El café de las tres - Lola Salmerón - E-Book

El café de las tres E-Book

Lola Salmerón

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Beschreibung

De la ciudad de Barcelona a la comarca del Matarraña, como en un cuadro pintado, en el que se mezclan distintas tonalidades. Así es el café de las tres, a veces congestionado por el ritmo frenético y excitante de la urbe, o apasionado e inspirador como las calles empedradas del pintoresco pueblo de Valderrobres. Amores y desengaños, amistades rotas, romance y sensualidad entre dos mujeres, infidelidades desenmascaradas. Amantes que se descubren ante el espejo del otro, revelando la desnudez de su cuerpo y de su alma. Momentos de pura excitación, en los que la sexualidad se narra sin prejuicios. El coraje de una mujer al dejar al hombre que ama porque la lastima, sintiendo al fi n su fuerza femenina, la que da vida, la que da alegría. Bellas mujeres de conciencia libre, que perdonan y olvidan, y extienden sus brazos al cielo para recibir lo que merecen. Espacio en el que se comparte mucho más que un café de media tarde. Un paso más allá, sin mirar atrás y sin resentimientos, dejando el caos urbano para danzar entre viñedos.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Lola Salmerón

El café de las tres

Título original: El café de las tres

Edición en formato digital: febrero de 2015

© Lola Salmerón Galí

© Edición electrónica: Petit Camagroc, S.L.U.

© Diseño de la cubierta: Underthecoconut ([email protected])

© Fotografías de la portada y autora: Marcello Scotti (www.marcelloscotti.com)

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.

ISBN: 978-84-946785-5-4

www.loslibrosdelola.es

A ti, la amiga que más cosas me ha dado. En papel de seda conservo tu sonrisa, tan suave como tu voz cada vez que pronunciabas mi nombre. A ti, mujer sabia, que has sabido vivir feliz cada uno de tus días, siendo ejemplo de muchas cosas. A ti, porque te quiero y admiro. Gracias por dejar

I

El impetuoso sol de verano daba tregua al ambiente seco, estrangulado por un desafiante calor. Diferentes árboles en las amplias y transitadas aceras se alzaban retraídos sobre una mísera porción de tierra que sustentaba sus raíces. Rodeados de asfalto no entendían de su artificial compañía, mientras conectaban con una débil savia interior, que les mostraría vagamente en sueños un pasado repleto de una deseada y boscosa vegetación.

El ya acostumbrado funcionario para los ojos de la marabunta humana que recorría a diario las calles seguía con su actividad, refrescando y satisfaciendo sistemáticamente las sedientas raíces urbanas. Se ayudaba con un práctico depósito móvil sobre ruedas.

La lluvia estival apenas había osado mostrarse; la ciudad necesitaba del agua trasportada mecánicamente para poder seguir luciendo unos árboles frondosos de hojas verdes.

Selma andaba por el paseo sin perderse detalle, había pasado sus vacaciones en familia, fuera de la ciudad y muy próxima al campo. Ella era originaria de un pueblecito de Teruel, tan mágico como acogedor, allí continuaban viviendo su madre y sus abuelos; de cuando en cuando pasaba una temporada con ellos, si el trabajo y otras cuestiones se lo permitían. No es que hubiera echado de menos el bullicio y el ambiente grisáceo y tóxico de la urbe, pero necesitaba hacer un repaso a todas aquellas cosas que el curso anterior le había ofrecido repetidamente en la sucesión de días. Ahora, nuevamente se le mostraba aquel lugar repleto de edificios amontonados con incoherencia, diferentes instantáneas visuales que causaban desorden óptico.

Ella solía hablar de curso, no de año, ni de principios de otoño, tampoco del final de las vacaciones. Su ciclo de vida estaba separado en trimestres, marcados por las diferentes etapas escolares.

Así era para ella y sus amigas, que ahora volvían a reencontrarse para enfrentar un nuevo curso, con la energía y las fuerzas renovadas después de unas merecidas y necesarias vacaciones. La edad estudiantil para aquellas mujeres había quedado muy atrás, tanto como para haber olvidado casi por completo aquel peculiar olor a pegamento en las clases de manualidades, o aquella entrañable imagen con las coloridas virutas de madera, de unos recién afilados lapiceros, esparcidas sobre la mesa del aula. Ahora el ciclo escolar se mostraba con una larga lista de libros y de material por comprar, con el equipamiento necesario: batas, chándales y demás. Aquella lista resultaba muy costosa para muchas de aquellas mujeres, la tan nombrada y conocida cuesta de enero, ahora las visitaba de nuevo fuera de contexto, pero haciendo que volvieran a apretar sus cinturones de forma irremediable y angustiosa.

Selma y sus amigas vivían distintas situaciones, realidades paralelas pero con grandes diferencias. Tenían algo importante en común, sus hijas e hijos asistían al mismo colegio, aquel hecho las unía transitoriamente.

Habían vuelto a recuperar aquel momento, su momento, el deseado y reconfortante café de las tres. Valoraban aquel espacio porque podían hablar sin las interrupciones y los gestos alborotados de los niños; realmente lo necesitaban. Reían sin pretextos de los defectos de sus maridos o de sus exmaridos, sin que ellos estuvieran presentes y pudieran reprocharles nada por ello. También aprovechaban y realzaban sus cualidades en su ausencia, sin que a éstos se les subiera innecesariamente el ego un peldaño más. Disfrutaban de esos encuentros porque se permitían tener su momento de gloria, aquel instante era exclusivo para ellas, sin cazuelas, sin ropa por planchar, sin escandalosos juegos de niños.

