón de una escopeta.

Al apartar la vista del sol y mirar al interior en sombras, vio una figura inclinada sobre un amasijo de metales, con un soplete de soldar en la mano. No podía ver en qué estaba trabajando, pero parecía un montaje desordenado de conductos y planchas de metal.

–¿Señor Duggan? –preguntó levantando un poco la voz por encima del ruido del soplete–. ¿Sam Duggan?

La reacción fue inesperada. El soplete cayó al suelo y la figura agachada se levantó rápidamente, pero antes de que la mano enfundada en un grueso guante echara hacia atrás la máscara de acero, Aidan se dio cuenta de que había cometido un error. Si esa persona era Sam Duggan, no era ningún viejo, y en verdad, tampoco era un hombre.

Era alta y muy delgada. Incluso con un viejo mono de trabajo, se la veía demasiado frágil para estar ocupándose de ese soplete. Pero si él se sorprendió de verla, ella pareció estupefacta. Los ojos que lo miraron cuando se levantó la máscara estaban muy abiertos, como si estuvieran viendo un fantasma.

–Lo siento… no quería asustarla –dijo él con voz suave y sonrisa tranquilizadora–. ¿Es la… señorita Duggan?

–¿Qui… quién es usted? –preguntó en un susurro.

–Aidan Harper. El dueño del Treloar –contestó haciendo un gesto en la dirección del hotel, a medio kilómetro de distancia–. Aparentemente eso me convierte en su casero, aunque para ser sincero, no tenía ni idea de que este lugar existiera. Estaba repasando las cuentas cuando lo vi, así que pensé dar un paseo y venir a verlo. Habría llamado antes para avisar, pero parece que no hay teléfono aquí.

–No… no hay –dijo ella negando con la cabeza en un visible esfuerzo por calmarse–. Lo siento… Me ha asustado un poco, eso es todo… No recibo muchas visitas…

Se agachó para desenchufar el soplete, y Aidan se excitó cuando el mono se estiró sobre su bonito trasero. Él mismo se sorprendió. Hacía mucho que abandonó la adolescencia, y siempre había creído controlar perfectamente sus instintos básicos.

Cuando ella se levantó, se quitó los guantes y se sacó la máscara de la cabeza, haciendo que una melena negrísima cayera por sus hombros. Aidan se encontró imaginando que le desabrochaba el mono y se lo bajaba, dejando al descubierto las suaves curvas que había debajo…

Ella tenía una mano extendida hacia él, y había recuperado todo el control.

–Soy Sam Duggan –dijo educada, aunque sus ojos del color de la amatista y con pestañas larguísimas le advertían que se alejara–. ¿Qué quería?

Aidan arqueó una ceja divertido. ¿Así que a ella no le importaba una apreciación masculina de su bonito cuerpo? Y no era ninguna colegiala. Debía tener bastante experiencia para saber que intentar ocultarlo vistiéndose con ese viejo y feo mono sólo aumentaba el atractivo.

–Sólo me preguntaba por qué estábamos cobrando un alquiler tan bajo –respondió–. No merece la pena el esfuerzo de cobrarlo. Pero ahora que veo este lugar, lo entiendo. Parece que lleve años derruido –dijo levantando la vista a la vieja casita de piedra, con sólo dos habitaciones y apoyada contra el acantilado como si estuviera agotada de soportar año tras año los fuertes temporales atlánticos de esa zona de Cornwall–. De hecho, con una tormenta más, ese tejado se vendrá abajo. Esas tejas no parecen nada seguras.

–Está bien para mí –declaró la señorita Duggan pasando a su lado con la cabeza alta–. Me gusta.

Y abrió la desvencijada puerta de madera y desapareció dentro, dejándole a él la elección de seguirla o no.

Aidan sintió su interés crecer como no lo había sentido en mucho tiempo. No podía recordar la última vez que una mujer le había tratado con ese desprecio. Incluso una rara belleza como Imogen, que en ese momento era su actual amiga y sabía perfectamente cuál era su precio, rara vez se permitía montar a su lado uno de sus famosos berrinches. Para ser sincero, ella empezaba a aburrirlo.

