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Tras la muerte de Enver Hoxha y la pérdida de su padre, Bujar crece en las ruinas de la Albania comunista y de su propia familia. Mientras Albania se sume en el caos, Bujar, adolescente solitario, decide seguir a su amigo, el audaz Agim, en la ruta del exilio. Es el comienzo de un largo viaje, de Tirana a Helsinki, pasando por Roma, Madrid, Berlín y Nueva York, pero también de una odisea interior, una fuga en busca de una identidad esquiva. ¿Cómo sentirse a gusto, tanto en el extranjero como en el propio cuerpo? Bujar se inventa continuamente a sí mismo, a veces es hombre y a veces mujer. Se construye como un puzle a partir de los fragmentos que roba a los demás, del pasado de las personas a las que ha amado y de sus nombres, porque puede elegir quién quiere ser, su género y su ciudad de nacimiento simplemente con abrir la boca, convencido de que nadie está obligado a ser la persona que ha nacido siendo. Pajtim Statovci, doctorando en Literatura Comparada en la Universidad de Helsinki, es un joven novelista finés de origen kosovar que ha sido galardonado con los premios literarios más prestigiosos de su país. Sus novelas han sido traducidas a más de quince lenguas.
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Seitenzahl: 370
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Pajtim Statovci
El corazón de Tirana
«A menudo los hechos amenazan la verdad»
Una historia de amor y oscuridad,AMOS OZ
Cuando pienso en mi propia muerte, el momento del suceso siempre es similar. Llevo puesta una camisa de botones de color liso y pantalones de la misma tela fina, fáciles de poner, y la muerte llega con ligereza, como si descendiera por una cuesta de pendiente suave. Es temprano por la mañana y estoy contento; siento la misma satisfacción y serenidad que al tomar el primer bocado de mi comida favorita. Hay ciertas personas a mi alrededor; no las conozco aún, pero algún día lo haré. Y estoy en cierto sitio, tumbado sobre la cama de un hospital en mi propia habitación, sin nadie muriendo a mi lado. Ahí fuera, el día se pone lentamente en pie, como un anciano que ha sufrido una caída en su casa. Ciertas palabras salen de la boca de mis seres queridos; cierto tacto sobre mi mano y un beso en la mejilla me ofrecen esa sensación hogareña que he construido a mi alrededor a modo de santuario.
Entonces, uno a uno, mis órganos van sucumbiendo y las funciones corporales se detienen; el cerebro ya no me envía órdenes, el flujo sanguíneo se interrumpe y el corazón se detiene, de forma despiadada e ineludible, y yo dejo de existir. Donde antes estaba mi cuerpo ahora sólo queda tejido cutáneo y, debajo, fluidos, huesos y órganos inútiles, además de la ropa que llevo puesta, tela que ya no se mueve al ritmo de mis funciones vitales.
Soy un hombre de veintidós años que, de vez en cuando, se comporta como la imagen que tengo de un hombre. Me llamo Anton o Adam o Gideon, lo que mejor me suene en el momento; soy francés o alemán o griego, pero nunca albano; camino de un modo determinado, como mi padre me ha enseñado a hacer, con pies planos y pasos amplios, consciente de la posición del pecho y de los hombros, y con las mandíbulas apretadas, como asegurándome de que nadie pise mi territorio. En esos casos, la mujer que hay en mí pasa el día ardiendo en la hoguera… Cuando estoy sentado en una cafetería o en un restaurante y el camarero me trae la cuenta y no se sorprende de que esté comiendo solo, la mujer arde; cuando encuentro algún fallo en la comida y la devuelvo a la cocina, o cuando voy a comprar a cualquier tienda y las vendedoras se acercan a mí, la mujer de mi interior vuelve a arder en llamas y se posiciona como una parte del continuo que surgió cuando nos contaron que la mujer salió de la costilla del hombre, no como hombre, sino como igual al hombre, a su lado izquierdo.
Otras veces soy una mujer de veintidós años que se comporta como una mujer que me resulta agradable —Amina o Anastasia, el nombre no tiene importancia— y me muevo del mismo modo en que he visto moverse a mi madre. Mientras camino, no toco el suelo con los talones ni respondo a los hombres; me he embadurnado la cara con base de maquillaje y luego me la he empolvado, me he perfilado el contorno de los ojos y me he aplicado delineador, lápiz de cejas, sombra de ojos y máscara de pestañas; he ocultado los ojos tras unas lentillas azules para sentirme renacer. En esos casos, el hombre que hay en mí no arde en la hoguera, en absoluto, sino que me acompaña a dar un paseo por la ciudad: cuando voy al mismo restaurante y pido el mismo plato, del que tengo la misma queja, el camarero no se lo lleva de vuelta a la cocina, sino que me informa de que el punto de la carne es el que tiene que ser; cuando me trae la cuenta, sigue mis movimientos como si fuera menor de edad y observa cómo saco la cartera del bolso y extraigo la cantidad indicada; entonces desaparece hacia la cocina tras darme las gracias como de pasada. El hombre que hay en mí quiere ir detrás de él, pero, cuando observo mi aspecto, mi vestido negro de verano y mis manoletinas de color marrón oscuro, me doy cuenta de que no es un atuendo adecuado para una mujer, así que salgo del restaurante, a la calle, donde los hombres italianos gritan o silban a mi paso y, de vez en cuando, consiguen que el hombre que hay en mí los insulte con voz grave, lo que los hace silenciar y levantar las manos en el aire como si se enfrentaran a un rival digno de consideración.
