5,99 €
El café de las tres nos aproximó a un mundo sensual en el que las protagonistas desplegaban sus artimañas y nos deleitaban con momentos de puro erotismo. Con este segundo volumen de la saga, El té de medianoche, nos llega una historia cargada de conspiración, donde las páginas quedan salpicadas por el pasado oscuro de alguno de sus personajes. El odio, la codicia y la lujuria se entrelazan en una novela negra sin dejar de lado el erotismo, que le gana la batalla a lo sensual y sobrepasa la delicada línea de lo prohibido. Las problemáticas sociales, como el acoso escolar, saltan de un capítulo a otro alimentando la intriga. El lector se inquietará al encontrarse cara a cara con la desafortunada vida de un terrorista internacional y se impacientará descubriendo los pasos de María, que decide introducirse en una aventura de sexo turbio, peligroso y desenfrenado.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2017
Lola Salmerón
El té de medianoche
Título original: El té de medianoche
Edición en formato digital: febrero de 2017
© Lola Salmerón Galí
© Edición electrónica: Petit Camagroc S.L.U., 2017
© Diseño de la cubierta: Underthecoconut ([email protected])
© Fotografía de la portada: Mireia Ortega Serrano (mireiaortegafotografia.com)
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.
ISBN: 978-84-946785-3-0
www.loslibrosdelola.es
Tiempo de sosiego y felicidad.
Ilusión compartida, señalada en el calendario de nuestras vidas.
Existencia colmada de amor.
Un solo nombre, una persona, que adquiere protagonismo en mi vida y en la dedicatoria de este libro.
Albert
¿Cuánto tiempo se puede guardar un secreto? Un secreto, convertido en una mentira.
Una mentira capaz de destruir toda una vida.
Te enamoras. Forjas los cimientos del presente, en alas de promesas al futuro. Palabras escritas en amor, de nombre Hugo. Regalo de paternidad.
Piel tatuada de alegría, felicidad, junto a tu madre, tu marido, el mayor de los tesoros, tu hijo.
¿Realmente conoces a la persona que un día te robó el corazón?
Solo sabes de él su profesión, enólogo.
El resto de su vida son mentiras guardadas durante años. Un día afloran a la superficie en arenas movedizas, destruyen los pilares del cariño, el respeto, la sinceridad. Despiertas en medio de un caos emocional, un pandemonio inconexo de confesiones imposibles de aceptar, una ilógica verdad, revelación de un oscuro pasado que regresa, dueño del tiempo, el espacio, dos vidas, un destino, completamente destruido.
El mundo a tu alrededor deja de existir. A cámara oculta, la secuencia de cada palabra en cuerpo de confesión ha sido la losa pesada desde que te conoció. Años en falsedad de comunicación, un día te revela la explicación a un engaño, imposible de aceptar. Mareada, sientes arcadas desde la boca del estómago hasta la garganta, quieres morirte y desaparecer…
¿Qué precio tiene el perdón? Sí. Es mi vida. La vida de Selma.
En aquel Café de las Tres nos habíamos reunido varias de nosotras. Encuentros estancados en el libro de la historia. Un espacio de compartir amistad y, a la vez, desengaño, venganza. Con el tiempo, el Café de las Tres nos marcó a todas.
El odio aún permanece después de dos años por culpa del desengaño. Un día fuimos amigas, hoy rivales. Siempre en aires de soberbia, perfección. Los mejores polvos, la aventura sexual más atrevida, líos de cama, romances pasajeros, le daba igual a quien tirarse.
Jamás le perdonaría enrollarse con Rubén por solo satisfacer su placer carnal, en esencia animal y vacía de sentimientos. Hubiera preferido su muerte antes que la de Estefanía. Sí. Rubén, un muñeco en brazos de Selma. ¿Qué clase de amiga era?
¿Cuánto duele sentirse inferior? Ignorada.
¿Puede el dolor hacerte cambiar y convertirte en una mujer malvada? Dejar de sentir amor y buscar en los hombres aquello que un día te robaron. Convertirte en una máquina del sexo, al límite de la violencia, el deseo en cualquiera de sus formas, con hombres, mujeres. Libre de ataduras en salvaje lujuria de una potra desbocada. Su moral se resumía en saborear la libido, en explosión de la carne, medida en centímetros de una noche, sola o en compañía, devorar sin desenfreno al amante sin rostro, en medio de una orgia de éxtasis.
