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El 31 de marzo de 1866, una flota española incendió Valparaíso. Al parecer no se perdieron vidas, aunque los hospitales de la ciudad recibieron muchos heridos. Al mismo tiempo, en estándares económicos actuales, alrededor de US$ 220 millones en mercancía extranjera –la mayor parte británica, francesa y alemana– se vieron reducidos a cenizas. A lo lejos en la bahía, los barcos de guerra de Gran Bretaña y Estados Unidos simplemente se limitaron a observar. El Bombardeo del Paraíso relata la compleja historia de por qué sucedió tal cosa, y por qué los comandantes navales ingleses y norteamericanos no reaccionaron. Esto desembocó en un escándalo internacional, vergüenza nacional para los grandes poderes involucrados y deshonra personal para un significativo número de héroes de conflictos anteriores. Este hecho tuvo lugar en Chile, pero las repercusiones se esparcieron a lo largo de todo el mundo. Esta historia poco conocida cuenta mucho sobre los líderes de comunidades extranjeras que jugaron un rol muy importante en el desarrollo de Chile.
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Seitenzahl: 452
Veröffentlichungsjahr: 2024
Portada
Portadilla
Créditos
Prefacio
Prólogo para la edición en español
Prólogo para la edición en inglés
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Apéndice
Fuentes principales y bibliografía
David J. Woods
El bombardeo del paraíso
Traducción de
Daniela Martínez
El bombardeo del paraíso
Primera edición en español: octubre de 2013
Primera edición en inglés: 2011
© David J. Woods, 2013
© RIL® editores, 2013
Av. Los Leones 2258
751-1055 Providencia
Santiago de Chile
Tel. (56-2) 22238100 • Fax 22254269
[email protected] • www.rileditores.com
Composición, diseño de portada e impresión: RIL® editores
Epub hecho en Chile • Epub made in Chile
ISBN 978-956-01-0025-2
Derechos reservados.
Prefacio
En la memoria colectiva de los chilenos, el bombardeo de Valparaíso no figura entre los principales hitos que se recuerdan. Lo curioso es que tampoco es significativo para los porteños en general, quienes tienen mucho más presente el terremoto de 1906 como el principal hecho infausto que ha vivido la ciudad en su época republicana.
La propia guerra con España, si se compara con la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, y la guerra del Pacífico, tiene una importancia muy secundaria en la educación escolar, a tal punto que quienes no son aficionados a esta disciplina terminan por olvidar que hubo un conflicto con España más allá de las guerras de independencia.
Lo uno y lo otro pueden tener varias explicaciones. Como señalaba Mario Góngora, las guerras en el período republicano fueron fundamentales para conformar y fortalecer las identidades nacionales. Y en el caso chileno, la guerra contra la Confederación tuvo una altísima importancia en este plano, a tal punto que el himno de Yungay, compuesto después de la victoria de 1839, se transformó en la segunda mitad del siglo XIX y una parte del XX en un referente nacional de gran importancia, solo superado por el himno patrio compuesto en 1847.
Si la guerra contra la Confederación cobró un fuerte simbolismo para la construcción de la nacionalidad, la del Pacífico iniciada en 1879 y finalizada en 1883 se transformó en la coronación de la identidad patria, situándose como un referente de primer orden en la historia del país, equiparable solo al proceso independentista.
Lo anterior en parte podría explicar las razones de que la guerra con España, librada entre 1865 y 1866 contra nuestra antigua metrópolis colonial, haya quedado absolutamente eclipsada en el recuerdo de la ciudadanía, quedando relegada al conocimiento de especialistas. No obstante, hay otro factor que podría ayudar a comprender cómo un episodio tan importante y trágico para la historia de Valparaíso haya permanecido casi olvidado. Chile ha sido destacado como tierra de grandes historiadores, en la segunda mitad del siglo XIX los hubo, y más aún a lo largo del siglo XX. Sin embargo, una buena parte de la historia del país se ha escrito desde Santiago, es decir, desde la capital y específicamente desde «tierra adentro». En esta afirmación, por supuesto que hay que hacer honrosas excepciones, pero lamentablemente Santiago por razones diversas fue y sigue siendo una caja de resonancia que inevitablemente sitúa en un segundo plano los esfuerzos que durante más de un siglo se hicieron desde las regiones en el plano de la conservación de la memoria histórica.
Para el caso puntual de la guerra con España, lo antes referido debería llamar la atención, puesto llega a impresionar la escasa relevancia que se le entrega, siendo que es la única guerra internacional en donde el territorio nacional, específicamente Valparaíso, se vio fuertemente afectado con el conflicto, siendo entonces la segunda ciudad más importante del país, un polo comercial importantísimo y cuna de emprendimientos. Es decir, en tiempos republicanos, la única acción militar con consecuencias desastrosas que afectó al territorio nacional fue el bombardeo de Valparaíso, porque todas las demás acciones bélicas que se libraron en las guerras anteriormente referidas siempre se llevaron a cabo en un plano ofensivo, fuera de nuestras fronteras.
Muchos podrán pensar que el bombardeo no se recuerda o se minimiza, porque fue una acción desastrosa para la ciudad y el país, pero bajo ese criterio, tampoco Pearl Harbour debería tener relevancia en el recuerdo de los estadounidenses y, sin embargo, lo tiene, y mucho.
A excepción de los historiadores navales o marítimos que sí suelen destacar la acción librada en Valparaíso en aquel lejano 31 de marzo de 1866, así como de historiadores porteños empeñados en poner en valor la historia de la hoy ciudad patrimonial, el bombardeo no marcó la vida nacional en la dimensión que uno esperaría, aunque de ese episodio se podrían sacar importantes enseñanzas que fueron vitales a la hora de entender el desarrollo y resultados de la propia guerra del Pacífico, iniciada trece años más tarde.
Ahora bien, si Valparaíso hubiese sido en ese entonces la capital política del país, entonces el recuerdo hubiese sido otro. Pero como no lo era, aunque el puerto haya sido el emporio comercial más importante del Pacífico, su destrucción y millonarias pérdidas económicas en el sector privado y público, no lograron fijar con el tiempo un gran interés historiográfico.
En este contexto, es que la obra de David Woods tiene un valor en sí misma. No son muchos los libros que han trabajado puntualmente el episodio en cuestión, con todas las implicancias políticas, económicas, militares y diplomáticas que conforman el conjunto de la acción realizada por las fuerzas navales españolas al mando de Casto Méndez Núñez.
Y es más, nadie hasta la fecha había hecho una búsqueda internacional acuciosa del episodio, cubierto por entonces por los más famosos semanarios o prensa europea y de Norteamérica. Si bien varios testimonios habían sido publicados en el pasado lejano, así como también documentación oficial, no se había realizado hasta la fecha un estudio global que permitiera cotejar la información, y revelar algunas incógnitas que surgieron antes, durante y después del episodio, y que tienen que ver con los movimientos diplomáticos que se realizaron para evitar el bombardeo por parte de las naciones neutrales que tenían intereses económicos en Valparaíso, y la propia estrategia seguida por el mundo político chileno.
