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El elemento convocante de la derecha a la que pertenece Milei no es la libertad sino la restauración de una moral conservadora a través de ciertos líderes mundiales que representan orden, castigo y obediencia. Este es el evangelio que resuena en los púlpitos del poder actual. Nada más alejado de las verdaderas convicciones liberales. Por eso José Benegas, un hereje frente al nuevo neofascismo internacional, se propone discutir los conceptos más relevantes de esta época —"familia tradicional", "liberalismo", "wokismo", entre otros— para dejar al descubierto que la supuesta batalla cultural no busca debatir, sino disciplinar, o sea, imponer una moral única que valide la exclusión de lo diferente y el sometimiento de lo diverso, un dogma que acerque nuevas ovejas a su rebaño. Sirviéndose de la teoría económica, de la socialdemocracia y de la queer, el autor también brinda las claves para construir un liberalismo contemporáneo que sea capaz de enfrentarse con el mileísmo y con toda la corriente conservadora a nivel internacional. Un auténtico contraevangelio liberal que, sobre todo, respete el deseo, la identidad y las distintas formas de estar en el mundo.
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Seitenzahl: 322
Veröffentlichungsjahr: 2025
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JOSÉ BENEGAS
Benegas, José
El evangelio según Javier / José Benegas. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-631-6632-64-7
1. Ensayo Político. I. Título.
CDD A864
©2025, José Benegas
©2025, RCP S.A.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
ISBN 978-631-6632-64-7
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Portada
Portadilla
Legales
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
EL HECHIZO TOOHEYIANO
NO ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO: CON EL AUXILIO DE JOHN STUART MILL
EL PRIMER LIBERAL SOLO EN LO ECONÓMICO
MILEI Y EL NUEVO FASCISMO SEXUAL
LA COOPTACIÓN: DE LEÓN A GATITO
EL PECADO ORIGINAL DEL LIBERALISMO
CUANDO UNAS IDEAS SE TRANSFORMAN EN IDEOLOGÍA
LA CONQUISTA DE LA PERCEPCIÓN
DE LA UTOPÍA LIBERTARIA AL TECNOFEUDALISMO
TRAICIÓN, PURGA Y DESTIERRO
NO SE LOS HAGAN PAGAR
EL FANTASMA WOKE
FASCISMO Y REPRESIÓN SEXUAL
PASTILLA ROJA: BIENVENIDOS AL PUTO FUTURO DEL MUNDO
EDUCACIÓN SEXUAL INTEGRAL Y ESTADO DE DERECHO
UNA HEREJÍA REPARADORA
¿A LA DERECHA Y A LA IZQUIERDA DE QUÉ?
ESCASEZ
EL MIEDO A LA INCERTIDUMBRE
UN SALTO MORAL
BUENA GENTE VS. GENTE DE BIEN
UNA EVOLUCIÓN DE LA ÉTICA FAMILIAR
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Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
El evangelio según Javier puede parecer en primera instancia un libro engañoso por su título, en tanto que no consiste exclusivamente en una crítica lúcida e impiadosa a lo que José Benegas llama el “disfraz” de aquellos que cayeron ante la transmutación reaccionaria del ecosistema liberal que coloca a Milei como un títere de las nuevas derechas, sino a mi juicio se trata del documento de un liberal honesto y autocrítico frente a la emergencia de este paleolibertarismo que resignifica los términos “liberal” y “libertario” en favor de la edificación de una internacional neofascista global que va de Donald Trump hasta Viktor Orbán, pasando por Vox, Jair Bolsonaro y Giorgia Meloni. Desactivando las diferentes maniobras cosméticas y retóricas del mileísmo, mostrando sus miserias y mentiras, desde mi perspectiva José hace algo más enriquecedor: abre las puertas para pensar todo de nuevo.
Si algo me atrae de la tradición liberal, viniendo de una formación de una izquierda libertaria e inorgánica de procedencia francesa, es lo que Foucault llamaba, leyendo a Kant, el estado de “mayoría de edad”, es decir, el pensar sin tutelas, de modo no pastoral. El liberalismo según la óptica de Foucault forma parte de la matriz del pensamiento crítico y precisamente los autores liberales más seductores son los que ejercen la crítica en sentido estricto: análisis, señalamiento de los límites del conocimiento posible, cuestionamiento de las posiciones propias, escepticismo como antídoto frente al dogma, autogobierno, sospecha de la autoridad. Teniendo en cuenta estas características resulta evidente al leer a José Benegas que se trata de un autor liberal. Sin adjetivos. Pero es un liberal del siglo XXI, no del siglo XVIII o XIX, ni siquiera del XX, es un liberal del presente.
