El deseo de ser padre - Matías Molina - E-Book

El deseo de ser padre E-Book

Matías Molina

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Beschreibung

El deseo de ser padre es el final de la aventura que el autor debió atravesar en la búsqueda de saciar su anhelo desde que era adolescente. Esta obra es una invitación para que acompañes a Matías Molina a vivir todo el recorrido que tuvo situaciones tristes, momentos de felicidad y de gracia, pero que no le hicieron perder el horizonte. A través de los capítulos, el autor ofrece una mirada íntima sobre la paternidad, explorando el origen de su deseo, los desafíos de los primeros estudios, la revelación del problema real, hasta el emocionante momento del embarazo. Asimismo, relata las peripecias atravesadas, complicadas aún más por su origen en el interior del país. Existe una creencia común en las provincias de que Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires, y Molina puede confirmar la veracidad de esta afirmación tras superar diversas situaciones. A través de este libro, el autor busca desdramatizar y normalizar los problemas de fertilidad masculina, cada vez más frecuentes en la actualidad. A pesar de esta realidad, la mirada inicial sigue focalizándose en la mujer como la principal responsable.

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Seitenzahl: 113

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corrección de interior: Giuliana Farinati.

Molina, Matías Iván

El deseo de ser padre : un relato íntimo sobre la normalización de la fertilidad masculina / Matías Iván Molina. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

100 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-860-8

1. Desarrollo Personal. 2. Autoayuda. 3. Relatos Personales. I. Título.

CDD 155.3329

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Molina, Matías Iván

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Tener el deseo es el primer paso para afrontar los desafíos.

Antes de empezar, tengo que agradecer a mi mujer. Gracias a ella, hoy puedo contar mi historia. Sin duda, es una guerrera y se convirtió en un pilar fundamental en todo este proceso.

A mis padres, mi hermano, mis abuelos, a los amigos y, por supuesto, a la familia de Rocío (mi familia adoptiva), que en todo momento estuvieron al pie del cañón, apoyando desde dónde y cómo pudieron, siempre buscando la manera de sumar.

Por último, al doctor Marcelo Roverando y todo el equipo de Gens que, gracias a ellos, hoy puedo saciar mi deseo.

Prólogo

Lo que van a leer a continuación, no es otra cosa que mi experiencia vivida en la búsqueda de ser padre; todo lo que un hombre debe atravesar cuando las cosas no salen de manera natural. Al escribir esto, pretendo ayudar a visibilizar los problemas de fertilidad masculina que, con el correr de los años, las estadísticas muestran un crecimiento preocupante y continuo.

Vamos a espoilear desde el arranque así es todo más sencillo. Azoospermia: 0, Matías: 1.

No encontraba la manera de contar todo lo que habíamos atravesado; por eso, decidí hacer este escrito para poder dejar asentado todo lo vivido, con el objetivo de saciar mi necesidad y compartirlo con quienes puedan necesitarlo. De paso, lo hago para poder completar el refrán que dice que en la vida hay que hacer tres cosas: escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Bueno, cuando termine de escribir esto, voy a haber completado esa lista.

Si esto tiene un final feliz es porque al lado mío tengo una mujer de fierro que se bancó y acompañó todo. También tengo una familia y amigos que nos han apoyado de la manera que han podido, estando lejos o cerca, mediante un llamado por teléfono o acompañándonos al médico, siempre dispuestos a escucharnos y ayudar.

Esta aclaración la podría haber obviado, pero estoy completamente seguro de que, si logramos conseguirlo, es por todo el apoyo que tuvimos, y es fundamental tenerlo para poder sortear todas las adversidades del camino.

Para entrar en sintonía, hay que empezar por entender que los problemas de fertilidad son un universo y que solo se sabe muy poco, pero en realidad es un mundo inmenso donde cada caso es particular.

Ante esto, lo que puedo decir es que lo que sabía sobre los problemas de fertilidad era una gota de agua en el océano comparado con lo que sé hoy en día. Y esto se basaba en la vivencia familiar, ya que mis tíos tuvieron que atravesar esta aventura hace 25 años.

Además, debo aclarar que, en mi ideario, como en el de la mayoría de la gente, estos problemas se le atribuían al género femenino y rara vez escuchamos que un hombre se siente a hablar y reconozca esta situación.

El deseo de ser padre

¿Qué es ser un padre?

En el profesorado de Educación Física, de la mano de un gran profesor, llegué a conocer a Jorge Larrosa, un filósofo y pedagogo que se centró en la experiencia como el mejor motor del aprendizaje.

Y como no hay un libro que enseñe a ser padre, claramente tenía que tener la experiencia para poder aprender a serlo. En este querer aprender y para mitigar la necesidad de saber que está en mi interior, el anhelo de ser padre floreció con mucha fuerza.