Aidan se detuvo en la puerta y se apoyó contra el marco, mirando la habitación con interés. Era una cocina comedor, no muy grande, y las vigas bajas del techo la hacían aún más pequeña. El suelo estaba formado por baldosas desiguales de pizarra, cubiertas con una alfombra cuadrada y raída sobre la que había una gran mesa de madera rodeada de varias sillas distintas una de otra. Bajo la ventana había una anticuada pila de piedra, y en la enorme chimenea una cocina de hierro negro que parecía de los años de la Revolución Industrial.

Aunque en mal estado, todo estaba inmaculado, con algunos toques femeninos que lo hacían casi acogedor, como unas cortinas de brillantes colores en las ventanas, y cojines hechos de la misma tela en las sillas y varios adornos de flores frescas en el alféizar y sobre la chimenea.

La extraña inquilina lo miró con frialdad por encima del hombro.

–Si quiere café me temo que ha de ser instantáneo –le ofreció de mala gana.

Aidan reprimió una sonrisa al ver el modo en que sujetaba la jarra de café, sospechando que estaba deseando tirársela a la cabeza.

–Gracias –respondió él–. El café instantáneo está bien.

Apartó una de las sillas y se sentó, mirándola mientras llenaba de agua un hervidor eléctrico. Luego sacó un par de tazas de un armario y cerró la puerta con una fuerza innecesaria.

Aidan estaba disfrutando de esa demostración de malhumor. Era una pena que tuviera que marcharse en cuanto terminara el café, ya que tenía montañas de papeles esperándole en el hotel. En realidad era mucho más entretenido observar a la señorita Duggan.

Le echaba más o menos la edad de Imogen, veintitrés o veinticuatro como mucho. Carecía de la perfección de supermodelo de Imogen, pero su cuerpo se curvaba en los lugares adecuados, sus facciones eran agradables y esa melena oscura haría a cualquier hombre querer enterrar en ella sus dedos. Y los ojos azules eran impresionantes.

Aidan tenía reputación de ser experto en mujeres, y la que tenía frente a él era una mujer que haría que todas las cabezas se giraran al verla. Lo que no entendía era qué estaba haciendo fosilizada en esa casa medio derruida en un precipicio de Cornwall.

Otro vistazo a la cocina le dio algunas pistas. Había un cuaderno de dibujo y algunos lápices sobre la mesa, varios bocetos muy buenos de carboncillo amontonados sobre la repisa de la chimenea y una extraña estructura de cartón y cuerdas en un armario de la esquina.

–¿Es artista? –le preguntó intrigado.

–Escultora.

–¿En serio? –Aidan arqueó una ceja mientras miraba brevemente su cuerpo delgado–. Yo creía que se necesitaban músculos para ser escultor y cargar con mármol pesado y todo eso.

Ella lo miró con frialdad.

–No soy Miguel Ángel. Y de todos modos el mármol es caro, está fuera de mi alcance.

–¿Y qué materiales usa? –insistió, decidido a romper la barrera de hostilidad que ella había levantado.

Ella se encogió de hombros.

–Materiales reciclados en su mayor parte. Chatarra, plástico… ese tipo de cosas.

–Entiendo –dijo él esbozando su más encantadora sonrisa–. Me preguntaba en qué estaba trabajando en el cobertizo. Desde luego no parecían unas estanterías.

Y fue recompensado con una débil sonrisa.

–Era parte de una serie llamada Libertad de Volar. Ésa era la tercera. Las vendo en una galería de St. Ives.

–¿Gana mucho dinero con eso?

–Lo suficiente para ir tirando. Necesito poco –dijo llevando las dos tazas de café a la mesa, poniendo una delante de él y sentándose enfrente–. La leche está debajo de la pila –añadió señalando una lata medio llena de agua fría donde había dos cartones de leche, una tarrina de mantequilla envuelta en una bolsa de plástico y un paquete de salchichas.