Con un físico de curvas de infarto, tus pasos en la vida crecen en arrogante autoestima y no te importa en absoluto. Mi nombre, María. Y sí, odio profundamente a Selma.
¿Qué precio tiene el suicidio? ¿Valor? ¿Cobardía?
Estefanía decidió quitarse la vida. Su último recuerdo, impotente, ver cerrar su ataúd, en un negro agujero, profundo, olvidado. Allí estaba Alba, en el arrepentimiento de volver al Café de las Tres, en una cita con María. No había cambiado en absoluto, después de varios minutos de escuchar rencores, se levantó ofendida y la dejó plantada. Era la misma persona, incapaz de perdonar.
¿Cuánto cuesta aceptar la verdad?
La verdad de seguir atraída por tu marido, desear saber sin cercanía. Preguntar a la película del futuro cómo hubiera sido tu vida al lado de Rubén. Su hermana podía entenderlo. Siempre había sido una persona honesta.
Qué injusta es la senda que elegimos en caminos de decepción. Y sin embargo, existen situaciones peores, perversas. Emocionales al tratar con niños, en acoso escolar.
¿Has sentido alguna vez miedo?
Un miedo extremo por tus hijos, tu supervivencia. Imaginar que vas a morir en décimas de segundo y con una sola idea en tu cabeza, huir, escapar. Descubrir a una víctima, como tú, el resultado de nacer en un mundo de locos, en un país en guerra por culpa de los gobernantes. En el enriquecimiento de unos pocos a cambio de millones de vidas.
Olvidan los derechos humanos, el respeto en el estado de bienestar de las personas y solo contemplas, en la mirada de un niño, la esclavitud.
Hombres, mujeres, destinos cruzados, vidas ocultas, pasado terrorista, futuro incierto. Sexo al límite de la supervivencia, más allá de la razón, impulsos incontrolados.
El té de medianoche, una novela donde los sentimientos nacen, crecen, en contraposición de incertidumbres. Siempre en libertad del amor.
Angelique Pfitzner Escritora
María estaba convencida, quería ir a aquel lugar y experimentar, tenía que esperar a las cinco de la tarde para realizar aquella llamada. Quería sentir el sexo como una chica adolescente, con ganas de probar cosas nuevas, o mejor aún, como una mujer madura cansada de todo o aburrida por nada. Porque claro, un pendón como su ex amiga Selma, que había compartido intimidades con tantos hombres, tenía que estar muy por encima de otras mujeres en cuanto a experiencia en relaciones sexuales.
Nunca le perdonaría aquella jugarreta con Rubén, como si ella no hubiera tenido suficiente con sus romances amorosos. Siempre tenía una aventura sexual que contar, como queriendo restregar a las demás lo afortunada que era en el amor; bueno, en un amor libre y extraño, porque amor verdadero y perpetuo no lo había logrado en aquel tiempo de devaneos pasajeros.
Solo esos hombres que pasaban por su vida dándoselo todo a cambio de nada. ¿O no había sido así con el desgraciado de Rubén?, que al parecer estaba totalmente enamorado de ella.
Selma se lo tira unas cuantas veces y lo desecha como si fuera un clínex. Pero ya le estaba bien a aquel mamarracho. En ella no se había fijado, no le había prestado su atención, la había ignorado como quien ignora a un objeto inerte sin ningún valor, la había despreciado de una manera imperdonable, a ella, que le hubiera entregado todo su amor de forma intensa y desinteresada.
Ella sí que lo amaba, Selma no, esa furcia lo había utilizado para su propio interés, beneficiando y colmando su deseo sexual, sin importarle el daño que pudiese hacerle a él y sin calibrar lo que podía significar para ella aquella traición.
Ninguna de aquellas féminas, que tantos encuentros compartieron en aquel café de las tres, podía imaginarse el rencor que aquella mujer experimentaba por culpa de aquel desengaño. Ninguna podía tan siquiera sospechar que después de dos años continuaba odiando desmesuradamente a la que un día fue su amiga.
Desde entonces, Selma no supo más de ella. La única que le pasaba algún tipo de información era Alba, pero María se había desconectado de todo, se había apartado prácticamente del mundo. Así que, en doce meses, Selma no había sabido nada, absolutamente nada de aquella rencorosa mujer.
