El conocimiento de uno mismo - Jiddu Krishnamurti - E-Book

El conocimiento de uno mismo E-Book

Jiddu Krishnamurti

0,0
6,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

"Antes de que busquéis, antes de que vayáis de instructor en instructor, de organización en ogranización, de creencia en creencia, será sin duda importante que averigüéis quién es la persona que busca, y qué es lo que busca." -J. Krishnamurti El conocimiento de uno mismo reúne catorce conferencias pronunciadas por el siempre lúcido, implacable y espléndido Krishnamurti: "Antes que nada se necesita una mente serena, una mente no perturbada, para comprender cualquier cosa". Esta serenidad, entre otras cosas, nos la transmite el mismo Krishnamurti con sus palabras, fuertes y alentadoras, siempre vivas.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2010

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



OTROS LIBROS DE KRISHNAMURTI PUBLICADOS EN KAIRÓS:

SOBRE DIOS

En esta profunda obra Krishnamurti explora la futilidad de buscar el conocimiento de lo «incognoscible» y muestra que sólo cuando hemos dejado de buscar con nuestros intelectos, podemos estar «radicalmente libres» para experimentar la realidad y la verdad. Presenta a «la mente religiosa» como la que percibe directamente lo sagrado, a diferencia de la que se adhiere a un dogma religioso.

SOBRE EL AMORY la soledad

Una lúcida investigación de nuestras relaciones íntimas con nosotros mismos, con los demás y con la sociedad. Krishnamurti sugiere que una “verdadera relación” sólo puede darse cuando tenemos conocimiento de las condiciones que dividen y anulan al individuo y a la sociedad. Sólo renunciando al “ego” podemos comprender el problema de la soledad y del amor verdadero.

SOBRE LA NATURALEZA Y EL MEDIO

Este libro pertenece a una serie sin precedentes compuesta por selecciones temáticas de la obra de Krishnamurti. Aquí se nos explica de qué modo la «verdadera relación» se genera conociendo cómo nuestro mundo interno de pensamientos y emociones viene intrínsecamente ligado con el medio que nos rodea.

SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE

Krishnamurti nos revela que el miedo a la muerte no radica en el temor al dolor físico o a abandonar a los seres queridos, sino en el temor de que una parte esencial de nosotros mismos no va a continuar; no queremos saber qué es la muerte, el extraordinario milagro que ésta supone, todo lo que queremos es permanecer. Una obra maestra de profundidad y claridad.

SOBRE LA MENTE Y EL PENSAMIENTO

El aclamado maestro nos enseña que sólo librándonos del pensamiento condicionado es posible alcanzar la libertad y la realización personal. Sólo a través de esa transformación individual podrán mitigarse los conflictos vitales en las relaciones y la sociedad.

SOBRE EL APRENDIZAJE Y LA SABIDURÍA

Esta colección inédita reúne las más profundas observaciones de Krishnamurti sobre la naturaleza del aprendizaje y del conocimiento acumulativo. Krishnamurti advierte que nuestra dependencia de la acumulación de conocimientos puede ser desastrosa y sugiere nuevas maneras de aprender, en pos de alcanzar una percepción más precisa de lo desconocido.

Título original: TALKS IN OJAI, CALIFORNIA 1949                        From the Collected Works of J. Krishnamurti,                        Volume V 1948-1949

©1991 Krishnamurti Foundation America    Post Office Box 1560    Ojai, California 93024    U.S.A.

© Fotografía portada: KFT/KFA

© de la edición en lengua española:    2006 by Editorial Kairós, S.A.Numancia, 117-121, 08029 Barcelona, Spain, www.editorialkairos.com

Traducción: Armando Clavier

La presente edición en lengua española ha sido contratada -con la licencia de la Krishnamurti Foundation of America (KFA) (www.kfa.org - e.mail: [email protected]) y la Krishnamurti Foundation Trust Ltd. (FKT) (www.kfoundation.org - e.mail: [email protected])- con la Fundación Krishnamurti Latinoamericana (KFL), Apartado 5351, 08080 Barcelona, España (www.fundacionkrishnamurti.org - e.mail [email protected]).

Primera edición: Octubre, 1999Primera edición digital: Enero, 2010

I.S.B.N. digital: 978-84-7245-754-6

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.

PRIMERA CHARLA EN EL ROBLEDAL

Pienso que es muy importante que seamos sumamente intensos. Los que vienen a estas asambleas, y aquéllos que concurren a distintas reuniones de esta clase, creen que son muy serios e intensos. Pero me gustaría averiguar qué entendemos por ser intensos, serios. ¿Es intensidad, revela seriedad ir de un conferenciante o charlista a otro, de un líder a otro, de un maestro a otro, acudir a diferentes grupos o pasar por diferentes organizaciones en la búsqueda de algo? Así, pues, antes de que empecemos a averiguar qué es ser intenso, debemos averiguar, sin duda, qué es eso que estamos buscando.

