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Harry Bosch y el Abogado del Lincoln unen fuerzas para demostrar la inocencia de una mujer condenada por matar a su marido Harry Bosch, un detective retirado del Departamento de Policía de Los Ángeles, colabora con su hermanastro, el abogado defensor Mickey Haller, para resolver un crimen imposible. Como es costumbre, Haller ha asumido un caso de los más difíciles, en los que las posibilidades de ganar son de una entre un millón. Acepta representar a una mujer que está en prisión por matar a su marido, un agente del sheriff. A pesar de haber sido condenada cuatro años atrás, ella sigue manteniendo su inocencia. Es entonces cuando pide ayuda a Bosch, y el detective, al revisar el caso, descubre algo que no encaja y percibe el afán del departamento del sheriff por resolver cuanto antes el asesinato de uno de los suyos. El camino hacia la justicia tanto para el abogado como para el investigador está plagado de peligros. Quienes no quieren que se reabra el caso no se detendrán ante nada para impedir que el excepcional equipo que forman Bosch y Haller descubra los verdaderos motivos del asesinato del agente del sheriff.
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Seitenzahl: 480
Veröffentlichungsjahr: 2023
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En memoria de Sam Wells
La familia se reunió en el aparcamiento de visitantes. La madre y el hermano de Jorge Ochoa y yo. Ella llevaba un rosario entre los dedos y se había engalanado como para ir a la iglesia, con un vestido amarillo pálido con puños y cuello blancos. Óscar Ochoa lucía toda su indumentaria: vaqueros anchos de tiro bajo doblados sobre unas Doc Martens negras, una cartera sujeta con una cadena, camiseta blanca y unas Ray-Ban oscuras. Tenía el cuello cubierto de tinta azul; su alias en los Vineland Boyz (Double O) quedaba bien visible.
Y yo, con mi traje italiano de tres piezas, dando bien ante las cámaras, envuelto en la majestuosidad de la ley.
El sol se estaba poniendo e incidía en un ángulo casi llano a través de la valla exterior de seis metros de la prisión, sumiéndonos a todos en un chiaroscuro propio de un lienzo de Caravaggio. Miré hacia la torre de vigilancia y me pareció distinguir siluetas de hombres con armas largas a través del cristal ahumado.
Era una ocasión excepcional. La de Corcoran no era una prisión de la que los hombres acostumbraran a salir por su propio pie. Era un centro estatal para condenados a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, un lugar en el que se entraba, pero del que no se salía. Fue ahí donde Charlie Manson murió de viejo. Pero muchos reclusos no llegaban a la vejez. Los homicidios en las celdas eran frecuentes. Jorge Ochoa estaba a solo dos puertas de acero de la celda donde un preso había sido decapitado y descuartizado hacía unos años. Luego, el compañero de celda, satanista confeso, había ensartado las orejas y los dedos de la víctima para hacerse un collar. Eso era Corcoran.
No obstante, de alguna manera, Jorge Ochoa había sobrevivido allí catorce años por un asesinato que no había cometido. Y su gran día había llegado. La sentencia de cadena perpetua había quedado invalidada después de que un tribunal lo declarara inocente. Jorge Ochoa se estaba levantando y estaba volviendo a la tierra de los vivos. Habíamos llegado desde Los Ángeles en mi Lincoln, con dos furgonetas de la prensa detrás, para esperarle junto a la puerta y darle la bienvenida.
A las cinco de la tarde, una serie de bocinazos resonaron en la prisión y captaron nuestra atención. Los camarógrafos de las dos cadenas de noticias de Los Ángeles se subieron las cámaras al hombro mientras los periodistas preparaban los micrófonos y se repasaban el pelo.
Se abrió una puerta del recinto, al pie de la torre, y salió un guardia uniformado. Tras él iba Jorge Ochoa.
—Dios mío —exclamó en español la señora Ochoa al ver a su hijo—. Dios mío.
Fue un momento que no había visto venir. Nadie lo vio venir. Hasta que asumí el caso.
El guardia desbloqueó una puerta de la valla para que Jorge pudiera salir. Observé que la ropa que le había comprado para su puesta en libertad le quedaba perfecta: un polo negro, unos pantalones de pinzas color tostado y unas Nike blancas. No quería que se pareciera en nada a su hermano menor ante las cámaras. Tenía en mente una demanda por condena injusta y nunca era demasiado pronto para enviar un mensaje a los potenciales miembros del jurado del condado de Los Ángeles.
Jorge caminó hacia nosotros y en el último momento echó a correr. Se agachó y agarró a su endeble madre. La levantó del suelo para volver a dejarla con suavidad poco después. Se abrazaron durante tres largos minutos mientras las cámaras captaban desde todos los ángulos las lágrimas que derramaban. Luego llegó el momento de los abrazos y los golpes varoniles en la espalda de Double O.
Y por fin llegó mi turno. Le tendí la mano, pero Jorge me dio un abrazo.
—Señor Haller, no sé qué decir —confesó—. Pero gracias.
—Llámame Mickey —le dije.
—Me ha salvado, Mickey.
—Bienvenido de nuevo al mundo.
Por encima de su hombro vi que las cámaras grababan nuestro abrazo. Sin embargo, de repente, nada de eso me importó. Noté que el agujero que había percibido en mi interior durante mucho tiempo empezaba a cerrarse. Había resucitado a ese hombre de entre los muertos. Sentía una plenitud que jamás había conocido en el ejercicio de la abogacía ni en la propia vida.
Bosch tenía la carta apoyada en el volante. Se fijó en que la letra era legible y no se salía de los márgenes. Estaba en inglés, pero no era un inglés perfecto. Había faltas de ortografía y habían empleado mal algunas palabras. «Yo no he hecho esto y quiero contractarle para que me esculpe.»
Fue la última línea de ese párrafo la que captó su atención: «El abogao dijo que tenía que declararme culpable o me caería perpetua por matar a un agente la ley».
Bosch dio la vuelta a la hoja para ver si había algo escrito en el reverso. Había un número estampado en la parte superior, lo que significaba que como mínimo alguien de la Unidad de Inteligencia de Chino había examinado la carta antes de que fuera aprobada y enviada.
Bosch se aclaró la garganta con precaución. La tenía irritada por el último tratamiento y no quería empeorar las cosas. Volvió a leer la carta. «No me caía bien, pero era el padre de mi hijo. No lo maté. Eso es mentira.»
Dudó, no estaba seguro de si debía poner la carta en la pila de los posibles o en la de los rechazados. Antes de que pudiera decidirse, se abrió la puerta del pasajero y Haller subió después de coger la pila de cartas sin leer del asiento y dejarlas sobre el salpicadero.
—¿No has recibido mi mensaje? —preguntó.
—Lo siento, no lo he oído —dijo Bosch.
Puso la carta en el salpicadero y encendió el motor del Lincoln.
—¿Adónde? —preguntó.
—Al juzgado del aeropuerto —dijo Haller—. Y llego tarde. Esperaba que me recogieras en la puerta.
—Lo siento.
—Sí, bueno, díselo al juez si llego tarde a esta vista.
Bosch puso la transmisión en D y arrancó. Condujo hasta Broadway y giró en la entrada de la 101 en dirección norte. La rotonda estaba llena de tiendas de campaña y chabolas de cartones. Las últimas elecciones a la alcaldía se habían centrado en cuál de los candidatos se ocuparía mejor del problema de los sin techo. Hasta el momento, él no había notado ningún cambio.
Bosch pasó enseguida a la 110 en dirección sur, que lo llevaría a la autovía Century y directamente al aeropuerto.
—¿Alguna buena? —preguntó Haller.
