El camino de los monjes shaolin - Bruno Tombolato - E-Book

El camino de los monjes shaolin E-Book

Bruno Tombolato

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Beschreibung

¿Qué pueden enseñarnos los monjes shaolin para enfrentar el estrés, la ansiedad o la falta de foco que sentimos en nuestra vida moderna? Discípulo del legendario monasterio chino, Bruno Tombolato comparte en este libro los fundamentos de esta sabiduría ancestral adaptados al ritmo de hoy. A través de 16 enseñanzas prácticas, nos habla de cómo encontrar equilibrio físico y mental, entrenar la paciencia, cultivar el desapego, la empatía o la resiliencia. El camino de los monjes shaolin no es solo un libro sobre kung fu o meditación: es una herramienta poderosa para transformar nuestra actitud, fortalecer nuestra mente y vivir con mayor plenitud.

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Seitenzahl: 152

Veröffentlichungsjahr: 2025

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El diálogo herido

Cómo comunicarnos mejor en tiempos de polarización

Tomás Aparicio Ayán

Prólogo de Ángel Domingo

Primera edición en esta colección: septiembre de 2025

© Tomás Aparicio Ayán, 2025

© del prólogo, Ángel Domingo, 2025

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 979-13-87813-08-6

Diseño de cubierta: Antonio F. Lopez

Fotocomposición y realización de cubierta: Grafime Digital S. L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Al circuito de debate académico, por lo que me ha enseñado y hecho crecer.

Siempre he tenido la sensación de estar en el bando equivocado de la política. De estar con los otros y no con los que uno debería estar.

Luis Miller

Hemos entrado en un tiempo en el que el mundo está fuera de la narración.

Christian Salmon

Y la verdad, que se afila maliciosamente, es el puñal que, paradójicamente, desangra nuestra democracia.

Índice

Prólogo,

de Ángel Domingo

Introducción

1. El veneno de nuestro tiempo es la polarización

2. Y con las

fake news

, ¿qué hacemos?

3. El debate de competición

4. Los secretos olvidados de la oratoria

5. ¿El buen orador nace o se hace?

6. La frustración al hablar en público: ¿cómo gestionar el proceso?

7. ¿Existe el orador ideal?

8. Comunicar no es sinónimo de buena dicción

9. Estrategias en debate académico

Conclusión

Navegació estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Epígrafe

Índice

Comenzar a leer

Colofón

Prólogo

Gracias, Tomás, por abrirnos tu corazón. En estas páginas tenemos el privilegio de leer una sincera carta de amor, una sincera declaración de pasión por la palabra que, como sentenció la escritora Ana María Matute, es el arma de los humanos —aunque personalmente preferiría otro concepto menos bélico— para aproximarse unos a otros. No en vano, aunque rara vez lo recordemos, «comunicar» etimológicamente proviene del latín communicare, que significa compartir algo, hacerlo común. En resumen, comunicar es compartir entre personas. ¿Puede existir una actividad humana más hermosa?

En estos tiempos oscuros, que apuestan por la palabra realmente como arma y no como puente entre los individuos y las comunidades, el título de este libro es toda una declaración de intenciones. Condensa el propósito de recuperar el verdadero sentido del diálogo, esta vez heredado del griego, compuesto por διά (dia), que significa «a través» o «entre», y λόγος (logos), que significa «palabra», «discurso» o «razón». En resumen, un camino, el del diálogo, que se refiere a una conversación o intercambio de palabras entre dos o más personas.

Esto nos recuerda irremediablemente la mayéutica socrática, del griego μαιευτική (maieutiké), que con lucidez toma prestada esta referencia de la asistencia al parto. Sócrates adoptó este término de manera metafórica para describir su método de enseñanza, donde, a través de preguntas, ayudaba a sus discípulos a «dar a luz» sus propias ideas y conocimientos. Esa es, sin duda, el propósito de estas páginas: convertirnos en parteros de la razón. Hacernos más humanos, en definitiva.

Creo que fue Da Vinci quien dijo que quienes habitualmente citan a otros tratan así de ocultar su ignorancia. Consciente de la inmensidad de la propia en esta introducción, que espero no le quite el apetito del sabroso menú que nos sirve Tomás Aparicio, viene a colación parafrasear a dos de los filósofos que más han influido en nuestra era.

Wittgenstein afirmó que los límites de nuestro mundo son nuestro lenguaje, y que en esta obra se expande gracias a la extensa labor del responsable de este libro.

Y, puesto que de debate se trata en gran medida, es irremediable parafrasear a Karl Popper, quien nos recomendó que confrontemos nuestras ideas —sin tregua— para evitar que luchen las personas, porque anulada la palabra como vehículo de entendimiento, o incluso contraposición de argumentos, ¿qué otra solución encontrará el ser humano?

