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Atrapada en un callejón sin salida desde su divorcio, Irene acude a la consulta del doctor Alba, psicoterapeuta y especialista en sueños lúcidos. En el transcurso de nueve sesiones, el profesor le propone un peregrinaje hacia sí misma para comprender su pasado, despejar las dudas del presente y hallar soluciones de futuro. Para ello deberá penetrar en 'el castillo de los nueve espejos', una enigmática mansión que se halla más allá de la conciencia y a la que sólo se puede acceder a través de los sueños. De la mano del doctor, Irene aprenderá a hallar su camino en la jungla del inconsciente para llegar a la morada que contiene las claves de su curación. Dentro del castillo, Irene deberá encontrar nueve espejos, cada uno de los cuales refleja un aspecto de su personalidad desconocido para ella. La protagonista vivirá una apasionante aventura de autodescubrimiento que le enseñará el valor de la vida y de los propios sueños. Publicado por primera vez en 2004 bajo el seudónimo de Irene Mond, nombre de la protagonista, fue la primera incursión de Francesc Miralles en la fábula inspiracional. En esta edición actualizada, además de un prólogo del autor traducido a casi 60 idiomas, se incluye un anexo práctico para onironautas.
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Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2020
Francesc Miralles
EL CASTILLODE LOS 9 ESPEJOS
Una fábula sobre el poder de los sueños
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Colección Espiritualidad
EL CASTILLO DE LOS 9 ESPEJOS
Francesc Miralles
1.ª edición en versión digital: marzo de 2020
Título original: The sociopath next door
Corrección: M.ª Ángeles Olivera
Diseño de cubierta: Coffeemilk
© 2020, Francesc Miralles
www.francescmiralles.com
(Reservados todos los derechos)
© 2020, Ediciones Obelisco, S.L.
(Reservados los derechos para la presente edición)
Edita: Ediciones Obelisco S.L.
Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida
08191 Rubí - Barcelona - España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23
E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-9111-585-4
Maquetación ebook: leerendigital.com
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.
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Índice
Portada
El castillo de los 9 espejos
Créditos
Espejo es
EL CASTILLO DE LOS 9 ESPEJOS. Una fábula sobre el poder de los sueños
Fin de ciclo
Sesión cero
La firma
Sesión uno
Pista de despegue
Primer espejo
Sesión dos
Segundo espejo
El chico de las bicicletas
Sesión tres
La visita
Tercer espejo
Sesión cuatro
Las Carlotas
Incógnitas
Cuarto espejo
Sesión cinco
La cita
El diagnóstico
Quinto espejo
Sesión seis
En la barcaza
Sexto espejo
El restaurante chino
Sesión siete
El mensaje
Séptimo espejo
Sesión ocho
Andrea
Octavo espejo
Sesión nueve
Beatriz
Noveno espejo
Última sesión
Primavera
MANUAL PRÁCTICO. CÓMO TENER SUEÑOS LÚCIDOS Y ENCONTRAR TUS ESPEJOS PERSONALES
Sueños lúcidos: una puerta al otro lado del espejo
ACERCA DE LA LUCIDEZ
La era del sueño: una historia enigmática
Estar despierto estando dormido
¿Cómo provocar los sueños lúcidos?
El yoga del sueño
Lucidez y viajes astrales
El genio interior
Preguntas y respuestas
EL PALACIO DE LOS ESPEJOS
Los sueños como entrada al inconsciente
Freud: bajo el iceberg
Jung: las estancias secretas del alma
La espada de la lucidez contra los miedos
Espejos personales: un método de localización
MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA VIAJEROS LÚCIDOS
Antes del despegue: la preparación del onirauta
Meditación y despertar
Dentro del sueño lúcido: cómo retener el escenario
Nuestra hoja de ruta
Aterrizaje y reflexión: ¿dónde estaban los espejos?
