UN GRITO A LA VIDA - E Larby - E-Book

UN GRITO A LA VIDA E-Book

E Larby

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Beschreibung

Basada en hechos reales, es la atormentada vida de una joven víctima de la sociedad pacata y reprimida de la postguerra y de su lucha para salir adelante y gritarle a la vida ¡Quiero vivir!. De cómo, con su bravura y valentía, se sobrepuso a los avatares de ser abandonada por su marido y de caer en manos de un vividor. Su lucha diaria por sobrevivir y sacar adelante a sus tres hijos y su trabajo en el paritorio de un hospital con sus alegrías y sus tristezas. La generosidad de acoger de nuevo al hombre que la abandonó y al que tuvo que cuidar durante su larga y cruel enfermedad. Una vida dura y sacrificada que ha tenido la entereza de rememorar contándosela al autor. Una lucha por sobrevivir gritándole a la vida ¡Quiero vivir! ¿Quiero vivir!

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Seitenzahl: 219

Veröffentlichungsjahr: 2024

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UN GRITO A LA VIDA

UN GRITO A LA VIDA

Autor: E. Larby

Diseño de cubierta: E. Larby

ISBN:9789403752778

>© E. Larby

Año: 2024

Editoriales: Bookmundo, Ingramsparks

Web: publish.mibestseller.es/elarby

e-mail:[email protected]

DEDICATORIA

A la auténtica Meli por su coraje y valentía al rememorar para mí todas sus vivencias.

A mi esposa por su infatigable apoyo y estímulo.

A mis nietos Alexander, Mikaela y Roy que sois los que ilumináis mi vida.

Table of Contents
                      PRÓLOGO
        I             RETORNO AL PASADO
        II            LA DÉCADA PRODIGIOSA DE LOS 60
        III          EL ROMANCE
        IV          SE FUE SIN DECIR ADIÓS
        V           UNA RELACIÓN MUY TÓXICA
        VI          LA VUELTA DEL MARIDO PRÓDIGO
        VII        EL PERIPLO DE FERNANDO
        VIII      LA ÉPOCA DORADA

PRÓLOGO

Este libro está basado en hechos reales contados al autor por la propia protagonista.

Por motivos de discreción se han cambiado los nombres y algunos de los escenarios donde acaecieron los hechos.

El titulo creo que refleja lo que en verdad hizo esta señora, gritarle a la vida ¡Quiero vivir mi vida, no la que queréis imponerme!.

Durante las muchas horas de conversaciones, ella se «rompió» varias veces y estalló en sollozos, murmurando una y otra vez: «me destrozaron la vida».

Pero se rehacía inmediatamente como lo que es, una mujer fuerte, valiente y luchadora.

Lo que sigue a continuación es un modesto homenaje a tanta bravura y coraje.

I RETORNO AL PASADO

Llevaba años, décadas, que no veía a Lourdes una prima mía, ese día estaba paseando por las inmediaciones del campo de futbol de mi ciudad natal, Cádiz, había ido a cerciorarme de la última barrabasada que el alcalde comunista había perpetrado, el individuo un tipo mal encarado, provocador y vengativo, se había empeñado en cambiar el nombre del viejo, aunque remodelado Estadio, que se llamaba Carranza en honor al padre del alcalde que lo había mandado construir allá en el año 1954, un viejo fascista, según los progres que ven fascistas hasta debajo de las piedras. Y el comunista había decidido renómbralo, menos mal que no se le ocurrió llamarle Largo Caballero o Santiago Carrillo, dos reconocidos asesinos comunistas.

Lo divertido del caso es que la mayoría de los aficionados al futbol no tenía ni pajolera idea de quien había sido ese denostado Carranza.1

El campo de futbol inaugurado en fecha ya tan lejana para mí como el año 1954 había sido mandado construir por el entonces alcalde José León de Carranza, y le puso el nombre de su padre Ramón de Carranza.

Dejando aparte las connotaciones políticas, ese nombre era parte del acervo cultural de mi ciudad y de mi niñez, siempre había oído a mi padre, mis hermanos y demás chicos decir:¡Vamos al Carranza!, el trofeo de futbol más importante que se celebraba en España era el Carranza, que ya tenía una antigüedad de 66 años.

