El camino turquesa - José Mora - E-Book

El camino turquesa E-Book

José Mora

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Beschreibung

Parece que, como humanidad, hemos perdido el rumbo de la colaboración, la alineación y el amor por la vida. El postmodernismo viene acompañado de una endémica inconformidad en cuyo centro no distinguimos la configuración del Ego-personna, lo que nos dificulta mirar al mundo con la perfección del amor. El camino turquesa reivindica las posibilidades de experimentarnos de una manera integral con el propósito de develar las claves de la desactivación del sufrimiento y el encuentro con la felicidad profunda, pulverizando la concepción de la utopía y estableciendo el mapa comprobable expiando el pecado de nuestra desidia e irresponsabilidad.

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Seitenzahl: 543

Veröffentlichungsjahr: 2021

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El camino turquesa

La vía para revitalizar el mundo de la vida

con atención plena

©2021 José Mora O

ISBN ePub: 978-607-99126-6-6

Primera edición, 2021

creación de contenido

Comunica México

impreso y editado en méxico

Ninguna parte de esta publicación puede reproducirse, almacenarse en un sistema de recuperación o transmitirse, en ninguna forma ni por ningún medio, sin la autorización previa y por escrito del autor.

Agradecimientos

Agradecer representa un exquisito manjar con el que se festeja una vida en colaboración y compañía. Nunca como ahora he experimentado el amor, la compasión, la alegría y la ecuanimidad. Estas son las fuerzas que impulsaron mi corazón para domar mis palabras y dejar fluir las ideas que trazaron el Camino Turquesa.

La felicidad se presenta para definirse a través de cada momento en que nos decantamos por una sonrisa, una mirada, una caricia o una palabra que exprese lo que auténticamente habita en las redes vitales por las que se cuela nuestro ser o sí mismo espiritual, hacia la manifestación del día a día y es por ello por lo que quienes nos rodean son a la vez receptores, usuarios y espejos que nos la confirman.

Así es como comprendo el preciso encadenamiento, tal vez mórfico, que armonizó la participación pasada, presente y futura en este torbellino de la línea del tiempo, de las almas que, a sabiendas o no, han plasmado su eslabón experiencial en este eterno aquí y ahora.

Las dimensiones personal y profesional se han colapsado y, confabulándose, han trazado los hechos del que han emergido la estructura y contenidos del presente libro, consolidándose como un proceso de transformación personal en donde el cuestionamiento y el descubrimiento han encontrado nuevos cauces.

En este todo absoluto desde el que emerge el intersticio de la singularidad, han acudido en apoyo de este proyecto un sinnúmero de personas. A todos y cada uno agradezco profundamente sus aportaciones. En algunos casos estas aportaciones se transformaron en colaboraciones extraordinarias que, bajo mi perspectiva, requiero destacar.

Mi reconocimiento y profundo agradecimiento a mi maestro el doctor Ramón Gallegos Nava, pionero y líder mundial en la promoción de un modelo de educación holista sustentado en los factores de la inteligencia espiritual y quien, bajo una impecable sincronía se ha mantenido como mi faro en toda clase de aguas por más de 30 años.

Gracias a Verónica García, quién es y ha sido, además de mi pareja sentimental por 37 años, mi amiga más íntima y compañera de búsqueda, compartiendo, además de mi vida personal, la experiencia de la consciencia. Juntos hemos transitado por los penduleos característicos de la dualidad, desde donde ha emergido una sintonía que nos ha permitido fluir en la dirección de la dimensión de la verdad, donde mora lo que es en un eterno presente distinguido por la no dualidad, las ausencias de la memoria, los pensamientos y del lenguaje. Es probable que, sin el contraste virtuoso de nuestra experiencia compartida, nada de lo aquí plasmado pudiera haberlo concebido.

Gracias a José Isaac y Verónica Alejandra, por su apoyo constante y por quererme tal cual soy.

Gracias a mis amigos Cuauhtli Arau y Jorge Santoyo, por compartir su sabiduría conmigo, muchas reflexiones contenidas en este libro son producto de nuestras ricas conversaciones.

Reseño con especial énfasis, agradecimiento y admiración, la profunda labor de Gabriela Torres Cuerva, directora de Comunica México, quien además de concederme el privilegio de escribir el prólogo, coordinó los esfuerzos para darle estructura, ritmo, claridad y profundidad a este libro. Es gracias a su trabajo que se despliega su sustancia.

Gracias a mi socio en Heranza Consultores: José de Jesús Gutiérrez Aldaco por su apoyo, acompañamiento y congruencia, pero sobre todo por lo que aprendo de él y con él. Mucho de estos aprendizajes se encuentran vibrando en estas páginas.

JOSÉ MORA O

Primavera del 2021

Reverberar

A la vida le sacamos jugo con cada minúsculo acto cotidiano. Si aspiramos el aroma del café, sentimos cómo van despertando los sentidos. Reconocemos en la casa una esquina, un rincón, las figuras geométricas a trasluz de la cortina. Quizás encontremos relojes: el óxido en el marco de una ventana, el cristal, el espejo, la luna de grillos en la noche, una gaveta atiborrada de papeles. Huellas del tiempo, del tic tac de la vida haciéndose agua y tierra para sembrar flores o cardos.

Lo primero que El Camino Turquesa hizo conmigo fue situarme en un punto de observación ante mi silueta reflejada en el agua. El diálogo con las páginas empezó con la sensación de mis manos rozando apenas al contorno que me ha contenido desde que arribé al mundo. El efecto fue tan leve como una ondulación apenas perceptible por la vista o el tacto.

Pasada la sutileza tuve frío, el suficiente para provocar el movimiento: ese primer paso en dirección contraria a lo supuesto, la mano que se comprime y descomprime al ritmo de colibrí o de paloma, el lomo de un gato que se eriza en actitud de alerta.

El reflejo fue alterado por la vibración del agua. Descolocado, dejó de parecerme totalmente mío y tuve la percepción de que contenía mi reflejo y el de todos. El plural se volvió singular y se llamó universo. Escuché la resonancia de mi voz en la de mis semejantes.

Fui testigo de un acontecimiento importante: el vértigo del que habla Roland Barthes, con relación a la conversación entre la escritura y el lector. El impacto de estar sola ante el descorrer de las cortinas. Cada línea de luz, a modo de opiniones, preguntas, reflejos, teoría, pensamiento, rasgaron la primera capa y me dejaron al descubierto. Sin encontrar a quién dejar la responsabilidad de mi desnudez, tuve que hacerme cargo. El Camino Turquesa empezaba a hacer de las suyas, así que tuve que resistir a la tentación de regresar a mis anquilosados conceptos y me abrí paso —firme a veces, tambaleante otras— entre la hierba altísima que había dejado crecer sin darme cuenta. Más de una vez —no sería decente de mi parte negarlo— atisbé hacia los modelos mentales de siempre.

Al paso de este viaje, alejarme del aparador en el que luzco para los otros fue prioritario. Tuve la gloria de comprobar que no era necesario distanciarme del todo, lo cual es una tarea imposible tomando en cuenta que en el tiempo que dure la puesta en escena de mi vida también soy personaje y que la función no es disolver lo que soy para renacer, sino esclarecer la alianza de mi ser de escaparate con mi identidad. Tampoco voy a negar que el periplo me costó dulces y aciagos momentos de análisis, de interpretación, de pensamientos múltiples acerca de lo que he hecho con mi vida y con esa muñeca de recortar que también soy. Lapsos de enorme revelación interior donde la luz era más fuerte que las sombras y viceversa.

