Los lobos cambian el río - Francesc Miralles Cotijoch - E-Book

Los lobos cambian el río E-Book

Francesc Miralles Cotijoch

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Beschreibung

En su primer volumen de memorias, Francesc Miralles habla de los maestros imprevistos que van dando forma al curso de la vida. Atravesar el paisaje indómito de la melancolía y de las distintas crisis existenciales -con sus descubrimientos- le sirve para hablar del origen de la creatividad, del amor, la espiritualidad, la escritura y el arte de vivir. El libro más íntimo e iluminador de un referente mundial en el campo del desarrollo personal.

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EPUB

Seitenzahl: 367

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Francesc Miralles

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Colección Espiritualidad y Vida interior

LOS LOBOS CAMBIAN EL RÍO

Francesc Miralles

1.ª edición en versión digital: abril de 2021

Corrección: M.ª Jesús Rodríguez

Diseño de cubierta: Coverkitchen

Maquetación ebook: leerendigital.com

© 2021, Francesc Miralles

(Reservados todos los derechos)

© 2021, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-731-5

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

 

Portada

Los lobos cambian el río

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Capítulo 104

Capítulo 105

Capítulo 106

Capítulo 107

Capítulo 108

Capítulo 109

Capítulo 110

Capítulo 111

Capítulo 112

Capítulo 113

Capítulo 114

Capítulo 115

Capítulo 116

Capítulo 117

Capítulo 118

Capítulo 119

Agradecimientos

Contenido

No tienes la obligación de ser la misma persona

que eras hace cinco minutos.

ALAN WATTS

1

Esta mañana me he levantado con la extraña certeza de que una parte de mi vida ha terminado ya, y justo ahora empieza otra.

Podría ser una ilusión. Hace muchos años, casi media vida, que deseo pasar página en muchos sentidos. Pero del mismo modo que sucede con la gravedad, que nos cuesta escapar de ella y levantar el vuelo, es difícil liberarse de la inercia de una vida. O de muchas vidas.

Aunque no creas en las constelaciones familiares, hay patrones de nuestros padres que perpetuamos en nuestra existencia, del mismo modo que ellos heredaron su propia carga.

De mi madre yo heredé una moral de trabajo calvinista. Desde muy pequeño, la recuerdo cosiendo de sol a sol, de lunes a domingo. De hecho, muchos días se levantaba antes del alba y se acostaba pasada la medianoche.

Se llamaba Marta y provenía de una familia muy pobre. A los diez años había empezado a trabajar para ayudar a mantener a sus siete hermanos y a su padre, que nunca se dignó a tener un empleo. Hablaré de él en otra parte.

Aunque mi padre procedía de una familia burguesa, era un hombre sin ambiciones materiales. Se conformó toda la vida con su sueldo de auxiliar administrativo de una empresa química. Quizás habría bastado para pagar el alquiler y las facturas, pero mi madre quería una vida mejor para mi hermana y para mí que la que ella había tenido. Por eso cosía sin cesar.

A la edad de sesenta años tenía la columna totalmente curvada, de tanto inclinarse sobre la tela, y eso le ocasionó graves problemas respiratorios, entre otras dolencias que acabarían con su vida poco después de los setenta.

Volviendo a mí, tras una infancia rebelde, una adolescencia punk y una primera juventud de total confusión, protagonizada por la depresión, la ansiedad y la locura por viajar, al cumplir los treinta era ya como mi madre.

Había encontrado mi lugar en el mundo editorial. Primero como traductor de libros de psicología y espiritualidad. Para poder entregar a tiempo, me marcaba jornadas de más de doce horas, y me sentía eufórico cuando al enviar una traducción me daban el siguiente libro.

Después de treinta años de dispersión, incluyendo la etapa universitaria, mi madre aprobaba con entusiasmo mi cambio vital. Cuando la llamaba para decirle que, después de todo el día tecleando, aún seguiría hasta las dos o las tres de la madrugada, siempre me decía: «¡Trabaja, Facundo!».

Ahora sé que es parte de una canción del cubano Eliseo Grenet sobre un agricultor negro que se desloma en el campo.

Y lo cierto es que el trabajo siguió monopolizando mi vida como editor. Además de pasar el día entero en la redacción, me llevaba manuscritos a la mesita de noche, escribía bajo pseudónimo, investigaba tendencias en revistas extranjeras… Mejor pagado que mi madre, pero tan esclavo como ella.

La adicción a este patrón se manifestó de forma penosa el día de su muerte. Durante la larga agonía de mi madre en la UCI de una clínica, donde yo pasaba las tardes y parte de las noches, recuerdo que estaba redactando un libro de desarrollo personal para una gran editorial.

Era una antología de textos inspiradores a partir de centenares de artículos que yo había publicado en distintas revistas. Fui rescatando ese material para separar una cápsula para cada día del año.

Aunque tenía ya la base para el libro, era una tarea muy trabajosa que me obligaba a leer, releer, sintetizar, poner títulos… Desde que mi madre estaba ingresada, además, dormía mal y me costaba concentrarme durante el día. Por lo tanto, iba más lento que de costumbre.

