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«Y hoy, más que nunca, tenemos el deber de amar este mundo, no solo porque somos responsables de su fragilidad, sino porque tenemos una deuda con él: nos ofrece su esplendor, y pasamos de largo. ¿Por falta de tiempo? ¿De dinero? ¿Por el cansancio, por la desgana, por la desaparición de una naturaleza protegida en favor de una urbanización desenfrenada? ¿O se trata más bien de que no sabemos mirar?» Ante un paisaje, una pintura, una escena emocionante... las mismas dos palabras: «qué bello». Pero, ¿qué significan? ¿Expresan placer, una preferencia, una apreciación cultural? ¿Y si fuera todo esto a la vez y mucho más? ¿Y si la belleza, nuestra capacidad de verla, sentirla y oírla, fuera la forma singular y profunda que tenemos de estar en el mundo? A través de treinta textos luminosos basados en sus propias experiencias estéticas, Laurence Devillairs intenta dilucidar el misterio del encuentro con la belleza y nos invita a reaprender a verla, algo que a menudo se nos escapa por falta de tiempo o conformismo.
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Seitenzahl: 174
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Editorial GG, SL
Via Laietana, 47, 3.º 2.ª, 08003 Barcelona, España. (+34) 933 228 161
editorialgg.com
Salir al encuentro de la belleza
Laurence Devillairs
Traducción de Álvaro Marcos
Título original: La Splendeur du monde, publicado en 2024 por Éditions Stock, París.
Revisión de estilo: Anna Ubach Imagen de la cubierta: La boîte, de Marta Lafuente Cuenca
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La Editorial no se pronuncia ni expresa ni implícitamente respecto a la exactitud de la información contenida en este libro, razón por la cual no puede asumir ningún tipo de responsabilidad en caso de error u omisión.
© Éditions Stock, 2024
© de la traducción: Álvaro Marcos, 2025
© de la imagen de la cubierta:
Marta Lafuente Cuenca, 2025
para la edición castellana:
© Editorial GG, SL, Barcelona, 2025
ISBN: 978-84-252-3632-7 (ePub)
Cubierta
Título
Créditos
Índice
Obertura
El anciano del fiordo de Oslo
Ver
Una experiencia total
Una corneja sobre el tejado
Mirar no es ver
Es como electricidad
Vivir con un voltaje más alto
Como Stendhal en Florencia
La belleza es un choque
Hablar de la belleza con un finlandés
Y demostrar que los relativistas se equivocan
Pájaros nocturnos
Domesticar aquello que de primeras no nos conmueve
Vivir a la manera de Rimbaud
El esplendor no es mero deslumbramiento
Todos los girasoles del mundo
Naturaleza y cultura confundidas
El silencio de la
Madonna Sixtina
Aprender a callar
«¡Presente!»
El ego estético
Los vencejos de la estación de Montparnasse
Por una república de lo bello
Palermo
La belleza como destino
El pez escorpión
Cómo arruinar los viajes
La ballena de Tadoussac
Huir de los caminos trazados
Fotos
Contemplar el reverso del mundo
Turistas
Las cosas, no el espectáculo
Portofino
La era del hacer
El árbol de las islas Aran
El esplendor de lo que está herido
«Prohibido pisar el césped»
El mundo como santuario
La estecología
La ecología será estética o no será
La búsqueda del Grial
Elogio de la curiosidad
A Brasileira
Lo real no basta
Incandescencia
La amplitud del corazón
La belleza del gesto
O el coraje del bien
Noche de verano
La felicidad es posible
Epílogo
Zambullirse en Montenegro
Ejercicios de estética aplicada
Notas
Cuaderno de esplendores
Agradecimientos
Cover
Título
Start
Avanzo sobre la cubierta. Nos adentramos en el fiordo de Oslo. Todo enmudece. El paisaje entero —el mar, el bosque, el barco— parece suspendido en una espera, como si algo estuviera a punto de revelarse. Nos deslizamos entre las montañas envueltos en un silencio de catedral. A mi lado, un anciano se apoya en la barandilla.
