El deleite de vivir - Natalyia Muñoz - E-Book

El deleite de vivir E-Book

Natalyia Muñoz

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Beschreibung

Eliza es una empresaria que ha logrado alcanzar el éxito personal y profesional siendo muy joven. Se encuentra en un momento de disfrute de sus triunfos y de la maternidad cuando, inesperadamente, la adversidad la golpea duro, llevándola a la desesperación y despertando en ella nuevos temores. Sin embargo, este periodo de crisis hará que comience a observar la vida con una nueva mirada y a desarrollar una mayor conciencia. Eliza avanzará poco a poco en su aprendizaje espiritual, a partir de un viaje que tiene como destino el descubrimiento del deleite de vivir, de vivir para el amor. Inspirada en la vivencia de la autora, El deleite de vivir es una historia iluminadora, de gran profundidad y cargada de esperanza. A partir del viaje de autodescubrimiento que emprende la protagonista, el texto invita a reflexionar sobre cómo conducimos nuestras vidas y cómo nos relacionamos, sobre la forma en la que percibimos la realidad y sobre de qué manera los patrones mentales, propios o ajenos, condicionan nuestras conductas. Este libro llenará al lector de esperanza y le dará una perspectiva de la importancia de su presencia en el mundo; le descubrirá una forma sana de relacionarse consigo mismo y con sus circunstancias y le brindará la posibilidad de ejercer el liderazgo de su propia vida. Aunque su redacción amena hace fácil y fluida su lectura, conviene leerlo despacio, disfrutándolo y permitiendo que el mensaje transcendente que contiene cada página se vaya revelando

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Seitenzahl: 353

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Natalyia Muñoz

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Colección Narrativa

EL DELEITE DE VIVIR

Natalyia Muñoz

1.ª edición en versión digital: junio de 2020

Corrección: M.ª Jesús Rodríguez

Diseño de cubierta: Angélica Valdez

Maquetación ebook: leerendigital.com

© 2020, Natalyia Muñoz

(Reservados todos los derechos)

© 2020, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-612-7

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

 

Portada

El deleite de vivir

Créditos

Capítulo 1. Elegir

Capítulo 2. Percibir con conciencia

Capítulo 3. Soñar para entrar en el mundo de lo posible

Capítulo 4. Perseverar conservando la paz

Capítulo 5. Agradecer la vida

Capítulo 6. Cuidar de mi estado emocional

Capítulo 7. Programarse para jugar y celebrar

Capítulo 8. Un nuevo código de valores

Capítulo 9. Experimentar la magia y la comicidad de la existencia

Capítulo 10. Vivir el amor con comprensión

A todos aquellos seres encargados de mostrarme con acierto la gran bondad que existe en la naturaleza humana, haciendo posible que me maraville de la vida y, a todos esos actos de bondad que han cambiado, cambian y cambiarán el mundo.

CAPÍTULO 1

ELEGIR

Cuando un ser desea liberación, las herramientas para lograrlo van apareciendo con lazo de regalo. Claro que varias veces cuesta identificar que lo son. Dicen que quien busca encuentra. Quien elige caminar hacia una versión más elevada de sí mismo, despierta. Quien desea la libertad y encontrar su verdadera Esencia, se ilumina. Tras vivir momentos sobrecogedores, de consternación y hasta de desesperación que me llevaron a extremos emocionales, físicos y de un cierto trajinar obligada por las circunstancias, yo quería liberarme de mí misma para encontrar el verdadero sentido de la vida. Tuve que salir adelante desde muy joven bajo circunstancias adversas. Confronté un miedo aterrador, el hecho de sentirme impotente, de caer presa de la duda, de desconfiar del optimismo y de la fuerza que me había acompañado desde pequeña, a pesar de haber vivido también momentos mágicos y de haber recibido una gran ayuda de la vida. Por un tiempo me perdí a mí misma, a veces parecía imposible reencontrarme. Enfrenté grandes retos que jamás concebí y casi fortuitamente inicié un proceso que me llevaría más lejos de lo que esperaba, abriéndome a un descubrimiento que enriqueció mi ser. Con esa apertura, la vida estaba dispuesta a mostrarme cuánto en realidad había podido avanzar, a proporcionarme un más profundo entendimiento de los motivos causantes de ciertos acontecimientos; también a enseñarme de qué, en verdad, trata la existencia, cuáles son las verdaderas victorias, cuáles innecesariamente llevan el nombre de derrotas, también a mostrarme con grácil actitud qué es en realidad el amor.

Había aprendido a jugar con las cosas pequeñas de la cotidianidad. Un camino de experiencias serias, de trabajo serio, de responsabilidades tempranas había provocado que olvidara a mi niño interior que es, en realidad, el aspecto del alma que confía en la vida y tiene la capacidad de disfrutar. Mi espíritu no estaba contento con ello. Luego ubicó ciertas experiencias para que confrontara mis esquemas mentales, los patrones que motivaban mis acciones, los mensajes emitidos por la sociedad, de conceptos familiares, de la tradición y la costumbre, del diálogo interno propio o influenciado o bien del imaginario colectivo, a través de los cuales juzgaba los hechos aparentes, que algunas veces empañaban el cristal del entendimiento que permite vislumbrar la hermosura de la vida.

