EL Evangelio Perdido - RAMIRO ALARCÓN FLOR - E-Book

EL Evangelio Perdido E-Book

RAMIRO ALARCÓN FLOR

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El Evangelio Perdido Novela de Misterio. Un drama policial excitante desarrollado en la eterna Jerusalén que le llevará por los caminos del misterio y la aventura. Un teólogo que descubre un nuevo Evangelio de Cristo, cuyo mensaje puede modificar desde su raíz la estructura de la Iglesia y del Cristianismo. Un drama de amor que elevará su autoestima y un final inesperado en la lejana Tierra Santa. Con un candente relato que lo atrapará en su lectura y no lo dejará hasta el final. "El Evangelio Perdido" de Ramiro Alarcón Flor, ecuatoriano, es una novela teológica-policíaca, que seguramente va a confrontar sus creencias y su fe. La novela trata sobre el hallazgo de un Evangelio perdido apócrifo, cuyo mensaje pone en cuestionamiento algunas prácticas eclesiales al interior de la Iglesia Cristiana Católica. Los sucesos ocurren en Jerusalén, en Quito y en Nueva York. La novela habla sobre la mujer y su liberación; sobre el lugar que ocupa actualmente en la Iglesia. También enfoca a Jesús de Nazaret, su vida, sus objetivos y los "mitos" que se han elaborado sobre Él. Por supuesto se los confronta y apunta a que el lector pueda investigar más sobre este tema. La trama desemboca en un asesinato y una persecución. Son trescientas páginas de una lectura que le atrapa, le interroga, le enseña y le divierte. La historia nos conduce por los caminos del misterio y la aventura, factores que seducen al lector y lo atrapan hasta la última hoja. Esa es una marca registrada de Ramiro Alarcón Flor, quien ha publicado quince libros, entre los que se destacan las novelas: "Y el Águila Voló", "El Pergamino de Dios" y "Cómo Elegir mi Carrera Profesional. "El Evangelio Perdido", es una historia se desarrolla en Israel, y se fundamenta en varios evangelios apócrifos que afirman que la Tercera Persona de la Trinidad, es decir el Espíritu Santo, es la Madre. La tradición posterior erosionó paulatinamente esta importante aseveración. La novela trata justamente de la discriminación actual que aún existe contra la mujer. Narra además la historia de un sacerdote católico ejemplar, quien quiere presentar el Evangelio Perdido al mundo, con fines de mejorarlo. Esto provoca un drama policial y una cadena de acontecimientos que se entrecruzan en un misterio. Es un buen libro que cuestiona la fe y las creencias de las personas con fines de afianzarla y mejorarla.

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Seitenzahl: 462

Veröffentlichungsjahr: 2022

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EL EVANGELIO PERDIDO

Ramiro Alarcón Flor

Un drama policial excitante, desarrollado en la eterna Jerusalén,

que te llevará por los caminos del misterio y la aventura.

Un teólogo descubre un nuevo fragmento de un Evangelio de Cristo,

cuyo mensaje puede modificar la estructura de la Iglesia y del Cristianismo.

Un drama de amor que te cautivará,

y un final inesperado,

en la legendaria

Tierra Santa.

No puedes perderte:

Este canto a la Libertad,

A la defensa de los derechos de la Mujer,

A la defensa de un paradigma de Dios más Solidario y Real.

Con un candente relato

que te atrapará en su lectura

y no te dejará hasta el final.

EL EVANGELIO PERDIDO

Autor:

Ramiro Alarcón Flor

ISBN: 978-9942-11-198-2

Primera Edición: 2013

Segunda Edición: 2020

Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transferirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopias, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información o sistema de reproducción, sin permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.

PEDIDOS Y SUGERENCIAS:

[email protected]

www.ramiroalarconflor.com

www.elcarpintero-estavivo.com

FUNDACIÓN ECEV

Quito-Ecuador.

EL CARPINTERO

ESTÁ VIVO

Presenta:

Otra NOVELA de

Ramiro Alarcón Flor

Autor de las OBRAS de éxito:

Y el Águila voló

El Pergamino de Dios y

Cómo elegir mi Carrera Profesional

“TODOS LLEVAMOS UN EVANGELIO GUARDADO EN NUESTRO CORAZÓN”

Nadie,

cuando enciende una lámpara,

la pone en un sótano

ni debajo de una vasija,

sino sobre el candelero,

para que los que entran

vean la luz. Lc. 11,33

Orígenes,

comentando el Evangelio de Juan,

dice lo siguiente:

“Y si alguien acepta,

El Evangelio de los Hebreos,

donde el Salvador, en persona, dice:

“Me tomó mi madre, el Espíritu Santo,

por uno de mis cabellos,

y me llevó al monte sublime del Tabor,

se quedará perplejo

al considerar,

cómo puede ser madre de Cristo

el Espíritu Santo,

engendrado por el Verbo.

Pero tampoco esto le es a éste difícil de explicar” (Santos Otero: 3). Cit. por San Jerónimo.

ÍNDICE

CAPÍTULO 1

Dumani, el terrorista

CAPÍTULO 2

Krauss

CAPÍTULO 3

De Quito a Jerusalén

CAPÍTULO 4

Los Pergaminos…

CAPÍTULO 5

Rochling y los primeros “mitos” sobre Jesús de Nazaret

CAPÍTULO 6

Nataly James y Artemio Reyes en Quito

CAPÍTULO 7

Otros mitos sobre Jesús de Nazaret

CAPÍTULO 8

William James y Andrea Rochling: el relevo.

CAPÍTULO 9

Masones

CAPÍTULO 10

El Evangelio nuevamente en Jerusalén

CAPÍTULO 11

La Confesión

CAPÍTULO 12

Nuevos mitos

CAPÍTULO 13

La Obediencia religiosa

CAPÍTULO 14

La Crisis

CAPÍTULO 15

El viaje a Cafarnaúm

CAPÍTULO 16

Rochling y el asaltante…

CAPÍTULO 17

La Conferencia sobre la Liberación de la Mujer

CAPÍTULO 18

La Búsqueda del Evangelio en Cafarnaúm

CAPÍTULO 19

Tabgha y el origen del terror

CAPÍTULO 20

El Desenlace

CAPÍTULO 21

Una Decisión Peligrosa

CAPÍTULO 22

En Jerusalén, otra vez…

CAPÍTULO 23

El Secreto

CAPÍTULO 24

Una Misión Delicada

CAPÍTULO 25

El inspector Sharett

CAPÍTULO 26

El Funeral

CAPÍTULO 27

Recuerdos de Rochling

CAPÍTULO 28

Tel Aviv

CAPÍTULO 29

Sharett y el Evangelio Perdido…

CAPÍTULO 30

A Jaffa

CAPÍTULO 31

Nueva York

CAPÍTULO 32

Jaffa

CAPÍTULO 33

El secuestro de Cardoso

CAPÍTULO 34

El misterioso Padre Alan

CAPÍTULO 35

El acecho a la Iglesia Ortodoxa

CAPÍTULO 36

Salmo 121,5/Ichthys

CAPÍTULO 37

La Persecución

CAPÍTULO 38

El Final…

EPÍLOGO

SOBRE EL AUTOR

CAPÍTULO 1

Dumani, el terrorista

La casa era enorme, y lúgubre. El aroma a pescado cocinado se esparcía desde la cocina, y se filtraba por los recovecos de aquella ciclópea construcción antigua. El niño veía desfilar a muchos guardaespaldas que trabajaban para su padre. Eran más de diez. Muchos lucían ingentes cicatrices que surcaban su rostro o sus brazos. Cejas pobladas, cadenas de oro, ojos de fuego, dientes enormes y amarillos, revólveres negros y grises, cuchillos al cinto. Caminaban frecuentemente de un lado a otro, como tigres enjaulados, recibiendo y cumpliendo órdenes. Desde que murió la madre, aquel niño único, perdió la brújula. La fuente de cariño y de ternura se difuminó. Las nanas y profesores, contratados para su educación, se topaban con un bunker. Casi ya no hablaba, tal vez algo con su padre, sin embargo, cada día que transcurría quería parecerse más a él.