¿Qué es lo que busca la mayoría de nosotros? ¿Qué es lo que cada uno de nosotros desea? Especialmente en este inquieto mundo donde todos tratan de hallar alguna clase de paz, de felicidad, algún refugio, es importante, sin duda, averiguar qué es lo que intentamos buscar, qué es lo que tratamos de descubrir. Probablemente, casi todos ustedes buscan alguna clase de felicidad, alguna clase de paz; en un mundo dominado por la confusión, por guerras, disputas, luchas, ansiamos un refugio donde pueda haber cierta paz. Pienso que eso es lo que la mayoría de nosotros desea. Y así lo perseguimos, yendo de un líder a otro, de una organización religiosa a otra, de un maestro a otro.

Ahora bien, ¿es felicidad lo que estamos buscando, o lo que buscamos es alguna clase de satisfacción, y de ella esperamos obtener la felicidad? Por cierto, hay una diferencia entre felicidad y satisfacción. ¿Podemos buscar la felicidad? Quizá podamos encontrar satisfacción, pero no podemos encontrar la felicidad. La felicidad es, ciertamente, derivativa; es un producto derivado de alguna otra cosa. Por lo tanto, antes de dedicar nuestrar mentes y nuestros corazones a algo que exige muchísima intensidad, atención, reflexión, cuidado, debemos averiguar qué es lo que estamos buscando, si es felicidad o satisfacción. Queremos sentirnos gratificados, queremos encontrar un sentido de plenitud al final de nuestra búsqueda.

Y bien, ¿por qué vienen ustedes a estas reuniones? ¿Por qué se sientan todos aquí y me escuchan? Sería muy importante des-cubir por qué me están escuchando, por qué se toman para ello la molestia de acudir desde grandes distancias en un día tan caluroso como éste. Y, ¿qué es lo que escuchan? ¿Tratan de hallar una solución para sus dificultades, y por eso van de un conferenciante a otro, y pasan por diversas organizaciones religiosas y leen libros, etcétera, o tratan de descubrir la causa de toda la aflicción, la desdicha, las contiendas y las luchas. Por cierto, eso no requiere que lean tanto, que deban asistir a innumerables reuniones o ir a la búsqueda de maestros. Lo que eso requiere es claridad de propósitos, ¿no es así?

Al fin y al cabo, si uno está buscando la paz, puede hallarla con mucha facilidad. Se entrega ciegamente a alguna clase de causa, a una idea, y allí se refugia. Eso, desde luego, no resuelve el problema. El mero aislarse y encerrarse en una idea no nos libera del conflicto. Debemos, pues, averiguar qué es lo que cada uno de nosotros desea, tanto interna como externamente. Si tenemos bien claro eso, entonces no tenemos que ir a ninguna parte, a ningún maestro, a ninguna iglesia, a ninguna organización. De modo que nuestra difiultad radica en estar claros internamente respecto a nuestro propósito. ¿Podemos estarlo? Esa claridad, ¿surge, acaso, por medio de la búsqueda, intentando averiguar lo que dicen otros, desde el más grande de los maestros hasta el predicador común de una iglesia a la vuelta de la esquina? ¿Tienen ustedes que acudir a alguien para descubrir? Sin embargo, eso es lo que hacemos, ¿verdad? Leemos innumerables libros, asistimos a numerosas reuniones y discutimos, ingresamos en diversas organizaciones intentando así encontrar un remedio para el conflicto, para las desdichas que reinan en nuestras vidas. O, si no hacemos nada de eso, pensamos que ya hemos encontrado; esto es, decimos que una organización en particular, un maestro en particular, un libro en particular nos satisface; en eso hemos encontrado todo lo que deseamos, y permanecemos cristalizados y encerrados en eso.

Así, pues, hemos llegado al punto en que nos preguntamos, con verdadera seriedad y profundidad, si la paz, la felicidad, la religión, Dios o como quieran llamarlo, puede llegar a nosotros por intermedio de alguna otra persona. ¿Puede esta incesante búsqueda, este anhelo, darnos ese extraordinario sentido de la realidad, ese estado creativo del ser, que adviene cuando de veras nos comprendemos a nosotros mismos? El conocimiento propio, ¿surge a través de la búsqueda, de seguir a alguien, de pertenecer a alguna organización en particular, de la lectura de libros, etc.? Después de todo, ésa es la cuestión principal, ¿verdad?, que mientras no me comprenda a mí mismo, no tengo base para el pensar, y toda mi búsqueda será en vano. Puedo evadirme hacia un mundo de ilusiones, puedo escapar de la contienda, el conflicto y la lucha, puedo venerar a alguien, puedo buscar mi salvación por intermedio de otra persona. Pero en tanto no me conozca a mí mismo, en tanto ignore el proceso total de mí mismo, no tengo base para el pensamiento, para el afecto, para la acción.