Bosch le entregó la carta de Lucinda Sanz. Haller empezó a leerla y enseguida se fijó en el nombre de la reclusa.
—Una mujer —dijo—. Interesante. ¿Cuál es su historia?
—Mató a su ex —dijo Bosch—. Parece que era policía. No refutó los cargos de homicidio sin premeditación porque la amenazaron con cadena perpetua.
—Homicidio…
Haller siguió leyendo y luego dejó la carta encima del montón de misivas que había arrojado sobre el salpicadero.
—¿Esto es lo mejor que tienes? —preguntó.
—Hasta ahora —dijo Bosch—. Todavía quedan más.
—Dice que no lo hizo, pero no dice quién lo hizo. ¿Qué podemos hacer con eso?
—No lo sabe. Por eso quiere tu ayuda.
Bosch condujo en silencio mientras Haller revisaba su teléfono; llamó a su gestora de casos, Lorna, para repasar su agenda. Cuando terminó, Bosch le preguntó cuánto tiempo se quedarían en la siguiente parada.
—Depende de mi cliente y de su testigo de descargo —dijo Haller—. Quiere pasar de mi consejo y decirle al juez por qué no es tan culpable en realidad. Preferiría que su hijo pidiera clemencia, pero no estoy seguro de que se presente, de si hablará o de cómo irá eso.
—¿Cuál es el caso? —preguntó Bosch.
—Fraude. Pueden caerle de ocho a doce. ¿Quieres entrar y mirar?
—No, estoy pensando que ya que estamos ahí podría pasarme a ver si está Ballard. Está cerca del juzgado. Mándame un mensaje cuando termines en la sala y volveré.
—Si oyes el mensaje.
—Pues llámame. Así lo oiré.
Diez minutos más tarde, Bosch se detuvo frente al juzgado de La Cienega.
—Hasta luego, cocodrilo —soltó Haller al bajarse—. Sube el volumen del teléfono.
Después de cerrar la puerta, Bosch ajustó el móvil tal como le habían pedido. No había sido del todo sincero con Haller sobre su pérdida de audición. Los tratamientos contra el cáncer en el centro médico de la UCLA habían afectado su capacidad auditiva. Hasta el momento, no tenía problemas con las voces o las conversaciones, pero algunos ruidos electrónicos estaban en el límite de su espectro. Había estado experimentando con varios tonos de llamada y alertas de mensajes, pero seguía buscando el ajuste adecuado. Mientras tanto, en lugar de escuchar los mensajes o las llamadas entrantes, se fiaba más de la vibración que los acompañaba. Había puesto el teléfono en el portavasos del coche y, por lo tanto, se había perdido tanto el sonido como la vibración que se produjeron cuando Haller le pidió que lo recogiera a la puerta del juzgado del centro de la ciudad.
Mientras se alejaba, Bosch llamó al móvil de Renée Ballard. Ella contestó enseguida.
—¿Harry?
—Hola.
—¿Estás bien?
—Claro. ¿Estás en Ahmanson?
—Sí. ¿Qué pasa?
—Estoy por el barrio. ¿Te va bien si me paso dentro de unos minutos?
—Aquí estaré.
—Voy para allá.
El Centro Ahmanson estaba en Manchester Avenue, a diez minutos. Era el principal centro de reclutamiento y formación del Departamento de Policía de Los Ángeles, pero también albergaba el archivo de casos abiertos: seis mil asesinatos sin resolver que se remontaban a 1960. La Unidad de Casos Abiertos consistía en un módulo para ocho personas al final de todas las filas de estanterías que contenían los expedientes de los crímenes. Bosch ya había estado allí antes y lo consideraba suelo sagrado. En cada fila, en cada archivador, rondaba el fantasma de la justicia pendiente.
En la recepción le dieron a Bosch una tarjeta de visitante para que se la enganchara en el bolsillo y lo enviaron a ver a Ballard. Dijo que no hacía falta que lo acompañaran porque conocía el camino. Después de entrar en la sala de archivos, recorrió las estanterías, fijándose en los años de los casos anotados en tarjetas pegadas en los extremos de cada fila.
Ballard estaba ante su escritorio, al fondo de la zona abierta que quedaba más allá de las estanterías. De los otros cubículos solo uno estaba ocupado. Allí estaba sentada Colleen Hatteras, la experta en genealogía genética de la unidad y vidente reprimida. Colleen pareció alegrarse de ver a Bosch cuando notó que se acercaba. El sentimiento no era mutuo. El año anterior, Bosch había trabajado durante un breve periodo en el equipo de Casos Abiertos, formado exclusivamente por voluntarios, y se había enfrentado a Hatteras por sus supuestas habilidades hiperempáticas.
—¡Harry Bosch! —exclamó ella—. Qué agradable sorpresa.
—Colleen —respondió Bosch—. Creía que era imposible sorprenderte.
Hatteras mantuvo su sonrisa mientras encajaba la pulla de Bosch.
—Sigues siendo el mismo Harry de siempre —dijo.
Ballard se volvió en su silla giratoria y terció en la conversación antes de que esta pudiera pasar de cordial a beligerante.
—Harry —dijo—, ¿qué te trae por aquí?
Bosch se acercó a Ballard y se volvió ligeramente para apoyarse en la mampara de separación del cubículo. De este modo quedó de espaldas a Hatteras. Bajó la voz para hablar con Ballard en la mayor intimidad posible.
—Acabo de dejar a Haller en el tribunal del aeropuerto —respondió—. He pensado en pasarme para ver qué tal iban las cosas por aquí.
—Van bien —dijo Ballard—. Hemos cerrado diecinueve casos en lo que va de año. Muchos de ellos gracias a la GGI y al buen trabajo de Colleen.
—Estupendo. ¿Habéis encarcelado a gente o se resolvieron por otros medios?
En investigaciones de casos abiertos, a menudo una coincidencia de ADN conducía a un sospechoso que llevaba mucho tiempo muerto o ya estaba encarcelado. Eso, por supuesto, resolvía el caso, pero se registraba como «resuelto por otros medios», porque no se llevaba a cabo ningún procesamiento.
—No, hemos encerrado a algunos —dijo Ballard—. Más o menos la mitad, diría yo. Pero lo más importante son las familias, hacerles saber que está resuelto, tanto si el sospechoso está vivo como si no.
—Claro —dijo Bosch—. Sí.
De todos modos, contarle a la familia de una víctima que el caso se había resuelto, pero que el sospechoso identificado estaba muerto, era algo que siempre había molestado a Bosch cuando trabajaba en casos abiertos. Para él, equivalía admitir que el asesino se había salido con la suya. Y no había justicia en eso.
—¿Ya está? —preguntó Ballard—. ¿Vienes a saludar y a incordiar un rato a Colleen?
—No, no era eso lo que… —murmuró Bosch—. Quería pedirte algo.
—Pues pide.
—Tengo un par de nombres. Gente que está en prisión. Quería conseguir números de casos o pedir los expedientes.
—Bueno, si están encerrados, entonces no estás hablando de casos abiertos.
—Claro. Lo sé.
—Entonces, que quieres que… Harry, ¿estás de broma?
—Eh, no, ¿qué quieres decir?
Ballard se volvió y se sentó más erguida para poder echar un vistazo por encima de su mampara en dirección al cubículo de Hatteras. Colleen tenía los ojos fijos en la pantalla del ordenador, lo cual significaba que probablemente estaba intentando oír su conversación.
Ballard se levantó y empezó a caminar hacia el pasillo principal, junto a los archivos.
—Vamos a tomar un café —dijo.
No esperó la respuesta de Bosch. Continuó caminando y él la siguió. Cuando miró a Hatteras, ella los estaba observando.
