El Crotalón - Cristobal de Villalón - E-Book

El Crotalón E-Book

Cristobal de Villalón

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Beschreibung

El Crotalón es un testimonio de la lectura erasmista del Lazarillo de Tormes. Cristóbal de Villalón consideraba que el Lazarillo contenía el mismo mensaje que los Diálogos de Alfonso de Valdés. Por ello adoptó ese punto de vista en dos cantos del Gallo. No se sabe cuándo fue escrito El Crótalon. La referencia a la segunda parte anónima del Lazarillo, publicado en 1555 en España, no sirve como fecha post quem. Está solo en uno de los dos Manuscritos que nos han transmitido la obra —con la versión ampliada—. Pudo, por tanto, ser una adición posterior.

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Seitenzahl: 562

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Cristóbal Villalón

El Crotalón

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: El Crotalón.

© 2024, Red ediciones S.L.

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN tapa dura: 978-84-1126-504-1.

ISBN rústica: 978-84-9816-869-3.

ISBN ebook: 978-84-9897-215-3.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 7

La vida 7

Prólogo del autor 9

Argumento del primer canto del gallo 13

Argumento del segundo canto del gallo 25

Argumento del tercero canto del gallo 38

Argumento del cuarto canto del gallo 48

Argumento del quinto canto del gallo 65

Argumento del sexto canto del gallo 80

Argumento del séptimo canto del gallo 92

Argumento del octavo canto del gallo 108

Argumento del nono canto del gallo 121

Argumento del décimo canto 136

Argumento del onceno canto del gallo 148

Argumento del duodécimo canto del gallo 159

Argumento del decimotercio canto del gallo 170

Argumento del decimocuarto canto del gallo 184

Argumento del décimo quinto canto del gallo 195

Argumento del decimosexto canto del gallo 206

Argumento del décimo séptimo canto 219

Argumento del décimo octavo canto 233

Argumento del décimo nono canto del gallo 248

Argumento del vigésimo y último canto 262

Libros a la carta 273

Brevísima presentación

La vida

Cristóbal de Villalón (c. 1505-c. 1588). España.

Se graduó de bachiller en artes en Alcalá. Estudió en la Universidad de Salamanca en 1525 y en su facultad de teología conoció a los más prestigiosos humanistas de su tiempo. En 1530 fue catedrático en Valladolid y en 1532 ejerció como profesor de latín de los hijos del Conde de Lemos. No se tienen noticias de su vida a partir de 1588.

Se dice que profesó la fe luterana. Sin embargo, Marcelino Menéndez y Pelayo lo negó en el libro IV de su Historia de los heterodoxos españoles argumentando que el Crotalón contiene duras invectivas contra los protestantes.

Su primera obra es la Tragedia de Mirrha (1536), novela dialogada que se inspira en los amores incestuosos entre Mirrha y su padre, el rey Cíniras, tratados por Ovidio en su Metamorfosis. Por entonces Villalón también escribió el Scholástico. Su obra más popular fue Provechoso tratado de cambios y contrataciones de mercaderes y reprobación de usuras, dedicado a los problemas morales de la actividad de los prestamistas desde una visión teológica y comercial. En 1558 publicó su Gramática castellana, más alejada del latín que la de Antonio de Nebrija.

Este libro, influido por los ideales eramistas, cuestiona con vehemencia los vicios de su época.

Prólogo del autor

De Cristoforo Gnofoso natural de la ínsula Eutrapelia, una de las Ínsulas Fortunadas. En el cual se contrahace aguda e ingeniosamente el sueño o gallo de Luciano famoso orador griego.

Posui ori meo custodiam: cum consisteret peccatum adversum me. P sal 18

Al lector curioso

Porque cualquiera persona en cuyas manos cayere este nuestro trabajo (si por ventura fuere digno de ser de alguno leído) tenga entendida la intención del autor, sepa que por ser enemigo de la ociosidad, por tener experiencia ser el ocio causa de toda malicia, queriéndose ocupar en algo que fuese digno del tiempo que en ello se pudiese consumir, pensó escribir cosa que en apacible estilo pudiese aprovechar. Y así imaginó cómo, debajo de una corteza apacible y de algún sabor, diese a entender la malicia en que los hombres emplean el día de hoy su vivir. Porque en ningún tiempo se pueden más a la verdad que en el presente verificar aquellas palabras que escribió Moysen en el Genesi: «Que toda carne mortal tiene corrompida y errada la carrera y regla de su vivir». Todos tuercen la ley de su obligación. Y porque tengo entendido el común gusto de los hombres, que les aplace más leer cosas del donaire: coplas, chanzonetas y sonetos de placer, antes que oír cosas graves, principalmente si son hechas en reprehensión, porque a ninguno aplace que en sus flaquezas le digan la verdad, por tanto, procuré darles manera de doctrinal abscondida y solapada debajo de facicias, fábulas, novelas y donaires, en los cuales, tomando sabor para leer, vengan a aprovecharse de aquello que quiere mi intención. Este estilo y orden tuvieron en sus obras muchos sabios antiguos enderezados en este mismo fin. Como Ysopo y Catón, Aulo Gelio, Juan Bocacio, Juan Pogio florentín; y otros muchos que sería largo contar, hasta Aristóteles, Plutarco, Platón. Y Cristo enseñó con parábolas y ejemplos al pueblo y a sus discípulos la doctrina celestial. El título de la obra es Crotalón: que es vocablo griego; que en castellano quiere decir: juego de sonajas, o terreñuelas, conforme a la intención del autor.

Contrahace el estilo e invención de Luciano, famoso orador griego, en el su Gallo: donde hablando un gallo con un su amo capatero llamado Micilo reprehendió los vicios de su tiempo. Y en otros muchos libros y diálogos que escribió. También finge el autor ser sueño imitando al mismo Luciano que al mismo diálogo del Gallo llama Sueño. Y hácelo el autor porque en esta su obra pretende escribir de diversidad de cosas y sin orden, lo cual es propio de sueño, porque cada vez que despierta tornándose a dormir sueña cosas diversas de las que antes soñó. Y es de notar que por no ser tradución a la letra ni al sentido le llama contrahecho, porque solamente se imita el estilo.

Llama a los libros o diversidad de diálogos canto, porque es lenguaje de gallo cantar. O porque son todos hechos al canto del gallo en el postrero sueño a la mañana, donde el estómago hace la verdadera digestión, y entonces los vapores que suben al cerebro causan los sueños y aquéllos son los que quedan después. En las transformaciones de que en diversos estados de hombres y brutos se escriben en el proceso del libro, imita el autor al heroico poeta Ovidio en su libro del Metamorfosis, donde el poeta finge muchas transformaciones de bestias, piedras y árboles en que son convertidos los malos en pago de sus vicios y perverso vivir.

En el primero canto el autor propone de lo que ha de tratar en la presente obra, narrando el primer nacimiento del gallo, y el suceso de su vida.