Estaba distraída mirando la bonita fachada de la parte de tribuna cuando oí que decían: ¡Tú eres Meli!

Me volví sorprendida y ante mí estaba una señora de más o menos mí misma edad, vestida muy elegantemente, su blanca cabellera recogida en un bonito moño y una sonrisa franca y amigable.

Perdone, dije, ¿se dirige a mí?.

-Disculpe creo que me he confundido dijo la señora, pero había algo en su voz que me trajo recuerdos de mi niñez, su voz tenía algo especial, sonaba como si tuviera una campanilla en la garganta, era inconfundible era mi prima Lourdes.

-No te has equivocado, eres Lourdes, la hija de Rosa y el «pescaero». Nunca supe el nombre de su padre, sé que se apellidaba Grimaldi, porque así se apellidaba mi prima, pero nunca supe el nombre del padre, para nosotros era el «pescaero».

Nos dimos un fuerte abrazo, comenzamos a hablar las dos al mismo tiempo, teníamos tantas cosas que contarnos que no sabíamos por dónde empezar, llevábamos más de 50 años sin vernos, a pesar de vivir en la misma ciudad.

Nos sentamos en una terraza al aire libre, justo enfrente de la entrada principal del estadio, era una otoñal mañana de octubre y la temperatura era muy agradable.

Llevábamos un par de horas de chachara, cuando Lourdes sacó un libro de su bolso, y me enseñó la contraportada con la foto del autor. Era un rostro que me era familiar, pensé que lo habría visto en algún programa de televisión. O en alguna revista del corazón, Lourdes me preguntó: ¿Lo reconoces?

-Me resulta familiar, pero no sé ubicarlo.-

-Fíjate bien, esa cabeza inclinada hacia la izquierda, no te recuerda a nuestro primo Enrique, el hijo de nuestra tía Margarita.-

-Déjame mirar con más atención, ¿es de verdad nuestro primo? ¿Y es escritor? ¡ no me digas!

-Bueno a él no le gusta que le digan escritor, él se auto titula «junta letras».

¿ Y de qué escribe?.

Ha escrito una breve historia de su vida, que ha llamado Vivencias y que lo escribió solo para sus nietos, pero que me ha enviado una copia, y habla de tus padres y de los míos, un poco de toda la familia y de sus recuerdos infantiles, de la Caleta y de tu calle donde jugaba al futbol.

-Me gustaría leerlo- y ¿ha escrito algo más?

-Ha novelado algunas de esas vivencias. A mí me ha regalado sus dos primeras obras, esta que se titula Hechizo Tártaro, que versa sobre su romance con su actual esposa y otra, que es muy triste, y que está dedicada a un amigo suyo que murió de Covid, y que se titula Diario de un Contagiado-

- Me gustaría leerlas-

-Te dejó esta que ya la he terminado-

-Si tienes su número de teléfono me gustaría enviarle un WhatsApp, le perdí la pista hace más de 60 años-.

-Llámale mejor, un WhatsApp es muy frio e impersonal.-

-Es que después de tantos años me resulta un poco violento, llamar y decirle, así de buenas a primeras, soy tu prima Melisa, no se acordará de mí-

-Sí mujer, y si no dile que eres la hermana de Adolfo, ellos estaban muy unidos la temporada que estuvo viviendo aquí después de jubilarse.

-¿Estuvo viviendo aquí?. No tenía ni idea y mi hermano nunca me comentó nada. ¡Y donde vive ahora?.

-En Madrid-

-Chica me da apuro, llamarle después de tantos años-

-Venga ya, a estas alturas de tu vida no me digas que te has vuelto tímida, tú que has sido siempre tan atrevida, tan lanzada y si no te ofende te diré que hasta un poco descarada.

-Gracias, pero creo que no es esa la palabra, yo diría decidida y rompedora, siempre, venciendo mi timidez, he luchado contra la desigualdad y no he permitido que nadie me avasallase o me humillase, entonces me he revuelto como un tigre enjaulado, para los estándares de la época yo era lo que ahora llaman contestataria o antisistema. O por lo menos de eso me acusaban-.