Soy un hombre que no puede ser mujer, pero que, cuando quiere, puede parecerlo: ésa es mi mejor cualidad, ese juego de disfraces que puedo iniciar y terminar cuando mejor me convenga. A veces el juego empieza de tal forma que me pongo ropa neutra, como una capa sin forma, y salgo a la calle; en esos casos, la gente empieza a conjeturar. En el transporte público, en los restaurantes, en las cafeterías…, les molesta la falta de claridad, como si tuvieran una astilla clavada en la uña, y se preguntan unos a otros o me preguntan a mí directamente: «¿Eres hombre o mujer?». Algunas veces respondo que soy hombre; otras veces, que soy mujer, y otras no respondo; en ocasiones les pregunto qué creen y ellos responden de buen grado, como si esto también fuera un juego para ellos; me construyen con mucho gusto y, cuando les doy una respuesta, vuelve a haber orden en el mundo. Puedo escoger lo que soy; puedo elegir mi género, mi nacionalidad, mi nombre y mi ciudad de nacimiento simplemente con abrir la boca. Nadie está obligado a ser la persona que ha nacido siendo, sino que cada uno puede construirse a sí mismo como un puzle.
En estos casos, cuando se viven innumerables vidas, es necesario prepararse para cubrir las mentiras habituales con otras nuevas y evitar así acabar atrapado en el temporal que se produce cuando te descubren. Creo que mis padres envejecieron prematuramente y murieron tan jóvenes debido a sus mentiras. Protegían su prestigio como una madre a un recién nacido y, casi con tácticas de guerra, se encargaban de no acabar expuestos a una luz desfavorable: no hubo mentira ni historia que no contaran sobre sí mismos para conservar lo más importante, para mantener las apariencias, para que su dignidad y su honor se mantuvieran intactos hasta la tumba. Durante toda mi infancia odié esa parte de ellos, tanto como la picazón de la piel quemada o la sensación paralizante del miedo, y juré que nunca sería como ellos, que no me importaría lo que los demás pensaran de mí ni invitaría a los vecinos a mi casa para poder darles de comer a pesar de no tener siquiera comida para mí. No sería albano bajo ningún concepto, sino otra persona, una cualquiera.
En los momentos más débiles, siento una pena quebrantadora, puesto que sé que no soy nada ni nadie para nadie y eso me hace sentir como si estuviera muriendo. Si la muerte fuera un sentimiento, sería la invisibilidad, vivir con ropa que te queda mal, los pies oprimidos por los zapatos.
Algunas noches estiro los brazos hacia delante o los pongo en cruz y rezo, ya que en Roma todo el mundo reza y le pide a Dios que solucione sus asuntos más complicados. Es fácil aferrarse a eso y espero despertarme a la mañana siguiente en otra vida, a pesar de no creer en Dios. Creo, no obstante, que el deseo de las personas de tener cierto aspecto y ser de determinada manera influye tanto en la anchura de los hombros, el vello corporal y el tamaño de los pies como en la elección profesional y el talento. Lo demás siempre se puede estudiar, como unos andares nuevos o el lenguaje corporal; puedes practicar cómo hablar más alto o vestirte de otra manera, incluso mentir de tal modo que ni siquiera se pueda considerar mentir, sino, más bien, una forma de ser. Por eso, lo mejor es centrarse en desear cosas y nunca en las consecuencias que éstas puedan tener.
A pesar de haber formulado todas esas oraciones y haber acudido numerosas veces a las iglesias de la ciudad, incluida la Basílica de San Pedro, que engulle a la gente hacia su belleza pasmosa y cuyo interior parece un amasijo de entrañas y huesos de una explosión de una manada de animales sobre el cual han rociado pan de oro y salpicado motas de pintura; aunque he creído en las cosas más imperdonables que un ser humano puede hacer en los brazos de Dios, Él nunca ha respondido a mis plegarias, a la petición de un ser humano, pero siempre ha querido todo lo que le ofrecía, la carne y los huesos y todo el espacio de la mente.
Cuando llegué a Italia, estaba seguro de que tendría un trabajo agradable, encontraría una pareja que me quisiera y formaría una familia por la cual daría la vida. Estaba seguro de que alguien me encontraría y detectaría todo el potencial que yo tenía que ofrecerle al mundo. Esperé y esperé, un año, otro y un tercero, a que esas cosas empezaran a suceder, a que alguien se diera cuenta de que era especial, pero las autoridades y los asistentes sociales no daban importancia a mis planes y deseos y se reían de mi sueño de estudiar Psicología en la Universidad de Roma, aunque les dijera que había leído muchas veces las principales obras de la profesión. «Deberías estudiar un oficio», decían. «Ni siquiera tienes el certificado básico de estudios. Aquí toda la gente de tu edad lo tiene y algunos hasta han estudiado en la universidad», argumentaban y me enviaban a reflexionar sobre mis limitadas oportunidades: una carrera en el sector de la construcción o de la atención al público, una vida que no habría sido notablemente mejor que aquélla que había dejado atrás.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que ya no me considero especial y siento que eso es lo peor que le puede pasar a una persona, pues es lo único que te puede hacer perder la pasión, que te puede llevar a creer en Dios. Te aferras al primer saliente que pillas y te resignas a tu destino; después de eso, puedes ver la luz, es decir, la escasa probabilidad de que la ausencia de derechos y posibilidades lleve a alguien a luchar por ellos.
