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Seis años atrás, Ginny Hamilton había puesto fin a su compromiso con Oliver Marsden al pensar que tenía una aventura. De modo que, cuando Oliver "compró" a Ginny en una subasta con fines caritativos por mil libras esterlinas, ésta tuvo motivos para sentirse alarmada. Pero él aún la quería en su cama, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para conseguirla. ¡Aunque tuviera que casarse con ella! La proposición de matrimonio que le hizo Oliver sin duda representaba una solución a los problemas de Ginny; la muerte de su padre la había dejado sin un centavo. Pero, ¿podía considerar casarse con un hombre que no lo hacía por amor, sino por deseo?
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Seitenzahl: 208
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Susanne McCarthy
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El mejor postor, n.º 1021 - abril 2021
Título original: Bride for Sale
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-593-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
DE CONDE Drácula, Oliver? –los ojos verdes de Ginny Hamilton brillaron con expresión traviesa–. Se supone que es una fiesta de disfraces, ¿sabes?, no «Ven Como Eres».
Oliver Marsden apenas sonrió. Con su pelo negro azabache peinado hacia atrás, su frente ancha y autocrática y una capa forrada de seda que caía desde sus hombros, tenía un parecido asombroso con el conde vampiro. Irradiaba el mismo tipo de carisma letal.
–Podría decir lo mismo de ti –replicó–. No me lo digas… ¿Escarlata O’Hara? Y sin duda igual de decidida a armar un escándalo.
–Después de todo, tengo que mantener una reputación –Ginny rió, adoptando un acento sureño al tiempo que realizaba una reverencia burlona, con el terciopelo verde de su amplia falda ondeando a su alrededor.
–No creo que tengas muchas dificultades para ello –desde su imponente altura, sus ojos oscuros se demoraron con sardónico aprecio sobre la blanca madurez de sus pechos, exhibidos con impactante efecto por el pronunciado escote de su vestido–. En especial con ese modelo. Es espectacular.
Ella volvió a reír con tono ronco.
–¿No vas a comentar lo sorprendido que estás de verme esta noche? –desafió–. Papá murió hace menos de una semana, y aquí estoy yo, divirtiéndome en la ciudad.
–¿Debo estarlo?
–¿Lo esperabas? ¡Cielos! –hizo un mohín–. ¡Odio ser tan predecible!
–No debes temer nada en ese sentido –la tranquilizó, con un humor seco en la voz–. Aunque lamento no haber podido asistir al funeral… me hallaba en Tokio.
–Es una pena. Fue un funeral estupendo. Papá habría estado encantado. Hubo el grado correcto de pompa y circunspección… ¡hasta realizó los honores un obispo! Uno de esos primos lejanos que sólo aparecen en las bodas y los funerales. Pero me temo que he asustado a todas las viejas brujas… me han dicho que mi comportamiento es bastante deshonroso.
–¿Alguna vez te ha importado lo que pensaran? –enarcó una ceja.
–¡En absoluto! –se encogió de hombros en un gesto de indiferencia. Jamás reconocería, ni siquiera ante sí misma, que esos comentarios susurrados y miradas de censura le habían dolido. La relación con su padre con frecuencia había sido difícil, pero lo había adorado, a pesar de lo antiguo, estrecho y cascarrabias obstinado que era.
Quizá Oliver fuera uno de los pocos que pudiera entenderlo, ya que sus padres habían sido amigos desde la infancia. Pero, por desgracia, Oliver Marsden era la última persona con la que podría compartir sus verdaderos sentimientos. Seis años antes, a instancias de los dos ancianos, al menos era lo que ella había sospechado entonces, él se le había declarado, y ella había aceptado. Como era de suponer, todo terminó en desastre.
Por suerte, no tuvo que verlo mucho en los años siguientes, ya que se trasladó a Nueva York para trabajar en una poderosa firma financiera de Wall Street. Sin embargo, dos meses antes su padre había anunciado que se retiraba como presidente de Marsden Lambert, el pequeño y tradicional banco de inversiones propiedad de la familia, uno de los pocos bancos independientes que quedaban en Londres. Y Oliver había regresado para ocupar su puesto.
Lo que significaba que, inevitablemente, se iban a encontrar con más frecuencia. En las pocas ocasiones en que se vieron, él se había mostrado muy correcto, aunque un poco distante, pero ella nunca fue capaz de suprimir un cierto sentido de aprensión. Seis años atrás, Ginny había roto su compromiso la misma noche en que se anunció de forma oficial, y Oliver Marsden no era un hombre que perdonara con facilidad algo así.
