Samain's party - Diego Cabrera Vaz - E-Book

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Diego Cabrera Vaz

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Beschreibung

En las semanas previas a las fiestas de Samaín en Vilapontes se celebró el enlace de Sofía y Pablo. Nada hacía presagiar lo que ocurriría unas horas más tarde. Al amanecer, en la playa, aparecieron los cadáveres del hermano de Pablo y de una amiga, brutalmente descuartizados. Junto a ellos se encontró una barca en la arena, donde se escribió con sangre la palabra Samaín. La vida tranquila de los habitantes de Vilapontes se truncó aquella misma madrugada. A partir de ese día se fueron sucediendo más asesinatos, que no solo aterrorizaron a toda la ciudad, sino que desconcertaron a toda la policía que trabajó en los casos. La leyenda del Samaín parecía que había llegado para quedarse…

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Samain’s party

 

 

Diego cabrera

Vicente pedreira

 

 

 

Primera edición: septiembre de 2022© Copyright de la obra: Vicente Pedreira Mandado y Diego Cabrera Vaz

© Copyright de la edición: Angels Fortune EditionsCódigo ISBN: 978-84-125712-6-4Código ISBN digital: 978-84-125712-7-1Depósito legal: B 16407-2022Corrección: Juan Carlos MartínDiseño y maquetación: Cristina LamataEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez©Angels Fortune Editionswww.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».

 

 

 

 

Dedicamos esta novela al lector y a nuestros seres más queridos.

 

Prólogo

 

«Ya sé cómo guiar mi camino, el sentido de mi vida, mi misión. ¡Yo regiré el destino de la Humanidad! Seré el ser más poderoso que haya existido jamás. Aún me quedan días para lograr mi objetivo. Lo conseguiré. Vaya si lo conseguiré. Yo soy el emisario, el juez y el verdugo. ¡Yo mantengo viva la leyenda! ¡Yo soy el Samaín!».

Las gotas de sangre pingaban del punzante frío acero. El cuerpo inerte de la joven yacía desparramado sobre la blanca arena de la playa. Su sangre fluía desbocada y abundante de su cuello, en esta noche oscura sin estrellas. Su asesino hurgó con el dedo índice de su mano derecha en el cuello de la muchacha asesinada, se untó el dedo con su sangre aún caliente, y firmó su nombre en la embarcación volteada del revés: SAMAÍN. Quería anunciar su llegada.

 

 

I

The Town

 

Vilapontes era un pueblo con una dimensión geográfica bastante extensa, debido al gran número dealdeas que sumaba en su haber. Pese a ser un pueblo evidentemente costero, los vilapontanos estaban condicionados por la orografía de la región. Era este un territorio muy conocido por sus hermosas y abundantes fuentes y por los múltiples puentes de toda índole arquitectónica. Vilapontes no estaba considerado un enclave importante dentro del panorama internacional de los pueblos más relevantes de España, aunque este espléndido territorio era Patrimonio de la Humanidad. Era un lugar ideal para el descanso, empaparse de toda su cultura, degustar su imperiosa gastronomía y disfrutar de su historia. Desde tiempos inmemoriales, los vilapontanos siempre habían cultivado con enorme mimo y pasión la tierra y el mar, aprovechándose de los recursos naturales que ambos elementos les proporcionaban. Aun contando con el gran peso histórico y cultural de esta encantadora región, la mayor parte de los habitantes de este lugar querían ser ignorados por el resto del mundo. Eran individuos muy arraigados a su tierra y no solían vanagloriarse por destacar en alguna actividad, como los estudios o el trabajo que realizaran. Querían vivir en paz y armonía, sin sobresaltos de ningún tipo. Aun manteniendo una idiosincrasia unificada, los individuos de esta región querían considerarse personas independientes con sus propias peculiaridades, las cuales debían ser respetadas por todos y cada uno de los integrantes de esta maravillosa población de enorme arraigo. Todos se sentían muy identificados entre sí, pese a ser bastante distintos en la forma de ser y de estar, en el carácter y en la personalidad. Vilapontes era un lugar idílico, un pueblo precioso e idóneo para vivir en él felizmente. Quién podría imaginar que…

 

 

II

Vilapontes, 17 de octubre de 1997

 

 

Un sol radiante emanaba energía positiva por doquier, sobre un mar en completa calma que había dejado atrás el embravecimiento de los tempestuosos días anteriores. Un grupo de gaviotas revoloteaban ruidosas sobre un barco pesquero de unos doce metros de eslora que, navegando sin lentitud a primera hora de la mañana, se adentraba en la bahía de Vilapontes con la intención de atracar en el muelle de su puerto. Debido al buen tiempo, había ido a la mar casi la práctica totalidad de la flota pesquera del pueblo, llevando como llevaban los marineros muchas jornadas sin poder ir a faenar, debido al fuerte oleaje del temporal. Por fortuna, el mal tiempo fue amainando poco a poco.

Por tres motivos diferentes, se podía apreciar una alegría tremenda por parte de los siete tripulantes de ese barco pesquero. El primer motivo era que uno de sus marineros contraería matrimonio en breve. Otro, que habían logrado llenar sus redes de una cantidad ingente de pescado. Y, finalmente, porque a la vuelta de la esquina se celebraría por todo lo alto la famosa fiesta de Samaín, tan popular y arraigada en Galicia, teniendo lugar ese conocido festejo de raigambre celta el 31 de octubre, en la Noche de los Difuntos. La fiesta constituía uno de los acontecimientos más relevantes en Vilapontes.

Mientras el barco pesquero atracaba en el puerto, unos marineros comentaban, al tiempo que trabajaban, qué tenían planeado hacer en la fiesta samainesca de este año. Pedro, un hombre bonachón, armador de esta tripulación, comenzaba a mantener un diálogo con su hijo Pablo, mozalbete de veinte años recién cumplidos, que había decidido dejar los estudios para embarcarse y comenzar a trabajar.

—Mira, allí está tu madre, esperándonos. Fíjate quién la acompaña.

Pablo, un poco perdido en sus pensamientos, giró su mirada hacia el puerto y prestó atención.

—¡Sofía! Qué sensación más agradable, parece que llevara diez mareas sin verla. Cada vez que embarcamos solo pienso en la vuelta para estar con ella, qué quieres que te diga.

—Ya te acostumbrarás, hijo, trabajar en el mar es así. Valoramos lo que tenemos cuando nos falta.

Bromeando, Pedro, para que su hijo atendiera a sus palabras, le dio un codazo que casi consiguió que Pablo perdiera el equilibrio y por un instante pareciera que fuera a caerse al mar.

—¡Qué haces, papá, casi voy de cabeza al agua! —exclamó Pablo visiblemente irritado por el susto.

—Tranquilo, hombre: un buen chapuzón nunca está de más para espabilarse —dijo el padre, echándose a reír a carcajada limpia.

—No tiene gracia, papá. ¿Por qué te ríes?

—Por nada en especial, hombre. Anda, venga, ayúdales a Marcos y a Fernando en la tarea de separar los pescados en sus cajas correspondientes.

—Vale —dijo Pablo visiblemente enfadado.

—Deberías seguir el ejemplo de tu hermano Roberto, eh, que es un trabajador nato.

Pablo frunció el entrecejo todavía más. No le agradaba que su padre lo comparara con Roberto.

—Al menos yo voy a casarme.