Pero lo último que deseamos es conocernos a nosotros mismos. No obstante, son los únicos cimientos sobre los que podemos construir. Antes de que podamos construir, antes de que podamos transformarnos, antes de que podamos condenar o destruir, debemos conocer bien eso que somos. Por lo tanto, es totalmente inútil salir a buscar instructores, gurúes, cambiar a unos y otros, practicar yoga, respiración, rituales, seguir a los grandes maestros y demás. No tiene sentido, aun cuando las mismas personas a las que seguimos puedan decir: «estúdiate a ti mismo», porque lo que somos, eso es el mundo. Si somos mezquinos, celosos, presumidos, codiciosos, eso es lo que creamos en torno a nosotros, ésa es la sociedad en la que vivimos.

Me parece, pues, que antes de emprender un viaje para encontrar la realidad, para encontrar a Dios, antes de que podamos actuar, antes de que podamos tener relación alguna con otro -lo cual constituye la sociedad-, es sin duda esencial que comencemos por comprendernos a nosotros mismos. Y considero que una persona seria es aquélla que se interesa por completo en esto antes que nada, y no en cómo alcanzar una determinada meta. Porque, si ustedes y yo no nos comprendemos a nosotros mismos, ¿cómo podemos, con nuestra acción, originar una transformación en la sociedad, en la relación, en cualquier cosa que hagamos? Esto no quiere decir, obviamente, que el conocimiento propio se oponga a la relación o se aísle de ella. No significa poner el acento en el individuo, el «yo», como opuesto a la masa u opuesto a otro individuo. Yo no sé si algunos de ustedes han emprendido seriamente el estudio de sí mismos, observando cada palabra y sus respuestas, observando cada movimiento del pensar y del sentir; sólo observándolos, estando conscientes de las respuestas corporales, viendo si actúan desde sus centros físicos o si actúan desde una idea, el modo como responden a las condiciones del mundo. No sé si alguna vez han investigado seriamente todo esto. Quizás algunos de ustedes hayan intentando hacerlo esporádicamente, como último recurso, cuando ha fracasado todo lo demás y están hastiados.

Ahora bien, sin conocernos a nosotros mismos, sin conocer nuestro propio modo de pensar y la razón de que pensemos ciertas cosas, sin conocer el trasfondo de nuestro condicionamiento y por qué tenemos ciertas creencias acerca del arte y la religión, acerca de nuestro país y nuestro prójimo, y acerca de nosotros mismos, ¿cómo podemos pensar con propiedad acerca de nada? Sin conocer nuestro trasfondo, sin conocer la sustancia de nuestro pensamiento y de dónde proviene, es indudable que nuestra búsqueda es absolutamente inútil, que nuestra acción carece de todo sentido, ¿no es así? Tampoco tiene sentido que uno sea americano o hindú o que tenga tal o cual religión.

Así, antes de que podamos descubrir cuál es el propósito final de la vida, qué significa todo lo que en ella ocurre: guerras, antagonismos y conflictos nacionales, toda la confusión que reina, etc., debemos comenzar con nosotros mismos, ¿no es así? Suena muy simple, pero es extremadamente difícil. Porque, para entendernos a nosotros mismos, para ver cómo opera nuestro pensamiento, debemos estar extraordinariamente alerta, de modo tal que, al irnos dando cuenta más y más de las complejidades de nuestro propio pensar y sentir, de nuestras propias respuestas, empecemos a tener una mayor conciencia, no sólo de nosotros mismos, sino de la persona con la que estamos relacionados. Conocernos a nosotros mismos es estudiarnos en la acción, que es relación. La dificultad está en que somos muy impacientes; queremos avanzar, queremos alcanzar un objetivo, y así no tenemos ni el tiempo ni la ocasión de darnos la oportunidad de observar, de estudiar. O bien nos hemos comprometido en diversas actividades -ganarnos la vida, criar a los hijos-, o hemos asumido ciertas responsabilidades en distintas organizaciones; nos hemos comprometido tanto de diferentes maneras, que difícilmente podemos tener tiempo alguno para reflexionar sobre nosotros mismos, para observar, estudiar. Así, pues, la responsabilidad de la acción depende de uno mismo, no de otro. Y, como sucede en Norteamérica y en todo el mundo, el seguimiento de gurúes y de sus sistemas, la lectura de los libros más recientes sobre esto y aquello, me parece completamente vacuo e inútil; ustedes podrán recorrer toda la Tierra, pero tendrán que volver a sí mismos. Y, como la mayoría de nosotros lo ignora todo con respecto a sí misma, resulta sumamente difícil comenzar a ver con claridad el proceso de nuestro pensar, sentir y actuar. Y eso es lo que voy a considerar durante mis charlas de las próximas semanas.