Mira al frente. Para sus ojos, no existe más que aquello que tienen delante. Aunque no me ve, yo no dejo de mirarlo. Desprovisto de tristeza, imbuido de una gracia serena, casi solemne, este hombre entrado en años encarna la unión entre la fragilidad y la belleza. Escudriña el paisaje deseoso de contemplarlo una vez más —quizá la última—, de contemplar cuanto el mundo puede ofrecer de esplendoroso, todo aquello que pronto dejará de ver.
Este momento es para mí uno de los tres o cuatro que realmente cuentan —¿acaso se necesitan más? Una pizca del misterio de la vida y de su grandeza me han sido revelados. La vida, herida de muerte, junto con la muerte misma, por esa herida que nada cura y que hace que un día todo termine, mientras el fiordo, el mar y el bosque seguirán existiendo sin mí.
Por el momento, la tierra es un reino al que se me brinda acceso. Veo, vivo. Mi existencia y la del anciano que está a mi lado no conocerán la eternidad, pero, durante un breve espacio de tiempo, él y yo seremos testigos de la magnificencia irrepetible de esa tierra.
Atracamos, y lloro con desconsuelo. Sin embargo, estoy en paz, me siento reconciliada con lo que es: firmo y refrendo lo firmado, quiero ver y seguir viendo. Todo esto merece la pena. La vida quizá contenga la muerte en su seno, como un gusano en la fruta, pero esa amargura no le arruina el sabor. No podré retener lo que he visto, el paisaje pasará como pasan los minutos felices, pero lo habré vivido.
Freud distinguía entre la pulsión de conservación o vida y la pulsión de muerte o destrucción: Eros y Tánatos. Creo, sin embargo, que existe también una pulsión de lo bello, una avidez de ver que coexiste con la certeza de que todo ello nos será arrebatado: Kállos y Thanatos, belleza y muerte.
Es a aquel anciano del fiordo de Oslo a quien le debo el haber abierto los ojos de par en par ante la esplendorosa belleza que nos rodea y la urgencia de aprender a verla.
En efecto, es posible que tengamos una cita histórica con la belleza: hemos perdido tantas esperanzas, tantas creencias —en el progreso, en la paz, en los beneficios de la técnica, en la salvación ofrecida por la religión—, que tal vez lo único que nos quede, lo único todavía grande, todavía noble, sea la belleza. Lo bello es algo acerca de lo cual aún podemos ponernos de acuerdo, algo que mantiene abierta una vía hacia el porvenir.
La belleza no necesita militantes, solo requiere discípulos en el sentido original del término: alumnos atentos, aprendices dispuestos a comprometerse. Eso nos queda: la posibilidad de ser elevados e instruidos por la belleza. Aquí no hay dogma, no hay adoctrinamiento de ningún tipo, la experiencia estética solo exige una cosa: que seamos capaces de llevar nuestras sensaciones hasta el final y que luego las expresemos y las describamos, añadiendo a lo sentido la riqueza adicional de las palabras y del acto de compartir. Todo un mundo se abre así ante nosotros, pues es el propio mundo el que entonces nos habla.
Y hoy, más que nunca, tenemos el deber de amar este mundo no solo porque somos responsables de su fragilidad, sino porque tenemos una deuda con él: nos ofrece su esplendor, y pasamos de largo. ¿Por falta de tiempo? ¿De dinero? ¿Por el cansancio, por la desgana, por la desaparición de una naturaleza protegida en favor de una urbanización desenfrenada? ¿O se trata más bien de que no sabemos mirar?
Se nos proponen todo tipo de ejercicios espirituales y enseñanzas de sabiduría práctica que nos invitan a meditar, a cambiar, a perfeccionarnos. Pero se descuidan los ejercicios estéticos y la educación en la belleza, todo aquello que podría abrir y afinar nuestra sensibilidad. Porque también se puede aprender a ver: la contemplación es una experiencia incomparable en la que se entrelazan todos los sentidos; el cuerpo, pero también la inteligencia.
Es esta convicción la que quisiera compartir, porque la he experimentado: la atención a la belleza que me rodea en el día a día me ha transformado. Proporciona el consuelo más certero, la felicidad más inmediata. El esplendor del mundo está ahí, al alcance de la mirada, y afirmo sin sombra de duda que constituye uno de los últimos motivos para la esperanza.