En este camino, fui buscando distintas definiciones y funciones que se esperan de un padre. La gran mayoría de las definiciones que encontré están centradas en el desarrollo biológico y la fecundación. Basado en mi experiencia como hijo y en lo que pretendo ser como padre, me pregunto: ¿solamente esto es lo que cuenta?

Según el latín, la palabra papá es un acrónimo de las palabras PetriApóstoli Potestatem Accipiens: ‘el que sucede al apóstol Pedro’. A su vez, el término padre, en latín, proviene del vocablo pater que significa ‘cabeza de familia’.

Para la RAE, es el varón quien ha engendrado uno o más hijos. Entendiendo el rol de padre de familia como la persona de sexo masculino que tiene el poder, la autoridad y la responsabilidad económica de un hogar.

Claramente me rehúso a que la mayoría de las definiciones se posicionen desde lo biológico, esto me genera varios interrogantes. ¿Acaso un padre adoptivo no es un padre? Alguien que por cuestiones de salud no puede dejar descendencia o simplemente en una familia ensamblada (muy común hoy en día), ¿deja de ser un padre para esos niños?

Si tengo que responder basándome en mi subconsciente, la respuesta es no; pero, ¿será así para el resto de la gente?

Ante este interrogante, yo prefiero entender que el ser padre va asociado a brindar amor, a interactuar con el niño, a tener un rol formativo, acompañarlo en el crecimiento, promover su potencial y buscar una formación de confianza. Entiendo que esta tarea es un compromiso diario de amor incondicional e irrenunciable; es un camino de ida donde no siempre son alegrías, pero convertirse en padre lleva a un hombre a ver y vivir la realidad de una manera diferente. Sin embargo, ninguna respuesta que pueda dar va a ser suficiente para definir lo que es ser padre.

Basado en mi forma de ver y creer el rol paterno, cada uno va a tener su experiencia y, con esta, su estilo de paternidad. El cual puede estar caracterizado por el modelo tradicional que vivenciaron o ir moldeando a medida que transcurre la crianza.

La paternidad es un proceso continuo de aprendizaje donde los padres aprenden junto a sus hijos. Como dice el doctor Jorge Larrosa, el aprendizaje siempre va a ser subjetivo y personal, y se va a ver influenciado por los conocimientos previos (todos los tuvimos al ser hijos), por las emociones que atravesamos y las expectativas que le ponemos.1

Además, Larrossa argumenta que la experiencia no es algo que se limite a momentos específicos, sino que está presente en todas las dimensiones de nuestra vida y defiende la importancia de cultivar experiencias significativas en el proceso de aprendizaje. Por eso, entiendo este proceso como un sinfín de posibilidades que no siempre será perfecto y es importante estar dispuesto a aprender de tus errores buscando constantemente maneras de mejorar.

Entonces, ante esto me pregunto: ¿seré un buen padre?

Eso es algo que yo nunca podré contestar, seguramente esta respuesta la tenga que responder Munna.

La adolescencia fue el inicio de todo

Algo que tenía bien en claro desde la adolescencia es que quería formar una familia y tener un hijo. Hoy en día, muchos se preguntarán ¿por qué? La realidad es que no tengo una respuesta; sin embargo, sentía la necesidad de tener a alguien que retar (mentira, vivo retando a todo el mundo).

Hablando en serio, lo sentía como un reto personal que afloraba desde lo más profundo de mi ser. Tener un hijo genera tener a alguien a quien amar de manera incondicional, alguien por el cual se sienten nervios y miedos que jamás se han sentido, te permite transmitir valores y continuar escribiendo la historia, pero por sobre todas las cosas, te hace ver la vida desde otra perspectiva.

Claramente estas son las razones por las que sentía la necesidad de tener un hijo. En la búsqueda de por qué tenía este sentimiento, encontré un artículo de la psicóloga Susana Peñagaricano, en el que habla sobre algunos estudios que han revelado lo que ella llama instinto paterno-filial. Se trata de una sensación interior que obliga a dar cariño y protección. Esto genera el vínculo afectivo en la madre, pero también se ha demostrado en el padre.

Con los tiempos que corren, está de más aclarar que las familias se pueden conformar de diversas maneras y, tener un hijo, hoy no solo se centra en el acto sexual, pero siendo un hombre común y corriente, esta cuestión se reduce mucho. Salvo que seas Marley o multimillonario y puedas permitirte subrogar un vientre en el exterior.

Mi manera fue junto a Rocío. A la petiza la conocí en un viaje de trabajo. Según ella, desde el momento en que me vio, ya sabía que íbamos a formar una familia. Yo, siendo sincero, no lo vi así; realmente me cautivo, pero en ese momento no me imaginé lo que logramos hoy en día.