ANEXO 1. Un diario de sueños
ANEXO 2. Interpretación: la lectura de los espejos
Bibliografía
Acerca del autor
ESPEJO ES
El origen de este libro, que se publicó por primera vez hace más de quince años, se halla en mis inicios en el mundo editorial. Tras estudiar filología alemana y un posgrado de edición, empecé a recibir encargos como traductor de libros en inglés y alemán que me abrieron las puertas a aspectos de la psicología y espiritualidad que desconocía. Poco después fui contratado como editor de un sello con esta clase de contenidos.
Uno de los temas que me fascinó fue el de los sueños lúcidos. Me fijé en que había diversos ensayos sobre el tema, pero no conocía ninguna novela que narrara esta clase de experiencias. Era el año 2003 y empecé a diseñar el argumento de El castillo de los 9 espejos.
Por aquel entonces, acababa de establecerme como freelance –la vida de oficina no era para mí– y mi experiencia literaria como autor apenas había salido de la literatura juvenil. Quizás por eso, cuando mi agente, Sandra Bruna, vendió al editor de Obelisco mi proyecto, decidí firmarla con el nombre de la protagonista, Irene Mond, puesto que está narrada en primera persona.
Salvando distancias siderales, me inspiré en lo que había hecho Hermann Hesse con Demian, que se publicó inicialmente bajo la autoría de su joven protagonista: Emil Sinclair.
Mi fábula sobre los sueños lúcidos se publicó en 2004 y tuvo muy pronto una segunda edición, lo cual fue una noticia muy agradable. Varios lectores que conocían el secreto de que yo era el autor me animaron a preparar un segundo libro, en forma de manual, para quienes quisieran emprender viajes como los de Irene Mond.
De ahí surgió Sueños lúcidos: cómo inducirlos e interpretarlos, donde me limité a divulgar la sabiduría de los especialistas en el tema con un enfoque práctico. Se publicó en 2005, firmado por Irene Mond y Alexander Alba.
«¿Quién es Alexander Alba?», tal vez te preguntarás. Se trata del profesor, especialista en sueños lúcidos, que guía a Irene Mond a lo largo de sus aventuras. En la novela aparece como Dr. Alba y está inspirado, en cuanto a físico y carácter, en un médico al que conocí en mi adolescencia.
En aquella época, mientras iba de fracaso en fracaso en los estudios, mi vida era de un nihilismo total, fuera de los conciertos de punk a los que acudía casi diariamente. No future era lo que sentía en el fondo de mi alma. Tenía pocos amigos, no había conocido aún el amor y estaba muy enfadado con el mundo.
Llegó un punto en el que, a los quince años, dejé de ir a clase y empecé a beber cerveza y coñac cada mañana mientras jugaba a cartas con otros prófugos del instituto.
Muy preocupada, mi madre decidió llevarme a un psiquiatra que le habían recomendado, por si él daba con la clave que ella no había encontrado. Acepté a regañadientes y me encontré en la consulta de un hombre de edad muy avanzada, de pelo y barba canos y gafas de pasta. Su mirada y su tono de voz eran muy amables. Desde el primer momento supe que no me juzgaba, sólo trataba de comprenderme, sabedor de que la vida no es nada fácil para nadie.
Era el Dr. Alba Chica, y aunque me gustó mucho charlar con él, no pude disfrutar más que de un par de sesiones, porque de una semana para otra dejó su consulta, quizás por problemas de salud que le obligaron a jubilarse.
Incluirlo en la novela es un homenaje a este personaje que, por tan breve tiempo, fue un faro de luz en el túnel de la adolescencia.
Al preparar esta versión revisada de la novela, me he dado cuenta de que El castillo de los 9 espejos fue mi primera fábula –y, de hecho, mi primera novela–, años antes de escribir con Care Santos El mejor lugar del mundo es aquí mismo, y con Álex Rovira El laberinto de la felicidad y Un corazón lleno de estrellas.
Por lo tanto, aunque de manera más desnuda y primitiva, aquí está la esencia de lo que acabaría siendo mi estilo en la narrativa inspiracional, con la particularidad, además, de que esta fábula la escribí solo.
Además de que la protagonista narra la historia en primera persona, en su momento no quise firmarla porque tenía lo que mi amigo Xavier Guix ha etiquetado como «síndrome del vicepresidente». Me avergonzaba estar bajo los focos, así que prefería ceder el protagonismo a un coautor o, como en este caso, a un seudónimo, aunque sea el alma de la novela, que resumiré –sin spoilers– a continuación.