El esplendor: tradicionalmente, la filosofía ha distinguido entre dos categorías, lo bello y lo sublime. Lo bello agrada, incluso fascina; lo sublime asombra y puede llegar a aterrar. Debemos a Kant, a quien Nietzsche llamaba «el gran chino» —aludiendo quizá a lo arduo de sus escritos—, la sistematización de esa diferencia, así como el haber situado la existencia de esos dos tipos de belleza en la naturaleza antes que en la cultura.
Me parece, no obstante, que habría que añadir una tercera categoría: la del esplendor. Lo esplendoroso no tiene el carácter previsible, incluso convencional, de lo bello, porque pertenece más bien al ámbito de la revelación que sorprende. Como lo sublime, nos conmueve y nos deja sin palabras, pero no nos aplasta, no es un estremecimiento sagrado, sino una luz que se enciende de pronto o, más bien, el mundo convertido de repente en luz.
El mundo, porque hay tantos esplendores forjados por la mano humana como nacidos de la naturaleza: el azul del mar, pero también el de los cuadros de Van Gogh; los icebergs del Ártico y los versos de Rimbaud. El esplendor exige no separar lo que el mundo ha unido: la naturaleza y la cultura, los vivos y los muertos, la historia y el presente, los bosques y las ciudades, las ideas y las palabras, la música y la pintura. Tenemos mucho que perder si separamos la cultura de lo vivo. El arte nos enseña a ver la naturaleza como una obra, vulnerable y única, mientras que las creaciones artísticas constituyen a su vez una escuela de atención, un modo de afilar la mirada.
Aunque para evitar repeticiones emplearé asimismo de tanto en tanto el término «belleza», es en verdad el registro del «esplendor» el que deseo explorar. Imprevisible, a veces inadvertido, lo esplendoroso no se anuncia, sino que suele residir con frecuencia en un detalle: un pedazo de cielo, un contraste de colores, tres notas musicales, cuatro palabras. El esplendor posee la intensidad de la belleza sin el carácter espectacular de lo sublime. Es majestuoso, pero también sencillo, depurado. El encuentro con lo esplendoroso provoca un impulso comparable al del enamoramiento súbito y genera una suspensión del tiempo: todo parece detenerse. Está ahí, lo veo. Y amo inmensamente al mundo que me lo ofrece.
Tengo una sed de ver que nada consigue agotar: he visto el mar fosforescente bajo la luna, las ruinas de una estatua de Ramsés enterradas bajo la arena de Lúxor, gaviotas danzando un balé violento contra el cielo del atardecer, frente a las islas Feroe, en agosto, no hace tanto. He visto las notas de la sinfonía Pastoral de Beethoven suspendidas en el aire como si fueran una oración.
He visto el Juicio Final de Van der Weyden en los Hospicios de Beaune y la blancura incandescente del manto del ángel aparece en él. Estaba con mi padre, uno de los pocos momentos que compartimos a solas, él y yo. Que eso haya ocurrido frente a semejante cuadro otorga a ese instante un carácter aún más precioso, casi solemne. No pronunciamos una sola palabra, pero tuve la impresión de que él me tomaba la mano. Tal vez lo hizo.
No sabemos todo lo que puede llevarnos a hacer y sentir el encuentro con el esplendor.
He visto: es más una sacudida que una percepción, un impacto más que una visión. Ese «ver» abarca todos los sentidos: el olfato tanto como el oído, incluso el tacto. Siento en mis mejillas el ardor del cielo encendido del retablo de Van der Weyden, respiro el aire polvoriento de los siglos en Lúxor, toco la materia densa y pulida de los acordes de Beethoven. La experiencia de la belleza es una experiencia total que no pertenece solo al dominio de la vista o la sensación.
Es tanto una cuestión de inteligencia como de sensibilidad, algo que une lo carnal y lo espiritual en una emoción que es también pensamiento. Se piensa cuando se ve, y ver hace pensar. Por eso, tras los primeros momentos de conmoción, sentimos la necesidad de hablar: lo bello ha puesto el espíritu en movimiento al mismo tiempo que ha estremecido la carne. Es para expresar todo esto que acontece a la vez para lo que utilizo aquí el verbo «ver».