En el segundo canto el autor imita a Plutarco en un diálogo que hizo entre Ulises y un griego llamado Grilo, el cual había Circe convertido en puerco y no quiso ser vuelto a la naturaleza de hombre, teniendo por más felice el estado y naturaleza de puerco. En esto el autor quiere dar a entender que cuando los hombres están encenagados en los vicios, y principalmente en el de la carne, son muy peores que brutos. Y aún hay, le imita en el libro que hizo llamado Pseudomantis, en el cual describe maravillosamente grandes tacañerías, embaimientos y engaños de un falso religioso llamado Alejandro, el cual en Macedonia, hay muchas fieras que sin comparación los exceden en el uso de la virtud.

En el tercero y cuarto cantos el autor trata una misma materia, porque en ellos imita a Luciano en todos sus diálogos; en los cuales siempre muerde a los filósofos y nombres religiosos de su tiempo.

Y en el cuarto canto, expresamente, le imita en el libro que hizo llamado Pseudomantis, en el cual describe maravillosamente grandes tacañerías, embaimientos y engaños de un falso religioso llamado Alejandro, el cual en Macedonia, Tracia, Bitinia y parte de la Asia fingió ser profeta de Esculapio, fingiendo dar respuestas ambiguas e industriosas para adquirir con el vulgo crédito y moneda.

En el quinto, sexto y séptimo cantos el autor, debajo de una graciosa historia, imita la parábola que Cristo dijo por San Lucas en el capítulo quinze del hijo pródigo. Allí se verá en agraciado estilo un vicioso mancebo en poder de malas mujeres, vueltas las espaldas a su honra, a los hombres y a Dios, disipar todos los dotes del alma que son los tesoros que de su padre Dios heredó. Y veráse también los hechizos, engaños y encantamientos de que las malas mujeres usan por gozar de sus lacivos deleites por satisfacer a sola su sensualidad.

En el octavo canto, por haber el autor hablado en los cantos precedentes de los religiosos, prosigue hablando de algunos intereses que en daño de sus conciencias tienen mujeres que en título de religión están en los monasterios dedicadas al culto divino, monjas. Y en la fábula de las ranas imita a Homero en su Bratacomiomaquia.

En el nono y décimo cantos el autor, imitando a Luciano en el diálogo llamado Toxaris en el cual trata de la amistad, el autor trata de dos amigos fidelísimos, que en casos muy arduos aprobaron bien su intención; y en Roberto y Beatriz imita el autor la fuerza que hizo la mujer de Putifar a Joseph.

En el onceno canto el autor, imitando a Luciano en el libro que intituló De luctu, habla de la superfluidad y vanidad que entre los cristianos se acostumbra hacer en la muerte, entierro y sepultura, y descríbese el entierro del marqués del Gasto, capitán general del Emperador en la Italia, cosa muy de notar.

En el duodécimo canto el autor, imitando a Luciano en el diálogo que intituló Icaromenipo, finge subir al cielo y describe lo que allá vio acerca del asiento de Dios, y orden y bienaventuranza de los ángeles y santos y de otras muchas cosas que agudamente se tratan del estado celestial.

En el decimotercio canto, prosiguiendo el autor la subida del cielo, finge haber visto en los aires la pena que se da a los ingratos, y hablando maravillosamente de la ingratitud cuenta un admirable acontecimiento digno de ser oído en la materia.

En el decimocuarto canto el autor concluye la subida del cielo, y propone tratar la bajada del infierno declarando lo que acerca dél tuvieron los gentiles, y escribieron sus historiadores y poetas.

En el decimoquinto y decimosexto cantos imitando el autor a Luciano, en el libro que intituló Necromancia, finge descender al infierno, donde describe las estancias, lugares y penas de los condenados.

En el decimosexto canto el autor en Rosicler, hija del rey de Siria, describe la ferocidad con que una mujer acomete cualquiera cosa que le venga al pensamiento si es lisiada de un lascivo interés, y concluye con el descendimiento del infierno imitando a Luciano en los libros que de Varios diálogos intituló.

En el decimoséptimo canto el autor sueña haberse hallado en una misa nueva, en la cual describe grandes acontecimientos que comúnmente en semejantes lugares suelen pasar entre sacerdotes.

En el decimo octavo canto el autor sueña un acontecimiento gracioso, por el cual muestra los grandes daños que se siguen por faltar la verdad del mundo dentre los hombres.

En el decimo nono canto el autor trata del trabajo y miseria que hay en el palacio y reprehende a aquellos que pudiendo ser señores viviendo de algún oficio se privan de su libertad.

En el vigésimo y último canto el autor describe la muerte del gallo.

Síguese el Crótalon de Christoforo Gnofoso, en el cual se contrahace el sueño o gallo de Luciano, famoso orador griego.

Argumento del primer canto del gallo

En el primer canto que se sigue el autor propone lo que ha de tratar en la presente obra, narrando el primer nacimiento del gallo y el suceso de su vida.

DIÁLOGO - INTERLOCUTORES

Micilo capatero pobre y un Gallo suyo

¡O líbreme Dios de gallo tan maldito y tan vocinglero! Dios te sea adverso en tu deseado mantenimiento, pues con tu ronco e importuno vocear me quitas y estorbas mi sabroso y bienaventurado sueño, holganza tan apacible de todas las cosas. Ayer en todo el día no levanté cabeza trabajando con el alesna y cerda, y aún sin dificultad es pasada la media noche y ya me desasosiegas en mi dormir. Calla; si no en verdad que te dé con esta horma en la cabeza, que más provecho me harás en la olla cuando amanezca, que haces ahí voceando.

Gallo: Maravíllome de tu ingratitud, Micilo, pues a mí que tanto provecho te hago en despertarte por ser ya hora conveniente al trabajo, con tanta cólera me maldices y blasfemas. No era eso lo que ayer decías renegando de la pobreza, sino que querías trabajar de noche y de día por haber alguna riqueza.

Micilo: ¡O Dios inmortal! ¿Qué es esto que oyo? ¿El gallo habla? ¿Qué mal agüero o monstruoso prodigio es éste?

Gallo: ¿Y deso te escandalizas, y con tanta turbación te maravillas, o Micilo?

Micilo: Pues, cómo ¿y no me tengo de maravillar de un tan prodigioso acontecimiento? ¿Qué tengo de pensar sino que algún demonio habla en ti? Por lo cual me conviene que te corte la cabeza, porque acaso en algún tiempo no me hagas otra más peligrosa ilusión. ¿Huyes? ¿Por qué no esperas?

Gallo: Ten paciencia, Micilo, y oye lo que te diré, que te quiero mostrar cuán poca razón tienes de escandalizarte, y aun confío que después no te pesará oírme.

Micilo: Agora siendo gallo, dime: ¿tú quién eres?

Gallo: ¿Nunca oíste decir de aquel gran filósofo Pitágoras, y de su famosa opinión que tenía?

Micilo: Pocos capateros has visto te entender con filósofos. A mí a lo menos poco me vaga para entender con ellos.

Gallo: Pues mira que éste fue el hombre más sabio que hubo en su tiempo, y éste afirmó y tuvo por cierto que las almas después de criadas por Dios pasaban de cuerpos en cuerpos. Probaba con gran eficacia de argumentos que, en cualquiera tiempo que un animal muere, está aparejado otro cuerpo en el vientre de alguna hembra en disposición, de recibir alma, y que a éste se pasa el alma del que agora murió. De manera que puede ser que una misma alma, habiendo sido criada de largo tiempo, haya venido en infinitos cuerpos, y que agora quinientos años hubiese sido rey, y después un miserables aguadero; y así en un tiempo un hombre sabio, y en otro un necio, y en otro rana, y en otro asno, caballo o puercos; ¿Nunca tú oíste decir esto?