-De eso y de mucho más, aquellos años de nuestra niñez las chicas teníamos que ser dóciles y obedientes y tú eras algo rebelde, inconformista-.

-No me lo recuerdes, que todavía me duele el alma lo que me hicieron sufrir con esas ideas tan estrechas y coercitivas.

Todo era pecado, impúdico o descarado.

Me leí el libro de una sentada, me gustó y sin pensarlo dos veces marqué su número.

Y así fue como se inició una etapa de mi vida que nunca imaginé pudiese tener lugar.

Me comentó que pensaba pasar unos días de descanso en el Puerto de Santa María y que si me parecía bien, se acercaría a Cádiz para vernos y degustar el famoso «pescaito frito».

Cuando le vi, le reconocí al instante y hacía más de 70 años que le había perdido la pista, conocía algo de su vida por las charlas que su madre, mi tía, tenía con mi madre, pero no le prestaba demasiada atención, yo ya tenía mis propios problemas.

La cabeza un poco ladeada, característica de las personas de signo Aries, la misma sonrisa tímida.

El verlo me retrotrajo a mi niñez, tendría unos cuatro años, cundo oía a mi madre hablar con sus hermanas, con gran alegría, sobre el inmediato regreso de la más pequeña de ellas. Mi tía Margarita se había casado con un cántabro, en aquellas fechas se decía un montañés, y cuando nació su primer hijo, mi primo Enrique ella no tenía leche para amamantarlo y en el Cádiz de la posguerra este alimento básico infantil, no había estos potingues de leche en polvo y potitos de hoy en día, escaseaba, más bien casi no había por lo cual el joven matrimonio tuvo que tomar la heroica decisión, por lo menos para mi tía, de marchar a Santander donde su suegro tenía unas vacas y algunas tierras.

Casi después de ocho años allí habían decidido, más bien mi tía era la que lo había decidido, regresar al calor de su numerosa familia en nuestra ciudad.

Bien es verdad que fue mi abuela materna2 la que influyó en ello, ni corta ni perezosa se montó en el tren y después de dos noches de viaje, previa parada en Madrid, arribó a la pequeña aldea cántabra donde residía su hija y al ver las poco confortables condiciones de vida que había en la aldea no le costó mucho convencerla para volver a Cádiz.

En agosto de 1948 se había producido en la ciudad una tremenda catástrofe, un depósito de minas submarinas almacenadas en la afueras de la ciudad habían explosionado3

Mi abuela materna, que era de armas tomar, se lio, a sus más de ochenta años, la manta a la cabeza y se plantó en la Montaña a ver a sus nietos.

Recuerdo que el día que llegaron fue una gran fiesta para toda la familia , las familias numerosas, y la de mi madre lo era, suelen estar muy unidas y ser muy solidarias.

Más tarde hablare de la familia por parte de madre.

Aunque llevaba décadas sin verlo le saludé con un fuerte abrazo y le dije: ¡Hola guapetón!, cosa que le hizo ruborizarse, a pesar de su avanzada edad no había vencido su timidez.

Después de los saludos de rigor, de lo bien que nos veíamos el uno al otro, empezamos a rememorar cosas de nuestra niñez. Muy ceremoniosamente me hizo entrega de sus tres primeros libros Vivencias, Hechizo Tártaro y Diario de un contagiado. Le pedí que me los dedicara, los he leído con fruición y los guardo como oro en paño.

Etapa que considerábamos que había sido feliz, no habíamos sufrido desgracias familiares, o por lo menos nos las habían ocultado para protegernos, no habíamos sido objeto de malos tratos ni en nuestras familiares había habido grandes contratiempos.

Aunque si recordábamos nítidamente las dificultades económicas que nuestros padres habían padecido, el comprar a fiado, el no disponer de elementos caseros, que posteriormente se convertirían en básicos en un hogar, como nuestras madres cocinaban en infernillos de carbón y de lo que costaba sacar el agua del aljibe.

Entonces Enrique abrió su corazón y dijo: «pero tú al menos tenías un padre, yo entonces no lo sentía así, pero ahora me doy cuenta de que me crie sin él. Solo le veía una vez al año cuando venía de permiso.