Es una capacidad de ser tocado en el cuerpo y en el alma. Podría darse el caso, incluso, de que ese término tan antiguo, «alma», recuperase así todo su sentido: ver la belleza no es solo maravillarse, no es solo llenarse los ojos; constituye un estremecimiento profundo que no deja indemne.
No solo se trata de admirar algo externo a uno mismo —un paisaje, un cuadro—, sino de sentir una conmoción interior. En eso consiste la sorpresa del esplendor: viene a arrebatarme —me arrastra a la vez que me colma—, me deja una marca, como una quemadura. No podré olvidarlo, porque es la materia misma de mi memoria. Soy lo que veo.
De hecho, si tuviera que trazar un retrato de mí misma, vendrían a mi mente —a mi alma— todos los he visto de mi vida: el olor de las pacas de heno en los campos de mi infancia, la primera vez que leí a Nietzsche, la delicadeza dolorosa del reencuentro con un amor perdido… Soy plenamente en esos encuentros, porque me libero de las máscaras y los papeles que voy asumiendo en la vida, uno tras otro. Elimino lo que no es esencial, todo lo que es impostado y superficial. Incluso me desprendo del peso de mi carácter, lastrado por el qué dirán y por la costumbre.
La experiencia estética es, en el fondo, impúdica. Toca lo íntimo, lo que no digo, lo que tal vez ni siquiera conozco de mí. Viene a revelar zonas de mi ser que, sin esa experiencia, me seguirían resultando inaccesibles. No tiene nada que ver con el narcisismo ni debe reducirse a una cuestión de gustos o educación: no me crie entre artistas, ni viajé a lugares lejanos desde pequeña, ni pasé mi infancia en museos; y, sin embargo, el deseo de ver me acucia desde siempre.
Me constituye mucho más que mi estatus social, que mis convicciones o mis relaciones. Es como si la belleza devolviera mi ser a la unidad, a su núcleo duro, a aquello que no se negocia.
Es el santuario de lo que soy, mi habitación apartada, una estancia que está siempre un poco en sombra y que la luz de mis emociones estéticas viene a iluminar. Comparo ese espacio con el naos de los templos egipcios, como el que visité en Edfu. Es el lugar más importante porque allí se guarda la estatua del dios, allí respira lo divino; es el recinto al que solo los autorizados tienen acceso. El naos de lo que soy está hecho de todo lo que he visto y de lo que veré. Constituye mi identidad estética, mucho más singular que la que me otorga el registro civil. Todos los tiempos se reúnen en él: el recuerdo de las bellezas pasadas revive en el presente, el presente se proyecta hacia el futuro de lo que todavía no he descubierto y que ya deseo.
La experiencia estética salva al yo del adormecimiento, de la estandarización, también de los automatismos. ¿Cuántas veces a lo largo del año, de la semana, he vivido apenas a medias, en «piloto automático», conformándome con lo que los demás piensan de mí o con lo que creo que debo ser?
Mis encuentros con el esplendor me devuelven a mí misma. Cuando me abandono a lo que veo, existo de la forma más auténtica. Deposito mi alma en aquello que he contemplado.
El mundo me ha prestado sus formas y colores, y me siento más viva que nunca, envuelta en un torbellino de los sentidos. La formulación «Es bello» se convierte entonces en un credo: veo y creo. Lo acepto, lo abrazo, me identifico con ello, lo soy. También el arte contemporáneo, que cuestiona nuestras expectativas y sacude nuestra idea de belleza, tiene ese poder de romper con lo anodino de la existencia.
Pero para eso hay que aprender primero a ver hasta el vértigo, a ver con la garganta abierta y borrar así las fronteras entre uno mismo y el mundo. Una simple ojeada, una mirada distraída, con la cabeza en otra parte y el corazón sellado no bastarán. Se trata más bien de dejarse invadir y arrastrar, de embriagarse. Porque existe una libido de los ojos, un erotismo estético.