Si bien David Woods no es un historiador profesional, supo detectar hábilmente en el episodio del bombardeo, un capítulo pendiente en la historiografía chilena y se sumergió con dedicación en una investigación histórica seria, algo así como una puesta en valor de un episodio que requería nuevas reflexiones y análisis. A ello, se sumó un particular interés por la iconografía del bombardeo, una línea de investigación de vanguardia que agrega aún más valor al resultado.
Publicado el trabajo en inglés en el 2011 bajo el título The Bombardment of Paradise, y presentado en una recordada y concurrida sesión en el salón de la bella iglesia anglicana St. Paul’s del Cerro Concepción, ahora tenemos la oportunidad de ver salir a luz esta primera edición castellana, que sin lugar a dudas será lectura obligatoria para todos los amantes de la historia de Valparaíso y también de la historia regional.
Se agradece a este investigador británico, porteño por adopción, esta contribución al conocimiento de nuestra historia local, abriendo una senda que deberá seguir siendo indagada por las generaciones futuras.
Rodrigo Moreno Jeria
Profesor titular Universidad Adolfo Ibáñez
Miembro de número de la Academia Chilena de la Historia.
Valparaíso, 24 de abril del 2013
El 6 de abril de 1866, El Mercurio presentó un plano de la bahía de Valparaíso que mostraba los movimientos de los barcos españoles durante el bombardeo, con las flotas británicas y norteamericanas ancladas a una distancia discreta. El reportaje del periódico de ese día incluía también una detallada evaluación sobre el daño que sufrió la ciudad.
Prólogo para la edición en español
Desde que El bombardeo del paraíso fue publicado por primera vez en su versión original en inglés, a principios del 2011, recibí muchas peticiones para que preparara una traducción al español. En cierto modo, la historia debería haber sido contada en el lenguaje propio de Chile desde un principio, pero esto no era tan simple como parecía. Tengo el agrado, y de cierta manera también el alivio, de contar con RIL Editores, quienes han logrado producir una versión apropiada del libro para que sea leída y, tal como espero, disfrutada, en el mismo lugar donde ocurrieron los eventos de marzo de 1866. Por esta razón, necesito agradecer a Ernesto Guajardo de RIL.
Preparar una traducción del libro no era una tarea fácil. No sufro de ningún delirio que me haga creer que mi estilo de escritura en inglés sea fácilmente reproducible en otro lenguaje. Pero Daniela Martínez aceptó el desafío con mucho ánimo y entregó una versión en castellano que, en mi opinión, es fiel tanto a los hechos como al espíritu del original, lo que es lo más importante. Le agradezco profundamente, al igual que a Andrea Martínez, quien puso en práctica su gran conocimiento como historiadora de primera calidad en el minucioso proceso de revisión del nuevo texto.
También he recibido gran ayuda, una vez más, de varios miembros del Departamento de Historia de la Universidad Adolfo Ibáñez. Fernando Wilson nos proporcionó importantes correcciones en lo que respecta al área del armamento naval, en la que estábamos muy perdidos. Michelle Prain, quien desde su trabajo en el Instituto Chileno Británico de Valparaíso ya nos había apoyado enormemente, leyó y revisó el nuevo texto. Por último, quiero agradecerle especialmente a Rodrigo Moreno, Director del Departamento de Historia de la citada casa de estudios y Miembro de la Academia de Historiadores de Chile, quien me hizo el honor de preparar un prefacio para este libro. A todas estas personas les estoy muy agradecido.
David Woods
1 de mayo de 2013
La primera Compañía de Bomberos voluntarios en 1861.
Establecida en 1859 y compuesta en su mayoría por residentes británicos
y norteamericanos, la Compañía de Bomberos Nº 1 extinguiría
muchos incendios después del cese de fuego del bombardeo.
(The Bancroft Library, University of California, Berkeley)
Prólogo para la edición en inglés
¿Por qué algunos eventos dejan una impresión completamente desproporcionada en relación con respecto a su impacto original? ¿Por qué sus exageradas repercusiones se expanden por el mundo, socavando gobiernos e imperios? El bombardeo de Valparaíso realizado por una flota española, el 31 de marzo de 1866, es un ejemplo de eso. Por supuesto, el valor de la propiedad europea destruida en el infierno de las llamas fue muy grande, estimado por sobre los $220 millones de dólares estadounidenses en valor actual. Pero al parecer nadie murió y hubo muy pocos heridos. Las pérdidas y daños a los bienes y propiedades fueron prontamente descartados o reparados.
Entonces, ¿para qué escribir sobre un drama tan pequeño? A los niños en Chile no se les enseña casi nada al respecto, y no es algo que se encuentre particularmente incrustado en la psique nacional. Tal vez esto puede resultar sorprendente ya que el bombardeo, el cual efectivamente puso término a la breve guerra entre Chile y España, fue uno de los dos eventos que marcaron el fin definitivo de las aventuras coloniales de España en la costa del Pacífico de Sudamérica (el otro evento fue la batalla del Callao, en Perú, un mes después). Chile, Bolivia y Perú se habían ganado su independencia décadas atrás. Pero aún existían algunos sujetos en Madrid, denominados por un autor como «los últimos conquistadores», que demandaron un último esfuerzo para restablecer el poder de España en el continente. Su cruzada falló.
En verdad, esto no era un asunto pequeño. Y, si bien se estaba desarrollando en un territorio propiamente chileno, el bombardeo les concernía mucho a los europeos.
Por un período de más de seis meses, los intereses comerciales, políticos y navales de Inglaterra, España, los Estados Unidos y Francia, se vieron comprometidos, y con una extraña intensidad. Bismarck –entonces el Primer Ministro-Presidente de Prusia– siguió los acontecimientos bien de cerca y otras naciones de Europa estaban ansiosas y preocupadas por sus intereses comerciales y las amenazas que sus propios compatriotas podían estar enfrentando. Cuando todo acabó, la prensa internacional diseccionó, lo que fue visto por muchos, como una vergüenza para España, un desastroso error de juicio por parte de los británicos, una deshonorable conducta del héroe de la Armada Real y un imprudente y oportunista aventurerismo de los norteamericanos.
