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La tranquilidad en el pueblo gallego de Odarea se verá truncada por la aparición del cadáver de una mujer enterrada en el jardín de una anciana. La policía de la localidad iniciará rápidamente una investigación, sin llegar a imaginarse los acontecimientos a los que se tendrán que enfrentar en la mística noche de San Juan. Los traumas del pasado, la soledad, la envidia, los amores no correspondidos y el deseo de poseer a una muchacha serán los responsables de muchas vidas truncadas.
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Seitenzahl: 473
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Diego Cabrera Vaz
Primera edición: diciembre de 2023© Copyright de la obra: Diego Cabrera Vaz© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-127905-8-0Código ISBN digital: 978-84-127905-9-7Depósito legal: B 22439-2023Corrección: Diego Cabrera VazDiseño y maquetación: Cristina LamataEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».
A este mundo de desiguales ocurrencias
Por eso me dejaron atónito aquellas afirmaciones: «Para mí eso es imperdonable, es lo peor. ¿Entiendes? Es lo más bajo en lo que se puede caer», y con ellas había cerrado la conversación —su cuita— por aquel día y bastantes más.
Así empieza lo malo
Javier Marías
Hay, pues, un fondo de verdad; sobre ese fondo se han fabricado invenciones desmesuradas, quizá verosímiles, pero sin duda falsas.
Estudios sobre Renacimiento y Barroco
Domingo Ynduráin
NO TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA
1
Según opinión de Emilio, que estaba de un humor de mil demonios, tratando de chapar sin ganas, y sin ser capaz de esmerarse, para el examen que tendrá que realizar mañana a primera hora en la facultad de Historia, el día de hoy no parecía apto para ser feliz. Estaba algo melancólico, un poco obturado sentimentalmente porque no apreciaba demasiado cariño en torno suyo. No lograba concentrarse en el estudio de los apuntes fotocopiados que le había prestado Celia, una compañera de clase. Se distraía del estudio y tenía ocurrencias como que la vida no dejaba de ser un continuo fluir de personas con distintas motivaciones, debido a sus diferentes ocupaciones, objetivos, aspiraciones y el deseo de cumplir determinados sueños según la capacidad y la posibilidad de cada uno, contando con las posibles limitaciones que se pudieran poseer. Pensamientos de este tipo disminuían su felicidad, los deprimía, pero aparecían en su mente de forma fortuita o irremediable.
Emilio no era un soñador empedernido. Se ceñía bastante a los hechos de su realidad. Sus pensamientos podían ser divagantes y envolventes a la par. Le gustaría que su vida cambiase radicalmente, que mejorase en muchos aspectos. No se encontraba a gusto consigo mismo. No estaba conforme con su situación actual, y no porque fuera un inadaptado, sino porque la consideraba injusta, muy en contra de sus deseos, pero bastante acorde a sus posibilidades. En realidad, lo que le ocurría era que no se conocía a sí mismo en profundidad, de ahí la procedencia de su conflicto personal. No tenía demasiada buena opinión de sí mismo. Él creía que actuaba en sociedad siguiendo unos patrones conductuales que consideraba correctos y adecuados para los tiempos que corrían. Pero no estaba muy seguro de que su comportamiento fuera el más idóneo. Bajo en autoestima, se consideraba un vulgar don nadie que no se soportaba a sí mismo porque no poseía la capacidad de cambiar el rumbo de su situación. Se frustraba, repercutiendo en su ánimo negativamente. Le encantaría poseer una varita mágica para poder cambiar el rumbo del mundo a su gusto siguiendo los antojos de su personalidad. Se preguntaba qué podría él cambiar del mundo si estuviera en su mano la posibilidad de convertirlo en algo distinto. «Todo viene dado», se decía a veces muy filosófico él. «Lo que tiene que ocurrir, ocurre, pero… ¿no es evitable? Cuanto sucede… ¿es impredecible? Quizá no haya nada previsible». Ojalá estuviera en su mano poder elegir todo cuanto fuera conveniente para sí mismo. Oh, la cabeza empezaba a darle vueltas, una migraña se acababa de accionar, mejor que se tomara una aspirina con una infusión de tila. No debió fumarse un porro de hachís poco antes de ponerse a estudiar. No sentía culpabilidad alguna, pero era consciente de que estaba condicionado y mermado por los efectos de la droga, que le aturdía la mente, debilitaba su pensamiento y no dejaba de recordar acontecimientos del pasado, tanto agradables como desagradables.
2
—Cuánto me alegro de que hayas tomado la decisión de dejar de fumar.
—A mucha honra.
A simple vista contrastaba la figura de los dos máximos mandatarios de la policía de Odarea, esta preciosa ciudad del norte de España muy querida y admirada por la mayor parte de sus conciudadanos residentes durante todo el año y por los visitantes agradecidos de poder permanecer una temporada de tiempo limitado en un territorio tan maravilloso, espectacular y hospitalario. El comisario era un hombre bajito y regordete, de aspecto holgazán porque descuidaba su imagen. Era más joven que su subordinado, el inspector Riveira, el cual era espigado, con una calvicie bastante pronunciada y un rostro de bondad que no dejaba lugar a dudas de que se trataba de un buen hombre.
—A mí no me fue nada difícil dejarlo, aunque a veces me incomodaba soñar que fumaba y que me agradaba hacerlo, ya ves qué engañosos pueden llegar a ser los sueños. ¿Qué te hizo tomar la determinación de dejarlo?
—Todo se lo debo a mi mujer y a mis dos hijas, que no dejaron de insistir y de amenazarme: «O aprovechas ahora que estás de vacaciones para dejar de fumar, o ya te puedes ir despidiendo de nosotras—. Así de contundentes fueron. No lo dudé y les hice caso a mis tres seres más queridos.
—¿Qué tal están?
—Bien, como de costumbre, sin problema. Y a tu hija, Valerio, ¿cómo le van los estudios?
—No tengo queja. Celia es una excelente estudiante. En esto se parece mucho a su madre, no a mí.
Guardaron silencio. Ambos policías sabían lo doloroso y duro que era para el inspector Riveira no poder contar con su mujer a su lado debido a su fallecimiento a una edad muy joven.
Un policía de servicio, Gabriel Dacosta, pidió permiso para entrar en el despacho del comisario Fuentes. Informó sobre cuestiones rutinarias. Como acababa de escampar, el comisario Fuentes le ofreció al inspector Riveira salir a la calle a caminar, pues su cuerpo estaba algo entumecido.
3
Un nutrido grupo de ilusionados niños estaba a punto de adentrarse en el monte más cercano al núcleo de la población. Con la ayuda de un serrucho tenían intención de cortar desde la base los troncos de los eucaliptos y de las retamas que pudieran luego transportar con sus propias manos para trasladarlos a la plazoleta en cuyo alrededor se situaban las casas en las que residían. Los pequeños árboles cortados se quedarían secos en unos pocos días, a la intemperie, gracias a la acción del calor y de los rayos del sol, y así podrían ser quemados, con suma facilidad, en la noche de las hogueras de San Juan, celebración que tenía lugar del 23 al 24 de junio.
Caminaban divertidos, considerándose imprescindible cada uno de ellos en la tarea que les habían encomendado algunos de sus familiares adultos. Sabían perfectamente lo que iban a hacer, y cómo lo debían hacer. Eso era saber. Ibandirectos al monte con una gran decisión.
