El chico que nunca existió - Sjón - E-Book

El chico que nunca existió E-Book

Sjón

0,0

Beschreibung

Mánni Steinn es el protagonista de esta historia ambientada en una sociedad cerrada y oscura, la islandesa de 1918, acechada por la gripe española y donde la idea de la homosexualidad provoca rechazo. Joven rebelde, en desacuerdo con el mundo que le toca vivir; espectador de vidas y personas en la ciudad de Reikiavik, que se abre al mundo mágico e ilusionante del cine llegado de Dinamarca. No hay nada como unasala oscura y silenciosa para escapar de las amenazas de la noche. Sjón consigue introducirnos en una historia portentosa, que escribió como homenaje a su tío Bosi, muerto de sida en 1993, en la que Islandia se prepara para convertirse en una nación independiente.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 101

Veröffentlichungsjahr: 2016

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



EL CHICO QUE NUNCA EXISTIÓ

Sjón

Título original: Mánasteinn: Drengurinn sem aldrei var til

© Sjón

© De la traducción: Enrique Bernárdez

© De las imágenes (pp. 83 y 84): Production Gaumont, 1915

Edición en ebook: febrero de 2016

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-16440-53-5

Diseño de colección: Filo Estudio

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Deslizarse en tu sombra a favor de la noche.

Seguir tus pasos, tu sombra en la ventana.

Esa sombra en la ventana eres tú, no es otra, eres tú.

No abras esa ventana detrás de cuya cortina te mueves.

Cierra los ojos.

Quisiera cerrarlos con mis labios.

Mas la ventana se abre y el viento, el viento,

que mece extrañamente

la llama y la bandera

envuelve mi huida con su manto.

La ventana se abre: no eres tú.

Bien lo sabía.

Sjón

Seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurdsson, y que significa «visión», es uno de los escritores más interesantes e innovadores de Islandia. Sus libros de poemas, novelas y cuentos para niños han tenido mucho éxito de crítica y público.

Sjón es también una figura importante de la música islandesa. Es mundialmente co¬nocido como autor de algunas canciones de Björk, como «Isobel», «Jóga» y «Oceania», entre otras. Además, es autor de las canciones de la película Bailar en la oscuridad, de Lars von Trier, interpretadas por la cantante islandesa; una de ellas fue nominada para el Óscar a la mejor canción original. Sjón también par¬ticipó como vocalista invitado en el álbum Luftgitar del grupo islandés Sugarcubes bajo el seudónimo de Johnny Triumph.

En 2005 obtuvo el Premio de Literatura del Consejo Nórdico por El zorro ártico (Skugga-Baldur), publicado en esta misma colección. También han aparecido en Nórdica Maravillas del crepúsculo y Navegantes del tiempo.

Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

Autor

I. (12 - 13 de octubre de 1918)

I

II

III

II. (19 - 20 de octubre de 1918)

IV

V

VI

III. (31 de octubre - 1 de noviembre de 1918)

VII

VIII

IX

IV. (5 - 6 de noviembre de 1918)

X

XI

XII

V. (6 - 11 de noviembre de 1918)

XIII

XIV

XV

VI. (11 - 17 de noviembre de 1918)

XVI

XVII

XVIII

VII. (25 - 26 de noviembre de 1918)

XIX

XX

XXI

VIII. (30 de noviembre - 1 de diciembre de 1918)

XXII

XXIII

XXIV

IX. (5 - 6 de diciembre de 1918)

XXV

XXVI

XXVII

X. (9 de julio de 1929)

XXVIII

XXIX

XXX

Agradecimientos

Contraportada

I

(12 - 13 de octubre de 1918)

I

La noche de octubre es tranquila y fresca. Desde la distancia llega el estruendo de una motocicleta. El chico ladea la cabeza para apreciar mejor el sonido. Tiene la cabeza quieta, calcula la distancia, escucha para comprobar si la moto se acerca o se aleja, si circula por llano, sobre la hierba o en la ciénaga, o si ha subido por la cuesta de piedra desde el lado de la ciudad.

