El extravío de los signos - Natalia Mendoza - E-Book

El extravío de los signos E-Book

Natalia Mendoza

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 Una parte de los ensayos que conforman El extravío de los signos transcurre en el desierto de Sonora, al sur de una de las fronteras más desiguales del mundo, donde la violencia que ha marcado la zona –y el resto de México– no se ha sabido explicar más allá de las nociones de narcotráfico y delincuencia organizada, categorías insuficientes a la hora de dar cuenta de la amplia gama de asuntos que están en juego: desde la gestión de la migración indocumentada hasta la extracción de recursos forestales o el ascenso económico y militar de una clase social que solía estar en desventaja.    La violencia que se vive en México desborda, por tanto, la noción de criminalidad, pero no termina de encajar en la definición de guerra, pues no tiene contrincantes bien delimitados ni objetivos políticos expresos. Esta violencia posee, más bien, una cualidad fantasmagórica: su presencia se manifiesta de formas diversas y terribles, pero nunca se revela por completo. Esto exige una relación muy particular con la interpretación de los signos: obliga a descifrar huellas, a jugar a los detectives, a imaginar las partes ocultas del rompecabezas. Si esto es cierto para la población en general, para los familiares de los desaparecidos la exigencia de adivinar, investigar y buscar sin cesar se ha convertido en un verdadero yugo.   A través de un sólido andamiaje teórico, literario, popular y testimonial, que va desde el adivino Tiresias de la mitología griega hasta la labor de las Madres Buscadoras o el peso de la figura del arrepentido en la aprehensión de las estructuras mafiosas, Natalia Mendoza explora las múltiples facetas de una violencia generalizada para la que tampoco la investigación forense, con su análisis científico –que trata de desentrañar la mecánica de los actos criminales–, ha logrado superar la atrofia del discurso, pues no ha producido un relato que integre los hechos en una visión de conjunto, una narración política más amplia que permita enmarcar los sucesos dentro de un proceso histórico.   Sólo el duelo público y la elaboración ritual de las muertes, defiende la autora en este magnífico ensayo, podrán generar la posibilidad de imaginar colectivamente un futuro más allá de la repetición rutinaria de la violencia. 

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2026

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PEQUEÑOS TRATADOS, 19

Natalia Mendoza

EL EXTRAVÍO DE LOS SIGNOS

Ensayos sobre duelo y porvenir

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: enero de 2026

MAQUETACIÓN: Grafime

© Natalia Mendoza, 2026

Publicado mediante acuerdo con VicLit Agencia Literaria

© de esta edición, Editorial Periférica, 2026. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

ISBN: 978-84-10171-72-5

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

¡Pájaros sobre la soledad de México! Eran pájaros de la época, pájaros del tiempo desolado aquel, llenos de estupor por el ruido, los gritos y la sangre de tierra. Aves que habían quedado sobre la revolución, a causa de quién sabe qué milagro, sobre la revolución mirando los cadáveres, el silencio de los disparos, la gente toda, pequeñita y ocupada en cosas de la muerte.

josé revueltas, El luto humano, 1943

prefacio

Una parte de estos ensayos transcurre en el desierto de Sonora, en la vasta región rural ubicada directamente al sur de una de las fronteras más desiguales del mundo. En esta zona, como en el resto de México, las últimas dos décadas han estado marcadas por una violencia que no hemos sabido explicar ni nombrar más allá de las nociones cada vez más huecas de narcotráfico y delincuencia organizada. Categorías insuficientes a la hora de dar cuenta de la amplia gama de asuntos que están en juego en el conflicto: desde la gestión de la migración indocumentada hasta la extracción de recursos forestales o el ascenso económico y militar de una clase social que solía estar en desventaja. Las periferias no deben pensarse como excepciones, sino como lugares privilegiados para entender la contemporaneidad en su conjunto. En los confines toman lugar buena parte de las operaciones irregulares –moral, legal o políticamente– que hacen posible la acumulación de riqueza y poder en las metrópolis; aquí aparecen expuestos engranes que en otras regiones están ocultos.

