El capital amoroso - Jennifer Guerra - E-Book

El capital amoroso E-Book

Jennifer Guerra

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"Mientras nuestra imaginación se llena de amor –una versión romántica y falsa, transmitida por novelas, películas y anuncios–, nuestra sociedad se comporta como un amante con el corazón roto: es cínica y desprecia el amor, considerado un sentimiento estúpido, inútil o aburrido, una fantasía para adolescentes, un recurso para los que no pueden estar solos, un lujo para unos pocos. Esta contranarración es el peligroso fruto del individualismo capitalista, un sistema que, a la vez que estigmatiza la soledad y culpa a quienes la experimentan como indignos de amor, quiere que estemos cada vez más solos, divididos y en competencia unos con otros. Centrados en nosotros mismos, nos vemos robando el tiempo que podríamos utilizar para cultivar las relaciones con los demás, incluido el amor. Pero el remedio a esta crisis existe. En una época en la que las relaciones se basan en el intercambio, la utilidad, la conveniencia, la compatibilidad, dar cabida en cambio a un amor incondicional y libre, capaz de pasar del individuo a la comunidad, puede ser una de las acciones más antisistema, revolucionarias y valientes que podemos emprender para cambiar nuestra sociedad: un verdadero acto de resistencia en estos tiempos cada vez más divididos. «Un brillante ensayo sobre el amor como movimiento colectivo». La Repubblica «Una joven que se sale claramente de los estereotipos canónicos ligados a su generación, y que merece la pena conocer». Lei•Style «Describe con lucidez la lógica emocional que habita en nuestro tiempo. […] Una reflexión necesaria en los tiempos que corren». Rivista Blam"

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Seitenzahl: 154

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Akal / Pensamiento crítico / 112

Jennifer Guerra

El capital amoroso

Manifiesto por un eros político y revolucionario

Traducción: Antonio Antón

Mientras nuestra imaginación se llena de amor –una versión romántica y falsa, transmitida por novelas, películas y anuncios–, nuestra sociedad se comporta como un amante con el corazón roto: es cínica y desprecia el amor, considerado un sentimiento estúpido, inútil o aburrido, una fantasía para adolescentes, un recurso para los que no pueden estar solos, un lujo para unos pocos. Esta contranarración es el peligroso fruto del individualismo capitalista, un sistema que, a la vez que estigmatiza la soledad y culpa a quienes la experimentan como indignos de amor, quiere que estemos cada vez más solos, divididos y en competencia unos con otros. Centrados en nosotros mismos, nos vemos robando el tiempo que podríamos utilizar para cultivar las relaciones con los demás, incluido el amor. Pero el remedio a esta crisis existe. En una época en la que las relaciones se basan en el intercambio, la utilidad, la conveniencia, la compatibilidad, dar cabida en cambio a un amor incondicional y libre, capaz de pasar del individuo a la comunidad, puede ser una de las acciones más antisistema, revolucionarias y valientes que podemos emprender para cambiar nuestra sociedad: un verdadero acto de resistencia en estos tiempos cada vez más divididos.

«Un brillante ensayo sobre el amor como movimiento colectivo». La Repubblica

«Una joven que se sale claramente de los estereotipos canónicos ligados a su generación, y que merece la pena conocer». Lei•Style

«Describe con lucidez la lógica emocional que habita en nuestro tiempo. […] Una reflexión necesaria en los tiempos que corren». Rivista Blam

Jennifer Guerra, nacida en 1995 en Brescia, Italia, es escritora y periodista. Trabajó como editora en The Vision, medio para el que también editó el podcast de temática feminista AntiCorpi. En 2020 publicó Il corpo elettrico.

Diseño de portada

RAG

Motivo de cubierta

Antonio Huelva Guerrero

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Título original

Il capitale amoroso. Manifesto per un eros politico e rivoluzionario

Munizioni Copyright © 2019 Roberto Saviano

© 2021 Giunti Editore S.p.A. / Bompiani, Firenze-Milano

© Ediciones Akal, S. A., 2024

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-5501-3

A Paolo

«El deseo que surge de la alegría,

en igualdad de circunstancias, es más fuerte

que el deseo que brota de la tristeza».