En cuanto llegaron a la sala de descanso, Ballard se volvió y se encaró con él.
—Harry, ¿me estás tomando el pelo?
—¿De qué estás hablando?
—Trabajas para un abogado defensor. ¿Quieres que busque nombres para un abogado defensor?
Bosch hizo una pausa. No lo había visto de ese modo hasta ese momento.
—No, no pensé que…
—Claro, no lo pensaste. No puedo buscar nombres para ti si trabajas para el Abogado del Lincoln. Podrían despedirme sin ni siquiera convocar una junta de derechos. Y no creas que no hay gente en el EAP que me tiene ganas. La hay.
—Lo sé, lo sé. Lo siento, no lo pensé. Olvida que he estado aquí. Te dejaré en paz.
Se volvió hacia la puerta, pero Ballard lo detuvo.
—No, estás aquí, estamos aquí. Vamos a tomarnos un café.
—Bueno, vale. ¿Estás segura?
—Siéntate. Yo lo traeré.
Había una mesa en la sala de descanso. Estaba pegada a la pared, con sillas en los tres lados abiertos. Bosch se sentó y vio que Ballard llenaba tazas de café para llevar y las acercaba. Como Ballard, Bosch tomaba el café solo, y ella lo sabía.
—Bueno —dijo la detective después de sentarse—. ¿Cómo estás, Harry?
—Eh, bien. No me quejo.
—Estuve en la División de Hollywood hace una semana y me encontré con tu hija.
—Sí, Maddie me lo contó, dijo que tenías a un tipo en una celda.
—Un caso del 89. Un asesinato con violación. Conseguimos el ADN, pero no pudimos encontrarlo. Pusimos una orden y lo detuvieron por una infracción de tráfico. Ni siquiera sabía que lo estábamos buscando. Maddie me dijo que entraste en un programa de pruebas en la UCLA.
—Sí, un ensayo clínico. Supuestamente con una tasa de extensión del setenta por ciento para lo que tengo.
—¿Extensión?
—Extensión de la esperanza de vida. Remisión si tienes suerte.
—Oh. Bueno, eso es fantástico. ¿Está dando resultados contigo?
—Es demasiado pronto para saberlo. Y no te dicen si estás recibiendo la inyección real o el placebo. Así que quién sabe.
—Vaya mierda.
—Sí. Pero… he tenido algunos efectos secundarios, así que creo que estoy recibiendo la verdadera.
—¿Como qué?
—Tengo la garganta muy irritada y empiezo a sufrir acúfenos y pérdida de audición, y me está volviendo loco.
—¿Y no están haciendo nada al respecto?
—Lo intentan. Pero en eso consiste estar en el grupo del ensayo. Monitorean estas cosas, tratan de mitigar los efectos secundarios.
—Sí. Cuando Maddie me lo dijo, me sorprendí un poco. La última vez que hablamos, dijiste que ibas a dejar que la naturaleza siguiera su curso.
—Cambié de opinión.
—¿Por Maddie?
—Sí, más o menos. En fin…
Bosch se inclinó y cogió su taza. El café aún estaba demasiado caliente para tomarlo, sobre todo tal y como tenía la garganta, pero quería dejar de hablar de su estado de salud. Ballard era una de las pocas personas a las que se lo había contado, así que creía que se merecía una puesta al día, pero había decidido no pensar demasiado en la situación ni en las diversas posibilidades para su futuro.
—Háblame de Haller —dijo Ballard—. ¿Cómo va eso?
—Pues va —respondió Bosch—. Estoy bastante ocupado con las cosas que van llegando.
—¿Y ahora lo llevas tú?
—No siempre, pero eso nos da tiempo para discutir las peticiones. No paran de llegar, ¿sabes?
El año anterior, cuando Bosch trabajaba de voluntario con Ballard en la Unidad de Casos Abiertos, resolvieron un caso en el que se identificó a un asesino en serie que llevaba varios años actuando en la ciudad sin levantar sospechas. Durante la investigación, también determinaron que el asesino era responsable de un crimen por el que habían encarcelado a un hombre inocente llamado Jorge Ochoa. Cuando la actuación de la Oficina del Fiscal del Distrito no se tradujo en la inmediata puesta en libertad de Ochoa, Ballard alertó a Haller del caso. El abogado se puso manos a la obra y, en una audiencia de habeas corpus a la que se le dio mucha publicidad, obtuvo una orden judicial que declaró a Ochoa inocente y dictaminó su puesta en libertad. La atención mediática que suscitó el caso se tradujo en una avalancha de cartas y llamadas telefónicas a cobro revertido dirigidas a Haller y procedentes de diversos reclusos de prisiones de California, Arizona y Nevada. Todos ellos reivindicaban su inocencia y suplicaban su ayuda. Haller puso en marcha su propio proyecto inocencia y encargó a Bosch que hiciera la primera revisión de todas aquellas reclamaciones. Haller quería contar con el filtro de la mirada de un detective experimentado.
—Estos dos nombres que querías que investigara, ¿crees que son inocentes? —preguntó Ballard.
—No lo sé, es demasiado pronto para eso —respondió Bosch—. Solo tengo sus cartas de la cárcel. Pero, desde que empecé con esto, he rechazado todo excepto a estos dos. Algo en ellos me dice que al menos debería estudiar sus casos más a fondo.
—Así que basándote en una corazonada vas a apostar por ellos.
—Creo que es algo más que una corazonada. Sus cartas parecen… desesperadas en cierto modo. Es difícil de explicar. No me refiero a una desesperación por salir de la cárcel, sino a una desesperación por que alguien los crea. No sé si tiene sentido. Solo necesito echar un vistazo a los casos. Tal vez entonces vea que mienten.
Ballard sacó su teléfono del bolsillo trasero.
—¿Qué nombres son? —preguntó.
—No, no quiero que hagas nada —dijo Bosch—. No debería haber preguntado.
—Solo dame los nombres. No voy a hacer nada ahora mismo con Colleen en su sitio. Voy a enviarme un mensaje con los nombres. Me recordará que te llame si consigo algo.
—¿Colleen sigue metiendo las narices en todo?
—No tanto, pero no quiero que sepa nada de esto.
—¿Estás segura? Tal vez ella pueda tener un presentimiento o una vibración y decirme si son culpables o no. Nos ahorraría mucho tiempo a los dos.
—Harry, para un poco, ¿quieres?
—Lo siento. No he podido evitarlo.
—Ella hace un buen trabajo en todo lo de la genealogía. Es lo único que me importa. A la larga, hace que merezca la pena aguantar sus «vibraciones».
—Estoy seguro.
—Tengo que volver a mi mesa. ¿Me vas a dar los nombres?
—Lucinda Sanz. Está en Chino. Y Edward Dale Coldwell. Está en Corcoran.
—¿Caldwell?
—No, con «o»: Coldwell.
Ballard escribía con los pulgares en su teléfono.
—¿Fechas de nacimiento?
—No se les ocurrió añadirlos en sus cartas. Tengo números de recluso, si eso ayuda.
—La verdad es que no. —Ballard volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo—. Vale, si consigo algo, te llamo.
—Gracias.
—Pero no lo convirtamos en un hábito, ¿de acuerdo?
—Claro que no.
Ballard cogió su café y se dirigió hacia la puerta. Bosch la detuvo con una pregunta.
—Entonces, ¿quién te tiene ganas?
—¿Qué quieres decir?
—Abajo has dicho que hay gente que te tiene ganas.
—Es lo de siempre. Gente esperando que fracase. Lo típico de una mujer al mando.
—Bueno, que se jodan.
—Sí, que se jodan. Nos vemos, Harry.
—Nos vemos.
