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Lo primero que hizo la mejor plantilla de la historia del Real Sporting de Gijón fue descender. Sin embargo, los Quini, Castro, Maceda, Ferrero y Mesa volvieron a la división de honor del fútbol español en 1977 y lo hicieron para marcar una época. Un subcampeonato de Liga, dos de Copa y media docena de participaciones en competiciones europeas jalonaron la etapa en la que el Eurosporting era un temible rival, capaz de golear al FC Barcelona en el Camp Nou, de derrotar al AC Milan de Van Basten, Gullit y Donadoni en El Molinón o de ser el equipo que más jugadores aportaba a la Selección española. La fórmula de su éxito se cimentaba en una cuidada selección de sus fichajes y una cantera prodigiosa que aportaba regularmente hornadas de jugadores excepcionales: primero, los hermanos Ablanedo, Joaquín, Cundi, Eloy Olaya… Más tarde, Abelardo, Luis Enrique, Manjarín, Juanele… El periodista Rafa Quirós fue testigo privilegiado de ese tiempo, como seguidor y como cronista deportivo para Radio Nacional de España durante más de treinta años. De lo vivido entonces deja constancia en esta formidable memoria sentimental del mejor Sporting que haya existido. Al menos, hasta la fecha…
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Seitenzahl: 425
Veröffentlichungsjahr: 2024
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EL CIELO ROJIBLANCO
SILVERIA, 03
Primera edición en Hoja de Lata: junio del 2024
© Rafael Quirós Madariaga, 2024
© del prólogo: Rafael Gutiérrez Testón, 2024
© de la imagen de la portada: Concentración de la Selección española en La Molina, previa al Mundial de 1982, José Antonio Quintana.
© de las fotografías del interior: según se indique.
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2024
Hoja de Lata Editorial S. L.
Camino del Lucero, 15, bajo izquierda, 33212 Xixón, Asturies [España]
[email protected] / www.hojadelata.net
Diseño de la colección: Iván Cuervo Berango
Corrección: Olaya González Dopazo
ISBN: 978-84-18918-88-9Producción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
A Ana Belén y a Pablo y Nacho, mis mayores aciertos
PRÓLOGO. «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», de RAFA G. TESTÓN
I
Las estatuas que nos quedaron pendientes de erigir
II
1976/1977. Derbi de charranes y piezas de museo
III
1977/1978. El increíble caso del precursor del cuarto árbitro
IV
1978/1979. Del córner olímpico a la distancia de barrera
V
1979/1980. Por qué no éramos del Madrid… ni pudimos con el Castilla
VI
Como el albañil poniendo ladrillos, parecido a Paul Newman
VII
1980/1981. Una sucesión de grandes mitos, con fuerte dolores acá
VIII
1981/1982. De Antonio Albajara a un tal Joaquín Muñoz: un carrusel de sensaciones encontradas
IX
Subiendo y bajando la colina, detrás de Clint Eastwood
X
1982/1983. La cinta métrica para medir porteros, un perro comparador y una Copa de la Liga
XI
1983/1984. La maldición de la Perla Negra, los penaltis más largos del mundo y otras películas de acción
XII
1984/1985. Del copón de metro y medio al wéstern crepuscular
XIII
1985/1986. Cuando vivíamos en la abundancia, y no lo sabíamos
XIV
Del club cortado a medida a los cortes del luz. El largo y sinuoso camino
XV
1986/1987. Barcelona 92-Sporting 96 y otros singulares acontecimientos
XVI
1987/1988. Una volea parabólica al imperio Berlusconi, antes de la desbandada
XVII
Del 21 583 al 1006. El Gordo y el Flaco
XVIII
1989/1990. El farolillo rojo precipita el cambio de régimen
XIX
1990/1991. Una segunda vuelta de fantasía, bajo truenos y relámpagos
XX
1991/1992. Turismo por el Gran Bazar, Alegría y dos debates de fondo sobre porteros y pantalones
XXI
El verano que no quisimos ser como la Real Sociedad. EPÍLOGO melancólico
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, se preguntaba el escritor Philip K. Dick en el título de la novela que Ridley Scott llevaría al cine años después. En el libro, descubrimos que los blade runners eran una especie de policías a la caza de replicantes, androides de apariencia humana que andaban en busca de su creador porque su «vida» era demasiado corta. Estos replicantes tenían recuerdos implantados de un pasado que nunca fue y por ahí los tenían que descubrir los blade runners, por sus ilusiones de momentos que nunca fueron, por las ovejas que contaban para dormirse, por saber si esas ovejas eran de lana esponjosa o si soñaban con sus variantes eléctricas.
Leo a Rafa Quirós y dudo en saber si es verdad lo que cuenta de un pasado sportinguista que yo viví o no es más que un lacayo al servicio de una corporación que nos metió en la cabeza un equipo del que enamorarnos y que quizá nunca existió.
Es importante contextualizar. Me nacieron en Oviedo en 1970, pasé los cinco primeros años de mi vida en Coballes, un pueblo del concejo de Caso. Luego el pantano de Tanes dejó la casa y el negocio familiar bajo sus aguas y mi familia de nueve miembros orientó el rumbo a Gijón para instalarse en un piso con vistas a una playa a la que bajaba a jugar o a ver fútbol siempre que podía. Mi realidad es que llegué al sportinguismo de la mano de Ferrero, Quini, Jiménez, Castro o de mi único ídolo futbolístico, Manolo Mesa. Crecí pensando que mis rivales eran el Real Madrid, el Barcelona, la Real Sociedad o el Athletic de Bilbao.
Es complicado volver al lugar donde fuiste feliz porque ni tú ni el lugar son ya los mismos. ¿Recordáis el inicio de la película Annie Hall de Woody Allen? Primer plano del actor y cineasta que habla directamente a cámara y dice eso de:
¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una: «Vaya, aquí la comida es realmente terrible». Y contesta la otra: «Sí, y además las raciones son tan pequeñas». Pues, básicamente, así es como me parece la vida. Llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza… Y sin embargo, se acaba demasiado deprisa.
No sabíamos entonces que la miseria y la soledad habrían de venir años después, ignorábamos que terminar los décimos en primera o no luchar por llegar a una final de Copa del Rey no tenían nada que ver con la tristeza y la penuria. Éramos ricos, no lo sabíamos y encima la ración fue muy pequeña, como esos platos de alta cocina cuyo precio es inversamente proporcional al tamaño de la ración.
El verbo recordar está formado sobre el sustantivo latino de la tercera declinación cord, cordis, que significa «corazón», y el prefijo re-, que significa «otra vez, de nuevo».
