El chico verde - Toni Brandão - E-Book
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El chico verde E-Book

Toni Brandão

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Beschreibung

Toni Brandão, en El chico verde, narra una historia com temas complejos y actuales – la calidad de vida, el amor, La vejez, la competencia, la amistad, el respeto a las diferencias y el acoso escolar, entre otros – que son vividos por personajes adolescentes de diversos tipos, todos muy próximos a la cotidianidad de los lectores jóvenes. Pedro, el protagonista, es el chico verde. Su padre es biólogo especializado en medio ambiente y él crece comprometido con el futuro del planeta. Para él y su familia, asuntos como el efecto invernadero, la contaminación atmosférica, el derroche del agua, el reciclaje, la energía solar, la sostenibilidad y otras cuestiones ambientales no son en absoluto una cuestión de modas.

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Seitenzahl: 244

Veröffentlichungsjahr: 2021

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EL CHICO VERDE

Toni Brandão

Ilustraciones

Fido Nesti

***

1a edición digital

São Paulo

2022

para Rita Lee.

Índice

Pedro está feliz...

uno

dos

tres

cuatro

cinco

seis

siete

ocho

nueve

diez

once

Pedro está atento...

Pedro está feliz…

… y va por la acera sorteando postes, machacando piedrecitas con la suela de sus zapatillas de lona y haciendo equilibrios en el bordillo de la acera. La felicidad de Pedro es mutante. A cada paso que el chico da, la felicidad se amplía, se fracciona para multiplicarse y convertirse en euforia. Debe ser esa felicidad eufórica lo que le hace balancear tanto los brazos, como si pudieran convertirse en hélices y transformarlo en una especie de chico eólico, movido por la energía del extraño y mínimo viento de la seca y caliente mañana invernal. El camino es nuevo. El colegio es nuevo. Y son nuevas las cuadras entre la casa nueva y el colegio nuevo de Pedro. Trescientos cuarenta y siete pasos. Ocho minutos y medio. Diecinueve esquinas. Árboles, solo dos ficus y muy delgados, casi raquíticos. Pedro ha visto todos esos detalles en las muchas veces que ensayó, con sus padres, el trayecto que haría solo entre su casa y el colegio. Aunque en las calles hay muy poco movimiento, son calles.

Pedro lleva la sudadera amarrada a la cintura. La camiseta verde tiene dibujado, a la altura del pecho, el triángulo de flechas que es el símbolo mundial del reciclaje de basura.

A cada paso de Pedro, aumenta el número de chicos y chicas que lo rodean. Chicos y chicas de varios tamaños y estilos que Pedro no ha visto nunca. Chicos y chicas flacos, gordos, feos, guapos, melenudos, rapados, arreglados, desaseados… que se ríen a carcajadas, silban o se balancean al ritmo de las músicas que escuchan en sus iPods.

Además de la marea de chicos y chicas, Pedro presta atención a los gruñidos de la manada de coches aparcados en doble, triple y quíntuple fila… para dejar a los hijos de sus dueños en la puerta del colegio. Coches de todos los tamaños. De todos los colores. De todos los modelos. Coches nuevos. Coches que se caen a pedazos… Para atravesar la calle, usando incluso el paso de cebra, Pedro tiene que cruzar el laberinto metálico que forman los automóviles.

— Ahora.

En cuanto el chico planta sus zapatillas en la acera de otro lado de la calle, una vaharada caliente de dióxido de carbono, azufre, nitrógeno y otros componentes químicos sale del tubo de escape de un auto. La vaharada se transforma en una nube que casi cubre a Pedro. Le arden los ojos. Nota la boca amarga y seca. Pedro intenta contener la respiración. Al poco el humazo le entra por la nariz. Se le calienta el cuerpo. El corazón se le dispara. El pestazo horrible de los componentes del gasóleo quemado le revuelve el estómago y casi arroja el café de la mañana. Todo alrededor de Pedro gira y gira, más… y más…

Es el instinto de conservación lo que hace que Pedro salga de aquella nube lo más rápido posible, al tiempo que ve cómo el 4 × 4 importado acelera de nuevo, lanza otra bocanada de humazo que ensucia el aire y se marcha con un chirrido de neumáticos.