Todas tenían su turno, todo tenía su tiempo y ellas tenían aprendida la lección, eran conscientes de la necesidad de cuidar su propia armonía.

No acudían todas a la vez el mismo día; unas por trabajo, otras por priorizar algún que otro quehacer hogareño, o por cualquier otra circunstancia se iban encontrando alternativamente a las tres de la tarde, justo después de dejar a los niños en el colegio.

Aquel día habían aparecido todas, las seis madres hambrientas de plática habían devorado casi las dos horas escolares de la tarde, pisando de forma atropellada una conversación con otra, riendo de forma desbocada y explicando las mil y una maravillas vividas aquel verano, marchándose después hacia sus casas con la prisa impregnada en sus andares.

Selma abría la puerta de su hogar después de haber hecho el corto recorrido desde la cafetería.

—¡Dios mío! —se dijo después de prestarse a mirar el reloj—, pero si solo faltan diez minutos para estar de vuelta a la salida del colegio.

Con rapidez se subió las mangas y se dispuso a fregar los cuatro cacharros que permanecían sucios dentro de la pila.

Ella era una de las madres separadas, vivía junto a su hija Iria en un sencillo pero cómodo piso. Con el padre de su hija había compartido un gran apartamento situado cerca del mar; ahora las circunstancias la obligaban a vivir modestamente.

Recién separada y con las maletas a medio hacer, buscó un pisito bonito donde vivir con su hija, era indispensable que dispusiera de mucha luz natural. Tuvo mucha suerte al encontrar un piso económico con una gran terraza, desde la que se divisaba una montaña pero, tan a lo lejos, que apenas se distinguía la transmutación del paisaje en cada cambio de estación. Aunque viviendo en la ciudad, aquel apartado bosque era mucho más de lo que podía esperar. Siempre se decía que aquello sería temporal, hasta que se pudiera permitir vivir en las afueras.

De momento, ahí se sentía muy feliz, no necesita nada más que un continuado contacto con la naturaleza, aquella carencia que no remediaba la capital, la suplía con sus escapadas al pueblo siempre que podía.

Volvió a coger el recién depositado juego de llaves, que permanecía inerte sobre un mueblecito cerca de la entrada y bajó las escaleras apresuradamente. Mientras descendía rompió el silencio de la escalera con una pequeña carcajada.

Selma era de aquellas personas que vivía completamente en el presente, sin importarle lo que pudiese acontecer después, no se inquietaba nunca por cómo se le pudiese presentar el mañana. Por eso ahora reía despreocupada al ser consciente que la tarde le había pasado tan rápida como un suspiro. Tenía varias cosas retrasadas por hacer señaladas en el calendario de su subconsciente, pero no eran tan importantes como aquel encuentro en la terracita del bar, donde se había permitido sobre todo escuchar, ese día por supuesto, porque quizá al siguiente le tocaría su turno y hablaría sin descanso de sus increíbles vacaciones, colmadas de intensos momentos y de hazañas enlatadas en un ya pasado y caducado verano. No había situación que no la viviera con una singular fascinación, hasta las cosas más desagradables y fastidiosas las convertía en una buena oportunidad para su propio aprendizaje. Siempre tomaba nota de sus equivocaciones para no volver a repetirlas de manera ilógica, se fijaba en los errores de los demás para reconocerlos y no hacerlos nunca suyos. Había aprendido a aconsejarse a sí misma antes que a los demás, y también era autocrítica a la vez que se permitía comunicar un reproche constructivo.

Mientras se dirigía a la escuela, su amiga Berta le vino a la mente. Justo al dejar la cafetería le comentó algo dejándola preocupada.

—Selma, tenemos que hablar. Este verano no ha sido nada bueno para mí, de hecho he vivido una pesadilla.

El gesto de su cara había reflejado amargura al pronunciar aquellas palabras. Por la rapidez con que las dijo, Selma entendió que no quería que las demás se enterasen. Sí que la había notado pensativa mientras hablaban sentadas a la mesa, pero nada le había hecho sospechar que algo andaba mal en su vida.

Llegó al edificio en el mismo momento en que sonaba la estridente alarma que marcaba la hora de salida.

Aquel círculo amistoso a las cinco de la tarde se desunía por las circunstancias de forma tajante. Ahora cada una de ellas tomaba caminos diferentes, que concurrían por suelo adoquinado.

Berta, porque debía hacer la compra para poder preparar la cena más tarde; María, porque acompañaba a su hijo a la academia de música; Estefanía, porque había castigado a su hija mayor por no se sabía qué impertinencia; y Alba, porque su marido la esperaba en casa.

Todas menos Selma y Duna. Selma esperaba tener aquel momento a solas con su hermana, con ella no tenía secretos y necesitaba hablarle de Berta.

—Duna, ¿vamos con los niños al parque?

—Sí. He traído merienda y una pelota por si quieren jugar a fútbol un rato.

—¡Perfecto! —Le contestó su hermana contenta de saber que podrían pasar un buen rato los cuatro.

Selma esperó a que su sobrino Pau y su hija estuvieran inmersos en sus juegos para contarle a su hermana aquello que le había estado rondando por la cabeza aquella tarde.