Todos y cada uno de mis días en esta ciudad, en esas vidas, carece de objetivo y es indiferente; por ese motivo puedo tirar por el desagüe todos esos años que he empleado en el aprendizaje de idiomas y cosas nuevas. Lo más ridículo es que, durante toda mi infancia y mi juventud, me consideré guapo, inteligente y con talento, un conjunto de cualidades con las que es imposible no tener éxito. Me resulta sencillo adquirir conocimientos. Nunca he temido al esfuerzo y siempre he disfrutado estudiando cosas que me suponían un reto; era tremendamente satisfactorio cuando resolvía una ecuación difícil. Nunca he dudado de mí mismo ni he cuestionado mi éxito futuro, ya que siempre he practicado tanto que me he convertido en el mejor en todo lo que me he propuesto.
Sin embargo, de algún modo, he acabado viviendo una vida que me hace pensar en la forma menos dolorosa de borrarme del mundo y la realidad es que hay días en los que no me atrevo a abrir la boca ni para dar las gracias o desear una buena tarde; días en los que únicamente soy capaz de aparentar que sé hacia dónde me dirijo, que pertenezco a la imagen de la ciudad. Ésta no es mi vida; estos días no son los días de mi vida. No soy yo quien limpia las salpicaduras de orina y heces en los baños de los restaurantes y las cafeterías para que la persona que vaya al baño después de mí no piense que soy yo quien lo ha dejado en ese estado; no soy yo, es otro, un espectro que habita al borde de mis sombras.
* * *
Un día voy caminando por el centro de la ciudad, por Via della Minerva hacia la plaza del Panteón, en la Piazza della Rotonda, y el monumento, que queda a mi izquierda, parece un hombre albano encorvado. Las calles largas y adoquinadas me fastidian las piernas y me hacen dar pasos en falso y tambalearme como un ciempiés. Las hordas interminables de turistas se mueven por las calles de la ciudad como una corriente. Siempre hace sol, las cafeterías están abiertas durante todo el día y los mocosos impacientes se apelotonan frente a los kioscos de helados como bolsas de basura en un vertedero asediado por el polvo.
No puedo respirar, ya que el aire se me acumula en la garganta como un ovillo húmedo, y el ruido incesante de la plaza interrumpe mis pensamientos y, cuando me pongo la mano en la mejilla húmeda y me rasco el sudor de la superficie con la uña, tengo la sensación de que se me desprenden capas de piel de la cara.
Camino hacia el otro lado de la plaza, lejos del gentío, y pienso en la conversación que mantiene la gente que está delante de mí. Lo poco que he podido entender de sus palabras siempre me ha parecido la proclama de un auténtico idiota. Pienso que, seguramente, hablan del mismo tipo de cosas que todos los demás. Alguien, puede que esa madre de familia que se aproxima a los cuarenta, cuenta que hoy hace un año que murió su madre y otra persona, una amiga de la misma edad, dice que se ha peleado con su pareja porque tienen opiniones diferentes sobre la disciplina de los niños; entonces lloran o se consuelan la una a la otra, piensan juntas en qué van a hacer a continuación, en cómo solucionar sus contratiempos.
Pienso que, para esta gente, es hora de lamerse las heridas, de traumatizarse para siempre por algo totalmente irrelevante. Tienen tiempo de reflexionar sobre el sentido de la vida día tras día, mes tras mes, año tras año; de pensar en lo que quieren hacer, qué tipo de profesión quieren estudiar, mientras en mi país los recién nacidos mueren de fiebre y desnutrición, los hombres mueren por balas de honor y las mujeres que escapan de su marido mueren a tiros por balas que los propios hombres de su familia le entregaron a la familia del esposo durante la boda. Las entierran y así llega la mañana siguiente; nadie tiene tiempo para llorar por ellas, nadie se preocupa por algo así, porque nadie tiene tiempo de pensar más que en la comida de mañana y a nadie se le ocurre cuestionar si he acabado así porque mi padre murió cuando yo tenía dieciséis años o, quizá, porque mis padres se divorciaron cuando yo era pequeño, o porque hasta la edad adulta no me contaron que era adoptado. Cuando pasas hambre, piensas en cosas diferentes: en la grasa, la sal y el azúcar de la próxima comida; y cuando no consigues comida empiezas a imaginarte esa escena en la que te levantas de forma repentina, lo que hace que se te nuble la vista, y luego te desmayas y, finalmente, mueres de hambre.
¿Acaso los italianos son más felices que los albanos porque piensan en sí mismos y en sus sueños de un modo muy detallado, porque pelean entre ellos con sentimientos extremos? La pasión que los mueve en su día a día ni siquiera parece auténtica, sino más bien un intento de ocultar la realidad, y no saben quiénes son ni qué quieren, aunque se pasen toda la vida dándole vueltas a las mismas preguntas; preguntas que suponen la fuerza primitiva y la profundidad de su vida, algo que no puedo por menos que menospreciar.
Así que me vuelvo a poner en marcha, me estiro el polo de cuello vuelto apretado, me coloco el sujetador con relleno y me subo los pantalones cortos vaqueros que se extienden hacia la mitad del muslo. Observo a las mujeres bellas y esbeltas que caminan lado a lado, orgullosas con su vestido de verano, y siento envidia de ellas —de su nombre, Julia, Celia o Laura; de cómo caminan con los tacones; de su tono de voz y de cómo hablan como si no tuvieran una sola preocupación; de su capacidad de darles hijos al marido, el actual o el futuro—; envida de cosas que yo nunca podré tener aunque dispusiera de toda la esperanza del mundo y aunque estuviera dispuesta a darlo todo por ellas. Sólo puedo obtener una copia de su vida, una fotografía en la que, a su lado, parezco igual, pero no lo soy en absoluto; una mentira en la que hay que confiar ciegamente.