Hasta hace poco, yo era muy reservado con respecto a mis problemas personales, así que no le dije a mi editor la situación en la que me encontraba. Y él, viendo que me retrasaba, empezó a presionarme para que no entregara ni una hora más tarde de la prórroga que ya me había dado.

Creo que el deadline final era un mediodía que he hecho grandes esfuerzos por olvidar. De hecho, jamás he contado esto a nadie, ni siquiera a mi pareja o a mi mejor amigo. Pero siento que ahora es el momento de hacerlo.

Llegó el día en que tocaba entregar el manuscrito antes de la hora de comer, porque justo entonces lo darían al corrector para que el libro pudiera salir en la fecha prevista. Ir siempre tarde es uno de los argumentos de mi vida, y lo que ahora explicaré fue la prueba más cruel.

La noche antes, mientras acompañaba a mi madre en la UCI, había notado un cambio muy inquietante. Aunque ella estaba ya muy débil y llevaba máscara de oxígeno, le gustaba que me sentara a su lado. Especialmente quería que le contara cosas de Niko, mi hijo, que por aquel entonces era poco más que un bebé.

Aquella última noche yo le traía una foto que había hecho para ella. Se veía a Niko muy sonriente entre sus padres. Al acercarme a la cama de mi madre, seleccioné esa foto en mi móvil para mostrársela. Sin embargo, tras mirarla un breve instante giró la cara sin decir nada. Nunca lo había hecho hasta entonces.

A la mañana siguiente, yo estaba aporreando el ordenador en la recta final del manuscrito. Me quedaba una hora escasa de trabajo para terminar, cuando sonó el teléfono.

Me llamaban de la clínica para decirme que mi madre estaba expirando. «Si quiere despedirse, tendrá que venir ahora», me dijo el médico. «Sí, enseguida vendré».

Por increíble que parezca, en lugar de salir de casa a buscar un taxi, dediqué una última hora a terminar el libro. Lo envíe por e-mail al editor pocos minutos antes del deadline y sólo entonces corrí hacia la clínica. Cuando llegué, mi madre ya estaba muerta.

No pudimos despedirnos y durante mucho tiempo eso me provocó una dolorosa y secreta culpabilidad. Me parecía un acto demasiado vergonzoso para compartirlo con nadie.

Con el tiempo, no obstante, he entendido que no hice otra cosa que seguir su ejemplo. Por cumplir con una tarea, no le dije adiós, pero creo que es lo que ella habría querido que hiciera.

2

He decidido que el trabajo deje de ser el centro de mi vida. Sé que me lo he propuesto muchas veces y no he sido capaz de cumplirlo.

En mi agenda, que llevo de manera pedestre en un documento de Word, he escrito en repetidas ocasiones sobre una fecha determinada (normalmente, el día después de una entrega agotadora) las palabras «new life».

Sin embargo, al llegar a esa «nueva vida», el día y la semana y el mes ya estaban copados por otras obligaciones y urgencias.

Esta vez siento que es distinto. Más que eso, lo sé. ¿Por qué ahora sí? Quizás, simplemente, porque éste es el momento. Como decía Andy Warhol:

Cuando las personas están preparadas, entonces cambian.

Nunca lo hacen antes, y a veces mueren antes de dar el primer paso.

No puedes hacer que nadie cambie si no quiere,

del mismo modo que, cuando alguien quiere cambiar,

es imposible detenerlo.

Reconozco que el hecho de escribir esta suerte de biografía me ayuda en mi propósito. Una palabra escrita tiene mucha más fuerza que mil pensamientos. Un propósito en el papel –analógico o digital– es ya un contrato con uno mismo, un acto de fe.

Tal vez por eso he tardado tanto en escribir lo que estás leyendo. Los últimos años anuncié su publicación varias veces, pero nunca llegué a empezar. En Internet también hay palabras escritas, trillones de ellas, pero son efímeras y desaparecen en los abismos de la red. En cambio, lo que se escribe en un libro queda para siempre.

Antes he dicho que esto es una «suerte de biografía» pues, honestamente, no escribo porque piense que mi vida es importante. Pero sí han sucedido cosas y he descubierto otras que me parecen relevantes para comprender el difícil arte de vivir.

Incluso para mí mismo, por eso las escribo.

Trato de entender y de compartir los misterios de la vida y del destino humanos. Escribo contra la soledad, la tuya y la mía, porque vamos a caminar juntos por los paisajes cambiantes de la existencia.

En definitiva, escribo con la esperanza de que lo que voy a contar te aporte, antes o después, una nueva luz.

3

Redacto estas páginas con el OmmWriter, un procesador de textos zen obra del estudio barcelonés Herraiz Soto. Lo descubrí hace diez años, pero no ha sido hasta ahora que lo estoy usando.

Está diseñado para eliminar cualquier distracción visual, como herramientas, ventanitas, reglas, etc. Las letras van apareciendo sobre un paisaje nevado, un cielo azul o un suave contorno montañoso, con bandas sonoras relajantes que acabas quitando, porque el silencio invita mucho más a llenarse de sentido.

He elegido esta aplicación porque el Word me recuerda a las decenas de miles de páginas que he escrito en mi vida bajo contrato. Y aquí el único contrato que tengo es conmigo mismo y con quien ahora me acompaña. Gracias por estar aquí.

No sé quién eres, pero espero que nos hagamos amigos a lo largo del viaje.

