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Un joven estudiante tártaro es reclutado, contra su voluntad, por la siniestra KGB y después de un duro entrenamiento es enviado a Inglaterra, allí tiene la oportunidad de conocer la triste realidad de la organización y del país al que pertenece. Ha conocido a una atractiva joven española y se enamora de ella. Ambas causas le incitan a desertar y refugiarse en Galicia. Para evitar represalias contra su familia, simula un accidente mortal y cambia de identidad. Muchos años después, cuando la URSS implosiona, se decide contactar con su familia, para recibir la triste noticia de que su madre ha fallecido y su padre está seriamente enfermo. Decide que tiene que regresar para acompañar a su padre en sus últimos meses de vida. Esta visita despertara su adormilada conciencia, y a fortalecer los lazos de sangre que le atan a sus raíces, las charlas con su padre le hacen conocer, de primera mano, como el comunismo destruyó a su familia materna, que pasó de ser unos acaudalados terratenientes a pobres de solemnidad, y a enterarse de las atrocidades cometidas en nombre de la Madre patria, su padre le hace ver la historia de su país tal como es.
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Seitenzahl: 492
Veröffentlichungsjahr: 2023
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EL DESPERTAR
DE LA
CONCIENCIA
(LAZOS DE SANGRE)
Autor: E. Larby
Diseño de cubierta: E. Larby
ISBN: 9789403687773
© E. Larby
Año: 2023
Editorial: Mibestseller, Ingramsparks
Web:publish.mibestseller.es/elarby
NOTA DEL AUTOR
Este manuscrito se terminó el 24 de febrero de 2022 y se titulaba: «Rusia y mi familia Tártara», ese mismo día, el sátrapa asesino Vladimir Putin lanzó su execrable, injustificable y repugnante ataque contra Ucrania.
Decidí no publicarlo y guardarlo en el baúl de los recuerdos.
Ahora he decidido publicarlo con el título de «El Despertar de la conciencia (Lazos de sangre)», en un vano intento de qué, lo mismo que al protagonista se le despertó la conciencia, le pueda ocurrir igual a los países democráticos y despierten.
LA LIBERTAD NO ES NEGOCIABLE, ¡SE DEFIENDE!
Madrid Febrero de 2023,
DEDICATORIA
A mi esposa Lilia
A mis hijos y nietos
A la familia Sultanov cuya historia real me impulsó a escribir esta novela.
Me llamo Azat Dalmilnov Sultanov, soy ciudadano español nacido en Kazán, la capital de la república de Tartaristán, en abril de 1960, mis padres se llaman Dalmil Amirov Sultanov y Amina Sultanova.
Mi padre era un alfo funcionario en el ministerio del interior, por lo que teníamos algunos privilegios. Estábamos en plena guerra fría y la escasez de alimentos y otros artículos necesarias para la vida diaria escaseaban o simplemente no existían. Pero a nosotros no nos faltaban.
Las estanterías de las tiendas estaban vacías y la gente de la calle pasaba muchas penurias.
Hasta que fui a la Universidad en Moscú mi vida transcurrió en Kazán, allí asistí a la escuela Kazanskaya kandeskaya shkola, en la que cursé el equivalente ruso al bachillerato español.
De mi infancia solo tengo recuerdos agradables, solo ahora, a estas alturas de mi vida, puedo evaluar lo perverso del modelo soviético. La declaración de una ministra/ministre española diciendo que los hijos no pertenecen a los padres me ha retrotraído a una situación que en mi niñez no le daba mayor importancia, pero que ahora, que tengo hijos, me doy cuenta de lo dañina que podía haber sido en mi relación con mis padres.
A partir de los siete años de edad y hasta los dieciséis mis padres me enviaban, habría que decir que eran obligados a enviarme, los tres meses de verano a un campamento cerca de Kazán que estaba situado en un bosque cerca de un rio.
Los campamentos de verano tenían como finalidad principal crear al nuevo hombre soviético.
Teníamos un régimen cuasi militar.
El objetivo primordial de estos campos era producir miembros para la sociedad socialista con una ideología arraigada y que fueran constructores del comunismo. Por ello se invertía mucho tiempo en actividades ideológicas y de «información política». Sin embargo, esa no es la principal razón por la que los pioneros los recuerden con tanto cariño.
El campamento al que yo asistía estaba situado en la masa forestal de Boroboye Matyushino en la orilla izquierda del rio Volga, el campamento estaba situado a unos 40km de Kazán.
Entre mis recuerdos están que el deporte y la salud estaban considerados como temas muy importantes, pero también lo era insuflarnos el espíritu patriótico, todos los días, a la salida del sol, asistíamos al izado de la bandera e igualmente lo hacíamos a la puesta para el arriado de la enseña nacional, en aquella fecha la bandera roja con los símbolos de la hoz y el martillo.
A veces nos enviaban a las granjas agrícolas colectivas para ayudar en la recogida de la fruta, manzanas y melocotones. Por la tarde-noche se organizaban actividades lúdicas, competiciones y bailes. En el interín de estas actividades había tiempo para el adoctrinamiento político e ideológico.
A los mayores nos enseñaban a montar y disparar un Kalashnikov.
Tenía ambiciones, muchas ambiciones así que cuando terminé el bachiller quise estudiar en la Universidad estatal de Moscú, más conocida como MSU (Moscow State University), y que su CMC (Computational Mathematics and Cybernética) departamento estaba catalogado como el mejor del país.
Hoy en día, hay 20 Departamentos en CMC MSU: Física Matemática, Métodos Computacionales, Tecnologías Computacionales y Modelado, Automatización de la Investigación, Matemáticas Generales, Análisis Funcional y sus Aplicaciones, Sistemas Dinámicos No Lineales y Procesos de Control, Investigación de Operaciones, Control Óptimo, Análisis de Sistemas, Estadística Matemática, Métodos de pronóstico Matemáticos de Cibernética Matemática, Sistemas Informáticos y Automatización, Lenguajes Algorítmicos, Programación de Sistemas, Supercomputadoras e Informática Cuántica, Seguridad de la Información, Tecnologías Inteligentes de la Información y Departamento de Lengua Inglesa.
Gracias a las influencias de mi padre y mi buen currículo escolar me admitieron. Fueron cuatro años duros, durísimos, de mucha exigencia y sacrificio, la entonces URSS se había enfrascado en una carrera espacial suicida con los Estados Unidos, querían formar a técnicos y científicos y ganar la carrera espacial. El prestigio, no solo del país, sino del comunismo estaba en juego.
Yo en aquel entonces no me percaté de lo absurdo de esa competición, era joven ambicioso y tenía ante mí un futuro sin carencias. Los científicos participantes en esta suicida competición vivían en ciudades especiales, construidas para ellos solos y gozaban de todos los privilegios, no escaseaban los alimentos, cosa que el pueblo llano echaba en falta, gozaban de amplias y confortables casas, conducían su propio automóvil, eran unos nuevos ricos.
Me las prometía muy felices.
Pero todo se torció a partir de mi segundo año de carrera.
Un día que paseaba por el campus me abordaron dos señores, iban bien trajeados, afeitados, su pelo brillaba por loa gomina, parecían dos respetables caballeros, o eso me parecieron en principio.
Me abordaron y amablemente me pidieron que le dedicara unos minutos de mi tiempo.
Me explicaron que eran oficiales de reclutamiento que observaban y evaluaban a los posibles candidatos en sus lugares. de trabajo o estudios, sin que los escrutados sospecharan que estaban siendo evaluados para trabajar en el KGB.