En este viernes por la tarde de mediados de junio del año 2010, Emilio, a quien el examen que había realizado por la mañana le había salido bastante mal, vio que los niños subían por una de las cuestas que iban directas a uno de los senderos que conducían a uno de los montes de Odarea. Observó que el más alto de los chavales portaba un serrucho en la mano. Mostrando una sonrisa maliciosa se le ocurrió en broma la impertinencia de preguntarles si pensaban ir a matar a alguien, pero se contuvo de la sublime tontería que se le acababa de ocurrir y no la dijo. Sin embargo, les preguntó a todos en general:
—¿A dónde vais con esa arma?
Una de las dos niñas del grupo, con resabio, replicó:
—No es un arma, es un utensilio que sirve para cortar árboles pequeños.
Emilio no se quedó callado y dijo:
—Ah. ¿Y para qué vais a cortar árboles pequeños estando prohibido? Como os coja un guardabosques, ya veréis el castigo que os espera.
Impaciente, el niño que portaba la herramienta indicó:
—Son para hacer fuego en las hogueras de San Juan.
Emilio asintió y después de sonreír con intención de animarlos, dijo:
—Ah, claro, no me daba cuenta. Muy bien. Pues nada, manos a la obra, chavales.
4
Emilio se desplazaba en su propio coche para acudir a las clases de la facultad. Pudo comprar el vehículo de segunda mano gracias a una pequeña suma de dinero que le legó en herencia su abuela materna, fallecida de muerte natural haría unos dos años y medio atrás, poco después de fallecer el abuelo también de muerte natural. Emilio adoraba a sus abuelos maternos, los añoraba muchísimo, sobre todo a su abuelo, quien siempre le llamaba «capitán» con mucho cariño. Cuando falleció su abuelo fue la primera vez que sintió de cerca lo que significaba perder a un ser muy querido. Sentían un aprecio recíproco el uno por el otro porque se transmitían un cariño y un afecto sinceros y especiales. Sin embargo, a sus abuelos paternos apenas los recordaba, porque apenas mantuviera relación con ellos. Porque le estorbaba para vivir, a Emilio le gustaría que su padre fuera el que muriera en lugar de sus abuelos maternos. Su padre, ahora jubilado, ofició toda su vida activa la profesión de soldado del Ejército español, por lo que se pasó largas temporadas lejos del hogar para cumplir con sus obligaciones laborales. Desde que se retiró, el padre de Emilio ingería enormes cantidades de alcohol, hecho que le hacía perder el control en muchas ocasiones, comportándose como un gruñón y un faltón. La madre, aunque lo encubría, era una mujer sumisa bastante desesperada por la negligente actitud de su marido, el cual permanecía fuera de casa buena parte del día yendo de bar en bar sin apenas relacionarse cordialmente con su esposa y mucho menos con su único hijo. Emilio vivía un poco a su libre albedrío, aunque sufriendo muchas limitaciones y privaciones económicas. Apenas disponía de dinero para costearse sus estudios, y el poco que obtenía era el que recibía de su padre a cuentagotas y el conseguido en un trabajito secundario en un local de copas. Su vida era algo caótica, poco estable en el apartado sentimental y social. Le costaba relacionarse adecuadamente con las personas de su entorno, pero cuando confiaba en alguien en particular mostraba un carácter expansivo, algo extrovertido.
Antes de mantener el anterior diálogo con los chavales que iban al monte a por leña para prenderle fuego el día de las hogueras de San Juan, Emilio había aparcado su coche en una cuesta sin asfaltar. Dando una larga caminata, su intención era acudir al bar de su amigo Juan, para quien trabajaba de vez en cuando ayudándole a reponer el contenido de las neveras y de las estanterías y a limpiar el local antes de su apertura cara al público ocioso de la noche. Desde hacía ya un par de años Juan había contratado a dos empleadas de confianza que se ocupaban de servir las bebidas a los clientes que acudían a este negocio nocturno del que se podía disfrutar de una música muy variada y exquisita. El trabajo desempeñado por estas camareras le permitía a su jefe disfrutar más tiempo de la compañía de Carmela, su novia, una estudiante universitaria de Económicas, hija de un conocido empresario de la construcción de la zona, circunstancia que le aseguraba poder dedicarse única y exclusivamente a sus estudios o a lo que ella desease, pues era muy consentida por sus padres, además de caprichosa en su forma de ser, pues si se le metía algo en la cabeza quería conseguirlo de cualquier forma.
Juan y Emilio podían considerarse dos jóvenes razonablemente guapos, o de un atractivo muy interesante. El primero mantenía una relación amorosa estable con su pareja, mientras que el segundo evitaba por todos los medios comprometerse de lleno sentimentalmente con alguna de sus conquistas amorosas. Estaba contento con mantener periódicas relaciones sexuales que a él se le antojaban muy placenteras. Se enrollaba con una chica, y cuando se terminaba su pasión, cortaba la relación e iba a por otra, sin titubeos ni ambages, consiguiendo siempre lo que quería. Como no cambiase su actitud egocéntrica y mujeriega se le iban a agotar los recursos del ligoteo y las mujeres con las que poder relacionarse sólo sexualmente, que era lo único que le interesaba de ellas dado su carácter misógino, el cual a veces le jugaba malas pasadas, pues en lugar de poseer una gran variedad de amigas, conseguía enemistarse con ellas para toda la vida, al sentirse utilizadas.