—Duna, ¿has notado algo raro en Berta?

—Algo raro, ¿cómo qué?

—Si la has visto preocupada.

—Bueno, ahora que lo dices estaba algo seria, pero no le he dado mayor importancia. ¿Por qué me lo preguntas?

—Esta tarde, al salir de la cafetería me ha revelado que este verano no ha sido nada bueno para ella y que quería hablar conmigo.

—¿No te ha dicho nada más?

—No, he percibido que no quería que las demás lo supieran y ha sido muy breve.

—Intenta encontrar el momento para hablar con ella, seguramente lo necesite —le aconsejó Duna convencida.

—Sí, no te preocupes, lo haré.

Después de una tarde larga y entretenida, las dos hermanas se despidieron y volaron a su hogar abordando la noche y preparándose para arrancar con un nuevo día.

• • • •

II

Selma se miró al espejo antes de disponerse a salir del piso, con la punta de los dedos intentó estirarse sin éxito unas acusadas ojeras; se dijo que mejor sería no permanecer hasta altas horas de la noche escribiendo delante del ordenador. Trabajaba para una conocida editorial. Mensualmente le encargaban algún tema relacionado con la actualidad y muchas noches se las pasaba tanteando sobre el teclado.

De las ojeras pasó al cabello, intentó arreglarlo colocando las puntas por detrás de las orejas. «Demasiado corto esta vez», pensó. Al principio del verano quiso cortarse el pelo, y ahora éste se atrevía a despuntar desordenadamente.

—Al estilo chico —le dijo su peluquera—. Te realzará los ojos y los pómulos. Estarás muy guapa con esas facciones tan marcadas que tu cara descubre.

Ella no entendía de estilismo, pero le gustaba la comodidad y con aquel corte la había encontrado.

Deslizó la mirada hasta encontrarse con un inoportuno michelín rodeándole la cintura.

—Vaya, este verano me he pasado un poquito con la alimentación.

—¿Qué dices, mamá? —le preguntó su hija.

—Nada, que este vaquero me aprieta un poco.

Hizo un repaso a su torso. Aquella camiseta escotada no le quedaba nada mal, el llamativo amarillo le daba un toque divertido, algo que comenzaba a necesitar estando a punto de alcanzar los cuarenta.

La verdad que poco le importaba mostrarse guapa ante el mundo, pero sin ser consciente irradiaba cierta belleza que emergía de su interior, manifestándose en su aspecto de una forma especialmente atractiva.

La que si había sobrepasado aquella edad era Berta. Recién cumplidos los cuarenta y dos años estaba estupenda, pero ella no lo reconocía. El verano se los pasaba con vestidos anchos intentando disimular sus contornos. Ignoraba que así volvía más interesantes sus bonitas formas, pero era una mujer acomplejada y siempre intentaba disimular aquello que ella creía inequívocamente. Aquel día para salir al mundo, había elegido un pantalón tejano y una enorme camiseta, que se excedía en un par de tallas.

Decidió recoger su rizado cabello, marcado con naturales reflejos de color caoba, dejando caer involuntariamente un tirabuzón sobre el rostro, lo que daba un toque sensual y juguetón a su apariencia, sin que ella lo intencionara tan siquiera con el pensamiento. Con una barra de labios carmesí quiso darse un poco de color en los labios.

—Demasiado atrevida —dijo en voz alta.

—¿Me has dicho algo, mami? —le preguntó Judith.

—No, hija, bueno, sí, debemos salir deprisa o llegaremos tarde al colegio. Ayúdame a terminar de vestir a los peques.

Antes de salir se pasó un kleenex por los labios, borrando aquel rojo imprudente, o así lo hubiera ella encasillado dentro de la gama de tonalidades si hubiera tenido que darle adjetivo a aquel color.

Las agujas del reloj marcaban las nueve en punto, la última fila de niños desaparecía a través de la puerta acristalada de entrada.

Selma se acercó a Berta, pero ésta hablaba con el personal de la escuela sobre las actividades extraescolares. Tenía prisa, así que tuvo que posponer aquella charla con su amiga y se despidió de ella con un gesto de afecto. Berta fue consciente entonces de que su amiga estaba pendiente de ella.

—Adiós, tengo que ir a trabajar unas horas. Nos vemos por la tarde.

—Está bien, luego nos vemos —le contestó Berta con aquella sonrisa bondadosa que la caracterizaba.

Berta había llegado a aquel barrio hacía más de un año. Ella y su marido eran padres de dos niños gemelos y una niña dos años mayor que ellos. Los primeros meses Berta había pasado casi desapercibida para Selma y sus amigas. Solo se encontraban con ella en la puerta del colegio. Trabajaba durante el horario escolar en una empresa de cosméticos cercana a la escuela, lo que le permitía poder hacerse cargo de los niños a partir de las cinco de la tarde. Su marido pasaba todo el día fuera de casa por cuestiones laborales, y los fines de semana también solía estar atado al trabajo. Era habitual verla a ella sola con los niños de aquí para allá, en los festivales de la escuela, paseando por el barrio, de compras o en cualquier otro sitio.

La empresa en la que trabajaba tuvo que reducir personal, y aunque ella fue afortunada y pudo mantener su puesto, le redujeron la jornada laboral conservando únicamente las mañanas.

Aquella circunstancia permitió que Berta dispusiera de más tiempo libre.