Habían llegado a la conclusión de que yo era una persona con mucho potencial, mi carácter retraído y reservado, junto con mi capacidad de observación y mi futura formación me hacían un candidato especial para trabajar al servicio de la madre patria.
Mi aspecto poco llamativo me haría pasar desapercibido en el mundo masculino, pero que tenía cierto atractivo para el femenino. Y que esta cualidad me hacía ideal para el tipo de trabajo que tendría que realizar.
Mi aspecto de joven desvalido, eso decían, despertaría en las féminas su instinto maternal y protector, por lo que se sentirían impulsadas a acogerme en sus senos, sería una fuente de información muy interesante.
Yo era alto, pelirrojo, de piel muy blanca y ojos verdes, un verde esmeralda. Espaldas anchas y piernas musculosas y alargadas. Al parecer resultaba atractivo para las féminas, aunque yo por mi carácter reservado y tímido nunca había tenido esa sensación. Procedía de la rama de los Enikeev cuyo árbol genealógico alcanzaba hasta el siglo XVII.
Yenikeyev o Enikeev familia noble tártara muy reconocida en el Imperio ruso. Tiene sus orígenes en un famoso general tártaro. Murza Yenikey Tenishevich Kougushev, que vivió a mediados del siglo XVI en Kazán, y también fue un jefe militar en 1668 en Temnikov. Reinó después de la muerte de su padre, el príncipe Tenish, en 1539. Yenikey tuvo cinco hijos:, i Kulldyashev Kobyak, Emmamet, Sabbak e Ishmamet.
La familia pertenece al grupo étnico del clan de los Mishars.
El título de nobleza le fue otorgado en 1613 por el primer zar de Rusia Miguel I (Mijail Fiódorovich Románov, 1596-1645), que todos los miembros de la familia llevaron hasta la revolución. Los Enikeev devinieron en los Teregulov, a través de casamientos y a ellos me referiré en el futuro.
Los descendientes de la familia residen en el territorio de Rusia, en el Repúblicas de Tartaristán, Mordovia, Bashkortostán, Uzbekistán, Turkmenistán, así como en Gran Bretaña, la Estados Unidos y Finlandia.
Una mujer de este grupo se casó con un tal Sultán y de ello proviene mi rama familiar los Sultanov
Pregunté: ¿y, en el caso hipotético de que acepte, Para quién trabajaría? La respuesta fue: «Para la seguridad del estado». No hacían falta más palabras, todo el mundo sabía en la URSS que organismo mantenía la seguridad del estado. La, supuestamente secreta, pero muy conocida y mucho más temida KGB (Komitet Gosudárstvennoy Bezopásnosti).
Muy cortésmente les di las gracias y les expliqué que mi ilusión era trabajar en la SSSR que era la agencia espacial rusa.
Entonces su tono cambió drásticamente, ya no eran los amables y educados caballeros, ahora eran unos prepotentes y descarados chantajistas. Muy fríamente, tan fríamente que me hicieron sentir escalofríos me dijeron: «A la madre patria no le importan sus ilusiones, lo que le interesa es el servicio que usted le puede ofrecer».
No pude menos que pensar cuantos desmanes se han cometido, no solo en Rusia sino en el universo, en nombre de la madre patria. Revoluciones, guerras civiles, usurpaciones del poder en virtud de esa frase.
Continuaron diciéndome: «Joven usted tiene ante sí un futuro brillante, ¿no querrá echarlo a perder?, lo pueden expulsar de la universidad y verse envuelto, usted o su familia, en algún accidente desagradable».
El chantaje era transparente y cristalino, o aceptaba o me atendría a las consecuencias de tal negativa.
Esta institución, el KGB, bajo la dirección de Beria mantenía un férreo control contra todo lo que representase un peligro, supuesto o real, sobre el régimen comunista. Hasta el más mínimo comentario negativo o sarcástico era terriblemente castigado. Los gulags se multiplicaban cada año, las condiciones en estos «campos de reeducación» eran terribles. Los recluidos allí morían a millares, víctimas de malos tratos, desnutrición y enfermedades.
Beria era el jefe de la policía y del servicio secreto (NKVD) y ejerció el cargo desde 1938 hasta su destitución y ejecución en 1953.
Su gestión estuvo relacionada con la más sangrienta represión estalinista llevada a cabo durante la gran purga. Hasta el punto de que Beria fue apodado el Himmler ruso comparándolo con el gran criminal nazi.
Solo escuchar la palabra Gulag hacía estremecerse a los ciudadanos. La denominada Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correccional era la rama del NKVD que dirigía el sistema penal de campos de trabajos forzados.
El Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos más conocido como NKVD (Naródny Komissariat Vnútrennij Dpto.), era el departamento gubernamental soviético que se ocupaba de los asuntos internos en la Unión Soviética, el servicio secreto para el interior. Dependía del MVD el ministerio del interior
Además de sus funciones de seguridad del Estado y de sus funciones policiales, algunos de los departamentos del NKVD manejaban otros asuntos, como transporte, bomberos, guardia fronteriza, etcétera. Todas estas tareas eran tradicionalmente asignadas al MVD.
Tuve que aceptar su propuesta.
Establecieron un programa de entrenamiento.
De lunes a viernes me dejarían libre para que me concentrara en los estudios, me informaron que era esencial que me interesara principalmente por el tema de computación, telecomunicaciones y redes sociales.
Los fines de semana era para ellos, les pertenecía.
Me entrenaron en cómo seguir a un objetivo sin ser detectado y a como detectar a mis seguidores, pusieron especial hincapié en el tema de seducción, como hacer que las mujeres se sintieran cómodas y confiadas, nunca insinuar nada sexual, dejar que ellas tomaran la iniciativa en ese terreno, ser cortés, amable y muy respetuoso.
Al principio no entendía que tenía esto que ver con mi condición de agente de la KGB.
Me hicieron agudizar mis dotes naturales de observación y de cómo observar sin ser descubierto, nada de gafas, eso estaba muy manido por las películas, natural, aire distraído, despistado, hasta si hacía falta algo alelado. Practicaba el inglés, por esta insistencia sospeché que me enviarían a algún país angloparlante, como me hicieron aprender los usos y costumbres de los ingleses sospeché que sería Londres mi primer destino.
Me hicieron estudiar temas culturales, de teatro, ballet, literatura, pintura y bailes y festejos de aquel país. Sería enviado como Agregado cultural en la embajada de la URSS en Londres, la tapadera que normalmente utiliza el SVR, el servicio de inteligencia exterior.
Me hicieron memorizar todo el entorno alrededor del ministerio de defensa británico, ¡sus funcionarios femeninos serían mi objetivo principal!, tenía que seducirlas y sacarles toda la información posible.
Para ello tendría que ser un parroquiano asiduo de todos los pubs de la zona. Me enseñaron en que sitio debería sentarme, nunca de espaldas a la puerta, a ser posible en un rincón desde pudiese controlar todo el recinto y sobre todo las puertas.
Me mostraron fotografías, sumamente detalladas de los pubs en la zona de Whitehall, los más próximos al ministerio de defensa. Me obligaron a memorizar todos los detalles de cada uno de ellos. Así conocí al detalle la ubicación y distribución de la barra y las mesas.
La lista era bastante amplia, parecía que la distracción favorita de los ingleses era emborracharse en público, la lista incluía locales como el Equus, Bassoon bar, el Body´s Grill, Walkers of whitehall, el Silver Cross, Old stades, el Clarence y el Spoon under the wáter.