Caminaba Emilio a paso apurado para dirigirse al casco antiguo de su pequeña ciudad y encontrarse con su amigo Juan, que lo esperaba en su bar, La esfera, cuando se percató enseguida de que, en una casa ubicada en las afueras de Odarea, un tráfago de policías estaba en continuo movimiento. «A saber qué habrá pasado ahí», pensó, sin detenerse un breve instante para observar detenidamente y con curiosidad el ajetreo de los policías que le daban la impresión de estar algo nerviosos y bastante atareados. «La policía de Odarea, detestable», pensó, una consideración sin base argumental sólida. Desde que el inspector Riveira había ocupado su cargo en esta ilustre localidad hacía diez años atrás, se habían expedientado a unos cuantos policías corrompidos que mantenían una actitud chulesca y a veces de índole terrorista contra un limitado sector de la ciudadanía que denunciara los malos tratos de algunos representantes de la ley que operaban negativamente a sabiendas de a quiénes debían perjudicar. Afortunadamente, en la actualidad, la policía de este lugar, como desgraciadamente lo fue en el pasado por parte de algunos de sus componentes, ya no era un conjunto de amigos delincuentes, corruptos y terroristas. Cuando llegó proveniente de Pontevedra para ejercer su nuevo cargo en Odarea, al inspector Riveira, un hombre de una conducta y una profesionalidad irreprochables, le costó mucho aceptar que en su nuevo destino se iba a encontrar con algunos representantes de la ley bastante desviados, habiendo algún que otro depravado. Fue una decepción enorme tener que trabajar entre compañeros de profesión que eran incapaces de ejercer su labor de forma mínimamente plausible, pues o eran unos auténticos vagos o hacían un uso desmesurado de su poder, o ambas cosas a la vez, defendiendo siempre sus intereses y el de sus amigos o el de aquellas personas a las que les rendían pleitesía porque les proporcionaban un ocio que era muy de agradecer, hecho que ocasionaba que incumplieran muchas veces sus funciones laborales, o, dicho de otra manera, que incumplieran ellos mismos la ley. Estas cuestiones tan lamentables sucedían también en otras fuerzas de la seguridad ciudadana y en otros muchos lugares distintos, independientemente de quien gobernara. «No quiero ñordos en mi equipo», se dijo ofuscado el inspector Riveira cuando, al investigar, conoció algunos desmanes de muchos representantes de la ley de Odarea. «No permitiré la falta de profesionalidad», se dijo tajante. Se puso manos a la obra enseguida, siendo extremadamente taxativo, categórico y exquisitamente cumplidor de sus funciones, obligando a sus subordinados a comprometerse de lleno con las nuevas directrices a las que debían ceñirse para evitar problemas. Indicó el camino correcto y tomó decisiones drásticas e inapelables, muy acertadas, consiguiendo un cambio de ciento ochenta grados en la actitud de sus subordinados, en los que ya estaban antes de su llegada y se mantuvieron en el cargo que ocupaban, e influenciando muy positivamente a los nuevos policías que iban ocupando los cargos vacantes, apropiándose de los mismos personas muy capaces y honradas. Debía haber iguales derechos para todos los ciudadanos, sin distinción, independientemente de su condición social y económica. Los profesionales de la defensa del orden público ahora no iban a marginar, ni a actuar por su cuenta fuera de la reglamentación y de la legalidad. No se les ocurría ya incumplir las normas establecidas, los decretos por los que debían regirse, y se intentaba mantener un trato cordial con toda la ciudadanía. Dentro del Cuerpo de Policía no se podían cometer actos ilegales, tal como había ocurrido en el pasado, cuando unos cuantos representantes del mantenimiento del orden cívico decidieron formar parte de un grupo mafioso y criminal que entonces no estaba abocado al fracaso, debido al control que ejercía sobre la sociedad, sobre gran parte de la población, tanto de Odarea como de otros territorios limítrofes o lejanos a esta encantadora urbe. En la actualidad, ese grupo mafioso que tanto perjudicó a muchos ciudadanos de comportamientos más o menos correctos, permanecía disuelto gracias a la indudable honradez del inspector Riveira y a su gran labor obedeciendo a su comisario como era de ley, al que estaba antes cuando llegó de Pontevedra para ejercer su nuevo cargo, y al nuevo que llevaba unos tres años al frente de la comisaría. Anteriormente, muchos de los policías no merecían ser llamados representantes de la ley porque ellos mismos no la obedecían cometiendo actos deplorables hacia personas que no habían cometido ninguna impropiedad. Los actuales subordinados del inspector Riveira querían a su jefe como se quiere a un buen padre. Algunos policías eran mayores que su jefe, como Gabriel Dacosta, quien se vino a Odarea a ejercer su cargo proveniente de Barcelona, porque se había casado con una odareana gallega hacía ya bastante tiempo.
Sin motivo aparente, Emilio odiaba y despreciaba a todos los componentes de las Fuerzas de la Seguridad del Estado, sin distinción y sin miramientos, porque no soportaba a todo aquel que con su uniforme pudiera llegar a manifestar un uso indebido de la fuerza, pudiendo perjudicar a inocentes, tal como sin él saberlo había sucedido en el pasado reciente. Fueron despedidos aquellos guardianes de la ley que no cumplieran con su deber haciendo un uso indebido de su poder. El inspector Riveira, coordinándose con sus dos comisarios, el que estaba antes de su llegada y el actual, realizó una depuración profunda, renovando, expulsando lo malo y pernicioso y atrayendo lo bueno y recomendable. Hubo dimisiones, jubilaciones, cambios de destino, y expulsiones. Ocuparon los cargos vacantes hombres y mujeres que demostraban una valía enorme, muy profesional, respetando incondicionalmente a cualquier ciudadano sin distinción de rango, género o idiosincrasia, no como con anterioridad, que sólo se protegía a los poderosos (y a sus amiguitos con los que compartían una ideología política similar) porque proporcionaban discotecas, restaurantes, lugares de alterne, drogas y otro tipo de privilegios como perseguir y maniobrar en contra de ciudadanos correctos no simpatizantes con la forma de obrar de cualquier tipo de sinvergüenza.
Emilio no podía saber qué les ocurría exactamente a los policías que mostraban estar muy alterados. Algún mal suceso habría acontecido desafortunadamente en aquel andurrial. Con el inspector Riveira al frente de la dirección, no cabían de su asombro y espanto. El cadáver recientemente desenterrado presentaba claros signos de descomposición. La señora Opatos, dueña de la casa ajardinada en donde se produjo el hallazgo, no daba crédito a que su pequeña finca pudiera esconder el cadáver de una mujer asesinada. Había indicios suficientes para considerar que estaban ante un crimen atroz. El perro de la dueña de la casa, un schnauzer mini, para escándalo de su ama, que no dejaba de reñirle sin que le hiciera caso, no se cansó de remover y de escarbar durante días la tierra que cubría el cuerpo muerto, hasta que consiguió desenterrar varios dedos de una mano huesuda que fueron a parar a su estómago. Ante semejante descubrimiento (la tierra expulsaba un hedor bastante considerable, después de que fuera removida por el perro), la señora Opatos telefoneó inmediatamente a la policía para comunicar su descubrimiento. El inspector Riveira no creía posible que ella fuera la causante de tan deplorable e impactante crimen. La anciana se mostraba realmente conmocionada, muy afectada emocionalmente por lo sucedido, a lo que no le encontraba explicación: no entendía cómo pudo ir a parar a su jardín esa pobre mujer decapitada cuya cabeza se encontraba en la palma de su mano izquierda. Menudo misterio para la investigación policial este hecho tan truculento y fuera de lo común. Conmovía ver cómo la anciana trataba de declararse inocente, defendiéndose utilizando palabras entrecortadas e inconexas que resultaban ininteligibles.
Al inspector Riveira no le constaba que un suceso de estas terribles dimensiones se hubiera producido en Odarea en alguna ocasión. Nunca se había enfrentado a un caso semejante. Estaba estupefacto. Consideraba que no podía culpar de este crimen a ninguno de sus paisanos los odareanos, por considerarlos gente pacífica que trataba muy bien a los turistas o forasteros que llegaban a esta hermosa ciudad sobre todo con la intención de disfrutar del verano. Suponía que era prácticamente imposible que un nativo del pueblo pudiera cometer semejante barbaridad contra una vecina de la localidad. Sí era cierto, no se podía negar, que entre algunos de los nativos de Odarea podía existir una cierta insana envidia de tipo en ocasiones maníaca. Su conclusión prematura era que el criminal debía de ser un foráneo, hecho que sin duda habría de dificultar la investigación y la posterior captura. Un temor desconocido que le desencajó el estómago se apoderó del inspector de Odarea. Tal como le estaban indicando algunos componentes de la científica y judicial, pese a lo bien pertrechados que estaban, apenas podrían ayudarlo en el esclarecimiento de la verdad, al no poder aportar pistas concluyentes o definitorias. Que este horrible caso pudiera quedar irresoluto podría intranquilizarlo para toda la vida. Tenía los brazos cruzados cuando le hablaba el juez en el levantamiento del cadáver diciéndole que lo sucedido era sin duda obra de un criminal muy profesional que debió incurrir en la ilegalidad en más de una ocasión. El inspector lo oía moviendo la cabeza negativamente, diciéndose mentalmente que ojalá se estuviera equivocando.