Llego a Piazza Navona, una plaza alargada en la que hay tres fuentes decoradas con pomposidad y cuyo obelisco en el medio recuerda a una grácil mujer italiana. Esta plaza también está llena de turistas necios que arrojan monedas a las fuentes, aunque seguro que su deseo es algo completamente absurdo, como recuperar a su amor perdido o que su pareja les preste más atención. A pesar de ello, los entiendo, ya que, como dice la maldición, todos desean algo que no tienen y todos sienten que la ausencia de aquello que desean no podrá resistir la luz de un día nuevo.
Piazza Navona tiene el mismo aspecto que todas las demás plazas de Roma: alrededor del suelo de adoquines hay edificios en tonos blancos y en las callejuelas que hay entre ellos apenas cabe una persona sin sofocarse, pues están tan cerca unos de otros que toda la ciudad es una zona enorme de barracones. Las autopistas que la rodean son más bien alambradas de espino que mantienen a la gente dentro de una circunferencia e, inesperadamente, los edificios a mi alrededor parecen tener un tamaño fatal y las piedras bajo los pies me lamen las suelas de los zapatos como si estuvieran dispuestas a arrancarlas de un mordisco.
Logro aspirar una bocanada de oxígeno y continúo mi camino. Me caen gotas de los ojos como si fuera una manguera y, por un momento, creo que está lloviendo, pero entonces me doy cuenta de que el día está despejado. Llego al Ponte Umberto I, desde donde miro por un instante a la derecha y a la izquierda: el castillo de Sant’Angelo, con aspecto de naranja podrida; personas haciendo fotografías de forma incesante; árboles verdes que han plantado a las orillas del río a lo largo de los caminos; el río Tíber, que fluye por debajo de mí, casi cubierto en niebla. Entonces cruzo el paso de peatones que lleva hacia Piazza dei Tribunal y continúo a lo largo de la lengua que forman los portones del palacio colosal, hacia un lugar en el que no hay pasos de peatones y los conductores se atreven a ir más rápido.
Echo un vistazo atrás y pienso que no necesito esperar mucho, pero transcurren varios minutos antes de que las ruedas de un coche suficientemente grande hagan que me tiemblen las orejas. Corro delante de él.
Tengo catorce años; no soy demasiado joven, pero tampoco digno de que me tomen muy en serio. Voy caminando de la mano de mi padre, que huele a sudor, a través del centro de Tirana. Pasamos por la plaza Skanderbeg y el Museo Nacional de Tirana, en cuya fachada hay una pintura que muestra a un grupo de albanos vestidos con el traje nacional portando banderas albanas, armas y ballestas; llegamos a un cruce enorme y nos dirigimos de forma apresurada hacia la zona del bazar. A ambos lados de la calle, esos hombres de aspecto chamuscado han colocado mesas que se tambalean e intentan vender relojes falsificados, tabaco, coñac de Skanderbeg y otros cacharros inútiles: mecheros, artículos de decoración, armónicas e instrumentos varios, como çiftelios y tupanes.
Mi padre me lleva a rastras como a un perro desganado y yo miro hacia el bazar, que parece una alfombra multicolor enorme bajo la cual han empujado con la escoba a los vendedores con sus artículos y la carne; el calor y la humedad se desbordan por arriba y por abajo, por todas partes. Creo que las personas apelotonadas al resguardo del bazar están a punto de asfixiarse y me siento aliviado por no tener que estar allí. Los vendedores a ambos lados de la calle nos llaman «Señor» a mi padre y «Corazón» a mí; intentan presentarle sus productos, pero seguimos adelante a toda prisa, ya que ambos sabemos que, en estos tiempos, puede pasar cualquier cosa. Puedo desaparecer sin dejar rastro bajo las garras de un transeúnte, en una furgoneta desconocida o en el calor del bazar, donde los vendedores hambrientos me arrancarían las entrañas desesperados y las venderían o harían algo igual de salvaje.
Caminamos unos cuantos kilómetros y llegamos a una plaza que está a rebosar de basura; mi padre se sujeta la cabeza. Lleva puesto un chaleco oscuro, el mismo que se pone cada día. Se quita el abrigo y se lo coloca en el brazo mientras se masajea la cabeza. Me doy cuenta de que su camisa blanca está mojada a la altura de las axilas y los hombros.
—Puede que el autobús llegue pronto o que tarde un rato, pero vamos a esperar —dice mi padre—, porque quiero llevarte a ver la fortaleza de Krujë. —Arruga los ojos, aprieta las mandíbulas y suelta aire pesadamente.
Mi padre tiene un aspecto atractivo y respetable, aunque exude sudor como una toalla húmeda; se ha afeitado la barba y la luz que cae sobre sus zapatos de charol me deslumbra. Cuando el autobús llega a la plaza, se sobresalta, nos agarra a su chaqueta y a mí y me lleva a rastras hacia el vehículo. Le da el dinero al conductor y los dos nos sentamos en la parte trasera.
Pienso en lo feliz que soy con mi padre y no me viene a la mente ninguna imagen de la última vez que pasamos tiempo juntos. Mientras estoy sentado a su lado, creo que mi alegría se debe a que las personas cada vez son menos felices; a que Hoxha ha muerto y la ciudad ya no es la misma que antes; a que la gente en Tirana actualmente ha perdido la esperanza, de tal modo que su congoja se filtra por las paredes de las casas y por las calles como trozos de papel y paquetes de tabaco vacíos que se caen del bolsillo; rezuma por los desagües y por las grietas del suelo hacia las calles y las casas de gente desconocida como una inundación.