Sumida en una honda crisis existencial, Irene Mond acude a la consulta del Dr. Alba, que la ayudará a transformarse a través de los sueños lúcidos.
Para ello tendrá que encontrar 9 espejos –reales o simbólicos– que se ocultan en su mundo onírico, cada uno de los cuales guarda una importante revelación para sí misma.
Al fundador de Obelisco, Juli Peradejordi, le gustaba mucho esta fábula y siempre me decía que le parecía preciosa y muy inspiradora.
Aquí quiero hacer un punto y aparte para hablar de la persona que llevó a la imprenta este libro por primera vez y que ahora lo ha revivido en esta nueva edición.
Los que conocen desde dentro el sector editorial saben que es un mundo duro y áspero, instalado casi siempre en la negatividad y la urgencia, carente muchas veces de humanidad y amabilidad. Juli Peradejordi es una honrosa excepción, y, de hecho, es una de las pocas personas de nuestro mundillo del que todo el mundo habla maravillas. Quince años después, le considero un buen amigo, además de un autor admirado –además de editar, escribe– al que he citado a menudo. Aunque coincidamos sólo un par de veces al año para comer, siempre son encuentros que nutren la mente y alegran el corazón.
En uno de los últimos, me dijo que le gustaría que firmara con mi nombre El castillo de los 9 espejos, una fábula que él nunca ha visto como una obra menor. A Juli no le puedo decir que no, así que acepté su propuesta y le sugerí que añadiéramos aquel pequeño manual práctico al final para que el libro fuera aún más completo.
Al releer esta fábula por vez primera en catorce años, casi todo lo que sucede me ha venido de nuevo, realmente como si no la hubiera escrito yo. Tal vez sea así, y aquel yo que la escribió ha dejado ya de existir para ser otra cosa.
En la lectura, me atrajo la personalidad de Irene Mond, que tiene mucho más carácter del que recordaba, y he disfrutado con sus conversaciones con el Dr. Alba, así como con los sueños formidables que la llevan hacia el centro de sí misma.
Cada sueño incluye un espejo revelador, y ahora me doy cuenta de que mi apellido tiene que ver con eso. Si lo separamos, MIRALL ES significa, en catalán, «espejo es», un recurso que mi padre había utilizado al escribir poesía para mis abuelos en alguna celebración.
Quiero aprovechar este prólogo para dar las gracias también a Anna Mañas, la mano derecha de Juli, que me confesó hace poco que le hacía especial ilusión la nueva edición de El castillo de los 9 espejos, porque había sido uno de los primeros libros de los que se había ocupado al entrar a trabajar en la editorial. Gracias también a su entusiasmo y eficiencia, esta obra ha llegado a tus manos.
A Juli, a Anna, a Sandra y a ti, que sostienes este libro, ¡gracias por existir!
FRANCESC MIRALLES
EL CASTILLO DE LOS 9 ESPEJOS
Una fábula sobre el poder de los sueños
«Lo que ves con los ojos cerrados
es lo que cuenta».
LAME DEER
FIN DE CICLO
El día en el que mi vida iba a cambiar estaba atenazada por el miedo, que hasta entonces siempre había condicionado cada aspecto de mi existencia.
Por miedo a estar sola había enlazado una relación negativa tras otra para casarme, finalmente, con el hombre equivocado. Por miedo a herirle, prolongué cinco años un matrimonio que no debería haber durado ni cinco minutos más.
Luego, la soledad.
Por miedo a fracasar de nuevo cerré la puerta a nuevas relaciones.
Un temor lleva al siguiente, y pronto empecé a tener serios problemas para conciliar el sueño. Me angustiaba estar sola en casa y no lograba serenar la mente. Llegaba a la oficina agotada, y tenía que hacer serios esfuerzos para mantener la calma ante el aluvión de llamadas telefónicas. No es divertido trabajar en el departamento de reclamaciones de una empresa si tienes la autoestima por los suelos.