Después de estas experiencias, concluí que en el gran juego de toma de conciencia que es la vida se podía elegir vivir jugando siendo partícipe del juego, y no ser conducidos por él, sintiendo la impotencia de dejarse llevar, o confusión ante la existencia de diversos aconteceres, comprendiendo, al mismo tiempo, que el mayor poder del que se dispone es el de elegir y el de elegir la reacción, pero hasta el hecho de saber que podemos elegir es una toma de conciencia profunda. Casi todo es una elección, aun cuando algunas veces pareciera que no, que más bien las circunstancias nos arrastran. La felicidad puede ser una elección, vivir perennemente preocupado o estresado también puede serlo, permanecer atado a cadenas mentales o liberarse de ellas, mostrarse alegre o gruñón, seguir con relaciones que nos lastiman o dejarlas por nuestro bien. Aceptar o discriminar, amar u odiar son, en definitiva, elecciones. Lamentablemente algunas veces éstas no vienen de nuestro Ser, sino de creencias aprendidas y aceptadas como verdaderas, de patrones de conducta, de las «heridas del alma», de programaciones. Sin embargo, cuando se hace una elección para sanar nuestro interior, para así elegir y vivir verdaderamente desde el Ser y desde su gran potencial de sensatez y alegría, los medios y las herramientas para ayudarnos en tal misión, como ya he mencionado, llegan con un lazo de regalo, disfrazado de piel de ser humano, de libro, de situación o circunstancia, de coincidencia universal, de Conexión Superior.

Al nacer, heredé el nombre de mi abuela: Eliza. Más tarde se verían ciertas similitudes genéticas con ella, como la de mis ojos, que tienen el mismo desorden de color, son pardos en algunos momentos del día y verdes en otros. Mi tez es blanca. Durante unos años traté de broncearla, hoy la acepto tal cual. Mi cabello es negro, largo y liso. Alta, delgada, y comparto con las mujeres latinas cierta voluptuosidad de las formas femeninas, al menos de la cintura hacia abajo. También el gusto por bailar. Soy fruto de la unión de dos razas, como llamamos a las diferencias físicas y culturales entre los humanos: la indígena y la española. Soy aprendiz de maga, de la magia que existe en la vida y en el Universo. Trabajo como empresaria y directora de empresa, pero en realidad ejerzo como estudiante permanente de la vida, como todos en este lugar. Soy aprendiz del amor, exploradora de los misterios de la existencia; aprendiz de cómica, de la comicidad de mi propia historia.

Conforme a mi trayectoria de aprendiz de maga, estuve y estoy convencida de que hay, dentro de la mágica experiencia de la vida, un paraíso y un castillo prometido, siendo éste para mí la paz y la armonía interna, la abundancia de momentos hermosos que, si no se anda por ahí tan despistado, se encuentran todos los días a pesar del aparente caos, que la vivencia en esta tierra hace ilusoriamente mirar. Para llegar allí, había que vencer dragones, cabalgar en grandes llanuras, cruzar puentes y ganar batallas espada en mano, pensé durante una etapa del trayecto. En fin, parte del recorrido lo había hecho como muchos, inconscientemente, aceptando la mala idea de que la vida es «de naturaleza dura», rechazando la gran responsabilidad que nos atañe, la de ser lo más felices que podamos, incluso a pesar de las «circunstancias», hasta que un día llegó el momento en que me cansé de sufrir. En buena hora llegó el cansancio, imagínate si no me llego a cansar…, como muchos me hubiera acostumbrado a que la preocupación o el sufrimiento fueran parte de la experiencia y no habría encontrado otra forma de percibir la vida. Al estar la naturaleza humana condicionada a aceptar el drama o a crearlo como parte del caminar por este planeta, provocamos innecesariamente demasiadas veces preocupación, queja o sufrimiento.

Elegí tomarme en serio ese cansancio, porque eso de aprender a la antigua usanza de «la letra con sangre entra» no me estaba gustando. Tomé la responsabilidad conmigo misma de cambiar el paradigma, de cambiar el patrón.

Ya con otros paradigmas sobre muchos aspectos de la conciencia humana, me volví a encontrar con algo que yo había rehuido durante muchos años: el amor, lo cual me desconcertó. Conocí a Pierre en Francia, durante un tiempo sabático que decidí regalarme, luego de obligadamente parar, de forma poco grata, el incansable tobogán ejecutivo y de replantearme qué era en realidad la vida. Nuestras historias se cruzaron cuando habíamos aceptado sin censura y sin conflicto nuestra bella condición humana, que dicen es «de la que gozamos y de la que padecemos», porque algunas veces nos sorprendemos a nosotros mismos con tanta sapiencia y otras no entendemos quién es ese ser que se comportó de esa manera. Hasta el momento en que lo conocí ninguno de los dos sabía cuánta liberación de nosotros mismos habíamos tenido que conseguir antes de encontrarnos, faltaba saber si estábamos dispuestos a brindarnos al amor de esa manera distinta.

Dejada atrás la culpa, uno de los sentimientos provenientes de nuestra humanidad y del acondicionamiento, nefasto para la expresión de nuestra Divinidad, me permití disfrutar de un tiempo sabático, organizándome para manejar mi compañía de forma virtual y a través de una empresa de auditores externos. Dispuesto tiempo y horario, iniciaría la aventura de llevar a cabo uno de mis sueños, la persecución de las palabras que me llevarían a darle vida a las páginas de un libro, a través de los sentimientos y las experiencias alojados en rincones del alma, producto del andar por esta tierra y en su trajinar, en busca de una mayor conciencia, experiencias decisivas que me habían servido de apoyo o habían constituido verdaderos desafíos que superar.