—Me duele la cabeza —dice entonces mi padre e intenta abrir la ventana, pero está atascada.
Se deja caer en su sitio y yo me siento en silencio a su lado. Temo decirle que estoy aterrorizado, ya que el conductor circula a toda velocidad por los caminos que recorren la ladera de la montaña como un loco que ha perdido el deseo de vivir. El camino estrecho de tierra está lleno de piedras, salientes y baches; estoy casi seguro de que las ruedas del autobús van a estallar. El conductor parece acelerar en cada giro brusco, aunque no puede ver si vienen vehículos de frente. En lugar de eso, seguramente vea decenas de metros de ese abismo profundo en el que el autobús corre peligro de caer. Pienso que quizá no entiende lo cerca que estamos de la muerte y miro a mi padre. Tiene los ojos cerrados y la boca abierta y emite un hedor a cebolla que llena nuestro espacio común.
Llegamos a nuestro destino. Mi padre me coge de la mano y me lleva por el centro de la ciudad hacia la colina del castillo, a la que se llega por un camino abrupto de asfalto que está plagado de turistas. A ambos lados del camino hay casetas en las que se venden todo tipo de cacharros, artesanía, dulces, alfombras y postales. Cuando llegamos a la fortaleza, mi padre se limpia el sudor de la frente con la manga y empieza a señalar los muros derrumbados y los bloques de piedra ocasionales, las mezquitas, que me resultan familiares por haberlas visto en fotos, y el Museo Skanderbeg, que parece una vaca de piedra y hacia el cual nos dirigimos ahora.
En el vestíbulo, una estatua blanca representa a Skanderbeg y a sus tropas. Me fijo en que tiene unas piernas descomunalmente gruesas que salen de una armadura gigante y parecen dos barriles; lleva puesta una capa larga y se tantea la espada con la mano izquierda; tiene una barba poblada y, sobre la cabeza, un yelmo metálico decorado con una cabeza de cabra. Mi padre señala a los hombres que hay detrás de Skanderbeg y dice que su ejército contaba con más de diez mil soldados, entre los cuales estaba Lekë Dukagjini, quien da nombre al Kanuni, que incluye las instrucciones y normas de comportamiento y que no necesita escribirse porque corre por la sangre de todo albano digno de respeto.
En el museo hay un número excesivo de objetos: de las paredes de las salas cuelgan armaduras y escudos de los tiempos de Skanderbeg; en las mesas y las vitrinas hay armas con las que se han quitado vidas; y mi padre, a pesar de su dolor de cabeza y su creciente sudoración, habla sin cesar como un avispero fuera de sí. De un modo atronador, me cuenta que, hace cientos de años, los otomanos de Turquía entraron en Albania por la fuerza y destrozaron todo el país. Siguiendo la práctica del dev¸sirme, los otomanos aunaron refuerzos para las filas de los jenízaros y los príncipes albanos se vieron obligados a alistar a sus hijos como garantía de que obedecían las órdenes del sultán; de lo contrario, éste les rompía la columna vertebral a los vástagos de los príncipes.
—Uno de los chicos alistados era Gjergj Kastrioti —cuenta mi padre—, procedente, ni más ni menos, de este lugar, la fortaleza de Krujë. La familia de Kastrioti gobernaba el terreno —añade— y Gjergj Kastrioti, que ha tomado el nombre de Skanderbeg, logró liberar a su ciudad natal de la ocupación otomana y defenderla no una ni dos veces, sino hasta tres.
Cuando mi padre dice que Skanderbeg izó la bandera en la fortaleza de Krujë como señal de la reconquista y de su victoria —una bandera en la que está su distintivo, un águila de dos cabezas—, me siento extraordinariamente orgulloso de mi patria y de Skanderbeg; y cuando me informa de que los albanos somos descendientes de Skanderbeg y de los ilirios, le muestro mi sonrisa más satisfecha.
Entonces mi padre dice que Skanderbeg es el albano más famoso del mundo, ya que tenía menos de diez años, «mucho más joven que tú ahora», cuando sus tres hermanos y él fueron enviados al servicio del sultán de Edirne, Mehmed I, para su entrenamiento para el ejército otomano. El sultán quería entrenar a sus rehenes como soldados turcos y convertirlos al islam, pero Gjergj Kastrioti no se doblegó ante sus deseos. Se convirtió en un soldado extraordinario, un estratega militar, un guerrero sin sangre que sólo perdió dos batallas en más de un cuarto de siglo, según cuenta mi padre, y no pasó mucho tiempo antes de que Skanderbeg regresara a Albania con el objetivo de liberar al país de la invasión turca. Por supuesto, lo consiguió y en la actualidad su alma descansa por toda Albania: en el águila negra de dos cabezas de la bandera del país late el corazón de un hombre inmortal y el color rojo que la rodea es la sangre que derrama incesantemente el pueblo inmortal.
Mi padre también menciona al caballo inteligente y heroico de Skanderbeg, que luchó fielmente al lado de su dueño y del que se dice que podía galopar más rápido y durante más tiempo que ningún otro caballo sobre la faz de la tierra. Según mi padre, tras la muerte de Skanderbeg el caballo no dejó que nadie lo montara y, por algún motivo, este dato me causa una gran impresión. Puede que el animal fuera capaz de ver el futuro y llevar sobre sus lomos a un hombre sin parangón, un hombre que nunca morirá.