— No hay educación, ¿verdad?

Dos segundos después de haber hecho esa pregunta, Pedro la escucha nuevamente, como si fuese un eco.

— No hay educación, ¿verdad?

Solo que no es un eco: es la voz de una chica. Pedro ha tropezado con ella y casi la ha derribado al escapar del humazo. ¡Una chica linda! Y furiosa está aún más linda. Linda y perfumada. Linda y con auriculares blancos pegados a las orejas de soplillo… y vestida con falda, cazadora, mochila, minibolsa, pulseras y adornos de colores raros y de marcas famosas con rayas, rayos, monos y felinos dibujados. Los ojos de Pedro vuelven a arder. La boca se le seca de nuevo, pero sin el regusto amargo. El corazón se le dispara, la piel le arde… solo que, esta vez, nada de eso acontece por causa de la nube de humazo de gasóleo que le bombardeó. ¡Un momento! ¿Qué es eso que ve aparecer alrededor de la chica? ¿Girasoles? Sí, son girasoles de varios tamaños que fluctúan, giran y saltan en torno a ella, cada vez más inflamada. ¿Girasoles fluctuando? ¿Girando? ¿Saltando? Algo va muy mal aquí. Pedro parpadea. Los girasoles desaparecen… ¡Uf! ¡Qué alivio!

La chica inflamable es insistente.

— No hay educación, ¿verdad?

Además de ser insistente es rubia de verdad, con cabello largo y algo rizado, y un par de ojos azules que recorren asustados al chico desconocido como si fuesen haces de rayos láser.

Por el lugar que ocupa en la acera, no es preciso ser muy listo para darse cuenta de que ha salido del vehículo que bañó a Pedro en humazo de gasóleo. Una idea anima al chico. A fin de ganar tiempo para ponerla en práctica, Pedro sonríe y pide excusas:

— Disculpa.

Y, al mismo tiempo, mete la mano derecha en el bolsillo izquierdo de las bermudas buscando algo.

— Te hablo a ti, chico…

La chica hace caso omiso de la petición de disculpas y mira desconfiada — ¡desconfiadísima! — cómo Pedro saca una bolsita de papel oscuro y rebusca en ella.

— Me has tirado al suelo y casi me rompes el iPhone.

Cuando la muchacha exhibe el iPhone, Pedro nota que cada uña de sus manos está pintada de un color distinto.

— ¡Es un iPhone! Sabes lo que es un…

Es ahora ella la que deja su frase a medias cuando ve que el chico saca unas semillas de la bolsita.

— … ¿qué es eso?

Pedro estira el brazo y le ofrece un puñado de semillas a la chica inflamable. Esa idea le quitó de golpe el enfado que estaba sintiendo.

— Son para ti.

Aún sin entender nada, la chica agarra las semillas y repite:

— ¿Qué es esto?

El chico se anima cada vez más.

— Semillas.

— Ya lo veo.

— Semillas de girasol.

— ¿Y qué voy a hacer yo con unas semillas de girasol?

— Quién sabe si no te animas a plantar esos girasoles, para compensar.

La chica inflamable continúa sin entender nada.

— ¿Plantar? ¿Compensar?

Para responder a la nueva pregunta de la chica, cada vez más furiosa, Pedro elige las mejores palabras y también la forma más simpática de decirlas.

— ¿Sabes cuánto tiempo necesita la naturaleza para eliminar esa suciedad que el coche de tu padre lanzó al aire?

La furia de la chica podría haber hecho que se tomara la extraña pregunta como una ofensa, pero ni queriendo lo consigue. Pedro es tan amable y tan simpático que resulta imposible ofenderse.