Hoy reconozco que ensanchar las posibilidades de experimentar la realidad es el asunto más profundo del que nos podemos ocupar. Mirar al reflejo directamente a los ojos: ver cómo se achica su grandilocuencia y su satisfacción, su contrariedad, tomar las riendas y emprender el vuelo hacia el sí mismo que llevamos dentro. Hacia la consciencia.

La vida alcanza, en la mejor de las veces, para rectificar. También estamos hechos de afirmaciones y negaciones que un día rigen las acciones presentes y las venideras. La vida es suficiente y bastante para conseguir el propósito al que hemos venido. El asunto es crecer, no decaer en el ánimo de levantar la cabeza para mirar el cielo mientras nuestra armazón se ancla firmemente a la tierra. La vida, desde otro ángulo, es imposible de asir. Es un pájaro que escapa apenas queremos alcanzarlo o un pez que resbala a coletazos por regresar al agua. La vida simplemente es vida. Nunca hubo ni existirá alguien que tenga la razón absoluta en cuanto a lo que es y significa la experiencia de estar vivos.

Mi diálogo con el Camino Turquesa me llevó a ver la vida como a un regalo distinto. Si bien aprecio desde que recuerdo la gracia de existir, abrió una mirilla que se ensanchó dando espacio a nuevas revelaciones. En otro sentido, una persona podría expresar cuánto le pesa la vida y las ganas de una tarde desvanecerse poéticamente en las gotas de lluvia resbalando por la ventana. Ya lo dijo William Faulkner en El ruido y la furia, refiriéndose a la vida como ese instante efímero, abrasador, exultante: “¡Apágate, apágate, luz fugaz!”. Cada persona es, pues, un mundo de interpretaciones y significados.

Hablar de este libro es desandar para observar los puntos en que detuve el paso para entrar en mi mundo de interpretación. Con la experiencia de la lectura, vislumbré los pasos dados y los que quiero dar, las huellas que quiero imprimir hasta llegar a los pequeños y grandes propósitos en esta vida. Tuve que soltar para viajar ligera. Soltar las coordenadas de los viejos mapas. Las críticas o comentarios adversos ante una opinión. Mi diseño de yo, la de siempre, fabricada a imagen y semejanza de las necesidades de marketing vigentes: la que cumple expectativas, la que logra esto y aquello. Soltar la pregunta soberbia: ¿qué puede fallar si todo está en su sitio?, como si la vida fuera un dirigible bajo mi control. Gestionar los arranques de mi dulce ego monstruo, dominado por un efecto triboeléctrico, cuando las cosas van en sentido contrario de lo pronosticado.

Si bien no es fácil, resultó apasionante hacer limpieza en mi interior y mantener encendida una lámpara para avivar el fuego de la fe en la vida que habito.

Voto porque los lectores tengan un viaje hacia la plenitud a prueba de espejismos: el gran viaje hacia la consciencia, la Ítaca de la existencia.

GABRIELA TORRES CUERVA

Introducción

El color turquesa deviene de la piedra preciosa del mismo nombre. Es de una tonalidad azul verde con tendencias al cian, un color inspirador y amigable a las pupilas, brillante y de apariencia cérea. Como piedra preciosa, la turquesa ha sido considerada como poseedora de ciertas propiedades energéticas relacionadas con el valor o la esperanza. También ha servido de ornamento en joyas y vestimentas, por ejemplo, en el antiguo Egipto.

Su relación con el título de este libro proviene de la teoría integral de la consciencia de Ken Wilber, en donde establece un modelo basado en ocho niveles: los seis primeros considerados de subsistencia (beige, púrpura, rojo, azul, naranja y verde) y dos niveles profundos del ser y la consciencia integral (amarillo y turquesa).

Siendo el nivel turquesa el que procura la manifestación de una consciencia integral, me parece el adjetivo adecuado para describir nuestro camino, toda vez que en este nivel se exalta el espíritu colaborativo, se promueve el principio de realidad holista o integrada y se otorga un valor trascendente a las experiencias transpersonales.

En adición a lo anterior, cuando mencionamos revitalizar el mundo de la vida encontramos intencionadamente una redundancia: dar más vida a lo que ordinariamente experimentamos como la vida.

En la concepción de lo que llamamos la vida me centro en otorgar un significado y un marco referencial que nos permita, dentro de nuestra interdependencia, intercambiar nuestros mutuos significados.

La vida ordinaria es la que materialmente ocurre desde el momento de nuestro nacimiento físico y hasta nuestra muerte, y la que experimentamos interactuando con estructuras aceptadas generalmente y que forman parte de una concepción sistémica. En este orden de ideas el sistema nos define y rige nuestras interactuaciones por lo que nos autorregula y determina. Es dentro de un enfoque sistémico que concebimos el término destino, toda vez que los colectivos se organizan como sistemas sociales. Aun cuando los seres humanos son parte del sistema, el sistema social es operativamente cerrado y se retroalimenta respondiendo a sus propios medios simbólico y sistema binario, dando como resultado un sistema en donde los individuos considerados funcionales viven en un ambiente condicionado y por lo tanto limitados en su libre albedrío.

Si vemos este panorama como una lectura de lo que cotidianamente experimentamos, tendemos a estar en desacuerdo, sin embargo, esta incomodidad forma parte de la influencia autoprotectora y autorreguladora del propio sistema social.

Como efectos de lo anterior es que vivimos bajo el manto invisible del estrés, las preocupaciones, el enojo, la frustración, el ritmo acelerado de la vida, el sufrimiento porque las cosas van mal o porque alguien más perturbó el equilibrio o nuestra tranquilidad, porque no conseguimos el nivel o tipo de vida que deseamos, porque las cosas que nos harán felices se alejan de nuestras posibilidades, porque la sociedad se comporta de manera injusta restándonos oportunidades de progreso, porque vivimos amenazados por enemigos invisibles como la inflación, los impuestos y otros gravámenes, por experimentar miedo e inseguridad producto de una delincuencia impune, por vivir encerrados en nuestros entornos pletóricos de problemas, de escasez y enfermedades, y un largo etcétera.

Por ello, revitalizar la concepción que tenemos de este mundo desde su perspectiva sistémica ordinaria, resulta esencial para trascender todos los conflictos y problemas que perduran dentro del mundo que nos rodea. Los problemas no desaparecen, sin embargo, conocer cómo trascenderlos implica relacionarnos con ellos desde nuevas perspectivas.

Para concebir la viabilidad de una revitalización del mundo de la vida, partimos del hecho de que nuestro mundo ordinario se sustenta en una perspectiva sistémica que, desde todas las posibilidades dimensionales y disciplinarias humanas, implica una plataforma incompleta y limitante ya que cuestiona la participación de la consciencia en la construcción de las experiencias.

La teoría general de sistemas al ser eso, una teoría, no ofrece respuestas contundentes de los alcances reales de los sistemas, sobre todo en aplicaciones específicas como los sistemas sociales, empero cuando utilizando sus mismos principios se combinan las disquisiciones filosóficas, resultan propuestas dignas de tomarse en consideración.

