Maravillas del crepúsculo - Sjón - E-Book

Maravillas del crepúsculo E-Book

Sjón

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Beschreibung

Tras la buena acogida de El zorro ártico (Premio de Literatura del Consejo Nórdico), publicamos la última novela del escritor islandés Sjón. Corre el año 1635, la tierra sigue estando en el centro del universo, los cuernos de unicornio son un cotizado artículo de lujo y las piedras se usan para curar enfermedades. El escritor y escultor Jónas Pálmason el Erudito, es condenado por propagar la magia y desterrado a la isla de Björn el del Oro. La novela se construye sobre la vida y las ideas de aquel islandés autodidacta al que se puede considerar la encarnación del siglo XVII. Sjón narra, entre otras muchas cosas, las consecuencias más lamentables de la Reforma Protestante, el heroico exorcismo de un fantasma en la comarca de Snjáfallaströnd, el culto secreto a la Virgen María, y el asesinato de unos balleneros vascos que naufragaron en los fiordos occidentales y, después de vivir un tiempo en la zona, fueron asesinados sin que se sepa bien la causa exacta. Fue la matanza más grande que tuvo lugar en Islandia desde la Edad Media hasta hoy mismo. En su islote, Jónas rememora su vida y el lector lo acompaña en las tormentas del corazón y la mente durante los tiempos de las maravillas del crepúsculo. "Maravillas del crepúsculo es una lectura deliciosa, accesible a todos los lectores. El relato es emocionante y universal, solamente el dolor del trasero por pasar tanto rato sentado logrará hacerte levantar. ¡Feliz diversión!" Sigurður Hróarsson, Fréttablaðið

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Seitenzahl: 292

Veröffentlichungsjahr: 2013

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MARAVILLAS DEL CREPÚSCULO

Sjón

Título original: Rökkurbýsnir

© Sjón

© de la traducción: Enrique Bernárdez

Edición en ebook: noviembre de 2013

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-15564-68-3

Diseño de colección: Filo Estudio

Corrección ortotipográfica: Ana Patrón y Susana Rodríguez

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Ora las estrellas parecíanle hombres,

ora los hombres parecíanle estrellas;

las piedras, animales;

y las nubes, plantas.

Novalis

(de

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Autor

Obertura

I. Equinoccio de otoño de 1635

II. Solsticio de verano de 1636

Piedra del riñón

IV. Solsticio de invierno de 1637

V. Equinoccio de primavera de 1639

Coda o repetición

NOTA DEL AUTOR

NOTA DEL TRADUCTOR

Contraportada

Sjón

(Reykiavik, 1962)

Sjón, Seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurdsson, y que significa «visión», es uno de los escritores más interesantes e innovadores de Islandia. Sus libros de poemas, novelas y cuentos para niños han tenido mucho éxito de crítica y público. En 2005 obtuvo el Premio de Literatura del Consejo Nórdico por El zorro ártico (Skugga-Baldur), publicado en esta misma colección. Sjón es también una figura importante de la música islandesa. Es mundialmente conocido como autor de algunas canciones de Björk, como "Isobel", "Jóga" y "Oceania", entre otras.

Además, es autor de las canciones de la película Bailar en la oscuridad, de Lars von Trier, interpretadas por la cantante islandesa; una de ellas fue nominada para el Oscar a la mejor canción original. Sjón también apareció como vocalista invitado en el álbum Luftgitar del grupo islandés Sugarcubes bajo el seudónimo de Johnny Triumph.

Obertura

Volvía de la caza. En la mano derecha llevaba la pequeña red, en la izquierda la linterna, en el zurrón guardaba mi captura, un jabalí de acerados colmillos; una criatura enorme que andaba suelta por las tierras del Norte y había causado gran daño antes de que se descubriese su presencia y me enviaran a mí a cazarla. No era el primer retoño del viento del Norte que lograba abatir: el lobo que lloraba leche, la liebre acuática de una sola pata, el alce de falo dorado y la reina trucha peluda, todos ellos habían conocido mi red; pero este jabalí de grandes dientes era en verdad el monstruo más endemoniado que el Norte había escupido por su fría nariz.