— No tengo la menor idea.

— Más de cien años… y sabes cuánto tiempo…

¡Ah! Finalmente la chica empieza a entender…

— Espera un poco, chaval…

… y no le gusta nada lo que entiende.

— … en vez de pedir disculpas, ¿me vas a ofender?

¿Ofender?

— Eh… ¿ofender?

Pedro no entiende cómo es posible recibir tal palo con una palabra como el verbo “ofender”, ni más ni menos.

— Me tiraste al suelo, chico.

Aprovechando la idea del verbo, Pedro se ofende.

— Por lo que veo, todavía estás en pie.

— Pero casi me caigo.

— Pero no te caíste. Mucho peor es que el coche de tu padre me haya dado un baño de humo de gasóleo. Si es que se le puede llamar baño… y eso pasó de verdad.

— El coche es de mi madre.

— No veo la diferencia.

La chica inflamable gesticula tanto que sus brazos parecen dos llamaradas mientras esparce su furia por un aire todavía contaminado.

— Entonces, ¿me tiraste al suelo solo a causa del humo que el coche de mi madre suelta?

La chica pone empeño en gritar el verbo tirar.

— Si me tropecé contigo, fue sin querer…

Pedro pone todo su empeño en disminuir al máximo el volumen a la hora de decir el verbo tropezar. El susurro de Pedro irrita y confunde más a la chica que si hubiese gritado. Después de tomar aliento, el chico continúa:

— … y para hablar de la cantidad de humo que echa el coche de tu madre no puedes usar la palabra solo.

— Uso la palabra que me da la gana.

— Es mucho humo.

— Pero ¿tú sabes con quién estás hablando?

Pedro está tan encantado y tan embelesado con la chica y con la conversación que ni percibe el tono de amenaza. Ella no espera que le responda y añade:

— Por lo visto, ignoras con quién hablas…

— ¿Sabes cuántos coches hay en el mundo? ¿No pensaste que si todos…?

— Pero vas a saberlo… claro que sí.

Solo en este momento Pedro entiende que está siendo amenazado. Le empiezan a temblar las piernas; oye casi como le golpea una rodilla contra la otra.

— ¿Sa… sa… ber… el qué?

— Espera y verás.

uno

— ¡Vaya!

Pedro se siente aliviado. El alivio se debe a que ve una cabina telefónica en el patio interior del colegio, cerca de la cafetería.

— Por lo menos…

Necesitaba que algo le saliera bien. Todo lo que Pedro había pretendido hacer en los últimos minutos se había torcido.

— Intento ayudar a la Tierra y me meto en un lío de cuidado.

El chico se permite este pequeño desahogo mientras mete la tarjeta en el teléfono, marca las ocho cifras del número de su casa y espera… espera… espera… Todavía está medio trastornado por el encuentro con la chica en la puerta del colegio. ¿O habría que decir desencuentro? ¡Qué chica más inflamable! ¡Y brava! ¡Y linda! ¡Cómo se ofendió! ¡Y era aún más linda ofendida! ¿Y aquellos girasoles a su alrededor?

¡Qué confusión ha conseguido organizar la chica linda, brava e inflamable en la cabeza — ¡y en el corazón! — de Pedro! Nunca había sentido nada igual. Una mezcla de miedo, curiosidad y aflicción. Miedo que hace cosquillas. Curiosidad que duele. Aflicción que provoca risa. El teléfono sigue comunicando… comunicando… y comunicando…

— ¿Será que ha salido todo el mundo?

Alguien, al otro lado de la línea, contradice la hipótesis:

— ¿Hola?

— ¿Babi?

La hermana de Pedro nunca empieza la conversación como él espera.

— ¡Ah! Te has acordado, ¿no?

— ¿De qué?

— Ibas a llevar el cartucho de la impresora para…

— No es nada de eso.