A principios del 2008, mi esposa y yo compramos y empezamos a restaurar una casa del siglo XIX en el Cerro Alegre, el cerro de Valparaíso donde los comerciantes, mineros, banqueros y empresarios ingleses construyeron sus hogares. Estos edificios tan coloridos, de fachadas de zinc corrugado con sus interiores de estilo victoriano, se elevaron por encima de las poblaciones infestadas de enfermedades, suciedad, violencia y desorden en el puerto mientras el Chile de la post independencia se abría su camino en el mundo. Nuestra épica lucha por arreglar la casa nos acercó mucho a la historia de las comunidades de extranjeros en Valparaíso; no tanto en el sentido de provocar alguna sensación de orgullo nacional por lo que se había logrado realizar en la ciudad antes de que fuera prácticamente destruida en su totalidad por el terremoto de 1906, sino más bien porque nos otorgó una sensación de que este había sido un lugar muy especial.
Al igual que muchos pioneros y primeros inmigrantes, los hombres y mujeres que finalmente llegaron al primer puerto importante de la costa del Pacífico, después de haber sobrevivido el paso del cabo de Hornos y muchos meses de un cansador y muy incómodo viaje desde puertos como Liverpool, Hamburgo y Le Havre, fueron personas muy impresionantes, y ciertamente muy valientes; a menudo también eran muy temerarios, al igual que ingeniosos, persistentes, creativos y aventureros. Se pusieron a trabajar con mucha energía y aguante, en conjunto con negocios locales y familias adineradas chilenas, empujando las barreras de la exploración e iniciativa en algunos de los terreros más inhóspitos que se pueden encontrar en el mundo. Por más de un siglo, ayudaron a la creación de un país muy exitoso. Muchos murieron jóvenes, muchos murieron pobres; otros se rindieron y regresaron a sus países de origen. Por un lado, se forjaron muchas fortunas y, por el otro, también se perdieron. A medida que los extranjeros iban entrelazándose con familias chilenas por medio del matrimonio, se fueron estableciendo dinastías que en nombre siguen existiendo hasta hoy en día.
Así las semillas para este libro se sembraron en el momento en que nuestra casa en el Cerro Alegre empezaba a cobrar vida de nuevo. Al haber pasado gran parte de mi carrera involucrado en asuntos de relaciones de comercio internacional, comencé a ponerles cada vez más atención a los comerciantes extranjeros de Valparaíso. Tan solo un par de días investigando en los archivos de la Cámara de Comercio y de Industria de Marsella fueron muy absorbentes. En particular, descubrí cartas escritas a mano por importadores locales, demandando la compensación por parte del Gobierno en París a raíz de los bienes que habían sido destruidos durante el bombardeo. Vastas cantidades de buen coñac, champaña, jerez, oporto, al igual que pieles y vestidos de alta moda parisina, todos enviados a los almacenes fiscales en Valparaíso, se habían esfumado en las llamas.
A continuación, me puse a escudriñar en libros y documentos antiguos en la maravillosa Biblioteca Budge en la Universidad Católica de Valparaíso, una invaluable colección que fue compilada por Eduardo Budge, descendiente de uno de los más importantes empresarios escoceses que llegaron a Chile en la primera mitad del siglo XIX y construyó un imperio de negocios. Revisé minuciosamente rollos de microfilme que contenían las páginas contemporáneas del celebrado periódico de Valparaíso, El Mercurio. Eventualmente, estaba claro que solo la correspondencia diplomática original y los reportes de la Armada que circularon desde y hacia Londres podrían responder las muchas e intrigantes preguntas que habían sido provocadas por las extrañas circunstancias que envolvieron al bombardeo. Así fue como pasé muchos días rumiando entre miles de páginas de registro en el Archivo Nacional en Kew, cerca de Londres.
Todo resultó ser más complicado de lo que había esperado. La historia era razonablemente directa y simple desde la perspectiva de las consecutivas confrontaciones de España con Perú y Chile. Pero el trasfondo del bombardeo era mucho más complejo y controversial; casi cada personaje en el drama tuvo su propio punto de vista, y aquellas versiones y relatos a menudo no eran muy consistentes entre sí. Al centro se encontraba un misterio: ¿por qué una poderosa fuerza de buques navales, conformada por las flotas británicas y norteamericanas, simplemente se quedó mirando en la bahía mientras el almirante español Casto Méndez Núñez bombardeaba la ciudad? Los marineros ingleses se quedaron observaron mientras la propiedad, o incluso las vidas, de sus propios compatriotas se hacían cenizas. ¿Por qué fue que el almirante Joseph Denman no se unió al comandante norteamericano, el comodoro John Rodgers, quien supuestamente se había ofrecido para actuar en conjunto para prevenir el bombardeo? Ellos poseían, después de todo, una fuerza indiscutiblemente superior. ¿Qué era lo que el Departamento de Estado en Washington verdaderamente quería de sus representantes en Santiago y en la bahía de Valparaíso? ¿Cuál fue el rol del propagandista y traficante de armas chileno que fue arrestado en Nueva York? ¿Y cuáles fueron las motivaciones del profesionalmente frío y calculador chargé d’affaires británico, que pisoteó la sensibilidad chilena de tal manera que hizo que sus alegatos de devoción a la «neutralidad» fueran más que cuestionables?
Hay un proverbio que es probablemente muy apropiado para el bombardeo de 1866: «Nunca le atribuyas a la maldad lo que puede ser fácilmente explicado por la estupidez». Bueno, ciertamente existió maldad, pero considerablemente mucha más estupidez. Más apropiadamente tal vez, como un jefe mío y el secretario de prensa de un reciente Primer Ministro de Inglaterra destacó una vez: «Muchos periodistas se han visto seducidos por la teoría de conspiración del gobierno. Te aseguro que producirían un trabajo mucho más preciso y cercano a la verdad si es que se guiaran por la teoría de las ‘embarradas’». En otras palabras, los eventos muy a menudo son los resultados combinados de malentendidos, falta de comunicación y de confianza, creencias erróneas y egos muy grandes, más que resultados de preconcebidas, bien planeadas y deliberadas acciones por parte de los Gobiernos, Armadas e Instituciones. Y muy al centro del problema, muchas veces se pueden encontrar las idiosincrasias, debilidades e imprudencia del carácter humano. Uno puede debatir sobre los puntos más específicos y pequeños de la neutralidad en la ley internacional, pero el bombardeo de Valparaíso debe ser eventualmente juzgado como un incontrolado choque de muchas personalidades distintas e impresionantes.