Por eso lo llevé conmigo en vez de abandonarlo en el campo de batalla, como mandaban las reglas. Albergaba la idea de arrojar la carroña a los pies de mis hermanos, para que mi padre viese cuál de sus hijos mostraba mayor empeño en conservar nuestro mundo dentro de sus límites; si quienes nunca abandonan el palacio paterno que los envuelve por doquier y se dedican a labores de alta administración (con tal nombre era exculpado el cortesano) o yo, que alzaba el vuelo hacia el Sur para matar a toda suerte de abominaciones.

Crujió el vacío bajo mis talones mientras hacía con denodado esfuerzo el camino de regreso. Me aguardaba la cena en el palacio, iluminado y majestuoso con sus torres y espiras que se extendían por todo el universo, como el infantil parloteo de un sol recién creado. Y entre el segundo plato y el postre tenía la intención de ponerme en pie, acercarme a mis hermanos y extraer del zurrón el varraco de acero. Pero no había avanzado mucho cuando me di cuenta de que en el reino de los cielos no todo estaba como es debido. No había nadie de guardia en la puerta, nadie gritó «¡Eh, quién vive!» desde la muralla, no llegaba desde la sala de banquetes el habitual rumor, nadie celebraba una secreta reunión amorosa en el portal. En cambio, hasta mis experimentados oídos de cazador llegaba el murmullo de débiles alas y suspiros de dolor que se quedan atascados en la tráquea. Aparté de mí la linterna, la red y el morral. Un instante después me encontraba en el atrio, un momento más tarde subía corriendo las escaleras en dirección al salón del trono… abrí la puerta de un empellón.

La situación de la sala era caótica, muchos de los ángeles reían de terror, otros lloraban con una risa hueca, otros reían y lloraban al tiempo. Muchos incluso habíanse quitado las largas túnicas. Se arrastraban con la frente pegada a los fríos escalones del trono, dejando que los látigos azotaran sus ardientes hombros. Los hermanos más jóvenes corrían por las salas todas, sin rumbo, cual niños pequeños, sin dejar por un momento de berrear el nombre del padre. Los más trastornados se apoyaban en columnas y bancos y vomitaban en espasmos hasta que el ectoplasma brotaba de ellos a borbotones y se derramaba sin freno por los suelos azulados del cielo. Pero por debajo de la espantosa escena se escuchaba el susurro que se crea cuando la desesperación busca su salvación en las alas de la huida, y las barbas de las plumas tiemblan y el aire juega con ellas produciendo agudos silbidos, como un niño que silba con la hojita de alguna planta; el ruido había resquebrajado ya las murallas que rodean el palacio y llegaba hasta mí en el camino de la entrada. El grito de alarma de los ángeles:

—¡Él es todo!

La idea se introdujo en mi mente y en un instante me paralizó: ¡lo impensable había sucedido! Y estaba ya a punto de perder el control sobre mí mismo cuando sentí el hedor. En las ventanas de mi nariz jugueteaba un olor que jamás había jugueteado en las estancias de mi padre y que, hasta aquel mismo instante, había estado excluido del cielo. Porque los mundos que él había creado, con sus animales y plantas, y el mundo de él mismo, no se podían mezclar. Como la luz y las tinieblas, decía él.

Miré al padre, que estaba apoltronado en su trono. A juzgar por la expresión de su rostro, todo iba perfectamente; la cabeza resplandeciente como la nieve estaba un poco inclinada, como si estuviera contemplando algo pequeño que tuviera en la palma de la mano. A su izquierda estaba mi hermano Miguel, que parecía el único capaz de dominar sus sentimientos. Pero yo que conocía a Miguel mejor que nadie, vi que la sonrisa de su rostro era la sonrisa amarga que se dibujaba en su semblante cuando, en nuestros juegos, se declaraba vencido. Me saludó con un lento movimiento de la cabeza, pero sin apartar los ojos de lo que nuestro padre tenía en la mano.

Sí, allí se te podía ver en su mano, las rodillas bajo el mentón, respirabas tan rápido y tan débilmente que temblabas como la aleta pectoral de un espinoso. El padre apretó la yema del dedo sobre tu espinazo e inclinó la mano con cuidado para que te estirases, te dieras la vuelta y te volvieses de espaldas. Me acerqué para observarte mejor. Tú te rascaste la nariz con el puño cerrado, ronroneaste de una forma dulcísima y te quedaste mirándome con fijeza con ojos egoístas… con la boca muy abierta. Y vi que esa boca jamás se saciaría, que sus mandíbulas jamás dejarían de morder, que la lengua nunca se cansaría de bañarse en la sangre de otros seres vivos. Entonces se movieron tus labios. Intentaste decir tu primera palabra. Y la palabra era: «YO». Pero el padre te interrumpió y se dirigió a mí con voz amistosa e imperativa a la vez:

—Lucifer, mira al hombre, ahora te inclinarás ante él igual que tus hermanos…

Te miré una vez más y en ese momento surgieron de ti negras heces cenagosas. Con la velocidad del rayo te llevaste la mano al ano, cogiste un puñado de lo que allí había y te lo metiste en la boca.