Me pareció ver que sus ojos se humedecían al recordar este episodio de su vida.

-Ahora que lo comentas creo recordar que cuando iba a tu casa notaba como que faltaba algo, no sabía qué, pero siempre veía a tu madre sola.-

- Y así era, y esa soledad era aplastante, se hacía inaguantable, insoportable sobre todo en las grandes celebraciones, principalmente en las Navidades, No consigo olvidar a los tres, mi hermana ya había nacido, sentados en una mesa camilla con una estufa de carboncillo en el medio, pasando las fiestas. Mi madre que siempre había sido de carácter depresivo se hundía anímicamente y sin pretenderlo nos contagiaba esa tristeza. Por eso no me gustan las Navidades, sino sonara demasiado fuerte, te diría que las odio, sobre todo me parecen muy hipócritas muy falsas, la gente deseándose felicidad y paz y cuando terminan las fiestas vuelta al navajeo.-

-Recuerdo que trabajaba en una empresa de ingeniería en Madrid, y como era tradicional la empresa invitó a todos sus empleados a la tradicional copa de Navidad, todo eran parabienes, buenos deseos-.

-A la vuelta de las vacaciones, más del 50% de la plantilla se encontró encima de su mesa una carta de despido, nunca olvidaré esto-.

-¿Tu padre estaba navegando, no?.

-Sí y solo estaba en casa un mes al año, cuando le tocaban las vacaciones, solo tuve más contacto con él cuando se jubiló, pero sin embargo guardo un magnífico recuerdo de él, era muy cariñoso y atento, era una persona sana y transparente, bondadoso y noble.

Yo había sentido hacía mi primo, a pesar de la diferencia de edad, una especie de sentido de protección, acostumbrada a lidiar con mis hermanos y demás primos, decenas de ellos, que eran atrevidos, descarados, niños de la calle, que se enfrentaban a todo, a él le veía como más vulnerable, más inocentón, más un chico de pueblo que de barrio. Le había visto siempre como fuera de lugar, desubicado.

Recordé un día que toda la pandilla, ya mozalbetes, iban entonando a grito pelado por la calle y como desfilando, una cancioncilla que no sé si se habían inventado o escuchado en algún sitio, con unas estrofas precoces que escandalizaban a las gentes de bien pero que demostraba el carácter machista de la sociedad de entonces y que a aquellos mozalbetes les hacía sentirse muy «machos».

La prosa era: Tilín, tilín , tilín / los de la banda / los de la banda, / tilín, tilín, tilín los de la banda estamos aquí / Tenemos un defecto, tenemos un defecto / tenemos un defecto que nos gustan las gachís / Gachís / gachís, gachís/ los de la banda estamos aquí.

Y allí estaba Enrique unos dos metros por detrás, queriendo estar en el grupo pero sin atreverse a estar, queriendo pero no queriendo compartir tan procaz comportamiento.

Viendo el cariz que tomaba la conversación decidí que era oportuno cambiar de tema.

Y aun cuando por la diferencia de edad, él era cinco años mayor que yo, y esa diferencia, que en la edad adulta no se nota, cuando eres niño es una diferencia abismal, no me impedía relacionarme con él, ya que su hermana y yo éramos inseparables, Enrique era de la misma edad que mi hermano Adolfo. y dada la proximidad de nuestros domicilios, nosotros vivíamos en la Calle Mateo de Alba y él en la de la Rosa, les hizo inseparables, instalaron su cuartel general en mi casa ya que en nuestra calle. no había tráfico y era muy tranquila, muy apropiada para que los niños jugaran allí.

Entramos en materia, se interesó por mi vida, algo había oído cuando mi madre había tomado a su hermana como paño de lágrimas por los muchos disgustos que yo, según ella, le estaba proporcionando.

Me escuchaba atentamente, yo le veía muy interesado en escuchar mis peripecias por la vida, después de más de dos horas de chachara, iba a decir de dialogo, pero fue un monologo, me comentó que me agradecía que le hubiese abierto mi corazón ya que él, por lo que había oído tenía una versión muy distinta.