He tenido mucha ayuda escribiendo este libro. En el Reino Unido, me he beneficiado de que viejos amigos me hayan otorgado tanto tiempo e interés. La vasta experiencia de Stuart Booth en el mundo de la publicación y edición fueron invaluables, y se le ocurrió también un gran título. Irene Lally pasó más horas que las razonables corrigiendo y comentando el texto. Otro viejo amigo de mis días en el Whitehall (centro administrativo del Gobierno británico), Traudi Shah, gentilmente me brindó comida y alojamiento mientras estaba excavando el Archivo Nacional en Kew. En Francia, Richard y Billie Blackhurst me otorgaron importantes comentarios y sugerencias. En Chile, mi deuda más grande se la debo a la talentosa familia de Jorge Martínez García: Herna, Andrea y Daniela, al igual que a Jorge mismo. Sin ellos, mi esposa y yo nunca hubiéramos podido seguir nuestro sueño de poseer y restaurar una casa en el sector antiguo del Cerro Alegre. Nos apoyaron sin descanso con sus consejos, ayuda, habilidades de traducción e interpretación al igual que su hospitalidad y motivación, a lo largo del curso de mi investigación y escritura de este libro, y reflejan una profunda amistad. Lo mismo debe decirse de un brillante joven estudiante de leyes, Marcelo Meza. Gonzalo Serrano, de la Universidad Andrés Bello, Viña del Mar, me asistió con unos comentarios especialmente útiles. Estoy muy agradecido por el apoyo del Instituto Chileno Británico de Cultura de Valparaíso, especialmente por parte de Mario Oliva y de Michelle Prain. Finalmente, le agradezco a mi querida esposa, Liliane, por soportar todo esto y llenar con su usual sabiduría mis actividades obsesivas.
David Woods
Diciembre 2010
Introducción
31 de marzo, 1866
Y entonces vino el bombardeo. Ahí estaba la hermosa bahía con sus ondulantes costas, la ciudad de Valparaíso a un lado, al otro la larga línea de cerros. Y ahí, justo en la entrada de la bahía, estaba la flota española, y la flota norteamericana, y la flota rusa, y todas las otras flotas. Y cuando llegó la mañana una tras otra zarparon hacia el mar abierto, con grandes círculos y barridos, hasta que solo quedó la flota española. Se posicionó justo en frente de la ciudad, explotó un cañonazo, y el bombardeo comenzó. Los chilenos ni pretendieron defenderse. Todas las personas se quitaron del camino y yo y los otros oficiales cabalgamos a los cerros de al frente, desde donde podíamos observarlo todo. Los españoles realizaron el bombardeo de la manera más educada; simplemente incendiaron unas pocas casas, y una sola vez, con cierto sentido del humor, mandaron un cañonazo en dirección nuestra. Y en ese momento supe lo que era el pánico. Yo y los oficiales nos dimos la media vuelta y cabalgamos tan rápido como podíamos, hacia cualquier dirección. La cabalgata fue espléndida, y yo, un hombre de la Academia Militar de los Estados Unidos (West Point) iba dirigiéndola. Ya para el mediodía se había acabado todo. La flota española se puso en posición para zarpar, las otras flotas se alejaron navegando, los marineros bajaron para ayudar a apagar los incendios, y yo y los oficiales cabalgamos de vuelta a Valparaíso. Todas las pequeñas niñas de la ciudad habían salido a la calle a esperarnos, y mientras entrábamos nos gritaron ‘¡Cobardes!’.
Así fue la parcial –y no muy acertada– recolección del celebrado artista norteamericano James McNeill Whistler (1834-1903). Él había estado por unos días en la bahía, a bordo de uno de los buques de guerra norteamericanos, antes de que el almirante Casto Méndez Núñez hubiera cumplido finalmente con sus amenazas de bombardear Valparaíso. La presencia de Whistler nunca se ha logrado explicar por completo y mucho menos por él mismo. Al parecer, no se encontraba allí principalmente por propósitos creativos, si bien dos de sus obras más famosas1 fueron pintadas durante su estadía.
Mientras que su historial de West Point estaba, en verdad, muy lejos de ser glorioso, el artista siempre afirmó que era un hombre militar hasta los huesos. Se consideraba, así mismo, un partidario de los confederados, pero no había tenido ningún rol en la guerra civil de su propio país de nacimiento, ya que hace mucho tiempo se había ido a Europa y nunca había regresado. El apuro de Chile frente a la amenaza de España, por otro lado, lo excitaba enormemente. Más adelante escribió:
Fue un momento en el que muchos de los sureños que la guerra había convertido en aventureros se encontraban deambulando por Londres, buscando algo que hacer, y, no sé cómo, ese algo terminó convirtiéndose en una expedición para ir a ayudar a los chilenos e inexplicablemente también a los peruanos. De cualquier manera, los sudamericanos necesitaban ayuda para defenderse de los españoles. Algunos de ellos se me acercaron ya que yo era un hombre de West Point y me pidieron que me uniera a ellos –y todo sucedió en una sola tarde. Inmediatamente me subí a un buque desde Southampton a Panamá.
La expedición bien podría haber sido producto de una imaginación muy fértil. De cualquier manera, ni Whistler ni sus supuestos hermanos de armas hubieran encontrado mucho en qué ocuparse cuando llegaron a Chile; en ese momento de la crisis de seis meses entre las dos naciones, la misión era bastante inútil. Por lo tanto, se encontró convertido en un simple observador de la indignación final de España en contra de lo que había sido alguna vez su colonia, ahora irritante e impositiva.
La descripción ofrecida por Whistler –quien logró observar una «flota rusa» que ciertamente no existía en las aguas del Pacífico en esos tiempos, y que falló en notar la amplia escuadra naval inglesa–, sugiere la existencia de una caprichosa pero prácticamente inofensiva demostración de fuegos artificiales. Tal vez podría haber sido ciertamente un precursor de los espectáculos masivos en las vísperas de año nuevo por los cuales Valparaíso es muy conocido. Pero Whistler estaba observando la acción desde una distancia relativamente segura, protegido de la ocasional bola de cañón que se podía desviar de su camino. Si bien no había sido exactamente el Armagedón, los espectadores estaban horrorizados con el embate. Los testigos más confiables eran los funcionarios de la Intendencia, la oficina del gobernador, quienes se habían posicionado muchos kilómetros lejos del lugar donde estaba Whistler, inmediatamente arriba del puerto entre una gran parte de residencias de ingleses en el Cerro Alegre. El recuento de ellos, minuto a minuto y transmitido por telégrafo a Santiago, que más tarde fue publicado en los boletines oficiales sobre la guerra y en el periódico de Valparaíso –El Mercurio–, es el único registro exhaustivo que queda. Estos despachos, repletos de hipérboles patrióticas, registraron los eventos más significativos del día prácticamente como sigue.
Fiel a su promesa de entregar al menos una advertencia, el almirante Méndez Núñez hizo que su buque insignia, el acorazado Numancia, disparara dos tiros en blanco a las 8.10 am en la mañana del sábado santo, el 31 de marzo de 1866, como advertencia de que el bombardeo empezaría pronto. A ese punto, la flota británica se retiró de la bahía y se posicionó para observar, tal como lo hizo también la escuadra norteamericana. La mayor parte de la población civil se había retirado hacia las alturas de los cerros como se les había aconsejado; solo la guarnición militar se encontraba presente en el centro de la ciudad, con tres unidades de bomberos, uno de voluntarios desde Santiago, esperando allí para poder controlar los incendios una vez que el bombardeo cesara.
