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"El modo en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás es el más fiable instrumento de medida de nuestra salud mental." Así comienza esta obra. A través de un lenguaje claro y divulgativo, el lector encontrará en ella claves sobre cómo se originan en la pareja el amor y sus conflictos. El autor, a través de teorías actuales de psicoterapia, neurociencia y antropología, nos muestra a la pareja como un sistema complejo en el que una gran variedad de factores influyen tanto en el origen como en el mantenimiento de relaciones, independientemente de que sean sanas, adictivas o conflictivas. Las explicaciones accesibles, acompañadas de diversos casos, con referencias al cine y a personajes literarios, se deslizan entre las líneas provocando que el lector descubra cuestiones tales como por qué es tan importante el inicio de la relación y por qué elegimos repetitivamente determinadas parejas, por qué sufrimos con relaciones negativas que aun así no abandonamos o por qué se experimenta miedo al compromiso.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Colección Con vivencias
38. El clavo ardiendo. Claves de las adicciones amorosas y los conflictos en las relaciones de pareja sanas y patológicas
Segunda edición (en papel): diciembre de 2014
Primera edición: junio de 2019
© Luis Raimundo Guerra Cid
© De esta edición:
Ediciones OCTAEDRO, S.L.
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ISBN (papel): 978-84-9921-437-5
ISBN (epub): 978-84-17667-72-6
Ilustración de la cubierta: Javier García Mora
Diseño de la cubierta: Tomàs Capdevila
Realización y producción: Editorial Octaedro
El modo en que nos relacionamos —con nosotros mismos y con los demás— es el más fiable instrumento de medida de nuestra salud mental.
A mis pacientes
El autor del libro que tengo el honor de prologar es psicoanalista y antropólogo y, como veremos, integra admirablemente en el texto sus saberes de manera armónica y sin disonancias. Que yo sepa, su caso no es enteramente nuevo ya que dos investigadores, George Devereux y Geza Roheim, fueron también psicoanalistas y antropólogos, pero se trata de una situación muy distinta, ya que los dos, en sus escritos, enfrentaron ambas disciplinas, tomando radical partido por las teorías psicoanalíticas en su polémica con las investigaciones de la antropología, con lo cual contribuyeron al distanciamiento e ignorancia mutuas. En contraposición a esto, podemos decir que uno de los mayores méritos del libro que ahora nos ocupa es el de que en él se conjugan, admirablemente, los conocimientos antropológicos con los psicoanalíticos y los neurocientíficos. Para una mayor comprensión será mejor hacer un poco de historia.
Hasta ahora, pues, las relaciones entre el psicoanálisis y la antropología no han sido buenas. La disputa arranca de antiguo y tiene como punto principal de discordia la exigencia de los psicoanalistas de que los antropólogos confirmen la veracidad de las principales hipótesis y conceptos psicoanalíticos —específicamente la existencia del complejo de Edipo en todos los seres humanos, independientemente de cualquier circunstancia histórica y social, cosa que las investigaciones antropológicas han refutado por entero, a excepción de los juicios emitidos por los ya citados Devereux y Roheim. Tampoco ha sido confirmado por la antropología que en todos los seres humanos, sin excepción, la evolución de la psicosexualidad tenga lugar siguiendo las etapas descritas por Freud.
Quien primero discutió las tesis freudianas fue, en Gran Bretaña, Malinowski, a través de sus investigaciones en las islas Trobriand, investigaciones en las que describió el sistema matrolineal en el cual los deseos incestuosos del muchacho se dirigen hacia sus hermanas, mientras la rivalidad y competividad se centra en el tío materno. Malinowski fue duramente contestado por Ernest Jones a través de la Sociedad Británica de Psicoanálisis, y más tarde por Geza Roheim.
Pero desde Malinowski hasta la actualidad, la lista de antropólogos, conductistas, sociólogos y psicoanalistas que se han opuesto a la idea de la universalidad del complejo de Edipo, considerándolo un producto de la organización social propia de la civilización occidental, es muy extensa. Como figuras destacadas en este sentido podemos citar a Abram Kardiner, Karen Horney, Erich Fromm, Roger Bastide, Lévi-Strauss, etc. En general, dentro del psicoanálisis relacional el complejo de Edipo es considerado como un factor muy secundario, propio de determinadas estructuras familiares.