Selma apreciaba aquella manera de funcionar de Berta en relación con sus hijos, siempre pendiente y al lado de ellos. Poquito a poco se fue acercando a aquella mujer introvertida, con la intención de conocerla un poco más. Comenzaron a tratarse comentando algunas cosas vinculadas a la escuela, o hablando sobre temas que hacían referencia a los hijos. Dedicaban pocos minutos a esas conversaciones, ya que Berta siempre tenía un pastel por hacer o ropa que planchar. Pero empezaron a relacionarse lo suficiente como para comenzar a entrelazar una amistad.

Después de ese cruce de palabras, Selma se encontró con su hermana que solía esperarla en la cafetería. Las dos siempre tenían algo que contarse, siempre tenían algo de qué reír. Aquel bar siempre las acogía, a ellas y a las otras madres que acudían con un mismo motivo, el de compartir sus mundos, el de mostrar sus inquietudes, el de disfrutar de la compañía de otras personas. Aquella mesa que comenzaron ocupando meses atrás las dos hermanas, fue creciendo conforme fueron llegando las demás, Berta entre ellas.

Volvían a sentarse en su segundo día de encuentro, los primeros días ninguna faltaría a su cita, tenían mucho que confesarse. El verano había sido muy largo y no lo habían pasado fuera del barrio en su totalidad. Algún día se habían encontrado en la piscina municipal, aprovechando para que los peques disfrutaran entre juegos acuáticos, mientras ellas reían y comentaban con disimulo la forma de impartir las clases de natación del nuevo monitor, un chico joven y guapo hasta tal extremo que se habían atrevido a preguntarle, con un poco de guasa, si impartía clases para adultos, pensando en ellas, claro. También se habían encontrado en alguna reunión familiar, o haciendo la compra, pero apenas habían coincidido ellas solas.

Ahora sentían que tenían que recuperar aquel tiempo que les parecía perdido.

—¿Habéis visto al nuevo profesor de educación física? —preguntó Estefanía con un pícaro tono de voz.

—Vaya que si lo he visto —contestó Duna entre risas.

—Pero, chicas, ¿me estoy perdiendo algo? —preguntó Selma permitiéndose participar en la broma.

—No es para tanto, un cachita más —dijo María queriendo restar importancia.

—Según como sea de cachitas, María, no tenemos uno cada día en la puerta del colegio, ¿eh? —dijo Selma a la vez que le daba un suave codazo a Berta—. Tú qué opinas, ¿lo has visto?

—Bueno, sí —dijo Berta con timidez.

—¿Y cuál es tu opinión?, ¡venga dime!, ¡qué parece que soy la única que no lo ha visto! —comentó Selma riendo.

Realmente a Selma le importaban poco los músculos del nuevo profesor de gimnasia, pero ahí tenían un tema que les llenaría la tarde de risas. Volvieron a recordar al monitor de la piscina estival, echando de menos ya su inevitable ausencia; tendrían que esperar un añito más para volver a verlo dentro del agua clorada y bajo los rayos del sol, que tornaban día tras día su piel más morena. Entre bromitas pasaron prácticamente una hora, haciendo comparaciones entre profesores y emparejando imaginariamente a unos con otros.

Selma dedujo que el asunto de Berta era más importante de lo que creía. Sus risas parecían forzadas y, antes de que el grupo se despidiera, se marchó diciendo que esperaba una llamada.

Otra vez Selma se quedó sin tener un instante a solas con ella.

Lo que quedaba de día la mantuvo un poco distraída con sus quehaceres, lo cual le ayudó a olvidarse momentáneamente de su amiga.

El sol fue bajando hasta desaparecer por el horizonte, invitando a que la noche cayera desplegada sobre el globo terráqueo, mostrando su manto estrellado de manera espectacular.

Acababa de meterse en la cama cuando sonó el timbre del teléfono.

Era un poco tarde, así que saltó de un bote extrañada y descolgó el auricular con cierta preocupación.

—¿Diga?

—Hola, Selma, perdona que te llame tan tarde.

—No te preocupes, todavía estaba despierta, ya sabes que soy un pelín nocturna. ¿Está todo bien? —se atrevió a preguntar casi en un susurro.

—No, no soporto más esta situación. —Berta no pudo contener el llanto atropellando sus palabras.

—¿Quieres que nos veamos ahora? Puedes venir a casa.

—Ahora no puedo —le contestó un poco recuperada—. Mañana me he pedido el día libre en el trabajo, ¿podríamos vernos por la mañana, después de dejar a los niños en el colegio?

—Por supuesto, mañana tengo el día bastante desocupado.

—Te pido discreción, de momento no quiero hablarlo con nadie más.

—No te preocupes, seré prudente —le aseguró Selma.

No se dijeron nada más a través del hilo telefónico aquella noche.

La conversación con su amiga le quitó el sueño, estuvo dando vueltas absurdamente en la cama hasta que decidió levantarse y prepararse una infusión. Prendió el ordenador y continuó elaborando el último artículo en el que estaba trabajando, «Una vida más sana con una dieta vegetariana». Finalmente el sueño apareció, lo que agradeció enormemente. Volvió a meterse en la cama y se durmió pensando en su amiga.

A las nueve y pocos minutos, Berta y Selma entraban por la puerta de la cafetería.

—¿Hoy de mañana, chicas? —les preguntó extrañado el dueño y camarero del establecimiento.