Por la voz de Pedro, Babi percibe que algo va mal, pero que muy mal.

— ¿Qué te ha pasado, Pepeu?

— ¿El abuelo ya llegó?

— Todavía no…

— Qué fastidio.

— Si sigues haciendo tantas preguntas te vas a perder la clase… ¿te hiciste daño en el trayecto?

Sí. De alguna manera Pedro se había hecho daño. Solo que no fue exactamente del modo en que Babi está pensando.

— Peor.

— ¿Te atracaron?

— No… mucho peor.

— Cuéntalo ya, Pepeu.

— Me parece que… de me parece nada, estoy seguro… estoy perdido.

Otro chico se acerca a la cabina telefónica. Un chico un poco más alto y mucho más delgado que Pedro. De cabello oscuro y muy liso. También las cejas son oscuras. La piel del chico es asimismo oscura, pero no negra. Parece como si estuviese requemada por el sol. La hermana de Pedro, al otro lado de la línea, da la impresión de estar divirtiéndose con lo que acaba de oír.

— ¿Oye, Pepeu? No hace ni quince minutos que saliste de casa.

— Quería hablar con el abuelo.

Solo entonces ve Pedro al otro chico.

— ¿Quieres usar el teléfono?

El chico, tímido, responde en voz muy baja:

— … e… sp… er… o.

— No te entiendo.

Tener que repetir lo que ha dicho aumenta los nervios del otro.

— Espero.

— Estoy terminando, tío.

Ahora en la voz del chico no parece haber timidez, sino irritación:

— Ya te dije que espero.

Son los nervios de Pedro lo que hace que le irrite la irritación del otro.

— ¿Será que todo mundo en este colegio es inflamable?

Sin saber qué decir, el otro chico mira a Pedro y se encoge de hombros, como si le importara muy poco la pregunta que acaba de oír y no tuviese la menor intención de contestarla.

La mirada del otro chico intriga a Pedro. Examina discretamente la ropa que usa: pantalones claros y con raya, camisa blanca de mangas largas, puños abrochados, zapatos. Pedro cree detectar arrogancia en la mirada del chico. Aún así piensa que no ha actuado bien.

— Perdona, tío. Culpa mía.

El otro chico continúa sin decir nada. Se queda mirando a Pedro, confuso, sin entender muy bien si el otro le echa una bronca o le pide disculpas. Babi, al otro lado de línea, es la única que habla:

— ¿Estás discutiendo con alguien, Pedro?

La confusión del otro chico hace que algo cambie en el interior de Pedro. Cuando responde ya está más calmado.

— En cuanto llegue a casa te lo explico, Babi.

— ¿Te parece que voy a aguantar hasta que llegues?

— Es que tropecé con una chica y…

¡A Babi le hace gracia!

— ¡Ah! ¿Entonces es de eso de lo que querías hablar con el abuelo?

— Ya vale, Babi.

Pedro se ha quedado sin fuerzas, pero decide usar la insinuación de su hermana para librarse de ella.

— Sí, eso. Quería hablar sobre una chica.

— Estás cada día más loco, Pepeu.

— Vale. Ahora chao, hay otro tío aquí que quiere usar la cabina.

En cuanto cuelga, Pedro le sonríe al otro chico…

— Disculpa de nuevo, tío. Estoy medio confundido…

Y extiende la mano en su dirección.

— … Culpa mía.

El gesto de Pedro asusta al otro que, en lugar de corresponder al saludo, da un paso atrás.

— Me llamo Pedro.

El otro no dice nada. Pedro añade…

— Soy nuevo en este colegio.

¡Vaya! El otro chico empieza a sudar. Como eso le parece muy raro y teme algún conflicto adicional, Pedro decide marcharse a clase.

— Nos vamos viendo. Me largo.

Cuando se aleja, Pedro rememora intrigado las gotas de sudor que ha visto brotar en la cara del chico, y al fin descifra la mirada enigmática que había tomado por arrogancia; era de miedo.