La violencia que vivimos actualmente en México desborda la noción de criminalidad, pero no termina de encajar en la definición de guerra porque, en principio, no tiene contrincantes bien delimitados, mucho menos objetivos políticos expresos, y tampoco parece haber un desenlace posible. A diferencia de los conflictos que podríamos llamar diurnos –como una guerra entre dos Estados con ejércitos y banderas–, éste tiene una cualidad fantasmagórica: su presencia se manifiesta de muchas formas, pero nunca se revela por completo. Amanecen once torsos mutilados en una carretera; sin nombre, sin contexto. El hecho de que la violencia emerja del mundo de las economías ilícitas implica que hay siempre algo que no puede enunciarse de manera pública, que debe permanecer secreto.

Este tipo de violencia impone, por lo tanto, una relación muy particular con la interpretación de los signos; nos obliga a descifrar huellas, a jugar a los detectives, a imaginar las partes ocultas del rompecabezas. Si esto es cierto para la población en general, para las personas con un familiar desaparecido esa exigencia de adivinar, investigar y buscar sin cesar se ha convertido en un verdadero yugo, sobre todo para las mujeres. Cientos de madres salen con palas y varillas a tratar de localizar los restos de sus seres queridos en parajes remotos y desolados. Aunque su objetivo principal sea calmar el dolor propio, su labor tiene consecuencias políticas profundas, pues trae de regreso a la luz una violencia reprimida de la conciencia pública. Del duelo público y de la elaboración ritual de esas muertes depende nada menos que nuestra capacidad colectiva de imaginar un futuro más allá de la repetición rutinaria de la violencia.

Para investigar la relación entre duelo y porvenir, recurrí a un asidero que se ha vuelto clásico en la literatura sobre desaparecidos en América Latina, la tragedia de Antígona. En lugar de examinar las acciones de la heroína que, con justa razón, no han dejado de inspirar reflexiones a lo largo de dos mil años, me dediqué a descifrar las enigmáticas palabras del adivino Tiresias. Aunque de entrada parezcan ajenas a la política secular, sus reflexiones sobre clarividencia nos ayudan a pensar cómo se fragua la imaginación del futuro y de lo posible. En Tiresias encontré un vínculo explícito entre la no sepultura de los cuerpos, la ininteligibilidad de los presagios y la ineficacia ritual como padecimiento de la polis. Para explorar esa relación, me permití jugar con los múltiples significados de la noción griega de asemon, que significa «sin sentido», «sin rastro», pero también «sin tumba».

Si bien México y la llamada guerra contra el narcotráfico son mi punto de partida, el tema de la ineficacia simbólica me ha interesado desde hace tiempo como una vía para pensar la aridez de la imaginación política contemporánea. El repertorio de acciones políticas que tenemos, desde firmar un pacto de paz hasta fundar un orden nuevo, requiere de la fuerza de las palabras y los rituales que las acompañan. Esos actos discursivos son eficaces cuando logran conducir una fuerza simbólica más profunda que, en última instancia, proviene de la elaboración colectiva de la muerte y el sacrificio. La épica popular, que, por medio de rituales fúnebres, canciones y relatos, logra investir a un linaje de jefes de plaza con un aura soberana, se sirve justamente de la exaltación del vínculo entre vivos y muertos, y de la conmemoración de la muerte como una forma de dar la vida. Esos feudos regionales logran mantenerse por periodos; mientras duran, parecen invencibles para las personas que habitamos dentro de sus confines. Pero los linajes terminan siendo desplazados por grupos rivales o contenidos, de algún modo, por el Estado.

Una vez que abandona la esfera local y su heráldica deja de ser reconocida, la vasta realidad de la violencia y las economías ilícitas está forzada a pasar por el ojo estrecho de la ley y el aparato de justicia. Esas instituciones tampoco han sido capaces de dar forma a un relato que funcione, al menos, como una reconstrucción veraz de los hechos, mucho menos han articulado una narración más amplia que permita enmarcar los sucesos dentro de un proceso histórico. Incluso ocurre lo contrario: las palabras y los enunciados –los signos– que emanan de las instituciones de procuración de justicia el público los recibe con escepticismo. Por razones que exploro en el cuarto ensayo, tampoco ha dado fruto la fórmula que se ha ensayado en otras latitudes: incorporar y canalizar las palabras de los propios integrantes de las mafias convertidos en testigos protegidos o arrepentidos. Ni social ni institucionalmente ha podido producirse en México un espacio que reciba y valide el testimonio de las personas directamente involucradas, ni en cuanto víctimas ni en cuanto victimarios o responsables.