—Sí, Rubén, hoy necesitamos de tu cafeína para emprender el día —le respondió Selma risueña

—Pues hoy os sirvo dos tazas —le contestó bromeando el camarero.

Aquel hombre les resultaba muy agradable, siempre contento y dispuesto a la broma. A sus cincuenta años mantenía una apariencia muy jovial, y su informal modo de vestir, acompañado de unos gestos un tanto agraciados, contribuía a que su aspecto resultase atractivo.

Aun y así, Selma hubiese preferido que tuviera unos diez años menos, para poder ver en aquel hombre una posible historia amorosa. Desde que se había separado había tenido varios pretendientes intentando comenzar un romance con ella. No es que fuese extremadamente selectiva, pero en cuatro años solo le habían llegado hombres casados, hombres más mayores que ella o chicos demasiado jóvenes. Claro, de todos ellos prefería a los jóvenes, pero no iba a perder el tiempo con historias fugaces, así que si alguna vez había tenido algún bonito encuentro con algún chico, no era más que una historia pasajera, que ni el propio recuerdo osaba mantenerla presente.

Rubén había intentado en varias ocasiones atraer la atención de Selma, invitándola a bailar, a cenar o a cualquier otra cosa que a ella pudiera interesarle. Él se esforzaba sabiendo que aquella mujer de sencillos gestos seductores nunca se fijaría en él, pero se conformaba con tenerla entre sus amistades.

—Dos tacitas del más rico café, lo he acompañado de dos chocolatinas, a ver si os endulzáis la mañana, que parecéis un poco sositas hoy.

Por la cara que puso Berta supo que aquel detalle no había estado muy acertado, y optó por no decir nada más; se resguardó detrás de la barra, por lo menos hasta que el efecto de aquel comentario se desvaneciese.

—Berta, me tienes muy preocupada, por favor, dime qué te pasa.

Selma no podía aguantar un minuto más sin saber qué le estaba ocurriendo a su amiga.

—Seré breve, Josep me está engañando. —Berta no pudo contener una mueca de dolor al pronunciar aquellas palabras.

—Explícate, ¿a qué te refieres cuando dices que te engaña?

—Que Josep tiene una amante, simplemente eso —dijo mientras se mordía con fuerza el labio inferior.

Selma cogió la mano de su amiga a la vez que ésta rompía en un disimulado llanto.

De repente se quedó sin palabras y sin saber qué decirle. Pasados unos larguísimos segundos —que hasta al reloj que había plantado en una de las paredes del bar le parecieron eternos—, Selma se atrevió a preguntar:

—¿Estás segura de lo que me estás diciendo?

—Sí, completamente segura. Hace tiempo que sospechaba y este verano las pruebas han sido evidentes para mí.

—¿Y sabes con quién te engaña?

—Sí, con un putón de su trabajo. Vaya, lo siento —dijo al momento—, no quiero perder la compostura, pero estoy desquiciada con el tema y con esta historia estoy sacando lo peor de mí.

—No tienes que disculparte, es totalmente comprensible que pierdas los papeles si es cierto lo que me dices.

—Totalmente cierto, si hasta ella ha venido a confesarse, sin importarle mis sentimientos, ni tan siquiera debe perturbarle que Josep y yo tengamos tres hijos en común.

Otra vez aquel delicado llanto cargado de rabia interrumpió la revelación de Berta.

—Y Josep, ¿lo ha reconocido?

—Sí, de hecho antes del verano nuestra relación tuvo una crisis, entonces Josep ya me planteaba la separación.

—Así, ¡de repente!

—Bueno, no. Hace tiempo que no estamos bien, ya sabes, el ritmo del trabajo, los críos, muchas cosas determinaron que no tuviéramos tiempo para dedicarnos a nosotros y caímos inevitablemente en una monótona y detestable rutina. Cuando me di cuenta y quise mejorar la situación, él ya estaba sumergido en un mundo separado al mío. No me esforcé lo suficiente, supongo, y lo dejé perder. Sí que vi crecer sus escapadas, pero pensaba que era simplemente una necesidad de evitar la rutina diaria, perdiéndose en aquello que le llenaba, su trabajo. Pero nunca pensé que detrás se escondiese la infidelidad.

—¿Cuánto tiempo crees que ha estado engañándote? —Selma no pudo evitar un tono severo.

—Sospecho que más de un año.

—¡Menudo sinvergüenza! Ay, lo siento, no he podido evitarlo.

—No te preocupes, en estos momentos yo misma le guardo mucho rencor. Me siento engañada, utilizada, nunca me había sentido tan frustrada. —Hizo una pequeña pausa—. Y lo peor de todo es que me había hablado en infinidad de ocasiones de ella, y yo sin sospechar nada.

—¿Qué sabes de la tipa?

—Sé poco, recuerdo que cuando me hablaba de ella, me decía que era una mujer a la que le gustaba flirtear con los diferentes cargos que ejercían en la empresa, que utilizaba sus dotes femeninas para beneficiarse de favores. Aquello a él parecía molestarle, yo creía entonces que era por ética personal y de empresa, ahora sé que eran celos. También he sabido por otra persona cercana a ellos dos, que esa mujer buscaba desesperadamente a alguien que la salvase de su anterior relación, al parecer un caos, buscaba a alguien con una buena posición económica que pudiera cambiarle su aburrida vida. Se ve que en la empresa comentaban que el primer tonto que se dejase engatusar sería su víctima. Además, ella había asumido el papel de mártir dentro de la empresa, intentando causar compasión, para provocar así el acercamiento de la parte masculina empresarial. Eso también provocó desavenencias con otras compañeras, que no aprobaban su actitud y a toda costa la querían ver fuera. En estos momentos se encuentra en una batalla legal, porque finalmente la han despedido del trabajo, pero ya ha encontrado a alguien que la mantenga.