Cuanto más se conoce uno a sí mismo, tanta más claridad hay. El conocimiento propio no termina jamás; uno no alcanza un logro, no llega a una conclusión. Es un río infinito. A medida que uno lo estudia, que lo investiga a una profundidad cada vez mayor, va encontrando la paz. Sólo cuando la mente está tranquila -gracias al conocimiento propio y no mediante una disciplina autoimpuesta-, sólo entonces, en esa serenidad, en ese silencio, puede manifestarse la realidad. Únicamente así puede haber acción creativa, bienaventuranza. Y me parrece que, sin esta comprensión, sin experimentar esto, el mero leer libros, asistir a charlas, hacer propaganda, ¡es tan infantil! Es una actividad sin mucho sentido, mientras que, si somos capaces de comprendernos a nosotros mismos y, de tal modo, originar esa felicidad creadora, ese experimentar de algo que no pertenece a la mente, entonces, quizá, pueda haber una transformación en la relación cercana a nosotros y, por lo tanto, en el mundo en que vivimos.

Pregunta: ¿Tengo que hallarme en algún nivel especial de conciencia para comprenderle a usted?

KRISHNAMURTI: Para comprender algo, no sólo lo que yo digo, sino cualquier cosa, ¿qué se requiere? Para comprendernos a nosotros mismos, para comprender a nuestra esposa, a nuestro marido, para comprender una pintura, el paisaje, los árboles, ¿qué se requiere? La correcta atención, ¿no es así? Para comprender algo, uno debe dedicarle todo su ser, su atención plena, profunda, no dividida, ¿verdad? ¿Cómo puede haber atención plena, profunda, cuando estamos distraídos? Por ejemplo, cuando ustedes están tomando notas mientras hablo; probablemente atrapan una buena frase y dicen: «por Dios, voy a tomar nota de eso, lo usaré en mi próxima charla». ¿Cómo puede haber atención plena si tan sólo se interesan en las palabras? Es decir, se interesan en el nivel verbal y, por eso, son incapaces de ir más allá del nivel verbal. Las palabras son tan sólo un medio de comunicación. Pero si ustedes no son capaces de recibir lo que se comunica y sólo se atienen a las palabras, no puede haber atención plena, es obvio; por lo tanto no hay una comprensión apropiada.

De modo que el escuchar es un arte, ¿verdad? Como decíamos, para comprender algo uno debe prestar atención plena, y eso no es posible cuando hay algún tipo de distracción: cuando toman notas o cuando están incómodamente sentados o cuando luchan esforzadamente por comprender. Hacer un esfuerzo para comprender es, obviamente, un obstáculo para la comprensión, porque toda nuestra atención se ha perdido en hacer el esfuerzo. No sé si alguna vez han notado que, cuando se interesan en algo que otro está diciendo, no hacen ningún esfuerzo, no erigen un muro de resistencia contra la distracción. Cuando uno se interesa en algo no hay distracciones; presta atención plena ávidamente, espontáneamente, a lo que se está diciendo. Cuando existe un interés vital hay atención espontánea. Pero casi todos encuentran muy difícil una atención semejante, porque puede ser que, conscientemente, en el nivel superficial, deseen comprender, pero en lo interno haya resistencia; o quizás internamente haya un deseo de comprender, pero haya resistencia en el nivel externo, superficial.

Así, pues, para dedicar atención plena a algo tiene que existir una integración de todo nuestro ser. Porque, en un nivel de conciencia, usted puede querer descubrir, conocer, pero en otro nivel, ese mismo conocer quizás implique destrucción, porque puede obligarle a cambiar toda su vida. En consecuencia, hay una contienda interna, una lucha interna de la que tal vez usted no se dé cuenta. Aunque puede pensar que está prestando atención, en realidad hay distracción, tanto interna como externamente; y ésa es la dificultad.

Por eso he estado sugiriendo, en algunas de las reuniones, que no deberían tomar notas, que no están aquí para hacer propaganda por mí o por ustedes mismos, que deben escuchar con el único fin de comprender. Y nueestra dificultad para comprender radica en que nuestra mente jamás está quieta. Jamás consideramos nada serenamente, en un estado de ánimo receptivo. Los diarios, las revistas, los políticos, los arengadores arrojan mucha basura sobre nosotros; cada predicador a la vuelta de la esquina nos dice qué debemos y qué no debemos hacer. Todo eso se vierte constantemente dentro de nosotros y es natural que haya también una resistencia interna a todo eso. En tanto la mente esté perturbada, no puede haber comprensión; en tanto no esté muy quieta, silenciosa, serena, sensiblemente receptiva, es imposible comprender; y esta sensibilidad de la mente no ha de ser tan sólo con respecto a las capas altas de la conciencia, a la mente superficial. Cuando usted está en presencia de algo muy bello, si se pone a charlar no percibirá su significado. Pero tan pronto queda en silencio, en estado de sensibilidad, la belleza de ello llega a usted. De igual manera, si queremos comprender algo, no sólo debemos estar físicamente quietos, sino que nuestras mentes deben hallarse en un intenso estado de alerta y, no obstante, serenas. Esa pasividad alerta de la mente no adviene mediante la coacción; no podemos adiestrar a la mente para que esté en silencio, porque en tal caso es tan sólo como un mono adiestrado, quieta exteriormente pero hirviendo por dentro. De modo que el escuchar es un arte, y debemos dedicar nuestro tiempo, nuestra reflexión, nuestro ser total a aquello que deseamos comprender.