Tomé aquella mañana en la estación de Montparnasse, al sur de París, el tren rápido y llegué a la pequeña estación de Saint Pierre des Corps,muy cerca de la cuidad de Tours, ubicada en el corazón de Francia, en el extenso valle del Loira. Complaciente y con majestuosidad, alberga cuarenta y dos castillos, varios constituyen un testimonio silencioso de la Edad Media y otros del Renacimiento y de la Ilustración. El valle del Loira contó con la compañía de Leonardo da Vinci, durante sus últimos años, de sus modelos y dibujos de inventos, adelantados por siglos a su creación real. Cuatro o cinco de estos castillos eran la atracción principal de los turistas. Su belleza –decían los franceses– era inigualable. El castillo de Ussé habría inspirado al autor del cuento de nuestra niñez: La bella durmiente; el de Amboise constituyó una de las numerosas residencias de Francisco I y la de Carlos VIII –hoy alberga los restos de Da Vinci–; el de Blois había sido testigo de la bendición del arzobispo de Reims a Juana de Arco, antes del asedio a Orleans.

Aunque éramos muchos los que arribábamos a Tours, la estación de tren se descongestionó rápidamente, quedando silenciosa. Un sol tímido acariciaba mi rostro. Divisé a unos pasos un letrero con mi nombre en manos de un hombre de mediana estatura, amable sonrisa y cabello oscuro, sería el locuaz conductor de un coche azul que envió el château donde me hospedaría. Según dijo, era francés, de origen argelino. «Demasiada conversación», pensé. Era casi innecesario pronunciar palabra, ya estaban expresadas en el lenguaje de la belleza. Desde la carretera no se podían observar los famosos castillos. El verdor de la campiña francesa se abría ante mis ojos, seduciendo a mi alma, provocándole más de una sonrisa. Me esperaba un fin de semana para escribir, entre recuerdos medievales, en lugares de cuentos de hadas, en compañía de obras maestras de la arquitectura francesa de antaño.

Después de veinte minutos y de una larga charla, llegamos al Château de Sept Tourso Castillo de Siete Torres. Una antigua edificación que había sido, como todo château, la residencia de un miembro de la realeza o de la nobleza. Rodeada de viñedos, un magnífico ejemplo de la arquitectura neogótica, sus siete torres destilaban historia. Allí olía a paz, a misterio, al misterio de la creación perfecta de cada árbol, de cada hoja que inicia con finura su ocaso porque sabe que es tiempo de dejarse ir… está iniciando el otoño.

Hojas de un color rojo intenso, antes de rendirse a la nueva estación, me recibieron. Desconocía el nombre de algunas plantas, mas reconocía el sutil encanto que le daban a la fisonomía de las paredes de la entrada principal. Una antigua puerta se abrió ante mí. Hacía frío. A un lado, una gran chimenea calentaba la estancia. El lugar era de lo más acogedor. A la izquierda, un par de sillones de estilo clásico se acomodaban a ambos lados de una mesa hermosamente tallada, ubicada en frente de una gran ventana. Unas largas cortinas de rayas rojas y doradas se abrían mediante gruesos cordones con borlas permitiendo a los tenues rayos de sol hacer el intento con dudosa victoria de cobijar el lugar. Hacia el margen izquierdo de la chimenea, se hallaba la recepción y tras ella el gran salón en donde la inventiva y la sofisticación gastronómica francesa se desplegaban, en armonía con un maravilloso piano de cola negro y con una decoración más ecléctica. Un salón de mediano tamaño, con sillas y sillones estampados de estilo clásico, a la derecha de la chimenea invitaba a entusiasmarse, a leer historias antiguas, arropadas con la suave música clásica que sutil ponía a tono el ambiente. Me registré. Subí por las amplias escaleras de piedra, algo desgastadas por el juego de los años transcurridos. Me instalé en una habitación de una de las torres. Era hermosa. La decoraban muebles de estilo antiguos y muy delicados. Sobre la cama, un buen número de almohadas en un impecable blanco daban una agradable sensación de comodidad, dos pequeños almohadones carmesí irrumpían su blancura sin robarles esa sensación. Un pequeño ramillete de flores frescas de vivos colores estaba sobre la chimenea. Por las ventanas se filtraba el paisaje del exterior. Di una vuelta para mirar lo hermoso del lugar, cogí mi ordenador y me dirigí hacia el restaurante.

En medio del gran jardín, bordeando la puerta principal, a cierta distancia, estaba el restaurante para el servicio del desayuno. Parte de él se desplegaba al aire libre y otra en el interior de un pequeño edificio antiguo que exhibía con delicada cortesía la historia del castillo narrada por la pluma en técnica de óleo de varios pintores, con la inspiración de una paleta de vivos colores. Me fundí con el lugar sentándome en una de las mesas con vista al jardín, en compañía de un buen té con miel servido por un gentil y delgado camarero. «Bueno para el frío», me dijo en un español con fuerte acento francés y una discreta sonrisa que comentan no es muy usual en los camareros de ese país, aunque no ha sido ésa mi experiencia. Será porque, al tener la intención de conectarme con la bondad de cada ser, no acostumbro a atraer el desdén de las personas o quizá porque, al enfrentarme a mis propias «sombras» y encontrar ciertas verdades internas, ya no se refleja en mí la sombra de otros.

