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Tenemos la oportunidad histórica de construir la laicidad como ámbito de diálogo y articulación de la España plural. El factor católico, ¿va a favorecer o va a obstruir esta oportunidad? Este libro presenta claves sociológicas para comprender la realidad de nuestro país desde la evolución que nos ha llevado de la España nacionalcatólica a la España laica. Analiza el rol político del factor católico en la dictadura, la transición y los gobiernos socialistas. Aborda tres escenarios posibles para la relación entre religión y laicismo. Esta obra es una aportación a la cultura de la memoria histórica y a la cultura de la laicidad.
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Seitenzahl: 516
Veröffentlichungsjahr: 2009
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RAFAEL DÍAZ-SALAZAR
EL FACTOR CATÓLICO EN LA POLÍTICA ESPAÑOLA
Del nacionalcatolicismo al laicismo
www.ppc-editorial.com
ISBN: 978-84-288-2209-1
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INTRODUCCIÓN
El triunfo del PSOE en las elecciones de marzo de 2004 inauguró un nuevo ciclo político en España. El impulso de la laicidad ha sido una de las características de la acción de gobierno. Se han desarrollado iniciativas legislativas que han provocado irritación y malestar en unos sectores sociales, y alegría y gozo liberador en otros. ¿Vuelve el español por donde solía, como decía Antonio Machado, y nos encontramos otra vez a las dos Españas enfrentadas? ¿Vamos a la creación de dos polos socioculturales antagónicos: la España católica y la España laica?
La prensa internacional ha seguido muy de cerca el conflicto intenso entre los obispos, un sector de las bases católicas, el gobierno y las organizaciones laicistas. En los dos últimos años he recibido en mi despacho de la Universidad a una docena de periodistas extranjeros enviados expresamente por sus periódicos y televisiones para informar de este conflicto. La verdad es que me ha sorprendido este interés.
Este libro se engarza en esta tensión que se vive en ciertos ámbitos de la sociedad española, pero va más allá de ella. Aquí presento un análisis sociológico, desde la dialéctica gramsciana pasado-presente, de la evolución política y religiosa de España en los últimos 60 años. No podemos comprender el hoy ni atisbar el futuro sin analizar el ayer. En estos últimos años han estallado problemas que obedecen a sustratos históricos de la España profunda. La historia no es solo una sucesión de acontecimientos. Es también la instauración de mentalidades que se desarrollan y reproducen a lo largo de decenios e incluso de siglos. Las mentalidades crean comunidades de memoria y formas de concebir y organizar la sociedad.
La división de opiniones que han suscitado algunas iniciativas legislativas ha ido más allá de los asuntos concretos que estas intentaban abordar. Lo que, en definitiva, está en juego es cómo queremos concebir y articular España. Para ello es inevitable tener en cuenta las diversas concepciones que a lo largo de la historia se han tenido de España y las diversas culturas públicas que han defendido una u otra concepción. Por esta razón, la comprensión de lo que nos pasa hoy y el diseño de nuestro futuro colectivo necesitan el análisis de lo que aconteció ayer.
Desde una perspectiva diacrónica este libro divide los últimos 60 años de la vida política y religiosa de nuestro país en dos grandes periodos de 30 años. El primero transcurre entre 1945 y 1975, y los acontecimientos de inicio y fin del periodo son la entrada de Martín Artajo en el gobierno y la muerte de Franco. El segundo abarca el tiempo que fluye entre la proclamación de Juan Carlos I como rey y los dos primeros años del gobierno de Zapatero. Pero si este es el ciclo cronológico, el tiempo de la memoria y el tiempo de la proyección hacia el futuro son más amplios, pues el primer capítulo aborda el análisis del nacionalcatolicismo, y los dos últimos capítulos afrontan la emergencia y desarrollo de la política del laicismo y los retos que presenta para la articulación de la convivencia de los españoles diversos y para la ubicación de las instituciones y comunidades religiosas en una España democrática y laica.
El análisis del nacionalcatolicismo es importante por dos razones. En primer lugar, es una especie de zoom ideológico que nos permite abrir un gran angular sobre la vida española. Nos lleva a la época de finales del siglo XV y a todo el siglo XVI, que es cuando a través de los Reyes Católicos se constituye la unidad de España en torno a la religión. El devenir del catolicismo imperial que entonces se forjó fue muy importante como factor de identidad nacional, pero también como instrumento de control y erradicación de la pluralidad y la hetorodoxia nacionales. Por este motivo, la laicidad en España siempre se ha encontrado frente a un catolicismo dominante que ha intentado uniformizar la vida del país. El laicismo tiene una deuda pendiente con el nacionalcatolicismo que atraviesa la historia de España y ello explica el sentido del subtítulo del libro.
No me interesa analizar el nacionalcatolicismo solo como ideología de legitimación de la dictadura, sino como foco de condensación de una forma de entender España que se reactiva en una época (entre mediados del siglo XIX y la II República) en la que las fuerzas laicistas forjan una hegemonía en la vida cultural y política de España. El desenlace de la guerra civil y la larga dictadura instauraron un triunfo militar sobre esta hegemonía política y cultural, pero su sustrato pervivió en el exilio y en la clandestinidad y se mantuvo como comunidad de memoria de los «españoles del éxodo y del llanto», según las palabras de León Felipe.
Lo que hoy acontece en España no es una simple vuelta de aquella España laica vencida, pero no derrotada. Las generaciones actuales, por más memoria histórica que tengan, son muy distintas y los tiempos ciertamente han cambiado una barbaridad. Lo que quiero afirmar es que la pulsión de una España plural y diversa es algo que está en la infraestructura histórica de nuestro país desde hace siglos, y esa pulsión ha estallado y pide que sepamos organizar de una vez por todas un marco jurídico y, lo que es más importante, un marco cultural y religioso de convivencia de los españoles plurales y diversos sin permitir que una ideología o una religión nos uniformice desde el Estado. Por eso es importante volver a plantearnos el tema del nacionalcatolicismo como fundamentalismo uniformizador.
La segunda razón que le otorga actualidad a este tema es la siguiente: la construcción de la laicidad requiere que una institución tan importante como la Iglesia asuma una forma de ser y estar en la sociedad que se halle en las antípodas del nacionalcatolicismo. ¿Existe hoy en la jerarquía de la Iglesia una añoranza del nacionalcatolicismo?, ¿tienen su discurso y sus demandas analogías e incluso contenidos propios del nacionalcatolicismo? Para responder a estas preguntas, necesitamos analizar la ideología nacionalcatólica. Han pasado 27 años desde que escribí Iglesia, dictadura y democracia, el primer libro en que afronté este tema, y yo mismo he podido percibir cómo no es lo mismo contemplar el nacionalcatolicismo desde el final de la dictadura que desde el tiempo de la emergencia del laicismo. Ahora tiene más actualidad que antes y por eso he retomado el tema, lo he reelaborado y ampliado, he abordado cuestiones que en 1979 ni se planteaban ni estaban presentes en el debate nacional. Este libro tiene otra perspectiva y es distinto de aquel.
Los capítulos 2, 3 y 4 abordan el estudio del rol político del factor católico durante la dictadura franquista. Ciertamente, vivimos tiempos de memoria histórica. Y debemos celebrarlo. Sin embargo, si esta memoria se centrara en una especie de ajuste de cuentas reactivador del odio entre las dos Españas, perderíamos la oportunidad de aprender de nuestro pasado para organizar nuestro presente y nuestro futuro. La cultura de la reconciliación nacional, basada en «paz, piedad y perdón» (Azaña), debe regular el derecho y el deber de la memoria histórica. Sin memoria, estamos condenados a repetir errores.