Un suspiro profundo escapa del hombre que está de pie frente al chico en cuclillas. Con la espalda hacia la pared rocosa, es como si el hombre estuviera unido indisolublemente a su propia sombra, como si se hubiera quedado pegado a la roca. El hombre vuelve a gemir, ahora más fuerte y más quejoso, agita los muslos para que el miembro hinchado penetre en la boca del chico.

El chico exhala por la nariz. Chupa el miembro con fuerza, haciéndolo entrar más, y vuelve a mover la cabeza rítmicamente adelante y atrás. Pero lo hace más despacio que antes y con menos ruido, se pasa el glande por las encías mientras con la lengua lo recorre entero. Así puede hacer dos cosas a la vez: chupársela al hombre y escuchar. Se le da bien reconocer las clases de sonido. Claro que tampoco hay tantas en el país, pero la gente se dedica a modificarlas según su propio saber y entender para sacarles más potencia. Podía tratarse perfectamente de una motocicleta Indian, los petardeos son más estridentes que los de una Harley-Davidson.

Entorna los ojos. Sí, es la india, y no una india cualquiera. Aprendió a reconocer su sonido y no lo confunde con el de las demás. Y ahora está seguro de que el ruido del motor se va acercando y de que la moto está subiendo la cuesta. No pasará mucho tiempo hasta que llegue a lo alto de la loma, desde donde descenderá hacia el extremo oriental, y ahí debajo está la roca, y él de rodillas con el pilila encima.

El hombre se mueve en contra de los movimientos de la cabeza del chico, lo que indica al chico que está a punto de llegar. Coge con la mano el miembro del hombre y mientras se lo menea, lo chupa deprisa, acompasándolo al petardeo del motor, aprieta con más fuerza cuando la moto acelera y el motor canta. Obtiene el efecto buscado. El hombre se aprieta contra la roca. De entre sus dientes apretados brotan palabras confusas, escapadas de las fantasías libidinosas que se agitan en su mente.

Junto a la coincidencia del petardeo del motor y los movimientos de la cabeza y la mano, el chico también empieza a ocuparse de sí mismo. Y aunque esta noche tenía intención de no tocarse, no puede evitarlo y se mete la mano en el bolsillo del pantalón y se masturba al mismo tiempo que atiende al hombre.

Desde lo alto de la cuesta llega un ruido apagado. El hombre gime ahora con fuerza, compitiendo con el petardeo.

¿Es que piensa tirarse?

La pregunta atraviesa veloz la mente del chico. Pero no puede quedarse a esperar la respuesta, en su boca se hincha de pronto el miembro. Él aprieta los dedos en la base y se aparta de la mano del hombre que busca a tientas su cuello para apretarle contra él. El chico la saca y el semen se derrama sobre las hojas resecas de un arbusto de sauce azul que espera allí la llegada del invierno.

La motocicleta frena violentamente en el borde del roquedo. Tierra y gravilla llueven sobre el chico y el hombre. Reprimiendo un grito, el hombre se aparta de la pared de roca, acompañado por su sombra. Empieza a abrocharse los botones de la bragueta con manos temblorosas, mientras con la mirada busca una vía de escape. El chico se pone de pie y bloquea el paso al hombre. Le saca una cabeza al pilila. El hombre le tira un billete todo arrugado y se dirige a toda prisa y sin decir una palabra hacia la ciudad. El chico alisa el billete, sonríe burlón, son dos los billetes, nada menos que quince coronas.

Se apaga el motor de la india en lo alto del roquedo.

Cae el silencio.

II

Apareció en el borde del roquedal como una diosa surgida de las más recónditas profundidades del mar, desnuda frente al cielo llameante, teñido por los fuegos terrenales del Katla; una chica distinta a todas, vestida con un mono negro de cuero que resalta todo lo que oculta, con guantes negros en las manos, un casco cónico sobre la cabeza, gafas protectoras y una bufanda negra cubriendo la cara.

La chica se quita el pañuelo, se sube las gafas a lo alto del casco. Los labios son rojos como la sangre. Ojos contorneados por un maquillaje negro que hace que la piel empolvada parezca más blanca que el blanco.