Me dijo, tu trayectoria vital deberías plasmarla en un escrito, para que tus hijos sepan lo que has luchado y trabajado, lo que te has esforzado para sacarlos adelante y con que valentía has enfrentado tus problemas.

Lo que sigue a continuación es la historia de mi vida.

1RAMÓN DE CARRANZA

Nacido en Ferrol (La Coruña) ingresó, con trece años, en la Academia Naval de Marín en 1876.

Fue enviado a Washington como agregado naval con la misión de entregar a las autoridades americanas toda la información recopilada en la Habana en la que se exoneraba a España de cualquier acción contra el acorazado de segunda clase USS Maine4

Cuando el conflicto del Maine y la guerra de Cuba entre España y Estados Unidos parecía inevitable fue el encargado de tratar de evitarla. Como loas norteamericanos lo que trataban era precisamente de provocarlas sus gestiones, como era de esperar, no fructificaron. El conflicto finalmente estalló, con los catastróficos resultados, para nuestro país, suficientemente conocidos.

Los yanquis, que ya tenían un plan establecido, hicieron caso omiso a la información, ellos ya sabían que el atentado había sido un caso de bandera falsa5

Al estallar el conflicto toda la delegación diplomática española fue enviada a Canadá.

El gobierno español ordenó a Carranza permanecer en aquel país para prestar «servicios y comisiones». Ramón creó una red de espionaje para cubrir toda la zona este de los Estados Unidos, esta red cubría desde Halifax (Canadá) hasta Hamilton en las Bermudas.

Carranza propuso atacar los arsenales navales norteamericanos que estaban mal diseñados y peor protegidos con una ubicación errónea en los puertos.

Propuesta que fue ignorada por el gobierno español.

Finalmente Carranza fue descubierto por el contraespionaje norteamericano y las autoridades canadienses emitieron una orden de expulsión.

Carranza ignoró la orden y pasó a la clandestinidad y organizó su propia guerra.

En Vancouver compró el Amur un barco ruso al que dotó de dos cañones con el que pretendía atacar la costa oeste norteamericana que estaba desprotegida y sembrar el pánico entre los barcos mercantes americanos, esta acción obligaría a los norteamericanos a desplegar algunos buques de guerra a la zona y rebajar la presión sobre las islas Filipinas.

El audaz plan falló porque los marineros prometidos por el gobierno español nunca llegaron.

Aunque el plan no se llevó a cabo el contraespionaje norteamericano que había tenido conocimiento de lo que se tramaba alertó al gobierno americano que desplegó dos cruceros a la zona, el USS Wheeling y el USS Bennington.

Pero la imaginación de Carranza no parecía tener límites y se propuso, con la ayuda de algunos voluntarios, asaltar uno de los cruceros.

Cuando se aprestaba a llevar a cabo su suicida acción se firmó el armisticio y recibió la orden de regresar a España.

Por sus acciones al mando del cañonero Contramaestre en la citada guerra se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando, la más preciada condecoración militar de España.

En 1886 fue destinado a Cádiz ciudad a la que ligaría su vida hasta su muerte.

En 1930 ya retirado fue ascendido al rango de contraalmirante.

Fue Alcalde de la Ciudad en dos ocasiones, en el periodo 1927-1931 y en el 1936-1937.

Durante sus mandatos se construyó la Plaza de Toros, el edifico del cine Municipal en la Plaza del Palillero, y los Hoteles Playa y Atlántico.

CARRERA POLÍTICA

Diputado a Cortes en 1903 y en 1919 y senador del Reino entre 1910 y 1917.

GUERRA CIVIL

Cuando estalló la guerra civil voló en avioneta desde Sevilla a Cádiz y se unió a los insurgentes.

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Carranza, una vez retirado de la marina, se dedicó a los negocios y compro unas almadrabas en Zahara de los Atunes (Barbate) y Huelva.

Cuando estalló la segunda Guerra Mundial, España que tenía, teóricamente, condición de no beligerante, en la práctica colaboraba con la Alemania nazi, y en las almadrabas propiedad de Carranza se aprovisionaban de combustible, armamento y alimentos a los submarinos nazis, se estima que en el periodo 1940-1942 unos 20 submarinos nazis se acogieron al amparo español.