El liberalismo, al menos en su declinación hispanoamericana, siempre tuvo un problema grave con la segunda mitad del siglo XX, la cual estuvo atravesada por una revolución moral. Luego de la posguerra asistimos a una verdadera liberalización y proliferación de la diversidad de estilos de vida que ya no responden a un modelo arquetípico, familiarista, castrador, puritano, heterocentrado y machista. Las únicas revoluciones no liberticidas del siglo XX fueron las subjetivas (del Mayo francés a la contracultura californiana, del movimiento por los derechos civiles de la población afroamericana al gay power de Stonewall) e irónicamente los liberales nunca las entendieron o las repudiaron cuando, en rigor, fueron revoluciones individualistas o, por lo menos, en las cuales la singularidad de las mujeres o las minorías sexuales y étnicas fue determinante. Por eso es importante este libro de José Benegas, porque entiende lo que no entendió ningún intelectual liberal de América Latina y España, con la remarcable excepción de Antonio Escohotado.
José nos da las pistas para la construcción de un liberalismo contemporáneo a partir del diálogo verdaderamente abierto y exploratorio que realiza con la teoría queer, las políticas de las minorías y la socialdemocracia, dejando al descubierto sus convergencias con estos campos filosóficos y políticos en materia de autonomía de los cuerpos, reconocimiento de los derechos civiles, pluralismo y defensa de que cada uno busque su camino hacia la felicidad. Este es el aporte sustancial del nuevo libro de José o al menos el que más me interesa destacar porque es una contribución valorable en momentos facciosos.
El lugar de hereje o disidente que adopta Benegas para sumergirse en el vocabulario neofascista del siglo XXI, que oscila entre lo bélico (“batalla cultural”) y lo paranoide (“wokismo”), es inmejorable para pensar cada uno de estos posicionamientos porque nos muestra que en el fondo se trata de salirse de la prescripción estipulada para dejar al desnudo el miedo en espejo, vale decir, los fantasmas “comunistas”, “feministas” o “trans” que protagonizan el léxico de la reacción no son sino el síntoma de la necesidad de restauración del hipotético paraíso perdido de la familia clásica (que nunca fue tal idilio), así como de las normas de conductas femeninas o masculinas que, lejos de tener algo natural, son una pura repetición coactiva y disciplinaria de un reglamento de género. De manera que las banderas que levantan quienes, además, ni siquiera encarnan en sus propias vidas esos valores familiaristas y religiosos, se revelan como meros artefactos deficientes que el hereje denuncia. Y Benegas nos muestra la historia repetida como farsa.
Dice José: “Lo queer no desestabiliza la libertad: la empuja hacia donde el liberalismo nunca se atrevió”. Y nuestro autor se atreve. Si es posible comenzar a reinventar el liberalismo en el siglo XXI, desde la irreverencia de la herejía, tal proyecto tiene en este libro de José Benegas un punto de partida más que promisorio.
A Felipe Schwember, in memoriam
“Son liberales para quienes el disentimiento de opinión es enemistad y guerra: el disidente es lo mismo que el enemigo. Es un liberalismo fundido en el molde de la Iglesia católica romana: la menor libertad de opinión, la menor disidencia, es herejía y cisma, razón de excomunión y proscripción. Esos son los que están empeñados en copiar las libertades de los anglosajones de Norteamérica. Se creen libres, porque quieren su propia libertad...”.
Juan Bautista Alberdi
Escritos póstumos
En un libro anterior a este, abordé a Milei cuando era la nueva promesa de salvación de la Argentina inflacionaria y recesiva y acababa de ser electo presidente. (1)
Esta mirada localista requería una reclasificación, una anatomía ideológica y hasta una arqueología. En algún lugar muchas ideas en principio no compatibles se habían alineado y hacía falta reordenarlas para hacerlas comprensibles. Conceptos como liberalismo, socialismo, libertarianismo, nacionalismo o conservadurismo habían adquirido nuevos significados en un período muy corto.
La gran novedad de la derecha alternativa a la que adhería Milei comprendía una ensalada extraña de discursos éticos, filosóficos y políticos y para entenderlo había que salirse de las definiciones tal cual las conocíamos. En el mundo liberal que Milei había conquistado en Argentina, se abría una brecha que no era una mera discusión bizantina de matices acerca de maneras de interpretar una doctrina, sino una verdadera enemistad que iba desde lo personal hasta lo más profundamente moral.
Mientras el debate ideológico y las definiciones fundamentales sobre el orden mundial estaban en plena efervescencia, Milei se convirtió en un vehículo de la llamada “batalla cultural”, un concepto que incorpora y asume a partir del año 2018, cuando se enamora de la deriva del Partido Republicano con Trump y de Jair Bolsonaro, inducido por actores locales.