Poca gente ocupaba la estancia. Se escuchaba un concierto de voces celestiales, de pequeños seres emplumados, entre ellas, una muy grave, la de un búho. Todos amenizaban mi desayuno, contribuyendo a acelerar mi inspiración. El camarero me sirvió panecillos dulces e interrumpió el concierto y la danza de las ideas que iban quedando anotadas en un archivo del ordenador, su gentil sonrisa me arrancó una. Mi complicidad con el jardín, con la inspiración y con los panecillos franceses tuvo, inesperadamente, una distracción: la mirada de un hombre que entró en el restaurante con paso sereno, con un aire que reflejaba seguridad, aplomo; su única compañía eran unos palos de golf al hombro sobre su impecable atuendo blanco. Se dirigía a una mesa cercana llamado por un trío de hombres que, aparentemente, eran sus acompañantes de juego. En su trayecto, fue interrumpido por uno de los camareros que le saludó con familiaridad.

Sus intensos ojos se precipitaron en los míos manteniendo su mirada fija en ellos hasta que se sentó. Cuando llegó a mi mesa su primera sonrisa, ya no fui inmune. El interés de sus ojos continuó sin mostrar malicia o agresividad. Conservé la mirada con la de él. Él volvió a sonreír. Menos inmune fui. Respondí también con una sonrisa y creo que hasta con un movimiento de pestañas, lo que al perder la discreción me hizo sutilmente reír. Él respondió a mi risa mostrándome de nuevo el gesto que echó abajo mi inmunidad. Sus acompañantes le distrajeron por un momento. Rieron. Todos me miraron. No me intimidé. Para guardar cierto decoro, miré varias veces el ordenador, simulé escribir. Sus ojos volvieron a reclamar los míos, no se los negué.

Debido a que mi trabajo de ejecutiva –en una temprana juventud y en un tiempo en que las posiciones para directoras no eran comunes– incluía abundante presencia masculina, a pesar de atraer las miradas con frecuencia, me resultaba un poco difícil coquetear. Había aprendido a mostrar una excelente mezcla de cordialidad y cierta distancia, lo que –como decía mi amiga Rosy, otra mujer experimentada en el mundo profesional de hombres de tiempo atrás–, me deparaba cierta tranquilidad. Mis tempranas experiencias con la seriedad y la responsabilidad no me habían permitido aprender muy bien esas habilidades de la seducción que, por supuesto, sí utilizaba cuando estaba enamorada y dentro de una relación. Ante tanto coqueteo mutuo, yo esperaba que se acercara. Le esperé durante el segundo té, y durante el tercero. Decidida a tomar a la fuerza el cuarto, aunque ya no me apetecía, y a continuar simular escribiendo, los hombres se levantaron y desaparecieron en el pequeño carro de golf. Al marcharse, su última intensa mirada cayó sobre mi mesa. Decidí volver al danzar de mis ideas continuando con mi tarea. En ello me mantuve durante todo el día.

En el fin de semana, que era fiesta en Francia, el château fue llenándose. Turistas nacionales y extranjeros se habían citado allí, por lo que la cena sería en el salón principal. Bajé las escaleras luciendo unas perlas blancas en las orejas, el cabello suelto y un ceñido vestido negro, un poco osado para la estación. Hasta que llegué al gran salón, Vivaldi acompañó a los tacones altos de mis sandalias negras y a mi estilo de caminar elegante como consecuencia de que a los quince años mi padre me insistió y convenció para que participara en un desfile de modas, al cual él me había inscrito sin reparar si me agradaría o no.

El anfitrión me recibió. El lugar estaba lleno. Me dirigí a la pequeña mesa que prepararon para mí. Me incliné para acomodarme en la silla; luego de unos segundos levanté la mirada. Mis ojos se fijaron en la figura del galán del golf. Estaba justo frente a mi mesa, acompañado de una mujer a quien tomaba con su mano el antebrazo y con quien conversaba con complicidad o, al menos, eso me parecía a mí. «Y pensar que estuvo coqueteando conmigo tan abiertamente», pensé. Aunque mis ojos quisieron ceder a la tentación de mirarlo, los detuvo la sensatez. Más tarde llegaron sus acompañantes de juego con quienes le había visto por la mañana, cenaron y se retiraron casi de inmediato al terminar.

El lugar bellamente decorado se acompañaba con la voz delicada del piano que servía de aperitivo a unos atractivos platos gourmet. Mi soledad del momento me procuró el esmero de los camareros por hacerme probar las delicias y delicadezas de los maridajes perfectos; aunque el vino tinto era siempre mi preferido. Éste tenía la particularidad de proporcionarme, por vía rápida a través de los circuitos de mis neuronas, una buena medida de relajación. Me gusta la sensación de felicidad de las primeras chispeantes emociones, producto de la entrada en esa especie de feria de la alegría, que produce el sabor de la primera o segunda copa de vino. Normalmente no tomo más de dos, mis circuitos neuronales son muy poco resistentes al alcohol. A pesar de tanta maravilla, estaba siendo incapaz de respetar las cláusulas del acuerdo del disfrute: me estaba perdiendo vivir cada momento. Fui comprensible conmigo misma. Luego de la segunda copa, entendí que podía perdonar con gentileza el hecho de que mi naturaleza humana me hiciera sentir algunas veces decepcionada de que las cosas no salieran –al menos de momento– como yo lo esperaba.

Lo importante era el entendimiento de que las emociones son eso: emociones, bailarinas; a veces, sumamente leales y maravillosas y, en algunas ocasiones, traicioneras. Las traicioneras provocaban con alguna frecuencia que mi elección de tener percepciones sabias de la vida se fuera al traste; sin embargo, la perseverancia me susurraba al oído que constituye todo un proceso lograr contar con el privilegio de las emociones y a la vez gozar de equilibrio y estabilidad, consiguiendo sin necesidad de ejercer un control desgastante, porque eso causa frustración, que formen parte de una conciencia despierta, sin que lleven al humano tironeándolo en varias direcciones. A partir de ahí no sé exactamente si tras tan sublime deducción o si lo sublime del vino, se me subió a la cabeza, empecé a disfrutar del momento, ignorando que el hombre que había coqueteado conmigo por la mañana estaba con otra mujer igual de atractiva que él y sentado de espaldas a mi mesa.

