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Uno de los problemas fundamentales de los estudiantes de bachillerato y de sus padres de familia, es aquel que tiene que ver con la elección de la carrera universitaria. Este tema no ha sido aún resuelto adecuadamente. Los colegios han sido incapaces de guiar eficazmente a los estudiantes en el tema vocacional. Muchos creen que se trata solamente de gusto o de saber cuál es la carrera de moda, o la que genera más poder económico. Algunos padres aconsejan a sus hijos estudiar tal o cual cosa por influencias externas o porque aspiran a que alcancen lo que ellos no pudieron."Cómo elegir mi Carrera Profesional" aborda el problema, en género de Novela. Lo va resolviendo a través de vivencias y anécdotas de sus personajes. Se trata de las historias de varios estudiantes y padres de familia que buscan tomar decisiones correctas para la elección adecuada de la carrera profesional. El libro cuestiona la educación basada en el cociente intelectual e incorpora la línea de inteligencias múltiples de H. Gardner.Se cuenta que varios animales decidieron abrir una escuela en el bosque. Se reunieron y empezaron a elegir las disciplinas que serían impartidas durante el curso.Al día siguiente, empezaron a poner en práctica el programa de estudios. Al principio, el conejo se salió magníficamente en la carrera; nadie corría con tanta velocidad como él. Sin embargo, las dificultades y los problemas empezaron cuando el conejo se puso a aprender a volar. Lo pusieron en una rama de un árbol, y le ordenaron que saltara y volara. El conejo saltó desde arriba, y el golpe fue tan grande que se rompió las dos piernas. No aprendió a volar, y además no pudo seguir corriendo como antes.Al pájaro, que volaba y volaba como nadie, le obligaron a excavar agujeros como a un topo, pero claro, no lo consiguió.Por el inmenso esfuerzo que tuvo que hacer, acabó rompiendo su pico y sus alas, quedando muchos días sin poder volar. Todo por intentar hacer lo mismo que un topo.La misma situación fue vivida por un pez, por una ardilla y un perro que no pudieron volar, saliendo todos heridos. Al final, la escuela tuvo que cerrar sus puertas.Los animales llegaron a la conclusión de que todos somos diferentes. Cada uno tiene sus virtudes y también sus debilidades.Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil"Esto es justamente lo que ocurre con los seres humanos cuando, teniendo una inteligencia lingüística, por ejemplo deciden estudiar matemáticas. O viceversa. La frase paradigmática: querer es poder" tiene límites. El secreto una vez más radica en conocerse bien a uno mismo,En la Novela Cómo elegir mi carrera profesional se confluyen una serie de historias de jóvenes estudiantes que buscan triunfar profesionalmente y que no tienen los elementos adecuados para una toma de decisiones correcta. Sus vivencias, sus sueños, proyectos, logros y fracasos se entretejen en una trama entretenida con matices poéticos y, claro, no podía faltar el amor como parte esencial de la vida. Pero también están los problemas adultos, de familia, de hogares inestables que desencadenan dificultades y retos, que generan estrés y que lastiman, que también motivan y posibilitan cosas nuevas en fin, las vivencias cotidianas de un grupo de gente que existe en un momento concreto de la historia de una franciscana ciudad de Ecuador, de cuyos estertores y resurrecciones se entrecruzan diariamente.
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Seitenzahl: 343
Veröffentlichungsjahr: 2021
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CÓMO ELEGIR MI CARRERA PROFESIONAL
-El Diario de Jonathan
y las Inteligencias
Múltiples-
RAMIRO ALARCÓN FLOR
Unanovela
para jóvenes,
que quieran elegir
eficazmente
su profesión.
Y también para
padres de familia
que los deseen apoyar.
CÓMO ELEGIR MI CARRERA PROFESIONAL
-El Diario de Jonathan
y las Inteligencias
Múltiples-
-Segunda Edición-
FUNDACIÓN
EL CARPINTERO ESTÁ VIVO
Otra novelade
RAMIRO
ALARCÓN FLOR
Autor de los éxitos:
Y el Águila Voló
El Pergamino
de Dios y
El Evangelio
Perdido
PRIMERA EDICIÓN © 2017
ISBN: 978-9942-28-689-5
SEGUNDA EDICIÓN © 2021
Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transferirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopias, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información o sistema de reproducción, sin permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.
PEDIDOS Y SUGERENCIAS:
www.ramiroalarconflor.com
FUNDACIÓN ECEV:
www.elcarpintero-estavivo.com
Quito - Ecuador
ÍNDICE
DIARIO DE JONATHAN DALGO
LA CONFERENCIA
MÓNICA PÁEZ FERNÁNDEZ
EL POETA
INICIANDO UNA NUEVA VIDA
DOS HISTORIAS DE AMOR
DESCUBRIENDO AL POETA
¿QUÉ TIPO DE INTELIGENCIA TIENES?
EL TEST DE INTELIGENCIAS
MÓNICA Y ARTEMIO
EL SEGUNDO TEST.
A EMPEZAR DE NUEVO
MESES ATRÁS.
LA CITA.
DOS MESES DESPUÉS
ARTEMIO REYES CAPABLANCA
UN SUEÑO CUMPLIDO
MÓNICA Y JONATHAN
EL REENCUENTRO
EPíLOGO
SOBRE EL AUTOR
7 de enero
Ayer cumplí diecisiete, mi padre estuvo de buen humor, algo que acontece a menudo cuando vienen sus amigos del trabajo, y hay un poco de licor en el ambiente. Apenas diecisiete…, me gustaría tener dieciocho para largarme de aquí. Sólo me apena mi mamá, va a sufrir si me voy. Siempre quise un “Diario”, ella me lo regaló y, a pesar de que me dicen que es una costumbre de chicas, hoy he decidido usarlo. Claro, lo pienso esconder en la pequeña caja fuerte que me regaló papá el año pasado. Sólo yo tengo la llave y estará seguro al fondo de mi armario.