El concepto de mundo de vida, lo he tomado de la obra Teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas, en donde encontramos un punto esencial referido a que la calidad y posibilidad de una comunicación efectiva se encuentra en considerar involucrados en la acción misma, en todas las posibilidades humanas de conocerse a sí mismo y a su entorno, teniendo la capacidad de concebir su interés particular y sumarle el de todos los involucrados en lo individual y colectivo. Estas consideraciones parten de establecer un flujo de actualización y retroalimentación amplio, entre lo que es el mundo ordinario del sistema y lo que considera el mundo de la vida implicado en el desarrollo del conocimiento.

Este esquema de Habermas forma parte de un debate con Niklas Luhmann, el cual comentaremos en el capítulo ¿Condenados o atrapados en el sistema?, en donde Luhmann considera que los procesos de comunicación son determinados únicamente por el sistema y sus códigos. Según Luhmann el sistema (social) es autopoiético, lo que implica que es operativamente cerrado y se retroalimenta solamente a través de su medio simbólico y respondiendo a su código binario.

Estas concepciones contrapuestas resultan muy relevantes por lo que significan en la concepción de la posibilidad de que el ser humano manifieste experiencias holistas o integrales que involucren no solamente lo que conocemos como mundo ordinario, sino el mundo de la verdad, la libertad y la consciencia.

Nuestra posición, sustentada en formulaciones científicas de la experiencia espiritual, se decanta por concebir que nuestra experiencia de vida implica recursos mucho más abundantes de los que nos ofrece la realidad sistémica ordinaria, por lo que retomamos la concepción de Habermas del mundo de la vida para trazar un camino de revitalización y resignificación (Camino Turquesa), que nos ofrezca nuevas perspectivas y posibilidades para de una vez por todas y para siempre experimentar la verdad, el libre albedrío y la consciencia.

Para el sistema ordinario la consciencia se reduce a ser un epifenómeno del cerebro, lo cual refuerza su carácter condicionado, sin embargo, cuando al modelo es integrado el vector transversal de la espiritualidad, mediante el cual se conciben las experiencias integrales no ordinarias, nos encontramos con que el cerebro es un epifenómeno de la consciencia, con lo cual podemos comprobar las fórmulas mediante las cuales se genera la realidad.

Durante parte del desarrollo del presente libro, el mundo, al cual hacemos referencia en su concepción ordinaria, experimentó el apogeo de la pandemia del SARSCoV-2 (COVID-19). El libro no trata de la pandemia, ni pensé en que sus postulados fueran considerados un camino para enfrentarla, sin embargo, conforme entremos en los temas, veremos que sucesos como el mencionado, han sido, son y serán, parte de experiencias que ha enfrentado la humanidad, cohabitan nuestro contexto y solo cambian de tiempo, generación y circunstancias. De haberse publicado previo a este suceso, el Camino Turquesa se hubiese convalidado como un marco de referencia para entender, desde una perspectiva integral, este fenómeno que ocurre como parte del movimiento pendular que nos alterna entre el orden y el caos, y seríamos capaces de traer a nuestras atribuladas vidas la calma y serenidad con la que es viable percibir una realidad promisoria.

Aun cuando quedamos pasmados por los efectos de la enfermedad, así como por las medidas paliativas y los cambios en las dinámicas sociales que esto atrajo, la pandemia no debió de haber sido un motivo para diferir o cancelar nuestras aspiraciones a una vida mejor, plena y feliz, en todo caso las condiciones cambiantes merecen aceptar el reto a través de desafiarnos a nosotros mismos en nuestra parte humana, que sufre y se agobia por los males que aquejan a la sociedad y al mundo, que no encuentra solución a los problemas cotidianos que parecen absorbernos. Vale la pena afinar el foco para sobreponernos a la percepción de todas estas adversidades y poner a la resiliencia en primer plano, promoviendo nuestra capacidad de aceptación, asimilación y adaptación al entorno. Todo esto adicionado al acertijo que presenta el aumento de la velocidad en que cambian las variables del entorno, exigiendo una mínima adaptación a esta velocidad de transformación.

Olas de información contradictoria, estrategias y políticas públicas y privadas, retos individuales y colectivos, teorías de conspiración, psicosis, miedo, muerte, fueron situaciones que confeccionaron una red de hilos con los que se construían diversas realidades perceptuales. Y la duda era y sigue siendo: ¿cuál de todos los escenarios representa la realidad real?

Y detrás o encima de todo esto vienen otros cuestionamientos: ¿cómo queda la vida humana?, ¿dónde queda la muerte?; ambas preguntas sin una respuesta contundente.

Para irnos encarrilando en el propósito de este libro, independientemente de nuestras respuestas en relación con la vida y la muerte, me parece de mayor relevancia si nos planteamos: ¿para qué la vida?

Y desde nuestras respuestas a esta manera de formular la pregunta, identificamos los puntos de partida, las referencias con las cuales trazar los primeros esbozos del mapa que nos conduzca a la claridad.

Las respuestas pueden ser diversas, y todas son válidas. La realidad es lo que es, pero nuestra vida es lo que significa para nosotros y nuestra mente la que registra ese significado.

Hay quien afirma que la vida tiene como propósito, entre otras cosas, tener éxito, otros dirán que vivir implica sufrimiento, también se afirmará que ya tenemos un destino asignado al que venimos como soldados para luchar contra el mal que aqueja al mundo. También existen expresiones como que hay que llegar a ser alguien —lo que sea que esto signifique—, o que nacimos para morir —como reza una canción mexicana—, o para ser felices, etcétera.

Lo que signifique la vida para cada uno de nosotros, representa que a partir de nuestro nacimiento nos hemos propuesto adaptarnos de la mejor forma posible a nuestro entorno, hemos creado una red de modelos mentales o ecuaciones de conducta formados con partes de información y experiencias que hemos recogido en algún momento del recorrido de nuestra vida, a través de la proveeduría sistémica o la red memética, particularmente en el epicentro de nuestra infancia, por medio del cual damos resonancia a ese significado cada vez que es invocada.

Cada momento tenemos a nuestra disposición nueva información que requerimos integrar a nuestra experiencia del conocimiento de la realidad, no obstante, con cada reconfiguración o intento de configuración, entra en funciones un complejo sistema de resistencias naturales cuya función es la de minimizar el cambio para mantener el estatus quo, tendiendo a que nuestros modelos mentales cada vez respondan de manera más condicionada, buscando la comprobación de que lo previamente establecido es la realidad, cuando en verdad es que estamos redundando en lo que el conjunto de nuestros sistemas considera lo más seguro para mantener un estatus de control.

Estos modelos mentales, convertidos en atajos decisionales inconscientes y denominados heurísticos, dan curso a nuestras creencias y condicionan buena parte de nuestras reacciones y respuestas hacia el mundo, manifestadas a través de la conducta. Al ser heurísticas pueden ser creativas al formular su respuesta, sin embargo, incluso esta creatividad se manifiesta dentro de la caja de sesgos y condicionamientos.

Al mundo ordinario tal y como lo entendemos, con sus dinámicas económicas, sociales y políticas, con sus características y diferencias, con sus demandas y exigencias, su diversidad y formas de entendimiento, le nombramos el sistema. Al conjunto de componentes y fórmulas involucrados en la configuración que cada persona manifiesta en las formas de actuación y de respuesta con el sistema es a la que denominamos Ego-Personna, término inspirado en el arquetipo de Jung, la persona, el cual es el centro referencial de este modelo y al que invocamos durante todo el libro y en el cual se abundará más adelante. Baste por ahora señalar que el Ego-Personna para el Camino Turquesa representa una de las dos partes de nuestra identidad que surge a partir de la disociación de la identidad esencial y que proyecta una hipótesis que nos hacemos de nosotros mismos y genera efectos en nuestras formas de actuar en la vida, de una manera tal que en su propia capacidad de poder pendulear por la dualidad, no solo tiene el potencial de autoboicotear nuestros anhelos y objetivos, sino que en la medida de la disociación nos resta albedrío y nos arroja al terreno del destino, la culpa y los condicionamientos.