Mi argumento va un poco más allá: incluso si se cumplieran las exigencias de lo que llamo el público forense, el que exige un análisis científico de la evidencia material que permitiera reconstruir los hechos violentos y asignar las culpas correctamente, nada de eso bastaría. El desarrollo actual de la crítica forense, que desde la arqueología hasta la arquitectura ha buscado maneras de documentar violaciones de los derechos humanos para acompañar a víctimas en todo el mundo, es fundamental en la era de la posverdad, pero es insuficiente. Los procesos sociales de esta magnitud requieren una lectura histórica que no se reduzca a las definiciones penales y los criterios de evidencia de una corte. Me refiero a un relato que incorpore sujetos colectivos amplios, señale los conflictos y tensiones entre ellos, y dote de sentido a los cambios sociales. La convicción que guía estos ensayos es que la tarea de narrar lo sucedido no debe ser un cierre posterior, que se produzca sólo a la hora de inscribir la memoria de los hechos en museos y monumentos. En cuanto acto discursivo, la narración histórica es una fuerza activa en el presente; su ineficacia participa de la violencia y contribuye de muchas maneras a que ésta se perpetúe.

Escribí estos ensayos a lo largo de cinco años. Durante ese tiempo dejé mi trabajo como profesora en la Universidad de Fordham para regresar a Altar, el pueblo en el desierto de Sonora que ha habitado mi familia paterna por generaciones y que ahora también es mi hogar. Por esta razón, el punto de vista de estos textos fluctúa de manera deliberada entre una voz externa, de intención analítica y neutra, y otra que recupera los géneros discursivos de la sociedad local. Dado que las palabras, la poética y la narración ocupan un lugar protagónico en estos ensayos, busqué en la medida de lo posible recuperar las voces que circulan en cada uno de los ámbitos que exploro. Recabé la información, las entrevistas y las observaciones que nutren estos textos a lo largo de casi dos décadas de trabajo de campo y de vida en esta región. Agradezco siempre, sobre todo, a las Madres Buscadoras de Sonora por contarme sus historias y permitirme acompañarlas.

los presagios no se manifiestan

Cuando el adivino Tiresias se acerca al rey Creonte para aconsejarle que permita a Antígona sepultar el cuerpo de su hermano Polinices, le describe con inquietud la situación que prevalece en los altares de la ciudad: «Los dioses no acogen ya las preces de nuestros sacrificios ni las llamas que ascienden de los muslos de las víctimas, y los pájaros no hacen resonar ya sus cantos favorables, pues están ahítos de sangre humana». Los cuerpos de los guerreros muertos, que por mandato del rey han quedado insepultos, tirados afuera de las murallas de Tebas para que los devoren las bestias salvajes, obstruyen los rituales que en condiciones normales permitirían al adivino propiciar un futuro benigno para la polis. La relación que establece Tiresias entre el ritual fúnebre y la posibilidad de vislumbrar el porvenir es el tema de este ensayo.

Quizá la cuestión resulte más clara si la planteo desde la actualidad, es decir, desde la clausura paulatina del futuro que se vive hoy. Una clausura que resulta, en principio, de un agotamiento estrictamente cronológico –la devastación del mundo acorta la esperanza de vida de casi todo lo que nos rodea–, pero que se manifiesta también como un estrechamiento del futuro como horizonte o gama de lo posible, como combustible de luchas políticas. ¿Esa aridez de la imaginación política que vivimos hoy tiene algo que ver con una atrofia en la elaboración ritual y simbólica de la muerte? La respuesta del adivino Tiresias es que sí, que la disrupción de los ritos fúnebres traba los engranes del sacrificio, daña la inteligibilidad del mundo e impide que los presagios se manifiesten.

La tumba y el signo

La primera aparición literaria del adivino Tiresias no es en las tragedias, sino en la Odisea. Habla desde la muerte; surge del Hades, entre decenas de otros difuntos, convocado por las libaciones y sacrificios de Odiseo, que viene a preguntarle cómo regresar a Ítaca. Aunque Odiseo acude en busca de Tiresias, e incluso decide hablar con él antes que con su propia madre, a quien ha dejado viva antes de salir de casa y que ahora encuentra aquí entre los difuntos, el primero en presentarse no es el adivino. Antes que él, aparece Elpenor, uno de los sobrevivientes de Troya que viajaba junto con Odiseo y que recién ha expirado al despeñarse borracho de un acantilado en la isla de Circe. Su cuerpo ha quedado abandonado e insepulto, y Elpenor surge de entre los muertos para pedirle a Odiseo, en nombre de todos sus seres queridos que se quedaron en casa, que, cuando a su regreso pase de nuevo por la isla Ea, se detenga y lo recuerde, que no lo deje «sin sepulcro y sin llanto» (gr. aklanton ataphton), si no quiere que su mal «le traiga el rencor de los dioses». Las instrucciones que Odiseo recibe de Elpenor son las siguientes:

Incinera mi cuerpo vestido de todas mis armas y levanta una tumba (gr. sema) a la orilla del mar espumante que de mí, desgraciado, refiera a las gentes futuras; presta oído a mi súplica y alza en el túmulo (gr. tumbos) el remo con que remé en vida compañero de todos los tuyos.1

En griego antiguo la palabra sema significa «signo», «señal», «portento», «pista» o incluso «estandarte» o «sello». Ocasionalmente, sema –de donde nos viene semántica– también significa «tumba» o «montículo». La polisemia de sema aparece en otros pasajes homéricos donde se habla de pistas en el camino que podrían al mismo tiempo ser tumbas de héroes antiguos ya olvidados.2 La tumba que Elpenor le pide a Odiseo es ante todo un signo, una marca en la costa que servirá para invocar su gloria cuando futuros navegantes la vean: ése es justamente el privilegio de los difuntos. Le pide también que tome su remo y lo coloque sobre ese túmulo. Pero, al dar esta indicación, la palabra que utiliza ya no es sema, sino tumbos, una voz con un sentido más concreto y restringido, que remite al montículo mismo, más que a su lectura por futuros espectadores. En esta segunda parte, el signo ya no es el montoncito de piedras como tal, sino el remo encajado encima, que, a diferencia del primero, no es sólo un indicio ambiguo en el paisaje, sino un símbolo poético: el remo es una metonimia de la vida que llevó Elpenor en el mar.

Odiseo acepta la petición de Elpenor, y los dos amigos conversan por un largo rato. Una vez que Odiseo se ha comprometido a cumplir con los ritos funerarios de su compañero, y sólo entonces, se acerca el adivino Tiresias dispuesto a beber la sangre de las víctimas y emitir sus presagios infalibles. Es como si la promesa de dar digna sepultura a su amigo fuera la llave que permite a Odiseo abrir la clarividencia del viejo sabio. Las palabras que Tiresias está por pronunciar, además, están entrelazadas con las de Elpenor y sólo junto a ellas cobran su sentido cabal. Tiresias le ofrece a Odiseo una pista (gr. sema) que «no escapará su mente». Le dice que llegará a Ítaca y que, una vez que haya vencido a los pretendientes de su esposa, Penélope, que usurpan el palacio, se eche un remo al hombro y camine hacia el interior, que se aleje del mar y se adentre en las regiones donde la gente «no conoce el sabor de la sal». En el punto exacto donde se cruce con un caminante que confunda el remo que lleva en el hombro con una criba de granos, ahí deberá clavar ese instrumento en la tierra y sacrificar un borrego, un toro y un jabalí en honor a Poseidón. Sólo así podrá Odiseo asegurar «una muerte dulce lejos del mar».

El regalo que Tiresias le otorga a Odiseo es un sema en ambos sentidos, una pista que lo guiará hacia el porvenir deseado y una tumba: el arraigo final a su tierra, el fin del exilio marítimo. La pista consiste en identificar una frontera semántica, el lugar en el que el remo deja de ser reconocido y pierde, por lo tanto, su asociación con una vida de viajes, guerras y proezas. Pero la pista es también una tumba no sólo porque le asegura a Odiseo una muerte dulce, un montículo de tierra «lejos del mar» donde se conmemore su gloria, sino porque encajar el remo en la tierra, como lo ha pedido Elpenor para su propia tumba, simboliza de manera poética que las labores han terminado y el viajero ha fallecido. Las palabras de Tiresias sugieren que todo lo que Odiseo añora, regresar a casa y recuperar su lugar entre los suyos, depende de la realización de ese ritual final. Es como si Odiseo tuviera que lanzar un ancla desde su exilio presente hasta esa versión estilizada de su propia tumba para asegurarse así un camino que lo lleve de regreso a su hogar y a su sepulcro final.