Me gustaría ser como Álvaro, mi hermano. Tiene varias enamoradas que se preocupan por él. Viene a casa sólo en la noche, y puede salir cuando le plazca. Yo no. Tal vez sea mi carácter. Me cuesta enfrentar a mi padre como lo hace él. Soy un cobarde.
Voy a sexto curso y no sé qué diablos seguir en la universidad. Papá dice que debo ser ingeniero. El salió de abajo, siempre nos lo recuerda. Dice que hay que estudiar mucho para triunfar. A mí no me gustan las matemáticas. Tampoco he tenido buenas notas en eso. Pero la coordinadora de psicología del Colegio nos llamó en esta semana para discutir sobre los test que nos tomó el mes anterior. Me dijo que yo era bueno para todo. Que gracioso, yo creo que no soy bueno para nada. Le pregunté si podría seguir ingeniería, como mi padre. Dijo que sería perfecto; que tengo buenas notas en ciencias exactas y que haga lo que quiera. Tal vez mi padre tenga razón. Él es una persona muy importante. Yo también lo quiero ser. En fin, ya veremos.
14 de enero
Ayer conocí a una chica preciosa. Parecía una artista de cine. Su cabello era negro azabache, no era lacio, se enroscaba en su rostro como si hubiese sido moldeado por un artista genial. Su piel morena brillaba como un espejo, a la luz de los focos. Sus ojos gigantescos me miraban con una alegría que jamás nadie lo hizo; eran de color café y seguros de sí mismos. No pude resistir su mirada, a pesar de que lo intenté quinientas veces. Sus dientes blanquísimos y perfectos, se parecían a los de mi madre. Me cautivó su sonrisa diáfana, sincera y arrebatadora. Se llama María. Es la mujer de mis sueños. La conocí en la casa de una amiga de mis padres. No creo que yo le haya gustado; casi no se fijó en mí. No me atreví a decirle nada. Me quedé frustrado, porque me hubiese gustado pedir su número de teléfono, pero sentí temor a su rechazo. Tal vez Susana, mi amiga, lo pueda hacer. Sin embargo, estoy feliz, porque he visto un ángel. Jamás me había fijado tanto en una chica. Supongo que debe tener novio, alguien tan hermosa no puede estar sola. Debe tener mi edad. Sólo tú lo sabes, querido Diario, nadie más lo puede saber, ninguna persona es digna de mi confianza…
20 de enero
El curso completo tiene problemas en matemáticas. Todos están en contra del profesor, dicen que es un psicópata, que su exigencia es antipedagógica y que quiere experimentar con nosotros ejercicios de universitarios. A mí me cae bien, me parece un buen tipo. Es respetuoso y explica bien, pero creo que nadie le entiende. Hoy se reunieron los padres de familia para amenazarle: si no cambia su metodología se va. Yo no estoy de acuerdo. Lo que sucede es que en el curso nadie sabe matemáticas, no tenemos bases, nunca aprendimos verdaderamente, y cuando llega alguien que sí sabe, como este profesor, y nos quiere enseñar –realmente-, ponen el grito en el cielo. Yo también estoy mal, tengo cinco sobre diez, pero no me preocupa… pasaré como sea…
27 de enero
Hoy estuvimos hablando de la carrera que seguiremos. Mis amigos dicen que hay tres carreras que son las más importantes: Administración de Empresas y las ingenierías en Mecatrónica y Sistemas, según ellos, las demás no sirven. Sólo estas están posicionadas y dejan mucho dinero. Tal vez tengan razón. Si debo escoger una, prefiero la ingeniería de sistemas, no sólo para complacer a mi papá, sino porque el profe de física dice que nosotros, los “físico-matemáticos”, somos mejores estudiantes, y que los que siguen ciencias sociales son vagos. Me late que la administración de empresas es para quienes siguen sociales, y no quiero que piensen que soy de los mediocres…
2 de febrero
Todos dicen que el profe de literatura no sabe nada. Piensan que, como somos físicos, envían a los peores maestros a enseñarnos literatura. También dicen que la literatura no sirve. El licenciado Dávalos -así se llama-, no dicta clase ni resume nada, sólo pide que los estudiantes leamos un trozo de un libro, y así se pasa la clase. Estamos leyendo Romeo y Julieta, de Shakespeare. En cambio, a mí me encanta. Creo que soy el único que atiende a clase, todos los demás están jugando “gatos” o contando “cachos”. El profe no tiene mucha autoridad, es un gran tipo y por eso todos lo abusan…
10 de febrero
Nunca he sido bueno para los negocios, hasta hoy. Mi amigo Julián está “tragado” con una chica, y no sabe cómo declararse. Le dije que yo le podía escribir una carta de amor. Al principio le pareció una estupidez, pero luego aceptó: ¿Y tú sabrás escribir ese tipo de cartas? -me inquirió. Claro -le dije- es muy sencillo. Además, le convencí que debía hacerlo en papel y a mano alzada, como lo hacían antes, y que debía entregarle personalmente. Se la escribí en el recreo, no me demoré más de diez minutos. Le indiqué que debía copiar mi carta, con su propia letra, comprar un sobre con un papel elegante, incluir algún dibujo y un poco de perfume. Él salió feliz. Me dejó cinco dólares, “para los chicles” -dijo.
No sé por qué se me hace fácil escribir cartas. Lástima que no me atreva enviarle una a mi ángel. ¿Dónde estará? La semana próxima vamos a visitar a la familia amiga de mis padres y es posible que allí la vea. Estoy nervioso desde ahora. Sólo quiero verla, no pretendo hacer ni decir nada. Con verla diez minutos estaré bien por tres meses.