Suerte para la chica inflamable que el profesor no ha llegado todavía a clase. De este modo, puede seguir manifestando su indignación:

— … un chico creído… creído en plan arrogante… arrogante en plan follonero… follonero en plan de muy maleducado…

Cuando hace una pausa para tomar aliento y comprobar si tiene en su ametralladora verbal algún otro adjetivo descalificador que aún no ha disparado, la chica inflamable repara en que, si bien ella está indignada al máximo, Teté con sus dos trenzas pelirrojas y Luana con sus doscientas trencitas negras — las mejores amigas de la chica inflamable — no parecen muy impresionadas con la historia.

— ¡No es posible! ¿Es que no lo entendéis?

Luana y Teté lo entienden perfectamente, en todos sus detalles. Pero para ellas el asunto no es tan serio como la chica inflamable quiere que sea.

— ¿Sabes cuánto pagó mi padre por el iPhone que el chico casi rompió, Teté?

— Ya lo has dicho tres veces. Quinientos dólares.

Al notar que, justamente cuando ella insiste en el valor del iPhone, el tono de Teté pasa a ser casi de desinterés, la chica inflamable dirige su furia hacia la otra amiga, Luana.

— ¿Te parece poco, Luana?

— Claro que no. Ni para tu padre es poco. Y para mí, ni te imaginas.

Luana se arrepiente de la última frase. Su padre trabaja en la fábrica del padre de la chica inflamable, que puede tomar el comentario como un desahogo y desahogarse a su vez con su propio padre. Y el trabajo del padre de Luana pasar a la historia.

— No he querido decir que…

La chica inflamable ni se percata del desahogo.

— Podría haberme herido…

Después de echarse los cabellos rubios hacia atrás y de abrir un poco más los ojos azules, la chica inflamable transforma lo que acaba de decir en una hipotética denuncia.

— … me podría haber herido… hay que ver de qué forma grosera me habló del coche de mi madre. Si no tiene dinero para venir al colegio en coche yo no tengo la culpa. Pero ese chico va a pagármelas… ¡y mucho! ¡En dólares! ¡No, en dólares no, que el dólar está muy bajo!… ¡en euros! Ese tío va a pagar en euros lo que ha hecho conmigo.

— Pero, bien mirado, ese chico no ha hecho absolutamente nada.

— ¿No ha hecho absolutamente nada, Teté? Me ofendió… ¿quién se cree que es para llenarme la mano de semillas? Solo a los loros les gustan las pipas.

— Pero, en resumen, ¿quién es?

— Nunca vi a nadie tan desagradable, Lu.

— ¿Cómo es?

— Ah… flacucho… desgarbado… mal vestido… despeinado…

— Debe ser un alumno nue…

Lo que hace que Luana deje la palabra “nuevo” colgada en el aire es el grito que la chica inflamable empieza a proferir:

— Aaaaaah… es…

Cuando se da cuenta de lo que va a hacer se pone a cuchichear.

— … y… y… él… es él… está entrando en la sala de clases…

Al entrar Pedro en la sala de clases ve algo en el techo que lo deja intrigado.

— … es aquel chico de camiseta verde que estira el cuello hacia arriba.

Teté y Luana se llevan un susto aún mayor que el de la chica inflamable. La primera en recuperarse es Luana.

— ¿Flaco, Isabela?

Examinando a Pedro la chica inflamable se da cuenta que de flaco no tiene nada. El chico está muy bien proporcionado. Teté también se ha recuperado de la impresión.

— ¿Desgarbado? Mira cómo anda, pero si parece que flota. ¡Y ese pelo, como una melena de león! Es un alumno nuevo, sí. ¡Si lo hubiese visto me acordaría!

— Y de mal vestido tampoco tiene nada.

— Me da la impresión de que necesitas gafas, Teté.

— Entonces también tú, Bela. El chico está como un queso.