Y finalmente me aleccionaron sobre el enemigo a batir, el famoso MI5, el servicio de seguridad interior del Reino Unido, su estructura, los hábitos de sus agentes, y sobre todo el cuerpo de vigilantes, una sección de élite, que vigilaba y controlaba a todos los empleados de la embajada rusa. Eran sumamente eficaces e indetectables. Podían ser mortales
Mientras que en los dos primeros años de estudio el foco principal se centraba en la formación básica en matemáticas y programación teórica y aplicada, en su tercer año, los estudiantes nos teníamos que especializar en un área importante, asistiendo a seminarios especiales en el departamento que elegíamos y trabajando bajo la guía de un asesor científico.
Tecnología de programación paralela y computación de alto rendimiento. Tecnologías de Internet aplicadas. Big data: infraestructuras y métodos. Sistemas de Información Abiertos. Computación avanzada y redes. Estos fueron los temas que me recomendaron, es decir me exigieron que seleccionara.
¡Habían matado mi inocencia!
Pero me tuve que aplicar en los estudios, aunque me costaba concentrarme, hacía esfuerzos sobrehumanos para estudiar y aprobar, y, además, me habían insistido una y otra vez tenía que hacerlo con buenas notas, y enfatizaron: «¡Entre los 20 mejores!».
Terminé los estudios en el puesto 15. Ellos estaban felices, exultantes, pero yo me sentía roto, desmoralizado, mi vida había sido truncada, estaba en un callejón sin salida, era como las hojas de los árboles en otoño, zarandeado por un viento que yo no había deseado ni cosechado. Y así comenzó mi andadura por ese tenebroso mundo del espionaje.
Como ya había sospechado mi primer destino fue Inglaterra, sería el agregado cultural en la embajada de la URSS en ese país.
De entrada, ya me pareció una estupidez, en todos los relatos de espías, novelas y películas, el agregado cultural era siempre el jede de los espías, fuese de la CIA americana, del MI6 inglés y por supuesto de la KGB. Como ya, antes incluso de empezar, empezaba a estar hastiado de mi labor no puse objeciones. En mi cabeza empezaba a madurar otros planes.
Llegué a Londres un caluroso día de mayo de 1984 con el nombramiento de agregado cultural en la embajada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en Inglaterra y Gales bajo el brazo.
En los cursos de la KGB me habían imbuido la imagen de que los ingleses nos odiaban a muerte y al mismo tiempo nos despreciaban, una contradicción en sí, pero que aquellos tiempos no reparé en ello. Me inculcaron qué, para los británicos, cualquier pasajero proveniente de los países del Este de Europa eran potenciales espías, en mi caso no estaban equivocados.
Cuando presenté mi pasaporte diplomático en el control de pasaportes observé como el funcionario movía el brazo derecho hacía abajo. Intuí que estaba accionando la cámara oculta que fotografía a todo sospechoso. Colegí que mi fotografía estaría en breves segundos en los archivos del MI5 en el apartado de espías soviéticos. Pronto estaría en el punto de mira de los famosos Vigilantes.
Un funcionario de la embajada con un cartelón con mi nombre me esperaba y en el coche oficial de la embajada me condujo al recinto diplomático.
Al entonces embajador Viktor Popov, diplomático de carrera, no le gustaban los espías, y mucho menos tenerlos en su embajada usurpando el puesto de agregado cultural, así que me recibió fríamente, yo diría que gélidamente, después de unas palabras de cortesía, ordenó a su ayudante que me condujera al que sería mi despacho. Se despidió cortésmente, pero no me dedicó una sola palabra deseándome suerte o de que lo mantuviera informada. Para él yo solo era un incordio.
El habitáculo era pequeño, con un ventanal a un patio interior y de unos 3 metros de ancho por dos y medio de largo. Así me demostraba Popov el desprecio que sentía por los espías.
El KGB me había instruido, someramente, sobre las tareas que como agregado cultural tendría que ejercer:
Diseñar e instrumentar el programa de promoción y cooperación entre las culturas de los dos países.
Construir los puentes de entendimiento y cooperación entre las comunidades creativas, académicas y culturales de ambos países.
Crear las sinergias que permitieran la expansión de los grupos culturales soviéticos. (Esto para mí era una incongruencia. ¿Cómo se podía permitir la expansión de unos grupos culturales a los que raramente se les permitía salir del país?
Cada vez veía más incongruencias en todo. Empezaba a convertirme en un crítico.
También me aleccionaron sobre otras funciones a las que no di importancia alguna.
Yo me concentraría en cumplir mi trabajo y mi principal objetivo era el Ministerio de Defensa del Reino Unido.
Cuando recibí los nuevos y sofisticados equipos de comunicaciones, escuchas e intercepciones instalé el centro de control en los sótanos de la embajada.
Empecé mi deambular por los más concurridos pubs cercanos al ministerio, en los primeros días frecuenté todos los pubs que tenía en la lista, pero para no dispersarme me concentré en los dos que me parecieron eran más apropiados, había más concurrencia de chicas y estas parecían secretarias o funcionarias del ministerio, así me hice asiduo del Equus y del Clarence.
Me sentaba, siguiendo las instrucciones recibidas, en un rincón, controlando la entrada, aparentaba pintar en mi cuaderno de dibujo, pero en realidad lo que hacía era hacer un perfil de aquellas chicas que me parecían más abordables, más fáciles de manipular.
Luego discretamente, indicaba a un miembro de mi equipo cual era el objetivo al que había que seguir, este la seguía hasta averiguar donde vivía, luego la sometía a vigilancia, uno de mis hombres estaba desde la mañana temprano esperando verla salir, y muy discretamente la seguía hasta su lugar de trabajo. Era una tarea ardua, poco reconfortante, aunque tediosa, pero era la única forma de conocer si era un objetivo o había que desecharla. Para asegurarnos que no la perdíamos instalábamos en su vehículo un aparato GPS y arriesgándonos a ser descubiertos, nuestro «manitas» abría la cerradura de la puerta del coche e instalaba un sofisticado y diminuto aparato de escucha, justo enfrente del volante y debajo del salpicadero.
De esta forma encontramos a una inglesa que engañaba a su marido con un compañero de trabajo, que también estaba casado, y ¡los dos eran funcionarios del ministerio de defensa inglés! No nos costó mucho «convencerlos» de que tenían que colaborar, eso y la promesa de cuantiosas donaciones no les hizo dudar demasiado.
En las inmediaciones de la embajada americana, que estaba, y está, situada entre la carretera A3205, Ponton Rd y Viaduct Garden, nos concentramos en los pubs Darby y The Alchemist Embassy Garden.
Allí seleccionamos a una pelirroja con pecas, que no se recataba de expresar en voz alta sus sentimientos anti globalistas y que, gracias al sistema de escucha, nos enteramos de que era una ludópata incorregible y arrastraba unas deudas imposibles de satisfacer. Fue nuestro tercer activo.
Una rubia exuberante, bebedora empedernida y muy ansiosa de sexo, mantenía unas tórridas relaciones con un saudita simpatizante de Al Qaeda y sospechoso de actos de terrorismo, información que por supuesto sus jefes en la embajada americana ignoraban por completo. No tuvimos que hacer ningún esfuerzo para reclutarla.
En el área cercana a la embajada alemana, situada en Qhesham, muy cerca, por cierto, de la Embajada española, escogimos, como centro de operaciones The Star Tavern y el the Alfred Tennison Pub.
Allí no encontramos nada interesante y pronto decidimos abandonar este potencial lugar de reclutamiento.