La mano derecha del inspector Riveira, su agente de más confianza, el policía Miguel Sánchez, un hombre solitario al que se le desconocía quién le tenía robado el corazón, pues, aunque no estaba casado ni tenía novia, él aseguraba que estaba muy enamorado, sometía a la señora Opatos a un interrogatorio exhaustivo que la estaba afectando en el ánimo y físicamente a su sistema nervioso. No tenía ni remota idea de cómo pudo haber ocurrido que llegara a ser enterrada en su pequeña finca esa pobre desdichada mujer.
Le dijo Miguel Sánchez a la señora Opatos una vez acabado su interrogatorio:
—Cálmese, señora, se lo ruego. No se preocupe. Entre en su casa y descanse. Si tiene algún ansiolítico, tómelo. Si no es así, la enfermera de la ambulancia se lo dará.
—Gracias, agente. Ay, creo que me va a dar un vahído.
5
«Buenas», se limitó a saludar Emilio secamente al entrar en el bar de su amigo Juan, el cual se encontraba abrazado a Carmela, su novia. Ambos chicos lograban compenetrarse a la perfección, entendiéndose a las mil maravillas. Juan y Carmela se dieron un prolongado morreo delante de Emilio, luego separaron sus labios y sus cuerpos, sonrientes y satisfechos. Mientras Carmela se sentaba en un taburete, Juan, extrayendo un cigarrillo de una cajetilla de tabaco que estaba sobre la barra—mostrador, dijo:
—Tenemos que idear algo especial para la celebración del día de las hogueras.
Emilio preguntó con interés:
—¿Qué se te ocurre? ¿Has pensado en algo?
—Todavía no hay nada pensado, pero este año tenemos que conseguir divertirnos como nunca lo hemos hecho.
Por decir algo, Emilio, desmotivado, dijo:
—Podríamos reunirnos en el monte y contar cuentos de terror.
—No parece mala idea para la planificación de la fiesta.
—¿No?
—No sé… Tenemos que conseguir hacer algo inusual, completamente distinto a lo hecho los anteriores años. Yo qué sé, no sé, podríamos gastarle una broma pesada a alguien que nos caiga mal para reírnos a tope. Citarnos en el monte nuestro grupo de amigos más íntimos, y…
Juan miró fijamente a su novia, quien, correspondiéndole con la mirada, le preguntó:
—¿Y?
—No sé, gastarle una pesada broma a alguien que nos caiga mal, para escarmentar y partirnos de la risa.
Carmela preguntó:
—¿Y cómo vas a convencer a alguien que te cae mal para que acuda a una reunión privada, entre comillas lo de privada, en el monte, para contar cuentos de terror y gastarle una broma?
—Buena pregunta —indicó Emilio.
—La pregunta clave es: ¿Hay alguien tan pardillo al que consigamos convencer y engañar para que nos acompañe al monte para poder gastarle una broma lo más pesada posible?
Los tres amigos guardaron silencio, pensando un rato, hasta que dijo Carmela, toda iluminada:
—A mí me gustaría hacerle una buena putada a una compañera de mi clase que no soporto, pese a que aparentemente somos buenas amigas.
—¿Quién es? —preguntó Juan.
—Marisol —respondió Carmela, mostrando una sonrisa cruel.
Si algo resaltaba de verdad de Marisol eran sus preciosos ojos de intenso y evocador color azul celeste. Eran alucinantes, destacaban sobremanera provocando delirio. Confirmaban el triunfo en la tierra de lo bello y lo sublime, constituyendo una maravillosa obra artística que provocaba suspiros de amor verdadero en el afortunado receptor derretido por poder contemplar semejante prodigio de la madre naturaleza. Qué inmensa suerte poder disfrutar, aunque fuera por un breve instante fugaz, de tan elegante, cautivadora y penetrante mirada tan difícil de sostener fijamente para no caer en el especial encanto de quedarse prendado de amor el testigo de tan intimidante, impactante y fascinante hermosura sin igual.
«¿Marisol?». A Emilio se le apareció en su mente la imagen de la bella muchacha. Era la mujer de la que se había enamorado recientemente, a priori su futura conquista amorosa. Deseaba muchísimo poseerla. Pensaba volcarse con todas sus fuerzas para conseguirla. Por ella sí que sentía una atracción profunda, irresistible, algo distinto que no había sentido nunca antes. Se sintió contrariado.
—¿Y qué broma se os ocurre gastarle? —preguntó.
—La podemos abandonar en el monte. —Carmela parecía iluminada, algo inusual en ella—. Justo después de que anochezca. Así se perderá por la desorientación.
—Qué buena idea, cariño. Puede ser divertido. Seguro que lo pasamos genial engañando a esa estúpida hasta darle el golpe definitivo, ja, ja, ja.
—Tenéis una mente un poco perversa, vosotros dos, ¿no? —dijo Emilio visiblemente incomodado. Miró a Juan, pero éste miraba a su novia. Miró a Carmela, y ésta sí lo miraba a él. Le dijo:
—Emilio, ¿algún problema con Marisol?
Quiso confesarles su secreto, pero en cambio optó por mentir:
—Ningún problema, os lo aseguro.
—Entonces tenemos que idear un buen plan para llevar a cabo nuestro castigo, ja, ja, ja —rio Juan, quien se abrazó enseguida a su novia para besarla.
Sin hacerlo notar, a Emilio se le ofuscaron sus pensamientos. No le hacía gracia alguna que le fueran a gastar una broma tan pesada a Marisol. No le gustaba la idea en absoluto. El plan consistía en que Carmela, y otra compañera suya de clase, habían de invitar a Marisol, y a quien ésta quisiera llevar consigo como compañía, a la denominada por el propio Juan, el amigo de Emilio, «Ceremonia de San Juan». Quedarían para tomar una queimada en el monte, desde el atardecer hasta después de que anocheciera. Todos los presentes contarían cada uno algún cuento de terror con la intención de espantar el miedo del cuerpo y purificar el alma de elementos nocivos o impuros que la pudieran perjudicar. Luego, los acudientes a esta ceremonia privada pero al aire libre regresarían en coche e irían al centro de Odarea para continuar celebrando por todo lo alto la noche festiva de las Hogueras de San Juan, yendo quizá luego a alguna de las playas para la realización de algún que otro ritual.
Cuando se fue del bar de su amigo Juan, Emilio no dejaba de buscar la forma de chivarse a Marisol y prevenirla de lo que le pensaban ocasionar Carmela y Juan. En cuanto se la encontrara se lo haría saber. Mejor era buscarla, y, una vez hallada, contarle el mal que le pensaban crear. Le parecía una desfachatez enorme y una injusticia imperdonable e irreparable que tuvieran pensado obrar de manera tan chunga contra una chica que era muy buena persona.