Creo que el conocimiento del rol político del factor católico en la dictadura le interesa fundamentalmente a dos tipos de personas: a los jóvenes que no vivieron aquellos años y a quienes fueron protagonistas activos o pasivos de aquellos acontecimientos. No es bueno romper las cadenas generacionales. Es cierto que en aquellos largos años hubo una legitimación católica de la dictadura que analizo y documento en el capítulo 3, pero lo más interesante, lo menos conocido por muchas personas, y aquello que algunos desearían borrar del imaginario colectivo sobre aquel periodo fue la emergencia y consolidación de un sujeto que nunca había existido en España: un laicado católico adulto, con una fuerte experiencia religiosa, culturalmente ilustrado y políticamente izquierdista. En aquellos años nació y se desarrolló un sujeto católico con una nueva cultura religiosa y una nueva cultura política que fueron muy importantes en la oposición a la dictadura. Entre 1945 y 1975 se desarrollaron dos generaciones de católicos de izquierda de las que son herederos, consciente o inconscientemente, los miembros de la tercera generación de católicos de izquierda que despliega su identidad y actividad desde la década de los ochenta.
He construido un marco teórico basado en la sociología política y la sociología de la religión de Bourdieu y Gramsci, entre otros autores, para poder analizar los roles políticos del factor católico en aquellos 30 años.
Parto de 1945 porque ese es el año clave para la consolidación del franquismo. Desde el fin de la guerra civil al final de la II Guerra Mundial el régimen vivió en una especie de estado en suspensión a la espera de cuál sería la reacción de los vencedores en aquella contienda. Franco captó rápidamente que debía desprenderse del lastre falangista y acudió de nuevo a la Iglesia para que esta le ayudara a salvar el régimen mediante una legitimación internacional. La Acción Católica Nacional de Propagandistas (ACNP) ofreció a sus hombres con el apoyo de la jerarquía, y ellos consiguieron el reconocimiento internacional de la dictadura por parte del Vaticano y Estados Unidos. Posteriormente los hombres del Opus Dei ayudaron a remontar la crisis económica del franquismo y a conducirlo por la senda de la modernización tecnocrática y la industrialización. El análisis de estas dos élites católicas es muy importante y tiene actualidad, pues hoy han vuelto a ser muy influyentes en la Iglesia española y universal. El modelo acenepista de presencia de los católicos en la sociedad es el más querido por la actual dirección jerárquica de la Iglesia española.
El segundo periodo que se analiza en este libro transcurre entre finales de 1975 y julio de 2006, mes en que Benedicto XVI visita España. Esta última fecha es emblemática por dos razones. Benedicto XVI es Ratzinger y este es quien ha elaborado durante decenios un pensamiento sobre las relaciones entre el orden religioso, el orden moral y el orden jurídico-político que es el que inspira todo el discurso y la acción colectiva de la jerarquía episcopal española y de las bases católicas afines. En el apartado del capítulo 5 en el que abordo el tema de «los obispos, las leyes, el Parlamento y la moral» aparece claramente la aplicación del pensamiento de Ratzinger al juicio sobre la moralidad o inmoralidad de algunas iniciativas legislativas. La segunda razón se basa en que el Papa se comportó con un talante especial que supo combinar la claridad de su pensamiento con el respeto a la laicidad del Estado. Todavía es pronto para saber si era algo más que un modo de proceder diplomático.
Lo importante, no obstante, no es la periodización de estos últimos 30 años de la vida nacional, sino los temas que se analizan. Estudio el rol político del factor católico durante el tiempo de la transición y los dos periodos de gobiernos socialistas. Las cuestiones tratadas van más allá de las relaciones entre política y religión en estos años, pues se da mayor relevancia a la emergencia del laicismo, el despliegue de la política de la laicidad, las reacciones eclesiales ante la misma y las formas que tienen los diversos catolicismos de concebir y desarrollar su identidad y misión en una España laica y democrática.
Al igual que en el capítulo 2 elaboro un marco teórico sociológico para comprender los roles políticos del factor católico durante la dictadura, en el capítulo 6 presento otro marco teórico sociológico para poder entender la interacción entre sociedad, política y religión en los últimos años de consolidación de la laicidad. Me baso fundamentalmente en la sociología del conocimiento y en la sociología de la religión, y aplico algunas de sus corrientes teóricas al análisis de la reubicación del factor religioso en sociedades pluralistas, democráticas y laicas. Esbozo al final los tres posibles caminos que tiene la institución católica de cara al futuro, partiendo de un diagnóstico de las encrucijadas con las que se encuentra.
Este es un libro de sociología escrito con la intención de que sea entendido y leído por un público más amplio que los compañeros de profesión. El tema de la relación entre análisis y juicios de valor sigue sin estar del todo claro en nuestra disciplina. Algunos practican una sociología hermenéutica y otros están más próximos a una especie de sociología normativa. Personalmente tengo claro que lo que distingue a la sociología de la ética es que aquella no tiene como cometido extender certificados de buenos y malos, sino observar e intentar explicar la lógica interna de la acción de los actores sociales y de las instituciones. En este sentido, este libro desea prestar un servicio intelectual y analítico, usando claves sociológicas, para comprender lo que ha pasado y está pasando en la sociedad española desde la perspectiva de una larga evolución que nos ha llevado desde la España nacionalcatólica a la España laica. En nuestro país sobra crispación y falta comprensión de las razones de los otros. Ojalá que este libro pueda favorecer, aunque sea modestamente, una cultura de la memoria histórica y una cultura del diálogo nacional. Tenemos la oportunidad histórica de construir la laicidad como el ámbito de encuentro, diálogo y articulación de todas las Españas y de todos los españoles. El factor católico, ¿va a favorecer o va a obstruir esta oportunidad?
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EL NACIONALCATOLICISMO,UN FUNDAMENTALISMO POLÍTICO-RELIGIOSO
Mucho antes de que el tema del fundamentalismo religioso ocupara el centro de los debates políticos y sociológicos entre finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, en nuestro país se realizó «el experimento del nacionalcatolicismo» (Álvarez Bolado: 1976), es decir, el proyecto de configurar todo el orden político, social, cultural y moral de España desde un modelo de integrismo católico.
Lúcidamente se ha destacado el intento del franquismo de construir una religión política, utilizando la transacción establecida con la jerarquía eclesiástica a partir de la legitimación que esta hizo del golpe militar que desencadenó la guerra civil (Elorza: 2004). Pero más allá de las dimensiones políticas, la ideología del nacionalcatolicismo, como fundamentalismo totalitario, impregnó la vida cotidiana de millones de españoles y sus efectos en diversas generaciones están presentes todavía. Es imposible comprender la política, la sociedad y el laicismo en España sin desentrañar el contenido del nacionalcatolicismo.
1. Contenido y características del nacionalcatolicismo
Desde una perspectiva sociológica, no existe el catolicismo, sino los catolicismos como formas religiosas plurales e incluso antagónicas entre sí. Durante un periodo de tiempo, el catolicismo dominante en España se configura como nacionalcatolicismo. Se establece una identidad consustancial entre lo español y lo católico y se instaura un marco político y moral en el que la sociedad y el gobierno «renuncian a una serie de tareas o funciones que les son propias y las encomiendan, o al menos las comparten, con una institución religiosa, la Iglesia nacional [...], proceso múltiple y confuso de impenetración, sustitución e instrumentalización» (González-Anleo: 1975, 6).