De esta manera, lo que expresa ese verbo es que la acción de recordar implica que algo vuelve a pasar por el corazón. Es hermoso pensar así en los recuerdos y en la acción de recordar. Pero la realidad es que no se debe a un carácter romántico, sino a la concepción romana de los pensamientos. Para los romanos se generaban en el corazón y su memoria estaba ahí alojada también, por eso cuando regresa una acción, una sensación, un texto o lo que sea, da otra vuelta por el corazón y no en la mente. Y esto está muy bien y es muy racional y los romanos tendrían sus razones para pensar eso, pero a mí me gusta quedarme con el concepto romántico, porque cuando a uno le duele el Sporting le duele en el corazón y nada tiene que ver con la mente ni con la razón, sino con la pasión y el sentimiento por unos colores que calan en los años en los que los amores sabes que van a ser eternos, amores constantes más allá de la muerte.
Escribe la novelista Laura Castañón en el diario El Comercio:
Aunque nadie supiera ver en aquella circunstancia un augurio de lo que durante toda su vida iba a ser la ocupación de aquel niño, lo cierto es que Rafael Quirós llegó al mundo en mitad de uno de esos acontecimientos que marcan la vida de una ciudad. No hay constancia de que lo hiciera acompañado de algún tipo de grabadora o al menos de un boli y un cuaderno, pero se apresuró a nacer justo cuando la Cabalgata de Reyes de 1958 pasaba por delante de su casa en Ceares, frente al Patronato. Como si tuviera la urgencia de hacer la oportuna crónica ante un micrófono.
De niño (ahora también, pero queda un poco raro confesarlo en público) quería ser futbolista del Sporting, quería ser Manolo Mesa y me visualizaba haciendo vibrar al Molinón, ganando algún que otro título y negándome orgulloso a escuchar los cantos de sirena que seguro me iban a llegar de clubes de postín; yo me quedaría en Gijón siempre, aunque me ofrecieran la gloria deportiva que campea por España. Cuando tus condiciones dan para lo que dan y te das cuenta de que las cosas que haces en tus pensamientos no se cumplen en la realidad, soñé en ser periodista deportivo para hacer las crónicas de mi Sporting del alma, para contar como lo contaba Rafa Quirós en la prensa o en la radio. Ya no quería ser Mesa, quería ser Rafa Quirós y esto lo veía más fácil, al menos compartíamos nombre. Terminada la Selectividad me matriculé en Filología esperando que Periodismo se instalara en Asturias en un par de años. Eso se decía allá por el 87. Somos una generación que espera un futuro que nunca llega. Ser Rafa Quirós significa, como tan bien nos cuenta Laura Castañón en el artículo anteriormente citado, «contar lo que sucede sin ceder a la tentación de complacer o de atacar (…), tener la lucidez de ver el imparable avance de la sociedad hacia inimaginables cotas de ignorancia, la impotencia ante el deterioro de los medios, el abandono del rigor informativo en favor del espectáculo mediático».
Nada hay que no trasmita verdad en estas páginas que estáis a punto de leer. Es la memoria de un tiempo que fue y que nos permitió soñar y ser felices, aunque no lo supiéramos en ese momento. Creímos que siempre iba a ser así y nos equivocamos o nos equivocaron. Almacenamos recuerdos que, si son implantados, que lo sean porque nos los ha contado el mejor rapsoda que podríamos tener.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Cuentan que este monólogo final de la película Blade Runner no estaba en el guion (tampoco en el libro), sino que se le ocurrió al actor Rutger Hauer, que interpretaba al replicante Roy Batty. Una generación de seguidores del Sporting hemos visto cosas que la juventud nunca creería: hemos visto a nuestro equipo en finales de Copa del Rey; hemos visto al todopoderoso Milan de Arrigo Sacchi caer en El Molinón; hemos visto a Juanele bailar a medio Real Madrid; hemos visto a Quini ganar Pichichis, y a Ablanedo, Zamoras; hemos visto un 0-4 en el Camp Nou; hemos visto cómo, se jugara contra quien se jugara, el ritmo del partido lo marcaba Joaquín; hemos visto a Cundi saltar más alto que nadie en cualquier disputa aérea; hemos visto a Manolo Jiménez dominar el tiempo y el espacio en el bello arte de defender; hemos visto los primeros pasos de Villa o de Luis Enrique; hemos visto cómo la zurda de Ferrero marcaba un gol olímpico; hemos visto a Abelardo dominar el área propia y la ajena; pero todos estos momentos no se van a perder como lágrimas en la lluvia. Los tenéis aquí, a vuelta de página gracias al puño y a la letra de un hombre que respeta el oficio de recordar y de contar: Rafa Quirós.
Rafa GUTIÉRREZ TESTÓN
Gijón, marzo del 2024
«El asunto más difícil es encontrar algo para reemplazar al fútbol, porque no hay nada».
Kevin KEEGAN
Disfruté algún tiempo los beneficios del don de la oportunidad. O sería una rara conjunción astral haber coincidido con grandes acontecimientos de la memoria sportinguista, vistos desde detrás de las porterías de los goles. Como la última vez que sucedió, el 2 de abril de 2011 en el Bernabéu, con la tropa de Ultras Sur turnándose en escudriñar el vecino palco del Café Real, en el fondo de la calle Concha Espina, buscando con la mirada infieles forasteros a los que amedrentar. Avanzada la segunda parte, Eguren recuperaba en el círculo central y abría a la derecha para Lora, que avanzaba cambiando de banda, donde combinaban en carrera José Ángel, De las Cuevas y Nacho Cases. Entraba este por la vertical izquierda del área, la ponía rasa en la media luna, Sangoy amagaba de cintura dejándola pasar y en un visto y no visto tenías archivado en la memoria a Iker Casillas, tieso como la mojama, mirando a su derecha el balonazo de De las Cuevas estamparse contra la cepa del poste, cruzar la portería por dentro y dormir contra el otro lateral de la red. En la misma carpeta de archivos se puede ver a Manolo Preciado saliendo del banquillo visitante, con un brinco de júbilo.