La irrupción de este personaje singular fue leída en Argentina bajo el prisma de las disputas económicas, en la eterna dialéctica peronismo vs. antiperonismo, estatismo vs. mercado. Esa simplificación resultaba cómoda para una clase política y mediática que prefería no enfrentarse al verdadero núcleo de su proyecto: una cruzada cultural y moral. Como ocurrió en otros países con la derecha insurreccional, Milei no venía a discutir precios ni regulaciones, sino a imponer un orden social rígido, con pretensiones teocráticas, apoyado en la exclusión de la diversidad. La economía era la excusa; la “batalla cultural”, el objetivo.
Para la vocación de isla de la Argentina era más fácil y estaba más a la mano el Milei economista, el excéntrico y gritón que reivindicaba políticas económicas de mercado, para poder hablar de peronismo y antiperonismo o de izquierda y derecha, como venía siendo la lucha política hasta ahí. Ese tal vez es uno de los secretos del éxito de Milei: la dificultad para clasificarlo. Los análisis y las críticas iban para ese lado por toda la carga negativa que llevaba el liberalismo desde hace mucho tiempo en el país después del desprestigio en el que cayó con la crisis del 2001.
Aunque asignarle los males del país al “neoliberalismo” era un deporte nacional con tantos aficionados como el de endilgárselos al peronismo, para Milei y los creadores del Milei político, todo eso operaba en realidad como un manto conveniente, todavía usado en gran medida, para un proyecto muy ambicioso restaurador del orden no definido exactamente en lo económico, para sorpresa de mucha gente, sino en esa guerra declarada en la cultura, un conjunto de ideas rígidas acerca de cómo debería ser la sociedad en aspectos que van desde la sexualidad, a la educación, el derecho y la democracia.
Veremos que tal campaña, lejos de ser un medio para convencer sobre unas “ideas de la libertad” o impedir la propagación de un socialismo, es un fin en sí misma. Que el léxico de la guerra fría es lo instrumental, el disfraz. Ese “fin en sí mismo” es la restauración de unas jerarquías sociales, donde las diferencias —de género, identidad, costumbres, de lugar de nacimiento, de color de piel— son vistas como anomalías a corregir. La batalla cultural no busca debatir, sino disciplinar: imponer una moral única que valide la exclusión de lo diferente y el sometimiento de lo diverso, bajo el ropaje de “defender la civilización”.
La conexión que se fuerza hasta el día de hoy entre liberalismo y rechazo a la diversidad e inclusión sugiere que la libertad del liberalismo floreció en un jardín conservador, con familias estructuradas de determinada manera, ideas bíblicas sobre el sexo y el matrimonio y la fe cristiana como guía del Estado. Por lo tanto, argumentan estos liberales, el liberalismo no podría sobrevivir sin esa “pureza” de la sociedad.
Pero lo cierto es que si se observa con un poco de atención, toda esta elucubración esconde que no se intenta preservar el liberalismo de la posmodernidad más como fantasma que real, sino a un extraño paraíso perdido de la modernidad como tal, para mayor confusión.
Años de alta inflación y una recesión acelerada por la pandemia facilitaban un nuevo salto copernicano de la opinión pública que, antes de semejante tormenta, se había vuelto muy reactiva a las políticas de mercado. Un salto como los que vieron varias veces en el pasado, sin ir más lejos: cuando cae la convertibilidad o después de la hiperinflación en la que termina el gobierno de Raúl Alfonsín.
Pero el paso de este año y medio de gobierno sirve para ilustrar lo contrario. Milei no es un liberal extremo, sino un economista ortodoxo que trata de manipular la tasa de interés con su electoralmente demonizado Banco Central y el tipo de cambio. Que quiere parar la suba de precios de los supermercados y convierte la importación en amenaza al mercado interno, que vive de altas retenciones al campo y depende del auxilio del FMI. Como ortodoxo, persigue el déficit, pero está lejos de ser un reformador.
Mi observación de entonces, y que para mucha gente fue una sorpresa después, era que el líder libertario en todo caso traía ciertos recuerdos del sueño de un comisario que pusiera orden pero favoreciera al mercado, una fórmula también conocida en la Argentina de los golpes militares. Experiencias que, por otra parte, no habían resuelto los problemas económicos, sino que los habían agravado.
La verdad es que el proyecto ideológico mileísta se formó como las sucesión de capas de una cebolla donde unas consignas cubrían otras ideas y había que adivinar cuál era el norte. Las primeras capas eran económicas: la motosierra, la dolarización, la furia contra el Banco Central. Luego vinieron las consignas culturales: la lucha contra el “marxismo cultural”, la “ideología de género”, la cruzada contra el feminismo. Después, la bandera de la libertad de expresión, utilizada para proteger la agresión y victimizar al agresor. Y cuando llegó la pandemia, encontró un campo fértil para profundizar ese relato, oponiéndose a cualquier política pública como si fuera parte de una gran conspiración.