Bosch ya estaba de vuelta en La Cienega, cerca del juzgado, cuando Haller le mandó un mensaje para decirle que había terminado con la vista para dictar condena. Bosch le respondió que lo esperaría en la entrada. Acercó el Lincoln Navigator a las puertas de cristal justo cuando Haller salía. Pulsó el botón de desbloqueo y Haller abrió la puerta trasera y subió. Cerró, pero Bosch no movió el coche y se quedó mirándolo por el retrovisor.
Haller se acomodó y entonces vio que no se movían.
—Vale, Harry, podemos…
Se dio cuenta de su error, abrió la puerta y bajó. La puerta delantera se abrió y Haller subió al asiento del copiloto.
—Lo siento —dijo—. La costumbre.
Tenían un trato. Cuando conducía el Lincoln, Bosch insistía en que Mickey viajara en el asiento delantero para que pudieran conversar con naturalidad. Se había mostrado inflexible: no haría de chófer de un abogado defensor, aunque ese abogado resultara ser su hermanastro, que lo había contratado para que pudiera obtener un seguro médico privado y participar en el ensayo clínico de la UCLA.
Satisfecho de haber dejado clara su posición, Bosch se puso en marcha.
—¿Adónde?
—A West Hollywood —respondió Haller—. Al apartamento de Lorna.
Bosch cambió al carril de la izquierda para poder dar la vuelta y dirigirse hacia el norte. Ya había llevado a Haller a muchas reuniones con Lorna, ya fuera en la casa de ella o en Hugo’s, en la misma calle, si iban a comer algo. Como el llamado Abogado del Lincoln no trabajaba en un local, sino en su coche, Lorna se encargaba de todo desde su apartamento de Kings Road. Era el centro del bufete.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó Bosch.
—Digamos que a mi cliente le ha caído todo el peso de la ley —respondió Haller.
—Siento oírlo.
—El juez era un imbécil. Creo que ni siquiera se leyó el IPS.
Como expolicía sabía que los informes previos a la sentencia no solían ser favorables al delincuente, así que no estaba seguro de por qué Haller pensaba que una lectura atenta del IPS por parte del juez podría dar lugar a una sentencia menor en ese caso. Antes de que pudiera preguntar al respecto, Haller se acercó a la pantalla central del salpicadero, abrió la lista de favoritos de sus contactos y llamó a Jennifer Aronson, la socia del bufete Michael Haller and Associates. El sistema bluetooth transmitió la llamada por los altavoces del vehículo y Bosch escuchó ambas partes de la conversación.
—¿Mickey?
—¿Dónde estás, Jen?
—En mi casa. Acabo de llegar de la Oficina del Fiscal Municipal.
—¿Cómo te ha ido?
—Bueno, solo ha sido un primer asalto. Un poco de juego de la gallina. Nadie quiere ser el primero en dar una cifra.
Bosch sabía que Haller le había confiado a Aronson la negociación de Jorge Ochoa. Haller and Associates había presentado una demanda contra el Ayuntamiento y la policía de Los Ángeles por su condena y encarcelamiento injustos. Aunque el Consistorio y el Departamento de Policía estaban protegidos por los límites impuestos por el estado, había aspectos de la mala y posiblemente corrupta gestión del caso que permitían a Ochoa solicitar otras sanciones económicas. El Ayuntamiento esperaba evitarlo con un acuerdo negociado.
—No cedas —dijo Haller—. Pagarán.
—Eso espero —respondió Aronson—. ¿Cómo te ha ido en el aeropuerto?
—Le ha caído el gordo. Probablemente, el juez ni siquiera miró lo del trauma infantil. He intentado sacarlo a relucir, pero no me ha dejado. Y no ha ayudado que nuestro cliente pidiera clemencia diciéndole al juez que en realidad no había querido estafar a toda esa gente. Así que probablemente cumplirá siete años si no se le va la pinza.
—¿Había alguien a su lado aparte de ti?
—Solo yo.
—¿Y su hijo? Pensé que lo tenías preparado.
—No ha aparecido. En fin, pasando a otra cosa, voy a sentarme con Lorna dentro de más o menos media hora para mirar el calendario. ¿Quieres venir?
—No puedo. Acabo de llegar a casa para comer algo. Le prometí a mi hermana que hoy iría a Sylmar a ver a Anthony.
—Vale. Buena suerte con eso. Avísame si puedo ayudarte.
—Gracias. ¿Estás con Harry Bosch?
—Sentado a su lado.
Haller miró a Bosch e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, como si estuviera enmendando el hecho de haberse sentado en el asiento de atrás.
—¿Estamos en altavoz? —preguntó Aronson—. ¿Puedo hablar con él?
—Claro —respondió Haller—. Adelante. —Señaló a su hermanastro.
—Te escucho —dijo Bosch.
—Harry, sé que has trazado una línea acerca de no hacer trabajo de defensa per se —dijo Aronson.
Bosch asintió con la cabeza, pero se dio cuenta de que ella no lo veía.
—Cierto —dijo.
—Bueno, pues solo necesitaría que le echases un ojo a un caso —contestó Aronson—. Nada de trabajo de investigación. Solo un vistazo a lo que he recibido hasta ahora de la Fiscalía.
Bosch sabía que el principal centro de detención juvenil del norte del condado estaba en Sylmar, en el valle de San Fernando.
—¿Es un caso de menores? —preguntó.
—Sí, el hijo de mi hermana —dijo Aronson—. Anthony Marcus. Tiene dieciséis años, pero lo van a juzgar como adulto. Hay una vista la semana que viene y estoy desesperada, Harry. Necesito ayudarle.
—¿De qué lo acusan?
—Dicen que disparó a un policía, pero no hay nada en el carácter de ese chico que apunte a que haría algo así.
—¿Dónde? ¿Qué policía?
—Policía de Los Ángeles. Es un caso de West Valley. Ocurrió en Woodland Hills.
—¿Está vivo o muerto? El policía.
—Está vivo. Solo le dispararon en la pierna. Pero Anthony es incapaz de hacer eso, y me dijo que no lo hizo. Me explicó que alguien tuvo que disparar, porque él no fue.
Bosch se acercó a la pantalla del salpicadero y pulsó el botón de silencio. Miró a Haller.
—¿Estás de broma? ¿Quieres que trabaje para un chico que disparó a un policía de Los Ángeles? Ya estoy investigando el caso de Chino en el que una mujer disparó a un agente. ¿Sabes las consecuencias que podría tener esto para mí?
—¿Hola? —dijo Aronson—. ¿Te he perdido?
—No te estoy pidiendo que trabajes en el caso —dijo Haller—. Es cosa de ella, y lo único que quiere es que mires el expediente. Nada más. Lee los informes y dale tu opinión. Luego ya no tendrás nada que ver. No estarás atado a ella y nadie lo sabrá nunca.
—Pero yo sí lo sabré —dijo Bosch.
—¿Hola? —repitió Aronson.
Bosch negó con la cabeza y desactivó el botón de silenciar.
—Lo siento —dijo—. Te he perdido unos segundos. ¿Qué tipo de documentos tienes?
—Bueno, hay una cronología del investigador —dijo Aronson—. Y también un atestado y el informe médico del agente. Tengo un informe de pruebas, pero en realidad no hay ninguna. Iba a llamar hoy al fiscal asignado para ver cuándo será la próxima entrega de pruebas. Pero la conclusión es que hay algo que no me cuadra. Conozco a este chico de toda la vida y no es violento. Es amable. Es…
—¿Hay informes de testigos? —preguntó Bosch.
—Eh, no, no hay testigos —dijo Aronson—. Básicamente, es su palabra contra lo que dice la policía.