Como es bien sabido, yo no incliné la rodilla ante aquel nuevo animalito del padre, por eso fui expulsado del cielo junto a los que quisieron seguirme. Pero a ti, ser humano, te regalé al despedirme mi visión de ti.

I

(Equinoccio de otoño de 1635)

Es de tamaño mediano… Los ojos cercanos a la nariz, siempre brillantes y castaños, el encaje de los ojos, pálido… La nariz bastante larga, gruesa y poderosa, con la punta un poco inclinada hacia abajo, oscura aunque algo más clara en la raíz… Cuello corto y ágil de movimientos, rechoncho, de piernas cortas y flacas, el torso abombado y el vientre prominente… Por arriba, un oscuro castaño grisáceo, encrespado desde el cuello hasta mitad de la coronilla… Luce manto pardo, ceñido de corte, aunque el crepúsculo le presta tonos de azul pálido; las calzas claras, la camisa moteada… Es impertinente con los de su propia familia, parlanchín con los demás… Así suele describirse al correlimos oscuro, y así me describen a mí. Y muchas cosas puedo imaginar peores que tú, pequeño Playero, pues ambos anadeamos de la misma forma, estamos forjados del mismo hierro: tú fuiste creado el cuarto día, yo, el sexto… ¿Y si hubiera sido al contrario? ¿Y si yo hubiera sido creado el día en que fuisteis creados los que voláis bajo el firmamento y tú hubieras sido creado como señor de la tierra? Estaría entonces el pájaro aquí, sobre una piedra, mirando pensativo al estúpido hombre que echaría a correr junto a la orilla, gimiendo de miedo con el reflujo, nunca vuelve… Hombre y ave, un hombre con corazón de ave, un ave con raciocinio de hombre, el ave con corazón de hombre y el hombre con raciocinio de ave… Somos semejantes casi en todo… ¿Y por qué no iba a ser así? Hace poco, sostuve en la palma de mi mano a un hermano tuyo mordido por un págalo, acariciando su cadáver con los dedos de la misma mano… Por debajo de las plumas pectorales noté primero la quilla, rota, y luego la parte blanda donde se alojan los riñones y los intestinos… Y mientras observaba el pájaro, con la mano libre acariciaba mi vientre vivo… Esto sucedía en plena canícula, cuando los días cálidos visitan Bjarnarey, la isla de Björn, y no me resultaba difícil observarme a mí mismo porque no iba vestido de otra cosa que de mí mismo… Pero así se me permitía vivir, pues estaba solo y nadie venía a verme, a no ser el Hacedor, que conoce su oficio mejor de lo que el oficio se conoce a sí mismo… Y la marca de autor del Creador no está oculta, mi cuerpo todo lleva la misma marca que el de los plumíferos… Pero aunque nuestras constituciones sean tan semejantes, el decurso de nuestras vidas es como los manuscritos de dos escribas que han aprendido de la misma cartilla y ahora escriben el mismo relato, uno está en Ögur y el otro en Hólar, ambos leen con esmero el pergamino… Mas el lector erudito se da cuenta de la brusquedad del óvalo en la «d» trazada por el escriba que está bajo la protección de los tiranos, y la bellamente curvada e inclinada hacia delante del otro, el que ha sido acogido por los siervos de Dios para alivio de su infortunio… Tú, ave, eres la letra que fue trazada con destreza en un momento de calma en casa del señor, pero puedo aceptar que mi imagen está tachada o es fruto de un error del manuscrito de mis envidiosos y mis enemigos: «Jónas es un bribón, Jónas es un hombre artero y perverso, Jónas es un fanfarrón, Jónas es un mentiroso, Jónas es un bufón…». Sí, así me pintan en sus escritos calumniosos y en los dardos verbales que envían por delante de mí adonde quiera que vaya… Digo esto porque, según los ancianos de Jerusalén, el material de construcción de la existencia y de nosotros sus habitantes no es sino la saliva de la lengua del Señor cuando pronunció el universo, como si este fuera un relato tan inmenso que nadie, excepto Él mismo, alcanzara a vivir para escucharlo entero; el desdichado ser