Micilo: Por cierto, yo nunca oí cuentos ni músicas más agraciadas que aquellas que hacen entre sí cuando en mucha priesa se encuentran las hormas y charambiles con el tranchete.

Gallo: Así parece ser eso. Porque la poca experiencia que tienes de las cosas te es ocasión que agora te escandalizes de ver cosa tan común a los que leen.

Micilo: Por cierto que me espantas de oír lo que dices.

Gallo: Pues dime agora: ¿De dónde piensas que les viene a muchos brutos animales hacer cosas tan agudas y tan ingeniosas que aun muy enseñados hombres no bastaran hacerlas? ¿Qué has oído decir del elefante, del tigre, lebrel y raposa? ¿Qué has visto hacer a una mona? ¿Qué se podría decir de aquí a mañana? Ni habrá quien tanto te diga como yo si el tiempo nos diese a ello lugar, y tú tuvieses de oírlo gana y algún agradecimiento. Porque te hago saber que ha más de mil años que soy criado en el mundo, y después acá he vivido en infinitas diferencias de cuerpos, en cada uno de los cuales me han acontecido tanta diversidad de cuentos, que antes nos faltaría tiempo que me faltase a mí decir, y a ti que holgases de oír.

Micilo: ¡O mi buen gallo, qué bienaventurado me sería el señorío que tengo sobre ti, si me quisieses tanto agradar que con tu dulce y sabrosa lengua me comunicases alguna parte de los tus fortunosos acontecimientos! Yo te prometo que en pago y galardón de este inestimable servicio y placer te dé en amaneciendo la ración doblada, aunque sepa quitarlo de mi mantenimiento.

Gallo: Pues por ser tuyo te soy obligado agradar, y agora más por ver el premio relucir.

Micilo: Pues, aguarda, encenderé candela y ponerme he a trabajar. Agora comienza, que oyente tienes el más obediente y atento que nunca a maestro oyó.

Gallo: ¡O dioses y diosas, favoreced mi flaca y deleznable memoria!

Micilo: ¿Qué dices? ¿Eres hereje o gentil? ¿Cómo llamas a los dioses y diosas?

Gallo: Pues ¡cómo!, ¿y agora sabes que todos los gallos somos franceses como el nombre nos lo dice, y que los franceses hacemos deso poco caudal? Principalmente después que hizo liga con los turcos nuestro rey, trájolos allí, y medio profesamos su ley por la conversación. Pero de aquí adelante yo te prometo de hablar contigo en toda religión.

Micilo: Agora pues comienza, yo te ruego, y has de contar desde el primero día de tu ser.

Gallo: Así lo haré; tenme atención, yo te diré cosas tantas y tan admirables que con ningún tiempo se puedan medir, y si no fuese por tu mucha cordura no las podrías creer. Decirte he muchos acontecimientos de grande admiración. Verás los hombres convertidos en bestias, y las bestias convertidas en hombres y con gran facilidad. Oirás cautelas, astucias, industrias, agudezas, engaños, mentiras y tráfagos en que a la contina emplean los hombres su natural. Verás, en conclusión, como en un espejo lo que los hombres son de su natural inclinación, por donde juzgarás la gran liberalidad y misericordia de Dios.

Micilo: Mira, gallo, bien que pues yo me confío de ti, no pienses agora con arrogancias y soberbia de elocuentes palabras burlar de mí contándome tan grandes mentiras que no se puedan creer, porque puesto caso que todo me lo hagas con tu elocuencia muy claro y aparente, aventuras ganar poco interés mintiendo a un hombre tan bajo como yo, y hacer injuria a ese filósofo Pitágoras que dices que en otro tiempo fueste y al respeto que todo hombre se debe a sí. Porque el virtuoso en el cometimiento de la poquedad no ha de tener tanto temor a los que la verán, como a la vergüenza que debe haber de sí.