Cuando me preguntan por mi vocación, siempre digo que hasta los treinta años jamás pensé en ser escritor. Ni siquiera era un gran lector, pese a haber estudiado Filología Alemana.

Mis primeras obras las redacté en la máquina de escribir de mi abuelo paterno. Estaba fascinado por aquella Underwood de hierro que pesaba como un muerto dentro de su maletín, y algunos fines de semana lograba que me la prestara.

La fijación por este objeto me venía de haber visto alguna vez la serie Perry Mason, quien tecleaba sus informes en una máquina similar.

En mi caso, yo cargaba un folio en el rodillo y escribía thrillers a la manera de Ian Fleming, el autor de James Bond, con una extensión de dos páginas. No sé cómo lograba condensar en tan poco espacio la introducción, nudo y desenlace. Hoy día no sabría hacerlo. Recuerdo que uno iba sobre un tren cargado de material nuclear y otro de un cohete recubierto de oro que ponía destino al Sol.

Tendría ocho o nueve años cuando compuse aquellas historias que nunca enseñé a nadie. Escribía por el mero placer de sentir el olor de la tinta en el carrete, la presión de mis pequeños dedos sobre las teclas y el metralleo de cada letra sobre el cilindro.

Cuando sacaba el folio de la máquina, me quedaba impresionado. De algún modo, al contemplar el papel escrito me daba cuenta de que la historia ya existía fuera de mí, más allá de mí.

4

Care Santos me confesó en una ocasión que jamás podría escribir una biografía. Al preguntarle por qué, me vino a decir: «Ya he usado cada fragmento de mi vida para contarlo, troceado, en mis novelas».

No sé si yo podría decir lo mismo, pero ciertamente he escrito muchos libros y medio millar de historias de vida en mis noticias del lunes, algunas de las cuales me servirán para viajar a ciertos momentos que voy a compartir.

Si hubiera escrito estas memorias hace un par de siglos, seguramente habría empezado por el primer recuerdo de mi vida, en lugar de viajar del presente al pasado todo el tiempo. Bueno, en este capítulo voy a rescatar esa escena.

En una novela juvenil que pocos han leído, La vida es una suave quemadura, la conté así:

Yo tenía tres años y subía de la mano de mi madre por la Rambla de los Pájaros. Deduzco que veníamos del mercado de la Boquería, porque ella llevaba una bolsa de fresas cuando nos detuvimos delante de un loro, grande y verde, que saludaba alegremente a los paseantes desde su jaula. Mi madre extrajo una fresa de la bolsa y me dijo: «Dásela» […]

Tomé la fresa por las hojitas y la introduje entre los barrotes con mucho cuidado, porque tenía miedo de que el loro me picara. Cuando el pájaro vio que asomaba la fruta, me la arrebató con el pico y, acto seguido, la agarró con una pata para poder comérsela trocito a trocito. Recuerdo que me quedé extasiado ante aquel loro, que se tenía en pie con una pata mientras con la otra sostenía la fresa, a la que daba pequeños picotazos. Comía sin ni siquiera mirarnos, con soberbia incluso, como si aquello que acababa de recibir le correspondiera por derecho propio.

Ése es mi primer recuerdo de niño, que asigné al protagonista de mi novela, pero curiosamente visualizo con mucha más nitidez mi primera pesadilla.

En mi sueño, estaba sentado en la cama y en la pared veía reflejado un laberinto inmenso, con miles de caminos y bifurcaciones que eran mi propia vida. Y yo estaba allí en medio, perdido en la inmensidad de opciones de la existencia.

Aquella visión me causó tanto terror que me desperté gritando y mi madre tuvo que venir a consolarme. Yo era muy pequeño, así que no creo que fuera capaz de explicarle aquella pesadilla.

El laberinto infinito, sin embargo, me acompañó durante muchos años.

Nos acercábamos al fin del franquismo y las noticias hablaban siempre de desempleo, de navajeros y yonquis, de falta de oportunidades, mensaje que reforzaban algunos maestros de la Salle Condal, la escuela religiosa donde yo estudiaba en una promoción muy poco brillante.

—Tendréis suerte si os emplean para sacar la basura de un restaurante –nos dijo una tarde un profesor.

En aquella Barcelona gris, yo me angustiaba pensando en el futuro, y el laberinto de la vida acudía a menudo a mi mente. Entonces me formulaba un deseo que ahora me asombra:

«Me gustaría ser viejo. Estar jubilado y haber vivido ya».

5

De mi infancia también recuerdo la última vez que fui fuerte. Esto puede sonar extraño, pero a los tres años crucé una línea divisoria entre quien yo había sido y quien sería a partir de entonces.

Ya de muy pequeño era pendenciero, de grandes rabietas en casa y desafiante en la calle. Hasta que, de repente, me encerré dentro de un capullo de timidez que me acompañaría ya para siempre.

Mi último recuerdo como niño salvaje tuvo como escenario las escaleras que daban al jardín de mi parvulario. Yo estaba en lo que hoy es P3 y, por algún motivo, había una niña de clase a la que quería impresionar. Al verla allí, siguiendo un impulso me lancé sobre un compañero de clase que estaba al pie del primer escalón.