Se rumorea que así hizo su fortuna Ramón de Carranza.

RECONOCIMIENTOS

Miembro prominente de la oligarquía gaditana surgida de la postguerra, su influencia en la sociedad permitió que su primogénito José León rigiera los destinos de la ciudad desde1948 hasta 1969.

El antiguo Paseo de Canalejas fue renombrado Paseo Ramón de Carranza igual título ostentó el nuevo estadio de fútbol.

Ramón de Mendoza falleció el 13 de septiembre de 1937, tenía 74 años.

LA MEMORIA HISTÓRICA.

En su ignorancia sobre el personaje y su histeria revanchista, el comunista Kichi se empecinó en cambiar el nombre del estadio, en contra de la opinión de los aficionados locales, que dicho sea de paso, no tenían ni pajolera idea de quien había sido el personaje.

2MI ABUELA MATERNA

Cuando no se conoce el entorno, ni las circunstancias en las que ocurrieron los hechos, resulta arriesgado cuando no temerario hacer juicios de valor y catalogar de forma positiva o negativa las decisiones tomadas por los protagonistas de la historia.

Por ello, aquí, voy a relatar los hechos como yo los conozco sin entrar en lo acertado o desacertado de las decisiones tomadas.

No se puede, ni se debe, juzgar hechos ocurridos en el siglo XIX con el prisma del siglo XXI.

Mi abuela era de buen porte, alta, para los estándares de la época, estructura corporal fuerte y grande, cara redondeada, pelo muy negro, piel blanca, extrovertida, atrevida y rompe moldes, en su juventud debió ser muy bella. Sus ademanes reflejaban una fuerte personalidad y carácter.

A los quince años se enamoró de un chico algo mayor que ella, 17 años, y, no conozco los motivos, decidieron, a esa tierna edad, casarse.

A los 16 años ya era madre, y a este temprano embarazo, le siguieron veintitrés más, todos llevados a buen puerto, aunque muchos de los bebés murieron a los pocos días o años. Yo conocí a nueve de ellos, incluida mi madre. Y oí hablar de una jovencita que con 19 años se cayó por la escalera y se rompió la espina dorsal, murió, después de un calvario de unos meses postrada en una cama.

Como el joven marido no tenía profesión, como se decía en la época, no tenía oficio ni beneficio, era jornalero, la vida no le fue nada fácil. Ante las escas ocasiones de trabajo que había en su ciudad natal San Fernando decidieron emigrar a la capital. Ya eran padres de cuatro vástagos.

En la capital les fue mejor, el joven encontró trabajo como panadero en un obrador y ella empezó su periplo como vendedora ambulante de joyas para la joyería Regente sita en la céntrica y comercial calle de Columela.

Con su proverbial verborrea y verbo fácil pudo acceder a la clase alta de la ciudad, con la que estableció una relación comercial que, a la larga, le sería muy válida para un delicado tema del que hablaré más tarde.

Este agotador trabajo callejero la llevó a tener que sacrificar el futuro de sus dos hijas mayores, mi tía Manuela y mi madre, que tuvieron que abandonar el colegio y dedicarse a cuidar de los más pequeños. La prole ya es numerosa.

Los dos varones mayores, los siguientes a mi tía y a mí madre, tenían que hacer de «aguadores», llevar el agua desde la fuente de un parque cercano a la casa.

El abuelo intentó volar por sí y se estableció como panadero en un local sito en la calle Compañía, El Horno Compañía.

El nombre de la calle proviene de que ya en el siglo XV, la compañía de Jesús, los jesuitas, que tenían el monopolio del transporte ente la metrópoli y las nuevas tierras descubiertas, había establecido allí su sede central.

EL CARÁCTER.

La abuela era de armas tomar, no se amilanaba, no se achantaba ante nada y nadie, para manejar a toda su tropa no dudaba en comportarse como un sargento de marines con sus reclutas.

Su carácter atrevido quedó de manifiesto cuando tuvo lugar un luctuoso suceso en la calle Soto, una pequeña y solitaria calle que desemboca en la plaza San Juan de Dios que, en aquellos tiempos, era el centro neurálgico de la ciudad.