En el sentido que estoy comentando, podemos considerar el libro de Guerra como el libro que muchos hemos estado esperando, un libro en el que se aúnan antropología y psicoanálisis para fecundarse mutuamente, sin perderse en inútiles discusiones y descalificaciones.
Ya en el mismo prefacio, Guerra nos aporta profundas reflexiones acerca de los más arduos «cómos» y «porqués» de las relaciones de pareja, del enamoramiento, de las disfunciones amorosas, de su patología, del significado del otro en el amor. La idea fundamental que plantea, alrededor de la cual se desarrollará después todo el texto, es la importancia fundamental para el ser humano del amor, amar y ser amado. El amor se presenta en la vida de muy diversas formas: de pareja, paterno/filial, amistad, ideales, amor al prójimo, etc. Guerra se centra en el amor de pareja, que tanto para él como para mí es el más significativo y específico en la vida de los humanos e incluye la sexualidad en sus aspectos más elevados y alejados de la pura instintividad. Voy a centrarme unos momentos en este punto, el porqué de esta enorme relevancia que posee el amor de pareja en la vida de los humanos, que nos plantea Guerra.
Pienso que el amor de pareja constituye una de las formas de lo que el antropólogo L. Duch llama «estructuras de acogida». El ser humano nace indefenso, desvalido y necesita ser acogido por la madre y el entorno de esta, a cuyo conjunto llamamos la «matriz social», la cual constituye un útero que substituye al útero biológico de la madre, que ha acogido al recién nacido durante nueve meses. En un principio, esta nueva matriz provee las necesidades más elementales, tanto en lo biológico como en lo emocional, para hacer posible el crecimiento físico y mental del niño, el cual, en un breve espacio de tiempo ha de pasar del «caos» al «cosmos», del «estado de naturaleza» a la inmersión en una cultura determinada, aquella en el seno de la cual ha nacido y de la cual ha de formar parte. Pero el ser humano es contingente, precario, siempre con la perspectiva de la enfermedad y la muerte ante él, siempre sujeto a lo imprevisible, al azar, a la buena o mala fortuna. No ha decidido por sí mismo nacer ni vivir, se halla en un mundo, una sociedad y una cultura que él no ha elegido y debe orientar su vida, trazar un camino a seguir para construir su propia individuación y su identidad, diferente al mismo tiempo que igual al otro; diferencia en la igualdad, para poder seguir perfilando su individualidad y mantener una evolución propia durante todo el curso de su existencia hasta el mismo momento de la muerte. Pero para que ello sea posible ha de contar con un tejido social, distinto en cada etapa de su existencia, que facilite y moldee, respetando al mismo tiempo su individualidad, el despliegue de sus potencialidades innatas. La concreción de este tejido social facilitador del desenvolvimiento es lo que podemos llamar estructuras de acogida que, como una continuación de la acogida materna que hace posible que el niño inicie su evolución en los primeros años de su vida, otorguen al ser humano aquellos elementos materiales, emocionales e interpersonales precisos para una continuación ininterrumpida de su despliegue existencial. Y ello porque para el ser humano, a diferencia de lo que ocurre con los animales, el equipo instintivo es —¡afortunadamente, porque de lo contrario no sería humano!— pobre e insuficiente. Por eso Nietzsche decía que el ser humano es «un animal no fijado», porque nunca está totalmente limitado y constreñido por su naturaleza biológica y su instintividad, ni totalmente reducido y acotado por el entorno social y la tradición cultural en la que vive. Las estructuras de acogida son, pues, las distintas configuraciones sociales que en los diferentes y progresivos períodos de su existencia, y en los graduales niveles de su desarrollo físico y mental, acogen al ser humano y le permiten construir su propia realidad y su particular visión —tanto en el sentido emocional como en el intelectual— del mundo y de la vida, de la que no podemos decir que es exterior a él puesto que, a la vez, forma parte de él mismo. Esta última es, precisamente, una de las cuestiones más complejas con las que ha de enfrentarse el ser humano, en la realidad práctica y en su filosofar. Y ahí radica —y pido perdón al lector por la digresión necesaria para llegar a este punto— la relevancia exquisita e imponderable que alcanza la relación de pareja en la vida humana: la relación de pareja constituye, después de la matriz relacional, la más importante estructura de acogida que la vida ofrece a hombres y mujeres. Y por eso hombres y mujeres la buscan desesperadamente, y cuando fracasan vuelven a intentarlo una y otra vez, siempre con la esperanza de hallar una relación en la que sentirse acogidos y que cure las heridas que les inflige la vida. Cuando la verdadera relación amorosa llega a su plenitud, una plenitud que es el darse el uno al otro, puede decirse que se ha conseguido construir la estructura de acogida más perfecta que la vida puede ofrecer.