Pero debajo de todo ese envoltorio se esconde el verdadero núcleo: la imposición de un orden jerárquico y excluyente, disfrazado de grito libertario, que niega el pluralismo y reivindica la sumisión a un modelo único de sociedad.
Tuvo que pasar más de un año para que la mirada sobre Milei superara el debate económico, que se viera su intolerancia a la información y al periodismo, su agresión como metodología en el mundo digital, su búsqueda de eliminar la educación sexual integral, la creación de una secretaría de “culto y civilización” o algo como el discurso de Davos en enero de 2025. Ahí salió la letra aprendida de su “batalla cultural” contra la perspectiva de género, explicando cómo el mundo había sido arruinado por parejas homosexuales que adoptaban niños, a las que asoció con la pedofilia, a los asuntos de género con el socialismo y la Agenda 2030 que venía de la mano del globalismo para gobernar al mundo. El proyecto empezó a desnudarse como algo en gran medida inclasificable en los términos habituales de la lucha política Argentina reciente.
Esto no quiere decir que la campaña moralizante que se había iniciado en otros países no se hubiera comenzado a desarrollar en la Argentina también. Resulta que, por un lado, la discusión económica era ineludible y, por otro, ni la oposición estaba muy enterada de las características más profundas de esta novedad en el mundo, ni le importaba mucho entrar en detalles polémicos a una cultura periodística acostumbrada a ser complaciente con figuras en ascenso. Son momentos en los que el periodismo mira lo que quiere ver.
En campaña, Milei fue descubierto plagiando sus libros y los artículos en el portal ElCronista.com, perteneciente a su empleador Eduardo Eurnekian, lo que solo reflejó la revista Noticias en una nota de tapa de Tomás Rodríguez. El resto del periodismo directamente lo ignoró. Dicho sea de paso, hasta el momento en que escribo esto, a ese portal no le resulta vergonzoso mantener tales textos ni a las editoriales seguir teniendo en circulación sus libros.
Recuerdo especialmente el tratamiento que le dio La Nación al plagio porque no dijo una palabra al respecto hasta que el líder libertario lo “explicó”, “dio su versión”, con el insólito argumento de que se trataba de trabajos de difusión que, según él, habilitaban el copypaste sin citar. Ahí el diario publicó la noticia titulándola como desmentida, sin ningún esfuerzo de corroborarla y dando por válido lo que esgrimía Milei en su defensa. Todavía hoy se escucha a algún periodista aludir al “supuesto plagio”, cuando no hay nada que suponer, simplemente se comparan los textos y el cuerpo del delito está ahí, frente a todos.
El plagio, que no cesó en publicaciones posteriores, era el mejor anticipo de lo que sería Milei gobernando. Y de algo muy importante para que se volviera útil a los factores de poder que impulsaban la revuelta de la derecha: Milei hablaba de pureza sin ser puro. En ciertos sectores, la hipocresía es un signo de pertenencia, pero también garantía de lealtad. Milei era capaz, como se vio muchas veces, de decir blanco y hacer negro. Por lo tanto, que siguiera hablando de ideas de la libertad y defendiendo el respeto al proyecto de vida del prójimo no era un obstáculo para un designio normalizante y restaurador, sino un camuflaje perfecto.
Ahora toca ponerse a revisar toda la mitología y los disfraces que operan en el devenir del gobierno y la política del líder salvador y visionario que no quiere periodismo ni Congreso ni jueces, por las ideas de la libertad. No como una simple denuncia, sino para seguir entendiendo cuáles son las ideologías y las motivaciones de una corriente que tal vez esté instalada para definir la próxima etapa de la Argentina.
En el presidente argentino eso se expresa en una serie de tribulaciones, prejuicios y planes para la sociedad que gobierna que tienen consecuencias significativas sobre las instituciones y la vida social. O, si se quiere, sobre la libertad de la que tanto habla.
En la historia de Milei, que tiene unos pocos años, está el mediático que habla de sexo tántrico y el que dice que es de izquierdista tener “mucho sexo gay”, el que no quiere saber nada con el comunismo chino pero termina designándolo como “socio interesante”, el que considera que el peso nacional es estiércol y quiere dolarizar, así como el que se endeuda, cuando afirmaba que la deuda pública era inmoral, para fortalecer el Banco Central, que, se supone, iba a demoler. El que odiaba al papa Francisco como “representante del maligno en la Tierra” y el que se abraza a él, para declarar, después de su muerte, que el agredido lo había perdonado diciendo que sus manifestaciones habían sido “pecados de juventud”, para de paso afirmar su juventud.