El objetivo no es consumir —tachar de una lista las mil y una maravillas de la naturaleza, la pintura o la escultura—, sino sumergirse, dejarse colmar por aquello que nos sacude. No va de recibir una dosis de belleza, sino de alimentar el deseo: veo y vuelvo a ver, sin medida. Es una forma de abundancia. Como unas bodas en las que el mundo y yo no terminamos de desposarnos. Porque ese deseo no se agota, al contrario: cuanto más veo, más hay por ver.
Recuerdo haber regresado otra vez al cuadro de Van der Weyden en el momento en que debíamos marcharnos. Quizá quería prolongar ese instante único, íntimo y estético, con mi padre. Mis ojos se posaron sobre el lado izquierdo del cuadro: no había advertido antes la entrada al Paraíso, un pórtico gótico devorado por las llamas. ¿La felicidad y la eternidad no eran entonces sinónimos de calma y paz? ¿Eran, al contrario, como un incendio, como un fuego que no se apaga?
¡Y pensar que no lo había visto! La belleza tiene esa generosidad que colma más allá de toda medida, mucho más allá del placer que se experimenta. Deberíamos ver como se ama: sin contar, sin cansarnos. Decir «Es bello» sería el equivalente entonces a decir «Gracias».
«Hay que recuperar el gusto por la vida», me dijeron. Yo estaba inmovilizada en un presente que no pasaba, un túnel sin salida. «Episodio depresivo» fue el diagnóstico. Pero, en realidad, no había perdido el gusto, sino la vista. Todo me parecía informe, sin sustancia ni relieve. El recuerdo más doloroso que conservo de aquel período es la total extinción de mi capacidad de ver. Recuerdo caminar por las calles como si estuvieran vacías. Lo estaban, la belleza había desaparecido.
Yo ya no era, porque ya no «veía». Mi ser había perdido sustancia, consistencia, algo que se manifestaba a nivel físico en mi incapacidad para mantenerme sentada o erguida. Pasaba la mayor parte del tiempo en el suelo, apoyada contra una pared de mi apartamento, cuerpo a tierra, literalmente.
Tal vez había en aquello algo de animal, una necesidad antigua de agazaparse, o quizá era una forma de buscar la estabilidad reconfortante de la tierra, en un momento en que sentía que todo me había abandonado.
Supe que había encontrado un camino para escapar de la tristeza cuando me conmovió, como si fuera un cuadro, la visión de una corneja negra, prendida del tejado del edificio de enfrente. El contraste que ofrecía el ave en mitad de aquel universo de piedra: su quietud brillante, el negro de su plumaje sobre el rojo de las tejas. El mundo se redibujó, recuperó sus líneas y aristas, y yo regresé al mundo de los vivos.
Me di cuenta de que me había levantado para observar mejor. Estaba, por fin, de pie. La depresión fue un accidente; no era yo. Fue como un experimento de laboratorio: algo en mi cerebro se había modificado y había sido reactivado por esa simple percepción. Estar triste es dejar de estar en el mundo, tener frente a sí tan solo un espacio sin contornos ni colores.
La depresión es una forma dramática de perderse la belleza, porque con ella se pierde también el propio ser. Pero la belleza también puede erosionarse de tanto subrayarla. Y tal vez ahí resida el mal de nuestra época.
Nuestra dependencia de los potenciadores del sabor y de los filtros le quita al esplendor su extraña sencillez, lo banaliza creyendo sublimarlo.
En realidad, se trata de algo más parecido a la taxidermia que a la estética: se le pide al mundo que pose el tiempo justo para disecarlo, para envolverlo como un paquete de regalo. Pero realzar algo suele ser, en realidad, deslucirlo. ¿No es más conmovedor pensar que las cosas —cuadros, acantilados, atardeceres— son bellas por sí mismas, sin que tengamos nada que ver con ellas? Vivimos tan solicitados siempre que no tener nada que ver debería constituir un placer singular.
Se me objetará que eso es justo lo que hace el artista: fabricar belleza. Pero incluso en ese caso es ella quien tiene la primera palabra y guía el gesto: ese azul y ese amarillo, esa idea y aquella otra, ese si y ese re, ¿soy yo quien los ha creado? ¿Acaso no son ellos los que me imponen su lógica, su estética?