Aquel día, el niño Jonás, tomó uno de los libros de la biblioteca de su progenitor, se sentó en una de las doce sillas que rodeaban a la enorme mesa de estudio de madera de acacia, color negro, que descansaban en medio de la estancia, y empezó a leer:

“El Islam es cronológicamente la tercera y la última de las religiones reveladas. Al igual que el Judaísmo y el Cristianismo, se apoya en un libro revelado: el Corán, y en su profeta: Mahoma. Es verdad que nació en tierras de Arabia, que el profeta hablaba en árabe y que el Corán está escrito en árabe primitivo, pero su vocación lo impulsó a extenderse y actualmente, de los 750 millones de musulmanes repartidos por el mundo, sólo 125 millones son árabes: uno de cada seis.

Los cinco mayores estados de población musulmana no son árabes: Indonesia, con 140 millones; Pakistán, 80 millones; Bangladesh, 80 millones; la India, 70 millones y la ex URSS, 45 millones.

Se ha acusado al Islam de fanatismo. Hay que advertir que, si hubiese fanatismo, no se trata de una exclusividad del Islam. Por su convicción de creer ser la única verdadera, casi toda religión lleva, dentro de sí, la tentación de esta perversión.

El fanatismo no está escrito en las leyes del Islam. Al contrario, el Corán recuerda que no hay que convertir a nadie a la fuerza: ‘Busca el camino de tu Señor por la sabiduría y la buena exhortación. Discute con los adversarios de la manera más benévola (Corán 16,125)’.

Históricamente, las guerras, todas ellas, y especialmente las religiosas, han sido un cúmulo de ferocidad, no obstante, hay que tener en cuenta dos cosas: la una, que muchas veces han sido obra de pueblos recién convertidos, ardientemente intolerantes, y conquistadores, y la otra, que la conquista de Jerusalén por los musulmanes no hizo correr ni una gota de sangre, mientras que los cruzados sí que dejaron millares de muertos.

En cuanto a la guerra santa, “la Yihad”, está lejos de ser un combate a ciegas en el nombre de Alá. Como regla general, para el Corán, el valor primero es la paz y admite la legítima defensa: ‘Al que os ha atacado, atacadle exactamente como os atacó y temed a Alá (Corán 2,193)’.

La Yihad es un combate interior contra el mal, una resistencia a las fuerzas malignas que hay en el hombre, un esfuerzo permanente del alma por rechazar a los ídolos; para seguir sólo a Dios. Tan sólo a continuación es guerra santa contra el impío, guerra de defensa o de conquista de la independencia”.

El chico de doce años, cerró su libro y se quedó profundamente pensativo. Luego salió, volvió al despacho de su padre, en busca de unos chocolates que había olvidado, pero lo encontró casi cerrado. Al igual que en otras ocasiones, abrió tímidamente la puerta de madera roja, empotrada en un marco de hierro oscuro, y se dirigió a una esquina. Su padre, un musulmán de fuste, a quien los conocidos denominaban “El Loco Dumani”, conversaba en tono serio con un chico de unos veinticinco años. Jonás hizo silencio, y sin respirar, mientras buscaba la funda de dulces, escuchó aquella conversación que impactó directamente su vida:

—Hermano, quiero pedirte un favor.

—Dime, hijo. ¿Qué deseas?

—Acabo de realizarme unos análisis en el hospital. Malas noticias. Me han detectado cáncer. Tengo muy poco tiempo de vida.

El hombre lo miró profundamente, suspiró con notoria tristeza y dijo:

—Alá te bendiga y te guarde, hijo mío. Hay que aceptar la voluntad de Dios con hidalguía. Pronto estarás con Él.

—Lo sé, le pido fuerzas para ello. Pero vengo a solicitar algo extremadamente importante para mí. Sé que estás organizando la operación Yihad 2. Permíteme participar en ella.

El padre de Jonás frunció el ceño, se levantó de su asiento y caminó varios pasos por la habitación sin percatarse que su hijo estaba escondido tras la cortina roja del ventanal mayor. Al final contestó.

—Creo que no es conveniente. Esa misión es extremadamente peligrosa. Tú estás enfermo. ¡Olvídala!

El joven se lanzó al piso y se aferró a los tobillos de aquel hombre. Musitó lastimeramente:

— ¡Precisamente por eso, hermano! Ten consideración conmigo. Aún no he matado a nadie. No puedo morirme sin haber matado a un impío. ¡No sería justo! Lo comprendes. ¿Verdad?

El padre de Jonás miró su rostro, levantó al joven, sonrió y lo abrazó.

—Está bien, hijo mío —dijo—, está bien. No te preocupes, yo te incorporaré. Ahora vete en paz.

Jonás, desde su escondite, logró ver su larga cabellera negra.

Y la puerta roja volvió a cerrarse.

CAPÍTULO 2

Krauss

La lluvia caía intensamente en aquel sector del mundo. La niebla, como un fantasma, descendía lentamente, llenando de bruma densa a rascacielos, edificios, pasajes y recovecos. Vientos poderosos resoplaban con ímpetu y dejaban escuchar su lúgubre voz. Un frío penetrante, que iba incrementándose con el pasar de las horas se filtraba, como un virus, por los intersticios de los abrigos, bufandas y tapabocas, de los pocos pobladores que se arriesgaban a circular por las calles a esa hora.

Adentro, todo era diferente. Luz, calidez, calefacción, color, música y armonía. El joven Maximiliano Krauss, un chico de unos veinte y cuatro años, de ojos negros, cejas abundantes y un gran lunar, color café, situado al lado derecho de sus labios, escuchaba una conferencia que no era de su agrado. Se animó a levantar la mano y cuestionó:

—Perdone, rabino Abarbanel, soy Krauss, Maximiliano Krauss, cristiano, estudiante de noveno nivel de teología y semiótica. Respecto a su pregunta, es claro que los judíos mataron a Jesús. Eso todo el mundo lo sabe. Lo que no entiendo es por qué, después de veinte siglos, ustedes los judíos, aún no lo aceptan.

El Auditorio de la Universidad de Columbia en Nueva York estaba abarrotado. El rabino Amós Abarbanel, uno de los más prestigiosos profesores de Teología, ofreció una conferencia soberbia. Se encontraban en el espacio destinado a preguntas del Auditorio. Los asistentes regresaron a mirar al estudiante que postuló la irreverente respuesta. Al cabo de un momento, el rabino continuó…

—Debo decirte algunas cosas, hijo —respondió el rabino—. La pregunta está en el tapete: ¿Quiénes mataron a Jesús? ¿Los judíos o romanos? Es una pregunta necesaria y que me va a permitir decir algunas cosas —subrayó Abarbenel, frotando las palmas de sus manos—. La primera respuesta que se me ocurre es: ninguno. Ni el pueblo judío ni el pueblo romano. Lo mataron las autoridades de esos dos pueblos. Que te quede muy claro.