Beethoven con la sutileza de las notas de «Claro de luna» inundaba el salón. El piano se hallaba en el lado opuesto a la mesa del galán de nombre Pierre, como supe que se llamaba posteriormente. La fragancia y el sabor de una copa de Cointreausiguieron al postre, yo lo disfrutaba mientras admiraba el éxtasis con el que el pianista conseguía interpretar la composición. Supongo que con tal escena me distraje un poco, porque cuando miré hacia el otro lado vi que el galán se dirigía a mi mesa. Resulta redundante la aclaración de que yo no tenía ya pretensiones de ningún movimiento de pestañas. «Qué habrá pasado con su pareja», pensé. Él me preguntó en francés si podía sentarse y yo ni siquiera contesté, debido a un leve desconcierto que se apoderó de mí ante su presencia. Por unos instantes, mi limitado vocabulario francés huyó y no expresé ni tan siquiera «oui». En mi intento de atrapar algunas palabras para contestar, volvió a preguntar en español y en inglés casi al mismo tiempo, yo respondí, accediendo a su petición en mi idioma natal cuando estaba ya a medio camino de sentarse. Luego pude comprobar que hablaba un español fluido con un acento bastante neutral.

—¿Qué pasó con tu novia? –le pregunté.

Él sonrió.

—Es mi hermana –dijo–. La invité a cenar porque su esposo se siente algo enfermo y se quedó en la habitación.

No comenté nada más. Él continuó explicándome que su hermana acababa de tener un problema con el embarazo, lo que había provocado la pérdida del bebé. Recordé su mano en el antebrazo de la mujer y entendí, no hay nada más reconfortante que la presencia de alguien que nos ama, diciéndonos con palabras, abrazos, sonrisas o un toque en el brazo, «Todo está bien», o dependiendo de las circunstancias, «No pasa nada», pudiendo ser ese alguien otro o uno mismo.

Él acompañaba la conversación con vino y yo con agua, pues si continuaba bebiendo no sólo iba a relajarme, sino también podría perder las perspectivas, y desposeída de ellas, hasta mi panty en manos de Pierre, y ésa no era mi costumbre. Con discreta serenidad lo miré, sus espaldas anchas entallaban muy bien en su atuendo. Sus manos fuertes, sin ser toscas, su cabello oscuro, sedoso y bien cortado. Con el estilo de los hombres parisinos, usaba pantalones negros, chaqueta gris de cortes perfectos y una camisa blanca sin corbata, su actitud completaba su talante elegante de conducirse, seguro de su atractivo pero sin intento alguno de presumir de él, como si no advirtiese su encanto. La formalidad en el vestir no le restaba un aire juvenil.

Cuando le expliqué que había nacido en Ecuador me miró con ojos vivaces y me preguntó qué hacía en París, «tan lejos de mi tierra». Con una sonrisa, aclaré que mi tierra es el planeta, pues, como tú también sabes, todos somos vecinos en este lugar, a pesar de que nos cueste comprenderlo y creamos que el hecho de dañar un sector «ajeno a nuestro hogar» no nos va a afectar. Antes de comentarle que estaba intentando ser escritora, entre museo y museo, entre el Sena y la Torre Eiffel, en el tiempo que me sobraba cada día, luego de disfrutar del romance que mantenía con París, le hablé sobre esa bella parcela en el continente sudamericano que es mi país, situado justo en la mitad del mundo, en donde numerosos volcanes, con solemne actitud, observan a aquellos que comparten el buen clima y los hermosos paisajes; donde se disfruta de poseer ricos recursos naturales, incluyendo el polémico petróleo y deliciosas frutas, donde se saborea el agradable gusto de los camarones, se aprecia y se exporta el aroma de las maravillosas rosas y, como buenos latinos, se dispensa muchos abrazos.

Quizá la oxitocina, la hormona responsable de los sentimientos de amor y de atracción, empezaba a hacer su efecto, me hacía sentir algo nerviosa, fuera de control. Más adelante, él confesaría que se sintió también así, y me reveló que lo que le puso fuera de control fue mi «penetrante mirada». No supe si aquello tendría que ver con mi recién hallado «movimiento de pestañas» o con el hecho de que cada vez, un poco más, mis ojos iban observando con más de claridad, al verdadero ser que se encuentra detrás de un humano, y ello, definitivamente, cambia la intención de la mirada.

—¿Sobre qué escribes? –me preguntó.

—Sobre ciertos aprendizajes personales.

—¿Cuáles han sido tus aprendizajes?

—Quizá nos lleve toda la noche hablar de ellos –le contesté. No supe en ese momento si por su mente no cruzaba exactamente la expresión «hablar toda la noche», porque se apresuró a añadir:

—Descríbemelo en pocas frases.

—Tal vez uno de los mayores aprendizajes ha sido confrontar mis esquemas mentales para poder autotransformarme. Por ello, el libro habla de la metáfora de pasar de ser guerreros luchadores de la vida a convertirse en viajeros con mayor conciencia, haciendo compatibles la eficiencia y el triunfo con una mayor paz interna individual y colectiva, una felicidad disfrutable de forma más duradera, una nueva forma de vivir.

