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Ángel Godínez Serrano sabe que la verdadera escritura se relaciona con el asombro, con sentir el mundo por primera vez y, por lo tanto, expresarlo desde lo más estratégico del poder de revelar, del indomeñable ímpetu de permitirse ser poseído por la imaginación. Las narraciones de Ángel Godínez Serrano vibran. Al leerlas se percibe la alegría y la enjundia de quien las escribe. El lector escucha (al mismo tiempo que acompaña en cada una de las historias) el ruido del teclado al ser creadas. Oye las encendidas intuiciones del autor, el vendaval de su pensamiento asediando a la blancura, su cabalgata mental por alcanzar, a un instante el abismo, las imágenes cargadas de la más intensa nitidez. Ángel Godínez Serrano concibe al escritor como un aventurero que sigue a la Diosa de la sabiduría por los caminos más intrincados o dolorosos. Él posee la conciencia de que los grandes, inolvidables hallazgos, sólo se logran sin rendirse, surcando y resolviendo dilemas con la dificultad. Cada texto suyo es una anunciación, el lugar donde el conocimiento no se averigua ascendiendo, sino bajando hacia la pureza de lo no hallado por las pisadas comunes. Arturo Córdova Just
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Seitenzahl: 59
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Ángel Godinez Serrano
© El ego de las hormigas
Primera edición, junio de 2023
D.R. © Ángel Godínez SerranoD.R. © Reverberante
Framboyán 46, col. Arboleda Chipitlán, Cuernavaca, [email protected]
Diseño de portada: Karina MaldonadoCuidado de la edición: José Alberto Gurrea y Alejandra MartínezCoordinación y contacto: José Luis Zapata
ISBN: 978-607-59321-3-2
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin la autorización previa por escrito de la editorial y/o el autor.
Para el hombre que olvida las cosas al roncar, la mujer que rechina de felicidad y el simio rasurado.
Lector, no nos hagamos tontos: ambos sabemos que vas a morir.
Pero si de algo consuela, te aseguro que fuimos un hermoso parpadeo del universo.
Todo el mundo sabe que los espejos odian el cielo y el mar, pero sobre todo a otros espejos. Frente a frente pierden su individualidad, la posibilidad de tener cualquier rostro, el sueño de ser todo. Saben disimular la aversión. Van por ahí, con su cara de mercurio, adueñándose de la luz, personificando al ego, timando al mundo con ser un reflejo de la realidad. Sin embargo, el miedo siempre los acompaña, latente, secreto. El pavor de toparse con otro espejo los estremece, distorsiona sus formas, los tuerce, terminan doblegados y optan por quebrarse.
Cara a cara encarnan al infinito, el deambular eterno de lo imperecedero y el movimiento estáticamente perdido. Se miran como en realidad son: vacíos, reflejo de todo lo existente. Poco a poco sus miedos más íntimos se apropian de ellos. Saben bien que no hay nada tras la muerte, que sólo tienen una función ornamental para los dioses —si es que existen—, que al final el alma se diluye, que si se halla la vida eterna no habrá de satisfacerlos, que se viene de la nada y a ella pertenecemos, que la vida es un parpadeo frívolo. Que no hay sentido, no hay razones, no hay un motivo, no hay nada.
Abominan personificar el infinito. Y se preguntan: ¿cómo es que los humanos pueden verse cara a cara todo el tiempo?
Para Madelaine y Dalton
Ayer le dije que la amaba tan profundamente que temió caer en esa profundidad y no poder salir jamás. Tener que aprender a hacer fuego con piedras esperando que no estuviesen húmedas. Recorrer a solas un terreno inexplorado, sin dueño, a oscuras, y habitarlos espectralmente. Buscar recursos y distinguir las bayas venenosas de las comestibles. Domesticar algo parecido a un can, darle un nombre tierno. Volver a ser instinto, quizá volver a ser bestial. Refugiarse de los peligros nocturnos en las copas de los árboles. Trazar historias de las historias en las cuevas, abrazados —ella y su can— por el fuego. Hallar en su voz algo cercano a lo humano. Dejar pasado y presente, porque el tiempo ya no existe y sólo quedan los días sin noches. Señalar al sol, sentir arder los ojos y pensar que eso es Dios. Encarnar la humanidad paso a paso y con la piel más viva que nunca. Saber que la existencia plena es ser un sistema nervioso que habita una realidad y nada más.