Numancia se posicionó en el centro de la bahía. Resolución se puso frente a la plaza Victoria mirando hacia el este de la ciudad; Vencedora se alineó con la calle Cochrane, más cerca de lo que es actualmente el puerto naval. Villa de Madrid y Blanca formaron una segunda fila de barcos de guerra observando a los objetivos más tentadores que eran los almacenes fiscales hacia el límite oeste de Valparaíso. Al otro extremo, cerca de Viña del Mar, se encontraba Berenguela.
A las 8.45 am, Numancia se ha colocado frente al Cerro Concepción y fue seguido por Blanca. Una media hora después comenzó el bombardeo.
Los primeros disparos –de proyectiles, balas de cañón y granadas incendiarias– por parte de Villa de Madrid fueron dirigidos a los almacenes fiscales y al viejo fuerte de San Antonio, en el cerro inmediatamente arriba, a pesar de la completa ausencia de cualquier amenaza de defensa por parte de ese cuartel o de otro. La ciudad estaba desarmada. Diez minutos más tarde, los primeros intentos de bombardear la línea de ferrocarril, al otro lado de la ciudad, tuvieron muy poco efecto. Para las 9.45 am, los disparos estaban lloviendo a lo largo de toda la ciudad, desde el Cerro Barón arriba de la estación de ferrocarriles, a un extremo, hasta los almacenes fiscales y las instalaciones del puerto, en el otro. Dos proyectiles ya habían explotado en el palacio de la Intendencia. Los buques, entonces, se dieron la vuelta para mostrar sus andanadas del otro lado y continuaron disparando.
A las 9.50 am se reportó que estaba saliendo humo de los almacenes fiscales. Para las 10.00 am, en el área central (el Almendral), un disparo impactó muy cerca de la iglesia Merced. En retrospectiva este impacto, en una de las tantas iglesias que estaban siendo usadas como hospitales provisorios, probablemente fue interpretado como un acto no deliberado, que más bien se debía a la pobre destreza y equipamiento de los españoles. Pero en ese momento atizó los miedos de que el bombardeo iba a ser un ataque general e indiscriminado a la ciudad más que uno dirigido únicamente a edificios públicos selectos como lo había prometido Méndez Núñez.
A esto lo siguió un disparo por parte de Vencedora que golpeó la Bolsa Comercial. Entonces, de acuerdo al corresponsal del New York Times, otro proyectil impactó contra la Casa de Baños, cerca del Hotel de la Unión. Su descripción decía:
…se levantó una columna de humo e inmediatamente emanaron las llamas y se extendieron, rápidamente envolviendo al hotel e incendiando a las casas en las Calles Cochrane y Planchada.
Un despacho enviado a las 10.50 am anunció a Santiago que el bombardeo «llega a hacer temblar la tierra pero no el corazón del chileno». A este punto, Berenguelaestaba atacando los almacenes fiscales de la Aduana. Vencedora supuestamente estaba apuntando al mismo objetivo, pero disparando especialmente de manera inexacta. Para las 11.10 am, los incendios estaban ardiendo en la calle Cochrane y «La Planchada» (ahora calle Serrano), un área comercial cerca de los almacenes fiscales y las casas de aduana. La Bolsa también estaba incendiándose. Berenguela falló en su intento de enfocarse en su objetivo de la artillería arriba del puerto. Vencedora continuó disparándole a la Intendencia mientras nuevos incendios empezaban a surgir en la plaza municipal.
No sin razón, dado el ensordecedor ruido de los disparos de los cañonazos y ya que la vista estaba obstruida por paredes de llamas y denso humo, las tempranas afirmaciones de los observadores sobre el daño fueron muy exageradas. Es así como, a mediodía, después de dos horas y medias de bombardeo, reportaron que la mayor parte de la Bolsa estaba destruida al igual que mucho de la Intendencia. El Hotel de la Unión de al lado también fue seriamente dañado de acuerdo a los testigos. Los incendios de la calle Cochrane estaban agravándose. Los almacenes fiscales estaban quemándose, pero en ese momento no se creía que hubieran sido gravemente dañados. El comentarista asignado al Cerro Alegre continuó insistiendo sobre el «gran orden» con el que la población se había comportado.
Entonces una bomba golpeó las puertas de la Artillería. De acuerdo al corresponsal del Harper’s Weekly, el mástil en el fuerte que sostenía a la ondulante bandera chilena había sido el objetivo del sustancial ataque por parte de la Villa de Madrid por un largo período:
…los proyectiles llovieron encima del asta, pero aún así el tricolor y la ‘solitaria estrella’ podían ser observados entre el humo y el polvo que causaban las bombas. Alrededor de las 11.50 una bala pegó al palo de la bandera nacional, dañó el mástil causando que se enchuecara un poco, pero las poleas y roldanas lo mantuvieron firme durante todo del incendio.
Poco después, el Hotel Inglés también estaba incendiándose. La Intendencia fue víctima de un ataque más potente y duradero por parte de Berenguela y de Blanca. Pero el alivio se encontraba cerca; a las 12.30 pm, una serie de disparos finales por parte de Vencedora, Berenguela y Villa de Madridretumbaron por toda la ciudad y los cañones españoles guardaron silencio.
De acuerdo a la versión del New York Times: «Entonces toda la gente se apuró por salir a las calles bajando desde los cerros en los que se habían refugiado, y los bomberos y soldados pusieron manos a la obra para extinguir los incendios». Los reporteros de la Intendencia, ansiosos de alabar el porte con el que los ciudadanos ordinarios se estaban comportando frente a un «crimen» de esa naturaleza, señalaron que algunos estaban «con las balas en las manos i juegan a la pelota con ellas desafiando a la muerte».
Habían dejado de disparar, pero los incendios no habían cesado de arder. A las 12.45 pm, una conflagración más potente ardió en la tercera sección de los almacenes fiscales y en la calle de la Aduana. A las 13.06 pm, en la primera evaluación calmada de la destrucción, se reportó que la Intendencia había sufrido 61 golpes directos, la Bolsa 19, la estación de ferrocarriles 28, el Café Guinodie 4, la casa de Ferreira i Agiar 2 y el Banco 2. Se calculó que se habían realizado entre 2000 y 2500 disparos en total; muchos sin causar daño. La primera evaluación también sugería que los comerciantes franceses, o sus agentes, habían sufrido especialmente severas pérdidas, ya que era su sección en los almacenes fiscales la que más se había quemado; una estimación que más tarde fue confirmada.
Los heridos fueron pocos. Se reportó que cuatro soldados fueron heridos, pero que no hubo ninguna fatalidad militar. Se afirmó inicialmente que habían muerto dos bomberos italianos y dos hombres que estaban entregando pan al hospital, y que una desafortunada mujer había sido cortada en dos por un disparo de cañón en el Cerro Barón (pronto empezó a correr el rumor de que no había sido una sino dos mujeres que habían sufrido el mismo destino). Finalmente, ninguna de estas muertes fue confirmada y las autoridades de los hospitales, semanas después, anunciaron que el bombardeo no había producido ninguna fatalidad.