Baruch Spinoza, Ética, cuarta parte, proposición XVIII

CAPÍTULO I

Las seis ideologías del amor

Seguimos buscando el amor

aun cuando todo parezca perdido.

bell hooks, todo sobre el amor.

Me enamoré de Ernest Hemingway en una tarde de mis dieciséis años, sentada en el suelo de la biblioteca del pequeño pueblo somontano en el que vivía. En un nicho, al fondo del estante, se amontonaban todos sus títulos disponibles, acaso demasiados para una biblioteca de provincia. A los dieciséis años se ama sin reservas y ese día me enamoré de un viejo coronel americano con un corazón a punto de estallar, que pasa los últimos tres días de su vida junto a una joven italiana, Renata, paseando por las calles de Venecia. Recuerdo ese momento con exactitud como se recuerdan los primeros instantes de un gran amor. Retiré del estante Al otro lado del río y entre los árboles, leí algunas páginas al azar y abracé ese libro, que describía un amor tan puro que parecía inconcebible. Aunque la novela tuviera como protagonista a un hombre de cincuenta años, tenía la impresión de que los sentimientos que narraba pertenecían a las emociones extremas que solamente se sienten en la adolescencia, como un valioso regalo que se recibe y se atesora durante unos pocos años. Se ha dicho mucho sobre Heming­way; de hecho, demasiado, hasta el punto de convertirlo en uno de esos escritores algo devaluados y pasados de moda que los intelectuales comentan con fría condescendencia. Llegó demasiado tarde para ser modernista y demasiado pronto para ser posmoderno. Escribía con un estilo sobrio y seco, imitado muchas veces, y mal, dicho sea de paso. Su vida ha sido objeto de especulaciones: el boxeo, los divorcios, los toros, la caza, Cuba, el suicidio. Y en sus libros, los grandes temas, el hombre contra la naturaleza, la guerra, la ausencia de Dios. Se ha discutido mucho sobre lo que impulsa a sus personajes a comportarse como lo hacen, es decir: yendo derechos hacia una meta sin arredrarse ante las adversidades. Hay quien habla de nihilismo y quien habla de lo sublime, algunos de valentía y otros de aceptación de la muerte, pero casi nadie dice que los protagonistas de Hemingway hacen lo que hacen por la más simple e importante razón que pueda haber. El amor.