Bosch se quedó callado. Parecía un caso al que no le gustaría ni acercarse. Haller rompió el silencio.
—Mira, Jennifer —dijo—, envíale a Lorna lo que tienes por correo electrónico y dile que lo imprima. Harry lo verá dentro de treinta minutos. Vamos hacia su casa.
Haller miró a Bosch.
—A menos que digas que no —añadió.
Bosch negó lentamente con la cabeza. No estaba con Haller para eso. No quería que el último acto de su vida profesional fuera ayudar a criminales. El trabajo de pajar, como lo llamaba Haller, era una cosa; encontrar inocentes entre los muchos condenados le parecía un ejercicio de control de un sistema que sabía de primera mano que era imperfecto. Pero, en su opinión, ayudar en la defensa de un acusado era otra cosa.
—Le echaré un vistazo —dijo a regañadientes—. Pero, si hay que hacer algún trabajo de seguimiento, tendrás que acudir a Cisco.
Dennis Cisco Wojciechowski era el investigador de Haller and Associates desde hacía muchos años, y el marido de Lorna Taylor.
—Gracias, Harry —dijo Aronson—. Por favor, llámame en cuanto hayas tenido la oportunidad de revisarlo.
—Claro —dijo Bosch—. ¿Por qué quiere tu hermana que vayas a ver al chico?
—Porque dice que no le va bien —explicó Aronson—. Los otros chicos lo acosan. Me imagino que, si puedo sentarme con él durante una hora, es una hora que no tendrá que pasar asustado.
—De acuerdo, bueno, miraré el material del archivo en cuanto lo tenga —respondió Bosch.
—Gracias, Harry —dijo otra vez Aronson—. Te lo agradezco mucho, de verdad.
—¿Algo más por tu parte, Jennifer? —inquirió Haller.
—No, solo lo que he dicho.
—¿Cuándo es la próxima reunión con la Oficina del Fiscal Municipal? —preguntó Haller.
—Mañana por la tarde —contestó Aronson.
—Bien —dijo Haller—. Mantén la presión. Hablaremos después.
Haller colgó y circularon en silencio durante un rato. Bosch no estaba contento y no trataba de ocultarlo.
—Oye, Harry, solo échale un ojo al expediente y dile que no tienes nada —le propuso Haller—. Está demasiado involucrada emocionalmente en el caso. Tiene que aprender a…
—Sé que está involucrada —la interrumpió Bosch—. No la culpo. Pero lo que está pasando ahora es exactamente lo que te dije que no quería que pasara. Una vez más y lo dejo. ¿Lo entiendes?
—Sí —dijo Haller.
No tardaron demasiado en llegar a West Hollywood, lo que fue todo un alivio para Bosch, ya que después de la llamada con Aronson reinaba un silencio sepulcral en el coche. Bosch se desvió de Santa Monica Boulevard hacia Kings Road y recorrió dos manzanas hacia el sur. Haller había avisado a Lorna de que estaba a punto de llegar, por eso se encontraba de pie en un bordillo rojo, esperando con el expediente en la mano. Las ventanillas del Navigator estaban tintadas. Cuando Bosch se detuvo, Lorna bajó de la acera, rodeó el Lincoln por la parte trasera y se sentó detrás del asiento del conductor.
—Oh —le dijo ella a Haller—. Pensé que estarías en tu sitio habitual.
—No cuando conduce Harry —explicó Haller—. ¿Has impreso las cosas de Jennifer?
—Lo tengo aquí.
—Pásaselo a Harry para que le eche un vistazo mientras yo voy atrás contigo.
Bosch tomó la carpeta. La abrió y trató de no prestar atención a la conversación del asiento trasero; Haller empezó a repasar con Lorna el calendario judicial y otros asuntos relacionados con distintos casos.
El punto de partida de Harry fue el atestado policial. El chico se llamaba Anthony Marcus. Estaba a punto de pasar su decimoséptimo cumpleaños en el reformatorio de Sylmar, acusado de disparar a un agente de patrulla llamado Kyle Dexter con la pistola del propio policía. Según la denuncia, Dexter y su compañera Yvonne Garrity habían acudido en respuesta a un aviso de robo que se estaba produciendo en una casa de Califa Street, en Woodland Hills. Al llegar, examinaron el exterior de la casa y encontraron abierta una puerta corredera que daba a la piscina. Pidieron refuerzos, pero, antes de que llegaran otros agentes, Dexter vio una figura con ropa oscura que salía corriendo de la casa, trepaba por un muro situado detrás de la piscina para saltar a Valley Circle Boulevard, que discurría en paralelo a Califa. Dexter pidió a Garrity que cogiera el coche patrulla mientras él perseguía a pie a la figura que huía. Trepó por el muro e inició una persecución que se prolongó durante varias manzanas y terminó cuando Dexter alcanzó al sospechoso al doblar una esquina en Valerie Avenue. El sospechoso se había detenido, aparentemente creyendo que había despistado a su perseguidor, y Dexter dobló la esquina y se le echó encima. El policía sacó su arma y ordenó al sospechoso que se arrodillara y entrelazara las manos detrás de la nuca. El sospechoso obedeció y Dexter comunicó por radio su ubicación a su compañera y a los agentes de refuerzo. Cuando se acercó para esposar al sospechoso, se produjo un forcejeo y Dexter recibió un disparo. El sospechoso se dio a la fuga, pero otros agentes que estaban respondiendo a la llamada de Dexter de agente caído no tardaron en detenerlo.
El sospechoso fue detenido e identificado como Anthony Marcus. Negó haber robado en la casa o haber huido de la policía. Afirmó que se había escabullido de su propio domicilio y que se dirigía a casa de su novia para una cita secreta cuando, de repente, se encontró con Dexter. También negó haber disparado al policía, aunque admitió que huyó del lugar después del disparo y de que Dexter cayera, pues no sabía qué estaba pasando ni quién les estaba disparando.
Bosch leyó el informe dos veces y abrió Google Maps en su teléfono. Miró un mapa y luego fotos de las calles de la ruta de la persecución y los comparó con los detalles del informe. Eso le permitió comprender mejor la dirección, el terreno y la distancia de la persecución. A continuación, pasó al informe médico presentado por la División de Investigación de la Fuerza. La DIF se ocupaba de todos los tiroteos en los que estaban implicados agentes de policía, incluso de aquellos en los que la víctima era un agente. El informe médico indicaba que Dexter resultó herido dos veces por la misma bala, que le rozó la parte exterior de la pantorrilla derecha en ángulo descendente y luego le atravesó el zapato y el pie. Lo atendieron en urgencias del Centro Médico Warner y lo dieron de alta.
Bosch oyó a Haller en el asiento trasero diciéndole a Lorna que rechazara a un posible cliente acusado de distribuir fentanilo chino, a pesar de que estaba dispuesto a pagar un anticipo de cien mil dólares por los servicios del Abogado de Lincoln.
—El fentanilo está en mi lista negra —dijo Haller—. Dile que no.
—Lo sé —respondió Lorna—. Solo he pensado que querrías saber lo que ofrecía como anticipo.
—Es peor que dinero manchado de sangre. Siguiente.
Lorna le habló de otro caso en el que al posible cliente lo habían acusado de fraude por vender una guitarra que, según aseguraba, estaba firmada por John Lennon. El comprador descubrió, tras cerrar el trato, que la guitarra se había fabricado después de que Lennon hubiera muerto. El acusado vendía por internet recuerdos del mundo del rock and roll, y el fiscal estaba revisando otras ventas anteriores de guitarras supuestamente firmadas por estrellas del rock ya fallecidas, como Jimi Hendrix o Kurt Cobain. El caso podía complicarse.