humano da gracias por cada hora que se le permite oír los fragmentos de la historia que a él mismo se refieren… Y así, pequeñas criaturas como nosotros, Jónas y el correlimos, no somos sino palabras de la estirpe de las más pequeñas, de las formadas por una única letra; «o», «a», «i», «u»… Estas son palabras comprensibles para todos y así los hijos de Adán son capaces de gritar su propio nombre: «La criatura atormentada», cuando a alguno de ellos le toca en suerte un dolor o alguno se rompe un dedo del pie… ¿Pero por qué me acudió a la mente la letra «d» y no otra cualquiera? ¿Qué significa «d» en el árbol alfabético de Abraham Salómonsson? ¿En qué rama floreció esa letra? ¿Es Daleth? ¿Había un ave posada sobre ella, trinando al sol matutino? ¿Había un hombre colgando boca abajo de una cuerda atada a la rama? Aquí estoy sin libros y ciego… Junto al último glaciar entre las montañas, junto a las más lejanas playas, tú trinas e introduces en la arena gris el pico rojo como las algas, agradecido por la vida que la omnipotencia te concede… Fuera de la estancia en el reino de los cielos, no existe nada tan apetecible, y hasta el último de los islandeses espera con ansia poder vivir en paz su vida; aquí naciste, allá persigues la salvación de la vida, y aquí morirás… Es una delicia para los ojos que estés vivo, correlimos, y sea donde fuere que te reclamen tras la muerte, el placer que produces habrá desaparecido de ti… Nos conocimos hace medio siglo, mucho mejor en los últimos cinco años, y mejor aún cuando las plumas de tus alas se soltaron de tu corrompido manto, se cernieron sobre la cresta de la playa, se adentraron en las ciénagas y abandonaron la comarca, subieron las laderas, muy alto, y se dejaron caer a los pies de mi abuelo, Hákon, hijo Þormóður el hijo de Salómon, carpintero de ribera… Iba a recoger bayas con Jónas, el muchacho, y cuando ya había renunciado a convencer al chiquillo de que recogiera él también, me cantó una salutífera composición, aunque la mayor parte fue cuando íbamos caminando los dos solos… Aquel día, la bendita Lilja del viejo Eysteinn1 y llegó al pasaje del poema en el que yo siempre me echaba a reír, cuando se describe la visita de Lucifer al martirizado Rey en el leño sagrado… Yo tenía seis años de edad y sabía bien que mi risa era estúpida y pecaminosa… Pero desde el momento mismo en que recitaba las primeras palabras del precioso poema, empezaba a temer la llegada del momento en que dijera «que la cruz mirado haya el maligno» y el temor de no poderme reprimir se iba adueñando del torpe que habitaba en mi mente… Naturalmente, no era por culpa de la historia admirable de la redención del hombre ni por la magnífica composición del poeta, era por la mueca que se dibujaba en el semblante de mi abuelo cuando entonaba la palabra «mirado»… Entonces volvía a inclinarse sobre el pie izquierdo de modo que el hombro derecho se levantaba y el otro descendía, al tiempo que enarcaba las cejas y en la boca aparecía una hinchazón cuando la palabra «cruz» brotaba entre los labios; lo hacía de modo involuntario, ni siquiera se daba cuenta él mismo… Entonces me echaba yo a reír… Nada me parecía más absurdo que imaginar que el hijo del hombre hubiera imaginado el rostro de la repulsiva serpiente maldita de Satán, tan extraña como la expresión de mi abuelo Hákon en ese instante… Bajaba la cabeza y me cubría la boca con las manos, pero la risa ahogada escapaba veloz entre mis dedos como el veneno escupido de sus dientes… El abuelo se detuvo de repente y observó al muchacho de arriba abajo… Una pluma de correlimos cayó junto a la puntera de su zapato… Dijo:

—Me parece que vas a tener buena memoria, Jónas…

El abuelo se puso en cuclillas para situarse a mi altura, alargó la mano hacia la pluma, la sostuvo un instante entre los dedos y luego me la metió en el pelo, junto a mi oreja derecha:

—Ahora tendremos que enseñarte a leer libros…

Y esa pluma purpúrea y gris de tus alas fue mi primer puntero de lectura, cuando él empezó a enseñarme lectura con un pergamino… Pero este dulce encuentro de una mano infantil y el cañón de una pluma marcó también la separación de muchacho y ave… Aunque la punta de la caña de la pluma rozaba el pergamino cuando yo iba avanzando penosamente de palabra en palabra, nada de esa sabiduría hallaba su lugar en ti pero se grababa todo en mi memoria de niño… Sí, hasta el momento en que me hube de inclinar por causa del saber, todo nuestro conocimiento había tenido su origen y su frontera última en la existencia carnal; en cómo tú y yo predecíamos vientos y lluvias… ¡Oh, ojalá nunca hubiera aprendido a leer! Allí comenzó el hombre Jónas su largo camino de lágrimas por la tierra que las maravillas del crepúsculo de la Reforma habían hecho surgir con la quema de santas cruces y la destrucción de viejos libros, pero la pequeña golondrina de las lluvias habita aún en la inocencia y la dicha de la ignorancia… Es mi deseo, plumífero nabo de tierra, que la madre de Dios te mire con aprobación, incluso cuando la gran luminaria del cielo se rompe en mil soles en el rocío del día de Pascua sobre las alas que cubren tu cabeza de tonto y cuando la luna blanquea la palidez nívea de tu pecho en Nochebuena: recuerdas la inmensa alegría de la pleamar y la recordarás en la angustia del aguaje…

—Uit-uitt…

Me llega la respuesta desde la playa y el correlimos se levanta de la piedra… Se va con rápidas aletadas de sus cortas alas, se dirige hacia el mar pero gira al instante y regresa a la playa, mas en el brevísimo instante en que mis ojos lo siguen en su vuelo, veo la azulada franja de la tierra firme… De otro modo, no miro nunca hacia allá desde mi asiento en lo más alto de la Peña del Oro… No, en esa dirección prefiero no dirigir mi fría nariz… ¡Cómo agita mi ánimo esa visión! Es demasiado doloroso sentir así al mismo tiempo el aroma de la dulzura y el hedor apestoso… A toda prisa huiría de este peñasco y no volvería… Ahora es este mi hogar… En la azul playa me esperan tan solo sufrimientos y grilletes, porras, calumnias y veneno, las víboras se rajan por el medio para fingir que caminan sobre dos piernas…

* * *

PIZCA NAVEGANTE: la más pequeña raza de aves es llamada pizca navegante. Es apenas un tercio del correlimos; está moteada en blanco y negro. Por eso, cuando la tierra es yerma, dicen los hombres que no cae ni pizca de nieve. Los hombres piensan que es una especie de alga, de cuatro o cinco brazas y sin raíces, la que engendra esa pequeña raza de aves; si la pizca navegante es eso u otra cosa, no lo sabemos.