Vamos a ver… ¿sabías que la propia Iglesia Católica, recién en tiempos de Juan XXIII, es decir, alrededor de 1960, borró de su liturgia de la misa la frase: “por los pérfidos judíos”, sabiendo que el mismo Jesús era un judío de cepa? Hitler fue un carnicero con mi pueblo, pero no sería justo decir, que esta corriente antisemita, que es un relicto histórico de la sociedad en general, y del catolicismo en particular, influyó directamente para que ese monstruo asesinara a más de seis millones de hermanos míos, aunque, tal vez, sí haya influido subliminalmente…

Pero, primero lo primero. Quiero demostrar, que no fueron mis antepasados quienes mataron a Jesús de Nazaret. ¿Has leído a Paul Winter y su obra: “Sobre el proceso de Jesús?” ¿No? Pues te has perdido de algo importante. Es un experto en ese campo. Afirma enfáticamente que fueron las autoridades romanas las que mataron a Jesús. ¿Argumentos? Varios. Primero: el método. Recuerda que los judíos no crucificaban a sus víctimas, las lapidaban, a otras las incineraban e incluso las decapitaban, y sólo más tarde –no figura en la Biblia- las estrangulaban. Segundo: los romanos sí crucificaban a los rebeldes políticos. Tercero: los judíos de aquel tiempo no poseían la facultad de condenar a muerte a los presos políticos. Jesús obviamente era un reo de este tipo, sino, no se explica, lo que dice la Biblia: que fueron a pedir a Pilato, un romano, que lo ejecutara. Winter critica a Marcos, el evangelista, en esta parte. Para él, Marcos no maneja un género literario histórico, ya que es claro que Marcos defiende a las autoridades romanas. Lo más seguro es que, como Marcos escribió en Roma, no quiso inculpar a los romanos por razones obvias de estrategia. Es decir, como él quería que ellos se convirtieran al Cristianismo, no los podía acusar de cajón. Ahora bien, te cuento que es el evangelista Juan quien, a diferencia de los otros tres, afirma que fue una cohorte romana la que detiene a Jesús. Parece extraño que Juan, quien es el más antisemita, haya dicho esto. Winter, considera que lo menciona, porque es una verdad histórica. Por eso, Piñeiro afirma que la muerte de Jesús a manos de los romanos es un hecho histórico, del que da testimonio Tácito, aquel gran escritor romano. Pero los motivos no fueron religiosos, sino políticos. Jesús era un profeta religioso, que nunca dejó de profesarse judío, pero quería cambiar la fosilizada religión de su tiempo. Podía haber ocurrido que los que se sintieron ofendidos, lo denunciaron ante las autoridades religiosas. Pero éstas, que tal vez no podían condenarlo, le enviaron a Pilato. ¡Y cuidado! Pilato era un hombre duro y violento, no como lo pinta la Biblia. Era un carnicero terrible. Por eso, es más lógico pensar que, como el Sanedrín le tenía miedo a Pilato, le enviara a Jesús, para que le interrogara y verificara, si era culpable de otro tipo de rebelión que no fuera religiosa. Entonces el poder romano lo condena por haberse proclamado “Rey de los Judíos”. Conclusión mi joven estudiante: el proceso de Jesús fue un gran error judicial, ya que fue llevado a muerte como un rebelde político, que pretendía sublevar a su gente contra el poder romano, cuando en realidad nunca había intentado tal cosa. Por ello, las autoridades romanas lo matan. El Sanedrín enciende la mecha, es cierto. Pero atreverse a decir que fueron los judíos quienes lo mataron constituye un error de ignorancia supina. El Sanedrín tiene culpa indirecta, pero el pueblo no. El pueblo lo amaba.

—Perdone, rabino, pero no me convence su explicación —acotó Krauss, sus manos grandes se movían dando fuerza a sus palabras. De tez muy blanca, algo pálida, cejas abundantes y cuerpo atlético, con el lunar abultado, que parecía crecer, a medida que hablaba; vestía un jean descolorido y una camiseta crema. Se incorporó y levantó la voz mostrando gran seguridad:

- ¿Usted está diciendo que la Biblia está mintiendo? Es el pueblo el que grita: “Crucifíquenlo, crucifíquenlo” Es el pueblo el que grita: “salva a Barrabás y no a Jesús”. Son ustedes, los judíos, los únicos responsables, y deben pagar por lo que hicieron, porque Jesús mismo lo dice en Lucas 23: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren más bien por ustedes mismas y por vuestros hijos…”.

El Auditorio volvió nuevamente la vista al chico, que con vehemencia acusaba. Los comentarios de todos los tonos y sabores se entretejieron. El murmullo ya no permitía escuchar a nadie. El rabino levantó su voz y seriamente respondió:

—Yo creo que, lo primero que debes hacer es informarte, para que puedas controlar ese resentimiento que, siento yo, existe en tu corazón. Segundo, yo no he dicho que la Biblia sea falsa, pero hay que escudriñar los géneros literarios, y si tú me dices que eres estudiante de Teología, no entiendo cómo me puedes hacer una pregunta como esa. Debería remitirte a primer año. Tercero, he contestado ya. Sólo acotaré que, es Marcos el primero en escribir su Evangelio. Y es él, justamente, quien se muestra muy permisivo con los romanos. Su influencia en Mateo y Lucas es obvia. Por otro lado, no he negado que el Sanedrín perseguía a Jesús. En el Sanedrín militaban los saduceos, quienes tenían el poder político y económico. No es de extrañar que hayan comprado al pueblo, de modo que la revuelta, fuera vendida como un rechazo del todo el pueblo a Jesús, lo cual es falso. Y finalmente, la frase de las “hijas de Jerusalén…” no tiene nada que ver con castigo divino. Jesús se refería a que él se va. Y si él se va, hay que llorar, porque, según tu misma religión, Él es la vida, ¿o no?

El rabino se puso en pie y se retiró tras una merecida ovación.

Al siguiente día, la noticia del avión estrellado en las torres gemelas de Nueva York, aquel 11 de septiembre, apartó a Jonás Dumani de sus recuerdos. Las poderosas cejas negras se levantaron y los ojos de fuego se abrieron como rosas. Algo en su corazón le decía que ese accidente tenía un propósito. Ansió con fruición que fuera real, que no fuese un evento fortuito, sino que respondiera a un plan organizado a favor de la causa y en contra de los impíos. Sí. Su padre siempre fue su ejemplo más grande para la lucha a muerte contra el enemigo: los que no comparten nuestra fe, los que se atreven a pensar diferente, aquellos que no sintonizan con nuestros ideales y creencias deben ser exterminados. Así de simple, así de sencillo. Porque nosotros, al seguir a Dios y sus mandatos, poseemos la verdad, y ella nos posee a nosotros. Dios es la verdad, y la verdad es luz y debe ser seguida. Aquellos que la combaten, están en la oscuridad, en las tinieblas, por tanto, son contrarios a Dios y a su mensaje. No merecen vivir. Su vida sería inútil. La vida consiste en seguir estrictamente los principios de Dios. No importa nada más. Los que confrontan y discuten, los que le hacen la guerra a la verdad, deben ser aniquilados inmediatamente, por el bien de la humanidad. Así Dios triunfará. Aquellos que luchen a favor de Dios para aniquilar al impío serán recompensados. Esta es la lucha de Dios: “Adelante guerrero”.

Sumido en estos pensamientos, al poco rato observó en la televisión que un segundo avión se estrellaba contra la otra torre. Sus ojos brillaron. Una alegría diáfana, profunda, lo dominó.

— ¡Gracias a Dios! —exclamó—. Tú bendices esta lucha. Te alabo y te bendigo porque tú nos das fuerza para luchar contra la injusticia. Este día me ofrezco entero a ti. Dime lo que debo hacer, lo que tú quieres que haga. Estoy dispuesto a seguirte desde ahora y para siempre. Muéstrame tus caminos y pon valor y coraje en mi corazón para que el mundo sepa que tú eres el vencedor. ¡Hasta el final! Sí —se dijo—, mientras recordaba a aquel joven que visitó a su padre cuando era niño: “La vida no tiene sentido si no somos capaces de matar al menos a un impío”.

CAPÍTULO 3

De Quito a Jerusalén

El vuelo de Iberia seguía retrasado, y el profesor William James, sentado cómodamente en una de las salas del Aeropuerto de Barajas, en Madrid, lucía embebido en su lectura. Sus manos blancas y huesudas se aferraban con firmeza a un libro rojo que descansaba sobre su estómago. Yacía casi acostado, con las piernas estiradas sobre los asientos plásticos de una de las estancias del gigantesco aeropuerto. Su cabello negro y lacio se escurría por los intersticios de un sombrero ecuatoriano de paja toquilla que llevaba puesto. Gruesos anteojos daban a su rostro un aspecto sobrio. A su lado descansaba una infusión de agua de manzanilla que tomaba permanentemente, debido a su crónico problema estomacal. Aquella vez, recorría apasionadamente las páginas de un libro que le habían recomendado: “El Código Da Vinci”. La mañana se presentaba maravillosa y desafiante; el sol había salido imponente frente al ventanal donde se encontraba; a su costado vislumbraba una vista mágica, de aspecto nacarado y casi cristalino del sistema montañoso central de España: la Sierra Nevada, que se erguía rutilante dividiendo a su paso todo lo que se le cruzaba enfrente. Pese a las doce horas de vuelo a sus espaldas después de una conferencia sobre francmasonería que acababa de dictar en Quito, se podía decir que William lucía bien. Su aspecto contagiaba optimismo y energía positiva.