Al final del partido (Real Madrid 0, Sporting 1), en el Café Real del Bernabéu no funcionaba la fuente de chocolate, donde se formaban colas para bañar brochetas de fresas. El espectáculo ese día era cruzarte a la salida con Kiko Matamoros, con cara de Kiko Matamoros, resoplando como una vieja cafetera al fuego la primera derrota de José Mourinho tras 150 partidos de Liga invicto jugando como local. El remate de De las Cuevas visto detrás de la portería es la pieza más reciente —no diré la última, pero a ver— que guardo en el archivo histórico futbolero. Me vino el gol a la memoria cuando una ráfaga de viento descubría prematuramente la estatua de Preciado que inaugurábamos el 7 de junio del 2013, en la alameda junto a El Molinón, un año después de la dolorosa desaparición del cántabro. El resumen del partido —y hasta el partido entero para los más fervientes seguidores—, con aquel recital postrero del guardameta Juan Pablo, son una especie de reliquia para la feligresía. Si como seguidor sportinguista consigues superar el embate inicial de la nostalgia y rehuir las comparaciones, al final del vídeo te sientes confortado por una brisa de felicidad.
Manolo Preciado salió de Gijón definiendo su paso por el Sporting como «una historia de amor de seis años con momentos muy felices». La escultura que la resume en un gesto de alborozo y una breve certeza —«Mañana saldrá el sol»— fue iniciativa de la peña Portal Sportinguista, sufragada con notable éxito por cuestación popular. Cuando el escultor Vicente Santarúa terminaba de perfilar su obra, entre los más veteranos de la parroquia rojiblanca brotó cierto recelo —Preciado sí, claro, pero ¿antes que Quini, Miera, Vega-Arango, Ángel Viejo, Ferrero, Joaquín…?— que enseguida atajaría Jaime Álvarez, el presidente de la peña promotora, más o menos así de inapelable:
—La de Manolo Preciado es un homenaje de gratitud de nuestra generación. Las estatuas a anteriores leyendas las tenían que haber promovido quienes disfrutaron de su época.
No hubo más preguntas.
Me estrené en El Molinón a finales de los sesenta del pasado siglo, en la grada norte bajo la visera con el anuncio de Coes, que no era ninguna compañía de operaciones especiales del Ejército, sino un vino peleón. La tarde de mi debut de tierno forofo libraban Sporting y Onteniente un duelo anodino de Segunda División, que aún no presagiaba los buenos tiempos acercándose, aunque Jesús Castro se adelantaría al futuro firmando la parada del siglo.
Lo vimos volar de palo a palo, atajar aquella pelota que iba derecha a la otra escuadra de la portería del Piles, tomar tierra sin soltarla, levantarse abrazado a ella y detener el tiempo por unos segundos. Los necesarios para que el estadio entero saliera de su estupor y cobrara sentido la célebre reseña de prensa de un estreno memorable en el teatro Arriaga de Bilbao: «El público aplaudió hasta enronquecer».
—¿Viste qué parada? —me cantó mi padre al oído poniéndole el titular al asombro reflejado en mi cara, como aquellos niños de Mary Poppins en el parque viendo volar la cometa.
La estirada de Castro, allá por abril del 69, en una victoria intrascendente con Luis Cid, Carriega, ajustando las primeras tuercas para el despegue a Primera, la conservo fresca y precisa, como si fuera nueva. El primero de tantos momentos estelares del Eurosporting, repartidos en dos décadas de gran fútbol y subcampeonatos. Las plantillas que llevaron al Real Sporting de Gijón a rozar la cumbre, a tutear a los más grandes, disputarles los títulos y mostrarse con frecuencia por Europa fueron una conjunción de factores que ahora asumimos improbable, se diría que del todo imposible para disgusto de parroquianos jóvenes, o no tan viejos como para haber podido disfrutar desde la grada la edad de oro de su equipo sin tener que resignarse al foto-cine nostálgico en un blanco y negro difuminado, a base de darle al buscador de YouTube o bajarse vídeos de TikTok. Se juntaron excelentes futbolistas que cuando se iban o entraban en declive tenían mayormente en casa un relevo natural, o había una idea aproximada de dónde encontrarlo. Alternaron técnicos capacitados con grandes innovadores, trabajaron la preparación física pioneros con titulación profesional, organizaron gestores diligentes y rubricaron directivos con una hoja de ruta fiable.
Todo fue gracias al derecho de retención, o así se explicaría. Visto desde la distancia y sin infravalorar talento y desempeño de un elenco de actores que hoy se presume irrepetible, el Eurosporting no hubiera ni nacido sin aquella herramienta oxidada que durante años reguló las relaciones laborales en el fútbol. Para los futbolistas, el contrato de trabajo era una cadena, aunque para muchos en la élite fuera fabricada en oro de ley. Para los clubes era un certificado de propiedad. Hasta que, tras una larga pugna entre empleadores y empleados, la ley Bosman terminó de cambiar el panorama en 1995, convirtiendo al futbolista en agente libre a la finalización de su contrato, de no mediar un acuerdo previo de renovación. En España, a la última victoria revolucionaria se la llamó Decreto 1006. La frase «los jugadores juegan donde ellos quieren» no tardaría en asumirse como una evidencia.
«Derecho de retención» quería decir que un club se aseguraba la continuidad del jugador al que quisiera mantener en la plantilla al acabar contrato solo con aumentar un 10 % el importe del salario que percibía. Claro que la retención por sistema no fue tal. Más bien un goteo selectivo, con el grifo cerrado, pero dejando abierta la llave de paso y enchufada la caja registradora. Había que cuadrar presupuestos y que los agujeros, al menos, no escandalizaran. Así fueron saliendo Megido antes y luego Churruca, después Morán, más tarde Quini. Y Maceda, Mino, Esteban, Eloy, Zurdi. Así hasta David Villa.
Le fue saliendo a la edad de oro del Sporting una capa de herrumbre cuando el concepto de decisión estratégica se extravió en el puente de mando, rumbo hacia la modernización del club bajo un supuesto modelo de gestión empresarial. En cualquier empresa se definen las decisiones estratégicas como aquellas que comprometen una cantidad sustancial de recursos y determinan el futuro de la compañía a medio y largo plazo. Y según Edward Hallowell, un eminente siquiatra estadounidense, «para poder hacer lo que nos importa, necesitamos antes que nada saber lo que realmente nos importa». Al goteo selectivo con el grifo cerrado y la llave abierta sumó el Sporting SAD en el presente siglo el funesto negocio de ir perdiendo capital humano a cambio de nada (aquí, una larga lista de bajas, terminada preventivamente en «continuará»).