Emilio siempre se sintió gratamente intimidado cuando Marisol a veces lo veía, sin disimulo pero también sin ninguna intención de acercamiento, con esos preciosos ojazos azules cuya expresión parecía dar a entender lo insignificante que él era. Marisol era muy hermosa, y su cabello era de color sorprendentemente ígneo. Solía vestir con atuendos cómodos, tanto de ropa como de calzado. Era un poco delicada de salud, pues enfermaba con facilidad a causa de muchos catarritos que acentuaban algo su asma crónica. Marisol era buena estudiante, pero se le estaban atragantando un poco las lecciones de algunos profesores de la facultad de Económicas. Quizá debiera haber elegido cursar otra carrera. Dominaba el inglés casi a la perfección, aunque la vida no le había deparado demasiadas oportunidades para demostrar su conocimiento de este idioma universal. Sus creencias religiosas estaban muy arraigadas. Era católica convencida. Nunca fue una chica problemática. Ella era muy prudente, no solía dar un paso adelante si antes no se aseguraba que debía darlo. Pero no era perfecta y podía llegar a equivocarse, o a cometer errores por despiste o por ser excesivamente inocente y confiar demasiado en la gente. Aunque sus padres eran de ideología conservadora, ella se consideraba una persona apolítica, neutral, abierta a las vicisitudes de los nuevos tiempos. No le importaba demasiado qué ideales políticos defendían sus amistades, porque lo que a ella le atraía de las personas era su modo de ser, su forma de comportarse, la educación que mostraban, que fuera más o menos ejemplar y de comportamiento políticamente correcto, que fuera respetuoso y agradable.
Emilio deseaba protegerla, desbaratando la mala intención de sus malvados amigos, los cuales, de llegar a realizar la mala acción que pensaban perpetrar, tendrían que dar cuenta ante la ley por crearle un malestar físico y psicológico a una persona inocente a quien a la larga la deplorable mala acción le habría de repercutir en su ánimo y en su espíritu de forma muy negativa y perniciosa. No le cabía ninguna duda: iba a ser impagable lo que pensaba hacer por ella para salvaguardarla del peligro que la acechaba. No podía permitir que le fueran a hacer semejante putada como dejarla tirada en el monte a solas para que se perdiera y pudiera ocurrirle un mal mayor, una catástrofe inmedible e imperdonable. Tal como Emilio pudo colegir por las palabras emitidas por Carmela, a ésta lo que le ocurría era que envidiaba descontrolada e inconscientemente a su compañera de curso y supuesta amiga. Parecía razonable que la fuera a proteger,realizando una defensa acérrima contra semejante sinrazón por parte de Carmela y de Juan. De paso, Emilio le habría de declarar su amor. Seguro que ella lo aceptaba, como no podía ser de otra forma habida cuenta de que por su causa traicionaría a sus dos mejores amigos en detrimento a su amor. Marisol no se resistiría a su insondable guapura, su fortaleza física desbordante y la promesa de hacer por ella cuanto estuviera en sus manos. El amor que a ambos les esperaba se habría de afianzar con el tiempo. Muy ilusionado, Emilio estaba sintiendo un desmedido entusiasmo muy placentero que le era desconocido y que no debía esfumarse por nada del mundo.
6
Era inimaginable el inmenso entusiasmo que le provocaba al escritor Jesús López Alegría poder utilizar en su obra literaria la mayor variedad posible de palabras, cuyo significado conociera a la perfección, para emplearlas en aquellos contextos cuya aparición era la más correcta, adecuada e idónea. Su estrategia para no olvidar estas maravillosas palabras consistía en leer todos los días. Pero sucedía que, para su disgusto, como no se le presentaba la oportunidad u ocasión de relacionarse socialmente con cierto tipo de personas que poseyeran una cultura similar o equivalente a la suya, esas preciosas palabras como «manar» o «bifurcar» no solían aparecer en su memoria cuando se podían emplear o ser necesarias en sus historias o en la conversación. Esta agravante circunstancia le revolvía las entrañas. Él era de la opinión de que los textos literarios debían mostrar un cierto conocimiento del lenguaje, embelleciendo la expresión lingüística mediante la correcta utilización de palabras variadas que podrían repercutir positivamente en el comportamiento cotidiano de las personas. Se alcanzaba de este modo una de las finalidades de la literatura: el aprendizaje del vocabulario y el modo idóneo de utilizarlo.
Este escritor consideraba que era más importante cómo se expresaba el contenido de una obra de arte literaria que la historia contada en un marco espacial y temporal determinadosen el que unos personajes dados mostraban una serie de circunstancias, pudiéndose extraer de sus relaciones personales una serie de valores éticos y morales que enseñaban a los lectores a comportarse con más corrección en sus vidas.
Al señor López Alegría le encantaba plasmar el mayor número de conocimientos adquiridos de la realidad o de los libros, ofreciéndonos aspectos interesantes acerca de la idiosincrasia del ser humano. Vertía en las páginas de sus creaciones, casi todas narrativas, muchas cuestiones que sabía sobre algunas personas del entorno, que para bien o para mal le habían tocado en la convivencia. Aunque lo normal era que se inventara a los personajes, de los que subyacían sus virtudes y sus defectos, sacándoles partido para el aprendizaje inclusivo de cualquier persona. Pero le era imposible mostrar buena parte de su sabiduría por mucho que se esforzara en ofrecer sus conocimientos con la mejor intención.
Alrededor de un año había tardado el señor López Alegría en lograr ingeniárselas para escribir un libro que incluyera una leyenda inventada que pudiera relacionarla con la significativa noche de las hogueras de San Juan. Logró publicar ese libro en el año 2007.
Cuando comenzó a componerlo, don Jesús se había estrujado el cerebro una y mil veces, pero, por mucho que lo consiguiera exprimir como se hacía con las naranjas de zumo, daba la impresión de que no saldría nada fructífero de su mollera.
Una y otra vez se sentó en su escritorio ante el papel en blanco que pretendía rellenar con lo que él llamaba palabras «bonitas», que eran aquellas que encajaban perfectamente dentro del contexto en el que podían ser utilizadas, y una y otra vez se levantaba de la silla frustrado porque no se le ocurría nada loable que lo pudiera encumbrar. Pensaba que le sentaría muy bien un poquito de vanagloria, de afirmación de la labor que desempeñaba, que ejercía desde hacía ya algunos años, pero sin demasiado éxito. Para lograr su objetivo necesitaba que se le ocurriera una historia conmovedora y algo aterradora.
Conseguido el objetivo mediante un trabajo muy esforzado y con plena dedicación al mismo, y gracias a la inestimable ayuda de sus dos hermanas que le sirvieron en bandeja el contenido de lo que debía escribir, la leyenda de índole sanjuanesca que lo hizo algo reconocido dentro del mundillo literario, muy resumida, venía a decir lo siguiente:
Estudiosos de la antropología y de la etología descubrieron que en tiempos remotos de la Humanidad, ciertas tribus que habían dejado una impronta imborrable de sus costumbres y de sus actividades sociales y culturales, una vez al año, con la intención y la esperanza de espantar buena parte de los males que les pudieran surgir a los miembros de la población, tenían por costumbre recurrir al sacrificio humano para ahuyentar a los espíritus malignos y a todo cuanto elemento nocivo o negativo fuera perjudicial para los moradores de estos lugares que evitaban provocar problemas de modo individual o colectivo. Esta medida tan truculenta trataba de paliar los efectos devastadores que la naturaleza humana podría atraer con suma facilidad. Los moradores de estas tribus consideraban que conseguían frenar que sus dioses paganos los castigaran con o sin motivo, dándoles así a entender cuán poderosos eran. El jefe militar y religioso de estas tribus en cuestión solía escoger él mismo a uno de sus mejores guerreros con la finalidad de ser sacrificado con la intención de salvar a todos los integrantes del grupo. Una vez elegida la víctima, averiguaban la mujer que más lo atraía, la mujer de la que estaba enamorado. Antes de la espectacular ceremonia de bailes y cánticos, el guerrero que iba a ser sacrificado era drogado con un condimento hecho de unas hierbas especiales que los druidas conseguían de los bosques del entorno en el que vivían. Luego, mientras algunas mujeres de la tribu se movían a coro con movimientos espasmódicos alrededor del guerrero, echándole cada una puñados de pétalos de flores, los jefes religiosos, escondiendo sus rostros con máscaras tenebrosas, obligaban, al guerrero que iba a ser sacrificado, a matar a su enamorada con cualquier objeto punzante, para a continuación inmolarse él mismo delante de todos mezclando su sangre con la de la mujer a la que le había asestado un apuñalamiento letal. De este modo, según los hechiceros de la tribu, con esta violenta estampa se podría salvar de todos los males a los miembros de la tribu, durante al menos un año, hasta que se repitiera la operación al año siguiente.