—Primero vinieron aquí los turcos —dice mi padre con una corona de aflicción sobre la cabeza—. Después, los italianos. Mussolini, que parecía una cobaya gorda, espantó al cobarde del rey Zog, que desapareció a traición con el oro en dirección a Inglaterra, Estados Unidos y Francia para vivir una vida de lujo —continúa mi padre, ahora casi con enojo—. Entonces vinieron los alemanes y, después, los demás. Todos querían hacerse con esos botines, porque la región montañosa de este país tan fantástico es yerma y porque la imagen serrada que forman sus cimas afiladas es como el equipo de un dentista. No te imaginas lo dispuesto que está a lanzarse sobre la yugular del pueblo o estado que sea —finaliza mi padre, limpiando el aire con la mano como si estuviera abriendo un camino invisible.
Nos detenemos en la cima de la colina para maravillarnos con los paisajes, pues las vistas desde la fortaleza son magníficas. Krujë parece un plato oxidado, los búnkeres construidos en sus verdes prados descansan en su sitio como naves espaciales y, más a lo lejos, los caminos rodean las laderas de las montañas como cintas de regalo. Mi padre dice que, desde más arriba aún, se podría alcanzar a ver el mar; entonces, se detiene y sacude la arena con la punta del zapato.
—No te puedes imaginar la cantidad de sangre de hombres buenos que ha absorbido esta arena —empieza—. No eres capaz de imaginarte tal cantidad de sangre fluyendo ni cuántos dioses han muerto aquí, cuántos han desaparecido en esas montañas y han quedado enterrados en sus inviernos eternos.
La grandilocuencia de su voz empieza a asustarme, ya que ahora me imagino el aspecto que tienen todos esos muertos: uno encima de otro, con los miembros cortados y las entrañas, una masa viscosa y aceitosa, brotando hacia la arena y entremezclándose como harina esparcida descuidadamente.
Una vez bajamos, cogidos de la mano, mi padre se detiene delante de la mesa de un vendedor callejero y me compra unas canicas envueltas en una bolsita de algodón con unas cuerdas para cerrarla. En mi opinión, las canicas son exorbitantemente caras, pero eso a mi padre no le importa. Tiene la determinación de regalármelas, aunque con ese dinero hubiera podido comprar harina, sal y azúcar para mucho tiempo. Mientras le entrega al vendedor el dinero, separa la mano totalmente de la mía y, de pronto, me siento como si estuviera tremendamente lejos de casa y como si mi padre estuviera aún más lejos de mí.
—Necio —susurra el hombre que recibe el dinero de mi padre.
Mi padre no parece oír cómo se burlan de él y eso me hace enfadar de tal modo que me dan ganas de saltar sobre los hombros de ese tipo ruin y arrancarle los ojos de las cuencas con las uñas, pero me conformo con mirarlo fijamente e imaginarme que lo hago.
Me meto las canicas en el bolsillo y siento el peso de su culpa contra el muslo a medida que avanzamos como patos hacia el centro de la ciudad; cuando nos sentamos un momento en una piedra cercana a la parada del autobús, cedo ante mi gran deseo y saco las canicas del bolsillo. La frente de mi padre parece un jamón cocido al horno. Yo compruebo la bolsa: doce canicas, completamente redondas, de color azul, verde, turquesa o amarillo y, a contraluz, de todos los colores al mismo tiempo. Mi padre dice que todas las canicas del mundo son diferentes; yo asiento con la cabeza y cierro el puño sobre ellas.
—Me duele cabeza —vuelve a decir mi padre, apretándome la mano entre las suyas.
Tiene la piel áspera; sus dedos cortos y gruesos están húmedos como patatas recién recogidas.
—Estoy enfermo —dice finalmente.
Él tose y yo me doy cuenta de que tiene una fiebre tremenda, ya que a veces parece que de su respiración saliera vapor. Retira la mano y se pone de rodillas. Al mismo tiempo, las canicas que llevo en la mano se me caen suelo, aunque, en realidad, las palabras de mi padre no me sorprenden en absoluto. Las canicas tintinean al chocar entre sí y contra los adoquines, ruedan entre las piedras y por la arena que rodea la parada. Cuando mi padre dice que ahora hay que ser fuerte, me quedo en silencio, pensando por qué me habrá llevado hasta allí y por qué me habrá contado todas esas historias de Skanderbeg.
Vuelve a toser y yo empiezo a recoger las canicas y a meterlas en la bolsa. Como no encuentro la última, giro la cabeza en otra dirección, me echo a llorar y me tapo la cara con las manos; nunca he deseado con tantas fuerzas poder contener las lágrimas. Entonces me miro los zapatos, miro a las mujeres que caminan a lo lejos de la mano, al bosque hacia el que me gustaría correr y, de pronto, no sé cómo colocar las manos y las piernas. Le cojo la mano a mi padre y me acerco tanto a él que siento el calor de su cuerpo; estoy a punto de asfixiarme y lloro descontroladamente contra él y sobre él, pero mi padre no llora en absoluto, sino que se limita a respirar, toser y resoplar y a empujarme pesadamente lejos de él, porque le resulta difícil concentrarse y el autobús que va a Tirana está girando hacia la parada.