—No estoy de acuerdo sobre lo que se afirma en este exagerado y cacareado libro —gruñó—. Fíjate que dice que la Biblia es un producto del hombre, no de Dios, y que los primeros cristianos respetaron el Sabbath, pero que fue Constantino quien lo modificó para que coincidiera con el día de veneración pagana al sol. Es decir que los fieles de hoy siguen dando culto al sol todos los domingos. ¿Qué tal, sobrina? ¿Qué opinas?, balbuceó con su voz áspera y grave.

Nataly James le escuchaba sin mucha atención, sus ojos se cerraban. Estaba sentada en las sillas de atrás. Una mini computadora le acompañaba. Ella sí que lucía exánime, extenuada y no entendía por qué debían esperar cinco horas más para tomar el vuelo a Jerusalén.

—Este viaje resultó híper-cansado, tío —apuntó—. Si me enteraba antes de este receso, jamás te hubiese acompañado. Tienes mucha suerte de que esté gozando de vacaciones obligadas.

Nataly, poseedora de una sonrisa encantadora, era alta y delgada. Tenía el pelo negro y largo, pero generalmente se lo envolvía hacia atrás. Lucía una gorra deportiva. Estaba sin una gota de maquillaje y sin embargo poseía rasgos finos y bellos que magnificaban sus grandes ojos verdes. Había estudiado teología en la prestigiosa Universidad de Yesiva en los Estados Unidos. Al principio, pensó que tenía vocación de monja, pero esa pequeña chispa se había evaporado cuando tuvo la oportunidad de visitar un convento y comprendió que aquel modo de vivir jamás podría hacerla feliz. Sin embargo, la búsqueda de Dios constituyó siempre la razón de su vida. Poseedora de un cuerpo escultural y de bellas facciones, acostumbraba a dejar de lado a muchos pretendientes, especialmente a aquellos en los que no encontraba “densidad espiritual”, según sus propias palabras.

—Mira lo que sigue diciendo este loco —anotó William— luego de beber un sorbo de agua aromática: “Como Constantino subió de categoría a Jesús cuatro siglos después de su muerte…, encargó y financió la redacción de una nueva Biblia que omitiera los Evangelios en los que se hablara de los rasgos humanos de Cristo. Los Evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados…” ¡Qué tipo más valiente para decir esto! —subrayó.

—Tío, es sólo una novela —musitó Nataly— suspirando aburrida. Por otro lado, el autor es escritor, no historiador.

—De acuerdo, pero esto que dice podría generar el menoscabo y detrimento de la fe de mucha gente —arguyó William.

—Me extraña que tú digas eso, tú que promueves la reflexión y la ciencia. Yo creo que, si la gente pierde la fe por cualquier tontería, ¿no te parece que su fe no es fuerte? La Biblia dice algo muy interesante: “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno”. Por otro lado, no hay que ser muy inteligente para saber que la Biblia no fue escrita por Dios vía celular o por e-mail. Fue escrita por hombres. Ojalá también las mujeres la hubiesen escrito, así sería aún más poderosa —señaló riendo—. Pero esos hombres la escribieron luego de tener un encuentro personal con la divinidad, por tanto, no es irreal decir que es un producto sinérgico entre Dios y el hombre.

Un enorme avión rojo de LAN aterrizó en aquel momento, el ruido de sus motores llamó la atención a los pocos turistas que se encontraban en aquella sala. Un atractivo olor a fresa se dejaba sentir en el ambiente. William cambió de posición pues empezaba a sentir un dolor lumbar - ¿Y lo del domingo? -continuó- ¿Seguimos dando culto al sol? Insistió con su voz arisca.

-Jesucristo resucitó el primer día de la semana, que es domingo. En ese momento, se crea una nueva religión, hermana, pero diferente al Judaísmo, y uno de los puntales más sólidos es la creencia en la resurrección. Como consecuencia de aquello, el día de culto pasa al domingo. Lo de Constantino es una coincidencia. ¿Ves? –aclaró la sobrina.

-Entonces lo que dice aquí, según tú, es falso —dijo James.

—Pues, en ese aspecto, sí. ¡Ah!, y para completar, no fue Constantino quien “subió de categoría a Jesús”, como dice Brown. Fue su resurrección. A partir de aquella, la gente del primer siglo comenzó a llamarle “El Señor” y a confirmar lo que había dicho a lo largo de su vida. Por supuesto que vino una reflexión y análisis posterior a su resurrección, porque la primigenia Iglesia no podía entender cómo un hombre, sin dejar de ser hombre, era también Dios. En ese aspecto, recuerdo aquella frase de Albert Nolan, un cura rojo, que dijo que “Jesucristo fue Dios porque fue inmensamente humano”. Vivió una vida tan radicalmente apegada al amor que, Dios lo hizo Dios.

James tío sonrió con benevolencia y afabilidad.

—Has sacado la inteligencia de tu tío, no hay duda, Nataly. Estoy de acuerdo contigo, pero aquello de que “Dios lo hizo Dios” como que irrumpe contra el dogma cristiano. Yo tengo entendido que Jesús fue Dios desde que nació.

—El dogma central y único es que resucitó, y yo lo creo —dijo ella—. Lo demás…, la verdad, no lo sé y me parece irrelevante. Sabes que, es justamente eso, lo que se discutió en el Concilio de Nicea con Constantino —aclaró Nataly, al tiempo que se reacomodaba sobre las butacas de la sala de estar del aeropuerto—. Yo creo en Jesús por lo que hizo en su vida. Es un ejemplo grande de hasta dónde puede llegar el ser humano por amor. Creo en él por su resurrección como señal concreta de la victoria de la vida sobre la muerte. Si fue Dios, antes o no, es una discusión posterior que duró casi cuatro siglos y que fue sellada en el Concilio de Nicea. Sí, así fue.

— ¿No crees que la Iglesia Católica podría acusarte de hereje si te oyera?

—Para nada, tío. Me muevo dentro de los límites del dogma, ejerciendo mi libertad de creyente. Tú sabes que la teología es la penetración racional al dato revelado. El mismo Pedro, según Lucas, dice en el libro de los Hechos de los Apóstoles que “Dios constituyó Señor y Cristo a ese Jesús crucificado”, lo que podría equivaler a pensar que fue el mismo Jesús quien, con su humanidad llevada a la máxima expresión, se ganó la divinidad. Ese sí que sería un gran ejemplo para todos nosotros. ¿No crees?

—Me gusta la formulación —apuntó el tío—, pero si fuese así, tendríamos que redefinir el término Dios. Dios es eterno, infinito. Dios no tiene inicio ni fin. Si Jesús tuvo inicio, aunque no tuviera fin, no sería en rigor Dios. Habría que crear una categoría diferente para nombrarlo.

—Pues esa es justamente la discusión que se realizó en el Concilio de Nicea, que nombraste, y luego en el de Calcedonia —afirmó Nataly, acomodándose en su cama improvisada—. Luego de la resurrección, los que habían visto a Jesús comenzaron a extender la noticia. Un ser humano normal no resucita. Jesús debía ser extraordinario. Un hombre-Dios o un Dios- hombre. La primera idea es la que se impuso al principio, pero luego, y justamente por el argumento que mencionas, terminó imponiéndose la segunda. Esa fue la fórmula que manejó Calcedonia: Jesús fue hombre y Dios a la vez, porque no podría jamás ser Dios si hubiera tenido un principio. Pero, no hay que olvidar, que este fue un dogma aceptado en el siglo IV d.C., y que trata de sintetizar toda la discusión de los tres siglos anteriores en los que primaba siempre, ¡ojo!, la aceptación de que Jesucristo fue un hombre que se convirtió en Dios…

Nataly levantó la vista al frente y miró varias personas dormidas en aquellas butacas plásticas. Otros leían discretamente, algunos estaban enchufados en la música de sus celulares. Varios ingerían alimentos y conversaban. Recordó que tenía que presentar una tarea de una maestría que estaba tomando en una Universidad de España y acercó su laptop, pero sintió una punzada en el estómago. De inmediato se levantó y convenció a su tío de que fueran a comer.