Unas palabras más en torno a la relación de pareja en el sentido que he estado comentando. Ahora está ya admitido por los antropólogos, y por un número cada vez más significativo de analistas, que el ser humano no tan solo es esencialmente relacional, sino que él mismo es relación, de manera que sin relación no es, en virtud de su propia constitución biológica. Y por ello podemos decir que es intersubjetivo, porque necesariamente ha de construir su subjetividad, su self, a través del intercambio emocional con el otro que le lleva a reconocer la subjetividad del otro y, al mismo tiempo, la suya. El pensamiento psicoanalítico moderno, apoyado por la biología y la neurociencia, camina en esa dirección. Y, por tanto, no es aventurado afirmar que una exitosa relación de pareja es la mejor oportunidad que puede darse para el crecimiento, armonización y consolidación del self. En los estados patológicos de la mente, paciente y terapeuta crean un campo intersubjetivo, ese tercero del que nos habla Guerra en algunos momentos de su libro, para que, mediante la mutua comprensión y reconocimiento del mismo, uno y otro vayan modificando y reconfigurando la propia subjetividad.
A lo largo del libro nos vamos encontrando con muchos pasajes que atraen la atención del lector, ya sea desde el punto de vista antropológico, psicoanalítico, sociológico o, simplemente, humano. Detenerme en las ideas que suscita cada uno de ellos requeriría, por lo menos, otro volumen. Deberé contentarme con añadir pinceladas referentes a aquellos por los que personalmente me siento más atraído.
Tal vez habría sido necesario decir que, aunque el título del libro hace pensar que en él hallaremos, únicamente, referencias a la patología amorosa, nos encontramos con que la primera parte más bien constituye un tratado de aquello que concierne a la buena salud de la pareja y a puntos de reflexión acerca de lo que es necesario para establecer una relación positiva y mantenerla. Por ejemplo, cuando Guerra se refiere a la importancia de las condiciones iniciales en las que ambos componentes se sienten atraídos el uno por el otro. Mi experiencia, como clínico, es la de que un factor muy importante en el fracaso de las relaciones de pareja, constituidas como matrimonio o no, se debe en el momento presente a una falta de cuidado, de preocupación por las circunstancias que rodean el comienzo de la relación y a la falta de una cierta programación de aquello que se espera de la persona con la que se decide compartir la totalidad de la vida o, por lo menos, una parte muy importante de ella. Cuando flota en la mente la idea que se ha hecho popular con el eslogan de «mientras dure», el fracaso está casi asegurado. La relación de pareja es un asunto plenamente emocional, pero no solo emocional, y cuando la elección del otro tiene lugar tan solo sobre las bases de la atracción física se unen los cuerpos, pero no las mentes y la verdadera comunicación, que es comunión de afectos, de preferencias, de significados, de esperanzas y de proyectos vitales no llega a tener lugar.