Algo grande se empezó a cocer a finales de los sesenta al lado de Avilés, lentamente, como una fabada rica y con fundamento. En una finca que Ensidesa comprara en Llaranes para usos deportivos funcionaba ya por iniciativa de Juan Muro de Zaro, directivo de la empresa siderúrgica, la primera escuela de fútbol de España. La Toba se adelantó seis años a la vizcaína de Lezama. Un convenio de colaboración con el Sporting, de interés recíproco, coincidió en vigor con los primeros frutos de la cantera: Castro, Quini, Megido, José Manuel, Churruca…, el armazón del equipo que al todavía Real Gijón (aquella ridícula prohibición de extranjerismos en los nombres) lo catapultó a Primera. Los siguieron camino del Sporting, ya sin convenio mediante, Esteban, Pedro Rodríguez, Vallina, Joaquín Villa, Tati, Juanma…
La fábrica de futbolistas en Llaranes entró en declive con la crisis menguante de la empresa siderúrgica, que culminó en los noventa con su privatización. El complejo deportivo de La Toba lleva hoy el nombre de Hermanos Castro por iniciativa del Ayuntamiento de Avilés.
Entre los protagonistas que ahora echan la vista atrás abunda el convencimiento de que aquella época de esplendor, que inopinadamente nació de un descenso en la segunda mitad de los setenta, no se valoró en su justa medida desde fuera, ni se tomó conciencia de su magnitud desde dentro. Fue tal vez esa mezcla de incredulidad y conformismo, más allá de cualquier sospecha de «mano negra» externa (que también), la que dejaría repetidamente el último peldaño, el de los títulos, pendiente de subir.
La siembra ya había echado las primeras raíces al comienzo de la década con el fulgurante ascenso del equipo que dirigía Carriega, bajo la presidencia de Carlos Méndez Cuervo y con Vicente Miera en la plantilla rojiblanca, apurando su carrera de defensa lateral que formara en el Real Madrid yeyé de los años sesenta. Carriega era un enamorado del fútbol ofensivo. Sus alineaciones parecían un cúmulo de delanteros y atacantes vocacionales, que él completaba rellenando huecos con la cuota básica de defensas protegiendo al portero. El armazón de aquel equipo se sostendría seis años en Primera, brindando tardes de fútbol alegre y vistoso a la parroquia en El Molinón.
A mediados de los setenta, Pasieguito influyó decisivamente en la llegada de Enzo Ferrero y casi trajo a Mario Alberto Kempes, y nos hubiera dejado en Primera muy guapamente en la que iba a ser su tercera campaña dirigiendo al Sporting, la 75-76, pero entre todos lo echaron y él solo se marchó. Le sucedió el francés Pierre Sinibaldi, que a su llegada esgrimía una convincente hoja de servicios al frente de un gran Las Palmas, pero en Gijón le cupo el dudoso honor de terminar la Liga colista con lo que hoy definiríamos como un plantillón.
De quien reemplazó al técnico de Hernani en el banquillo rojiblanco maliciaba Quini, la víspera de una vuelta de octavos de final de Copa (aún del Generalísimo, recién extinto), en el Manzanares de Madrid, en marzo del 76, cuando el cocido de la Liga ya olía en Gijón a chamusquina.
—A esti Sinibaldi tocó-y el carné nuna chocolatina de La Cibeles —sentenciaba el Brujo ante cinco chavales de Gijón demandantes de entradas, y salía corriendo por el hall del hotel Don Quijote, a ver si le sobraba alguna a Pepe Ortiz, que por algo era el delegado.
Empatamos en el campo del Atlético de Madrid, pese a adelantarnos en el marcador y vivir instantes de desasosiego en graderío ajeno por culpa de Josín Arbesú, uno de los nuestros, quien al 0-1 de Churruca saltó de la bancada como impulsado por un resorte, rodeado de indígenas de mirada torva.
—¡¡¡¡Goooooool!!!
Salimos ilesos, pero nos apearon los colchoneros con el 1-2 favorable de la ida y acabarían levantando la primera Copa que entregaba el rey, un trimestre más tarde, cuando la nutrida colonia sportinguista en Madrid ya se había despedido del Manzanares y del Bernabéu —quién sabía hasta cuándo—, buscaba Vallecas en el mapa, y Las Margaritas, el campo del Getafe (emoticono aquí de pánico), ni aparecía.
Notable centrocampista de joven y luego entrenador de renombre, Bernardino Pérez Elizarán fue Pasieguito en honor a su familia, natural de Vega del Pas, Cantabria (donde los sobaos incomparables, empatados con las corbatas de Unquera). En apenas dos años y solo una temporada completa dejó en Gijón el sello de un gran talento adobado en señorío, que excedía de largo el ámbito balompédico.
Solía haber en la mesa de Pasiego una botella de Paternina banda azul, con tres cuartos largos de vino, hasta más arriba de la etiqueta. En toda la comida no bajaba de nivel ni se movía el envase siquiera, pues era solo un señuelo. A los pies del técnico, bajo el mantel, menguaba lenta y discretamente un poderoso ejemplar de tinto Valbuena.
—Si me ven esta botella con poco vino —señalaba al Paternina—, soy un borracho. Si me ven con esta otra —apuntaba al Vega Sicilia—, me llamarán sibarita.
El porrón lleno de champán del caro era otro de los recursos de don Bernardino para disfrutar algunos placeres mundanos sin llamar poderosamente la atención, como el día que le dio a probar a Mauro Álvarez, Tamayo, leyenda del Sporting de la posguerra.
—¡Míster, está bueno este vino blanco!
Gijonés de El Llano, Tamayo fue, pese a su corta estatura, un excepcional defensa marcador. Tras su retirada continuó en el club de su vida como masajista y utillero, función esta última que le granjeó simpatías y total confianza de los entrenadores, Pasieguito entre ellos: «Es el primero en saber la alineación que voy a poner, para tener dispuesto el material, y jamás le dio el soplo a ningún periodista». Claro que el utillero del Eurosporting por excelencia es Juanín Zarracina, 42 años en el club, 38 de ellos adscrito al primer equipo.
El vino en el universo sportinguista de la época está más bien asociado a Vicente Miera, no precisamente por la predisposición del cántabro al chateo. Se servía en las concentraciones una copa por comensal (normalmente, Pepe Ortiz como delegado) y a los jóvenes novatos, que bebían agua, se los disputaban los veteranos para su mesa.
—¡Sentaivos aquí, ho!
No estaban particularmente interesados los mayores en una rápida integración de los chavales, sino en la ración de morapio que dejaban libre. Hasta que Miera cayó en la cuenta del estraperlo vinícola en sus mismas barbas y pasó a servir personalmente cada copa en cada mesa.