Al cabo de cinco interminables horas, los Williams abordaron el avión que los conduciría a Tel Aviv y luego a Jerusalén. Este viaje había sido para James un anhelo nostálgico. Luego de perder a su familia en un lamentable accidente de tránsito, por culpa de un conductor ebrio que los embistió cuando se dirigían a casa; este maestro masón pensó que la vida se acababa. Desde aquel día, notó que Nataly se acercó más a él, y ella, imperceptiblemente, fue llenando secciones de su corazón tan íntimas que logró difuminar su depresión. Ella fue quien le introdujo –una vez más en la Iglesia– y en un grupo de oración. Fue allí donde descubrió a Jesús de Nazaret y su mensaje poderoso, que le volvió a dar razones para vivir y para luchar. Volvió también a la Logia, y a sus conferencias de ciencia y fe. Ser masón y ser cristiano, al mismo tiempo, le enorgullecía sobremanera y lo proclamaba públicamente.

Y ahora estaba allí, en la tierra más sagrada del orbe. Con profusa emoción, descendió las escalerillas del Boeing 747 en el que no había podido dormir a pesar de que eran las cinco de la mañana. Él había visitado no menos de cuarenta países, y, sin embargo, su sueño de siempre, desde que era pequeño, fue visitar la “Holy Land”. ¡Diez años habían transcurrido ya! Diez años en los que no quiso volver a pensar en ese “bendito viaje” hasta que, como siempre, Nataly se interpuso y ahora estaba allí. Su agitación iba en aumento. Pronto estaría en Jerusalén. ¡No lo podía creer! Al fin, el sueño de años, hecho realidad.

No hubo mangas en el aeropuerto. El sol matinal de Israel bloqueado por una gruesa capa de nubes los recibió. La temperatura ambiente promediaba los quince grados centígrados. Amplias sonrisas se dibujaron en los rostros “de los James”. William suspiró alborozado mientras susurraba el Padre Nuestro, en agradecimiento por aquella inolvidable mañana. Un pullman los dejó en la puerta de migración. Tel Aviv lucía maravillosa. Para James, en ese momento, era la ciudad más hermosa del mundo. El poder divisar en hebreo el “Bienvenidos a Israel” tuvo un matiz mágico en la vida de este ilustre científico. La piedra caliza de la que estaba construido gran parte del aeropuerto le alegró aún más. Era su piedra preferida y notó que era abundante en Israel.

-Quedémonos en el hotel, estoy rendida, necesito ducharme y dormir algo —sentenció Nataly con leve irritación, al ver que su tío tomaba un autobús para inmediatamente trasladarse a Jerusalén.

-Has dormido todo el viaje, soy yo el que no ha dormido nada, pero lo primero que haremos será llegar a Jerusalén, allí podrás hacer lo que quieras. No puedo esperar. Además, son apenas dos horas.

-Ya me había olvidado lo necio y testarudo que eres. En fin, no estoy de acuerdo -murmuró Nataly, frunciendo sus labios rojos, mientras tomaba la mochila y su enorme maleta negra, que había comprado en Quito.

Allá vamos Jerusalén hermosa -gritó William entusiasmado- mientras se colocaba unas gafas oscuras y se arreglaba el sombrero blanco de paja toquilla. Estiró su mano derecha arrastrando su equipaje móvil lleno de ropa. Sonrió a Nataly quien ofuscada lo seguía.

Jerusalén es una ciudad antiquísima habitada desde la prehistoria, fue conquistada por el famoso rey David, quien la tomó para el pueblo hebreo alrededor del año 1000 a.C. y se convirtió en la capital política y religiosa del pueblo de Israel. La ciudad creció primero hacia el norte por la colina oriental, en cuya cima se ubicaba el Monte Sion. Salomón erigió el Templo allí. La ciudad fue destruida en el año 586 y se reconstruyó después gracias, sobre todo, a Nehemías y a Esdras en el siglo IV. Unos cuantos años antes del nacimiento de Jesús, Herodes el Grande engrandeció y embelleció la ciudad y el Templo.

Cuando se destruyó Jerusalén en el año 586 a.C., los hebreos fueron deportados a Babilonia. El antiguo pueblo de Israel perdió su independencia y, desde aquel momento, fue sometido a varios imperios que se fueron sucediendo en el Oriente: el Babilónico, el Persa y luego el Griego de Alejandro Magno. Después de la muerte de éste, su imperio se dividió en cuatro reinos. Israel estuvo primero bajo el reinado de Egipto y después bajo el de Siria. En el año 167, en este reinado, estalló la revolución religiosa de los hermanos Macabeos, que, con mucha fortuna en una serie de batallas, y después con gran habilidad, se apoyaron en los romanos y consiguieron su independencia política. Pero en el año 63 antes de Cristo, Israel pasó al control directo de Roma. Algunos años más tarde, Herodes el Grande aseguró su absoluta fidelidad a Roma y así obtuvo personalmente el nombramiento de Rey de todo Israel. En los últimos años de su reinado, mientras era Emperador de Roma Cesar Augusto, nació Jesús en Belén.

Como puede observarse, en los últimos siglos antes de Cristo, el pueblo hebreo ya no tuvo independencia, ni política ni económica, sin embargo, tenía una gran unidad y una conciencia muy fuerte de ser un pueblo elegido o diferente a los demás. Se trataba de una especie de distinción religiosa, ellos creían en un solo Dios y tenían la Ley de Moisés como fundamento de su propia vida. La muestra de todo esto era la circuncisión y la observancia del sábado. Ellos aún esperaban una gran intervención de Dios, que iba a restablecer el poderío de su pueblo a través de un Mesías. El centro de todo el Imperio seguía siendo Judea y, sobre todo, Jerusalén y el Templo. Este fenómeno se llama Judaísmo, sin embargo, en el seno mismo del Judaísmo, se distinguían diversas corrientes religiosas: los Fariseos, los Saduceos, los Celotes y los Esenios.

El pullman atravesaba el desierto de Judea y la música hebrea se colaba entre los oídos de los pasajeros. El corazón de William James latía con copiosa intensidad. Allí estaba la ciudad que siempre quiso conocer. La más deseada que mujer alguna. La ciudad en la cual transitó una y mil veces en su imaginación. La ciudad que había citado una y otra vez en sus conferencias. La ciudad de la paz y de la guerra, del cielo y del infierno, de la vida y de la muerte. Se quitó las gafas para admirarla mejor. No lo podía creer. Dios había sido bondadoso con él, al permitirle este regalo fabuloso. Miró su reloj suizo, marcaba las cinco en punto de la tarde. Movió su cabeza y sonrió a Nataly quien lucía también extasiada al contemplar la ciudad.

Llegaron al hotel muy elegante, ubicado en el centro de la ciudad moderna. Se registraron rápidamente, dejaron el equipaje y salieron de inmediato. En el lobby solicitaron un taxi que los transportó al Monte de los Olivos. Aquella noche fue mágica. El cielo se volvió cómplice del momento al ofrecer centenares de estrellas fulgurantes. El aire emanaba emociones eternas. William, del brazo de Nataly, estaba deslumbrado contemplando la célebre Mezquita de Omar en el lugar donde hace 2000 años debió elevarse el hermoso Templo de Herodes el Grande. Se divisaba el valle del Cedrón con el cementerio en sus riberas. El pináculo, la Mezquita de El Aqsa, las puertas por donde ingresó Jesús.