En este sentido, me parece muy acertado que Guerra mencione ampliamente las pautas que ofrece Erich Fromm, en su libro El arte de amar, para que nazca y se mantenga una relación amorosa fecunda y duradera. El pensamiento de Fromm ha alcanzado una gran difusión en el ámbito social y cultural, pero, tal vez precisamente a consecuencia de su lenguaje claro y sencillo y al hecho de centrarse en cuestiones de interés social —lo cual le llevó a una gran aceptación por parte del público en general— fue poco apreciado por los psicoanalistas clásicos o tradicionales, apegados a sus convicciones de que el psicoanálisis es una ciencia que se basta a sí misma, sin necesidad de diálogo con las otras disciplinas científicas. En la actualidad, el psicoanálisis relacional ha puesto de manifiesto la imprescindible necesidad de que el psicoanálisis entre en el diálogo interdisciplinar, especialmente con las neurociencias, las ciencias cognitivistas, la antropología y la filosofía, y ello ha hecho que el pensamiento de Fromm esté siendo recuperado por analistas, sociólogos y pensadores en general.
Muy en línea con Fromm, Guerra nos ofrece, también, su propia perspectiva de en qué consiste el verdadero amor a la pareja y el matiz emocional de entrega al otro, cesión de la propia personalidad, apoyo, incondicionalidad y donación para que el amor mutuo profundice y florezca. Como clínico puedo afirmar que, si las orientaciones que nos ofrecen tanto Fromm como Guerra no se hubieran dado de lado en esta época de crisis que se considera económica pero que, en el fondo, es la consecuencia de una crisis de valores, no asistiríamos al elevadísimo número de rupturas matrimoniales y de pareja que en la actualidad se produce, ni habría tantos niños deambulando del hogar materno al paterno y viceversa.
La microcomunicación es uno de los temas interesantes y novedosos que introduce Guerra, para una idónea comprensión de los mensajes que los miembros de la pareja intercambian entre sí. La neurociencia cognitivista nos ha enseñado que la recepción de la información no es únicamente lineal y secuencial, sino que, en virtud del principio del procesamiento de la información paralelamente distribuida, dos o más interlocutores están emitiendo y recibiendo mensajes no solo a través del sentido semántico de las palabras, sino también, paralelamente, mediante el tono, el ritmo, la modulación de la voz, los silencios y un sinfín de expresiones faciales, pequeños gestos que acompañan el lenguaje etc., y todo ello, tanto en la emisión del mensaje como en la recepción, transcurre, en gran parte, a nivel del inconsciente de procedimiento. Esto da lugar a que los componentes de la pareja no perciban conscientemente toda la dimensión de su relación y, por ello, en muchas ocasiones, cuando acuden al terapeuta explican que las cosas van mal entre ellos, que se sienten incómodos, irritados, desencantados, molestos el uno con el otro, sin saber por qué. En las sesiones de tratamiento el terapeuta ha de estar muy atento para captar esta microcomunicación implícita e inconsciente y ponerla al descubierto para que los sentimientos, quejas, protestas y demandas puedan ser objeto de debate y reflexión.
En el momento actual viene muy a cuenta la postura de Guerra frente a la insistencia de algunos que se creen científicos, pero que en realidad son «cientificistas», en proclamar a los cuatro vientos que el amor «no es más que» una cuestión de neuroquímica. Esta postura reduccionista que pretende ser científica es fruto de la ignorancia de lo que nos enseñan hoy en día las «ciencias de la complejidad». Cualquier fenómeno físico —y no digamos mental— es extremadamente complejo, sujeto a múltiples variables y contingencias, por lo que la posibilidad de reducirlo a un esquema o explicación simple y lineal que nos permita comprenderlo en su totalidad y predecir con exactitud su posible evolución ha sido abandonada por la ciencia. Como señala Guerra, ciertamente se han hallado algunas zonas del cerebro particularmente activas en las emociones propias del amor erótico, pero, muestra de la complejidad de los hechos es, por ejemplo, que las mismas zonas participan, con idéntica intensidad, en las emociones materno-filiales.
Se halla hoy en día muy admitida dentro del pensamiento psicoanalítico la idea, fruto de las investigaciones del Grupo de Boston para el Estudio del Cambio Psíquico, de que durante el proceso psicoanalítico se producen en el contexto de la relación terapéutica determinadas situaciones, denominadas momentos de encuentro, en las que tiene lugar una modificación emocional de ambos componentes de la díada analítica. Guerra tiene el acierto de resaltar que, en muchas ocasiones, el «enamoramiento» puede ser comprendido como uno de estos momentos de encuentro explicados por el psicoanálisis.