Pero sus ojos alegres no revelaron esos pensamientos atribulados mientras le dirigía una coqueta mirada.
–De todos modos, es probable que tengan razón –comentó con ligereza–. ¡Me temo que soy una caprichosa y egoísta irredimible! ¿No te alegra no haberte casado conmigo?
–Si te hubieras casado conmigo, no habrías sido caprichosa.
Ginny sintió que el pulso se le aceleraba; algo en el humor lóbrego de su voz le advirtió que sólo bromeaba a medias. Pero consiguió reír, aunque sonó algo forzado incluso a sus propios oídos.
–Ah, me alegro de no haberme casado contigo entonces… prefiero ser caprichosa…
–Ginny, querida, no esperaba verte aquí esta noche.
Antes de que Oliver pudiera contestarle, una voz suave y bien modulada que resultaba demasiado familiar los interrumpió. Una Reina de la Nieve etérea, alta y de estrecha cintura enfundada en un vestido blanco, con escarcha plateada espolvoreada sobre el pelo rubio peinado elegantemente hacia atrás del rostro de finos huesos, se materializó al lado de él. Con sonrisa segura, le pasó la mano por el brazo.
Era la hermanastra de Oliver, tan hermosa como venenosa.
–Hola, Alina –la sonrisa de Ginny no disminuyó ni un ápice, y su voz no reveló otra cosa que deleite–. Sí, estoy aquí. ¡No soportaba la idea de perderme la fiesta!
–Quedé tan terriblemente afectada al enterarme de lo de tu padre –ronroneó con falsa simpatía–. Debió ser una sorpresa desagradable para ti.
–En realidad, no –respondió Ginny con voz tensa–. Llevaba bastante tiempo enfermo.
–Desde luego. Además, ya era muy mayor, ¿no? ¡El vestido que llevas es absolutamente divino! Creo que eres valiente al lucir un color tan difícil como ése.
–Gracias –supo que el comentario escondía cierta provocación, pero no tenía las fuerzas para responderle en ese momento–. Bueno, me ha encantado hablar contigo –murmuró, pasando de forma automática a la fórmula clásica para una escapatoria educada–. Nos veremos después, ¿verdad? Adiós…
Y con una última sonrisa radiante, se alejó, inmersa otra vez en su papel social, risueña y coqueteando con todo hombre de dieciocho a ochenta años… Ginny Hamilton, la chica alegre en su elemento. Incluso esa noche, con tantas celebridades del mundo del espectáculo y la crema de la aristocracia presentes, todos los ojos la seguían a ella por el abarrotado salón.
No era que fuera especialmente hermosa, al menos no en el sentido clásico. «Impresionante» era el adjetivo que más a menudo se empleaba para describirla. Alta y de complexión esbelta, con una mata de cabello tan oscuro y lustroso como el ébano, que caía por los hombros en marcado contraste con su piel de marfil, y ojos de un verde otoñal protegidos por largas y sedosas pestañas. Pero la nariz era demasiado afilada, la boca un poco ancha, como si su cara no hubiera sido ensamblada en el mismo taller, tal como ella misma comentaba.
Pocas personas se acercaban lo suficiente para observar la inteligencia que había en esos ojos, la determinación en la postura del mentón, la insinuación de vulnerabilidad detrás de su generosa sonrisa. Lo que veían era exactamente lo que ella quería que vieran, la mariposa social, la pequeña malcriada por papá, frívola y superficial. Era un orgullo sutil el que hacía que se adaptara a los peores rumores que corrían sobre ella, pero hacía tiempo que había aprendido que se trataba de un disfraz muy eficaz.
Algunos de los que la contemplaban moverse por el salón eran vagamente conscientes de que tenía algo que ver con el comité que había organizado la velada; sólo unos pocos sabían que ella era el motor impulsor. Ése era el motivo real por el que había asistido, la razón que la obligó a disfrazarse y poner buena cara… aunque era lo último que le hubiera apetecido hacer.
Pero era su punto fuerte. Poseía un talento casi mágico para convencer a la gente de que metiera la mano en el bolsillo para los muchos y variados acontecimientos de caridad en los que participaba… tenía la tendencia a afirmar que era su único talento, aunque sus muchos amigos habrían discrepado con vigor. Sin importar cuál fuera la ocasión, siempre era capaz de conseguir que las personas disfrutaran… y entonces era más factible que se mostraran generosas.