Pasieguito tenía un paladar selectivo para el buen vino, el champán caro y el coñac añejo. Él era muy de Lepanto, y Carmen, su mujer, de Carlos III. Y a los futbolistas con futuro los veía venir de lejos. Antonio Maceda era un juvenil en el equipo de su pueblo, Sagunto, y en la selección valenciana de la categoría cuando Pasiego se lo escamoteó en las narices a un indeciso Valencia, como en un número del mago Tamariz. Costó la apuesta por el Gran Rubio un millón y medio de pesetas, que a mediados de los setenta era dinero.
Era agosto de 1975, con Mario Kempes ya localizado en el radar del técnico (un año después lo llevaría con él al Valencia, y a Quini no se lo llevó, pero le había echado el anzuelo), cuando en Valladolid desplegaba el de Hernani su repertorio de pescador de altura. En el hotel Felipe IV, concentrado para la disputa del Trofeo Ciudad de Valladolid con el equipo anfitrión, más Os Belenenses y el propio Sporting, estaba el Boca Juniors de Pernía, Tarantini, Potente… y Ferrero. A este último ya lo había detectado en un periplo por Argentina el secretario técnico, Enrique Casas, que tenía ojo de lince y astucia de experto cazador, pero el fichaje, tasado en 14 millones de pesetas, no acababa de verlo claro un siempre prudente Ángel Viejo Feliú. El presidente tenía en plantilla a Churruca con su escarapela de internacional, y todavía a Alfredo Megido, que unos meses antes había debutado con la Selección absoluta y en cuestión de días sería jugador del Granada.
—Presidente, el año que viene Ferrero valdrá tres veces más.
La marcha de Pasieguito tras seis jornadas disputadas de la Liga 75-76 se reveló pronto como un mal golpe de timón que condujo al naufragio, aunque el descenso a Segunda pudo presentarse un año más tarde como el ejército prusiano camuflaba una derrota con retirada del frente: como un avance elástico sobre la retaguardia. En realidad, a aquel equipo le faltaba equilibro entre su excelente ataque y su limitada defensa.
Enzo Ferrero y su compatriota Mario Killer, zaguero de Rosario Central, se enrolaban en el Sporting a finales de agosto del 75, con un coste global de 22 millones de pesetas. La cotización del extremo no se triplicó al año siguiente, rompiendo el pronóstico alcista de Pasieguito, pero transcurridos dos entró en ignición y al tercero subió a la estratosfera.
Mario Colorado Killer estuvo tres años de rojiblanco: descenso, ascenso y UEFA, con salida conflictiva al acabar contrato, apelando a su condición de extranjero para escamotearle al club el recurso a la retención. Nunca acabó de disiparse la duda de si el férreo marcador que en Argentina le había llenado el ojo a Enrique Casas era Mario o su hermano Daniel.
Cómodamente retenido se quedó Ferrero diez años de fantasía, oyendo cada verano cánticos de sirena. Presume el Pibe de no haber presionado jamás para salir, aunque una advertencia a ese respecto se le atribuyó meses antes de que concluyera su primer contrato, en 1980: «El 30 de junio la jaula está abierta y el pájaro voló». No hubo tal vuelo porque en Gijón colgó las botas y renovó de por vida. Pronto hará medio siglo de aquel precipitado viaje en taxi desde Córdoba (la andaluza, claro) para maravillar desde el primer día, el siguiente, 30 de agosto de 1975, cuando Pasieguito lo alineó la primera parte ante el CSKA de Sofía, en el trofeo Costa Verde. Los aficionados más cercanos a su banda se miraban, alternando el regocijo y la perplejidad. Un candidato a mejor futbolista que jamás vistiera la camiseta del Sporting, como Enzo Ferrero Águila, no tuvo el homenaje a la altura de su legado deportivo. La puerta 11, una calle, una avenida, una estatua gambeteando por el parque, un monumento…, en cualquiera de sus variantes, pero en vida, como se tributa en Inglaterra. Exclusivamente por su fútbol y sin reparar en más consideraciones. Homenajes a los protagonistas más destacados de los años de gloria le quedaron al Sporting unos cuantos por tributar.
Un brote de rivalidad interna entre churruquistas y ferreristas no llegó a prender en la única temporada que los dos extremos compartieron vestuario. Y eso que la hinchada ya empezaba a dividirse tomando partido entre dos futbolistas de época. Los dos tenían en común el poder del desequilibrio y manejaban ambas piernas, aunque eran diestros y precursores en la moda de cambiarse de banda, entrar por la izquierda y abrirse al interior. Eran muy hábiles y valientes, en una época sin apenas cámaras de televisión en los estadios ni factores de protección para los hoy llamados jugones. Más bien al contrario, había permiso para zurrar. Churruca prefería que le mandaran balones en largo; Ferrero era más de pedirla al pie.
Coincidir hoy con Iñaki Churruca, algún lunes de tertulia futbolera en SER Gijón, es una delicia. La audiencia del programa se pierde por fuerza al guipuzcoano soltándose fuera de antena, lúcido y punzante, haciendo memoria de los buenos viejos tiempos.
—¿Que se corre más ahora? A mí me vas a decir lo que corría yo. Sobre todo, detrás de Carrete. ¿Y el barro? Ahora te salta un trozo de hierba y vas rápido a colocar el tapín.
A Churruca le revientan las comparaciones en el tiempo si la conclusión da ganador al fútbol actual, que al nivel de la élite vive dentro de una burbuja dorada, ajena al mundo exterior. Es el desfile de jugadores bajando del autobús en víspera de partido, con el neceser en el regazo y los auriculares de 300 euros en las orejas; imagen recurrente que los editores de noticiarios de televisión eligen por defecto para abrir la sección de Deportes los sábados, como la noticia del día.
—Estábamos de pensión en Casa Herminio —rememora Iñaki—. Golondru con patates todos los días para cenar. Entrenábamos en El Molinón, bocadillo en Casa Aurora y al autobús, a comer a León. Luego a Madrid, Atocha; coche cama y a Sevilla. Y vuelta después del partido.
Mirándolo desde el interior de la burbuja suena a la prehistoria, pero solo es el siglo pasado; antes del trabajo de fuerza en el gimnasio (que de aquella ni había, ni fuerza ni gimnasio), la bañera de hidromasaje y la cámara de hipoxia; antes de la modernidad tecnológica y el balón al primer toque como obsesión. Cuando no oías a un entrenador hablando de segundas jugadas ni de presión tras pérdida ni de generar superioridades por dentro o por fuera, o ambas. Ni de defender en bloque bajo como si estuvieras regateando precio con un agente inmobiliario. Ni te declarabas en fuera de juego devanándote los sesos tratando de asumir cualquier moda posmoderna, como esta última que asoma de abrir agujeros en las medias a la altura de la pantorrilla. La imaginas como lo de romper vaqueros adrede para arrimarse al grunge, pero resulta ser para que los gemelos respiren.