Los dos rodamos por el suelo en una pelea que no tenía razón alguna. Escandalizadas, las maestras vinieron a separarnos y estuvimos castigados el resto de la mañana en un banco del pasillo.

Fue en aquel mismo curso cuando, por motivos que sólo puedo suponer, empecé a encerrarme en el cascarón. En casa seguía siendo un niño difícil y caprichoso, pero fuera empecé a comportarme con extrema reserva y discreción. Procuraba pasar siempre inadvertido, refugiado en mi propio mundo.

Si quiero buscarle una razón psicoanalítica a ese cambio radical, podría atribuirlo a tres motivos distintos.

El primero bien pudo ser el carácter enigmático y silencioso de mi padre. Retraído en grado sumo, cuando no estaba trabajando, se encasquetaba unos grandes auriculares para escuchar música clásica durante horas, mientras leía o corregía diccionarios, una de sus pasiones.

Aunque Marcel, como se llamaba, sólo estudió peritaje mercantil y no fue a la universidad, aprendió tres idiomas extranjeros de forma autodidacta y en casa acumulaba miles de libros que eran su vida. Sus conversaciones con nosotros se limitaban a alguna pregunta puntual sobre los exámenes. Nunca charlaba ni explicaba nada.

Una sola vez me contó una historia. Estando ya acostado, una noche pedí a mi madre que hiciera venir a papá. Pese a su hermetismo, era un hombre de naturaleza amable, así que acudió y se sentó a mi lado en la oscuridad.

Yo había ido con la escuela a ver la estatua de Colón, en el puerto de Barcelona, y nos habían explicado que su dedo apuntaba a América y todo lo que pasó en esa aventura.

Mi padre era un gran viajero, algo que constituía otro de sus misterios. Nada más nacer yo, emprendió una de sus escapadas al extranjero, aunque mi madre no podía moverse de la cama debido a complicaciones del parto. Un tío mío soltero tuvo que cuidar de aquel recién nacido que, desde su cuna, trataba de entender el mundo al que había llegado.

Siempre elegía destinos poco comunes, como Malmö o la Checoslovaquia comunista. Se iba en tren y solía regresar antes de lo que había previsto. Mi hermana y yo lo esperábamos en la puerta, porque sabíamos que de su maleta saldría algún regalo de un lugar lejano.

Las semanas que seguían a sus viajes, recibía cartas de mujeres en idiomas que no podíamos entender.

Por esta pasión viajera que yo heredaría, aquella noche pensé que Marcel sabría explicarme la historia de la Estatua de la Libertad, al igual que nuestra maestra nos había explicado la de Colón.

Mi padre se aclaró la voz y me contó que había sido un regalo de Francia a Estados Unidos para celebrar los cien años de independencia, y que la habían transportado por piezas en diferentes barcos.

Aquel relato me fascinó, pero nunca más tuve un momento de intimidad parecido con mi padre que, al ver que me interesaba por el extranjero, me regaló un atlas.

Aquél se convirtió en mi libro favorito. Durante años, antes de dormir pasaba horas cada noche explorando los contornos de países lejanos; imaginaba cómo sería la vida en pueblos de nombre impronunciable, o qué gentes habitaban aquellas islas minúsculas que parecían flotar en medio de la nada.

Sin haber ido más lejos de Mallorca, me había convertido en un viajero solitario igual que mi padre.

6

El segundo y tercer motivo de mi transformación en niño introvertido están conectados entre sí.

Mis padres, tras casarse, alquilaron un piso de renta limitada donde vivieron hasta su muerte. Era de los pocos de ese tipo que había en Sant Gervasi, un barrio acomodado donde todos los vecinos tenían un nivel económico muy superior al nuestro.

Viví con ellos hasta los veintisiete años en lo alto de la calle Tavern, que recuerda a San Francisco porque es empinada y con aceras estrechas. Un ejemplo literal de la «zona alta» de Barcelona.

Nunca hice amigos en mi barrio, por el simple hecho de que no podíamos hablar de las mismas cosas. Yo no tenía dinero para comprar ropa de marca, ni había ido nunca a esquiar, ni tenía consola o uno de los primeros ordenadores. Era sólo un pobretón que vivía accidentalmente en un feudo de ricos.

Eso contribuyó a que me volviera más inseguro, y la tercera razón fue escolarizarme en un barrio humilde, en un colegio sólo para niños donde los matones de la clase imponían su ley.

Al no jugar con las mismas cartas que mis vecinos, en lugar de ir a la elitista Salle Bonanova –que era la que me correspondía en Sant Gervasi–, mis padres me enviaron a la Salle Condal, que era mucho más económica y se encontraba delante del Palau de la Música.

En aquella época allí iban básicamente niños del Borne, un barrio de clase trabajadora muy diferente a lo que lo han convertido hoy las hordas de turistas.

Nada más iniciar el curso, mis compañeros sólo hablaban de «la banda del Borne», una pandilla de quinquis que iban repartiendo palizas y navajazos. A decir verdad, nunca llegué a verlos, pero el miedo se instaló en mí, dentro y fuera de clase.

Ésta era mi esquizofrenia: vivir en la calle Tavern junto a hijos de ejecutivos –desde mi habitación veía el jardín del propietario de la marca Montblanc– y estudiar en un colegio donde los golpes y las amenazas estaban a la orden del día.