Por este motivo, enseñar a debatir desde la infancia es una labor vital no sólo para practicar la oratoria —como última operación retórica—, sino para contribuir al desarrollo del estudiante en un triple eje personal, académico y profesional en beneficio propio y de la sociedad.

El debate, en sus múltiples formatos, es una herramienta pedagógica esencial para inculcar el pensamiento crítico, el respeto, la empatía, la honestidad, la cooperación y la equidad. Valores inherentes a los cimientos de toda comunidad basada en una ciudadanía realmente libre, autónoma y mayor de edad, en el sentido kantiano, mediante el «uso público de la razón».

Sin duda, en este libro encontramos una guía para argumentar y defender nuestra posición, mas conviene recuperar su dimensión ética, ya que técnicas y conocimientos en este ámbito a menudo se confunden, intencionadamente o no, con simples aperos de manipulación, olvidando el fin para el que fueron desarrollados, convencer o persuadir con razones.

Por este motivo, tengamos siempre presente la expresión latina vir bonus, dicendi peritus («buen hombre, perito en el decir»). Maestros como Cicerón pusieron la piedra angular de este arte con su «retórica virtuosa», una visión holística de la apremiante necesidad, ya en su época, de la completa educación intelectual y moral que debía poseer todo ciudadano. Para nuestro paisano Quintiliano, la retórica no es solo el arte de la persuasión. Todo orador debe reunir dos elementos esenciales, pues además de ser experto en hablar de modo persuasivo, un orador ha de ser una persona excelente.

Todo esto sirve para dedicar una sentida mención a quien aquí nos ha reunido, compartiendo generosamente su experiencia e intenso estudio en esta materia. Los méritos de Tomás Aparicio para leer sus reflexiones y enseñanzas no son el simple hecho de ser campeón del mundo de oratoria, ante un gran Leandro Rossi —injustamente desaparecido a los veintidós años—, o ganar la Liga Española de Debate Universitario (Ledu), sino su ética de trabajo.

Que poseía un descomunal talento quedó claro desde el primer debate que le juzgué y en nuestra conversación posterior. Desde el comienzo demostró, además de sus dotes, una inmensa capacidad de escucha movido por el deseo inagotable de crecer y mejorar. Una auténtica esponja, adornada de innumerables virtudes personales de bonhomía, que ahora nos hace el honor de devolver compartiendo el conocimiento y la experiencia adquiridos en las competiciones. Un ejemplo de comunicación desde su propia raíz.

Querido Tomás, enhorabuena por la persona en la que te has convertido. Nos vemos en los atriles.

ángel domingo

Director técnico y de Comunicación de LEDU

Profesor y asesor en oratoria

Introducción

Recuerdo dos frases que me han marcado especialmente. Ambas las encontré entre las páginas de dos libros de comunicación y debate. La primera procedía de las palabras del personaje ficticio Albus Dumbledore, director de Hogwarts en la saga de Harry Potter, quien afirmaba que «las palabras son nuestra más inagotable fuente de magia». La segunda la encontré entre las páginas de un libro escrito por Gorka Samaniego, un histórico debatiente del circuito español; la frase era la siguiente: «Ojalá nos tratásemos más como personas y menos como oradores». Tiempo más tarde, y para ser justo, descubrí que esa frase no le pertenece, sino que procede de una persona a la que admiro con creces, Gregorio Colao, un grandísimo debatiente asturiano, con quien he tenido la suerte de compartir debates y, sobre todo, con quien comparto amistad.

Esta última frase habla de una reflexión que solo a lo largo del tiempo he podido entender y que merece iniciar las páginas que introducen este libro. Sin embargo, para dotarla de la importancia que se merece, es necesario hacer una ligera retrospección.

Mis inicios en el debate de competición comienzan en torno al año 2021. Pese a que ya conocía la existencia de ese mundo, para mí era algo lejano. Había visto muchos debates de oradores universitarios, especialmente de Antonio Fabregat y Javier de la Puerta; dos de los más grandes debatientes universitarios. Aun así, desconocía los diferentes formatos que existen, así como las reglas básicas que los componen. Ansiaba con todas mis fuerzas poder participar algún día de ese mundo que veía a través de la pantalla, pero, por desgracia, no tenía los medios a mi alcance para hacerlo posible. Sin embargo, en septiembre de ese año, todo cambiaría.