Ni siquiera tenían por qué ser obras de caridad a las que estaban acostumbrados; por ejemplo, esa noche era a favor de una organización que dirigía centros de acogida para la gente sin hogar, muchos de ellos alcohólicos y drogadictos, la clase de personas que unos cuantos de los ilustres invitados presentes ignoraría con la nariz fruncida de camino a la ópera.
Y sin duda estaba en forma. Incluso las más críticas de las brujas no fueron capaces de permanecer indiferentes a su encanto cuando coincidió con ellas en el problema que representaba encontrar a un buen peluquero que no te cobrara un dineral; además, recordó los nombres de todos sus nietos y a aquellos que habían padecido el sarampión. Sólo sus amigos más próximos habrían adivinado el esfuerzo que le costaba mantener esa fachada resplandeciente.
Era algo que había perfeccionado de niña. Sólo tenía nueve años cuando su madre murió, pero no tardó en descubrir la angustia que provocaba en su padre cuando lloraba. De modo que ocultó las lágrimas detrás de una sonrisa luminosa, y ya era como su segunda naturaleza fingir que todo iba bien, aunque las emociones le desgarraran el corazón.
Y también le sirvió bien seis años atrás, cuando el desdén de Alina y su propio e ingenuo orgullo destruyeron sus sueños y pusieron fin a su compromiso con Oliver.
La velada iba a ser un éxito. Hasta doscientas personas bailaban bajo las magníficas arañas que colgaban del elevado techo adornado con frescos, sus reflejos multiplicados por los grandes espejos que alineaban toda una pared. A la gente parecía gustarle disfrazarse, quizá porque le brindaba la oportunidad de dejar su vida cotidiana atrás y desempeñar durante unas horas otro papel.
Ginny miró en derredor y sintió una oleada de satisfacción. El esfuerzo había valido la pena. Podía tomarse unos momentos de descanso. Con destreza, esquivó a una imponente María Antonieta absorta en descubrir las pistas de la búsqueda del tesoro y se detuvo un instante junto a las pesadas cortinas de damasco que cubrían los altos ventanales franceses en la parte de atrás del salón. Y entonces, cuando estuvo segura de que nadie la miraba, se deslizó entre ellas y desapareció.
En el exterior había un patio pequeño rodeado por las distintas alas del hotel; de día sería un lugar agradable en el que sentarse a beber café o tomar un helado, pero en ese instante se hallaba vacío. Aún podía oír la música y las risas, pero gracias a las cortinas resultaba un sitio bastante íntimo.
A pesar de estar en mayo, el aire nocturno no era muy frío. Suspiró y se sentó en el borde de una de las mesas, cerró los ojos y con la punta de los dedos se masajeó las sienes; le dolía un poco la cabeza por el esfuerzo de mantener la sonrisa.
Quizá fuera un tipo de orgullo necio el que hacía que estuviera tan decidida a fingir que todo iba a ser exactamente igual que antes de que muriera su padre… aunque el orgullo era lo único que le quedaba ya. Y todos los que hacían correr esos desagradables rumores sobre ella y que tan ansiosos se mostraban por juzgarla no tardarían en averiguarlo. Y sin duda dirían que era su justo castigo.
En realidad, no debería quejarse… era culpa suya ser blanco de tanta atención crítica. La noche en que rompió su compromiso con Oliver había provocado un escándalo, y desde entonces no había hecho nada para redimir su reputación. Pero pocos la creerían si intentara decir la verdad. Además, no quería hacerlo; las mentiras eran un disfraz perfecto para el dolor que anidaba en su interior, dolor que comprendió que jamás había desaparecido.
Quizá fue un poco imprudente por su parte provocar a Oliver con ese comentario insolente, musitó con ironía. Su intención había sido sugerirle que el pasado estaba olvidado, que era historia, con todas las cicatrices curadas… pero el destello en esos ojos oscuros le había advertido que él no lo veía de ese modo.
Desde luego, hacía tiempo que ella lo sospechaba. Incluso con diecinueve años había percibido que bajo esa fachada suave y educada que Oliver presentaba al mundo se escondía una criatura peligrosa, al igual que bajo el perfecto esmoquin que lucía esa noche había un cuerpo musculoso y esbelto, más adecuado para un atleta que para el presidente de uno de los bancos de inversión más antiguos y respetados de Londres.