Supongo que mi rendimiento había bajado de manera considerable, pero cuando la jefa de personal me comunicó que estaba despedida, no me lo podía creer. Sencillamente me derrumbé.
Corrí a casa y estuve llorando toda la mañana hasta que caí rendida. Ahora sé que estaba deprimida y me sentía vacía por dentro. Pero entonces no entendía qué me pasaba, y no encontraba fuerzas para salir del pozo por mí misma.
Al despertarme a media tarde, recuerdo que lo primero que hice –no sé por qué– fue mirarme en el espejo. Delante del cristal me dije: «¿Adónde vas, Irene? Tienes ya cuarenta años y estás sin trabajo, sin amigos, sin amor. ¿En qué has fallado?».
A mitad de mi soliloquio llamaron al timbre. Me lavé la cara con abundante agua fría antes de ir a la puerta. Soy muy orgullosa y no soporto que nadie sepa que he llorado. Me pasé el cepillo por el pelo un par de veces y corrí a abrir.
No era nadie. Primero pensé que se trataba de una broma de algún niño del bloque, pero, acto seguido, vi un pequeño sobre blanco que descansaba sobre mi alfombrilla. Alguien había venido a traerlo, pero no se había esperado a que lo recogiera en mano. «Qué extraño…», pensé.
Me senté en el sofá con el sobre en la mano y permanecí inmóvil unos segundos, demasiado aturdida para hacer nada. Finalmente me decidí a abrirlo. Dentro había una hoja de calendario con un mensaje detrás escrito a mano. Decía lo siguiente:
Siento mucho lo que te ha sucedido. Llevo observándote un tiempo.
Sé que has luchado para mantener ese trabajo y ahora debes de sentirte fatal. Pero tómalo como el fin de un ciclo. Si necesitas un empujoncito, conozco a una persona que puede ayudarte:
DR. ALBA, Avda. de los Tilos, 9.
SESIÓN CERO
Más por curiosidad que por convencimiento, esa misma tarde decidí acercarme a aquella dirección. Quería saber quién era aquel doctor al que me enviaba el autor de la nota.
Primero pensé que podía ser un psiquiatra, pero al llegar a la avenida de los Tilos descarté esa idea: era una antigua calle residencial donde la mayoría de las casas estaban abandonadas o bien se hallaban en obras. Gran parte de ellas no exhibían número alguno, y me costó trabajo dar con la casa correcta. Supe que era allí por la placa:
«DR. ALBA, ESPECIALISTA EN SUEÑOS LÚCIDOS».
Mi primera reacción fue dar media vuelta y volver a casa. Aquello sonaba a una broma de mal gusto. Pero había consumido casi una hora en dos autobuses para llegar hasta allí y me parecía frustrante rehacer el camino sin más. De modo que me tragué mi decepción y pulsé el timbre de bronce, que activó una vieja melodía infantil, una canción de cumpleaños o algo parecido.
«Esto es de locos», me dije. Pero antes de que pudiera echarme atrás, un suave zumbido indicó que la puerta se había abierto. Sólo tenía que empujarla, y eso hice.
Ante mí se abría un largo pasillo blanco –desprovisto de muebles o cuadros– con habitaciones a un lado y al otro. Daba la impresión de que allí no vivía nadie, pero el hecho de que la puerta se hubiera abierto demostraba lo contrario. Exploré el pasillo bajo el inquietante eco de mis pasos, y entré y salí de unas cuantas habitaciones vacías. Nada.
Iba a dar ya la visita por terminada, cuando, de repente, surgió una voz:
—Aquí –dijo.
Era una voz grave y algo quebrada, propia de un hombre mayor.
—¿Cómo? –pregunté asustada buscando de dónde venía la voz.
—Arriba –respondió–. Le estoy esperando aquí arriba.
Lancé la mirada en todas direcciones, pero no veía cómo podía llegar «arriba». Casi pensaba que estaba hablando con un fantasma cuando descubrí, tras una columna desconchada, una estrecha escalera de caracol.