–¡Ah! Dispone de todas las comodidades –declaró Aidan irónico.

–Mantiene las cosas tan frescas como el frigorífico, o incluso mejor. No se puede uno fiar de la electricidad.

–Eso suena bastante incómodo –declaró él con cuidado para no herirla–. ¿Por qué vive aquí? ¿Por qué no en el pueblo?

–Necesitaba un lugar donde poder realizar mis esculturas –respondió ella con frialdad–. El cobertizo es perfecto. Además, las casas libres del pueblo se alquilan a los turistas en verano. Y no puedo pagar ese alquiler.

Aidan asintió con la cabeza. Él le estaba cobrando la cuarta parte de lo que habría tenido que pagar en el pueblo incluso por una casa de un dormitorio. Pero honestamente no podía decir que esa casita valiera más, no por lo que había visto hasta ese momento.

–¿Le importa si echo un vistazo?

–Como guste. No tardará mucho. Sólo hay otra habitación y un aseo fuera –dijo ella levantando la barbilla con dignidad–. No creo que fuera el tipo de lugar que sus veraneantes quisieran alquilar.

–Creo que no –admitió Aidan–, al menos no sin gastar mucho dinero en repararlo, y realmente no estoy seguro de que merezca la pena. Posiblemente lo mejor fuera derribarlo.

–¿Derribarlo? –repitió ella con ojos brillantes de furia–. No… no puede hacer eso. ¡Sería vandalismo! Esta casa lleva aquí desde… ¡Oh, no me extrañaría que doscientos años como poco! Mucho más tiempo que el hotel.

Aidan arqueó una ceja, algo sorprendido por el énfasis con el que defendía lo que parecía ser poco más que un cuchitril.

–Bueno, le echaré un vistazo –dijo tranquilizador–. De todos modos las paredes parecen bastante sólidas.

Ella abrió la boca para protestar, pero la cerró, aparentemente reconociendo que no estaba en una posición muy fuerte para discutir con él. Mientras Aidan la miraba divertido. Sam respiró profundamente para calmarse.

–Bueno, como ve ésta es la cocina –anunció con voz impersonal–. La pila tiene agua corriente… casi siempre. La cocina es eléctrica… cuando funciona. El frigorífico no funciona nunca. Y eso es todo.

Él asintió.

–¿Funciona la estufa de madera? –preguntó haciendo un gesto hacia la chimenea.

–Sí. Y no me molesto en encenderla en verano a no ser que quiera calentar agua.

–¿Y qué hace cuando quiere darse un baño?

–Yo… bueno… subo al hotel –admitió Sam, teniendo el detalle de bajar la mirada.

Aidan se rió. En realidad, pagar un alquiler no le daba derecho a usar las comodidades del hotel, aunque dudaba que nadie se molestara en detenerla. Pero eso le dio igual, ya que estaba teniendo dificultades en alejar de su mente la imagen de esa mujer esbelta y desnuda en un baño de burbujas calientes.

–¿Qué hay ahí? –preguntó, señalando hacia la otra habitación donde no había puerta, sino una cortina de terciopelo rojo–. ¿El dormitorio?

–Sí –contestó ella algo vacilante.

En realidad, Aidan sabía que no necesitaba ver su dormitorio, pero no podía resistirse a provocarla un poco más y ver cómo reaccionaba.

Sam apartó los ojos de él y se puso de pie, cruzando la habitación con actitud digna y apartando a un lado la cortina para que él la siguiera al dormitorio.

Al igual que la cocina, no era muy grande y el techo era bajo. La mayor parte del espacio lo ocupaba una cama alta y antigua sobre la que había una colcha hecha a mano con cuadrados de ganchillo. Junto a la cama había una pequeña mesa redonda con un chal de seda con flecos decorándola, y encima una lámpara y un montón de libros. Otro chal de flecos estaba clavado en la pared sobre la cama, y aunque Aidan imaginó que debía estar tapando una mancha de humedad, ciertamente le daba a la habitación un encanto exótico. Se veía que era el dormitorio de una artista.