—Y, fíjate, al final es el tonto de Josep —dijo Selma con cierto cabreo—. Hay mucha listas sueltas y malas personas.

Una voz conocida las arrancó de aquella conversación amarga.

—¿Qué tal, chicas? ¿Cómo habéis osado pasaros de mañana por la cafetería sin haberme avisado? ¿Comenzáis el curso sin contar conmigo? —Estefanía pronunció aquellas palabras entre risas, pero Selma apreció una leve ironía que no reconocía por primera vez.

Estefanía era una chica ecuatoriana, estaba casada con un español hacía más de diez años. Se conocieron en su país de origen cuando éste realizaba un viaje de negocios. Alfredo era dieciséis años mayor que Estefanía, y ella siempre decía que aquella presencia elegante, sus buenas formas y una selecta predilección por los buenos restaurantes la habían enamorado. Sus amigas siempre se burlaban de ella sin segundas intenciones, diciéndole que a ella le había enamorado su bolsillo, a lo que ella contestaba en tono burlón que el día que su bolsillo se arrugase tanto como su piel lo cambiaría por un mozuelo con bolsillos llenos o sin ellos.

Nunca tenían en cuenta sus palabras, sabían que ella quería con locura a su marido y que no lo cambiaría nunca por ningún hombre más joven ni más rico, o eso querían creer ellas.

Estefanía fue diplomática y, al percatarse que algo no estaba bien en aquella mesa, dijo sin vacilación:

—Chicas, os dejo con vuestra conversación. Nos vemos después.

—Siéntate con nosotras —dijo Berta poco convencida.

—No, te lo agradezco, pero tengo que comprar unas cosas para el guiso de hoy. —Hizo una pausa antes de continuar—. Selma, no te olvides que en dos semanas tenemos aquella salida pendiente.

—Tranquila, que cuando se trata de salir a bailar no hay nada que me lo haga olvidar.

—¡Perfecto! Ves planteándotelo, Berta, y te apuntas también, tendríamos que decirle a las demás a ver si se animan.

—Sí, esta tarde lo hablamos, anda ve a por la compra que tus niños se quedan sin comida —le dijo Selma medio en broma.

—Sí, ya capto, ya me voy.

Se acercó a Rubén y le dio un besito en la mejilla de despedida como solía hacer con él, el hombre a cambio le dedicó una palabra bonita, que Estefanía parecía que necesitaba escuchar.

Ella no era una mujer atractiva, pero solía utilizar su gracia escondida para agradar a la gente, sobre todo a los varones.

Aunque intentaba mostrarse alegre cuando se encontraba acompañada de sus amigas, evidenciaba ser infeliz en su matrimonio. Solía estar malhumorada los primeros minutos de su encuentro con ellas, siempre tenía palabras de crítica hacia su esposo y necesitaba trasmitir su cólera reprimida, pero una vez descargada su furia, reía y disfrutada de la velada como si todo marchase sobre ruedas en su vida matrimonial.

—No me da aquello que yo necesito —solía decir después de excederse con sus ataques refiriéndose al padre de sus hijos.

Aquellas palabras eran una forma de excusarse ante el desprecio que expresaba cuando hablaba de Alfredo.

Hablaba con dureza cuando se refería a los defectos de su esposo, pero sus amigas no le hacían mucho caso, ya que los largos años de matrimonio daban fe de que alguna cosa debía funcionar bien entre ellos.

Estefanía salió del bar con un insinuado toque de caderas, sabiendo que el camarero y algún cliente estarían acompañando su salida con la mirada.

—Es una mujer que gana mucho de espaldas —dijo uno de los obreros que solía frecuentar la cafetería a la hora del almuerzo.

—Sí, no están mal sus glúteos, un poquito exagerados, pero están de buen ver. Si no fuera por la dureza de las facciones de su cara y esa mandíbula prominente, podría hacerle un pequeño favor.

—¡Chicos, un poquito de respeto! —cortó Rubén, considerando que aquel repaso óptico cargado de crítica se excedía como para permitirlo dentro de su negocio y en su presencia.

Aquellos trabajadores continuaron con las críticas y las descalificaciones, entre risas y bajo un tono disimulado para que nadie volviera a llamarles la atención.

Sus dos amigas estaban tan sumergidas en la historia del desengaño, que ni la habían visto salir ni habían oído aquellas palabras tan descorteses.

—Selma, creo que tendremos que posponer esta conversación, no estamos en el lugar adecuado.

—Está bien, Berta, cuando te parezca bien pásate por casa y lo hablamos con tranquilidad. Mientras prométeme que intentarás llevar el asunto con serenidad.

—Me resulta casi imposible, pero debo hacerlo por los críos.

—Y por ti misma, no te olvides de eso —le recomendó Selma al mismo tiempo que se levantaba y abrazaba a su amiga.

—No sé qué voy a hacer, no me imagino la vida sin él. —Berta se dejó vencer otra vez por un llanto incontrolado.