Sóla Guðbjörnsdóttir, Sóla Guðb-.

El chico exclama en voz baja:

—¡Lo sabía!

Y a continuación pronuncia dos veces el nombre de su doble:

—Musidora…

*

Hace aproximadamente un año que el chico descubrió a aquella chica. Como si un brevísimo instante le hubiera proporcionado una imagen en rayos X y la hubiera podido ver tal como es realmente.

Ya antes sabía cómo se llamaba, dónde vivía, a quiénes trataba, de quiénes era —tienen la misma edad y en una ciudad de solo quince mil habitantes es inevitable que quienes son de la misma edad sepan unos de otros.

Hizo el descubrimiento en la primera sesión del sábado de Los vampiros, en el Cine Antiguo. Ocupaba su lugar de costumbre y estaba poniéndose nervioso por culpa de los cuchicheos y las risitas de sus compañeros de las butacas de delante, más caras que la suya. Pero cuando estaba a punto de gritarles que guardaran silencio, que la gente estaba allí para disfrutar de la película y no para aguantar los ruidos ofensivos de los niñatos de buena familia, en ese mismo instante oyó a una de las chicas decir que no le apetecía seguir fastidiándoles la proyección a los demás.

Y cuando la chica se levantó para irse, fue cuando sucedió. En el instante en que su sombra cayó sobre la pantalla se unieron las dos, ella y el personaje de la película. Ella volvió la cabeza y el chorro de luz arrojó sobre el suyo el rostro de Musidora.

El chico se quedó rígido en su butaca. Eran idénticas.

*

Y el chico oye gritar desde lo alto del roquedal:

—¡Máni Steinn Karlsson, sé que estás ahí!

Él mira largo rato desde el medio de los arbustos.

La chica saca del bolsillo del mono un pañuelo rojo, lo tira por el borde del roquedo, lo mira caer lentamente hacia el suelo. Aguarda un momento más. Pero cuando comprende que el chico no quiere dejarse ver, suelta una carcajada y se da media vuelta.

Arranca la motocicleta y se marcha.

El chico sale de su escondite. Recoge el pañuelo, se lo lleva a la cara. La tela, suave seda, está aún tibia por el calor del cuerpo de la chica y huele a dulzura femenina.

—Oh, Sóla Guðb-…

III

El chico atraviesa la turbera camino de casa. Cuando se acerca a la población, da un rodeo y se dirige al oeste, por la loma de Skólavörðuhæð, sube la calle Njarðargata para que nadie pueda saber desde dónde viene.

En lo más alto de la calle se detiene junto a la tapia del Museo de Escultura de Einar Jónsson y se asoma por la esquina. Aunque ya es más de medianoche, aún hay gente congregada en la colina, contemplando la erupción del Katla: borrachos, gentes de la universidad con catalejos, agentes de policía, reporteros, tres mujeres, un poeta con una botellita de aguardiente, jornaleros, chiquillos de la calle como él.

Y la reunión está libre de las payasadas que suelen acompañar a los grupos que se forman después de la medianoche —no surgen de ella ni gritos ni canturreos—, la gente conversa en voz baja, mira atentamente las luces del este, donde el volcán pinta la noche de naranja, rojo, violeta, negro rojizo, y hace estallar el cuadro con azules gaseosos y flores amarillentas, azuladas.

El chico les mira desde cierta distancia. Desde donde está, él no ve lo que ellos ven. Saca el pañuelo rojo del bolsillo. El lustroso tejido se desliza entre sus dedos como el mercurio, rojo como los labios de ella, rojo como su motocicleta, rojo como la hirviente sangre de él.

Y el color rojo del pañuelo es el único color que le importa esta noche, rojo es todo su mundo.

En una casa de tres plantas de la calle Miðstræti, el chico trepa hasta la buhardilla que les sirve de hogar a él y a su tía bisabuela. Es todo al mismo tiempo: cocina, salón y dos dormitorios. Camina muy despacio hacia su cama, haciendo que los pasos coincidan con la cadenciosa respiración de la anciana.