A nuestros cuatro activos les colocamos unos diminutos pero potentísimos artilugios grabadores, que instalamos en los bolsos de las mujeres y las instruimos para que lo tuviera siempre sobe su mesa y los llevaran siempre cuando fueran a los lavabos. Sabíamos que a las mujeres les gusta mucho comentar cosas en los lavabos. Sueltan la lengua con bastante facilidad.
Al hombre se lo instalamos en sus gruesas gafas de concha.
La información que nos pasaron no la podíamos creer, nos enteramos del poderío real de la OTAN, que resultaba mucho más poderoso que lo estimado por el servicio militar de inteligencia soviético.
Pero lo que más nos sorprendió fue el escaso conocimiento que tenían de nuestro verdadero potencial militar, o al menos eso parecía, a pesar de los vuelos de espionaje de sus aviones espías U2, que nuestro sistema de defensa aérea captaba, pero ante los que, por su altura de vuelo de más de 22.000 metros, ni nuestros cohetes tierra aire, ni nuestros modernos cazas a reacción, podían hacer nada, solo seguirles el rastro; esto estaba causando una gran impotencia y frustración entre el personal del cuerpo de protección de fronteras.. Para añadir más ignominia al tema, la gran autonomía de estos aparatos más 4.800 kilómetros, les permitía barrer todo el espacio aéreo soviético como si estuvieran en un amistoso paseo.
Todo nuestro poderío militar, tanto naval como en términos de número y capacidad de nuestros misiles, todo estaba sobre valorado, excesivamente aumentado. El número de submarinos nucleares que calculaban teníamos era el doble del real y el número de misiles nucleares intercontinentales lo duplicaban.
Yo sabía que un eminente científico soviético, no sé la razón porque lo hizo, había filtrado a los ingleses un informe sobre las capacidades reales de nuestro poderío militar, sus carencias y sus fallos, y que los británicos, por supuesto, habían pasado a sus «primos americanos», un voluminoso dossier sobre la capacidad real del poderío soviético, las numerosas deficiencias y problemas que, sobre todo, los misiles tenían, los accidentes mortales que se habían producido en el centro de lanzamiento o cosmódromo de Baikonur, e incluso el número de submarinos nucleares, misteriosamente desaparecidos en el mar y de los que nunca se volvió a saber nada de ellos.
El nombre de Baikonur fue un astuto ardid, los americanos relacionaron el nombre con la ubicación del cosmódromo en la localidad del mismo nombre y no en su ubicación real en Turiatam en la provincia de Kyzilorda en Kazajistán Por ello dirigían sus vuelos espías hacia la ciudad de Baikonur.
Pero yo ya era consciente de que el poderosísimo complejo industrial-militar, como lo había advertido el presidente Eisenhower en su discurso de despedida de la presidencia en el año 1961, con la colaboración del Pentágono y de la CIA habían influido para que el mandamás americano lo considerase una añagaza de los soviéticos para aparentar la debilidad de nuestro poderío militar, y decidieron, no solo continuar con esa disparatada carrera espacial sino aumentarla en proporciones gigantescas. Como decía yo, y algunos otros dirigentes soviéticos, sobre todo los más jóvenes, sabíamos que esa criminal y suicida carrera espacial y armamentista estaba llevando a la URSS al colapso económico y a la bancarrota.
Ya en 1966 el entonces dirigente de la Unión Soviética Brézhnev se había percatado de que el rumbo que llevaba el país lo conducía inexorablemente a la bancarrota e intentó llegar a una entente cordiale con las potencias occidentales. La paranoia americana y los intereses del complejo militar-industrial hizo todo lo posible por impedirlo y así se frustró terminar con la guerra fría mucho antes de cuando se hizo.
Pero una vez más el ego y la arrogancia de algunos de nuestros dirigentes los impulsó a continuar con esa alocada carrera a sabiendas de que a la postre sería la ruina del país, pero ellos ya no estarían, nadie les pediría cuentas, nadie les juzgaría y la historia de su perversión quedaría enterrada con el paso del tiempo. Las generaciones venideras tendrían que afrontar la terrible deuda acumulada.
A finales de la década de los 80 los estadounidenses ya empezaban a tener información más fehaciente de la situación real de la Unión Soviética. Los U21 sobrevolaban impunemente los cielos del país fotografiando palmo a palmo todo su territorio. Los estadounidenses habían incluso «pinchado» el cable submarino que canalizaba todas las comunicaciones militares2 Cada quince días un submarino americano se acercaba al lugar, un buzo recogía el aparato grabador e instalaba otro nuevo, por lo tanto, la información era fiable y real.
A medida que iba teniendo conocimiento de estas y otras cosas inconfesables, como la invasión de Afganistán que le había costado a la Unión soviética más de 15 000 bajas, notaba que mi moral se resquebrajaba, mis ideales se convertían en desilusiones, mi escepticismo aumentaba, cada vez era más descreído, ya no confiaba en nadie ni creía en nada.
Decidí conocer más sobre la historia de mi país, ahora constataba que todo lo que sabía había sido manipulado, tergiversado y transmitido según los intereses del partido comunista.
Seleccioné las tres mejores bibliotecas de la ciudad de Londres: La British Library situada en el 96 de Euston Rd., la Royal Geographic Society en el 1 de Kesington Gore y la LRF Heritage @ education center.
Me zambullí en su amplia lista de volúmenes sobre la Unión Soviética y fui descubriendo cosas y situaciones aberrantes. Desconocía los siniestros episodios que había protagonizado mi país en naciones como Hungría y Checoslovaquia.
Lo que leí sobre Hungría lo que hizo fue aumentar mi incertidumbre, mi desilusión, el engaño al que había sido sometido por mí gobierno, al que yo, de alguna manera, con mi trabajo como espía estaba ayudando.
Esto es lo que entresaqué de mis lecturas de los muchos libros dedicados al tema
En 1956 se había producido en Hungría una revolución, conocida como otoño húngaro, un acto espontaneo de protesta del pueblo húngaro contra el gobierno comunista de la República Popular de Hungría, que no era más que un títere de la URSS.
Este levantamiento del pueblo húngaro se inició a raíz del discurso secreto de Nikita Jrushchov, filtrado a occidente por el lobby judío de la URSS, criticando las atrocidades y crímenes cometidos por el régimen genocida de Stalin.
Los húngaros pedían, exigían, poder elegir a sus gobernantes y consecuentemente a su forma de gobierno y que se pusiera coto, que se prohibieran las reprobables acciones de la policía secreta.
La revuelta comenzó como una protesta estudiantil que atrajo a miles de personas a una marcha por el centro de Budapest hacia el edificio delParlamento húngaro. Una delegación estudiantil fue detenida cuando trataba de acceder al edificio de la radio estatal con la intención de transmitir sus demandas. Cuando los manifestantes en las calles exigieron la liberación de la delegación, la policía política húngara (la ÁVH) abrió fuego desde el interior del edificio. Algunos soldados soviéticos dispararon a la ÁVH, debido a que creyeron por equivocación que estaban siendo objeto de un ataque. Algunos manifestantes contestaron a los disparos con las armas tomadas de la ÁVH o suministradas por los soldados húngaros que se unieron al levantamiento.
La noticia se difundió rápidamente y llevó al estallido de desórdenes y violencia en la capital. La revolución se expandió rápidamente por toda Hungría y el gobierno de András Hegedüs fue derrocado. Miles de ciudadanos se organizaron en milicias para combatir a la Policía de seguridad de Estado (ÁVH) y a las tropas soviéticas. Comunistas pro soviéticos y miembros de la ÁVH fueron a menudo ejecutados o encarcelados, a la vez que antiguos prisioneros políticos fueron liberados y armados. Consejos improvisados arrebataron el control municipal al Partido comunista húngaro y exigieron cambios políticos. El nuevo gobierno encabezado por Imre Nagy disolvió formalmente la ÁVH, declaró su intención de retirarse del Pacto de Varsovia y prometió restablecer las elecciones libres. Para fines de octubre, los combates casi habían cesado y comenzó una sensación de normalidad.