Dos de mis tíos estaban allí, en busca de trabajo o tratar de comprar algo de comida, cuando la guardia mora hizo una redada, un falangista había ido asesinado de un estacazo en la cabeza.

Todos los detenidos fueron encerrados en los sótanos del cercano Ayuntamiento donde fueron «sutilmente interrogados» por los moritos. Interrogatorio que consistía en atizarles diez latigazos para que declararan.

Alertada la abuela de los hechos, ni corta ni perezosa se plantó en el Ayuntamiento y pidió, exigió, hablar con el Alcalde.

La abuela ya era conocida por los funcionarios, no en vano cada año le otorgaban un premio a la Natalidad, que consistía en una canastilla con ropa para el nuevo retoño.

Una vez ante el Alcalde hizo una interpretación digna de una consumada actriz en una obra de Shakespeare o de una actuación digna de ganar un Oscar de Hollywood, apeló a la relación comercial que mantenía con la esposa del Alcalde y con todas las esposas de la oligarquía gaditana, vertió unas lágrimas de cocodrilo, hizo ademán de arrodillarse en sus suplicas. En resumen, los detenidos fueron liberados.

Otro de sus momentos de coraje fue cuando se decidió viajar a la Montaña a «rescatar» a su hija más pequeña, mi tía Margarita.

Con gran acompañamiento de gestos y expresiones contaba, a todo aquel que quisiera oírla, el infernal, decía ella, viaje. Y realmente debió ser así.

En pleno mes de Agosto y con un calor infernal, tomó el tren nocturno Cádiz-Madrid que demoraba toda la noche, en un vagón cuyas ventanas no se podían abrir porque el hollín que desprendía la chimenea de la máquina a carbón se colaba en el compartimento.

Los asientos eran dos bancos de madera, en los que aposentaban sus posaderas cuatro pasajeros por banco.

A la mañana siguiente, y tras tener que desplazarse desde la estación de Atocha hasta la de Príncipe Pío había que pasar el día entero en la capital, un día de agosto en Madrid puede ser como decimos en Cádiz: «mortal de necesidad», para pasar el rato se entretenía en pasear de Príncipe Pio a la Plaza de España y viceversa. Y esa noche, la misma historia, tren nocturno Madrid-Santander y el mismo tipo de compartimento, aunque ya a la altura de Palencia el calor no era tan sofocante.

EL ROBO.

Aunque en aquellos tiempos de pobreza y estrechez, la seguridad ciudadana, merced a la estricta vigilancia de las autoridades, era bastante buena, pero el hecho de tener que caminar por toda la ciudad con un bolso lleno de joyas era, cuando menos, arriesgado, y sobre todo cansino y fatigoso, sin mencionar que en esas visitas domiciliarias te podías encontrar con sorpresas no deseadas y desagradables para una mujer sola y vistosa.

La lujuria está albergada en todos los estratos de la sociedad y en las clases altas en mayor grado que en las más bajas, los buenos manjares y mejores vinos son un buen caldo de cultivo para este pecado original.

En la Montaña, viendo las pésimas condiciones de vida de su hija, no le costó mucho convencerla de que volviera a casa.

Pocos meses después del regreso de su hija preferida, ocurrió un hecho que unido al estado de su ya maltrecho hígado la llevó al desenlace final.

Nunca explicó como ocurrió el hecho pero el resultado fue que unos pendientes, de gran valor, ya que estaban engarzados con esmeraldas, habían desaparecido, la dueña de la joyería la acusó de ser ella la ladrona.

Fuera como fuese el tema, esto le ocasionó una ictericia que la llevó a la tumba.

Para mí que entonces tendría poco más de ocho años aquello me produjo un shock que me ha dejado marcada.

En aquellos tiempos, la gente se moría en casa y allí se velaba el cadáver, mi madre y mis tías se obsesionaron con que yo la despidiera con un beso, tenía la cara cubierta con un velo y cuando yo me acercaba al cadáver y le levantaban el velo, me horrorizaba y salía corriendo, así ocurrió varias veces hasta que desistieron.

Nunca olvidaré este traumático episodio de mi vida.

3 LA EXPLOSIÓN