A finales de septiembre, mi madre me envió una noticia de El Faro de Vigo, el periódico local de mi ciudad, que anunciaba que uno de los miembros de la Asociación de Debate Retórica de la Universidad de Vigo había sido nombrado «Mejor Orador de España» en la Liga Española de Debate Universitario. Aunque en 2021 yo estaba comenzando a cursar tercero de carrera, desconocía que existiera esa asociación. Dentro de la universidad no había recibido la atención suficiente, y yo nunca había oído hablar de ella, pero a partir de ese mes todo cambió.

En octubre de aquel año me apunté a la asociación. Lo que sigue después de ese mes son tres años recorriendo España de extremo a extremo, para intentar alcanzar el objetivo que siempre me propuse: ganar la Liga Española de Debate Universitario. Por el camino gané torneos que nos clasificaron para competir en la fase final, e incluso un Campeonato del Mundo de Oratoria, en octubre de 2023.

Después de ganar este último certamen, mi vida pegó un vuelco… para bien. Surgieron numerosos proyectos. Viví momentos de estrés, algunos de ilusión y siempre mantuve las ganas de llegar al final del camino que me había propuesto. En el medio de todo aquello nació la oportunidad de escribir este libro. Una oportunidad que nunca imaginé y que, siendo honestos, menos se esperaba mi madre cuando le revelé: «Mamá, voy a escribir un libro».

Finalmente, llegaba 2024. En concreto, septiembre. El mes en el que todos los años se celebra la fase final de la Liga Española de Debate Universitario, la competición que tanto ansiaba ganar. Y después de mucho trabajo, un jurado presidido por Albert Rivera —expresidente de Ciudadanos—, a quien le tocó la labor de comunicar el veredicto, anunció la decisión: «¡Campeones de la Liga Española de Debate Universitario!».

Ahora bien, ¿y por qué esa frase ha sido tan importante después de estos tres años? Porque, cuando comencé a escribir este libro y empecé a profundizar en la polarización, me di cuenta de que, en ocasiones, hasta las actividades más nimias de nuestra vida están polarizadas. El ocio, a veces, también se polariza. Porque pensamos en términos de contrincantes, y no en términos de compañeros. Porque pensamos desde la rivalidad y no desde la unidad que nos involucra a todas las personas que profesamos amor por una actividad o pasión por cambiar el mundo en que vivimos.

Por eso, en ocasiones, en la vida, en sus distintas esferas, tanto políticas, sociales o económicas, deberíamos tratarnos más como personas y, en definitiva, menos como oradores.

1.El veneno de nuestro tiempo es la polarización

La necesidad de la palabra para construir sociedades

Un campo de estudio muy relevante dentro de la filología es el análisis de la capacidad que tiene el lenguaje para crear comunidad y forjar lazos. En definitiva, cómo el lenguaje incide en la forma que tenemos de dimensionar nuestro alrededor.

En la India, en el oeste del país, se habla un dialecto conocido como «guyaratí», que muestra una característica peculiar: su gran diversidad de palabras para hacer referencia a «la familia» (por ejemplo, para referirse a un «tío», en función de la cercanía del pariente, existen doce palabras diferentes que pueden usarse). Quizás este dato resulte absolutamente inusual, pero refleja con claridad cómo el lenguaje jerarquiza el entorno que nos rodea. En el caso del guyaratí, se percibe el valor dado a la familia y a los distintos lazos particulares debido a la existencia de múltiples palabras dentro de un mismo campo semántico.

Esta anécdota no es baladí, pues la palabra es crucial para forjar comunidades, pero también es el talón de Aquiles a través del cual destruirlas. El lenguaje condiciona nuestro mundo; y de la misma forma que permite crear lo que nos rodea, también tiene la propiedad de destruirlo. La palabra une y desune y, según la voluntad de quien lo utilice, el resultado será uno u otro. El mito de Babel, salvando las distancias, es buen ejemplo de que la lengua es un vehículo social. La palabra tiene la propiedad de imposibilitar o favorecer la cohesión entre los individuos, y puede hacer que los objetivos de los humanos resulten incompletos e inalcanzables, o, por el contrario, una meta colectiva fácil de conseguir.

Las civilizaciones, por tanto, se sostienen sobre la palabra. Se observe desde el plano que sea, sin diálogo no hay bienestar. Por esta razón, aquellas sociedades que viven alejadas unas de otras encuentran mayores dificultades en su proceso de crecimiento.

Por ello es imposible disociar la palabra, el lenguaje, del desarrollo de las sociedades. A mayor capacidad de diálogo, mayor capacidad de producción intelectual, mayor reflexión colectiva, mayor inteligencia social; y todo ello contribuye a una sociedad más rica y fértil.