18 de febrero
Ayer la vi. Lucía más bella que nunca. Aparte de su belleza física, que se acentúa con el tiempo, lucía una blusa celeste con un escote espectacular. Mis ojos se quedaron en trance hipnótico clavados en el pliegue de sus senos. Mientras me hablaba, empecé a sudar copiosamente, al fragor de la batalla entre la timidez, que me obligaba a retirar la mirada de su busto, y un deseo feroz que me decía que no lo haga nunca, me puse rojo; parecía un camarón, y mi transpiración era anormal. Intenté esbozar una sonrisa, mientras ella me regaló un guiño precioso. Fue cosa de un minuto. Luego tuvo que irse. Yo debí pedirle que salgamos, y solicitar su teléfono, pero otra vez mi timidez me ganó el combate. Sin embargo, ahora estoy decidido a consultar con nuestra amiga común, y a requerirle su número de teléfono.
20 de febrero
Tengo ya tres clientes. Dos panas se enteraron de la carta que escribí a la chica de Julián, al que apodamos “el Diablo”, que, a propósito, gracias a la carta, ya es su novia. Vinieron a que les escribiera. Quise subir mi tarifa a siete dólares. Negociamos y me tocó bajar a cinco, pero cobré por adelantado. Les dije que me cuenten los detalles y vine a casa a escribir. Espero que les guste. Creo que ya todo el curso se enteró y me están molestando. No me importa, la idea es que no se enteren sus enamoradas, porque se me echa a perder el negocio.
Mi padre insiste en que debo estudiar ingeniería. Al llegar hoy a casa estuvo discutiendo con mi madre. Para ella yo tengo talento para las letras. Le conté que hago cartas para mis amigos y ella inmediatamente lo dedujo. A mí me da igual. Papá dice que debo ser ingeniero, que es una profesión respetable, la mejor; y que no permitirá que yo siga otra cosa. Se lo gritó a mamá.
La psicóloga me dijo que tengo talento para todo, así que voy a obedecer a papá; por otro lado, se supone que soy físico matemático. En fin, ya veremos, pero no me gusta que discuta con mi madre, él es demasiado imponente y agresivo. Su actitud lastima a mamá.
22 de febrero
Tuve un día sensacional. Oí en una película, no recuerdo cuál, que la vida se decide en dos o tres días fundamentales de la existencia de una persona. Son éstos días, en los que se toman grandes decisiones que condicionan la existencia futura; y que los demás días son de relleno. No lo sé, pero hoy me atreví a llamar a Susana, la amiga de mi ángel. Nunca lo había hecho, tuve que decirle que necesito un libro de física y que María me había comentado que lo tenía, así que le pedí su teléfono. Me lo dio sin chistar. Luego estuve enfrascado en una lucha feroz conmigo mismo. Una parte de mí me gritaba que la llame ya, otra parte que no debo. Al fin, después de una hora, de empuñar el celular como diez mil veces y cerrarlo de inmediato. Luego de escribirle tres cartas de amor, que nunca se las daré, con el corazón a ciento ochenta pulsaciones, marqué su número y aguanté.
-Hola -me dijo.
Me quedé en blanco por diez interminables segundos en los que me temblaba la mano y el alma.
-Hola -respondí por fin-, soy Jonathan, ¿te acuerdas de mí?
-No –dijo- ¿Jonathan qué…?
Quería que la tierra me trague hasta el fondo del abismo…
-Jonathan –musité-, el… amigo de Susana, amiga de tus papás… ¿te acuerdas?, -respondí entrecortado y con una tartamudez insoportable…
-Ah -dijo-, ya…, claro, ¿y ese milagro?
Perdona por llamarte, le pedí tu teléfono a Susana. Espero no te moleste. ¿Recuerdas que me habías dicho que tienes la física de… Zemansky? Quería pedirte que me la prestaras… sólo un ratito... para fotocopiar unas hojas… claro que, si no puedes, yo no tendría problema…
Para nada –dijo riéndose-, ven a verme a mi casa. Vivo en el barrio de La Magdalena, en la Rodrigo de Chávez 395.
Sentí que una gota de sudor burló la cobertura del desodorante y se me coló en el estómago.
- ¡Súper! -le dije- mañana estaré ahí tipo tres, ¿está bien? Listo –dijo- cuídate, te espero.
Salté como un metro durante un minuto, grité, vociferé. El helecho verde que reposa en la esquina de la sala me miró con alegría. Yo me alenté: lo hiciste Jonathan, ya cayó. ¡Eres un campeón!
Estoy feliz, veamos qué ocurre mañana. Ahora que lo pienso bien, no sé si hice lo correcto, estoy muy nervioso. Le voy a pedir el libro, lo fotocopiaré y se lo entregaré de inmediato. Sí, luego me iré.
Mónica Páez Fernández descansaba en la silla de su cocina. Mecía con tranquilidad la infusión de manzanilla y cedrón que necesitaba beber. Hace rato que no probaba azúcar, el facultativo le había diagnosticado un exceso de glucosa en la sangre. A su edad, cuarenta y cuatro años, ya no tenía muchas ilusiones para vivir. Miraba fijamente la ciudad de Quito a través de los grandes ventanales de su departamento ubicado en la Gonzáles Suárez, una de las áreas más cotizadas de la capital. Eran como las tres de la tarde. Sintió que también marcaba esa hora en su vida. El cielo quiteño se abría espectacularmente para inspirar a fotógrafos y pintores, lucía de un azul añil majestuoso; las pocas nubes revestidas de color solar parecían trozos de algodón almidonado, se asemejaban a obras de arte forjadas por las manos de un artista célebre. El sol deslumbraba, parecía un ramillete de colores que imperceptiblemente se unían para conformar la luz blanca que perforaba las nubes y le daba vigor a aquel paisaje arrebatador. Mónica se quedó mirando como hipnotizada el atardecer y se maravilló de sí misma. Hace rato que no era capaz de encontrar belleza en alguna cosa. Su contemplación de la naturaleza la transportó a su infancia, a su juventud, a esa época mágica en la que quería pintar las paredes de su cuarto con el nombre de Artemio, su primer y más grande amor.