Haller le dijo a Lorna que aceptaría la defensa, pero que necesitaría un anticipo de veinticinco mil dólares.
—¿Crees que será un problema? —preguntó Haller.
—Lo averiguo y te digo —respondió Lorna.
Bosch volvió a leer los informes del caso Marcus. Había una cronología de la investigación con breves anotaciones sobre los pasos que habían dado los investigadores de la DIF en el caso. Una de las últimas anotaciones indicaba que los investigadores se habían reunido con un técnico en huellas dactilares en la casa de Califa Street. Bosch sabía por experiencia que eso significaba que estaban intentando relacionar a Marcus con el robo que había dado origen a todo el suceso. Si conseguían situarlo en la casa, bloquearían una posible alegación de la defensa de que Marcus no era el ladrón al que Dexter y Garrity vieron huir. La cronología no decía qué había encontrado el técnico de huellas dactilares, si es que había encontrado algo.
Entre los informes había un inventario de las pertenencias requisadas a Marcus tras su detención y una descripción de su ropa. Llevaba vaqueros azules, zapatillas Nike negras y lo que se describió como una sudadera con capucha de la USC. En los bolsillos había una llave de casa, un condón y unas pastillas de menta. También había un informe de laboratorio de una prueba de residuos de disparo realizada al sospechoso, que dio positivo en las manos y en la manga derecha de su sudadera con capucha.
El último documento del paquete era una transcripción de las llamadas de radio que Dexter y Garrity habían realizado durante el incidente. En la primera, Garrity pedía refuerzos y, a continuación, decía que había un sospechoso huyendo y daba la descripción de alguien con pantalones oscuros y sudadera oscura con capucha. Bosch prestó mucha atención a las llamadas de auxilio que hizo Dexter momentos después y observó que la transcripción mostraba que solo transcurrieron ocho segundos entre que Dexter llamó diciendo dónde se encontraba y afirmando que tenía al sospechoso bajo custodia, y el aviso de agente caído:
01:43:23. Agente Dexter: Sospechoso de código cuatro, Valerie al oeste de Valley Circle.
01:43:31. Agente Dexter: Agente caído, agente caído…
01:43:36. Agente Dexter: Me ha disparado. Me ha disparado…
01:43:42. Agente Dexter: Sospechoso DAL, va al oeste por Valerie. Sudadera con capucha granate de la USC.
Después de revisar el expediente, Bosch tenía algunas ideas claras sobre lo que había ocurrido. Miró por el retrovisor. Haller y Lorna hablaban en ese momento de clientes que aún no habían pagado por los servicios jurídicos prestados. Era un espacio demasiado pequeño para mantener dos conversaciones separadas.
—Voy a salir para llamar a Jennifer —dijo Bosch.
—Gracias, Harry —respondió Haller.
Bosch puso la carpeta con los informes del caso Marcus sobre el capó del Navigator y llamó a Aronson. Contestó enseguida.
—Harry, estoy esperando para ver a Anthony en el centro de detención. Me harán pasar en cualquier momento.
—De acuerdo, puedes llamarme luego. Les he echado un ojo a los documentos que me has mandado de su caso.
—Muchas gracias. ¿Has visto algo?
—Escucha, no quiero que mi nombre se mezcle en esto. ¿Está claro? Hagas lo que hagas con lo que te diga, no me incluye a mí. ¿De acuerdo?
—Por supuesto. Ya he aceptado eso. No va más allá de esta llamada.
Bosch se quedó en silencio unos segundos mientras decidía si podía confiar en ella.
—¿Sigues ahí? —preguntó Aronson.
—Sí, aquí estoy —dijo Bosch—. Bueno, me has dicho que ibas a llamar al fiscal para ver si había alguna actualización de pruebas. ¿Lo has hecho?
—Eh, no, todavía no.
—Mira, la cronología dice que llevaron un técnico de huellas a la casa en la que, supuestamente, tu cliente irrumpió.
—Él asegura que no lo hizo.
—Cierto. Pero la cronología no dice qué encontró el técnico. Está claro que buscaban una huella de tu cliente en la casa, porque eso lo relacionaría con el robo y dejaría en entredicho su declaración inicial. Así que tienes que conseguir un informe de lo que encontró el técnico de huellas, si es que dio con algo.
—Vale, me pondré con eso. ¿Qué más?
—He mirado en Google Maps la zona donde ocurrió esto, y la casa de la esquina de Valley Circle y Valerie Avenue tiene un seto que recorre el perímetro del solar.
—De acuerdo. ¿Qué significa eso?
—Bueno, Dexter persiguió al sospechoso de robo por Valley Circle y luego lo siguió cuando el tipo giró a la izquierda en Valerie. Debido al seto, habría perdido de vista al sospechoso.
—Lo que apoya la afirmación de Anthony de que él no es el ladrón que Dexter estaba persiguiendo.
—Posiblemente, sí.
—Eso es bueno, pero el robo es el menor de nuestros problemas. Quieren acabar con él por el disparo. ¿Qué más viste?
—El informe de lo que llevaba encima. Anthony tenía un preservativo en el bolsillo junto con pastillas de menta y una llave de la casa.
—Lo que por supuesto apoya su historia, no la de ellos.
—Pero lo importante es lo que no tenía. Ni herramientas para el robo ni guantes. No hay guantes en el informe de pruebas. Por eso enviaron al técnico de huellas a la casa. Si no llevaba guantes, deberían haber encontrado sus huellas allí. Y si no, es que…
—Bien, Harry. Eso es lo primero que preguntaré cuando pueda hablar con la Fiscalía.
—La transcripción de radio que tienes aquí también es importante. Cuando empieza la persecución, la compañera de Dexter, Garrity, da una descripción. Dice que el sospechoso es un hombre blanco con ropa oscura. Luego, después de recibir el disparo, Dexter coge la radio y dice que el sospechoso está DAL y lleva una sudadera con capucha de la USC.
—¿DAL?
—Es el código policial para «desaparecido a la llegada». Significa que huyó. Pero lo importante es la sudadera. Las sudaderas de la USC suelen ser granates con letras doradas. ¿Cómo es que Garrity no vio las letras cuando vieron al tipo por primera vez?
—Tal vez estaba de espaldas a ellos.
—Posiblemente, pero es una discrepancia. Vieron que era blanco. Eso y que no hay huellas que lo sitúen en la casa.
—Correcto. Es un buen comienzo, Harry. Creo que puedo trabajar con eso. ¿Algo más?
Bosch dudó. Creía que había más inconsistencias significativas en los informes policiales y posiblemente incluso algo más turbio en lo que había ocurrido aquella noche en Valerie Avenue. Pero de alguna manera se sentía culpable de dar esa información a una abogada defensora. Y en ese momento Aronson planteó la pregunta que más le incomodaba.
—Entonces, ¿quién disparó a Dexter? —preguntó—. ¿Crees que el verdadero ladrón vino por detrás o algo así? Anthony dijo que no vio a nadie más.
—No, no creo que fuera eso lo que pasó —respondió Bosch—. Creo que el verdadero ladrón probablemente se coló entre un par de casas y se escondió en un patio trasero hasta que el camino estuvo despejado.
—Entonces, ¿qué ocurrió? Los informes dicen que hay residuos de disparo en las manos de Anthony.
—Los residuos se pueden explicar. Creo que existe la posibilidad de que Dexter se disparara a sí mismo y culpara a Anthony para no perder su trabajo.
—Harry, eres un puto genio.
—No te estoy diciendo esto como algún tipo de estrategia de defensa. Basándome en estos informes, creo que podría haber ocurrido.