— ¡Oh! ¡Jerusalén añorada y adorada! ¡Aquí estás! Bendito sea Dios que al fin puedo conocerte —gritó William con los ojos llenos de lágrimas y su rostro perdido en una emoción inefable. Algunos turistas de los alrededores, al oírlo, le aplaudieron, mientras Nataly, tímidamente, apretaba su brazo izquierdo. Los ojos de la teóloga se llenaron de lágrimas al sentir la emoción de su tío. Además, se notaba en el ambiente, en aquel momento, una fuerza diferente, imperceptible pero genuinamente real. Las lágrimas que caían por sus mejillas saludaban la presencia del Más Grande, que les daba la bienvenida y les recordaba que aquella increíble ciudad fue la escogida para darse a conocer innumerables ocasiones.

Inefable momento.

—Al Hotel Plaza, por favor —sentenció Nataly, profusamente impactada después de aquel impresionante encuentro con Dios.

—Van a ser unos días sensacionales. Gracias por convencerme de hacer realidad mi sueño —exclamó el masón.

—Así es. Vas a ver que estos serán tal vez los mejores de nuestra vida. No sólo por todo lo que esta ciudad representa turística y culturalmente, sino, sobre todo, profesionalmente -respondió ella.

— ¡Ah, mi pequeña gatita! —dijo él- acariciando su cabello de la misma forma como lo hacía desde que era niña. Después de haber visto la Ciudad Santa, desde el mismo lugar donde la vio Jesús, aquella noche cuando lloró, ya puedo morir tranquilo.

El taxi atravesaba el sector denominado Ciudad Vieja de Jerusalén, era una noche fresca y estrellada. El conductor hablaba un inglés incipiente, pero lograba comunicarse sin mayores problemas. Nataly y William miraban maravillados las estrechas callejuelas de esta parte de la ciudad, sin duda la más importante y turística. Muchos mercaderes y vendedores se mantenían en sus pequeños negocios aún a dichas horas.

—Acabas de nombrar el versículo más pequeño de la Biblia —dijo ella.

— ¡Ah! ¿Sí? ¿Y cuál es?

—Es del Evangelio de Juan, capítulo 11, verso 35: “Y Jesús lloró”.

—No lo sabía —contestó—. Creo que ahora eres tú la que me estás enseñando muchas cosas.

— ¿Y qué es lo que sabes de Jerusalén? —interrogó Nataly.

—Pues no quiero pecar de soberbio, pero de eso sí sé bastante —respondió el masón.

—Cuéntame algo, porque yo también he estudiado de ella, a ver si coincidimos -sugirió Nataly- mientras el taxi tomaba una avenida amplia y muy iluminada.

—A ver, está situada en los montes de Judea, es una ciudad sagrada para la humanidad, se llama EL Kuds, La Santa, para los musulmanes, la ciudad de la paz, Yerusalain, y la capital desde los tiempos del Rey David para los hebreos, es el lugar de la pasión y la crucifixión de Jesús para los cristianos. ¡Ciudad de la paz! ¡Qué ironía! ¿Verdad? ¡Qué pocos fueron sus periodos de paz! Fue invadida y saqueada por egipcios, babilonios, griegos, romanos, persas, musulmanes, cristianos, mamelucos y turcos.

—Bien —agregó Nataly—, ¿pero sabías que el primer núcleo habitado de Jerusalén surgió en la colina en el sur, en el Monte Moriá? Allí vivía una tribu cananea que se llamaba los Jebuseos. David la conquista, y levanta un altar al Señor transportando la famosa Arca de la Alianza, símbolo de la unión entre Dios y su pueblo. El Arca había acompañado al pueblo de Israel durante todas sus peregrinaciones en el desierto, y las batallas antes de llegar a la Tierra Prometida.

—La conozco —dijo él—. Allí se guardaban las tablas de piedra con los Diez Mandamientos, la Vara de Aarón y un poco de maná del desierto.

—Así es. ¿Y sabes que, luego de eso, Salomón, hijo de David, escogió otra vez el monte Moriá para construir, hacia el 950 antes de Cristo, el primer templo de Israel?

—Ese templo que mencionas fue destruido por los babilonios cuando ganaron la guerra y deportaron a los israelitas —replicó James.

—Sí, tío, pero vamos por partes. Después de la muerte de Salomón, la discordia se incrementó y el Reino se dividió en dos: en el norte el de Israel, al sur el de Judá, con su capital Jerusalén. El Reino de Israel, cayó durante un breve tiempo bajo el dominio del Imperio Asirio, volviéndose una simple provincia. El Reino de Judá resistió al rey Senaquerib en el año 701 a.C., pero fue conquistado más tarde, en el 587, por el babilonio Nabucodonosor. Éste fue quien saqueó la ciudad, destruyó el templo y desterró a Babilonia a los hebreos.

—Tienes razón —murmuró William—. Me parece que el cautiverio babilónico duró casi cincuenta años, hasta que Ciro el Grande, rey de Persia, sometió a Babilonia permitiendo a los hebreos volver a la tierra de Judá, ¿verdad?

—Así es. Y un siglo más tarde, Nehemías y el escriba Esdras se ocuparon de la reconstrucción del templo y de las murallas de Jerusalén. Te comento, tío, que fue Esdras quien, según los teólogos modernos, juntó todas las tradiciones de Israel y puso por escrito los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Como son cinco, se los llama Pentateuco. Son estos libros los que conforman la Ley Judía.

— ¡Brillante! —acotó William aplaudiendo—. ¡Esa es mi sobrina! No sabía que en la Universidad de Yesiva discutían tan bien estos temas.

—Por supuesto —dijo ella—, es una universidad judía. Bueno, llegamos –exclamó Nataly suspirando.

Era un moderno hotel, muy elegante. Confluían en aquel sitio gente de todo el mundo. Bajaron del taxi y penetraron en una enorme área de recepción. Varias luces en forma de arañas colgaban del techo, hacia la derecha se percibía la piedra caliza pulida cuyo aspecto se asemejaba al mármol y al travertino. Al frente cinco personas uniformadas recibían a los turistas y los encaminaban a sus habitaciones.

Luego de tomar la tarjeta de entrada a la habitación se dirigieron a un moderno ascensor panorámico. Subieron al piso nueve. La ciudad lucía hermosa desde aquel sitio. Moderna y con una iluminación espectacular.

—Nos vemos en cuatro horas. Estoy en la 911, tío, me despiertas, por favor.

—Ok —exclamó James, abrazando a la sobrina y prendiendo su pipa color vino tinto. Todo aquí en Jerusalén va a ser “ok”.

CAPÍTULO 4

Los Pergaminos…

Aquella tarde, Jerusalén se veía aún más divina. “Los James” tomaron un taxi que los llevó a la Ciudad Vieja, atravesaron por la avenida Yitzhak Rabin y tomaron Bezalel, King George, Hillel hasta Yafo.

—El tráfico es endiablado a esta hora —argumentó el taxista—. Sus cincuenta shekels no van a bastar. Creo que deberán pagarme diez más.

—Ah, me había olvidado lo negociantes que son los judíos —exclamó William sonriendo.

—No soy judío, mi señor, soy palestino, natural de Bethehem.

—Ah, de Belén de Judá. Bien, pues, ustedes tampoco se quedan atrás en los negocios, ¿verdad? Me pregunto si Jesús de Nazaret se parecería a usted.

—Pues yo creo que sí —dijo el palestino emocionado—. Él era de Belén, como yo. Nosotros tenemos la piel morena, tostada por el sol, y los ojos y el pelo negros. No somos como los judíos actuales, que provienen de mezclas con gringos. ¡Jesús era como yo!

—Vaya con el niño humilde —musitó Nataly—. No te emociones tanto y baja la velocidad.

—No se preocupe, señorita, aquí manejamos todos muy despacio, lo hacemos para protegernos y es algo tan inconsciente que se ha vuelto cultural.

La llegada a la Ciudad Vieja fue emocionante. El sol estaba en su esplendor y el cielo lucía un matiz azul espectacular. El clima era perfecto, la temperatura oscilaba por los quince grados centígrados. Mientras nuestro taxista les acercaba a la insigne puerta de Jaffa y discutía con Nataly sobre los diez shekels adicionales, William se fijó en la hermosa piedra caliza con la que se levantaron las murallas.