A diferencia de lo sucedido con las Protestas de Poznań contra el gobierno de la República Popular de Polonia, la Revolución húngara cuestionaba el estilo de gobierno estalinista y, por tanto, amenazaba la naturaleza misma del régimen pro soviético de partido único. Así, tras haber anunciado su voluntad de negociar el retiro de las fuerzas soviéticas, el Politburó soviético cambió de opinión y se movilizó para aplastar la revolución. El ejército soviético movilizó 31 550 soldados y 1 130 tanques y el 4 de noviembre de 1956 invadió Budapest y otras regiones del país. La resistencia húngara continuó hasta el 10 de noviembre. Más de 2 500 húngaros y 722 soldados soviéticos perecieron en el conflicto y unos 200. 000 húngaros huyeron en calidad de refugiados. Los arrestos masivos y las acusaciones continuaron por meses. Para enero de 1957, el nuevo gobierno instalado por los soviéticos y liderado por János Kádár había reprimido toda oposición pública.
El embajador de Moscú en Hungría era Yuri Andropov, el hombre que en 1982 se convertiría en el máximo dirigente de una Unión Soviética gerontocrática que ya se hallaba sin saberlo en fase de inmediato desmoronamiento. Andropov fue el elemento decisivo de aquella operación militar que terminó con una Revolución protagonizada por los jóvenes húngaros, estudiantes y obreros, en su gran mayoría de ideología izquierdista y comunista, pero dispuestos a morir por la libertad y la independencia de su país. El primer intento de ahogar la revuelta, el 25 de octubre, se hizo con una fuerza de unos 20 000 soldados y apenas un millar de carros, preparados para los combates urbanos contra un ejército enemigo, como el alemán, al estilo de lo que había sucedido en la Guerra Mundial. Pero no para enfrentarse a una improvisada guerrilla urbana, con barricadas y cócteles molotov, que obligó al segundo ejército del mundo a replegarse y prometer conversaciones con el nuevo Gobierno pluralista y democrático, encabezado por el comunista reformista Imre Nagy.
Me sentía impotente porque era consciente de que no podía hacer nada, no podía luchar contra el poder establecido. Una idea empezó a germinar en mi mente, bajarme del carro, abandonar este mundo que parecía haberse vuelto loco. Llegué a pensar en el suicidio, pero no era tan cobarde como para eso, así que esta idea la rechazaba, aunque la idea volvía y volvía, pero siempre me decía a mí mismo hay que seguir luchando, sobrevivir.
Pero lo que descubrí a continuación me hizo perder por completo la esperanza.
La Primavera de Praga fue un periodo de liberalización política y protesta masiva en Checoslovaquia, que se había convertido en un estado comunista después de la Segunda Guerra Mundial. La llamada primavera de Praga comenzó el 5 de enero de 1968, cuando el reformista Alexander Dubček fue elegido Primer Secretario del Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ), y continuó hasta el 21 de agosto de 1968, cuando la Unión Soviética y otros miembros del Pacto de Varsovia invadieron el país para reprimir las reformas.
Las reformas de la Primavera de Praga fueron un fuerte intento de Dubček para otorgar derechos adicionales a los ciudadanos de Checoslovaquia en un acto de descentralización parcial de la economía y democratización. Las libertades otorgadas incluyeron un aflojamiento de las restricciones en los medios de comunicación, la libertad de expresión y de desplazamiento. Dubček supervisó la decisión de dividirse en dos, la República Socialista Checa y la República Socialista Eslovaca. Esta doble federación fue el único cambio formal que sobrevivió a la invasión soviética.
Las reformas, especialmente la descentralización de la autoridad administrativa, no fueron bien recibidas por los soviéticos, quienes, tras negociaciones fallidas, enviaron medio millón de tropas y tanques del Pacto de Varsovia para ocupar el país. The New York Times citó informes de 650 000 hombres equipados con las armas más modernas y sofisticadas del arsenal militar soviético. Una gran ola de irritación barrió la nación. La resistencia se expandió a todo el país, lo que implicó un intento de confraternización, el sabotaje de las señales de tráfico, el desafío a los toques de queda, etc. Mientras que los militares soviéticos predijeron que llevaría cuatro días dominar al país, la resistencia se mantuvo durante ocho meses hasta que finalmente fue burlada por estratagemas diplomáticas. Se convirtió en un ejemplo de alto perfil de la defensa basada en civiles; hubo actos esporádicos de violencia y varios suicidios de protesta por autoinmolación (el más famoso fue el de Jan Palach), pero no hubo resistencia militar. Checoslovaquia permaneció controlada por la Unión Soviética hasta 1989, cuando la Revolución de Terciopelo finalizó pacíficamente con el régimen comunista. Las últimas tropas soviéticas abandonaron el país en 1991.
Pensé en desertar, pero temía las represalias sobre mi familia, y me preguntaba qué adonde iría, ni Inglaterra ni los Estados Unidos me infundían confianza.
Estaba tan desmoralizado que necesitaba algo que me reanimara, aunque solo fuese circunstancialmente, un whisky doble, por ejemplo, no quería ir a los pubs donde ejercía de espía, decidí cambiar y me acerqué al Silver Cross en el 33 de Whitehall a unos 100 metros de Trafalgar Square.
¡Y entonces apareció ella, la chica más hermosa que jamás había visto en mi vida!
Sentada en la barra vi a una joven, que aún sentada ya parecía alta, con rojizo pelo cogido en dos trenzas que realzaban su cuello largo y delgado, unas espaldas fuertes, pero no robustas y ¡una banqueta libre a su lado! Venciendo mi innata timidez, me senté a su lado, la miré y la sonreí, ella me ignoró, pero me di cuenta de que era una pose, para hacerse la interesante, había observado un amago de sonrisa en ella.
Pedí mi whisky doble, que bebí de un solo trago y volví a pedir otro, entonces ella se volvió hacía mí y me dijo: «Depresión aguda» y me regaló una esplendorosa sonrisa. Sin decir una sola palabra, la miré y levanté mi vaso hacia ella como diciendo chapó, lo adivinaste. Mientras de forma natural y distendida me fijé en su rostro alargado y en sus ojos grises, rasgos finos pero que demostraban fortaleza mental, más discretamente me fijé en sus tersos pechos bien proporcionados y sus piernas fuertes embutidas en un pantalón vaquero que parecía dos tallas más pequeño, y que resaltaban sus estilizadas y bien torneadas piernas. Inmediatamente me sentí atraído por ella, fascinado e intrigado.
Ella volvió a hablar: «¿Mal día en la ofi?».
Yo contesté: «Horrible, he matado a mi jefe».
Ella entonces lanzó una profunda carcajada y dijo: «¿Ya te ha hecho efecto la bebida?» y me miró escrutadoramente con sus grandes ojos grises.