¿Qué será de él? ¿Vivirá? ¿Me recordará de vez en cuando, como lo hago yo?
El destino no existe, lo hacemos nosotros. Son nuestras decisiones las que determinan la calidad de nuestra vida. Mónica lo afirmaba. Hace rato que su vida no llenaba sus expectativas. Se casó muy joven. Dejó a Artemio porque su madre, una cristiana ejemplar, le convenció que debía casarse con un chico de su Iglesia, ya que, caso contrario, podía caer en “yugo desigual”, y eso era un pecado grave.
¿Cómo fue tan estúpida?, ¿cómo se dejó manipular por su madre y su Iglesia? Una noche de verano dejó a Artemio y con él, la mitad de su vida, sus sueños e ilusiones, la densidad de un amor mágico y puro que duró cuatro hermosos años. Se casó al poco tiempo de aquello. Con el hijo del pastor de la Iglesia. Ni más ni menos: “Dios sabe cómo hace las cosas cariño. Él tiene el hombre para ti. Debes aceptar su voluntad, el amor vendrá luego. Así es siempre”, -señaló su madre.
El amor faltó a la cita. Le esperó por los cinco primeros años. Jamás llegó. Su madre le dijo que el amor tiene muchas aristas. “No es la pasión mágica y malsana que sentías por Artemio” -comentó. “El amor trae frutos de alegría, paz, esperanza, ya lo verás. Será delicioso, mucho más sólido que el que creías tener. Ten paciencia”.
Luego de los cinco años ya no lo esperó más. Tenía ya a sus dos hijos, y por ellos había que aguantar, disimular, entregarse y resignarse. “Al final, son los hijos los que realizan a una mujer” -volvió a sentenciar su madre. Y así han pasado más de veinte años. Mónica sentíase como atrapada en una rutina perpetua, interminable, desgastante. Su autoestima tenía niveles de alcantarilla. Su marido la vejaba, su hijo mayor la irrespetaba, sus amigas… ya no tenía amigas, su madre la compadecía. Sólo su hijo menor, Jonathan era su amigo y la valoraba.
Juan Carlos, su esposo, un ingeniero de prestigio, hijo del Pastor de su Iglesia, fue durante los dos primeros años su amigo. Él le ayudó a mitigar, aunque sea levemente, la indescriptible conexión psicológica y emocional casi adictiva con su pasado. Juan Carlos iba de gira muy a menudo. Era geólogo. Cada que salía de campo le regalaba piedras de colores exquisitos. Esta es la pirita, está asociada con calcopirita, el cuarzo, la galena que es el sulfuro de plomo y el oro, le decía. Hay que ingresarla a la chancadora para que esta maravillosa roca nos deje muchos gramos de oro. Así seremos ricos, repetía. Pero, con el paso de los años todo se convirtió en una rutina feroz que perforaba el cuerpo y el alma hasta la médula. Él se volvió hosco, irritable, agresivo y prepotente. -No es que se volvió, siempre lo fue, -pensaba Mónica- sólo que para enamorarme fingió no serlo-. Además, un machista insufrible. Ella comprobó varias veces sus engaños. Al principio reclamó, luego se calló. No lograba nada y sus hijos sufrían. Esta situación la marcó y la fragmentó, hasta el punto de convertirla en alguien completamente gris. Ya no quedaba, sino fragmentos, de aquella Mónica soñadora y segura de sí misma de hace veinte y tantos años.
El sonido de su celular bloqueó sus pensamientos. Era su hijo Jonathan que llamaba a solicitar que se le permita ir a buscar un libro de física. Mónica aceptó con las debidas recomendaciones de que se cuide y regrese a tiempo. “Pobre hijo mío” –musitó-. Su padre quiere convertirlo en una máquina de números, cuando lo suyo son las letras. Un grito irrefrenable trató de ser apagado y emergió a modo de un estertor: yo soy la culpable.
Julián Grijalva, alias “el Diablo”, miraba dulcemente a Cecilia, mientras ésta terminaba de leer la carta de amor que él, -a través de Jonathan Dalgo-, le había escrito. Cecilia, de cabello lacio rubio y ojos color turquesa, levantó su rostro, en ese momento sintió nítidamente los latidos de su corazón que se dispararon como si un torrente de energía potencial buscara canalizarse para mover lo que se cruzara por delante. Miró de frente a Julián mientras, imperceptiblemente, acercaba su boca a los labios de él. Se fundieron en un primer beso inolvidable, lento, armónico, inmortal. Al retirarse, dulcemente le dijo:
-Es la carta más hermosa que he leído. ¿Es sincera?
Julián enrojeció levemente, pero de inmediato sonrió como si no ocurriese nada.
-Por supuesto que es sincera –subrayó-. Tú me inspiras. Pensando en ti soy capaz de escribir esa y otras cartas más hermosas.
Jonathan sonreía, mientras Julián narraba en tono jocoso la escena de la tarde anterior. Cecilia se la creyó entera, y en ese mismo rato le aceptó como novio. Me dijo que “le encanta como escribo”, así que vas a tener “camello”, trovador,
-musitó- mientras se frotaba las manos.
-No hay problema Diablo -respondió Jonathan- sin embargo, he pensado que ya no quiero dinero. Tú eres el único que le entiende al matemático. Tienes nueve sobre diez ¿verdad? La mejor nota del curso. Todos estamos hecho pedazos, con menos de tres. Yo te escribo las cartas y tú me ayudas en matemáticas, ¿estamos?
-Listo. Es un hecho.