—Todos acabamos sentando la cabeza tarde o temprano, hijo. Dale una oportunidad a tu hermano, hombre. Me consta que te quiere, que te aprecia.

—¿Te lo ha dicho él?

—Sí.

—Nunca me ha demostrado afecto.

—Siempre te ha defendido, incluso cuando has cometido algún error, como dejar los estudios. Sí, sí, no pongas esa cara. Te dimos a elegir un camino, o estudias o trabajas, y tú has elegido trabajar. Hijo, deberías apreciar lo que tienes. Ya me contarás cuando eches en falta algo.

 

 

III

Diálogo entre unas trabajadoras

 

En los vestuarios femeninos de la fábrica conservera del pueblo tenía lugar una escena peculiar, entre algunas mujeres que habían finalizado su turno laboral. Parecían estar de buen humor. Doña Clotilde, la dueña de la fábrica, una mujer octogenaria que todas sus empleadas apreciaban y admiraban por ser una estupenda matrona, entró en el vestuario para agasajar a estas trabajadoras incansables, con unas castañas recién cocidas y peladas que traía consigo en una amplia cesta de mimbre.

—¡Mozas! —exclamó doña Clotilde para que le prestaran atención, y luego, mirando a todas y a cada una de las trabajadoras de este turno, dijo muy sonriente—: se acerca nuestra gran fiesta de Samaín, y os lo digo de verdad: espero y deseo que todas os divirtáis muchísimo, pero con sentidiño, claro, no vayáis a perder la cabeza y a descontrolaros.

Las trabajadoras sonrieron y algunas rieron ante la ocurrencia de la matrona. A saber en qué habrían pensado cada una de ellas…

—Entonces... ¿cómo lo vamos a pasar si no, si lo que todas estamos esperando durante todo el año es que llegue la fiesta de Samaín? —dijo María, una empleada muy querida por sus compañeras.

—Hala, ¡pero qué colorada se pone esta! —dijo Lorena, la jefa encargada de este turno, quien, bromeando, y refiriéndose a María, añadió—: mirad cómo se viste a toda prisa para marcharse. Seguro que su novio la está esperando en la puerta de entrada de la fábrica.

—Pero... ¿qué dices tú? —se defendió María y, mostrando falsa perplejidad, dijo muy expresiva—. Pero si Rodrigo te está esperando todos los días en la puerta de la fábrica. Ni que te fueras a escapar al extranjero, concho.

Buena parte de las mujeres allí concentradas se troncharon de risa un buen rato, por la ocurrencia y donaire con que María había dicho las anteriores palabras. Pero luego, rompiendo un poco el encanto, con voz ahogada y triste, Eugenia, apodada «la Mañosa» por todas sus compañeras por la habilidad que mostraba con las manos, dijo:

—Suerte que tenéis.

Encarna, hermana de Eugenia, le preguntó:

—¿Por qué dices eso?

Eugenia no respondió, calló ante el repentino atronador silencio de las demás compañeras que esperaban una revelación por parte de esta chica, a la que al parecer se le había nublado el pensamiento, dado su rostro denotando una tristeza profunda y algo contagiosa.

—¿Acaso rompiste con Esteban? –preguntó Encarna, indagando sobre la posible causa del maltrecho estado anímico de su hermana.

—Sí —contestó lacónicamente Eugenia, la cual empezó a sollozar de repente.

Su hermana se acercó a ella y con caricias trató de consolarla, y, para calmar su desánimo, le dijo:

—No te preocupes, hermana, que no se te va a caer el cielo encima. La vida sigue, ¿entiendes? ¿No te das cuenta, alma cándida, que tienes muchos pretendientes a los que les tienes robado el corazón? Ya verás cómo en la boda de Sofía y en la fiesta de Samaín encuentras quien quiera relacionarse contigo, con lo guapa y buena que tú eres.

—¡Claro, mujer, no te preocupes que todo se andará! —afirmó Esperancita.

—Y además —comenzó a decir Encarna en voz alta para realzar el ánimo abatido y desmoralizado de su hermana—, ¿qué se te pierde a ti estando con un hombre que no te quiere y que además es un badulaque, eh? ¿A ver, dime?

—¡No digas eso! ¡No hables así de él! —exclamó Eugenia, apenada y, con voz ahogada, comentó—. Llevábamos tanto tiempo juntos... que ya me había hecho a la idea de que tarde o temprano íbamos a comprometernos... pensaba que congeniábamos…

María, interviniendo de nuevo rápidamente, arguyó que sus padres habían estado casados muchos años y que se acababan de divorciar de mutuo acuerdo, porque se les había acabado el amor y la pasión que sentían el uno por el otro, y que habían logrado rehacer sus vidas sentimentales con sus nuevas respectivas parejas.

—En serio, Eugenia —dijo Encarna, visiblemente apesadumbrada por el dolor que estaba sufriendo su hermana—, no llores, por favor. No merece la pena, te lo aseguro. Anda, anímate, que me vas a entristecer.

—En cuanto comience la fiesta —volvió a intervenir María—, te olvidarás de él enseguida y no sabrás con quién quedarte con tantos pretendientes que vas a tener echándote el ojo con lo guapa que tú eres. ¡Anda que no me han dicho a mí muchas veces!: «Qué guapa es la Eugenia y qué buen carácter tiene».

—Venga, alégrate, y no seas aguafiestas, que además está a la vuelta de la esquina la boda de Sofía. Con lo curriña que tú eres. ¿No te das cuenta de que la vida da muchas vueltas? Ya verás cómo cambia tu mala suerte en buena suerte encontrando al hombre adecuado para ti. Anímate, anda, que no hay mal que por bien no venga —sentenció Encarna.

 

 

 

IV

Leyenda samainesca

 

En el Instituto San Vicente de Vilapontes, un hombre de una complexión fuerte, muy elegante en el vestir, siempre impecablemente trajeado, un hombre que podría ser considerado como bastante guapo, impartía en estos momentos la asignatura de Filosofía. Era el director don Carlos Leiva, quien aleccionaba a los alumnos del aula de la que era tutor, con una de sus típicas lecciones magistrales. Estaba a punto de terminar su discurso, el cual versaba sobre cuestiones relacionadas con la ética. Para finalizar el tema primordialdel día, antes de dar paso a los últimos quince minutos de clase que dedicaba casi siempre a parlamentar con sus alumnos sobre diversas cuestiones de actualidad, el director Leiva dijo:

—En la moderna sociedad actual, dos aspectos relevantes que hay que tener en cuenta, considerándolos clave en el modo de convivir adecuadamente, son: por una parte, el respeto mutuo entre las personas que conforman la sociedad de una determinada región; y, por otra parte, saber discernir o discriminar entre lo que está bien hecho y es correcto y lo que está mal hecho y es inadmisible. Quien no sea capaz de diferenciar entre un aspecto positivo de otro que es negativo, significa que ese individuo en cuestión está enajenado mentalmente de la realidad de la que forma parte, no comprendiéndola del todo, hecho que sin duda repercutirá en su forma de ser y, por tanto, en su forma de actuar.