Gallo: No me maravillo, Micilo, que temas hoy de te confiar de mí, que te diré verdad por haber visto una tan gran cosa y tan no usada ni oída de ti como ver un gallo hablar. Pero mira bien que te obliga mucho, sobre todo lo que has dicho, a me creer, considerar que pues yo hablé, y para ti, que no es pequeña muestra de deidad, a la cual repugna el mentir. Y ya cuando no me quisieres considerar más de gallo confía de mí, que terné respecto al premio y galardón que me has prometido dar en mi comer, porque no quiero que me acontezca contigo hoy lo que aconteció a aquel ambicioso músico Evangelista en esta ciudad. Lo cual por te hacer perder el temor quiero que oyas aquí. Tú sabrás que aconteció en Castilla una gran pestilencia, que en un año entero y más fue perseguido todo el reino de gran mortandad. De manera que en ningún pueblo que fuese de algunos vecinos se sufría vivir, porque no se entendía sino en enterrar muertos desde que amanecía hasta en gran pieza de la noche que se recogían los hombres a descansar. Era la enfermedad un género de postema nacida en las ingles, sobacos o garganta, a la cual llamaban landre. De la cual, en siendo heridos, sucedía una terrible calentura, y dentro de veinte y cuatro horas hería la postema en el corazón y era cierta la muerte. Convenía huir de conversación y compañía, porque era mal contagioso, que luego se pegaba si había ayuntamiento de gentes; y así huían los ricos que podían de los grandes pueblos a las pequeñas aldeas que menos gente y congregación hubiese. Y después se defendía la entrada de los que viniesen de fuera con temor que trayendo consigo el mal corrompiese y contaminase el pueblo. Y así acontecía que el que no salía temprano de la ciudad juntamente con sus alhajas y hacienda, si acaso saliese algo tarde cuando ya estaba encendida la pestilencia, andaba vagando por los campos porque no le querían acoger en parte alguna, por lo cual sucedía morir por allí por mala provisión de hambre y miseria corridos y desconsolados. Y lo que más era de llorar, que puestos en la necesidad los padres, huían dellos los hijos con la mayor crueldad del mundo, y por el semejante huían dellos los padres por escapar cada cual con la vida. Y sucedía que por huir los sacerdotes el peligro de la pestilencia, no había quien confesase ni administrase los sacramentos, de manera que todos morían sin ellos; y en el entierro, o quedaban sin sepultura, o se echaban veinte personas en una. Era, en suma, la más trabajada y miserable vida e infeliz que ninguna lengua ni pluma puede escribir ni encarejer. Teníase por conveniente medio, do quiera que los hombres estaban ejercitarse en cosas de alegría y placer: en huertas, ríos, fuentes, florestas, jardines, prados, juegos, bailes y todo género de regocijo, huyendo a la contina con todas sus fuerzas de cualquiera ocasión que los pudiese dar tristeza y pesar. Agora quiero te decir una cosa notable que en esta nuestra ciudad pasó, y es que se tomó por ocupación y ejercicio salutífero, y muy conveniente para evitar la tristeza y ocasión del mal, hacer en todas las calles pasos, o lo que los antiguos llamaron palestras o estadios; y porque mejor me entiendas digo que se hacían en todas las calles unos palenques que las cerraban con un seto de madera entretejida arboleda de flores, rosas y yerbas muy graciosas, quedando sola una pequeña puerta por la cual al principio de la calle pudiesen entrar, y otra puerta al fin por donde pudiesen salir; y allí dentro se hacía un entoldado tálamo o teatro para que se sentasen los jueces; y en cada calle había un juego particular dentro de aquellos palenques o palestras. En una calle había lucha, en otra esgrima, en otra danza y baile; en otra se jugaban birlos, saltar, correr, tirar barra; y a todos estos juegos y ejercicios había ricas joyas que se daban al que mejor se ejercitase por premio; y así todos venían aquí a llevar el palio, o premio, ricamente vestidos o disfrazados que agraciaban mucho a los miradores y adornaban la fiesta y regocijo. En una calle estaba hecho un palenque de mucho más rico, hermoso y apacible aparato que en todas las otras. Estaba hecho un seto con muchos géneros y diferencias de árboles, flores y frutas, naranjas, camuesos, ciruelas, guindas, claveles, azucenas, alelíes, rosas, violetas, maravillas y jazmines y todas las frutas colgaban de los ramos. Había a una parte del palenque un teatro ricamente entoldado, y en él había un estrado. Debajo de un dosel de brocado estaban sentados Apolo y Orfeo, príncipes de la música de bien contrahechos disfraces. Tenía el uno dellos en la mano una vihuela, que decían haber sido aquella que hubieron los insulanos de Lesbos que iba por el mar haciendo con las olas muy triste música por la muerte de su señor Orfeo, cuando le despedazaron las mujeres griegas, y cortada la cabeza, juntamente con la vihuela, la echaron en el Negro Ponto, y las aguas del mar la llevaron hasta Lesbos, y los insulanos la pusieron en Delfos en el templo de Apolo, y de allí la trajeron los desta ciudad para esta fiesta y desafío. Así decían estos jueces que la darían por premio y galardón al que mejor cantase y tañiese en una vihuela, por ser la más estimada joya que en el mundo entre los músicos se podía haber. En aquel tiempo estaba en esta nuestra ciudad un hombre muy ambicioso que se llamaba Evangelista, el cual, aunque era mancebo de edad de treinta años, y de buena disposición y rostro, pero era muy mayor la presunción que de sí tenía de pasar en todo a todos. Éste, después que hubo andado todos los palenques y palestras, y que en ninguno pudo haber victoria, ni en lucha, ni esgrima, ni en otro alguno de aquellos ejercicios, acordó de se vestir lo más rico que pudo, ayudándose de ropas y joyas muy preciadas suyas y de sus amigos, y cargando de collares y cadenas su cuello y hombros, y de muchos y muy estimados anillos sus dedos; y procuró haber una vihuela con gran suma de dinero, la cual llevaba las clavijas de oro, y todo el mástil y tapa labrada de un tarace de piedras finas de inestimable valor, y eran las maderas del cedro del monte Líbano, y del ébano fino de la ínsula Méroe, juntamente con las costillas y cercos. Tenía por la tapa, junto a la puente y lazo, pintados a Apolo y Orfeo con sus vihuelas en las manos de muy admirable oficial que la labró. Era la vihuela de tanto valor que no había precio en que se pudiese estimar. Éste, como entró en el teatro, fue de todos muy mirado por el rico aparato y atavío que traía. Estaba todo el teatro lleno de tapetes y estancias llenas de damas y caballeros que habían venido a ver definir aquella preciosa joya en aquella fiesta posponiendo su salud y su vida. Y como le mandaron los jueces que comenzase a tañer esperando dél que llevaría la ventaja al mismo Apolo que resucitase. En fin, ¡él comenzó a tañer de tal manera que a juicio razonable que no fuese piedra, parecería no saber tocar las cuerdas más que un asno! Y cuando vino a cantar todos se movieron a escarnio y risa visto que la canción era muy fría y cantada sin algún arte, gracia y donaire de la música. Pues como los jueces le oyeron cantar y tañer tan sin arte y orden esperando dél el extremo de la música, hiriéndole con un palo y con mucho baldón fue traído por el teatro diciéndole un pregonero en alta voz grandes vituperios, y fue mandado por los jueces estar vilísimamente sentado en el suelo con mucha inominia a vista de todos hasta que fue sentenciado el juicio. Y luego entró un mancebo de razonable disposición y edad, natural de una pequeña y baja aldea desta nuestra ciudad, pobre, mal vestido y peor ataviado en cabello y apuesto. Éste traía en la mano una vihuela grosera y mal dolada de pino y de otro palo común, sin polideza ni afeite alguno. Tan grosero en su representación que a todos los que estaban en el teatro movió a risa y escarnio juzgando que éste también pagaría con Evangelista su atrevimiento y temeridad. Y puesto ante los jueces les demandó en alta voz le oyesen, y después de haber oído a aquellos dos tan señalados músicos en la vihuela Torres, Naruáez y Macotera, tan nombrados en España que admirablemente habían hecho su deber y obligación, mandaron los jueces que tañese este pobre varón, que dijo haber por nombre Tespín. El cual como comenzó a tañer hacía hablar las cuerdas con tanta excelencia y melodía que llevaba los hombres bobos, dormidos tras sí; y a una vuelta de consonancia los despertaba como con una vara. Tenía de voz un tenor admirable, el cual cuando comenzó a cantar no había hombre que no saliese de sí, porque era la voz de admirable fuerza, majestad y dulzor. Cantaba en una ingeniosa composición de metro castellano las batallas y victoria del rey Católico Fernando sobre el reino y ciudad de Granada, y aquellos razonamientos y aviso que pasó con aquel antiguo moro Abenámar, descripción de alijares, alcázar y mezquita. Los jueces dieron por Tespín la sentencia y victoria, y le dieron la joya del premio y triunfo, y luego volviéndose el pregonero a Evangelista, que estaba miserablemente sentado en tierra, le dijo en alta voz: «Ves aquí, o soberbio y ambicioso Evangelista, qué te han aprovechado tus anillos, vihuela dorada y ricos atavíos, pues por causa dellos han advertido todos los miradores más a tu temeridad, locura, ambición y necedad, cuando por sola la apariencia de tus riquezas pensaste ganar el premio, no sabiendo en la verdad cantar ni tañer. Pues mentiste a ti, y a todos pensaste engañar, serás infame para siempre jamás por ejemplo del mentir, llevando el premio el pobre Tespín como músico de verdad sin aparencia ni ficción». Esto te he contado, Micilo, porque me dijiste que con aparato de palabras no pensase decirte grandes mentiras. Yo digo que te prometo de no ser como este músico Evangelista, que quiso ganar el premio y joya con solo el aparato y apariencia de su hermosura y riqueza, con temor que después no solamente me quites el comer que me prometes por galardón, pero aún me des de palos. Y aún por más te asegurar te hago juramento solemne al gran poder de Dios, y...

Micilo: Calla, calla gallo, óyeme. Dime, ¿y no me prometiste al principio que hablarías conmigo en toda religión?

Gallo: ¿Pues en qué falto de la promesa?