Diario de María Canelos
23 de febrero
Hoy me pasó algo chistoso. Vino a verme Jonathan Dalgo, un amigo de Susana y de mi mami. El chico no está mal, de hecho, está guapo, es flaco, no tan alto, pero es dulce. Blanco, cabello negro descuidado, y con una boca sexy. Parece que no encontraba la dirección de mi casa y se apareció media hora atrasado y con una rosa que parecía un clavel, por lo maltratada. No sé de donde la sacó. ¡Qué gracioso! Estaba sudando copiosamente y más rojo que el semáforo. Cuando me vio, creo que se asustó y no atinaba a decir nada. Yo me le reía en la cara y el pobre lucía cada vez peor. Al fin me dio pena y le hice pasar a casa. Vino a pedirme la física de Zemansky para fotocopiar unos problemas. Es un tipo especial. Me parece tragicómico, nervioso, estresado y tímido; pero me cae bien. Y lo de la rosa, a pesar que no tenía ya perfume y su aspecto distaba mucho de la perfección, es la primera vez que alguien me regala una rosa. No olvidaré a Jonathan, el de la rosa. Bonito detalle.
24 de febrero
Hoy perfeccioné la “Quinta de Beethoven” en el piano. Ya me suena muy bien. El profesor dice que debo practicar al menos una hora diaria en casa. Dice que tengo buen oído y que debería inscribirme en el Conservatorio y estudiar música. A mí me gusta, pero no creo que la música genere dinero para vivir. Está bien como hobby. Lo comenté con mi mamá y me dijo que eso debo decidirlo yo. Mi padre se rio y señaló que su sueño es que yo sea doctora en leyes. A mí también me gustaría para ayudarle en su bufete y trabajar juntos. Adoro a mi padre, él está siempre solo, luchando contra el mundo en medio de gente mediocre que vive de su trabajo, pero que no aporta nada. Sería una gran alegría para él que yo lo ayudara.
Seré abogada.
Estoy feliz, fui elegida Abanderada del Colegio. Pensé que no iba a serlo, ya que María Teresa Suárez ha tenido mejores promedios que yo en estos dos últimos años. Sin embargo, se dio. Que chévere. Acá, en casa estamos súper contentos. Papá me regaló un viaje a República Dominicana. Me encantó. La verdad es que no creo que sea la mejor estudiante del Cole.
1 de marzo
Ayer fuimos a visitar la Universidad. Me mostraron la proyección que tiene la carrera de ingeniería en electrónica, sistemas y biología, y me fascinó. Creo que voy a reconsiderar lo que debo seguir en la U. Tengo aún cinco meses para decidirlo.
Diario de Jonathan Dalgo
23 de febrero
Hoy fue un día especial. El día importante que provoca cambios. Uno de los decisivos, de los memorables, de los célebres. Casi no lo es. Pero yo decidí que lo fuese. Al final lo hice. He estado cargando unos nervios poderosos desde el inicio del alba. He soñado con ella y la he pensado toda la mañana. Su figura, su rostro, su sonrisa se me han fijado en el pensamiento, a tal punto, que parecería que tengo un tras- torno obsesivo. A medida que transcurrían las horas y se acercaba la esperada cita (tres de la tarde), mi pulso se disparaba y mi ansiedad se degeneraba. Casi no pude salir del Colegio. Le pedí al “Diablo” que me acompañe, pero no podía, tenía que ir a visitar a su novia. No tuve opción. Salí como un autómata y me dirigí al sur de Quito. Casi no lo conozco. No sabía que autobús tomar. Me perdí. Fui a dar a un barrio llamado Solanda, que está al otro lado. Sabía que me retrasé y tuve que sostener mi decisión al máximo porque en ese momento lo único que quería era huir. Pero la sostuve, lo logré. Regresé. Iba pensando en la excusa que debía esgrimir por mi retraso, y me di de frente con unas personas que vendían flores. Escogí una rosa amarilla que me pareció chévere. Me costó un dólar la condenada, pero no importaba, la flor me impregnó de un aroma de valor, y al final llegué con la lengua afuera. Tuve que concentrarme otros dos minutos, antes de decidir tocar el portero eléctrico. Al final una voz femenina preguntó quién era. “Jonathan Dalgo”
-susurré con retraimiento-. Y la vi. Parecía una diosa, una reina. Un ángel bruñido del que emanaba una extraña aura de luz blanca. Yo no salía de mi asombro y, como tengo la costumbre de quedarme extasiado con la boca abierta, creo que hice el papelón. Y ella comenzó a reírse a pierna suelta. Al principio me pareció un encanto su risa, pero luego pensé que se reía de mí. Y me puse de todos los colores. Mi transpiración se acrecentó y no podía hablar. Esto me ha pasado toda la vida cuando estoy muy nervioso. Tuve que hacer acopio a toda mi voluntad para poder contestar su saludo. Mi rosa se echó a perder. Me puse las manos atrás para que no se me note y poder darle una sorpresa, pero como no pude hablar, forcé mi cuerpo y mis manos maltrataron la rosa. Iba a esconderla, pero ella ya se dio cuenta y al final tuve que dársela. Creo que le gustó. Su sonrisa fue el regalo más importante que he tenido en mucho tiempo. Me miró. Sus ojos destellaban una extraña sensación de ternura y pasión. Es una diva. Es la mejor. Es mi sueño. Estoy feliz. No pude lograr expresarle lo que siento, pero no importa. Esa guerra es más complicada, pero lo haré. Ahora sé que puedo. La próxima vez encontraré la manera. Estoy orgulloso de mí mismo, eso es lo que importa. Lo hice, a pesar de todo.
Bien Jonathan, hoy fuiste mi héroe.