La ideología del nacionalcatolicismo es construida por una serie de pensadores tradicionalistas (Marcelino Menéndez Pelayo, Ramiro de Maeztu y Manuel García Morente, principalmente) que intentan actualizar el modelo del catolicismo imperial del siglo XVI con el fin de proponerlo como cultura nacional y guía de orientación de España frente al proceso de modernización laica que diversos sectores de la sociedad española habían iniciado en el siglo XVIII hasta lograr hacerlo hegemónico en los primeros años de la II República. Las fuerzas sociales, culturales y políticas conservadoras asumieron esta construcción ideológica, y la Iglesia y el régimen franquista la articularon institucionalmente y la difundieron entre la población.
Los ideólogos del integrismo católico parten de un hecho: la enorme relevancia de la identidad católica en la creación de España como nación y como Estado unitario. No ignoran el surgimiento de un movimiento cultural y político modernizador que ve necesario superar la influencia de la religión católica para hacer posible un cambio sociocultural y político inspirado en la Ilustración europea y en el movimiento obrero internacional. Frente a las fuerzas de la modernización y la revolución, pretenden establecer una continuidad entre la España imperial y la España del siglo XX y extirpar para siempre cualquier intento de crear una España plural con diversas raíces morales, ideológicas y religiosas; es decir, una España laica. Es significativo, en este sentido, que una obra del cardenal Gomá, claro exponente de este pensamiento, tenga el título de Antilaicismo (Gomá: 1935). La jerarquía eclesiástica y los dirigentes del Movimiento Nacional, especialmente Franco, instrumentalizaron esta ideología al servicio de un proyecto dictatorial en lo político y recatolizador en los órdenes religioso, cultural y moral (Elorza: 2004).
El nacionalcatolicismo es un fundamentalismo porque basa su contenido en la convicción de que la esencia fundamental e incambiable de la nacionalidad española es el catolicismo; sobre todo, el conformado históricamente en el siglo XVI y en la Contrarreforma (de ahí su dimensión antiprotestante) y difundido a lo largo de los siglos a través del tradicionalismo. Esta concepción silencia y oculta el pluralismo y las tensiones internas dentro del catolicismo español durante los siglos XVI y XVII, que son magníficamente analizadas por Julio Caro Baroja en Las formas complejas de la vida religiosa y por Marcel Bataillon en Erasmo y España. Se defiende la necesidad de un confesionalismo católico total, una fusión de los sistemas político y eclesial, el control eclesial de la educación y de la moral colectiva, la financiación estatal de la Iglesia e incluso la instauración de la Iglesia como organismo estatal. De esta forma, un fundamentalismo religioso se convierte en un fundamentalismo político de Estado.
José Pemartín, un ideólogo del nacionalcatolicismo, afirma claramente esta continuidad entre el catolicismo nacional y el nacionalcatolicismo en ¿Qué es lo nuevo? (1940):
El Catolicismo Nacional-Español es el realizado al desembocar España en el siglo XVI. Este es el catolicismo histórico-político que hay que buscar como fuente y raíz de nuestra nacionalidad [...] y no se puede ser nacionalista español, si no se es, implícita o explícitamente, «Católico Siglo XVI» [...]. Todo movimiento político que se pretenda nacionalista ha de ser en España «Católico Siglo XVI Español» [...] por consiguiente, si España ha de ser nacional, y ha de ser fascista, el Estado español ha de ser necesariamente católico (pp. 37 y 55).
Los ideólogos del nacionalcatolicismo consideran que la época de mayor pujanza y grandeza de España fue aquella en la que la religiosidad católica fue más fuerte. Desde este presupuesto establecen la tesis siguiente: España solo se podrá regenerar y volver a ser potente si se restaura la religiosidad oficial y estatalizante del siglo XVI y se establece de nuevo una íntima fusión entre Estado e Iglesia. Ramiro de Maeztu afirma en Defensa de la Hispanidad que «la Providencia ha dispensado a los hombres una gracia suficiente para la salud, de cuya fe teológica se deriva un credo político» (Maeztu: 1934, 285). Este credo político se vincula a un tipo de catolicismo integrista y garante del orden, la estabilidad y la tranquilidad social.
Las características principales del contenido ideológico del nacionalcatolicismo son las siguientes:
Identidad absoluta entre la esencia de la nación española y el catolicismo
Esta es la característica más señalada entre los ideólogos del nacionalcatolicismo, de tal forma que en varios de sus escritos coinciden en una palabra definitoria de esta identidad: «consustancialidad». Gomá dice que catolicismo y patria están «como consustanciados» en España (Gomá: 1935 y 1940). Maeztu y García Morente afirman que lo nacional y lo religioso no se superponen, sino que «se compenetran en unidad consustancial». Esta consustancialidad de la hispanidad con la religión católica lleva a García Morente a escribir lo siguiente en Idea de la Hispanidad:
En Francia, la religión no es consustancial con la nacionalidad. Se puede ser francés, buen francés, y no ser católico; el católico francés es francés y además católico. En España, en cambio, la religión católica constituye la razón de ser de una nacionalidad que se ha ido realizando y manifestando en el tiempo a la vez como nación y como católica, no por superposición, sino por identidad radical de ambas condiciones (García Morente: 1938, 189).
Esta consustancialidad implica la necesaria compenetración entre los «poderes temporal y espiritual» y la imposibilidad de ser «español nacional» sin ser católico. La incuestionable unidad católica de España no es vista solo como un hecho histórico pasado, sino como una esencia permanente de España (Pérez Agote: 2003). De tal forma lo católico ha de ser mantenido como núcleo esencial de ese «ser de España» que, según afirma el cardenal Gomá en Por Dios y por España, «si España no es católica, romperá con su pasado, y la Historia enseña que fenecen los pueblos que rompen este hilo» (Gomá: 1940, 440-441).
La unidad católica como unidad política
Esta es una de las características que mejor manifiestan la continuidad histórica pretendida por el nacionalcatolicismo. Esta dimensión se remonta a la unidad realizada por los Reyes Católicos y se intenta llevar a cabo, en circunstancias radicalmente diferentes, en el régimen franquista de un modo totalitario. La modernización de un país conlleva un pluralismo político, pero este es percibido como una amenaza clara del ideal nacionalcatólico. García Rodríguez, en su Teología de lo político (1952), afirma que «la concepción de la Patria desde los partidos es la última lógica consecuencia de una sociedad anticristiana» (p. 34).
Los modelos de unidad político-religiosa de este peculiar fundamentalismo se remontan a algunas teologías de la Edad Media y a la unidad española del siglo XVI. En la Teología de lo político anteriormente citada se expone como modelo la unidad de la política y la religión «que expone Bonifacio VIII en la famosa bula Unam Sanctam que tendió a plasmarse en la realización del Imperio [...] ahí está el amago como argumento irrecusable de una política cristiana» (p. 28). Ramiro de Maeztu propone como paradigma político para el siglo XX «la España del siglo XVI que representaba, con su monarquía católica, el principio de unidad, la unidad de la cristiandad, la unidad del género humano [...], la de la civilización frente a la barbarie» (Maeztu: 1934, 201).
Toda esta ideología fundamentalista se empezó a articular más allá de los núcleos intelectuales integristas a través del proyecto de creación de un partido confesional que uniera a todos los católicos en la defensa de la moral tradicional y los derechos de la Iglesia. La ANCP, una organización creada por Ángel Ayala en 1908 y liderada por Ángel Herrera Oria, se dedicará especialmente a esta tarea de hacer políticos católicos y política católica, inspirándose en la ideología del nacionalcatolicismo. La ACNP tiene un proyecto fundacional de constituirse en «madre de partidos políticos», inspirándose en una concepción nacionalcatólica de Ángel Ayala sobre las relaciones entre política y religión. Ayala defendía «la necesidad de que la religión se meta en política, a saber: porque la política se mete con la religión» (Ayala: 1940, 408).