Ahora, con un camino recorrido, les puedo decir que Rocío es mi complemento; muchas veces discutimos porque somos muy distintos y como los opuestos se atraen, no me cabe la menor duda de que es lo mejor que me pudo pasar. Realmente es una mujer de fierro, con la que por primera vez me vi formando una familia y siendo padre.

Luego de un par de años siendo novios y viviendo juntos, tomamos la determinación de legitimar la familia ante las autoridades correspondientes y, luego de un hermoso casamiento, cumpliría el primer paso de mi anhelo de adolescente: formar una nueva familia.

Ya con el “sí” dado y más relajados después de lo que conlleva organizar un casamiento, el objetivo de agrandar la familia tomó más fuerza. Aclaro que ya veníamos practicando, pero siempre encontrábamos una excusa para posponerlo: la presión del casamiento, el trabajo o que los astros estaban cruzados y no era el momento.

Con el correr del tiempo y los intentos fallidos, probamos un montón de cosas. Hoy nos suenan divertidas, pero en ese momento no lo fueron. Desde que Ro se quedara acostada con la cadera elevada un tiempo para que no se escapara nada hasta comprar un producto que indicaba el mejor momento para intentarlo. Si las marcas de pruebas de embarazo dieran acciones por la compra de sus productos, seríamos grandes accionistas de la empresa.

Ro es una persona muy regular con su periodo, por eso cuando este nos jugaba una mala pasada y venía un par de días tarde, la ilusión se acrecentaba y luego de la prueba con resultado negativo, se le ocurría aparecer.

Luego de un año de búsqueda, Rocío fue a sus estudios ginecológicos anuales y le comentó la situación a su doctora. Esta le explicó que para empezar los estudios específicos de fertilidad había que esperar 2 años de búsqueda sin resultados positivos o haber tenido embarazos fallidos en el medio. Por ende, nos quedaba, como mínimo, un año más de práctica para ver qué era lo que pasaba.

En medio de esta situación, tomamos una de las grandes decisiones como familia: nos mudamos, y con eso, cambio de trabajos, estrés, mudanza, estrés, nueva casa, estrés y todo lo que implica mudarse a otra ciudad. Al mudarnos, obviamente el sueño de agrandar la familia lo aplazamos un poquito, pero siempre lo teníamos latente.

Una vez instalados en San Martín de los Andes, comenzó el desafío de poder engendrar.

Obviamente, como en todo pueblo/ciudad pequeña, no había médicos especialistas y la ginecóloga que Ro había elegido nos derivó a un especialista en San Carlos de Bariloche. Así fue como, ante esta situación, llegamos a conocer al Dr. Gómez Giglio. Este fue el primer gran paso de un camino sinuoso que nos llevaría a conquistar mi gran anhelo adolescente.

La decisión la teníamos tomada y era el momento de empezar a investigar cuál era la causa de no poder engendrar o si solamente era cuestión de mala leche… perdón, mala suerte. El primer tiempo fueron viajes semanales en donde todas las miradas y estudios estaban puestos en ella.

Como es la costumbre, todos los ojos y los primeros estudios están puestos sobre la mujer; y luego de varios estudios que le hicieron a mi amada, donde la mayoría de ellos daban dentro de los parámetros “normales”, decidieron empezar a investigarme y es aquí cuando la historia se convierte en película de suspenso.

Lo primero que me hicieron fue un estudio de rutina y consultarme sobre los antecedentes familiares. Si bien en varias oportunidades había tenido inconvenientes referidos al aparato sexual masculino, no era nada alarmante, pero sin lugar a dudas mi talón de Aquiles eran los testículos de Matías. Acá van un poco mis antecedentes, así entienden por qué digo que son mi talón de Aquiles.

A los 17 años sufrí un golpe haciendo deporte que me originó una Orquiepidimitis: se me inflamó un testículo. Literalmente, me había quedado el testículo derecho negro y del tamaño de una pelota de tenis; terminé en el hospital donde me hicieron estudios, me dieron medicamentos, pero todo estaba normal.

Como la mayoría de los hombres, tengo varicocele y, con 26 años, tuve una infección urinaria, en la que estuve casi dos días sin poder orinar.

Y para ir cerrando mi repertorio, tuve clamidia. Esto lo descubrió un médico de Bahía Blanca, que es amigo de mi suegra.

En uno de los viajes a visitar a la familia de mi mujer fue cuando pasé casi 2 días sin poder orinar. Cuando mi suegra se enteró, se puso en contacto con un urólogo y, al comentarle mi situación y mis antecedentes, me mandó a hacer unos estudios para ver qué era lo que estaba sucediendo.