Un año de espera para el cumplimiento de un evento de tal magnitud bien merecía la pena para que, en el día elegido, se produjese la más importante plegaria por parte de la congregación de religiosos hechiceros de la tribu, a los que no les cabía ninguna duda de que el sacrificio del guerrero y el de su enamorada constituían la máxima esperanza para que a los integrantes de la población les fueran favorables una serie de deseos existenciales, de los que se podían resaltar, por ejemplo, los siguientes: que el clima no les fuera adverso y la naturaleza no ejerciese su ira contra ellos enviándoles frío o calor extremos o sequía y tempestades destructoras; que se mantuviese la paz con otras tribus o poblaciones cercanas o lejanas de forma que no fueran atacados o subyugados por potenciales enemigos que podrían competir por la supremacía y el mando y el poder; que las mujeres fueran fértiles y procrearan a muchos varones y hembras saludables; que no hubiera merma en la población a causa de enfermedades y hambruna; y que no escaseasen los elementos necesarios o imprescindibles para el buen sostenimiento u óptimo desarrollo social de la comunidad que sólo quería paz y prosperidad.
Este doble sacrificio humano anual en connivencia con el deseo de todos los integrantes de estas tribus era realizado un día preciso del cambio de estación de frío a calor, comenzando los preparativos del festejo por la tarde antes de que cayera el sol. Se celebraba por todo lo alto la llegada del buen tiempo. Se encendían grandes hogueras porque la fiesta duraba hasta altas horas de la madrugada debido al frenesí de las gentes, asegurada la luz que aplacaba el miedo a la oscuridad. En este día tan especial y memorable se sacrificaban muchos animales para comer en abundancia durante el día y la noche, y bebían enormes cantidades de una pócima especial que sabían fabricar desde tiempos inmemoriales, la cual embriagaba de modo parecido a como lo hacía el alcohol en la actualidad. No paraban de bailar y de cantar a su modo peculiar. Con gran satisfacción, al día siguiente volvían a la normalidad de sus quehaceres, envueltos en un aura de extraña fortaleza espiritual y moral. Eran dichosos y felices y estaban muy agradecidos por haberse divertido tanto en el denominado Día de las hogueras nocturnas.
7
Dos amigos prácticamente inseparables desde la infancia paseaban dialogando por el Paseo Marítimo de Odarea. Eran Breogán y David.
Breogán afirmaba que quería estudiar Telecomunicaciones, pero pese a esforzarse no le alcanzó la nota del Bachillerato sumada a la de la Selectividad para poder cursar tan exigente carrera, por lo que se inclinó a cursar Económicas. Gran amante del deporte, lo practicaba en la medida de lo posible, sin destacar en ninguno especialmente. Sus padres regentaban un pequeño restaurante en el casco antiguo de Odarea. Muchas horas había trabajado como ayudante de cocina. Su madre era la cocinera del restaurante. Sus ocupaciones laborales le restaban mucho tiempo que quisiera invertir en el estudio o para relacionarse más con las personas de su generación o con las del entorno en el que vivía. Mediante la fuerza poderosa del flechazo de Cupido, estaba enamorado perdidamente, platónicamente, de Marisol, compañera suya de clase. Se conocían de toda la vida.
David era muy culto y espabilado. Estudiaba Traducción e Interpretación en la facultad de Humanidades. Era un gran lector, y más que ninguna otra lectura se entusiasmaba a tope con muchas novelas decimonónicas. Le encantaría ser escritor ya desde los catorce años, cuando leyó y releyó una versión juvenil de Robinson Crusoe. Desde entonces se dijo que le gustaría contar historias tan bien escritas y tan interesantes y entretenidas como la obra de Daniel Defoe que tanto le impactó en los primeros años de su adolescencia. Uno de sus máximos objetivos era aportar positivos productos literarios al universo de la Literatura. No se podía esperar menos de su notable inteligencia, que le hacía decir, por ejemplo, que el eterno—retorno de Nietzsche existía realmente, y ponía como ejemplo la influencia que debió haber ejercido en la figura de Jesucristo una obra teatral de Esquilo titulada Prometeo encadenado, porque consideraba que había un símil en ambos personajes, uno mitológico y el otro histórico, y era que Prometeo podía descubrir el futuro pero no podía salvarse a sí mismo porque Zeus lo condenó a la muerte, de igual modo que Jesús el Nazareno, el hijo de Dios en la tierra, podía redimir al género humano pero no podía librarse de ser crucificado por los romanos. Ambos individuos estaban predestinados a la muerte sin que pudieran remediarlo pese a los poderes que poseían. Ambos amigos seguían conversandodistendidamente:
—Créeme —le dijo David a Breogán—, es la sempiterna lucha entre el bien y el mal. Estamos hablando de las dos peores inmundicias de un mundo infectado de malhechores, con la balanza de la justicia siempre en desequilibrio. La guerra y el terrorismo y todo cuanto generan son dos cualidades inherentes en gran parte de los seres humanos. Cuánto no se ha matado para defender una idea, una ideología, una religión, un sinsentido, una irracionalidad…
—Tienes razón. A mí, con las solas menciones, de las palabras guerra y terrorismo, se me ponen los pelos de punta.
—Normal, siendo ambos pacifistas…
—¿Y tú crees que no hay remedio posible de erradicar estas dos lacras humanas?
—Me temo que no hay posibilidad. Estos dos conceptos, que pasan de la palabra al hecho, son una plaga que se extiende con facilidad. Creo que no hay manera de demoler a quienes se ensañan violentamente con los demás con conductas bélicas o con actos terroristas, sean de la índole que sean. Es un auténtico escándalo que se produzcan semejantes sin razones en contra de los derechos humanos. La historia nos debería enseñar a todos a no cometer los errores del pasado, pero una y otra vez hay gente empeñada en comportarse como auténticos diablillos maltratadores, en distintos niveles de la escala. De verdad, no soporto ningún tipo de violencia, como la tortura, por ejemplo, sobre todo cuando se produce contra inocentes.
—No entiendo que se trunquen vidas ajenas mediante el terror y la guerra. Es algo inadmisible.
—Realmente es muy indignante, y frustra no poder hacer nada para evitar que suceda semejante dislate de violencias.