Una vez en el autobús, mi padre permanece en silencio con los ojos cerrados. Apoyo la cabeza contra el respaldo, dejo que me bañe la puesta de sol roja como el mar después de una tormenta y miro con una tranquilidad inexplicable el paisaje que se extiende por delante de mi padre, los pueblos por los que pasamos y los búnkeres construidos en las afueras de los pueblos, en las laderas de la montaña y en los valles, y ya no tengo ningún miedo. Me saco las canicas del bolsillo y, cuando recuerdo la que he perdido y el susurro del vendedor, vuelvo a prorrumpir en sollozos; por un momento, siento que no hay espacio suficiente para tanto llanto dentro de mí. Pero cuando cesa ese sentimiento de culpabilidad inconsolable del principio me invade la imperiosa necesidad de decirle a la persona que está sentada sola al otro lado del pasillo, un niño bastante más joven que yo, que vamos a morir durante este viaje en autobús.
El niño me mira como si fuera esquizofrénico y gira la cabeza hacia la ventana, pero yo lo observo con ojos de buitre; siento cómo sube la temperatura en su organismo, veo delante de mis ojos los momentos de terror que se forman en sus pensamientos y, pasado un instante, le digo que en esos caminos han muerto cientos de personas, algunas en accidentes de tráfico, ya fuera por locura del conductor, ya fuera por falta de habilidad al volante, y otras han muerto de hambre mientras deambulaban durante días y semanas por esas montañas.
—En esos caminos, la tierra está formada por carroña humana y los cimientos de las montañas son huesos humanos —explico y el niño vuelve a mirarme.
Esta vez me observa con mirada inquisitiva e indefensa, con los ojos vidriosos como un animal apaleado. Tiene las manos hundidas profundamente en sus axilas húmedas.
—Estoy seguro de que vamos a morir hoy —dice también mi padre antes de quedarse dormido.
—Vamos a morir todos —digo yo y me doy cuenta de que me entusiasma el modo en el que niño presiona las manos aún más profundamente contra las axilas, cómo se hincha el empeine de sus zapatillas blancas sucias, cómo se mordisquea el labio superior—. No vas a volver a ver a tu familia —sentencio.
Me aprieto la cara con una mano y con la otra cojo al niño por el hombro.
Entonces él empieza a llorar y su llanto es tan grotesco y tiene un sonido tan desagradable que capta la atención de un hombre mayor que está sentado unas filas más adelante. Es evidente que el hombre ha oído nuestra conversación, pues le hace señas al niño para que se siente a su lado y me da un guantazo en la cara como si fuera un jabalí agresivo.
Percibo en la boca el sabor de la sangre; se me ha torcido toda la cabeza debido al golpe en la barbilla. Me llevo la mano al bolsillo, aprieto con todas mis fuerzas las canicas y me cubro la boca y la nariz con la palma de la mano para no despertar a mi padre con mi furia. Cuando, finalmente, mi padre se despierta, ya hemos llegado y el hombre que me ha golpeado se aproxima hacia nosotros, le cuenta a mi padre todo lo que ha sucedido y dice, agarrándome del hombro: «Si este mequetrefe fuera mi hijo, lo golpearía con tal fuerza que se le clavarían los dientes en la garganta y no volvería a ser capaz de pronunciar una sola palabra».
El hombre me retira la cabeza de un empujón y siento la acritud en mi cara, aunque no estoy seguro de si se debe al odio que me produce su contacto o a la vergüenza por el hecho de que me hayan pillado. Cuando mi padre responde a las palabras del hombre pidiéndome con voz tranquila que me porte bien, sin apenas mirarme, me siento transparente y ligero, aunque las canicas que giran en mi mano están empapadas de sudor.
Nos bajamos del autobús; fuera está oscuro como la boca del lobo y mi padre parece estar casi inconsciente, ya que se desliza desde el vehículo hacia la calle y va tambaleándose por las calles de toda la ciudad, negra como un borracho extraviado, sin preocuparse por tenderme la mano, aunque yo estoy tan avergonzado que tampoco se la habría cogido.
* * *
Mi madre ha preparado pimientos rellenos de arroz y carne picada para cenar. También hay yogur casero, aceitunas marinadas en zumo de limón, huevos estofados en caldo de vinagre y pepinos frescos. A pesar de que nunca comemos tan a cuerpo de rey, mi padre se limita a probar todos esos platos y coge casi demostrativamente un trozo de pan, sin apenas rozar siquiera su comida favorita.
Comemos alrededor de una sábana blanca extendida sobre el suelo del cuarto de estar. Mi padre está recostado y, tras dar sólo algunos bocados, se gira sobre el estómago y se arrastra con dificultad hasta el colchón, que está doblado en el suelo, de tal modo que una mitad sirve de respaldo y la otra, de asiento.
—Tu padre está cansado —dice mi madre con tono de queja.
Mira a mi hermana Ana, unos años mayor que yo, quien, a su vez, pregunta cómo ha ido el día. Yo hago todo lo posible por mostrar que me gustaría nadar en la comida que tengo delante y me pregunto por qué se comportan como si fuera un día normal, como si comiéramos así todos los días, como si mi padre no existiera, como si no le molestara no poder comer su comida preferida.
—Bien —respondo entre ávidos bocados.
Mi madre va a buscar una manta para mi padre, que ha empezado a roncar, y yo pido permiso para marcharme, ya que, después de atiborrarme hasta casi explotar, quiero contarle a mi mejor amigo, Agim, todo lo que sé sobre Krujë y Skanderbeg y enseñarle mis canicas de mármol. Vivimos en el mismo edificio; tiene dos pisos y en la planta baja hay una tienda de ultramarinos y en el piso de arriba, dos viviendas idénticas: sala de estar, cocina, dos dormitorios y pasillo, en el cual hay un cuarto de baño separado mediante cortinas. También nosotros somos idénticos o, al menos, muy parecidos, pues algunas veces nos han confundido con gemelos.