Yo sonreí y ella me dijo: «Eso está mejor», yo le contesté: «No ha sido la bebida has sido tú que me has inspirado», a lo que ella contestó: «Que adulador». No es verdad tú me has inspirado y como los dos wiskis dobles estaban empezando a hacerse notar, no se me ocurrió más que poner una pose romántica y con una lengua estropajosa que ya empezaba a tener la dije: «¿Te quieres casar conmigo?», ella volvió a reírse y me dijo: «efectivamente te ha hecho efecto la bebida», para añadir en un idioma que yo no conocía, unas palabras que no entendí y le tuve que pedir que pusiera por escrito. Ella escribió: «para o carro neno, que estás poñendo o carro diante das vacas», seguía sin entender nada y la pregunté: «¿por favor me puedes explicar que significa y que idioma es?». Ella todo sonriente me dijo; «¿Qué vas muy aprisa, y es gallego?». «¿En qué país se habla gallego?» respondí. Ella me miró sorprendida de mi ignorancia y me dijo sin perder su mueca burlona: «Es una región de España».
A continuación, me alargó la mano y me dijo: «Ha sido un placer, me tengo que marchar» y se levantó, yo me quedé perplejo, pero pude reaccionar a tiempo y decirla: «¿Vendrás mañana?». Ella con movimiento muy coqueto de su mano, hizo un gesto como diciendo quizás, quizás. Yo acerté a decir:«¿A la misma hora?». Sin decir nada emprendió la marcha. Desde la distancia le pregunté: «¿Como te llamas?», ella ladeó levemente la cabeza y susurró: «Iria». Me pareció un poco exótico, pero lo memoricé quise decirle el mío, pero ya había desaparecido.
Yo me regocijé observando el contoneo de su cintura, moviéndose suavemente y armoniosamente de derecha a izquierda y viceversa, en términos marineros diría de babor a estribor y de estribor a babor, y me extasié admirando sus esbeltas piernas aún más sus estilizadas por unos tacones de aguja impresionantemente altos.
No volvió al día siguiente ni al otro ni al tercero. Empezaba a perder la esperanza de volverla a ver. Pero al cuarto día apareció, radiante como siempre, enfundada en un traje de cuerpo entero, de seda azul turquesa muy ajustado y que dejaba entrever su bien modelado cuerpo, de manga corta, cuello amplio que dejaba al descubierto parte de sus hombres y un recatado escote pero que dejaba ver el nacimiento de sus senos y el canalillo entre los dos pechos. La falda era corta pero recatada, solo un poco por encima de las rodillas. Estaba sensacional, me parecía una diosa caminando hacía mí.
Estaba exultante, feliz, se aproximó y me tendió la mano y con una sonrisa picarona me dijo: «¡Que alegría, no esperaba encontrarte aquí!» No dejaba de maravillarme con la naturalidad con que decía cosas que eran total y completamente opuestas a lo que realmente pensaba.
«Estoy muy feliz», dijo a continuación, «acabo de recibir mis notas y ya puedo abrir mi farmacia». «esto hay que celebrarlo» contesté, para a continuación añadir, vamos a otro sitio. Y nos dirigimos al Admiralty Trafalgar Square, con un gesto muy natural ella me cogió de la mano, sentir esa piel tan suave me produjo un escalofrío. Estaba en una nube, iba paseando con una hermosa joven a disfrutar de una velada que esperaba sería maravillosa.
Estuvimos hablando de esto, lo otro y de lo de más allá, de todo y de nada, era la típica charla entre enamorados, yo por lo menos lo estaba, que hablan de todo sin decir nada. Me explicó como era su tierra, por su expresión notaba que estaba completamente enamorada de su tierra. Me habló de su pueblo, creí entender que se llamaba Camba no sé qué, pero si se me quedó el detalle de que estaba en la ría de Arousa.
Pasamos una tarde sensacional. Caminamos hasta la parada de taxis situada justo enfrente de la salida del pub. y nos condujo a su apartamento. En la puerta me despidió con una tímida sonrisa y me estampó un discreto beso en la mejilla. Volví a mi residencia caminado y tocándome la zona de la mejilla donde me había besado. Me había enamorado como un becerro de una jovencita de la que no sabía nada o casi nada. Solo sabía que era maravillosa.Habíamos acordado que nos veríamos dos días después en The Admiralty, que a partir de entonces se convertiría en nuestro lugar de reunión favorito.
Salíamos a pasear cogidos de la mano a Trafalgar Square, nos deteníamos a contemplar la magnífica estatua ecuestre de Charles I y nos adentrábamos en la plaza. Nos deteníamos a admirar la columna de Horacio Nelson.
Nelson fue el almirante que comandó la flota inglesa que derrotó a la armada franco-española que zarpando de Cádiz se enfrentó a la inglesa en el cabo de Trafalgar, en las inmediaciones de los caños de Meca en la provincia de Cádiz.
Nelson fue herido de muerte por un tirador francés en la mencionada batalla.
En el sur donde está situada la charity cross nos hacíamos fotos sobre el punto desde donde se miden las distancias en Inglaterra. El km 0 de la plaza del Sol de Madrid
Anteriormente la plaza se llamaba Guillermo IV, pero fue cambiada para conmemorar la citada batalla.
Trafalgar Square es la plaza más famosa y concurrida de Londres.
Los fines de semana nos acercábamos a Hyde Park, el parque más grande del centro de Londres con una extensión de 140 Ha. que recorríamos deambulando sin rumbo, a veces lo recorríamos en bicicletas alquiladas, después de varias horas de pedaleo nos tumbábamos en una hamaca, también alquiladas a descansar un rato y tomar el sol, cosa que en Londres es harto difícil.
Otras veces alquilábamos una barca de remos y navegábamos hasta el punto más alejado posible y nos pasábamos horas en medio del lago, que se llama Serpentine, en silencio sintiendo los sonidos del silencio (como cantan Simón & Garfunkel el famoso dúo americano) y el idílico entorno. No necesitábamos hablar, solo mirarnos y sonreírnos.
Otros fines de semana nos acercábamos a Kesington Gardens, un poco más pequeño que Hyde Park, pero igual o más seductor que este. Visitábamos el palacio del que toma el nombre el parque, como niños pequeños nos deleitaba contemplar la estatua erigida en honor de Peter Pan. Degustar un exquisito té en el antiguo invernadero reconvertido ahora en una Tea House es una auténtica delicia.
Eran días de vino y rosas, pero en la vida todo tiene un inicio y un final. A veces feliz, la mayoría de las veces triste.
Un día que estaba en el Clarence esperando a Iria me sorprendió verla llegar triste y taciturna, ella siempre tan positiva y alegre, intuí que algo no iba bien.
Le pregunte: «¿Cariño, que te ocurre?». Iria me miró por un largo rato sin hablar, hasta que empezó a decirme, con un temblor de voz: «Mi padre está muy enfermo, tengo que volver a casa». La noticia me cayó como un jarro de agua helada, no quería ni imaginar que fuera a perder de esta forma tan horrible al amor de mi vida, nunca había tenido novia y ahora que encontraba a la persona con la que quería envejecer el destino, o lo que fuera me la iba a quitar.
Traté de reponerme y alentarla, pero las palabras difícilmente salían de mi boca, al final pude decirle: «Cariño, lo siento mucho, pero tienes que volver y estar con tu padre, ¿es grave lo que tiene?». «Cáncer de colon», la respuesta me dejó anonadado.
Dos días después la dejé en el aeropuerto de Heathrow, con dirección a Madrid y de allí a Santiago de Compostela. En el aeropuerto le entregué un ejemplar de la novela Ébano escrita por un español, y siguiendo la narración de la novela le escribí una nota.
Como la novela narra la odisea de un europeo casado con una joven africana, que cuando visitan a la tribu de ella, es raptada por unos traficantes de esclavos y conducida desde su país hasta Arabia Saudita, él sigue el rastro de los secuestradores, hasta que ella al cruzar en el barco el mar rojo, consigue zafarse de sus secuestradores y se arroja al mar.