El Milei liberal, que en la retórica parece estar ahí entre tanto conflicto con sus fantasmas y acciones, merece muchas precisiones, así como sus entornos dentro y fuera. El Milei liberal económico interesa especialmente por no tener correlación lógica con el Milei trumpista, admirador de Bolsonaro, Giorgia Meloni, Vox y Viktor Orbán. Es el Milei que mantiene su certificado de “defensor de las ideas de la libertad” con la colaboración de liberales notorios que nunca antes se habían metido en la política por nadie, por no encontrar una pureza suficiente, pero ahora parecía estar presente en este personaje imitador de Donald Trump.
Fue el caso de Alberto Benegas Lynch (h), que cuando se descubrió la afición de su nuevo discípulo por el copypaste, promovió que se le diera un compensatorio doctorado honoris causa en ESEADE, el instituto universitario que había creado cuatro décadas antes y que hundió de esa manera en el desprestigio.
La intención de blindarlo de sí mismo también era un dato revelador para hacer una correcta arqueología de quienes lo certificaban como miembro de su club, y de los intereses que representaban. Señalarlos como contradictorios no alcanza, se debe entender a qué responde esa incoherencia, cuál es la ideología.
Este procedimiento de agasajarlo para olvidar se siguió muchas veces después. Ningún otro político había recibido tanto premio a la pertenencia a la gran familia liberal como este desalineado y temperamental economista.
Además del mencionado doctorado honoris causa, Milei fue distinguido en su primer año de gobierno por todas estas instituciones defensoras del orden liberal:
Premio Röpke para la Sociedad Civil 2025. Otorgado por el Liberal Institut de Suiza en Kloten, que reconoció su “coraje y consistencia” en impulsar reformas liberales basadas en la escuela austríaca. Un Milei que en ese entonces ni siquiera había liberado el mercado de cambios, es decir, reestablecido el sistema de precios que para esa escuela es el abecé.
LWS Award 2025 - Titan of Economic Reform. Entregado en Washington D. C. por Latin Wall Street. Destacó su liderazgo transformador y compromiso con las reformas económicas.
2025 Champion of Economic Freedom. Recibido durante la Gala 1775 en Washington D. C. Reconoció su defensa de la libertad económica y sus políticas reformistas.
Premio Juan de Mariana 2024. Otorgado por el Instituto Juan de Mariana en Madrid, España.
Premió su trayectoria en defensa de los principios expresados de la libertad y su impacto político. Reconocimiento del Ayn Rand Institute (2025). Recibido durante la conferencia AynRandCon LatAm en Buenos Aires. Destacó su afinidad con los principios objetivistas y el libre mercado.
Todo esto ocurrió cuando su programa económico no había llegado siquiera a eliminar el cepo cambiario ni a dejar flotar el precio de las divisas, es decir que su economía difícilmente podía ser calificada como de mercado de acuerdo con todos y cada uno de los eventos que esas organizaciones habían propiciado antes, por incluir el plan todas formas claves de planificación centralizada.
Aun cuando muchos pudieran creer que en el futuro Milei estaría resolviendo eso, el hecho es que no lo había resuelto y tendríamos que entender como una estrategia de propaganda a esas distinciones apresuradas. Es como darle el Óscar a una película que promete, pero que ni siquiera empezó a rodarse. Más allá del marketing político, estos premios cumplían una función ritual dentro del propio círculo liberal: ofrecer una bendición pública que blindara a Milei de las críticas internas y apaciguara las disonancias. No importaba lo que hacía, sino lo que representaba para la tribu. La necesidad de mantener la pertenencia al club de los “puros” justificaba incluso premiar lo que todavía no existía. Era un modo de protegerse de la incomodidad: premiar a Milei era premiarse a sí mismos por haberlo elegido.
Esto nos lleva a preguntarnos, y a mí particularmente, que me relacioné con esa gente toda la vida, ¿cuáles eran sus verdaderas convicciones? En este libro intentaré dar respuesta a eso.
Tanto el cepo como la flotación del dólar empezaron a flexibilizarse, ni siquiera a eliminarse, recién en abril de 2025 y por exigencia del FMI. Hasta mayo de 2025 todavía sigue vigente para empresas.
Además, la economía argentina de Milei sigue siendo básicamente cerrada. Si se llevan a cabo algunas aperturas, se lo hace más para someter sectores productivos a sus objetivos en materia de precios que por una apuesta a la integración y al comercio libre.
Lo único que había hecho Milei era un control importante del gasto público, pero no mediante un viraje hacia una economía de mercado, sino por lo que llamó el uso de una motosierra, recortando la inversión en la infraestructura pública, los haberes jubilatorios pero sin reformarlos, es decir, generando una deuda a futuro. Nada que cuadre ni con el título de los premios recibidos.