Cada mediodía, al salir al patio, los débiles de la clase recibían todo tipo de humillaciones por parte de los fuertes.

Recuerdo a un infeliz que cada recreo era sujetado entre dos matones que tiraban de sus brazos en dirección opuesta, mientras un tercero empezaba a patearle el trasero. El pobre se revolvía como una fiera salvaje y se le desencajaba toda la cara. Lo tenían así hasta que empezaba a gritar como un loco y, por miedo a los curas –los hermanos de la Salle–, lo soltaban para volver por él al día siguiente.

Me pregunto qué secuelas psicológicas le habrán quedado a él y a otros que fueron maltratados a diario durante los ocho años de la entonces llamada EGB (Educación General Básica).

Desde el primer día que entré en la Salle Condal, cuyos altos muros hacían pensar en una cárcel, me quedé atemorizado ante aquel ambiente brutal. Sin embargo, tuve la suerte de permanecer justo entre los fuertes y los débiles.

Aunque en esa época ya me había convertido en un chico tímido y soñador, por alguna razón despertaba simpatía entre los cabecillas, que amenazaban a otros con el clásico: «A este chaval no me lo toques».

Uno de los líderes decidió que yo compartiera pupitre con él y me tomó bajo su protección.

—Eres guapo, Miralles –me decía a veces, como si esto me liberara de las torturas reglamentarias.

Eso sí, tenía prohibido hacer migas con los débiles, ya que el contacto con ellos se consideraba denigrante.

Viví hasta los catorce años en este ambiente, en una clase de cuarenta y dos chicos que luchaban por el poder o por escapar de la violencia de los poderosos. Eso me encerró aún más en mí mismo. Pasaba las horas lectivas tratando de evadirme y cada trimestre suspendía cuatro o cinco asignaturas, una inercia que prosiguió en el bachillerato.

El último año fue el mejor, porque los maltratos cesaron ante el reciente interés que suscitaban los discos, el tabaco, los porros y las chicas de escuelas cercanas.

Terminado el curso, fui a mi primer concierto con uno de mis protectores, que siempre tenía el cigarrillo en la boca. Miguel Ríos llevaba su Rock & Ríos a un escenario gigantesco frente a las fuentes de Montjuïc con decenas de miles de espectadores. El roquero de Granada lo dio todo en un largo show que me dejó impresionado.

No volví a ver a aquel compañero ni a nadie de mi antigua escuela. Estaba a punto de empezar una nueva y aún más extraña fase de mi vida.

7

Antes de seguir con mi peripecia vital, quiero detenerme un poco en el despertar de la creatividad.

Hace veinte años que una faceta muy importante en mi vida es descubrir y potenciar el talento de otros. Mucho antes de que descubriera el ikigai junto a Héctor García, ya ejercía de impulsor de artistas: editando sus primeros libros de poesía, organizando shows y presentaciones, o bien adquiriendo cuadros de pintores jóvenes para ayudarles a arrancar.

Me gusta especialmente comprar el primer cuadro de un artista. Por eso en las paredes de nuestra casa hay muchas óperas primas. Al igual que sucede con los discos o las novelas, creo que en esa primera obra está la esencia de la persona que desarrollará una carrera creativa.

Cuando vivía en el barrio gitano de Gràcia, iba a menudo a La Fourmi, un bar bohemio donde trabajaba una camarera llamada Carol Adams. Charlando una tarde con ella, me explicó que aquel empleo era temporal y que en realidad quería hacer camino como artista y diseñadora.

Le pregunté dónde podía ver sus obras y me pasó la dirección de su web. Entre todo lo que vi, me quedé enamorado de un bosque nocturno. Cuando le pedí precio para comprárselo, ella abrió los ojos incrédula.

Una semana más tarde me entregaba el cuadro enmarcado con una joya inesperada detrás. De una esquina del lienzo colgaba una etiqueta larga donde Carol había escrito de su puño y letra:

Muchas gracias por apreciar el arte que tenía olvidado y por motivarme a retomar la pintura. Con el dinero me financias la impresión de unas tarjetas de visita bien hechas que me ayudarán a encontrar trabajo de diseñadora… ¡espero! ¡Así que gracias de todo corazón!

Al girar la etiqueta, vi que el título de esta pintura de 2008 era Promesas que cumplir y que estaba inspirada en el poema «Una parada en el bosque en una tarde nevada»de Robert Frost, referenciado en la película de Tarantino Death Proof.

La artista había escrito en el reverso de la tarjeta la siguiente explicación:

El bosque en cuestión se encuentra al pie de Collserola y forma parte de los jardines del antiguo palacio de verano del Marqués de Sentmenat, hoy la escuela EINA de Diseño y Arte, donde aprendí a pintar al óleo (siendo este mi primer cuadro, cuando todavía experimentábamos con tonalidades antes de utilizar el color).

Y debajo, el poema de Frost que la había inspirado:

El bosque es hermoso, oscuro y profundo. Pero tengo promesas que cumplir, y millas que recorrer antes de dormir. ¿Me has oído, mariposa? Y millas que recorrer antes de dormir.