* * *
Para las 13.15 pm, los bomberos voluntarios de Valparaíso y Santiago estaban completamente inmersos en acción. Los incendios estaban fuera de control en el área de la Planchada, hacia la Intendencia y en las calles Cochrane y Blanco. El incendio de la Aduana estaba ardiendo.
A los pocos minutos del cese de fuego, los buques de guerra estadounidense e ingleses regresaron a sus puestos de anclaje justo a las afueras del puerto. El buque insignia de Estados Unidos, Vanderbilt, envió un pequeño barco a vapor con bomberos y auxiliares para ayudar en tierra firme. El rol que tuvieron los marinos ingleses fue más adelante muy cuestionado. Se observó, por el lado de los chilenos, que si los barcos ingleses hubieran intentado ayudar, hubiera sido considerado más bien un desaire debido al fracaso del almirante Joseph Denman en actuar para prevenir el desastre. Otros puntos de vista destacaban que Denman precisamente sí envió ayuda, pero que la mayor parte de sus hombres estaban borrachos y empezaron a robar, por lo que se les pidió que regresaran a sus barcos,cosa que fue confirmada por el jefe de los bomberos de Valparaíso. Más tarde, el tema era el atraer la atención del Parlamento Británico, del que alguno de sus miembros fueron muy afectados por la acusación y tuvieron que ser asegurados por los ministros de que no iba a ocurrir ninguna deshonra adicional de ese tipo.
Ciertamente, cualquiera que haya sido la ayuda recibida, era muy necesitada. Para las 13.45 pm, estaba claro que la mayor parte de los almacenes fiscales –todos excepto una sección– y los bienes adentro de ellos habían sido destruidos. La calle de la Planchada, las casas de comercio de gallos, el Hotel Unión, la tienda Empan, la farmacia Reid y el edificio de la Compañía Edwards, se reportaron que estaban todos quemándose. Por el otro lado, una nueva evaluación indicaba que otros edificios, incluyendo a la Intendencia, la Bolsa y la estación de ferrocarriles, habían recibido impactos, pero que no estaban muy dañados. El gasómetro de la compañía de gas de Valparaíso permaneció intacto, al igual que las iglesias de la Merced y Matriz y el hospital principal.
En el despacho final de ese día, a las 8.30 pm, se reportó que el viento estaba soplando muy fuertemente de nuevo y que los incendios aún seguían ardiendo. Los bomberos lucharon sin parar a lo largo de toda la noche. Solo recién a las 10.00 am de la mañana siguiente se declaró que las llamas por fin se habían extinguido en todas partes.
Los ciudadanos estaban muy asustados. La flota española permanecía en gran parte donde se había estacionado el día anterior al bombardeo, levantando el miedo de que un nuevo ataque fuera inminente. El almirante Méndez Núñez estaba claramente preocupado del peligro de represalias por parte de los chilenos (¿harían por fin uso de los torpedos que él creía que tenían escondidos en la ciudad?), pero rápidamente dejó bien en claro a los representantes locales diplomáticos de que de cualquier otra manera no tenía ninguna intención de continuar con el bombardeo. Sin embargo, por muchos días después, El Mercurio y la población local permanecieron con dudas al respecto, inseguros y nerviosos.
Eventualmente, se anunció una evaluación mucho más cuidadosa del daño. Como había sido esperado, el daño principal –o, al menos, el más costoso– se había producido en los almacenes fiscales. De estos, las secciones 3 y 4, las que contenían bienes de un valor de 12-15 millones de pesos, estaban destruidas. Las secciones 1 y 2 no habían sido tan dañadas; pero más tarde se descubrió que la mayor parte de sus contenidos se habían estropeado. Había un daño muy grande en la calle de la Planchada, incluyendo tiendas, almacenes, casas de comercio y el Hotel de la Unión. No recibieron menos impacto las casas y negocios en la calle Cochrane. El daño a la Bolsa Comercial, a la Intendencia y a la estación de ferrocarriles había sido más serio de lo que se había pensado en una primera instancia pero, sin embargo, era reparable. Una bola de cañón permaneció incrustada en la cara del reloj de la torre de la Intendencia; más tarde sería cuidadosamente removida y expuesta en el museo nacional.
Los cargos de que los españoles habían sido ya sea culpables de un bombardeo indiscriminado, o simplemente de muy mala puntería, no dejaron de ser intercambiados, especialmente en las excitadas páginas de la prensa local y de Santiago. Fue declarado que los edificios que estaban luciendo la bandera blanca también habían sido golpeados, aunque sin víctimas. Estos incluían al hospital general, el hospicio y el Hospital Inglés en Cerro Alegre.
***
Los relatos de los testigos inundaron los periódicos en el mundo entero en las semanas y meses que siguieron. El corresponsal del Harper’s Weekly comentó, con apropiada ironía:
Así fue el bombardeo de Valparaíso, el cual fue presenciado con absorto interés por parte de las escuadras norteamericanas e inglesas en la bahía, y por los miserables habitantes de la ciudad desde los cerros que la circulan.
Una carta de parte de un oficial naval norteamericano presente en la bahía a bordo del U.S.S. Tuscarora, fue publicada en el New York Times el 5 de mayo de 1886. Fue muy directo con respecto al fracaso de las escuadras inglesas y norteamericanas en su intervención: «de alguna y otra manera, el Almirante inglés se arrepintió y no cumplió con lo acordado. Yo no deseo ser prejuicioso pero, en mi opinión, nuestro amigo transatlántico es un ‘fanfarrón’». De acuerdo a esta versión de los hechos, los españoles habían convertido en «prácticamente una colmena de abejas» a la «casa» del Intendente y también a los almacenes fiscales. Otros edificios, como por ejemplo el Hotel Unión, se habían carbonizado. Pero el oficial no tenía nada más que una gran admiración por los bomberos:
Son jóvenes muy valientes y merecen mucho reconocimiento. Entre ellos se encuentran los hijos de los hombres más ricos en Chili y tienen una organización muy prolija, trabajando desde principio a fin.
No está para nada claro si es que incluso el almirante Méndez Núñez, comandante de la flota española del Pacífico, sintió gran satisfacción con el resultado, aunque él ciertamente consideró que había cumplido con su deber frente a la Corona Española. Sin embargo, muchos entre su tripulación y sus oficiales se sentían mal. Por ejemplo, el General Mayor de la escuadra, don Miguel Lobo, le escribió a su esposa Elena:
Se verificó (el bombardeo), en efecto en la mañana del 31, de 9 y media a 12, y te aseguro que he pasado un rato desagradabilísimo, por ser cosa en extremo bárbara y bien en contra de mis ideas. Yo me alegraré no volver a presenciar semejante acto; y siento en el alma que los cañones hayan resonado para verificarlo. Méndez Núñez y todos han sufrido bastante en aquellos momentos… Era una vista terrible.