La vida de Selma se había tornado un camino de perfumadas rosas, todo estaba en orden, todo era bonito. El nacimiento de su hijo Hugo había traído luminosidad a la vida de aquella familia. No es que Selma se hubiera convertido en una persona egoísta, pero poco se acordaba de María, ella fue la que decidió, ella la que no quiso entender. Selma no sentía que tenía que disculparse, ni doblegarse ante ella. Sí que le supuso un mal trago, ojalá hubiera podido evitar todo aquello, pero nada fue intencionado, sucedió y no había más.
Vivía la vida tal cual le llegaba, no tenía por qué arrepentirse de nada. Además, Rubén nunca sintió atracción por María, él quiso estar con ella, nadie le obligó.
María escogió el camino del rencor, no fue capaz de perdonar, eso no le beneficiaba en absoluto, pero fue su decisión.
Ella para nada pensaba que su actitud y su comportamiento fueran equivocados.
Vivía todo el tiempo creyéndose la víctima de aquella historia, ahora tenía que vengarse, vengarse del mundo entero, porque siempre le habían fastidiado de una forma u otra, siempre la habían herido, comenzando por el padre de su hijo y acabando por quien había creído su amiga.
Ella no terminaría como Estefanía, no se dejaría derrotar, ni por ningún hombre ni por ninguna falsa amistad, nadie derribaría su fortaleza femenina y menos ahora.
Meses atrás se consideraba bastante inferior a las mujeres que la rodeaban. Siempre había vivido acomplejada, aquellos kilos de más la habían atormentado durante mucho tiempo, ahora se sentía guerrera, había conseguido vencer a su obesidad. ¡Cuánto le gustaría que Duna la viera! Ahora sería ésta quien la envidiaría a ella, y no al revés como siempre había sucedido. Había conseguido tener una esbelta figura, nadie diría que aquel cuerpo se había reducido tanto en volumen. No lo había logrado sin sacrificio, claro, mucho sudor le había costado. Aquella reducción de estómago, la dieta infernal y un ejercicio continuo le habían proporcionado lo que creía imposible e inalcanzable.
Qué lástima que aquello la hubiera convertido en una mujer perversa. Se sentía altanera ante el mundo y convencida de que era la mejor forma de actuar. Ningún hombre volvería a despreciarla, no perdería la cabeza como lo había hecho la desdichada de Estefanía, ella dominaría la situación, sería la protagonista de su vida, sería el centro de atención para muchos hombres.
Después de convertirse en una espectacular mujer, su siguiente y devastador propósito era aprovecharse de la parte masculina, no deseaba nada más que utilizarlos para su propio disfrute. En el pasado la habían despreciado e ignorado, ahora le tocaba a ella aquel papel.
Qué contenta estaba de haberse convertido en la mujer que ahora era, qué satisfecha se sentía. Demasiadas veces había practicado sexo a solas en su cama, cuántas veces se había masturbado para proporcionarse el placer que ningún hombre había estado dispuesto a darle. Llegó a acostumbrarse a eso, a sus dedos, a sus gemidos solitarios, al movimiento de sus propias manos contra su parte más íntima.
Llegó a conocer su vagina de forma meticulosa, se tocaba sin pudor, atreviéndose a lamer sus dedos después para saber qué sabor tenían los flujos de su entraña. No podía saborear la intimidad de ningún hombre, así fue durante muchos años. Se conformaba con probar la delicia de su sexo, porque así lo sentía, una dulce fruta madurada para ella.
Llegó a amar sus manos, a quererlas, a desearlas. Ningún hombre la penetraba de ningún modo, así que se acostumbró al movimiento de sus dedos, como si de un pintor se tratase, modelando y trazando sus cuadros. Ella era la encargada de dar forma a sus juegos sexuales, pincelando y desbordando movimientos abstractos hasta que conseguía llegar al clímax.
Ahora todo aquello cambiaría, no le costaría nada encontrar hombres dispuestos a proporcionarle placer, sabía dónde dirigirse, sabía exactamente qué era lo que quería en aquel momento de su vida. Solo quería SEXO, sexo y más sexo.
Su reloj de pulsera le indicó que faltaban un par de minutos para que realizase la llamada que la sumergiría en aquel mundo desconocido, en un mundo que le mostraría la parte más oscura del sexo.