En mi caso, aunque se me conoce como escritor y periodista, la música fue el primer territorio artístico al que dediqué una atención constante. En el colegio teníamos clase de música, y en lugar de la típica flauta dulce nos hacían tocar la melódica, que en aquella época se llamaba do-re-mi.

Tiene el teclado de un pequeño piano y hay que soplar por un tubo para obtener un sonido a medio camino entre la armónica y el acordeón. Los cuarenta y dos alumnos a la vez tocábamos temas como El cóndor pasa o No tardes, Jack. Como sucede en las corales, algunos sólo hacían ver que tocaban.

Cuando estaba aburrido en casa, yo tomaba aquella melódica marca Yamaha y sacaba de oído canciones que me gustaban. En una ocasión logré interpretar una muy conocida de Glenn Miller y, al llegar la hora de música, se la toqué en el pasillo al hijo del maestro, que iba a nuestra misma clase.

El chico se emocionó y corrió a buscar a su padre:

—¡Papá, papá, escucha lo que toca el Miralles!

El hombre me fulminó con los ojos mientras yo soplaba los primeros compases de la tonada de Glenn Miller. Luego desvió la mirada hacia su hijo y le soltó:

—Que se la confite.

Cuando terminaron mis experimentos con la máquina de escribir, en ese instrumento rudimentario empecé a componer mis primeros temas, y el grifo de la creatividad se abrió aún más al tener un Casiotone, el organillo electrónico que estaba de moda entre los niños.

¿Por qué, en lugar de jugar con cosas que ya existen, un niño siente la necesidad de escribir, de componer o de pintar? Ésta es una pregunta que me he hecho muchas veces.

Supe la respuesta hace poco, mientras me documentaba para un artículo que debía escribir para El País. Fue al releer Los patitos feos, el ensayo en el que Boris Cyrulnik sienta las bases de la resiliencia. Encontré la razón en este pasaje que habla sobre los niños de los orfanatos:

El despertar de la creatividad necesita de una carencia. Mientras la figura materna esté presente, será ella la que capture su espíritu y la que organice su mundo íntimo. Pero tan pronto como la madre se ausenta, el mundo del niño se vacía y, para no sufrir demasiado por esta privación, debe rellenar el espacio real y psíquico con un objeto que la represente. Un trapo, un pañuelo para el cuello, un osito de peluche, provocarán, al sustituirla, una familiaridad análoga a la suya. Este proceso mental es una creación, puesto que es el niño el que elige un objeto y lo pone ahí para representar a la que ya no está […] La creación del símbolo se deriva de la pérdida de aquel objeto que, previamente, aportaba toda la satisfacción.

Privado del afecto de su madre o de su padre, el niño artista crea del mismo modo que el bebé solitario se apega a un peluche al que dota de un significado imaginario.

Ahora sé que la creación parte de la carencia, y por eso es tan balsámica para rellenar los agujeros del alma.

8

Al terminar la EGB, tras pasar ocho años entre los muros de aquel colegio, dije en casa que no quería hacer el bachillerato allí.

—Has de estudiar en Sant Gervasi, como los demás –aceptó mi madre, calculando el trabajo extra que aquello supondría sobre sus espaldas.

Me inscribieron en la ya desaparecida academia ALMI, a cinco minutos de nuestro piso. Allí parecían recalar los peores estudiantes del barrio. Ni siquiera estaba homologado, con lo que al terminar el curso habría que hacer todos los exámenes en un instituto suburbial de Badalona.

Acostumbrado a la sórdida convivencia con cuarenta y dos chicos, a los curas y a la disciplina férrea, aquel centro privado de la calle Muntaner era como cambiar la cárcel de Alcatraz por el Festival hippy de Woodstock.

Me encontraba en estado de shock.

Las clases, de unos quince alumnos, eran mixtas. Llamábamos a los profesores por el nombre de pila, se permitía fumar en el aula y a veces incluso poníamos música mientras resolvíamos ejercicios. En una misma clase había gente de diferentes cursos de bachillerato, y se daba a cada cual su tarea, aunque la principal actividad era fumar y charlar.

Todo esto me asombraba, pero no tanto como compartir aula con chicas de melenas rizadas que contaban sus aventuras de fin de semana entre risotadas.

Yo estaba fascinado con toda aquella libertad y al mismo tiempo me sentía cohibido. Desconocía cómo actuar. No era capaz de comportarme con la naturalidad de mis compañeros, que, por otra parte, me trataban con una gentileza y camaradería nueva para mí.

Un día que yo había faltado a clase, me contaron que Paco –un profesor canario que nos enseñaba inglés con canciones de rock– habló a todo el grupo así:

—Francesc me preocupa. Este chico vive asustado, encerrado en sí mismo, y va a tener muchos problemas. No sé qué podríamos hacer para que se abra.

Yo me limitaba a observar aquel mundo insólito en el que sucedían cosas que sólo había visto en las películas. A mitad de primer curso, una chica de clase –Maika– se quedó embarazada y tuvo que abandonar los estudios para tener el bebé con sólo quince años. Aquella noticia me impactó.

A pesar de mi timidez, en aquellas primeras semanas hice mi primera amiga. Era una buena chica de Sant Cugat, que solía hablar de pistas de esquí y de ropa deportiva.