Es entonces que el Ego-Personna representa la manifestación del Yo, cuyas formas las representa la personalidad. El Ego-Personna actúa bajo una determinada configuración que nos predispone a una experiencia de cada uno de los momentos de nuestra vida, sustentado en algún punto de la escala ubicada entre la seducción por las cosas del mundo ordinario y una experiencia integral u holista en donde involucramos las tres esferas en donde surge la posibilidad de resonancia de la experiencia humana: el yo conceptual o ego, el yo atencional o alma y el yo transpersonal o sí mismo espiritual.

Durante la pandemia del COVID-19, la cual es un subproducto del sistema, es probable que nuestras percepciones a través de las cuales diagnosticamos la realidad, nuestras reacciones y respuestas, han estado regidas por el Ego-Personna y condicionadas por modelos mentales que tienen como función automatizar el proceso perceptual con base en información que ya ha sido procesada y considerada válida. En muchas de las circunstancias, esta manera de ver las cosas se contrapone a nuestros objetivos y nos hace conducirnos por caminos que hubiésemos preferido eludir. Una contradicción posible gracias a la conjugación de nuestros significados.

¿Y qué podríamos hacer?, siempre es oportuno considerar que estamos expuestos a procesos de autoactualización, más no siempre preparados para afrontarlos. De hecho, nuestra seducción por una zona de confort que nos mantenga cobijados con lo que mejor conocemos y mejor dominamos, representa un obstáculo para deshacernos de limitaciones que nos causan sufrimiento y angustia. Nos decantamos por lo malo por conocido y despreciamos lo bueno por conocer. Esta es la historia corta.

Al otro lado de estas limitaciones, más allá de la zona de confort, encontramos la felicidad. La felicidad aquí está, no es algo que se requiera alcanzar, es algo que requiere un nivel de consciencia y decisión para conectarla.

Y esa es la paradoja que vivimos experimentando durante la pandemia. Las circunstancias nos enviaron a una parte del sistema fuera de nuestra zona de confort, nos confrontaron con nuestros miedos y nuestras formas ordinarias de reaccionar, nos pusieron frente a la conexión con la felicidad profunda, teniendo la dorada posibilidad de integrar una experiencia espiritual. Pero como les sucedió a los nativos de América cuando llegaron las tres carabelas: la Niña, la Pinta y la Santa María por el océano, no fuimos capaces de ver lo que se aproximaba dado que nuestra mente no tenía registro de su existencia. Como ellos, no vimos llegar lo obvio. Así es la felicidad profunda, aquí está y basta reconocer y aceptar su presencia para que, como una luz que se enciende, se manifieste. Esto es consciencia.

Pero la vida es difícil, dicta el clamor popular, descalificando las voces más optimistas. ¿Cómo hacer contacto con la felicidad profunda ante tantas desgracias y penurias por las que pasa el mundo?

Una verdad que le disgusta escuchar al Ego-Personna es que el sufrimiento no viene de afuera de nosotros, es el producto de la concepción de un mundo de la vida ordinario, condicionado por los límites sistémicos sociales y nuestros procesos internos de integración. La decisión de resistirnos a nuestro sí mismo espiritual, y mantenernos desconectados de esta parte transpersonal que nos define como seres integrados, es el verdadero origen y causa de este sufrimiento. La ignorancia vista de este modo equivale a la ignorancia referida por la filosofía budista, o a la ignorancia de nosotros mismos que refiere Alfonso Ruiz Soto, en su curso Conocimiento de sí mismo, la cual implica el desconocimiento de nuestra esencia holista, que es lo que nos vuelve vulnerables a la ilusión, a la seducción por un mundo perceptual en donde el Ego-Personna es dominado por el ego que abreva del apego y del sufrimiento.

Veremos que cuando hablamos de una experiencia integrada que se deriva de mantener una conexión con el sí mismo espiritual, estamos refiriéndonos a la comunión de los dos mundos concebibles: el de la dualidad y el de la no dualidad. En otras palabras, la interacción del sistema ordinario con la consciencia plena, un ejercicio que arquetípicamente se representa en Cristo, que siendo hijo de Dios (el uno o la no dualidad), baja a la tierra (el sistema o esfera de la dualidad), para mostrar el camino de la conciliación de las esferas (la impermanencia terrenal con la eternidad de la consciencia).

En la esfera ordinaria nos puede pasar la vida entera sin concebir que hay algo más. Como respuesta a la posibilidad de integración decimos: no me limites o no me reprimas. Lo que hay que hacer es decidir mi propia contención, no dejársela a terceros. Tener la responsabilidad de cada uno de nuestros actos. En mi libro El Mandala del Futuro, afirmo que el pecado original corresponde a la pérdida de la responsabilidad en la gestión de nuestra vida. Culpar a otros es un intento fallido siempre, es un juego en donde el pase de la pelota nunca llega: la responsabilidad existencial no es trasladable.

Al respecto existen diversos y muy variados puntos de vista. Uno que me llamó mucho la atención por sus impecables fundamentos es cómo Edgar Cabanas y Eva Illouz desarrollan en su libro Happycracia la idea de que la felicidad, como si fuera un producto industrial, se vende como una panacea, pero también con la subyacente idea de los responsables de las políticas públicas para aliviar sus responsabilidades y trasladarlas a los individuos que, según esto, debieran ser responsables por arreglar su propia felicidad.

Bajo la lupa de este interesante punto de vista, habrá que considerar que la responsabilidad tomada desde la consciencia no implica la relatividad que la postmodernidad otorga a casi todo. Esto quiere decir que efectivamente las personas son responsables de su felicidad, tanto felicidad convencional como felicidad profunda, pero también los gobiernos son responsables por mantener políticas públicas que faciliten a las personas la satisfacción de sus necesidades a través del principio de dar y recibir con integridad.

Es ahora cuando tenemos al menos dos caminos para acceder a esa felicidad profunda referida en este libro:

1. En este instante me deshago de la falsa idea de que no estoy ya iluminado y por lo tanto que no soy feliz.

2. En este instante me decido a explorar con apertura de mente y corazón El Camino Turquesa.

Si eliges la opción segunda, al término de la lectura probablemente exclamarás: ¡Si hubiera elegido la primera opción: qué fácil hubiera sido todo!

Pretendemos ensayar sobre un camino simple, sencillo, que nos conduzca tanto a la concepción de la posibilidad de enriquecimiento del mundo de la vida como a la disposición, por abstraernos de la seducción sistémica del mundo ordinario, lo que nos lleve no solo a desarrollarnos como personas y convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos, sino que a la vez desarrollemos la capacidad de transformarnos en personas completas, capaces de discernir sobre la materia de la experiencia de vida integrada y no solo de la vida ordinaria, así como erigirnos en líderes conscientes capaces de influir en la transformación de nuestro entorno y de nuestras instituciones.