Cogió el teléfono y marcó nueve dígitos; una voz masculina un tanto seca le respondió.
Quedaron en un lugar y a una hora exactos. María lo había meditado mucho, meses atrás ni tan siquiera se le hubiera pasado por la imaginación interesarse por aquello, pero ahora parecía que una parte salvaje se había despertado después de haber permanecido aletargada, necesitaba poner a prueba a aquella bestia que llevaba dentro.
Sería un modo de poner en práctica el poder que sabía que podía desplegar sobre el sexo masculino. Qué equivocada estaba la historia, ¡la mujer el sexo débil! Eso estaba por ver, ella demostraría lo contrario. No necesitaba hacerlo por el género femenino en sí, no quería convertirse en ninguna Juana de Arco defensora de las mujeres, pero sí que quería iniciar una guerra, una guerra en solitario, ella contra cualquier hombre que se le acercara.
Buscó en un cajón del armario de su habitación, días atrás salió de compras. Compró todo aquello que antes simplemente había mirado. Cuántas veces había deseado aquellos sujetadores de encaje negro, con una puntilla provocadora. Cuántas veces había querido comprarse aquellas ligas que pudiesen sujetar unas medias de media pierna, pero sus muslos no estaban nada estilizados. No se hubiera visto nunca sexi ni nada por el estilo con aquellos pantis. Ahora sí. Su cajón tenía un montón de lencería insinuadora y provocadora. Sus braguitas nunca habían sido tan diminutas. Ahora tenía unas entre sus manos, eran negras y transparentes, solo una fina tira se dispondría en su parte trasera. Aquel tanga dejaría su trasero al descubierto, después de desprenderse de la minifalda que ahora pensaba ponerse.
Antes de vestirse se contempló desnuda ante el espejo. Un gesto triunfal le daba majestuosidad, toda ella se veía victoriosa, ¡sublime! Se sintió perversa cuando miró su entrepierna y la vio completamente desprovista de bello, ya imaginaba a algún hombre devorándola en aquella zona, tan malicioso como ella ahora.
Rió mientras comenzaba a vestirse: «quién me ha visto y quién me ve», pensaba. «Yo tan muerta ante el mundo, tan conformista y recatada. Lo que daría por reencontrarme con aquellas que siempre desplegaban sus historias amorosas y sexuales sobre la tertulia en el café de las tres. ¡Si supieran de mi cambio de comportamiento, ja ja!».
A ella no le extrañaba nada aquel cambio, merecía sentirse poderosa. Nunca se atrevió a seducir a ningún hombre, para qué, sabía que podía ser rechazada, por eso nunca actuó de forma liviana, pero últimamente había visto cómo las miradas de los demás hacia ella habían cambiado. Antes la miraban sin interés, incluso con desprecio, y ahora la devoraban, sobre todo los ojos masculinos.
Hasta sus padres le habían hecho comentarios al respecto:
—Estás estupenda, María, tu cambio es impresionante. Que no se te suba demasiado la guapura a la cabeza.
Se pasaba los días diciendo en la talla que se encontraba, que disminuía aceleradamente. Muchas horas de gimnasio le habían moldeado las formas. Cualquiera de sus amigas hubiera deseado poseer aquel glúteo firme y duro. Sus pechos, antes enormes, se habían convertido en un par de tetas bien puestas, así lo pensaba en aquel preciso instante mientras miraba su escote.
Se calentaba mentalmente tan solo de mirarlo. Comenzó a tocarlo suavemente, se acariciaba dando círculos con sus manos por fuera de la blusa blanca entallada que llevaba. Seguía mirándose en el espejo mientras con cara lasciva chupó dos de sus dedos, que metió por la parte interior del sujetador hasta que notó el pezón entre ellos. Lo acarició con suavidad mientras lo humedecía de forma cariñosa. Se excitó tanto con aquel gesto que tuvo ganas de introducirse los dedos en la vagina. Antes volvió a humedecerlos con su lengua. Se subió la falda y todavía se excitó más al descubrirse tan sexi y provocadora. Sin sacarse las braguitas comenzó a masturbarse, solo tuvo que apartarlas un poco hacia un lado y dejar completamente libre de ataduras su conejito.