Aquello no me tranquilizó, sino más bien todo lo contrario. Aun así, ya era tarde para cambiar de idea, y empecé a subir los breves escalones en una oscuridad total.
La escalera moría en una pequeña puerta de plancha que cedió tan sólo tocarla. Un estallido de luz anunció que me hallaba en una galería recubierta de cristal con un viejo escritorio en el centro. Detrás de él, un hombre de unos setenta años –el doctor Alba, sin duda–, de cabello cano y gafas de alta graduación. Al otro lado de la mesa, un sillón vacío. Estaba claro que esperaba que yo lo ocupara.
Tomé asiento sin atreverme a mirarle con detenimiento. Prefería que fuera él quien tomara la iniciativa. Le oí inspirar profundamente antes de decir:
—No me extraña que le vayan mal las cosas. Si mira siempre al suelo, estará condenada a arrastrarse.
Aquel comentario me pareció insolente y, por un momento, pensé en levantarme y salir de la casa. Creo que si permanecí allí fue, simplemente, porque no se me ocurría nada mejor que hacer.
—¿Quién le ha hablado de mí? –le pregunté molesta.
—Una amistad suya.
—Yo no tengo amigos.
—Pues, por lo visto, hay alguien que no piensa lo mismo.
—Esto es ridículo –protesté.
—Por cierto, Irene es un bonito nombre.
—Gracias.
—En griego significa paz.
—Lo sé.
Había decidido poner fin a la situación. Me disculparía por las molestias y, acto seguido, me levantaría. Pero aquel anciano miope y risueño me distrajo de mi propósito:
—No se preocupe por el dinero. Ya me pagará cuando vuelva a trabajar.
—¿Pagarle? ¿Para qué? Además… ¿y si no encuentro trabajo?
—Puedo correr ese riesgo. Estoy retirado, ¿sabe? De hecho, creo que me retiré sólo nacer. De las preocupaciones, me refiero. Y todavía soy un niño. ¿Sabe qué quiero decir?
—No.
—Bueno, da igual. No ha venido para conocer mi vida.
—La verdad es que no sé por qué he venido.
—Usted no lo sabe… –sonrió–, pero quien le ha mandado aquí sí.
Iba a preguntarle quién demonios era esa persona, pero justo entonces observé que el rostro del doctor adquiría una expresión solemne. Su tono era casi el de una advertencia:
—Espero que le guste viajar. Le queda mucho camino por delante.
—¿Viajar? ¿Adónde?
—Digamos que a un castillo, pero no a uno cualquiera. Es una mansión muy especial a la que sólo usted tiene acceso.
—¿Cómo? No entiendo nada.
—Le llamaremos «el castillo de los 9 espejos». Pero vamos a ir por partes.
Pensé que aquel hombre estaba chiflado y que lo mejor era seguirle el juego. Pasado un tiempo prudencial, me marcharía de allí para no volver nunca más.
—¿Cómo se llega al castillo de los 9 espejos? –le pregunté fingiendo interés.
—Volando, por supuesto.
Aquello confirmaba mis sospechas. Decidí, sin embargo, ser indulgente con él. No quería ofenderle.
—Pero yo no sé volar, profesor. ¿Puedo llamarle así?
—Ése es un problema que vamos a tener que solucionar.
—¿Me va a regalar unas alas?
Enseguida me arrepentí de haber dicho aquello. No era mi intención burlarme de él. Al fin y al cabo, probablemente sólo fuera un pobre viejo que necesitaba compañía para sus imaginaciones.
—No le hacen falta. Con que levantes la mirada del suelo será suficiente.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
—Pero usted me acaba de decir que a ese castillo sólo se llega volando.
—¿Y qué cree que hace cuando sueña?
LA FIRMA
Era martes y, aunque no me apetecía nada pisar de nuevo la empresa, tuve que acudir para firmar el finiquito.
Atravesé las oficinas eludiendo las miradas de conmiseración de mis antiguos compañeros. Uno de ellos me sujetó por la manga en mi camino hacia el despacho de la directora. Era Adrián, el contable.
—¿Qué tal estás? –me susurró.