¿Qué pensarían de él en Threadneedle Street? Y, quizá más interesante aún, ¿qué pensaría él de ellos? Marsden Lambert, aunque los Lambert hacía tiempo que habían desaparecido, a pesar de que aún permanecía su nombre, tenía fama de ser una de las instituciones más pomposas, tradicionales y conservadoras. Ahora que Oliver estaba al mando, no veía que pudiera seguir siendo así durante mucho tiempo. En Nueva York se había ocupado del arbitraje de futuros, algo que, hasta donde ella comprendía, se parecía bastante a un juego de apuestas. Y había tenido mucho éxito.
¿Y qué significaría para ella su regreso a Londres? Para ser sincera, reflexionó, probablemente lo mejor era que no se hubieran casado seis años atrás… ahora era lo bastante inteligente como para poder reconocer que lo que entonces había tomado por amor lo más posible era que no hubiera sido más que un capricho de adolescente. Y él no habría tardado nada en aburrirse con una prometida ingenua, con la cabeza llena de tontas ideas románticas sacadas de las páginas de las revistas.
Y aunque sin duda también él ya lo habría reconocido, no estaba segura de que aún no fuera a encontrar un modo de castigarla. Mientras su padre vivió, se había sentido a salvo… Oliver jamás habría hecho nada para molestar al mejor amigo de su padre. Pero, ¿muerto éste…? Esos ojos oscuros habían transmitido una advertencia inconfundible. ¿La tregua educada que había existido entre ellos llegaba a su fin…?
–Hola. Pensé que podría encontrarte aquí. ¿Tomándote un descanso?
Ginny miró por encima del hombro y saludó a su mejor amiga Sara con una sonrisa irónica.
–Breve –concedió–. Descubrí que, después de todo, no era capaz de soportar todas esas miradas reprobadoras. Todo el mundo piensa que soy una zorra sin corazón por estar aquí, ¿no?
–Bueno… quizá algunos –admitió Sara–. Los que no te conocen.
–¡Otra mancha en mi reputación! –rió–. Ya debo estar más allá de toda redención.
–No seas tonta –protestó su amiga–. No son más que cotilleos estúpidos.
–¡Ah, pero no hay humo sin fuego! –insistió Ginny.
–Es por tu culpa –bufó Sara–. Tú lo fomentas.
–Desde luego –reconoció con sonrisa perversa–. Es mucho más divertido ser una mujer fatal que una sosa.
Sara rió con ella, aunque no la engañó.
–Sabes que no había necesidad de que vinieras esta noche. Nosotros podríamos habernos ocupado de todo.
Ginny sacudió la cabeza con gesto serio.
–No… no podía dejaros toda la responsabilidad. Además, ¿qué sentido tiene quedarse en casa abatida? Eso no le devolverá la vida –titubeó y esbozó una sonrisa forzada–. En cualquier caso –añadió pensativa–, puede que esta sea la última fiesta elegante a la que asista.
–¿A qué demonios te refieres?
Ginny alzó la vista hacia las frías estrellas; al morir su madre, solía imaginar que ésta se había convertido en una estrella que estaba en el cielo y que siempre la cuidaba. ¿Estaría su padre allí en ese momento? ¿Los dos juntos en alguna parte…?
–¿Recuerdas aquella compañía de seguros que se fue a la quiebra hace unos años con deudas exorbitantes? Bueno, papá era uno de los accionistas.
–Oh… ¡Cielos! –los ojos de su amiga se abrieron mucho.
–Exacto –no pudo ocultar la amargura de su voz–. En realidad es irónico. Él siempre había sido tan conservador con el dinero, jamás habría invertido en algo que no creyera que fuera absolutamente seguro y respetable. Pero al parecer la empresa debe pagar demandas por varios desastres medioambientales… tardarán años en saber a cuánto ascenderá la suma.
–¡Pero eso es terrible! –protestó Sara–. ¿No hay nada que puedas hacer?
–¡Nada! Desearía que me lo hubiera mencionado. Supongo que no habría podido hacer nada, pero no puedo evitar sentirme culpable por todo el dinero que gasté en ropa y caprichos mientras él se afanaba por pagar las deudas. No dejó de darme mi asignación, como si no hubiera sucedido nada.
–Probablemente no quería que te preocuparas.
–Lo sé. Por desgracia, en este momento lo único que puedo hacer es preocuparme. Tendré que vender la casa.