¿Cómo vas a imaginarte en esta era del big data a José Luis Viesca, cazatalentos y entrenador del mejor Sporting Atlético, aplicando aquella táctica suya de sacar un bolígrafo del bolsillo antes del partido, clavarlo en el campo para hacer un agujero y meter dentro el ajo de la suerte? ¿Y al escurridizo Pepe Lavandera, extremo en los sesenta-setenta, mojándose a escondidas la frente con agua, para simular una gran sudada al final del entrenamiento? ¿Y a Alfredo Megido, que le sucedería en la banda derecha, avisando a su lateral «¡ahí te lo mando!» cuando el contrario se lanzaba al ataque y él no bajaba a defender?
Ningún lunes de pretertulia radiofónica fuera de antena llegamos a recordar, por ahora, si Enrique Casas Cabo, que fue secretario técnico del mejor Sporting de todos los tiempos, dio alguna vez una rueda de prensa requerido de urgencia por el sector más friki de la afición, para valorar un cierre de mercado de fichajes, o si comparecía voluntariamente a finales de junio armado con un proyector de filminas y enfundado en un chándal de licra rojo pasión, del que se iba despojando según hacía balance de la temporada. En la tarjeta de visita de Casas pondría hoy «experto en gestión de talento», en lugar de «cazador astuto», que se entiende mejor, pero suena a personaje de Miguel Mihura.
«Nunca fiché a un jugador sin comer o cenar con él — reveló Casas años más tarde a Mario D. Braña en La Nueva España—. Los partidos nunca los veía en el palco, me ponía entre la gente, y escuchaba (…). Fui a Sagunto porque Pasieguito me había hablado de Maceda. Con los pies no andaba bien, pero lo recomendé advirtiendo que estaba un poco verde (…). Lo de Mesa fue por la insistencia de un amigo de Algeciras, que me llamó cuatro o cinco veces. A primera vista la pinta era innoble, pero como futbolista olía bien».
Casas dejó una frase ilustrativa sobre el oficio de secretario técnico en una entrevista de Vicente Bernaldo de Quirós para La Revista del Sporting: «Hay que tener el mismo olfato que Quini para el gol».
Puede que la figura de precursor del Eurosporting la encarnara sin saberlo Tati Valdés, que en la primera mitad de los setenta estaba en el apogeo de su carrera. Los veranos solían traerle algún competidor que aspirara a desbancarlo de su puesto de director de orquesta, y él vaticinaba sobre seguro encogiéndose de hombros: «Ya llegará el invierno».
Invierno en el fútbol del siglo pasado quería decir media temporada oficial maniobrando sobre el barro, calculando a ojo dónde estaba el charco en el que frenaría el balón. Y sobre agua y barro no había nadie que compitiera de igual a igual con Tati, la Maquinona de Mieres, que, bajo su apariencia de oficinista calvo y eficiente interpretado en el cine por Agustín González, era un portento físico. Su zurda de delineante desplazaba balones en corto y en largo, a derecha e izquierda, como las escobillas del limpiaparabrisas funcionando. Mucho antes de que a eso de lanzarse al corte resbalando por el césped húmedo lo llamáramos tackle, el de Mieres ya lo practicaba con fruición, pues se contaba entre sus especialidades y formas de diversión. Otra de ellas, fuera del tajo, eran sus célebres chistes de expositor de gasolinera, cuando Arévalo todavía empezaba.
En 1973 se abrió el fútbol español al mercado exterior, y el Sporting apostó por la vía argentina. Víctor Hugo Doria, de San Lorenzo de Almagro, llegó para reforzar una defensa blanda por naturaleza, y Ángel Flaco Landucci, el cerebro de Rosario Central, internacional con Argentina, era el candidato para tomar la batuta en Gijón y ponerse a dirigir.
—Vos pasámela, que yo reparto —le pedía el Flaco allí en el medio a Tati Valdés.
—¡Tú corre, que pa repartir ya estoy yo! —obtenía por respuesta el rosarino.
«Si yo hubiese nacido feo, ustedes no habrían oído hablar de Pelé», advirtió tras retirarse George Best, el quinto Beatle, proclamado Balón de Oro en 1968, con 22 años. Cuando Valdés colgó las botas tras catorce temporadas de rojiblanco repartiendo juego, bien pudo haber adaptado la célebre confesión del genio de Belfast. Algo del estilo: «Si hubiera nacido asceta, no habríais oído hablar de Zidane», a quien Valdés sí vio, por cierto, jugando con el Girondins de Burdeos, siendo el francés un pipiolo. En Mareo comunicó el hallazgo, pero ni le hicieron caso, arruinando lo que tenía pinta de ser una «decisión estratégica». El sportinguismo en general tardó toda una vida en convencerse de que la Maquinona de Mieres veía el fútbol como nadie, lo mismo abajo en el campo cuando alimentaba a sus extremos con pases de cuarenta metros, que sentado luego en el banquillo, o arriba en la grada en puesto de observación.
Que Crisanto García Valdés haya pasado a la historia por el peluquín de Rodri Top que se le escurrió una noche en El Molinón, jugando un partido ante la Real Sociedad —que además era televisado—, dice mucho acerca de los cronistas de la historia y sus extravagantes prioridades: si ante todo nos interesa el fútbol o nos perdemos mirando el envoltorio. Es recurrente preguntarse hoy hasta dónde habrían llegado aquellos ídolos nuestros de la infancia y la adolescencia, metidos como los de ahora en la burbuja, aislados del ruido exterior, programados por computadora, equipados con la última tecnología y rodeados de asistentes personales, sicólogos, nutricionistas…
… Alguno habría elegido meterse a cartujo.
—Oye, amigu, yo vengo aquí a decir lo que me da la gana. ¿Estamos?
Tragué saliva. Me salió del gaznate un ¡glabs! como el bocadillo que Ibáñez le ponía a Filemón cuando una pifia de Mortadelo lo dejaba a merced de Anselmo el Paquidermo. Jugándose en El Molinón la segunda parte de un derbi regional de pretemporada, con el trofeo Costa Verde en disputa, el amigu aquel del peldaño anterior en la grada este se inclinaba sobre mi oreja para hacerme partícipe de su particular concepto de libertad de expresión, al tiempo que depositaba sobre mi hombro una de esas manos de porteador de frigoríficos combi, de vigilante de zona restringida o pelotari manomanista. Esa mano de Victor McLaglen en El hombre tranquilo, que cuando la sacaba a pasear te descomponía en factores primos.