Para conseguirlo, la ciudadanía merece unos representantes que asuman la delicada tarea de custodiar el diálogo entre aquellos que piensan de forma opuesta. Las sedes en las cuales reside la soberanía popular y que dan cabida a representantes con diferentes propuestas políticas, creencias e identidades deberían ser un espacio de esperanza y de palabra, basado en el diálogo y en la negociación con la voluntad de hallar consensos. De la misma manera, estos mismos representantes deberían trasladar esta forma de hacer política a la calle, y aplicar los mismos principios que inspiran el sentido de ser de las cámaras parlamentarias.

En efecto, los representantes tienen el deber ético de fomentar el consenso y jamás dividir a la población para acumular capital político. Desgraciadamente, y como sucede en la gran mayoría de las instancias, aquello que algunos intelectuales trataron de plasmar en un papel, en forma de textos legales o constitucionales, ha resultado quedar hueco y ser meramente un objeto de reflexión por parte de teóricos; quedando muy abandonado de una aplicación práctica por parte de quienes se presupone que tienen el cometido de hacerlo.

El corolario lógico de todo lo anterior es lo que todos conocemos como «polarización»: el veneno de la democracia y el arma arrojadiza de los intolerantes.

Verdad, posverdad y polarización

Todas las sociedades, de todas las épocas históricas, tienden a autodenominarse con alguna etiqueta. Ocurre también con las generaciones: generación millennial, generación Z… Las sociedades actuales buscan y demandan etiquetas. Cada vez las agrupaciones son más específicas. Necesitamos un adjetivo fácil. Es una forma de describir el elemento más característico de la sociedad en ese momento temporal. Nosotros vivimos la era de la posverdad. Somos una sociedad profundamente impregnada por la inmediatez que contagian las redes sociales, y por esta razón en el año 2016 el término «posverdad» fue la palabra del año.

Pero ¿qué es «la posverdad»? La RAE la define como «una distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales». La posverdad es una consecuencia de las nuevas prácticas políticas. Y no, desde luego que no es como las mentiras que siempre se han atribuido a los gobernantes. La posverdad es un paso más allá, que trasciende a la esfera política y tiene como consecuencia la institucionalización de la mentira. Como explica el profesor de la Universidad Pontificia de Comillas Roberto Rodríguez Andrés, «los filtros que antes debía pasar la información eran más estrictos». La verdad estaba más protegida. Sin embargo, en los tiempos que corren actualmente, la capacidad de generar información falsa a través de las redes sociales de forma alternativa a los medios tradicionales, las presiones de lobbies a los medios de comunicación (cada vez menos independientes) y la búsqueda de la inmediatez han contribuido a un tiempo en que la verdad ha salido malparada. Y en este clima tan sensible, la mentira, camuflada de verdad, se convierte en un instrumento para generar relatos falsos y manipular a la población.

La posverdad es, siendo realistas, el contexto perfecto para la polarización. Cuando la verdad se diluye, las certezas escasean y la información pierde valor en sí misma, lo único que nos queda es aferrarnos a nuestras creencias propias y a aquellos que las respaldan. Quienes defienden nuestras opiniones y nos dicen que aquel que no piensa como nosotros se equivoca nos parecen personas fiables. Usan la mentira enmascarada de verdad para inocularnos todo ello. Y nosotros, inconscientemente, lo creemos. Las redes de la posverdad nos impiden reconocer que existe la mentira y la verdad adquiere una connotación subjetiva. Solo aquel que dice nuestra verdad es verdaderamente un defensor de esta. La polarización se articula a través de esta dinámica social donde dudamos de todos menos de con quienes compartimos ideología.

Los grandes líderes políticos se han aprovechado de este nuevo terreno de juego para sus estrategias personales. Sus relatos políticos, las narrativas en torno a las medidas políticas que se disponen a aprobar y el contexto en el que se debate acerca de estas se han alimentado de esta verdad. Como explica el experto en comunicación Christian Salmon en su libro La era del enfrentamiento, Donald Trump se ha enarbolado como propia la autoría de la estrategia de proliferar fake news en el sentido anterior; las fake news no son mentiras falsas, en opinión del político norteamericano. Y así lo defiende, y así lo cree mucha gente. Porque, en el contexto de la desregulación informativa de las redes sociales, la definición de la verdad es difícil, pero más difícil es todavía atribuirte el rol de protector de esta. Por ese motivo, los fact checkers, al menos en la política estadounidense, han sufrido cierto descrédito. Christian Salmon reconoce textualmente:

En los labios de Trump, la expresión fake news resuena como el mantra de una nueva era, pospolítica y posdemocrática. Trump no ha inventado la expresión, pero se la ha apropiado y, sobre todo, le ha dado la vuelta de forma magistral y la ha convertido en un arma contra los medios de información oficiales.