Creo que no llegué a contestarle. En tres zancadas me planté en el despacho de Beatriz, apenas veinticuatro horas después de que me hubiera despedido.
—Pasa, Irene.
Me quedé delante de su escritorio sin sentarme, mientras ella abría una carpeta azul y extraía un pliego de papeles con un cheque sujetado por un clip. Observé en silencio cómo sus ojos rasgados repasaban sin prisas todos los documentos. Siempre me había llamado la atención una pequeña curva descendente, a lado y lado de los párpados, que le otorgaban un aire casi oriental.
Camino de los cincuenta, podía decirse que Beatriz era una mujer atractiva, muy atractiva incluso. Me sorprendí a mí misma pensando todo esto, cuando me hallaba ante la persona que me había puesto de patitas en la calle. Aunque se supone que debería detestarla, la verdad es que no lograba sentir odio hacia ella.
Deslizó los papeles suavemente hacia mí y, con voz indiferente, dijo:
—Si estás de acuerdo, firma aquí abajo. Es lo que te corresponde según el convenio: un mes de sueldo por año trabajado.
Empecé a sentir que aquel despacho de cristal me producía claustrofobia, así que ignoré la letra pequeña y firmé maquinalmente los documentos. La mirada de Beatriz era firme, como si me estuviera diciendo: «Mide mejor tus pasos a partir de ahora».
Sólo se suavizó al ver mi nombre garabateado en el papel. Respiró hondo, como si se hubiera quitado un peso de encima. Entonces, mientras me apretaba la mano a modo de despedida, repuso:
—Lo siento.
SESIÓN UNO
El profesor Alba jugueteaba con una postal sin escribir de la que yo sólo veía el reverso. La sostuvo un rato a cierta distancia para contemplar mejor la imagen y la volvió a guardar en el cajón.
—¿Ha leído a Jung? –me preguntó entrecerrando los ojos.
—No.
—Era un colaborador rebelde de Freud. A mi entender, explicó muy bien lo que es el inconsciente.
—¿Ah sí? –asentí con fingido interés.
—Freud decía que la mente es un iceberg del que sólo emerge una séptima parte de su volumen. El resto queda oculto. Jung fue un poco más lejos y equiparó el inconsciente a una mansión.
—El castillo de los 9 espejos.
—Lo de los espejos es cosa mía –rio el profesor entre dientes–, pero veamos antes cómo es esa mansión. Es como si viviéramos en una casa magnífica de la que sólo conocemos el sótano: eso es la conciencia. Al soñar, abandonamos el sótano y nos perdemos por los corredores y escalinatas de nuestra mente. ¿Me sigue?
—Por supuesto –dije seducida por aquella explicación.
—Entramos en habitaciones secretas que nos dan miedo, así como en trasteros que no tienen utilidad alguna. Si tenemos suerte, podemos acceder a salas inundadas de una claridad y belleza embriagadoras. Sus ventanales dan a deliciosos paisajes con senderos que llevan a territorios nunca imaginados.
—Creo que no he estado en un lugar así desde niña.
—En la mansión del inconsciente también encontramos personas –dijo el profesor haciendo caso omiso a mi comentario–. Algunas nos resultan familiares, y otras totalmente desconocidas. Depende de la puerta que abras, puede aparecer un bello príncipe o un monstruo terrorífico. Pero unos y otros tienen algo que enseñarnos.
—Como en los cuentos.
—Algo así. Los sueños son cuentos que nos lee el inconsciente y muchos de ellos tienen un mensaje en clave. Nuestra misión es descifrarlos, porque tienen algo importante que comunicarnos.
—¿Y qué tienen que ver los espejos con todo esto?
—Ahora llegaremos. He descubierto que en el castillo del inconsciente se ocultan una serie de espejos muy poderosos. Y lo curioso es que suelen ser exactamente nueve. Tal vez se deba a que el número nueve se asemeja a un espejo con su asa, aunque esté algo torcida.
—¿Y qué tienen de especial estos 9 espejos?
—Cada espejo refleja un aspecto diferente de ti que desconoces. Por lo tanto, aunque te cause terror, debes mirarte en él: eres tú y aquello que debes superar.