No era un lugar cálido, pero parecía haber en la cama suficientes mantas y colchas para acurrucarse bajo ellas. Y de pronto, con extraordinaria claridad, se imaginó a sí mismo acurrucándose con ella en esa cama, con sus cuerpos desnudos entrelazados para generar un calor que podría encender un horno…

Un sexto sentido le dijo que ella estaba pensando exactamente lo mismo. Con un movimiento brusco, Sam se apartó de él y se retiró hasta la cómoda que era el único otro mueble de la habitación y estaba en la esquina entre la cama y la pared. Empezó a ordenar distraída la maraña de cosas que había encima.

–Ya… ya le dije que no había mucho que ver –le recordó incómoda, dando sin querer un golpe a una caja de pañuelos de papel y tirándola al suelo.

Se inclinó rápidamente para recogerla, pero Aidan se le adelantó y se la dio, mirándola burlón mientras le sonreía.

–Gracias.

Esas pestañas espesas y oscuras bajaron rápidamente, proyectando sombras sobre las mejillas que se ruborizaron delicadamente. Aidan notó satisfecho que la señorita Samantha Duggan no era tan fría como le había hecho creer. Era tan consciente como él de la tensión sexual entre ellos, pero no estaba dispuesta a admitirlo. A Aidan le gustó. Quizás con los años se estuviera hastiando de que el juego fuera tan fácil.

Pero esa pequeña mujer tenía espíritu. ¿Cuánto tardaría él en aplacar su genio? ¿Cuánto tardaría en tenerla ronroneando… ?

«¡Contrólate!», se advirtió Sam enérgicamente. Había estado luchando por recuperar su equilibrio desde que lo había visto, de pie junto a la entrada. Durante un horrible momento, al verlo de pie contra la luz, había creído estar viendo un fantasma.

Por supuesto, el sentido común le dijo que no podía ser Damien Harper. Damien había muerto en un accidente de moto de agua en Barbados tres semanas antes. En cuanto se quitó la máscara para verlo bien, supo quién era. El parecido era grande, tanto que ella supo antes de oír su nombre que se trataba del hermano mayor de Damien, de quien tanto le había hablado él.

Se había estado fijando y había notado las diferencias entre ambos, diferencias sutiles pero suficientes para que no pudieran confundirse uno con el otro. Aidan quizás fuera un poco más alto y delgado, aunque los hombros de los dos eran igual de anchos. El pelo de ambos era igual de oscuro, aunque Aidan lo llevaba más corto. Y había algo en ese hombre que sugería una naturaleza más dura que el carácter fácil de Damien, aunque ambos tenían el mismo atractivo arrogante.

¡No tenía que ruborizarse como una estúpida! ¿De qué tenía miedo? ¿De que al ver la cama, él se excitara tanto como para violarla al instante? Lo más probable era que ese hombre se estuviera fijando en el parche de yeso en una esquina del techo y el cubo debajo, claro indicador de que había una gotera, o el marco de la ventana que había a su lado y que estaba encajado con trozos de periódicos que no servían de mucho contra los temporales del atlántico.

Aidan rascó la madera con una uña, y examinó los residuos.

–Está completamente podrida. Parece a punto de caerse.

–Ya estaba así cuando vine. Estoy acostumbrada –replicó Sam a la defensiva.

Aidan movió la cabeza.

–Este sitio es una ruina. Ni siquiera es adecuado para que viva un perro.

Ella se giró para enfrentarse a él, esforzándose por mantener la compostura.

–Yo no me he quejado del estado en que se encuentra –declaró acalorada–. Pago el alquiler puntualmente cada dos semanas. No le debo nada. Soy feliz aquí. ¿Por qué no se marcha y me deja sola?