Transformarnos en personas completas representa un camino espiritual, equivalente al proceso de individuación del que hablaba Jung. Transitar de lo condicionado a la libertad del ser requiere de un compromiso con la verdad que no todos estamos dispuestos a adquirir. Muchas veces preferimos la comodidad que representa renunciar a nuestro poder personal, toda vez que el Ego-Personna nos impulsa a privilegiar el sabor agridulce de lo ya conocido por sobre la alternativa de asumir riesgos y adquirir responsabilidad que nos mueven hacia escenarios nuevos. Más vale malo por conocido, que bueno por conocer; es la palanca cognitiva de la zona de confort.

Resulta igualmente de relevancia integrar en nuestra exploración, la esfera onírica, toda vez que en el mundo de los sueños invertimos aproximadamente una tercera parte de nuestra vida y en ese plano manifestamos un tipo específico de experiencias que, con los recursos adecuados, es posible sumar a nuestra experiencia integral con el consecuente beneficio de su manifestación como fuente de conocimiento útil en nuestros esfuerzos por incrementar nuestra consciencia.

Entonces, si bien narrativamente puede ser sencilla la concepción de un trabajo personal que nos conduzca a esta integración, al momento de llevarlo a cabo nos encontraremos con un enemigo en nuestra propia casa: las resistencias de los modelos mentales que le otorgan una fuerza descomunal al Ego-Personna que, apalancado del yo conceptual o ego y reforzado por el sistema, simplemente no está de acuerdo con las ideas de cambio, de exploración de lo nuevo, de reconsideración de las creencias, de transformación o de recuperación del holismo, y con ello emular a un superhombre como el que concibió Nietzsche, con la diferencia de que el hombre holista se caracteriza por su sabiduría.

A propósito de citar a Nietzsche, han sido varios los conversatorios en donde algunos integrantes de mi círculo cercano, sumergidos, unos en lides filosóficas y otros en las ciencias de la conducta, con todo respeto y confianza me han reflejado la dualidad existente en mi análisis que, como un péndulo irrespetuoso, se sumerge en los campos de la filosofía o de la psicología, desmarcándose de la propiedad de hacerlo. En otras palabras, parece que desde el campo formal de la filosofía y de la psicología, el Camino Turquesa no alcanza a formalizar sus ideas y aproximaciones, tratándose de la filosofía, ni en la ontología, ni en axiología, ni en la epistemología, puesto que su propósito no parece centrarse en explicar una naturaleza u origen divino, ni en valores universales, ni en la generación de conocimiento formal.

En todo caso, las referencias al ontos pueden ser las que adquieran mayor potencia para reforzar la idea de la relevancia esencial de la vida humana y su inconveniente intercambiabilidad de prelación en la toma de decisiones.

De la misma forma, pareciera que propuestas como la del Ego-Personna ya han sido tratadas y contempladas en otros modelos y enfoques a los que se les ha llamado con otro nombre. En parte les doy la razón y lo asumo. Así las cosas, me atengo a lo que en el capítulo específico dedicado a este tema describo y desarrollo.

A quienes se puedan sentir agraviados por lo que consideran esta falta de estructura formal, les comparto que mi intención no es de forma alguna cuestionar, juzgar y denostar las valiosas aportaciones provenientes de la filosofía o la psicología, sino reflexionar y sumar a la actualización o constitución de nuevo conocimiento útil para gestionar nuestros anhelos de transformación profunda.

Igualmente, no busco encontrar en la reflexión de la esencia, de la motivación o de las causas universales, las respuestas a mi propuesta, en cambio propongo que sea la experiencia misma integrada la que trace el camino de esa transformación.

De hecho, de entre todas las observaciones y respetuosas opiniones que he recibido, es posible identificar una línea de consideraciones en donde el Camino Turquesa representa para algunos más un conjunto de entelequias e ideas especulativas que no alcanzan a madurar en el marco existente, que un marco para conocernos a través del Ego-Personna y establecer una visión de trabajo mínimo para adquirir la capacidad de apartarnos del más de lo mismo, que ha agobiado a la historia de la humanidad y que la sume en una espiral de apego y sufrimiento. Empero, el mismo hecho de cuestionar, tomando como fundamentos los principios mismos de la actual ciencia dogmática, produce que esta metodología forme parte de la paradoja racional del Ego-Personna, del que no habrá de sorprendernos la defensa propia de su estatus utilizando la mejor arma con la que cuenta: la razón y la fundamentación, de la misma forma como sucede con la ciencia ordinaria, lo que ocurrirá hasta donde la propia consciencia lo permita.

Es a través de la percepción ordinaria del Ego-Personna que, como una paradoja, tenemos la convicción de que poseemos un libre albedrío, cuando este depende proporcionalmente de la integración de la identidad, la cual mengua la influencia del Ego-Personna. En primera instancia minimizamos las nuevas ideas que cuestionan la realidad del mundo ordinario, fragmentado en su experiencia. Con nuestra percepción trabajando en este nivel, acudimos al archivo memético de la memoria para extraer nuestros mejores argumentos para echar abajo cualquier idea conspiracional que atente contra nuestra subjetiva realidad, intentando incorporar el conocimiento que implica que para adquirir el poder de la libertad de albedrío, habrá que recorrer un camino que nos conduzca a una experiencia integral: cuerpo, mente y espíritu en el mismo tiempo absoluto y en un mismo cuarto metacognitivo ampliado. Este es el reto del Camino Turquesa: convencer con sus propios fundamentos al Ego-Personna, la parte cognitiva más ordinaria de nosotros mismos, de que requiere, al menos intentar pagar por ver.

Para esto hemos procurado que el Camino Turquesa aborde los siguientes campos de influencia que consideramos esenciales para su recorrido:

1. Análisis temático reflexivo de tópicos trascendentales que, al ser asimilados a través de los procesos cognitivos, sea capaz de producir movimientos internos que nos permitan una ampliación del cuarto y conducir a la concepción de una metacognición.

2. Construcción de la palanca de cambio hacia la metacognición: la atención plena.

3. Exposición y confrontación del Ego-Personna con su relación con el sistema y su configuración.

Sustentados en estos pasos, cada lector contará con los elementos constitutivos para diseñar y recorrer su Camino Turquesa.

Este Camino Turquesa representa el planteamiento conceptual adicionado de los pasos que requerimos para recorrer, en un plano ascendente, un camino objetivo para alcanzar el nivel turquesa de consciencia, caracterizado por su calidad holista, lo cual implica un enriquecimiento sustancial al mundo de la vida.

Sin falsa humildad, no pretendo patentar la onza de la verdad ni afirmar que he descubierto el hilo negro. Absolutamente todos los contenidos en este libro ya han sido tratados, escritos, difundidos y aun así permanecen como la tarea humana por cumplir. Parece tan simple y chocante afirmar que nos bastaría con deshacernos de la falsa idea de que no estamos iluminados para cambiar el rumbo del mundo, empero, esta es la certeza que defiende el Camino Turquesa. Es simple el paso, pero por toda la historia de la humanidad nosotros mismos nos hemos mantenido boicoteados y no reconocidos, labor que hasta estos tiempos ha cumplido eficientemente nuestro Ego-Personna al mantenerse en configuraciones dominadas por el yo conceptual o ego.

Ha llegado el momento de trascender nuestra humanidad ordinaria y de manera responsable, asumirnos en nuestra esencial naturaleza a través de la experiencia integral.

Este libro es tu invitación, tu ventana y tu puerta.

1. Se hace Camino Turquesa al andar

El espíritu no es un estadio particular ni una ideología concreta; ni un dios o una diosa, sino la totalidad del proceso infinito de desarrollo.