Las palabras de Luana acentúan el malhumor de Isabela, que siente como un escalofrío…

— ¿Que… so?

… Un peligroso estremecimiento de vulnerabilidad.

— Se va a enterar de lo que voy a hacer.

— ¿Hacer? ¿Más de lo que ya has hecho?

Para intentar protegerse — incluso sin saber aún muy bien de qué —, la chica inflamable lanza una amenaza enigmática:

— Cla… claro que sí.

Los auriculares blancos de los iPods cuelgan de los cuellos de las camisetas de los tres chicos.

— Yo viajé más lejos, Dani.

— Piénsalo bien, Rafael. Fui yo el que viajó más lejos.

A fin de dar más volumen y claridad a su próximo reto, Daniel cambia de lugar, dentro de la boca, el chicle que masca.

— ¿Quieres consultar el mapa?

Cuando Rafael va a hacer lo mismo — cambiar de sitio dentro de la boca el chicle que mastica —, se muerde la mejilla por dentro, pero disimula el dolor.

— El vuelo tardó dos horas en llegar; sin contar las tres horas de retraso para salir del aeropuerto.

Gabriel, que está con Daniel y Rafael en una de las esquinas del patio, decide continuar fuera de la discusión, limitándose a cambiar el chicle de posición en la boca. Al final, sus amigos compiten por el segundo lugar; quien viajó más lejos en las vacaciones fue él: Gabriel pasó la noche viajando en avión.

— Mi padre condujo nueve horas.

— Fuiste en coche, tío, está claro.

— ¿Vamos a quedarnos calculando distancias todo el rato?

Sabiendo que no tiene más argumentos, Rafael saca del bolsillo su nuevo objeto de poder.

— ¿Has visto el móvil que me he comprado, tío?

Daniel examina el aparato y casi babea. El móvil de Rafael es de última generación. De metal cromado, con pantalla grande, acceso a Internet…

— ¿Has visto que tiene MP3?

— Obvio que sí.

— Si me falla el iPod, estoy salvado.

— Ya veo.

— No te pierdas la cámara, Dani.

Cuando le da la vuelta al aparato para examinar la cámara, Daniel incluso se encoge con un poco de vergüenza.

— ¡¡¡Ocho megapíxeles!!!

Su móvil es muy poca cosa, con una cámara de pocos megapíxeles. Nada satisfecho con su tercer lugar en la competición por las distancias de los viajes, Rafael intenta reforzar.

— Y tiene mucha memoria. Suficiente para ver una película entera si quiero.

Solo ahora Gabriel decide entrar en la conversación.

— Exageras, ¿no, Rafa?

— ¿Por qué exagero, Bié?

— Un giga no da para ver una película.

— Si es corta, da.

— ¿Y quién quiere ver una película corta?

— ¡Bah!

Gabriel disfruta haciendo de menos a Rafael. Su móvil también es antiguo.

— Si quieres ver una película enterita, vete a hablar con la maciza de Isabela. ¡Además ha vuelto de las vacaciones todavía más buena!

— Y tú todavía más baboso. Olvida a Isabela, Bié. ¿No te ha dicho ya que no quiere nada contigo?

— Para, Rafa. ¿Visteis el iPhone que le trajo su padre? Es el primer iPhone del colegio. Cuando pasé junto a Isabela, les estaba enseñando Piratas del Caribe 3 a Luana y Teté.

A Daniel no le está haciendo ni pizca de gracia quedar una vez más en segundo lugar de la competición.

— Qué película más mala Piratas del Caribe 3.

— El rollo aquí es otro, Dani.

— Mi padre dice que los iPhones no valen para nada.

— ¿Y desde cuándo entiende tu padre de eso?

— ¡Sanseacabó!

Daniel cambia totalmente el tono de voz para hacer una pregunta:

— … Vamos a empezar… ¿por dónde?

