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¿Tienen sentido nuestras vidas? ¿Es la muerte algo malo? ¿Sería mejor la inmortalidad? Pensándolo bien ¿no sería preferible acelerar nuestra muerte con el suicidio? Muchas personas se hacen estas preguntas trascendentales, acuciantes en algunos casos. Es sorprendente que los filósofos analíticos no hayan prestado más atención a estas cuestiones decisivas sobre el significado de la vida y, cuando las han abordado, con frecuencia han tendido a ofrecer respuestas optimistas y reconfortantes, a la manera de muchos autores populares. El dilema humano presenta al lector una visión lúcida y desprejuiciada de la condición humana.
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Seitenzahl: 384
Veröffentlichungsjahr: 2022
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David Benatar
EL DILEMA HUMANO
UNA GUÍA SIN ADORNOSSOBRE LOS GRANDES INTERROGANTES DE LA VIDA
Traducción de María Hernández
A mi familia y amigos, que palian mi dilema
PRÓLOGO
GUÍA DEL LECTOR
1. INTRODUCCIÓN
Las grandes preguntas de la vida
Pesimismo y optimismo
El dilema humano y el dilema animal
¿Decir o no decir?
2. EL SENTIDO
Introducción
Entender la pregunta
Las (en cierto modo) buenas noticias
Sentido sub specie hominis
Sentido sub specie communitatis
Sentido sub specie humanitatis
Conclusión
3. LA IRRELEVANCIA
Las malas noticias
El gambito teísta
Los «propósitos» de la naturaleza
Escaso valor
Subestimar la perspectiva cósmica
Centrarse en el sentido terrestre
«Están verdes» y distintos sentidos que merecen la pena
Conclusión
4. LA CALIDAD
El sentido y la calidad de la vida
Por qué la opinión de la gente sobre su calidad de vida es poco fiable
La mala calidad de la vida humana
Por qué hay más mal que bien
Teodiceas optimistas laicas
Conclusión
5. LA MUERTE
Introducción
¿Es mala la muerte?
El hedonismo (y sus descontentos)
El postulado de la privación
La aniquilación
¿Cuándo es mala la muerte para quien muere?
El argumento de la simetría
¿Tomarse a los epicúreos en serio?
¿Cómo de malas son las distintas muertes?
Vivir a la sombra de la muerte
6. LA INMORTALIDAD
Delirios y fantasías de inmortalidad
Están verdes
Conclusión
7. EL SUICIDIO
Introducción
Respuestas a argumentos comunes contra el suicidio
El suicidio como asesinato
El suicidio como algo irracional
El suicidio como algo innatural
El suicidio como cobardía
El interés de los otros
La finalidad de la muerte
Profundizar en el argumento a favor del suicidio
Una valoración más exacta de la calidad de vida
¿La irrelevancia de la vida justifica el suicidio?
Recuperar el control personal
Conclusión
8. CONCLUSIÓN
El dilema humano en pocas palabras
Pesimismo y optimismo (otra vez)
La respuesta al dilema humano
BIBLIOGRAFÍA
CRÉDITOS
Nacemos, vivimos, sufrimos por el camino y luego morimos y desaparecemos para el resto de la eternidad. Nuestra existencia es tan solo un punto en el espacio y el tiempo cósmico. No es sorprendente que tantas personas se pregunten qué es todo esto.
En este libro sostengo que la respuesta correcta es «en el fondo, nada». A pesar de algún pequeño consuelo, la condición humana es, en realidad, un dilema trágico del que ninguno podemos escapar, porque el dilema no solo atañe a la vida, sino también a la muerte.
No debería sorprendernos que este sea un punto de vista impopular que encuentra una resistencia considerable. Por eso pido a mis lectores que tengan una actitud abierta mientras leen los argumentos en los que se apoya mi visión —en general, aunque no totalmente— pesimista. La verdad suele ser desagradable. (Para aliviarla algo he incluido algún chiste u ocurrencia en las notas).
Algunos lectores se preguntarán qué relación hay entre este libro y el anterior (Better Never to Have Been1), en el que defendía otras posturas desalentadoras: que vivir es un grave perjuicio y la conclusión antinatalista de que no deberíamos crear nuevos seres. La primera parte de la respuesta es que, si bien en ese libro mencionaba algunos de los temas que trato en El dilema humano, estos no se abordaban en profundidad.
Un punto importante en el que coinciden el libro anterior y el presente es que ambos hablan de la deficiente calidad de la vida humana. Puesto que ya lo examiné con detalle en Better Never to Have Been, pensé en omitirlo completamente en El dilema humano. Sin embargo, la calidad de vida es una parte tan consustancial al dilema humano que renunciar a su análisis me parecía una omisión flagrante. Dicho esto, los argumentos han evolucionado desde que los presenté por primera vez en Better Never to Have Been. Escribí nuevamente sobre ellos en el capítulo 3 de Debating Procreation2, capítulo que he adaptado para incluirlo en El dilema humano.
Aunque los temas tratados en Better Never to Have Been y El dilema humano sean muy diferentes y los argumentos del último no presupongan el antinatalismo, sí que refuerzan esa idea.
Si bien llevo trabajando muchos años en los temas tratados en este volumen, escribí un borrador del libro mientras estuve como profesor visitante en el Departamento de Bioética de los National Institutes of Health (NIH) en Bethesda, Maryland. Tengo la obligación de declarar —lo que hago con cierto regocijo, porque me resulta difícil imaginar la confusión en este caso— que «las opiniones expresadas son las del autor y no reflejan necesariamente las del Clinical Center, los National Institutes of Health o el Department of Health and Human Service».
Es para mí un placer dar las gracias al Departamento de Bioética, que auspició mi visita y me acogió durante el estimulante año académico (2014-2015) que pasé allí. El tema del Coloquio conjunto sobre bioética del Departamento de Bioética en el semestre de primavera fue la «muerte», una feliz coincidencia sobre un asunto triste. Estos debates y un grupo de lectura con un tema similar fueron de gran provecho. En los NIH recibí comentarios valiosos sobre dos capítulos del libro. También presenté uno de los capítulos en un seminario informal del Departamento de Filosofía de la Universidad George Washington y en un seminario del Departamento de Filosofía de la Universidad de Ciudad del Cabo. Una ponencia adaptada de uno de los capítulos se presentó en una conferencia de la International Association for the Philosophy of Death and Dying en Syracuse, Nueva York.
Agradezco a los participantes en esos foros sus comentarios positivos. Mi especial agradecimiento a Joseph Millum y David Wasserman, quienes me dieron su opinión pormenorizada sobre un capítulo; a Travis Timmerman y Frederik Kaufman por los comentarios sobre la ponencia que presenté en la conferencia sobre la muerte y cómo morimos; y a David DeGrazia y Rivka Weinberg, que leyeron y comentaron todo el manuscrito.
Jessica du Toit elaboró la bibliografía a partir de mis notas y redactó todas las referencias en el estilo adecuado, detectando y corrigiendo meticulosamente algunos errores.
Tengo una deuda de gratitud con la Universidad de Ciudad del Cabo por concederme el año sabático que me permitió ir como profesor visitante a los National Institutes of Health y escribir este libro. Mi agradecimiento a Peter Ohlin, de Oxford University Press, por su interés en el libro y sus valiosos comentarios.
Por último, extiendo mi agradecimiento a mi familia y amigos. Comparten el dilema humano, pero apaciguan el mío. A ellos está dedicado este libro.
D. B.
Ciudad del Cabo
14 de agosto de 2016
1 David Benatar (2006): Better Never to Have Been: The Harm of Coming into Existence, Oxford: Oxford University Press.
2 David Benatar y David Wasserman (2015): Debating Procreation, Nueva York: Oxford University Press. Téngase en cuenta que la primera mitad de este libro, capítulo 3 incluido, es exclusivamente obra mía y que, por consiguiente, las opiniones allí vertidas no deben atribuirse a David Wasserman, con quien he debatido la ética de la procreación.
Las grandes cuestiones existenciales pueden considerarse el sustento cotidiano de los filósofos. Efectivamente, muchos filósofos, así como escritores, artistas y otros, las han abordado. Sin embargo, la mayoría de los filósofos que han examinado estos problemas de formas que han suscitado el interés del público pertenecían a la tradición (europea) «continental». Pensemos en los existencialistas alemanes y franceses. A menudo, su estilo es más literario y evocador. Si bien resulta muy atractiva, los filósofos analíticos, más habituales en el mundo anglófono, han criticado a menudo esta forma de escribir por ser excesivamente críptica e imprecisa.
Los filósofos analíticos están —o al menos dicen estar— interesados en argumentos rigurosos en los que se explican las palabras clave, se trazan distinciones y se infieren conclusiones válidas a partir de las premisas. Estoy de acuerdo en que este tipo de metodología es la senda de la sabiduría en este y otros asuntos. Sin embargo, muchos de esos filósofos analíticos —pero no todos, ni siquiera la mayoría— que han abordado las grandes preguntas de la vida las han destripado sumiéndose en debates áridos y esotéricos sobre ellas. Los lectores a quienes fascinan estas preguntas se aburren enseguida.
Ciertamente es difícil elegir el buen camino; un camino que evite el oscurantismo de las florituras excesivamente retóricas y los grandes pronunciamientos imprecisos pero que, al mismo tiempo, también eluda análisis abstrusos, aburridos y nimios. Dicho de otra forma, no es fácil presentar un debate accesible, interesante y riguroso sobre temas complejos.
Este libro no es una obra de filosofía popular. No está escrito en el estilo fácil que atrae al gran público y es muy poco probable que las opiniones que defiende sean populares por razones que están por explicar. (Sobre este último punto, creo que este libro podría describirse como una obra de filosofía impopular). Sin embargo, está escrito con la idea de que sea accesible y ameno para lectores profanos inteligentes, pero es lo suficientemente riguroso para satisfacer a los filósofos profesionales (y aspirantes a serlo), a quienes también va dirigido. Solo me queda esperar haber encontrado un equilibrio justo.
No obstante, para ayudar a aquellos que tengan menos paciencia con las partes relativamente técnicas y pedantes del libro, ofrezco una guía para una lectura abreviada.
Capítulo 1: Introducción
Este breve capítulo debería ser de fácil lectura para todos. Sin embargo, la primera y la última sección son las de mayor interés. A aquellos que les preocupe menos comprender algunos matices sobre la naturaleza del pesimismo y el optimismo pueden saltarse la sección titulada «Pesimismo y optimismo». La sección siguiente («El dilema humano y el dilema animal») explica por qué me centro en el dilema humano y no más generalmente en el animal: aquellos que no necesiten que les convenza pueden saltársela.
Capítulo 2: El sentido
La introducción de este capítulo es esencial. La siguiente sección («Entender la pregunta») incluye algún análisis relativamente pedante, pero está intercalado entre material más crucial y por ello debería leerse íntegramente. «Las (en cierto modo) buenas noticias» también debería leerse por completo.
Capítulo 3: La irrelevancia
Los párrafos introductorios de «Las malas noticias» son esenciales, así como la breve conclusión. En el grueso del capítulo, encajado entre estos dos elementos, examino varias respuestas optimistas a las malas noticias. Los lectores impacientes pueden elegir cuál quieren leer, pero recomendaría que leyeran todas, con la posible excepción de «Los “propósitos” de la naturaleza», que quizá sea la menos interesante de las respuestas optimistas.
Capítulo 4: La calidad
Este capítulo debería ser accesible para filósofos y no filósofos. Si es necesario, podrían saltárselo aquellos que conozcan el capítulo 3 de Better Never to Have Been o Debating Procreation. Sin embargo, incluso ellos deberían leer la primera sección («El sentido y la calidad de la vida»).
Capítulo 5: La muerte
Este es, con diferencia, el capítulo más largo del libro. Algunas partes del mismo son de las más técnicas (por lo tanto, las más aburridas para algunos lectores). Quienes no necesiten convencerse de que su muerte puede ser mala para ellos y aquellos que no estén interesados en el debate filosófico sobre estos temas pueden saltarse las secciones tituladas «¿Es mala la muerte?» y «¿Cómo de malas son las distintas muertes?» que forman el grueso del capítulo. Sin embargo, deben saber que al saltarse esas secciones se perderán los argumentos que intentan explicar por qué es mala la muerte. Planteo que la muerte es mala por más de una razón. Una de ellas es que la muerte nos priva de lo bueno que podríamos haber tenido si no nos hubiéramos muerto. La otra razón es que la muerte nos aniquila y acaba inevitablemente con nuestra existencia. De esto se deduce que, incluso cuando la muerte no es mala a pesar de todo, porque lo bueno que nos arrebata no es suficiente para contrarrestar todo lo malo que podríamos sufrir, sigue siendo mala ya que nos aniquila.
Capítulo 6: La inmortalidad
Este breve capítulo debería ser fácilmente accesible a todos los lectores.
Capítulo 7: El suicidio
Además de la introducción y la conclusión, que deben leerse, este capítulo tiene dos grandes partes. La primera responde a los argumentos de que el suicidio nunca es admisible ni racional, mientras que la última profundiza en el argumento a favor del suicidio como respuesta a distintos aspectos del dilema humano. Aquellos que no necesiten convencerse de que el suicidio a veces es admisible y racional pueden saltarse la primera parte. Sin embargo, quizá les interese leer la última parte del capítulo.
Capítulo 8: Conclusión
Este breve capítulo de conclusión debería leerse por completo.
«El género humano no puede soportar tanta realidad.»
T. S. Eliot, «Burnt Norton», Cuatro Cuartetos
Este libro trata de las «grandes preguntas» de la vida, en realidad, de las más grandes: ¿Tiene sentido la vida? ¿Merece la pena vivirla? ¿Cómo debemos afrontar el hecho de que vamos a morir? ¿Sería mejor vivir para siempre? ¿Podemos o debemos suicidarnos y poner fin a nuestras vidas antes de tiempo?
Es difícil imaginar a una persona inteligente que no se haya planteado preguntas de este tipo al menos una vez. Las respuestas varían, no solo en sus detalles, sino en su orientación general. Algunas personas tienen preparadas respuestas tranquilizadoras, ya sean religiosas o laicas; otras encuentran que las preguntas son demasiado desconcertantes, mientras que las hay que creen que las respuestas correctas a las grandes preguntas suelen ser desalentadoras.
Aunque no sea aconsejable ahuyentar a los lectores al principio de un libro, debo decir ya que mis opiniones pertenecen fundamentalmente a la tercera categoría, que es con toda probabilidad la menos popular. Sostengo que las respuestas (correctas) a las grandes preguntas de la vida revelan que la condición humana es un dilema trágico del que no hay forma de escapar. Resumido en una frase: la vida es mala, pero también lo es la muerte. Naturalmente, no cada aspecto de la vida es malo. Tampoco es mala la muerte en todas sus facetas. Sin embargo, tanto la vida como la muerte son terribles en aspectos cruciales. Juntas constituyen una mordaza existencial, el miserable puño que nos impone nuestro dilema.
Los detalles del dilema se presentan en los seis capítulos que hay entre esta introducción y la conclusión. No obstante, pueden resumirse aquí a grandes rasgos.
En primer lugar, la vida carece de sentido desde una perspectiva cósmica. Nuestras vidas tienen sentido para nosotros (capítulo 2), pero no tienen un sentido ni objeto más amplio (capítulo 3). Somos motas insignificantes en la inmensidad de un universo que es absolutamente indiferente a nosotros. El sentido limitado que nuestras vidas pueden tener es efímero, no permanente.
Si esto ya resulta perturbador de por sí, es todavía peor porque —como defenderé en el capítulo 4— nuestra calidad de vida es mala. Obviamente algunas vidas son peores que otras, pero, en contra de la creencia popular, incluso las mejores contienen, a fin de cuentas, más cosas malas que buenas. Se puede explicar de forma convincente por qué esta desgraciada particularidad de nuestra condición no está ampliamente admitida.
Hay quien puede caer en la tentación de pensar que, en respuesta a la insignificancia cósmica de la vida y a su mala calidad, debemos rechazar otra opinión popular, la de que la muerte es mala. Si la vida es mala, entonces cabría argumentar que la muerte debe ser buena, una esperada liberación frente a los horrores de la vida. Sin embargo, como sostengo en el capítulo 5, deberíamos aceptar la opinión dominante de que la muerte es mala. Los argumentos más conocidos en contra de esta opinión son los epicúreos, que afirman que la muerte no es mala para quien muere. Los epicúreos no afirmaban que la muerte fuera buena, pero al rechazar sus argumentos y respaldar la opinión de que la muerte es mala, llego a la conclusión de que en lugar de ser una solución (sin costes) a las calamidades de la vida, la muerte es una segunda garra de la mordaza existencial. La muerte no sirve para compensar nuestra irrelevancia cósmica y normalmente (aunque no siempre) menoscaba el escaso sentido que se puede alcanzar. Además, si bien la muerte nos libra del sufrimiento, y por ello a veces es el resultado menos malo, no deja de ser grave, puesto que el precio que hay que pagar es el de la propia aniquilación.
Teniendo en cuenta lo mala que es la muerte, no debería sorprendernos que haya quien intente afrontarla negando nuestra mortalidad. Algunos creen que resucitaremos o que sobreviviremos a la muerte de alguna nueva forma. Otros piensan que, si bien ahora somos mortales, la inmortalidad está dentro de las posibilidades científicas. En el capítulo 6 respondo a estas ilusiones y fantasías y pregunto si la inmortalidad, en caso de ser alcanzable, sería buena. La pregunta no queda resuelta con las conclusiones del capítulo 5 puesto que es posible creer que la muerte es mala, pero que la inmortalidad también lo sería. Por ejemplo, la muerte puede ser mala, pero la inmortalidad podría ser aún peor. Planteo que, aunque la inmortalidad fuera efectivamente mala en muchas circunstancias, cabría imaginar condiciones en las que la opción de la inmortalidad podría ser buena. El hecho de no tener la opción de la inmortalidad en esas condiciones es parte del dilema humano.
El análisis del tema de la muerte continúa en el capítulo 7, pero esta vez es la muerte de propia mano. Teniendo en cuenta que la muerte es mala, el suicidio no soluciona el dilema humano. Sin embargo, como la muerte a veces es menos mala que seguir con vida, el suicidio tiene un lugar entre las posibles respuestas a nuestro dilema. Por este motivo deberíamos rechazar la extendida idea de que el suicidio es (casi) siempre irracional. Tampoco es moralmente incorrecto tan a menudo como se suele creer. No obstante, incluso siendo racional y moralmente admisible, es trágico, no solo porque afecta a otros, sino porque supone la aniquilación de la persona que acaba con su vida.
El suicidio no es la única respuesta al dilema humano. En el último capítulo —la conclusión— analizo otras respuestas después de defender mi opinión ampliamente (pero no injustificadamente) pesimista sobre la condición humana frente a algunas recusaciones optimistas residuales.
Aunque mis respuestas a las grandes preguntas de la vida sean mayoritariamente pesimistas, cabe señalar desde ahora que los conceptos de «optimismo» y «pesimismo» son vagos y, por lo tanto, escurridizos.
Para conseguir cierta claridad resulta práctico distinguir los ámbitos en los que optimistas y pesimistas podrían discrepar. Uno de esos ámbitos es el de los hechos. Un optimista creería que el destino no le deparará nada terrible, mientras que un pesimista creería que será víctima del destino. Ambos están de acuerdo en que el destino es terrible, pero tienen opiniones contrarias sobre si sucederá1. Este ejemplo concreto mira al futuro. Es sobre lo que ocurrirá, pero las discrepancias entre optimistas y pesimistas también pueden referirse a hechos pasados o presentes. Por ejemplo, uno puede pensar que en un desastre histórico murió más o menos gente de la que realmente murió, o creer que actualmente hay más o menos gente que pasa hambre de lo que sucede en realidad.
Otro ámbito en el que optimistas y pesimistas pueden no estar de acuerdo es en el de la evaluación de los datos. Es posible que optimistas y pesimistas estén de acuerdo en los datos y discrepen en la evaluación de los mismos. El ejemplo paradigmático, por muy trillado que esté, es si el vaso está medio lleno o medio vacío2. No se trata de no estar de acuerdo en cuánta bebida queda en el vaso. Es una diferencia sobre lo buenos o malos que son esos datos. El optimista dice que la situación es buena por la cantidad de líquido que queda, mientras que el pesimista se lamenta porque podría haber mucho más líquido. Si este parece un caso trivial, consideremos el siguiente dicho cómico pero trascendental: «El optimista proclama que vivimos en el mejor de los mundos posibles; el pesimista teme que esto sea verdad»3.
Al menos en lo que se refiere a algunas de las grandes preguntas, no siempre está claro cuál de las opiniones contrapuestas se consideran optimistas y cuáles pesimistas. La razón es que, a veces, la misma opinión puede interpretarse como optimista o como pesimista. Por ejemplo, en el capítulo 6 comento y valoro la opinión de que una vida inmortal sería mala porque se volvería tediosa. ¿Es este planteamiento pesimista porque ofrece una evaluación negativa de la inmortalidad? ¿O cuenta como optimista porque considera que la situación actual —la mortalidad humana— es mejor?
Algunos autores han dicho que es una opinión pesimista4. Encuentro que este uso es extraño y por ello propongo utilizar los términos «optimismo» y «pesimismo» de la forma siguiente: cualquier opinión sobre los hechos o evaluación de los mismos que presente algún elemento de la condición humana en términos positivos la consideraré optimista. Por el contrario, consideraré pesimista cualquier opinión que presente algún elemento de la condición humana en términos negativos. (Por ello, la afirmación de que la inmortalidad sería mala cuenta como optimista porque sugiere que la mortalidad no es tan mala como podríamos pensar. Si fuéramos inmortales, entonces la opinión de que la inmortalidad es mala sería pesimista).
Este uso tiene algunas implicaciones. En primer lugar, se puede ser optimista sobre un rasgo de la condición humana y pesimista sobre otro. Dicho de otra forma, las opciones no se limitan a ser optimista o pesimista sobre cada uno de los rasgos de la condición humana. Esto no impide que se pueda describir una opinión general de la condición humana como optimista o pesimista. Esa descripción se basaría en una suma de valoraciones de los rasgos individuales5. Cuando digo que mi postura es pesimista, me refiero a esto. No quiere decir que tenga una opinión pesimista sobre cada uno de los aspectos de la vida humana.
En segundo lugar, el optimismo y el pesimismo son cuestión de grado y no posturas binarias. Si un rasgo de la condición humana es negativo, puede ser más o menos negativo. Si otro rasgo es positivo, igualmente puede serlo en mayor o menor medida.
Debe quedar claro que se puede ser demasiado optimista o demasiado pesimista sobre la condición humana. Se es demasiado optimista cuando se cree que las cosas son (o fueron, o serán) mejores de lo que en realidad son (o fueron, o serán). Se es demasiado pesimista cuando se tienen más opiniones negativas de las que se deberían tener. Plantearé que una opinión generalmente pesimista es más realista, es decir, más exacta.
No debería sorprendernos que las respuestas pesimistas a las grandes cuestiones existenciales de la vida sean impopulares. Son impopulares porque cuesta aceptarlas. A la gente no le gusta recibir malas noticias, al menos sobre sí mismos o sobre aquellos por los que sienten afecto. La negación es, efectivamente, una respuesta extendida y bien conocida ante una mala noticia. Pero el ser humano tiene otros mecanismos de adaptación. Por ejemplo, «ver el lado bueno de las cosas», como Brian irónicamente nos exhorta a hacer mientras le crucifican en la escena final de La vida de Brian, de los Monty Python. La gente también racionaliza, mira hacia otro lado y crea relatos edificantes (sagrados y profanos) que intentan explicar la dura realidad u ofrecen la esperanza de un futuro mejor, si no en este mundo, en el otro. (Este otro mundo, como demuestro en los capítulos siguientes, no tiene que ser necesariamente un concepto religioso. Hay ideas completamente laicas sobre futuros estados idílicos).
Sin embargo, la necesidad acuciante de repetir los mensajes optimistas, especialmente en los momentos más funestos, indica que estos no son suficientemente tranquilizadores. Es como si fuera esencial repetir las «buenas noticias» porque no coinciden en absoluto con lo que el mundo parece ser. Aunque los optimistas tengan respuestas para las grandes preguntas de la vida, estas no son correctas, como sostendré más adelante. Sus respuestas se creen —cuando se creen— porque la gente quiere creerlas desesperadamente y no porque la fuerza de los argumentos justifique que debamos creer en ellas.
Los que no se las creen, pero no pueden aceptar la dura realidad, permanecen en un estado de perplejidad. Se resisten a la idea de que las cosas puedan ser tan malas como dicen los pesimistas, pero tampoco están convencidos de lo que dice la propaganda optimista.
Las grandes preguntas de la vida son grandes en el sentido de que son trascendentales. Sin embargo, en contra de las apariencias, no son grandes en el sentido de que no tengan respuesta, solo que estas son generalmente desagradables. No hay grandes misterios, pero sí hay horror en abundancia. Por eso pienso que es más exacto describir la «condición humana» como «dilema humano». Tampoco es cierto que aquellos que se enfrentan a este dilema puedan evitar su horror. A veces se encuentra un cierto alivio, pero es el equivalente existencial a los cuidados paliativos. Tratan algunos síntomas, pero no el problema subyacente y no están exentos de costes6.
El dilema humano no es del todo distinto al del animal (sensible) en general. Estos otros animales también sufren y mueren. Deberíamos plantearnos cuál es el sentido de su vida, aunque a la mayoría de los seres humanos (incluso a aquellos interesados en el sentido de la vida humana y también a quienes les preocupa el sufrimiento animal) raramente les importa si la vida de los animales tiene sentido7.
Por ello, al centrarme en el dilema humano, no pretendo decir que seamos los únicos que nos encontramos en una situación abominable. Nuestras circunstancias tienen muchos rasgos en común con la de los animales con los que compartimos una historia evolutiva. De hecho, hay numerosas especies de animales cuya situación es, en muchos aspectos, bastante peor que la de la humanidad.
Pensemos en cómo viven los pollos. La inmensa mayoría de los machos son sacrificados un día o dos después de nacer porque no sirven para la producción de huevos. Otros viven algo más, pero eso solo prolonga su sufrimiento. A los pollos destinados a la producción de carne se les engorda rápidamente para que alcancen en unos dos meses la edad a la que son sacrificados. La longevidad de las gallinas ponedoras se cuenta en años —normalmente dos— y no en meses, pero las condiciones en las que viven la inmensa mayoría son espantosas. Su vida es repugnante, brutal y breve, pero sin duda nada solitaria. Viven amontonadas en unas condiciones de hacinamiento que les provoca angustia psicológica y problemas físicos.
Que la situación de muchos animales (no humanos) sea peor que la de muchos humanos no significa que el dilema humano no tenga sus peculiaridades. Aunque otros animales tengan cierta autoconciencia, hasta lo que sabemos no es comparable con la del ser humano. Esto significa que los adultos humanos (cognitivamente normales) pueden reflexionar sobre su condición a un nivel que otros animales no alcanzan. Pueden preguntarse por el sentido de su vida y contemplar el suicidio. Por ello, una buena razón para centrarnos en el dilema humano es que tiene características diferenciadas que merece la pena examinar.
También hay una razón pragmática para este enfoque. Si uno quiere que la gente se plantee un dilema, debe elegir uno que a la gente le importe. Si el consumo de carne y otros productos de origen animal, especialmente de los criados en condiciones crueles, es un criterio de valoración, entonces a la mayoría de los humanos les importan poco los animales ni su situación8. Por ejemplo, a la mayoría de la gente le es indiferente si la vida de los animales carece o no de sentido, algo que no sucede con la falta de sentido de la vida humana. Lamentablemente, la defensa de una visión pesimista sobre la situación de los animales (no humanos) apenas interesa a la mayoría de la gente. En cambio, cuando se ofrece una visión pesimista del dilema humano se está cuestionando algo que importa a la mayoría de las personas y, por consiguiente, es más probable concitar su atención.
La defensa de la visión pesimista plantea un problema obvio. Si la situación humana es tan mala como sostengo que es, ¿no es cruel destacar su maldad y restregárselo a la gente en la cara? Si las personas tienen mecanismos de adaptación, ¿no deberíamos complacerlas en lugar de dar al traste con sus esperanzas contándoles lo terrible que son las cosas? ¿Deberíamos mantener intactas sus ilusiones? ¿Acaso la búsqueda de la verdad no nos exige hablar con franqueza en lugar de mostrar connivencia con lo que uno considera falso?
Por una parte, no tengo ningún deseo de amargar la vida a nadie y, por la otra parte, hay buenas razones para pensar que las falsas ilusiones no son inofensivas. Si bien ayudan a la gente a sobrellevar su situación, suelen ser peligrosas. En primer lugar, facilitan la reproducción del dilema humano al crear nuevas generaciones que se ven empujadas a esa condición. Además, muchos de los mecanismos de adaptación suelen ir (aunque no siempre) de la mano de creencias religiosas intolerantes que causan un gran sufrimiento gratuito, entre otros, a los blasfemos, homosexuales, no creyentes, e incluso a las minorías religiosas, que pueden verse demonizados y sometidos a un trato cruel.
Esto no significa que todas las personas religiosas sean intolerantes y peligrosas. En contra de lo que opinan algunos ateos radicales, no pienso que las creencias religiosas sean inherentemente más peligrosas que las laicas. Hay muchos ejemplos de personas religiosas tolerantes, amables y compasivas. También hay muchos ejemplos de ateos convencidos que han provocado grandes sufrimientos y muertes, a menudo cuando buscaban una utopía laica. Cabe citar a Mao Zedong, Joseph Stalin, Pol Pot, la dinastía Kim de Corea del Norte y otros partidarios fervientes de las ideologías ateas.
El daño causado por los optimistas —religiosos o seglares— no siempre llega a estos extremos. No tiene por qué suponer la tortura ni el asesinato de los que no aceptan algún tipo de ideología redentora. A veces es simplemente alguna forma menor de discriminación y respuestas despiadadas a las razonables reticencias de los pesimistas. Consentir las falsas ilusiones de la gente tiene un coste.
Por ello se requiere mucho tacto. No desapruebo las falsas ilusiones privadas que ayudan a la gente a sobrellevar su situación, siempre que no perjudiquen a los demás. Incluso cuando perjudican a otros, intentar quitarles la venda de los ojos puede sobrepasar los límites de la decencia y además ser contraproducente. No se entra en los lugares de culto de los otros para decirles que están equivocados ni se llama a su puerta para darles una «mala noticia». No se para a las embarazadas por la calle para vilipendiarlas a ellas y sus parejas por crear una nueva vida9. Tampoco se les cuenta a los niños pequeños que van a morir y que su papá y su mamá no deberían haberlos traído al mundo.
Sin embargo, escribir un libro sí entra en los límites de lo admisible. Se aportan argumentos al mercado de las ideas, aunque este mercado sea hostil al pesimismo y por ello el pesimista esté en desventaja. Los mecanismos de adaptación de la gente son tan fuertes que el pesimista tiene complicado recibir un juicio imparcial. Las librerías tienen secciones completas dedicadas a los libros de «autoayuda», por no hablar de los de «espiritualidad y religión» y otra literatura agradable. No hay secciones de «autoindefensión» o «pesimismo» porque el mercado para estas ideas es prácticamente inexistente.
No propugno en serio la autoindefensión. Creo que hay algunas cuestiones ante las que estamos indefensos, pero incluso desde una perspectiva pesimista realista, podemos hacer cosas para mitigar (o agravar) nuestro dilema. Por eso, cuando hablo irónicamente de los libros de autoindefensión, en realidad quiero decir un antídoto a los falsos remedios que se pregonan, compran y consumen en grandes cantidades.
Un libro pesimista probablemente brindará cierto solaz a aquellos que comparten esa opinión, pero que se sienten solos o enfermos por ello. Pueden encontrar consuelo al saber que hay otros que piensan lo mismo y que esas opiniones están bien fundadas10.
No significa que a alguien se le vayan a caer las escamas de los ojos. Lo que espero es que al menos algunos lectores perciban la fuerza de los argumentos de una postura que antes no compartían. Reconocer el dilema humano no será nunca fácil. Sin embargo, como demuestro en el último capítulo, hay formas de sobrellevar la realidad sin tener que negarla.
1 O cuándo sucederá. Stanislaw Lec dijo: «Lo único que diferencia a los optimistas de los pesimistas es la fecha del fin del mundo». Hay que señalar que Stanislaw Lec consiguió retrasar su propia muerte. Sentenciado a morir por un segundo intento de huir de un campo de concentración alemán durante el Holocausto, tuvo que cavar su propia tumba. Utilizó la pala para matar al guardián y consiguió escapar.
2 Un chiste pesimista dice que mientras que algunos creen que el vaso está medio lleno, y otros, medio vacío, ambos se equivocan porque, en realidad, el vaso está vacío en tres cuartas partes. (Una versión todavía más pesimista dice que el vaso está completamente vacío).
3 James Branch Cabell (1975): The Silver Stallion, Londres: Tandem, p. 105. Esta redacción no es la ideal porque el referente de «esto» es ambiguo entre el hecho de que el optimista hace una afirmación y el contenido de lo que afirma. Una redacción más apropiada habría sido: «El optimista proclama que vivimos en el mejor de los mundos posibles y el pesimista teme que lo que dice el optimista sea verdad».
4 Véase, por ejemplo, John Martin Fischer y Benjamin Mitchell-Yellin (2014): «Lo que piensa el pesimista es que, de ser inmortales, sobrevendría un profundo aburrimiento […] la vida sería, por así decirlo, mortalmente aburrida» («Immortality and Boredom», Journal of Ethics, 18, p. 363).
5 Al agregar los distintos aspectos podrían ponderarse por importancia, si su importancia variara.
6 No hablo aquí de costes económicos.
7 Digo más sobre esto en el apartado «El gambito teísta» del capítulo 3.
8 Hay quien me ha sugerido que a la mayoría de la gente le importa el sufrimiento animal, pero no son conscientes de ello a menos que se vean expuestas a imágenes muy reales del sufrimiento animal. Aunque esto fuera verdad, la importancia que da la mayoría de la gente al sufrimiento humano es mucho mayor y esa es suficiente justificación.
9 La siguiente anécdota no constituye un ejemplo de vilipendio. Cuando Elizabeth Harman, que había escrito un artículo en respuesta a Better Never to Have Been, me dijo en el año 2010 que estaba embarazada, enmudecí. Entonces me dijo que me debería alegrar por ella. Le respondí algo así: «Me alegro por ti. Es por la criatura que esperas por quien no me alegro». (Repito esta anécdota con los nombres reales porque Elizabeth Harman ya la ha contado en público en una conferencia y doy por hecho que no tiene objeción. He oído que otros repiten la anécdota de forma inexacta, por lo que quiero dejar las cosas claras aquí).
10 He recibido una enorme cantidad de mensajes de este tenor en respuesta a Better Never to Have Been.
«Hay que darle un sentido a la vida porque evidentemente no lo tiene.»
Henry Miller, La sabiduría del corazón
No es extraño que la gente tema que su vida carezca de sentido o, al menos, que se lo pregunte. Quizás esas ideas sean raras y efímeras para algunas personas. Para otras son más comunes y permanentes. A algunas personas les paraliza la angustia existencial e incluso se desesperan.
Con independencia de su intensidad y duración, les inquieta la insignificancia o la inutilidad de su existencia. Esta idea suele surgir por la conciencia de nuestra finitud en el tiempo y en el espacio. Somos seres efímeros en un diminuto planeta de una de los cientos de millones de galaxias del universo (o quizás del multiverso), un cosmos frío e indiferente a las partículas insignificantes que somos1. Indiferente a nuestra suerte y nuestro infortunio, a la injusticia, a nuestras esperanzas, temores, valores y preocupaciones. Las fuerzas de la naturaleza y el cosmos son ciegas.
Nuestra propia existencia es una absoluta contingencia. Las posibilidades de que una persona concreta —uno mismo— pueda existir son remotas. Estar aquí ha dependido de una cadena de contingencias, incluida la existencia de nuestros antepasados. Incluso si todos ellos, hasta los bisabuelos, abuelos y padres existieron, las probabilidades están en contra de la propia existencia. No existiríamos si nuestros padres no se hubieran conocido, o si se hubieran conocido, pero no reproducido, o si se hubieran reproducido, pero no precisamente cuando lo hicieron. En este último caso, un esperma diferente se habría unido con el óvulo del mes para producir otra persona distinta2.
Así como es improbable venir al mundo, no hay nada que sea tan seguro como dejar de existir. A veces podemos aplazar la muerte durante un tiempo, pero no hay forma de evitarla por completo. Cada organismo (pluricelular) que llega a ser también deja de ser. Todos estamos condenados desde el principio.
Por otra parte, se piensa que hay algo de absurdo en la solemnidad de nuestros empeños. Nos tomamos a nosotros mismos demasiado en serio, pero cuando miramos con perspectiva nos preguntamos de qué va todo esto. Esta perspectiva no tiene que ser la de toda la Vía Láctea. No se necesita mucha distancia para ver que hay algo de fútil en ese afán incesante, que no es muy distinto del de un hámster en su rueda. Una gran parte de nuestra vida está llena de actividades tediosas y repetitivas cuyo objeto es mantener el ciclo en movimiento: trabajar, comprar, cocinar, comer, lavarse, dormir, lavar la ropa, los platos, pagar las facturas y otras obligaciones burocráticas que no dejan de multiplicarse.
Incluso si se cree que estas actividades rutinarias sirven para otros fines, conseguirlos solo impone nuevas metas que hay que alcanzar. Hay muchas ocasiones para cuestionarse incluso la importancia de las mayores metas de nuestra vida. Este ciclo (personal) continúa hasta la muerte, pero la rutina es intergeneracional porque la gente suele reproducirse y crear nuevos engranajes. Esto ha sido así durante generaciones y continuará hasta que la humanidad finalmente siga los pasos de todas las especies: la extinción. Parece un viaje largo y repetitivo a ninguna parte.
En este aspecto nos parecemos a Sísifo, quien, según la mitología griega, fue condenado por los dioses a la inutilidad. Su castigo fue un ciclo interminable en el que empujaba hasta lo alto de una montaña una piedra que volvía a rodar hacia abajo antes de llegar a la cima para tener que empezar de nuevo. Muchos dirán que la existencia de Sísifo era peor porque su trabajo absurdo era monótono y para la eternidad, mientras que el nuestro es más o menos variado y termina con nuestra extinción (individual y colectiva). Sin embargo, la aparente ausencia de sentido de nuestras vidas indica que algunos de nuestros esfuerzos son dignos de Sísifo.
Las ideas de este tipo pueden surgir de muchas formas. La perspectiva de la propia muerte, evidenciada quizás por el diagnóstico de una enfermedad grave o terminal, suele fijar la mente en esa idea. Pero la muerte de los otros —familiares, amigos, allegados e incluso de desconocidos— también puede llevarnos a pensar en la nuestra propia. Esas muertes no tienen por qué ser recientes. Por ejemplo, podríamos estar paseando por un viejo cementerio. En las tumbas están grabados algunos datos sobre los difuntos, como la fecha en que nacieron y murieron3, y quizás hagan referencia a sus cónyuges, hermanos, hijos y nietos que lamentan su pérdida. Esos deudos también llevan muertos mucho tiempo. Pensamos en las vidas de esas familias —sus creencias y valores, amores y desengaños, esperanzas y miedos, esfuerzos y fracasos— y nos sorprende que nada de ello permanezca4. Todo ha quedado en nada.
Después volvemos al presente y nos damos cuenta de que, a su tiempo, todos los que están ahora vivos —incluido uno mismo— se habrán ido como los que ahora están enterrados. Algún día, alguien se detendrá ante nuestra tumba y se preguntará sobre la persona cuyo nombre figura en la lápida y pensará que todo lo que le preocupaba a esa persona —usted o yo— ha quedado en nada. Sin embargo, es mucho más probable que nadie nos dedique siquiera ese breve pensamiento; después de todo, los que nos conocieron también habrán muerto.
Es difícil no preguntarse de qué va todo esto. Sin embargo, algunos creen que todo este pesimismo no está justificado. Mi opinión es que un pesimismo profundo sobre el sentido de la vida es completamente oportuno, pero que no debería confundirse con un nihilismo absoluto sobre lo que tiene sentido en la vida. Más concretamente, como defiendo en el capítulo 3, deberíamos ser nihilistas respecto a un importante tipo de sentido de la vida, pero, como sostengo en el resto de este capítulo, se pueden alcanzar otros tipos de sentido con variada frecuencia e intensidad.
Muchos piensan que las preguntas sobre el sentido de la vida están entre las cuestiones filosóficas más difíciles que existen. El sentido de la vida se considera a menudo el imponderable supremo. Este pesimismo en particular es lamentable e infundado. Preguntas como «¿Tiene sentido la vida?» o «¿Puede tener sentido la vida?» son tristemente confusas. En efecto, una gran parte del daño que se hace al responder a este tipo de preguntas procede de su falta de claridad. Sin embargo, cuando sabemos lo que estamos preguntando, las respuestas son razonablemente obvias a grandes rasgos, al menos si estamos dispuestos a ser sinceros con nosotros mismos5. Esta sinceridad es rara porque nos obliga a afrontar algunas verdades incómodas.
Algunos han dicho que las preguntas sobre si la vida tiene o puede tener sentido no pueden ser claras, ya que de por sí carecen de sentido. Es decir, encierran un supuesto error categorial6. Desde este punto de vista, la vida no es algo que pueda tener sentido. Las palabras y los signos pueden tener sentido, pero lo que significan no puede tenerlo. Así pues, la palabra «vida» puede tener un significado, pero lo que simboliza no puede tenerlo. Al igual que es absurdo preguntar por el significado de las tulipas —los objetos, no la palabra—, es absurdo preguntar por el sentido de la vida.
Si aceptáramos esta opinión, no podríamos plantear la pregunta que para algunos (y yo me incluyo) tiene una respuesta incómoda. Sin embargo, la idea de que las preguntas sobre el sentido de la vida encierran un error categorial es errónea. El problema no es tanto que se tome la pregunta demasiado literalmente, sino que tiene una comprensión demasiado limitada de los posibles sentidos literales de la pregunta. Entre los sentidos literales de la palabra «sentido» están «significado», «importancia» y «propósito»7. Cuando la gente se pregunta si la vida tiene (o puede tener) sentido, está preguntando si nuestras vidas tienen significado, si son importantes o tienen algún propósito. Estas preguntas son totalmente razonables y no encierran ninguna confusión.
Aunque sea lógico preguntarse sobre el sentido de la vida, ya debería estar claro que estas preguntas pueden interpretarse de distintas formas. Si bien están estrechamente relacionados, los términos «significado», «importancia» y «propósito» no tienen exactamente el mismo sentido. No todos los propósitos, por ejemplo, son (igualmente) importantes o significativos. Así pues, puede haber una gran diferencia entre preguntar si la vida tiene significado, si tiene importancia o algún propósito. Y si a alguien le interesa si la vida tiene un propósito, no sería lo mismo si se refiere a un propósito en el sentido del «fin para el que uno nació» o en el sentido del «propósito para el que vive su vida (con independencia de si es el mismo para el que nació)».
Por regla general no voy a ocuparme de estas distinciones concretas, ya que son menos cruciales que otras. Puesto que las vidas que tienen un propósito o son significativas o importantes no son la misma cosa, la pregunta que hay que hacerse es si las vidas pueden tener tal conglomerado de rasgos, o al menos unos cuantos.
Por ello, no tengo la intención de especificar las condiciones necesarias y suficientes para decir que una vida tiene sentido. Aunque es una tarea que consume a muchos filósofos analíticos dedicados a este tema, me parece que el esfuerzo está mal dirigido. La razón es que tenemos una idea muy clara de lo que normalmente nos preocupa sobre el sentido de la vida, y no se trata de unas condiciones exactamente definidas ni inderogables para considerar que una vida tenga sentido. Al contrario, la pregunta es si nuestras vidas tienen alguna importancia o si carecen de sentido o son insignificantes. Dicho de otra forma, el sentido, como sostienen algunos autores, se refiere a «trascender los límites». Una vida con sentido es una que trasciende los propios límites e influye significativamente en otros o bien sirve a unos fines que van más allá de uno mismo.
Una forma en la que la vida puede tener una «razón» o ser «significativa» o «trascender los límites» es si deja huella. Sin embargo, se puede dejar huella de muchas formas y muchas de esas huellas son una tacha moral. De hecho, entre aquellos que han tenido mayor repercusión en la historia de la humanidad, hay muchos canallas. Su huella es a menudo la muerte y la destrucción, como sucede con Adolf Hitler, Iósif Stalin y Pol Pot, por citar algunos. Son los conquistadores, tiranos, genocidas, violadores y saqueadores quienes ejercen influencia, crean imperios y dominan a los pueblos. Algunos de ellos, además, tienen un número desproporcionado de descendientes, otra forma de trascender sus límites mortales y dejar huella para la posteridad. Los genes de Gengis Kan, por ejemplo, se encuentran casi en el 8 por ciento de los hombres que viven actualmente en esa parte de Asia (desde el Océano Pacífico hasta el Mar Caspio) que una vez formó parte de su vasto imperio8.
El hecho de que gente tan perversa tenga esa enorme repercusión en la historia de la humanidad por fuerza tiene que causar inquietud en aquellos que creen que el sentido debe ser un aspecto positivo de la vida. Una respuesta posible es admitir que las vidas malvadas pueden