—De acuerdo —dijo Aronson en un tono mortalmente serio—. Cuéntamelo.
—Mira, te repito que no estoy diciendo que es esto lo que pasó, ¿entendido? —dijo Bosch—. No sé. Pero no sería la primera vez que un poli imbécil se dispara a sí mismo y trata de culpar a otra persona. Si admites que te disparaste por accidente, estás casi acabado en el departamento. Hora de encontrar un trabajo nuevo.
—Lo entiendo. Solo cuéntame paso a paso lo que podría haber sucedido y partiré de ahí.
—Bueno, sabemos por Anthony que Dexter tenía su arma en la mano y le estaba apuntando con ella. Fue una persecución cargada de adrenalina y luego vino la detención. Antes de acercarse a él, ordenó a Anthony que se pusiera de rodillas y entrelazara los dedos detrás de la nuca. Entonces, el procedimiento sería acercarse, agarrar y sujetar las muñecas del sospechoso con una mano mientras enfundas tu arma con la otra. Luego, esposas al sospechoso. Según la transcripción de las llamadas de radio, Dexter dijo que el sospechoso estaba en código cuatro, lo que significa «bajo custodia». Y luego, ocho segundos después, hace la llamada de oficial caído.
—¡Dios mío, Dexter se disparó a sí mismo!
Aronson respondió casi eufórica al ver un camino abierto para defender con éxito al hijo de su hermana.
—No sé lo que pasó —dijo Bosch—. Y tú tampoco. Pero hay un par de cosas. Lo primero es que Anthony no llevaba las esposas de Dexter en las muñecas cuando después lo detuvieron. Así que, pasara lo que pasara, ocurrió antes de que Dexter pudiera esposarlo. Luego, tienes la trayectoria de la bala que se disparó.
—Le atravesó el pie —dijo Aronson.
—Después de herirle en la parte exterior de la pantorrilla derecha. Trayectoria descendente clara. Lo que tienes que averiguar es si Dexter es diestro y enfundó su arma en su lado derecho. Podría significar que disparó el arma involuntariamente mientras intentaba enfundarla. Recuerda, fue un momento cargado de tensión y adrenalina. Ha pasado antes.
—Y está dispuesto a enviar a un chico de dieciséis años a prisión para cubrir su propia cagada.
—Tal vez. No había nada en lo que conseguiste que dijera cuánto tiempo lleva en el departamento. Supongo que no mucho. Un disparo accidental suele ser un error de novato. Esto también podría explicar que Anthony diera positivo en residuos de disparo. Estaba arrodillado, con las manos en la nuca. Dexter justo detrás de él. Dependiendo de lo alto que sea Dexter, esta posición coloca las manos y el brazo derecho de Anthony cerca de un disparo por parte de un diestro.
—Oh, Dios mío…, voy a conseguir toda esa información antes de que termine el día.
—Bueno, ten en cuenta que, si lo estás viendo de esta manera, la DIF probablemente también lo haga. Ese informe de huellas dactilares es importante.
—Harry, no puedo agradecértelo lo suficiente.
—Puedes agradecérmelo manteniéndome al margen.
—No tienes que preocuparte. Estás completamente fuera. Pero me tengo que ir. Acaban de hacerme señas de que han puesto a Anthony en la sala de abogado-cliente.
—Vale, buena suerte.
Aronson colgó. Bosch cogió la carpeta del capó y volvió al asiento del conductor del Navigator. Al parecer, Haller y Lorna habían terminado con los casos y se habían enfrascado en una conversación sobre Hayley, la hija de Haller, que estaba estudiando para el examen del colegio de abogados después de haber terminado Derecho en la USC.
—Tendrás que cambiar el nombre del bufete a Haller and Haller —dijo Lorna.
—No creo que pretenda dedicarse al derecho penal —repuso Haller—. Quiere centrarse en el derecho medioambiental y ayudar a salvar el planeta.
—Buenas intenciones, pero aburridísimo.
—Encontrará su camino.
—Muy bien, chicos, me voy. Mickey, te informaré sobre el fraude de la guitarra. Con suerte, podrá pagar el anticipo.
—Ojalá.
Bosch oyó que Lorna empezaba a abrir la puerta para salir.
—Espera —dijo.
Miró por el retrovisor lateral para asegurarse de que no venía ningún coche por detrás.
—Está bien, no viene nadie —dijo.
—Gracias, Harry —respondió Lorna, que salió y cerró la puerta.
—¿No habrías podido salir y abrirle? —preguntó Haller.
—Probablemente —contestó Bosch—. Culpa mía. ¿Adónde vamos ahora?
—Ya está —dijo Haller—. He terminado por hoy y puedes llevarme a casa.
Bosch miró el reloj del salpicadero. Todavía no eran las dos, así que iba a terminar de trabajar temprano. No puso el coche en marcha. Esperó y Haller se dio cuenta del motivo.
—Ah, claro —dijo. Salió del coche y volvió a entrar, esta vez en el asiento delantero, después de colocar el expediente de Anthony Marcus en el salpicadero—. ¿Has averiguado algo sobre este caso? —preguntó—. Me ha dado la impresión de que eras tú el que más hablaba.
—Creo que sí —dijo Bosch—. Se podría decir que la he encaminado.
—Bien. Espero que no te haya oscurecido el alma tener que hacer eso.
—Un poco. Pero lo superaré. Solo recuerda que ha sido una vez y nunca más, Mick, y ha sido fácil. Pero ahora vuelvo al pajar.
—Que es exactamente donde te necesito. Encuéntrame la aguja.
Después de mirar por el retrovisor lateral, Bosch arrancó y empezó a dirigirse hacia la casa de Haller. Al cabo de unos minutos de silencio, Bosch habló.
—Sobre esa negociación de Ochoa con el fiscal municipal, ¿qué ganas con eso?
—Bueno, tenemos una tarifa variable para todos esos casos. Obtenemos un veinticinco por ciento estándar hasta el primer millón, sube hasta un treinta y tres en una escala prorrateada. La mayoría de los abogados tienen una tarifa plana de un tercio o más hasta el final. Mi parte solo aumenta si aumenta el cheque.
—No está mal cuando es tan fácil como parece este.
—Nunca es tan fácil como parece.
—Pero con el pajar, no lo haces por ese pago de la segunda fase, ¿verdad?
—Es estrictamente pro bono en todo el trabajo que hacemos de entrada. Luego, si sacamos a alguien, estaré encantado de representarle en una demanda por daños y obtener una compensación en función de mi tarifa habitual. Pero eso es hacer castillos en el aire: en la mayoría de los casos, el estado limita la compensación. Así que podría haber dinero al final, sí. Pero esto no es una operación para ganar dinero. ¿Por qué crees que estaba revisando casos con Lorna? Tengo que mantener la máquina engrasada. Necesito echar gasolina en el depósito, casos con los que ganar dinero y que tú puedas trabajar en el pajar.
—Solo quería estar seguro, nada más.
—Bueno, puedes estarlo. El trato que hice con Ochoa lo hice antes de que empezaran a llegar todas las cartas, y fue Hayley quien me sugirió que creara mi propio pequeño proyecto de inocencia. La única diferencia es que el verdadero Proyecto Inocencia acepta donaciones para la causa. Yo no.
—Entendido.
Volvieron a quedarse en silencio hasta que Bosch empezó a subir la colina por Fareholm. Pasó por delante de la casa de Haller y dio la vuelta en lo alto; luego volvió a bajar a la casa y aparcó delante de las escaleras que conducían a la puerta del domicilio de Haller.
Ambos bajaron del coche.
—Gracias, Harry —dijo Haller.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Bosch.