—¿De guerreros a viajeros conscientes? –exclamó, interrumpiéndome abiertamente y disculpándose enseguida por ello, como buen francés–. Eso suena muy filosófico, ¿a qué te refieres? ¿Por qué es mejor ser un viajero y no un guerrero? Se supone que el sentido de la lucha en la vida ayuda –dijo.

Acepté sus disculpas y, cuando iba a explicarle, mis ojos se posaron en la pequeña libreta en la esquina de la mesa que se había convertido, días atrás, en parte de mi atuendo debido a que la inspiración gustaba de ser sorpresiva. Abrí una de las hojas en donde había anotado las ideas para esbozar el concepto y decidí dársela para que la leyera. De alguna forma, me interesaba su reacción a esta distinta visión de la vida, considerando que a nosotros, los humanos, nos produce duda y miedo contradecir los mensajes que hemos recibido sobre la «lucha por la vida», que en su gran mayoría nos han llevado a participar del consenso colectivo que indica que no hay aprendizaje sin dolor, que no hay victoria sin lucha, que nada vale la pena si es fácil, que todo tiene un precio de dolor. En ese momento de mi vida, entendía que llega un punto en el que un mayor nivel de conciencia nos guía en el camino, cambiando la naturaleza del esfuerzo, llevándole a convertirse en una poderosa inspiración, constituida de liviandad. Por tanto, aunque hay una importante participación de nuestra voluntad y retos que enfrentar o sortear, ello no implica que debamos soportar pesos que desgastan. Desde ese nuevo nivel de conciencia, la concepción de dolor-aprendizaje cambia por una nueva comprensión, lo cual se traduce en aplomo y serenidad, por tanto, una percepción distinta sobre el esfuerzo torna la vida distinta.

Ya con la libreta en la mano y supongo que con cierta curiosidad, en voz grave y serena, Pierre expresó mis ideas escritas en el papel, haciendo algunas pausas entre las frases en las que sus ojos se dirigían a mí, tal vez tratando de descifrarme.

—«Un guerrero enfrenta la vida espada en mano, librando cada batalla con dolor. Se convence de que la existencia es una sucesión de batallas por vencer, así se prepara para las contiendas, se defiende, ataca, no hay paz en su interior. Un guerrero luce, orgulloso, las cicatrices de los combates ganados, es decir, reconoce el camino del dolor o de la lucha como el único que le permitirá ganar la batalla o el aprendizaje, se regocija de ello, pero en ese camino se olvida algunas veces de disfrutar, de amar. Aunque también recibe ayuda Divina y dispone, por supuesto, de valor y voluntad, su vida supone combate, conflicto, y su predisposición a la empatía y al entendimiento es mucho menor. Un viajero consciente entiende que el viaje le deparará un gran aprendizaje, que cada reto incluye un nuevo conocimiento del camino. Un viajero deja descansar su espada y armadura. No hay batalla que enfrentar, no hay competencias, rivalidades, egos que defender, enemigos que vencer; sólo hay compañeros de viaje, algunos más agradables que otros, claro está, sólo hay sueños que alcanzar. Un viajero enfrenta los desafíos con reflexión, concibe la vida como una sucesión de aprendizajes mientras se permite disfrutar también del paisaje y del viaje, recorre la vida por diversión, entendida como un estado superior de la conciencia, la celebra, se asombra de ella, aprende de cada lugar donde se encuentra sin importar las circunstancias. Va por la vida confiado y sereno, dispone de calma mental, pero no es un ingenuo, porque es consciente de que el primer ser a quien debe cuidar en ese viaje es a sí mismo. Un viajero intuye que encontrará en el camino algunos guerreros ante quienes deberá resistir la tentación de batallar, comprenderá que para ellos la vida es una contienda. También sabe que quizá en algún momento se vea obligado a empuñar la espada para encarar una batalla, está aprendiendo la manera cómoda de viajar, es decir, que para enfrentar sus desafíos tal vez pierda un poco de su paz, mas esas ocasiones serán la excepción, porque él sabe, con toda certeza, que luego volverá a ser lo que es: un viajero dueño de su serenidad, un mensajero de la paz. Valora su serenidad porque en la profundidad de ella logra comunicarse con la orientación Divina, con un poder superior que posee, con su Maestro Interior. Él está empoderado de su propio liderazgo interno, manifiesta una férrea voluntad porque lleva dentro de sí a un poderoso guerrero que aprendió que su fuerza no depende ya de blandir su espada, sino de su solidez interior para responder sin agresividad, con mayor equilibrio y firmeza a los desafíos que están puliendo su interior».

Acabó de leer, levantó la mirada y una expresión en su rostro dio su aprobación.

—Has logrado captar mi interés –dijo.

Sonreí.

—Es todo un proceso entender la vida de otra manera –acotó tras un breve silencio.

–Así es, pero vale la pena –contesté.

—¿Cómo se convierte un guerrero en viajero? –me preguntó.

—De alguna manera se convierte en viajero en el momento que toma la decisión de serlo –contesté–, porque para que esa decisión se dé, ya se ha producido un cambio de perspectivas. El guerrero se ha cansado de las armaduras, espadas y batallas.

—«¿Recibe inspiración Divina, se comunica con su Maestro Interior?», ¿qué significa?

—¿Estás seguro de que quieres hablar de ello ahora? –le pregunté, dudando.

—¡Sí, claro!

—Está bien –contesté–. Todos tenemos una Esencia Divina, un Maestro Interior, una Sabiduría Interior, es nuestra condición nata. Pero ciertos rasgos de personalidad, creencias, o visiones que tenemos sobre nosotros mismos impiden que accedamos o que lo hagamos con fluidez y confianza, hasta que llega el momento de lograr hacerlo, producto de una mayor conciencia y conocimiento.