La pregunta de Daniel infunde a los tres muchachos un clima de peligro, de tensión, y hace que cualquier espíritu de competición entre ellos desaparezca, o pierda el sentido. Los tres chicos se ponen a hablar como un equipo, como un grupo de aliados. Al ser Daniel quien sacó el tema, continúa dirigiendo la conversación.

— ¿Habéis visto algún alumno nuevo?

Gabriel menea la cabeza negativamente. Rafael se acuerda…

— Yo sí…

Daniel y Gabriel se interesan.

— … dos tipos.

— ¿Juntos?

— Vi a dos tipos juntos.

— Si son amigos, va a ser más complicado. Se apoyarán mutuamente. Es mejor caerle a alguien desprotegido.

— Me da la impresión de que no eran amigos.

— ¿Por qué?

— Cuando uno de ellos se acercó a la cabina, el otro se fue.

— ¿La cabina telefónica?

— ¿Funciona todavía ese trasto?

— No te disperses, Dani. Deja hablar a Rafa.

— Ya he hablado, tío.

— ¿Cómo eran los tipos?

— ¿Te parece que me dedico a mirar chavales?

— Vale, Rafa. ¿Parecían de la pandilla?

— Más o menos. Uno de ellos más o menos. Sé que no vi ninguna marca de ropa de la que usamos y supongo que no tenía móvil, estaba en la cabina. Ahora, el otro…

— ¿Qué le pasa al otro?

— Delgaducho… medio descoyuntado, con ropa de viejo. Parecía ropa de un padre que trabaja en una oficina.

— ¡Lo que nos gusta, vamos!

— Vamos a empezar por el delgaducho descoyuntado.

— ¡De acuerdo!

— ¡Convenido!

Cuando deja de contar las lámparas encendidas del techo del aula donde va a estudiar — dieciséis — y se da cuenta de que la chica inflamable está en la misma clase que él, Pedro sonríe. Sonríe con los ojos, con los labios, con la respiración, con las pulsaciones; sonríe con todo lo que consigue hacer sonreír… y ve brotar otra vez alrededor de la chica los girasoles fluctuantes y saltarines que había visto cuando tropezaron en la puerta del colegio. Solo que esta vez las flores fluctúan, saltan y giran más despacio. Y Pedro se divierte con ellas. Al ratito comienzan a brotar otras flores que Pedro conoce muy bien: una bandada de begonias feroces, otra de violetas atrevidas, ramos de siemprevivas bamboleantes, dalias asustadas, claveles descontrolados… todas fluctuando y saltando en el aire, como si fuese el efecto especial de un jardín flotante y animado. ¿De dónde vienen los girasoles? ¿Las violetas? ¿Y las begonias? ¿Qué chica es esa capaz de hacer que Pedro vea un jardín alrededor de ella? ¡Sí! Esa chica ha removido — ¡y mucho! — algo rarísimo dentro de Pedro. Y el chico no sabe aún si ese algo es bueno o malo, ni consigue aún expresarlo con palabras.

En cuanto advierte que la chica inflamable y las otras dos que la acompañan — la negra de trencitas y la pelirroja de trenzas — le miran, Pedro acentúa la sonrisa e intenta hacer que esa sonrisa llegue hasta las chicas; o mejor, hasta la chica inflamable. ¿Quién sabe si ha cambiado de idea? ¿Quién sabe, cuando se tropezaron, si la chica estaba inflamada por alguna otra cosa y lo había pagado con él? De verdad que Pedro no ha entendido todavía si la furia de la chica se debió al tropezón, a lo que le había dicho del auto de su madre o a las semillas de girasol.

— No, por culpa de las semillas que le di no puede ser.