Sam volvió a la cocina, teniendo cuidado de mantenerse lo más alejada de él cuando pasó a su lado junto a la puerta. Una vez en la cocina, con la mesa entre ambos, se sintió algo más segura.

–Bueno, ya está. Fin de la visita –anunció irónica–. Por favor, visite la tienda de regalos cuando salga.

Pero Aidan no pareció notar la indirecta, simplemente sonrió y volvió a sentarse.

–Tengo que pensarlo todo bien. No quiero desahuciarla si no tiene otro sitio donde vivir, pero por otro lado, no puedo arriesgarme a dejarle vivir en una casa que no es segura.

–Son sólo unas cuantas tejas –insistió ella algo desesperada, aunque no sabía por qué discutía con él, ya que ese hombre parecía haber tomado una decisión, y la casita era suya y podía hacer lo que quisiera.

–Y el marco de la ventana –señaló Aidan–. Y el yeso en el techo, y la instalación eléctrica. Y apostaría que las tuberías se congelan en invierno.

–No si mantengo la estufa encendida.

Él levantó una ceja, burlón.

–¿Qué usa de combustible?

–Especialmente madera arrastrada por la marea. Normalmente hay mucha en la playa. La almaceno en el cobertizo para que se seque. Y a veces, cuando puedo permitírmelo, compro carbón en el pueblo. Lo venden en la ferretería.

Estaba hablando atropelladamente y lo sabía, pero él la ponía nerviosa ahí sentado y observándola con esos ojos impasibles y fríos, más oscuros y entrecerrados que los de su hermano, pero con la misma arrogancia y seguridad en sí mismo.

–¿Nunca se siente sola aquí? –preguntó Aidan suavemente.

La boca de ese hombre era fascinante, firme pero sensual, con una línea profunda grabada al final de cada comisura que le daban cierto toque de cinismo. Hasta que sonreía, de un modo que sin duda podría encandilar a cualquier mujer y convertirla en una esclava. Y si ella no hubiera conocido a su hermano, podría haber funcionado.

–Me gusta estar sola –declaró con tono tenso.

Él se rió, con tono bajo y ronco.

–¿Y qué hay de los novios? ¿Se les permite invadir tu espléndido aislamiento?

–No… no tengo novio –replicó poniéndose colorada–. Eso… no es asunto suyo –respiró profundamente–. Bueno, si ya ha visto todo lo que quería…

Esa vez, él se levantó.

–Por supuesto. Espero no haber abusado de su tiempo –declaró con tono formal y educado–. Le pediré a mi arquitecto que venga a echar un vistazo, si no es molestia.

–Sí… claro. Puede… puede venir en cualquier momento. Estoy aquí casi siempre, a menos que me haya marchado a St. Ives.

–Bien. Seguramente no ocurrirá antes de una o dos semanas. Esperemos que no haya una fuerte tormenta antes de eso.

–No, no es probable. No hay muchas tormentas en esta época del año. A veces a final del verano hay alguna, pero…

¿Por qué se había acercado tanto? De pronto, ella se encontró con la espalda contra el frigorífico y la cabeza hacia atrás mientras miraba esos ojos oscurísimos. ¿Y por qué de repente le costaba tanto respirar? Consiguió bajar los ojos hasta la altura de su boca. Él sonreía con cierta malicia… una sonrisa que no debería traspasar sus defensas. Pero…

Esa boca sabría besar, debería practicar mucho. La sentiría caliente, y ella se rendiría porque no tendría opción. Mientras él pasaba suavemente la mano por su barbilla, levantándole la cara, inclinó la cabeza y ella cerró los ojos. Sam sintió que el corazón dejó de latirle.

El roce de sus labios fue tan breve que casi pudo haberlo imaginado. Cuando él se apartó, ella abrió los ojos, muy grandes y sobresaltados, interrogantes.

Aidan asintió con la cabeza.

–Entonces adiós.

Eso fue todo lo que dijo. Y entonces se marchó y la puerta se cerró tras él.