La petición de Elpenor sugiere que el rito funerario es la puerta de acceso a la clarividencia o inteligibilidad del mundo, pues sólo una vez que Odiseo se ha comprometido a erigir una tumba (sema) para su compañero puede llegar a escuchar la lectura de los signos (semeia) que hace Tiresias. Pero, además, las palabras de Tiresias pueden leerse como una reflexión meta-semántica sobre la relación entre tumba y signo. Encontrar el lugar en el que el remo deja de ser reconocido como tal es una manera de mostrar que los signos cambian de significado, que son volátiles y relativos. Llevar a cabo los sacrificios en ese punto exacto, y elaborar un simulacro de entierro fúnebre al clavar el remo ahí mismo, es una manera de anclar el sentido, de regresarlo a su arraigo original, que es la tumba. La tumba (sema) es un signo anterior a las diferencias percibidas entre remo y criba. El sepulcro es el signo primordial del que pende el andamiaje que posibilita el sentido y la adivinación del porvenir.

La tumba como farmakon

La relación sugerida en la Odisea entre los rituales fúnebres y la clarividencia se vuelve tema central en las tragedias de Sófocles. A lo largo de la trilogía tebana, la palabra de Tiresias, quien fungió como consejero de los soberanos durante siete generaciones, se va enfrentado a una serie de límites, desde lo indecible hasta lo indescifrable. La funesta suerte de Antígona y sus hermanos –hijos de la unión incestuosa entre Edipo y Yocasta– tiene su origen en la violación más grave del orden familiar. Una transgresión de tal magnitud que Tiresias, en Edipo Rey, rehúsa enunciarla y cuando lo hace es únicamente con frases crípticas. Incluso el Coro alude a ella sólo de manera oblicua: «¿Quién es aquel al que la profética roca délfica nombró como el que ha llevado a cabo, con sangrientas manos, acciones indecibles entre las indecibles?».3 En Edipo Rey, la palabra del adivino está orientada hacia el pasado y se topa con el tabú impronunciable: el incesto y el parricidio. Aun así, conserva su poder, pues es justamente porque la voz tiene fuerza por lo que esos actos son indecibles: nombrarlos es de alguna manera recrearlos. En Antígona, en cambio, la palabra de Tiresias está orientada hacia el porvenir y se topa con el límite de lo indescifrable. Los signos mismos se han vuelto turbios e inescrutables.

Antígona se inicia con la muerte de los hermanos Eteocles y Polinices que se han asesinado el uno al otro en una guerra fratricida por el trono de Tebas, vacante tras el exilio y la muerte de Edipo. Pero sólo en Edipo en Colono, el preludio de Antígona que Sófocles escribió posteriormente, se describe con detalle la relación entre el deceso de Edipo, la ubicación de su tumba y el conflicto entre sus dos hijos varones. Edipo, ciego y viejo, con su hija Antígona como único apoyo y compañía, vaga por tierras desconocidas desde que su hijo Polinices lo desterró de Tebas. Sin saberlo, padre e hija llegan a un lugar sagrado dedicado a las Euménides en las afueras de Colono donde Edipo se sienta sobre una piedra.

Ahí los encuentra la otra hija de Edipo, Ismene, que viene a avisarlos que un nuevo presagio délfico agita a sus hermanos: el que tenga la tumba del padre bajo su dominio resultará vencedor en la guerra y obtendrá el trono. En cambio, si la tumba (gr. tumbos) queda descuidada, se cernirá sobre ellos la desgracia. Ismene menciona un detalle peculiar: los infortunios vendrán cuando alguien sin saberlo camine sobre el sepulcro (gr. taphos) de Edipo. Es decir, el riesgo reside en que su cuerpo enterrado fuera de Tebas carezca de signo o montículo (gr. sema) que permita al transeúnte identificarlo como una tumba. El presagio está formulado primero en términos positivos –el que tenga la tumba será vencedor– y después de manera negativa: lo que traerá desgracias es que el entierro del rey carezca de señal o contorno, que se desdibuje en la tierra y se funda con el paisaje que lo rodea al grado de que un viajero pueda pisarlo y profanarlo sin reparar en ello.