KEN WILBER

El camino fue una referencia constante en la luminosa poesía de Antonio Machado, en una analogía del gran viaje de la vida. Caminante no hay camino hacia atrás, solo una estela de huellas que puedes mirar, pero jamás desandar. Al andar en el presente haces el camino que te lleva a un futuro que no nos debe obsesionar. Son las ideas que se desprenden de sus Proverbios y Cantares: dado que son la inspiración al título de este capítulo reproduzco tres estrofas del poema en su honor:

II

¿Para qué llamar caminos

a los surcos del azar?...

Todo el que camina anda,

como Jesús, sobre el mar.

XXVIII

Todo hombre tiene dos

batallas que pelear.

En sueños lucha con Dios;

y despierto, con el mar.

XXIX

Caminante, son tus huellas,

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino:

sino estelas en la mar.

Así como Machado ve representada la vida misma en el camino y vislumbra que de la distinción de la voluntad y el azar deviene el tipo de lucha con la que nos enfrentaremos, el Camino Turquesa mantiene como propósito mostrarnos una relación distinta con la vida misma, para así conducirnos desde el conocimiento hasta la experimentación de nuestra integralidad, agregando los vectores que se requieran a la concepción de nuestra realidad que ordinariamente se decanta por los sesgos y la influencia de un entorno que consideramos condicionada y con la cual hay poco para resistirse. Una manera de hacer una analogía y a la vez resignificar nuestra visión de la vida, es cambiar nuestra concepción de destino por sincronicidad, para que seamos capaces de desarrollar recursos mediante los cuales podamos distinguir en qué cosas podemos influir y hacernos responsables y en qué cosas no podemos influir o no de una manera significativa, y así, aceptar el hecho y hacernos responsables de igual forma. Tener una visión de destino o una visión de sincronicidad implica una diferencia radical.

Al nacer somos una unidad holista compuesta por elementos materiales e intangibles. Disponemos de un sistema operativo compuesto por un yo conceptual o ego, de un yo atencional o alma y de un yo transpersonal o sí mismo espiritual. Cada uno de esos yoes nos dispone a un tipo de experiencia. Solo la experiencia integrada es capaz de ofrecernos un sentido o un propósito, sin embargo, a partir de nuestro nacimiento, es común que el yo conceptual o ego tome el mando de nuestra vida al perpetuarse en la separación y en la fragmentación, limitando una experiencia en lo ordinario, privilegiando una atención hacia afuera de nosotros mismos. Es en esta forma acotada de experimentar nuestra realidad donde se origina una manera limitante de actuar ante los retos que nos depara la realidad, en donde formulamos nuestras herramientas y formas de experimentar la vida únicamente desde algunas partes, generalmente identificadas con estructuras sistémicas que guardan una relación con la experiencia basada en influencias exteriores y sustentadas en narrativas que sostienen la prevalencia del apego y el sufrimiento.

Esta forma de configurar nuestro yo nos ofrece un limitado autoconcepto, una forma incompleta de saber quiénes somos, una teoría de para qué estamos aquí a la que llamamos el Ego-Personna, el yo configurado por el nivel de consciencia. Aunque nosotros, a través de este, nos creemos el cuento de que somos esa configuración fragmentada incompleta y actuamos conforme al guion que construimos con base en lo que conocemos de nosotros. Es conveniente que recapacitemos para aceptar que no somos eso, somos mucho más que eso y contamos con un potencial ilimitado desde la experiencia integral.

Aun así, el Ego-Personna insistirá, a través de múltiples ocasiones y vías, en convencernos de que él representa nuestra identidad completa y verdadera, que el cambio o transformación son innecesarios y lo que requerimos es centrarnos en salir de los problemas que representa la vida.

El ser humano, empecinado por siglos en validar al Ego-Personna, ha evitado saber mucho de este asunto de la fragmentación de su identidad. Al eludir tan siquiera hacer y perseguir hipótesis relativas al origen de los conflictos que hacen de la diferencia de entendimiento una condición endémica, en realidad evitamos responsabilizarnos de dicha desconexión. Si acaso existe, preferimos hacernos de la vista gorda pues no queremos ver y elegimos —el Ego-Personna elige— mantener ese agridulce sabor de interactuar entre el sufrimiento y la esperanza.

Durante la presentación de un webinar referido a la resiliencia, el doctor Mario Alonso Puig, reconocido cirujano experto en el potencial humano, explicaba de manera impecable la necesidad de integración y conexión entre el cuerpo, la mente y el alma y cómo el ego resulta un precursor de la desintegración. Un detalle interesante resultó cuando el moderador del evento, al resumir detalles de la presentación y como contexto a las preguntas y respuestas de rigor, intentó cuidar meticulosamente sus palabras para evitar enredarse en un tema posiblemente polémico. Es una hipótesis, pero en ese caso se evidenció la presencia del Ego-Personna intentando evitar comprometer su estatus ordinario.

El cuadro que veremos a continuación nos muestra de una forma sucinta la calidad de la experiencia que cada una de estas partes innatas nos ofrece. Desde una primera vista podemos darnos cuenta de que al fragmentar la experiencia no solo fragmentamos también la calidad de la misma, sino que la mutilamos. En este sentido, la vida que conocemos como ordinaria, donde en la configuración del Ego-Personna impera el ego que se sustenta en la satisfacción de necesidades perceptuales, la mayor parte de ellas son aprendidas de un mundo condicionado por el sistema y al cual nos referimos como la realidad ordinaria. A partir de esta parcialización es que experimentamos el apego y en consecuencia los fenómenos relativos a la ansiedad y al sufrimiento tienen cabida, sustituyendo al verdadero sentido o propósito de nuestra vida.

Para madurar y evolucionar en estos estadios, requerimos comprender en qué punto de maduración del Ego-Personna nos encontramos y así ser auto observantes no solo en la atención del yo conceptual o ego, sino también incluir al yo atencional y el yo transpersonal. Para generar consciencia de esta situación se requiere elegir y transitar el camino de la transformación.

El camino de la transformación forma parte de una bifurcación en donde la alternativa es el aprendizaje por la vía del yo conceptual que en nuestras etapas tempranas de desarrollo no somos capaces de percibir, y por lo tanto no elegimos por nosotros mismos en tanto no seamos poseedores de una consciencia desarrollada. Por ello, en nuestra infancia, generalmente es la educación familiar tomada de los padres que a su vez la han tomado de las tradiciones familiares, la que impulsa dicha elección aportando elementos en la configuración del Ego-Personna que al igual que la identidad tiene su fase infantil, caracterizada por fuertes influencias, su fase de maduración y de consolidación. El camino de la transformación nos mantiene habilitados para experimentar una vida plena, en tanto el camino del aprendizaje es un camino ordinario en donde impera la parcialidad de lo que nos ofrece el mundo perceptual.

Para concebir y ser capaces de retomar un camino permanente de transformación, requerimos utilizar, acrecentar y madurar los recursos con los que contamos. Es por ello que en los primeros pasos del Camino Turquesa se ofrece al Ego-Personna, a través del cual actúa, bajo una configuración personal, nuestro yo conceptual o ego, la información y los conocimientos precisos para el aprendizaje de la transformación. Este proceso, que siguiendo el mismo modelo pudiera significar una contradicción por estar pasando datos de inteligencia al enemigo, representa el riesgoso camino obligado, confiando en que nuestro sí mismo espiritual coopere con su parte y podamos percibir los movimientos internos que implican conocer el estado de fragmentación en el que nos encontramos y con el que moriremos, si no hacemos algo al respecto.