Franco asumió la ideología nacionalcatólica y declaró que su régimen tenía como finalidad la «restauración de la unidad católica de la nación, paso secular, firme e insustituible de la unidad política de las tierras y de los hombres de España» (Franco: 1958, 155).
La mentalidad de los ideólogos desarrollistas y tecnócratas del Opus Dei también estaba impregnada de nacionalcatolicismo y se insertaba en esta continuidad histórica que estoy destacando. Son muy significativas, en este sentido, las siguientes afirmaciones de Antonio Fontán en Los católicos en la Universidad española:
El catolicismo oficial del Estado es una consecuencia de la realidad católica de España y una condición sine qua non para el mantenimiento del mismo Estado y de la paz pública [...] en España es católica la familia, la comunidad social, la vida [...] en España no se puede gobernar contra los católicos, es más, no se puede gobernar sin los católicos (Fontán: 1961, 156).
El rechazo de la Modernidad y de la Ilustración europeas
El nacionalcatolicismo se caracteriza por el rechazo de todo el proceso ilustrado de la Europa moderna. Fernando Urbina destaca esta característica con gran lucidez:
Contrapuesta al ideal clásico de la Edad Media y del Siglo de Oro (siglos XVI-XVII) está la negatividad absoluta de la Modernidad desde su inicio germinal (Renacimiento), y particularmente en los siglos nefastos: XVIII, XIX y XX, hasta los años de la resurrección de los fascismos y la Cruzada española que «restaura» el modelo ideal y lo hace «actual» [...] se afirma el valor ideal y absoluto del pasado de la Edad Media (la Cristiandad) y el Barroco español (reafirmación de la cristiandad) y se niega absolutamente todo valor a la Modernidad desde su inicio (en el Renacimiento) hasta su plena expansión en el siglo XIX (Urbina: 1977, 18).
Los ideólogos del nacionalcatolicismo hablan del «drama de la Modernidad», refiriéndose al desplazamiento y la superación de un mundo medieval, católico y trascendente por un mundo «herético, individualizado y materialista». Solo desde una vuelta contramodernizadora a la etapa anterior a la Modernidad, España podrá recobrar sentido y tener una nueva tarea histórica, ya que, como afirmaba Franco en Pensamiento católico, «cuando España fue fiel a su fe y a su credo alcanzó las más grandes alturas de su historia; en cambio, cuando, olvidando o negando su fe se divorció del verdadero camino, cosechó decadencias y desastres» (Franco: 1958, 133).
La exaltación del autoritarismo
Los valores característicos del nacionalcatolicismo son el autoritarismo, el verticalismo jerárquico y una peculiar mezcla de religiosidad y militarismo. Frente a los ideales ilustrados de «libertad, igualdad y fraternidad» se levantan los de «disciplina, jerarquía y responsabilidad». La democracia es considerada como la incapacidad para el gobierno, y el liberalismo y el socialismo son la causa de la ruina de los pueblos.
La necesidad de una nueva cruzada para salvar a España
El nacionalcatolicismo interpreta la guerra civil como el «Acto en que se plasma históricamente la dialéctica entre el modelo y el antimodelo, el valor y el contravalor [...]. Acto histórico decisivo de Cruzada Salvadora, de choque de civilizaciones, de lucha apocalíptica entre el Bien y el Mal» (Urbina: 1977, 105). Se rechaza explícitamente que la guerra civil fuera fruto de un golpe militar contra un orden constitucional democrático o una expresión armada de la lucha de clases. Se representa como un enfrentamiento entre «dos Españas» que siguen dos civilizaciones antagónicas y contrapuestas (la civilización cristiana y la civilización anticristiana), hasta el punto que debe decidirse militar y violentamente la supervivencia de una u otra. Es muy característica del nacionalcatolicismo la mezcla de violencia militar y religiosidad, con una cierta añoranza del tipo de español que representaban los hombres de las órdenes militares, «mitad monjes, mitad soldados».
2. Genealogía del nacionalcatolicismo
El nacionalcatolicismo no nace con la guerra civil, aunque en ella reciba acentuaciones y características nuevas (Álvarez Bolado: 1986; Botti: 1992; Castón y Morillas: 1978; Margenat: 2004). Me parece que es más un «continuo» escalonado que va desde el pensamiento tradicionalista español (expresado en Acción Española y en las obras de Menéndez Pelayo, Nocedal, Vázquez de Mella, Balmes, Donoso Cortés, Ramiro de Maeztu, García Morente) al discurso religioso de las jerarquías eclesiásticas, especialmente el cardenal Gomá, y al discurso político-militar de Franco y de su régimen. La Historia de los heterodoxos españoles ocupa un lugar central en esta ideología (Menéndez Pelayo: 1880-1882). El célebre discurso de Menéndez Pelayo pronunciado en mayo de 1881 con motivo del segundo centenario de la muerte de Calderón, denominado «El Brindis del Retiro», fue muy importante ya en el siglo XIX para la proyección pública de un modelo religioso, cultural y político de concebir y organizar España (Fernández Barros: 1973).
La articulación operativa del nacionalcatolicismo se realizó a través de la socialización religiosa de masas (véase Catecismo patriótico español,preparado por Menéndez Reigada), la formación de una élite política católica (la creación e impulso de la ACNP por Ángel Ayala y Ángel Herrera Oria) y el uso gubernamental de esta ideología por el régimen franquista, que la incorpora como discurso y fundamento doctrinal y jurídico.
En el estudio de los orígenes del nacionalcatolicismo, me parece que hay que distinguir entre la génesis histórica del Estado y de la nacionalidad española –con el ingrediente que la religión católica ha representado en el nacimiento de estos–, la elaboración ideológica que autores de los siglos XIX y XX hacen de dicho acontecimiento histórico para contraponerlo al proceso español de asunción de los dinamismos desencadenados por la Modernidad y la Ilustración en Europa, y la instrumentalización eclesial y política que de esta elaboración ideológica se hace en los años treinta y, especialmente, en la posguerra.
El análisis de la genealogía del nacionalcatolicismo exige investigar las razones que llevaron a determinados grupos a elaborar este pensamiento fundamentalista. Me parece que la problemática sobre «el ser de España» y las «dos Españas» que gira alrededor de la generación del 98 es el caldo de cultivo en que empieza a elaborarse gran parte de esta ideología. Según Ramiro de Maeztu, es esta una época de «desorientación nacional» y de crisis provocadas por el hecho de que en un país tradicional y retrasado respecto a Europa en el proceso de industrialización y de cambio sociocultural, empieza a emerger «otra España» que asume el espíritu de las revoluciones acaecidas en Europa desde el siglo XVIII.
Ramiro de Maeztu, en Defensa de la Hispanidad, afirma que «no marcha bien la política, el Estado, la enseñanza, cuantos otros aspectos de la actuación social se han dejado ganar por ideas revolucionarias y extranjeras» (Maeztu: 1934, 297). En este proceso de crisis, un factor que provocará el nacimiento de la ideología nacionalcatólica será la identificación de la crisis de la nación española con la crisis de sus principios religiosos. En la obra anteriormente citada, se afirma que «la crisis de la Hispanidad es la de sus principios religiosos. Hubo un día en que una parte influyente de los españoles dejó de creer en la necesidad de que los principios en que debía inspirarse su gobierno fuesen al mismo tiempo los de su religión» (Maeztu: 1934, 221).