Le escribí: «Como él la siguió, así haré yo, no te perderé». Y me prometí, sin saber bien cómo iba a hacerlo, cumplir mi promesa.
Mi vida cambió radicalmente, había perdido el interés por todo, no hacía mi trabajo, mis jefes cuestionaban mi labor, donde antes había alabanzas ahora había reproches.
A veces hablaba con Iria, pero tenía que ser muy prudente, muy cauto, era consciente de que estaba vigilado, no solo por los vigilantes del MI5 sino también por los míos. El comisario político que había en todas las embajadas soviéticas me vigilaba estrechamente, yo también lo vigilaba a él.
El último descubrimiento que hice sobre la perfidia del régimen comunista destruyó las últimas reservas que tenía. No podía aguantar más tenía que desaparecer. Se hablaba de un laboratorio secreto subterráneo excavado en una isla del mar Aral, dedicado a la experimentación y fabricación de gases tóxicos y de armas biológicas.
Escribía a Iria casi todos los días, ella respondía a veces, otras no, yo pensaba que estaría muy atareada cuidando a su padre.
Un día al pasar por el escaparate de una agencia de viajes, llamó mi atención un gran cartel publicitario que anunciaba un vuelo chárter con alojamiento incluido a Málaga, por unos pocos cientos de Libras.
Crucé la acera, y desde allí analicé a los transeúntes, cuando me aseguré de que nadie me había seguido, entré en la tienda y compré una plaza. Exhibí uno de mis muchos pasaportes falsos, ahora era el ciudadano armenio Vartán Gregory nacido el 10 de noviembre de 1961 en la ciudad de Ereván, de profesión ingeniero de telecomunicaciones.
Llamé a Iria desde una cabina pública y le dije que viajaría a Málaga y si deseaba que fuera a visitarla, me dijo que le gustaría mucho y me instruyó como llegar hasta ella. Acordamos que cuando supiera los horarios de los vuelos interiores en España la llamaría y ella me recogería en el aeropuerto.
Me instruyó en que como no había vuelos directos desde Málaga a Santiago de Compostela tendría que volar vía Madrid.
Y un día lluvioso y gris aparecí en el aeropuerto Rosalía de Castro de Santiago de Compostela.
Nada más cruzar el control de pasaportes y recibir mi escaso equipaje, al salir al hall de llegadas la vi. Enfundada en un traje chaqueta beige estaba esplendorosa. Venciendo su natural timidez corrió hacía mí y me abrazó fuertemente, al sentir el calor de su cuerpo me excité y sin pensarlo la besé en los labios, ella me respondió con igual vehemencia, era la primera vez que nos besábamos.
Al llegar al aparcamiento del aeropuerto vi que se encendían las luces de un coche que me pareció algo fantástico, de un azul marino muy claro y estilo deportivo. Al acercarme pude leer Porsche Cayenne. El interior era amplio y los asientos muy confortables.
En el trayecto hasta su pueblo no paró de hablar, se la notaba nerviosa, excitada, expectante era otra persona muy distinta a la que conocí en Londres, pero seguía siendo muy atractiva. Ahora se notaba que estaba en su hábitat natural, segura, confiada, controlando la situación. Parecía decir; «Estás en mi territorio, forastero».
Me explicó la ruta que seguiríamos, iríamos por la AP-9 hasta un sitio llamado Valga a unos 48 km y que a velocidad de crucero permitida llegaríamos en 42 minutos, allí enlazaríamos con la comarcal AG-41 hasta Cambados lo que nos demoraría 30 minutos.
Cuando le comenté lo bonito que me parecía el coche me dijo que era un regalo de papá, y que podía alcanzar los 245 km. por hora, y con una sonrisa picarona me preguntó: «¿Quieres que lo probemos?», amablemente rehusé y le agradecí la deferencia.
Pasó a explicarme la potencia 250 KW y 340 CV y una cilindrada de casi 3 000 m3 impulsado por 6 cilindros. Y una caja de cambios de 8 velocidades y me volvió a preguntar: «¿De verdad no quieres probarlo?». No había dudas que estaba feliz jugando conmigo.
Y añadió con una sonrisa picarona: «No pasa nada tiene control antideslizamiento y diferencial de frenado automático».
Cuando llegamos a un promontorio, me dijo: «Vamos a desviarnos hasta el mirador de A Pastora, para que aprecies la belleza del lugar», me quedé impresionado ante la esplendorosa vista de la ría, los verdes campos, las azules aguas y las construcciones de piedra. Empecé a enamorarme de esa tierra, aunque por estar con la mujer a la que amaba todo me hubiese parecido maravilloso.
Al llegar al pueblo me llevó a un bonito edificio de apartamentos, y dijo casualmente: «propiedad de papa».
El apartamento era muy acogedor, un dormitorio, un pequeño salón, cuarto de baño y una cocina, pero tenía una terraza con unas vistas maravillosas sobre la ría de Arousa. Estaba situado en el mismo centro del pueblo, en la Riviera de Fefiñáns.
Iria me dijo, ahora te voy a dejar, descansa, si necesitas algo me llamas, nos vemos esta tarde.
Sobre las tres de la tarde, llegó, siempre me sorprendía con sus cambios de look, llevaba el pelo recogido en un moño, que destacaba la esbeltez de su cuello, una blusa de seda blanca semi transparente que dejaba ver tenuemente su sujetador también blanco y una amplia falda negra, larga hasta casi los tobillos. A mí me encantaba todo lo que se ponía. Suponía que a todos los enamorados les pasará lo mismo, lo importante no era el continente sino el contenido.
Me dio un casto beso en la mejilla y me dijo: «Espabila que tenemos mesa reservada en el restaurante A dos piñeiros que está a unos 700 metros de aquí, vamos a ir dando un paseo para que conozcas un poco el pueblo».
Nunca en mi vida había visto tanta cantidad y variedad de platos, Mariscos, pescado, carnes, y todo con un aspecto inmejorable. Pero lo que más me emocionaba y me motivaba era la compañía.
Después de almorzar, paseamos por la playa, nos tomamos un café en una terraza y me acompañó a mi casa. Me dijo descansa, yo tengo que ir a la farmacia. Iria me había explicado que con la ayuda de su padre había abierto una farmacia en el pueblo y que tenía que atenderla. Me recogería por la noche para ir a cenar.
Si el almuerzo hizo mis delicias la cena no lo fue menos, nunca en mi vida había visto tanto marisco. Iria me explicaba los nombres de cada uno de ellos, había nécoras, mejillones, vieiras, centollos, gambas, cigalas, almejas y zamburiñas. Ella escogía el menú y los vinos. Me explicó que el vino del país era el albariño, elaborado con la uva originaria que se producía en Galicia y Portugal, me recomendó no beber demasiado porque eran vinos de una graduación elevada y una acidez notable pero que entraban muy bien por su sabor afrutado.
Yo quería decirle algo que me carcomía interiormente, pero no encontraba el momento, no quería frustrarle esos momentos mágicos que estábamos viviendo.
Hasta que un día paseando por la playa, estábamos sentados en unas rocas contemplado como la bajamar dejaba un espacio playero enorme. Le dije: «Iria tengo que confesarte algo, escúchame por favor, no me interrumpas». Noté que se ponía tensa, pero ya no podía parar, tenía que sacar de mi interior toda la bilis que tenía acumulada.