Pregunta: ¿Puedo comprender más fácilmente lo que usted dice, si lo enseño a otros?

KRISHNAMURTI: Usted puede aprender, hablando de ello a otros, una nueva manera de exponer las cosas, una manera ingeniosa de transmitir lo que usted quiere decir, pero eso no es, por cierto, comprensión. Si usted mismo no comprende, ¿cómo, en nombre de Dios, puede comunicarlo a otra persona? Eso es, sin duda, mera propaganda, ¿no? Usted no comprende algo, pero habla de ello a otros, y piensa que una verdad puede ser repetida. ¿Cree usted que, si tiene una experiencia, puede comunicarla a otros? Tal vez sea capaz de relatarla verbalmente, pero ¿puede comunicar a otros su experiencia? O sea, ¿puede transmitir la experiencia de algo? Puede describir la experiencia, pero no puede comunicar el estado de experimentar. Así, una verdad que se repite deja de ser una verdad. Sólo la mentira puede ser repetida, pero tan pronto “repite” usted una verdad, ésta pierde su significado. Y la mayoría de nosotros se interesa en repetir, pero no experimenta. Aquél que está experimentando algo no se interesa en la mera repetición, en tratar de convertir a otros, en la propaganda. Por desgracia, casi todos se interesan en la propaganda, porque mediante la propaganda no sólo tratamos de convencer a otros, sino que también nos lucramos explotando a otros. Gradualmente, ello se vuelve una superchería.

Si usted no se halla atrapado en la mera verbalización, sino que de veras se interesa en experimentar, entonces usted y yo estamos en comunión. Pero, si desea hacer propaganda -y yo digo que no se puede hacer propaganda de la verdad-, entonces no hay relación entre nosotros. Y me temo que ésta es hoy nuestra dificultad. Usted quiere hablar de esto a otros sin experimentarlo; y, al hablar al respecto, espera experimentar. Eso es mera sensación, mera gratificación; nada significa. Carece de validez, no hay tras ello realidad alguna. Pero una realidad experimentada, si se comunica, no crea esclavitud alguna. Así, pues, el experimentar es mucho más importante y tiene una significación mayor que la comunicación en el nivel verbal.

Pregunta: A mí me parece que el movimiento de la vida se experimenta en relación con personas e ideas. Desapegarse de este estímulo es vivir en un vacío depresivo. Yo necesito distracciones para sentirme vivo.

KRISHNAMURTI: Esta pregunta contiene todo el problema del desapego y la relación. Y bien, ¿por qué queremos desapegarnos? ¿Qué es este impulso natural que, en la mayoría de nosotros, desea alejarse, apartarse, desapegarse? Quizás en casi todos nosotros, esta idea del desapego haya surgido a causa de que tantos maestros religiosos han hablado al respecto: «debes desapegarte a fin de encontrar la realidad; debes renunciar, abandonar, y sólo entonces darás con la realidad». ¿Podemos estar desapegados en la relación? ¿Qué entendemos por relación? Tendremos, pues, que investigar esta cuestión con cierto cuidado.

¿Por qué tenemos esta respuesta instintiva, este constante acudir al desapego? Los diversos maestros religiosos han dicho que debemos desapegarnos. ¿Por qué? Ante todo, el problema es: ¿por qué estamos apegados? No cómo debemos desapegarnos, sino por qué nos apegamos. Si usted puede encontrar la respuesta a eso, no existe, entonces, cuestión alguna de desapego, ¿verdad? ¿Por qué nos apegamos a atracciones, sensaciones, a cosas de la mente o del corazón? Si podemos descubrir por qué nos apegamos, quizás encontremos la respuesta exacta.