Micilo: En que con tanta fuerza y vehemencia juras a Dios.

Gallo: ¿Pues no puedo jurar?

Micilo: Unos clérigos santos que andan en esta villa nos dicen que no.

Gallo: Déjate desos santones. Opinión fue de unos herejes llamados manicheos, condenada por concilio, que decían que en ninguna manera era lícito jurar. Pero a mí paréceme que es lícito imitar a Dios, pues Él juró por sí mismo cuando quiso hacer cierta la promesa a Abraán, donde dice San Pablo que no había otro mayor por quien jurase Dios que lo jurara como juró por sí; y en la Sagrada Escritura, a cada paso, se hallan juramentos de profetas y santos que juran «vive Dios». Y el mismo San Pablo le jura con toda su santidad, que dijo escribiendo a los gálatas: si por la gracia somos hijos de Dios, luego juro a Dios que somos herederos. Y hacía bien, porque ninguno jura sino por el que más ama, y por el que conoce ser mayor. Así dice el refrán: «quien bien le jura, bien le cree». Pero dejado esto, yo le prometo contar cosas verdaderas y de admiración con que sobrellevando el trabajo te deleite y dé placer. Pues venido al principio de mi ser tú sabrás que como te he dicho yo fue aquel gran filósofo Pitágoras samio hijo de Menesarra, hombre rico y de gran negocio en la mercadería.

Micilo: Espera, gallo, que ya me acuerdo, que yo he oído decir dese sabio y santo filósofo que enseñó muchas buenas cosas a los de su tiempo. Agora, pues, dime gallo, ¿por qué vía dejando de ser aquel filósofo veniste a ser gallo, un ave de tan poca estima y valor?

Gallo: Primero que viniese a ser gallo fue transformado en otras diversidades de animales y gentes, entre las cuales he sido rana, y hombre bajo popular y rey.

Micilo: ¿Y qué rey fueste?

Gallo: Yo fue Sardanapalo, rey de los medos, mucho antes que fuese Pitágoras.

Micilo: Agora me parece, gallo, que me comienzas a encantar o, por mejor decir, a engañar, porque comienzas por una cosa tan repugnante y tan lejos de verosimilitud para poderla creer. Porque según yo he oído y me acuerdo, ese filósofo Pitágoras fue el más virtuoso hombre que hubo en su tiempo. El cual por aprender los secretos de la tierra y del cielo se fue a Egipto con aquellos sabios que allí había en el templo que entonces decían sacerdotes de Júpiter Amón, que vivían en las Syrtes, y de allí se vino a visitar los magos a Babilonia, que era otro género de sabios, y al fin se volvió a la Italia, donde llegado a la ciudad de Crotón halló que reinaba mucho allí la lujuria, y el deleite, y el suntuoso comer y beber, de lo cual los apartó con su buena doctrina y ejemplo. Éste hizo admirables leyes de templanza, modestia y castidad, en las cuales mandó que ninguno comiese carne, por apartarlos de la lujuria; y desta manera bastó refrenarlos de los vicios. Y también mandaba a sus discípulos que por cinco años no hablasen, porque conocía el buen sabio cuántos males vengan en el mundo por el hablar demasiado. ¡Cuán contrarias fueron estas dos cosas a las costumbres y vida de Sardanapalo rey de los medos, del cual he oído cosas tan contrarias, que me hacen creer que finges por burlar de mí! Porque he oído decir que fue el mayor glotón y lujurioso que hubo en sus tiempos, tanto que señalaba premios a los inventores de guisados y comeres, y a los que de nuevo le enseñasen maneras de lujuriar, y así este infeliz sucio mandó poner en su sepultura estas palabras: «Aquí yace Sardanapalo, rey de medos, hijo de Anazindaro. Come hombre, bebe y juega, y conociendo que eres mortal, satifaz tu ánimo de los deleites presentes, porque después no hay de qué puedas con alegría gozar. Que así hice yo, y solo me queda que comí y harté este mi apetito de lujuria y deleite, y en fin todo se queda acá, y yo resulto convertido en polvo». Mira pues, o gallo, qué manifiesta contrariedad hay entre estos dos por donde veo yo que me estimes en poco, pues tan claramente propones cosa tan lejos de verosimilitud. O parece que descuidado en tu fingir manifiestes la vanidad de tu ficción.

Gallo: ¡O cuán pertinaz estás, Micilo, en tu incredulidad! Ya no sé con qué juramentos o palabras te asegure para que me quieras oír. Cuánto más te admirarías si te dijese, que fue yo también en un tiempo aquel emperador romano Heliogábalo, un tan disoluto glotón y vicioso en su comer.

Micilo: ¡O válame Dios! Si es verdad lo que me contó este día pasado este nuestro vecino Demofón, que dijo que lo había leído en un libro que dijo llamarse Selva de varia lección. Por cierto si verdad es, y no lo finge aquel autor, argumento me es muy claro de lo que presumo de ti, porque en el vicio de comer y beber y lujuriar excede aún a Sardanapalo sin comparación.

Gallo: De pocas cosas te comienzas a admirar, o Micilo, y de cosas fáciles de entender te comienzas a alterar, y mueves dudas y objeciones que causan repugnancia y perplejidad en tu entendimiento. Lo cual todo nace de la poca experiencia que tienes de las cosas; y principalmente procede en ti esa tu confusión de no ser ocupado hasta aquí en la especulación de la filosofía, donde se aprende y sabe la naturaleza de las cosas. Donde si tú te hubieras ejercitado supieras la raíz porque aborrecí el deleite y lujuria siendo Pitágoras, y le seguí y amé con tanto estudio siendo Heliogábalo, o Sardanapalo. No te fatigues agora por saber el principio de naturaleza por donde proceda esta variedad de inclinación, porque ni hace a tu propósito, ni te hace menester, ni nos debemos agora en esto ocupar. Solamente por te dar manera de sabor y gracia en el trabajar pretendo que sepas cómo todo lo fue, y lo que en cada estado pasé, y conocerás cómo de sabios y necios, ricos, pobres, reyes y filósofos, el mejor estado y más seguro de los vaivenes de fortuna tienes tú, y que entre todos los hombres tú eres el más feliz.

Micilo: ¿Qué yo te parezco el más bienaventurado hombre de los que has visto, o gallo? Por cierto, yo pienso que burlas, pues no veo en mí por qué. Pero quiero dejar de estorbar el discurso de tu admirable narración con mis perplejos argumentos, y bástame gozar del deleite que espero recibir de tu gracioso cuento para el paso de mi miserable vida sola y trabajada, que si como tú dices, otro más mísero y trabajado hay que yo en el mundo respecto del cual yo me puedo decir bienaventurado, yo concluyo que en el mundo no hay que desear. Agora, pues, el tiempo se nos va, comiéncame a contar desde que fueste Pitágoras lo que pasaste en cada estado y naturaleza, porque necesariamente en tanta diversidad de formas y variedad de tiempos te debieron de acontecer, y visto cosas y cuentos dignos de oír. Agora dejadas otras cosas muchas aparte, yo te ruego que me digas cómo te sucedió la muerte siendo Heliogábalo, y en qué estado y forma sucediste después. Y de ahí me contarás tu vida hasta la que agora posees de gallo que lo deseo en particular oír.