Rubén fue testigo de aquel abrazo, llegó a sentir la tristeza de aquella mujer abatida y hubiera querido formar parte del apoyo moral que estaba recibiendo, pero se mantuvo totalmente al margen. No era oportuno acercarse en ese momento, así que desde la barra vio cómo aquellas mujeres salían del establecimiento con gran desánimo.

• • • •

III

Se hallaban ante un rico café humeante, que les re- cordaba que se encontraban en su reunión de las tres. María fue la primera en hablar refiriéndose a Berta.

—¿Dónde está nuestra amiga ausente?

—Ha dejado a los niños y se ha ido a toda prisa para casa, no tenía muy buena cara. Algo debe sucederle, he podido intuirlo esta mañana mientras hablaba con Selma.

Miró a su amiga al pronunciar su nombre como esperando a que ésta explicase lo que sabía.

—Pues así es, Berta no se encontraba muy bien hoy.

—Pero es evidente que algo serio le pasa —insistió Estefanía aguardando una respuesta.

—Pues que le ha venido la regla, ya sabes que ella se afecta mucho cuando está dentro de ese ciclo.

Sabía que aquello no iba a convencer a Estefanía, pero era una forma de decir claramente que no explicaría nada de lo que Berta le había confesado. Duna, que estaba al corriente, cambió de tema para ayudar a que su hermana no se sintiera obligada a ser más tajante con el asunto.

—Bueno, me han dicho que se está planeando una salida, ¿de qué se trata? —preguntó Duna frotándose las manos.

—He estado hablando con Selma para celebrar la vuelta al cole, ¿qué os parece una cenita y luego una sesión de baile? —propuso Estefanía, incómoda al saber que la forzaban a cambiar de tema.

—Cuántas ganas tengo de salir, me he pasado el verano con Líam. Mis padres han estado muy ocupados con el negocio y he tenido poca ayuda por parte de ellos, ha sido un verano de lo más estresado, trabajando y sin tiempo para poder hacer cosas con el niño —explicó María de carrerilla. Tras una leve pausa continuó—: Decidme el día y me apunto encantada, hablaré con mis padres para que se queden con su nieto.

María era madre soltera y la más joven del grupo con sus treinta y un años; tuvo a Líam con veintitrés. Justo después del nacimiento, María se fue a vivir con sus padres, junto a su bebé y el padre del niño. Teniendo su hijo apenas un añito, el padre de la criatura se marchó de casa abandonándolos a los dos, nunca más se supo ni de él ni de su paradero.

María nunca hablaba sobre el padre de su hijo ni del abandono, solo solía referirse al embarazo y al parto. Hablaba del cambio hormonal que su cuerpo había sufrido tras la maternidad, pasando de una extrema delgadez a una obesidad mórbida. Reconocía no sentirse a gusto consigo misma: había probado mil y una dietas, había comprado todos los productos milagrosos adelgazantes que ofrecía el mercado y hacía deporte siempre que el buen ánimo se lo permitía. También se había atrevido a confiar en los médicos, que le hicieron montones de pruebas sin resultado alguno.

A pesar de todos sus esfuerzos, seguía aumentando de talla conforme iban pasando los años.

—Selma y yo habíamos pensado salir el último fin de semana de este mes —explicó Estefanía.

—No tendré problemas en salir, Iria estará con su padre.

—Para entonces ya habré puesto sobre aviso a mis padres —dijo María.

—Yo hablaré con mi amorcito, no creo que me ponga ningún inconveniente por tener que quedarse con René y Alfonso. —Su cara mostraba cierta picardía—. Tú, Duna, ¿no tendrás ningún problema, verdad?

—Creo que no, miraré mi agenda, pero casi estoy segura que no tengo ningún bolo.

—Sintiéndolo mucho, yo no podré salir con vosotras. Ya sabéis que a Diego no le hace mucha gracia que salga por la noche —se justificó Alba.

—Por eso mismo —apuntó Estefanía—. Se tendría que ir acostumbrando, este comienzo de curso sería un buen motivo para que tú salieras y para que él empezara a consentirlo.

—Sabes que tampoco es mi pasión salir a bailar, con estos cafecitos de media tarde ya me conformo.

—Chicas, voy a tener que hacer una llamada para poderos confirmar.

Duna salió del local para poder hablar sin interrupciones.

—Esta tía cada día está más bombón. Pero ¿qué es lo que come tu hermana? —preguntó María con un retintín forzado.

—Creo que mucha lechuga.

Las risas de aquellas chicas inundaron el bar por unos segundos.

—Desde luego que tiene que haber truco, cada vez parece más joven. Mira esa faldita que lleva, yo necesitaría el triple de ropa que ella usa en una semana para vestirme un día.

—Anda, exagerada —le recriminó Estefanía.

—Pero habéis visto esas piernas, tan largas y tan bien formadas, esa cinturita que parece que alguien se la dibuja todos los días antes de salir de casa. ¿Y qué me decís de su piel? Ni una mancha ni una arruga, ni nada de nada que esté fuera de lugar.

—Jolín, María, pídetela para reyes —le dijo Estefanía riendo—. Si hasta parece que te hayas enamorado.

Duna adivinó que hablaban de ella porque todas la miraban riendo mientras entraba. No era una chica engreída, pero sí era un tanto presumida. Le encantaba vestir a la moda y siempre iba de lo más conjuntada. A veces hasta las horquillas del cabello le hacían juego con el color de los zapatos o de la bufanda, o bien las piedras del colgante eran las mismas que las de los pendientes. Nunca llevaba un detalle irregular, incluso la forma de maquillarse era de lo más perfecta y elegante.