—Bueno, hace meses que no tengo medio día libre. No quiero desaprovecharlo. Puede que vaya a Wilshire a hacer unos hoyos.
—¿Juegas al golf?
—Tomo clases.
—¿Y eres socio de Wilshire?
—Desde hace unos meses.
—Bien por ti.
—¿Qué significa ese tono?
—Nada. Solo significa que me alegro de que estés en un club. Te lo mereces.
—Tengo un amigo en la oficina del Defensor Público que es miembro. Me apadrinó.
—Qué bien.
—¿Y tú qué vas a hacer esta tarde?
—No lo sé. Probablemente, echarme una siesta.
—Deberías.
Bosch le entregó las llaves del Lincoln y empezó a caminar calle abajo hacia donde había aparcado su Cherokee. Haller lo llamó.
—¿Qué tal el coche nuevo? —preguntó.
—Me gusta —dijo Bosch—. Todavía echo de menos el viejo.
—Es muy propio de ti, Bosch.
Bosch no estaba seguro de qué quería decir. Había encontrado y comprado un todoterreno Cherokee de 1994 para sustituir el que había perdido en un accidente durante la investigación en la que había trabajado con Ballard el año anterior. El «nuevo» coche viejo tenía menos kilómetros y una suspensión mejor. Venía con neumáticos nuevos y lo habían pintado hacía poco. No tenía toda la parafernalia del Navigator, pero era lo bastante bueno para llevarlo a casa.
Después de despertarse de una larga siesta, Bosch miró su teléfono y vio que había seguido durmiendo pese a haber recibido varios mensajes de texto; leyó los de su hija, Ballard y Aronson, y uno de un camarero del Catalina Bar and Grill. Se levantó, se lavó la cara y fue al comedor, donde la mesa hacía tiempo que se había convertido en escritorio. Se detuvo en las estanterías que tenía junto al tocadiscos y examinó su colección de vinilos. Sacó uno antiguo, un disco que había sido de los favoritos de su madre. Se había publicado en 1960, un año antes de que ella muriera, y Bosch lo había conservado en perfecto estado. Lo había cuidado durante años no solo por respeto a su madre, sino también al artista.
Dejó caer con cuidado la aguja en la segunda pista de Introducing Wayne Shorter. Shorter, que dejó los Jazz Messengers de Art Blakey para grabar su primer álbum como líder, no tardó en tocar el saxo tenor al lado de Miles Davis y Herbie Hancock. Theo, del Catalina, le había dejado a Bosch el mensaje de que Shorter acababa de fallecer.
Bosch se puso delante de los altavoces y escuchó la habilidad de Shorter en el segundo tema. Su respiración, el trabajo de los dedos, todo estaba ahí. Habían pasado más de seis décadas desde que Bosch escuchara por primera vez esas notas, pero la noticia de la muerte de Shorter había disparado el recuerdo de esa canción que todavía significaba mucho para él. El tema terminó y Bosch levantó con cuidado el brazo del tocadiscos, lo echó hacia atrás y puso de nuevo Harry’s Last Stand. Luego se acercó a la mesa para volver al trabajo.
El mensaje de Maddie era breve; seguía su rutina diaria de preguntar cómo estaba. Le respondería con una llamada más tarde. Ballard le había escrito para decirle que le había enviado un mensaje de correo electrónico. Vio que le había enviado dos enlaces de artículos del Los Angeles Times de cinco años atrás. Empezó a leerlos en orden cronológico.
Exmujer acusada del asesinato de un heroico
ayudante del sheriff
Por Scott Anderson, de la redacción del Times
La exesposa de un ayudante del sheriff del condado de Los Ángeles, alabado en su día por su valor frente a los disparos, ha sido acusada de su muerte tras un enfrentamiento doméstico en Quartz Hill.
Lucinda Sanz, de treinta y tres años, fue acusada el pasado lunes de asesinato en primer grado por disparar por la espalda a su exmarido, Roberto Sanz, cuando este cruzaba el jardín delantero de la casa que ambos habían compartido con su hijo de corta edad. Según los investigadores del sheriff, la expareja había mantenido una acalorada discusión momentos antes. Lucinda Sanz se encuentra detenida en la cárcel del condado. La fianza se ha establecido en cinco millones de dólares.
Los investigadores de Homicidios establecieron que el asesinato ocurrió alrededor de las 20.00 del domingo en Quartz Hill Road a la altura del 4500, poco después de que Roberto Sanz dejara a su hijo en la casa de su exesposa tras una visita de fin de semana que formaba parte del acuerdo de custodia de la pareja. El sargento Dallas Quinto declaró que los dos adultos habían discutido poco antes de que Roberto Sanz saliera de la casa. Momentos después recibió dos disparos en la espalda mientras cruzaba el césped hacia su camioneta aparcada en la calle. El hijo pequeño de la pareja no presenció los hechos, declaró Quinto.
Roberto Sanz no llevaba chaleco antibalas en el momento de recibir los disparos porque no estaba de servicio.
«Es muy triste que haya terminado así —dijo Quinto—. Roberto estaba constantemente amenazado cuando trabajaba en las calles, protegiendo a la comunidad. Que la amenaza definitiva proviniera de su familia es desgarrador. Era muy querido por sus compañeros.»
Roberto Sanz, de treinta y cinco años, formaba parte de un equipo antibandas asignado a la comisaría de Antelope Valley. Anteriormente había estado destinado en la división de prisiones. Hace un año, fue elogiado por el sheriff Tim Ashland y condecorado con la medalla del departamento al valor tras un tiroteo con miembros de una banda de Lancaster que habían tendido una emboscada a Sanz cuando este se detuvo en el puesto de hamburguesas Flip’s. Sanz salió ileso del tiroteo, pero un miembro de la banda murió de un disparo y otro resultó herido. Otros dos hombres armados se dieron a la fuga y nunca han sido identificados.
Bosch volvió a leer el artículo. Quartz Hill era un barrio periférico de otro barrio periférico llamado Palmdale, situado en la vasta expansión del condado hacia el noreste. Lo que había sido una pequeña población desierta había experimentado, igual que la vecina Lancaster, un enorme crecimiento demográfico desde principios de siglo, cuando los precios de la vivienda en Los Ángeles se dispararon y obligaron a miles de personas a desplazarse a las zonas más remotas del condado en busca de casas asequibles. Palmdale y Lancaster se convirtieron en una única pequeña metrópolis en el desierto con todos los problemas de la vida urbana, como las bandas y las drogas. Era una zona donde el Departamento del Sheriff tenía mucho trabajo.
Quartz Hill estaba encajonado entre Palmdale y Lancaster. Bosch había estado allí investigando casos en el pasado y se acordaba de las plantas rodadoras y las calles cubiertas de arena. Esperaba que todo eso hubiera cambiado.
Bosch admiraba lo que había hecho Ballard. En lugar de enviarle los informes de un caso sacados de un ordenador de la policía y arriesgarse a perder su trabajo, había buscado el caso y luego había encontrado enlaces a artículos de periódicos que estaban a disposición de cualquiera. De hecho, Harry estaba enfadado consigo mismo por no haber pensado en buscar el nombre de Lucinda Sanz en el L. A. Times antes de acudir a Ballard.
Hizo clic en el segundo enlace y se descargó otro artículo sobre el caso Sanz, publicado nueve meses después del primero.
Condenada la exmujer del héroe asesinado
Por Scott Anderson, de la redacción del Times
La exesposa de un ayudante del sheriff del condado de Los Ángeles, alabado en su día por su valor, fue condenada a prisión el jueves por matarlo tras una disputa sobre la custodia de su hijo pequeño.
Lucinda Sanz, de treinta y cuatro años, se declaró nolo contendere