Nadie se pondría furioso por eso. ¿O sí? La sonrisa y la alegría de Pedro duran poco. En cuanto se da cuenta que él la mira y sonríe en su dirección, la chica inflamable fulmina con unos ojos como dos ojivas nucleares la sonrisa y todas las flores que el chico sonriente ha visto brotar. A la manera de una estatuilla egipcia de museo, ella vuelve el rostro hacia sus amigas con giro de cuello egipcio y las dudas de Pedro se esfuman: sí, es con él con quien la chica está furiosa. Lo mejor es no acercarse mucho… por lo menos de momento.

Por eso Pedro decide sentarse en la otra punta del aula. Y es por eso, también, que Pedro conoce a Arnaldo, un chico un poco más bajo que él y con pelos cortos y de punta, que se sienta en el pupitre de delante.

— ¿Está ocupado este sitio?

— Está libre, tío.

La simpática respuesta de Arnaldo es su forma de materializar la empatía que siente con aquel chico medio melenudo. La empatía entre ellos es recíproca y da pronto síntomas de empezar a convertirse en amistad. A Arnaldo también le gusta jugar al fútbol. A los dos les entusiasma el rock. Arnaldo “destroza” baterías. Pedro araña guitarras. Arnaldo encuentra raro el material escolar de Pedro.

— ¿Por qué te parece raro?

— Las hojas de tu cuaderno son oscuras…

— Es papel reciclado.

— … y los lápices medio deformes.

— Están hechos a mano con madera de reforestación.

— ¡Ah!

Pero las fichas de ambos son parecidas. Los dos nacieron el mismo día. Pedro es dos horas mayor que Arnaldo. Los padres de Arnaldo están separados y el chico es sordo del oído izquierdo.

— … aunque este aparatito lo resuelve muy bien.

A la hora de la pausa, cuando Pedro le cuenta a Arnaldo lo que pasó entre Isabela y él en la puerta del colegio, ya da la impresión de que los dos chicos se conocen desde la maternidad. Todo estupendo, pero Arnaldo encuentra un poco raro que Pedro se traiga el almuerzo de casa — pan integral, queso blanco y pechuga de pavo —, dentro de una bolsa de papel oscuro y envuelto en un servilleta de tela; y que en vez de comprar un refresco, como Arnaldo, pida un zumo de naranja y reclame, simpático, que sea de envase reciclable. Pero Arnaldo prefiere no decir nada sobre eso. La historia que acaba de oír le resulta mucho más interesante.

— Qué idea más pirada, tío.

— ¿Qué idea?

— ¿Por qué le diste semillas de girasol a Isabela?

— Por causa del estrago que hizo el auto de su madre.

— ¿Qué?

Pedro repite la frase a más volumen:

— ¡Por causa del estrago que hizo el auto de su madre!

— Lo había oído, pero no lo entendí.

— Disculpa.

— ¿Qué le pasa al auto de la madre de Isabela?

Pedro prefiere no dar detalles en ese momento.

— Está desajustado y contamina el aire con anhídrido carbónico.

— ¿Solo el auto de la madre de Isabela hace eso? ¿El auto de tu madre no contamina el aire?

— Contamina, pero mucho menos. Mi padre y ella usan un auto de bioalcohol… ¿Sabes que vengo al colegio a pie?

Al principio Arnaldo piensa que Pedro lo vacila pero, cuando se percata de que dice la verdad, el chico con el pelo de punta siente que su nuevo amigo es todavía más raro de lo que había creído.

— ¿A pie?

— Mi familia solo tiene un coche… y lo usamos superpoco.

Más extrañado todavía por la respuesta de Pedro, Arnaldo prefiere volver al asunto anterior: las chicas.

— A mí me gusta Teté.

— ¿Teté?

— La pelirroja amiga de Isabela.

— ¿Habéis quedado ya?

— Me parece que a este paso ni quedamos… — responde Arnaldo, cuyos cabellos parecen mustiarse manifestando un poco de tristeza — … Teté está encaprichada de un chico del club.

Después de una pausa, como para convencerse de que debe hablar, Arnaldo se recrea en el tono de advertencia:

— Ten cuidado con Isabela, tío.