— ¡Cuánta historia está contenida en tus entrañas! ¡Oh Jerusalén amada, cuánta vida y cuánta muerte has dado al mundo!

Al entrar por la puerta de Jaffa, William se preguntaba si tal vez aquel “Moreno de Nazaret” hubiese penetrado por allí.

—No estamos seguros —exclamó su sobrina—, estas murallas no son las que existieron en el tiempo de Jesús. Lo único que queda de ese tiempo es la parte inferior, o sea las dos primeras filas de roca que conforman el Muro de los Lamentos al occidente de la Ciudad Vieja. No te olvides que Jerusalén fue destruida por Tito en el año 70 DC, y luego Adriano la derribó casi totalmente para transformarla en Aelia Capitolia. No obstante, debe haber varias excavaciones en los alrededores donde se puedan apreciar las rocas exactas sobre las cuales Jesús caminó.

—Sí —afirmó William—, la Puerta de Oro que debe estar ubicada en el sur y que ahora está sellada con roca es con seguridad el sitio por donde Jesús entró en la ciudad aquel Domingo de Ramos.

Los James estaban emocionados. Sus pies pisaban la piedra caliza de la Ciudad Vieja. Al frente se apreciaba un edificio moderno donde funcionaba el Centro de Estudios Cristianos. Entraron por las callejuelas de no más de cuatro y medio metros de ancho, en cuyas riberas por los dos lados se establecían un sinnúmero de mercaderes judíos, palestinos y tal vez árabes que se disputaban a los clientes como si fueran perlas preciosas. Nataly se acercó a uno de los primeros puestos de ventas donde se exhibían unas alfombras árabes. Su tío la haló del brazo con rapidez, advirtiéndole que, si hubiera osado entrar a cualquier tienda de ésas, no hubiera logrado salir sin antes comprar varias cosas.

— ¿Cómo lo sabes, si es la primera vez que vienes? —le inquirió.

—Ya vamos a hacer la prueba —respondió James—. He venido por una pipa. Busquemos un local donde la vendan y lo verás.

Mientras transitaban, cayeron en cuenta del entretejido cultural poderoso que ofrecía la ciudad. En las callejuelas, que más parecían escondrijos, se cruzaban europeos, árabes, latinos y gringos. Casi todos turistas, unidos por un potente y legendario imán: la Tierra Santa. Al llegar a la esquina, William se fijó en un local donde vendían chucherías. Un judío con pinta de intelectual y con un kipá en su cabeza les dio la bienvenida.

— ¿Cuánto vale esta pipa? —preguntó el masón.

—Esta es una pipa de madera de acacia. Con ella fue hecha el Arca de la Alianza de Moisés.

— ¿Así? —Dijo él— ¡Qué casualidad!

—Sí, y hoy estamos regalones. ¿De qué país eres? —preguntó el judío con extrema confianza y rudimentario inglés.

—Somos americanos.

— ¡Oh! Bienvenidos —les dijo—. Aquí cerca queda la Embajada americana.

— ¿En serio?, exclamó Nataly—. No sabía que estaba ubicada dentro de la Ciudad Vieja.

—Claro que sí —confirmó el judío con aplomo y, dando cinco pasos adelante, señaló a la esquina de la callejuela.

William se carcajeó diciendo “¡muy bueno!” El cartel con fondo rojo y letras amarillas rezaba: “Mac Donalds”.

—Bien, esta hermosa pipa cuesta doscientos shekels —continuó el judío.

—Seguramente está bañada con el oro de la Mezquita de Omar —se burló Nataly.

—Oh, sí, y con el cobre de las “Columnas de Salomón”.

-Bueno —dijo el judío—, ¿cuánto ofreces?

—Treinta shekels.

El judío no se inmutó. Se acercó a William y lo abrazó.

—Ah, picarón —dijo.

—Tú quieres una pipa por treinta. Esta es la adecuada —dijo ofreciéndole una de plástico.

—Nos vamos —dijo William.

— ¡Oh, no! —respondió el judío. Te la doy en cien.

—En dólares, ¿cuánto es?

—Cinco shekels, un dólar —respondió Nataly.

—Oh, no, —dijo el judío— cuatro y medio.

—Ok, te voy a dar diez dólares.

El judío volvió a abrazar a William.

—Mira —le dijo—, es una pipa de lujo. Por diez dólares, te doy esta otra —sacó una que era da madera tosca sin tallado ninguno.

—Me voy —volvió a responder William.

El judío se interpuso en medio de la puerta.

—Muy bien, te la dejo en 12.

—Cómprala —aconsejó Nataly—, es un buen precio.

—Ok.

El judío besó a William y mostró una espléndida sonrisa de triunfo al haber cerrado la venta.

—Tú eres escritor o intelectual —inquirió.

—Algo parecido —dijo el masón—, soy conferencista.

—Me has caído bien —dijo el judío—. ¿Te interesan otras cosas que tengo?

—No —dijo el masón, sabiendo que, si mostraba interés en algún otro objeto, no saldría de allí sino al anochecer.

—Mira, aquí hay maravillas. Tenemos estos cofres para que deposites dentro de ellos estas cadenas de Tierra Santa, tenemos estos collares muy finos y baratos, estas pulseras que a las mujeres les encanta, hay aceite y agua del río Jordán, hay sal y agua del mar Muerto y estas baratijas que son frascos de Tierra Santa que puedes regalar.

—No nos interesa ver más —gruñó el masón—. No llevo suvenir para nadie desde hace años, y esta es la mejor decisión que pude tomar.

El judío no se daba por vencido.

—Si eres un hombre de ciencia, tal vez te interese esto —dijo sonriendo maliciosamente. El masón no veía la hora de irse, sabía que era otro pretexto del judío para retenerlo y aumentar su capacidad de venta. No obstante, mientras Nataly estaba embebida en las pulseras y collares, acompañó al judío a una recámara posterior pobremente iluminada. En un estante color marrón bastante deteriorado, que contenía tres repisas corroídas por la polilla, se mostraban varios paquetes recubiertos de cuero amarillento amarrados con tela de lino.

— ¿Qué es esto? —interrogó el masón.

—Me has caído bien —dijo el judío—, así que te voy a vender, por un precio módico, algunas de estas joyas. Son pergaminos antiguos encontrados en el desierto de Judea.

El masón rio a carcajada suelta.

— ¿Así? —le respondió —. ¿Me vas a decir que tienes los manuscritos de Qumrám aquí, en tu encantadora tienda?

—No son de Qumrám —respondió el judío con seriedad—. Si lo fueran, yo sería millonario. Pero son documentos importantes... Me los dio mi padre al morir. Me dijo que los vendiera si tuviese necesidad.

El masón pensó que este judío era un vendedor excepcional y que su historia hubiera podido convencer a cualquier incauto, pero no a él.

— ¿Y de dónde se supone que son los pergaminos?

—Según mi padre, se los compró a un pastor que venía de las cuevas que quedan entre Masada y En Gadi en el desierto de Judea. Allí hay varias cuevas... Él encontró algunos pergaminos de estos en el sector de la Cueva de las Cartas.

El masón palideció. Él había estudiado durante gran parte de su vida los descubrimientos de Qumrám y sabía de las campañas frenéticas posteriores que los judíos emprendieron en las cuevas contiguas al mar Muerto. Recordaba que, en 1953, Aharoni examinó el sector judío de esa región y que, durante los meses de marzo y abril de 1960 y 1961, cuatro expediciones judías bien organizadas exploraron los valles y las cavernas entre Masada y En Gadi. Mientras su corazón se aceleraba, recordó que justamente una de ellas fue en la Cueva de las Cartas, ubicada a unos doscientos metros sobre el lecho del valle de Nahal Hever. Esta cueva contenía pertenencias de un tal Jonathan Bayan, uno de los comandantes de Bar Kochba, quien fue llamado Mesías y peleó por la liberación de Israel aproximadamente en el 130 d.C.

El masón súbitamente se bajó de la nube. “Pero, ¿qué estoy pensando? —se dijo—. Este judío está bien aleccionado, eso es todo, es una técnica de ventas para que compre estas baratijas que deben ser falsificadas o que ni siquiera existen”.