Porque si fuera por todas estas características de su programa económico del primer año y medio, quien merecería las distinciones sería la autora de las condiciones que el líder libertario recibió y mantuvo, según él para no ser un “liberboludo”, que fue Cristina Kirchner, seguida luego por Mauricio Macri y Alberto Fernández. Los tres dejaron una economía cerrada, con control de cambios y cepo, altas retenciones e inflación, lo que para los dadores de premios parece constituir la quintaesencia de la libertad de mercado, pues nada de eso había sido quitado al momento de otorgarlos.
Pero ¿quién podía dudar del amor de Milei por la libertad si contaba con el sello IRAM del liberalismo en sangre? A las instituciones se sumó una sucesión de opinadores de renombre de ese mismo ambiente desde fuera del país, gente que jamás había opinado sobre Argentina, dándole a Milei más certificados todavía de “verdadero liberal” con forma de artículos de opinión que se atenían a los dichos del presidente más que a sus logros. Es el caso de Jesús Huerta de Soto, para quien el anarcocapitalismo no fue obstáculo para recibir su propio premio del Estado argentino dado en retribución por Milei, o el más entusiasta Daniel Lacalle, aparente miembro del Opus Dei. Todos ellos bien conocidos de un ambiente liberal que, como Juan el Bautista, bañó a Milei en las aguas del Jordán de la libertad de libro aunque no produjera milagro alguno.
Los disconformes internos con esa narrativa quedaron inmediatamente fuera de juego para todas esas fundaciones e individuos notorios. No solo era la primera vez que esas organizaciones tomaban una posición partidaria tan fuerte, y por un político lleno de contradicciones y acciones muy poco apegadas a las “ideas de la libertad” hasta en lo económico, sino que toda disidencia fue objeto de escarnio.
Una psicología básica, de café, permite entender que el liberalismo del elegido estaba, como decimos en Argentina, flojito de papeles, si le hacía falta tanta bendición tan forzada. Pero no es que lo estaba por falta de repetición de algunos de los mantras habituales del sector, como aquel de que el liberalismo es el “respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo”, sino por sus compañías políticas dentro y fuera del país, por sus acciones y apoyos y su izar la bandera de la batalla cultural, frente a todo lo cual su liberalismo era una cobertura.
A pesar de que anticipé en aquel libro lo que sería Milei en su totalidad, sí fue toda una sorpresa para mí que el liberalismo de Milei tampoco se corroborara en su programa económico. Pero el hecho de que, a pesar de eso, se lo colmara de premios me muestra que no era este aspecto lo que atraía a ese tipo de liberales en esta figura. Lo que los atraía —y evitaban admitir— era su disposición a librar una cruzada moral, una guerra contra la modernidad, contra los derechos igualitarios, contra todo lo que identificaban como amenaza a su mundo. Milei encarnaba ese resentimiento reactivo con retórica libertaria: una forma de restauración reaccionaria que necesitaba un heraldo excéntrico para parecer rebelde, pero que era profundamente conservadora en el fondo.
Los compañeros de ruta elegidos por Milei no se alarmaron. Con Milei podían decir que estaban defendiendo el “segundo milagro argentino”, como lo llamó Benegas Lynch (h). Un caso más que curioso porque, como el mismo Milei, en algún momento había escrito varios artículos rechazando las políticas de Trump. Ahora, adoptando a Milei, no podía ignorar que era una manera indirecta de adherir al gran movimiento de la batalla cultural, término que repite con devoción mientras se junta con lo más rancio de la derecha local. Y si resulta que lo hacía por la economía y esa economía no se parece a la que había defendido toda su vida, con medidas que había criticado ferozmente en otros gobiernos, es fácil adivinar que el entusiasmo y la pasión puesta en este personaje que llega al gobierno pasa por otro lado, sin que la escuela austríaca de economía desempeñara papel alguno.
Entender esta corriente consiste en poner al descubierto todo el tiempo lo que no dicen sus miembros, desentrañar por qué expresan lo que expresan y lo que persiguen. No por una mera curiosidad, sino porque es lo que nos permite conocerlos más allá de las máscaras, que puede que tengan internalizadas incluso.
Bajo esa óptica, el papel del liberalismo en esta historia es muy relevante, pero no como doctrina, sino como disfraz. Que un proyecto político que descree de la democracia, que se abraza a la teocracia y al nacionalismo y que procura intervenir en la sociedad y aplicarle una “terapia de conversión” masculinista, mientras esparce el odio por el periodismo, la opinión libre, la disidencia y las instituciones, requiera la bendición pública exagerada, grotesca diría, de “lo liberal” institucionalizado no tiene que ver con la importancia política de ese pequeño círculo y de cómo han penetrado esas ideas, sino con su capacidad, por mera pertenencia, de camuflar el verdadero plan, la segunda conciencia de la derecha insurreccional. El objetivo es, entonces, conocer y discutir esa primera conciencia revelada a cuentagotas.