Estando de pie frente a sus alumnos, el director Leiva se quedó pensativo unos instantes, después de emitir las didácticas palabras que había preparado con anterioridad, para llevar bien trabajado su discurso y que este pudiera ser aprovechado al máximo por sus alumnos. Demostrar una buena elocuencia en sus clases era imprescindible para aprobar el curso, además de los exámenes periódicos que calificaban al alumnado de forma individual. Al cabo de un rato, volviendo en sí de su posible ensimismamiento, cuyo pensamiento lo llevaba a considerar con orgullo el buen uso que hacía de las palabras para explicar los asuntos concernientes a su asignatura, el profesor de Filosofía realizó la siguiente pregunta:

—¿Sabéis por qué se celebra la popular fiesta de Samaín que tendrá lugar en breve? A quien me responda a esta sencilla pregunta de forma correcta le subiré un punto en la nota final de esta evaluación.

Los rostros de los alumnos denotaban un desconocimiento bastante generalizado de cuál podría ser el motivo real por el que se celebraba la tradicional fiesta de Samaín, en la que tanto les gustaba participar. El director Leiva, al que casi todos sus alumnos consideraban un sabio, comenzó a explicarles a los rapaces de este curso de Bachillerato cómo eran los antiguos castros celtas, cómo era parte de la idiosincrasia de la civilización celta. Afirmaba el director Leiva que en los castros celtas, las muy antiquísimas poblaciones de Galicia, de las que aún se conservaban restos arqueológicos, después de una dura batalla en la que sus habitantes vencían a sus enemigos, los celtas tenían por costumbre decapitarlos y hacer con sus cabezas calaveras para enarbolarlas en un palo a modo de estandartes de victoria, que colocaban en lugares estratégicos para que los enemigos pudieran verlos en la distancia y se pensaran dos veces si merecía o no la pena atacar a determinada tribu con la que mantuvieran discrepancias o desavenencias, o de igual forma una guerra por motivos obvios de espacio, de poderío o de necesidad. Con el paso del tiempo, seguía aleccionándoles el director Leiva a sus alumnos, según contaba la mitología, en lugar de cabezas humanas se comenzaron a usar calabazas para esta tarea y finalidad señalada: la de aterrar a los enemigos, para que estos no entraran en territorios a los que no pertenecían.

En esto, en tanto en cuanto el director Leiva cubría parte de las expectativas de interés dando a conocer al alumnado de la clase algunos de los aspectos mitológicos de los celtas y su modo de vivir, el profesor de filosofía fue interrumpido en su explicación, porque uno de los alumnos del aula levantó el brazo derecho y su dedo índice de la mano como señal de querer hablar, y lo que dijo fue, después de que don Carlos le indicó que podía tomar la palabra:

—Yo conozco una leyenda con respecto al Samaín, profe.

—¡Ah sí! ¿Y cuál es? —preguntó interesado el director Leiva.

—A mí me contó mi bisabuelo que cada cierto tiempo, no puedo decir ahora cada cuánto cierto tiempo, la verdad, no lo recuerdo... Cada cierto tiempo el espíritu del Samaín se apodera de un alma y de su cuerpo y convierte a esa persona en un asesino incontrolable e invencible…

Ante lo dicho, muchos de los alumnos de la clase exclamaron un «¡Ooooooh!» rotundo, largo como una autopista interminable y profundo como un pozo sin fondo. Algunos se rieron, pero la mayoría se asustaron con lo que acababan de oír del compañero; otros compañeros se dijeron entre sí en voz baja, pero audible, que Lorenzo acababa de perder la cabeza o el juicio, pues no daban crédito alguno a que fuera cierto lo que acababa de expresar de forma tan categórica con respecto a la información proporcionada.

—Lorenzo se acaba de inventar esa historia, profe, no le haga caso, seguro que es mentira —dijo exaltado el delegado de la clase.

—No, no. Lo que dice Lorenzo es cierto —intervino Lucía, una chica muy estudiosa, la única amiga que Lorenzo tenía en el instituto. Lucía iba a corroborar con su propia opinión lo afirmado por Lorenzo, que creía a pies juntillas, pero fue interrumpida, pues un compañero de clase, algo colérico, exclamó:

—¡Cómo va a ser eso cierto, si nunca sucedió!

—Tú qué sabrás —se le enfrentó enfadada Lucía.

—Tranquilos chicos —intervino el director Leiva enfatizando con un movimiento de sus dos manos abiertas levantadas hasta el pecho, queriendo dar a entender que se calmaran todos, pues veía los ánimos un poco alterados de más. Luego añadió—. Es de suponer que no son más que leyendas, y ya se sabe que las leyendas, leyendas son, y que de cierto poco tienen, porque se basan principalmente en la invención…

El director Leiva le guiñó el ojo a Lorenzo en plan complicidad y, retomando la palabra, dijo:

—En cualquier caso, también es verdad que, si una leyenda es creíble, es porque algo de cierto hay en ella.

El profesor de Filosofía tuvo una ocurrencia que a punto estuvo de desvelar a sus alumnos, una iluminación que le vino a la cabeza, pero se contuvo para no comunicarla, y lo que dijo fue: «Se ha terminado la clase por hoy».

 

 

V

Punto de partida. Sábado, 24 de octubre

 

El tiempo aparecía apacible y sin lluvia, con una temperatura agradable, en un término medio en el que no hacía ni frío ni calor, un tiempo fantástico, idóneo para motivar la felicidad, tal como se podía apreciar en las personas que durante el día habían disfrutado de la única playa que existía en Vilapontes, llamada Las Luminarias, con forma semicircular semejante a una media luna, en una de cuyas esquinas se encontraba un precioso y reconfortante hotel—restaurante, donde se estaba celebrando la boda entre Sofía y Pablo. Todos los invitados, deleitados, ya habían degustado el delicioso menú ofrecido, y ahora muchos de ellos bailaban la música que Dj Diego pinchaba en la pista de baile, contigua esta al espacioso comedor, en el que los comensales comieran fenomenalmente productos caseros y foráneos. Habían hablado de muy diversos temas y asuntos, entre incansables cánticos, aplausos y gritos de: «¡Vivan los novios!», o el típico de: «Que se besen, que se besen…». Quienes no querían bailar conversaban, disfrutando, muchos al aire libre, de los hermosos jardines floreados.

A la boda de Sofía y de Pablo habían acudido la mayor parte de sus familiares y muchos amigos y amigas y algún que otro compañero de trabajo de ambos desposados, entre otro tipo de personalidades, como eran elcura que ofició la boda y el alcalde. Este había sido invitado para que deleitara al personal con un discurso de carácter sentimental, no escrito por él, sino por otro invitado que era escritor.

En la sala de baile, una pareja de recién enamorados disfrutaba a tope de la ceremonia, bailando la música disco de vinilos de temazos de los noventa que les ofrecía el afamado pinchadiscos. Esta pareja la formaban la hermosa Eugenia, a quien le desapareciera ya la tristeza y el enfado de haber sido abandonada por su anterior novio, y Roberto, el hermano mayor de Pablo, a quien le tendría que agradecer, y mucho, a su hermano, que se estuviera casando con Sofía. Perdidas en la memoria, atrás habían quedado las rencillas de los dos hermanos, enfadados desde hacía muchos años, desde que Roberto se enrollara con la chica que entonces le gustaba a Pablo. Eugenia y Roberto habían sido sentados juntos en la misma mesa del comedor de invitados uno al lado del otro, y habían hecho muy buenas migas muy rápidamente, congeniando muy bien. Sintieron atracción uno por el otro al momento. Cualquiera podría pensar que el futuro les depararía un buen porvenir, estando muy felizmente juntos en amor y compañía. Ya se conocían de antes, pero nunca consideraron que fueran a ser tan dichosos estando juntos en alegre compañía. Parecía lógico pensar que había habido un flechazo platónico entre ellos dos. Sin duda alguna, Cupido había hecho muy bien su trabajo. Hacía escasamente diez minutos, Roberto le había pedido a Eugenia si quería ser su novia, y ella aceptó muy gustosamente la propuesta.

—¿Te apetece ir hasta la playa? —le propuso Roberto, bastante ebrio, a su flamante nueva compañera, la cual aceptó encantada su ofrecimiento, porque sentía unas ganas enormes de estar a solas con él para intimar más en profundidad, lejos de las miradas de los curiosos sorprendidos con esta unión sentimental. Querían besarse bajo la luz de la luna.

Se fueron directos a la playa Las Luminarias, cada uno con su copa de champán medio llena. Roberto portaba también una botella abierta de esta deliciosa bebida alcohólica, y se llevaba agarrada por la cintura a su preciosa recién novia, caminando ambos con cierta dificultad debido a la ebriedad. No se encontraba ni a un solo transeúnte paseando por allí a esas horas nocturnas. Entre sonoras risas y besos acalorados, se decían todo tipo de tonterías amorosas del tipo: «Amorcito mío, estás más buena que el chocolate», por parte de él. Por parte de ella la luna podía oír expresiones como: «Me encanta cómo me miras. Tu mirada es muy penetrante, corazón de melón».

Hacía tiempo que ya había anochecido. La temperatura seguía siendo bastante agradable. La pasión y el alcohol hicieron que Roberto le propusiera a Eugenia hacer el amor en la misma playa, escondiéndose dentro de una enorme gamela que estaba volteada del revés en la arena, Eugenia rechazó la proposición amorosa de su enamorado, no porque no deseara realizar el acto sexual con él, sino porque Roberto estaba demasiado ebrio y la presionaba demasiado para que realizaran lo que en realidad ambos deseaban consumar. Ella objetó que era demasiado pronto para que hicieran el amor, porque apenas acababan de conocerse.

—¿Nadamos un poco? ¿Quieres que nos bañemos, acaso? —le preguntó Roberto, al tiempo que comenzaba a desprenderse de su ropa con algo de dificultad, riéndose a carcajada limpia, hasta que se quedó vestido con el calzoncillo y con la corbata nada más. A su pregunta, Eugenia le respondió que no quería meterse en el agua, porque seguro que estaba congelada—. Venga, anímate. ¿Qué me das si nado cien metros mar adentro siendo como es de noche?

Incrédula, Eugenia no daba crédito a lo que estaba viendo: Roberto se había metido hasta el cuello en el agua.

—¡Ten cuidado, que estás borracho! ¡Vente para aquí, no me asustes, anda!

Roberto hizo caso omiso a su petición y se sumergió en el agua, la cual no estaba nada embravecida. Pero, al darse cuenta del frío que sintió su cuerpo por la tontería que estaba cometiendo, trató de nadar lo más rápido posible hacia la orilla. Eugenia gritó:

—Venga, sal del agua, vente ya, por favor.

 

 

VI

¿Salió Roberto del agua? ¿Qué sucedió?

 

Sintiendo la brisa que se adentraba en tierra firme partiendo del océano Atlántico, Eugenia extrajo de su voluminoso bolso un jersey muy fino de lana blanca, porque sintió algo de frescor, ya que su vestido completamente rojo era bastante veraniego. Al vestirse el jersey perdió el equilibrio y cayó sobre la arena, tirando la copa con su líquido por los aires. Se rio, diciéndose: «Madre mía, qué piripi estoy». Cuando se levantó del suelo, ansiosamente buscó con la mirada a Roberto, dirigiendo su vista a la orilla del mar. Al no alcanzar con la mirada a su novio, algo asustada, temiendo que se hubiera ahogado, exclamó:

—¡Robeeeertoooo! ¡No te veo! ¿Dónde estás?

Se descalzó los zapatos de tacón, porque con ellos le faltaba el equilibrio para andar sobre la blanda e irregular arena de la playa. Se acercó a la orilla del mar sin adentrarse en el agua y, de repente, apareció Roberto, que dijo:

—¡Joder! ¡Qué fría está el agua!

Arduamente, Roberto fue saliendo del agua. Cuando llegó junto a su novia se abrazaron y se besaron con efusión en los labios. Luego Eugenia le indicó con el dedo índice que la siguiera, diciéndole: «Vente conmigo, anda». Eugenia se dirigía hacia la única embarcación que había en la playa. Roberto, obedeciendo a su novia, recogió su ropa con torpeza, porque estaba demasiado ebrio y tiritaba de frío. Tardó en amontonarla para llevársela consigo, parándose cada dos por tres, porque se le iban cayendo por el camino prenda tras prenda. Eugenia había cambiado de opinión y ahora sí quería hacer el amor con su reciente novio. De pronto, cuando estaba a un metro de la gamela, entre las luces de las farolas que alumbraban el paseo de adoquines que circundaba la playa, Eugenia divisó algo parecido a una sombra en movimiento, que se acercaba con rapidez hacia donde se encontraba. Era una silueta voluminosa, que apenas se distinguía debido a las oscuras prendas de vestir del desconocido. Cuando creyó que la podía oír, al ver cómo esa figura descendía por la playa directa hacia ella, Eugenia preguntó:

—Hola, ¿se le ha perdido algo por aquí?

La silueta empezó a ir cada vez más rápido hacia ella, y la moza, inquieta, le preguntó:

—¿Qué quiere, a qué viene?

La extraña silueta se acercaba rápidamente adonde se encontraba. Eugenia se quedó petrificada de pánico, al ver la horripilante visión fantasmagórica que tenía ante sí. Al creerse en peligro, despavorida, gritó:

—¡Nooooo!

Eugenia vio cómo esa horrible figura extrajo de un maletín algo punzante que no solo le llamaba la atención, sino que la aterrorizó completamente, porque se sintió amenazada. Trató de correr, pero no sabía hacia dónde dirigirse. Cayó al suelo debido al repentino nerviosismo que se apoderó de su ser. Estaba asustadísima. Cuando se encontraba a un metro de ella, la extraña figura levantó la mano de su brazo derecho con la afilada herramienta y, cuando presintió que iba a ser atacada, Eugenia se desmayó, desplomándose sobre la arena.

—¡Eugenia, Eugenia! —gritó Roberto. Este alcanzaba a ver cómo esa figura siniestra conseguía que su novia perdiera el conocimiento y, en lugar de huir, se le enfrentó. Al ver lo que contemplaban sus atónitos ojos asustados, exclamó:

—¿Qué hostia eres?

Roberto recibió un fuerte puñetazo en la cara que lo derribó con facilidad. Consiguió levantarse, pero ya no veía al agresor. Como estaba completamente agotado por el esfuerzo de nadar borracho, decidió apoyar su espalda contra el costillar de la embarcación, respirando entrecortadamente durante un minuto inacabable, en el que se preguntaba qué diablos estaba sucediendo, sin obtener ninguna respuesta tranquilizadora. De pronto, de dentro de la barca, se asomaron dos manos enguantadas de negro y la máscara de una calabaza que lo miraba con los ojos muy enrojecidos. Roberto gritó asustado y trató de huir, pero fue agarrado por un pie y cayó al suelo...

...En ese mismo instante, unos preciosos ojos almendrados que habían permanecido momentáneamente apagados a causa de haber sufrido un shock motivado por un terror desconocido, se abrieron, parpadeando, preguntándose la dueña de esos dos hermosos luceros dónde se encontraba. Poco a poco, recuperando el sentido, Eugenia fue viendo la imagen difuminada de la playa Las Luminarias, con sus farolas funcionando a un lado y al otro el mar en calma. Entre parpadeo y parpadeo divisó a lo lejos la luminosidad que irradiaba el hotel—restaurante del que no debieron haber salido Roberto y ella. Dirigió su mirada a un lado y a otro y no vio a nadie. Escuchó entonces un ruido desgarrador a sus espaldas, como si se tratase del continuo estruje de una esponja cargada de agua, buscó la procedencia exacta de ese sonido y... completamente aterrada e inmovilizada por el miedo, vio cómo la espectral figura que había intentado atacarla anteriormente estaba destripando a su novio clavándole un objeto esférico en sus entrañas, que estaba completamente cubierto de la sangre de Roberto, quien, aún vivo, regurgitaba sangre por la boca tratando de gritarle a su novia que se escapase. Eugenia vio la escena, aterrada, y se quedó inmóvil ante tal salvajada. Temblorosa y debilitada, sin fuerza en sus piernas, cayó al suelo después de haberse levantado atolondradamente. La figura completamente vestida de negro, con la calabaza naranja sobre sus hombros, dejó de aguijonear a Roberto, giró lentamente la calabaza mirando hacia donde se encontraba Eugenia, se incorporó del suelo con rapidez y furia y... Eugenia comenzó a temblar de forma muy perceptible, al darse cuenta de que sería de nuevo atacada. Agarró un puñado de arena con una de sus manos para tirársela a los ojos de esa endemoniada figura espectral que se le acercaba. Eugenia gritó, suplicando luego, cuando tenía frente a sí a la amenaza: «No, no, por favor». Se cubrió con los brazos la cabeza y cerró los ojos un instante. La figura alzó el brazo derecho amenazante con su arma blanca chorreando la sangre de Roberto. Eugenia colocó las manos delante de su rostro para evitar ver, y el asesino, en un visto y no visto…

 

 

VII

El comisario García y el inspector Castro

 

Al día siguiente, domingo, un día un poco más caluroso que el anterior pese a estar ya en octubre, un hombre que paseaba con un pastor alemán a horas muy tempranas por la playa Las Luminarias, avisó y alertó a la policía del encuentro casual de los dos cadáveres en la playa. Este hombre necesitó tranquilizantes y ayuda psicológica en cuanto se la pudieron proporcionar, debido al shock que le produjo ver tan espantosas imágenes, y durante un buen espacio de tiempo estuvo temeroso de que le pudiera ocurrir a él lo mismo que le había sucedido a Eugenia y a Roberto, dos individuos que no conocía demasiado y que no pudo identificar personalmente cuando halló sus dos cuerpos muertos. Y menos mal que llevaba al perro atado con la cadena, pues si este estuviera suelto quizá su instinto de animal carnívoro le predispusiera a lamer la sangre de los cuerpos o a comer la carne muerta de las dos víctimas del asesino.

—Comisario, ¿vio alguna vez algo igual?

—No —le respondió con sequedad el comisario de policía al inspector Castro, mientras, al tiempo que se acordonaba la zona, Romana, una subordinada de la policía científica y judicial fotografiaba unas letras que estaban escritas en la barca volteada del revés y que decían: SAMAÍN. El comisario García estaba mirando fijamente las letras de esta palabra, cuyo significado era tan importante para el pueblo debido a su repercusión festivo—social. La fiesta de Samaín estaba a la vuelta de la esquina. El inspector Castro volvió a preguntar:

—¿Qué cree que ha sucedido, jefe? ¿Cuál cree que ha sido el móvil de este doble asesinato?

—No tengo ni idea. Lo que más me llama la atención en estos momentos es por qué se ha usado el nombre de SAMAÍN.

Comenzaron a llegar los primeros coches de la prensa, con sus reporteros y algunos fotógrafos.

—Mírelos, ahí están, ya está aquí la prensa, qué pesados, no saben más que incordiar, no los soporto. Interfieren en nuestro trabajo. Muchas veces sin darse cuenta, bien es cierto… Se enteran de los hechos casi antes que nosotros —dijo el inspector de policía.

—En este caso hemos sido nosotros quienes les hemos avisado que acudan al lugar del crimen para evitar problemas. Dile a nuestros agentes que a la prensa no se la permita pasar del precinto policial, y sobre todo que no vean la palabra pintada en la barca, y que impidan fotografiar a los dos cadáveres, por supuesto. Y avísales de que se encarguen de llevar la barca a las dependencias de la policía científica para analizar posibles restos de ADN y huellas...

De pronto, el comisario García y el inspector Castro dejaron de hablar y se giraron ante el estridente sonido de un coche escacharrado, al que una pequeña aglomeración de curiosos empezaba a abrir paso. Era un escarabajo Volkswagen del 61, de color amarillento, con la pintura algo descascarillada, que llegaba a la escena del crimen aparatosamente. Del coche salió un personajillo estrambótico con una bata blanca y con los pelos revoltosos y enmarañados y unos lentes muy voluminosos, portando un maletín en una de sus manos.

—Mire, jefe, ahí llega el nuevo forense de la ciudad. Dicen que es algo excéntrico, pero me consta que es especialista en este tipo de casos sanguinolentos —le dijo el inspector Castro a su superior.

El doctor Roa, el forense, convertido en una auténtica celebridad dentro del ámbito de su oficio, después de preguntarle a un policía por ellos, se acercó al inspector y al comisario, y les dijo:

—Buenos días, soy el doctor Roa, ¿hay algo que deba saber, aparte de lo que ya me han comunicado?

El comisario, tomando la palabra, al tiempo que se rascaba la cabeza en plan pensativo, respondió:

—No, lo que hay es lo que se puede apreciar.

—Vale, pues ahora apártense, por favor, y déjenme hacer mi trabajo, caballeros.

Con la venia de los policías, el forense se acuclilló, apoyó su maletín sobre la arena y extrajo de él unos guantes de látex y un punzón similar a los de cortar el hielo, se levantó, se dirigió al cadáver de Eugenia y, una vez inspeccionado a simple vista el cuerpo de la mujer muerta, le dijo a las dos autoridades policiales más importantes que allí se encontraban:

—El asesinato de esta pobre alma bendita tuvo lugar entre las once de la noche y la una de la madrugada, pero seré exacto cuando lleven el cadáver a la morgue y lo analice para dar una mayor precisión. Podemos apreciar también que por el ángulo del corte en el cuello el asesino es diestro. Como hay dedos cortados esparcidos por la arena, es de suponer que ella trató de defenderse o que se llevó las manos al cuello cuando el asesino se lo rebanó, y que el asesino asestó un segundo rebanaje con su arma blanca, cortándole casi todos los dedos de ambas manos. El arma debía estar muy afilada y el autor del crimen es fuerte y ágil, muy habilidoso en el manejo de su arma.

El comisario y el inspector se miraron el uno al otro y se quedaron gratamente admirados de la rápida conclusión que el forense extrajo de una simple ojeada. Luego se dirigió al cadáver de Roberto y dijo, viéndolo a un metro de distancia:

—Esto me recuerda a los casos de Jack «el destripador». Madre mía, con este sí que se ensañó bien el asesino. Que lleven los dos cadáveres a la morgue y les sigo informando. ¿Les parece bien, señores?

—Correcto, doctor, nos consta que hará su trabajo de una forma muy detallada y minuciosa —le dijo el comisario García al forense, quien se despidió a continuación, no sin antes afirmar que podían contar con él todas las horas del día para tratar de esclarecer el doble asesinato. Acto seguido, el inspector Castro, a petición del comisario García, le transmitió la orden de su superior a uno de los policías que allí se encontraban, declarándole que querían la lista completa de los invitados a la boda y de todas las personas que estuvieran presentes en la misma, incluyendo, por ejemplo, al personal de cocina o al de limpieza. Todas estas personas serían interrogadas, una a una, un trabajo extenuante. Aunque todos eran presuntos inocentes, ninguno estaba exento de culpa, de la posibilidad de ser el autor del espantoso acto de criminalidad tan atroz perpetrado en Las Luminarias. Se pudo comprobar, en todos los interrogados, que estaban consternados y afligidos por la pérdida, por cómo había tenido lugar la muerte de Eugenia y de Roberto, pobres criaturas inocentes.

Dirigiendo su penetrante mirada hacia el horizonte marino, el comisario García se quedó pensativo un breve instante: «¡Maldita sea, qué astucia tan desbordante y deplorable la del asesino! No han quedado pisadas sobre la arena, señal inequívoca de que fueron borradas. Primero se produjo su introducción en la playa, para a continuación cometer los dos crímenes, y después el autor de los mismos se fue por donde vino, esmerándose y cuidándose de no dejar marca alguna sobre la arena de la playa, removiéndola donde debían estar las marcas del calzado utilizado. No ha quedado rastro alguno, salvo la palabra escrita en la gamela con la sangre de una de sus víctimas. Y seguro que utilizó guantes. Este tremebundo asunto no se nos puede escapar de las manos. Debemos actuar con celeridad, debemos demostrar nuestra profesionalidad policial, nuestra máxima inteligencia, para atrapar cuanto antes al autor de estos dos asesinatos. Ay, ay, ay. No quiero que me inunde el pesimismo, pero cruzo los dedos de mi mano, porque creo y preveo que la captura del asesino va a ser más complicada de lo deseado por todos. Ojalá naveguemos con el viento a favor, aunque el autor de los dos crímenes ya nos lleva una ventaja considerable e inaceptable… Manos a la obra».

El inspector Castro, interrumpiendo los pensamientos de su jefe, se acercó a él y le preguntó:

—¿Diría que ha sido un crimen pasional?

—No lo creo, la verdad. Es de suponer que el asesino vio a la pareja… Tal como me dijo hace un rato el padre del chaval asesinado, que vino para constatar que la víctima se trataba de su propio hijo, me consta que eran novios recientes. El asesino iba ya armado, se dio cuenta de cómo era la situación, es decir, que no había testigos y le era favorable su deplorable acción, y obró contra natura y cometió los dos asesinatos. Esto es lo que yo pienso que ha ocurrido.

—Yo no descartaría que fuera un crimen pasional.

—¿Por qué, inspector?

—Podría haber celos..., sucede muchas veces.

—¿Y cómo sabía el asesino que la pareja iba a estar en la playa a esa hora en la que acabó cometiéndose el doble crimen? Tal como me ha comunicado Marcial, hay testigos que afirman que los dos chicos salieron a la playa sin decírselo a nadie. No creo que el asesino fuera un invitado de la boda, alguien que estuviera vigilando todos los pasos de sus dos víctimas.

—En ese caso quedan exentos de culpa todos los asistentes a la boda. Supongo que ha sido pura casualidad que el asesino se encontrara a la pareja. Luego actuó de la forma criminal en que lo hizo. Supongo que encontró a la pareja por pura casualidad y la mató, sí, a sangre fría, seguro, como hacen todos los malditos asesinos. Lo que no me explico es cómo demonios estaba preparado para cometer semejante crimen, y por qué andaba precisamente por estos lugares a esas horas nocturnas.

El juez de Vilapontes entró en escena, visiblemente afectado por lo sucedido, se acercó a los dos máximos responsables de la policía y exclamó iracundo:

—¡Hay que joderse, lo que nos faltaba: dos asesinatos en Vilapontes! ¡Lo nunca visto, vamos! ¿Habéis obtenido alguna pista de quién puede ser o es el responsable?

—De momento estamos en cueros —respondió el comisario García.

—Pues menuda gracia. Manda carajo, quién nos lo iba a decir: dos asesinatos en nuestro hogareño y pacífico pueblo.

—Y que lo digas —dijo el comisario de policía—. Cosa más rara imposible.

El comisario García, un hombre de algo más de cincuenta años, de constitución aparentemente fuerte, no muy alto, siempre bien vestido, se quitó de encima su gabardina caqui que llevaba abrochada, y dijo:

—Me muero de calor.

—Ya he dado la orden para que todos los integrantes de la boda sean interrogados. Yo me voy ya, con su permiso, comisario —dijo el inspector de policía abrochándose su cazadora de motero.

—De acuerdo, nos vemos en la morgue del centro de salud. Hasta luego, juez, yo también me voy volando.

 

 

VIII

Los reporteros de «El Periódico de Vilapontes»

 

Impresionados por el inaudito e inesperado notición que tenían entre manos, el jefe de prensa en persona de «El Periódicode Vilapontes», don Raimundo, y Viqui, su nueva ayudanta, recientemente llegada al pueblo, se presentaron con la rapidez de una exhalación, en el lugar de los hechos del atroz acto de criminalidad acaecido en el pueblo. Cuando se personaron, la zona ya había sido acordonada por la científica, hecho que malhumoró a don Raimundo.

Los dos reporteros hubieran querido ser los primeros en fotografiar a los dos cuerpos exánimes, y se desilusionaron sobremanera y se enfadaron muchísimo, porque la policía no les permitió acceder al lugar exacto del crimen.

—Ustedes cubran la noticia —les dijo Marcial, el policía que en esos momentos estaba al mando—, que nosotros nos ocuparemos del resto. Más allá de esto no podemos ayudarles.

—¿Por qué no nos avisaron antes? —preguntó Viqui con su característica y encantadora voz.

—Solo queremos informar —apuntó don Raimundo, un hombre que se asemejaba físicamente, y en la forma de vestir, al profesor Tornasol de los cómics de Tintín—. Solo queremos ser eficientes en nuestro trabajo.

—Y nosotros también. Créanlo —dijo el policía al cargo—. Hagan su trabajo de la mejor forma que les sea posible. Les hemos proporcionado toda la información de la que disponemos.

—Podrían colaborar más con nosotros para que pudiéramos informar mejor —pidió Viqui.

—¿De qué forma?

—Dejándonos fotografiar a los dos cadáveres.

—Eso no puede ser. Lo prohibió el comisario. Nosotros estamos aquí para hacer nuestro trabajo —dijo el policía visiblemente enfadado mientras acariciaba su arma reglamentaria con la mano, al tiempo que con la otra hacía aspavientos como pidiendo a los dos reporteros que se marcharan ya de donde se encontraban para que dejaran de molestar—. Como comprenderán, la policía no es la colaboradora personal de nadie...

—Solo queremos informar —repitió Viqui.

El policía respondió con mucha paciencia:

—El comisario en persona me ha dicho que les dé el recado de que les informaremos de todo cuanto podamos en la medida de lo posible, cuando sea pertinente hacerlo. Saben que hay dos cadáveres. Pueden averiguar quién ha sido la persona que los ha encontrado. Ahí tienen al alcalde, hablen con él si desean preguntarle algo y, por favor, dejen también que la policía haga su trabajo. Gracias y adiós.

Los dos reporteros, seguidores de la escuela del sensacionalismo, se dieron cuenta de que no podrían seguir incordiando más al policía, por lo que se limitaron a hacer lo que este les había aconsejado que hicieran. No se demoraron un instante más continuando hablando con el reacio policía que se negaba a soltar prenda por orden directa del comisario de policía. Él solo cumplía con sus obligaciones y con las órdenes que le había encomendado su superior, y lo hacía a rajatabla con toda la profesionalidad del mundo, por lo que ambos periodistas se fueron a todo correr hacia el alcalde de Vilapontes, que llegaba al lugar de los hechos muy cariacontecido y visiblemente afectado por lo sucedido.

El alcalde había creado su propio partido independiente y había logrado mayoría absoluta en las últimas elecciones, gracias a un solo voto de diferencia. Difícil pero cierto. Él decía que el motivo de su increíble éxito era la providencia de su propio voto. Cosas más raras sucedían en el mundo. Don Eugenio era un hombre bajito, algo regordete, muy inteligente y dueño de una empresa de la construcción. Era adorado por buena parte de la población, lo hubieran votado o no, por su carácter bonachón y porque era un auténtico experto en encontrar las soluciones adecuadas a los problemas y a los conflictos que se pudieran generar en los diversos ámbitos de la vida cotidiana de los habitantes del pueblo.

—Don Eugenio, perdone, ¿nos puede responder a unas sencillas preguntas?, por favor —preguntó Viqui, visiblemente emocionada nada más acercarse al alcalde. Viqui, cuya juventud acentuaba el hecho de ser poco experta en su profesión, se sintió intimidada ante la posibilidad de hablar con el alcalde de Vilapontes, a quien no conocía por el poco tiempo de permanencia que llevaba en el pueblo, un pueblo que contaba en su haber con muchas aldeas, algo preocupante para la policía en estos momentos para poder atrapar al autor de los dos crímenes, porque había mayores posibilidades de escapatoria, además de lo cual cualquiera podría dirigirse fácilmente a otro pueblo o ciudad, lo que dificultaba enormemente atrapar al asesino, que podría esconderse en cualquier parte del mundo, si tenía la pericia para hacerlo.

—En representación del pueblo, sí les puedo responder a todo cuanto me pregunten que yo pueda responder, claro —dijo el alcalde, visiblemente disgustado.

—Responda, señor alcalde —dijo con tono impertinente don Raimundo, y luego, sin conocimiento de causa, apuntó—. ¿Qué opinión le merece el hecho de que se hayan cometido dos asesinatos en un mismo lugar y que el autor o los autores de los crímenes, según la propia policía, no hayan sido capturados aún?

—Paciencia —respondió don Eugenio, apesadumbrado y desconcertado ante el conocimiento que mostraba poseer el reportero sobre los hechos acaecidos—. Dejemos que el Cuerpo de Policía cumpla con su labor investigadora, que pronto dará sus frutos, seguro.

—¿No le parece escalofriante que el asesino o los asesinos anden sueltos por ahí? —volvió a la carga el reportero.

—Creo que no puedo decir más. Señores, van a tener que disculparme, pero tengo asuntos de los que ocuparme. Daremos una rueda de prensa en cuanto se solucione el caso. ¿De acuerdo?

—¿Significa eso que nos va a dejar con la palabra en la boca, señor alcalde? —preguntó Viqui, inquisitiva, con un extraño atrevimiento.

—¿No le parece de suma importancia que los ciudadanos de Vilapontes se vayan a quedar aterrorizados o atemorizados, porque la policía no ha conseguido coger al autor de la fechoría? —insistió don Raimundo tratando de sacar de quicio al alcalde, quien tenía fama de mostrar una tranquilidad y una moderación ejemplares en todos los asuntos de los que se había ocupado hasta el momento. Dijo don Eugenio:

—Perdónenme, pero voy a hablar con aquellos dos policías que están allí. Si me disculpan…

Al tiempo que el alcalde se dirigía hacia donde se encontraban los dos policías con los que quería hablar, Viqui y don Raimundo se quedaron mirando el uno para el otro. El alcalde se alejaba. Dijo luego el jefe de prensa a su ayudanta:

—¿Cómo vienes con tacones?, así hemos tardado tanto en llegar.

—Hubiera preferido traer unas zapatillas deportivas, pero cuando salimos pitando de la oficina, así como me ves me encontraba yo.

—Ay, y muy guapa que te veo, por cierto.

—Gracias por el cumplido, jefe.

—No es un cumplido, es la pura verdad. ¿Tomarías un café antes de regresar a la oficina?, separando obligación y ocio.

Viqui tardó en responder unos segundos, como si se pensara a conciencia la respuesta más adecuada, y sin querer herir los sentimientos de su jefe, dijo:

—No, creo que primero es el deber.

—¿Posponemos mi invitación de café para otro momento más oportuno o adecuado? —suplicó don Raimundo.

—Ya veremos —dijo Viqui con desgana—. Lo que voy a hacer ahora es irme corriendo para mi casa, para cambiarme de ropa. No puedo andar con este vestido ajustado para trabajar en la calle.

—Fue tan inesperado este notición... Bueno, te acerco a tu casa y me vuelvo a la oficina, a comenzar la redacción de la noticia. En cuanto termines de hacer lo que tengas que hacer, te vuelves, que voy a intentar contactar con el hombre que encontró a los dos muertos para ver si nos concede una entrevista esta misma tarde. Quiero que me acompañes.

—De acuerdo, jefe.

—Puedes llamarme Rai.

 

 

IX

La autopsia

 

—Inspector, le hago saber que yo nunca trabajé en un caso de homicidios. Tengo plena confianza en usted y en el conjunto de las Fuerzas del Orden y de la Seguridad para esclarecer este aterrador doble crimen. ¿Alguna sugerencia ahora que acabamos de realizar la autopsia de los dos cadáveres?

—Paciencia, señor comisario. Es todo cuanto puedo decirle de momento.

—Dicen que la paciencia es la reina de las ciencias —dijo el forense amortajando el cadáver de Roberto.

—¿Cuánto tardará en elaborar el informe? —le preguntó el juez al forense.

—Poco tiempo. Escribir es más rápido que realizar un examen exhaustivo de las causas de la muerte, en este caso, de la muerte de estas dos pobres criaturas asesinadas. Pobrecillas, con lo jóvenes que eran. Toda una vida por delante...

—Bien, pongámonos todos manos a la obra —ordenó el comisario García—. Doctor Roa, quiero una copia del informe que le va a ser entregado al juez en mi despacho lo antes posible. Eloy, tú que eres de la científica y sabes manejarte en este tipo de casos, te quedarás un rato más con el doctor Roa, para ver si entre los dos extraéis alguna conclusión más que pueda ser definitoria. Señor juez, el inspector Castro y yo nos despedimos de momento de usted, y espero que no nos volvamos a encontrar nunca más en una tesitura semejante a esta. Espero que sea la última vez que ocurra algo así.

—Eso lo esperamos todos —dijo el juez con asombro.

—Nos mantenemos en contacto, caballeros —dijo el comisario García agarrando de un brazo al inspector Castro para llevárselo con él.

El comisario García y el inspector Castro mantuvieron una breve conversación en la puerta de entrada del centro de salud:

—Tengo una pequeña corazonada —dijo el comisario.

—¿Cuál?

—Espero que esté equivocado.

—¿Sí?

—Creo que esto no ha hecho más que comenzar.

—Así lo creo yo también. Obviamente, si no pillamos pronto a esa escoria de asesino, seguro que volverá a las andadas y nos joderá a todos.

—Tenemos que actuar con celeridad, y andar más rápido que ese maldito criminal. El caso es que no tenemos pistas, salvo el arma del delito, que casi con toda seguridad fue una hoz, según el forense. Pero… cualquiera podría tener una herramienta igual en su casa, pues… ¿quién no ha vendimiado alguna vez?

—Yo.

—Está bien, no perdamos el tiempo en conjeturas inútiles. Nos vemos en breve en comisaría. En cuanto llegue, después de dar el pésame personalmente a los padres de las víctimas en nombre de la policía, sin más preámbulos, diríjase a mi despacho.

—De acuerdo, jefe.

 

 

X

¿Qué se dijeron en el despacho del comisario García este y el inspector Castro?

 

—Obviamente, no escatimaremos medios para lograr atrapar al criminal. Como refuerzo, intervendrán más unidades policiales de las que disponemos en este pueblo. A mayor número de efectivos, mayor control y aumento de las posibilidades de capturar al asesino de los dos pobres chicos muertos en la playa. Aquí tiene escritas las medidas que le encargué a mi secretaria que escribiera a todo correr y que vamos a adoptar en principio —dijo el comisario García entregándole el informe a su ayudante.

—Tomaré buena nota de estas medidas en cuanto termine de hablar con usted.

—Correcto… ¿Sabe, inspector Castro?

—Usted dirá.

—Siempre pensé que la falta de educación en valores de algunos individuos especialmente inclinados o propensos a hacer el mal origina la aparición de estos monstruos aberrantes y atroces, que son quienes desequilibran parte de la convivencia. Ahora, seguramente, habrá más desconfianza entre los vecinos, más descontrol en los hábitos de civismo, mayor desorganización y una planificación de la vida más egoísta.

—Pienso exactamente lo mismo... Si supiera las ganas que tengo de coger a ese maldito criminal...

—Lo atraparemos. Téngalo por seguro. Aunque como sucede siempre en estos casos, el tiempo corre en nuestra contra, por desgracia.

—Toquemos madera para que la situación no vaya a peor.

El comisario asintió con la cabeza y dijo:

—En efecto, tengo el presentimiento de que esto puede ir a peor, y eso me reconcome las entrañas.

—Es obvio que vamos a actuar con toda la celeridad del mundo, y aun así… con ello no garantizamos nada, quizá.

—Vamos a ser muy eficientes. Démoslo por seguro. Los refuerzos que vienen forman parte de lo mejorcito del Cuerpo de Policía de los alrededores de este pueblo. Ahí está el caso de Eloy. Nos hemos arropado muy bien. Estamos todos muy bien preparados profesionalmente y vamos a ganar muy pronto esta batalla, este pulso contra el asesino, aunque, desgraciadamente, ya tengamos dos inocentes víctimas dentro de sus nichos correspondientes. ¿Manos a la obra, inspector?

—Sí, jefe.

—Cuando hayamos finalizado el trabajo le invito a unas cervezas para conocernos mejor.

—De acuerdo, muchas gracias. Por cierto, mi mujer estaría encantada de que viniera a comer a nuestra casa. Es una cocinera extraordinaria.

—No lo dudo. ¿Sabe? Mi madre también lo era. Yo fui un crío rellenito debido a la abundancia y sabrosidad de las comidas y de los postres que ella preparaba. Pobre mujer, qué lástima que falleciera a una edad tan temprana. Desde entonces, desde que murió, solo como para alimentarme, lo imprescindible, sobre todo desde que me separé… Agradezco la oferta, inspector, y no será rechazada.

—Gracias, comisario.

 

 

XI

El inspector Castro y su mujer

 

Después de hablar con el comisario García en su despacho, y después de leer las instrucciones a seguir para lograr capturar al asesino, instrucciones que no eran más que una serie de órdenes y seguimientos que debían cumplir los componentes del Cuerpo de Policía, el inspector Castro se dirigió rápidamente a su casa, donde, impaciente, Laura le esperaba. La mujer del inspector Castro podía ser considerada una persona muy inteligente, con los pies muy bien asentados sobre la tierra, por ser muy práctica y no complicarse la vida para nada. Laura era muy joven y preparaba oposiciones de abogacía, que estaba segura de que podría aprobar. Se habían casado tres años atrás y residían en Vilapontes desde hacía un año escaso. Vivían en un espacioso y estratégico piso del interior del pueblo. La vivienda la habían comprado gracias al dinero que Laura heredó de su abuela materna. Compraron ese piso en Vilapontes, porque el pueblo les pareció fabuloso y fenomenal para vivir lejos del ajetreo y del ruido de la gran ciudad, donde el inspector Castro estaba destinado para desempeñar su oficio. El hecho de que se hubieran producido los asesinatos de los dos jóvenes en la playa Las Luminarias había conseguido que, hasta que se resolviera el caso, él trabajaría en Vilapontes, donde nunca pensó que pudiera ocurrir un hecho tan truculento e indeseado como el de los asesinatos acaecidos recientemente. Cuando el inspector Castro entró por la puerta de su casa, su mujer, en zapatillas y bata, y desgreñada, lo esperaba:

—¿Cómo te ha ido todo, Víctor?

El inspector Castro le envió un beso por el aire. A continuación, colgó su cazadora en el perchero y le indicó a su mujer que iba a la cocina para coger una cerveza fría de la nevera.

—Me quedé bastante conmocionado cuando di el pésame a las dos familias de los dos chicos asesinados. Estaban destrozadas, envueltas en llanto.

Laura se acercó a su marido. Sabía lo sucedido en la playa, porque el comisario García había despertado a su subordinado, el inspector Castro, para que se presentase de inmediato en el lugar del crimen. Le dio un beso en la mejilla a su esposo, y este dijo:

—Uno siempre piensa que está preparado para afrontar cualquier situación, pero luego llega el momento de la verdad y uno se da cuenta de que no es así.

Laura abrazó cariñosamente a su marido y dijo:

—No es la primera vez que te digo que te has equivocado de profesión. Nunca entenderé que tu vocación sea la de ser policía, y en tu caso tener que soportar muchas desgracias que no podría soportar cualquier persona, afrontando situaciones complicadas y peligrosas.

—Qué le voy a hacer, cari. Soy policía, porque odio a los malos. Lo sabes de sobra.

—Hay otras maneras de enfrentarse a la maldad en este mundo, cariño.