Saludo a la madre y al padre de Agim, que raras veces habla y está peleado con mi padre porque tienen opiniones políticas distintas. Yo no sé mucho, pero sí que el padre de Agim odiaba a Enver Hoxha y que el mío sigue jurando y perjurando en nombre del partido comunista que dirigió aquél, el PPS. El padre de Agim opina que los cientos de miles de búnkeres que hay en el país se construyeron porque Hoxha era un loco paranoico que se imaginaba que los demás países querían invadir Albania. «Lo que pasa es que a nadie le ha interesado ni le interesará jamás este desierto, esta cárcel de mandamases dementes, estas personas asfixiadas; a nadie le importa este estado putrefacto con forma de excremento al que el talón de la bota de Italia apunta, como debe hacerse con un excremento». Eso suele decir su padre. Una vez, cuando Hoxha todavía estaba vivo, los hombres de la Sigurimi vinieron a buscar al padre de Agim a su casa y lo tuvieron retenido durante varios días, ya que sospechaban que confraternizaba con los capitalistas y que difundía su propaganda. Nunca volvió a hablar de su captura, pero todos supimos por las magulladuras de su cara y su cojera al andar que lo habían golpeado; cuando Hoxha murió a causa de sus enfermedades y se transfirió el poder a Ramiz Alia, el padre de Agim lo celebró, al igual que muchos.
Sé lo que podía pasar si alguien se oponía o criticaba a Hoxha o a su gestión, ya que, con frecuencia, hablaba de ello con Agim. Lo mismo pasaba con los ladrones, con aquéllos que intentaban ocultar sus pertenencias o con los que no denunciaban a los que sabían que eran capitalistas. Los dejaban pudrirse bajo llave y, más tarde, los ejecutaban en la plaza a la vista de todos en fusilamientos que se organizaban para que sirvieran como advertencia para los demás. Nunca habíamos estado en un fusilamiento, ya que éramos demasiado jóvenes, pero sabíamos que estaba prohibido hablar de Hoxha, hacer preguntas sobre él. Era irrefrenable, lejano e inalcanzable, pero, al mismo tiempo, estaba siempre presente, en el oxígeno que respirábamos y en el suelo en el que hundíamos los pies. Sabíamos que había lugares en los que Hoxha seguía vivo: en las palabras y en las frases con las que la gente se refería al pasado; en los sombreros que algunos hombres se quitaban antes de pronunciar sus oraciones de agradecimiento. «Gracias a Dios que ese tiempo ha quedado atrás, que ese hombre ahora está muerto», decían y volvían a ponerse el sombrero, sin comprender que Hoxha seguía viviendo en ese gesto.
Mientras me aproximo hacia la habitación de Agim, su padre responde a mi saludo desde el cuarto de estar y me pregunta cómo está mi padre.
—Bien —respondo desconcertado, ya que nunca lo había oído dirigirme una frase tan larga relativa a mi padre o a su salud.
Para mayor sorpresa, se levanta del suelo, camina hacia mí y me coge del hombro.
—Saluda a tu padre de mi parte —me dice.
Yo prometo hacer lo que me pide y me dirijo a la habitación de Agim con enfado, pues tengo la impresión de ser el último en enterarse de que mi padre está enfermo.
Agim es un año mayor que yo, pero es mucho más pequeño. Come poco y con poca frecuencia, ya que no quiere crecer mucho. Vamos al mismo colegio y él es, con una diferencia abrumadora, el mejor estudiante de todo el centro. Estudia lenguas extranjeras, aprende todo sin problemas y, aunque intenta aparentar que no le supone ningún esfuerzo, yo sé que estudia y se aplica mucho, ya que va todas las semanas a la biblioteca con su padre. Éste le escoge libros que Agim lee por las tardes; a veces también lee para mí. Me resulta difícil seguirle el ritmo, ya que las historias que lee son terriblemente metafóricas y no soy capaz de interpretarlas como él o su padre, quienes mantienen acaloradas conversaciones sobre las historias leídas.
Uno de sus libros preferidos habla de un hombre mayor que emprende un largo viaje de pesca y, tras sufrir numerosos contratiempos, tiene que regresar, sin captura y sin fuerzas. Cuando Agim lo leyó, dijo que era un libro maravilloso y melancólico que hablaba del deseo, de darlo todo, algo que raramente te lleva a cumplir tu deseo.
—Sí —dije, mirándolo a los ojos—. Yo también tengo que leer ese libro algún día —añadí y aparté la mirada.
Otro libro que tuvo influencia en él tenía por protagonistas a un grupo de animales que empezaron a controlar una granja que le habían robado a un agricultor borracho.
—Entonces hay una revolución —explicó Agim extasiado, con las manos cerradas en un puño y los ojos y la boca completamente abiertos— y entonces los verracos que han empezado todo se pelean entre ellos y entonces se mata y se expulsa a los contrarrevolucionarios —añadió histérico—. Imagínatelo, Bujar, los animales crean una sociedad totalitaria.
Así terminó su relato, probablemente dando por supuesto que me entusiasmaría el tema tanto como a él, que vería en la historia las mismas conexiones… Sin embargo, tuvo que explicarme, cogiéndome de las manos, lo que significa la palabra totalitario y que esa situación se había dado también en Albania no hacía demasiado tiempo. Cuando le respondí que los animales no saben hablar, no me manifestó su frustración ni su decepción —nunca lo hacía—, sino que me volvió a explicar todo con mucha paciencia.