Gallo: Tú sabrás, como ya dices que oíste a Demofón, que como yo fuese tan vicioso y de tan lujuriosa inclinación, siguió la muerte al mi muy más continuo uso de vivir. Porque de todos fue aborrecido por mi sucio comer y lujuriar, y así un día acabando en todo deleite de comer y beber espléndidamente, me retraí a una privada a purgar mi vientre que con grande instancia me aquejó la gran replección de irle a vaciar. En el cual lugar entraron dos mis más privados familiares, y por estar ya enhastiados de mis vicios y vida sucia, con mano armada me comenzaron a herir hasta que me mataron, y después aún se me hubo de dar mi conveniente sepultura por cumplido galardón, que me echaron el cuerpo en aquella privada donde estuve abscondido mucho tiempo que no me hallaron, hasta que fue a salir al Tibre entre las inmundicias y suciedades que vienen por el común conducto de la ciudad. Y así sabrás que, dejando mi cuerpo caído allí, salida mi ánima se fue a lanzar en el vientre de una fiera y muy valiente puerca que en los montes de Armenia estaba preñada de seis lechones, y yo vine a salir en el primero que parió.

Micilo: ¡O válame Dios! ¿Yo sueño lo que oyo? ¿Que de hombre veniste a ser puerco, tan sucio y tan bruto animal? No puedo disimular admiración cuando veo que tiene naturaleza formadas criaturas como tú que en experiencia y conocimiento lleva ventaja a mi inhabilidad tan sin comparación. Ya me voy desengañando de mi ceguedad, y voy conociendo de tu mucho saber lo poco que soy. Y así de hoy más me quiero someter a tu disciplina, como veo que tiene tanta muestra de deidad.

Gallo: ¿Y éste tienes, Micilo, por caso de admiración? Pues menos podrías creer que habrá alguno que juntamente sea hombre y puerco, y aun pluguiese a Dios no fuese peor y más vil, que aún la naturaleza del puerco no es la peor.

Micilo: ¡Pues cómo! ¿y puede haber algún animal más torpe y sucio que él?

Gallo: Pregúntaselo a Grilo, noble varón griego, el cual volviendo de la guerra de Troya pasando por la isla de Candia le convirtió la maga Circe en puerco, y después por ruego de Ulises le quisiera volver hombre, y tanta ventaja halló Grilo en la naturaleza de puerco, y tanta mejora y bondad que escogió quedarse así, y menospreció volverse a su natural patria.

Micilo: Por cierto cosas me cuentas que aun a los hombres de mucha experiencia causasen admiración, cuanto más a un pobre capatero como yo.

Gallo: Pues porque no me tengas por mentiroso, y que quiero ganar opinión contigo contándote fábulas, sabrás que esta historia autorizó Plutarco, el historiador griego de más autoridad.

Micilo: Pues, ¡válame Dios!, ¿qué bondad halló ese Grilo en la naturaleza de puerco, por la cual a nuestra naturaleza de hombre la prefirió?

Gallo: La que yo hallé.

Micilo: Eso deseo mucho saber de ti.

Gallo: A lo menos una cosa trabajaré mostrarte como aquel que de ambas naturalezas por experiencia sabrá decir: que comparada la vida e inclinación de muchos hombres al común vivir de un puerco, es más perfecto con gran ventaja en su natural, principalmente cuando de vicios tiene el hombre ocupada la razón. Y agora, pues es venido el día, abre la tienda, y yo me pasearé con mis gallinas por la casa y corral en el entretanto que nos aparejas el manjar que hemos de comer. Y en el canto que se sigue verás claramente la prueba de mi intención.

Micilo: Sea así.

Fin del primero canto del gallo

Argumento del segundo canto del gallo

En el segundo canto que se sigue el autor imita a Plutarco en un diálogo que hizo entre Ulises y un griego llamado Grilo, el cual había Circe convertido en puerco. En esto el autor quiere dar a entender que cuando los hombres están encenegados en los vicios y principalmente de la carne son muy peores que brutos, y aún hay muchas fieras que sin comparación los exceden en el uso de la virtud.

Gallo: Ya parece, Micilo, que es hora conveniente para comenzar a vivir, dando gracias a Dios que ha tenido por bien de pasar la noche sin nuestro peligro, y traernos al día para que con nuestra buena industria nos podamos todos mantener.

Micilo: Bendito sea Dios que así lo ha permitido. Pero dime, gallo, ¿es ésta tu primera canción? Porque holgaría de dormir un poco más hasta que cantes segunda vez.

Gallo: No te engañes, Micilo, que ya canté a la media noche como acostumbramos; y como estabas sepultado en la profundidad y dulzura del primer sueño, no te bastaron despertar mis voces, puesto caso que trabajé por cantar lo más templado y bien comedido que pude por no te desordenar en tu suave dormir. Por la fortaleza deste primer sueño creo yo que llamaron los antiguos al dormir imagen de la muerte, y por su dulzura le dijeron los poetas apacible holganza de los dioses. Agora ya será casi de día, que no hay dos horas de la noche por pasar. Despierta, que yo quiero proseguir en mi obligación.

Micilo: Pues dices ser esa hora yo me quiero levantar al trabajo, porque proveyendo a nuestro remedio y hambre, oírte me será solaz. Agora di tú.

Gallo: En el canto pasado quedé de te mostrar la bondad y sosiego de la vida de las fieras, y aun la ventaja que en su natural hacen a los hombres. Esto mostraré ser verdad en tanta manera que podría ser, que si alguna dellas diesen libertad de quedar en su ser, o venir a ser hombre como vos, escogería quedar fiera, puerco, lobo o león antes que venir a ser hombre, por ser entre todos los animales la especie más trabajada e infeliz. Mostrarte he el orden y concierto de su vivir, tanto que te convenzas afirmar ser en ellas verdadero uso de razón; por lo cual las fieras sean dignas de ser en más tenidas, elegidas y estimadas que los hombres.

Micilo: Parece, gallo, que con tu elocuencia y manera de decir me quieres encantar, pues te profieres a me mostrar una cosa tan lejos de verdadera y natural razón. Temo me que en eso te atreves a mí presumiendo que fácilmente, como a pobre capatero, cualquiera cosa me podrás persuadir. Agora, pues, desengáñate de hoy más que confiado de mi naturaleza yo me profiero a te lo defender. Di, que me placerá mucho oír tus sofísticos argumentos.

Gallo: Por cierto, yo espero que no te parezcan sofísticos, sino muy en demostración. Principalmente que no me podrás negar que yo mejor que cuantos hay en el mundo lo sabré mostrar, pues de ambas naturalezas, de fiera y hombre, tengo hecha experiencia. Pues agora paréceme a mí que el principio de mi prueba se debe tomar de las virtudes, justicia, fortaleza, prudencia, continencia y castidad, de las cuales vista la perfección con que las usan y tratan las fieras conocerás claramente no ser manera de decir lo que he propuesto, mas que es muy averiguada verdad. Y cuanto a lo primero quiero que me digas: si hubiese dos tierras, la una de las cuales sin ser arada, cavada ni sembrada, ni labrada, por sola su bondad y generosidad de buena naturaleza llevase todas las frutas, flores y mieses muy en abundancia, dime, ¿no loarías más a esta tal tierra, y la estimarías y antepornías a otra, la cual por ser montuosa y para solo pasto de cabras aun siendo arada, muy rompida, cavada y labrada con dificultad diese fruto poco y miserable?