Aquel espejo reflejaba su cuerpo al completo, le gustaba lo que veía, le gustaba su cara que comenzaba a turbarse por el placer. Su boca se abría. Le hubiera encantado que algún hombre le introdujese la lengua poseyendo su boca de forma salvaje, pero tenía que ser paciente y esperar. Ya pensaba en quién podía estar esperándola aquella tarde en aquel local de citas a ciegas.
Esos encuentros solo serían sexuales. Cuánto estaba deseando encontrarse en uno de esos sofás que ya imaginaba, cuánto ansiaba que un hombre desconocido le estuviera haciendo lo que ella misma se hacía en aquel momento. Concentrándose en una escena imaginaria dio prisa a sus dedos y con fuerza se provocó un intenso orgasmo.
Volvió a mirarse y le gustó ver cómo su boca lamía aquellos deditos que estaban llenos de su flujo vaginal.
Al terminar se percató de que aquella masturbación imprevista le había hecho perder tiempo, así que tenía que darse prisa si no quería llegar tarde a su cita.
Volvió a poner en orden su ropa interior y después de coger su bolso y su chaqueta se fue soberbia hacia la calle.
—A ver si algún hombre hoy es capaz de darte algo mejor que esto –se dijo arrogante.
Llegó al local a la hora acordada. Había quedado con un tal Néstor. No sabía si sería su nombre real, poco le importaba. Habían hablado por Internet a través de una página de citas. No era una página cualquiera, las citas programadas tendrían un único fin, exclusivamente sexual, y no serían en cualquier lugar. Los encuentros ocurrirían en un local específico, ella lo imaginaba algo parecido al infierno. Nada de puritanismos, nada de encuentros románticos e inocentes. La fogosidad y el desenfreno debían poseer las mentes perversas de todo aquel que acudiera buscando lujuria. María sabía que podía cambiar de pareja varias veces en la misma tarde, que podía encontrarse en medio de una orgía si lo deseaba, que podía acostarse con mujeres si era lo que le apetecía. Cualquiera de esas posibilidades la excitaba tan solo pensarlo.
Cuántas fantasías sexuales había llegado a tener a lo largo de su vida… Solo habían quedado en eso, en simples imaginaciones. Ahora pondría en práctica todo aquello que había poblado su mente durante tanto tiempo.
Néstor le envió un mensaje. La esperaba dentro, en una de las salas que llamaban la Sala de las Lobas.
Ahí mujeres solas acudían para tomarse alguna copa, podían ser magreadas por cualquier barón que se les acercase, siempre y cuando ellas asintieran. Después podían continuar con los juegos en otras zonas más discretas y reservadas.
Todo esto se lo explicaba Néstor mientras tomaban su primera consumición, ya se habían reconocido y presentado. Se miraron mutuamente de forma descarada y ya con ganas de devorarse.
A María aquel hombre no le atraía en absoluto. Por Internet no llegó a ver su rostro, él le dio una simple descripción: «Tengo ojos marrones, soy un poco regordete, mido metro ochenta y follo como un campeón».
Le escribía tantas guarradas que a María ya le parecía una presa perfecta. La follaría como nunca nadie lo había hecho, al menos eso era lo que esperaba.
Lo de regordete era un decir, porque aquel hombre rebosaba grasa. Tenía una gran barriga y bufaba al hablar porque tanta obesidad le agotaba. Sudaba desde el momento en el que habían comenzado a hablar. Su cara no era muy agraciada, unos grandes mofletes lo hacían gracioso pero a la vez poco atractivo.
«Qué me importa su aspecto, parece muy vicioso y esto hoy me vale».
Gracias a las conversaciones que habían tenido cibernéticamente, María comenzó a introducirse en aquel mundo extraño y excitante.
Dejaría que se la tragase entre aquellos michelines y después no volvería a verse más con él.
Néstor fue directo y poco paciente. Antes de acabarse aquella copa ya estaba tocándole ahí abajo, entre sus piernas. «¡Pero qué cachonda la estaba poniendo!». Aquella cara de impaciencia por penetrarla la excitaba.
La sala le gustaba, había poca luz de un tono violeta. Todo eran butacas apartadas en distintas ubicaciones. En la parte central había una pequeña barra redonda en la que servían las bebidas, dos camareros eran los encargados de prepararlas. Vestían de forma elegante y apenas intercambiaban palabras con la gente que acudía al local en busca de sexo. Era evidente que ellos no formaban parte de esos juegos libidinosos, su trabajo se centraba en servir.