En la época que estamos viviendo, los conflictos de pareja —matrimonial o de hecho— seguidos de ruptura están en pleno auge, tanto en España como en el resto de lo que se considera la civilización occidental. Al haber hijos de por medio en la mayoría de los casos, este hecho alcanza proporciones dramáticas. Debido a ello, la gran amplitud, y originalidad, con que el autor trata esta cuestión resalta la importancia de este libro. Me parece muy original su concepto de los conflictos de pareja como una afectopatología amorosa, a la cual se refiere como «un inconsciente común entre los dos miembros de la pareja y un desajuste severo en la gestión de las emociones y los afectos así como una distorsión en la valoración de “dónde” (en qué tipo de personas) y “para qué”». La clasificación de las diversas afectopatologías que establece Guerra me parece un excelente instrumento para que el profesional que desea ayudar a una pareja en conflicto tenga un esquema que le permita orientarse acerca de qué es lo que está sucediendo entre estos dos seres humanos.
También deseo decir algo sobre la referencia de Guerra al hecho de que muchos padres y madres proyectan su narcisismo en los hijos. Desafortunadamente, la sociedad actual, con su apetito desmesurado de fama, prestigio, dinero y poder, favorece que uno o los dos progenitores intente curar sus frustraciones y heridas narcisistas presionando al hijo/a para que sea una primera figura deportiva, o para que siempre obtenga las máximas calificaciones en la escuela, o, más adelante, especialmente en lo que concierne a las hijas, para que destaquen por su belleza y atractivo físico, etc. Naturalmente, solo en casos excepcionales el hijo/a puede satisfacer estas exigencias; muchas veces, como se ha comprobado repetidamente en la práctica, a costa de graves problemas emocionales intrapsíquicos e interpersonales.
Deseo, finalmente, decir algo acerca de la perspectiva de la familia como sistema que plantea Guerra en algunos momentos del texto. Me detendré unos momentos en esto, porque me parece de capital importancia. Sabemos ahora por la ciencia, especialmente por las ciencias de la complejidad y la teoría general de los sistemas, que los seres humanos, como todos los organismos vivientes pluricelulares, somos un sistema abierto, dinámico, complejo, compuesto de una multitud de elementos que interaccionan continuamente entre sí y con el medio externo que les rodea. Una de sus propiedades es la de la equifinalidad, término con el cual se significa que la evolución de un sistema abierto y complejo no se halla totalmente predeterminada por sus componentes, sino que, a través de su interacción continuada con el exterior puede evolucionar de muy diversas maneras. Esta es, pues, la clave del asunto. La pareja hombre-mujer es un subsistema complejo abierto y, como tal, en constante interacción con el contexto sociocultural en el que se halla y, por tanto, todo su desarrollo, desde su principio hasta su desaparición, ya sea por ruptura o por fallecimiento de uno de sus componentes, está relacionado con este contexto que es su hábitat. Tanto el psicoanálisis como la antropología saben que no puede comprenderse a un ser humano sin tener en cuenta su contexto. Igualmente, el terapeuta no puede comprender la situación de una pareja sin tener en cuenta este contexto que, por cierto, también va cambiando y modificándose sin cesar durante toda la vida de la pareja.
En suma, este es un libro que está llamado a ser de obligada lectura para todos aquellos que deseen profundizar en la psicología de la pareja, sus trastornos y su tratamiento.
JOAN CODERCHDE SANS
Escribiendo este prefacio me encuentro en el lugar adecuado, sin duda, para preguntarme por qué es tan importante para muchos de nuestros congéneres tener compañía afectiva y sexual. Con gentes corriendo de aquí para allá en intersecciones que cruzan cientos de vidas, con miles de historias a su vez multiplicadas por esas vidas. Está claro que todos buscamos encontrar a alguien pero, en lo más íntimo, y paradójicamente, todos estamos solos en algún reducto de nuestro self, en nuestro sentimiento de nosotros mismos. Esta es una característica de nuestra especie como sapiens, basada en nuestra intimidad, una intimidad inexpresable y en ocasiones desgarradora.