Micilo: Por cierto, aunque toda tierra que da fruto, aunque trabajadamente es de estimar, de mucho más valor es aquella que sin ser cultivada, o aquella que con menos trabajo, nos comunica su fruto.

Gallo: Pues de aquí se puede sacar y colegir como de sentencia de prudente y cuerdo, que hay cosas que se han de loar y aprobar por ser buenas, y otras por muy mejores se han de abrazar, amar y elegir. Pues así de esta manera verdaderamente y con necesidad me concederás que, aunque el ánima del hombre sea de gran valor, el ánima de la fiera sea de mucho más; pues sin ser rompida, labrada, arada ni cavada, quiero decir sin ser enseñada en otras escuelas ni maestros que de su misma naturaleza, es más hábil, presta y aparejada aproducir en abundancia el fruto de la virtud.

Micilo: Pues dime agora tú, gallo, ¿de cuál virtud se pudo nunca adornar el alma del bruto, porque parece que contradice a la naturaleza de la misma virtud?

Gallo: ¿Y eso me preguntas? Pues yo te probaré que la usan mejor que el más sabio varón. Y porque lo veas vengamos primero a la virtud de fortaleza de la cual vosotros, y principalmente los españoles entre todas las naciones, os gloriáis y honráis. ¡Cuán ufanos y por cuán gloriosos os tenéis cuando os oís nombrar atrevidos saqueadores de ciudades, violadores de templos, destruidores de hermosos y suntuosos edificios, disipadores y abrasadores de fértiles campos y mieses! Con los cuales ejercicios de engaños y cautelas habéis adquirido falso título y renombre entre los de vuestro tiempo de animosos y esforzados, y con semejantes obras os habéis usurpado el nombre de virtud. Pero no son así las contiendas de las fieras, porque si han de pelear entre sí o con vosotros, muy sin engaños y cautelas lo hacen; abierta y claramente las verás pelear con sola confianza de su esfuerzo. Principalmente porque sus batallas no están sujetas a leyes que obliguen a pena al que desampare el campo en la pelea. Pero como por sola su naturaleza temen ser vencidos, trabajan cuanto pueden hasta venjer a su enemigo, aunque no obligan el cuerpo ni sus ánimos a sujeción ni vasallaje siendo vencidas. Y así la vencida siendo herida, caída en el suelo es tan grande su esfuerzo que recoge el ánimo en una pequeña parte de su cuerpo y hasta que es del todo muerta resiste a su matador. No hay entre ellas los ruegos que le otorgue la vida, no suplicaciones, lágrimas ni peticiones de misericordia; ni el rendirse al vencedor confesándole la victoria, como vosotros hacéis cuando os tiene el enemigo a su pies amenacándoos degollar. Nunca tú viste que un león vencido sirva a otro león vencedor, ni un caballo a otro, ni entre ellos hay temor de quedar con renombre de cobardes. Cualesquiera fieras que por engaños o cautelas fueron alguna vez presas en lazos por los cazadores, si de edad razonable son, antes se dejarán de hambre y de sed morir que ser otra vez presas y cautivas si en algún tiempo pudieran gozar de la libertad. Aunque algunas veces acontece que siendo algunas presas siendo pequeñas se vienen a amansar con regalos y apacibles tratamientos, y así acontece dárseles por largos tiempos en servidumbre a los hombres. Pero si son presas en su vejez o edad razonable antes morirán que sujetárseles. De lo cual todo claramente se muestra ser las fieras naturalmente nacidas para ser fuertes y usar de fortaleza, y que los hombres usan contra verdad de título de fuertes que con ellos tienen usurpado diciendo que les venga de su naturaleza; y aun esto fácilmente se verá si consideramos un principio de filosofía que es universalmente verdadero, y es: que lo que conviene por naturaleza a una especie conviene a todos los individuos y particulares igual e indiferentemente, como acontece que conviene a los hombres por su naturaleza la risa, por la cual cualquiera hombre en particular conviene reírse. Dime agora, Micilo, antes que pase adelante, si hay aquí alguna cosa que me puedas negar.

Micilo: No. Porque veo por experiencia que no hay hombre en el mundo que no se ría y pueda reír, y solo el hombre propiamente se ríe. Pero yo no sé a qué propósito lo dices.

Gallo: Dígolo porque pues esto es verdad y vemos que igualmente en las fieras en fortaleza y esfuerzo no difieren machos y hembras, pues igualmente son fuertes para se defender de sus enemigos, y para sufrir los trabajos necesarios por defender sus hijos, o por buscar su mantenimiento, que claramente parece convenirles de su naturaleza. Porque así hallarás de la hembra tigre, que si acaso fue a buscar de comer para sus hijos que los tenía pequeños y en el entretanto que se ausentó de la cueva vinieron los cazadores y se los llevaron, diez y doce leguas sigue a su robador y hallado hace con él tan cruda guerra que veinte hombres no se le igualaran en esfuerzo. Ni tampoco para esto aguardan favorecerse de sus maridos, ni con lágrimas se les quejan contándoles su cuita como hacen vuestras hembras. Ya creo que habrás oído de la puerca de Calidonia cuántos trabajos y fatigas dio al fuerte Teseo con sus fuertes peleas. ¿Qué diré de aquel esfinge de Fenicia y de la raposa telmesia?, ¿qué de aquella famosa serpiente que con tanto esfuerzo peleó con Apolo? También creo que tú habrás visto muchas leonas y osas mucho más fuertes que los machos en su naturaleza. Y no se han como vuestras mujeres las cuales cuando vosotros estáis en lo más peligroso de la guerra están ellas muy descuidadas de vuestro peligro sentadas al fuego, o en el regalo de sus camas y deleites. Como aquella reina Clitenestra, que mientras su marido Agamenón estaba en la guerra de Troya gozaba ella de los besos y abrazos de su adúltero Egisto. De manera que de lo que tengo dicho parece ser verdad no ser natural la fortaleza a los hombres, porque si así fuese igualmente convernía el esfuerzo a las hembras de vuestra especie, y se hallaría como en los machos como acontece en las fieras. Así que podemos decir, que los hombres no de su voluntad, mas forzados de vuestras leyes y de vuestros príncipes y mayores venís a ejercitaros en esfuerzo, porque no osáis ir contra su mandado temiendo grandes penas. Y estando los hombres en el peligro más fragoso del mar, el que primero en la tempestad se mueve no es para tomar el más pesado remo y trabajar doblado, pero cada cual procura ir primero por escoger el más ligero y dejar para los de la postre la mayor carga, y aún del todo la rehusarían sino fuese por miedo del castigo, o peligro en que se ven. Y así este tal no se puede decir esforzado, ni éste se puede gloriar ser doctado desta virtud, porque aquel que se defiende de su enemigo con miedo de recibir la muerte, éste tal no se debe decir magnánimo ni esforzado pero cobarde y temeroso. Desta manera acontece en vosotros llamar fortaleza lo que bien mirado con prudencia es verdadera cobardía. Y sí vosotros os halláis ser más esforzados que las fieras, ¿por qué vuestros poetas e historiadores cuando escriben y decantan vuestras hazañas y hechos en la guerra os comparan con los leones, tigres y onzas, y por gran cosa dicen que igualastes en esfuerzo con ellos? Y por el contrario, nunca en las batallas de las fieras fueron en su ánimo comparadas con algún hombre. Pero así como acontece que comparamos los ligeros con los vientos, y a los hermosos con los ángeles, queriendo hacer semejantes los nuestros con las cosas que exceden sin alguna medida ni tasa, así parece que desta manera comparáis los hombres en vuestras historias en fortaleza con las fieras como a cosas que os exceden sin comparación. Y la causa desto es: porque como la fortaleza sea una virtud que consiste en el buen gobierno de las pasiones y ímpetus del ánimo, el cual más sincero y perfecto se halla en las peleas que entre sí tienen las fieras, porque los hombres turbada la razón con la ira y la soberbia los ciega y desbarata tanto la cólera que ninguna cosa hacen con libertad que merezca nombre de virtud. Aun con todo esto quiero decir que no tenéis por qué os quejar de naturaleza porque no os diese uñas, colmillos, conchas y otras armas naturales que dio a las fieras para su defensa, pues que un entendimiento de que os armó para defenderos de vuestros enemigos le embotáis y entorpecéis por vuestra culpa y negligencia.