–¡Oh, no! –los ojos azules de Sara se humedecieron–. ¡Es terrible! ¿Dónde se supone que vas a vivir?
–Ya encontraré algún sitio –Ginny se encogió de hombros, negándose a permitir que la dominara la desesperación.
–Podrías… venirte a vivir con nosotros –ofreció Sara con timidez–. Hay suficiente espacio.
–Me temo que ni el Palacio de Buckingham sería suficiente para Peter y yo –sacudió la cabeza y rió–. ¿Cómo demonios terminaste casándote con mi estirado primo? Siempre consideré que era culpa mía por habértelo presentado.
–En realidad no es estirado –aceptó de buen humor–. Sólo un poco… cauto en ocasiones. Pero, en serio, ¿qué vas a hacer? ¿Cómo te las arreglarás?
–Supongo que tendré que conseguir un trabajo o algo –musitó consternada–. El problema es que no estoy cualificada para nada. Pobre papá… tenía unas ideas muy anticuadas sobre las mujeres y los estudios. Imagino que yo fui lo bastante perezosa como para aceptarlo.
–No fue pereza –arguyó Sara, indignada en nombre de su amiga–. No querías perturbarlo, en especial con su problema de corazón.
–Bueno… sí –concedió Ginny–. Pero el resultado es que carezco de cualificaciones… a menos que cuentes mi diploma de la Ecole de Cuisine. Lo único que sé hacer es organizar este tipo de cosas… –señaló en dirección al atestado salón.
–¡Y eres brillante! –aseveró Sara con entusiasmo–. Quizá pudieras dedicarte a ello. En la actualidad un montón de instituciones de caridad emplean recaudadores de fondos profesionales.
–El único motivo por el que puedo conseguir que esta gente asista es porque me muevo en los círculos adecuados –sacudió la cabeza con sonrisa triste–. ¿Cuánto tiempo crees que podría continuar si fuera pobre?
–Bueno, siempre podrías casarte con un millonario –Sara rió entre dientes–. Ahí dentro hay muchos donde elegir… no creo que tuvieras la más mínima dificultad.
–¡Eso es! –chasqueó los dedos–. Sara, eres brillante.
Su amiga se la quedó mirando con expresión perpleja.
–Sólo bromeaba –protestó.
–Pues yo no –declaró Ginny con firmeza–. Es la solución perfecta. Si me caso con alguien lo bastante rico, no sólo podría quedarme con la casa, sino que nadie más tendría que descubrir que el pobre papá terminó su vida peor que en la bancarrota. Era tan orgulloso, bendito sea… no quería que nadie lo supiera. Lo menos que puedo hacer es mantener su secreto. Y ahora –instó–, ¿a quién conocemos que sirva para el puesto? ¿Qué te parece Jeremy? Es bastante atractivo… y agradable.
–Oh, no… es demasiado agradable –intervino Sara con risa insegura–. Lo pisotearías.
–Hmmm… quizá tengas razón –reconoció con la cabeza ladeada mientras meditaba–. De acuerdo… ¿y Ralph?
–Siempre huele a caballo –Sara frunció la nariz.
–¿Y qué? Me gustan los caballos. Aunque supongo que podría ser excesivo todo el tiempo. ¿Alastair?
–Siempre has dicho que tenía orejas grandes.
–Bueno, eso no significa que no pueda ser un buen marido –indicó con ecuanimidad–. Pongámoslo primero en la lista.
–Es una pena que te separaras de Oliver –comentó Sara–. Es muy rico… y además atractivo.
–¿Oliver? –logró emitir una risa indiferente–. Oh, no… ¡es demasiado arrogante! No me casaría con él ni aunque estuviera desesperada.
–Pensaba que estabas desesperada.
–Y lo estoy –reconoció–. ¡Y aun así no me casaría con él! Parece que ya están listos para servir la cena –con alivio aprovechó esa excusa para evitar que su amiga ahondara en el tema–. Entremos.
El salón se vaciaba con rapidez a medida que todo el mundo se dirigía al comedor. Ginny había comprobado antes que el jefe de camareros tenía todo bajo control. Las mesas estaban maravillosas, cada una adornada con un centro de fresias delicadas, y la luz de las arañas refulgía sobre las copas y la cubertería sobre los manteles de lino blanco irlandés.
–¡Ah, ahí está nuestra mesa! –declaró Sara, conduciendo a Ginny de la mano.