¿Por qué esta usted apegado? ¿Qué ocurriría si no lo estuviera? Si no estuviera apegado a su nombre en particular, a su propiedad, a su posición social -usted sabe, todo el cúmulo de cosas que compone su personalidad: sus muebles, su automóvil, sus características personales, su idiosincrasia, sus virtudes, creencias, ideas-, si no estuviera apegado a todo eso, ¿qué ocurriría? Se encontraría en la situación de ser igual que nada, ¿no es así? Si no estuviera apegado a sus comodidades, a su posición, a su vanidad, se sentiría súbitamente perdido. Así, pues, el miedo a la vacuidad, el miedo a ser nada, hace que se apegue a algo, ya sea a su familia, a su esposa, a una silla, a un automóvil, a su país… no importa a qué. El miedo a ser nada hace que uno se aferre a algo y, en el proceso de aferrarse, hay conflicto, dolor. Porque aquello a lo que se aferra pronto se desintegra, muere. Por consiguiente, en el proceso de aferrarse hay dolor, y para evitar el dolor decimos que debemos desapegarnos. Mire dentro de sí mismo y verá que es así. El miedo a la soledad, el miedo a ser nada, el miedo al vacío hace que nos apeguemos a algo, a un país, a una idea, a un Dios, a alguna organización, a un maestro, a una disciplina, a lo que fuere. En el proceso de apego hay dolor; para evitar ese dolor tratamos de cultivar el desapego, y así mantenemos este círculo siempre doloroso en el que la lucha es permanente.

Ahora bien, ¿por qué no podemos ser como nada, una persona sin importancia? No tan sólo en el nivel verbal, sino internamente. Entonces no hay problema de apego o desapego, ¿verdad? Y en ese estado, ¿puede haber relación? Porque eso es lo que desea saber este interlocutor. Él dice que sin relación con las personas y las ideas, uno vive en un vacío depresivo. ¿Es eso lo que ocurre? ¿Es la relación un proceso de apego? Cuando usted está apegado a alguien, ¿está relacionado con esa persona? Si estoy apegado a usted, si me aferro a usted, si lo poseo, ¿estoy relacionado con usted? Usted se convierte para mí en una necesidad, porque sin usted estoy perdido, me siento incómodo, desdichado, solitario. De modo que usted se vuelve una necesidad, una cosa útil, una cosa para llenar mi vacuidad. Usted no es importante; lo que importa es que llene mi necesidad. Y ¿existe relación alguna entre nosotros cuando usted es para mí una necesidad, como puede serlo un mueble?

Expresémoslo de otro modo: ¿puede uno vivir sin estar relacionado? Obviamente, no. No hay nada que pueda vivir en aislamiento. A algunos de nosotros quizá nos agradaría vivir aislados, pero uno no puede hacerlo. De modo que la relación llega a ser tan sólo una distracción, la cual les hace sentir como si estuvieran vivos; las riñas, las luchas, las disputas, etcétera, les dan una sensación de vitalidad. Y, como dice el interlocutor, sin distracciones sienten que están muertos. Pero la distracción, ya se trate de la bebida, de ir a los cines, de acumular conocimientos… cualquier forma de distracción, es obvio que embota la mente y el corazón. Una mente embotada, un corazón insensible, ¿cómo pueden relacionarse con otra persona? Sólo una mente sensible, un corazón despierto al afecto, pueden relacionarse con algo.

Así, pues, en tanto traten a la relación como una distracción, están viviendo en un vacío, es evidente, porque temen salir de ese estado. En consecuencia temen cualquier clase de desapego, cualquier clase de separación, mientras que la verdadera relación, que no es una distracción, constituye un estado en el que se hallan en proceso constante de comprenderse a sí mismos con respecto a algo. Es decir, la relación es un proceso de revelación propia, no de distracción, y esta revelación propia es muy penosa, porque en la relación pronto se descubren a sí mismos, si es que están abiertos a este descubrimiento, pero como muy pocos queremos descubrirnos a nosotros mismos, como casi todos quisiéramos más bien escondernos en la relación, ésta se vuelve un proceso doloroso y tratamos de desapegarnos de ella. La relación no es un estímulo. ¿Por qué queremos ser estimulados mediante la relación? Y si lo somos, entonces la relación, como el estímulo, se embota. No sé si han notado que cualquier clase de estímulo, a la larga embota la mente y la sensibilidad del corazón.

De manera que el problema del desapego no tendría que surgir jamás, porque sólo el hombre que posee piensa en renunciar, pero jamás se pregunta por qué posee, cuál es el trasfondo que le hace ser posesivo. Cuando comprende el proceso de poseer, entonces está naturalmente libre de la posesión; no cultiva un opuesto como el desapego. Y la relación será tan sólo un estímulo, una distracción, en tanto estemos usando a otro como un medio de gratificación propia o como una necesidad para escapar de nosotros mismos. Usted se vuelve muy importante para mí porque en mí mismo soy muy pobre, soy nada; por lo tanto, usted lo es todo. Una relación así por fuerza tiene que generar conflicto, dolor; y algo que ocasiona dolor ya no sigue siendo una distracción. Por consiguiente, deseamos escapar de esa relación, y a eso lo llamamos desapego.