1 de marzo
Papá habló conmigo hoy. Bueno, más que hablar me ordenó que “debo” ser ingeniero. Me dijo que puedo optar por cualquier ingeniería y que me va a respaldar. A mí no me gusta la geología, le dije. No importa agregó. La electrónica, los sistemas, y la bio-meca-trónica son las ciencias del momento. Escoge una de ellas. Busca la universidad que quieras, siempre que sea aquí en Ecuador, no tengo dinero para enviarte al exterior. Hazlo ya. Mi mamá estuvo presente y le comentó que yo era mejor en letras y que, tal vez, debía buscar una carrera de ciencias sociales o literatura. ¿No es físico matemático? -espetó con violencia-¸ las letras… esas carreras son para vagos, para mediocres que quieren pasar por la universidad sin esfuerzo ni sacrificio. Ellos esperan que les regalen el título. Allá están todos esos políticos de pacotilla que compran títulos y no saben nada. ¿Eso quieres para tu hijo? Los ingenieros somos estudiosos, disciplinados, seguimos un proceso metódico que nos ha permitido forjarnos como seres humanos al calor de la ciencia y del estudio perseverante, constante, asiduo. La disciplina de una ingeniería, inclusive, moldea e incrementa la plasticidad cerebral, potencia la inteligencia e incrementa las neuronas….
-Estás equivocado Juan Carlos -respondió mi madre- con una energía que hace rato no había percibido. Todas las carreras logran eso que tú dices. Eres prejuicioso desde joven. ¿Quién te ha dicho que las matemáticas son las mejores ciencias? Todas las ciencias mejoran el cerebro humano. Si no te acuerdas, yo soy psicóloga. Y ninguna ciencia logra lo que la ética, los valores y las buenas costumbres pueden lograr. No puedes juzgar así a los seres humanos. Esta decisión es muy importante para Jonathan, debes dejar que él decida, no debemos imponerle nuestra voluntad. Es su vida, no la tuya. ¡Por favor!
-Ya salió la madre -contestó papá tremendamente enfadado
-Por tu culpa mi hijo es lo que es: apocado, delicado, timorato, afeminado.
- ¡No digas eso!
-Se lo digo y él lo sabe bien. Tú eres la culpable de todo. Debía ser como Álvaro, pero tú lo has echado a perder. No voy a permitir que me contradigas ¿Entendiste? Si no sigue ingeniería recoge a tu hijo y págale los estudios, yo no pienso hacerlo.
Papá salió dando un portazo, mientras los ojos de mi madre estaban llenos de lágrimas. Este es el cuadro que se repite desde mi infancia.
Ya no me conmueven.
Odio a mi padre cuando dice que soy afeminado. Me lo ha dicho desde pequeño. Él siempre quiso más a Álvaro. Mi hermano es tres años mayor que yo, y hace seis meses se fue de casa. Dice mi madre que se enamoró de una chica cubana y que mi papá no lo aprobó. Álvaro tuvo un niño con ella. Parece que la quería mucho. Dejó la carrera de ingeniería civil y se mandó a pintar. Él es el único que no se somete a papá. Nunca lo hizo. Casi no lo vemos. Yo no me he llevado mucho con él. Me ridiculizaba igual que mi padre, aunque a veces tenía buenos detalles, como aquella vez en el Colegio, cuando Rosas, el grandote, me insultó delante de todos y yo le respondí. Se acercó a agredirme y Álvaro se metió en el medio. Pídele disculpas -le dijo. Rosas, que tenía la misma edad de mi hermano, se le rio y mirándome fijamente me insultó: ¿a este desgraciado? ¡Nunca! Álvaro sonrió, se dio vuelta para verme y con agilidad felina le calzó un manotazo en pleno rostro. A los pocos microsegundos lo vimos desplomarse. Casi doscientas libras de su metro ochenta tendidas por el suelo cual fardel de papas. “No se metan con mi hermano” -subrayó. “Lo que es con él, es conmigo”. Luego me abrazó.
3 de marzo
He escrito dos cartas adicionales para Julián. Su novia Cecilia está feliz. Cómo me reiría, si supiera que soy yo. A cambio, él que es un genio para matemáticas, física, química y demás vainas relacionadas, me ha ayudado. Trató de explicarme la ciencia de las cónicas: la parábola, la elipse, la asíntota. Entendí algo, pero en el examen es otra cosa. El profe de Matemáticas no hizo el menor caso al reclamo que le extendió el curso sobre su pedagogía. Dijo que era profesor principal de la Escuela Politécnica, la mejor Universidad en Ciencias Exactas del Ecuador, y que era un honor para el Colegio tenerlo de docente. Los padres de familia se amilanaron y al final todo quedó en nada. A mí me cae bien el profe, pero exagera en las pruebas. Son exámenes llenos de ejercicios capciosos, ingeniosos, tramposos. Yo no logro entenderlos del todo. Julián, “el Diablo” en cambio, los resuelve todos sin pensar. Ayer tuvimos el examen y de los cinco ejercicios hice dos, los otros dos me los hizo Julián. Era el precio justo por las cartas. El único problema es que soy malo para copiar. Me pongo muy nervioso. Julián me lanzó el papel con los dos problemas desde la banca de atrás riéndose. Yo sentí que una onda de calor se concentraba en mi cara que lucía como un camarón asustado. Por poco nos descubre el profe. No me gusta copiar, pero todo el mundo lo hace. Ni modo, hay que pasar matemáticas. A veces el fin justifica los medios…
5 de marzo
Todo el día he pensado en María. Ayer soñé que hacía el amor con ella. Fue espectacular. La vi tan apasionada, tan excitada que me he admirado a mí mismo por soñarla de esa manera. Es fácil predecir su personalidad. Es segura de sí misma. Se expresa muy bien. Su mirada siempre es fija, penetrante, aguda, perspicaz. Parecería que domina el misterioso poder de leer la mente y los pensamientos. Las pocas veces que la he visto he estado prácticamente en trance hipnótico. Este fin de semana voy a invitarla al cine, ya lo tengo decidido. Julián irá con Cecilia y será más fácil. Hoy la llamaré. Cada que pienso en que puedo volver a verla se me hace la carne de gallina. Que bella lucía ayer en mi sueño. Su boca era como un imán, roja llena de azúcar, como una manzana chilena de circo. Su cabello se movía al viento. Logré divisar en la penumbra sus senos firmes y bien dotados que iban y venían con movimiento armónico simple. Hasta que la besé. Allí terminó todo. La atracción fue tan fuerte que tuve uno de mis sueños húmedos.