Cada uno de los contendientes por el trono de Tebas –Creonte, Polinices y Eteocles–, buscará convencer a Edipo de que regrese a su ciudad natal. Su plan es enterrarlo justo en las fronteras del reino, donde ellos puedan disfrutar la protección que les ofrece su tumba sin que su sangre parricida contamine la tierra de Tebas. Hay en la Antigüedad griega una larga tradición que atribuye poderes protectores y beneficios militares a las tumbas de los héroes,4 que, por lo tanto, se enterraban con frecuencia en las murallas, puertas o fronteras de las ciudades. Lo peculiar del caso de Edipo es que su cuerpo encarna la ambigüedad del farmakon, pues es a la vez veneno y medicina. No puede ser sepultado dentro de Tebas porque la impureza de sus transgresiones contaminaría la tierra, pero al mismo tiempo le puede garantizar la victoria militar a quien controle el acceso a su tumba. Así pues, tiene que ubicarse justamente en la frontera geopolítica de la ciudad.

La solución de Edipo es repudiar a sus hijos y regalar los beneficios de su sepulcro, en agradecimiento por su hospitalidad, al rey Teseo de Atenas, que le ha dado asilo y le ha brindado apoyo. Cuando camina hacia su muerte, anunciada por un rayo –la inconfundible seña (gr. sema) de Zeus–, sólo lo acompaña el rey Teseo. Ni siquiera sus hijas podrán conocer la ubicación exacta donde descansará su cuerpo. En ese lugar secreto se concentrará el poder de su sepulcro y los beneficios para la tierra que lo alberga. Si bien la tumba de Edipo es secreta, carece de una señal que permita reconocerla públicamente, cuenta con un testigo que conoce su emplazamiento concreto. El rey podrá guardar el sepulcro de toda profanación y al mismo tiempo recibirá su protección. En Edipo en Colono, la tumba ya no sólo cumple una función semántica, como en la Odisea, sino también geopolítica. Es ahora fuente de poder militar y soberanía; está, por lo tanto, vinculada al control del territorio y la definición de las fronteras entre reinos. Lo interesante es que ese poder soberano no es unívoco, sino ambivalente; la tumba de Edipo, en consecuencia, contamina al mismo tiempo que protege. Debe estar señalada, tener contornos claros, para que su influencia en la tierra quede contenida, encapsulada.

Desorden funerario

Tras el fallecimiento de su padre, Antígona e Ismene regresan a Tebas con la esperanza de impedir la muerte de sus hermanos, que Edipo mismo ha vaticinado. La tragedia Antígona se inicia cuando el presagio ya se ha cumplido, cuando los hermanos se han matado el uno al otro. El rey Creonte ha dictado que el castigo de Polinices sea que su cuerpo quede expuesto y sin honores fúnebres (gr. ataphon) afuera de las murallas de Tebas, donde lo devorarán los animales salvajes. Polinices –cuyo nombre quiere decir «el pendenciero»– es culpable de haber reunido el apoyo del ejército de Argos para atacar su propia ciudad. El Corifeo lo describe así: «Como un águila lanzando gritos agudos, voló sobre nuestra ciudad y dejó caer de la sombra de sus alas de blanca nieve una multitud de hombres armados, cascos crestados con colas de caballo».5 Vale la pena advertir que ésta es la primera de una serie de metáforas relativas a las aves que aparecen a lo largo de Antígona para referirse a los desgraciados hijos de Edipo.

Además de ser acusado de traición, Polinices comparte con sus hermanos, Eteocles, Antígona e Ismene, la impureza que acecha a toda la incestuosa descendencia de Edipo. Su cuerpo lleva la marca de una transgresión doble y quizá por ello es significativo que Antígona, contrariando las órdenes de Creonte, ejecute furtivamente los ritos funerarios sobre el cuerpo de su hermano no una, sino dos veces. El guardia que alerta al rey Creonte de lo sucedido describe con detalle los indicios que ha observado; los contrastes entre lo sucedido la primera y la segunda ejecución de los ritos funerarios sobre el cuerpo son reveladores. La primera vez sucede de noche y el hecho consumado los toma a todos por sorpresa; el asombro del guardia se debe sobre todo a la total ausencia de signos. Asemon –que puede traducirse por «carente de signo o marca», pero también por «carente de tumba»– es la palabra que usa el guardia para describir la escena.

La persona que ha llevado a cabo el ritual no ha dejado un solo indicio que permita adivinar su identidad: no hay huellas de pala ni de hacha, tampoco rodadas de carro. Tampoco hay una tumba como tal, explica el guardia, tan sólo una ligera capa de polvo «suficiente para disipar la impureza» del cuerpo insepulto. El guardia remata su descripción refiriendo la ausencia de signos (gr. semeia) de animales salvajes; no hay huellas de perros ni de aves. Más adelante Tiresias explicará cómo esta condición de asemon