Así, pues, en tanto usemos la mente en la relación, no podremos comprender la relación. Porque, a fin de cuentas, es la mente la que nos incita al desapego. Tan pronto cesa ese amor comienza el proceso de apego y desapego. El amor no es producto del pensamiento; no podemos pensar acerca del amor. Es un estado de ser, y cuando la mente interfiere con sus cálculos, sus celos, sus múltiples y astutos engaños, se suscita el problema de la relación. La relación sólo tiene un significado cuando es un proceso en el que uno se revela ante sí mismo, y, si en ese proceso uno sigue profundizando amplia y extensivamente, entonces en la relación hay paz; ya no es la contienda, el antagonismo entre dos personas. Sólo en esta quietud, en esta relación donde fructifica el conocimiento propio, hay paz.

16 de julio de 1949

SEGUNDA CHARLA EN EL ROBLEDAL

Como estuvimos diciendo ayer, deberíamos ser capaces de escuchar lo que se dice, sin aceptarlo ni rechazarlo. Deberíamos poder escuchar de tal modo que, si se dice algo nuevo, no lo rechacemos inmediatamente, lo cual tampoco significa que debamos aceptar todo lo que se dice. Esto sería realmente absurdo, porque entonces no estaríamos sino erigiendo una autoridad, y donde hay autoridad no puede haber un pensar y un sentir libres, verdaderos. No puede haber descubrimiento de lo nuevo. Y, como la mayoría de nosotros se inclina a aceptar algo ansiosamente, sin una genuina comprensión, existe el peligro de que lo aceptemos sin reflexionar ni investigar, sin examinarlo a fondo. Esta mañana quizá diga algo nuevo, o exponga de una manera diferente algo que ustedes pueden pasar por alto si no escuchan con esa serenidad, esa quietud que da origen a la comprensión.

Quiero considerar esta mañana un tema que puede resultar bastante difícil: el problema de la acción, la actividad y la relación. Pero antes de eso tenemos que comprender qué entendemos por actividad y qué entendemos por acción. Porque toda nuestra vida parece basarse en la acción, o más bien en la actividad, quiero diferenciar entre actividad y acción. Parecemos estar muy absortos haciendo cosas, inquietos, consumidos por el movimiento,

haciendo algo a toda costa, prosperando, obteniendo esto o aquello, intentando alcanzar el éxito. Y ¿qué lugar ocupa la actividad en la relación? Porque, como lo estuvimos diciendo ayer, la vida es un asunto de relación. Nada puede existir en el aislamiento, y si la relación es tan sólo una actividad, muy poco significa. No sé si han notado que, tan pronto dejan de estar activos, hay inmediatamente un sentimiento de aprensión nerviosa; sienten como si no estuvieran vivos, despiertos, y que, por lo tanto, deben mantenerse en movimiento. Y existe el miedo de estar solos, de salir a dar solos un paseo, o estar a solas con un libro, sin una radio, sin charlar, miedo de sentarse quietamente, sin hacer algo todo el tiempo con las manos, la mente o el corazón.

Para comprender, pues, la actividad, debemos comprender la relación, ¿no es así? Si consideramos que la relación es una distracción, un escape respecto de alguna otra cosa, entonces la relación no es sino una actividad. Y ¿acaso nuestra relación no es, en su mayor parte, una mera distracción y, por lo tanto, nada más que una serie de actividades envueltas en ella? Como dije, la relación tiene verdadero significado sólo cuando es un proceso de revelación propia, cuando nos descubrimos a nosotros mismos al actuar en esta relación. Pero la mayoría de nosotros no quiere revelarse en la relación. Por el contrario, usamos la relación como un medio de encubrir nuestra propia insuficiencia, nuestras propias angustias e incertidumbres. Así, la relación se vuelve mero movimiento, mera actividad. No sé si han notado que la relación es muy penosa y que, en tanto no sea un proceso revelador de descubrimiento propio, es tan sólo un recurso para escapar de uno mismo.

Pienso que es importante comprender esto porque, como vimos ayer, la cuestión del conocimiento propio radica en el desarrollo de la relación, ya sea con las cosas, las personas o las ideas. ¿Puede la relación basarse en una idea? Por cierto, cualquier acto basado en una idea debe, por fuerza, ser la continuación de esa idea, lo cual constituye una actividad. La acción no se basa en una idea. La acción es inmediata, espontánea, directa, no involucra el proceso de pensamiento. Pero cuando basamos la acción en una idea, se convierte en una actividad, y, si la base de nuestra acción es una idea, entonces es obvio que una relación semejante no es más que una actividad carente de comprensión. Consiste en llevar a la práctica una fórmula, un modelo previo, una idea. Debido a que queremos obtener algo de la relación, una relación así es siempre restrictiva, limitadora.