Micilo: O gallo, ¡cuán admirable maestro me has sido hoy de retórica!, pues con tanta abundancia de palabras has persuadido tu propósito aun en cosa tan seca y estéril. Forzado me has a creer que hayas sido en algún tiempo uno de los famosos filósofos que hubo en las escuelas de Atenas.

Gallo: Pues mira, Micilo, que por pensar yo que querías redargüirme lo que tengo dicho con algunos argumentos, o con algún género de contradicción, no pasaba adelante en mi decir. Y ya que veo que te vas convenciendo, quiero que pasemos a otra virtud, y luego quiero que tratemos de la castidad, en la cual te mostraré que las fieras exceden a los hombres sin alguna comparación. Mucho se precian vuestras mujeres tener de su parte por ejemplo de castidad una Penélope, una Lucrecia, Porcia, doña María de Toledo, y doña Isabel reina de Castilla, porque decís que éstas menospreciaban sus vidas por no violar la virtud de su castidad. Pues yo te mostraré muchas fieras castas mil veces más que todas esas vuestras; y no quiero que comencemos por la castidad de la corneja, ni crotón, admirables fieras en este caso, que después de sus maridos muertos guardan la viudez no cualquiera tiempo, pero nueve edades de hombres sin ofender su castidad, por lo cual necesariamente me debes conceder ser estas fieras nueve veces más castas que las vuestras mujeres que por ejemplo tenéis; pero porque tienes entendido de mí, Micilo, que soy retórico, quiero que procedamos en el discurso desta virtud según las leyes de retórica, porque por ellas espero vencerte con más facilidad. Y así, primero veamos la definición desta virtud continencia, y después descenderemos a sus inferiores especies. Suelen decir los filósofos que la virtud de continencia en una buena y cierta disposición y regla de los deleites, por la cual se desechan y huyen los malos, vedados y superfluos, y se favorecen y allegan los necesarios y naturales en sus convenientes tiempos. Cuanto a lo primero vosotros los hombres todos los sentidos corporales corrompéis y depraváis con vuestros malos usos y costumbres e inclinaciones, enderecándolos siempre a vuestro vicioso deleite y lujuria. Con los ojos todas las cosas que veis enderezáis para vuestra lascivia y codicia, lo cual nosotras las fieras no hacemos así, porque cuando yo era hombre me holgaba y regocijaba con gran deleite viendo el oro, joyas y piedras preciosas, a tanto que me andaba bobo y desvanecido un día tras un rey o príncipe si anduviese vestido y adornado de jaeces y atavíos de seda, oro, púrpura y hermosos colores. Pero agora, como lo hacen las otras fieras, no estimo en más todo eso que al lodo y a otras comunes piedras que hay por las pedregosas y ásperas sierras y montañas. Y así cuando yo era puerco estimaba mucho más sin comparación hallar algún blando y húmido cieno, o picina en que me refrescase revolcándome. Pues si venimos al sentido del oler, si consideramos aquellos olores suaves de gomas, especias y pastillas de que andáis siempre oliendo, regalando y afeminando vuestras personas, en tanta manera que ningún varón de vosotros viene a gozar de su propia mujer si primero no se unta con unciones delicadas y adoríferas, con las cuales procuráis incitar y despertar en vosotros a Venus. Y esto aún sería sufridero en vuestras hembras por daros deleite usar de aquellos olores, lavatorios, afeites y unturas, pero lo que peor es que usáis vosotros los varones para incitaros a lujuria. Pero nosotras las fieras no lo usamos así, sino el lobo con la loba, y el león con la leona, y así todos los machos con sus hembras en su género y especie, gozan de sus abrazos y accesos

solamente con los olores naturales y propios que a sus cuerpos dio su naturaleza sin admistión de otro alguno de fuera. Cuando más hay, y con que ellas más se deleitan es al olor que producen de sí los olorosos prados cuando en el tiempo de su brama, que es cuando usan sus bodas, están verdes y floridos y hermosos. Y así ninguna hembra de las nuestras tiene necesidad para sus ayuntamientos de afeites ni unturas para engañar y traer al macho de su especie. Ni los machos tienen necesidad de las persuadir con palabras, requiebros, cautelas ni ofrecimientos. Pero todos ellos en su propio tiempo sin engaños ni intereses hacen sus ayuntamientos atraídos por naturaleza, con las disposiciones y concurso del tiempo, con los cuales son incitados y llamados a aquello. Y así este tiempo siendo pasado, y hechas sus preñeces, todos se aseguran y mortiguan en su incentivo deleite, y hasta la vuelta de aquel mismo tiempo ninguna hembra codicia ni consiente al macho, ni el macho la acomete. Ningún otro interés se pretende en las fieras sino el engendrar y todo lo guiamos y ordenamos como nuestra naturaleza lo dispone. Y añade a esto que entre las fieras en ningún tiempo se codicia ni solicita ni acomete hembra a hembra, ni macho con macho en acceso carnal. Pero vosotros los hombres no así, porque no os perdonáis unos a otros: pero mujer con mujer, y hombre con hombre, contra las leyes de vuestra naturaleza, os juntáis, y en vuestros carnales accesos os toman vuestros jueces cada día. Ni por esto teméis la pena, cuanto quiera que sea cruel, por satisfacer y cumplir vuestro deleite y lujuria. En tanta manera es esto aborrecido de las fieras, que si un gallo acometiese acceso con otro gallo, aunque le faltase gallina, con los picos y uñas le haríamos en breve pedazos. Parece, Micilo, que te vas convenciendo y haciéndote de mi sentencia, pues tanto callas sin me contradecir.

Micilo: Es tan eficaz, gallo, tu persuasión, que como una cadena me llevas tras ti sin poder resistir.