Por ello, tal como lo vemos en el cuadro anterior, a través del desarrollo del presente libro he procurado presentar, para una asimilación inicial, ensayos que versan en el significado de la vida misma, las lecturas dinámicas del mundo a través del modelo de la realidad TIDVICA, la bifurcación entre transformación y aprendizaje, la felicidad, la violencia, el albedrío y el liderazgo. Al asimilar estos temas y seguir una vía de maduración racional de las ideas y sus significados, podremos concebir, a través de un marco metodológico encabezado por su pluralismo, las vías de conexión con nuestro sí mismo espiritual, desde donde nuestra vida adquiere sentido y propósito, alcanzando una experiencia integral cuyo color emblemático es el turquesa.

Visto desde una perspectiva de la complejidad racional, el flujograma de exploración del Camino Turquesa parece un tanto confuso, sin embargo, habremos de atender la manera como se comporta nuestra mente en el procesamiento de la información disponible. En primera instancia, nuestro razonamiento plagado de condicionamientos se resistirá a dar su brazo a torcer y evitará reconocer las ganancias secundarias que obtenemos al no hacernos responsables de nuestras vicisitudes emocionales y racionales. Las mieles del autoengaño refuerzan la idea de que tenemos la razón y de que no hay más que hacer que mantenernos en la lucha frontal que, aun implicando sufrimiento, da ese sentido agridulce a nuestro día a día, mismo que incluso algunos poetas alaban.

Siguiendo bajo este contexto de la defensa de la razón, cual si fuera nuestra parte primitiva defendiendo su territorio, el conocimiento puede moldear de forma maravillosa la posibilidad de transformación. Cuando atendemos a la mera posibilidad de que nuestra realidad compleja pudiera simplificarse y ser distinta, llegan las alertas, las señales intuitivas se agolpan e impulsan la pregunta interna: ¿y si no fuera así?

Es entonces que las adicciones al envión de la victimización o al sufrimiento, la rumiación descontrolada, las relaciones codependientes, las profecías autocumplidoras, y todo el arsenal de situaciones incómodas para nuestra felicidad pero que le vienen de maravilla al Ego-Personna, surgen incipientemente como visiones de una nueva consciencia. Entonces podemos comenzar el trabajo con nosotros mismos, el conocimiento de mí mismo.

El marco metodológico se puede resumir en la indispensable adopción de prácticas de atención plena que nos permita construir una conexión entre el yo conceptual y el yo transpersonal, a fin de que el Ego-Personna incremente su nivel de consciencia y se evidencie en el reflejo del alma (yo atencional), se pueda mirar al espejo del autoconocimiento y pueda trabajar en su aceptación y reconfiguración. Con todo, mencionarlo no resulta suficiente, necesitamos más detalle y contundencia para que la semilla caiga en terreno fértil y pueda germinar.

Por ello presentamos un esquema metodológico que nos permita concebir el trazado del Camino Turquesa al relacionarnos de una manera distinta con nuestra realidad actual y que en cada paso de la lectura del libro tengamos la libertad de regresar a él como una referencia.

Marco metodológico

En este esquema del marco metodológico podemos ubicar la bifurcación entre transformación y aprendizaje a partir del momento actual. En cada momento está frente a nosotros la elección. Al decantarnos por un camino de transformación, elegimos la posibilidad de una experiencia holista integrada en mente, cuerpo y espíritu. Para ello la exploración interior resulta indispensable.

Cuando llegamos al punto trascendente del cambio, notamos que solamente este puede abrevar de la vía de la transformación, por lo tanto, de elegir solamente la vía ordinaria de aprendizaje no contaremos con una influencia interna que nos permita incrementar nuestro nivel de consciencia e integrar la experiencia. De hecho, dentro de esta línea encontramos un dardo envenenado, un arma de la que dispone el Ego-Personna para evitar los cambios y mantenerse en el estatus quo, el autoengaño, el cual se difumina cuando el Ego-Personna se somete al espejo atencional, incrementa su nivel de consciencia y se ubica bajo el escrutinio de las prácticas que implican la vía transformacional.

En el entendimiento del alcance de los propósitos del Camino Turquesa resulta del todo conveniente precisar el término consciencia al que nos referimos.

Nuestra definición de consciencia

Como uno de los propósitos torales del Camino Turquesa, tenemos el de acceder al conocimiento y a los medios adecuados para incrementar nuestro nivel individual y los estadios colectivos de consciencia.

Al hablar de consciencia no me refiero a las acepciones ordinarias que establecen que la consciencia es la capacidad de reconocernos en nuestro entorno o a un estado de vigilia, sino que estamos implicando la acepción referida al nivel de aceptación radical que una persona aplica sobre sí misma y todo cuanto le rodea, lo cual lo conduce a un compromiso con la verdad y con la experiencia integral contenida en las esferas metacognitivas que incluyen tanto los canales de la dualidad como de la no dualidad. Por esto, también la llamamos consciencia integrativa.

En otras palabras, el nivel de consciencia es el que nos permite reconocer y transitar por el camino de la individuación hasta integrar las esferas del yo conceptual o ego, el yo atencional o alma y el yo transpersonal o sí mismo espiritual.

Al tener acceso a esta integración, tenemos la posibilidad de cambiar nuestra posición perceptual en el mundo, de tal manera que accedemos a conocer las limitaciones de las fronteras del mundo ordinario o sistema y nos sustraemos de su influencia, incrementando nuestro libre albedrío, toda vez que esta nueva forma de percepción integrada nos permite distinguir las partes incondicionadas y condicionadas de la realidad.

Otra forma de distinguir las acepciones lingüísticas de consciencia es reconocer su campo de origen en la psicología y las neurociencias, toda vez que la acepción más común de consciencia referida a la capacidad del individuo de reconocerse en un entorno se atribuye directamente a los estados cerebro-mentales, dado que el cerebro y la mente son la morada del lenguaje, la memoria y el pensamiento. En el caso de la acepción que denominamos integrativa, donde se implica el nivel de reconocimiento de las tres esferas, hablamos de una consciencia no localizada en la dualidad cerebro-mente, sino en una consciencia que es creadora de la relación cerebro-mente y solamente se recrea en su parte funcional para ser concebida de alguna forma por el lenguaje, la memoria y el pensamiento.

Es así que consciencia en su término más común resulta de un epifenómeno del cerebro, mientras que en la acepción integrativa el binomio cerebro-mente es el resultado de un epifenómeno de la consciencia.

En toda alusión de consciencia a lo largo de este libro nos estaremos refiriendo a su acepción integrativa.

2. El Ego-Personna: la configuración del yo subestimada por la ciencia de la conducta

El atractivo y el magnetismo de la personalidad del hombre

es la consecuencia de su resplandor interno.

EL YAJURVEDA

Los sonidos se dividen en tres frecuencias básicas: bajos, medios y agudos. La calidad y fidelidad de los sonidos que se reproduzcan para fines específicos tales como la voz, sonidos de la naturaleza o música en sus distintos tipos y estilos, depende de una ecualización de estos, es decir, elegir entre las distintas frecuencias cuáles se requieren en una mayor prelación que las otras. Por ejemplo, para la reproducción de solamente la voz o los sonidos de la naturaleza, se parte de una ecualización lo más neutral posible para conservar las características originales de los sonidos, empero, cuando se trata de reproducir distintos tipos de música, la elección de las frecuencias depende del gusto de la persona, es decir, es subjetivo.