Pero, ¿cómo y por qué fue que los españoles llegaron al punto de bombardear una ciudad indefensa, haciendo caer sobre sí mismos una condenación y reprobación casi universal como un «acto de barbaridad»? ¿Y por qué fue que los más antiguos y valientes oficiales navales británicos y norteamericanos, comandando una potencia militar lo suficientemente fuerte como para intervenir y prevenir este acto, simplemente se quedaron parados observando «con un absorto interés»? La historia comienza muchas décadas, sino siglos, antes.
1«Nocturne in Blue and Gold: Valparaiso Bay» y «Crepuscule in Flesh Color and Green: Valparaiso 1866».
Capítulo 1
El «valle del paraíso»
y la independencia de Chile
Durante la mayor parte de los trescientos años que antecedieron al ataque del almirante Méndez Núñez al indefenso pueblo de Valparaíso, el destino de esta ciudad parecía estar inseparablemente unido a las ambiciones de dos viejos enemigos: Inglaterra y España, aunque en el comienzo el protagonismo solo lo tendría el segundo. Es incierto el momento en el que los europeos «descubrieron» el sitio que se convertiría en Valparaíso. La mayoría de los documentos muestran al navegante español don Juan de Saavedra, llegando al lugar por tierra en 1536, tratando de encontrar uno de los barcos que habían sido mandados a dibujar por Diego de Almagro, en su expedición de conquista, la costa del territorio desde el cabo de Hornos. Supuestamente, de Saavedra estaba tan encantado de encontrar el navío Santiaguillo, esperándolo en lo que era originalmente conocido como la «bahía de Quintil», que él decidió nombrar el lugar «Valparaíso» en memoria de la villa de su nacimiento, Valparaíso de Arriba, en Cuenca, España.
Pero esa es una de las historias. También hay sugerencias de que se podría dar el crédito por el nombre a los indios locales, pues tal denominación habría sido expresada previamente en su propio lenguaje. Antes de que llegaran los españoles, los alrededores se encontraban habitados por tribus indígenas autóctonas, principalmente por la de los changos. Expertos pescadores en el tempestuoso océano Pacífico, congelado desde la Antártica por la gélida corriente de Humboldt, los changos se habían esparcido desde el Perú hacia el sur por siglos. Dada la riqueza y fertilidad tanto del mar como de la tierra que se encuentra alrededor de la costa, un término como «valle del paraíso», expresado por pescadores y granjeros, podría haberse consolidado.
Otras fuentes atribuyen el bautizo del pueblo como obra de los soldados que acompañaron al navegador Juan Bautista Pastene, unos pocos años después. Incluso, hay otra versión que relata cómo los visitantes europeos estaban tan sobrecogidos por el panorama, que por consenso general llegó a ser conocido como el «valle del paraíso». Sin embargo, mientras que un descanso y un bendecido alivio después de un largo e incómodo viaje por el mar podrían, fácilmente, haber estimulado tales sentimientos de eufórica gratitud entre los viajeros, unos pocos días de recuperación los habrían curado de cualquier exageración. Si bien el anfiteatro de los cerros que enmarca la ciudad es impresionante y tiene más que una cierta atracción visual, se encuentra lejos de ser uno de los paisajes más impactantes que se pueden apreciar a lo largo de la costa de Chile.
Cual sea su origen, el destino de la ciudad fue decidido en septiembre de 1544 por Pedro de Valdivia, conquistador de Chile (o conquistador, al menos, de los sectores en que los indios nativos fueron subyugados), quien necesitó un puerto marítimo para su capital, Santiago. Durante los primeros años, el nuevo puerto tuvo en la práctica poca importancia. Ciertamente, siempre fue un punto de llegada en la costa del Pacífico para los barcos que desafiaban el cabo de Hornos, pero el comercio de España estaba concentrado en Callao, Perú, más hacia el norte.
Sin embargo, con el paso del tiempo y dada su posición y orientación geográfica, que brindaba una protección ideal para los barcos, Valparaíso se desarrolló hasta convertirse en un transitado puerto comercial. Su próspero crecimiento lo llevó, inevitablemente, a necesitar de la presencia militar española para que lo protegieran de los ataques y saqueos de los piratas. Los ingleses eran los responsables de la mayor parte de esa destrucción. Por ejemplo, el 4 de diciembre de 1578, Sir Francis Drake saqueó el lugar, aparentemente bajo la creencia de que ahí se guardaba oro. En 1594, Sir Richard Hawkins volvió a hacer lo mismo, navegando de puerto en puerto y mandando hombres en secreto a explorar y capturar los trofeos que encontrasen en los barcos anclados en la bahía.
Con el tiempo, las fortunas de Valparaíso se fueron asociando con el éxito de la economía chilena en general, y no se centraron solamente en las necesidades inmediatas de la administración colonial. Dado que eso significaba minerales y agricultura, hay que destacar que antes de la guerra del Pacífico en 1879 –la cual estableció las fronteras del país tal como las conocemos hoy en día–, el territorio de Chile era significativamente menor al que posee actualmente. Lo que es ahora un país de alrededor de 5.150 kilómetros, de norte a sur, entonces no tenía más que 4.450 kilómetros. Debido a esto, los depósitos más importantes de minerales se encontraban dentro del territorio peruano, el cual se extendía, bajo el reinado español, hasta el «Norte Grande», incluyendo las regiones de Arica e Iquique y la mayor parte del desierto de Atacama. Bolivia tampoco se encontraba en ese entonces cercada por barreras naturales, pues su territorio abarcaba desde la sierra hasta la costa del Pacífico y el puerto de Antofagasta.
Sin embargo, las tierras más productivas en términos de agricultura se ubicaban en las regiones del centro y sur de Chile y, a través del siglo XVII, la base de la actividad económica era el ganado. El trigo se desarrolló como el cultivo principal, pero se vio afectado gravemente por plagas y, eventualmente, por el declive de las encomiendas, grandes granjas administradas por los colonos españoles que las trabajaban utilizando mano de obra nativa capturada o forzada (quienes eran «civilizados» y convertidos al cristianismo en pago de sus esfuerzos). Más adelante, las «haciendas» sustituirían a las encomiendas y desarrollarían la agricultura en base al sistema de «inquilinos». Estas demostrarían ser estables y productivas. Se ha estimado que, alrededor del año 1800, ya existían aproximadamente 500 haciendas de 1000 hectáreas o más entre Santiago y Concepción. Fue así como un comercio modesto, de producción granjera, se desarrolló lentamente y ayudó a satisfacer las necesidades del Perú.