Mientras la seguía, se maldijo mentalmente. Debería haber comprobado las ubicaciones. Cómo se le pasó que Peter se apuntaría para compartir mesa con Oliver. Por el solo hecho de haber remado juntos en la universidad cualquiera pensaría que eran hermanos de sangre.
Con la facilidad de la práctica prolongada, esbozó una sonrisa.
–¡Buenas noches otra vez! –volvió a saludarlo al acercarse–. ¿Cenarás con nosotros?
–Si no hay objeción –repuso con tono levemente burlón.
–No por mi parte. Ah, gracias –añadió cuando le apartó la silla, adelantándose a Jeremy, quien nominalmente era su pareja de la noche.
Pobre Jeremy, torpe y confundido, bajó la mano que había alargado en dirección a la silla y, con expresión de decepción en su cara atractiva e infantil, se sentó a su lado. Lo recompensó con su sonrisa más cálida, la cual le provocó una mirada de ligera sorpresa. Sí, Sara tenía razón, pensó con ironía, no sería justo persuadirlo de que se casara con ella, aunque probablemente sería el blanco más fácil. Estaba demasiado ansioso por agradar… la volvería loca en una semana.
Otra pareja ocupó las dos sillas restantes de la mesa, también viejos amigos de Peter y Oliver. Lucy, resplandeciente como bailarina de flamenco, se dejó caer rápidamente junto al asiento de Oliver.
–¡Oliver, cariño! ¡Ven a sentarte! –su voz un poco sonora delató el hecho de que ya había bebido demasiado jerez–. ¿Por qué te has mantenido tanto tiempo lejos de Londres, chico malo? ¡Aquí no hay suficientes hombres atractivos!
–Lo siento… si me hubiera percatado de que mi ausencia llamaría la atención, habría regresado antes –respondió con una sonrisa de perfecto caballero.
Lucy estalló en una carcajada.
–Cuéntame, ¿qué tal Nueva York? A mí me encanta. ¡Es tan estimulante! Y no hay nada como Macy’s para ir de compras. Voy todos los años… realizo mis compras de navidad allí. ¿Has ido alguna vez? –le preguntó con sonrisa benigna a Ginny, que estaba sentada frente a ella.
–Una vez –respondió con cierta tirantez, sin dejar que sus ojos se desviaran hacia Oliver.
–Ah, sí –intervino Alina con voz meliflua–. Fue una pena que se tratara de una visita tan breve. En realidad, no se puede disfrutar en unos pocos días de lo que Nueva York te ofrece.
La insinuación fue tan sutil que se podría haber pasado fácilmente por alto. Pero era imposible que Ginny hubiera olvidado que Alina había pasado mucho tiempo en Nueva York.
Por suerte, Nigel, marido de Lucy, cambió inocentemente la conversación con un comentario sobre el estado del índice Dow-Jones, y cuando los hombres se enfrascaron en una discusión sobre finanzas internacionales, Ginny pudo tomarse unos minutos para recuperar una serenidad razonable.
También pudo estudiar disimuladamente a Oliver. Los últimos seis años apenas parecían haberlo marcado, de hecho, estaba más atractivo ahora. Lo rodeaba un halo de madurez que se reflejaba en los pómulos angulosos y en la línea de esa boca que siempre le había resultado fascinante. Aún recordaba la primera vez que la había besado…
Un leve destello burlón en su expresión le indicó que la había descubierto observándolo. Con perezosa actitud, dejó que viera que la sometía al mismo tipo de escrutinio; bajó la vista por la esbelta curva de su cuello y se demoró casi con insolencia en la firme madurez de sus pechos, que aprobó con una sonrisa.
Ginny sintió una extraña oleada de calor por la espalda. Seis años atrás, aún era una adolescente delgada y larguirucha sin ninguna curva… jamás se podría haber puesto un vestido como el que llevaba esa noche. Ante su mirada, notó que el rubor se extendía por su cuerpo, pero se negó a brindarle la satisfacción de apartar los ojos y, a cambio, le devolvió una sonrisa indiferente.
Jeremy le llenó la copa con vino; asió el tenedor, aliviada de poder centrar su atención en el plato. Aunque la comida era deliciosa, tanto para el paladar como para la vista, su generalmente buen apetito parecía haberla abandonado. Al terminar, se dio cuenta de que había comido casi tan poco como Alina, que siempre lo hacía como un pájaro, obsesionada por mantener su delgada figura.