Cuando digo plan, no hablo de una gran conspiración, sino de mecanismos de negación que se entienden desde otra lógica no manifestada, sino exudada. Dado que la autoestima se puede sentir amenazada por estar actuando de una manera muy distinta a los principios expresados, se produce una disonancia cognitiva que se llena con negación, una negación confirmada por el aval grupal. Eso se mezcla con la necesidad de apartarse del recuerdo de procesos similares del pasado que no tienen buen nombre. Los premios apaciguan las culpas.
Personas extrañas al liberalismo pero cercanas al nacionalismo religioso de Trump y su facción MAGA, como Nicolás Márquez o Agustín Laje, no entraron a ese círculo por la ventana, sino por la puerta grande, certificados también por Benegas Lynch y su hijo Bertie, que los llamó campeones de la libertad, y que hoy es diputado gracias a su fanatismo por Milei. También Alejandro Chafuen, exdirector de la Atlas Network, un conglomerado de fundaciones en todo el mundo, incluidas las mencionadas en el listado anterior, y que siempre manejó con preferencias hacia los religiosos. Con religiosos no digo creyentes, sino más bien gente que hace bandera de sus creencias en un ámbito político.
Este dato es importante para entender que la transformación del liberalismo en el mileísmo es similar, o tal vez incluso más radical, que la transformación del Partido Republicano y el conservadurismo tradicional en el movimiento MAGA trumpista.
Adosarse a la corriente antiliberal más virulenta del presente requería una cara liberal. Laje, Márquez y toda esa corriente no se incorporan al liberalismo (los diarios ya los identifican como libertarios) porque Milei, el ídolo de todos ellos, los bendijera.
Ocurrió precisamente al revés. Milei, el bochinchero que intercambiaba insultos con los liberales más conocidos en las redes y hablaba de libertad sexual, fue aceptado por el colegio cardenalicio del liberalismo argentino recién cuando fue cooptado por los agitadores mencionados. Fue entonces cuando, para ellos, pasó de ser un impresentable a convertirse en un mesías. Milei fue el vehículo por el que los liberales argentinos adhirieron a la revuelta mundial contra el rule of law, la democracia y la libertad que representa Trump.
1. Milei, todas las respuestas a las preguntas que suscita (Deusto, 2024).
Para entender el fenómeno Milei, no basta con analizar lo económico o lo político, hay que mirar su lenguaje, sus efectos y los modelos de autoridad. También las redes que crean sentido, en este caso un sentido poco ajustado al discurso habitual.
En la novela El manantial, de Ayn Rand, hay un villano llamado Ellsworth Toohey que maneja la línea editorial cultural de un diario amarillista y muy vendido. Toohey se dedica a opinar como el gran portador de autoridad en la materia y decidía quiénes podían ser considerados grandes artistas y quiénes debían pasar al olvido, así que todos querían congraciarse con él.
Para asegurarse de que sus bendecidos dependieran de su decisión, ensalzaba mediocres, los dotaba de un halo místico de marketing interesado y así llegaban a brillar en un mercado guiado por las poses y las imposturas. Como los favoritos de Toohey sabían que su valor real era nulo, se aseguraban de estar siempre bajo el ala de quien los dotaba de luz.
Lo que más motiva a Toohey no es su capacidad de crear figuras, sino su profunda envidia hacia el talento real, su deseo de destruir a los creadores que no se interesaban por su promoción. Eso mostraba lo que pensaba de sí mismo. Incapaz de crear, Toohey se consolaba con manipular para destruir el valor de los que lo superaban.
Ayn Rand describía así, de una manera magistral, ambientes que tal vez todos hemos conocido de tanto prestigio como ausencia de honestidad intelectual, de reparto utilitario de honores y favores a los amigos y deshonores a los enemigos.
En mi caso, precisamente el ambiente que creó a Milei. Era el juego habitual de las redes liberales mencionadas y con el presidente argentino lo desarrollaron hasta el absurdo para que fuera el candidato de la derecha insurreccional con lenguaje liberal. Con ese ropaje, Milei les aseguraba actuar para el control del orden del género y político-sexual que los unía a la teocracia de la derecha insurreccional y los alejaba de los asuntos económicos, algo que no querían reconocer. Ese mismo mecanismo de construcción artificial de autoridad —basado en la anulación del talento y la fidelidad como único mérito— es el que operó en la creación del Milei político. No por su talento, sino por su utilidad para una cruzada ajena a la economía. Y se repitió en la creación de un elenco de nuevos liberales certificados como tales que se identificaran con sus objetivos.