—Conozco algo sobre el tema, tomé unas clases de meditación.

—Oh… Y me haces explicarte todo esto.

—Sí, quería saber cuál era tu idea del asunto. Me gusta tu concepto del viajero. ¿Puedo leer lo que sigue? –preguntó mirando mi libreta.

Acepté.

—«Un viajero ya sabe que quiere vivir su vida de una forma más armónica y enfrentar sus retos de manera diferente; así va teniendo un gran encuentro con su paz y con la capacidad de disfrutar con conciencia. Las circunstancias pierden el poder de quitarle su tranquilidad. Su percepción de los hechos cambia. Se permite una nueva visión de la aparente realidad, y no se distrae en algo que daña su ser. El proceso en sí le va transformado, llenando.

»Son sólo anotaciones, ideas no pulidas –acoté tratando de pasar a otro tema sin viso de éxito en el intento.

»A mí me parece interesante –dijo–. Entonces me he vuelto viajero porque, yo definitivamente, he sido guerrero –expresó, luego de un corto silencio–. ¿Perteneces a alguna religión? –preguntó.

—No profeso la fe a través de una Iglesia en especial, pero puedo respetar una visión distinta de la vida o de Dios, sin el menor problema –dije.

—Tenemos el mismo concepto –añadió Pierre–. ¿Puedo leer un poco más?

Acepté sintiéndome ya un poco intimidada, a pesar de que él se lo tomaba con absoluta jovialidad.

Pierre empezó a leer otra página de más adelante:

—«Si llamar al Ser Supremo Dios o Creador te hace sentir incómodo o incómoda, por favor, reemplázalo con el nombre con el que lo hayan bautizado en tu infancia o lo hayas rebautizado en tu adultez, honro el camino que hayas escogido hacia Él: Padre, Yahvé, Jesús, Alá, Todopoderoso, Señor, Gran Espíritu, Energía Divina, Conciencia Suprema, Energía Creadora, Universo, Cosmos…, pues los nombres del Creador han causado más de un disgusto y más de una guerra, olvidándonos de que ese Ser Supremo es un Todo, de que su primer nombre es Amor y los segundos son el tuyo, el mío…

Levantó la mirada, y dijo:

—¿Puedo? –mientras pasaba otra página.

Yo acepté sintiéndome un poco más incómoda. No me había esperado que la conversación tomara ese rumbo, yo estaba en la feria de la alegría de las dos copas de vino y una de Cointreau.

—«La percepción del mundo obedece al tamaño de las ventanas por donde nos asomemos a mirarlo, como ya dijo un autor, las pequeñas harán que veamos un mundo muy pequeño, de una sola vía, con una visión única, valedera o real; las ventanas pequeñas nos hacen cuestionadores, excluyentes y discriminadores. Conforme vamos caminando, con agrado o careciendo de él, algunas veces, con sutileza o careciendo de ella, la vida presiona para que éstas logren ampliarse. Las ventanas grandes nos permiten desarrollar la compasión, que en realidad es comprender con amor. Esta concepción más amplia nos permite nuevos aprendizajes, nuevos conocimientos, nuevas escuelas o filosofías sin quedar atrapados en ellos. No nos vuelve eruditos aferrados a ese conocimiento y no nos hace creer con soberbia que sabemos más que los demás. Una ventana grande nos protege del fanatismo y no permite que una creencia o filosofía pisotee nuestra Divinidad y nuestra humanidad, promueve el respeto y la honra a uno mismo y a otro ser, a su opinión. Asimismo, facilita la disposición de incluir a otro, aunque no pertenezca a la misma raza, ideología, filosofía o religión».

Continuó leyendo otra anotación de la libreta mientras yo bebía agua haciendo el intento de retirar la incomodidad y decidida finalmente a relajarme.

—«Frente a la excesiva censura que le impone nuestra mente al vivir diario, hay que cerciorarse de que de verdad la ventana sea amplia y de no ir por la vida poniendo etiquetas a las personas, comparándonos con toda comodidad diciendo: “¡Ah!, éste es cerrado, porque su ventana es pequeña”, ni tampoco decir: “¡En cambio la mía…!”, porque eso implica ego y el ego está más presente en las ventanas pequeñas, éste pone etiquetas, el Espíritu no».

Cuando cerró la libreta, los dos chocamos nuestras copas y sonreímos con cierta complicidad. Con ese brindis acompañado de tan cálida sonrisa hasta le perdoné que hubiera pasado con semejante facilidad y confianza de la curiosidad a lo que podría llamarse con acierto intromisión.

—Esto ya parece un reportaje –dije sonriendo aprovechando el momento–, mejor háblame de ti.

—Seré tu primer lector –añadió.

—Gracias –dije, con una sonrisa.

Pierre habló de su nacimiento en Dijony su cambio de residencia a París durante su adolescencia. Sobre su ascendencia francesa por parte de madre y española por parte de padre. Habló de su profesión de arquitecto y del trabajo de reconstrucción realizado en la cafetería del château. El hijo de uno de los dueños fue su compañero en el colegio y también lo era en el golf. Indagó sobre mi vida y profesión. En un momento dado, se dirigió al baño. Yo salí del hechizo de su encanto y de la nube rosada en la que me había paseado mientras él me alentaba a filosofar y leía mis anotaciones no pulidas. Un pensamiento fugaz, impertinente y despistado de forma arbitraria dijo: «Tanta charla mística en la primera cita, a su sonrisa coqueta tú respondes con charla espiritual, pareces casi un monje». Otro pensamiento ya menos despistado, contestó: «Primero, no se necesita ser monje para vivir con espiritualidad. Segundo, él se ha interesado en el tema más que yo puedo haberlo incitado. Tercero, no creo que ésta sea una cita».