8 de marzo
María no puede este sábado, pero me dijo que el próximo con mucho gusto. ¡Aceptó salir conmigo!: Lo hiciste Jonathan, eres lo máximo. Lo malo es que el Diablo y Cecilia no pueden acompañarnos… ni modo…
Le envié un mensaje muy bonito por el día de la Mujer…
9 de marzo
Mi madre habló conmigo hoy. Es complicado. Me dijo de todo. Primero que debo disculpar a mi padre por decir estupideces… porque supuestamente él ha tenido una infancia difícil y su familia le presionaba mucho. Que él no tiene la culpa de ser como es. ¿Qué fácil verdad? ¿Y entonces quién tiene la culpa? -le respondí-. Cada uno forja su destino -le dije- y uno no puede culpar a otros de las decisiones que toma o no toma. Mamá se quedó admirada. Me dijo que nunca me había oído hablar así. De hecho, creo que tiene razón, pero hoy yo siento que puedo lograr todo lo que me proponga. Le dije que voy a seguir ingeniería, no porque mi padre lo haya dicho, sino porque me parece la mejor carrera. Mi madre insistió con la carrera de letras; le dije que para mí la escritura es un hobby, pero que ni loco viviría de eso. No quiero convertirme en un escritorzuelo de novelas romanticonas de tercera, y que para su información la psicóloga del colegio me diagnosticó que yo era bueno para todo y que podía seguir lo que me plazca.
Diario de María Canelos
27 de febrero
Ayer fue un día especial. Tuvimos la ceremonia oficial de la Bandera Nacional y yo la llevé. Qué gran emoción. Desde pequeña he admirado a las Abanderadas del Colegio, y aún no lo puedo creer: me tocó a mí. Repasamos tres días completos para el acto con la Banda de Guerra, y ayer que fue la presentación oficial, todas lucimos nuestras mejores galas. Hubo como trescientos padres de familia. ¡Me felicitó todo el mundo!; mis amigas dijeron que soy una “cerebrito” y que me lo merezco. La verdad es que toda mi vida he tenido buenas calificaciones, pero no me imaginé que iban a ser tan bien premiadas.
Tengo unas fotos fantásticas. Las subiré a Facebook ya mismo.
Hoy fui al Departamento de Seguimiento Estudiantil. Luego de felicitarme por mis evaluaciones, la psicóloga me dijo que escoger una carrera es una decisión muy importante en la vida. Según ella, existen dos variables para la selección: talento y gusto. Me dijo que yo tengo varios talentos y que entre ellos debo seleccionar cuál me gusta más. Dijo también que los seres humanos tenemos poco talento en algunas cosas, y que a eso se lo llama “debilidades”; y que sería un error monumental escoger una profesión siguiendo nuestras debilidades. Según mis test, yo podría escoger varias opciones: ciencias exactas, naturales, e incluso letras. Le dije a la profesora que me gustaría ser abogada para ayudarle a mi papá. Me respondió que piense bien y que no debo elegir una carrera sólo por eso. Al final me preguntó qué es lo que mejor sé hacer y le dije: tocar el piano. “Entonces debes seguir música” -me dijo.
¡Qué chistosa!, como si la música fuera valorada en este país. Aquí los músicos se mueren de hambre. Primero debo graduarme en algo que me permita vivir, luego veré si sigo en la música.
8 de marzo
Jonathan me llamó por teléfono a invitarme al cine. Esta vez no tartamudeaba y se notaba mucho más seguro. Me cae bien, me parece muy dulce. Quedamos para el sábado. Ojalá mi mamá me deje ir. Yo creo que sí porque, como conoce a su familia…
Luego, mi mamá me preguntó sobre el objetivo de mi salida con Jonathan. Le dije que no hay nada, que es sólo para divertirnos un rato. Dijo que estaba aún muy chica como para tener enamorado. ¿Muy chica yo? ¡Este año me gradúo! Además, ya he tenido dos enamorados, ella lo sabe bien. Por otro lado, no pienso tener nada con Jonathan, me cae bien, eso es todo, pero me parece muy inseguro como para aceptarlo… ¿Cuándo dejarán las mamás la manía de meterse en lo que no les importa?
Mónica Páez estaba sentada en su cocina, había terminado de servir la mesa y de lavar la vajilla, para su esposo y su hijo. Extrañaba a Álvaro. Su mirada, como la mayoría de tardes quiteñas estaba perdida en los ventanales de su departamento. La infusión de siempre, esta vez cargada de orégano, porque su gastritis le estaba generando más problemas de los normales. Conocía perfectamente que su estado de ánimo incubaba y potenciaba los problemas estomacales, pero no podía con ello. Estaba sumida en una profunda depresión.
-He fracasado como mujer, como profesional y como madre -se dijo-, mientras observaba sus manos, cuya piel empezaba a plegarse por el paso del tiempo. Mi matrimonio es un desastre. Hace tantos años que ya no hay amor. Yo podía con eso, pero ahora tampoco hay respeto. Juan Carlos me engaña otra vez. Es inaguantable. ¿Y mis hijos? Álvaro es un impulsivo egocéntrico que no piensa más que en él. Salió igual a su padre. Y Jonathan, quien siempre ha sido tan dulce y tan gentil, ahora está cambiando conmigo. Ya no me escucha, y cada vez me respeta menos. ¿Por qué he sido tan débil, Dios mío?… Dejé mi profesión por mis hijos, y ahora no tengo nada. Para mi marido soy una problemática ingenua, y para mis hijos una quejumbrosa crónica. Ya ni mis amigas me llaman. Hay veces, como hoy, que me da igual vivir o morir. Hoy tengo ganas de huir y no volver jamás… Oí a un conferenciante en la radio, que la enfermedad del milenio no es el sida o el cáncer, ni el estrés… sino la soledad. Pues yo estoy inmensamente sola, aun cuando tengo dos hijos y un esposo. No les importo en absoluto. Sólo sirvo de empleada doméstica. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Qué decisiones tomé en la vida para merecer este destino?