Siguieron paseando unos minutos en silencio, hasta que David dijo, desdoblando cuatro folios manuscritos que extrajo de uno de los bolsillos de su pantalón:
—Mira, como futuro paladín de la justicia y de la libertad, estoy preparando una especie de manifiesto en el que propongo una defensa incondicional de los derechos humanos. Creo que voy a escribir un tratado lo más cercano a la realidad sobre este tema. Como sabes estoy muy en contra de la opresión, y tú también. Te voy a leer este texto que tengo prácticamente acabado. Desconozco qué utilidad podrá alcanzar, pues no sé de qué forma podré difundirlo. Este es el primer texto de una larga serie de testimonios que pienso escribir hasta componer un libro que pueda ser más o menos representativo de mis ideas…
—Léemelo.
Anduvieron un poco más hasta encontrar un lugar en el que apenas pululaban transeúntes y casi no había ruido. Se sentaron en un banco de piedra y David leyó con contagioso entusiasmo y de un tirón:
«Implantada la vigente democracia española (la cual era modélica en muchísimos aspectos, aunque adolecía de errores o faltas de compromiso que poco a poco se iban subsanando por el buen hacer de personas honradas que legitimaban salvaguardar derechos cívicos fundamentales para todos los ciudadanos independientemente de su condición socio—económica), a lo largo de todos estos años una serie de malditos cretinos crueles decidieran reinstaurar el terrorismo de Estado como fórmula de amedrentamiento social, independientemente de quién gobernase un determinado pueblo o ciudad de cualquier autonomía española o mismamente el país. Esta calaña de individuos muy mediocres (con muy pocas luces en sus cerebros) e irrespetuosos al más alto nivel, se aprovecharon a conciencia de la clara vulnerabilidad de unos cuantos inocentes que no habían hecho mal alguno pero que resultaban fastidiosos porque conocían parte del modus operandi de este grupo mafioso de malhechores irredentos que causaron un sufrimiento enorme a quienes, sin merecerlo, se vieron en la necesidad imperiosa de proteger y defender sus vidas de los continuos ataques y atentados que se perpetraron en contra de sus humildes personas. Estos abominables seres abyectos consiguieron desmejorar física, mental y socialmente a sus víctimas, elegidas no arbitrariamente, sino señaladas a dedo con un claro interés de acallar a quien sabía demasiado, maltratando con impunidad y alevosía a individuos completamente inocentes y buenas personas. Estos malditos seres tan viles y cobardes se saltaron a grandes zancadas la legalidad, como si fuese normal no obedecer las leyes fruto de la concepción de una justicia igualitaria y ecuánime de iguales derechos para todos, sin distinción de género, raza, ideología, lugar de procedencia, credo religioso o pertenencia a un estrato social o a otro. Estos malditos malnacidos terroristas (todos los terroristas son escoria de la peor condición), no debían sentir remordimientos de conciencia o culpabilidad por sus actos contra natura realizando maldades contra personas indefensas que no se explicaban el motivo de que fueran tan injustamente atacadas y maltratadas, arrinconadas en el más puro ostracismo que pudiera ser concebido. Creyéndose los amos del mundo estos malvados seres tan irracionales debían considerar que, con acudir al confesionario, a contar verdades o mentiras, sus horrorosos y bochornosos pecados quedaban limpios y perdonados, y libres de impurezas sus sucias conciencias. Pero sus malévolas actuaciones no podían ser perdonadas ni por la víctima ni por Dios, tal era la envergadura de las terribles fechorías cometidas, unas diabluras de maldad ilimitada que sí obtenían el perdón del demonio, que todo lo corrompe, y el perdón, asimismo, de individuos semejantes a ellos en maldad. Estos malhechores sólo trataban de defender sus privilegios y el de sus amigos y afines, sobre todo si estos eran poderosos y estaban corrompidos, para favorecerlos inmerecidamente llevando a cabo un abuso de poder incomparable. Trataban de dinamitar el buen intelecto y el intento de desarrollo de óptimas relaciones sociales entre todos los integrantes de cualquier sociedad o civilización dada, circunstancia que repercutía en la deseada concordia, cercenando el respeto al prójimo y eliminando la paz entre las personas y los pueblos. Desgraciadamente, eran favorecedores del caos, la destrucción humana y material, las injusticias, la pobreza, la sinrazón y una retahíla de otros aspectos negativos, los cuales determinaban el curso de la historia, tanto la individual como la colectiva. Con tantos seres humanos errados o desviados de la cordura, era normal que aparecieran todas las lacras y rémoras que atacaban al buen sentido y al buen juicio, al buen hacer y proceder, a la justicia, a la Humanidad en su conjunto y totalidad… ».
David tomó aire y dijo:
—Esto es lo que hay, de momento, pero pienso ampliarlo, creando una compilación de textos de estas características.
—Qué bien te expresas, macho, eres un fenómeno —exclamó Breogán, admirado muy gratamente por lo que le acababa de leer su mejor amigo—. Si todos pensáramos como tú a buen seguro que el mundo marcharía mucho mejor. No habría tantas catástrofes y desgracias y tantas penosas tragedias, porque el tiempo se emplearía en construir y no en destruir.
—Sí, supongo… Lo malo es que el ser humano, como individuo o colectivamente, es egoísta por naturaleza, creo yo, de forma que priman los intereses particulares, sobre todo los económicos, de modo que muchos poderosos del planeta no quieren más que protegerse ilícitamente, lo cual no me parece lógico y normal, porque no hacen más que avasallar a quienes no tienen el poder de cambiar nada, ni siquiera a sí mismos, para mejorar sustancialmente su condición, si no la tienen buena. Tú me entiendes. Algunos poderosos son capaces de comprarse a seres humanos a los que dominan a cambio de dinero o cosas aún más horribles y penosas, para que hagan un uso desmedido de la violencia y de la injusticia contra cierto tipo de inocentes que no han causado mal alguno a nadie, consiguiendo de este modo mantenerlos a raya, de manera que no puedan ni protestar ante determinado tipo de injusticias que pueden sufrir personalmente...
—Completamente de acuerdo, macho. ¿Y qué se podría hacer al respecto para erradicar la maldad en el mundo? ¿Se te ocurre alguna idea? ¿Lo has pensado?
—Bueno… Lo he pensado una y mil veces, ya lo tenemos hablado en alguna que otra ocasión, y creo que el problema radica en la base, es decir, por ejemplo, para que un individuo se comporte correctamente toda su vida, se le debe inculcar continuamente una serie de valores positivos para que su comportamiento sea idóneo en sociedad, para que sea respetuoso con todas las personas que conformen el entorno en el que se desenvuelva…
—Para lo cual, aporto yo, es importantísima o imprescindible una buena educación, una educación basada en la igualdad de oportunidades, donde se enseñen una serie de valores adecuados, tal como acabas de decir.
—Sí, correcto...
David se quedó pensativo un momento, esperando Breogán que dijera algo, hasta que dijo al cabo:
—Serían imprescindibles dos tipos de educaciones: una educación horizontal y otra vertical.
—¿Qué quieres decir?
—Con educación vertical me refiero a la que se registra en los estudios, a la educación que proporciona el colegio, los institutos, la universidad…, y la que se obtiene de forma autodidacta. Con este tipo de educación, además de adquirir un cierto tipo de conocimientos, nos relacionamos y nos socializamos. Estamos dentro de la diversidad y debieran ser valorados los méritos verdaderos de cada persona para medrar luego en el apartado laboral según nuestros verdaderos merecimientos, pues en el apartado social todos debiéramos ser personas con iguales derechos constitucionales, algo que, como sabemos, no ocurre siempre…
—Por desgracia…, el sistema tiene sus descosidos.