«Basta ya de tanto argumento, yo puedo hablar de lo que quiera», me dije, con la risa liviana que me producía ese diálogo interno.

Entonces, lo vi aparecer en la puerta del salón, casi de forma instintiva sacudí la cabeza, ahuyentando esos pensamientos, pero fue tarde porque evidentemente me había visto reír sola.

—Quiero saber qué te hace reír –dijo. ¡Cómo explicarle los argumentos del pensamiento despistado acerca de la sonrisa coqueta, del monje y del diálogo interno! Creo en la sinceridad, pero decirle aquello hubiera sido un «sincericidio». Me limité a sonreír, ignorando su pregunta y negando con la cabeza.

La conversación fue tan fluida, tan agradable que ambos estábamos encantados, teníamos un sentido del humor muy similar por lo que conectamos de inmediato. Luego de una larga tertulia ya no tan filosófica, subimos juntos hasta mi habitación por las antiguas escaleras, ya no me parecían de piedra, sino de algodón. Les Yeux Ouverts sonaba suavemente en el interior del castillo, nuestros pasos serenos escondían unos corazones agitados. Al llegar, apoyé mi cuerpo en la puerta cerrada.

Pierre me miró directamente a los ojos, bajó los suyos hacia mi boca pero se acercó y besó con sutileza mi mejilla. Después se apartó levemente.

—Tu es belle –dijo–, una belle énigma.

Entendí la frase por su parecido con mi idioma, pero él no me explicó su significado. Negó con la cabeza sin otorgarle importancia alguna cuando le pregunté. Se acercó nuevamente y esta vez besó mi mejilla manteniendo por unos instantes sus labios en mi piel. Sentí el aroma de su piel amalgamada con el perfume de la fragancia que usaba, lo que inundó agradablemente mi olfato.

—J’adore votre parfum –dijo.

Sentí que su boca me arrebataba el mismo pensamiento que mi voz se negó a pronunciar.

Una aguzada mirada parecía querer encontrar respuestas en mis ojos. Creí percibir que dudaba si atreverse a avanzar o no. Coloqué con suavidad la palma de mi mano en su pecho, empujé un poco para mantener una pequeña distancia para enviarle sutilmente el mensaje de que no era el momento, la situación o la persona para una noche de locura. Él sonrió, retiró con cuidado mi mano de su pecho y, tras alabar la sedosidad de la piel que la cubría y admirar su longitud, me preguntó si tocaba el piano.

—Lamentablemente no –contesté. Continuó con las caricias en los dedos por unos instantes más. Era obvio que no quería irse. Me dirigió de nuevo esa indecisa mirada, luego besó su dedo índice y lo acercó a mis labios. Restituí el detalle con otro beso en mi dedo índice y rocé con él los suyos. Pierre me lo devolvió luego de besarlo con tanta sensualidad que para mí supuso resistir una gran tentación.

Le di las buenas noches.

—Vete a dormir, gracias por la conversación –dije, poniéndome más seria con cierta sutileza.

—Bonne nuit –añadió, exhibiendo esa sonrisa encantadora que en varias ocasiones durante la conversación parecía que iba a lograr confundir mis ideas y quién sabe cómo las hubiera expuesto.

—Buenas noches –dije con premura.

Y entré rápidamente en la habitación, antes de que fuera a mí a quien se le olvidara que no era el momento, la situación y que yo no soy la persona para una noche casual de locura. Lo vi desaparecer en el ancestral corredor que conducía a su habitación.

Tumbada en la cama de mi habitación, aparecieron otra vez los pensamientos impertinentes del salón.

«Lo has abrumado con tanta filosofía», aseveraban. Yo respondí, con cierta vacilación, dudando de si tendrían razón o no. Esta duda, por supuesto, surgía de la fuerte influencia social –requiere cierto esfuerzo alejarse de las ideas de consenso colectivo–. Nunca he sido buena para mostrar algo que no soy con la intención de interesar a alguien o dar una apariencia que no es la mía. Eso no concuerda con mi concepto de dignidad, crearía una ilusoria afinidad que luego haría notar que no era tal. Con todo lo vivido había hecho una auténtica labor para conseguir una mayor aceptación de mí misma y de mi propia naturaleza, para entender más mis procesos inconscientes y sus motivaciones. Ésa, creía yo, era la vía correcta para encontrar mi autenticidad. A esas alturas, no empezaría a requerir a mi lado a alguien a quien debía mostrarle algo que no soy para que no se asustara de mi seguridad o a alguien a quien debía ocultar ser quien soy, a manera de estrategia. Eso no significaba que me volviera imprudente. El pensamiento despistado quiso insistir. No se lo permití, decidí disfrutar de esa agradable sensación, deslindándome de la posibilidad de volvernos a ver o no, de que hubiera algo más o no; podía disfrutar de ese mágico momento sin reclamarle a la vida su continuidad, que es lo que en realidad nos hace sufrir, nos perdemos el encanto de saborear la experiencia del momento por la expectativa del mañana, de un llamado, de un regreso, de una meta por alcanzar, quejándonos luego de que la felicidad es efímera. Con tranquilidad decidí vivir el momento sin apego, con agradecimiento, esperando que la vida me sorprendiera con otros maravillosos instantes.