En estos momentos de crisis y desorientación se vuelven los ojos a los tiempos de esplendor, y resurge un nacionalismo añorante de la antigua grandeza de la patria. En este sentido se vislumbra que el nacionalismo, como conciencia de grupo, aparece en nuestra historia estrechamente ligado al catolicismo, que ha sido el principal factor de cohesión y unidad. Desde este presupuesto histórico se afirma que solo la religión católica podrá regenerar a la nación y devolverle su bienestar, grandeza y sentido. Se inicia así un proceso de intensa identificación entre el factor nacional y el factor católico, todo ello impregnado de una mentalidad reaccionaria, tradicionalista y restauracionista que imposibilitaba la comprehensión de los nuevos acontecimientos y su adecuada integración en el ser de España.
La ideología del nacionalcatolicismo identifica la misión que España desarrolló en el siglo XVI con la que debe realizar en el XX. No se acepta que existe un cambio cualitativo, y se proponen para la España del siglo XX los objetivos de la España del siglo XVI: constituirse en instrumento de Dios, de tal forma que sea el catolicismo y no las ideologías «extranjeras» las que guíen la vida nacional. Se plantea difundir la fe por el mundo en lucha contra sus enemigos, contribuir a la realización del universalismo católico correlacionándolo con el sentimiento imperialista falangista, y luchar contra todo sectarismo y espíritu de división impuesto por ideologías «extranjeras» (la francesa y la bolchevique).
Los intelectuales nacionalcatólicos consideran que España se encuentra en los albores del siglo XX en una encrucijada histórica: el retorno a «nuestros valores eternos, a nuestra tradición» o la aceptación de las «ideas antitradicionalistas». La primera opción supondría la regeneración de una España decadente; la segunda pasaría necesariamente por una revolución «antinacional». Son significativos de este duelo a muerte los artículos periodísticos escritos por Ramiro de Maeztu en La Época desde enero a julio de 1936, los cuales fueron publicados posteriormente en forma de libro con el expresivo título En vísperas de la Tragedia (Maeztu: 1941). Estas elaboraciones ideológicas impregnarán con la ideología del nacionalcatolicismo la guerra civil, convirtiéndola en «Cruzada». Es significativo que Antonio Fontán, en su obra Los católicos en la Universidad española, también conciba la guerra civil y las luchas ideológicas internas en la universidad como un conflicto entre civilizaciones e ideologías.
Los grupos ideológicos que generan el pensamiento del nacionalcatolicismo son tres:
• La corriente conservadora heredera del pensamiento tradicionalista del siglo XIX y principios del XX y del integrismo eclesiástico (Herrero: 1973; Velasco: 1992). Especialmente destaca el grupo que gira alrededor de la revista Acción Española (Morodo: 1980).
• Los sectores encuadrados en la corriente del «catolicismo político», sobre todo la ACNP y, posteriormente, el Opus Dei con sus ideólogos Antonio Fontán y Rafael Calvo Serer.
• El sector más estrictamente católico de Falange.
El primer grupo es la representación española de toda la corriente europea de oposición al proceso de modernización de los siglos XVIII y XIX, que fue sobre todo generada en Francia por De Maistre, De Bonald y Maurras, y que tuvo en L’ActionFrançaise un significativo exponente.
La ACNP estuvo siempre ideológicamente ligada a Menéndez Pelayo, Donoso Cortés y Balmes. El Opus Dei además de cultivar a estos autores, también se inspiró en Ramiro de Maeztu. Los ideólogos de estas dos asociaciones católicas prepararon antologías de estos autores que nutrieron la formación de sus miembros.
El sector católico falangista fue importante en la instrumentalización política del nacionalcatolicismo. Intentó unir fascismo y catolicismo, en desacuerdo con la jerarquía eclesial en este punto, y aportó algunos contenidos nuevos a través del pensamiento joseantoniano.
3. Funciones políticas e ideológicas desarrolladas por el nacionalcatolicismo
El nacionalcatolicismo no fue solo un producto ideológico, pues desarrolló una serie de funciones políticas y culturales en el país. El nacionalcatolicismo se presenta como el único eje sobre el que debe estructurarse la nación española. Solo desde el catolicismo es posible la unidad y el sentido de España. La unidad de la fe es el fundamento de la unidad nacional, de tal modo que para Menéndez Pelayo, con la pérdida de la fe religiosa pierde su sentido el patriotismo. El catolicismo debe ser el núcleo fundamental de la «moralidad nacional». Moralidad entendida, por un lado, como formación de un ser humano que basa su actuación en los valores del respeto a la autoridad, la honestidad, la austeridad y el orden público y, por otro lado, como promoción de la familia, pues esta es la institución central del orden social. El modelo de sociedad se fundamenta en una armonía corporativa basada en un pacto de fiel cumplimiento de deberes y derechos entre autoridades y ciudadanos, y patronos y obreros dentro de un orden jerarquizado de dominación de clase que se acepta como natural y querido por la voluntad divina.
Esta ideología presenta el catolicismo como una vocación nacional, ya que España es considerada como una nación escogida para ser «la espada y el brazo de Dios». Del mismo modo que en siglos pasados fue pionera de la Contrarreforma antiprotestante, España tiene como misión salvar la civilización cristiana del marxismo. Calvo Serer, ideólogo del Opus Dei, expresa claramente el desarrollo de la vocación y misión de la nación en su libro España, sin problema:
Ante las ruinas de la Modernidad, la generación nueva ha comprendido claramente que solamente el catolicismo puede vertebrar a España [...] que está realmente invertebrada desde el siglo XVIII cuando se intentó voluntariamente por una parte de los españoles transformar las bases religiosas de nuestra nacionalidad, repudiando así toda la gran historia española (Calvo Serer: 1949, 146).
Esta vocación y misión es la que justifica la legitimación eclesial de la guerra civil y del franquismo, que es visto por Ángel Herrera Oria como condición de posibilidad del «triunfo del Evangelio en la vida nacional», ya que «Dios tiene sobre España designios inmortales. Pero estos designios van unidos al triunfo del Evangelio en nuestra vida nacional» (Herrera Oria: 1963, 562). Esta concepción fue utilizada por Herrera Oria para animar a Martín Artajo a aceptar su nombramiento como ministro de Asuntos Exteriores en julio de 1945 (Tusell: 1984).
Durante el franquismo determinados grupos católicos, sobre todo la ACNP y el Opus Dei, mantuvieron y reprodujeron la ideología del nacionalcatolicismo, mezclándola con una combinación de desarrollismo y tecnocracia basada en el llamado «crepúsculo de las ideologías».
En 1953, la firma del Concordato con la Santa Sede supuso la ratificación oficial y jurídica de la ideología del nacionalcatolicismo. Esta legitimación internacional del régimen confirmó a Franco que había acertado con el nombramiento de Martín Artajo, el cual también logró la firma de pactos militares y económicos con Estados Unidos. Con la firma del Concordato y del pacto con Estados Unidos en 1953 el franquismo se blindó internacionalmente.