Después de varios años, desde que preparaba Este no es un libro de autoayuda (2006), he tratado de reflexionar sobre los entresijos de las relaciones de pareja y amorosas en sus rudimentos básicos, y también en sus fallos, cuando se crean las relaciones de enganche neurótico con consecuencias siempre harto negativas. Lo complejo de esta empresa reside, sin embargo, en poder plasmarlo en el papel para hacerme entender por un futuro lector.
Al final, y después de pensar mucho sobre qué es el amor en pareja, vemos que para no quedarnos en definiciones frívolas o sin sustancia, terminamos por exigir que haya un código ético o moral en esta definición. Pero eso es una tarea dificilísima y subjetiva, por lo que hemos de llegar a la conclusión de que al menos la relación de pareja sea «no hacerse daño ni hacer daño al otro», es decir, que la balanza no esté muy desequilibrada para obtener algo de afecto. Pese a que parece de sentido común ya nos encontramos los primeros escollos al respecto; habrá quien diga que siempre conlleva algo de sufrimiento o mucho sufrimiento, pero quizá eso ya no es una relación amorosa sino patológica.
Lo curioso de las relaciones es que tenemos la oportunidad de elegir conscientemente sobre si queremos o no tenerlas, aunque este también puede ser un ejercicio de inconsciencia, obviamente, porque a veces la decisión «consciente» de no tener pareja puede tener que ver con miedos acerca de lo que esa relación puede conllevar (pérdida de identidad, pérdida de libertad, temor a la humillación, temor a ser abandonado…). Ahora, lo que es seguro es que cuando se elige tener pareja, existe todo un amplio entresijo inconsciente alrededor de dicha elección. Poco a poco los iré desgranando, pero por adelantar contenidos y «a bote pronto» serían del tipo de «ser salvado» o «tener la responsabilidad de salvar a alguien», «que la relación repare los déficits afectivos que he sufrido», «dominar para sentir mi autoestima fuerte», etc.
Respecto a la cuestión de «¿Cómo se elige la pareja?» siempre pensé (y en Este no es un libro de autoayuda así lo expresé) que se basaba en un juego de idealización del otro en la medida en que la relación suplía también nuestros propios déficits (reales o imaginarios). Actualmente lo sigo pensando pero me he ido interesando poco a poco en el «cómo», es decir, los rudimentos de génesis de la relación, los cuales creo que están relacionados con el mantenimiento de esta y, por supuesto, con su finalización. Todo ello puede ser explicado por la teoría del caos y, concretamente, por los atractores que en un sistema no lineal y dinámico como es una relación puede haber, así como por los repulsores. Por ejemplo, para una mujer que ha sido privada de autoestima puede ser un fuerte atractor un hombre que la acompañe y esté más o menos a su lado, aunque la trate como a una niña. Si esta mujer a través de una psicoterapia cobra confianza en sí misma y/o se siente por sí misma valiosa, no por «estar en compañía de» sino por quien es, este atractor dejará de ser tal y el mantenimiento de la relación deberá tener otro potente atractor o fracasará.
Estos tiempos de crisis económica (que al final han sacado a flote la terrible crisis de valores y social que en realidad existía) nos están dejando en muchos casos con nosotros mismos. ¿Por qué?, pues porque una vez que ya no hay tanto aderezo externo ni podemos mantener la falsa ilusión de confundir lo que tenemos con lo que somos, nos encontramos con nosotros a solas. Y el reflejo de la imagen de sí-mismo que cada uno tiene (el self) a menudo pesa, e inevitablemente sale a flote el humano que somos y que siempre se encontró dentro de nosotros, temeroso, desvalido y necesitado de afecto.