Como en la academia la asistencia no era obligatoria, casi cada día nos escapábamos un rato a un bar para conversar y tomar café. Para no quedar en ridículo, yo me inventaba que había esquiado aquí o allá, cosa que era mentira, ya que no había visto una pista de esquí en mi vida.

A mis catorce años, yo era muy inocente y ni siquiera me planteé si sentía atracción por aquella chica que, según decían mis compañeros, era muy guapa. Hasta que un día dejamos de ir al bar, sin un motivo especial.

Tal vez ella esperaba algún paso de mí que no llegué a dar, quién sabe. También nos distanciamos en clase.

Un chico del grupo que le iba detrás preguntó si había pasado algo entre nosotros. «No ha pasado nada –le dijeron–, simplemente ya no toman café». «¿Crees que Francesc se enfadará si le pido para salir?». «En absoluto –le contestaron–, parece que no tiene ningún interés: vía libre».

Poco después vi impasible cómo el nuevo pretendiente la acompañaba cada día hasta la estación. Subía con ella al tren hasta Sant Cugat y luego regresaba. Y eso todos los días. Nunca sentí celos ni nada parecido.

Aún recuerdo la mirada interrogativa en clase del chico, que era también muy tímido, como si buscara mi aprobación –o al menos tolerancia– en ese asunto. Pero yo vivía en mi limbo particular y no le devolvía la señal ni para bien ni para mal.

Meses después de iniciar el BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), yo aún no había asimilado mi cambio a aquel universo paralelo. Esa libertad repentina me venía grande. Además, yo no jugaba en la misma liga que aquellos adolescentes que tenían siempre un billete de cinco mil pesetas en el bolsillo, toda una fortuna para la época.

Me sentía totalmente perdido y, pese a tener mucha vida social, un profundo sentimiento de soledad me acompañaba a todas partes.

Debo reconocer que los alumnos del ALMI eran muy generosos conmigo. Aunque sabían que yo no pertenecía a su clase social, se esforzaban en que no me quedara fuera. Me invitaban a sus fiestas privadas cuando los padres salían de fin de semana. Allí sucedían cosas bizarras. Algunos de aquellos hijos de la zona alta eran de extrema derecha, y levantaban el brazo para cantar el Cara al sol antes de pinchar los discos del momento.

Yo asistía a todo aquello sin inmutarme, como un extraterrestre al que nada particular sorprende porque todo le resulta extraño.

En una de esas fiestas, una chica me hizo una broma pesada. Era pleno invierno y estábamos en un piso que tenía un jardín en la galería. Se bebía alcohol a raudales al ritmo del último álbum de The Police. Yo lo observaba todo con mucha distancia. No lograba implicarme en las conversaciones.

En un momento de la noche, la más descarada de las chicas vino hacia mí y me dijo delante de todo el mundo:

—Sal al jardín, quiero estar a solas contigo. Espérame allí que ahora voy.

Sorprendido, hice lo que me pedía y me quedé allí, congelado entre los matorrales, durante casi diez minutos. Pero la chica no vino: sólo pretendía gastarme una broma.

Cuando, cansado de esperar, regresé a la fiesta, todo el mundo se desmontó de risa. Al ver que me había ofendido, empecé a recibir palmadas de disculpa de los chicos y besos en las mejillas de las chicas.

Yo era como la mascota del grupo, el rarito al que había que invitar a todas partes para que viera cosas y, como había pedido el profesor de inglés, se abriera al mundo.

Por mi parte, la principal razón para ir a aquellas fiestas era, simplemente, que me invitaban a ellas. De naturaleza complaciente, me dejaba llevar por el flujo, aunque no entendiera qué hacía allí. Pero, como decía John Lennon, «No hay lugar donde estés que no sea el lugar donde tenías que estar».

De regreso a casa, me pasaba la noche desvelado, escuchando canciones de bandas new wave, new romantic, punk, afterpunk… Se me hacía de madrugada pegado a la radio. Concretamente a una emisora pirata, Radio Pica, que emitía desde el barrio de Gràcia.

Fue en uno de sus programas, en el que una locutora apodada Stig Mata leía cuentos, donde debuté como escritor para un público desconocido.

9

Retrocediendo un poco en el tiempo, después de aquellos minúsculos thrillers infantiles, hasta llegar a la adolescencia apenas escribí nada.

Llenaba el vacío del que hablaba Cyrulnik con la música y con dibujos que preocupaban mucho a mi madre. En mis láminas siempre aparecían demonios y monstruos sangrientos, figuras oscuras practicando extraños rituales. Una vez me llevó incluso a un psiquiatra para que examinara aquellas torturadas expresiones plásticas. No recuerdo si llegó a decir algo.

Aunque no estoy dotado para el dibujo, fui un par de años a una escuela de pintura donde practicaba el color en formatos más grandes. Incluso, cuando no dibujaba monstruos, el profesor me decía que mis composiciones –recuerdo una de un hombre fumando– tenían siempre un aire siniestro.

Aparte de las redacciones de la escuela, no sentía el impulso de escribir nada. Por aquella época, era inconcebible pensar que yo llegaría a vivir de los libros. Sin embargo, tuve un aviso aislado de esa futura vocación.

Una mañana de domingo, se me ocurrió coger mi cuaderno y escribí una breve historia en la que una cría de jabalí asiste a la muerte de su madre, perseguida por unos cazadores, como el inicio de Bambi.