—Quiero verlas —dijo el masón, para poner a prueba al excelente vendedor.

— ¿Cuál deseas? —preguntó el judío con un destello de luz en su mirada al ver que el masón acomodaba en su bolsillo un paquete de dólares americanos.

—La más antigua que tengas, claro.

—Yo, de antigüedad, no sé, mi querido amigo —respondió el judío- con la seguridad del vendedor que tiene a su cliente en la palma de la mano—. Pero acá han venido algunas personas de ciencia y me han dicho que todas ellas son muy antiguas.

— ¿Así? —dijo el masón burlonamente—. ¿Y entonces por qué no las han comprado?

—Es que son muy caras —respondió el judío, enfocando su mirada en los ojos azules de William.

—Ok. Déjame verlas todas.

—Son cuatro rollos —dijo el judío—. Espera un momento mientras llamo a mi primo Yochai

Mientras el judío se internó, William empezó a desenvolver uno de los rollos. No podía negar su emoción, aun cuando su mente le gritaba que era un truco de ventas. Su corazón latía con vigor infantil. Los rollos eran de papiro, es decir, de aquella planta acuática muy extendida en el antiguo Egipto y muy utilizada como material de escritura, pues sus fibras interiores sobrepuestas en forma de cruz prensadas y satinadas servían como hojas que luego se pegaban una a continuación de otra para formar rollos o volúmenes. William notó que su pulsó se disparó.

—Este es Yochai, mi primo —dijo el judío—. Se quedará con usted porque yo debo seguir atendiendo mi tienda. Él sabe más de estos rollos que yo.

El masón, que se había pegado un susto de muerte al ser interrumpido, trató de tomar las cosas con calma.

—A ver —dijo—. ¿Todos estos rollos fueron encontrados en la Cueva de las Cartas?

—No lo sé —dijo Yochai—. Eso dijo el pastor... cuando mi tío Ezequiel se las compró hace unos años. Dijo que también vendía vasijas metálicas, jarras y esteras de palma.

El masón estaba al borde de un paro cardíaco. Recordaba perfectamente que todos esos objetos fueron encontrados por los científicos en esa cueva y que adicionalmente se habían encontrado fragmentos de rollos bíblicos. Tratando de tranquilizarse por enésima vez dijo:

— ¿Y me vas a decir que tienen aquí estos rollos desde hace años? Si fueran importantes, ya se los habrían comprado, estarían en un museo. ¿A quién quieren engañar? ¡Yo soy americano!

—No los hemos sacado a la venta sino desde hace tres meses, cuando se murió mi tío. Él no quiso venderlos jamás, pero la necesidad que tenemos en este momento nos obliga…, tenemos un enfermo en casa… y…

El masón ya no podía más. Desenrolló a rauda velocidad el primero de los pergaminos y se dio cuenta, por la coloración del papel y por las inscripciones y la escritura, que eran muy antiguos. Inmediatamente llamó a Nataly a gritos.

— ¿Qué pasa, Willy? —dijo ella.

— ¡Mira esto, gatita!

El rostro de asombro de Nataly confirmó las sospechas del masón.

—Todos los rollos son iguales a éste —le dijo.

—Pues más o menos —respondió Yochai.

Sin perder un minuto, ordenó a Nataly que desenrollara todos. Al cabo del tercero, el masón preguntó:

—Quiero hacerle una pregunta. ¿Me dijo que varios hombres de ciencia han venido a ver los rollos?

—Pues no sé si de ciencia. Nosotros los mostramos a personas a quienes les pueden interesar. Recuerdo que hace un mes estuvo por aquí un italiano que quiso llevárselos, pero no pudo pagar lo que pedimos, así que prometió volver. Pero como no ha regresado, usted entiende...

— ¿Así? ¿Y cuánto valen?

Yochai llamó al judío.

—El tipo está interesadísimo, pídele lo más alto —le susurró al oído.

El judío, sonriente, avanzó donde el masón y le preguntó:

— ¿De verdad le interesa?

—Sí. ¿Cuánto?

—Veinte mil dólares por cada uno.

— ¿Está usted loco? Estos pergaminos podrán ser antiguos, pero no sabemos de qué época. Además, pueden ser buenas falsificaciones o material de ningún tipo de interés científico.

El judío sabía que tenía la batalla ganada.

— ¿Pues por qué no trata de leer algo? Para que se dé cuenta... El idioma en el que están escritos no es hebreo.

—Es arameo antiguo, reconozco ciertos caracteres hebreos, y parece que tienen algo de otro idioma —dijo Nataly inmediatamente—. Pero es muy antiguo y tiene cruces con raíces diversas. Yo sé algo de arameo, pero no puedo traducir esto.

—Le doy mil dólares por todo —dijo el masón.

Por primera vez el judío fue tajante.

—Nunca. Mejor es que olvidemos el asunto. Gracias señores.

—Espere —dijo el masón—, déjeme consultar con Nataly.

— ¿Qué te parece?

—Son muy antiguos...

—Me dijo que han sido hallados en la Cueva de las Cartas. Si es así, pueden estar relacionados con la Biblia.

—Tío —dijo Nataly muy seriamente—, no sé si será una copia y, aunque no puedo descifrar lo que dice, tengo la impresión de que sí logro leer el título.

— ¿Y qué dice? —consultó el masón con el alma en el piso.

—No estoy segura, pero parece que es… Evangelio de Heber... —dijo Nataly muy seriamente.

— ¿Evangelio de los Heber? ¿Qué es? ¿Un apócrifo? ¿El Evangelio de los Hebreos?

—No puedo confirmarlo, pero creo que es un Evangelio perdido —dijo Nataly con profunda emoción mientras sus manos temblaban.

— ¡Tienes que comprarlo como sea!

Y si es una farsa... ¡no voy a dejar aquí sesenta mil dólares!

—Tenemos que arriesgarnos —dijo ella—. Es más que seguro que es sólo una copia, pero, aunque lo fuera, constituye una enorme pieza de valor.

—No, mejor hacemos lo siguiente: volveremos mañana. Pídele que nos deje sacar una muestra para revisarla mejor —dijo William.

—Señor, le tengo una propuesta. Déjeme el primer rollo hasta mañana a estas horas.

Le vamos a dar por él cinco mil dólares con una condición: si no es lo que estamos pensando, nos devuelve el dinero —propuso Nataly.

— ¿Y si son auténticos, vas a pagar por ellos lo que te pedí?

—Le ofrezco treinta mil dólares —dijo el masón.

Los ojos del judío se agrandaron.

—Está bien, déjame los cinco mil ahora, pero si mañana cambias de opinión, no te devolveré la plata.

—Momento, no me crea tan tonto. Debo verificar si estos pergaminos son realmente históricos. Mañana, a esta hora, me los llevaré todos, si tienen valor. Pero si no, debe devolverme el dinero. ¿Estamos?

—Estamos —dijo el judío, dándole brillo a su mirada mientras veía tantos billetes de cien dólares juntos.

En media hora, los dos científicos estaban en el hotel tratando de descifrar la escritura y llamando por teléfono a todos sus contactos.

Al siguiente día, el masón depositó los veinte y cinco mil dólares en las manos del judío y se llevó los paquetes restantes.

CAPÍTULO 5

Rochling y los primeros “mitos” sobre Jesús de Nazaret

—Hoy vamos a hablar de varios mitos -léase leyendas- que estaban de moda en la teología antigua y que es importante aclararlos —dijo Andrea Rochling Cannavaro, profesor de Cristología de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Era un curso de diez horas de duración, abierto a estudiantes judíos, cristianos y de cualquier línea religiosa. La Universidad había solicitado que Andrea se hiciera cargo de este curso, por el éxito que había tenido en varios anteriores, a pesar de su línea liberal y su apodo: “cura rojo”.

Preparó el proyector de diapositivas y, sobre una pantalla de seis metros cuadrados, fue pasando la clase preparada.

“No nos debe preocupar si Jesús existió o no, y peor si se puede o no demostrar su existencia. Lo que importa es que Dios existe y la fe es lo que cuenta”.