Y el afecto se intenta encontrar buscando una pareja que repare, que proteja y subsane todo eso que nos hace «temblar» sin el envoltorio del consumismo y de los cantos de sirena del materialismo y del «tener». Pero, como a menudo sucede, la persona no ha cuidado determinados aspectos de su autoconocimiento y la ruptura de miedos e inercias. Por ello esta búsqueda es con frecuencia penosa, complicando aún más la situación individual del sujeto. Ahora además de estar solo se siente incompetente para mantener una relación. En otros casos esa misma persona puede conformarse «con lo que haya», agarrándose a un clavo ardiendo.
En la vida de cualquiera hay una necesidad de encontrar a alguien con quien compartir las múltiples historias y episodios vividos. El otro con el que se comparte también tiene a su vez muchos contenidos en su mente, historias, procedimientos… A veces funciona, y entonces ocurre: una vida, otra vida, cientos de historias, miles de intersecciones entre ambos: una relación.
L. RAIMUNDO GUERRA CID
Nueva York, 3 de marzo de 2012
Se dio cuenta que vivía cuando un beso le invadió la nuca a destiempo. Vio caérsele el alma del bolsillo perdiéndose entre el unísono trotar de los zapatos.
A. FERNÁNDEZ-OSORIO (2008)
¿Cómo se ha llegado a organizar en la especie animal un cerebro tan complejo como el humano? ¿Cuál fue su primer propósito? Estas son preguntas con multitud de respuestas dentro del campo de la neurociencia, la antropología y la psicología que, sin embargo, aún siguen sin clarificación. Las explicaciones e hipótesis son muy variadas. A mí personalmente me gustan mucho los trabajos de Aiello y Dunbar, especialmente el que realizaron conjuntamente en 1993. Los autores tratan de explicar en este artículo científico cuál es el origen del lenguaje humano, concluyendo que se deriva de la inteligencia social, la cual apareció antes que dicho lenguaje. Establecieron a través de correlaciones estadísticas una curiosa relación entre el tamaño del neocortex1 de diferentes primates (incluyendo el taxón humano, Homo sapiens sapiens) y el tamaño de su grupo social.
De este modo se observa que cuanto mayor es el tamaño del neocortex mayor es el tamaño del grupo o individuos que se relacionan entre sí, de lo cual se deriva, entre otras conclusiones, que los individuos primates, independientemente de su especie, solo pueden gestionar bien un número determinado de relaciones. Por ejemplo, se calcula que en los Australopithecus afarensis sería de 70 a 80 individuos, en el Homo erectus sería de unos 91-129 individuos (dependiendo del tipo de erectus), mientras que en el sapiens sapiens entre 147-152 (150 es conocido como el número de Dunbar por ser el número de personas con los cuales podemos llevar a cabo y gestionar relaciones de calidad). Los autores explican que el aumento a través del tiempo del tamaño del neocortex posibilita a su vez el aumento del grupo debido, quizá, a factores ecológicos, del tipo de protección contra predadores o contra otros grupos humanos. También podría estar relacionado con sus conductas nómadas a gran escala en las cuales sería más fácil tener fuentes de alimento y agua en grupos grandes organizados.
Por supuesto, estas hipótesis me parecen válidas pero sin dejar de lado la importancia básica de que, para gestionar relaciones satisfactorias con otros humanos, hemos necesitado un cerebro más complejo que el de nuestros compañeros primates y homínidos.
No quiero dar una explicación funcional del tipo «Nuestro cerebro aumentó en nuestros antepasados homínidos para poder relacionarnos mejor», aunque creo que en cierto modo esa relación existe. Quizá la evolución del cerebro tuviera otra finalidad y luego esta se aprovechara para una mejora en la gestión de las relaciones. Quizá fuera una consecuencia o quizá una casualidad. En esta línea están trabajando diversos autores como el codirector del instituto alemán «Max Plank» M. Tomasello (1999), quien afirma que la diferencia definitiva entre cerebro humano y primate se encuentra en que el nuestro se ha especializado en la tarea de analizar las intenciones de los otros así como sus estados emocionales. Somos especialistas en compartir estados emocionales e intencionales y en interpretarlos, siendo este cerebro relacional el más sofisticado de cuantos existen para este cometido. Y esto se produce incluso desde que somos bebés, tal y como ha demostrado Tomasello en las investigaciones realizadas junto con su equipo y como trataré de mostrar en capítulos venideros.