¡Maldición! ¿Por qué le había dejado que la besara? Debía saber que él sólo estaba jugando, provocándola. Era como su hermano, demasiado atractivo y con demasiado dinero. Y aparentemente convencido de que podía tener todo lo que quisiera.

Sam se sentó frente a la mesa de la cocina y cerró los ojos, intentando controlar los latidos salvajes de su corazón. Nunca debió permitir que ese hombre entrara en su casa. Debió haberle hablado en el cobertizo, manteniéndolo firmemente a distancia. Los hombres Harper representaban problemas.

Aunque Damien realmente nunca había sido un problema. Había sido divertido e infantil a pesar de sus veintinueve años, y lleno de encanto. La había perseguido durante seis meses, estuviera trabajando en el hotel o en el puerto con su yate, pero ella nunca había encontrado difícil resistirse. Conocía de antemano su reputación y sabía que no debía tomarse en serio sus coqueteos.

Cierto que a veces le había costado convencerlo de que no quería acostarse con él, ya que Damien no estaba acostumbrado a ser rechazado por una mujer. Pero su carácter agradable siempre hizo que terminaran riéndose juntos cuando él juraba que volvería a intentarlo la siguiente vez que fuera a Cornwall.

Y entonces llegó la fatídica noche de poco más de un mes antes… la noche del cumpleaños de Sam. Ella no quiso celebrarlo de ningún modo, ya que nunca había considerado los cumpleaños como algo especial. Además, tenía prisa por terminar la primera pieza de su serie de Libertad para llevarla a la galería de St. Ives. Antonia, la encargada, le había dicho que había un americano que estaba interesado en una de sus obras más pequeñas, y ella tenía la esperanza de venderle ésa.

Así comenzaron los problemas. No tuvo mucho cuidado con el soplete y se quemó la mano. No era muy grave, pero dolía muchísimo, y después de dejar la mano bajo el grifo un buen rato, buscó en el armario y encontró una caja de analgésicos

Debió haber leído el prospecto, la advertencia sobre evitar el alcohol, pero en ese momento realmente no tenía intención de beber nada. No sabía que el elegante yate de Damien, el Petrel, estaba amarrado en el puerto haciendo una parada de camino al Caribe hasta que vio a Damien haciéndole gestos desde la entrada del puerto cuando ella iba en coche a St. Ives.

La saludó con su acostumbrada alegría, insistiendo, a pesar de las débiles protestas de Sam, para que se uniera a él y a su tripulación de amigos para tomar una copa en el Smuggler’s Rest. Ella accedió al fin, ya que, después de todo, era un modo mejor de pasar su cumpleaños que estar sola escuchando la radio.

No bebió mucho, una o dos copas de champán. Pero no recordaba nada de lo que pasó después de eso. Tenía la vaga impresión de haber bailado a lo largo del muelle con Damien, riéndose atolondrada y tambaleándose desde la pasarela del barco hasta el lujoso salón del Petrel. Y que luego se sintió algo mareada y quiso tumbarse.

Damien la llevó a su camarote, y no fue hasta que le sintió tumbarse en la cama a su lado cuando se dio cuenta de que al cerrar la puerta, se había quedado dentro con ella.

Sam estaba segura de que debió haber intentado protestar, pero él no le hizo caso. También estaba más que borracho, sus besos eran fuertes y sabían a alcohol, su cuerpo como un peso muerto sobre el de ella en la oscuridad del camarote. En algún momento durante la noche ella se despertó y lo encontró roncando a su lado. Con dolor de cabeza y muerta de vergüenza, buscó su ropa y se marchó en silencio.

A la mañana siguiente se sintió aliviada cuando vio que su yate se había marchado del puerto. No quería volver a verlo, sin saber si él incluso recordaría lo ocurrido, sin saber si ella se enfadaría o qué. Pero el destino levantó su mano cruel. Dos semanas más tarde, en una cola del mercado para comprar verduras, oyó a dos mujeres hablar de cómo Damien había muerto en un accidente chocando con otra moto de agua conducida por un novato inexperto.