El discurso del general Franco a las Cortes con motivo del Concordato es toda una antología de la ideología nacionalcatólica y muestra la continuidad esencial de esta desde la década de los treinta a la de los cincuenta. El análisis de su contenido, según los diversos ámbitos temáticos que voy a establecer, es una buena muestra de la naturaleza y las diversas funciones del nacionalcatolicismo, tal como fue asumido por el franquismo.
a) España se identifica con el catolicismo desde su fundación como reino unificado y esta identidad consustancial debe ser mantenida a lo largo de los siglos:
Es la religión católica la gran fuerza moral que ha formado el alma colectiva de nuestra nación, en la que ha modelado nuestro modo de ser como pueblo y ha formado nuestra peculiar fisonomía espiritual. Nuestra fe católica ha venido siendo a través de los siglos la piedra básica de nuestra nacionalidad (Franco: 1953, 835).
b) La heterodoxia es el «no catolicismo» y es concebida como una desviación nacional. Toda ideología política que no nazca o se derive del catolicismo debe ser considerada extraña a la identidad española y, por lo tanto, debe ser declarada antinacional:
Jamás se ha visto escindida nuestra unidad de conciencia religiosa con divisiones que tantos conflictos y tantas luchas han ocasionado en otras naciones de Europa, y si en etapas infelices de nuestra historia se registran persecuciones y rozamientos entre los poderes públicos y la Iglesia, como aconteció en los siglos XVIII y XIX y aún en el siglo XX bajo el signo republicano, no fue el pueblo español el que los inspira y provoca, sino precisamente el sectarismo personal de sus gobernantes, que obedeciendo a doctrinas extrañas, abusan de su poder [...]. La heterodoxia entre nosotros ha sido siempre planta exótica de cultivo forzado, que no logró arraigar en los españoles ni aun en los días tan propicios de la pasada República (Franco: 1953, 835 y 839).
c) Existe una conexión intrínseca entre nacionalcatolicismo y guerra civil, pues esta fue una cruzada de salvación de la patria y de la identidad de España:
Esta persecución de nuestra conciencia en lo religioso fue la que, impregnando de espiritualidad nuestra Cruzada, dio al Alzamiento Nacional su sello restaurador en lo religioso que acompañó a nuestro Movimiento desde su iniciación y que, sin duda, atrajo hacia nuestro bando la protección y benevolencias divinas, tan trascendentes para la victoria. Así lo interpretó la Jerarquía eclesiástica cuando publicó aquella Pastoral Colectiva (Franco: 1953, 835-836).
d) La ideología del nacionalcatolicismo legitima la política estatal. Esta se inspira en la religión católica y crea un sistema de relaciones entre la Iglesia y el Estado basado en la estrecha colaboración y el apoyo mutuo:
Si somos católicos lo somos con todas sus obligaciones. Para las naciones católicas las cuestiones de la fe pasan al primer plano de las obligaciones del Estado. La salvación o la perdición de las almas, el renacimiento o la decadencia de la fe, la expansión o reducción de la fe verdadera son problemas capitales ante los que no se puede ser indiferente [...]. Si en el Concordato servimos a los fines trascendentes de la Iglesia, con él nos servimos a nosotros mismos y al bien espiritual de nuestras almas (Franco: 1953, 836).
e) La configuración jurídica del Estado debe ajustarse a los mandamientos, verdades y leyes de la Iglesia católica. El derecho público traduce jurídicamente los principios católicos y, por eso, en España la separación entre la Iglesia y el Estado es algo imposible, antinatural y antinacional:
Los principios del Derecho público cristiano están recogidos en los postulados del Movimiento Nacional [...] el español no concibe una situación nacional estable, ni mucho menos próspera, si no se basa en una perfecta coordinación de la misión y fines respectivos de la Iglesia y el Estado. La Iglesia y el Estado son dos sociedades completas y perfectas, cuyo elemento material, población y territorio, es el mismo, si bien difieren en razón del fin y de la autoridad; son como dos pirámides de idéntica base, de vértices y aristas distintos. No cabe, pues, en buena lógica, en una nación eminentemente católica como la nuestra, un régimen de separación entre la Iglesia y el Estado [...] es imposible dividir a los dos poderes eclesiástico y civil, porque ambos concurren siempre a cumplir el destino asignado por la Providencia a nuestro pueblo. He aquí una afirmación que se encuentra en todos los grandes pensadores españoles [...] está en Nocedal, en Aparisi Guijarro y en Donoso Cortés; está en Balmes y en Menéndez Pelayo; en Vázquez de Mella y en Pradera; en Minguijón y en Maeztu [...] está, en fin, en Onésimo Redondo y en José Antonio [...] (de ahí) la vinculación orgánica que el Concordato establece entre la Iglesia y el Estado (Franco: 1953, 838 y 845).
f) El nacionalcatolicismo a través del Concordato restaura la identidad y el orden nacional natural de España:
Los Concordatos en España no fueron necesarios hasta llegado el nefasto siglo XVIII, cuando la invasión enciclopédica trató de socavar los cimientos católicos en que el Estado español se asentaba, y con su sectarismo e influencias extrañas rompió la tradicional armonía de la Iglesia con el Estado [...]. El nuevo Concordato responde a una línea histórica de restauración de fastos católicos (Franco: 1953, 836-837 y 845).
g) La intolerancia es una característica importante del nacionalcatolicismo, pues este se concibe como enemigo de la libertad religiosa plena y del ecumenismo:
La tolerancia para creencias y cultos diversos no quiere decir libertad de propaganda que fomente las discordias religiosas y turbe la segura y unánime posesión de la verdad y de su culto religioso en nuestra Patria, porque nosotros podemos consentir que los disidentes encuentren en España modo de practicar su culto, pero no que hagan proselitismo cuando casi la totalidad de la nación quiere conservar, a cualquier precio, su unidad católica (Franco: 1953, 840).
4. Consecuencias de la hegemonía ideológica del nacionalcatolicismo
El uso político que el régimen franquista hizo de este fundamentalismo religioso tuvo consecuencias importantes. La primera fue lograr un apoyo fundamental por parte del Vaticano para el reconocimiento internacional del régimen. En este sentido, el triunfo gubernamental fue muy importante gracias a la ACNP, y durante decenios el franquismo tuvo una coraza de protección internacional formada por el Vaticano y Estados Unidos.
La legitimación religiosa de la dictadura franquista aparece muy nítidamente en las siguientes afirmaciones del cardenal Ottaviani, portavoz del Vaticano, pronunciadas en el discurso inaugural de la Escuela de Ciudadanía Cristiana en el año 1961. Fueron reproducidas en un libro estatal muy utilizado para la legitimación del régimen, titulado Iglesia, Estado y Movimiento Nacional:
No puedo por menos de tributar ya desde ahora un aplauso a la cordura y al valor del Jefe del Estado español y a sus directos colaboradores que, en un tiempo de laicismo general, han reconocido y sancionado en el Fuero de los Españoles un principio que es fundamental en una constitución cristiana de la sociedad y del cual se derivan tan saludables realizaciones para una ciudadanía perfecta y ejemplar. Me refiero al reconocimiento que un Estado verdaderamente católico debe otorgar a la religión católica de sus propios ciudadanos. Es esto justamente lo que sanciona el Fuero de los Españoles con aquellas palabras lapidarias: «La profesión y la práctica de la religión católica, que es la del Estado Español, gozará de protección oficial. Fue la vuestra una Santa Cruzada que frenó en Occidente el ímpetu arrollador del marxismo, enemigo de la cruz de Cristo» (en AA.VV.: 1963, 147-148).