María se sorprendió de sí misma al ver que no se había puesto nerviosa al entrar por la puerta de aquel local. Le hizo gracia ver aquel cartel luminoso cuando llegó a la sala en el que podía leerse «Sala de las Lobas». Estaba tan ansiosa de todo que no sintió pudor ni nada por el estilo.
Antes de llegar a la sala en la que ahora se encontraba pasó por varias habitaciones que tenían la puerta entreabierta. Vio de todo, gente que fornicaba y gemía sin reprimirse, pero ella solamente miraba de reojo, todavía no quería centrarse en los demás ni en lo que la rodeaba. Primero se entregaría a Néstor y después ya vería.
Se encontraban en un rincón con cuatro butacas, dos de las cuales permanecían vacías, eso daba pie a que alguien pudiera ocuparlas en algún momento y se entregase a un juego sexual compartido. María bebía y se dejaba tocar por aquel hombre obeso, casi le daba asco cómo la miraba, pero a la vez le excitaba pensar que solo actuaban movidos por el sexo.
Él le hablaba, pero de nada que a ella pudiese interesarle. María miraba a su alrededor, excitándose con lo que veía. Cerca de ellos había un par de chicas que no dejaban de observarles, Néstor se dio cuenta y comenzó a sonreírles. De forma grotesca empezó a tocarse el paquete; aquello siguió excitando a María, le alegró ver que aquel hombre estaba provisto de un buen aparato.
En dos minutos aquellas chicas ya estaban ahí acompañándoles. Se presentaron entre risas coquetas, una puso su mano en el bulto que sobresalía del pantalón de Néstor y la otra no se pensó ni un instante arrimarse a María y besarle la boca. A ella aquello le gustó más de lo que hubiese pensado, dejó que aquella chica joven de rasgos exóticos le acariciase el escote, por el acento supuso que era canaria. Realmente era preciosa. La otra no era ni guapa ni graciosa ni nada, pero Néstor parecía estar disfrutando mientras le masturbaba por dentro del pantalón. María no les prestó más atención y se centró en la chica morena de cabello rizado y color azabache, que ahora chupaba su cuello entre susurros:
—¿Vas a querer ir a uno de esos cuartos en los que hay camas? ¿Quieres que nos acostemos tú y yo y dejamos aquí a estos dos?
—Lo estoy deseando, nena.
Aquello no era lo que ella esperaba, quería un encuentro en el que fuera penetrada por un hombre, pero hacerlo con una mujer no iba a estar mal. Nunca lo había probado y le gustaba la idea de experimentar.
Había pensado muchas veces en Duna cuando les había hablado de su aventura con Cindy, entonces tuvo curiosidad por saber cómo debía ser el sexo lésbico. Ahora lo descubriría.
Ya estaban en una habitación con dos camas bastante juntas. Solo una cortina las separaba. Aquello también daba opción a que alguien jugase cerca de ellos, y la cortina podría disimilar más o menos los gemidos u otras cosas.
Aquella mujer era una devoradora con todas las letras, en pocos segundos le había quitado toda la ropa y la estaba comiendo entera. Le chupaba todo aquello que una mujer podía desear. Sus pechos, su vagina y sus labios estaban siendo lamidos sin descanso. María estaba extasiada, demasiado tiempo sin sexo en compañía. Aquella belleza morena estaba haciendo que muriese de placer. ¡Cómo le gustaba sentirse atrapada bajo aquellas garras! ¡Cómo le excitaba saber que su cuerpo resultaba tan hermoso como el de aquella mujer lobuna!
Comenzaron a frotarse la una contra la otra dispuestas a correrse de placer cuando alguien ocupó la cama contigua; reconoció la voz de Néstor propinando guarradas a la otra chica mientras le daba fuertes cachetes en el trasero. Aquella escena excitó tanto a María que se corrió junto a la mujer canaria de forma anticipada, le hubiese gustado aguantar un poco más y poder alargar el juego.
Al culminar tuvo el deseo de que aquel hombre repulsivo la penetrase.
Se alegró cuando vio que Néstor se le acercó y le dijo:
—Guarrita, yo he venido contigo hoy. Abre tus piernas para mí.
La mujer que acababa de darle placer cambió de cama sonriente, no sin antes besar los labios de María de forma intensa.