Sus ojos se perdieron en el Itchimbía, una loma ubicada en el centro de la ciudad. Desde los pliegues de la vieja cortina que cubría levemente el ventanal de aluminio, que daba al oriente de Quito, divisaba la vida: el movimiento de la humanidad que imperceptiblemente dejaba transcurrir el tiempo y el espacio, o el soplo de un viento glacial que impactaba las entrañas anunciando la inminente lluvia. El cielo y el infierno; la vida y la muerte; la esperanza y la frustración. Todo se unía como si fuese una sola maza, que caía en su agitada existencia. La recurrencia de su respiración se aceleró y varias lágrimas aparecieron en sus hermosos ojos negros. Necesito ayuda -se dijo- no puedo, ni quiero seguir así.
Aquella noche Mónica recordó que una de sus mejores amigas iba a una comunidad cristiana. Nunca fue muy religiosa. Recordaba que cuando tenía veinte años, poseía un carácter firme y hasta rebelde. Aquella fue la época más hermosa de su vida. Con un grupo de chicos visitaban asilos, hospitales y centros de ayuda social. Siempre le gustó ayudar desinteresadamente. Los rostros menguados y decaídos de los abuelitos que visitaba poseían –paradójicamente- una capacidad de comunicar vida, a través de la mirada y la sonrisa espontánea de la mayoría de ellos. Esa ternura le acariciaba el alma y le motivaba a seguir ayudando.
Y de pronto lo vio. Fue amor a primera vista. Del calibre de aquellos de telenovela: mágico, singular, avasallador, penetrante. No recuerda si fue su sonrisa, su personalidad o su compromiso social que desató en ella un ramillete de sentimientos que se acurrucaban en las entrañas de su alma. Fue devastador. Ni ella ni él fueron los mismos desde aquel día.
Se llamaba Artemio, a pesar del nombre, está guapo, -se dijo. Era el esperado desde su primera adolescencia. El que venía a realizar sus más grandes sueños. Un amor denso, potente, se fue consolidando a velocidad vertiginosa. Fue el encuentro de dos almas que se buscan perpetuamente y que al descubrirse no podían separarse. Un amor así merece ser eterno.
No lo fue.
Tal vez la juventud que todo lo construye y todo lo destruye, tuvo honda responsabilidad en ello. Tal vez la Iglesia. Su madre evangelista, Artemio muy católico, y Jesús no sé dónde se quedó. El cielo entero debió sollozar a gritos la separación de dos seres hechos el uno para el otro. Ella lo terminó. ¿O su Iglesia? Ya había aparecido Juan Carlos, el hijo del Pastor.
Se casó poco tiempo después. Cuando se entregó a Juan Carlos supo, ciertamente, que podía entregarle su cuerpo, no su corazón. Tantas veces trató de hacerlo y otras tantas falló. Pero bastó ser su mujer para enterrar ese recuerdo en el fondo de una ciénaga impenetrable. Le puso siete llaves y se las tragó todas. Jamás traicionó a su marido, ni con el pensamiento.
La Iglesia “culpable” fue quedándose cada vez más sola, de ella y de él. Sólo su madre siguió siendo miembro activa. “No quiero volver a esa Iglesia” -se dijo ya en aquel tiempo. Y lo cumplió.
Han pasado tantos años –pensó- mientras su mirada volvía del infinito a la sala de su departamento. -Ánimo Mónica, debes salir de esta depresión, y lo tienes que hacer ya. Vas a volver a visitar una comunidad cristiana que realiza ayuda social. Allí podrás ayudar a los demás.
Mónica se levantó bruscamente. Secó, con su mano derecha, una lágrima que burló su control emocional, y fue decantando por su mejilla; tomó el teléfono fijo de una mesa dorada contigua al sillón y llamó a Elena, una amiga cercana que conoció en una de las reuniones del Colegio de Jonathan. Elena la había invitado varias veces a los encuentros de un grupo de oración. Mónica estaba tomado una decisión que podía cambiar su vida...
Era viernes, y aquel día, Elena le llamó un par de veces, para recordarle sobre la reunión de aquella noche. Mónica luchaba consigo misma… “tal vez no fue buena idea… voy a tener que contarles lo que me ocurre… no quiero su lástima… además voy a salir por la noche, Juan Carlos se disgustará…”
-Bienvenida a nuestra Comunidad, estimada Mónica, un lugar para sanar espiritual y emocionalmente -dijo Eduardo Cisneros, coordinador del grupo- mientras sonreía afectuosamente. Eduardo, un tipo afable de tez blanca, al que le brillaban los ojos, era de estatura pequeña. Lucía un buzo azul marino en el que resaltaba en tono albino un Cristo resucitado. Debajo del Cristo, se leía en caracteres rojos: “El Carpintero está Vivo”. Mónica se quedó pensativa cuestionando el nombre. El sitio era sencillo pero cálido. Varias sillas y un sofá antiguo, se disponían en forma circular, alrededor de una mesa central cobijada por un mantel blanco; sobre ella lucía un cirio rojo, que emitía una tenue luz. Al costado derecho descansaba un libro empacado en cuero negro, seguramente era la Biblia. Pudo observar que contigua a la sala de reuniones se ubicaba una oficina pequeña, con revestimiento de madera añeja, y un sillón negro con filos desgastados.