La concepción de las relaciones Iglesia-Estado propugnada por este fundamentalismo político-religioso rompió la innovación política fundamental introducida por el cristianismo en la historia. George Sabine en su Historia de la teoría política afirma que «la aparición de la Iglesia cristiana como institución distinta autorizada para gobernar los asuntos espirituales de la humanidad con independencia del Estado puede considerarse, sin exageración, como el cambio más revolucionario de la historia de la Europa occidental tanto por lo que respecta a la ciencia política como en lo relativo a la filosofía política [...] era una ruptura con la vieja tradición que hacía de la religión un asunto del Estado [...]. El cristianismo planteó un problema que no había conocido el mundo antiguo –el problema de las relaciones entre Iglesia y Estado– y supuso una diversidad de lealtades y un juicio íntimo no incluido en la antigua idea de ciudadanía» (Sabine: 1978, 141-145).
El nacionalcatolicismo, con su idea de interpenetración entre Iglesia y Estado y su proyecto de religión política (Elorza: 2004), se halla en las antípodas de esta idea cristiana originaria, por lo cual se convierte en un nuevo baluarte contra la modernización religiosa de España propugnada por el catolicismo liberal en el siglo XIX y los católicos republicanos en los primeros decenios del siglo XX.
El antimodernismo de esta ideología encapsuló a la religión católica en un molde cultural y político profundamente reaccionario. La tesis de que solo se puede ser católico dentro de una sola tradición cultural, la conservadora y tradicionalista, dejaba automáticamente fuera de la religión católica a los hombres con sentimientos religiosos integrados en la cultura moderna. En este sentido, son muy significativas las afirmaciones de Fernando de los Ríos, ministro socialista, pronunciadas en un discurso en el Parlamento el 8 de octubre de 1931. Después de recordar la persecución eclesial de la disidencia religiosa en España y de reconocerse hijo espiritual de los cristianos erasmistas, se dirigió al bloque de la derecha católica presente en el Parlamento y dijo:
Habéis velado a España el fondo de nuestras intenciones; nosotros, a veces, no somos católicos, no porque no seamos religiosos, sino porque queremos serlo más. Hasta la última célula de nuestra vida espiritual está saturada de emoción religiosa; algunos de nosotros tenemos la vida entera prosternada ante la idea de lo absoluto [...] no renovéis nuestro dolor, no toquéis tambores de guerra (Obras Completas, p. 352).
El nacionalcatolicismo también estableció una peculiar relación entre religión y clases sociales. Este fundamentalismo estuvo vinculado principalmente con las clases sociales antimodernas y, por lo general, capitalistas: la aristocracia, la alta burguesía, la fracción conservadora de la pequeña burguesía y ciertos sectores del pequeño campesinado. La burguesía liberal, la clase obrera y los jornaleros agrícolas no estuvieron ligados a este tipo de pensamiento y religiosidad, y fueron las fuerzas sociales creadoras de la modernización en nuestro país durante los años de la II República.
El nacionalcatolicismo fue una ideología de guerra, dominación y exclusión. Legitimó actos de barbarie durante la guerra civil y la dictadura franquista que han tenido consecuencias muy fuertes para diversas generaciones de españoles. El novelista católico François Mauriac anunció con lucidez los efectos de largo alcance que tendría durante decenios la alianza entre franquismo y nacionalcatolicismo: «Perdura esta espantosa desdicha: para millones de españoles cristianismo y fascismo se confunden, y ya no podrán odiar a uno sin odiar a otro [...] cuántos años, siglos harán falta para que los hijos de las mujeres asesinadas en Guernica, en Durango, en Barcelona y en toda España aprendan a no confundir la causa del Dios crucificado con la del general Franco».
Más allá de sus funciones políticas, el nacionalcatolicismo operó con fuerza en la vida cotidiana de los españoles durante décadas como un orden sociocultural opresivo, y a largo plazo provocó lo contrario de lo que pretendía: una profunda animadversión al catolicismo eclesiástico que, por su causa, llega hasta nuestros días. El anticlericalismo y el laicismo radical presentes actualmente en algunos sectores socioculturales de España, que se pueden ubicar entre los más extremistas de Europa, hunden sus raíces en la experiencia opresiva generada por el nacionalcatolicismo. Este hecho es un excelente exponente de lo que Weber llamaba las «consecuencias no queridas de la acción».
Desde una perspectiva sociológica, lo más interesante es ver cómo una ideología y una religiosidad de este tipo son inviables dentro de un proceso de industrialización y modernización económica, aunque este intente ser controlado en sus dimensiones de impacto cultural por una dictadura política e ideológica. Es inviable el intento de detener la secularización que genera la industrialización de un país y sus efectos modernizadores, aunque esta esté guiada por tecnócratas vinculados a un fundamentalismo religioso. Un tradicionalismo integrista y un fundamentalismo religioso solo pueden mantenerse dentro de una sociedad preindustrial y premoderna. El análisis de Peter Berger expuesto en Para una teoría sociológica de la religión es muy iluminador para el análisis de las causas del fracaso de lo que acertadamente Álvarez Bolado llama «el experimento del nacionalcatolicismo»:
Fracaso de los intentos por restablecer el apoyo coercitivo tradicional de la religión por el Estado, manteniendo las condiciones de modernización. Tanto la España como el Israel contemporáneos sirven de ejemplos interesantes de semejantes intentos [...]. Nosotros diríamos que la única posibilidad de éxito en esos países consistiría en volver atrás de los propósitos de modernización, lo que comportaría el rehacerlos como sociedades preindustriales. Algo que se nos antoja como el proyecto más irrealizable del dominio de la historia [...]. Cualquier intento de «reconquista» tradicionalista amenaza, pues, con desmantelar los fundamentos racionales de la sociedad moderna. Por otra parte, la potencialidad secularizadora de la racionalización industrial-capitalista no solo se perpetúa sino que se engrandece a sí misma. A medida que se expansiona el complejo industrial-capitalista, lo hacen también los estratos sociales dominados por su estilo racional de pensar, y cada vez se vuelve más difícil establecer sobre ellos los controles tradicionales. En tanto que dicha expansión es internacional resulta incrementada la dificultad de aislar a cualquier sociedad nacional particular de esos efectos racionalizadores, sin al mismo tiempo mantenerla en una condición económica de extremo atraso. El impacto de los modernos medios de comunicación y de transportes (y de la curiosa concentración de ambos que es el turismo) en la España contemporánea nos puede servir como perfecta ilustración de lo dicho (Berger: 1971, 189-190).
Si bien el proceso de industrialización y modernización económica fue erosionando lentamente la base sociológica del nacionalcatolicismo, este fundamentalismo religioso posibilitó que la Iglesia actuara como Aparato Ideológico del Estado y fuera muy eficaz durante décadas para legitimar la dictadura franquista, como veremos en los dos capítulos siguientes. Es más, su anclaje en una línea ideológica de fondo que atraviesa la historia mental de un sector muy importante de la Iglesia española hace que su herencia todavía esté presente en la percepción de la realidad, en los discursos y en la acción colectiva de una parte del catolicismo español actual. La sombra del nacionalcatolicismo es muy alargada y llega hasta el siglo XXI como podremos ver en el capítulo 5.
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LOS ROLES POLÍTICOS DEL FACTOR CATÓLICO EN LA ESPAÑA FRANQUISTA
El análisis de las relaciones entre el factor católico y la política española que voy a realizar en este libro está orientado por un marco teórico basado en la sociología de los sistemas políticos y de los aparatos de hegemonía, y en la sociología de los roles sociales y políticos de la religión (Bourdieu: 1971; Gramsci: 1975; Grignon: 1977; Hermet: 1975b; Ruiz Rico: 1976; Vidal Beneyto: 1972).
1. Las relaciones entre el sistema político y el sistema religioso institucional: flujos, apoyos y demandas
En la mayoría de las sociedades existe una relación entre el sistema político y el sistema religioso institucional basada en una serie de demandas, intercambios y transacciones entre ambos sistemas, dado que el sistema político está insertado en el ambiente intrasocietal del que forma parte el sistema religioso institucional.