* * *

Hace cuatro veranos, los hermanos víboras me condenaron al destierro y determinaron que cualquiera que mostrase bondad hacia mí se granjearía idéntica pena… Ese desdichado día, el oscuro velo de la absolución no se cernía sobre el lugar de la Asamblea… Un solo hombre vi que mudara el semblante al leerse el fallo; era el bendito padre corrector Brynjólfur, hombre apuesto y prometedor, pero él era un simple huésped, aunque en su humildad estaba gustoso y dispuesto a asumir la dignidad del discípulo de Tycho Brahe, el astrólogo y venerable obispo Oddur Einarsson, estudiante en Uraniborg y recientemente llamado por Dios a Su lado… Mas no quisieron los hombres aceptar la oferta del sabio hijo de Sveinn para atender el Huerto de Dios en las tierras del sur del país, al igual que no permitieron al desgraciado Jónas poner leves, pequeños vendajes sobre las llagas terrenales de las gentes de su comarca… Por un fugaz instante asomó sin embargo el sol entre las tinieblas que caían sobre aquella asamblea de lobos… Fue cuando los sayones de Náttúlfur Pétursson me expulsaron del tribunal a porrazos entre chillidos simiescos, y el hermano menor de mi viejo enemigo Ari de Ögur vio llegada la ocasión y me puso la zancadilla, para mayor divertimento de las hienas… Caí sin poderlo evitar pero, mientras caigo en el lodo, noto que con mano suave me acarician dulcemente junto a los grilletes, donde el hierro hería y laceraba con más violencia, y así me alejé del tribunal con la cabeza erguida… Miré un instante por encima del hombro y pude ver con claridad cómo la mano derecha de Brynjólfur desaparecía dentro de la manga de su manto, pues fue él quien estaba junto al poste, mas no se me ocultaba que la otra mano tenía cogida la muñeca, pura como la leche y que tan maternal había sido conmigo, pues la Virgen María la guio en aquel acto de misericordia hacia aquel hombre desdichado al que las leyes del país habían vetado toda salvación… Bendito es el que sirvió de instrumento a la Virgen… Por la noche se cerraron todas mis sangrientas heridas y de ellas brotó el aroma de alhelí que se extendió por la mazmorra… Jónas es un desterrado al que nada afecta… Uit-uitt… Un correlimos puede escapar volando si su espíritu afloja… Pero ¿qué puede significar su gorjeante «Uit-uitt»? Nada, por fortuna, no es más que un saludo… Un ave que ha de comunicar al hombre simples menudencias no guarda un Bezoar en su garganta… Uit-uitt… En su achatado cráneo no hay nada que pueda codiciar el hombre de ciencia… No ansía atraparlo y asarlo pues allí no se encuentra piedra de curación, ni piedra filosofal alguna, ni tampoco piedra alguna que cure la disentería ni la melancolía… No, allí no se oculta Bezoar alguno… ¡Bezoar! Hoy no quería pensar en Bezoar… ¡Bezoar! ¡Bezoar! ¡Bezoar! Un compendio de las obras del maestro Bombasto Paracelso, vertido del alemán al islandés para los antiguos maestros de la escuela de Skálholt, llegado a Steingrímsfjörður tras muchos rodeos, y oculto bajo la cama de mi abuelo en cuanto aparecía en la granja algún desconocido; ese fue el libro en que aprendí a leer, y el primero que aprendí de memoria… Después fue la saga de Guðmundur Arason…2 En ese orden fue… Por eso pasó lo que pasó… Así comenzó mi martirio, que nadie podía imaginar tendría por destino final un peñasco donde cagan las aves y danzan las focas… ¡Pero, ay, qué placer fue leerlo! Cuando las letras hubieron alcanzado su recto sonido y se dispusieron en palabras que me eran conocidas de mi propia habla y la de otros, cuando la ligazón de las palabras produjo las historias y descripciones del mundo que juntas cubrieron el interior de mi cabeza, como si su bóveda de huesos fuera las paredes de la pinacoteca y los estantes de libros de la Universidad de Copenhague… Pero esos lugares no he de verlos jamás… Mi destino es quedarme aquí solo y gorjear con esa estúpida ave que es lo más semejante a mí mismo… Sí, correlimos, no debemos discutir sobre el piso que ocupamos en la torre de la sociedad humana… Aunque tú puedas extender tus húmedas alas y recibir así el rayo de sol llegado de lejos, y aunque yo pueda extender el pulgar y el índice para que la luna quede entre las yemas como una perla, ninguno de nosotros podrá conservar por mucho tiempo tan feliz presa… Basta de eso, basta de ti y basta de mí, es a otro a quien querían que hablase, y ese alguien es tan horrendo como suave eres tú… No lo haré… Nadie saldría vivo de una lucha contra ese vestiglo de tan remotísimos tiempos… De tal prueba escapé ya una vez y dudo que pueda hacerlo de nuevo… Mejor habría hecho manteniendo cerrada mi boca, atornillando mi maldita bocaza, en lugar de ir escupiendo todo lo que brotaba de la inagotable fuente de sabiduría y de los inútiles pensamientos que la lectura de los libros había incrustado en el gris barro del cerebro, y combinaba y derramaba como las gachas de una marmita embrujada… No, claro que no pude… No hacía sino hablar de ese Bezoar… Tan solo el nombre es un alcohol tan dañino como la fragancia de las prohibidas flores del árbol del conocimiento… Y yo mismo estaba tan embriagado de ideas sobre semejante piedra capaz de sanar todos los males de los hombres y que incluso podría servir, en manos de hábiles tratantes en metales, para la transformación de vulgar plomo en noble oro… Fuera adonde fuese, donde me detenía preguntaba por cadáveres de cuervo… Si alguien habíase topado con un cuervo muerto en los últimos días o semanas. Sí, así empezó… Y si alguien recordaba haber visto un cuervo muerto, entonces echaba a correr como loco para examinarlo… Entonces podíase encontrar al muchacho Jónas corriendo por barrancas o trepando a roquedales para conseguir un cuerpo putrefacto de Corvus islandicus… Pues era y es mi esperanza que en cuervos islandeses debe tener Bezoar mucho mayor poder que en sus hermanos de otros lugares; se debe ello a su parentesco con Odín, el dios de la burla, y con el pagano populacho de este extremo septentrional del orbe… Bueno, yo tenía nueve años cuando empecé la búsqueda de la piedra maestra, llevo ya cincuenta y tres inviernos y la búsqueda va tan mal como siempre… Mira, ahí llega Hákon con su nieto, me temo que no podrá impedir que ese muchacho bobo empiece a machacar con dónde se puede encontrar la porquería esa de cuervo muerto… Y aunque yo no abriera la boca, quieto al lado de mi abuelo, mientras él hablaba con los hombres de las cosas de que hablan los hombres, no me pasaban desapercibidas las miradas subrepticias y los silencios de su charla; con ellos querían cazarme a mí y a mis preguntas… Entonces callaba como un muerto hasta que tiraba de la manga del manto a mi abuelo Hákon y preguntaba:

—¿Puedo ir un momento a la cocina, abuelo queridísimo?

En ella había un grupo de gente encantada de tener por allí a un chaval que había aprendido a leer en los escritos del doctor Paracelso y había adquirido de ellos tan gran saber sobre el cuerpo que apenas existía enfermedad de mujeres cuyos síntomas le fueran desconocidos y de la que no conociera al mismo tiempo la fórmula de algún emplaste que sanase el mal… Hasta que entre el calor y el humo de la casa de aquellas mujerucas empecé con mi ciencia y mis preguntas sobre cuervos muertos… Con las visitas a los hogares empecé a adquirir fama de médico… «Pequeño Jónas el Sanador» decían a veces, y con ello se referían a mí, «dime algo bueno para estas hinchazones que tengo…». Y una mujer me cogía la mano y la metía debajo de sus ropas, la bajaba hasta su vientre y la frotaba adelante y atrás sobre algo inflamado en la carne… Yo entornaba los ojos y traía a mi memoria el libro de las artes médicas, que se situaba junto al puente de mi nariz y allí quedaba abierto, la página izquierda sobre el ojo izquierdo y la página derecha sobre el derecho… Entonces lo hojeaba mentalmente hasta llegar al capítulo de las preciosas imágenes diminutas, creadas por Dios, que representaban al ser humano, a la mujer, que ha de inclinarse ante las mismas reglas de la naturaleza que el varón, pues este es un microcosmos hecho de la materia del universo y la mujer de la materia de él… Allí, en aquella página, hallaba explicados los principales males de las mujeres y los comparaba con lo que la palma de mi mano descubría sobre las carnes de la mujer a la que había de sanar… Así leía a la vez el libro y a la mujer hasta que coincidían y entonces tan solo quedaba leer la fórmula de los remedios que acompañaban la descripción de aquella enfermedad… En ocasiones los remedios eran hervidos, en ocasiones amasados, en ocasiones calientes y en ocasiones fríos… Pero siempre, al final del examen médico, decía con un fuerte suspiro:

—Vendría bien ahora tener a Bezoar…

Y una vez mi manía resultó conocida, no resultaba extraño que una mujer hubiera tenido la fortuna de toparse casualmente con un podrido hermanito de Huginn y Muninn,3 le retorciese el cuello y guardara la cabeza en el delantal «para Jónas»… Si había transcurrido mucho tiempo desde que me había hecho con una cabeza de cuervo, me ponía frenético en cuanto podía poner la mano sobre otra… Buscaba algún pretexto para desaparecer, y en cuanto los edificios de la granja quedaban fuera del alcance de la vista, sacaba la yesca, juntaba un poco de leña y quemaba la cabeza… Si de este modo realizaba la búsqueda, era porque seguía las prescripciones de mi sabio maestro… Convertida la cabeza en ceniza, el cráneo se volvía frágil y se podía romper fácilmente en pedazos, hasta que no quedaba más que una piedra Bezoar, como un polluelo expectante en su cascarón; si la suerte me sonreía… Nunca lo hizo… Y he perdido la cuenta del número de cabezotas de cuervo que he asado y molido en los días de mi vida… Sí, ellas eran la paga por mis curaciones en los hogares de las gentes de Strandir; trato espléndido porque mi abuelo me había hecho jurar que ningún cuervo moriría por mi mano… Al fin llegó el tiempo en que mis enfermas de sexo femenino ya no quisieron que mis manazas tocaran sus cuerpos… Tenía yo trece años y estaba examinando a una mujeruca algo rara, de las granjas de Hólmskot, que se dedicaba a bendecir las vacas cuando las sacaban a pastar en los prados por las mañanas… Lo hacía pidiendo el socorro de santa Benedicta, y funcionaba tan bien el acuerdo de la vieja con la celestial señora, que jamás se echaron a perder las vacas de aquellas granjas… Mas ella prefería que fuera yo quien la curara a ella, en vez de fiar por completo en la protección de los santos que la habían acompañado siempre desde la niñez, pero que ahora habían sido depuestos por las leyes y expulsados de la patria islandesa, y apenas hallaban aún refugio entre míseros ancianos, como esa Hálotta Snæsdóttir que despertó a la fierecilla que hay en mí… Las curas se habían desarrollado de la forma habitual, una mujer tras otra recibían una suave caricia y una descripción de su mal, junto con buenos consejos y esperanza de mejora, pero me topé con Hálotta que estaba en el fondo de la sala mirando el pescado seco que tenían allí en remojo… No había hecho más que sentarme a su lado cuando pescó mi mano juvenil con su manaza de vieja, llena de manchas, y se la metió bajo la ropa… Allí todo era como podía esperarse en un curtido pellejo de anciana; la vieja no estaba en demasiado mal estado… Ella misma dirigió la marcha, conmigo en posición médica, con la cabeza gacha, los ojos cerrados y el libro flotando en mi imaginación; pero cuando ella fue a separarse de mí tras mis servicios sanadores, mis dedos le rozaron el borde superior del mons pubis… Ciertamente no era la primera vez que oía a las mujeres mencionar medio en broma medio en serio «la rata», animal cuya constitución me era conocida por los dibujos de los libros médicos de Hólar… Pero esta vez, cuando las yemas de los dedos acariciaron sin querer las tapias del huerto de la vieja Hálotta, aquello no pudo evitar ponerse tieso… Se trató de una reacción puramente momentánea, aunque suficiente para que ella lo notara, pues los dos nos habíamos detenido en aquel lugar del cuerpo de la anciana… Como para asegurarse de la desgracia que me había acaecido, pareció que quería atraer nuestras manos un poco más abajo, pero en ese instante me resistí con firmeza… Sacó entonces mi mano de debajo del cinturón de su falda y chilló:

—¡No volverá a entrar en mí… a menos que me despose!

Con esa burla concluyó mi infancia… El tiempo de imposición de manos había terminado… Hube de hallar una nueva forma para continuar siendo huésped bienvenido de aquellas mujerucas que siempre tenían una cabeza de cuervo con que dar acicate al adolescente naturalista…

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LUNARIA: es una de las plantas más poderosas para el alumbramiento. Debe ponerse en el cuello o en la puerta secreta, cuando falta poco para que una mujer alumbre, y se retirará en cuanto el niño haya nacido, para que no salgan también las entrañas ni otras cosas que las debidas. Llevada sobre sí, combate la pereza, y fortalece el gozo y la diversión. Algunos creen que es lo mismo que llaman hierba de París. Se encuentra con frecuencia en viejos huertos, o en antiguas ruinas, pero nunca en tierra pantanosa, y llega a tener la altura del dedo medio. Me fue muy útil recientemente, cuando peor estaba de mis insoportables y continuas toses. La molí lo más pequeña posible con aguardiente y tomillo, no más de una cucharada pequeña cada vez; era suficientemente fuerte. Después no volví a tener tos durante cinco años. Se usa, como otras hierbas medicinales, mucho más y con más frecuencia para curar las entrañas que para la carne o la piel. La lunaria tiene a veces doce o trece hojas en una rama, como lunas hay en el año, si la tierra es bien templada; y granos en la otra, como el número de semanas que una madre lleva a su feto. Las hierbas precisan atención.

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