La única actividad industrial verdadera era la minería, la cual se desarrolló desde mediados del siglo XVIII en adelante. Primero se descubrió el oro, luego la plata y después el cobre, y fueron explotados en el norte del país, aunque en cantidades moderadas. Hacia el final del período colonial, la producción de oro en Chile correspondía a un tres o cuatro por ciento de la producción total de la América Española. Si bien el trabajo de las minas era dirigido por individuos y pequeñas asociaciones con algunos trabajadores, el comercio de estos productos minerales y los de la agricultura era controlado por España, de manera que se reducía enormemente la ganancia que Chile obtenía por ellos, especialmente al canalizar todo su comercio a través de los puertos del Perú.
No obstante lo anterior, en Chile, se hacía tantas fortunas como en otros lados de Sudamérica Entre 1700 y 1810, unos 24.000 españoles emigraron a Chile para aprovechar las oportunidades comerciales. Provenían especialmente de la región vasca. Otros europeos representaron una pequeña minoría en el país, sobretodo en comparación con el gran rol que jugarían un siglo después. Por el momento, España tomó posesión de los beneficios de los recursos naturales y de producción agrícola. Solo cuando empezó a decaer su control sobre el territorio colonial, comenzó a prosperar el contrabando en los puertos chilenos, al principio por la cortesía de los barcos franceses y luego por la de los británicos y los estadounidenses.
* * *
El miedo de los criollos (españoles-americanos), en Chile y en el resto de América Latina, de que el viejo enemigo de España, Inglaterra, amenazara su cómodo status quo, se incrementó con la llegada del siglo. Cuando en 1806-7, una expedición británica del sur de África inesperadamente capturó Buenos Aires y poco tiempo después tomó el control de Montevideo, se consolidó ese miedo, y aunque eventualmente los británicos se retiraron de ambos lugares, era claro que el principio del fin del largo período colonial español había comenzado.
Efectivamente, luego de la guerra peninsular de Napoleón en Europa, siguió el fin del dominio de España en Chile y del resto de Sudamérica. El emperador destronó con éxito la monarquía borbónica de Fernando VII e instaló a su propio hermano en el trono español. La respuesta popular en la España provincial fue la de establecer «juntas» locales para gobernar de forma paralela a la burocracia central dominada por los franceses. Inicialmente, la muerte de la monarquía produjo gran indignación en las colonias; pero poco después varios países de Sudamérica siguieron el ejemplo de la madre patria al establecer sus propias juntas. Entre los primeros que lo hicieron, se encuentra Chile, que establecería la suya el 18 de Septiembre de 1810,una fecha que desde entonces se convirtió en el día nacional de la «independencia».
El «Acta de independencia» fue leída en Valparaíso una semana después, en la presencia de los ciudadanos más notables y oficiales del pueblo, reunidos en la casa del gobernador de Cádiz. Pero el juramento, declarado y firmado, no decía nada en específico sobre la independencia. Más bien, la Junta en Santiago declaraba su lealtad y la utilización de todos sus esfuerzos para conseguir: «la seguridad pública y la conservación de esta parte integral de la Monarquía para nuestro muy extrañado don Fernando VII», y para reconocer al Supremo Consejo de Regencia. De esta manera, al menos en principio, la Junta chilena –como también aquellos que se encontraban en otras partes del desintegrado imperio– se organizó para gobernar y defender el país en nombre del destronado rey borbón.
Muy pronto, sin embargo, un sentimiento separatista se desarrolló conjuntamente con sentido de solidaridad con movimientos antimonárquicos a lo largo del continente. Por un tiempo, los reformistas discutían políticamente con los monárquicos, y una manifestación expresa de independencia parecía estar fuera de alcance. No obstante, Chile comenzó a olvidarse a poco de España, situación que el duro defensor de la supremacía de la metrópoli, José Fernando Abascal, virrey del Perú, encontró intolerable. Para el virrey, estas actitudes eran el signo de una insurrección. Tomando cartas en el asunto, al principio de 1813, mandó una pequeña fuerza militar bajo la dirección del brigadier Antonio Pareja a la isla de Chiloé y al pueblo de Valdivia para levantar un ejército realista y defenderse. Pareja rápidamente reunió una fuerza de 2000 hombres pero, al pasar el invierno en Chillán, cayó gravemente enfermo y ese mismo año murió de neumonía. El hijo del brigadier estaba destinado a cumplir con un rol igualmente trágico en los eventos que llevaron al bombardeo de Valparaíso más de cincuenta años después. Las islas de Chiloé también participarían en su fallecimiento.
A pesar de la pérdida de Pareja, el ejército realista creció y se movilizó hacia el norte. Fue detenido solo temporalmente por los heroicos enfrentamientos del ejército «patriota», que se encontraban la mayor parte del tiempo encabezados por Bernardo O’Higgins, primero en las afueras de Santiago y, finalmente, en Rancagua en octubre de 1814.
O’Higgins, la figura definitoria de la independencia de Chile, era el hijo de Ambrosio Bernardo O’Higgins, nacido «Ambrose Bernard O’Higgins», en Ballinary, County Sligo, Irlanda. Después de que la fortuna de la familia declinó, O’Higgins padre se estableció como un comerciante de Cádiz, España, antes de emigrar a Sudamérica, donde fue nombrado por los españoles a una sucesión de cargos oficiales, culminando con el de gobernador de Chile. Su hijo nació ilegítimamente, en 1778, durante el período en que Ambrosio se posicionó como el gobernador de Concepción. Mientras el padre mantenía a su hijo financieramente, los dos apenas se conocieron y Bernardo fue criado por su madre. Ambrosio O’Higgins fue responsable de importantes reformas en Chile durante el período colonial, pero su hijo iba a tomar un camino mucho más radical para asegurar la dramática separación final con la «madre» patria.
Sin embargo, en 1814, vencido y sin esperanza de refuerzos, O’Higgins y otros 2.000 de sus hombres fueron forzados a emprender el arduo camino a través de los Andes para llegar a Argentina, donde quedarían exiliados. Para ese entonces, Fernando VII había sido restablecido en el trono español y, a pesar de las proclamaciones de lealtad que mostraron siempre las colonias, respondió con mano muy dura sus intentos de «rebeldía». Las modestas reformas patriotas de la Junta de Gobierno de Chile fueron desmanteladas y las viejas leyes fueron reinstauradas. A esto le siguió la represión de los mismos «patriotas»; algunos fueron desterrados a vivir en la miseria de las islas de Juan Fernández, perdidas en el Pacífico a 700 kilómetros al oeste de Valparaíso. Otros fueron simplemente asesinados por soldados españoles. La represión fue tan severa que incluso aquellos que habían apoyado la causa separatista empezaron a dudar y a preguntarse si un movimiento independentista podría verdaderamente funcionar algún día.