El guantazo que como nunca antes ni después me rondó en un graderío, el 15 de agosto de 1976, fue un conflicto de pareceres acerca de Joaquín Alonso, debutante aquella noche en el primer equipo del Sporting con 20 años flamantes y al cabo de dos temporadas de meritorio en los barrizales de Tercera y Preferente. Se jugaba un Sporting-Oviedo insípido y deprimido, con los eternos rivales hermanados en el fiasco reciente de un descenso conjunto a Segunda División. Un desencanto teñido de escepticismo se hacía patente en las gradas, al poco del pitido inicial, cuando el vecino a mi espalda ya abría fuego contra aquel recluta bigotudo de porte largo y encorvado; una rara estampa a medio camino entre mediofondista de 1500 y cantante de Queen.
—¡Mirailu, ho! ¡Pero ónde vamos con esi maizón! ¡Si ye igual qu’una cigoreya!
—Mucho entendidu hay por aquí —me atreví a musitar a mi vera a mi compañero de bachiller Miguel Ollé, en un temerario exceso de confianza por mi parte, pues aquel bocazas fustigador de debutantes andaba mal del olfato, sin duda, y de otros tres de los cinco sentidos, pero el oído le iba al charrán como la seda.
Que había mucho entendido, mucho visionario con gafas de cartón sembrando el derrotismo en aquella grada se hizo bien patente cuando Joaquín, que ya había abierto el marcador en la primera parte, lo cerró en la segunda anotando el 3-0 tras una filigrana de despedida de Churruca, quien un par de semanas más tarde se mudaría a Bilbao sin cambiarse el rojiblanco. Si pregunto quién fue el autor del 2-0 me van a decir que Quini. Y acertarán.
Joaquín Alonso representa como nadie la era del Eurosporting. Aquellos años de fútbol excelso y partidos de leyenda con goles para enmarcar, vibrantes duelos en la cumbre, turismo oficial por Europa y subcampeonatos a modo de consolación. La añorada edad de oro, que apenas vemos ya por el retrovisor próxima a difuminarse. Empezó la larga singladura del larguirucho esa noche de Begoña a la orilla del Piles, entre malos augurios de los parroquianos más derrotistas, y echó el ancla al cabo de dieciséis temporadas, en el mismísimo Chamartín, en mayo del 92, cuando sobre el fútbol profesional ya se cernía la ley de Sociedades Anónimas Deportivas, supuesta panacea vendida como vacuna sanadora de los endeudados clubes, y que una década después había destruido el ecosistema.
Los 479 partidos que Joaquín disputó en Primera División —otros 200 más oficiales— le mantienen, al cabo de treinta años de engorde de calendarios de competiciones, entre los veinte futbolistas de más largo desempeño en la Liga española. Con sello de fidelidad añadido en su caso, pues el gran capitán sportinguista es miembro del distinguido One Club Man: futbolistas que no cambiaron de equipo en toda su trayectoria profesional. Lo integran leyendas como Jackie Charlton (Leeds United), Paolo Maldini (Milan), Jamie Carragher (Liverpool)… o Piru Gaínza (Athletic Club), Carles Rexach (Barça), Luis Arconada y un puñado más de coetáneos suyos en la Real Sociedad; termómetro este del sentido de pertenencia que por tradición imprime la cantera donostiarra; como el que en Gijón adornó a Pepe Ortiz, Armando Medina, Jesús Castro o Juan Carlos Ablanedo, honorables one club men de cuando no teníamos noción alguna de lo que tal cosa significaba. Los Manolos sportinguistas —Mesa y Jiménez— deberían ser hoy miembros destacados de ese selecto club, pero como diría Moustache, el camarero filósofo de Irma la Dulce, esa es otra historia.
Anticipándose en décadas a las celebridades de la era digital con cuenta en la antigua Twitter —hoy X, o como diantre la quiera llamar el chiflado de su dueño—, Joaquín tuvo su propio hater (antes detractor) particular. Cuentan testigos de la época que se apostaba el hombre en preferencia, tras el banquillo local, y allí iba deplorando vehemente, partido a partido. Así durante años, hasta que en fecha no determinada se le perdió la pista al furibundo objetor, cambió sus pullas de destinatario o, desesperado, se pasaría al curling.
Más que un detractor de carne y hueso, el hater de Joaquín era una especie de metáfora. Sobre un porcentaje nada desdeñable de quienes forjaron la edad de oro del Sporting —de actores de reparto a cabezas de cartel— cayeron en algún momento los pulgares señalando hacia abajo, los silbidos de descontento, la incomprensión, el reproche, cuando no la bronca gruesa. Ese olfato extraviado de lo que la retranca popular acabaría bautizando como «el sabio Molinón», mucho tiempo después de la noche en que Antonio Maceda zanjara una continuada lluvia de improperios en su contra respondiendo a la grada levantisca con un entreverado de goles y cortes de manga. Le costaron una expulsión. «Fue algo que me salió del alma y en ese momento no pude reprimirme».
Era un partido de Copa frente al Titánico de Laviana, jugando Maceda de centrocampista. En una esquina del fondo norte se concentraban los trolls del saguntino y aquella extraña mujer que tras los partidos se apostaba a la salida del garaje para el saludo de rigor:
—¡Carachupu, que yes un carachupu!
Los cortes de manga también cortaron de raíz la corriente opositora, a la espera de que el presidente, que había sido futbolista, comprendiera el calentón y condonara la multa.
Joaquín y Maceda eran los ojitos derechos de Miera: «Lo van a matar; lo tiene que hacer él todo», se inquietaba el cántabro en el banquillo viendo a Joaco porfiar entre rivales. Y qué decir de cuando Quini, a centro de Joaquín desde la derecha, metía alguno de sus formidables cabezazos o empalmaba un obús a la escuadra: «¿Visteis cómo se la puso?».