Ese liberalismo ahora era componente ideológico de una revuelta contra la modernidad y la sociedad abierta de Popper, de la que se suponía que eran partidarios. Milei es un producto del hechizo tooheyiano arquetípico, pieza del tablero insurreccional en esta Noche de Brujas que recorre Occidente.
Guerra contra la diversidad mediante, apenas empezada, algunos, como yo, que había mamado ese liberalismo de la Argentina desde que tenía memoria y me había dedicado toda la vida a pensar en esos términos, ya habíamos pasado a ser “progres” por identificar a esta facción como algo completamente fuera de los parámetros de una sociedad en la que, como definiría Jefferson, mucho mejor que Benegas Lynch, cada uno pudiera buscar su felicidad.
Toohey tenía para nosotros el destino del destierro simbólico. Lo mismo vivieron las politólogas Gloria Álvarez y Antonella Marty y unos poquitos más que no obedecieron a los titiriteros. Muchos de nosotros, como parte de ese mundo liberal, lo habíamos defendido con convicción, pasión y hasta ilusión. Se nos borró de la memoria al mejor estilo de la damnatio memoriae romana.
Sin haber participado de esta disputa, un gran pensador como Armando Ribas sostenía que “solo cuando se reconoce éticamente el derecho a la búsqueda de la propia felicidad como un principio inscripto en la naturaleza del hombre podemos igualmente reconocer la naturaleza de los derechos individuales”. (2) El liberalismo tooheyiano no quería eso, tenía por miedo un proyecto de felicidad editado para todo el mundo en nombre de muchas cosas que explicaré más adelante. Pero esa felicidad negada no era una utopía caprichosa, sino el derecho concreto a ser uno mismo sin miedo. La libertad no empieza en la propiedad, sino en la posibilidad de desarrollar sentimientos, de elegir, de expresar la diferencia que le quepa sin ser condenado. El liberalismo que conocimos entendía eso; el tooheyiano lo parodia, transformando el respeto en disciplina y la autonomía en obediencia a un modelo fijo de “persona decente”.
Aunque algunos me dicen que, entre los liberales, siempre ocurrió esto de que bajo el palabrerío sobre la libertad se escondiera una cosa muy diferente, para mi había una clara reconfiguración completa en la que el nuevo club se había convertido precisamente en lo opuesto a la idea de que la felicidad podía ser construida de cualquier forma que no implicara meterse con el de al lado. Hubo otros antiliberalismos antes, pero ninguno tan profundo como este del que algunas usinas bien financiadas sostenían que era el único y verdadero, de un día para el otro.
Lo que sí creo que hay que advertir es que los orígenes de estas bifurcaciones son anteriores y las vamos a explorar juntos.
2. Armando Ribas, ¿Quién es Occidente?, Atlántida.
Más allá de las cuentas públicas y las teorías económicas, hay un modo de leer el orden social que se enmascara en cifras pero se juega en el terreno de los valores. Como expliqué, lo económico no constituye la prenda de unión de la corriente.
En mayo de 2025, cuando escribo esto, Milei enfrenta una crisis financiera incompatible con su retórica de haber saneado las cuentas de la Argentina con una motosierra. Su política antiinflacionaria se aleja de su afirmación de que la inflación es, siempre y en todo lugar, un fenómeno monetario —siguiendo a Friedman—, ya que el desajuste fiscal actual es consecuencia de su decisión de subsidiar el dólar como forma de mantener los precios en pesos más bajos.
Esa medida implica una sobrevaluación del peso: exactamente lo contrario de lo que había prometido respecto de la dolarización. Sin embargo, sigue recibiendo reconocimientos como el presidente más promercado de la historia.
Este salvador, emblema de los liberales promercado, tuvo que ser rescatado de sus decisiones por el FMI. Aun así, su dólar con fines electorales, con el mismo devenir que siguió Mauricio Macri en 2018, con el mismo ministro, no consigue detener la situación y las reservas bajan después de haber endeudado el país en 32 mil millones de dólares para fortalecerlas. Ese dólar electoral no fue solo una inconsistencia técnica: fue la confesión silenciosa de que su relato económico no podía sostenerse sin el simulacro que venía a denunciar. Reprodujo el mismo patrón que prometía demoler: una economía sostenida en artificios, devaluada en credibilidad y empujada por el oportunismo de corto plazo.
Parte de su desajuste discursivo se siente igual en la necesidad que tiene de volver a explicar su devoción casi erótica por Donald Trump por el proteccionismo tras el anuncio de aranceles generalizados a casi todos los países.