Ayer le dije que la amaba tan profundo. Hoy se marchó hacia otra profundidad.
El hombre ha envidiado la capacidad de los pájaros desde tiempos inmemoriales. Ellos vuelan, nosotros creamos civilizaciones; ellos caen en picada desde lo innombrable, nosotros edificamos ciudades; ellos rozan las rebabas del cielo, nosotros descubrimos el átomo; ellos encarnan lo más cercano a la divinidad, nosotros llegamos al espacio exterior. La nuestra es una batalla eternamente perdida. Ansiamos que el pájaro nos envidie, nos imite, baje al suelo y camine, pero ellos están ensimismados en planear, surcar y revolotear. Qué poca atención prestan a nuestro ego. Pero dirás, «inventamos el avión para volar». Los pájaros los miran, se extrañan y ríen, diciendo entre sí: «Mira esa ave robusta y torpe que no aletea, vuela más alto que nosotros y a mayor velocidad, pero está llena de esas extrañas hormigas que deambulan atadas al suelo».
Busqué a Dios por todas partes: en la caridad, el ayuno, los antiguos textos, los sacrificios, en el prójimo e incluso en mí mismo. Siempre de un modo concreto, pero religioso: nunca encontré nada. Hay gente que puede seguir con su vida sin una certeza clara de su finalidad en este mundo, ese no es mi caso. Tras años de ser timado con “experiencias religiosas” más similares a estafas piramidales que a una vida ascética, un profesor jubilado de teología brahmánica me dio una vieja tarjeta hecha de piel con una serie de números puestos en vacío:
«73559122641934372146234128»
Sin instrucciones ni indicios me quebré la cabeza esperando conseguir una epifanía sobrehumana o una clave indirecta. No necesitaba mucho, un «sí» o un «no» bastaban para seguir en paz, pero nada pasó. La única conclusión a la que pude llegar fue que todos esos números en conjunto sumaban 111.
—¿Y si sólo marcas? Así funcionan las tarjetas, ¿no? —me sugirieron. La larga distancia sería costosísima, pensé.
Desesperado, le pedí prestado el teléfono a un amigo y marqué aquella cifra. Para mi sorpresa sonó dos veces. Del otro lado, un sonido inenarrable pero humano parecía repetir una serie depasos. Hebreo, sánscrito, otomí, latín, arameo, sumerio, fenicio... todo intraducible.
Un día, escuchando la grabación en una banca de parque, un vagabundo sin dientes que arrastraba una bolsa llena de latas se acercó, escuchó con atención y escribió en un folleto de comida china: «Para español, presione siete».
«Nuestro menú ha cambiado. Visite nuestras oficinas en su región: Ateístas orientales, #3. Colonia Asunción». La dirección existía en el mapa de la ciudad. Con una fachada cualquiera, pero con más seguridad que muchas oficinas que jamás visité. Fui recibido por una secretaria de edad avanzada a quien todos llamaban «Martita» quien hablaba un español muy limitado. Lo único que pude entenderle fue que elSeñortenía una agenda muy complicada. Las citas para clientes sin afiliación o una suscripción menor a laBusiness classestaban en una lista de espera con años de distancia. Mi única opción sería esperar a que al final del día alguien no se presentara y pudiese ocupar su lugar.
Desde las 6 a.m. y hasta las 5 p.m. estuve en esa oficina ideando temas para conversar que estuviesen al nivel de la ocasión: la malaria en África, los profetas brasileños, la baja en los mercados de futuros, la materia oscura, el orden complejo de la reencarnación o los textos bíblicos apócrifos. ElSeñortenía una oficina que sólo un puñado de religiosos, de todas las creencias y latitudes, frecuentaba. Todos iban a rendir cuentas y presentar informes cada que se les daba la gana. Decían que una voz los había llamado a la vida religiosa y dirigir a las personas por el camino que Él les mostró. La verdad es que parecía atraerlos más el dinero y la facilidad para manipular a las personas desesperadas.