—Cierto. Y con educación horizontal me refiero a una educación en la que intervienen de forma idónea la familia, los lazos de amistad y los amorosos, y las relaciones en sociedad en el plano cotidiano y laboral… También nos relacionamos y socializamos a gran escala, obviamente. Los dos tipos de educación me parecen igualmente importantes en el desarrollo cognitivo y social de cualquier ser humano. Cuando hay un fallo, un desorden o un desajuste en una de estas dos educaciones, se es propenso a errar, a equivocarse, a cometer maldades. Es ahí cuando aparecen de forma individual o en conjunto una serie de problemas catastróficos, de proporciones a veces incalculables que pueden derivar en tragedias.
—Cierto.
—Cierto. Es obvio que, si todos tuviéramos una mente tan clarividente y humanista como la tuya y la mía, sin duda, nos ahorraríamos un montón de problemas y de circunstancias adversas, pudiendo entregarnos todos a la consecución de una mejora en las relaciones sociales… Lo malo es que como no haya un poderoso ejército de personas que piensen de forma similar a la nuestra, creo que iremos avanzando muy lentamente, con retrocesos retrógrados que amargan la existencia de quienes queremos que la sociedad progrese adecuadamente, favorablemente. Hay tantas cabezas de chorlito en el mundo…, y tanta gente estúpida deseosa de seguirlas sin condición…, supuestamente, claro. Nadie mueve un dedo si no es para obtener algo que le sea favorable.
8
—Comisario, el cadáver de la mujer que encontramos asesinada y enterrada corresponde a una mujer que desapareció hace alrededor de un año de Ciudad Real. Dos amigas suyas que fueran interrogadas afirmaron entonces que la muchacha había decidido viajar sola para conocer mundo y aprender a desenvolverse sin ayuda de nadie. No se supo de ella en mucho tiempo, porque la consideraban muy capaz para vivir de modo independiente, y, como no se llevaba muy bien con su familia, probablemente no la echaron en falta. Quería probar a ser independiente de forma superlativa, por lo que tomó un autobús y se marchó sin rumbo fijo, y no se volvió a saber de ella. Su nombre completo es Ester Zúñiga Fernández. Lo sabemos porque llevaba en uno de los bolsillos de su pantalón su Documento Nacional de Identidad. En diciembre de este año cumpliría veintiún años. Al cabo de meses de ausencia, se investigó, con exhaustividad, dónde se podía encontrar, porque saltaron las alarmas, sus familiares comenzaron a reclamarla, pero hasta que la encontramos no se pudo dar con su paradero, su funesto paradero…
—Está bien, inspector. Tengo que llamar de inmediato a un alto cargo del Ministerio del Interior por este mismo asunto. En el informe que me has traído supongo que constan, detallados, todos los datos que conocemos sobre este crimen, ¿no es así?
—Sí.
—Bien. El informe no es muy extenso que digamos, lo cual es de agradecer.
—Yo mismo lo dicté.
—Muy bien. Que se lo envíen por burofax a la Secretaría del Ministerio del Interior. Voy a informarles ahora mismo del descubrimiento. ¡Maldita sea! ¡Ya tenemos lío en Odarea! No me esperaba que pudiera suceder algo así. Ya no tendremos la fiesta en paz hasta que se resuelva el caso y logremos atrapar al autor o a los autores de tan deleznable crimen. En fin, déjame a solas un momento, por favor.
9
Con el permiso de la policía, algunos vecinos visitaron a la señora Opatos para transmitirle calma, tranquilidad y serenidad. Ella aseguraba no haber hecho nada malo en toda su vida, por lo que no debía sentirse culpable por el hecho de que alguien enajenado enterrara en el jardín de su casa el cadáver de una mujer asesinada. Nadie se explicaba cómo pudo ir a parar ahí. Justo cuando se despedían los últimos conocidos que la visitaron en el día de hoy, en esos momentos, quien estaba siendo interrogado por el policía Gabriel Dacosta, escoltado por dos policías más, por Marcos y por Víctor, era el vecino de enfrente de la casa de la señora Opatos, cuyo oficio era el de jardinero ocasional: no trabajaba todos los días de la semana por un jornal porque tenía derecho a una prestación social debido a varios factores, uno de ellos era que padecía una enfermedad crónica incapacitante. Era él quien se encargaba del mantenimiento del floreado jardín de su vecina de enfrente.
—No me puedo creer lo que ha pasado —le decía el jardinero al interrogador mientras uno de sus ayudantes tomaba notas en un pequeño cuaderno apuntando las respuestas con un bolígrafo de tinta azul, al tiempo que el otro policía prestaba suma atención al lenguaje verbal y no verbal utilizado por el jardinero, el cual se llamaba Raúl.
—¿Ha visto u oído algo sospechoso en la casa de su vecina de enfrente en los últimos tiempos?
—No, nada. Doña Fátima es una excelente vecina. Que yo sepa nunca se vio envuelta en ningún problema y nunca se inmiscuye en la vida de los demás. Es una señora adorable. Yo le tengo un gran afecto. Siempre me ha tratado muy bien.
Raúl se mostraba tranquilo, apenas gesticulaba, y su voz no transmitía nerviosismo, al contrario, parecía muy seguro de sí mismo.
—Necesitamos que esté localizable durante un tiempo. ¿Le importaría pasar por la comisaría para testificar?
—No hay ningún problema. ¿Cuándo tengo que ir?
—Si no es molestia, ahora mismo.
—De acuerdo.
—Tenemos una orden judicial que nos permite registrar su casa. ¿Le importa que lo hagamos?
—No.
—De acuerdo. Mis compañeros le acompañarán a la comisaría. ¿Ha subido alguna vez en un coche de policía?
—No.
—Pues ahora tiene la oportunidad. Podrá fardar ante sus amigos. Coja de su casa lo que tenga que llevar y acompáñenos. Lo pasará bien. Es como si fuera escoltado.
A Raúl le fastidiaba un poco que fueran a ver su casa bastante patas arriba, desordenada en exceso, sin ventilar apenas y pidiendo a gritos una limpieza general en profundidad. Pero suponía que los policías no eran escrupulosos, pues en buenas situaciones peores se habrían visto envueltos; al menos esto era lo que le decía su imaginación influenciada por la ficción literaria y por las películas y series televisivas que tanto le gustaban.
Cuando el coche policial arrancó con sus tres ocupantes, llegaba en ese momento el inspector Riveira en su propio vehículo.
—Qué tal, Gabriel, ¿alguna novedad? —preguntó el inspector Riveira a su subordinado al ir a su encuentro para obtener información.
—En principio ninguna novedad, jefe —respondió Gabriel encogiéndose de hombros.
—Bien, entremos en esa casa, entonces.
Lo primero que le extrañó al inspector Riveira en una rápida y ágil ojeada fue encontrarse en una habitación de la casa con dos estanterías que podían albergar unos doscientos libros de diversos géneros y materias, aunque predominaban las novelas.
—Vaya, a este tipo le gusta leer…
—¿Y a quién no? —dijo Gabriel, desintegrando el pensamiento de su superior, que dijo, sin enfado alguno:
—El que tú seas un lector incansable no implica que todo el mundo lo sea. A mí, por ejemplo, apenas me gusta leer... Quizá