El Eurosporting nació (ahora arrancaría, pues en el fútbol y en la vida ya nada empieza, comienza, se inicia, se inaugura, abre o entra en vigor; todo arranca, menos el Toyota aquel de Carlos Sainz) con un descenso a Segunda División, duro de asimilar tras seis temporadas en la élite, si bien algunas ya habían avisado del peligro, con apuros clasificatorios e incertidumbre hasta el final. Fue un sorprendente gatillazo acabar colistas para una plantilla con Churruca, Quini y Ferrero formando un frente de ataque que Transfermarkt valoraría hoy en 250 millones de euros, así por encima, para empezar a hablar. Con Quini otra vez como máximo goleador del torneo no era difícil imaginar el timbre del teléfono insistiendo todo el verano en el despacho presidencial de Ángel Viejo Feliú, con los grandes potentados de la Liga dispuestos a pescar en río revuelto.
La pieza mayor la cobró el Athletic de Bilbao, decididos en El Bocho a recuperar a golpe de talonario al juvenil de Zarauz que nueve años atrás se les había escapado en las mismas narices, rumbo a Gijón con escala de fogueo en Llaranes a vestir la granate del Ensidesa. En Madrid y Barcelona llevaban tiempo preguntando por Quini, y así seguirían insistiendo los azulgranas hasta doblegar la última resistencia, cuatro años más tarde, cuando se rompía al fin la pareja más fabulosa que hayamos disfrutado en directo —Quini y Ferrero— sin ir más lejos.
A Ángel Viejo también le costó ganarse el reconocimiento del sportinguismo, ahora unánime. Y eso que llegó a la presidencia elecciones mediante, ganando por solo tres votos a su contrincante en las urnas, Enrique López. Si al tercer año de mandato se le cayó el equipo a Segunda, un intento anterior de sentar en el banquillo rojiblanco a un grande de Europa obtuvo como saldo un sonoro fracaso. Gijón bautizó aquel episodio como «la espantada de Zebec»: un desaire para el Sporting y su junta directiva, que años después suspiraría aliviada por el abortado fichaje de quien hoy definimos como «entrenador top», zambullidos en el anglicismo.
El croata Branko Zebec llegó a Gijón en enero de 1974 para firmar por el Sporting, con una llamativa hoja de servicios bajo el brazo: dos títulos de Liga y uno de copa en la Alemania Federal, al frente nada menos que del Bayern Múnich y el Hamburgo SV. Con fama bien ganada de duro, exigente e irascible, Zebec huyó por sorpresa, sin despedirse y sin firmar el contrato que le tenían preparado, dejando un punzante «Sporting, muy pequeño» como mensaje de despedida. Reacción destemplada a la frágil infraestructura de medios de trabajo que el club le había mostrado la víspera.
La Fontanía y la Universidad Laboral alternaban como campos de entrenamiento de la plantilla rojiblanca a mediados de los setenta, con el de Los Fresno, en el solarón de El Llano —vendido después en dos plazos para «hacer cash»— como escenario puntual de partidos amistosos y ensayos generales.
«De La Fontanía queda un cachín», explica Ciriaco Cano al describir hoy la finca que caía por donde La Guía, cuyo nombre casi nadie recuerda y que con el tiempo y el ladrillo derivaría en urbanización de chalés. «La poca hierba que había era comida de las vacas que soltaban por allí, así que nosotros íbamos sorteando la mierda y los agujeros que dejaban». Terminaba la sesión preparatoria y un autobús accedía al singular equipamiento deportivo de alto rendimiento para trasladar a la plantilla a El Molinón, donde poder ducharse tras un concienzudo preámbulo de sacudirse el barro y otros marrones de encima.
A medio camino entre realidad y leyenda, la espantada de Zebec fue el germen de la Escuela de Fútbol de Mareo, que Viejo Feliú imaginó y empezó a levantar en respuesta al frustrado fichaje del entrenador que le dio la espantada, y en buena hora, por cierto, pues ya corría por Alemania el rumor que pronto estallaría en noticia: mucho más que su aversión a los ñordos de vacuno de La Fontanía y a entrenar en sembrados, en Branko Zebec sobresalía una acusada tendencia a empinar el codo. Tanto que arruinaría su carrera.
Agosto del 76 lo despidió el Sporting con una histórica convocatoria de socios compromisarios en la Casa Sindical de Gijón. El salón de actos que años más tarde aglutinaría al sindicalismo asambleario en lucha contra el desmantelamiento industrial de la comarca fue aquella tarde una balsa de aceite, pese a que Ángel Viejo no había podido asegurar unos días antes que Quini y Churruca empezarían la Liga con el Sporting. La directiva rojiblanca llevaba el plebiscito preparado a conciencia. Su petición de visto bueno a la marcha de Churruca obtuvo un amplio respaldo, con 179 votos a favor, 84 en contra y 5 abstenciones. Y debía haber otra propuesta sobre la mesa, el traspaso de Quini, que finalmente ni se votó. Se limitó el presidente a comunicar que el Barcelona ofrecía por escrito 50 millones de pesetas por el delantero centro. Su homólogo azulgrana, Agustín Montal, había resuelto viajar a Gijón en persona a por el pichichi de Primera, con una oferta inicial de 42 millones de pesetas que acabaría subiendo a 50.
El resultado de la asamblea de la Sindical lo recibió Quini como una afrenta. Aunque nunca valoró como opción declararse en rebeldía con el club, por su cabeza pasó la idea de la retirada. Dejar el fútbol y aceptar una oferta de empleo de una empresa textil catalana. Así lo contó al menos el propio jugador en el libro Compañero Quini, que dos años más tarde publicó su antiguo compañero y capitán, José Manuel Fernández, con el elocuente subtítulo El difícil camino del gol. Era la segunda vez que se cernía sobre tan exitosa carrera la sombra de una jubilación anticipada, tras la alarma inicial difundida por la triple fractura del pómulo izquierdo que el codazo de un rival le provocara en febrero del 72, jugando con la Selección frente a la de Irlanda del Norte. Aquel mal augurio se disipó tan pronto que transcurridos tres meses ya estaba Quinocho martilleando balones con la cabeza, como si tal cosa.
Con el dinero del traspaso de Iñaki Churruca, la maquinaria pesada no tardaría en entrar en la finca de los sueños de Viejo Feliú, en la parroquia de Leorio, con los planos de obra de Miguel Díaz Negrete, el arquitecto que ya había trabajado en una anterior ampliación de El Molinón. Directivo en la junta de Viejo Feliú, había sido presidente interino a finales de los sesenta y favorito para continuar en el cargo, hasta que él mismo propuso felizmente el nombre de Carlos Méndez Cuervo. Además de muy sportinguista, Negrete era figura consagrada del modernismo y un apasionado del golf. La vena de arquitecto le venía de familia, pues a su padre, José Avelino Díaz Fernández-Omaña, ya le debía Gijón La Escalerona de la playa de San Lorenzo.