La analogía anterior sirve para ilustrar que nosotros, como seres humanos, mantenemos potencialmente activas tres esferas a través de las cuales modulamos nuestras experiencias: el yo conceptual o ego, el yo atencional o alma y el yo transpersonal o sí mismo espiritual. Dependiendo de su ecualización nos estaremos habilitando para obtener distintos tipos de experiencias en nuestra vida.

Aun cuando potencialmente tenemos acceso a las tres esferas, generalmente la realidad ordinaria solamente nos impulsa a la activación permanente y desarrollo del yo conceptual o ego, caracterizado por las capacidades cognitivas humanas, es por ello que también encontramos una general disposición a hacer alusión a esta esfera como el ego entrometido en nuestra realidad ordinaria.

Incluso cuando la prevalencia del ego es un gran distractor de las experiencias integrales donde se involucra la razón la emoción y el espíritu, habrá que considerar la potencialidad de los otros elementos del yo: el yo atencional o alma y el yo transpersonal o sí mismo espiritual. En esa existencia potencial, el propósito implica integrar las otras dos esferas a la vida cotidiana. La integración implica a su vez activarlas y ecualizarlas de tal manera que nuestra experiencia en la vida se presente con los tres elementos integrados. Al estado de esta ecualización entre las tres esferas le denominamos la configuración del yo y al estado dinámico que se presenta con esta configuración le denominamos el Ego-Personna.

Como ya vimos, el término del Ego-Personna se encuentra basado en el arquetipo de La Persona mencionado por Jung. Se refiere a la representación del ser civilizado, al ciudadano capaz de ejercer distintos roles dentro de un rango de dualidad caracterizado por los arquetipos de la sombra por un lado y el del sí mismo espiritual por el otro. Con la intención de considerar una estructura que nos sirva para entender la relevancia de un trabajo personal profundo, me he permitido ubicarlo como el centro de referencia al hacer las veces de un yo que no es solo ego, sino que participa de las tres diferentes esferas que completan las experiencias integrales a través de una configuración específica.

En este sentido vamos ejemplificando analógicamente, tres casos hipotéticos experimentándose a través de distintas configuraciones del yo (ver figuras).

Estaríamos partiendo del caso hipotético de una persona que experimenta una seducción por el mundo ordinario, inquieta por encontrar caminos para superarse en lo relativo a sus destrezas que le otorguen mayores beneficios materiales. Una persona que percibe al mundo de acuerdo con los filtros de información que le han sido heredados por su familia y por lo tanto es vulnerable a sus sesgos. De igual manera el entorno ejerce una alta influencia en su definición. Prefiere la reacción por sobre la ecuanimidad y es fiel a la zona conocida o zona de confort atendiendo a su significación. Su techo en cuanto a crecimiento humano son las manifestaciones éticas basadas en la igualdad, la equidad y la justicia dictadas como preceptos sistémicos. Por razón natural, es proclive a los apegos y al sufrimiento que deviene de la escasez, la falta de logros y las pérdidas.

Bajo esta configuración la persona ha incursionado en prácticas de atención plena, lo cual matiza la fortaleza cognitiva del yo conceptual. Su experiencia ya se puede estimar como metacognitiva al considerar el eje transdisciplinario de la inteligencia espiritual, por lo que su conexión con el yo transpersonal o sí mismo espiritual ha comenzado a generar una transformación en su visión de la realidad y del mundo.

Si paramétricamente podemos encontrar una configuración ideal sería esta. La persona mantiene una base sólida en las estructuras de la realidad ordinaria, empero, derivado de su integración permanente a las prácticas de atención plena, el puente atencional se mantiene como una conexión que da acceso libremente a las experiencias no duales provenientes del yo transpersonal o sí mismo espiritual, lo que nos ofrece las más altas posibilidades de una experiencia integral y de una manifestación consciente del liderazgo.

Como iremos develando a través de este capítulo, habrá que considerar que la configuración del yo es tan personal como una huella digital y que por lo tanto el Ego-Personna que actúa de acuerdo con dicha configuración representa de la misma manera una joya única de muy difícil replicación.

Manteniendo en mente los preceptos y ejemplos hipotéticos anteriores, observamos nuestro entorno, nuestra familia, nuestra sociedad, nuestro país, el mundo entero, y parecerá obvio darnos cuenta de la gran diversidad de perspectivas, de puntos de vista, de maneras de pensar, decidir y actuar. Mucho de esto se traduce en grupos homogéneos que sirven como referencias culturales y aun entre personas que forman parte de la misma familia o en otras que abrevan de un mismo linaje cultural, vemos cómo se presentan interpretaciones diversas sobre asuntos comunes que promueven el contraste y el desacuerdo de unos con otros generando fricciones con intensidades que van desde una simple discusión hasta la defensa física de la razón propia.

Bajo este manto de diferencias encontramos los extremos de la dualidad en que se sustenta la construcción de la realidad. Entre esos ejes de extremos los que más frecuentemente encontramos cuando miramos las ventanas del mundo son los que corren del acuerdo al conflicto, de la coincidencia a la diferencia y de la ecuanimidad a la intransigencia.

Es de resaltar que los extremos de estos tres ejes se eslabonan entre sí: cuando existe ecuanimidad se dan por descontadas las coincidencias y la avenencia, mientras que la intransigencia solo da para acentuar las diferencias y potenciar el conflicto. Por ello, bajo la que consideramos una válida simplificación, para efectos didácticos a los extremos contemplados por la ecuanimidad, la coincidencia y la avenencia, le llamaremos paqueteecuánime, mientras que, al conjunto formado por el conflicto, la diferencia y la intransigencia le denominaremos paquete reactivo.

Quino, el gran caricaturista argentino, a través de su icónico personaje Mafalda, nos pintó un mundo enfermo. Los efectos de esa enfermedad los podemos comprobar al ser testigos que, aun teniendo el privilegio de hacer valer nuestro libre albedrío en la elección de los opuestos, observamos que más frecuentemente se eligen los extremos caracterizados por el paquete reactivo por sobre el paquete ecuánime.

¿Será que las manzanas podridas de la discordia son más potentes que las manzanas sanas? o ¿somos en esencia más el mal que el bien?

Somos seres que nos gusta vernos reflejados en otros, animales sociales dice el argot popular, y por ello desarrollamos un sentido de pertenencia. El sentido de pertenencia es un factor importante que impulsa a las personas a hacer un sesgo suyo y defenderlo como si fuera la razón pura. La fuerza del convencimiento mutuo sustituye a la fundamentación objetiva, al sentido común y al mismo bien común. La sociología da cuenta de este fenómeno que forma parte del conformismo social, donde el mismo sistema permite el desahogo emocional de los inconformes estableciendo las barreras necesarias para contenerlos. Verbigracia, por una parte las marchas de protesta que canalizan el descontento y la frustración popular y, por otra, los debates de Twitter donde, aparentemente arropados por una libertad de expresión, a dos o más grupos antagónicos a un régimen ya sea por su ideología o por sus intereses se les permite expresar sus disensos, sin embargo, esta gracia es contenida por una estrategia donde se limita el crecimiento de las redes de disenso o se promueve, aun artificialmente, el crecimiento de la red oficial.

En parte por esta gran gama de criterios y percepciones, pareciera que el mundo se mueve mucho más en función de manipular las realidades perceptuales que en honrar una verdad objetiva a la cual, nos resulta complicado acceder.