Comencé de la manera que me pareció más oportuna: «Iria, yo estoy locamente enamorado de ti y ahora que no estoy bajo los influjos del alcohol, te pediría, otra vez, que te casaras conmigo, pero antes tengo que confesarte que no soy como te dije funcionario de embajada, ¡soy un espía encubierto del KGB!». Ella al escuchar la palabra KGB dio un respingo e hizo ademán de levantarse y marcharse, para aliviar la tensión le dije: «No temas que no voy a matarte, no llevo pistola». Ella sonrió y pareció calmarse. Yo proseguí: «Esto asqueado de mi trabajo, del comunismo, de los dirigentes de mí país, de su perfidia, su indignidad, su hipocresía; voy a desertar».
Iria me miró como compadeciéndose de mi amargura, me dirigió una tímida sonrisa y me preguntó: «¿Y dónde quieres ir?» «No lo sé» respondí, para añadir «Podía pedir asilo político en Inglaterra o entregarme a los americanos, pero no me fio de ellos, pueden hacer un trato para recuperar a algunos de sus espías encarcelados en la Unión soviética y hacer un canje, eso no solo sería mi muerte sino también la de toda mi familia».
La reacción de Iria me dejó sin habla, como si hablara del tiempo me dijo jovialmente: «quédate aquí, sabes de electrónica y de informática, sabes matemáticas y lenguas aquí podrías dar clases y montar una tienda de electrónica y reparación de ordenadores, yo te ayudaría». Intenté responder, ella puso sus dedos sobre mis labios y me dijo, en un tono que no admitía réplica; «cállate, vamos a ponernos en marcha».
Regresamos al pueblo y estuvimos visitando alguno de los locales comerciales que tenía su padre. Había uno situado en la Rúa de Valvanera que cumplía todas mis expectativas, no era demasiado grande, pero estaba en una calle muy concurrida y cerca había un Instituto de Enseñanza secundaria.
Intenté argüir algo, pero Iria me cortó tajantemente diciéndome en un tomo entre amistoso y de regaño: «Mira, neno, mi padre tiene mucho dinero y yo soy su única hija, y soy la niña de sus ojos, o como se dice en Inglaterra The apple of his eyes, me concederá todo lo que le pida».
«Y ahora dime: ¿eso de casarte conmigo, era porque te habías fumado un porro o lo decías de verdad?». Yo este tipo de ironía, socarronería como había leído que tenían los gallegos no la entendía y me costaba tiempo asimilar.
La contesté:« Por supuesto que lo haría si las circunstancias lo permitieran» Ella puso sus brazos en jarras y aparentando un terrible enfado, me espetó: «Pues las circunstancias han cambiado, neno, así que te acepto la proposición y no te dejaré escapar», tal era su grado de excitación que me soltó, en gallego: «os galegos somos moi teimudos», me quedé sin entender y entonces ella me tradujo: «las gallegas somos muy cabezotas, cuando queremos algo, lo perseguimos con ahínco y normalmente, lo conseguimos. Así que espabila y vamos a ponernos a trabajar».
Se me saltaron las lágrimas, no podía creer lo que me estaba pasando, creía estar soñando, me pellizcaba y temía despertar en una celda de la KGB.
Hice una lista de los equipos que tendríamos que comprar, diseñé la distribución de los muebles y acordamos que teníamos que pensar en el nombre de la tienda.
Tenía que pensar como desaparecer para que pareciera un accidente y mi familia no sufriera las represalias.
Mi futuro suegro tomó la noticia con mucha reticencia, pero Iria le dijo con contundencia; «Papá é a miña decisión, e se non estás de acordo, nou vivir con él» es mi elección y si no estás de acuerdo, yo me largo a vivir con él.
El hombre me estuvo observando y escudriñando durante unos meses, pero al final dio su brazo a torcer, nunca había visto a su rapazinha tan feliz
En el ínterin tenía que hacerme desaparecer, la idea me la dio Iria, me dijo que era muy fácil, que había leído en varias novelas, como hacían desaparecer un cadáver metiéndolo en un coche, lo rociaban con gasolina y lo despeñaban por un precipicio o acantilado. Alquilé un coche a mi nombre, un forense que debía muchos favores a mi futuro suegro nos proporcionó el cadáver de un indigente que había sido encontrado muerto en un portal. Nadie lo conocía ni nadie reclamó el cuerpo.
Mi suegro había hecho su fortuna con el contrabando, primero de penicilina y luego de tabaco, pero cuando empezó el tema de la droga se retiró, solo tenía una hija. propiedades y dinero suficiente. Pero mucha gente le debía muchos favores. Y el forense era uno de ellos.
Conduje el coche hasta un acantilado alejado del pueblo, con el cadáver en el maletero, a prudencial distancia me seguía Iria en otro coche. Cuando llegamos al acantilado nos cercioramos de que no había testigos, ya casi anochecía. Sacamos el cadáver del maletero, lo pusimos al volante, rociamos el cuerpo con gasolina y Iria con su coche lo empujó al vacío., el vehículo en su caída golpeó las rocas y explotó, los restos se esparcieron por el mar, pero flotando entre los restos los marineros que acudieron al día siguiente al lugar, alertados por la fuerte explosión, encontraron una bolsa de plástico granulado que, milagrosamente, no se había hundido. En ella encontraron un pasaporte a nombre de Azat Dalminov Sultanov, súbdito de la URSS nacido en Kazán el año de 1960.
Los pocos restos que consiguieron recuperar estaban tal calcinados que no se podían analizar, pero nuestro forense certificó que se trataba de un varón, de piel blanca y de unos treinta años de edad.
Unos días después la empresa de coches de alquiler denunció que un individuo de esas características había alquilado un coche que no había devuelto. Y que el individuo había mostrado un pasaporte de la URSS con ese nombre.
La prensa local dedicó varios días a publicar la noticia.
Las autoridades locales informaron al delegado del Gobierno en Galicia de lo sucedido, este lo trasladó al Ministerio de Asuntos Exteriores y este informó a la Embajada Soviética. Desgraciadamente el cuerpo había quedado tan destrozado que no había cadáver que sepultar.
Así fue como Azat Dalminov Sultanov se convirtió en Iago Castro.
Iria me llevó al altar cuatro meses después.
(1)Véase «La Historia Secreta de la CIA» de Joseph J. Trento.
(2)Véase «Las guerras secretas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)» de Bob Woodward.
La implosión de la URSS en 1991 produjo en mí sentimientos contradictorios, por un lado, era feliz, un régimen totalitario, sanguinario y represor había caído por su propio peso, con la inestimable ayuda de los Estados Unidos, que habían sabido llevar a la ruina a un país embarcándolo en una escalada de gastos militares inasumibles, pero por otro lado sentía tristeza al constatar la impresionante ruina económica y moral en que el comunismo había sumido a mi país.
La URSS se había desmoronado, de toda esa pléyade de repúblicas que habían constituido la Unión soviética, solo sobrevivía rusa, el nuevo estado se auto tituló RSFSR (República Socialista Federativa Soviética de Rusia), ¡ahí es nada!, pero que al final todo el mundo llamó Rusia. El resto de repúblicas se habían convertido en repúblicas bananeras, habían caído en manos de oportunistas y seguían siendo unas dictaduras, en otras manos, pero dictaduras iguales de criminales e ineficientes.
Y Rusia seguía el mismo derrotero, las mafias organizadas y dirigidas por los antiguos jerarcas soviéticos se estaban apropiando de las riquezas del país, estaban entregando a sus amigachos las empresas que más potencial tenían. El borrachín Yeltsin, un alcohólico declarado dejaba hacer, a él solo le interesaba que su armario estuviera bien repleto de botellas de vodka y del mejor whisky escocés.