María obedeció y se abrió ante el hombre que estaba a punto de poseerla. Su miembro era enorme, aquello hacía que cambiase su primer pensamiento hacia él. Comenzaba a sentir una extraña atracción.
—Te voy a penetrar como nadie antes lo ha hecho –gimió de forma gutural.
Comenzó a darle con fuerza, tanta que María creía que desfallecería de gusto. «Un hombre la estaba follando, ¡Dios! Cuántos años hacía desde la última vez…».
No pudo dejar de gritar en cada golpe recibido en su pelvis. Néstor tenía una agilidad que nadie nunca hubiera sospechado. La fornicaba alocado, con una energía que atormentaba el interior de la vagina de María. Sus gritos excitaron a las compañeras de habitación, que acudieron para formar parte de aquel alboroto.
La chica morena comenzó a sobar y besar el culo rechoncho de Néstor, y la otra mujer succionaba con desespero los pechos de María. Aquello les gustó tanto que ahora no solo los gritos de María retumbaban ahí dentro. Las dos mujeres se apartaron para masturbarse mutuamente mientras aquella mole de hombre se corría con un preservativo ajustado a su pene dentro de María.
—¡Córrete conmigo!, ¡¡PUTA!!
A María aquella palabra soez no hizo más que volverla loca de excitación. Los gimoteos de aquel cuarteto, provocados por un orgasmo múltiple, se apoderaron de la habitación.
Podría haberse sentido mal, podría haberse sentido sucia después de aquello. Pero aquella mañana se despertó deseosa de más.
No sabía cuándo iba a volver a aquel lugar, pero quería volver pronto. No podía dejar de pensar en lo que había vivido. Aquellas mujeres, aquel gordo, aquel momento sexual tan intenso... Ahora pensaba en qué le depararía la próxima vez aquel local de intercambio sexual, quizá se entregaba a una de esas orgías en las que hombres y mujeres se revolcaban ofreciendo sus cuerpos con ansias de lujuria. Ya vería. Ahora tenía que ir a casa de sus padres, intentaría no pensar en todo aquello por unas horas.
Se dispuso a recoger el piso después de haber desayunado un poco, hacía días que no hacía una limpieza a fondo. Puso el aparato de música a toda pastilla y bailaba por el piso mientras cepillaba el suelo y se movía descompasada mientras le sacaba el polvo a los muebles del comedor.
Se dio una ducha rápida antes de salir y con el cabello medio mojado salió a la calle, esperando que la suave brisa se encargara de secarlo de forma natural.
Sus pasos denotaban libertad, nunca se había sentido tan libre y feliz.
Comería junto a su hijo y sus padres, y luego se llevaría al peque al cine y a comer alguna guarrada en una de esas hamburgueserías repletas de gente.
Líam pasaba mucho tiempo en casa de sus abuelos, María trabaja cada vez más horas en aquella oficina. Casi todo el día se lo pasaba haciendo encargos para su superior, cogiéndole el teléfono, pasándole notas, enviando correos y demás. Estaba un poco harta de aquel aburrido y agotador trabajo, pero le pagaban bastante bien, de momento lo mantendría. No tenía que preocuparse por el cuidado de su hijo, sabía que crecía querido y protegido. Al principio se resistía a que sus padres la ayudasen tanto, pero al final no le quedaba más opción, mejor dejar al niño con ellos que dejarse la mitad del sueldo en alguna chica que le hiciera de canguro.
Al terminar el día se fue con su pequeño a casa, le prometió que a la mañana siguiente se levantarían pronto e irían a la playa, a Líam le encantaba bañarse en el mar y a ella le gustaba relajarse mientras el niño jugaba y corría por la arena.
Le gustaba pasar a solas momentos íntimos y divertidos con su hijo, él siempre la había querido tal y como ella era, siempre le había demostrado su estima. María estaba segura de que Líam sería el único hombre a quien iba a querer de verdad, pasase lo que pasase en sus vidas, ella no dejaría nunca de manifestarle un amor verdadero e incondicional.
Volvió a casa de sus padres y dejó a Líam con ellos. Se despidió de los tres de forma afectuosa, estaba más pletórica que nunca.
Su madre insistió en que se quedara a cenar con ellos, pero ella dijo que prefería comer cualquier cosa en casa y acostarse pronto, ya que últimamente se encontraba muy cansada y quería empezar el lunes con energía.