Desde Robert Jordan, que se une a la resistencia española contra el fascismo, hasta la lucha de Santiago con el marlín, hay una fuerza que los guía y arrastra inexorablemente, y es un amor profundo por alguien. Algo, una persona, el mar, la vida, un ideal. Inmediatamente sentí una comunión con los personajes de Hemingway: yo también creo que el amor es el motor que impulsa una idea de mundo y, por qué no, también es una fuerza política. Como una ideología, el amor nos obliga a cuestionar continuamente nuestras vidas, a defender unos valores y a cultivar el cambio. Decidir unirse al amor supone una travesía larga y difícil que pocos tienen el valor de emprender. Todos, o casi todos, lo experimentan en algún momento, pero hacer de él una praxis requiere de un esfuerzo adicional que no todo el mundo está dispuesto a hacer. El primer obstáculo que se debe superar consiste en reconocer que el amor no es exactamente como nos cuentan. Roland Barthes decía que las palabras de amor son «de una extrema soledad»[1]: todos hablan del amor, pero nadie lo sostiene. Su discurso termina «en la deriva de lo inactual, deportado fuera de toda gregariedad»[2], algo que se complica aún más por el hecho de que la sociedad vendría a estar dividida por dos discursos diferentes sobre el amor. El primero consiste en una narración romántica y edulcorada, transmitida por las novelas, las películas y el marketing publicitario, que ya hemos introyectado en nuestro sistema de valores. Esta narración fija un estándar muy alto para nuestras expectativas, especialmente entre las mujeres, principales destinatarias del mensaje. Los medios de comunicación tienden a idealizar el sentimiento amoroso como un estado de felicidad permanente, de abnegación para con los demás; como un sentido de plenitud y culminación. A menudo funciona según el topos del cuento de hadas: una mujer ingenua y desesperada atraviesa una serie de vicisitudes, pasando de un estado de desventura causado por su soledad, a un estado de ventura, tras la consecución romántica de una pareja monógama o una familia nuclear. Pretty Woman, celebérrima película de 1990 dirigida por Garry Marshall, con Richard Gere y Julia Roberts, es quizás el estudio de caso más interesante de este género: respeta escrupulosamente el canon del cuento de hadas, como reinterpretación posmoderna de Cenicienta, una muchacha pobre cuya nobleza espiritual se certifica gracias al amor de un príncipe azul. En la universidad, un profesor de literatura nos pidió que describiéramos la escena final de la película. Todos recordábamos que un intrépido Edward, desafiando su miedo a las alturas y acompañado por la música de La traviata (no en vano, otra historia de prostitución), sube por la escalera de emergencias del sórdido apartamento de su amada gritando: «¡Princesa Vivian!». Sin embargo, nadie se acordaba de la conclusión real. Mientras la cámara se aleja de la ventana del apartamento, suena una voz en off, que dice: «¡Bienvenido a Hollywood! ¿Cuál es tu sueño? Todo el mundo viene aquí: esto es Hollywood, la ciudad de los sueños. Algunos se hacen realidad, otros no, ¡pero seguid soñando! Esto es Hollywood: ¡hay que soñar! Así que, ¡seguid soñando!».

A pesar de esta brusca ruptura de la suspensión de la incredulidad que se produce a través de ese recurso metatextual, que nos dice que lo que acabamos de ver en los 119 minutos de película era una broma, Pretty Woman sigue siendo una de las pelí­culas románticas por excelencia, hasta el punto de que a muchos, como a mis compañeros y a mí misma, se nos había olvidado el pequeño pero fundamental detalle del final. Este es un ejemplo, quizás banal, de hasta qué punto hemos introyectado el topos del amor romántico. Sabemos todos que se trata de una mentira: ninguna relación humana puede estar compuesta exclusivamente de momentos felices. Y pese a todo, algo nos empuja continuamente a ignorar la voz en off que nos avisa de que la idea de amor fabricada por Hollywood no se corresponde con la realidad.

Casi como reacción a una representación tan edulcorada, cada vez más personas encuentran consuelo e indulgencia pensando el amor en términos de cinismo, repulsión o incluso odio. Tal y como ocurre con la otra narración, también esta es apo­yada y propagada por los medios de comunicación de masas. El cinismo respecto al amor tiene muchas razones, más profundas y complejas que el atractivo inmediato del cliché del amor romántico. Por un lado, hay una generalizada estigmatización de la soledad. Una persona soltera mayor de cierta edad es vista con suspicacia, como si su condición indicara claramente que en ella habría algo que no va bien. Aunque muchos productos culturales estén dirigidos a solteros, particularmente a mujeres, aún prevalece el objetivo de superar la «soltería» [«singletudine»] para realizarse en lo amoroso. Continuando con productos pensados para el público femenino, la serie Sexo en Nueva York [Sexo en la ciudad en Hispanoamerica] es la más emblemática de esta paradoja: la vida de mujeres libres que llevan Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha se exalta en cada episodio de la serie, que para todas, sin embargo, concluye con ese final feliz que es la pareja monógama (¡incluso para Saman­tha!). De modo que la dificultad objetiva para encontrar pareja, combinada con la culpa de la soledad, lleva a muchas personas a sentir rabia y frustración hacia el amor. En este contexto, entra en juego otra causa muy importante que analizaremos en profundidad en las páginas siguientes: la decepción respecto al amor es en realidad una decepción respecto a la sociedad.