La idea es el resultado de un anhelo, un deseo, un propósito, ¿verdad? Si estoy relacionado con una persona porque la necesito, fisiológica o psicológicamente, esa relación se basa, entonces, en una idea, es obvio, porque deseo algo de esa persona.Y una relación así, basada en una idea, no puede ser un proceso atorre-velador. Es tan sólo un impulso psicológico, una actividad, una monotonía en la que se ha establecido el hábito. En consecuencia, una relación semejante implica siempre tensión, pena, contienda, lucha, y es causa permanente de angustia.

¿Es posible estar relacionados sin la idea, sin exigencias, sin sentido de propiedad, de posesión? ¿Podemos, acaso, estar en comunión mutua -que es verdadera relación en todos los diferentes niveles de la conciencia- si nos relacionamos por medio de un deseo, de una necesidad física o psicológica? Y ¿puede haber relación sin estas causas condicionantes que se originan en el deseo? Como dije, éste es un poblema muy difícil. Uno tiene que investigarlo bien a fondo y con mucha serenidad. No es una cuestión de aceptar o rechazar.

Sabemos qué es nuestra relación en la actualidad; contienda, lucha, angustia o mero hábito. Si podemos comprender plena, completamente, la relación con un solo ser humano, entonces quizás haya posibilidad de comprender la relación con los muchos, o sea con la sociedad. Si no comprendo mi relación con uno solo, es indudable que no comprenderé mi relación con muchos, con la sociedad, con todos. Si mi relación con un ser humano se basa en una necesidad, en la gratificación; mi relación con la sociedad debe forzosamente ser igual. Por lo tanto, han de seguir la contienda con el uno y con los muchos. Y ¿es posible vivir, tanto con uno como con muchos, sin exigir nada? Ése es, por cierto, el problema, ¿no es así? No entre mí y el otro, sino entre mí y la sociedad.

Para comprender ese problema, para investigarlo profundamente, tenemos que examinar la cuestión del conocimiento propio, porque sin conocernos a nosotros mismos tal como somos, sin conocer exactamente lo que es, resulta imposible tener una buena relación con otro. Haga uno lo que hiciere: escapar, adorar, leer, asistir a los cines, encender la radio, etc., en tanto no se comprenda a sí mismo, no podrá tener una verdadera relación. De aquí las disputas, las batallas, el antagonismo, la confusión, no sólo dentro de uno, sino fuera y alrededor de uno. En tanto usemos la relación tan sólo como un medio de gratificarnos, de escapar, de distraernos -lo cual es mera actividad-, no puede haber conocimiento propio. Pero el conocimiento propio se comprende, se descubre, su proceso se revela a través de la relación; es decir, si uno está deseoso de examinar este problema de la relación y de exponerse a sí mismo en ella. Porque, al fin y al cabo, no podemos vivir sin relación. Pero nosotros queremos usar esa relación para sentirnos cómodos, para gratificarnos, para ser algo. Esto es, usamos la relación que se basa en una idea, lo cual implica que el papel importante en la relación lo juega la mente. Y como la mente se interesa siempre en protegerse a sí misma, en permanecer siempre con lo conocido, reduce toda relación al nivel del hábito o de la seguridad, y la relación se convierte, por lo tanto, en una mera actividad.

Vemos, pues, que la relación, si se lo permitimos, puede ser un proceso autorrevelador, pero dado que no se lo permitimos, la relación se vuelve nada más que una actividad gratificadora. En tanto la mente siga usando la relación para su propia seguridad, esta relación está obligada a generar confusión y antagonismo. Y ¿es posible vivir en relación sin idea alguna de exigencia, deseo, gratificación? O sea, ¿es posible amar sin que interfiera la mente? Amamos con la mente, nuestros corazones están llenos con las cosas de la mente, pero las fabricaciones de la mente no pueden ser, desde luego, amor. No podemos pensar acerca del amor. Podemos pensar en la persona que amamos, pero ese pensamiento no es amor, y así, gradualmente, el pensamiento va ocupando el lugar del amor. Y, cuando la mente llega a ser lo más importante, lo supremo, es obvio que no puede haber efecto. Éste es, sin duda alguna, nuestro problema, ¿verdad?

Hemos llenado nuestros corazones con las cosas de la mente. Y las cosas de la mente son, en esencia, ideas: lo que debería ser y lo que no debería ser. ¿Puede la relación basarse en una idea? Y si lo hace, ¿no es ésa una actividad autolimitadora y, por lo tanto, es inevitable que haya contienda, lucha y desdicha? Pero si la mente no interfiere, entonces no erige una barrera, no se disciplina, reprime o sublima. Esto es extremadamente difícil, porque no es por medio de la determinación, la práctica o la disciplina que la mente puede dejar de interferir; lo hace sólo cuando comprende plenamente su propio proceso. Sólo entonces es posible tener una verdadera relación con el uno y con los muchos, una relación libre de disputas y de discordia.

Pregunta: Deduzco claramente de lo que usted dice, que el aprendizaje y el conocimiento son obstáculos. ¿En relación con qué son obstáculos?