El sistema político es el encargado de asignar lo socialmente valorado y demandado en una sociedad, y según sea la orientación de esas asignaciones se genera un tipo u otro de apoyo y oposición al mismo. La persistencia o el cambio de un sistema político dependen, en gran medida, de las funciones de demanda, apoyo y rechazo de los sistemas económico, cultural y religioso que están en interacción con el sistema político (Easton: 1965).
En mi análisis de las relaciones entre el factor católico y la política española parto de la constatación de que «la Iglesia es uno de los sistemas componentes del ambiente intrasocietal del sistema político, al que dirige demandas, proporciona apoyo u oposición, y del que recibe respuestas» (Ruiz Rico: 1977, 13).
2. La institución religiosa como Aparato Ideológico y Aparato de Hegemonía del Estado
Desde las teorías del Estado desarrolladas por Althusser y Gramsci, se puede concebir la institución religiosa como Aparato Ideológico y Aparato de Hegemonía del Estado. Esta concepción ayuda a comprender, analizar y explicar algunas de las funciones que esta institución ha desarrollado en diversas sociedades, especialmente en España. Althusser define del siguiente modo los Aparatos Ideológicos de Estado:
El Aparato de Estado comprende: el Gobierno, la Administración, la Policía, los Tribunales, las Cárceles, etc., todo lo cual constituye el Aparato Represivo de Estado (ARE). El término «represivo» indica que el Aparato de Estado en cuestión funciona mediante la violencia. Designamos por Aparatos Ideológicos de Estado (AIE) cierto número de realidades que se presentan de modo inmediato al observador en forma de instituciones diferenciadas y especializadas. Podemos considerar como AIE las instituciones siguientes: el AIE religioso (sistema de diferentes Iglesias), el AIE escolar, el AIE familiar, el AIE jurídico, el AIE político, el AIE sindical, el AIE de la información, el AIE cultural (Althusser: 1974, 122-123).
El hecho de que los Aparatos Ideológicos de Estado sean privados no es importante, ya que lo decisivo es su funcionamiento. Los ARE funcionan mediante la violencia, y los AIE mediante la ideología, pero lo fundamental es que la clase dominante es hegemónica también en los AIE, con lo cual mediante los ARE y los AIE asegura la reproducción de las relaciones de producción, con lo que se logra la pervivencia del sistema capitalista.
La institución religiosa, aunque se pretenda neutral y autónoma, ha actuado en múltiples situaciones históricas como Aparato Ideológico de Estado, especialmente en situaciones de dictadura, legitimando y reforzando el poder estatal.
Gramsci, al concebir el Estado como la suma de la sociedad política y la sociedad civil (entendiendo por ella el «conjunto de los organismos vulgarmente llamados privados que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce en toda sociedad»), considera que la institución religiosa es, junto a la organización escolar y la prensa, un Aparato de Hegemonía que defiende intereses propios y que, a la vez, siempre tiende a establecer alianzas con la clase o el grupo político que domina el Estado. Para Gramsci, la sociedad política o Estado es una prolongación de la sociedad civil y constituye la culminación de la dirección económica e ideológica que una determinada clase ejerce sobre todos los grupos sociales.
Solamente a base de coerción una clase no puede imponer su hegemonía, por lo tanto la concepción del mundo de la clase dirigente debe difundirse en toda la sociedad. La institución religiosa es un formidable Aparato de Hegemonía porque ayuda a esa difusión mediante la producción de una religión alienante, el apoyo a la ideología de la clase en el poder o, incluso, el suministro de ideología a esa clase.
Gramsci constata en sus análisis que la institución religiosa es el principal obstáculo en la lucha ideológica para desbloquear a las masas de los sistemas de dominación. En sus estudios sobre las vinculaciones orgánicas entre intelectuales y clases sociales afirma lo siguiente: «Cada grupo social, al nacer en el terreno originario de una función esencial en el mundo de la producción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de la propia función, no solo en el campo económico, sino también en el social y el político» (Gramsci: 1972, 12).
Para el tema que abordo en este libro, es muy interesante la concepción gramsciana de la institución religiosa como intelectual. Gramsci define a los intelectuales (individuales o colectivos) como los «funcionarios de la superestructura», ya que son los que elaboran la ideología de la clase dominante, dándole así conciencia de su rol. En su análisis distingue entre intelectuales tradicionales, ligados a una sociedad y a una ideología ya superadas, e intelectuales orgánicos, ligados a la clase e ideología hegemónicas. Según Gramsci, la institución religiosa católica ha sido un intelectual orgánico desde el cristianismo primitivo hasta la época de las revoluciones europeas; posteriormente se ha convertido en un intelectual tradicional, superado por las funciones de los partidos políticos y la organización escolar, excepto en algunos países, entre los que me permito incluir a España por lo menos hasta 1975.
Gramsci concede a la institución religiosa cierta autonomía, ya que esta puede considerarse una sociedad civil dentro de la sociedad civil, sin embargo esta autonomía es relativa, «en cuanto que se sitúa dentro del marco de una función hegemónica proyectada para instaurar y reforzar la dominación de la clase fundamental sobre los demás grupos sociales». En diversos países la institución religiosa católica actúa como un «intelectual colectivo» que encuadra ideológica y políticamente a las clases dominantes y al mundo rural. Su función en el dominio ideológico favorece la instauración y el mantenimiento de la hegemonía del bloque dominante.
Para actuar en la sociedad, ha formado en diversos países un «bloque ideológico católico» dirigido por intelectuales religiosos (clero) y laicos (Acción Católica, Partido y Sindicato Católico) como encargados de encuadrar políticamente a las masas religiosas. Este «bloque ideológico católico» favorece que el catolicismo se convierta en una religión de la burguesía, aunque las masas campesinas sigan adheridas a ella.
La burguesía ha logrado de tal modo la monopolización del catolicismo que los grupos católicos de las clases trabajadoras no son más que meros apéndices dentro de todo el colectivo religioso católico. La alianza entre la nueva clase burguesa y las viejas clases contrarrevolucionarias logra que el catolicismo sea el legitimador y el portavoz de los intereses de estas clases dominantes.
3. El «rol tribunicio» de las organizaciones religiosas en una dictadura
Las perspectivas analíticas anteriormente expuestas son muy útiles para estudiar el rol político del factor católico en la España franquista; sin embargo, desde ellas no pueden comprenderse otros roles políticos ejercidos por ese factor. Por este motivo, creo que hay que ir «más allá de Gramsci, con Gramsci» (Díaz-Salazar: 1991). En esta línea, autores neogramscianos constatan que «en la medida que el Aparato de Estado prohíbe la libre formación de organizaciones políticas, la única posibilidad de expresión popular que subsiste en algunos países es la religión [...]; frente al control del Aparato Político, el Aparato Religioso se convierte en el medio esencial de expresión de los grupos sociales subalternos» (Portelli: 1977, 39).
Guy Hermet ha sido el científico social que mejor ha sabido analizar los distintos roles políticos del factor católico en algunas dictaduras. Según este autor, en el mundo católico tienen lugar transformaciones religiosas que favorecen el abandono de las funciones ideológicas de dominación y el desarrollo de funciones «logísticas» o «para-partidarias». Hermet afirma que especialmente en la dictadura franquista el factor católico también desarrolló un «rol tribunicio» consistente en organizar y defender a las clases subalternas y dominadas (obreros y campesinos).