A veces parece que se librara una especie de guerra silenciosa entre las dos facciones, que consideran a la otra estúpida o ingenua: tarde o temprano el amor triunfará o te defraudará por completo. Consideraciones tan polarizadas sobre el amor prescinden de las vivencias personales: hay románticos incurables que nunca han tenido una relación y, viceversa, cínicos pro­fesionales con veinte años de matrimonio a sus espaldas. Es más, en cierto sentido, casos similares demuestran precisamente que lo que pensamos sobre el amor no solo influye en la esfera privada: el amor es un asunto público, sobre el cual consideramos oportuno posicionarnos, y de hecho tomamos una posición radical y a menudo más intransigente que la expresada en las urnas. Y no es solamente eso. A partir de esta posición nos gusta construir una imagen de nosotros mismos con la que nos presentamos ante la sociedad, pese a que sigamos repitiéndonos que lo personal debe separarse de lo político. Pero se trata de una ilusión: por reconfortante que sea, es ingenuo pensar que todavía exista un núcleo íntimo e inviolable de nuestra vida, y es aún más ingenuo creer que nuestras elecciones amorosas están completamente separadas de lo que sucede fuera de ese núcleo.

De hecho, amar no es algo que nos sucede si somos afortunados, ni un simple accidente. Es, ante todo, una elección, que se hace todos los días. Como escribe la teórica feminista bell hooks en su libro Todo sobre el amor,

Convendría empezar a considerar el amor como una acción más que como un sentimiento, puesto que de este modo asumiríamos automáticamente una parte de responsabilidad por ello. A menudo se nos enseña que no tenemos control sobre nuestros «sentimientos» y, sin embargo, admitimos sin ningún género de dudas que las acciones que realizamos son el resultado de una elección, que la intención y la voluntad desempeñan un papel decisivo en todo lo que hacemos. A ninguno de nosotros se le ocurriría negar que nuestras acciones tienen consecuencias[3].

A menudo consideramos que el amor es algo irracional e indomable, y quizás esto sea lo que nos confunde: parece escapar a nuestro control, pero también al de la sociedad, que en cambio otorga gran importancia a la disciplina. Sin embargo, el amor no es solo un sentimiento, es una acción. Lo sostuvo también Erich Fromm en su clásico El arte de amar[4]: estamos acostumbrados a pensar que el amor es algo que se posee y no algo que se da. Intentemos por tanto ser amables, hacer que se nos ame, en lugar de concentrarnos en lo que nosotros hacemos para amar al prójimo. Nuestra sociedad fomenta este tipo de mentalidad, deplorando la soledad y culpabilizándonos si no somos dignos de ser amados. En lugar de animarnos a reflexionar sobre cuánto podemos hacer para buscar un compañero o compañera, señala nuestras características, nuestra apariencia o nuestro estilo de vida. Según la cultura dominante, deberíamos cambiar para ser dignos de atención y, por tanto, de amor. No hace falta decir que las categorías sociales marginadas son las que más sufren este prejuicio. Al mismo tiempo, guardamos silencio sobre nuestra disponibilidad para amar, como si la relación amorosa fuera unilateral. Una convicción que nos aflige enormemente porque nos subordina a algo que no depende de nuestra voluntad, reduciéndonos a la impotencia. No obstante, como señala bell hooks, los sentimientos no son controlables, pero las acciones sí. Y las acciones tienen consecuencias o, mejor dicho, conllevan responsabilidades. Esto, obviamente, no significa que podamos amar a discreción, sino que podemos, por ejemplo, invertir tiempo y esfuerzo para hacerle entender a alguien que si no lo amamos, no es culpa nuestra, ni suya. Que es alguien digno de ser amado. Que estamos ahí para esa persona si todavía quiere pasar tiempo con nosotros. Con esto bastaría para demostrar que el amor es una fuerza social; pero por supuesto todo es más complicado. Porque definir el amor es complicado, y este libro no pretende hacerlo: hablaremos del amor, pero no tanto de lo que es, sino de lo que es capaz de hacer. La idea de fondo es que el amor no solo puede cambiar profundamente la vida de cada una de nosotras, sino también la vida de la sociedad en su conjunto.