Solía estar en las conversaciones dentro de aquel grupo e incluso fuera de él. Era de aquellas mujeres deslumbrantes que provocan murmuraciones a su paso, las miradas de los más atrevidos no se dejaban ningún detalle corporal por examinar, despertaba envidia en ciertas mujeres codiciosas, que entre otras cosas deseaban tener aquella eterna juventud que ella parecía haber pactado con el diablo. Cuando le preguntaban cuál era el secreto, ella solía responder que la meditación y el chi kung proporcionaban a cualquier persona equilibrio entre cuerpo, mente y espíritu, y que aquellas prácticas favorecían tener una piel sana porque se le permitía respirar; una buena silueta porque el cuerpo danzaba en armonía por el camino de la vida; y un buen intelecto al oxigenar continuamente todas las células corporales, logrando a su vez paz interior. Sin olvidarse de una dieta vegana, por supuesto.

—Chicas, ¿a qué vienen esas sonrisitas? —preguntó Duna intrigada.

—Nada, que todas queremos ser tú de mayores —respondió Estefanía propinándole un pellizco en el trasero.

—No tengo nada para el fin de semana del que habláis —las informó mientras le daba un manotazo a Estefanía—, y tengo noticias de última hora, el estreno de mi obra será a principios del año que viene, ya os pasaré el tríptico informativo y os vais reservando la fecha. Seguramente pueda tener para vosotras pases gratuitos.

—¡Qué bien! ¡Iremos al estreno! Yo te confirmo mi asistencia ya —aseguró María con la felicidad en el rostro.

—¡Cuántas ganas tenía de volver a verte actuar! A esta salida sí que iré con Diego y el peque.

—Bueno, centrémonos en el fin de semana de este mes y decidamos dónde ir a bailar y a cenar. Ya hablaremos del teatro, que aún hay tiempo. ¡Tú qué dices!, ¿te apuntas? —le preguntó Estefanía a Rubén sabiendo que éste estaba siguiendo toda la conversación.

—Ya sabes que trabajo y ceno aquí, en la cafetería, sobre todo los sábados; si fuera entre semana aún podría escaparme.

—Pero después puedes unirte a nosotras y tomarte unas copas —insistió Estefanía.

—¡Uy, no! No creo que me atreva a salir con vosotras.

—¿Que acaso nos temes? —continuó Estefanía.

—Pues a ti un poquito, la verdad.

Ya estaba Estefanía acercándose al camarero con aquella actitud vanidosa. Con un jugueteo de pestañas y humedeciéndose los labios, le dijo:

—Pues no sé por qué. Yo te daría de todo menos miedo.

María no pudo evitar oírla y soltó una carcajada que hizo que todo el bar se girase a mirarla sin entender el porqué de aquella risotada.

—Anda, Estefanía, deja tranquilo al camarerito, que después se nos pone nervioso y nos sirve el café aguado.

—No te preocupes, María, no lo pondré más nervioso de lo que él no quiera.

María pareció sentirse un poco incómoda, siempre había reconocido que aquel hombre le gustaba, que le recordaba a un antiguo amor. Solamente ella sabía que en la soledad de sus noches, aquel hombre le llenaba algo más que el recuerdo. Nunca le hubiera confesado a sus amigas que, pensando en él bajo las sábanas, con sus propias caricias, había llegado a sentir mucho más de lo que le hubieran hecho sentir sus amantes en una noche supuestamente llena de placer.

María llegó a hablar de tres historias después de ser plantada por el padre de su hijo, todos fueron noviazgos cortos y ella siempre había sido la abandonada en sus relaciones amorosas. El último hombre le recriminaba no ser nada cariñosa ni romántica.

—A estas alturas está una como para jugar a romanticismos —explicaba ella con rencor cuando hablaba de sus exnovios. Desde luego que sus amigas le recriminaban sus palabras.

—El amor no tiene edad —le decía una.

—No seas tan rígida, chica, el día que encuentres al hombre de tu vida serás de lo más cariñosa y mimosa de lo que puedas imaginarte —añadía otra.

—No te preocupes, María, sabes que este hombre no es mi prototipo —le aseguró Estefanía al oído al acercarse a la mesa.

—¡Qué prototipo ni qué ocho cuartos! Deja un poquito para las demás, tu proto hombre te aguarda en casa —le contestó María riendo entre dientes.

—¡Ay, amiga, no te enfades conmigo! Si de sobras sabes que me gustan más jóvenes.

—Sí, ya se nota. ¿Cuántos años mayor que tú es tu marido? Venga, confiesa —dijo María dando un golpe en la mesa y riendo con la intención de quitar fuerza al golpetazo.

—Yo, como Selma, a mí que me lleguen jovencitos. A mis treinta y ocho ya me cambiaron los gustos.

—¡Ya estamos que si la abuela fuma! Como podéis ver, unas cardan la lana y otras se llevan la fama, luego diréis que no habéis sido testigos —declaró Selma en el mismo momento en que sacaba el móvil del bolso—. Disculpadme, chicas, me llaman.

Selma salió a la calle y descolgó el teléfono. Se sintió abatida al oír las palabras de Berta. Ésta le anunciaba que se marchaba con los niños unos días a casa de sus padres.