Al terminarla, fui a mostrarle el texto a mi hermana, dos años mayor que yo. Tras leerlo con mucha atención, rompió a llorar y se encerró en su cuarto. Asombrado, por primera vez me di cuenta de que lo que yo escribía podía emocionar. Aun así, la cosa quedó ahí.

No fue hasta la crisis existencial de la adolescencia que sentí la necesidad de escribir de nuevo. Por todas partes tenía libretas, hojas sueltas, incluso servilletas donde vertía mi soledad y mi confusión.

Aún guardo un centenar de estos escritos en una carpeta azul con la etiqueta «PULSACIONES», un título que décadas después usaría con Javier Ruescas para una novela juvenil.

Allí dentro había cosas así:

Una vez soñé en una isla. Una isla dulce y extraña colgando en la noche celestial. Yo navegaba sin barco, intentando acercarme. Sin embargo, algo invisible hacía que nunca avanzara lo suficiente. Abría los brazos en medio del negro mar, intentando abrazar aquella tierra misteriosa e inalcanzable. Pero cuando parecía que iba a llegar, una ola se levantaba sobre mí y todo oscurecía hasta desvanecerse.

Tras aquella noche, muchas otras regresé a la isla de mis sueños sin lograr jamás llegar a ella, sin haberla conocido nunca.

Con el tiempo, he descubierto que esa isla soy yo.

A diferencia del drama del jabalí, estos escritos eran de consumo propio. Jamás los enseñaba a nadie ni tenía la intención de que salieran de la carpeta azul.

Escribía para combatir la soledad, para intentar conocer esa isla ignota que era yo mismo, siempre cubierta por los nubarrones de la depresión.

Seguía escuchando mi programa de radio, en el que Stig Mata leía los textos de los oyentes. Me tenía tan fascinado que una mañana decidí romper el cascarón. Siguiendo un impulso, cogí mi cuento más largo y lo metí en un sobre. Sin esperanza de que fuera locutado, escribí el apartado de correos del programa y fui a comprar el sello para meterlo en un buzón.

El cuento se titulaba Trilogía de un demente y, haciendo honor a su nombre, constaba de tres partes. Lo reproduje íntegramente en la segunda parte de mi serie juvenil Øbliviøn, pero aquí voy a citar sólo un fragmento del final.

La historia empieza con un tipo que se queda completamente solo, tras ser abandonado por los últimos amigos y familiares que le quedan. Pero lo vive con cierto alivio, ya que ellos no entienden nada, por eso esta primera parte se titulaba «Por fin». En la segunda parte, el protagonista arranca a correr por las calles sin saber de qué huye, hasta que se desploma en el suelo y es rescatado por los brazos de alguien que no llega a ver. En la tercera, durante una nueva salida, al demente le llega la iluminación. Es un texto largo del que he cribado estos pasajes:

Hoy al salir a la calle he encontrado la luz.

No he visto los coches que pasaban fugazmente intentando derribarme. Corría.

No he oído sus gritos.

No he visto a la gente, porque la gente no existe.

No he visto la calle. No he visto las casas. Nada.

Ahora ya no sé dónde estoy.

Ya no veo.

Ya no oigo.

Ya no siento.

He dejado de buscar.

He encontrado la luz.

Ahora ya estoy en mi mundo.

Volando. Cada vez más lejos. Cada vez más libre.

Ya sé la verdad. El mundo no existe.

Volando en el mayor lugar del universo. En mi mente.

Soy tan feliz…

Siento que la brisa me arrastra más allá, cada vez más lejos.

Ya no regresaré nunca.

No.

Voy a seguir aquí. Quiero estar siempre en la luz.

Seguiré soñando. Seguiré volando. Seguiré.

Lejos. Cada vez más lejos.

Tras ese acto de valentía, me olvidé totalmente de que había mandado «aquello» –no sabía cómo definirlo– a mi programa favorito. Por las mañanas iba a la academia ALMI, y pasaba las noches enganchado a aquella emisora alternativa.

Hasta que una madrugada, la voz aterciopelada que yo adoraba anunció que iba a leer un texto de un nuevo autor. Al oír el título y mi nombre creí que estaba soñando. Para cada una de las partes habían buscado una pieza musical, triste y atmosférica y, además, la locutora leía con honda melancolía.

Aquel inesperado debut me tuvo volando, como el demente, toda una semana. Y, tras lo improbable, sucedió lo imposible: Stig Mata anunció en el programa siguiente que, tras haber recibido muchas peticiones, volverían a emitir Trilogía de un demente. Semanas después, volvió a pasar lo mismo y se radió por tercera vez.

No había sucedido nunca con otros textos, así que el director del programa me llamó al teléfono que yo había puesto en mis señas personales. Me dijo que quería conocerme y me citó en un bar que aún existe dentro de la estación de metro de Fontana.

En mi universo de la época, para mí equivalía a recibir un Oscar, así que acudí muy emocionado a la cita con Salvatore Picarol, como era conocido el director de Radio Pica.

Me sentía tan nervioso que ni recuerdo de qué hablamos. Sólo sé que tomamos un café en la barra y que, en un momento de la conversación, me confesó: