9,99 €
Un ingeniero español, director general de una importante fábrica de cemento en Pakistán es chantajeado y obligado a trabajar para el RAW, el servicio secreto indio . Tiene que realizar una peligrosa labor de espionaje contra el país en el que está trabajndo y al que, aunque no le apasiona, le debe, de alguna manera,. fidelidad, pero la amenaza contra sus hijos y unas fotos comprometedoras, en las inmediaciones de la central nuclear Pakistaní en el lago Chashman, no le dejan otra opción que acceder al chantaje. A caído, como un corderito, en una trampa que, rubia despampanante mediante, le han tendido Se tiene que relacionar con los altos mando militares pakistanís para obtener información sobre los belicosos planes de estos para lanzar un ataque nuclear contra su archi enemigo, y antiguos compatriotas, la India Desde el primer idea ya rumia como escapar de tan detestable labor. Tras una serie de peripecias y sacando provecho del atentado contra el hotel donde regularmente se hospedaba finge su muerte y consigue así deshacerse de tan peligrosa dependencia.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 252
Veröffentlichungsjahr: 2024
EL ESPÍA QUE SÍ FUI.
EL ESPIA QUE SÍ FUI
Autor: E. Larby
Diseño de cubierta: E. Larby
ISBN:9789403756776
>© E. Larby
Año: 2024
Editoriales: Bookmundo, Ingramsparks
Web: publish.mibestseller.es/elarby
e-mail:[email protected]
EL ESPÍA QUE SÍ FUI
DEDICATORIA
A mi esposa por su infatigable apoyo y estímulo.
A mis nietos Alexander, Mikaela y Roy que sois los faros que guiais mi singladura.
NOTA DEL AUTOR
Mi empresa me había enviado a Pakistán como consultor de un cliente que estaba construyendo una fábrica de cemento, en Jaujarabad en el distrito de Sarghoda en el Punyab pakistaní.
Sería para una estadía de seis meses que por unas u otras circunstancias se convirtieron en cuatro años y medio.
Pasé de consultor a responsable de la construcción, luego a Jefe de la puesta en marcha de la instalación y posteriormente a dirigirla como GM (Director General).
La vida en ese ambiente no era demasiado placentera pero si motivadora, el reto de ver progresar los trabajos de construcción, el arranque de las instalaciones y luego salir las primeras toneladas de producto.
Cuando las ensacadoras escupieron los primeros sacos de cemento, agarré uno y me fui al despacho del presidente de la empresa y le dije: «Míster Khan, su fábrica ya está produciendo» y recalqué lo de «su fábrica» porque realmente era así.
Observé cómo se le humedecían los ojos, me dijo: -Mr. Emilio, ¿usted que quiere?-
Nada, yo he hecho mi trabajo-
¿Qué tal un Rolex-
Parecía haber adivinado que un Rolex había sido siempre un objeto de deseo mío.
Esta conversación tuvo lugar el 24 de Octubre de 1994.
No es que me hubiese olvidado del tema, pero lo había aparcado, entre otras cosas porque lo conocía y sabía que era un embaucador, pero en diciembre de ese mismo año, nos reunimos en Lahore y allí muy ceremoniosamente me hizo entrega de un precioso Rolex Cellini con 72 diamantes incrustados alrededor de la esfera
A lo largo de esos cuatro años y de trasegar varias botellas de Chivas 18 se había establecido entre nosotros, no diré que amistad, pero si una especie de entendimiento y respeto, yo le admiraba y él me apreciaba y respetaba.
Por sus gestos delicados y su extremada cortesía yo le apodé «el elegante».
Una tarde noche, en una de las innumerables veladas nocturnas que disfruté con él, era muy «parlanchín» y buen comunicador, en las que el Chivas 18 corría con profusión y nos hacíamos algunas confidencias estábamos en el jardín de la residencia que habíamos construido cerca de la fábrica, me abrió su corazón.
La verdad es que el lugar se prestaba a ello, un jardín en tres niveles con la longitud, cada uno de ellos, de más de un campo de fútbol y todo ello adornado con más de 1.000 rosales con el sol poniéndose lentamente en el horizonte, las montañas de caliza se tornaban rojizas con los últimos rayos del poniente sol, el aire empezaba a enfriarse y el estar sentado allí, sin ruidos, salvo el lejano zumbido de las máquinas de la fábrica, invitaba a la paz y al sosiego.
Yo observaba al «Elegante» y le veía triste, alejado, decaído. Para animarle le dije: «Mr. Khan ¿porque está usted triste?, mire usted para la fábrica, eso lo ha hecho posible usted, es su obra, tiene que estar orgulloso». Lentamente se volvió hacia mí, con sus grandes ojos destacando en la oscuridad de su negruzca cara y me dijo: «Mr. Emilio, un día mi jefe me dijo, toma 100 000 dólares y monta una fábrica de cemento. Las empresas del grupo estaban todas en quiebra y teníamos prohibida la salida del país», y tomando un respiro añadió: «y a partir de ahí todo de farol».
Había conseguido que el Banco Asiático de Desarrollo, que solo concede préstamos a instituciones estatales, le concediera uno, involucró a distintas entidades financieros y pagó los honorarios de los suministradores de tecnología y equipos con acciones de la empresa.
Como un mago había estado sacando palomas y conejos de su particular chistera hasta hacer que 100 000 dólares se convirtieran en un proyecto de 100 millones de dólares.
LA EXPULSIÓN
Yo había convencido a mi entonces novia, tártara de nacimiento y ciudadanía rusa, después mi esposa, a que se uniera a mí.
Un inciso para narrar un detalle de porqué apodaba a Mr. Khan «El Elegante».
Una noche habíamos invitado a cenar a Mr. Khan y como era tradicional yo tenía dos botellas de Chivas 18 reservadas para sus visitas, cuando ella le sirvió el wiski él con la mejor de sus sonrisas la dijo: «Sra. Emilio, estos vasos no son de wiski» a lo que mi esposa respondió: «Lo sé Mr. Khan, pero en este pueblo no los he encontrado». «Yo le traeré unos», respondió Mr. Khan
Dos meses después apareció con seis preciosos vasos de cristal de Bohemia que se había tomado la molestia de comprar en Londres.
Después de dos años en el país cuando tuvimos que renovar el permiso de residencia este nos fue denegado, en realidad le era denegado a ella.
Aunque removí Roma con Santiago no conseguí la renovación por lo que hubo de abandonar el país.
A partir de aquí empezó para mí una odisea. Me amenazaron de muerte y tenía que ir con guardaespaldas armado con una metralleta y cambiar de ruta cada día, me pincharon el teléfono y me seguían los esbirros del ISI a todas partes. Me había convertido en sospechoso de espiar para los rusos.
Cuando llegó la fecha de renovar mi permiso de residencia este me fue denegado, me concedieron una prórroga.
El presidente de la compañía, Mr. Khan tomó las riendas del problema y personalmente se involucró en ello, contactó con el ministro del interior e intercedió, sus esfuerzos fueron en vano, Había alguien, nunca llegué ,o llegamos, a averiguar quien tenía interés en que yo abandonara el país.
La tensión llegó a ser tan insoportable que afloró el herpes del estrés o virus Zóster, me tuve que medicar.
Un día cansado, hastiado y harto, decidí que hasta aquí habíamos llegado, que aunque a nivel profesional me era muy gratificante y estimulante mi permanencia en el país, no me compensaba el estrés, la inseguridad y el acoso y derribo al que estaba siendo sometido.
Ese día llegué a la fábrica, telefoneé al presidente y le presenté mi dimisión, Mr. Khan me prometió que haría el último esfuerzo y que volvería a hablar con el ministro del interior.
Aun sabiendo que tenía el teléfono pinchado no dudé en decirle: «Míster Khan se lo agradezco, pero ese hijo de puta no va a hacer nada, ¡olvídelo! Y muchas gracias».
Dos horas después de esta conversación me entregaron una orden, inmediata, de expulsión, tenía unas horas para recoger mis bártulos y largarme.
Ahora más de veinticinco años después rememorando esta etapa de mi vida, me vino a la mente una idea, una especie de sibilina venganza ante esa falaz acusación y de ella ha nacido esta ficción, y de ahí el titulo de «El espía que SÏ fui»
VIRUS ZÓSTER.
En una revista médica lo definen así:
La exposición a largos periodos de estrés intenso puede debilitar nuestro sistema inmunológico haciendo que seamos más vulnerables ante ciertos virus como el herpes Zóster.
Este virus es causado por otro virus conocido como Virus Varicela Zóster (VVZ), que es el virus responsable de la varicela infantil.
Cuando nos enfrentamos al virus, generalmente de pequeños, este queda en nuestro cuerpo como un remanente debilitado del mismo para el resto de nuestras vidas. De este modo, cuando nuestro sistema inmunológico decae, el virus se reactiva haciendo que aparezcan los herpes, el cual al contrario que la varicela, es muy poco contagioso.
Las consecuencias que el estrés puede generar son del todo perjudiciales, tanto para el cuerpo como para el sistema inmunológico. Afecciones dermatológicas como la urticaria, la alopecia, el acné o el herpes, encuentran su detonante en aquellos momentos en los que nos encontramos frente a largos periodos de estrés o estrés crónico.
Me llamo Juan José Echevarrieta y tengo 52 años, me crie en un remoto caserío de la bellísima orografía de las Vascongadas, en los escasos ratos libres que les dejaban las taeras agricolas, principalmente después de haber ordeñado las vacas y cenar, mis padres me enseñaban a leer y escribir, desarrollé una gran afición por la lectura, lo que me ha ayudado muchísimo a lo largo de mis muchos años de soledad, cuando cumplí 14 años, mis padres debieron ver algo en mí, y decidieron enviarme a casa de una hermana de mi madre en el pueblecito de Alsasua para que pudiera asistir a un colegio, hice el bachiller y la formación profesional, me especialicé en mecánica. Me gustaba tanto estudiar que mientras trabajaba en un taller mecánico estudié ingeniería industrial y encontré un trabajo en Madrid en una empresa de ingeniería que pertenecía a un importante grupo cementero, y sin saberlo ni proponérmelo me convertí en uno de los mayores expertos mundiales en la construcción y dirección de plantas productoras de cemento.
De una u otra manera he estado involucrado en la construcción y puesta en marcha de 14 plantas productoras en 12 países.
Me habían destinado a Pakistán como asesor de un cliente que estaba construyendo una planta de producción de cemento en Pakistán, estando allí tuve un rifirrafe con mis jefes españoles y decidí buscar otro empleo, cuando se le comenté al cliente este me ofreció quedarme con ellos.
Llevaba algo más de dos años trabajando como Director General de la planta que estaba situada en un remoto lugar llamado Chenki, en las estribaciones de una cadena montañosa de roca caliza.
La factoría y su área residencial estaban situadas en «casa Dios», es decir en «medio de la nada», el pueblo más cercano era Juaharabad y aunque estaba solo a 33 kilómetros las dos vías de acceso eran tan dificultosas que se tardaba entre 45 minutos y una hora en el recorrido. Y como además el poblacho no tenía nada de especial no merecía la pena desplazarse hasta allí.
Había acordado con mi patrón que, dado el aislamiento del lugar, tendría cada dos semanas , unos días de descanso, a gastos pagados por la empresaa, bien en Lahore2 o en Islamabad3
La primera había dejado de ser la París de Oriente, pero aún conservaba el encanto de una ciudad especial, la visita al Shalamar Gardens con sus terrazas en tres niveles, las Hayat Baksh, Faiz Baksh y Farah Baksh. y sus fuentes de mármol blanco dejando discurrir sus cantarinas aguas eran un remanso de paz y tranquilidad, aquel ambiente me relajaba. También visitaba el fuerte Shahi Qila, paseaba por sus jardines y visitaba algunos de sus innumerables palacios.
El resto del tiempo lo pasaba en la piscina del hotel Avari, mi preferido, donde al atardecer de los viernes y en una sala reservada solo para extranjeros, el director del hotel nos agasajaba con un wiski party.
Como no soy amante de las mezquitas, museos o mercados no visitaba ninguno de estos turísticos sitios. Y como tampoco soy de los que disfrutan de la comida, no tenía demasiado interés en visitar los afamados restaurantes de la ciudad. Era un fin de semana bastante rutinario y anodino, pero así era la vida y así había que tomarla.. Aun así la estancia en una ciudad tan acogedora me permitía desconectar de los cotidianos problemas y del estrés del trabajo.
Además había dos motivos por los que a menudo me inclinaba por Lahore.
Uno era el matrimonio Siddiqui, Javed Siddiqui era un pakistaní nacido y educado en Londres donde había conocido a la española Mercedes con la que se había casado. Cuando el padre de Siddiqui murió, Javed tuvo que dejar Inglaterra y trasladarse a Lahore para desde allí cuidar de las extensas propiedades que su familia poseíaen Jauharabad, allí en una reunión de los industriales del pequeño pueblo fue donde conocí a Javed, se dirigió a mi en un español cuasi perfecto y comenzó una franca y bonita amistad.
Javed había estudiado periodismo en la acreditada London Metroplitan University. Colaboraba con varios periódicos ingleses e incluso llegó a escribir algunos artículos para la televisión española y algún periódico patrio. Se convirtió en un especialista en el tema de los talibanes y escribió varios libros sobre este singular mundo. Se encontraba en Afganistán cuando los talibanes entraron victoriosos en Kabul y se inició un largo y negro periodo en la historia de ese atormentado país.
Los Siddiqui me llevaron a conocer a un matrimonio que tenía una finca dedicada a la cria y entrenamiento de caballos de polo, la finca tenía la peculiaridad de que uno de sus limites era la valla metálica fronteriza con India. Fue este matrimonio el que me recomendó asistir a la ceremonia de arriado de la bandera y cierre nocturno del único paso fronterizo entre Pakistán y la India.
En 1947 cuando el burócrata Radcliffe trazó la línea divisoria, que partía a la India en tres y la despojaba de una parte importante de su territorio, para crear lo que se conoció como Pakistán, el pueblo de Wagah quedó partido en dos. Este paso fronterizo conecta la ciudad india de Amristar y la pakistaní de Lahore.
Todos los días, a la puesta del sol, se celebra, por ambas partes, una solemne ceremonia de arriado de sus respectivas banderas y el cierre del paso fronterizo.
Tuve que luchar duro para encontrar el sitio adecuado para poder presenciar la solemne ceremonia, los asistentes eran multitud.
Los intérpretes se movían con unos majestuosos movimientos que se asemejaban mucho a los que se producen en el cambio de la Guardia Real en Londres.
Pero lo que me pareció más interesante y significativo fue la dignidad con que cada parte ignoraba a la otra. Cada uno estaba en su particular mundo y el otro parecía no existir.
Así como Lahore me parecía una ciudad agradable y acogedora, Islamabad me parecía una ciudad fría, impersonal y anodina, que parecía deshabitada un contraste con la vecina Rawalpindi, llena de vida, bullicio y color. No es que me gustara el bullicio, el jaleo y las muchedumbres pero se veía vida, humanidad, es una ciudad con alma. Islamabad era una ciudad con carencia de esta intangible parte espiritual e inmortal de la persona humana y que según la Biblia le otorga la capacidad de entender, querer y sentir. Supongo que si lo dice el libro sagrado así será, yo ni lo sé ni lo creo.
Pero Islamabad al ser la capital de la nación tenía algunas ventajas que las demás no tienen, sede de las Embajadas de los países acreditados en el país me permitía hacer las gestiones necesarias para mis viajes al extranjero. Me registré en la Embajada española y establecí buenas relaciones con el cuerpo diplomático allí acreditado.
Cuando ofrecían alguna recepción oficial o celebraban el día de la Hispanidad me invitaban, allí conocía a gente importante, que a la postre me serían de mucha utilidad y a aspirantes a serlo, aunque me encontraba torpe y fuera de lugar en ese ambiente, como pato fuera del agua, me gustaba y agradecía la deferencia.
Pero sobre todo Islamabad tenía dos ventajas que hacían que me inclinará más por esta ciudad que por la más variopinta y acogedora Lahore.
Había supermercados especializados en productos internacionales es, con predominio de los procedentes del Reino Unido, pero sobre todo y por encima de todo estaba el Club de Las Naciones Unidas(el ACNUR)4 y su surtida vinoteca, donde la colección de vinos de La Rioja, y de la Ribera del Duero era apreciable, incluso alguna que otra vez podía degustar un Tierras Blancas de la Sierra de Cádiz5, un blanco joven y seco que enfriado en un cubo con abundante cantidad de hielo «entraba» con una facilidad pasmosa. Y los precios eran muy asequibles
Una tarde estaba en la piscina del hotel tumbado en una tumbona, había degustado un cuba libre que, aunque las bebidas alcohólicas están prohibidas en ese país islámico, algunos hoteles, sobre todo algunos camareros eran fácilmente sobornables y lo prohibido se podía deleitar, aun con más placer por mor de la prohibición.
Estaba somnoliento cuando oí una voz melodiosa que preguntaba. ¿Puedo utilizar la hamaca?, al principio pensé que era un ensoñación (dada la carencia de actividad sexual a menudo tenia ensoñaciones y fantasías eróticas, caso muy frecuente, al parecer, entre los religiosos que, teoricamente, han profesado votos de castidad), sin levantar la cabeza miré de soslayo, a través de mis gafas Rayban, lo que tenía ante mis ojos me despertó de inmediato, unas estilizadas piernas que se dejaban entrever a través del sari blanco de seda transparente, lentamente fui levantando la mirada, esas bien formadas piernas parecían no tener fin, pero al final estaban coronadas por un diminuto bikini blanco.
El vientre plano y las caderas anchas eran la antesala de unos pechos firmes y enhiestos En su cara de piel cetrina y algo redondeada se marcaba una sonrisa entre tímida y picara.
La rubia cabellera, se notaba que el color no era natural, la llevaba recogida en una graciosa cola de caballo y sus azules ojos tenían la profundidad de los océanos.
Tal aparición me dejó perplejo y sin habla y solo pude balbucear, ¡Por supuesto, Bienvenida! Sin despojarse del sari extendió su largo cuerpo en la hamaca y comenzó a leer un libro.
Yo, entre mi innata timidez y el sentido de la prudencia, no dije nada, me limité de soslayo a recrearme con tanta belleza, llevaba mucho tiempo sin ver a una mujer tan hermosa y tan de cerca, tan al alcance de la mano. Sentí un tirón en la entrepierna.
No nos dijimos nada, ella se levantó, se despojó de su sari y se zambulló en la piscina, se hizo unos cuantos largos, lo que demostraba que estaba en muy buena forma. Nadaba con un gran estilo, salió de la piscina, se secó y se marchó con un simple hasta luego.
La seguí con la mirada, observándola expectante, esperaba una señal, si salía del recinto sin volver la cabeza era una muestra de que el encuentro se convertiría en una simple anécdota, pero si la giraba y me miraba era un mensaje de esperanza, ¡y lo hizo, no una sino dos veces!. Me relajé y me sentí feliz, hice señas a mi camarero preferido de que me sirviera otro cuba libre.
Al día siguiente, después de un copioso desayuno, bajé a la piscina, la busqué disimuladamente,
y allí estaba su hermoso cuerpo dejándose acariciar por los rayos solares. Ahora era yo el que solicitaba permiso para usar la hamaca adyacente, y eso que el recinto a esas horas de la mañana estaba semi desierto.
Me sonrió y asintió con la cabeza, se semi incorporó y con una gesto distendido me alargó su mano y me dijo, -¡perdona pero ayer no me presenté, me llamo Barbra Godin! y ¿y tú eres?-.
-Me llamó Juan José Echevarrieta, pero mis amigos me llaman Juanjo, y si tú lo prefieres llámame así-
-Si porque eso de llamarte Míster Eche no sé qué me resulta difícil—.
Hablamos de todo y de nada, de que país éramos, que hacíamos allí, etc. Me dijo que era diseñadora de interiores de grandes almacenes y que era hija de padre portugués de Goa y madre malaya, pero que tenía la ciudadanía norteamericana.
Había sido contratada por una multinacional japonesa que estaba instalando un gran centro comercial en Islamabad.
-Te resultará difícil moverte por esta ciudad sola, ya sabes cómo son estos islamistas hay muchos radicales y para una mujer como tú y sola puede ser peligroso, ten mucho cuidado, le recomendé, ya tenía in mente invitarla a cenar en algún sitio más o menos romántico.
-Bueno a la oficina me lleva y trae un vehículo de la empresa, el problema es el tiempo libre, quiero ir de compras o a cenar a algún restaurante y no me atrevo a ir sola -.
Se había instalado entre nosotros una buena sintonía, éramos dos extranjeros en un ambiente sino hostil si poco acogedor.
-Yo te podría invitar esta noche a cenar, suelo ir al restaurante que el ACNUR tiene aquí en Islamabad-.
-No había oído hablar de esa organización. ¡a qué se dedica, es acaso una ONG?-
-Son las siglas del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para ayuda a los refugiados, están muy volcados en socorrer y proteger a los millones de afganos que por uno u otro motivo se han visto obligados a abandonar su país, se estima que son más de cuatro millones-.
-Tienen un buffet excelente y se pueden degustar los mejores vinos, el ambiente es muy acogedor, y cenar en el jardín resulta muy agradable, y aunque hay mosquitos tienen lámparas de esas que emiten ondas de luz azul-violeta que atraen a los insectos y los matan.
-No debe ser muy agradable, estar comiendo y oyendo esos clics tan desagradables-
-Bueno a todo se acostumbra uno, te abstraes del entorno y te centras en los alimentos y en el buen vino-, Argumenté.
-Pues si me invitas sí que me gustaría experimentar algo nuevo-
-No te arrepentirás, nos vemos a las ocho en la recepción, como no quería ir demasiado de prisa, ni quise preguntarle por su habitación y proponerle recogerla allí, recordaba esa frase italiana «el que va piano va lontano».
Pasamos una agradable velada, le di a probar el vino blanco espumoso y afrutado Sierra Blanca. Y le advertí que no bebiera demasiado porque era un vino que entraba muy bien e incitaba a una ingesta excesiva.
Le gustó el sabor y el frescor así como su aroma, me pidió que le explicara como se hacía. Como no tenía ni idea tuve que pedirle al sumiller que se lo explicara.
Este lenta y ceremoniosamente le dijo: «se caracteriza por su sabor afrutado, que se debe a la presencia de ciertos compuestos aromáticos según la variedad de la uva».
El sumiller estaba a gusto explicándola a su atractiva oyente las bondades de los vinos afrutados, me parecía que se estaba excediendo en la explicación, pero no tenía la menor duda de que en esos momentos se sentía muy importante teniendo a esa belleza prestándole atención.
Entre las brumas de la botella de vino de la Ribera del Duero que yo solito me había «hincado», le oí decir: «Los vinos blancos afrutados se elaboran con uvas Riesling que le da sabor a pera y melocotón, o la variedad Chardonnay que le da a sus vinos sabor a cítricos, miel, melón y caramelo. Esta variedad de uva es muy delicada y al ser de maduración temprana está expuesta a las heladas primaverales, se cultiva en los suelo de piedra caliza o arcilla calcárea. Los vinos elaborados con uva tempranillo blanca tienen sabor a manzana y plátano, mientras que la Albariño le confiere aroma de naranja y melocotón y todas son cultivadas en zonas cálidas. Son ligeros y fáciles de beber por eso son los preferidos entre los bebedores neófitos.
-Este que la señora ha tomado-, siguió su perorata el sumiller, - es blanco, pero también los hay tintos , que son igualmente fáciles de beber y para los que se utilizan diversas variedades de uvas, la Syrab tiene un toque de fresa y frutas del bosque, mientras que el toque de la Tempranillo es de cerezas y ciruela, por otro lado la Garnacha tiene un sabor de frambuesa y mora. Al igual que la Pinor Noir que le añade un toque de cerezas-.
El sumiller estaba tan entusiasmado con su disertación que no se percataba de que Barbra entre los efluvios del vino y la duración de la exposición se estaba quedando «grogui» por lo que con toda la calma que pude, le corté el discurso dándole las gracias y alargándole un billete de diez dólares.
Pedí la cuenta y regresamos al hotel, la acompañe hasta su habitación, la 407, Ella que había estado durante todo el trayecto semi dormida y que había estado abrazada a mi todo el tiempo, pareció despertar de repente, cuando abrí la puerta, se desprendió de mis brazos, me dio un rápido beso en la mejilla y entró, cuando hice intención de seguirla, reaccionó rápidamente y con una sonrisa me dio con la puerta en las narices.
Las dos semanas siguientes se me hicieron interminables, y aunque intentaba concentrarme en el trabajo, al atardecer me sentaba en el amplio terreno en tres niveles que había preparado un paisajista de Islamabad y soñaba con Barbra.
Cuando llegó el ansiado día el largo e incómodo trayecto desde Jauharabad hasta Islamabad se me hizo interminable, procuré dormitar un poco pero la excitación no me dejaba, me debatía entre la ilusión de volver a encontrarla y el temor de que hubiese desaparecido de repente como había aparecido en mi vida. Sabía que estaba en un periodo muy vulnerable de mi vida, hacía escasos meses en que mi proceloso matrimonio había finiquitado.
Ella continuaba allí, repetimos el mismo ritual, cuando estábamos terminando la cena en el restaurante del ACNUR, Barbra comentó, esta velada tan agradable que daría perfecta si pudiésemos ir a bailar, ella dijo algo así como «mover el esqueleto».
-Por desgracia aquí no es posible a no ser que hagas algo de gimnasia, dije jocoso, pero una luz se encendió en mi cerebro. Me acordé de Pasha6 el paisajista.
Pedí al camarero que me acercase uno de esos teléfono móviles que empezaban a proliferar y se estaban convirtiendo en el juguete de moda entre los acaudalados pakistanís, con el que hablaban y hablaban durante horas y horas. Le pedí que marcara un número, cuando el aparatito comenzó a funcionar me lo entregó, al otro extremo una voz un poco pastosa decía Hello Pasha al aparato.
-Pasha soy Juanjo, ¿me oyes?, el ruido de fondo era infernal, a la música se añadían las voces y gritos de lo que parecía ser una multitud enfervorizada, estaba sonando Ríos de Babilonia de Bonney M.-
-Mr. Juanjo ¿cómo estás amigo, desde donde me llamas?-
-Estoy en la ciudad. Te iba a preguntar si hoy tenías uno de esos saraos que sueles organizar pero por el ruido veo que no hace falta. ¿Me puedo acercar por ahí, con una invitada?-
-Eso ni se pregunta, ya sabes que mi casa es de puertas abiertas para mis amigos y Mr. Juanjo es algo más que un amigo-.
En Pakistán todo el mundo me llamaba Mr. Juanjo, Echevarrieta les era imposible de pronunciar así que eligieron el termino más fácil.
En las fiestas de Pasha no solo se bebía sino que también se fumaba hachís, moderadamente, pero se fumaba.
El baile comenzó de una forma muy educada, muy respetuosa, Pasha que era muy ladino y hacía de DJ, cambió el frenético ritmo de discoteca por uno más pausado, se pasó a la música romántica. Todas las parejas acercaron sus cuerpos y se dejaron llevar por la suave música, nosotros lo hicimos lentamente paso a paso como calculando el riesgo y con miedo a romper el hechizo.
En mi estúpida mentalidad machista, en aquellas fechas aun creía en el mito de que éramos los hombres los que conquistábamos a la féminas, aún estaba muy lejos de aprender que son ellas las que llevan el timón, son ellas las que deciden como y cuando. Pensaba que solo era cuestión de tiempo que termináramos haciendo un intercambio cultural en posición horizontal.
Barbra estaba muy pertrechada, tenía la cabeza muy bien amueblada, insinuaba pero no prometía, amagaba pero no bajaba la guardia.
Regresamos al hotel a altas horas de la madrugada, cuando la acompañé hasta su habitación me dio las buenas noches con un suave beso en la mejilla y entró, pero por descuido o como un mensaje subliminal la puerta se quedó entreabierta, por un momento, solo por un momento, dudé que decisión tomar, si marcharme como un caballero o entrar como un villano y ver qué pasaba.
Finalmente decidí comportarme como un villano, entré y lentamente me desvestí y me metí entre las sábanas, donde fui muy bien recibido. Iniciamos un tórrido romance.
Nos veíamos todos los fines de semana, un día como sin darle importancia comentó que le gustaría ir al lago artificial Chashma y pasear en barca por él. Para mi sus deseos eran ordenes Decidimos organizar todo para el siguiente fin de semana.
Visitamos una exposición de caravanas y escogimos la más lujosa de todas la Eriba Touring 820 , con grandes ventanas panorámicas.
Estaba equipada con encimera de 3 fuegos, fregadero. y una ducha independiente. Lo que más nos gustó fue el dormitorio ubicado en la parte trasera con una ventana panorámica que nos permitiría contemplar el panorama exterior desde la cama. La caravana estaba provista de suelo térmico y un magnífico aislamiento térmico y acústico.
Le pedimos al proveedor que el automóvil tractor fuera un Volvo S-60 de gasolina.
El plan era el siguiente, yo esa semana tenía la periódica reunión mensual de la alta dirección en Karachi, por lo que al finalizarla volaría hasta Islamabad, recogeríamos la caravana y emprenderíamos el largo y arriesgado viaje. Me tomaría un par de días de vacaciones porque el viaje prometía ser duro y agotador. Nunca había conducido por el carril izquierdo como es la circulación en Pakistán.
Yo llevaba mucho tiempo sin conducir y nunca lo había hecho por la izquierda y mucho menos con una enorme caravana. Haríamos paradas intermitentes cuando la angosta carretera plagada de curvas nos lo permitiera, en las vetustas y viejas vías de comunicación pakistaníes no había áreas de descanso ni esas acogedoras estaciones de servicio de que disfrutamos los europeos.
El día que pasamos a recoger la caravana nos avituallamos en Al Fatah Hypermarket una de las cadenas más importantes de Pakistán, mucha cerveza, algún vino afrutado, pan y conservas, en el lago pediríamos a un pescador que pescara algo para nosotros.
Afortunadamente el tráfico no era intenso por lo que recorrimos los aproximadamente 200 km en poco más de cuatro horas.
Llegamos al caer la tarde, preparamos una ligera cena y nos dispusimos a descansar.
A la mañana siguiente madrugamos, contratamos a un pescador y le pedimos que nos llevara a dar un paseo por el inmenso lago artificial, Barbra le ordenó al marinero que echara la rudimentaria ancla justo en el centro del lago, sacó de su abultada mochila una imponente cámara Canon modelo EOS R6 Mark II y un no menos imponente teleobjetivo en el que se podía leer claramente Sony FE. Y se dedicó a hacer fotos a diestro y siniestro.
Cuando le reproché que casi siempre me estuviera enfocando con su cámara, me contestó con una sonrisa picarona: «I want to show my friends how handsome my boy friend is» y continuó su labor.
Su otro blanco preferido era el marinero, se preocupaba de que todo el panorama quedara en segundo plano.
Al tiempo que se afanaba en hacer fotos me comentaba las excelencias de la cámara, la nitidez de sus tomas, su versatilidad y enfoque automático e inteligente.
El marinero había izado su red de pesca donde un enorme pez gato daba coletazos tratando de escabullirse de la trampa, el escuchimizado hombre no podía izar tan enorme pez y tuve que ayudarle. Calculé que pesaría entre 10 y 12 kilos.
Cuando el sol comenzaba a apretar decidimos regresar, y mientras el marinero se afanaba en cocinar el pez nosotros lo dedicamos a descansar, las cervezas estaban frías y las acompañamos con frutos secos, patatas fritas de la marca Pringles, mis favoritas y aceitunas, habíamos encontrado en el supermercado unas latas de una empresa española que decía literalmente, «aceitunas rellenas de anchoas de Santoña».