De hecho, siguiendo con esta idea, Tomasello y sus colaboradores (2006) proponen que el ojo humano tiene unas tonalidades de color y condiciones especialmente perceptibles para los demás. Así puede indicar de manera mucho más clara que el de otros primates tanto su presencia como «hacia dónde se mira». Esto, según los autores, puede tener que ver con presiones evolutivas dada la necesidad de un mayor grado de comunicación visual y cooperación para expresar diversos elementos de la interacción humana.
A través de lo que he podido estudiar estos años sobre paleoantropología y hominización, coincido con R. Riera en que una de las más importantes derivaciones del cerebro humano debió ser en su origen y es en el presente el conectar emocionalmente —intersubjetivamente— con los demás para que se produzca ese «Yo siento que tú sientes lo que yo siento» (2011, p. 209). Sin duda una de las experiencias más estimulativas en el campo relacional humano. Dicha «lectura» de la mente de los demás, de sus intenciones, emociones, afectos, etc., hace que autores como Alvard (2003) (citado por Ramírez Goicoechea 2011, p. 55) incluso anuncien que nuestra cultura tecnológica lograda es una exaptación2 de la capacidad de leer la mente en nuestros iguales en una vida social compleja. Es decir, la cultura tecnológica no es más que una consecuencia de otra necesidad, más primaria, de analizar y leer a los demás.
Mucho de lo dicho en el párrafo anterior tiene que ver con un concepto muy utilizado por los psicoanalistas contemporáneos denominado intersubjetivismo. Palabra difícilmente pronunciable, tiene que ver con el producto final de compartir subjetividades. Lo subjetivo es cómo cada uno de nosotros vivencia y siente las situaciones. Por ejemplo, ahora mismo, como escritor, al redactar este párrafo siento preocupación y cierta agitación por si usted como lector comprenderá este concepto que explico. Mientras, cuando usted lo lee, puede no darse cuenta de mi propósito o sí y pensar: «Este autor se preocupa de que quien lee el libro pueda entenderlo globalmente». Si usted tiene ese pensamiento ha captado mi intención, esta circunstancia sería uno de tantos ejemplos de intersubjetivismo.
Nuestro mundo subjetivo se origina en la infancia fruto de los apegos, los afectos y las reacciones de nuestros comportamientos por parte de nuestros adultos de referencia (y en la subjetividad de estos con el niño) dentro de una matriz relacional. Es modificable a través de la relación e interacción con otro/s, es decir, en una intersubjetividad.
Continuando con la explicación que nos atañe en este capítulo, otra evidencia neurocientífica que explica que la arquitectura neurológica y cerebral está preparada y dirigida hacia la relación lo constituye el descubrimiento relativamente reciente de las neuronas espejo y sistemas de neuronas espejo (SNE) (Rizzolati et al., 1996; Rizzolati y Sinigaglia, 2006). Estas neuronas, presentes en diversas zonas de nuestro cerebro, se activan cuando vemos realizar determinadas acciones a los demás, activándose exactamente de la misma manera que lo harían si nosotros mismos realizáramos esa acción. De hecho, el descubrimiento se produjo al observar que un primate mostraba la misma actividad neuronal motora cuando era el investigador y no él quien cogía el plátano. Todo ello hace que se construya lo que se denomina «una teoría de la mente» para posicionarme, empatizar y leer la mente del otro.
Todos los datos que explico en este apartado vienen a confirmar que poseemos un cerebro relacional, preparado para compartir emociones y sentimientos con los demás. Para «enredarnos» con los otros de formas diferentes: afectivas, eróticas, sexuales, de amistad, neuróticas, etc. No es un cerebro relacional en el sentido pragmático y funcional de algo que me sirve para relacionarme con otro, sino en el sentido de que me sirve para leer al otro, interpretar sus emociones, adelantarme y comprender sus deseos, compartir mis temores y necesidades, y analizar las mías en función de lo que el otro hace o me dice. Somos, como dijo S. Mitchell, un «animal relacional».