A veces, cuando los intelectuales o los científicos no pueden dar una definición precisa de algo lo clasifican (y no deja de ser una herramienta muy útil para entender un fenómeno). El sociólogo canadiense John Alan Lee, por ejemplo, en su libro de 1973 Colors of Love. An Exploration of the Ways of Loving identificó seis tipologías del amor, o más bien, «ideologías». Aparte de sus contribuciones en el campo sociológico, Lee es conocido por ser un icono del activismo LGTBQ+. Primer personaje público en salir del armario en directo en televisión (el 14 de febrero de 1974) y miembro fundador de la histórica revista científica Journal of Homosexuality, trató extensamente el amor, la sexualidad y el sadomasoquismo. Fue uno de los primeros en emplear la expresión «comunidad gay» en un periodo –los años setenta– en el que gays, lesbianas y trans no solo eran invisibles de hecho a los ojos de la sociedad, sino que, sobre todo, no se percibían como un grupo cohesionado, es más, no creían tener nada en común entre ellos[5].

La clasificación de Lee en Colors of Love se basa en un análisis empírico de la población del Reino Unido, Canadá y Estados Unidos, realizado durante su doctorado en sociología. A Lee no le interesaba tanto identificar tipos psicológicos como investigar cuáles eran las causas económicas y sociales que llevaban a las personas a abrazar una determinada ideología del amor. Lee fue el primero que intentó averiguar si factores como el género, la edad y, sobre todo, la clase social influían en el modo de concebir el amor. Antes del suyo, se habían realizado otros estudios sobre el comportamiento romántico de determinados grupos sociales, pero a nadie se le había ocurrido reunir a personas de diferente extracción, edad e incluso orientación sexual.

La comunidad LGBTQ+ no tenía visibilidad en esa época, excepto en ciertas subculturas. El estigma que rodeaba a la comunidad, incluso en los países más progresistas y liberales, era algo que hoy nos cuesta imaginar. Lee, al hacer del amor objeto de investigación, e incluir también el amor homosexual, logró algo extraordinario: por primera vez otorgó importancia y dignidad académica a una cuestión muy poco tolerado por la opinión pública. Además, al colocar el amor gay junto al amor heterosexual pudo alejar de la homosexualidad la idea de que se trataba de una perversión, como pretendía el prejuicio de la época, y la legitimaba como una más entre tantas orientaciones sexuales y románticas posibles.

Según la teoría de Lee, de las seis ideologías del amor, tres derivan de la tradición griega (eros, ludos, storgé), mientras que las otras tres surgen de la combinación de las anteriores (ágape, es decir, eros más storgé; pragma, es decir, ludos más storgé; y manía, es decir, eros más ludos). Estas categorías no deben entenderse como absolutas sino de forma interdependiente: cada uno de nosotros puede adoptarlas todas según la ocasión; alguno elegirá predominantemente una o experimentará con ella solo durante cierto tiempo. Pero veámoslas en detalle.

El primer tipo es eros. Se trata del clásico «amor a primera vis­ta» que se basa en gran medida en la exaltación de la belleza físi­ca, en la atracción y en buscar en una persona su correspondencia con un ideal estético. Quienes practican esta ideología del amor dan gran importancia a la apariencia externa de su pareja y desean la satisfacción inmediata de los sentidos. Esto no quiere decir que el eros se resuelva solo en el acto sexual; también puede hacerlo en una relación duradera, en la cual la belleza del otro representa un punto fundamental para la sostenibilidad de la relación.

Eros es objeto de discusión en El Banquete de Platón, donde cada personaje dedica un elogio al dios del amor. El más importante de los discursos es el de Sócrates, que no obstante recoge las palabras de la misteriosa sacerdotisa Diótima[6]